viernes, 30 de julio de 2021

MÁS LUZ


 [Publicado en medios de Vocento el martes 27 de julio]

La factura de la luz y la lucidez se pagan muy caras en este país.

Goethe era hombre y no murió de covid sino de vejez. Nadie es perfecto. Goethe murió, según su biógrafo, reclamando más luz para iluminar la habitación donde agonizaba y, de paso, un mundo dominado por poderes oscuros y necesitado de las luces de la razón. La covid le da la razón. Si hay un mal que ha vuelto al mundo más siniestro y a los poderes más totalitarios, es ese. En honor a Goethe, un gran escritor que coqueteaba con las ciencias como otros flirtean con las estrellas de Hollywood, no podemos permitir que la arbitrariedad y los insultos a la inteligencia dirijan el nuevo orden mundial.

Una mentira repetida es una mentira repetida y no se convierte en verdad por más que se la repita por todos los medios. Creo en la democracia y en la memoria, pero tengo dudas sobre la “memoria democrática”, ese artificio para desmemoriados con malas intenciones. Basta con ver la actitud del gobierno hacia Cuba para calibrar el limitado alcance político de su propuesta legal. Esta lección dialéctica la aprendió Orwell en la guerra civil española. Los crímenes solo se denuncian si son del otro bando.

El juicio sobre el régimen castrista se suspende sin fecha porque este ha confundido todas las categorías marxistas. En la revolución cubana, la farsa precede a la tragedia desde el principio y la acompaña siempre como un comisario implacable. Hay que reírse por ello con el calambur de la vicepresidenta Díaz. En la Cuba comunista, la traición a la patria en nombre de la “matria” no se considera un desliz gramatical, ay, sino un grave delito y se paga con la vida.

Mientras Cuba arde como una pira tropical, Sánchez pasea impasible por Nueva York y Los Ángeles luciendo su figura sobrehumana de primer presidente feminista del mundo. Ha visitado California para acordar las condiciones del biopic que Netflix ya prepara para cuando abandone la Moncloa. Quiere asegurarse de que el guionista y el director le harán justicia y no hablemos del actor, un guaperas latino aún desconocido.

España ha sido elegida para transformarse en paraíso globalista con las leyes más avanzadas del planeta. Y SuperSánchez, escoltado por la cohorte de superministras, es el líder ideal para conducir el experimento. A cambio, los socios de Soros le han organizado esta gira espectacular donde exhibe su inglés mesetario y un ideario banal negociando con ominosas corporaciones financieras. Visto lo visto, en vez de fármacos dudosos, convendría que nos inyectaran múltiples dosis de lucidez. Luz, más luz. 

martes, 27 de julio de 2021

JAPÓN APOLÍNEO


 [Junichirô Tanizaki, El elogio de la sombra, Satori ediciones, trad.: F. Javier de Esteban Baquedano, 2021, págs. 98] 

A 135 años de su nacimiento y 56 de su muerte, el 30 de julio de 1965, Tanizaki es el escritor que mejor expresó en su obra la esquizofrenia japonesa respecto de la cultura occidental. Mucho más que Mishima, desde luego, quien transformó esas relaciones ambiguas con las culturas del sol poniente en una pasión sadomasoquista demasiado enfermiza, con su muerte como culminación truculenta.

Menos impetuoso y mucho más inteligente, Tanizaki osciló durante toda su vida de un polo conservador a otro más moderno en sus vínculos con la cultura europea y americana de su tiempo. Antes de la madurez, según muestra su novela El amor de un idiota (Chijin no Ai; 1928), la fascinación por las modas y las costumbres occidentales, incluyendo el cine, la música y las formas de vestir, fue absoluta como expresión iconoclasta de modernidad y progreso. Una vez instalado en la madurez, se produjo un curioso viraje hacia las tradiciones nacionales que lo llevarían a considerar la presencia occidental como hostil a las cualidades históricas y la esencia específicamente japonesa, con independencia de las comodidades materiales y avances técnicos que la occidentalización aportaba. Ese regreso sintomático a formas ancestrales incluía una veneración sin trabas por todo lo añejo y un rechazo hacia la degradación contemporánea de los ritos, los objetos y los estilos genuinos.

Ya en su vejez, tras los estragos de la segunda guerra mundial, daría un nuevo giro en su aprecio por la cultura occidental, entendiendo por tal todo lo moderno e importado, y cierto menosprecio por los valores tradicionales. Las razones del cambio fueron, sobre todo, eróticas. Para el viejo erotómano Tanizaki la moda occidental en el vestir y el desvestir de las mujeres jóvenes las hacía mucho más atractivas y vivaces que las pesadas etiquetas y códigos nipones. Así lo expresa en su última novela, esa comedia sarcástica titulada Diario de un viejo loco (Fūten rōjin nikki; 1962), donde acertó a burlarse, en nombre del deseo, de la religión budista y las convenciones familiares.

Al leer este hermoso Elogio de la sombra (1933) es necesario contextualizarlo en la época intermedia de su vida, cuando el cuarentón Tanizaki comienza a experimentar cierto desengaño con las luces incandescentes y el frenesí de la modernidad y a sentir cierta nostalgia por maneras de vivir más serenas y naturales, apartadas de los grandes centros urbanos (como Tokio, escenario promiscuo de la corrupción de costumbres en curso). Esa misma condición vetusta admiraba Tanizaki en Osaka: la preservación del ritmo y los ritos de antaño.

Desde el refinamiento sensorial y la sutil ironía, Elogio de la sombra es un alegato tardío en favor de una idea de la vida en vías de desaparición, una cultura que pasa por la discreción, la modestia y la oscuridad (“lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”). Esa belleza sombría se oculta, como un signo antiguo, en el negro de los lacados, la luz difusa de velas y candelabros, la blancura de los rostros de las mujeres resplandeciendo en la penumbra de los dormitorios, los pliegues de los kimonos que envuelven sus adustas anatomías, los tejados de grandes aleros que aplacan la luz solar, los retretes expuestos a las contingencias naturales, de modo que el que evacua sus intestinos pueda escuchar al mismo tiempo la música de las gotas de la lluvia chocando contra las tejas o el canto solitario de un pájaro. [En un arranque de humor, Tanizaki llega a atribuir a la tradición del haiku una conexión con esos instantes cenitales de la experiencia en que mientras el cuerpo realiza pasivamente su trabajo fisiológico la sensibilidad del poeta se exacerba percibiendo todos los signos de una naturaleza armoniosa.]

Este célebre ensayo es producto de un momento de crisis espiritual y existencial, en que Tanizaki se propone someter su literatura a una purga estética fundada en tradiciones autóctonas: “Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”. 

miércoles, 21 de julio de 2021

CARNICERÍA


 [Publicado en medios de Vocento el martes 13 de julio] 

La historia es una carnicería, así lo cuentan los manuales. Todos los que han querido cambiar la historia solo han causado masacres. China celebra el fastuoso centenario de la fundación del Partido comunista como si fuera el funeral de los millones de vidas sacrificadas al Gran Salto Adelante y la Revolución cultural. Los chinos tienen razones para estar contentos. Venían de la hambruna y la pobreza y el matadero maoísta los ha conducido al frenesí de la riqueza y el consumo capitalista.

El éxito chino es simétrico al fracaso occidental. La doctrina neoliberal dominante desde los años ochenta fue la de desvincular el Estado y la iniciativa privada, motor del capitalismo, y crear una casta de multimillonarios autistas. Así nos va. La inteligencia dialéctica de los líderes chinos les hizo comprender que el capitalismo era un tigre poderoso al que convenía mantener encerrado en la jaula del estado autoritario. Y así les va.

Mi carnicero votaba siempre a Izquierda Unida, con conciencia de clase, pero desde las palabras del ministro Garzón contra la carne roja ha declarado la guerra a la ganadería ecológica y piensa votar a Vox, que al menos son caníbales, dice, y lo reconocen. Da miedo la situación política. Esta izquierda sensiblera nos va a echar en brazos de la bestia parda en las próximas elecciones si SuperSánchez no lo evita comiéndose otra tonelada de ministros y chuletones al punto.

La carne sintética, me explica el carnicero cabreado, es un bodrio intragable. Le confieso, para provocarlo, que llevo años deseando hacerme vegano sin lograrlo, pero ahora con la nueva ley “Trans”, eliminada la carnicería quirúrgica, a lo mejor me declaro mujer, cosa que me tienta desde que era joven. Ya se sabe que las mujeres nunca hacen ascos a la compañía de otras mujeres y que los hombres las ponemos nerviosas y hasta inquietas con nuestras manías atávicas. Somos así. Como el día y la noche. Yin y yang. Humedad y calor. Sol y luna. Nubes y lluvia. Ese es el indiscreto encanto de lo hetero, quien lo probó lo sabe.

La ley lo puede cambiar todo, no esto. Si me declaro mujer y vegana poseo todas las ventajas para infiltrarme en los lugares íntimos donde las mujeres revelan sus secretos más preciados. Y si me apropio del refinado erotismo chino y su inteligencia proverbial, podría encarnar incluso el ambiguo modelo de seductor al gusto del siglo XXI. Quién ha dicho que de esta maldita pandemia no salimos reforzados. Resiliencia y emprendimiento. Es la fórmula del futuro. 

martes, 13 de julio de 2021

TAN NORMAL


  [Eloy Fernández Porta, Las aventuras de Genitalia y Normativa, Anagrama, 2021, págs. 121]

            Normal normal, lo que se dice normal, nadie lo es de verdad. Todos fingimos o aparentamos normalidad y así nos va. Hasta la idea de normalidad se corrompe con el tiempo y nuevas variantes de la norma imponen nuevos modelos de normalidad. La normalidad, por tanto, no es nueva ni antigua ni lo puede ser. La normalidad es lo que hay, lo que rige el destino de las comunidades y los individuos asociados. Lo normal es la norma, lo normativo. El mal es lo anormal, como sabía Foucault que estudió en la Escuela Normal Superior, pero no se cansó de escribir sobre los anormales y hasta dictó cursos sobre ellos. Los anormales eran para Foucault, precisamente, esas criaturas que no encajan en ninguna norma, inclasificables y monstruosos por definición, y ponen en cuestión con su existencia la normalidad social y encarnan aquello que las sociedades excluyen por sistema para consolidar el lazo comunitario.

La normalidad está de moda, avisa Fernández Porta en este lúcido y divertido ensayo. Ser normal se lleva otra vez como disfraz de última tendencia. Lo normal mola y es objeto de consumo vestimentario, musical, literario, político y culinario. El arte escapa a esa contaminación, pero eso, como diagnostica Fernández Porta, es producto de su aislamiento y elitismo. Lo normal ya no se impone. Lo normal seduce y atrae con su discreto encanto. Lo anormal, las anomalías y rarezas, han quedado desfasadas y no marcan diferencias. Estas se establecen ahora como declinación entre los diversos grados y matices de la normalidad vigente. Tiempo de normalidad como secuela de épocas anteriores donde la modernidad impuso la distinción y la excentricidad como normas de comportamiento y expresión libre.

La nivelación posmoderna habría supuesto una inversión de categorías en la que la hegemonía de lo idéntico y la homogeneidad constituirían el rasgo normalizador. Estándar quiere decir ahora estilo, como indica la marca de ropa Desigual a la que Fernández Porta dedica una aguda disección. El prefijo no engaña a nadie. Ser igual es el deseo imperativo de sus compradoras para distinguirse como grupo y no ya como sujeto consumidor.

La normalidad es la ley de la realidad y la nomografía su fundamento práctico. Este libro se publicó primero en inglés el año pasado con ese título. “Nomografía” designa el dispositivo público que genera los principios y valores que rigen la opinión y la conducta de los usuarios de medios y metamedios (redes sociales). Es el arte supremo de crear normas en todos los ámbitos: dar orientaciones normativas para no errar y modular el ideal de normalidad imperante. Las redes sociales funcionan allanando el sendero de la opinión correcta, creando consignas de consenso y etiquetas de aplauso y, sobre todo, dictando reglas no escritas para el mundo consuetudinario de los intercambios y relaciones digitales. El castigo viral por su incumplimiento es el ostracismo y la soledad. La cancelación del infractor.

El sexo es el dominio de lo normativo por excelencia, pero ya no contiene la verdad de la experiencia subjetiva al normalizar las patologías que lo hacían atractivo. Cuando todo es normal, como dice Fernández Porta en su espléndida glosa de la gran serie “Masters of Sex”, desaparece la transgresión y el acto se vuelve anodino. “Genitalidad de la norma”, diagnostica con agudeza gracianesca, “normatividad de los genitales”. A batallas de amor, campo de codificación fatal. Meterse en la cama con alguien, sea cual sea su asignación sexual, significa deslizarse en el laberinto kafkiano del sentido. Deseamos la desnudez, la animalidad desenfrenada de los apetitos y los órganos del goce, la deshumanización dichosa de los deseos, y nos vemos atrapados en la maraña infinita de la ley, la psicología y la sexología más prescriptivas.

Así de paradójica es la palpitante cuestión que Fernández Porta analiza con humor singular, ingenio, pirotecnia retórica y esgrima teórica. Esta anatomía festiva de la normalidad contemporánea se transforma, de ese modo, en placer anómalo para la inteligencia.

miércoles, 7 de julio de 2021

BOZAL

 

[Publicado en medios de Vocento el martes 29 de junio] 

Aprovechemos la caída de las mascarillas para empezar a contar verdades sobre la pandemia. 

            Me quito el bozal y soy otro. Me quito el bozal y se derrumban las mentiras que nos han contado desde que empezó la pesadilla. Me quito el bozal y me transformo en el hombre de la verdad. Qué trabajo nos cuesta decir la verdad en este país. Vivimos instalados en la mentira desde hace tanto tiempo que ya ni nos acordamos de cuándo comenzó a gobernar la falsedad. No fue con el régimen del 78, como pretenden los nacionalistas, esos grandes amigos de la verdad. Fue mucho antes. Ya en tiempos del hombre de Atapuerca, si no recuerdo mal, nuestros enemigos nos llamaban mentirosos. Qué se le va a hacer. Es nuestra verdad atávica como pueblo.

En Estados Unidos, en cambio, desde que cayó Trump y Biden ascendió al cielo del Capitolio, la verdad resplandece como una sonriente heroína de Marvel. No hay más que ver su televisión para comprobarlo. Comparadas con las nuestras, tan sanchistas, las televisiones americanas parecen comisiones de expertos. El bueno de Biden dio la orden hace unos meses de que se investigara el origen del virus. No quiere que las mentiras ensucien su mandato y den al traste con su reelección. Con las mascarillas han caído todos los tabúes sobre la pandemia y da gusto ver a la plana mayor de la izquierda liberal del espectáculo televisivo americano, desde Jon Stewart a Bill Maher, paseándose alegremente por los platós para anunciar la buena nueva. El coronavirus es tan artificial como el kétchup y China la responsable de su expansión incontrolada.

Nadie se cree ya la fábula confuciana del murciélago y el pangolín. Y denuncian en voz alta el silencio cómplice y la manipulación científica de la verdad. Estamos en deuda con la ciencia, dice Jon Stewart con retranca, por la ayuda prestada para aliviar el dolor en una pandemia que la ciencia misma ha creado. Así de simple es la verdad. Y no debe darnos miedo, ni asco. El laboratorio puntero de Wuhan es el lugar de donde escapó el maldito bicho. Todo lo demás es pura ocultación de la verdad. La mentira más grande jamás contada.

En España nos hemos creído el cuento chino tan al pie de la letra, como un dogma de fe, que costará mucho olvidarlo. Ojalá no haya que esperar a que Sánchez se vaya de la Moncloa para enterarnos de la verdad de manera oficial. Esperemos que Biden, en uno de esos saludables paseos que suelen dar juntos en las cumbres europeas departiendo sobre lo divino y lo humano, acierte a transmitirle las ventajas políticas de la verdad. Quítate el bozal, hermano. La verdad te hará libre.


martes, 29 de junio de 2021

PYNCHON

 [Andrés Ibáñez, Thomas Pynchon. Una vida oculta, Zut, 2021, págs. 105] 

          Esta es la historia del hombre invisible de la literatura. La historia del hombre que se hizo visible a través de los libros sin perder la invisibilidad. La historia del hombre que, progresivamente, a medida que sus libros alcanzaban un altísimo nivel de visibilidad, fue haciéndose cada día más visible hasta el punto en que, a pesar de Facebook, se hizo translúcido. Así que esta historia maravillosamente contada por Andrés Ibáñez es, en el fondo, la historia del escritor neoyorquino que pasó de la invisibilidad a la transparencia gracias a la magia de la literatura. Ese escritor se llama Thomas Pynchon y, como nos recuerda Ibáñez al final de su paradójica biografía, es el más grande escritor vivo y uno de los más grandes de la historia.

De Pynchon, el escritor actual con más fama de recluido e invisible, los lectores conocen lo necesario. Incluso más, si consultan las bases de datos adecuadas, como ha hecho Ibáñez con paciencia. En el tiempo de las cámaras ubicuas y las imágenes proliferantes, Pynchon se las ha arreglado para no dejar demasiados rastros visuales de su paso por el mundo. Es significativo que su sexta novela (“Contraluz”) exprese desde el título ese conflicto íntimo con la imagen pública y asuma la temática de los artilugios lumínicos, los dispositivos ópticos y las teorías de la visión como conductor narrativo de una trama donde el antagonismo entre lo visible y lo invisible es esencial.

Desde un punto de vista literario, con sus ocho grandiosas novelas (desde “V.” hasta “Al límite”), Pynchon ha logrado escribir una genealogía fantástica de la era contemporánea, poniendo el énfasis siempre en esos giros traumáticos en los que la historia moderna podría haber tomado otra dirección más deseable y eligió en su lugar, por una extraña perversión, la línea irreversible que conducía a la masacre y al dominio de las fuerzas oscuras encarnadas en formas de poder absoluto y en confabulaciones siniestras para imponer el reinado de la entropía.

En este sentido, mucho más que un escritor visionario, Pynchon es el nombre reconocible de una vasta conspiración libertaria para subvertir el principio de realidad y expandir un modo de pensar y de entender el mundo tan poderoso como una religión y tan contagioso como una infección vírica. De ahí, como constata Ibáñez, el gran número de fans que tiene en todo el mundo. Sus magnas novelas, con todo su desternillante humor, sofisticado erotismo, cosmopolitismo genuino, estética pop, belleza estilística e imaginación delirante, son para sus lectores cómplices los textos sagrados de un nuevo culto a la libertad del espíritu y la inteligencia, la facultad más amenazada en un mundo gobernado por las leyes masivas de la termodinámica.

No comparto, por tanto, el menosprecio (o menor aprecio) que muestra Ibáñez por las novelas de Pynchon de apariencia menos ambiciosa, como “Vineland” y “Vicio propio”. La obra completa de Pynchon compone una totalidad estética y filosófica mucho más allá de las diferencias cuantitativas o cualitativas entre sus diversas partes creativas. Con Pynchon, la literatura demuestra su verdad más intransigente: es un arte mayoritario que se disfruta en la soledad de las minorías.

Es irónico, finalmente, el rastreo de Ibáñez por internet buscando informaciones excéntricas sobre Pynchon. Como si ese ente tecnológico, de cuya génesis policial Pynchon nos lo contó casi todo en “Vicio propio”, constituyera el invento definitivo para darle la razón en su visión de la historia humana como lucha intemporal entre las energías de la libertad y las de la opresión. Desde luego, sin la literatura de Pynchon el siglo XXI sería incomprensible.

miércoles, 23 de junio de 2021

HABANA ERÓGENA

 [Guillermo Cabrera Infante, La Habana para un infante difunto, Alfaguara, 2021, págs. 496]

 Cuarenta y un años después de su aparición, “La Habana para un infante difunto” ha cobrado para sus lectores un estatuto mítico de carnaval novelesco. Su engañosa apariencia de memorias sexuales de un escritor cubano exiliado y el equívoco momento histórico de su publicación, en pleno orgasmo del “destape” español, crearon una intersección de humor explosivo y atrevido erotismo que hoy sería considerada de una incorrección política incorregible. Como declaró Cabrera Infante en una entrevista: “Uno de mis propósitos es que fuese un libro que expresara eminentemente la vulgaridad”.

La singularidad del libro reside, por tanto, en el cómico desparpajo con que Cabrera Infante, espoleado por un afán de venganza contra la censura franquista, que había mutilado cruelmente los pechos femeninos de “Tres tristes tigres”, afronta el pretexto narrativo de evocar, sin tabúes ni tapujos, sus vivencias amorosas de la infancia, la adolescencia y la primera juventud, transfigurándolo en una celebración pop, muy en sintonía estética con las modas y hábitos de los setenta, de la impúdica vulgaridad de la vida.

El orbe obsceno de Cabrera Infante rota alrededor del efímero femenino como de un magnetizador erógeno. Ningún otro escritor ha penetrado con tanta indiscreción, como muestra este portentoso libro, en la mente y el cuerpo de las mujeres. El sexo femenino es el recurrente objeto del deseo carnal y las correrías eróticas de este avatar picaresco del autor que las persigue, mientras intenta madurar vanamente, por toda La Habana, transformada en coto de cacería sexual, de calle en calle, de casa en casa, de cine en cine, hasta desnudarlas (y desnudarse) de imposturas sociales y culturales en un teatro íntimo y gozoso como no había conocido la literatura en español desde el “Libro de Buen Amor” o “La lozana andaluza”.

De ese modo, las sucesivas experiencias y aventuras promiscuas del narrador, desde el primer capítulo (“La casa de las transfiguraciones”) hasta el último (“La amazona”), van constituyendo un viaje mental y sentimental, tan real como alegórico, hacia la inalcanzable madurez. En el plano narrativo, Cabrera Infante repite algunos recursos de su novela anterior, pero expandiendo sus posibilidades al ponerlas al servicio de una memoria personal engrandecida por la fabulación y el olvido, donde el registro pornográfico empleado en la descripción de los actos sexuales no procede solo de la literatura sino de la visualización cinematográfica de los mismos, de su metódica escenificación ante una cámara imaginaria.

Como en el grandioso “Amarcord” de Fellini, modelo seminal, la asociación de memoria y cine, el recuerdo de las películas vistas y la memoria caprichosa de la vida vivida en la ciudad amada, fuera del recinto amniótico de las salas de cine donde ocurren incontables secuencias, son las facetas dominantes de la novela, como si esta se tramara como una metonimia entre la sábana de la pantalla y las sábanas de la cama.

Esta indecente asimilación retórica se consuma en el epílogo (“Función continua”), donde el donjuanesco narrador se pierde en una solitaria sala de cine en pos de una misteriosa mujer fatal, salida de una visión onanista de la adolescencia. Ese relato rabelesiano se configura como un dibujo animado fantástico de creciente pornografía en el que el narrador lúbrico, tras perder sus accesorios personales, penetra de cuerpo entero en la vagina hospitalaria de esa mujer mitológica que representa el epítome de todas las mujeres (poseídas o no) de su vida de mujeriego impenitente.

Condenado a inmadurez perpetua, el narrador acaba remontando el curso errático de la vida y contando su nacimiento biológico como renacimiento literario.

El amor lo vence todo. 

jueves, 17 de junio de 2021

COLONOSCOPIA


 [Publicado en medios de Vocento el martes 15 de junio]

           Una de dos. O la manifestación de Colón ha sido un éxito y Sánchez debe preocuparse. O la manifestación solo ha servido para provocar ruido mediático. El principio de incertidumbre se inventó para estos casos donde la ambigüedad favorece a todas las partes. La vida es confusa y las ideas difusas. Por eso, como decía mi abuela cartesiana, siempre hay que tener las cosas claras y tomar partido de antemano. Yo lo hago sin complejos y me declaro partidario de Colón. De Cristóbal Colón.

Colón descubrió un continente al que no sabía cómo llamar, ni dónde se ubicaba en el mapa, cuando no regía la bandera borbónica que inundó el domingo la plaza que lleva su nombre. Colón descubrió América y América nos descubrió a nosotros los de entonces, que ya no somos los mismos. Y así le va. Mejor no hablar. El español que no conoce América no sabe lo que es España, dicen que dijo Lorca. Más le hubiera valido quedarse allí para no padecer en sus carnes el mal español. El odio al otro, al diferente, el que no pertenece a la tribu o al rebaño, vacunado o no.

Dos millones de catalanes que no se sienten españoles no son un problema. Políticas culturales y lingüísticas favorecieron durante décadas la expansión de ese sentimiento de rechazo. Podemos estar contentos, aunque Podemos no lo esté. Si Sánchez fuera un presidente serio sabría varias cosas. El conflicto catalán es una ficción política creada por quienes tienen interés en sacar partido de la situación. La voluntad soberanista es perseverante e insobornable. No va a renunciar a la causa por más que se pretenda comprarla con indultos o mesas negociadoras. La Constitución, para un independentista convencido, es una camisa de fuerza legal. Y no porque esté loco, no, sino muy cuerdo. No es ironía cervantina que don Quijote sea derrotado en la playa de Barcelona. Cervantes, un experto en decadencia española, sabía dónde sangraba la herida histórica. Vencido y desarmado, don Quijote se reconoce víctima de una fantasía y regresa a su aldea a morir dignamente.

La España de hoy no es la de hace un siglo, tan quijotesca y atrasada, y merece que se crea en ella. Más allá de los reinos de taifas y el politiqueo maquiavélico, necesitamos discursos e ideas que nos hagan vibrar. A los catalanes se les debe seducir con un proyecto común estimulante y no tratarlos como a delincuentes. El mundo es ancho y ajeno. Siempre lo ha sido. Y aquí han reinado mucho tiempo el provincianismo y las arengas pueblerinas. Ya es hora de cambiar.

lunes, 14 de junio de 2021

CERVANTES VA AL CINE


[Guillermo Cabrera Infante, Escritos de cine, DeBolsillo, 2021, págs. 1144] 

        Cervantes, pura literatura, es el escritor menos cinematográfico de la historia, al revés de Kafka, puro cine, pero hay un escritor que ganó el Premio Cervantes nada más publicar este libro memorable, “Cine o sardina”, en 1997. Pese a “Tres tristes tigres” y “La Habana para un infante difunto”, sus dos novelas magistrales, fue este festival cinéfilo, todo hecho de palabras e imágenes, el que hizo a Cabrera Infante merecedor indiscutible del galardón que porta el nombre de uno de sus maestros reconocidos.

Cabrera Infante no fue solo uno de los grandes novelistas cervantinos, sino uno de los escritores que más consagró sus recursos a convertir el cine en la referencia fundamental de la cultura y el arte del siglo XX. Reinventó el cine como experiencia literaria hasta el punto de que se podría decir que existe un cine según Cabrera Infante que no se parece a ningún otro conocido. En esta maravillosa colección de artículos, escritos entre finales de los setenta y mediados de los noventa, Cabrera Infante consuma su relación promiscua con el cine, brinda una experiencia de lectura tan estimulante como una sesión continua de estilo e inteligencia y permite acceder por muy diversas puertas a la multisala donde se proyectan todas las películas de la historia.

El título del libro, como es habitual en el autor, encierra un juego ingenioso a múltiples bandas: por un lado, una parodia homófona del título de un libro viajero de D. H. Lawrence (“Sea and Sardinia”) y, por otro, la anécdota infantil de una madre que ofrecía a los hermanos Cabrera la oportunidad de ir al cine o de cenar todas las noches sardina, el bocado de los perdedores. Los niños siempre elegían el alimento visual que se sirve en la oscuridad y se proyecta como luces y sombras en una pantalla radiante. Por eso, ironiza Cabrera Infante, crecieron tan raquíticos. El cine nutre la inteligencia y el espíritu, pero inmoviliza el cuerpo en el asiento y lo empequeñece.

“Cine o sardina” comienza con la evocación de los inventores y pioneros, como Edison y los hermanos Lumière y ese gran mago del artilugio cinematográfico que fue Meliès, precursor de todos los artificios del cine espectacular, y termina su viaje celebrando el encanto del cine de Almodóvar. En la cúspide de los creadores sitúa a sus admirados Welles, Hitchcock y Fellini, quienes más contribuyeron a ver la vida a través del cine, dice Cabrera Infante, como un espectáculo grandioso e intrascendente. El libro es una fuente inagotable de placeres y sorpresas. En sus quinientas páginas aparece lo mejor del cine americano durante los veinte años de su escritura (“Blade Runner”, Spielberg, Carpenter, De Palma, Lynch y Tarantino, la renovación del cine negro) y los descubrimientos infinitos en esa cinemateca doméstica, la televisión, donde las películas (grandes o pequeñas) coexisten como en el aleph borgiano.

            En el apartado de la sensibilidad pop y camp del libro cabe la evocación de las estrellas que se extinguen (Gloria Grahame, Gloria Swanson, Ava Gardner, Rita Hayworth, María Félix, Barbara Stanwyck, Judy Garland, Katharine Hepburn, Marlene Dietrich), las que nacen desnudas en la retina ávida del espectador (Melanie Griffith, Linda Fiorentino, Sharon Stone) o las que reviven en la memoria privada del autor (Mae West, Lana Turner, Marilyn Monroe, Kim Novak). Los viejos directores también tienen su lugar en esta filmoteca imaginaria al alcance de todos: Charles Chaplin, Fritz Lang, George Cukor, Sam Fuller, Vincente Minnelli. O ese doble del autor en la pantalla que fue Groucho Marx, el gran cómico verbal del cine.

            Sirva de colofón del libro y de su espíritu festivo este comentario: “Viejo muere el cine pero renace cada día. Es decir, como el acto sexual que es, cada noche. El cine es, qué duda cabe, un afrodisíaco”. Así en el cine como en la vida. 

martes, 8 de junio de 2021

RASTROS DE CELULOIDE


 [Guillermo Cabrera Infante, Escritos de cine, DeBolsillo, 2021, págs. 1144] 

El cine es un arte serio. En 125 años de historia ha demostrado más vitalidad creativa que ningún otro arte en ese mismo tiempo. Si alguien lo duda, esta triple reedición de los escritos cinematográficos de Cabrera Infante vendría a revalidar la tesis imprimiéndole, además, un giro significativo. “Un oficio del siglo XX” es la versión modernista de las relaciones cinéfilas del autor con el arte cinematográfico, muy atento a la Nueva ola francesa, el neorrealismo italiano y la revolución permanente del cine americano. “Arcadia todas las noches” constituía un primer viraje crítico hacia el cine entendido como arte de masas. Y “Cine o sardina” la versión pop y camp que el cine admite también sin desdoro de su esplendor artístico, acaso más minoritario.

Todos los lectores del maestro cubano saben que su caso, como el del doctor Jekyll y su abominable avatar el señor Hyde, es muy especial: el primer crítico de cine que ha pasado a la historia de la literatura por su extraordinaria innovación narrativa y estilística. Cabrera Infante comenzó a ejercer de crítico de cine en la revista Carteles en 1954 con el seudónimo G. Caín, ingenioso nombre de guerra inventado para burlarse del poder que pretendía silenciarlo. Pero no fue hasta 1963, al publicar como libro una selección de sus críticas escritas hasta 1960 bajo el título “Un oficio del siglo XX”, cuando aparece en escena el genio excepcional y festivo de Cabrera Infante. La singularidad del libro no reside tanto en la inteligencia analítica de su visión de las distintas películas y, por tanto, del cine como arte paradigmático del siglo XX, sino en la transformación del crítico en cínico personaje de ficción, un ente imaginario que muestra así su carácter de ficción política y cultural. Este memorable compendio que recopila sus críticas y retrata con humor la carismática figura de G. Caín (reverso tenebroso y simétrico de Abel G., nombre sintético del director francés Abel Gance) puso las bases de su concepción cómica de la narrativa y supuso una primera tentativa de desestabilización de la lengua y la cultura canónicas.

“Arcadia todas las noches”, publicada por primera vez en 1978, es la recopilación de las conferencias que Cabrera Infante, ya sin máscara protectora, dedicó entre la primavera y el verano de 1962 a glosar las virtudes del quinteto de cineastas americanos que entonces le importaban más que su vida, en peligro de verse anulada por un régimen castrista que había empezado a considerarlo un peligroso disidente. Releídas hoy, estas conferencias permiten ahondar en la grandeza del cine clásico de Hollywood y poner en duda la supuesta sumisión de sus creadores a las leyes del mercado. Orson Welles abre el libro como muestra genial de la ostentación barroca y la desmesura fílmica y Vincente Minnelli lo clausura entre la felicidad de sus musicales, el genio amable de sus comedias, la fuerza de sus melodramas y la nostalgia universal por una Arcadia mítica que solo existe en la pantalla de cine por un puñado de horas. En medio, con un despliegue de humor y erudición incomparables, Cabrera Infante retrata a directores tan fundamentales como Alfred Hitchcock, maestro total del arte cinematográfico, o tan divergentes como Howard Hawks, modelo paradójico de un cine viril, y John Huston, obsesionado por el fracaso y los antihéroes.

Los cinco magníficos del cine americano se ven reunidos en este estupendo libro bajo la inteligente idea de Valéry sobre Leonardo que Cabrera Infante se apropia para elevar el cine a la condición de gran arte: “para ellos el cine hace las veces de la literatura, del filosofar y de la poesía”. 

miércoles, 2 de junio de 2021

SIN MAÑANA

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

El futuro ya no es lo que era, dijo el poeta Paul Valéry y se quedó mirando el cielo en busca de nuevas estrellas, como un vulgar productor de Hollywood. El futuro es global, dijo el presidente Sánchez y se quedó atrapado en un bucle temporal, como un androide de última generación, preguntándose qué ingenio publicitario había concebido la estrategia. Para sacarlo del bloqueo de la propaganda progre, se les ocurrió invitar a una escritora a quien suponían afín y se toparon con la voz del alma vieja del pueblo. Sensatez castiza en estado puro.

El futuro es la mercancía favorita de los mercaderes de sueños e ilusiones. Como todos los creyentes en el progreso, Sánchez tenía tanta hambre de futuro que se comió crudo el porvenir de la gente y ahora le vende las sobras a precio de saldo. Eso pretende la magia de la agenda “España 2050”. Sacarnos del presente hipotecado y proyectarnos en un futuro de precariedad y subarriendos. Sánchez no calcula bien sus gestos de prestidigitador. Después de la pandemia, solo un ingenuo se tragaría el alegato vacío sobre el mañana efímero. La fe en el progreso es el Prozac de las clases pensantes, escribió John Gray, y también de los políticos sin ideas propias. Quien tiene el futuro garantizado con este discurso fantasioso es Sánchez. Sus cómplices globalistas ya le reservan un puesto de privilegio en la vanguardia de los elegidos que residirán en una plataforma celestial, tras abandonar la vida pública, lejos del ruido mediático y la suciedad insostenible del planeta de sus desdichas.

El contraste entre el populismo pueblerino de Ana Iris Simón y el globalismo elitista de Sánchez es irónico, como si el destino de España fuera un drama costumbrista de Azcona o una distopía futurista al estilo de “Blade Runner”. Pese a su edad, Simón me recuerda a mi difunta abuela, también manchega y apegada a las virtudes del pueblo llano. Es el fracaso ideológico de la izquierda y la derecha de hoy. Sus luchas espurias en nombre de la desmemoria histórica solo han conducido a este país a dar un salto cultural regresivo a una provincia atrasada donde sobrevive una juventud en paro técnico que no se ha enterado aún de que la realidad de sus ancestros ya no existe más que en sus cabezas amuebladas por Ikea. Es historia viva de España, la más triste de todas las historias tristes, y termina mal. En 2050, si se cumple lo previsto. En este contexto, los indultos suenan a insultos. Qué pena que no haya elecciones mañana. Qué pena que no haya mañana. 

miércoles, 26 de mayo de 2021

UN CIERTO IDIOTA

 

 [David Peace, Paciente X. El caso clínico de Ryūnosuke Akutagawa, Armaenia editorial, trad.: Jacinto Pariente, 2019, págs. 347] 

            Un libro inclasificable como este lo es ya desde su misma forma, sin hablar de la singular aproximación al objeto de deseo de su escritura. El foco de atracción del libro no es otro que el famoso escritor Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927), el más importante y creativo seguidor de Edgar Allan Poe, uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX y el más atormentado también. Akutagawa fue criado por sus tíos cuando su madre sucumbió a la locura y, sin superar nunca este trauma y la debilidad congénita que acarreaba, hastiado de sí mismo y del daño que hacía a otros con su sufrimiento, acabó suicidándose con solo 35 años.

Uno de los deslumbrantes aciertos de esta bioficción es la de conjurar el espíritu y la personalidad literaria de Akutagawa mediante el género narrativo en el que más brilló su genio extraordinario, el relato corto. Peace ya había empleado las técnicas originales de Akutagawa en una novela anterior de su inconclusa trilogía sobre Tokyo (Ciudad ocupada; 2009), donde el conflicto entre verdad y falsedad, versiones antagónicas de la realidad y visiones intransferibles de la misma historia, a la manera prismática del relato “En el bosque”, conocido también por el uso que le diera Kurosawa en “Rashomon”.

De ese modo, este libro excepcional ofrece, en doce relatos, la posibilidad de adentrarse en la mente creativa y la vida desquiciada de Akutagawa participando de sus procesos patológicos, sus fantasmas, torturas físicas y demonios interiores, y aplicando el estilo alucinado pero límpido con que dio cauce expresivo a todo ese lastre destructivo, sintetizado en su relato “Vida de un loco”. Y el libro comienza parodiando su relato “El biombo del infierno”, que se sitúa antes del nacimiento del escritor (al igual que la grandiosa novela Dogra Magra de Yumeno), cuando aún enclaustrado en el vientre materno se niega a escuchar las demandas de su padre de que abandone la comodidad uterina para salir al mundo, para expresar la terrible verdad del ser arrojado a la muerte: “la existencia humana es el mal y la condición humana el infierno”.

La escritura de Peace se mantiene siempre a un elevado nivel de exigencia estilística, pero hay algunos relatos que canibalizan con brillo especial la literatura de Akutagawa. “El dormitorio de Jack el Destripador”, donde combina con ingenio la triste experiencia londinense del gran Natsume Sōseki, maestro y amigo de Akutagawa, con un encuentro siniestro que prefiere velar con sutileza metafórica las conclusiones a que conduce la historia. Otra pieza memorable, que rinde homenaje a Melville en su título y aborda con maestría la obsesión de Akutagawa por el doble, multiplicando los espejos y reflejos en el texto, es “Un cuento contado dos veces”. Entre las criaturas fantásticas preferidas de Akutagawa se cuentan los “kappa”, a quienes retrató de manera grotesca en su obra más famosa. Y ellos son los que lo conducen a la muerte, en un desenlace memorable.

Japonés de cultura híbrida, atraído por tradiciones locales y occidentales, Akutagawa mantenía relaciones ambiguas con el cristianismo, fascinado con su cruento simbolismo de crucifixiones filiales y vírgenes madres de poderes milagrosos. Y Peace da cuenta de estas contradicciones espirituales en el intrigante relato “El Cristo amarillo”. Más íntima es su relación con China y el viaje a Shanghái, narrado por Peace en “Después de la guerra, antes de la guerra”, le reveló el destino trágico de Japón y el suyo propio.

Paciente X es una escalofriante inmersión en el imaginario de uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX que se transforma, al final, en una fastuosa celebración de la grandeza de las culturas asiáticas.

viernes, 21 de mayo de 2021

NUEVOS TIEMPOS


  [Armen Avanessian, Meta-Futuros. Perspectivas especulativas para el mundo que viene, Holobionte ediciones, trad.: Federico Fernández Giordano, 2021, págs. 140] 

            Todas las profecías se han cumplido y ya vivimos en el futuro. El futuro ya está aquí, con toda su carga de angustia y fascinación. El futuro, decía Don DeLillo, significa vivir en presente entre las ruinas del futuro y seguir mirando al futuro desde los vestigios del pasado. Eterna recursividad del tiempo, inagotable especulación del pensamiento. Estas son las dos premisas de las que parte el discurso poliédrico de este contundente tratado de Armen Avanessian, uno de los filósofos europeos más originales e innovadores del momento, el gran discípulo quizá de Jacques Rancière. Un pensamiento que se mueve a caballo del arte contemporáneo, la literatura, la filosofía y la lingüística. En esa línea sintética, son valiosas sus tentativas de fundar una poética del presente de indicativo y una ontología del lenguaje que comprenda la remodelación mutua del lenguaje y el cerebro, el bucle de recursividad que crea lo humano.

Este libro, publicado en Cambridge inicialmente, es una magnífica presentación de sus peculiares perspectivas sobre el mundo del porvenir, entendiendo por tal un mundo que deviene sin cesar al mismo tiempo que avanza hacia lo desconocido e impredecible. Lo más sorprendente de sus propuestas radica en una doble maniobra para restituir a la filosofía su peso en la comprensión de la realidad en conexión con una refundación de la metafísica. Es innegable que la razón científica, con todas sus disciplinas especializadas, y el aparatoso despliegue tecnológico habrían desautorizado con su poder sobre la vida la posibilidad de esta de comprenderse a sí misma a partir de un lenguaje abstracto que le sirva de referente ético y político.

Como indica Avanessian con acierto, el mundo está padeciendo una revolución absoluta de sus estructuras y, sin embargo, carecemos de categorías adecuadas para abordar ese proceso radical de cambio: “Estamos buscando ideas que nos ayuden no solo a conceptualizar, sino también a navegar la lógica de los desarrollos culturales y políticos dentro del tejido del capitalismo global”. Ya hace más de sesenta años que un filósofo fundamental como Martin Heidegger diagnosticó lo que llamaba, con pesimismo apenas disimulado, la superación de la metafísica, la consumación de esta por la realización de sus presupuestos a través de la técnica. Avanessian se sitúa en esa postrimería de la razón moderna para devolver a la metafísica la condición de conciencia de la totalidad, desprovista de cualquier connotación religiosa esencialista, de la que la ciencia pura, en su pugna contra la irracionalidad, la había desposeído.

Con agilidad dialéctica, Avanessian plantea sus perspectivas en tres movimientos. El primero centrado en la enunciación de una “metafísica del futuro”, recargando de valor crítico los debates en torno a la sustancia y el accidente, la forma y la materia, la vida y la muerte, con objeto de eliminar las incertidumbres sobre la absoluta contemporaneidad de su pensamiento, tan embebido de existencialismo y marxismo como de posestructuralismo derridiano y deleuziano. En un movimiento posterior, más atrevido, Avanessian cuenta con los recursos idóneos para redefinir las nociones de verdad, realidad y política a la luz de la evolución de la historia planetaria. Y, por último, se lanza ya sin prevenciones a una especulación arriesgada sobre las dimensiones del futuro donde la filosofía hallaría un anclaje diferente: postulando la “metanoia” como transformación total del mundo, el ser y la mente por medio de la alteridad y la alteración de sus fundamentos ancestrales.

No obstante, un lector escéptico puede encontrar seductor el modo en que el pensamiento múltiple de Avanessian intenta proyectarse más allá de los límites que el tiempo contemporáneo le opone y dudar, simultáneamente, de la eficacia de esa operación intelectual de rehabilitación de una filosofía que, a lo mejor, como Heidegger creía, ya había concluido su trabajo en la historia.

miércoles, 19 de mayo de 2021

INDIGNADO

 

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Indignado es más que un estado de ánimo. Mucho más que una forma de ser. Indignado es una cualidad de nacimiento que no debe nada a la genética y todo a la ética. Indignado es una actitud moral. Ahora que gobiernan los cínicos, como siempre, conviene recordar la indignación colectiva del 15-M como un gesto revolucionario que terminó en pataleo inútil. Estar indignado es como estar enfadado. Se te pasa pronto el calentón y la próxima vez te lo piensas mejor. Mayo de 2011 fue el momento crítico en que muchos ingenuos soñaron peligrosamente con poner el mundo patas arriba.

Indignado estaba Pablo Iglesias la otra noche cuando el vapuleo electoral le sonó a abucheo taurino y a pañolada futbolera. La castración de la coleta dialéctica anuncia su viraje a zonas del politiqueo más confortable. La foto de Iglesias leyendo el panfleto de Vallín ya emasculado de su moño maoísta es una confesión de impotencia y una provocación a sus votantes. Una abjuración pública del indignado profesional de este país. Diez años después de la explosión popular del 15-M, Podemos está desmantelado e Iglesias defenestrado. Así de tenebrosa es la fuerza del sistema.

Indignados andamos otros con que la farsa de la amenaza fantasma del fascismo pasara tan rápido al olvido histórico. Estamos gobernados por políticos que consideran legítima una estrategia indigna. Y luego esperan que les creamos cuando hablan de recuperación económica, vacunación de rebaño y resiliencia. O de la subida de los impuestos y las impuestas, como diría la Ministra de Trabajo en su jerga desatinada. Indignación produce verlos jugando al cuento de “Pedro y el lobo”. Cuando el lobo estepario del fascismo asome de verdad sus fauces en las puertas de la democracia, ya no creeremos en sus gritos de alarma. Como tampoco creemos ya en los estados de alarma. El libertinaje hedonista y anarquizante que se ha apoderado de la gente, según los moralistas, es una prueba de que los estados de alarma solo sirven para implantar estados de alma revoltosa. Y los toques de queda acaban en toques de quedada multitudinaria.

En Francia han saltado las alarmas y ya se preparan para la victoria de lo peor y en la América demócrata de Biden ya no temen a Trump, un avatar primitivo, sino al Anticristo republicano que viaja desde el futuro a través de las redes sociales. En el siglo XXI, por desgracia, nos tocará elegir otra vez entre la indignidad y la indignación. En un mundo indignante, así en 2011 como en 2021, sobran razones para indignarse. 

miércoles, 12 de mayo de 2021

FICCIÓN GNÓSTICA


[Philip K. Dick, La transmigración de Timothy Archer, Minotauro, 2021, trad.: Carlos Peralta, págs. 280] 

     ¿Cómo es posible que una novela escrita por un autor de ciencia ficción y destinada al público habitual del género haya podido plantear cuestiones filosóficas, espirituales, metafísicas y culturales de tal calado en un contexto histórico como el de los años ochenta dominado por el experimentalismo exhausto y el realismo ramplón? Este es, en efecto, el problema literario esencial al que enfrenta a sus lectores un texto de estas características, tan singular en la creación de su tiempo como excéntrico respecto de la obra anterior del autor.

Estén o no de acuerdo los especialistas, La transmigración de Timothy Archer, publicada unos meses después de su muerte en marzo de 1982, se inscribe al sesgo en la temática y las motivaciones profundas de la inacabada “trilogía divina” (también llamada “trilogía Valis”), donde Dick se planteó revisar en clave de ficción científica las cuestiones trascendentales de la historia, la política y la espiritualidad humanas. Así como Nietzsche sucumbió a la locura para consumar el designio de su filosofía, así Dick llevó al límite la experiencia mental de la contracultura (paranoia socio-política, videncia lisérgica, espiritualidad difusa, neurosis religiosa, etc.) para alcanzar un nivel de comprensión de la realidad como el demostrado en esta trilogía decisiva escrita en sus años finales, entre 1976 y 1982. La gestación creativa se produjo de un modo casual, después de un largo período de vida inestable y cierta fatiga respecto de las posibilidades de la ficción.

Por vez primera la voz narrativa, íntima, dolida y convincente, se la encomienda Dick a una mujer extraordinaria, Angel Archer, nuera de un obispo californiano, Timothy Archer, un teólogo polémico en estado de permanente búsqueda e inquisición espiritual en las lindes de la fe cristiana, y esposa de un investigador universitario, Jeff Archer, fiel réplica de su padre en otro ámbito del conocimiento, intrigado por las nefastas consecuencias históricas de la Guerra de los Treinta Años. Si al hijo le obsesiona la figura trágica del general Wallenstein, abducido por el ocultismo y la astrología hasta provocar la ruina de Alemania, como Hitler, por su ofuscación mental y reverencia a las tendencias oscuras de la realidad, al patriarca eclesiástico lo atrae poderosamente la secta gnóstica de los zadokitas, instalados dos siglos antes de la venida de Cristo en las orillas del Mar Muerto, como revelaron los manuscritos esenios de Qumrán, y entregados a enigmáticos ritos de eucaristía psicotrópica de los que extraerían la doctrina mística que Jesús de Nazaret se apropió después para la predicación y el apostolado.

Para completar el cuarteto dramático, aparece la fascinante feminista fatal Kirsten Lundborg con su hijo esquizofrénico Bill. La gran tentadora Kirsten, antes de suicidarse, seducirá al obispo Archer, exacerbando la peligrosa pulsión de sus investigaciones heterodoxas hasta la muerte final en el desierto de Judea, y se apoderará de los deseos extraviados de Jeff conduciéndolo a la confusión y al suicidio. El paradójico desenlace está cifrado en el título, pero este no desvela ni el cuerpo hospitalario que cobijará el alma errante de Timothy Archer ni el sentido de tal milagro metafísico.

Por ceguera ideológica, muchos no comprenden la coherencia de la “trilogía divina”. Estas novelas tardías de Dick consuman su narrativa, construyendo una nueva mitología cósmica para el tiempo del capitalismo triunfante y abriendo de par en par una puerta de salida de la era cristiana, una vía de escape para el cuerpo y para la mente. A fin de realizar este ambicioso proyecto de transvaloración moral era necesario parodiar, como hizo Nietzsche, el lenguaje metafórico, las ideas y las imágenes de todas las ortodoxias y heterodoxias monoteístas de la historia.

viernes, 7 de mayo de 2021

CANDOR PARADISÍACO


  [Catherine Millet, Amar a Lawrence, Anagrama, trad.: Jaime Zulaika, 2021, págs. 210] 

Si Catherine Millet no hubiera escrito previamente el díptico de su autobiografía psicosexual no habría sentido, al leer El amante de Lady Chatterley, la convulsión íntima que la lleva a escribir este brillante análisis de la obra de su autor, el gran David Herbert Lawrence (1885-1930). Millet se mete desnuda en la cama con el lector, una vez más, para enseñarle no ya la crudeza en directo de su experiencia erótica, ni la intensidad de sus placeres inconfesables, sino el sustrato o el trasfondo de lo que ella piensa del sexo a través de uno de los maestros expresivos de la materia.

            Lawrence es uno de los escritores más originales de comienzos del siglo XX. Y lo es en razón de que su narrativa, desde la primera novela hasta la última, y la mayoría de sus relatos y novelas cortas, tuvo el foco siempre puesto en el impacto que la revolución industrial y la modernización urbana causaron en la existencia humana y en las relaciones conflictivas entre hombres y mujeres, muy singularmente, el modo beligerante en que comenzaron a presentarse en el mundo y a pensarse sin tabúes con respecto al otro sexo.

Este aspecto genesíaco de la literatura de Lawrence no podía conducir sino al escándalo y la prohibición, la circulación clandestina y el conocimiento furtivo, de manera que muchos de sus lectores y la totalidad entusiasta de sus lectoras, desde luego, accedían a sus obras del mismo modo que Constance Chatterley accede a la verdad del sexo, en la más polémica de las novelas de Lawrence, la sublime y obscena al mismo tiempo El amante de Lady Chatterley, entregando su cuerpo ardiente al rudo guardabosque Oliver Mellors.

Millet es la destinataria perfecta de la literatura de Lawrence: “uno de los observatorios más escrupulosos de los comportamientos femeninos de la historia de la literatura”. Esta observación metódica se fija un objetivo principal: expresar la insatisfacción femenina y la búsqueda incesante del placer sexual como experiencia de plenitud. Como autora de La vida sexual de Catherine M., uno de los testimonios más descarnados y elocuentes sobre la sexualidad femenina del nuevo siglo, Millet podría fraternizar con la mujer casada que abandona su posición privilegiada para encontrar, en medio del bosque primordial, la desnudez del instinto animal y el placer del cuerpo. Lawrence, según Millet, “sugirió en sus novelas que la evolución del mundo estaba vinculada, no con el cambio del estatus social de las mujeres…sino con la plena consecución de su gozo sexual”.

Leyendo relatos como “Sol” o “La mujer que se fue a caballo”, o una novela emblemática como La serpiente emplumada, se comprende que esa conquista del territorio erógeno conduce a menudo a la mujer muy lejos de su cultura, su raza, su país, su religión, sus leyes y su familia, a continentes inexplorados y geografías físicas sin cartografiar, como sus propios deseos, aunque sea para retornar a casa, más sabia, al final de la escapada. Esta identificación sistemática entre la persecución de la libertad carnal de la mujer y el abrazo del extraño, el desclasado, el mestizo, el indígena o el paria, como reconoce Millet, es otro de los perturbadores atractivos de la narrativa de Lawrence.

Al acabar este penetrante libro, la exégesis de Millet, tan generosa, sensible y lúcida, convence al lector cómplice de que es tiempo de sumergirse a fondo en el fascinante mundo novelesco de Lawrence. La hermosa literatura de Lawrence, en su pretensión artística de decirlo todo sin pudor, se vuelve imprescindible en una época como esta donde urge repensar el sexo y las relaciones entre sexos.

martes, 4 de mayo de 2021

CHOTIS


[Publicado hoy en medios de Vocento]

 Madrid, Madrid, Madrid. El chotis se baila con los pies y a ti voy a hacerte emperatriz de Lavapiés. Así le cantan y encantan a Díaz Ayuso los requiebros de las encuestas, como un coro de verbena a la luz de la luna veraniega. Transparente como las aguas del Manzanares. Traslúcida como el cielo velazqueño. Madrid, Madrid, Madrid. Tres pasos a la izquierda, tres a la derecha y vuelta. Qué cara se le va a poner a alguno cuando se cumplan los pronósticos y el vuelco electoral se vuelva viciosa coreografía de baile popular. Madrid, Madrid, Madrid. Gane quien gane las malditas elecciones, los más escépticos nos hemos quedado sin representación digna después de la pantomima y la farsa padecidas estas últimas semanas.

Y se armó la tremolina, sí, como dice la letra del famoso chotis. Canela fina. Qué favor les han hecho a Gabilondo y a Iglesias metiendo la violencia de las balas y las amenazas en la batalla por Madrid, Madrid, Madrid. Sea quien sea el bromista maligno, sirva a quien sirva, vote a quien vote, ya sea un fascista auténtico, un enfermo mental o un simulador, un gran manipulador irónico, ha logrado que cesen los discursos banales sobre la pandemia o la economía y regresemos a tiempos de guerra civil. Todo este circo es un simulacro que beneficia a ambas facciones, cargando de sentido histórico unas ideologías vacías de contenido. El pensamiento de la izquierda es útil aún para comprender el mundo en que vivimos, pero ya no sus recetas para gestionarlo. La izquierda debe reinventarse para seguir jugando un papel relevante en un sistema construido a la medida de la derecha.

Qué significa hoy ser comunista, qué significa ser fascista hoy, se pregunta la crema de la intelectualidad en la tertulia eterna de radios y televisiones. Como Groucho Marx, necesitaría la ayuda de una superdotada de la ESO, pese a la nueva ley del menor, para empezar a responder con cierta corrección política a la dichosa cuestión. Menos peligroso es recurrir al juicio de un viejo periodista satírico. El comunismo es el fascismo del pobre, decía H. L. Mencken con choteo yanqui, y el fascismo el comunismo del rico. A ver si hay un solo politólogo capaz de desmentirlo. ¿Y la democracia?, se preguntarán en Twitter los ingenuos de siempre. La democracia es como la Superliga. Ese juego amañado donde ricos y pobres, fascistas y comunistas, se quedan siempre con un palmo de narices. La justa medida de la libertad de los votantes de a pie. Madrid, Madrid, Madrid. Hoy pienso mucho en ti. Mamadrid.