domingo, 11 de abril de 2021

BAUDELAIRE AL DESNUDO


[Charles Baudelaire, Las flores del mal, Nórdica, trad.: Carmen Morales y Claude Dubois, 2021, págs. 183]

      El 9 de abril de 1821 nació en París Charles Baudelaire. Ese mismo día nació la poesía moderna, esa que arranca de él como un caudal turbulento y se precipita con furia, a través de Rimbaud, Lautréamont, Mallarmé y Laforgue, en el tumultuoso océano del siglo XX, del que poetas como Apollinaire, Rilke y Eliot destilarían los elixires más tóxicos y tentadores. Para celebrar tal acontecimiento, la editorial Nórdica reedita ahora esta joya literaria (un florilegio selecto de Las flores del mal) con magníficas ilustraciones de Louis Joos. 

          Las flores del mal (1857) es el poemario seminal que engendra la sensibilidad moderna. En À rebours (1884; mi título en español favorito es Contra natura, sugerido por Cabrera Infante en la edición de Tusquets de 1980, frente a los más neutros o moderados Al revés y A contrapelo), el gran Huysmans convirtió a Baudelaire en el poeta predilecto del excéntrico dandi y esteta absoluto Des Esseintes, que no soporta la existencia diaria excepto si puede injertarle algún artificio estimulante. A su vez, esta fascinante novela es el texto maligno (el libro amarillo) que corrompe a los estetas ingleses de El retrato de Dorian Gray (1890) del no menos grande Oscar Wilde, completando así el círculo vicioso de influencias decadentes originado por la cosecha maldita de Baudelaire.

Baudelaire encarna, como escribió Julien Gracq, la madurez consumada de la poesía y la cultura. Una cultura que alcanza la madurez histórica se expresa con la voz lírica de Baudelaire (“Tengo más recuerdos que si tuviese mil años”, declara el poema “Spleen”). Una poesía que logra sondear abismos del alma y el cuerpo que hasta entonces nadie imaginaba (“al fondo de lo desconocido para encontrar lo nuevo”, se lee en el poema “El viaje”). Simas del espíritu y la sensibilidad que la inteligencia ilumina y el lenguaje crea y recrea con la sonoridad de los versos y la belleza de las imágenes. En “Las joyas”, poema prohibido, donde la adorada amante del poeta se deja poseer desnuda conservando puestas sus joyas más preciosas, se alegoriza la alianza del sonido y la luz, el candor y la lubricidad, que define la poética erótica y paradójica de Baudelaire.

Baudelaire ostenta todas las máscaras contradictorias de la poesía. Esta multiplicidad hizo que algún crítico hablara de la “doble postulación” de la escritura de Baudelaire, su esquizofrenia entre el ideario romántico y la tendencia barroca. El alma romántica (“La musa enferma”) lo fuerza a identificarse con el albatros abatido, torpe en el suelo y majestuoso en el vuelo, o con la profundidad del mar y sus tesoros imaginarios, o con la psique atormentada que actúa como vampira de sí misma, o con el maldito repudiado por la sociedad y la familia burguesas. Y también soñar con los paraísos perdidos de la infancia, o con recostarse a la sombra del cuerpo descomunal de “La giganta”, otro paraíso tentador y sensual, o con adormecerse en medio de una orgía de cuerpos revueltos, embebido en fragancias artificiales y aromas animales.

Mientras la lucidez libertina y la exuberancia barroca (Rubens, Rembrandt, Puget y Watteau son algunos de “Los faros” que lo alumbran en la noche poética) guían a Baudelaire en sus preferencias por la seducción y el artificio, el lujo y la sensualidad, el refinamiento en la depravación, el juego erótico, la apoteosis del ornamento, el maquillaje, la moda superflua, la frivolidad y la superficie mundanas. Baudelaire es el genial poeta de la vida moderna con todos sus contrastes e incongruencias, el primer escritor que percibió la sinestesia y las “correspondencias” como modos estéticos de conectar sensaciones inconciliables. Es imposible, al mismo tiempo, leer poemas como “La metamorfosis del vampiro”, “La carroña”, “Mujeres condenadas”, "Las letanías de Satán", "A una que pasa", "El Leteo", "A la que es demasiado alegre" o los ciclos de "El vino" y "Spleen", entre otros, sin sentir la deliciosa crueldad, sádica y masoquista, el humor negro, el ingenio sulfúreo y la ironía satánica de su autor.

Baudelaire ve la realidad con el desprecio sarcástico con que Don Juan, al abrazar su destino trágico, contempla el paisaje infernal en el poema “Don Juan en los infiernos”: desafiando a los poderes divinos que condenan la vida a la intrascendencia y los poderes diabólicos que la arrastran a la perdición. Baudelaire y Nietzsche hacen buena pareja en la historia de la cultura. Lo dionisíaco y lo apolíneo, tándem recuperado por el filósofo alemán en sus exploraciones de la cultura griega antigua, concuerdan a la perfección con las aspiraciones artísticas del visionario poeta francés, como el Eros y el Tánatos freudiano.

El malditismo es otra máscara del mal que el poeta ostenta ante la sociedad y la familia que lo desprecian por su vocación anómala. No hay peor maldición, exclama la madre en el poema “Bendición”, que haber dado a luz a un hijo poeta como Baudelaire. El matriarcado maléfico (Mater Lachrymarum, Mater Suspiriorum y Mater Tenebrarum), que Baudelaire descubrió, sin sucumbir a las fantasmagorías del opio, en la lectura apasionada de Thomas De Quincey (Suspiria de profundis; 1845), expresa así todo el poder primigenio de las entrañas para destruir a su débil criatura. Es negando ese terrible poder materno como Baudelaire logra desvincularse de sus orígenes, invertir su fuerza y convertirla en poder de creación alquímica del verbo y la sensibilidad.

Con afán provocador, el título original pensado por Baudelaire para el célebre poemario era Les lesbiennes (Las lesbianas), pero fue prohibido por la censura inapelable como lo fueron por sentencia judicial en 1857 (y excluidos de las primeras ediciones de Las flores del mal) los poemas amorales donde Baudelaire evoca sin tapujos, como Proust décadas después, el amor lésbico y a Safo, la sacerdotisa viril de ese culto venéreo (“la masculina Safo, la amante y el poeta”, del poema “Lesbos”), así como las floraciones secretas del sexo entre mujeres libres de la obligación de casarse y tener hijos (“Femmes damnées: Delphine et Hippolyte”, “Lesbos”). Antes que en la vida, Baudelaire había aprendido a admirar la oscura fascinación de estas mujeres malditas (las “heroínas de lo moderno”, como las llamó Walter Benjamin) en Balzac (La fille aux yeux d´or; 1835), Alfred de Musset (Gamiani; 1833) y Théophile Gautier (Mademoiselle de Maupin; 1835).

Lo bello baudeleriano repudia la primacía de lo natural y exalta lo artificial a las más elevadas cumbres del pensamiento y la creación. La imaginación suscribe, entonces, un pacto blasfemo y perverso con el más absoluto alejamiento de la naturaleza, esto es, con el mal. A su pesar, Baudelaire reveló el bucle infinito de la naturaleza y la cultura, la vida y el artificio.

Todos los paraísos son artificiales. 

viernes, 9 de abril de 2021

BAUDELAIRE ES EL PUTO AMO


Mais j´ai un de ces heureux caractères qui tirent une jouissance de la haine, et qui se glorifient dans le mépris. Mon goût diaboliquement passionné de la bêtise me fait trouver des plaisirs particuliers dans les travestissements de la calomnie. Chaste como le papier, sobre comme l´eau, porté à la dévotion comme une communiante, inoffensif comme une victime, il ne me deplairait pas de passer pour un débauché, un ivrogne, un impie et un assassin.

-Hypocrite lecteur, -mon semblable, -mon frère!

-Baudelaire-

[El 9 de abril de 1821 nació en París Charles Baudelaire. Ese mismo día nació la poesía moderna. Para celebrar tal acontecimiento, la editorial Nórdica reedita ahora esta joya poética (una antología de Las flores del mal) con magníficas ilustraciones de Louis Joos y la brillante traducción de Carmen Morales y Claude Dubois. Recupero este antiguo post para celebrar hoy el bicentenario de Baudelaire. En unos días publicaré un texto sobre Las flores del mal para proseguir con la celebración...]


Este magnífico libro de Roberto Calasso (La Folie Baudelaire, Anagrama, 2011), por su misma concepción, no es exactamente un libro, o no funciona sólo como tal. Por el fetichismo de sus citas y referencias, la riqueza de sus percepciones y la viveza informativa que transmite, más parece un abarrotado gabinete de coleccionista, una biblioteca bohemia de proporciones infinitas, una galería virtual de imágenes y palabras extraídas de un desván prodigioso donde se atesoran como riquezas insólitas de una cultura quizá en trance de desaparición.
Como lector entusiasta, uno pasea por estas salas repletas de cuadros y libros con la misma excitación recreativa y la misma morosa lentitud con que el flâneur de Baudelaire recorría, con o sin la asistencia de una tortuga para medir la velocidad del paso, las galerías comerciales de su tiempo, impregnándose de las imágenes y las sensaciones que prodigaban en masa los fastuosos escaparates, las mercancías expuestas y la multitud bulliciosa de los transeúntes. Con razón dice Calasso que la lectura de Baudelaire no es, ni fue nunca, una mera experiencia literaria. Antes bien, la incorporación íntima de un nuevo sistema nervioso, una nueva sensibilidad refinada por los estímulos y tentaciones del abigarrado mundo moderno. Esta lección estética, inscrita en otro nivel de vida, sigue intacta hoy, en una época donde el espacio urbano expandido y la dimensión mediática que le sirve de proyección publicitaria hacen del mundo una gigantesca galería comercial de efectos estupefacientes sobre la sensibilidad.
En otro sentido, la poderosa corriente eléctrica que magnetiza el enciclopédico contenido del libro la suscita el encuentro de dos textos significativos en el núcleo de su trama intelectual. El cruce de visiones cifradas en esos textos produce, a pesar de su estratégico alejamiento, una fuerte imantación. Me refiero al escabroso sueño epistolar de Baudelaire, de un lado, y, de otro, a la única reflexión crítica que Sainte-Beuve, la encarnación paradójica del árbitro literario en su faceta más odiosa y necesaria, dedicara a Baudelaire cuando éste, en un gesto de audacia inaudita, se atrevió a presentar su candidatura a la Academia. Es como si se nos diera la oportunidad narrativa de ingresar en el mismo mundo por diferentes puertas, focalizando la mirada en protagonistas distintos, produciendo un efecto de perspectiva estereoscópica alucinante. Calasso, por su parte, enmarca esas perspectivas desde una posición omnisciente que ensancha la visión hasta hacerla global. Esta prismática superposición de puntos de vista es uno de los grandes aciertos “cinematográficos” del libro.
El decadente mundo de Baudelaire, ese mundo de todos y de nadie, solitario y a la vez promiscuo, ese burdel literario de criaturas de perdición, es contemplado así desde la experiencia interior del poeta, tenebrosa y atormentada, y desde la externa del crítico, distante y fascinada. En el relato onírico e irónico de Baudelaire, precursor de Kafka en unas cosas, de Lynch y de Cronenberg en otras, se representan, como en un jeroglífico autobiográfico, todos los traumas, complejos y debilidades de un artista ambicioso y original que no veía reconocida la grandeza de su espíritu y sensibilidad (ni siquiera por los 260 lectores que componían el público literario francés en aquella época, según declara, no sin ironía, el arriesgado editor de Les Épaves en la nota de advertencia que precede a este volumen de 1866, donde se incluyeron todos los poemas “del Mal” condenados por la censura en 1857). En la crítica de Sainte-Beuve, en cambio, encontramos esa fecunda combinación de aprecio y desprecio, atracción y rechazo, que permite aquilatar el valor singular de una obra en relación con su tiempo, desde luego, pero también con esa posteridad artística a la que Baudelaire aspiraba con todo merecimiento.
Por otra parte, otro gran mérito del libro consiste en lograr comunicar entre sí, alterando la línea cronológica, a artistas y escritores que formaron parte de la “ola Baudelaire”. Esa onda tempestuosa, perceptible en la prosa, la poesía y la pintura de todo un siglo, se comunica a su vez con los contemporáneos de un tiempo como el nuestro donde la literatura ya no ocupa el lugar central en la cultura, ni como experiencia espiritual ni como valoración estética. Con este inteligente ejercicio de comunicación a múltiples bandas, Calasso sabe conectar a todos los que aprendieron sus lecciones con Baudelaire y a este espíritu gigante con todos sus cómplices creativos, incluidos algunos que no supo entender, como Ingres, o no pudo conocer y se lo deben casi todo, como Rimbaud, Lautréamont y Laforgue (¿y por qué no Eliot, saltando de lengua y de época? Sin Baudelaire y sin Laforgue, uno de sus grandes discípulos, no existirían esas maravillas seminales que se llaman La canción de amor de J. Alfred Prufrock y La tierra baldía, donde, por cierto, la broma infinita baudeleriana sobre la mascarada moral de la lectura aparece muy bien integrada en el irónico dispositivo de citas y fragmentos del poema).
De ese modo, las lúcidas palabras de Proust, otro discípulo indiscutible como luego Gracq, escritas muchos años después de la muerte de Baudelaire, invierten el designio del giro fundamental que la literatura dio, a mediados del siglo diecinueve, gracias al impulso libidinal y la energía maléfica del autor de Las flores del mal, para instalarla al fin en su corazón más luminoso: “la verdadera vida, la vida al fin descubierta e iluminada, la única vida en consecuencia plenamente vivida, es la literatura”.

martes, 6 de abril de 2021

EL TOQUE ŽIŽEK


 [Slavoj Žižek, Como un ladrón en pleno día (El Poder en la Era de la Poshumanidad), Anagrama, trad.: Damià Alou, 2021, págs. 287] 

Después de más de veinte años de lectura continuada de Žižek, y ante la publicación de este nuevo libro, es hora quizá de hacer balance. La reincidencia significa que Žižek es un pensador fundamental de nuestro tiempo. En el doble sentido de la expresión: alguien que dedica su inteligencia analítica a comentar con agudeza los entresijos y paradojas del presente y que alcanza, por esto mismo, un privilegiado modo de visión sobre el estado crítico de las cosas. En sus diversos escritos siempre encontraremos la apelación a Hegel o Lacan como maestros de la descodificación de las mentalidades y tendencias humanas más arraigadas, así como el repertorio fílmico y literario para completar el examen riguroso con excursiones por el imaginario popular o elitista.

Por si no fuera bastante con incentivar el debate colectivo con ideas originales, Žižek se constituye en modelo intelectual para cualquiera que no se arredre ante la complejidad del mundo contemporáneo: un mundo que describe sin tapujos como determinado en todas sus dimensiones por la implantación global del capitalismo tecno-financiero y la emergencia local de espejismos ideológicos y religiosos, más o menos fanatizados, que pretenden ocultar la cruda realidad a sus seguidores. El conflicto entre promiscuidad capitalista y fundamentalismo creyente es, por ello, una de las nocivas falacias contra las que Žižek suele embestir con violencia retórica.

En esta encrucijada poshumana de la historia, este nuevo libro de título metafórico y postulados teóricos de altos vuelos vuelve a combinar múltiples registros que oscilan entre la filosofía clásica, el periodismo, la politología heterodoxa, el psicoanálisis, la teoría revolucionaria y la exégesis cinéfila antiacadémica (“Blade Runner 2049”, “La La Land”, “Black Panther”) en una prodigiosa amalgama definitivamente sellada por el toque Žižek. En este contexto, no es de extrañar que el cineasta berlinés Ernst Lubitsch, que ya había inspirado un libro anterior (Problemas en el paraíso), regrese a lo grande para completar el perfil de la figura artística que este ensayo pretende poner en pie como contrapunto a las figuras políticas del revolucionario, el comisario, el dictador o el filósofo. En una de sus audaces propuestas, Žižek se atreve a proclamar que el toque Lubitsch es lo que podría salvar a la izquierda en unas circunstancias tan adversas como las actuales.

Desde la introducción, Žižek plantea la necesidad de reconfigurar la práctica de pensamiento dominante y transfigurarla en esa extraña e insidiosa actividad que encarna el mal, entendiendo por tal, como él mismo aclara, “la alteración del modo de vida establecido”. Una teoría y una praxis, por tanto, que se propongan revolucionar de arriba abajo, desde los más poderosos a los parias, los principios, los valores y las costumbres de vida, así como los hábitos de pensamiento, de unas sociedades divididas entre el opio del populismo de derechas, el nihilismo hedonista del consumo y la corrección política de la izquierda.

Restituir la peligrosidad al pensamiento, motivo esencial de esta intervención de Žižek, es un modo de liberar a los ciudadanos de las sociedades multiculturales del presente de su condición de anestesiados por los medios mayoritarios, las adicciones narcóticas y los discursos cómplices del bienestar socialdemócrata o el malestar neoliberal. El problema insuperable es que el propio sistema capitalista emplea la “revolución” de sus estructuras, tecnologías, mercancías y relaciones como instrumento para mantener desorientada a la población, desposeída de un conocimiento adecuado del mundo donde vive.

Este espléndido ensayo, publicado originalmente en 2018, ganaría interés si Žižek le hubiera añadido un epílogo escrito después de estallar la pandemia. Muchas de sus reflexiones adquirirían matices insospechados.

miércoles, 31 de marzo de 2021

LOS OSCUROS CAMPOS DE LA REPÚBLICA


 [Francis Scott Fitzgerald, El gran Gatsby, Anagrama, trad.: Justo Navarro, 2021, págs. 200]

Decía Cyril Connolly en La tumba sin sosiego, un libro excepcional: “Cuántos más libros leemos, más claro resulta que la verdadera tarea del escritor es elaborar una obra maestra”. En este sentido, se puede decir que si Francis Scott Fitzgerald (1896-1940) hubiera desaparecido tras publicar El gran Gatsby en 1925 ya habría tenido garantizada la inmortalidad que la cultura atribuye a los autores de obras imprescindibles de la historia. Conviene recordar esto cuando la oportuna reedición de esta espléndida traducción de Justo Navarro nos permite releer esta novela magistral en un español que la moderniza y enriquece de matices, imágenes y sensaciones. Todas las traducciones de obras importantes necesitan con el paso de los años una mano que restaure, con maestría, su vitalidad lingüística y literaria. Este es el caso. 

La obra de Fitzgerald, uno de los grandes artistas de la prosa y la narración realista americana del siglo XX, se mantiene intacta en el canon literario. No hay lectura de cualquiera de sus obras que no demuestre el talento derrochado para atrapar el ritmo y la vibración de su tiempo, esa combinación de sentimientos, ideas y mentalidades que dan el tono vital de una época, imprimiendo en cada frase y en cada personaje y en cada situación la marca de un estilo de vida inimitable, mediante una estética y una ética narrativas que pretenden atrapar al vuelo la levedad del instante pasajero que barrerá de un plumazo a todos los personajes del escenario del mundo.

Por mucho que uno ame su novela primeriza A este lado del paraíso (1920), donde establece su poética de que el saber no puede consolar de la pérdida de la juventud y las ilusiones, o los chispeantes y melancólicos relatos sobre la "Era del Jazz" (Flappers and Philosophers, de 1920, y Tales of the Jazz Age, de 1922), donde las flappers y los aprendices de "filósofo" emprenden un cortejo coreográfico interminable por las luminosas y abigarradas calles del Nueva York de comienzos de los años 20, o esa “educación sentimental” en la ebriedad del amor y el fracaso de la ambición que es Hermosos y malditos (1922), su segunda novela publicada, resulta evidente que la primera novela donde Fitzgerald dio la verdadera talla de su talento (antes de esa otra ficción suprema titulada Suave es la noche, de 1934), fue en El gran Gatsby: la memorable fábula sobre el fin de la inocencia y la juventud de una sociedad (“la luz verde, el futuro orgiástico que año tras año retrocede ante nosotros”) encarnada en la trágica historia de uno de sus héroes más legendarios, el apuesto Jay Gatsby. Uno de esos personajes carismáticos que la mayoría de novelistas se pasaría la vida buscando sin descanso y que Fitzgerald encontró en el fondo amargo de sus fantasías, con solo mirarse al espejo.

Echando un vistazo rápido a la literatura americana de su tiempo, es fácil comprobar que, a pesar de Faulkner y con la excepción de Dos Passos y Thomas Wolfe, las novelas de Fitzgerald no solo se encuentran entre las más brillantes sino entre las primeras que expresan con realismo sensorial la extravagante alegría y vitalidad del siglo XX, con el cine y el automóvil como emblemas de una nueva y dinámica forma de vida. En esto radica la originalidad incomparable de toda su literatura y, muy en especial, de esta fascinante novela donde, además, la huella estética de la visualidad del cine mudo es tan notoria en el modo de narrar las acciones y describir los personajes, integrándolos en espacios que siempre están en movimiento.

El gran Gatsby es, por todo ello, una de las obras paradigmáticas del siglo pasado y no es caprichoso que pueda detectarse su influencia en la sensibilidad de dos grandes exponentes de una narrativa apegada a la realidad de su tiempo como Cabrera Infante, en La Habana prerrevolucionaria, y Bret Easton Ellis, un Scott Fitzgerald de los ochenta y noventa, a caballo entre Los Ángeles y Nueva York. La fusión de lo nuevo y lo viejo, el nuevo arsenal de la vida, las nuevas máquinas y las nuevas formas de entretenimiento y relación, pero también de arte y de música, frente a las viejas fórmulas del drama social, con el amor imposible de Gatsby por Daisy Buchanan y los amoríos furtivos de los ricos y los privilegiados y la sórdida existencia de los pobres y los fracasados. En suma, un vistoso panorama, no exento de crueldad, de los rituales, costumbres e idiosincrasias de un mundo que aún no había fijado su imagen en álbumes repletos de estereotipos en blanco y negro.

viernes, 26 de marzo de 2021

PESIMISMO ILUSTRADO


 [Manuel Arias Maldonado, Desde las ruinas del futuro. Teoría política de la pandemia, Taurus, 2020, págs. 293]

El Antropoceno, como dice Steven Shaviro, supone que los humanos hemos alterado la biosfera con nuestras acciones, pero significa también que nos hemos expuesto en exceso a las fuerzas naturales que responden a nuestra influencia de modos que no podemos anticipar ni controlar. La covid se inscribe en estos parámetros estrictos por más que la discusión sobre su génesis siga abierta. Por su parte, Arias Maldonado, uno de los grandes expertos españoles en el Antropoceno, sostiene en este libro informado e inteligente, como todos los suyos, la tesis de que esa adscripción es problemática, precisamente, en razón del origen del virus y no tanto de sus secuelas.

Lo que nadie niega es que la covid ha vuelto del revés el mundo tal y como lo conocíamos hasta su virulenta irrupción y nos obliga a repensar, en este sentido, todo lo que dábamos por evidente sobre el siglo XXI. He aquí una cuestión esencial a la que ha de enfrentarse quien pretenda reflexionar sobre este asunto, como hace Arias Maldonado, con singular convicción y capacidad persuasiva. Ya muy avanzado el ensayo, Arias proporciona una de las mejores descripciones que he leído de la pandemia en estos términos: “un episodio de letalidad moderada y alta espectacularidad, vivido con la intensidad propia de la sociedad de la información y la implicación emocional inherente a las redes digitales”.

Se formulan ahí, de manera sintética, las grandes líneas del análisis sobre la pandemia emprendido por Arias desde una pluralidad de enfoques (políticos, filosóficos, sociológicos, culturales, históricos, científicos, etc.), a partir de una bibliografía ingente, para llegar a la tesis sostenida desde el principio. La génesis del coronavirus es achacable a la modernización deficiente de China, al maltrato animal en sus mercados alimentarios y, por tanto, a las amenazas globales de una sociedad poscomunista tan inmersa en un progreso capitalista desaforado como incapaz de controlar los sectores atrasados de su economía y cultura.


Esta tesis dominante obliga a Arias Maldonado a realizar un doble ejercicio intelectual para explicar que, a pesar de que la covid haya sido producida durante el Antropoceno, no es una catástrofe ligada a los rasgos de dicho período de la historia planetaria. Paradójicamente, la pandemia estaría dentro y fuera del Antropoceno al mismo tiempo. Dentro por razones sincrónicas y fuera por la diacronía desigual que la produce. Este sería el punto más controvertido de su discurso: da por demostrado que el coronavirus se origina como zoonosis que se traspasa al humano en entornos peligrosos de carencia de higiene y promiscuidad animal, cuando hay cada vez más evidencias que cuestionan esta interpretación. Esta discrepancia no impide, sin embargo, que se puedan considerar los argumentos principales del ensayo no solo como razonables y acertados, sino dignos de ser suscritos sin discusión.

La incertidumbre domina nuestra visión de la pandemia y la reiteración de las oleadas infecciosas nos obliga, además, a ser prudentes a la hora de enunciar verdades demasiado categóricas sobre un fenómeno expansivo que está desbordando todas las previsiones científicas. Es todavía pronto para saber, por ejemplo, si volveremos alguna vez al mundo que conocimos con anterioridad, o si la pandemia ha modificado radicalmente las condiciones de vida en el presente y el futuro, imponiendo un nuevo régimen de control sobre la población.

Desde esta provisionalidad del juicio, atina Arias al postular la necesidad urgente de asumir el pesimismo ilustrado como vacuna autocrítica contra las ilusiones ideológicas generadas por la pandemia, ya sea la tentación regresiva de los detractores de la modernidad, el reciclado revolucionario de los nostálgicos del comunismo o el sueño de poder de la élite capitalista.

miércoles, 24 de marzo de 2021

YA ES MAÑANA


[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Qué suerte la nuestra. La pandemia nos ha hecho globales y la globalización se ha desinflado al mismo tiempo, poniendo a cada uno en su lugar. China es la nueva vecina rica y poderosa del bloque y da miedo pensar en sus tendencias autoritarias. Menos mal que los americanos, aun noqueados, siguen ahí plantando cara a la adversidad con eficacia garantizada. El duelo de este dúo de monstruos marcará el futuro con secuelas impredecibles.

Ya vivimos en el futuro. Eso significa, según DeLillo, sobrevivir entre las ruinas del futuro y mirar al porvenir desde los vestigios del pasado. Así vamos. Entre el racismo de la realeza británica y las dudas genéticas sobre Paquirrín, en la cultura popular no ganan para disgustos. Y aún soñamos con vivir en Marte. Nuestra imaginación no tiene límites ni pasta para financiarse.

Por si fuera poco, nuestros políticos están en pie de guerra. Una moción de censura que era el inicio de la segunda reconquista sanchista ha desencadenado una lucha de poder implacable. El maquiavelismo manda más que el virus chino. Y los ciudadanos se resignan a su aciago destino democrático como hace Ciudadanos. La formación naranja, si continúa la hemorragia, se quedará blanca en mayo. La desbandada total. Eso pasa por aliarse con Sánchez contra sus socios naturales. Parece mentira. Ya nada es natural. Todo se fabrica en laboratorio. Hasta el “Wall Street Journal” lo reconoce.

Un año después, los ricos son más ricos y los otros, sin demagogia, cada vez más iguales. En el Gran Mercado del Mundo basta con sembrar el caos para cosechar desgracias masivas y suculentos beneficios. Con la pandemia, como dice Ivan Krastev, todas las distopías del mañana se han fundido en una pesadilla real. El pasaporte covid es una idea digna de los nazis, expertos en clasificar gente como reses en el matadero. El experimento social funciona como si nos hubieran metido a todos en la lavadora de la historia y ahora estuviéramos en pleno centrifugado. Eso supone la vacunación. Fármacos de diseño que nos inyectan la globalización en vena.

AstraZeneca lo tiene todo para triunfar. Desde el nombre hasta el precio. Hace falta el estoicismo zen de Séneca para ponérsela y el cinismo astral de sus directivos para venderla como revolución viral. Los niños en la escuela ya se aprenden la fórmula que mata profesores. Y esto es solo el principio del siglo XXI. Más vale no imaginar el final. La inmensa mayoría de los adultos que padecemos la pandemia no lo veremos. La vida es cruel. 

viernes, 19 de marzo de 2021

EL GRAN MERCADO DEL MUNDO


 [Lewis Hyde, El don, Sexto Piso, trad.: Julio Hermoso, 2021, págs. 474]

           Esta cuestión de las relaciones entre el arte y el mundo es tan paradójica como cualquier otro aspecto de la cultura humana. Sin el mundo no existiría el mercado ni tampoco el arte. Si el arte dependiera solo del mercado no sería tal y si el arte no tuviera un espacio donde hacerse público y llegar a sus destinatarios reales, no existiría como arte. Así que todo el problema del arte y el mundo se reduce a esta dialéctica por la que el “logos” y el “eros”, como dice Hyde, esas dos facetas antagónicas del espíritu humano, la más calculadora y organizadora y la más creativa y libre, han de entenderse por fuerza en beneficio de esa inteligencia colectiva que preserva la vida espiritual de la especie.

            Como en el famoso auto sacramental de Calderón (“El gran mercado del mundo”), es ahí donde todo el que tiene algo que compartir con la sociedad debe ofrecerse sin escrúpulos y aceptar de buen grado que la malicia y la inocencia de los otros juzgue la utilidad, belleza, atractivo o seducción de la obra que se les vende. Es una alegoría barroca que no tiene desperdicio.

            Un sentimiento similar debió guiar al poeta Lewis Hyde hace cuarenta años cuando inició su indagación sobre por qué la poesía, de todas las formas de expresión, era la más resistente a los tratos y negocios del gran mercado capitalista. Como dice Margaret Atwood en el estupendo prólogo, no imaginaba Hyde los hallazgos trascendentales que le aguardaban al final de su concienzuda exploración. El ensayo se subtitula, con afán provocador, “El espíritu creativo frente al mercantilismo”.

            Hyde consagra la extensa primera parte del libro (“Una teoría de los dones”) a una revisión rigurosa de las concepciones en torno al valor y la práctica del “don” que la antropología moderna (de Malinowski a Mauss) ha estudiado en culturas indígenas y exóticas. El “don” es entendido como sinónimo de gratuidad y generosidad, esa actividad humana que participa de la exuberancia y no se mueve por interés ni persigue beneficio alguno. Georges Bataille, cuya referencia se echa en falta en ciertas especulaciones de Hyde, hablaba de la “parte maldita” compuesta por ritos y mitos que fortalecen el vínculo comunitario y, al mismo tiempo, comunican la cultura con la naturaleza y el cosmos.

Ese “don” original y genuino es lo que define también el gesto del artista que entrega como dádiva la riqueza interior de su alma al receptor de su arte y cumple así una función esencial para la comunidad a la que pertenece, como pensaba Walt Whitman, a quien Hyde dedica uno de los capítulos más apasionantes del libro. A medida que la sociedad moderna ha permitido que el cálculo egoísta y la contabilidad de las ganancias y costes de los mercaderes dominen la acción humana con sus restricciones mezquinas, el lugar del arte se ha vuelto problemático.

La usura, explicada por Hyde por medio de una figura tan compleja como la del poeta Ezra Pound, es el fundamento de las relaciones económicas desde hace siglos y, por consiguiente, la antagonista más efectiva de la generosidad del artista. Con el segundo empleo, el mecenazgo (económico o político) o el más puro comercialismo, los artistas han hallado una solución provisional, como dice Hyde, al grave problema del sustento material de sus vidas, comprometiendo su talento en ocasiones.

En cualquier caso, este admirable clásico del ensayo americano moderno serviría para fundar eso que Hyde denomina, sintetizando todas sus ideas con ingenio poético, una “economía del espíritu creativo”.

martes, 16 de marzo de 2021

LA LLAMADA DE LOVECRAFT


[Michel Houellebecq, H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida, Anagrama, trad.: Encarna Gómez Castejón, 2021, págs. 128] 

Houellebecq es uno de los novelistas más apasionantes del nuevo siglo. Un explorador desinhibido de las antinomias morales y los territorios tabú de la conciencia europea contemporánea. Un cronista implacable de la descomposición de los valores ilustrados en la Eurozona. Por si fuera poco, Houellebecq ha escrito este hermoso ensayo sobre Lovecraft, mostrando así la intensa vibración neogótica de toda su literatura. Este libro imprescindible comienza de un modo devastador, formulando una poética existencial que eleva el disgusto profundo ante las condiciones de la vida (“La vida es dolorosa y decepcionante”) a una dimensión cósmica en la que ya no se aspira a hallar consuelo sino a contemplar el verdadero tamaño del horror sobre el que se cimienta la impostura moral del orden establecido y las costumbres sancionadas por el ideario conformista dominante.

No se engañaba John Banville, en su apología estética de Houellebecq, al calificar el libro de “manifiesto apenas velado de un joven escritor desenfrenadamente ambicioso, ferozmente iconoclasta y simplemente salvaje”. El Houellebecq que lo escribió pugnaba ya por convertirse en el Houellebecq exitoso y polémico que todos conocemos. A pesar de ser una obra de encargo, es posible encontrar en esta biografía crítica del mitógrafo del horror de Providence el sustrato genuino de la filosofía de Houellebecq. Como buen postmoderno, Houellebecq ha sabido transformar este ideario sin futuro en una rentable simulación de sentido, el remedo mediático de un pensamiento pesimista que bebe alegremente de fuentes amargas como Schopenhauer y Lovecraft sin abandonar un instante la pose mundana que garantiza el éxito comercial.

Por eso quizá, como reconoce, en la narrativa de Lovecraft faltan dos realidades fundamentales del mundo moderno: el sexo y el dinero. El segundo no es tampoco demasiado relevante en la obra de Houellebecq, pero sí desde luego el primero (“el único juego que les queda a los adultos”). No cabe la fuerza genesíaca en los planteamientos literarios de Lovecraft, del mismo modo que constituye, con plena lucidez y pornográfica exactitud, el impulso vital incuestionable de las novelas de Houellebecq. Lo que sí compartirían ambos escritores, en cambio, es una visión del mundo absolutamente materialista y, en consecuencia, la tendencia a integrar conceptos científicos avanzados en sus tramas narrativas.

En muchos relatos de Lovecraft, de hecho, el triunfo del monstruo indescriptible, la alianza espantosa con el mal, el horror o el caos de la materia viva aquejada de impredecibles mutaciones, parecería anunciar el momento en que todos los terrores se disipan y sólo queda un porvenir indefinible y totalmente radiante más allá de lo humano. De ese modo, como insinúa Houellebecq, las fantasmagorías inhumanas de Lovecraft parodian el lenguaje puritano de las iglesias protestantes y subvierten sin pretenderlo el objetivo trascendente de su discurso al constatar el fracaso de toda empresa humana enfrentada al mal. Ese paroxismo del mal que excede las categorías morales con que se ha interpretado tradicionalmente el cosmos.

No obstante, los terrores que Lovecraft escenifica superan ampliamente los límites de la resistencia racional ante lo desconocido. Es por eso que Houellebecq se atreve, en una de sus piruetas más arriesgadas, a relacionar a Lovecraft con Kant. Esta vinculación se fundaría solo en la tentativa atribuida al escritor de concebir el horror a la medida de la racionalidad extrema propia de los desarrollos de la sociedad occidental. También se podría probar a vincularlo con Nietzsche, aunque Houellebecq, por razones obvias, no mencione esta interesante posibilidad de construir una mitología alternativa.

En este sentido, las aprensiones sexuales y raciales de Lovecraft, tan bien analizadas por Houellebecq, por más que nos disgusten o perturben la comprensión del personaje, forman parte inevitable del mundo de fantasmas inconscientes al que se enfrentó con los únicos instrumentos con que contaba este norteamericano desgarbado y enfermizo, de imaginación calenturienta y pánico cerval a la realidad de la vida: el lenguaje heredado de sus ancestros y las fábulas primordiales de una teogonía malvada solo apta para descreídos.

Ayer se cumplieron 84 años de su muerte.

viernes, 12 de marzo de 2021

CAOS Y PARADOJAS


[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de marzo]

        Fallan las palabras. Sobran las paradojas. Las paradojas, decía Confucio, son un mal programa de gobierno. El mundo desborda de paradojas que se enredan con otras paradojas, formando redes proliferantes que lo hacen aún más incomprensible. Deberíamos rehuir las simplificaciones cuando pensamos en un estado de cosas cada vez más caótico y anodino. Como sabe el CNI, Villarejo es una paradoja andante. Las cloacas limpian y ensucian al mismo tiempo. Por el mismo precio. Nadie escapa a su acción deletérea.

Es paradójico, sí. Cuanto más fallidas resultan las estrategias de la izquierda para combatir al capitalismo global, más se volatiliza este con los movimientos especulativos de internet. Al sexo fluido y la vanguardia trans de la izquierda responde el sistema con la fluidez de capitales y el empleo fluido. Es irónico. Los más capitalistas, como Bill Gates, propugnan soluciones socialistas a los perjuicios ecológicos del desenfreno económico. El caso Bárcenas pasará a la historia como el último episodio nacional de una tendencia cutre a la financiación de los partidos por empresarios locales. La nueva moda es que las élites globales, tipo Gates o Soros, inviertan en partidos guay para imponer sus políticas.

El gatillazo de la operación Illa es otra paradoja. No obtiene el gobierno deseado y favorece la formación de una alianza de poder imposible de controlar en sus pretensiones separatistas. Si trabajara para el CIS de Tezanos, no perdería más tiempo en servir a la apisonadora sanchista y me iría a estudiar a fondo las razones del abstencionismo catalán. En ese treinta por ciento al que le da igual lo que pase allí, reside la clave de su futuro.

Una de las secuelas más graves del caos para la inteligencia es que esta le da la vuelta a todo y piensa al revés. El escándalo no es que las infantas aprovechen un viaje a Abu Dabi para vacunarse. El escándalo real consiste en que los ciudadanos no estemos siendo vacunados al ritmo prometido. Se nos mintió otra vez haciéndonos creer que la vacuna desembarcaría masivamente en nuestras vidas para convertir al coronavirus en una reliquia biológica.

En Estados Unidos, mientras tanto, se habla ya de dejar atrás esta pesadilla en abril, con ciento cincuenta millones de vacunados a finales de marzo. Fiasco espectacular de la UE. Bochorno total. No vale la pena preguntarse por qué no hay bastantes vacunas. Más vale preguntarse cuánto tardaremos en ponernos la vacuna rusa. O la china. Remedio taoísta infalible. Todo se andará. 

martes, 9 de marzo de 2021

EL EVANGELIO SEGÚN PHILIP K. DICK


 [Philip K. Dick, La invasión divina, Minotauro, trad.: Albert Solé, 2021, págs. 320] 

La literatura no puede ser solo literatura. Si la literatura no va más allá de sí misma, si no excede sus medios y sus fines, no merece el tiempo que le consagramos. La literatura participa, en cierto modo, de una búsqueda espiritual y aspira a una forma genuina de conocimiento que no deben nada ni a la filosofía ni a las religiones oficiales ni a las creencias folclóricas. La iluminación profana de la literatura adopta múltiples rostros, perspectivas plurales, desde Dante y Rabelais hasta Borges, Lezama Lima, Hermann Broch o Raymond Abellio, ese gran novelista gnóstico y esotérico tan escasamente conocido hoy como imprescindible. Pero también formatos menos canónicos, como el terror (Lovecraft o Ligotti) y la ciencia ficción. En esta facción más popular de la gnosis literaria, uno de los líderes supremos es Philip K. Dick.

La invasión divina, reeditada ahora, es la segunda entrega de la “Trilogía Valis”, donde Dick se planteó revisar en clave de ficción científica las cuestiones trascendentales de la historia, la política y la espiritualidad humanas. Así como Nietzsche sucumbió a la locura para consumar el sino de su filosofía, Dick llevó al extremo la experiencia mental de la contracultura (paranoia política, videncia lisérgica, espiritualidad oriental) para poder alcanzar un nivel de comprensión de la realidad como el demostrado en esta trilogía decisiva escrita en sus años finales. Todo comienza del modo más trivial, después de una década de vida inestable y cierta fatiga respecto de las posibilidades de la ficción. La sensación de que escribir no sirve para nada y de que por más que el escritor se empeñe en atacarlos los poderes que mantienen este mundo bajo su control siguen intactos.

El 19 de febrero de 1974, tras la extracción de la muela del juicio, Dick padece una neuralgia aguda. Su mujer Tessa llama a una farmacia que sirve a domicilio solicitando un analgésico. Al abrir la puerta, Dick se encuentra con que la chica que le trae el fármaco lenitivo lleva al cuello el colgante de un pez metálico. Dick le pregunta por el motivo del accesorio y ella le contesta que es el símbolo de los primeros cristianos. En ese momento crucial, sus veintidós años de escritor de ficciones con mundos alternativos, tiempos dislocados, viajes entre distintos planos y dimensiones de la realidad, conspiraciones virtuales, juegos interplanetarios y demás temas de su literatura imaginativa cristalizan en una revelación privada. No está viviendo en la siniestra América de Nixon sino en la Roma de Nerón. La historia se detuvo alrededor del año 70 a. C. y persiste, desde entonces, la misma dictadura disimulada (el “Imperio”, como lo denomina Dick en las notas de la Exégesis) que impone su dominio totalitario sobre la realidad a través de artificiosos mecanismos de ilusión cognitiva que engañan a los humanos.

A partir de ese día, un ente llamado Tomás, como el doble gnóstico de Jesucristo, le habla desde el hemisferio derecho del cerebro y recibe por radio misteriosos mensajes personales. Uno de esos mensajes encriptados, por cierto, le permitirá salvar la vida de su hijo, adivinando el mal inguinal que la amenazaba. El 8 de agosto de ese mismo año, fecha en que Nixon dimite por el escándalo “Watergate”, todo cesa de repente. La voz de Tomás desaparece y los crípticos mensajes también. Dick entiende que es tiempo de ponerse a escribir ficciones que revelen la existencia de un vasto sistema de inteligencia viva (VALIS) que sirve, como generador de falsas realidades, espejismos y trampantojos, para preservar el engaño metafísico de que el mundo visible es real y no un holograma espectacular.

La invasión divina es, de todas las novelas del ciclo, la más filosófica y teológica. En su trama, Dick escenifica la segunda venida del Mesías a una tierra tenebrosa y opresiva gobernada por un régimen policial producto de una confabulación política entre la iglesia cristiano-islámica y el partido comunista. Yahvé, exiliado en un planeta remoto, vuelve a encarnarse en una virgen enfermiza (Rybys) y a encomendarle su cuidado a un padre putativo (Herb) y a un avatar afroamericano del profeta Elías. Nada ocurre, sin embargo, conforme a los rigurosos planes de la Providencia y el Mesías extraterrestre recibirá, para vencer al mal, una educación mística de signo solar guiado por Zina, una heterodoxa María Magdalena (la “Shekhiná” de los cabalistas, o el costado femenino de Dios). El nuevo evangelio del amor terrestre escrito por un visionario gnóstico y pop. 

Posdata: A la trilogía inicial (ValisLa invasión divina y La transmigración de Timothy Archer) podrían sumarse otras novelas póstumas (en especial la sorprendente Radio Libre Albemut) para ampliar el ciclo fundamental de las “novelas religiosas”, como las denomina, con desprecio inexplicable, un fan de Dick de la talla intelectual de Fredric Jameson. Por ceguera ideológica, Jameson ha sido incapaz de comprender la coherencia temática del corpus dickiano hasta el final y cómo estas novelas tardías no lo degradan, como piensa Jameson, sino que lo consuman, llevándolo hasta la construcción de una nueva mitología cósmica para la era tecnológico-publicitaria del capitalismo triunfante. A fin de realizar este ambicioso proyecto de transvaloración moral era necesario, entre otras muchas cosas, tomar en préstamo paródico, como ya hiciera Nietzsche antes que Dick, el lenguaje, las ideas y las imágenes y metáforas de todas las ortodoxias y heterodoxias monoteístas de la historia... 

miércoles, 3 de marzo de 2021

TRAGICOMEDIA SEXUAL


 [Amélie Nothomb, Los nombres epicenos, Anagrama, 2020, trad.: Sergi Pàmies, págs. 125] 

Desde su primera novela publicada (“La higiene del asesino”), la literatura de Amélie Nothomb, según confiesa su autora, no se alinea con Adán ni tampoco con Eva. Instalada en la conflictiva encrucijada de los sexos, practica la ambigüedad y la paradoja como recursos estilísticos para radiografiar la escabrosa intimidad de las relaciones y la perversidad de las emociones.

En esta tragicomedia sexual, donde la comedia de diálogos ingeniosos y chispeantes (dignos de una screwball comedy de los años treinta y cuarenta de Howard Hawks, Preston Sturges o Mitchell Leisen) se combina con el trasfondo melodramático de la historia, Nothomb acierta a proporcionar al lector una parábola sobre la superioridad femenina y la derrota masculina en todos los ámbitos, desde los más privados a los más públicos. Una mujer joven, Reine, tras una sesión amorosa de una intensidad superlativa, le dice a su acompañante anónimo que planea casarse con otro hombre, Jean-Louis, que le promete una posición confortable y próspera. Poco después, otra mujer joven, Dominique, satisfecha de su soltería, conoce a un chico extraño que dice llamarse Claude y le ofrece casarse de buenas a primeras.

A partir de ese momento, seguimos las vicisitudes parisinas del matrimonio entre Dominique y Claude, desde las dificultades iniciales con el dinero y los domicilios y los problemas de la maternidad hasta el éxito económico y social. Claude triunfa en la filial de la empresa que dirige y alcanza una situación óptima para ascender en la escala social mientras sus relaciones con su hija Épicène, semejante a él en el físico y el temperamento, se fundan en el odio mutuo. Es entonces cuando esta novela veloz e intensa da un giro inesperado que ensambla, con maestría narrativa, todos los hilos de la trama balzaquiana para desembocar en un descubrimiento terrible y una venganza inevitable.

Los nombres de los personajes son esenciales a la trama en la medida en que la condición de epicenos, es decir, su indistinción sexual o genérica, es la que establece la igualdad de partida en la carrera de la vida entre hombres y mujeres. La referencia culta de la novela, como siempre en Nothomb, alude en este caso al dramaturgo Ben Jonson, autor de una comedia transexual (“Epicena, o la mujer silenciosa”), donde un actor tenía que interpretar a un chico disfrazado de chica, escenario que su coetáneo Shakespeare explotó en sus comedias más equívocas. Esta curiosa obra de Jonson tuvo la peculiaridad de ser representada en 1609 por una compañía de niños actores, cuyas voces sonaban ambiguas y podían interpretar papeles de ambos sexos.

Esta referencia literaria se plasma en el nombre de la hija de Dominique y Claude: padre y madre de nombre epiceno engendran una hija a la que, por sugerencia paterna, llaman Épicène. Épicène es una criatura portentosa, uno de los personajes más singulares de la literatura de Nothomb y quizá su autorretrato imaginario más logrado. Niña hipersensible, estudiante superdotada, lectora políglota, ella toma las riendas de la situación llegado el punto crítico y venga los agravios maternos.

Como fábula sin moraleja, esta novela es una celebración de la feminidad en todas sus facetas: la maternidad, la filiación, la amistad. Y un alegato en favor de la dignidad y la autoestima femeninas. No es severa con los errores inveterados del sexo femenino en su secular subordinación al orden patriarcal, pero señala con inteligencia el camino a seguir para superar una situación de desventaja injustificable e inferioridad asumida que no corresponde a la potencia real de las mujeres. En el fondo, Nothomb hace pensar que la idea de la igualdad entre hombres y mujeres podría ser tramposa y encerrar, una vez más, una injusticia hacia las segundas. 

jueves, 25 de febrero de 2021

CANTAMAÑANAS


[Publicado el martes en medios de Vocento]

 Sale barato meterse con España. No me extraña. Aquí todo es barato y se vende barato. Vivimos en la ínsula Barataria de Sancho Panza. Un país polarizado entre Paquirrín y Hasél, las dos estrellas musicales de la cultura tribal de Atapuerca. Produce tristeza ver a la muchachada creando algaradas para defender la presunta libertad de un energúmeno cantamañanas. Y todo porque al cacique de Galapagar se le han enredado en las hebras de la coleta china las ansias de probar que en este país no existe normalidad democrática.

No sé qué es esto, ni me importa, y tampoco entiendo que por mofarse del rey o bromear sobre terrorismo alguien vaya a la cárcel. No veo el problema. La ley se corrige y punto. Si esto no es una verdadera democracia, combátela como corresponde y no la tomes con los asalariados. El gesto político más fácil, decía Pasolini, consiste siempre en enviar niñatos malcriados, universitarios ociosos y revolucionarios de pacotilla a insultar y apedrear al proletariado policial como si viviéramos en un simulacro franquista. En diez años, la indignación podemita ha pasado de revulsiva a repulsiva. Y me apena decirlo. Los tumultos callejeros son un signo de la impotencia del estilo Iglesias de hacer política frente a las estrategias publicitarias de Iván Redondo.

Es intolerable que por demostrar que tiene razón a toda costa, en su afán ilimitado de poder, el infantilismo y el resentimiento de Iglesias arrastren al país por el fango internacional. La izquierda irresponsable está dispuesta a poner patas arriba la democracia constitucional en nombre de raperos infames y politicastros subvencionados como Puigdemont. El colmo. No creo que la democracia española sea perfecta, ni falta que hace, pero al lado de la pesadilla demagógica con la que sueñan el cabecilla jacobino de Galapagar y los broncosos juglares que la ilustran con sus canciones y tuits, es un paraíso artificial de progreso y bienestar.

La cultura del tuit, en efecto, ese nuevo vertedero donde matones y bocazas evacuan a diario sus intestinos ideológicos, es la raíz del mal. La falsa democracia de las redes sociales se ha convertido en un medio de comunicación tóxica. El supuesto Lenin podemita propone ponerle bozal a la libertad de prensa mientras azuza sin control a los perros de la guerra en internet e incendia las calles con sus hordas revoltosas. Anestesiado con la pandemia, como todo el mundo, ya ni me sorprende que Sánchez no lo cese. Está esperando la autorización de Bill Gates. 

domingo, 21 de febrero de 2021

IMPURO VERBO


[G. Cabrera Infante, O, Exorcismos de esti(l)o y Puro humo, Debolsillo, 2021, págs. 464 y 504]

             A dieciséis años de su muerte (tal día como hoy de 2005) y a solo ocho del centenario de su nacimiento (22 de abril de 1929), es una gran noticia el retorno a la actualidad de Cabrera Infante mediante la publicación de algunos de sus libros menos conocidos o reconocidos. Por fortuna, el aborto del proyecto de sus “Obras completas” en Galaxia Gutenberg, cuando solo se habían publicado tres de los ocho volúmenes previstos en principio, se ve compensado por estas nuevas publicaciones y por la reedición al filo del verano de sus grandiosas novelas “Tres tristes tigres” y “La Habana para un infante difunto”.

       El libro “O”, que algunos llaman “Cero” sin entender el componente irónico de divergencia de opinión encerrado en el provocativo título, se publicó en 1975 como una colección de ensayos de temática pop y, como tal, tuvo un éxito inesperado. El programa del libro, entre sicalíptico y sicodélico, como diría Cabrera Infante, contenía el nivel de polémica cultural que cabía esperar de un autor que había hecho de la irreverencia y la disidencia marxianas sus marcas de fábrica desde su revolucionaria novela “Tres tristes tigres”. Sea cual sea el tema abordado, Cabrera Infante exhibe en sus brillantes páginas una sensibilidad opuesta a toda norma de seriedad, orden, contención, dogmatismo, conformismo y pureza. Enmarcados entre dos crónicas agónicas de la vibrante vida del Swinging London, se suceden aquí ensayos sagaces e innovadores sobre Lewis Carroll y Corín Tellado, las “formas de la poesía popular” de la tradición hispánica e inglesa, el vicio de los juegos nominales, la censura literaria en materia sexual y política, el polémico concurso de bellezas de Miss Mundo visto por televisión, la sexología indócil y la pornografía siempre inocente, como el devenir. Por encima de todos, deslumbra la evocación entrañable e ingeniosa de la vida de Offenbach, su gato siamés, muerto dos años después de publicado el libro.


“Exorcismos de esti(l)o” (1976) también exige que comencemos a leerlo por su extraño título para entenderlo como un homenaje tropical a los famosos “Ejercicios de estilo” de Raymond Queneau, reescritos con humor estival y sensibilidad caribeña para la cultura vudú y el poderío de los espíritus desbocados que pueden llevar a la locura a quien no sabe mantenerlos bajo control. Este libro divertido y explosivo es un paseo por el laboratorio de un mago de las palabras que muestra al desnudo todos sus trucos, parodias y retruécanos al tiempo que demuestra que la lengua es un artificio trucado y engañoso, cargado de ideas anticuadas e idearios peligrosos y también de infinitas posibilidades de juego. Como escritor, Cabrera Infante buscó siempre apropiarse del mundo a través de las palabras y transfigurar la realidad y los cuerpos en verbo contaminado de la impureza y vulgaridad de la vida. En este libro fascinante, fuerza al lenguaje a mirarse en el espejo de la literatura (y viceversa).

“Puro humo” se publicó en inglés como “Holy Smoke” en 1985 y es el primer libro escrito directamente en esa lengua de acogida por el autor exiliado como incorporación a una cultura anglosajona que le pertenecía por voluntad estética y decisión política. El título original hace suyo uno de los eufemismos más graciosos del cine clásico de Hollywood para celebrar la unión de dos de sus pasiones vitales: el tabaco y el cine. En español, sin embargo, se convierte en un agudo juego semántico que hace del humo y la ceniza una metáfora barroca de la nada. Más allá de los centenares de referencias fílmicas y la sugestiva descripción de la historia y cultura del puro cubano, sobresale la memorable antología final (“Ta vague littérature”, citando al gran fumador de puros Stéphane Mallarmé) en que Cabrera Infante casa tabaco y literatura, en una ceremonia envuelta en fastuosas volutas de palabras y de humo, con infinita inteligencia, erudición y placer. Una joya única en su género.

martes, 16 de febrero de 2021

VERDAD Y MENTIRA


[Juan Jacinto Muñoz Rengel, Una historia de la mentira, Alianza Editorial, 2020, págs. 240]

    ¿Qué es la verdad? Un ejército de metáforas, metonimias y antropomorfismos, en pocas palabras, una suma de relaciones humanas que han sido sublimadas poética y retóricamente, traspuestas y embellecidas hasta que, al cabo de un uso largo y repetido, un pueblo las considera como sólidas, canónicas e inevitables. Las verdades son ilusiones cuya naturaleza ilusoria ha sido olvidada, metáforas que han sido abandonadas y que han perdido su impronta original.

 -F. Nietzsche- 

En el Discurso LV de su tratado Agudeza y arte de ingenio, cuenta Baltasar Gracián la fábula que transformó a la Verdad en política para vencer a su émula la Mentira y así adquirir protagonismo en un mundo que, por querencia innata, prefiere los engaños y los embustes, las ficciones y artificios, antes que la cruda verdad. Muñoz Rengel, tras llevar hasta límites insospechados la invención y la imaginación cervantinas en su última novela publicada (El gran imaginador), ha sentido la necesidad de explicar los fundamentos de su arte narrativo y de la visión del mundo y la historia que lo sustentan. El resultado es un libro ambicioso y sagaz que permite a la inteligencia del lector completar todo aquello que el autor deja sin decir o solo apunta. 

No hay orden de la realidad donde no prime la mentira y Muñoz Rengel, con una estrategia amena y penetrante, los va revisando con mirada repleta de agudeza y sentido crítico. Desde que el mono desnudo decidió abandonar su condición animal para ingresar en la historia de la cultura, sin renunciar a la violencia y la agresividad de sus orígenes, hasta el momento actual en que el simio gramático impone su hegemonía en la desinformación de las redes sociales e internet, han pasado demasiadas cosas, o demasiadas cosas, como diría Borges, que se resumen en una sola.  La historia humana es un gigantesco bucle por el que no podemos escapar a las trampas con que nuestro cerebro pretende engañarse y no reconocer su incapacidad para comprender la realidad.

Esa imposibilidad ontológica acarrea la imposibilidad de la verdad y la necesidad de la mentira, que es una de las primeras tesis sobre la que el libro avanza con rigurosa desenvoltura. Todo es mentira sería la conclusión evidente. Todo es producto de la simulación, el fingimiento, el fraude y la ficción. Mitos y religiones, creencias y leyendas, naciones e individuos, costumbres y sentimientos, ideologías políticas y sistemas económicos, son construcciones seculares de un yo ilusorio que se proyecta sobre un cosmos en el que su papel es insignificante y trágico al mismo tiempo. La cultura recubre al mono impostor con sus adornos y artificios y le hace creerse rey del universo. Luego este inventa a un dios supremo que ratifica su presunta grandeza, legitima sus crímenes e impone su culto fanático como verdad absoluta.

En los capítulos sobre el cristianismo brilla con especial saña la cuchilla analítica del autor, mostrando los infundios históricos y textuales que constituyen esa religión desde sus comienzos y que no han cesado, sin embargo, de actuar como dogmas eficientes en la historia. La mentira religiosa, como la política, ha pretendido pasar por verdadera, como dice Muñoz Rengel, mientras la mentira del arte y la literatura no ha hecho sino reconocer su falsedad y condición ficticia, alzándose a un estatuto de verdad en segundo grado. Las especulaciones simbólicas, los lenguajes figurados y las metáforas que dan acceso a la verdad sobre lo que somos y podemos ser como especie y como individuos. Esa es su singularidad frente a los otros discursos.

En los capítulos finales, Muñoz Rengel realiza un salto cualitativo en pos de un modo de vida y de pensamiento que trascienda la disyunción entre verdad y mentira mediante la asunción plena de la ficción como categoría existencial. Acaso así, reconociéndonos seres ficticios pertenecientes a un mundo compuesto de simulaciones y simulacros, pero ejerciendo la más alta potencia de lo falso, como decía Nietzsche, seamos capaces de alcanzar al fin la deseada libertad.