miércoles, 18 de mayo de 2022

HISTORIA ENLATADA


 [Publicado ayer en medios de Vocento]

             Los simpatizantes de Putin, a uno y otro lado del espectro cromático, están empezando a pasarlo mal. Después de verlo el lunes pasado babear como un niño durante el desfile de sus juguetes de guerra y soldaditos de plomo en la Plaza Roja, rodeado de sus gerifaltes, dan ganas de vomitar, cambiar de canal e incluso de planeta. Solo los más fanáticos de la tribu alcanzaron el orgasmo contemplando el vetusto ceremonial y el simbolismo medieval del acto.

¿Qué quiere este personaje? ¿Por quién se toma? Si dice la verdad, dato dudoso, y Occidente es culpable de lo que está pasando, la guerra será interminable. Si miente a sabiendas, cosa probable, solo está esperando a que sus homólogos europeos le ofrezcan una salida honorable y no un suicidio honorable, como exigía Camus. Sería injusto tras el daño causado, pero el cinismo político nos ha enseñado lecciones muy perversas en el último siglo. Del pueblo ruso, por desgracia, no cabe esperar nada. Los pueblos tardan tiempo en tomar conciencia de las infamias sufridas. Al terminar la segunda guerra mundial aún era fácil encontrarse entre las ruinas con alemanes ingenuos preguntándose qué habían hecho para merecer tal castigo. A los rusos, este ataque de lucidez funesta les aguarda en el futuro con la guadaña afilada.

El 9 de mayo, en la celebración marcial de la victoria sobre el nazi eterno, se enarbolaron banderas rusas y enseñas soviéticas. Tiene lógica en ese contexto. Putin es el primer dirigente que asumió íntegra la historia de Rusia. No le quedaba otra, desde luego, en un período crítico en que su país estaba deslizándose hacia la irrelevancia global, una potencia de segunda división que no asustaba ni a los vecinos. A Putin le hierve la sangre nacionalista e imperialista al viejo estilo y cada noche, en su majestuoso palacio de azúcar, discute en privado con Alexander Nevsky, Iván el Terrible, Lenin y Stalin sobre cómo pasar como titán a la Historia (con mayúscula hegeliana) y no ser una minúscula nota a pie de página en los manuales escolares. Y luego tiene el privilegio de acostarse en el lecho real con todas las zarinas, desde Catalina la Grande hasta Alexandra Feodorovna, nada celosas, para envidia de Biden y Macron. La libido del tirano, como decía Cabrera Infante de Castro, lo impele hacia el poder absoluto y la posesión de la carne deseada de las masas. La historia es una ciencia chismosa, ya se sabe, y escribe con tinta indeleble los crímenes sangrientos que se cometen en su nombre. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

SUEÑOS ANDROIDES


  [Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2022, págs. 256] 

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de las fallidas Minority Report y El hombre en el castillo), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.

Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la literatura especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a las anomalías del mundo.

Esta antología de título prometedor recoge diez estupendos relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick. La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias superfluas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos.

Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también, cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios estéticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 

Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de experimentación con invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas demasiado avanzadas a su tiempo o directamente impopulares.

Como muestran las narraciones contenidas en estas electrizantes páginas, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo finisecular, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El Padre-Cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro, y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.

Los “sueños eléctricos”, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión en pantalla de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia. 

miércoles, 4 de mayo de 2022

PROPAGANDA Y ESPIONAJE


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

            Ya nos cansa la guerra de Ucrania. Cómo se nota. Más de sesenta días de atrocidades y el aburrimiento hace mella en nuestra sensibilidad saturada. La atención informativa decae. Da un poco igual lo que ocurra al final con tal de que acabe pronto y no nos afecte demasiado. Es el sentimiento masivo expresado en imágenes de un cinismo escalofriante. El déficit del interés tras la inflación mediática inicial, tan perjudicial como la económica. La inflación favorece siempre las peores causas. En este caso, Putin gana por goleada. “Afeminado demócrata” o “marica occidental” son los insultos que te dirigen sus descerebrados secuaces en cuanto criticas al macho supremo del Kremlin por imponer su virilidad tóxica sobre Ucrania. Mal andamos de recursos mientras la economía baila al ritmo infalible de las matanzas y las violaciones. Será, como dice Pynchon con ironía, porque el negocio real de la guerra consiste en comprar y vender y la verdadera guerra es el jolgorio de los mercados.

            La inteligencia es un don angelical y está por encima de todas las cosas. Es la verdad, aunque en España cueste entenderla por razones históricas y culturales. Así nos va. Cuando la inteligencia actúa, no se llama espionaje. Se llama información. Se llama investigación. Se llama análisis. La inteligencia no es solo un aparato estatal, sino la facultad crítica de descifrar y conocer cuanto sucede en un mundo compuesto de datos infinitos y ruido inmenso. Es lógico que su ejercicio eficaz moleste a los que les va el ser en no ser descubiertos, como decía Gracián.

El gobierno ha cometido la torpeza de caer en la trampa estratégica de sus socios más dudosos. La conexión catalana del Citizen Lab y la simpatía de ciertas élites americanas por la causa separatista explican la trama del escándalo Pegasus. Pero no los errores groseros del “New Yorker”. Esta revista es famosa por publicar ficción. Pura ficción, mentira literaria con firma de autor, no falacias tendenciosas con ínfulas de realidad. La inteligencia, en suma, cumple con sus fines cuando no considera fiables a quienes conspiraron contra el Estado buscando, además, la complicidad de los servicios secretos de Putin. Y ahora el gobierno. Qué enredo. Es cómico. Espero que la inteligencia sonría al leer esto. La sonrisa de la inteligencia implica la derrota del supervillano global más peligroso. El algoritmo de la necedad nacionalista. En todo lo que está pasando, por desgracia, sobra propaganda y falta inteligencia. 



miércoles, 27 de abril de 2022

LA PROSPERIDAD DEL VICIO


[Apéndice sadiano de mi libro de ensayos de literatura comparada YIN Y YANG. El poder de Eros en las literaturas de Oriente y Occidente, de inminente aparición en la editorial Comares] 

El sexo es un asunto demasiado serio para dejarlo en las manos de la industria del porno o de cualquier religión o iglesia fanática, o de los sexólogos y psicólogos, que tratan de refrenar su fuerza perturbadora refinando la represión con moderneces ideológicas. Y el erotismo lo es aún más, si creemos que el placer sexual es mucho más importante que la reproducción. En este sentido, es un gran acierto reeditar una obra libertina de Sade tan licenciosa y estimulante como esta (L’Histoire de Juliette, ou les Prospérités du vice; 1797) en una época donde los malos imitadores del Marqués colman el mercado con sus mercancías sucedáneas. Esas depresivas historietas sobre la incapacidad de gozar y, sobre todo, la impotencia de elevar un discurso sobre el deseo, el goce y los apetitos del cuerpo a la altura de las exigencias de la carne, la inteligencia y el espíritu que las anima. Nunca en la historia moderna el sexo se exhibió con tanto descaro, el erotismo se envasó al vacío con tanta publicidad, las imágenes de la desnudez y el apareamiento genital se tornaron tan familiares en un contexto social tan promiscuo y, al mismo tiempo, indiferente al poder de perturbación primordial relacionado con el erotismo. La banalización en curso que ha sometido el erotismo a la misma lógica mercantil de todos los demás productos es uno de los males que más favorece la expansión del discurso reaccionario del puritano o el fanático religioso de cualquier signo. 

Una literatura puede ser juzgada por los escritores que produce, como signos culturales de su potencial expresivo y como síntomas de sus conflictos y dilemas internos. Una literatura como la francesa, que ha producido escritores extremos como Rabelais y Sade, o Flaubert y Baudelaire, destilados decimonónicos de ambos, es una literatura que ha de ser considerada excepcional en razón de la producción misma de escritores que son excepciones totales en el contexto de la literatura mundial.

En el caso de Sade (1740-1814), esta tesis se puede probar centrándonos en su obra maestra absoluta, esta singular historia de una mujer de voluntad libertina que nunca cede al imperativo de sus deseos y placeres: Juliette o las prosperidades del vicio, una de las escasas novelas del pasado de las que el lector, no digamos la lectora, sale de su lectura tan aturdido y perturbado como de las experiencias más intensas de la vida. Tenemos la fortuna, además, de que esta nueva edición (Cátedra, 2022) está encargada, junto con la traducción, a la catedrática Lydia Vázquez, gran experta académica española en literatura libertina francesa (y en Sade muy especialmente).

Hay muchos tópicos que desechar antes de abordar con provecho una lectura de tal envergadura literaria y filosófica. Nadie ha resumido tan bien las condiciones de legibilidad de esta novela sadiana como el crítico y escritor Guy Scarpetta. La primera condición sería la de aceptar que la lectura de Juliette requiere una cierta implicación libidinal y un gran sentido del humor y del erotismo. La segunda, participar de manera cómplice y distanciada al mismo tiempo de los fantasmas sexuales desplegados en sus páginas: esta paradoja permite disfrutar libremente de algunos platos del menú erógeno propuesto, no de todos, conforme al gusto individual. La tercera condición supone saber diferenciar los placeres ligados a lo imaginario, a los que nos podemos prestar sin temor, de los que encontraríamos gratificantes si se hicieran reales. Y la cuarta, y quizá la más complicada de tolerar en nuestra época, ya que constituye uno de los tabúes mayoritarios del nuevo siglo, es el reconocimiento de nuestra inclinación íntima a la voluptuosidad del mal: «Tel est sans doute, le véritable scandale, aux yeux des bien-pensants de tous les temps: cette façon d´explorer (et de nous permettre de recconaître) une virtualité vicieuse ou criminelle dont personne n´est exempt, puisqu´elle se lie aux resorts les plus intimes de la “volupté”» (Pour le plaisir, p. 304).

La insaciable Juliette, avezada agente del vicio, aprende a prosperar en sociedad volviéndose cómplice sexual de todos los criminales burgueses y libertinos aristocráticos, de uno u otro sexo, con los que traba contacto durante años en un encadenamiento interminable de orgías, crímenes, transgresiones, perversiones y lubricidad sin límites. El principio de placer que ha de gobernar la lectura de esta extensa y jugosa novela picaresca lo expresa a la perfección Juliette, la heroína disoluta de tantas aventuras eróticas, al concluir el relato orgiástico de su vida depravada ante el cuarteto de libertinos que la escuchan embobados, reconociendo su triunfo amoral sobre los valores convencionales: “La naturaleza no ha creado a los hombres sino para que se diviertan con todo sobre la Tierra; es su ley más preciada, será siempre la de mi corazón”.

En esta extraordinaria novela, las mujeres libertinas, lesbianas en muchos casos, como lo es la propia Juliette (“Hombre en mis gustos como en mis principios…quiero ser tu amante, tu esposo, quiero gozar de ti como un hombre”, proclama ante el ano encantador de la recién seducida duquesa Honorine de Grillo, prometiendo traer en la próxima sesión instrumentos más penetrantes que la lengua o los dedos); como decía, mujeres libertinas como Juliette, siguiendo el modelo de la secta de las anandrinas de Pidansat de Mairobert (Confession de Mademoiselle Sapho; 1784), alcanzan el máximo protagonismo en los actos y los discursos, lo que dota al texto de una deliciosa preocupación por el orgasmo femenino (“No es posible imaginarse lo que se obtiene de las mujeres haciéndolas descargar”), que es una de sus expresiones más innovadoras y avanzadas, muy afín a las preocupaciones de escritoras como la revolucionaria Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt (1762-1817) y sus opúsculos incendiarios como el Manual del Libertino o el Catecismo libertino de 1791.

Al final de Juliette, ella misma, oficiando como la condesa Mme. de Lorsange, se asume como escritora o cronista de su vida, autobiógrafa en el sentido pleno de la expresión, y proclama el designio filosófico de su vida libertina y de su autobiografía registrada en forma novelística de la siguiente manera: “¿Por qué temer publicarla…cuando la verdad misma arranca los secretos de la naturaleza, aunque los hombres tiemblen por ella? La filosofía debe decirlo todo”. Sade habría diseñado el personaje de Juliette, según Pierre Klossowski, como un quiasmo de perversa sexualidad en que los papeles masculino y femenino cambian de actor según la acción ejecutada y el cuerpo concreto sobre el que se ejecuta, de modo que Juliette sería su semejante absoluto como mujer: una heroína andrógina, con cuerpo, inteligencia, sensibilidad y deseos femeninos y alma perversa de escritor libertino. Por esta razón, Sade no duda en encomendar la gozosa lectura de esta obra protofeminista a las “mujeres voluptuosas y filósofas”.

Un pensador como Michel Foucault nos recuerda una idea nada descabellada que subvierte las valoraciones históricas y literarias de Sade: el relato sadiano de las rocambolescas vicisitudes y peripecias libertinas de la aventurera Juliette era la obra que clausuraba el período clásico de la cultura, del mismo modo que El Quijote cervantino lo había abierto con su crítica al idealismo caballeresco y sus excesos de perspectiva subjetiva. Como anuncia Foucault en Les mots et les choses: «Sade parvient au bout du discours et de la pensée classiques. Il règne exactement à leur limite» (p. 224). La figura del libertino sería el nuevo caballero andante de las luces y la ilustración, en el momento histórico de cambio en que el último libertinaje aristocrático del mundo occidental se enfrentaba a su era crepuscular para dar origen a la “edad de la sexualidad”: «le libertin, c´est celui qui, en obéissant à toutes les fantaisies du désir et à chacune de ses fureurs, peut mais doit aussi en éclairer le moindre mouvement par une représentation lucide et volontairement mise en œuvre» (ibídem). 

miércoles, 20 de abril de 2022

MIEDO Y ASCO EN UCRANIA


[Publicado ayer en medios de Vocento]

 Termina la semana de penitencia y aflicción y la guerra de Ucrania se hace interminable. Sí, no podemos perdonarle a Putin sus pecados. Son demasiados y demasiado groseros. Cometidos, para más inri, en nombre de la Madre Rusia, esa santa matriarca. El pecado capital, imperdonable, son los muertos e impedirnos pensar en aquello que el ruido y la furia mediática desatados contra el dictador ruso han pretendido ocultar. Cualquier vicio parece irrelevante en comparación. La inflación, la precariedad energética y laboral, la pobreza, la incompetencia, la corrupción, la torpeza, la cobardía, la mezquindad. Con nombres y apellidos y caras reconocibles que más vale no evocar por prudencia.

La guerra es la economía por otros medios, sin duda, pero la política real no es el motivo de esta guerra. Todas las guerras han tenido causas económicas. La paz también las tiene. Así en la paz como en la guerra. La guerra y la paz son producto de equilibrios que no sabríamos nombrar sin desnudar la infraestructura del sistema. Cuando la paz se quiebra y se impone la lógica de la destrucción sobre la realidad, la economía nunca es la única explicación válida. Esta es una guerra tan capitalista como la paz previa, a juzgar por la fortuna de Putin y familia, pero hay un factor diferencial en esta guerra cuya incógnita geopolítica se despejará en el futuro.

La guerra ya es de por sí bastante espantosa como para soportar el suplemento de la propaganda de sus promotores. Como si estos criminales no pudieran afrontar la crueldad sádica de sus actos sin crear ficciones y comunicárselas enseguida a sus destinatarios reales, los súbditos rusos que deben respaldar la barbarie y el horror con su credulidad y sumisión. Y hay que aguantar además los discursos de sus cómplices. La derecha soberanista proyecta en Putin la fantasía wagneriana de un emperador reaccionario opuesto al progreso del pensamiento “woke” y el pluralismo sexual. Mientras la izquierda desnortada, en su tercermundismo estratégico, ve en Putin al eterno enemigo del imperio americano.

A Bill Maher, agudo comentarista televisivo, le da tanto asco hablar en su tertulia semanal de los desastres de la guerra de Ucrania que prefiere no hacerlo. Es la actitud más inteligente, desde luego. Sentir asco y también miedo. Miedo y asco. Asco por lo que está pasando y no conocemos del todo. Miedo por lo que podría pasar y no podemos imaginar. No soy tan inteligente. Entre el miedo y el asco, prefiero no elegir. 

miércoles, 13 de abril de 2022

LA GRAVEDAD DEL ARCOÍRIS

  

[Desde que comenzó la guerra de Ucrania, estoy releyendo a fondo, como era mi deseo desde hace mucho tiempo, El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon. Se me impuso su lectura como una necesidad histórica dictada por las especiales circunstancias y ha terminado siendo, veinte años después de la primera relectura, un redescubrimiento apasionante, obsesivo y muy, muy productivo. Esta meganovela de Pynchon es una de las obras fundacionales (como 2001: una Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) en el cine o Einstein on the Beach (Bob Wilson, 1976) en el teatro, por citar creaciones de análoga trascendencia) de la nueva cultura posmoderna de finales del siglo XX. Tenía razón Jonathan Lethem cuando decía esto: si El arcoíris de la gravedad hubiera ganado el Premio Nebula de 1973, y La Estrella de Ratner el de 1976, la ciencia ficción sería hoy la forma literaria culturalmente dominante… En febrero de 2023 se cumplirán cincuenta años de su publicación. Será el momento de festejarla, pase lo que pase hasta entonces, como se merece…] 

El arcoíris de la gravedad (1973), la tercera novela de Pynchon, es la más renovadora e importante de la segunda mitad del siglo XX. Su título original, de una exactitud provocativa, era “Placeres descerebrados” (“mindless pleasures”, el mapa aleatorio de las donjuanescas actividades sexuales de Tyrone Slothrop en el Londres bombardeado por los cohetes V-2 que intriga y excita a los investigadores militares que lo vigilan; Vintage, 1995, p. 270), pero no gustó al editor. Le negaron el premio Pulitzer por ilegible y obscena, aunque ganó el Premio Nacional en 1974. Si el Ulises de Joyce había probado, cincuenta años atrás, la ineficacia del realismo decimonónico para dar cuenta de la nueva realidad de su tiempo, El arcoíris de la gravedad fue aún más allá al certificar la fosilización de cualquier estética literaria que no asumiera la influencia determinante de la ciencia y la tecnología sobre la forma de contar historias en las sociedades más avanzadas de la historia. En esta sátira enciclopédica diseñada como una película de vanguardia, las experimentaciones más audaces en torno a cohetes, ordenadores, misiles, cerebros y plásticos se combinan con delirios paranormales, excentricidades sexuales, bromas musicales, films porno, alucinaciones lisérgicas y perversiones ideológicas para trazar un retrato apocalíptico del turbulento fin de la segunda guerra mundial y los gérmenes del futuro que comenzaban a gestarse entre las ruinas de un mundo devastado cuya imagen idílica había saltado por los aires junto con millones de sus habitantes.

En los fragmentos de El arcoíris de la gravedad que reproduzco a continuación, la novela habla de sí misma. El texto habla del texto y de la tarea de desciframiento del texto a través del “tropo”, como lo llamaría William Gass, en torno al cual orbita la totalidad de la trama novelesca: el Cohete. Este “tropo” astronáutico, como Santo Grial tecnológico u objeto sagrado del inconsciente, estructura la narración como búsqueda incesante y como obsesión mental y sexual de sus personajes principales (Slothrop, Blicero, Enzian). Mito y metáfora del poderío científico de los nazis que será trasplantado a la América de la posguerra y propulsará la carrera espacial de los años cincuenta y sesenta. Pynchon está gestando la novela cuando se producen dos acontecimientos emparentados. Uno, cinematográfico, el mítico estreno en 1968 de 2001 de Kubrick, con su pesquisa del monolito extraterrestre desde la prehistoria hasta más allá del infinito; y otro, histórico, político y tecnológico, el alunizaje iniciático en julio de 1969, cuando el falo yang del cohete espacial alcanza el orgasmo cósmico por primera vez acoplándose con éxito con la orografía yin de la luna…

En El arcoíris de la gravedad, Pynchon sabe leer los signos culturales y contraculturales de su tiempo con la agudeza de un semiólogo y maneja el arsenal de sus tropos con la pericia de un ingeniero patafísico a fin de hacer visible esa lectura trascendente mediante la ficción y la metaficción. Así, por ejemplo, quizá no existiría el comando africano (el Schwarzkommando) de adoradores del poder destructivo del Cohete (el S-Gerät) si Pynchon no hubiera visto en un cine californiano la secuela Regreso al planeta de los simios, estrenada en 1970, donde un grupo humano de telépatas mutantes, víctimas del holocausto nuclear, vive en el subsuelo venerando la Divina Bomba que destruirá definitivamente la vida en la Tierra. Gracias al espectro cromático del Cohete y sus fantasmas ideológicos, el arcoíris de la gravedad se invierte, al fin, en gravedad del arcoíris. La insoportable pesadez de la técnica vencida, contra la Historia, por la infinita levedad del ser: “descubrir que la Gravedad, tan conocida, es en realidad algo misterioso, mesiánico, extrasensorial en el cuerpo-mente de la Tierra” (“To find that Gravity, taken so for granted, is really something eerie, Messianic, extrasensory in Earth´s mindbody”; Vintage, ibid., p. 590 (la traducción es mía)).

Estos son los dos fragmentos de El arcoíris de la gravedad que inspiran esta reflexión parcial:

 

1) «Sí, así fue, ¿y si nosotros nos pusiéramos ahora a hacer de cabalistas al respecto? Por ejemplo, ¿decir que nuestro verdadero Destino es el de ser los magos escolásticos de la Zona, en algún lugar de la cual hay un Texto que debe ser recogido, analizado, anotado, explicado y masturbado hasta que le sea exprimida la última gota? ¿Y si diéramos por sentado — ¡naturalmente! — que ese Texto sagrado es el Cohete, orururumo orunene, el alto, el que se alza muerto, el que llamea, el más grande de todos (orunene ya está siendo modificado por los niños hereros de la Zona para convertirlo en omunene, el hermano mayor)…, nuestra Torá? ¿Qué más? Las simetrías, las posibilidades latentes, la hermosura del Texto real nos encantaron y sedujeron mientras este persistió en algún otro lugar, en su oscuridad, en nuestra oscuridad… Incluso tan lejos del Südwest, no se nos ahorrará la antigua tragedia de los mensajes perdidos, esa maldición que jamás nos dejará…

»Pero si estoy avanzando a través de él, el Texto Real, en este preciso momento, si lo es…, o si hoy mismo, yendo por entre la devastación de Hamburgo, respirando el polvo de cenizas, me hubiese pasado por completo inadvertido… […] Los bombardeos habrían sido el proceso exacto de conversión industrial, en el que cada liberación de energía se efectuaba exactamente en el lugar y momento requeridos, con cada onda de choque calculada de antemano para crear precisamente el desastre de esta noche y así descodificar el Texto…, y así codificar y decodificar una y otra vez el Texto sagrado…» (El arco iris de gravedad, trad.: Antoni Pigrau, Tusquets, 2002, p. 777; Gravity´s Rainbow, ibid., pp. 520-21).

 

2) «Sí, sí, tenemos aquí un escolasticismo: la cosmología estatal del Cohete. El Cohete sigue ese camino —entre otros— a través de otras espiras de serpientes visibles que latiguean sobre la superficie de la Tierra con irisada luz, con acerada letanía…, esas tempestades, esas cosas del profundo seno de la Tierra de que jamás nos habían hablado…, a través de ellas, a través de la violencia, hacia un cosmos de cifras, hacia una especie de Guerra de Cerebros al estilo Victoriano, entre finos paneles de madera marrón, como entre análisis vectoriales y de cuaternios en la década de 1880…, la nostalgia del Éter, de las elegantemente afiligranadas formas funcionales de plata, de estriado latón, equilibradas, como ancladas en la piedra, que reproducen las siluetas de nuestros abuelos. Estos tonos sepia están aquí, sin duda alguna. Pero el Cohete tiene que ser muchas cosas, debe responder a varias formas y siluetas diferentes en los sueños de quienes están en contacto con él —en combate, en el túnel, sobre el papel—, debe sobrevivir a las herejías con su esplendor, inconfundible… y es bien cierto que no habrán de faltar herejes: gnósticos que han sido arrastrados por una ráfaga de viento y fuego a las cámaras del trono del Cohete; cabalistas que estudian el Cohete como la Torá, letra por letra, remaches, copa del quemador y rosa de bronce, su texto es el de ellos para permutarlo y combinarlo con el fin de obtener nuevas revelaciones, siempre descubriendo; maniqueos que ven dos Cohetes, el del bien y el del mal, que hablan, en la sagrada idolatría de los Gemelos Originales (algunos dicen que sus nombres son Enzian y Blicero), de un Cohete bueno que ha de llevarnos a las estrellas y de un Cohete malo para el suicidio del Mundo, los dos en lucha perpetua.

   Pero estos herejes serán perseguidos, y el dominio del silencio se extenderá mientras cada uno de ellos desciende…; serán perseguidos por todas partes. Cada cual tendrá su Cohete personal. Memorizados en su buscador de objetivo estarán el electroencefalograma del hereje; los latidos de su corazón, tanto los más fuertes como los simplemente susurrantes; las fantasmales florescencias de su espectro infrarrojo. Cada Cohete conocerá así su cometido y dará caza a su hereje; lo perseguirá en silencio a través de nuestro Mundo, brillante y puntiagudo en el cielo, siempre detrás de él, a la vez guardián y ejecutor, cada vez más cerca…» (El arco iris de gravedad, ibid., pp. 1095-96; Gravity´s Rainbow, ibid., pp. 726-27). 

jueves, 7 de abril de 2022

TOMAR PARTIDO


[Publicado en medios de Vocento el martes 5 de abril] 

Las guerras obligan a tomar partido. Ponerse de un lado, apoyar a un bando sin pestañear. El furor de las guerras hace olvidar el mecanismo que se oculta detrás de su estallido. Tomar partido es peligroso en tiempos convulsos. Es un acto revelador de la actitud militante de algunos en un mundo global donde la ceguera se alía con la incongruencia hasta extremos deplorables.

Así, estoy dispuesto a entender que Rusia está sufriendo el ataque más salvaje e injustificado de su historia. Y que la organización criminal de la OTAN y sus gánsteres desalmados están infligiendo al pueblo ruso una crueldad abusiva. Comprendo también, con amargura, que la pasividad cómplice de la UE y la indiferencia culpable de la opinión pública europea ante la violencia de la agresión son un grave síntoma de cinismo político. La demostración, en suma, de que la democracia liberal solo causa conformismo y degeneración moral en la ciudadanía.

El horror que acontece delante de nuestros ojos no tiene perdón y la historia nos juzgará con severidad. Ver a Putin y a sus ministros clamar en vano por sus derechos en la esfera internacional, reclamando ayuda a la ONU con desesperación, suplicando la intervención de fuerzas mediadoras que pongan fin a las hostilidades, no deja de ser una repetición de los trágicos traumas de la Europa del siglo XX. Por otra parte, el silencio mediático, la censura de imágenes e información sobre una guerra injusta, confirma, por si aún fuera necesario, la nula calidad democrática de un sistema que naufraga sin remedio. Putin pretende, en definitiva, liberarnos del yugo opresor de la OTAN y nos negamos a reconocerlo con soberbia infinita.

Para colmo, que los ominosos oligarcas y los poderes corporativos del capitalismo que sojuzgan a la sociedad occidental hayan decidido ponerse de parte de los nazis ucranianos en contra de Rusia, no hace sino dar la razón a quienes culpan al carnicero de Washington, como les gusta llamarlo, de todo el mal que extiende su hegemonía por el planeta. No se puede ser europeo, declaran voces autorizadas, sin tomar conciencia de la complicidad ideológica con la barbarie en curso. Debemos alinearnos contra ella sin ambigüedad. Esta guerra defensiva pone a prueba, una vez más, el valor de nuestras convicciones y compromiso ético. Quitémonos las anteojeras y veamos la realidad tal cual es. Que no lo olviden sus partidarios. Nadie se ha esforzado tanto en favor del futuro de la Alianza Atlántica como Putin. No se lo podemos perdonar. 

miércoles, 30 de marzo de 2022

INFIERNO, PURGATORIO Y PARAÍSO DEL ESCRITOR

LA FICCIÓN EN TIEMPOS DEL SIMULACRO: Magnífica entrevista con Guillermo Mas Arellano sobre literatura y aledaños en su canal de Youtube…


 “La literatura es la más alta práctica moral y espiritual que cabe concebir”. 

miércoles, 23 de marzo de 2022

FUEGO Y SANGRE


[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Un mes ya entre la devastación y el exterminio. Un mes ya de masacre civil y éxodo masivo. Miles de muertos y un nivel de destrucción brutal. Un mes ya de perplejidad y horror y aún nos acecha la incertidumbre del futuro. La duda sobre lo que será el mundo después de este espantoso espectáculo. La incógnita de si Putin será considerado un criminal de guerra cuando acabe la matanza, o solo otro líder corrompido por el poder absoluto.

La cruzada sanguinaria de Putin desafía a las democracias occidentales y las obliga a mirarse en el espejo. El tirano moscovita nos recuerda que el mundo global es un lugar peligroso. Los viejos conflictos y los traumas vetustos no desaparecen nunca del inconsciente geopolítico del planeta. Viendo el viernes al zar Putin jaleado por la multitud, pensé que no conviene ignorar que el pueblo ruso deseó a Putin, como los alemanes desearon a Hitler en su momento, para redimirse de la humillación histórica. Los electores lo quisieron y aclamaron y lo siguen haciendo hasta hoy. Putin representa para muchos la opción de una política antiliberal basada en la fuerza desmedida y la voluntad de poder, expandiendo el odio por el mundo en nombre de una patraña nacionalista. La gran Rusia, el Imperio central de Eurasia, fantasía telúrica alentada por ideólogos como Dugin.

Que Europa está amenazada, nadie lo duda. Que las primeras amenazas surgen de sus entrañas, tampoco. Así ha sido siempre. Pero ahora están los otros. Los que ya estaban ahí, aunque no ocuparan la misma posición en el tablero, ni tuvieran el mismo peso. La pandemia china fue el primer ataque. Hizo mucho daño, pero fracasó. Ahora viene el segundo. La embestida rusa. Ucrania es el escenario principal, pero el fin es distinto. Mantener a raya el poder de unos, debilitar a otros y afianzar un nuevo orden global, como dicen los analistas más agudos. Europa pierde pujanza en un escenario mundial dominado por superpotencias con una agenda cada vez más enredada.

Rusia es solo el ariete estratégico, un arma ofensiva contra Occidente. El desconcierto y fragilidad de los gobiernos preocupan en las casas de apuestas que hacen negocios lucrativos con todos los bandos implicados. Las profecías se han revelado falsas. No sabemos en manos de quién estamos. Los oráculos callan. El silencio es ruido. La farsa deviene tragedia. La historia ruge de nuevo como una bestia sedienta de sangre y no estamos preparados para lo que se avecina. Espero que nadie me cancele por escribir esto. 

miércoles, 16 de marzo de 2022

EL CORAZÓN DE SŌSEKI

  


[Natsume Sōseki, Kokoro, trad.: Carlos Rubio, Satori ediciones, 2021, págs. 336] 

          Como escribió Fredric Jameson, la novela y la era Meiji (1868-1912) personifican lo mismo. Natsume Sōseki (1867-1916) es el escritor por excelencia de ese período trascendental de la historia moderna japonesa. Sōseki escribió poesía y prosa, viajó a Londres con una beca gubernamental para estudiar la lengua y la literatura inglesas, impartió clases de literatura inglesa en la Universidad de Tokio, ocupando la cátedra vacante de Lafcadio Hearn, dictó conferencias entre 1903 y 1905 sobre su idea de la literatura como expresión de las emociones humanas más profundas y se convirtió en 1907 en el primer escritor profesional de la literatura japonesa a sueldo del diario matutino más importante de su tiempo (“Asahi Shimbun”).

Las cuatro antinomias de la compleja personalidad de Sōseki, según Carlos Rubio, gran especialista y traductor de literatura japonesa, son estas: sufrimiento moral (traumas infantiles, problemas matrimoniales) y sufrimiento físico (dolencias y enfermedades varias); esquizofrenia cultural entre Oriente y Occidente; profesor académico y escritor de ficción; preferencia por temas de la tradición japonesa y formas y técnicas narrativas occidentales. La misión moral y estética de la novela para Sōseki consistía en poner orden en el caos de la vida moderna. Con todas sus paradojas e ironías, las novelas de Sōseki son alegorías del deseo de acceder a la modernidad plena y de la imposibilidad de hacerlo sin pagar un alto precio psíquico o moral.

“Kokoro” es la cumbre creativa de su prolífica carrera como novelista, publicada dos años antes de su prematura muerte. Ninguna de sus novelas expresa con tanta agudeza el conflicto entre modernidad y tradición, libertad individual y orden comunitario, que sostiene su proyecto literario. “Kokoro” fue publicada por entregas en “Asahi Shimbun”, entre abril y agosto de 1914, atrayendo la atención de millones de japoneses. El título no admite una traducción simple (“corazón”) ya que se refiere también al corazón delator o núcleo traumático de la realidad, a la esencia de la vida afectiva y el nudo carnal de las relaciones humanas. La estructura tripartita de la novela, calculada por Sōseki con inteligencia para producir efectos indelebles en la mente del lector, es sancionada desde la perspectiva narrativa por el uso múltiple de la primera persona del singular.

En la primera parte (“Sensei y yo”), compuesta de 36 capítulos, un joven desorientado, de sexualidad aún inmadura, narra las intensas relaciones de amistad que establece con un hombre adulto al que considera un maestro y que, tras una apariencia discreta, oculta un pasado doloroso: un episodio trágico de juventud relacionado con un amigo suicida, llamado K., y Shizu, la esposa del “Sensei”. En la segunda parte (“Mis padres y yo”), el yo anónimo nos narra en solo 18 capítulos sus complicadas relaciones familiares con un padre enfermo y una madre dominante que pretenden orientar su vida hacia la normativa tradicional y la normalidad social. En la tercera parte (“El testamento de Sensei”), la más conmovedora, el “corazón” palpitante de la novela, la voz narrativa pasa del yo del discípulo al del maestro infeliz para que este le transfiera a aquel, mediante la lectura de una extensa carta de 56 capítulos, los secretos de su culpa interior y el deseo expiatorio de acabar con su vida tras años de sufrimiento silencioso.

Durante mucho tiempo, predominó una exégesis conservadora de la novela, causada por malas lecturas de esta última parte hechas en clave nostálgica. Desde fines del siglo XX, los críticos más sagaces y polémicos, como Yōichi Komori, revolucionaron dicha interpretación al sostener que la trama de “Kokoro”, dotada de significativas resonancias históricas y políticas, representaba el colofón de la era Meiji: una alegoría sexual del final de una cultura y un mundo de valores en crisis y el tránsito a una nueva era. El testamento del “Sensei” simbolizaría así el propio testamento de Sōseki. 

miércoles, 9 de marzo de 2022

GUERRA Y PAZ

 

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Primero fue la pandemia y ahora Rusia. No levantamos cabeza. El siglo XXI promete ser tan atroz como el siglo XX. Debería caérsenos la cara de vergüenza de permitir lo que está pasando en Ucrania. Qué vergüenza vivir en un mundo que vuelve a tolerar esto, como hace décadas en Bosnia y Chechenia. Vergüenza por las imágenes del dolor y la destrucción que vemos en televisión sin poder hacer otra cosa que seguir mirando horrorizados a nuestras pantallas. La posición pasiva del espectador es peligrosa en esta guerra. Puede convencernos de que todo cuanto nos rodea es mejor.

No valen medidas económicas, al infame Putin solo lo intimida la amenaza militar. Qué ridículo suena hoy el “No a la guerra”. Este eslogan pacifista hace el juego sucio a los delirios imperiales del dictador ruso. Lo único bueno de la invasión ucraniana es que ha dejado sin argumentos dialécticos a sus defensores. Los dos extremos del espectro político, ultraizquierda y ultraderecha unidas, han sido desarmados por Putin. Unos porque lo creían camarada de la revolución mundial del comunismo resucitado. Qué bobos. Y otros porque se extasiaban con sus arengas sobre la Iglesia y el ejército, su dogmatismo cristiano y su cruzada contra la movida LGTBI, el aborto y demás signos de la decadencia moral de Occidente. Qué ilusos.

Hay que reconocer a Putin el talento maquiavélico de encubrir sus creencias tras una pantalla donde cualquier necio podía ver reflejado el ideario propio. Con todo, los fachas se equivocaron menos que los comunistas. Putin ha traicionado a todos al evidenciar que ciertos ideales trasnochados solo se pueden defender a sangre y fuego, sin alambiques retóricos. Apuesto a que los cretinos de ambos bandos se van a quedar pronto sin macho carismático a quien invocar en sus fantasías autoritarias. Su tiempo está contado. El zar posmoderno, tan versátil, se la ha jugado a muerte en el tablero geopolítico, sacrificando piezas importantes, y está al borde del jaque mate devastador, como le ocurrió a su siervo el serbio Milosevic, antecesor eslavo en empresas de exterminio genocida.

Putin ha actuado como un matón revelando que la ideología es apenas una máscara de la voluntad de poder. Qué favor nos ha hecho recordándonos lo esencial. Qué bien se vive en la paz. La paz de la democracia no se parece en nada a la paz de los cementerios con la que sueñan Putin y sus secuaces. Caiga sobre ellos una condena implacable. No se lo podemos perdonar. Qué bien se vive a este lado del paraíso.

miércoles, 2 de marzo de 2022

LA LITERATURA CONTRA LA MATANZA


[Ante el desolador espectáculo del ejército del zar Putin queriendo imponer la razón imperial sobre otro territorio disidente como Ucrania, aplastando a la población sin piedad, con la cobardía de los discursos de cierta izquierda farisea como telón de fondo, se me ocurre recuperar el artículo que escribí en su momento para celebrar la aparición de la novela El día del oprichnik (Alfaguara, trad.: Yulia Dobrovolskaia y José María Muñoz Rovira, 2008), donde gloso la figura de Vladimir Sorokin y su polémico lugar en la cultura de la Rusia contemporánea. Lo que está pasando ahora en Ucrania y Rusia, los lectores de Sorokin ya lo intuíamos como posible. Esa es toda la diferencia. La literatura no siempre va por detrás de la realidad. A menudo se adelanta, aunque los lectores tarden en enterarse. Basta con leer esta novela y la trilogía Hielo, sobre la que también escribí cuando se tradujo al español, defendiendo el poder de la literatura como contradiscurso. En los últimos meses he tenido ocasión de leer dos de sus novelas más recientes y deslumbrantes, Telluria (2013) y Manaraga (2017), donde Sorokin agrava su diagnóstico satírico y lo expande a la totalidad de la geopolítica europea del siglo XXI. Como Sorokin acaba de escribir sobre Putin: “Su objetivo no es Ucrania, sino la civilización occidental”. Si no lo remediamos, abandonando la cobardía, la hipocresía y la impotencia, este puede ser el principio de un gran desastre…] 

Borges solía decir, peyorativamente, que los rusos y los discípulos de los rusos habían introducido el caos en el arte narrativo. Al decir esto, Borges pensaba en Dostoievski y abogaba, en su contra, por un retorno al falso orden y la estrecha racionalidad de la novela policial. Ahora que el mercado refrenda hasta el aburrimiento a sus peores discípulos, los que no pueden concebir una novela sin insertar a toda costa un misterio criminal o una investigación policíaca, podemos volvernos hacia los rusos de nuevo para señalar que Borges, como tantas otras veces, estaba equivocado.

En este sentido, resulta enormemente irónico y paradójico contemplar cómo algunos novelistas rusos de última generación les darían lecciones al maestro argentino y a sus mediocres discípulos tanto en el manejo de las ciencias narrativas del orden como en la manipulación de las ciencias del caos y la complejidad. Pero nadie les podría culpar por responder así a los desafíos de una realidad tan inasimilable y truculenta como la era postsoviética. Que para ello hayan tenido que recurrir a la dilapidación de los arsenales de la tradición y la importación de toda clase de materiales extranjeros no es sino otra prueba de que autores como Viktor Pelevin (1962) y Vladimir Sorokin (1955) se sitúan, como sus homólogos Robert Coover, Thomas Pynchon, David Foster Wallace, Chuck Palahniuk, Stewart Home, Frederic Beigbeder y Michel Houellebecq, entre otros, en el pináculo de la ficción transnacional y la (post)modernidad narrativa.

Sobre Pelevin, autor de relatos excepcionales, como los incluidos en The Blue Lantern, y de esas novelas imprescindibles que son Homo Zapiens y El meñique de Buda (publicadas aquí por Mondadori), habría mucho que decir, pero hoy toca celebrar a Sorokin, del que acaba de traducirse El día del oprichnik (2006), su primera novela disponible en español (lo que no deja de ser un problema, como se está viendo en algunas lecturas apresuradas del libro, para la correcta recepción de este autor en un país tan acostumbrado al tráfico de nombres manoseados). Y es que Sorokin es uno de los grandes agitadores de la cultura rusa contemporánea y para dar una idea de su talento expansivo y polifacético bastaría con señalar que ha escrito una docena de novelas e innumerables relatos, piezas de teatro y de ópera y varios guiones de cine (entre ellos Four, el deslumbrante debut de Ilya Khrjanovski). Por si fuera poco, el gobierno de Vladimir Putin, los nacionalistas ineficientes y sus secuaces y sicarios bastante eficientes lo persiguen por su irreverencia hacia los reciclados discursos y símbolos de la patria rusa. Y estoy hablando de alguien que ya tuvo muchos problemas para publicar con las autoridades soviéticas. De modo que se trata de un escritor que representa un emblema de libertad creativa en un mundo global donde toda disidencia ideológica es entendida como traición.

Sorokin es un gran provocador y, como tal, escribe siempre sátiras, o incluye una propensión satírica en sus obras. Tanto en La cola (1985), ridiculizando la miserable situación social de la era soviética, como en Manteca azul (1999), donde su afán estético de iconoclasta empedernido lo llevó a profanar tabúes y mitos intocables de la historia moderna de su país (incluyendo una guiñolesca escena sexual de sodomía entre los camaradas Stalin y Krushov). La escandalosa novela sublevó en 2002 a un iracundo grupúsculo de jóvenes conservadores instigados por el Kremlin y Sorokin fue sometido entonces a un linchamiento mediático que, irónicamente, lo hizo famoso ipso facto como pornógrafo político. Desde una perspectiva literaria, esta fantasía esperpéntica confirmaba dos de las cualidades más sobresalientes de Sorokin: por una parte, su versatilidad estilística, esto es, su brillante dominio del lenguaje y su tendencia ofensiva a parodiar todos los registros oficiales u oficiosos del poder y sus cámaras y recámaras de ejecución y propaganda; y, por otra, su carnavalesco sentido de la realidad, exhibiendo hasta el ultraje y la profanación una grotesca concepción de la historia, la sociedad y la naturaleza humanas. Este último rasgo transgresor, sumado a su tendencia a la abyección estética, ha hecho declarar a Mark Lipovetsky, el gran especialista ruso en narrativa contemporánea, que Sorokin trabaja dentro de los parámetros del “realismo escatológico”. Con la trilogía Hielo (2002-2005) creó una de las obras más ambiciosas de la literatura europea reciente: una narración híbrida entre la ciencia-ficción y la metaficción historiográfica que ofrecía un retrato hiperrealista de la Rusia contemporánea y, al mismo tiempo, una paródica reinterpretación mitológica de la misma, con una conspiración nazi de largo alcance y una trama extraterrestre nada pedestre entre sus componentes más llamativos.

En El día del oprichnik Sorokin ha destilado al máximo sus cualidades específicas. Se trata de una farsa cómica al estilo de Alfred Jarry (Ubú y El supermacho) o Witold Gombrowicz (Ferdydurke Transatlántico) sobre el ejercicio autoritario del poder narrada en primera persona por uno de sus privilegiados ejecutores (Andrey Komyaga, un destacado miembro de la policía política de la “Rusia Resucitada”). La historia hiperbólica de un día en la vida de este servidor especial (el oprichnik del título) tiene la doble originalidad de dar voz a su mafioso protagonista y describir con lenguaje anacrónico y verbo rabelesiano la prosopopeya imperial de una Rusia futura tiranizada por un Monarca totalitario como Iván el Terrible. Una Rusia definitivamente aislada de Occidente gracias a una muralla que la preserva de nuevo de su influencia decadente y perniciosa. En esto consiste la sarcástica venganza de Sorokin contra el régimen neozarista de Putin y Medvedev: caricaturizar con procedimientos ficcionales la regresión actual a los valores nacionalistas de la antigua Madre Rusia, con todo su represivo aparato policial, su ortodoxia religiosa y sus símbolos patriarcales, tan arcaicos como opresivos. Sorokin reitera aquí los excesos narrativos, la exuberancia verbal y el hilarante humor al servicio esta vez de una indagación política fundamental. Según ha declarado, El día del oprichnik surge de la necesidad de buscar “respuestas a la cuestión de qué distingue a Rusia de una verdadera democracia”. No se puede decir más. 

miércoles, 23 de febrero de 2022

DERMOCRACIA


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

Lo más profundo es la piel, como dijo el poeta y piensan los dermatólogos, y la democracia lo más superficial. La democracia es el sistema político idóneo para mantener controlados a los ciudadanos porque es el único que les hace creerse libres. Mientras la gente se sienta libre se la puede vigilar sin problemas. Ahora que el pasaporte covid se transforma en papel mojado es bueno recordar esta paradoja.

La epidermis de la democracia envejece y el sentimiento democrático se agrieta. Ya no sirven la cosmética ni las cremas tonificantes. Los partidos políticos están corrompidos por sus propios intereses. Este vicio innato del sistema representa, con todo, las migajas del festín. Las pantallas financieras, tan importantes, son la punta del iceberg del gran negocio global. Con su ineptitud reiterada, los políticos se retratan como títeres del poder económico. La alianza entre capitalismo y democracia es el fascismo de hoy, dice la activista demócrata Marianne Williamson. La plutocracia, el gobierno del dinero para el dinero, es el cáncer democrático más letal. La hegemonía de la minoría rica sobre la mayoría social. Una clase media en vías de extinción y una élite en expansión más allá del planeta.

En tal contexto, es lógico preguntarse si la confusión de valores no estaría beneficiando a las peores facciones ideológicas. El convoy de los camioneros canadienses es un caso folclórico, digno de una película de Peckinpah. Pero el efecto Vox, tan nocivo como el efecto Fox, es otro trampantojo, más de lo mismo, la casta de la pasta engatusando al pueblo descontento con soflamas demagógicas.

No sé si es una obra maestra, o un libelo reaccionario, como aseveran algunos, pero la nueva novela de Houellebecq (anéantir) contiene un diagnóstico demoledor sobre la mala salud de las democracias occidentales (no hay muchas más) y una cartografía anímica del estado depresivo de las sociedades hipermodernas, antes de su aniquilación. El protagonista, Paul Raison, es un alto funcionario francés del ministerio de Economía a quien disgusta vivir en un mundo de apariencia hedonista y normatividad casi fascista. Este tecnócrata de alma muerta le permite al autor denunciar la distorsión “maléfica” entre las intenciones de los políticos y las consecuencias reales de sus actos. El sistema está dejando de funcionar, pero no existe alternativa. La democracia cambia de piel y ya pronto no sabremos cómo llamarla. De lo que no se puede hablar, como dijo el filósofo, más vale callar. 

viernes, 18 de febrero de 2022

TETAS Y ALGORITMOS


 [Publicado en medios de Vocento el martes 8 de febrero] 

Es raro lo que está pasando. Después de dos años, nadie se cuestiona en serio la versión oficial de la pandemia. Está muy bien que los gobiernos hayan actuado con responsabilidad. Es más difícil entender, sin embargo, cómo quienes han exigido un sacrificio enorme a la población no han pedido a su vez explicaciones a otros. Cualquiera vería aquí algo extraño. Tardo en enterarme de que el virus fluye como el aire entre mis ciudadanos, cuando lo hago les impongo restricciones intolerables, pero ni se me ocurre preguntar de dónde viene la covid. Y resulta que los que no se vacunan, o lo hacen a regañadientes, o se rebelan contra las mascarillas, son enemigos públicos, mientras los causantes reales de la pandemia siguen disfrutando de una impunidad mafiosa.

Ahora me pongo la mascarilla, ahora me la quito, como en un baile de carnaval. Este es el rigor de la gestión que nos ha traído a este escenario. Decido el martes prorrogar la obligación de su uso exterior y el sábado, porque lo dictan los que mandan de verdad, anuncio que ya no tiene sentido. No hay visión, lo vemos a todas horas, en todos los canales, y Eurovisión genera una polémica tercermundista sobre una conspiración cutre entre el mismo público que se niega a preguntarse por el origen del virus, qué curioso. Eurovisión no es, desde luego, el modelo sostenible para una Europa sin visión. Lo de las tetas cantarinas de la mamá podemita es solo otro necio episodio nacional, indicio de la confusión imperante, como la chapuza política de la reforma laboral. La prueba del desnorte europeo es que la OTAN, treinta años después de la caída del imperio soviético, aún funciona como aglomeración de pequeñas naciones que buscan refugio bajo el ala aleve del gigante americano por miedo a los peligros del mundo global.

Escucho a un experto comentar sin ironía que la pandemia es el pretexto perfecto para forzarnos a digitalizar la identidad y no me sorprende. Pese al fracaso de las criptomonedas, donde la generación del milenio depositaba tantas ilusiones, no tardaremos en vernos prisioneros de una cripta digital construida con algoritmos. El ruido infinito de las redes y el caos de internet anticipan los designios del porvenir. Un mundo nuevo y radiante. La utopía de la información y el control. Después de ser, durante siglos, carne de cañón para el poder, pasaremos a ser, por los siglos de los siglos, carne cibernética y hueso de datos y metadatos. Amén, dice y bendice Xi Jinping desde el foro de Davos. 

miércoles, 16 de febrero de 2022

ENSALADA RUSA


 [Publicado en medios de Vocento el martes 25 de enero] 

La geopolítica no es una ciencia sino un juego. Un juego estratégico como el ajedrez, pero mucho más peligroso y destructivo. En el tablero de piezas, el jugador solo arriesga la inteligencia y la ruina de su ejército lo humilla ante los otros. La geopolítica, por el contrario, se funda en la simulación de movimientos y el cálculo táctico de las intenciones del adversario. Por eso reconforta ver a SuperSánchez liderar las operaciones militares en el conflicto ucraniano, blandiendo el teléfono como arma infalible y examinando los grandes datos en pantalla con agudeza aguileña.

Imagino que Biden, más inquieto por lo que sucede en los Mares de China que por la exhibición de musculatura del púgil Putin, duerme tranquilo la siesta presidencial sabiendo que el aliado español está al mando de la delicada situación. Biden no conoce un clímax de popularidad, precisamente, y la crisis ucraniana le sirve, como a su rival moscovita, para recuperar el pulso perdido de los votantes. A Sánchez, por su parte, le conviene esta jugada espectacular, oponiéndose a la ambigüedad de sus amigos franceses y alemanes y alineándose, al mismo tiempo, con las políticas agresivas del juerguista Johnson, también criticado por la opinión pública.

Nadie experto descarta que Putin persiga otros fines además de ratificar con gesto belicoso su antagonismo a la alianza de Ucrania con la UE y la OTAN. Europa demuestra, sin embargo, que no ha revisado su posición geopolítica con rigor desde el colapso soviético. Eso explica el pleonasmo podemita del “no a la guerra”. Como ajedrecista de élite, el zar Putin es astuto y ha sabido ganarse la simpatía de los izquierdistas hispanos, los islamistas y los fachas europeos, acaparando así la complicidad global de los enemigos del imperio americano, incluida China.

Los asesores de Putin deben ser fans de las series yanquis y se han tragado los infundios que difunden como publicidad encubierta. La vida americana tiene un discreto encanto que no se aprecia en directo, pero sí en televisión. En el Kremlin creen que los americanos padecen una degeneración moral generada por la pesadilla cotidiana del capitalismo neoliberal. Las series transmiten el trampantojo de que el imperio de la Coca-Cola está en decadencia total, como sostenía la propaganda comunista durante la Guerra Fría. Los europeos, en cambio, son fariseos. Para no ser detectados por el enemigo, prefieren ocultar sus vicios bajo una fachada de perfección ética que solo engaña a los más ciegos.