jueves, 22 de septiembre de 2022

PURO VICIO


[Publicado en medios de Vocento el martes 20 de septiembre]

       James Bond murió el otoño pasado y ahora la reina Isabel, un mundo mental y sentimental perece con ellos. Los rumores maledicentes insinuaban que la vida de la reina, al quedarse sin su agente favorito, perdió estímulos y se fue desdibujando. Para Bond, sin embargo, esa desaparición supondría una forma de orfandad, sin majestad británica a la que servir combatiendo enemigos del imperio y abusando de mujeres hermosas que eclipsan la belleza de la reina. Anuncian ahora que el agente 007 lo interpretará una actriz dispuesta a servir a Carlos III como Camila Parker cuando estaba casado con Diana Spencer, mártir del pueblo.

Bromas aparte, el espectáculo de la momia itinerante y el ceremonial kafkiano de su entierro, diseñado por la reina a su mayor gloria, están logrando colmar los apetitos culturales de las élites anglófilas, con su boato trasnochado, y exasperar a los escépticos. La puesta en escena del funeral contiene los signos evidentes de lo que convierte hoy a la monarquía en un arcaísmo insustancial, pura pompa vacía. Olvidamos a menudo que estas dinastías regias encarnan los privilegios y las injusticias más sangrantes. Y llevan dos semanas bombardeándonos sin piedad con imágenes televisivas de muchedumbres sumisas y crédulas ante el ataúd monárquico para encubrir cualquier otra noticia relevante.

Sin salir del Reino Unido, “The Lancet”, la prestigiosa revista científica, publicó la semana pasada un informe donde acusaba a los gobiernos mundiales de incompetentes en la gestión de la pandemia, con diecisiete millones de víctimas como nefasto resultado. Y nadie dimite ni dimitirá por ello. Hasta el exministro Illa se ha puesto la medalla y ha presentado un libro donde celebra su ineficiente labor con la complicidad de Sánchez y la cúpula socialista. Qué vergüenza. No es de extrañar esta actitud en un partido que defiende con uñas y dientes el indulto a Griñán, presidente andaluz que financió con dinero público su permanencia en el poder, comprando votos a diestro y siniestro. Si esto no es lucro personal es que ya no entiendo las acepciones del DRAE.

En este contexto, es natural que alguien con el don de la oportunidad de la ministra Irene Montero lance la campaña del “hombre blandengue”. Tiene razón. El “hombre blandengue” es el ciudadano ideal para los políticos del siglo XXI. El que se traga todas las mentiras del poder sin poner en cuestión sus maquiavélicos intereses y carece de sentido crítico para ver la obscena caducidad de la monarquía. 

lunes, 19 de septiembre de 2022

EL VIENTRE DE LEVIATÁN


 [Ian McEwan, El espacio de la imaginación, Anagrama, trad.: Damià Alou, 2022, págs. 64] 

       El vientre de la ballena es la zona de confort del escritor que no quiere problemas. Es el lugar en que se refugia el escritor que no pretende comprometerse con los problemas políticos de su tiempo. McEwan es un escritor que apuesta por el compromiso inteligente. Por esto su reflexión comienza con el encuentro en París entre Henry Miller y George Orwell, el autor de “Trópico de Cáncer” frente al futuro autor de “1984”, en el mismo momento en que Orwell va camino de España para combatir en la Guerra civil del lado republicano.

Miller no cree que sea necesario comprometerse en una guerra entre dos bandos que, en su opinión, representan la decadencia occidental. Miller es más radical que Orwell y piensa que la democracia no debe defenderse ya que es toda la civilización moderna la que está a punto de ser destruida por la historia. Miller es un rebelde libertario y un enemigo de cualquier ideología partidista mientras que Orwell es un humanista y un comunista que aún debe lavar sus culpas por haber servido al imperio británico en Birmania como policía. Miller cree en las verdades del sexo y en la vida desnuda, sin aditamentos proporcionados por la burocracia estatal, y Orwell es un observador honesto y crítico que, tras la desastrosa experiencia española, se convertirá en un antiestalinista convencido.

Y, sin embargo, Orwell escribe un ensayo titulado “En el vientre de la ballena”, que da origen al comentario de McEwan, donde defiende la actitud de Miller y la comprende, estableciendo la existencia de dos tipos de escritores, mutuamente necesarios. Los escritores que escriben en el vientre de la ballena, tratando temas íntimos, como el amor, la infancia, la familia o la naturaleza. Y los escritores que escriben fuera del vientre de la ballena, los que ponen la escritura al servicio de causas más o menos justas.

Pero McEwan no se contenta con examinar este tema trascendental de la historia del siglo XX sin tener en cuenta sus consecuencias para la literatura actual: “los escritores tienen muchos motivos para salir de la ballena, y persiste la misma pregunta: cómo lograrlo con éxito”. La situación es especialmente difícil en una época en que el escritor, le guste o no, vive en el Leviatán del sistema editorial, mediático y sociopolítico que constituye la sociedad posmoderna. Y salir de la verdadera ballena en la que vive el escritor es mucho más complicado de lo que parece a simple vista, cuando es parte esencial de un sistema que incluye la opinión dominante y el posicionamiento ético o político de los escritores como parte de su hegemonía cultural. Los lectores mismos, que serían los destinatarios del gesto del escritor, están persuadidos de antemano de cuál es la posición correcta a adoptar por el escritor que quiere ganarse su aplauso.

Por otra parte, como recuerda McEwan, está, en primer lugar, el problema de la libertad de expresión, un lujo occidental que apenas si se ha extendido por otras culturas y países, también amenazado aquí por las luchas partidistas y los intereses creados de los propios escritores, las instituciones literarias y el público potencial. Y, en segundo lugar, la cuestión artística, como diría Henry James, citado por McEwan como referente ineludible. Uno no puede crear un personaje novelesco logrado, atendiendo a todas las dimensiones de la experiencia humana, y luego ponerlo al servicio de una causa concreta, compartida por el escritor, sin convertirlo en una marioneta inanimada, un muñeco ideológico que arruinaría con su simpleza la autoridad literaria del autor y de su obra. 

 


lunes, 5 de septiembre de 2022

QUE VIVA RUSHDIE


[Publicado en medios de Vocento el martes 30 de agosto]

 En la playa no se habla de otra cosa. Cómo es posible que gobierno y PP no se pongan de acuerdo sobre la renovación de la cúpula del Poder judicial. Qué pena que a la gente playera no le interese la noticia más relevante del mes más indolente del año. El intento de asesinato de Salman Rushdie. Si no comprendemos que Rushdie es un escritor atado a un destino desde que escribió “Los versos satánicos”, tampoco entenderemos que ese destino es el nuestro, ciudadanos que quieren vivir libres en un mundo donde el fanatismo amenaza la vida. Como se ha visto en el homenaje a las víctimas de los atentados de Barcelona, existen pirados que prefieren acusar de asesino al Estado español antes que asumir la culpabilidad de los terroristas. La radicalización islamista no es achacable a causas sociales. El mal está, como enseña la literatura de Rushdie, en la repugnante ideología de los imanes, los yihadistas, los talibanes y los ayatolás que intoxican a los jóvenes con sus creencias fanáticas.

Algunos necios critican “Los versos satánicos” sin reconocer que el caso Rushdie pone de relieve una de las lacras más terribles del mundo contemporáneo. Hablo de la beligerancia musulmana contra todo lo que no corresponde a su sectaria interpretación de la vida y su sangriento compromiso con la muerte de individuos declarados enemigos de su credo y sus mitos. Pero también de la guerra intestina que divide a los partidarios de los derechos humanos y la libertad de aquellos otros que, esgrimiendo la tolerancia multicultural como excusa, niegan la hostilidad y la violencia de regímenes intolerantes, como el iraní, que fomentan el asesinato de mujeres y hombres en nombre de valores islámicos.

La genialidad de Rushdie en “Los versos satánicos” radica en haber sabido conjugar con humor, en el juego de la ficción, la mitología fundamentalista y la idolatría televisiva y cinematográfica. La ideología del integrismo coránico y la del espectáculo integrado, único ideario del poder en las democracias occidentales. Frente a ambas, Rushdie pone en escena la formidable ironía y ambigüedad de un relato irreverente que acaba relativizando cualquier posición de verdad absoluta, credulidad o fanatismo. Con esta novela carnavalesca, asociando un imaginario exuberante a la máxima libertad expresiva e intelectual, Rushdie nos hace a los ciudadanos del siglo XXI, amenazados por múltiples formas de irracionalidad, el regalo más inteligente. Ojalá se atrevan a darle el Premio Nobel este año. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

HOUELLEBECQ PÓSTUMO

        

        Como si existiera la casualidad, y no la fatalidad de los conceptos, mi reseña de la anterior novela de Houellebecq, Serotonina, la titulé Aniquilación. Se puede comprobar aquí. Cuando la leí en francés hace unos meses me pareció una coincidencia razonable, ahora en español me parece una sincronicidad acojonante, como diría Jung, que entendía de estas cosas… 

[Michel Houellebecq, Aniquilación, Anagrama, trad.: Jaime Zulaika, 2022, págs. 604] 

No, esta novela no es un tostón, ni un tartazo en la cara del lector ingenuo, como ha escrito un comentarista apresurado con intención provocadora. Más bien es la constatación de un final, el anuncio de una narrativa terminal, el diagnóstico con método forense de una muerte transferida al personaje, pero experimentada a través de la mente por el propio autor. Instalado ya entre los muertos sin haber siquiera abandonado el cuerpo de carne que habita con ánimo desolado, Houellebecq ve la vida desde el más allá con un desengaño clínico, sin grandilocuencia ni dramatismo, como un espectáculo anodino y sobrevalorado. Con alivio e indiferencia, templanza y serenidad, con ellas aliña la identidad neutra del protagonista, ese Paul Raison que vive sus últimos días terrestres como si fueran los últimos días de la humanidad.

Este es el papel narrativo de los sueños, tan criticados por algunos lectores superfluos, en la trama de la novela. Recordarle al lector que la vida contemplada desde el otro lado del espejo carece de tensión y amargura. Pura resignación racional, como la de Raison, pura sumisión a su destino como criatura mortal. Si Houellebecq se erigió en el cronista desengañado y corrosivo del post-mayo del 68, negando la validez de la rebeldía y la insurgencia, certificando su conformismo y absorción por el sistema capitalista, en esta novela triste y desazonadora como pocas sanciona un punto de vista ya definitivamente extraño a las dimensiones convencionales de la política y la sociedad. Se trata, en este sentido, de una novela póstuma, una novela incluso metafísica escrita en estado de postración post-mórtem, con la que Houellebecq acaso se esté despidiendo del mundo y no solo de la literatura. Nada que decir, nada que contar, parece decirnos a la manera del Beckett tardío, excepto la necesidad final de callar. La exigencia de guardar silencio para siempre. La urgencia de desaparecer.

Esta novela revela, además, la verdadera condición de Houellebecq como escritor, la receta de su literatura: un moralista contemporáneo, nutrido de lecturas de los maestros antiguos, pero con un ojo realista para los vicios del presente, con su punto justo de misantropía y pesimismo. No hay realidad actual que esta novela no radiografíe con exactitud balzaquiana: la complicidad del terrorismo y el poder, la corrupción y la defunción política de la democracia (o la dermocracia) y el surgimiento de la posdemocracia al servicio de la casta y los partidos, la decadencia de las élites culturales y la degeneración mediática en curso del pueblo, la imposibilidad de vivir en un mundo tiranizado por los intereses económicos y financieros y la tecnología deshumanizadora, la compleja vivencia carnal del amor entre hombres y mujeres y la vida en pareja como último refugio contra la desolación, el egoísmo humano y la soledad universal.

Como tomografía de Francia (y, de paso, de Europa) la novela es demoledora sin ser satírica. Al ambientarse en parte en el mundo de la alta administración del Estado y unas elecciones presidenciales venideras, con la selección del sustituto de Macron como pretexto, Houellebecq practica un análisis feroz de la situación real de unas sociedades posmodernas a las que no augura ningún futuro, sino solo una aniquilación más o menos violenta, rápida o indolora, como la muerte del protagonista. Es como si el sujeto Houellebecq se diera de baja, por medio de su escéptico personaje, de un proyecto nacional en el que hace tiempo dejó de creer.

Y está, para rematar la fábrica de esta novela total, el estilo inimitable de Houellebecq: la contundencia del aforismo clásico y la belleza de la vieja filosofía impregnadas de la transparencia luminosa del mejor periodismo.

miércoles, 27 de julio de 2022

ACHICHARRADITOS


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

     España es una hoguera pública en la que todo se quema. Los bosques arden y se incendian las opiniones. El país ha entrado en combustión y nadie se salva de la quema. El cambio climático es un hecho científico, pero también un escenario político. Escucho a un experto en ingeniería forestal decir que el cambio climático no puede servir de escudo para justificar la incompetencia de los gobiernos. El abandono del medio rural es desastroso. Ocuparse del campo y preocuparse por las cosas del campo ni da votos ni gana elecciones. La inversión en medios y remedios es tan ridícula como rasgarse las vestiduras cuando ocurre la catástrofe.

Los políticos van a lo suyo y no escuchan a los expertos. No entiendo para qué los tenemos entonces. Para qué ese caudal de conocimiento acumulado. Es el fallo propio de un sistema de gestión que solo piensa en politizarlo todo y capitalizar el beneficio electoral derivado. Lo vimos con la pandemia y lo volvemos a ver ahora con las secuelas energéticas de la guerra de Ucrania. Es irónico que en un verano tórrido como pocos estemos planificando las cantidades de gas que podremos quemar para combatir el frío extremo y el gélido cerebro del supervillano Putin.

Cuando un gobierno se quema, todos los ciudadanos se vuelven árboles, dicho confuciano. Sánchez está dispuesto a quemar lo que haga falta para que no se le escapen las próximas elecciones. La sede socialista está que arde con tanta pira improvisada. El holocausto anual forma parte ya del folclore del partido. Los quemados y las quemadas, como dice la aritmética feminista, han consumido su energía al servicio del líder supremo y no saben cómo reciclarse. Sánchez tiene algo de pirómano paradójico. Quema cuanto toca y está más quemado que el bosque castellano. El incendio democrático que prepara Sánchez promete ser un infierno electoral para sus competidores. Piensa arrasarlo todo con tal de no perder el poder. Sus ataques fiscales a bancos y eléctricas son mera retórica y postureo, según los expertos, para movilizar al sector más quemado de la izquierda incendiaria.

En este contexto, cuanto más complejo se vuelve el mundo, menos rancia y más inteligente debería ser la respuesta cultural mayoritaria. Hay que ver, por eso, la teleserie “Devils”, donde se muestra la influencia del poder financiero en la política y cómo los grandes datos corporativos sirven para ganar elecciones y referéndums. Esta lección Soros se la recuerda a Sánchez a diario. Lo dicho. Achicharraditos. 

miércoles, 20 de julio de 2022

EL PARAÍSO AMERICANO


  [Kurt Vonnegut, Desayuno de campeonesBlackie Books, trad.: Miguel Temprano García, 2022, págs. 293] 

       Como se anuncia desde el principio, con una prolepsis narrativa que se enreda en múltiples digresiones, la ficción de esta novela carnavalesca de Kurt Vonnegut (1922-2007) cuenta el encuentro de dos curiosos personajes, el magnate de medio pelo (Dwayne Hoover) y el escritor de ciencia ficción más desconocido del planeta (Kilgore Trout) en una pequeña ciudad de Ohio (Midland City). Hasta llegar a esta cita trascendental para ambos, Vonnegut se divertirá como loco trastornando las categorías tradicionales de la narración, haciendo un uso libérrimo de los signos en la página, incluidos dibujos y grafitis pueriles o glosas peregrinas sobre lo divino y lo humano.

           “Desayuno de campeones” (1973) es una novela total que, a su vez, realiza una sátira del sueño americano con ambición crítica y corrosivo sentido del humor. Cuanto más serio se quiere poner Vonnegut denunciando los males de la nación americana, ya sea la esclavitud, el racismo, los desmanes del poder y el dinero, la iniquidad capitalista, la robotización de los ciudadanos y la explotación de los recursos naturales, más le aflora el estilo grotesco e hilarante, más sus azotes y golpes a las falacias de la mitología yanqui parecen homilías irónicas de un payaso posmoderno.

No es caprichoso que, para realizar su cómico proyecto de enmienda a la totalidad de la ideología americana, Vonnegut no se conforme con los vistosos protocolos de la ficción y recurra a los trucos y maquinaciones de la metaficción. Como autor demiurgo, Vonnegut se entromete en las texturas de su artefacto para manipular a los personajes, recordarles que es él quien les dio la vida de ficción en la que se debaten absurdamente y puede disponer de ella a placer. De hecho, el encuentro catastrófico entre Hoover y Trout es urdido por Vonnegut como confabulación contra la salud mental de uno y tentativa de regeneración moral del otro.

Que el signo del encuentro sea apocalíptico no deja de ser revelador del uso metafórico que Vonnegut, aquí y en otras novelas, confiere a los conceptos y tramas de la ciencia ficción de la mano del estrambótico personaje de Trout. Este ya era el instigador de la fantástica trama de la novela más famosa de Vonnegut (“Matadero cinco”; 1969) como escritor favorito del protagonista. En “Desayuno de campeones”, Trout se enfrenta a la insignificancia de su figura como fabulador que solo consigue publicar sus parábolas especulativas en revistas porno neoyorquinas, donde los excéntricos brotes de su imaginación son ilustrados por fotografías de pechos y sexos femeninos o actos orgiásticos. A Trout la explotación sexual del cuerpo de las mujeres le parece un signo de la bancarrota cultural de la especie humana, pero es al mismo tiempo el único medio de encontrar admiradores como el millonario Rosewater, otro personaje habitual del multiverso Vonnegut.

Hoover, en cambio, no es más que un hombre de negocios hecho a sí mismo, un vendedor de coches que vive al borde de un ataque de locura. Un paradigma del emprendedor americano, huérfano, mujeriego, viudo, autoritario y misógino, que engendra con su agresiva actitud ante la vida un hijo homosexual y músico (Bunny) y arrastra al suicidio a su esposa (Celia), quien se venga por un matrimonio asfixiante ingiriendo un líquido desatascador que la mata entre horribles padecimientos. Como se ve, los temas de Vonnegut son melodramáticos y dignos de una novela realista convencional y, sin embargo, su ingenio e inventiva acentúan el parentesco con humoristas literarios como Laurence Sterne y Mark Twain que representaron la vida en toda su comicidad y ridículo. Esta es, en suma, la singularidad de la marca Vonnegut.

miércoles, 13 de julio de 2022

MALOS TIEMPOS


[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Pongamos en limpio el estado de las cosas en el mundo y quizá nos llevemos algunas sorpresas. El mapa cognitivo de la actualidad pasa primero por Ucrania. En esta maldita guerra Putin está demostrando conocer a fondo los vicios y el cinismo proverbial de las democracias occidentales. Putin nos ha calado con la astucia de un viejo zorro que vio pudrirse el sueño soviético y demolerse la Rusia posterior. Los espectadores están hartos del conflicto y las televisiones no quieren perturbar aún más sus fantasías de bienestar con pesadillas como la recesión y el corte energético. Si nos cansamos tan pronto de defender valores éticos será porque, en realidad, el único ideal que nos mueve es el de la prosperidad material y el hedonismo barato. El modelo político es Boris Johnson. Un gamberrete oxoniense convencido de que la broma estudiantil podía expandirse al infinito más allá de la juventud.

En cuanto la inflación y los precios se disparan, los virajes ideológicos se vuelven peligrosos. En Estados Unidos la impopularidad de Biden crece imparable y la violencia armada se recrudece hasta extremos impensables mientras Trump aguanta contra las cuerdas. Pero la violencia no es solo patrimonio constitucional americano. Los europeos tenemos nuestra propia cosecha roja. Terrorismo islámico contra gays en Oslo, ataque terrorista indiscriminado en Copenhague, matanza policial en la frontera de Melilla. Por no hablar del poder fantasmático y el partido de las cloacas de Villarejo que conspiran contra Sánchez para asaltar las instituciones y poner al mando a la derecha facinerosa, según Pablo Iglesias.

El problema real de Podemos no es que discrepe del partido con el que gobierna, sino que crea que pactar con los socialistas no paga precio ni mancha las manos. No se sale indemne de esa alianza tóxica con el poder. Para tratar de remediarlo, el comunismo Chanel de Yolanda Díaz cita a su gente en el Matadero con un discurso banal diseñado para seducir a las mentes más ilusas. El mitin de “Sumar” representa un acto de fe ingenua en el futuro electoral de la izquierda. Un simulacro de esperanza de que aún es posible cambiar un mundo endiablado en el que, como muestran la guerra de Ucrania y la nueva geopolítica de la OTAN, la ley del más fuerte se impone sobre la razón económica y el cinismo universal. En suma, es solo un síntoma de fracaso. Qué favor ha hecho Putin a todos los que no quieren que averigüemos la verdad sobre la pandemia. Malos tiempos para la política. 

viernes, 8 de julio de 2022

NEGRA Y BLANCOS


  [Raven Leilani, Brillo, Blackie Books, trad.: Laura Ibáñez, 2022, págs. 235] 

Razas, no colores; gente, no tonos fijados en un lienzo; personajes, no siluetas de sombra y luz. Es lógico que Obama haya celebrado las grandes virtudes de una primera novela como esta escrita por una joven mujer negra en una época en que el “Black Lives Matter” domina el escenario ideológico americano con su denuncia de los crímenes del racismo institucional. Es comprensible que la gran novelista Zadie Smith, más allá de que Leilani sea su discípula, haya alabado los méritos literarios de una novelista tan hipersensible como inteligente en su retrato de una vida americana sometida a turbulencias inefables y mutaciones tan sutiles que escapan a la mayoría de los observadores y comentaristas mediáticos.

En su debut como novelista, Leilani ha logrado mucho más que un éxito artístico: “Brillo” es un documento esencial sobre lo que está sucediendo en la América del siglo XXI. Es una magnífica noticia, además, que una escritora como Leilani se sume al contingente de narradoras blancas, como April Lawson o Kristen Roupenian, que mantienen el pulso literario y la tensión estética en la representación de una realidad y unas formas de vida que ya no encajan en los tradicionales formatos narrativos.

La fácil lectura que se puede hacer de esta novela brillante es la generacional. Leilani tenía casi treinta años cuando la publicó y Edie, su narradora y protagonista, es una veinteañera obsesiva, deslenguada y promiscua. En “Brillo”, Leilani tiene el acierto de hacer lo que corresponde a una escritora de su edad y de su tiempo: tomarse todas las libertades imaginables a fin de sumergirse sin tapujos ni tabúes en las turbias aguas de la vida contemporánea. Una novela intensa que comienza con la chica quitándose la ropa interior en su trabajo porque se lo pide con delicadeza, a través de internet, un blanco cuarentón llamado Eric, que luego devendrá su tortuoso amante, y acaba con esta misma chica, después de un cúmulo de desventuras, asumiéndose como artista al pintar desnuda a Rebeca, la esposa de Eric, no puede ser, bajo ningún concepto, una novela convencional. Una de esas novelas que solo pretenden explotar los encantos y la frescura de la juventud para deleite de lectores maduros. Todo lo contrario.

El “brillo” del título es el lustre con que los cuerpos y los objetos resplandecen cuando tienen vida o son nuevos, atractivos y jóvenes: el lustre del barniz en un cuadro o un mueble, el lustre de la piel y la mercancía, el lustre que se desgasta con el tiempo. Huérfana y desahuciada de todo, sus estudios, su trabajo, sus relaciones, su vocación, sus amoríos y hasta un sórdido apartamento compartido, la atrevida Edie se infiltra por azar en la residencia privada de Eric y Rebeca como un agente provocador al que sería más peligroso dejar fuera que acoger con cierta generosidad. Edie ingresa en la situación perfecta para descubrirse como ser humano marcado por el sexo y la raza, además de por la edad, y, todavía más importante, encontrar en la intimidad perturbadora de esa casa familiar los fundamentos de una sensibilidad pictórica plagada antes por las dudas, la dificultad y la fragilidad.

Es hermosa la idea de que Edie establezca en el espacio doméstico conexión mental con Akila, una niña negra adoptada e inadaptada, que necesita expresarse a través de la ficción escrita sobre el mundo de los superhéroes, y que sea ese el punto de apoyo que la ayude a creer en su singularidad personal. Como también es una idea ingeniosa que Rebeca ejerza como médico forense y que la vocación artística de Edie se realice finalmente cuando la misteriosa mujer de su amante, tras un aborto aséptico, la invite a pintar los cadáveres que disecciona y luego a ella misma desnuda. 

HBO ya está produciendo la serie.

martes, 5 de julio de 2022

MULTIVERSO


[Publicado en medios de Vocento el martes 28 de junio] 

El multiverso está de moda. Es multiuso. Lo mismo vale para un roto electoral que para un descosido internacional. Vivimos instalados en sus dominios mentales como en un parque de atracciones. Cada vez que algo sucede nos contenta o nos inquieta que en un universo paralelo ocurra su alternativa. Eso explica la extraña actitud de muchos líderes, vivan o no en un universo burbuja, y millones de ciudadanos que todavía les hacen caso.

El multiverso existe para convencernos de que este es el mejor de los mundos posibles. Hay así otros mundos en los que Putin no invade Ucrania, pero es zar de Eurasia, Trump gana la reelección sin hacer trampas, Mónica Oltra no dimite y su marido no abusa de una niña, Juanma Moreno es presidente andaluz con el apoyo de Vox y Ciudadanos no naufraga en la inutilidad. El multiverso da vértigo, sin duda. Esos universos divergentes solo sirven para que este donde vivimos atrapados nos parezca preferible. Imaginen un mundo donde Sánchez gobierna sin recurrir a medidas populistas para comprar el voto de los desfavorecidos y enmascarar su impotencia política y económica y sentirán escalofríos.

El multiverso nos libera también del peso de las cosas. No es tan insoportable este mundo si se piensa que existen otros diferentes donde el gas, el petróleo y la electricidad han sido sustituidos por la magia, la telepatía y la simpatía natural, como tuitean sin parar ciertos visionarios de izquierda. El multiverso cuántico es un recurso rentable cuando tus políticas se enredan en la incongruencia. Versatilidad y fluidez ante todo, nuevo eslogan guay. Organizas a bombo y platillo una cumbre de la OTAN para redefinir la geopolítica mundial, con los podemitas en contra, pero te consuelas con la utopía de otro universo donde no hay OTAN ni amenazas globales ni socios molestos. Es el peligro del multiverso. Su círculo vicioso, según los expertos. Hacernos creer que cualquier cosa es posible y todo está permitido, hasta la matanza de migrantes en la frontera marroquí.

El multiverso es aleatorio, desde luego, por eso en algunas mentes brillantes pervive la imagen rancia de un mundo de andaluces sin luces. Es evidente desde hace tiempo que Andalucía es un parque tecnológico del siglo XXI habitado por gente inteligente y preparada. Los políticos que no entienden las mutaciones culturales de los pueblos están condenados por la historia. Lo malo del multiverso es que siempre nos recuerda que la realidad es real. El inconcebible universo, diría Borges. 

miércoles, 29 de junio de 2022

EL MULTIVERSO DE LAS IMÁGENES: MI CINE AMERICANO (1960-2019)


El cine americano es el primero que conocemos y el que más nos acompaña a lo largo de la vida. La cinematografía de Hollywood y alrededores es la más importante de la historia y la más rica y variada. No tengo problemas en reconocerlo. Por eso, pongo en limpio mis listas de películas americanas para uso y disfrute de quienes, como yo, saben reconocer la valía de un cine sin el que este arte no sería nunca el mismo. La selección, arbitraria y subjetiva como todas, ha sido hecha con criterios muy diversos durante un largo proceso de reflexión: la perduración del aprecio, la importancia en su estreno, la huella de la primera visión, la reincidencia, la constancia, la trascendencia del tiempo, el gusto actual, la trayectoria posterior del director, revisiones recientes, etc. 

Reglas: máximo 15 películas por década + 1 película favorita de la década (solo hay un caso en que he hecho trampas con el número, por imposibilidad de descartar alguna de las seleccionadas) y una película por director en cada década (para ser justo con la abundancia y variedad de películas creativas). Comienzo la lista en los años sesenta porque es la década en que nací y conocí el cine casi al mismo tiempo, como he contado en otra parte. Y concluyo en 2019, por razones obvias, justo antes de la pandemia. El orden de las películas en la década correspondiente es cronológico, de ese modo es más fácil evaluar la evolución de la cosecha cinematográfica de cada decenio. Cuando el título en español no me gusta cito el título original. He visto todas estas películas varias veces y la mayoría las veo una y otra vez sin cansancio. Esto es solo la punta del iceberg, como suele decirse. El inmenso contingente y calidad de las películas excluidas dan una idea de su inabarcable grandeza…


1960-69

*Película de la década: 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick)

Strangers When We Meet (Richard Quine)

El apartamento (Billy Wilder)

Psicosis (Alfred Hitchcock)

Esplendor en la hierba (Elia Kazan)

La noche de la iguana (John Huston)

Lilith (Robert Rossen)

The Naked Kiss (Sam Fuller)

El coleccionista (William Wyler)

Seconds (John Frankenheimer)

La jauría humana (Arthur Penn)

El graduado (Mike Nichols)

La semilla del diablo (Roman Polanski)

La noche de los muertos vivientes (George A. Romero)

La leyenda de Lylah Clare (Robert Aldrich)

Grupo salvaje (Sam Peckinpah)


1970-79

*Película de la década: Apocalypse Now (Francis Ford Coppola)

El seductor (Don Siegel)

The French Connection (William Friedkin)

La naranja mecánica (Stanley Kubrick)

El largo adiós (Robert Altman)

The Parallax View (Alan J. Pakula)

Chinatown (Roman Polanski)

Quiero la cabeza de Alfredo García (Sam Peckinpah)

Tiburón (Steven Spielberg)

Taxi Driver (Martin Scorsese)

Carrie (Brian de Palma)

Network (Sidney Lumet)

Eraserhead (David Lynch)

El cazador (Michael Cimino)

Alien (Ridley Scott)

All That Jazz (Bob Fosse)


1980-89

*Película de la década: Blade Runner (Ridley Scott)

Toro salvaje  (Martin Scorsese)

El resplandor (Stanley Kubrick)

La puerta del cielo (Michael Cimino)

Blow Out (Brian de Palma)

One from the Heart (Francis Ford Coppola)

E. T. (Steven Spielberg)

La cosa (John Carpenter)

Terminator (James Cameron)

Sangre fácil (Joel Coen)

Vivir y morir en L. A. (William Friedkin)

Manhunter (Michael Mann)

Terciopelo azul (David Lynch)

Dead Ringers (David Cronenberg)

Haz lo que debas (Spike Lee)

Batman (Tim Burton)


1990-99

*Película de la década: Pulp Fiction (Quentin Tarantino)

Batman vuelve (Tim Burton)

Short Cuts (Robert Altman)

Carlito´s Way (Brian de Palma)

Asesinos natos (Oliver Stone)

Casino (Martin Scorsese)

Heat (Michael Mann)

Días extraños (Kathryn Bigelow)

Carretera perdida (David Lynch)

Enemigo público (Tony Scott)

El gran Lebowski (Joel Coen)

Matrix (las Wachowski)

Eyes Wide Shut (Stanley Kubrick)

Being John Malkovich (Spike Jonze)

El club de la lucha (David Fincher)

Magnolia (Paul Thomas Anderson)


2000-09

*Película de la década: Mulholland Drive (David Lynch)

Unbreakable (M. Night Shyamalan)

The Royal Tenenbaums (Wes Anderson)

25th Hour (Spike Lee)

Adaptation (Spike Jonze)

Lost in Translation (Sofia Coppola)

Elephant (Gus Van Sant)

Kill Bill (1 & 2) (Quentin Tarantino)

Eternal Sunshine of the Spotless Mind (Michel Gondry)

Collateral (Michael Mann)

Domino (Tony Scott)

The Departed (Martin Scorsese)

Zodiac (David Fincher)

Southland Tales (Richard Kelly)

Redacted (Brian de Palma)

There Will Be Blood (Paul Thomas Anderson)

Synecdoche, New York (Charlie Kaufman)

 

2010-19

*Película de la década: Twin Peaks: El regreso (David Lynch)

Sucker Punch (Zack Snyder)

Detention (Joseph Kahn)

Spring Breakers (Harmony Korine)

Upstream Color (Shane Carruth)

El lobo de Wall Street (Martin Scorsese)

American Hustle (David O. Russell)

El gran hotel Budapest (Wes Anderson)

Puro vicio (Paul Thomas Anderson)

Mad Max: Furia en la carretera (George Miller)

Midnight Special (Jeff Nichols)

The Neon Demon (Nicolas Winding Refn)

Blade Runner 2049 (Denis Villeneuve)

Under the Silver Lake (David Robert Mitchell)

Érase una vez en Hollywood (Quentin Tarantino)

Joker (Todd Phillips)

 

viernes, 24 de junio de 2022

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE ANDROIDES

Se me ocurren muchas razones por las que alguien que no la haya visto todavía, o la haya olvidado como se olvida una pesadilla angustiosa, vea o vuelva a ver Blade Runner (estrenada el 25 de junio de 1982, mañana hace cuarenta años, en Estados Unidos). Se suele decir que el cine es una tecnología que se apropia de los formatos narrativos anteriores a su aparición, pero no se dice por qué. Como señala el teórico Jonathan Beller: el modo de producción cinemática hace suyas las narraciones de modos de producción anteriores a fin de hacer aceptable para sus espectadores la existencia de la máquina como realidad determinante. Si esto fuera así, desde 2001 hasta eXistenZ y Matrix, la ciencia ficción cinematográfica sería el género definitivo para obligar a la máquina a hablar de sí misma. O, mejor dicho, el formato narrativo donde se expresaría con preferencia tanto el diálogo de la máquina con la realidad alterada o producida por su presencia como el monólogo de la máquina enfrentada a su soledad radical en un paisaje totalmente sometido a su poder de control. En este sentido, Blade Runner supondría uno de los puntos álgidos tanto de ese diálogo como de ese monólogo y, por tanto, la más brillante tentativa de la máquina por comprender el sentido de su existencia y sus complejas relaciones con la inteligencia humana que la creó para realizar sus designios con mayor eficiencia... 

La historia de los androides de Blade Runner es muy antigua y pudo empezar con el mito del titán Prometeo rebelándose contra la tiranía de Zeus y sufriendo un castigo peor que la muerte. Pero esa historia comenzó, como sabemos, con una novela precursora que se titulaba, precisamente, Frankenstein, o El moderno Prometeo, escrita durante la primera revolución industrial por Mary Shelley, una coetánea de Jane Austen a quien podría tomarse, dada la índole de su imaginación, por una marciana cultural o una androide sentimental si la comparamos con la autora de Orgullo y prejuicio. En esa novela de Shelley, como en Blade Runner, la criatura visita a su creador para reprocharle las deficiencias de su creación y vengarse en lo posible del daño producido por esa experimentación que lo ha hecho nacer para sufrir y morir, como hace el “replicante” Roy Batty al asesinar a su creador tras descubrir que su caducidad es irremediable. A través de esta queja resuena, por supuesto, el dolor humano ante la muerte y el deseo de rebelión contra la divinidad que, por envidia o incapacidad, nos creó mortales e imperfectos. Pero ese gesto desafiante expresa también la voluntad de poder de la criatura que quiere hacerse con el control de sus circunstancias.

Por esto mismo, Blade Runner aspira a crear una mitología nueva, una mitología del futuro visto desde el presente, una mitología a la altura de una sociedad eminentemente tecnológica. Una cultura, como en cierto modo anunciara Heidegger, cuyas cuestiones fundamentales debían nacer también de la interrogación permanente de la tecnología y su impacto en la vida y la mente de los humanos. Blade Runner pretende hacer visible ese nuevo mundo tecnológico creando una mitología “prometeica” de última generación adecuada a una civilización dominada por las corporaciones transnacionales y las tecnologías de la simulación y la producción de simulacros. Su singularidad artística radica así, de una parte, en la potenciación estética de las imágenes, reciclando las tendencias más avanzadas del cómic, la publicidad, la moda, el diseño o el arte; y, de otra, en la recreación ciberpunk de una fábula existencialista (inspirada en una novela de Philip K. Dick) perfectamente acorde con el espectacular despliegue de efectos especiales. En esto quizá resida la excepcionalidad artística, quizá irrepetible, de Blade Runner, ya prefigurada en Alien. La historia que se cuenta es indesligable de la envergadura y la ambición estética y tecnológica del mundo en el que sucede.

La fascinación de Blade Runner en cualquiera de sus versiones surge, precisamente, de esa posmoderna hibridación de componentes (trama policial retro, mundo futurista y visualidad neobarroca). Solo de ese modo, la historia paradójica de los androides perseguidos que cuestionan la inhumanidad del sistema con su exceso de humanidad, y la del policía exterminador que redescubre al enamorarse de una androide “los fundamentos de lo que se toma por humano” (K. Hayles), adquieran todo su sentido moral para un espectador alienado respecto de su verdadera condición en una sociedad cada vez más deshumanizada.

La dimensión visual de la película queda así acoplada a su dimensión fáustica o filosófica, y la prueba de ello es la omnipresencia del ojo (natural o artificial) en la película, anunciada desde el principio con ese enigmático ojo de apariencia humana que el montaje coloca en posición de contemplar el electrizante espectáculo por primera vez: el paisaje nocturno de la metrópoli hiperindustrial, las pirámides corporativas alzándose hacia el cielo entre destellos fulgurantes, las llamaradas de gas estallando en el aire contaminado como en una pesadilla ecológica, las aeronaves flotando entre fogonazos de luz artificial…Es el ojo ubicuo de la tecnología lo que el montaje de Ridley Scott interpone entre la mirada deslumbrada del espectador y las deslumbrantes imágenes para forzar la identificación del ojo panorámico de la cámara con el dispositivo óptico del “replicante”. Este guiño inicial permitiría asociar a Scott, como director, con Tyrell, el demiurgo creador de los androides. Ambos manipulan la máquina y son dueños de sus secretos y maquinaciones, sin duda, pero mientras el director ilumina su funcionamiento y nos invita a escrutar el futuro con el ojo experimental del androide (“He visto cosas que vosotros no creeríais”), el dios de la biomecánica pierde los ojos y luego la vida a manos de su rebelde criatura.

De ese modo, la trama tecnológica de la película se trasmutaría en una “historia del ojo” cinematográfica, es decir, una fantasía visionaria sobre los límites históricos de la visión: el mecanismo fílmico como gran ojo artificial que crea o recrea un futuro (im)posible con la melancolía romántica con que antes se contemplaba el pasado. Los motivos de fondo de Blade Runner son, pues, el anacronismo y la nostalgia derivados de una idea humanista de la cultura y la naturaleza enfrentada al poder revolucionario de la técnica: la nostalgia por la pérdida de la medida humana de las cosas, por la naturaleza también perdida y por modos de convivencia y relación ya desfasados, desaparecidos o en vías de extinción. No deja de ser una paradoja capitalista, en cualquier caso, que en una sociedad deshumanizada corresponda a las máquinas la encarnación del deseo más humano de todos: vivir más intensamente, sin fecha de caducidad.

Tuvimos que esperar hasta la trilogía Matrix para que se nos mostrara en la pantalla qué hay detrás de las imágenes que nos seducen con su fastuoso atractivo, qué quieren realmente las máquinas de nosotros, para qué necesitan preservar el principio de realidad y, aún peor, por qué emplean las ficciones en que vivimos inmersos a diario como instrumento alucinante de dominio. Pero esa es otra historia. 

Bienvenidos al desierto de lo real. 

martes, 21 de junio de 2022

EPIFANÍA


  [Publicado en medios de Vocento el martes 14 de junio] 

Viendo la tele tuve una epifanía. No fue degustando el morboso culebrón del juicio contra Amber Heard. Ni al escuchar a la diputada socialista defendiendo desde el púlpito la urgencia de abolir la prostitución. Fue después, viendo un programa sobre las disputas de la izquierda sobre la materia, cuando aparecieron en pantalla imágenes de las peripatéticas que han alegrado la vida del patriarcado con el arte de putear tantos siglos que ya nadie se atreve a computarlos. Fue al contemplar a estas jornaleras incansables transitando por aceras y polígonos en busca de clientes cuando caí en la cuenta del pecado original.

Esto no puede durar más, me dije culpabilizado. Yo no he hecho otra cosa, como mal discípulo de Baudelaire y Baudrillard, que celebrar la belleza sulfúrea y la seducción estética de la prostitución sin frecuentarla en realidad. La soberanía del objeto deseado sobre el flácido sujeto del deseo. Eso se acabó. Anulado en mi mente el atractivo de la idea, se impuso la fealdad y vulgaridad de lo real. Que existan putas es un insulto a las mujeres. Así de crudo. El odio puritano al sexo me sirvió siempre de pretexto para sostener lo insostenible. La voluptuosidad y el placer no reinan por encima de todo. La libertad de las mujeres para hacer con su cuerpo lo que deseen no está en disputa. Eso sí, reclamo esta misma libertad de las mujeres occidentales para sus hermanas de otras culturas. Prostituirse no es solo prestarse al sexo por dinero. Prostituirse es todo acto de sumisión a las imposiciones del macho multicolor. Con o sin velo, la mujer no es libre hasta que no vive sin someterse al falo patriarcal. La hipocresía de la izquierda multicultural es inaceptable.

         De todos modos, ninguna de las opiniones corrientes sobre prostitución acierta. No es un desorden social, como creen los reaccionarios, sino el síntoma de una disfunción moral. No es la peor forma de explotación, como piensan las feministas, aunque sí la más perturbadora. Y tampoco es un trabajo cualquiera, una prestación banal, como afirma el ideario neoliberal, sino el signo de la mercantilización definitiva de las relaciones humanas. Los cuerpos no son moneda viviente. Un mundo donde todo está en venta es un mundo donde, al final, nada vale nada. Esto no obsta para que el deseo insatisfecho sea un problema sin resolver en las sociedades liberadas de tabúes y saturadas de porno. Digamos la verdad. La mujer libre es la que proclama abiertamente su gratuidad, como Molly Bloom. Sí quiero sí. 

jueves, 16 de junio de 2022

CELEBRANDO EL “BLOOMSDAY” CON JULIO CORTÁZAR EN LA FUNDACIÓN JUAN MARCH


 ¿Podría haber escrito Cortázar Rayuela de no haber leído antes el Ulises?... 

Bruno Galindo y yo tratamos de responder a esta cuestión hasta cierto punto retórica del único modo posible: recreando la lectura del libro de Joyce por Cortázar y leyendo en alta voz los fragmentos favoritos (los fetiches textuales) del ejemplar del Ulises subrayado y anotado por el cronopio argentino y algunos otros trozos escogidos/escocidos por el entusiasta lector de ambos…

Este es el resultado: en La biblioteca de Julio en la web de la Fundación Juan March; o en YouTube.


martes, 7 de junio de 2022

HUMANIDAD Y SIMULACROS


[Philip K. Dick, Podemos fabricarte, Minotauro, trad.: Juan Pascual Martínez, 2022, págs. 328]

 El filósofo alemán Gotthard Günther, a quien Dick podría haber leído porque algunos de sus ensayos más importantes se publicaron en revistas donde él también publicaba sus narraciones, estableció que la ciencia ficción nació en Estados Unidos como producto de la distorsión de implantar la civilización europea en un contexto imprevisto. En cualquier caso, Günther respalda a Dick al afirmar la vocación filosófica de la ciencia ficción. Y Dick no habría desdeñado el ensayo de Gunther “El alma de un robot” donde afirmaba que las máquinas siempre serían mejores en la gestión cuantitativa mientras nunca serían capaces de escribir Hamlet.

Como la novela realista, la ciencia ficción también padece la acción del tiempo. Este test crítico permite comprobar qué novelas realistas quedaron atrapadas en su época, sin poder saltar la barrera del tiempo, o cuáles pueden ser leídas siglos después sin preocuparse en exceso por la coyuntura que les dio origen. Así pasa con la ciencia ficción. En este género tan particular, la imaginación del futuro a menudo no es más que recreación del presente o reinvención del pasado. Pero pocas veces, como en Dick, intuición profunda de las mutaciones en curso en la realidad y comprensión de los mecanismos de construcción de esta.

Otro aspecto interesante a subrayar. Se trata de la segunda (y excelente) traducción al español de We Can Build You, esta novela fundamental del canon dickiano, obra de Juan Pascual Martínez, y ya solo el cambio de título de una traducción a otra (de Podemos construirle a Podemos fabricarte) indica un recorrido posible (y apasionante) de la lectura de la misma. 


“La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de pensar en ello”. 

“Cuando el tiempo acabe, las aves y leones y ciervos de Disneyland no serán simulaciones y, por primera vez, un pájaro real cantará”. 

-PKD, “How to Build a Universe”- 

 

           Qué significa vivir en un mundo alterado por la tecnología, o cómo condiciona la existencia humana el hecho de tener que convivir con productos tecnológicos cada vez más sofisticados, como máquinas o robots, que terminan afectando a la definición de lo humano, ya sea para expandirla o para transformarla. Esta es una de las grandes aportaciones de Dick a la ficción y a la novela, en particular, donde confirió a sus especulaciones sobre el tema la extensión que requerían. Por qué Dick no pudo desarrollar sus grandes motivos hasta que abandonó el formato de la novela realista y se atrevió a asumir metáforas y técnicas de la ciencia ficción es la pregunta insistente que la cultura popular sigue haciéndole a la cultura académica desde hace mucho tiempo, sin obtener otra respuesta lógica que el silencio o el desdén.

“Podemos fabricarte” es la primera novela donde Dick aborda la cuestión de los simulacros, es decir, seres sintéticos creados a imitación y semejanza de los humanos. En este caso, los simulacros son el presidente Lincoln y su colaborador político Stanton. La historia fue inspirada en parte por el impacto imaginario que le causó al autor su visita a Disneyland y la visión de los robots allí presentados. Dick escribió esta novela en 1962 y vio como todas las editoriales especializadas se la rechazaban. La razón principal de este rechazo era, según aducían, la carencia de desenlace de la trama. Hasta 1969 no pudo ver publicado su texto, serializado en la revista Amazing Stories con el título de “A. Lincoln, simulacro”. Y solo en 1972 aparecería como libro, una década después de su escritura y cuatro años después del otro gran libro de Dick sobre la cuestión (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; escrito en 1966 y publicado en 1968). Esta odisea textual da una idea de cómo los planteamientos de Dick desconcertaban a todo el mundo, ya fuera dentro de los límites de la literatura canónica o en la narrativa genérica. 

Qué hay de tan original en esta novela dickiana. Primero que nada, como han resaltado estudiosos y admiradores como Fredric Jameson (“uno de los más sublimes logros de la obra de Dick”), un tratamiento de los androides tan humano que excede con mucho las virtudes de cualquier humano. Stanton y luego Lincoln han sido fabricados por una pequeña empresa de órganos musicales eléctricos que atraviesa una grave crisis estructural y comercial. La idea es usarlos para construir un gigantesco simulacro sobre la guerra civil americana que podría convertirse en espectáculo nacional o, en una segunda opción más lucrativa, en juego bélico con un sistema de apuestas acoplado. Los dos androides demuestran a lo largo de la trama una humanidad en el modo de relacionarse con los humanos, o en la manera de aconsejar a estos sobre sus turbulentas vidas, que los convierte en paradigmas de un humanismo inteligente que la Historia habría dejado atrás, por desgracia para todos. Y esta reflexión irónica y desengañada sobre la Historia, y no solo americana, no es un tema menor en la novela sino uno de sus motivos esenciales.

Otro atractivo de “Podemos fabricarte” es que, mientras los simulacros son juiciosos y justos, muchos de los personajes padecen trastornos sintomáticos que muestran cómo la condición humana básica también ha entrado en una crisis profunda. Estamos en la América de un imaginario 1982 donde la tecnología ha avanzado tanto como el diagnóstico y tratamiento médico de la psique humana, vigilada y controlada por el Estado con un poderoso aparato institucional. El narrador subjetivo es Louis Rosen y actúa como mediador empático que transmite al lector las claves emocionales de la historia desde una perspectiva demasiado comprometida. Rosen descubre el abismo mental que oculta su cerebro cuando se enamora de Pris Frauenzimmer, la hija esquizofrénica de su socio y diseñadora artística de los androides. Pris, a su vez, expresa en todo momento su admiración y fascinación por el antagonista de Rosen: Sam Barrows, el eximio capitalista, un magnate corporativo radicado en Seattle que ve las inmensas posibilidades económicas de construir simulacros para repoblar otros planetas y sustituir a los humanos en tareas indeseables.

“Podemos fabricarte” es, en este sentido, una visionaria aproximación al mundo contemporáneo en toda su complejidad psicológica y tecnológica. Y cuando uno conoce el ambiguo y desolador final se hace evidente por qué ninguna editorial de ciencia ficción de los sesenta pudo entenderlo. Supera las estrechas categorías del género en el que se inscribe contra su voluntad. Es pura literatura y también filosofía fabulada.