lunes, 27 de septiembre de 2021

ENERGÍA

 [Publicado en medios de Vocento el martes 21 de septiembre] 

La energía es la cuestión esencial de este mundo. Einstein revolucionó la física al descubrir su fórmula mágica y propulsarnos con ella a las estrellas, el infinito y más allá, o mucho más acá, a las simas de lo infinitesimal. Así que cada vez que pagues la abusiva factura de la luz, acuérdate de Einstein y piensa en la energía nuclear, no en Chernóbil. Imagina un paisaje apacible de miles de centrales nucleares extrayendo su preciosa carga energética del corazón del uranio, como soñaba Bill Gates hasta que fue consciente de la impopularidad de esta energía.

Cada vez que te “arruines” pagando los recibos de la electricidad que encienden tu vida y apagan tus expectativas, piensa en el sol que genera la energía que ilumina tus vacaciones y te broncea la piel. Piensa en el astro gigantesco en combustión permanente que calentaría tus noches de invierno a poco que hubieras podido instalar en tu vivienda los paneles adecuados. Ahora te la ofrecen a un precio más caro las mismas compañías que durante décadas hicieron lo imposible por evitar que la energía solar, cuando era barata, se extendiera socialmente. Piensa en todo esto mientras lees los datos oscuros de tu factura de la luz.

El filósofo Kant sintió en sus últimos días una extraña fascinación por la electricidad, intuyendo el advenimiento de un mundo que se movería al ritmo de la corriente eléctrica. Kant consideraba la electricidad una energía sagrada, la fuerza unificadora de los fenómenos de la vida, la llave de la realidad, el código secreto de Dios. Y mira en lo que la hemos convertido. Hoy este mundo luminoso no está en manos de filósofos, científicos o inventores, sino de corporaciones desaprensivas. Cada vez que te indignes calculando el precio de la electricidad, piensa también en las erróneas decisiones políticas del pasado que han conducido a esta situación insostenible de mercadeo indecente y dependencia energética.

          Donde se queman libros, dijo el poeta Heine, se acaban quemando personas. Ha empezado en Canadá y se expandirá pronto a todas partes. La corrección política es un movimiento de culpabilidad global para hacer tabla rasa de la historia y la cultura. No distingue entre quemar “El Quijote” o “Astérix”. Solo pretende borrar las huellas de crímenes históricos y repararlos con imposturas hipócritas. La energía implacable que incinera los libros se mide en grados Fahrenheit. Pero, para ser exactos, deberíamos medirla en grados de necedad y estupidez. Es la energía más barata y extendida. 

lunes, 20 de septiembre de 2021

REALIDADES PARALELAS


  [Philip K. Dick, El hombre en el castillo, trad.: Manuel Figueroa, Minotauro (Esenciales), 2021, 272 páginas] 

Dick never wrote a single work which can be termed a "masterpiece," although this alternate world novel-with its many surprising twists and equally surprisingly (and surprisingly subtle) treatment of Asian themes-comes close. 

-Larry McCaffery- 

¿Qué es un escritor realista? No, desde luego, alguien que aspira a imitar la realidad en sus trazas más convencionales. Un realista, como escribió Robert Musil en El hombre sin atributos, es el novelista que sabe que la realidad, siendo como es, también podría ser de otro modo. En este sentido, si hay un modelo de escritor realista en la segunda mitad del siglo XX es Philip K. Dick. Y si hay un ejemplo supremo de realismo es El hombre en el castillo, donde se describe una realidad y una historia radicalmente alteradas partiendo de una ingeniosa hipótesis: los japoneses y los alemanes ganaron la segunda guerra mundial y extienden su dominio imperial sobre el mundo, incluido Estados Unidos.

En esta historia increíble, que muestra al nazismo como voluntad de poder en estado puro, Dick plantea la resistencia política como posición propia de la literatura. Cuanto más totalitaria es la versión de realidad impuesta por el poder, más necesario resulta el poder disolvente de la ficción imaginativa. Como sucede con la novela prohibida (La langosta se ha posado) que juega un papel determinante en la trama. Escrita por su autor, Hawthorne Abendsen, consultando el I Ching, gracias a su fuerza figurativa se desvela la impostura intolerable bajo la que vive el mundo tras la victoria del Eje. Su valor subversivo no radica tanto en su correspondencia exacta con la realidad histórica como en la negación del simulacro de realidad padecido por los personajes. De ese modo, entrarían en conflicto ontológico el falsificado mundo de la ficción, el mundo especulativo de la ficción dentro de la ficción y el mundo cotidiano del lector real de la novela. Como si Dick se apropiara en esta novela fascinante de una lúcida idea de Valéry (“La era del orden es el imperio de las ficciones”) y la extrapolara al problemático contexto de una ucronía opresiva (como haría con la América neocon de Bush el otro Philip, Roth, en La conjura contra América, facsímil especular de esta novela de Dick) para definir la ficción novelesca como deconstrucción de la ficción de realidad sustentada por todo poder hegemónico.


Los héroes de El hombre en el castillo son, sobre todo, proletarios y descastados: el artesano judío Frank Frink, fabricante de arcanas piezas de plata donde se condensa la sabiduría espiritual del I Ching, y su exmujer, Juliana, que, tras descifrar el mensaje encriptado en el libro clandestino de Abendsen, mata al hombre que pretendía asesinarlo por orden de Goebbels y se planta en la remota casa del escritor para forzarlo a reconocer la verdad de la ficción. No obstante, solo la consulta obsesiva del libro taoísta de las mutaciones le proporcionará información sobre el verdadero estado del mundo. Esa verdad incuestionable contradice las versiones oficiales de la propaganda germano-japonesa al tiempo que insinúa, de modo larvado, la infiltración de la voluntad de poder nazi en la forma de entender los medios y los fines del poder por parte del gobierno de Washington y la clase política y empresarial americanas. Abriendo así el portal de la imaginación a otras novelas memorables de la década (Dr. BloodmoneyEsperando el año pasadoLos tres estigmas de Palmer Eldritch¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?Ubik, entre las más logradas) donde Dick exploraría ese polémico aspecto de la guerra fría y sus secuelas políticas y tecnológicas hasta llegar a Valis, ya en los ochenta, como asombrosa secuela de El hombre en el castillo y consumación de su sistema narrativo.

Como siempre en la literatura de Dick abundan las epifanías fabulosas en que los personajes que creen vivir en un mundo determinado perciben elementos incongruentes o incompatibles con él. La más asombrosa la experimenta Tagomi, un representante comercial japonés que, mientras examina un triángulo de plata creado por Frink, accede a la visión súbita de la autopista del Embarcadero de San Francisco, inexistente en su mundo imperialista pero presente en la América contemporánea.

Con esta novela magistral, como señaló Roberto Bolaño, quien lo consideraba uno de los diez grandes escritores americanos, Dick revolucionaría en 1962 la nueva narrativa norteamericana. 

lunes, 13 de septiembre de 2021

AFINIDAD FATAL


 [Johann Wolfgang von Goethe, Las afinidades electivas, trad.: Manuel José González y Marisa Barreno, Cátedra, 2020, págs. 352] 

El contacto con los clásicos vivifica las relaciones con la literatura. El redescubrimiento de un clásico memorable como Las afinidades electivas (1809), de Goethe, abre de pronto un mundo nuevo ante los ojos de la mente y fuerza a releerlo en clave contemporánea.

El cincuentón Goethe, instalado en Weimar, deja de ser romántico y se hace clásico, se aburguesa y se hace conservador, amigo superficial de la norma y del orden. El antiguo romanticismo se vuelve interior, una combustión anímica que abrasa los sentidos, las emociones y la inteligencia. “Todo clásico es un romántico que se reprime, y a la inversa”, decía Rafael Cansinos-Assens, gran traductor y conocedor de la obra de Goethe, en la biografía que le consagró (Goethe: una biografía).

Goethe utilizaba los instrumentos de la ciencia (óptica, química, zoología, astronomía, botánica, geología) para refinar la razón con argumentos objetivos y pulir sus dotes cognitivas. Pero también, pese a su condición de diletante, empleaba sus observaciones y descubrimientos para refutar las teorías de científicos tan solventes como Newton, a quien en su Teoría de los colores (1810) pretendió negar e invalidar por su estrecha interpretación del fenómeno de la luz.

Goethe utilizaba igualmente las técnicas de la novela de ficción para corregir o refutar las tesis de los filósofos más reputados de su tiempo. En el caso de Las afinidades electivas, su novela más ambiciosa y lograda, el objeto dialéctico de discusión fue nada menos que la negación punto por punto de los Fundamentos de la metafísica de las costumbres (1785), de Immanuel Kant. Goethe aspiraba, en especial, a recusar su perspectiva sobre el matrimonio, las relaciones íntimas y el amor, y a colocar en su lugar una interpretación de la vida y la naturaleza humana que fuera una síntesis de la sabiduría clásica, enriquecida con elementos de vitalidad pagana, y la intuición y visión genuina del romanticismo.

A partir de aquí, la lectura de Las afinidades electivas se tiñe de ambigüedad y admite dos exégesis antagónicas, según se atienda al principio de causalidad o al de casualidad. En los planteamientos de este último, asistimos a una ecuación narrativa de cierta complejidad en la que participan el cuarteto kunderiano de protagonistas (Eduard, Charlotte, Ottilie, el Capitán) sometidos al rigor aleatorio de las atracciones sentimentales y afinidades fatales que ponen en peligro un orden de la realidad más formal o convencional. En los planteamientos del principio de causalidad, en cambio, todo lo que ocurre en la novela, desde los enredos y devaneos amorosos a los acontecimientos trágicos, pasando por las escenas de jugueteo rococó y libertino, participa de la necesidad de descomponer esa regulación convencional de las cosas para crear un nuevo orden o una nueva realidad.

En el fondo, Goethe reconoce la fuerza de los poderes oscuros que ejercen su influencia sobre la vida y las existencias individuales, en particular, y también asume los límites de las fuerzas racionales con que se trata de mantener a raya sus efectos más nefastos. Y duda, al tratar de representar una idea total de la condición humana, entre los impulsos demoníacos y los impulsos angelicales, creando un mito que no resuelve las contradicciones, pero las hace visibles. De ahí el coeficiente de perversa ingenuidad con que aborda escenas como la intensa noche de amor conyugal de Eduard y Charlotte, descrita como si fuera un crimen moral, o el nacimiento de una criatura condenada (Otto) que porta los estigmas somáticos de los amantes cómplices del complicado juego. Entre la ley y el caos, la novela se debate sin solución, como el cerebro y el corazón de su autor. 

jueves, 9 de septiembre de 2021

GAMBITO AFGANO

 [Publicado en medios de Vocento el martes 7 de septiembre] 

            Todos los talibanes son hombres, luego todos los hombres son talibanes. Esta es la lógica aplastante de la izquierda global. No nos engañemos. Los talibanes no representan solo una expresión acendrada de odio a las mujeres. Los talibanes son esa milicia armada que toma el poder político de un país, en nombre de creencias fanáticas, y sojuzga a las mujeres con leyes medievales y las enjaula, en casa o en el burka, privándolas de la libertad de decidir y actuar por su cuenta. A este lado del paraíso, en cambio, existen hombres misóginos, sin duda, acosadores natos, maltratadores infames, violadores y asesinos atroces de mujeres, pero nada similar a los talibanes. No hay aquí ninguna ley que reconozca al hombre el derecho a ejercer la violencia impune contra la mujer. Esa es la principal diferencia.

La generación milenial, por su parte, la voz más activa en defensa de las causas más justas, vive tan preocupada por la “cancelación” del patriarcado como por la cancelación de su cuenta de Netflix. Y ahí reside una parte del problema. La guerra ideológica se ha transformado en guerra de ficciones y las series son la forma de ficción preferida de nuestro tiempo. Todas las mujeres que denuncian las semejanzas entre talibanes y hombres occidentales, a ambas orillas del Atlántico, actúan convencidas de que habitan en el horrible mundo de “El cuento de la criada”, esa distopía diseñada como una dictadura patriarcal.

Puestos a recomendar series más estimulantes e instructivas mencionaría “Gambito de dama”, un prodigio femenino de inteligencia y sensibilidad, y “Bruja escarlata y Visión”, una de las propuestas más originales del año, donde la mujer tiene todo el poder para construir un mundo conforme a sus deseos. Estas imaginativas series, como “Dickinson” y tantas otras, nos enseñan mucho más sobre la situación real y el complejo papel de las mujeres en nuestra sociedad, así como sobre las conquistas del feminismo, que todos los discursos falsarios o victimistas que padecemos a diario.

Veinte años después del 11-S, volvemos a estar en la “zona cero” y a los ciudadanos occidentales no nos queda otra, frente a la amenaza de las culturas más atrasadas y opresivas, que seguir avanzando en derechos y libertades y radicalizando los valores democráticos que sustentan nuestro modo de vida. El caso afgano podría servirnos de vacuna eficaz y ayudarnos a comprender los verdaderos fines de la política del siglo XXI. Quienes huyen de la ficción, decía Godard, se refugian en la realidad. 

viernes, 3 de septiembre de 2021

DOBLE LLAVE

  

[Junichirô Tanizaki, La llave, Debolsillo, trad.: Keiko Takahashi y Jordi Fibla, 2021, págs. 256] 

La llave (Kagi) es y no es la obra más erótica de Tanizaki. Es la llave a su imaginario artístico, como veremos, tal vez su novela más lograda y famosa, pero quizá no sea la llave a su “economía libidinal”, en el sentido que da Lyotard a este concepto. Esta otra “llave” habría que buscarla, más bien, en el Diario de un viejo loco (1962), su última novela publicada. Acaso sí sea La llave, sin embargo, la novela que mejor exprese su visión del erotismo y la sexualidad humana, pero de un modo impersonal, extraño a sus propias obsesiones y problemas, abordando una temática que, en su momento, allá por el año 1956, escandalizó a la sociedad japonesa de su tiempo, que se precipitó a leer esta novela obscena en masa, consumiendo con avidez inusitada sus sucesivas entregas en la revista literaria Chūokōron (“Revista Central”), obligando con su avidez y curiosidad morbosa al parlamento japonés a discutir la conveniencia de prohibirla. La llave fascinó, además, a la mirada occidental más “orientalista”, como diría Edward Said, que, a pesar de sus licencias y desinhibiciones, halló entre sus páginas una versión o perversión moderna de ese refinamiento erótico que se atribuía al imaginario japonés desde siempre. La inteligencia narrativa de Tanizaki alcanza aquí su cenit en la medida en que, para expresar una serie de verdades sobre la vivencia carnal del ser humano, en su antagonismo de géneros más o menos complementarios, como establecía la milenaria filosofía taoísta del yin y el yang importada de China, recurre a una ingeniosa estratagema narrativa.

El escabroso punto de partida de la trama es el diario de un anónimo hombre casado, un avejentado profesor universitario de cincuenta y seis años que siente que su matrimonio no va a ninguna parte ya que le faltan las fuerzas físicas para estar a la altura del potencial sexual de su mujer, Ikuko, de cuarenta y cuatro años, que vive aletargada como amante por culpa de la debilidad de su marido tras veinte años de convivencia doméstica. La forma diarística, la técnica acreditada del “nikki”, el tono confesional del discurso, permiten confrontar los puntos de vista de los esposos con mayor intensidad. El decrépito marido cuenta sus propósitos corruptores, sin rebozo alguno, mientras Ikuko, con inocencia al principio, narra en su propio diario cómo se ve involucrada en el plan marital de desatar su libido dormida, y cómo se deja arrastrar paso a paso por las sórdidas maquinaciones del marido y acaba colaborando con él para transformarse en una mujer que considera el placer libidinal el fin esencial de su vida.

Se crea así un endiablado mecanismo textual y sexual de doble perspectiva, masculina y femenina. Marido y mujer participan del juego recíproco de escritura impúdica y lectura indiscreta, logrando este dispositivo de voces alternas tener efectos reales sobre la psique de cada uno de ellos, su voluntad y acciones, determinadas por lo escrito y leído por cada uno de los esposos para saber cómo responder a los deseos del otro. El argumento narrativo, todo aquello que contiene su mecanismo de escritura y lectura, se resume como la historia de un marido decadente que siente que su mujer, tras demasiados años de aburrida convivencia, se ha convertido en un desecho sexual. Él considera, sin embargo, que ella está muy bien dotada para el amor físico y solo aspira a que se libere de su opresión conyugal y alcance la plenitud carnal mediante el adulterio. Los juegos equívocos del marido, incorporando la fotografía instantánea en la seducción, invitan a Ikuko a descubrir la belleza y atractivo de su cuerpo desnudo y la incitan a flirtear con el joven Kimura, amigo de su hija Toshiko y discípulo de su marido, quien poco a poco va sintiendo un poderoso deseo por esta mujer apenas madura y aún excitante hasta que se convierten en amantes apasionados.

En conclusión, la “llave” de la ficción y la “llave” del título original de la novela son pues, además de una metáfora sexual, un signo ambiguo del juego hermenéutico privado entre los esposos y una reflexión final sobre el poder del juego literario para desvelar los secretos más inconfesables de la experiencia humana. Es posible discutir, por esto, si La llave es o no la máxima expresión del erotismo de Tanizaki. Esta ambivalencia se debe a que la novela hace del erotismo una clave de interpretación de la vida y la literatura y desvela una verdad que no es únicamente erótica. Es, sin duda, la llave a su imaginario artístico: la novela que encierra el secreto de su personalidad creativa y de su visión del mundo, las relaciones, el lenguaje, la cultura y el arte.

Esto convierte a La llave de Tanizaki, tanto como a Las leyes de la hospitalidad de Pierre Klossowski, trilogía novelesca con la que establecería una extraña sincronía temporal y afinidad artística, en uno de los textos más perversos, en el sentido literal, y uno de los más complejos y trascendentes, en el sentido figurado, de la literatura mundial del siglo XX.