martes, 10 de diciembre de 2019

REVOLUCIÓN DIGITAL



 [Alessandro Baricco, The Game, Anagrama, trad.: Xavier González Rovira, 2019, págs. 335]

Al mismo tiempo que mi Revolución salía al mercado este ensayo afín de Baricco. La sincronicidad es otro formidable guiño de la inteligencia…

            Que el mundo ha mutado de modo imprevisto es algo tan obvio que no merecería repetirse si no fuera porque nadie entiende del todo en qué se ha convertido. Que el mundo ha cambiado de una manera radical hasta parecerse a un diseño de videojuego donde a diario participamos usando todos los dispositivos a nuestro alcance, con objeto de seguir vivos y tener éxito en la realidad de las pantallas y en la realidad del mundo, es otro de esos tópicos contemporáneos que conviene repetirse a menudo, mientras no dejamos de pulsar botones y teclas, para no perder pie en una realidad cada vez más fluida o líquida.
Habrá otros análisis del presente tecnológico donde vivimos instalados con perfecta naturalidad más especializados o penetrantes, pero no creo que haya muchos que superen en inteligencia y brillantez este magnífico ensayo de Baricco que se lee como una intrigante novela de ciencia ficción cargada de revelaciones sorprendentes y un estilo interactivo de pesquisa policial. Como resume Baricco en la casilla de salida: “Hoy la mayoría de la gente occidental ha aceptado el hecho de que está viviendo una especie de revolución –sin duda alguna tecnológica, tal vez mental- destinada a cambiar casi todos sus actos, y probablemente también sus prioridades y, en definitiva, la idea misma de lo que debería ser la experiencia”.
        Esta revolución digital en curso es producto de un conjunto de individuos, en su mayoría ingenieros o científicos, que encontraron en la tecnología una forma de escapar del horror del siglo XX, tanto de su mentalidad elitista como de sus atroces hechos históricos, para reconfigurar la vida y el mundo en todos sus aspectos, como una transformación tecnológica que comportara también una metamorfosis antropológica. Estos creadores de una nueva cultura tuvieron el acierto de realizar las alteraciones necesarias a través de instrumentos poderosos, herramientas surgidas de la informática y la electrónica, sobre todo, para poder implantar sus revolucionarias ideas de un modo práctico y eficaz.
Al revés de otras revoluciones y vanguardias insurgentes, que fracasaron por quedarse reducidas al ámbito de los discursos políticos, la teoría crítica y los programas abstractos, esta insurrección digital no fue un movimiento intelectual sino una acción sobre la realidad llevada a cabo en alianza con las nuevas máquinas y sus masivos usuarios. Así nacieron internet, la Web global, los sistemas operativos, los ordenadores personales, los primitivos videojuegos, las múltiples aplicaciones, los teléfonos inteligentes, etc. A partir de ahí, la humanidad vio aumentadas sus facultades y expandidas sus posibilidades de relación, contacto y comunicación, creándose una esfera social alternativa que coexistía con la física, influyendo en sus costumbres y alterando sus experiencias.
Baricco acierta al caracterizar con una metáfora afortunada (“The Game”) esta nueva realidad producto de la revolución digital, donde el mundo conocido y el ultramundo tecnológico se funden en un ente complejo configurado como un videojuego. Es lógico enfatizar la dimensión lúdica al describir los rasgos de este novedoso mundo, que Baricco cartografía con rigor e inventiva, ya que es el modelo más adecuado para entenderlo en su totalidad. En definitiva, se trata del mundo reconfigurado que emerge tras ser sometido al proceso de la gamificación, es decir, de la asimilación de todos sus componentes a los de un videojuego experimental.
Lo que necesitamos con urgencia en un mundo como este, concluye Baricco, es un humanismo regenerado, capaz de aceptar las nuevas condiciones de vida y de cultura y, al mismo tiempo, preservar el sentido humano de las cosas, a través de la creatividad, en un entorno cada vez más artificial.

martes, 3 de diciembre de 2019

LOS MISERABLES



[Publicado hoy en medios de Vocento]

Cuánto envidio a Francia. Allí las nuevas generaciones de inmigrantes, sobreviviendo en suburbios abandonados, han puesto en cuestión los valores republicanos de la nación porque no sienten que sean otra cosa que una vieja fachada en ruinas. Aquí, en cambio, cada vez que alguien cuestiona nuestro país lo hace solo para poner en valor su raída bandera nacionalista o su deseo de separarse de España. Triste destino el de quienes no profesamos la fe españolista ni la credulidad de los periféricos en sus procesos de emancipación de la casa paterna. Triste destino o, más bien, destino irónico. Al menos podemos seguir contemplando el panorama con un punto de sarcasmo.
No hablaré, no, de los ERE. Ya la sentencia puso en su sitio a unos líderes socialistas que, una de dos, o eran los más tontos de la historia, o los más listos, o las dos cosas a la vez, que también es posible. El dúo Chaves y Griñán y sus secuaces ya son carne judicial y han dejado de interesarme. Si su castigo es la infamia o algo peor, no me concierne. Aprendamos otra lección. Nadie es perfecto. Así en la política como en el fútbol. Hace unos meses veíamos a un Sánchez insomne reprobar a Iglesias como socio y desdeñar el apoyo de ERC y ahora, superado el desengaño electoral, lo vemos simular que claudica ante ellos. En la selección española de fútbol el problema es más ridículo. Ningún experto en comunicación no verbal podría decir qué es mejor, a día de hoy, si el ataque de celos patológicos de Luis Enrique, o la ambición inmerecida de Moreno. Qué incierto mundo este.
Con todo, Sánchez sigue empeñado, como sus negociadores, en batir el récord de provisionalidad al frente de un gobierno difunto. No vaya a ser que otra investidura fallida amargue las Navidades a sus votantes. En este último mes, Sánchez ha hecho el descubrimiento de su vida. Ha dado con la fórmula genial para eternizarse en el poder. Su idea es simple pero eficaz. Lo que España necesita ahora, en estas circunstancias de fragmentación y conflicto, es un presidente interino que convoque elecciones cada seis meses. Elecciones que funcionen como un plebiscito sobre su propia condición transitoria mientras los españoles no se den por vencidos en el pulso y lo voten en masa. El precio es la inestabilidad permanente. Eso importa poco si el objetivo es tener a Sánchez de presidente perpetuo y a Iglesias ablandándose como la plastilina con el calor de los focos hasta perder consistencia y fuerza. Como Sánchez y sus asesores solo estudian encuestas engañosas y estrategias de videojuego, se han olvidado de lo que es un Estado. Y no se enteran de que un Estado serio nunca se pone en cuestión a sí mismo. Un Estado moderno no se enreda en bucles absurdos y pactos imposibles.

miércoles, 27 de noviembre de 2019

SISTEMA NERVIOSO GLOBAL



[William Davies, Estados nerviosos, Sexto Piso, trad.: Vanesa García Cazorla, 2019, págs. 345]

Como suele ocurrir en este tipo de ensayos, sus análisis pesan más por la validez de sus diagnósticos que por la tímida propuesta de remedios. La situación, tal como Davies la describe, se reduce a una polarización entre tecnócratas y populistas que finalmente conduce a un enfrentamiento larvado entre verdad y falsedad que tiene internet como uno de sus escenarios preferentes. La desautorización del saber y el conocimiento, o su puesta a disposición de los poderes políticos y los intereses corporativos, sumada a la creciente desigualdad que padece una parte importante de la población, ha dado lugar a un mundo altamente conflictivo y peligroso.
En este contexto, Davies, economista y sociólogo, radiografía con solvencia las principales línea de tensión de lo que denomina con acierto el “sistema nervioso global”. Pero si el examen sincrónico, casi en tiempo real, es de gran agudeza y produce reflexiones de certero calado sobre el presente, la dimensión diacrónica no es menos relevante. La genealogía del Estado liberal, ese Leviatán que protege a sus súbditos de la violencia y les proporciona condiciones de seguridad y prosperidad,  como teorizara Hobbes, constituye un punto de partida del análisis de Davies. El otro, más o menos coetáneo, es la racionalidad cartesiana que escinde la mente del cuerpo y atribuye a la primera todas las certezas y evidencias y al segundo la posibilidad del error emocional y el engaño sensorial.
En dos tiempos, por tanto, cifra Davies las claves del proceso histórico por el cual las emociones, traicionando el proyecto racional de Descartes y Hobbes, se han adueñado finalmente de la sociedad imponiendo una agenda que se mueve, de un lado, entre el ilusionismo de los demagogos y las fantasías de los desfavorecidos; y, de otro, entre las ambiciones sin límites de las oligarquías financieras y tecnológicas y la claudicación de los estados a las demandas del capitalismo multinacional.
El “declive de la razón”, título del primer bloque del libro, describe las estaciones por las cuales los expertos fueron asociados al poder como garantía de control de este sobre la población y, al mismo tiempo, identificados como grandes enemigos de los intereses populares, pasando a ser descalificados como tecnócratas. Así se produce, según Davies, el “auge del sentimiento”, título del segundo bloque del libro: “En cuanto la razón humana hubo triunfado sobre la superstición y los derechos divinos, se descubrió la fuerza de las emociones y las sensaciones humanas como medios para perturbar y dominar el nuevo orden político”.
Este proceso histórico, en las sociedades contemporáneas, convierte el resentimiento social generado por la desigualdad económica en agente de la inestabilidad política que favorece el triunfo electoral de discursos demagógicos como el de Trump. Por otra parte, la dependencia mediática y tecnológica del presente, el dominio aplastante de la ideología del mercado, el surgimiento de las redes sociales como nuevos instrumentos paradójicos de relaciones privadas y vigilancia pública de los usuarios, han derrumbado las viejas categorías con que antes se cartografiaba el mundo y transformado este en un tablero algorítmico donde pugnan por la hegemonía las grandes corporaciones, los poderes financieros, las superpotencias mundiales y los debilitados estados nacionales.
En este complejo panorama, concluye Davies, no cabe la marcha atrás, no hay regreso a un pasado donde los expertos puedan resolver los problemas más acuciantes con recetas mágicas e ideas maravillosas, sino dar un paso adelante para encontrar la fórmula con la que, entre todos, renovar el ideal humanista de un mundo habitado por seres que sienten y piensan, si esto es aún posible, como una especie única y unida.

miércoles, 20 de noviembre de 2019

MIEDO Y ASCO



[Hunter S. Thompson, Miedo y asco en Las Vegas, traducción: José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez, ilustración: Cristóbal Fortúnez, Compactos 50, Anagrama, págs. 216]

Cuidado con este libro. Este libro es peligroso. Te puede cambiar la vida. Todos los grandes libros son peligrosos. Este es un gran libro. Tan peligroso como la vida. Este libro habla de la vida como una tentativa inútil para escapar de la muerte. La muerte como el castigo justo por no haber sabido vivir. La vida y la muerte. Nadie vive realmente. Nadie muere tampoco. Ese es el secreto. Miedo y asco. El mundo es tan corrupto como Las Vegas. Un paraíso capitalista donde la vida se consume al límite. En la jungla fluorescente de los casinos, las esculturas de neón y los hoteles de lujo. Al límite de las fuerzas y la energía. Al límite del yo. El agotamiento es la verdad del juego. La ruina fatal, sin dinero ni tiempo para malgastarlo. La alucinación ácida, como nueva forma de lucidez, usurpando el lugar de la utopía imposible. Un viaje infernal al corazón podrido del sueño americano. El Punto Extremo de la Realidad. El Espectáculo de la Realidad. Periodismo Gonzo. La vida da miedo y produce asco. La vida es solo eso. Circular a toda velocidad por la autopista del desierto conduciendo un Chevrolet rojo descapotable en dirección a un parque temático solo para adultos llamado Las Vegas. Recorrer el Valle de la Muerte atiborrado de drogas mientras vas pensando que la diferencia entre locura y masoquismo es una nebulosa. No te engañes. No hay más. La vida da asco y produce miedo. Por eso es tan maravillosa. Como este libro. Aprende a leer. Este libro dice la verdad. Este libro habla de ti. Así en la vida como en la literatura.

martes, 12 de noviembre de 2019

MÁQUINAS TRISTES


[Ian McEwan, Máquinas como yo, Anagrama, trad.: Jesús Zulaika, 2019, págs. 355]

Uno de los logros extraliterarios más significativos de esta novela mainstream de McEwan es invertir el designio del famoso test de Turing, de tal modo que es ahora la conciencia de la máquina la que detecta y escanea, de manera implacable, las inconsistencias, deficiencias e insuficiencias de la identidad humana…

            No es casual que las ficciones más creativas sobre las distopías del presente y el futuro estén surgiendo en el Reino Unido. Si el contexto social y político lo propicia, o si lo favorece la larga tradición literaria desde la fundacional “Frankenstein”, son cuestiones menores en comparación con el vasto alcance de sus propuestas y la alta resolución de sus logros. Esta novela de McEwan se suma con brillantez al éxito de series como “Black Mirror” o “Years and Years”, películas como “Ex Machina” y al ingenio inglés de Jonathan Nolan que anima la serie americana “Westworld”, un parque temático poblado de androides esclavos.
Tras la aventura hamletiana de Cáscara de nuez, McEwan ha tenido la audacia de contar otra historia de las suyas insertando en la trama un componente extraño, una presencia anómala que produce un efecto perturbador en su habitual mundo de ficción. Para plantear su ecuación narrativa sobre la vida humana, McEwan recurre a dos factores entrelazados. En primer lugar, consciente de que todo abordaje de la ciencia-ficción desde parámetros convencionales exige el ajuste de sus menores detalles, el trastorno temporal. En vez de desplazar la trama a un futuro utópico o distópico, McEwan ha preferido crear una ucronía novelesca ambientada en unos imaginarios años ochenta donde ya existen internet y los teléfonos móviles, el Reino Unido es derrotado en la guerra de las Malvinas, Thatcher dimite, Carter gobierna, Alan Turing vive aún y la ciencia robótica comienza su andadura comercial poniendo a disposición de clientes adinerados criaturas de sexo masculino y femenino.
El segundo factor detonante de la novela, el más decisivo, es la incorporación de un facsímil antropomorfo, un androide llamado Adán, en la vida del protagonista y narrador, Charlie Friend: un treintañero a la deriva que acaba de abandonar la abogacía para dedicarse a la especulación inmobiliaria en internet. Charlie mantiene unas complicadas relaciones con su vecina veinteañera, la encantadora Miranda, hija díscola de un escritor decrépito y doctoranda de nombre shakespiriano con un pasado tortuoso. Este triángulo amoroso nada euclidiano se podría describir, gastando una broma bíblica, como Adán y Eva jugueteando en el jardín del Edén con la manzana de Apple. O, dicho de otro modo, revisando con sarcasmo ciertos episodios inquietantes de la novela: la tecnología no resolverá nunca las disfunciones de la pareja o el amor, ni la vida adulta, por supuesto.
Personajes como el robot Adán, dotado de una inteligencia superior que juzga las conductas humanas con parámetros éticos de un rigor sobrehumano, y como Alan Turing, el genial científico que, a pesar de su suicidio real, abrió las puertas del mundo a los algoritmos y la computación universal que revolucionaron el final del siglo XX y fundaron la era digital del XXI, proyectan los postulados de la narración hacia el pesimismo ontológico que suele dominar la aguda mirada de McEwan. De hecho, en una escena que revela hasta qué punto el robot no es solo un personaje de ficción sino un doble potencial del escritor, Adán, que ha adquirido el gusto por la escritura de haikus, comenta al protagonista que la novela en el futuro, cuando humanos y máquinas sean iguales y sus inteligencias se conecten de manera natural, la novela entendida al modo flaubertiano de McEwan, será un artefacto inútil y trasnochado, un residuo artístico de un tiempo histórico superado.
El profundo sentido de la ironía de McEwan hacia el desastre secular de la existencia humana y la promesa utópica de la vida y la inteligencia artificial se expresa en esta novela con devastadora lucidez.

martes, 5 de noviembre de 2019

PARÁSITOS



[Publicado hoy en medios de Vocento]

            La otra noche me aburría y me fui de turismo por la República digital catalana. Me pareció un lugar encantador, idílico e inofensivo, y no entiendo por qué el gobierno español quiere eliminarlo como si fuera un atentado constitucional. Allí, hasta donde yo sé, no existen el terrorismo callejero, la quema de contenedores, el diluvio de piedras, las cargas policiales, los discursos incitando a la violencia. No veo qué daño pueda hacerle a nadie esta Cataluña de barretina y sardana. Fue un paseo instructivo y entretenido por un pequeño país de opereta decimonónica. No imaginaba que internet pudiera funcionar como solución técnica al amargo encono de ciertos conflictos y me llevé una grata sorpresa. Espero que Sánchez haga lo propio con el sanchismo si pierde las elecciones. Mudarlo a la red. La Ínsula Barataria sanchista serviría como sede digital para ir preparando, junto con sus infalibles asesores, el retorno del líder derrotado.
Esto del parasitismo se está volviendo un mal sistémico. En este mundo todo vive en condición parasitaria y hasta presume de ello. Sánchez parasita la Moncloa y el ideario de su partido del mismo modo que Torra y Puigdemont parasitan la identidad de Cataluña y no la dejan ni respirar. Otro tanto hacen Vox y el PP con la marca España, idea devaluada por el abuso retórico, el simbolismo endeble y la gestión corrupta. La momia recién desalojada de Cuelgamuros parasitó la vida española durante demasiado tiempo con sus valores fachas y quizá aún lo haga. Ahí donde menos se espera salta ahora el parásito franquista. En cada comunidad autónoma hallamos también formas de parasitismo institucional muy arraigadas entre la fauna ibérica. Pero lo peor es que incluso las campañas electorales se han vuelto parasitarias de la política. En las próximas elecciones, lo primero es decidir si votar, en esta ocasión, es darle o no la razón a los parásitos. Y, una vez resuelto el dilema, dilucidar qué partido es menos parásito o qué líder está más predispuesto al parasitismo del poder. No olvidemos que el parásito es enemigo de cualquier innovación y la democracia, en definitiva, es el sistema más útil para poner a los parásitos en su sitio.
Vuelvo ahora a mis paseos machadianos por los algoritmos de la Cataluña digital y pienso que debemos aprender la lección. Al final va a ser verdad que internet se creó para escapar de las leyes de este mundo. Con dinero virtual y repúblicas cibernéticas, la felicidad futura de los ciudadanos está garantizada. Aunque no tardarán en aparecer parásitos informáticos, tengamos el atrevimiento de fundar una nueva España digital, huyendo de los males de la España real. Una España libre de oligarquías y monarquías. Una República tecnológica donde nuestros sueños históricos y las promesas incumplidas de la Transición puedan realizarse sin trabas. Una España sin parásitos.

miércoles, 30 de octubre de 2019

CHISPEANTE ALEGORÍA


  [Luis Goytisolo, Chispas, Anagrama, págs. 133]

Como estudia Fredric Jameson en su nuevo libro (Allegory and Ideology), la alegoría nunca fue un género y se eclipsó como forma reconocible a partir de Cervantes y Spenser, es decir, a partir del triunfo de una estética realista, apegada a las vicisitudes de lo cotidiano, o fantástica, identificada con los despliegues de la fantasía, los símbolos y el idealismo. Borges, en cambio, en su célebre inquisición "De las alegorías a las novelas" (que Jameson, por cierto, no cita, quizá por desconocimiento o quizá por prejuicio) consideraba que la puntilla a la alegoría se la había dado a finales de la Edad Media la irrupción de narrativas (Chaucer) que ponían el énfasis en el detalle empírico.

El género alegórico, dice Fredric Jameson en su nuevo ensayo sobre la cuestión, sobrevivió en estado latente desde fines del medievo y renació durante el pasado siglo para conectar lo inconexo y fragmentario, acoplar los elementos dispares a partir de un concepto o una idea, reunir lo disperso en una unidad superior, ensamblar lo disímil y diferente a partir de una lógica artística que el creador impondría generando una obra abierta. Y todo ello para representar un mundo volatilizado. Una globalidad diluida en infinitas narrativas. Este es el designio de la última etapa de Luis Goytisolo como narrador y el designio inteligente de este libro que se abre con la famosa escena del gato de Cheshire de la primera Alicia de Carroll y funciona como un aviso del espíritu con que el libro fue escrito. Mirad cómo desaparezco detrás de mi sonrisa, parecería decir Goytisolo desde las sombras.
En 2017, Goytisolo publicaba Coincidencias, una miniaturizada “comedia humana” de nuestro tiempo construida como un calidoscopio de 63 piezas. Goytisolo actuaba entonces convencido de que el formato novelesco, nacido para poner en crisis el mundo de valores vigente en cada sociedad, necesitaba recurrir a dispositivos de composición más acordes con los nuevos tiempos. Ahora, en “Chispas”, ha decidido dar un paso más para confeccionar un mapa parcial de la estupidez y la tontería dominantes en una sociedad hipermoderna que se arroga la inteligencia como valor supremo y se vanagloria de haber alcanzado un gran desarrollo cultural y tecnológico. Un mundo descrito como un grotesco dibujo animado donde las cosas están al revés de como deberían estar.
Compuesta de 36 fragmentos de diversos estilos y motivos, esta alegoría sobre la vida mental del presente se presenta como una chispeante colección de opiniones, tópicos, estereotipos y discursos sociales representativos de un cuadro humano plural en edades, profesiones y experiencias, pero definido por su pertenencia a los grupos mayoritarios, clases medias o burguesías urbanas. Esta polifonía ideológica coloca al mismo nivel a sus personajes, tratándolos como muñecos de ventriloquía, e impidiendo así que el lector se sienta excluido del grupo, o pueda juzgar unas actitudes mejores que otras. La marea tóxica de estupidez contamina, pieza tras pieza, los diálogos y los relatos y homogeneiza a todos los portavoces en una masa anónima que participa, lo quieran o no, del mismo diagnóstico infalible. Esta dimensión flaubertiana del libro evita que nadie pueda salvarse de la quema, ni el más listo, ni el más ingenuo, ni el más culto, ni el más sensato.
Como Erasmo de Rotterdam en su tiempo, Goytisolo escenifica una realidad reconocible donde la ignorancia y la locura adoptan nuevas apariencias y modos. La representación es tan cautivadora como paradójica: incluso la ironía, la burla, el sarcasmo o la risa franca con que el lector celebra las ocurrencias narrativas y las recurrencias escatológicas forman parte de los efectos y defectos del ingenioso retrato. De este modo, el libro pone en el mismo rango de necedad a partidarios del progreso y a groseros reaccionarios, a misóginos y machistas y a feministas solidarios, a la aventurera sexual y al carca estreñido, al gay desleído y al cazador desaprensivo, al defensor del despotismo digital y el emprendimiento neoliberal y al detractor acérrimo de la incultura ostentada en redes sociales. No todos son iguales, desde luego, pero todos comparten un mundo idéntico, una realidad democrática que se hace y deshace entre todos.
Con malicia extrema, Goytisolo cuela de contrabando en el lote textual un par de pastiches estilísticos que suenan a ejercicios de emulación de una supuesta alta literatura, vagamente inspirados en su magistral “Antagonía”. Para demostrar que ni él escapa como autor con pretensiones literarias a la severidad del juicio cómico, atribuye a un tal Ludwig Goitialone esta sentencia demoledora: “El mundo ha pasado por épocas peores; tan boba como esta, nunca”.

martes, 22 de octubre de 2019

JOKER



[Publicado hoy en medios de Vocento]

Todos somos el Joker. Todos somos payasos desgraciados. El Joker es nuestro otro yo. Lo que seríamos si no fuésemos lo que somos. De ahí la fuerza empática de su discurso. La adhesión obtusa que suscita en los espectadores. A su lado, Batman es un farsante. El Joker es el perfil oscuro de la identidad. El paria universal. El hombre del subsuelo. Un comediante nato que vive instalado en la tragedia. Un cómico sin empleo, hogar, familia, amor o propiedades. Todos somos el Joker y nos empeñamos en negarlo, creyéndonos superhéroes. No queremos reconocer su cara deforme cuando nos miramos en el espejo con miedo a escuchar las siniestras carcajadas de fondo. La risa enlatada que desnuda las imposturas que nos sostienen a diario. Las falsedades con que el mundo se mantiene en vilo como una pelota de ping-pong sobre un chorro de agua. Lo hemos reconocido enseguida. En cuanto ha empezado a reírse hemos sabido que era él. No podía ser otro. Nuestro doble grotesco. Nuestra pesadilla esquizofrénica.
El Joker es también un insurgente genuino. La película contiene un mensaje político enviado por un psicópata desde el manicomio. Es una fantasía diseñada para consumo de todos los que sueñan con rebelarse contra lo que los aplasta. La iniquidad del orden establecido, la norma asfixiante, la vida opresiva. El Joker encarna esa nostalgia revolucionaria. El deseo colectivo de que las cosas cambien. Como es imposible, solo queda la risa loca, la comicidad, el humor. La amarga necesidad de hacer reír al otro. El Joker es el alma negra del comediante sin escenario donde representar un papel digno de sus aspiraciones. La carcajada cómplice que sale de la pantalla es la del demente que se burla de nuestras esperanzas e ilusiones. Esa risa patológica revela la verdad de nuestro fracaso.
El Joker ha inventado la risa que podemos aplicar a cualquier situación desagradable para escapar de ella. Es la risa ambigua de nuestro tiempo. Es la risa vergonzosa de los que no pueden hacer más de lo que hacen para sobrevivir a la desgracia. Es la risa del que se burla de ti desde el fondo de tus entrañas. Es una risa terrorífica. Y es también un arma visceral para amedrentar a los que quieren pisotearnos. Mucho cuidado. El Joker ha patentado un modo masoquista de subversión muy peligroso y eficaz. Esa risa descarnada se alimenta de las vejaciones y ultrajes recibidos. Es la risa de los desposeídos y los excluidos. Es la carcajada del bufón escarnecido. La risa sarcástica del desollado vivo. Cada vez que escuches esa risa todopoderosa piensa que se acabó la impunidad en el abuso y la humillación. Se acabó eso de aguantar y tragar. Triste consuelo. A partir de ahora, piénsatelo dos veces antes de maltratar a alguien. Estás avisado. Te lo dice el Joker.

martes, 15 de octubre de 2019

UNA ESFINGE POSMODERNA



[Kathy Acker, Aborto en la escuela, Anagrama, trad.: Antonio Mauri, 2019, págs. 225]

Si eres mujer, deja de leer la novela que te han vendido como imprescindible y comienza a leer este libro de Kathy Acker donde se habla de ti y de tu paradójica condición de un modo que nunca hubieras imaginado. Si eres hombre, abandona tus necias distracciones diarias y ponte a leer de una vez a ver si te enteras, antes de que sea demasiado tarde, de por dónde van los tiros con las mujeres. 
Se han dicho muchas cosas sobre este libro desde que se publicó en 1984. No todas siguen siendo válidas ni todas comportan el mismo grado de lucidez. Es un libro que recoge en estado de efervescencia el espíritu radical de los setenta referido al sexo y a la vida, el cuerpo y la feminidad, el lenguaje y la literatura, la cultura y el patriarcado. Es un libro más actual ahora quizá de lo que lo era en el momento de su aparición y, desde luego, mucho más en la España de hoy que en la de 1987 cuando se tradujo por primera vez. Para quien no la conozca de nada, se podría decir que Acker es una Lady Gaga gamberra de la literatura posfeminista más innovadora y punk de los ochenta y noventa, nacida en Nueva York, renacida en Londres y formada en una escuela de élite como la Black Mountain School de donde salieron en los sesenta y setenta algunos de los artistas americanos más creativos.
Esta novela extraordinaria cuenta el largo viaje de Janey, su niña protagonista, al fin de la noche femenina: un periplo alegórico compuesto de amantes carismáticos (su padre, el presidente Carter, un chulo esclavizador, el escritor Jean Genet, etc.) y de ciudades cargadas de simbolismo como Nueva York, Tánger o Alejandría, donde Janey muere de cáncer de mama, como su autora muchos años después. Acker se comporta como una esfinge posmoderna que transmite sus acertijos textuales y enigmas sexuales, con tanta radicalidad como desparpajo, por todos los medios a su alcance: parodias y plagios literarios, dibujos, tatuajes obscenos, collages verbales, viñetas, grafitis, diarios, poemas.
Como la bad painting de su colega David Salle, conformando un montaje pictórico hecho de retazos gráficos y citas artísticas, imágenes fragmentadas de procedencia promiscua, la escritura de Acker se podría caracterizar como bad writing por su afán de reescribir el canon que somete a las mujeres a la cárcel simbólica llamada cultura patriarcal. Pero Acker, a pesar de las apariencias, no es una ingenua. Es una romántica genuina y sus quejas y protestas, sus sátiras y diatribas, vienen cargadas de una insolencia irónica y una incisiva capacidad de autoflagelación masoquista. Sin dolor no hay identidad, sin placer en el dolor no hay ser, sin la experiencia del sufrimiento ligada al ser la mujer será siempre solo madre, hija o esposa, jamás un sujeto pleno, aunque repleto de contradicciones y desgarramientos. El nacimiento es uno de estos. El aborto otro: “Los abortos son el símbolo, la imagen exterior, de las relaciones sexuales tal como ocurren en este mundo”. Negarse a dar a luz es otra forma de negarse a nacer. En Beckett, el aborto es ontológico, existencial, un emblema de la fallida condición humana. En Acker, el aborto es una técnica biopolítica y creativa para renacer dentro de un cuerpo de mujer, liberada de ataduras convencionales, a través de las palabras y las ficciones.
La madre de Acker no quiso tenerla y estuvo a punto de abortar cuando ella estaba en su vientre. Acker abortó al menos cinco veces en su vida. No vivió mucho, apenas cinco décadas. Las cuentas salen. Un aborto por década. Hubo muchos más libros, por supuesto. Y mucha vida. El libro se llama en realidad “Sangre y tripas en la escuela”. Ese es el nivel básico del libro. A partir de ahí, la sangre en todas sus dimensiones, menstrual o arterial, y las tripas en sus variantes digestivas o reproductoras, saturan las páginas de este libro explosivo con su discurso visceral.
En la literatura de Acker el amor es la única droga que hace soportable el mundo. La escritura es un sucedáneo. La búsqueda desesperada del amor y el rechazo a la familia son los motivos nucleares de la escritura de Acker: una escritura transgresora que se concibe como escritura de y sobre un cuerpo singular conectado a los desarrollos sociales y culturales más avanzados de su tiempo. En esta época de feminismo normalizado y normativo, la obra de Kathy Acker constituye una escandalosa provocación. Cuando el sujeto aspira a vivir en libertad en un contexto de contrarrevolución sexual, como señala Eloy Fernández Porta en su magnífico prólogo, Acker es una cómplice infalible.

sábado, 12 de octubre de 2019

SINSENTIDO



[Publicado en medios de Vocento el martes 8 de octubre]

El sentimiento nacional es como la moda autobiográfica. Puro ombligo contemplativo. Narcisismo parroquiano. Mira que lo veía venir. El nacionalismo es el nuevo opio del pueblo. Cuanto menos comprendemos el sentido del mundo complejo en que vivimos más nos distraemos con cuestiones antiguas como la identidad nacional. No salimos del laberinto provinciano porque a los humanos, por más vueltas que le demos al mundo, nos encanta nuestro ombligo. La familia, el barrio, el municipio, los amigos, los vecinos. Todo para los nuestros, nada para los extraños. Y así nos va, en la bolsa y en la vida. País por país, región tras región, después del desastroso siglo XX, seguimos en las mismas. Con la misma insistencia. El sinsentido nuestro de cada día tiene dos caras. Una, la radiante, es el escaparate publicitario, la exhibición efímera del lujo, la belleza plástica y la moda. Y otra, la tenebrosa, incluye la iniquidad económica, la precariedad laboral, el dominio del mercado y la oligarquía financiera.
Nos han vendido un capitalismo global basado en la flexibilidad y la fluidez, pero los países cierran sus valvas como el molusco en cuanto perciben una amenaza potencial. El tramposo Trump entiende la nación americana como un gigantesco emporio cuyos negocios hay que proteger a toda costa con guerras comerciales absurdas y barreras fronterizas dignas de un videojuego barato. Su gemelo Johnson fomenta el patriotismo del Brexit como la fantasía descabellada de que la sangre, el sudor y las lágrimas de sus súbditos construirán un nuevo imperio británico con mucho futuro. Mientras existan China y sus mil millones de consumidores confucianos, por más que grite la niña Greta, el cambio climático tiene asegurado el éxito inexorable. El club de la UE no levanta cabeza, aunque el euro conserve su fachada de moneda potente. En numerosos países miembros gobiernan partidos de ultraderecha y sus nocivas ideas se expanden entre la gente. Es lo más fácil en estas circunstancias.
Cuando el discurso del miedo pasa por sensatez, el peligro es inminente. Lo saben hasta los sociólogos del CIS. Es el momento estelar de forenses y enterradores. De Torra y sus terroristas mejor ni hablar. Resulta sintomático que Amenábar no pueda hacer una película valiente, como Tarantino, donde se cambie creativamente el sino fatal de la historia española. Unamuno enfrentándose a Millán Astray en nombre de la inteligencia solo puede excitar, a estas alturas, los ánimos más recalcitrantes. Triste panorama. Se ha visto en el último rifirrafe matritense cómo la presidenta ostentó su rechazo a la memoria histórica para disimular la aversión visceral a la exhumación de la momia de Franco. Una cosa ridícula es que Díaz Ayuso tema que se quemen iglesias en Madrid y otra radicalmente distinta es que, tras la irrupción de Errejón, Iglesias se queme en su propia pira. Menos país, más mundo.

martes, 8 de octubre de 2019

PENSAMIENTO OCIOSO



[Yoshida Kenkō, Pensamientos al vuelo, Errata Naturae, trad.: Justino Rodríguez, 2019, págs. 226]

            En la literatura japonesa clásica existe un género original que se llama zuihitsu y que consiste en reflexiones fragmentarias que guardan relación con la vida y el entorno del autor. El nombre del género significa, en ideogramas chinos, pensamiento libre o espontáneo. Este modelo de escritura aspira a atrapar en el papel la esencia fluida de la vida usando la habilidad del pincel y la tinta. Inscribir con estilo suelto las ideas y sensaciones del yo como respuesta a la volatilidad de la experiencia y la fugacidad del tiempo.
            El primer maestro de esta modalidad literaria fue una mujer, una gran cortesana del período Heian (siglo X), la famosa Sei Shōnagon, autora de una memorable colección de anotaciones titulada El libro de la almohada (Makura no Sōshi). En el siglo XII, con los cambios históricos y sociales, ya no fue un cortesano en activo sino uno caído en desgracia y reconvertido en ermitaño budista, Kamo no Chōmei, quien escribió retirado del mundanal ruido otro paradigma del género (Pensamientos desde mi cabaña; Hōjōki), donde se fijan los rasgos de un modo de vida (soledad, desapego, contemplación mística, humor, meditación trascendental) que se transforma en método de escritura. Otro maestro de este programa moral y artístico fue Yoshida Kenkō (1284-1350).
En el breve prefacio a este fabuloso libro (Pensamientos al vuelo (Tsurezuregusa); traducido con anterioridad como Ocurrencias de un ocioso), Kenkō expone con desenfado los principios de su escritura. Podrían glosarse así: apartado del mundo, contando con ocio suficiente y plácida serenidad, me entretengo pintando estos signos de tinta que representan ocurrencias que cruzan veloces por mi cabeza como las aves por el cielo y los peces por las aguas del río y me sorprenden hasta a mí mismo por su audacia e ingenio. La leyenda no desmentida cuenta que los papeles emborronados por Kenkō decoraban las paredes de su humilde cabaña en el bosque, esto le permitía usarlos como recordatorio de sus enseñanzas e ideas.
La leyenda, sin embargo, no esclarece las razones de su retiro. Siendo un cortesano eminente, pudo conocer el amargo desamor que aparta de toda compañía, o la disputa política entre facciones antagónicas, o la revelación repentina de la inanidad de cualquier existencia que no se atenga a lo esencial y se deje dominar por las pasiones y deseos. De la lectura de los 243 ensayos del libro cabe extraer la suficiente información como para corroborar todas las hipótesis sobre sus motivos para alejarse del mundo social y acercarse a vivir cerca de los árboles y las montañas, los animales y las plantas.
La mirada desengañada a la vida urbana y cortesana delata un escepticismo que aflora en numerosas anécdotas y observaciones críticas respecto de la degradación cultural en curso y la necedad del poder y los hombres de poder. Como budista convencido, aunque irónico, Kenkō celebra la frágil belleza de los seres y las cosas como expresión natural de su caducidad e intrascendencia. Como hombre entregado al cultivo del espíritu y la sensibilidad, siente que las tentaciones carnales y los placeres sexuales son las que más pueden extraviar el corazón humano, pero también gratificarlo, pese a su condición efímera (“el hombre que no ama con pasión carece de algo”). Como amante avezado, las reflexiones sobre la pasión y el deseo se matizan de paradojas e ironías y traslucen un refinamiento estético y psicológico digno de Proust: “El hombre que, en una noche, cuando flota en el aire el perfume de las flores de los ciruelos, no haya ido a la casa de una mujer en el momento en que una nube oculta la luna, ni haya salido sigilosamente de su residencia, cruzando un jardín cubierto de rocío cuando brilla en el cielo la luz del amanecer, será mejor que no se entregue a las manos del amor”.

lunes, 30 de septiembre de 2019

DEMASIADO HUMANOS



 [Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Austral (junio) y Minotauro (octubre), trad.: Miguel Antón, 2019, págs. 272]

En 2019 ocurre Blade Runner y en 2019 se reedita doblemente la gran novela en que se inspiró la magnífica película de Ridley Scott. La novela es ahora más actual que nunca, como demuestra, para bien y para mal, Blade Runner 2049

En español, contamos ya con tres traducciones y varias ediciones de esta obra maestra de Dick, lo que da una idea no solo de su importancia y dificultad sino también de la riqueza inagotable de sus planteamientos. Pero lo que más ha contribuido a la fama perenne de esta novela es Blade Runner, una de las grandes películas de ciencia-ficción de la historia. Y, sin embargo, más allá de las coincidencias de trama y personajes, nada menos parecido a la estética neobarroca y ciberpunk de la película de Scott que la novela existencialista de Dick.
Las dos preocupaciones principales de Dick se enunciarían así: qué es la realidad y qué es lo humano. Su conciencia crítica de lo real obligó a Dick a transgredir los límites del realismo en numerosas novelas y relatos y postular la cualidad artificial de la realidad. Al mismo tiempo, Dick interrogó la condición humana, a través del antagonismo con el androide, en artefactos fascinantes como Simulacra y Podemos fabricarte. La apoteosis de este conflicto cognitivo es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), en cuya compleja trama la distinción natural entre androides y humanos es explorada con perversa curiosidad.
Ambientada en 1992, la novela describe un mundo posnuclear donde habita una parte de la humanidad que ha sobrevivido a la catástrofe mientras otra ha huido a otros planetas, los animales vivos son un bien escaso y la fabricación de animales artificiales es una industria floreciente. En ese contexto, la aparición en la Tierra de androides escapados de las colonias extraterrestres es considerada un peligro para los supervivientes. Y destruirlos es la misión de los cazarrecompensas como Rick Deckard, que financia con esa actividad su afición a las mascotas. Armado con su test de empatía (el eficiente test Voight-Kampf), Deckard se ve enfrentado al mayor desafío de su vida profesional cuando le encargan “retirar” a seis androides de última generación (los Nexus-6), más ágiles, fuertes y astutos que sus antepasados.


Es irónico, en este sentido, que ciertos episodios trascendentales ocurran en un entorno cultural. Deckard acude al teatro de la ópera a matar a Luba Luft, una cantante extraordinaria que es una androide, pero se ve envuelto en una oscura trama policial que implica androides y humanos antes de poder ejecutar a Luba en un museo de arte donde ella se ha refugiado durante la huida, descubriendo la belleza y emoción de la pintura de Munch. En ese momento, cuando Deckard ve que su compañero Resch no siente ninguna piedad por la androide ejecutada, comprende una paradoja sobre la vida que relativiza la antipatía real de Dick por los androides. Estos “andys” pueden ser más humanos que los humanos, desarrollando mecanismos de empatía a imitación de sus creadores biológicos, y algunos humanos pueden ser peores que los androides, próximos en su crueldad a la mente del psicópata. Al tener sexo placentero, después, con una androide manipuladora (Rachael Rosen), Deckard descubre que la empatía debilita a humanos y androides por igual.
Esta magistral novela narra, sobre todo, un viaje mental al límite de la experiencia humana. Una trepidante aventura desarrollada en el confín de la noche artificial donde el ser humano se contempla en el espejo de la tecnología con que ha fabricado el mundo en el que habita y descubre la verdad y mentira de ese mundo donde todo, desde la economía a los sentimientos y deseos, las relaciones personales y la sensibilidad estética, el entretenimiento masivo y la creencia colectiva, es una construcción.
El futuro cibernético que Dick temía está en marcha. Y una novela sobre robots humanoides como esta es mucho más avanzada e inteligente que las predicciones de escritores desfasados como Orwell.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

SIMULACRO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

            La política habla de la política, amigo mío, no de ti ni de mí. Qué te creías. Que esto iba de gobernar y solucionar problemas y proporcionarle beneficios a la gente. Menudo ingenuo. Ese es el pretexto. Esto va de lo que va. La política va de eso. Del poder. De tenerlo o no tenerlo. De cómo obtenerlo y mantenerlo. Este es el único argumento de la representación. El resto es puro decorado, ornamento de la máquina política. No te rompas la cabeza tratando de comprenderlo. No hay misterio. El juego está viciado, pero es así como funciona. O lo aceptas o no lo aceptas. Aclarado el enigma, toca hablar de otras cosas.
Estamos bloqueados. Como país y como sociedad. Eso es lo que significa realmente el fallido pacto de izquierdas, tan deseado por ciertos sectores y temido por la banca y el Ibex. Los indicios son alarmantes. Así puede interpretarse la repetición electoral. Repetir es siempre un signo de fracaso. O de impotencia. No avanzamos, no cambiamos, nada mejora. Nos hemos vuelto tan conformistas que cultivamos el optimismo sistémico y desdeñamos cualquier visión negativa. Tememos la sensación de fracaso. La melancolía del esfuerzo inútil da más miedo que la autocrítica constructiva. Las nuevas elecciones deberían servir al menos para castigar a los responsables del error histórico. No tener gobierno ahora es una negligencia imperdonable. Nuestros políticos han suspendido el examen y tienen que repetir un curso electoral lastrado por su incompetencia. Algunos ya saben que no aprobarán nunca. Es el precio de la soberbia. Otros se resignan a una suerte mediocre. Pero uno en particular sueña con el poder absoluto. Desea poder dormir a pierna suelta con la mayoría suficiente como somnífero eficaz.
La democracia es más importante que los partidos o sus líderes, aunque estos tiendan a olvidar este detalle con frecuencia, tomando sus intereses privados por demandas colectivas. Que aprendan del golpe de estado del parlamento británico contra los desmanes de Johnson. La calidad democrática se mide por la eficacia de las soluciones políticas a los problemas. A nuestra democracia le queda mucho por alcanzar la máxima calidad. Que Sánchez sea, incluso para la derecha mediática, la mejor opción para salir del marasmo es un signo de cinismo. Sánchez es un presidente interino por vocación. No tiene ideas originales, su discurso carece de sustancia, su puesta en escena está pensada por asesores más preocupados por la buena imagen que por el buen gobierno. Toda la estrategia socialista es un simulacro performativo diseñado para seducir al desnortado votante de izquierdas. En realidad, para este la respuesta más inteligente consistiría en abstenerse o votar en blanco y permitir que gobierne la derecha oficial, tan funesta. Errejón no cuenta. Así escarmentarían los líderes del PSOE y Podemos. Votarles otra vez sería perder el tiempo. Más de lo mismo.

viernes, 20 de septiembre de 2019

SER INTELIGENTE



[Susan Sontag, La entrevista completa de Rolling Stone, Alpha Decay, trad.: Alan Pauls, 2019, págs. 128]

Ser y pensamiento son lo mismo. O conforman la misma realidad. El mundo, la historia, la naturaleza se componen de una amalgama de ambos conceptos. De ahí que una figura admirable como la de Susan Sontag pueda definirse como inteligente en el más elevado sentido del término y asumir también que esa condición intelectual se traslade con perfecta naturalidad a la atención a la vida, la sensibilidad, las emociones, el gusto y la intuición.
Una vez, aludiendo al título de su segundo gran libro de ensayos de los años sesenta, se definió su estilo y su estética, por su admiración al cine innovador de Godard, Bergman, Bresson, Resnais y Antonioni, o su amor por Artaud, Kafka, Borges y Beckett, o sus belicosas polémicas políticas, como de voluntad radical. Esto era cierto, pero también lo era, como se deduce de esta entrevista, que la categoría fundamental del pensamiento y la vida de Sontag es el entusiasmo o la euforia. La pasión entendida en el sentido romántico, pero también en el griego, como capacidad de ser poseída a fondo por lo que le gusta y estimula, inflamando su discurso con ardor pedagógico y transmitiendo de manera contagiosa las razones de ese gozo extraordinario que solo el arte y la literatura provocan en la mente abierta e inquieta.
Sontag se caracterizaba por ser, en suma, una vanguardista de corazón con una idea de la cultura plural y polimorfa, sin distinciones estériles entre alta y baja cultura, y una moralista comprometida con la defensa de las causas justas, los seres más débiles y los movimientos marginales. Una defensora de la modernidad en el período donde esta agonizaba, el fin del humanismo se anunciaba en todos los titulares y el arte y la cultura contemporáneos se transformaban para someterse a los dictados comerciales del mercado. Con todo, ningún producto cultural resultaba extraño al temperamento fogoso de Sontag: “No hay incompatibilidad entre observar el mundo y conectar con ese mundo electrónico, multimediático, multibanda, mcluhiano, y disfrutar de lo que haya allí para disfrutar”.
Pero de nada sirve todo este despliegue de inteligencia de Sontag, este hablar de cultura y política, sexo y transgresión, fascismo y comunismo, fotografía, cine y televisión, sobre literatura en general, sobre sus relatos, ensayos y novelas y sobre algunos autores en particular, de nada sirve esto, digo, si no tuviera enfrente otra inteligencia brillante como la del entrevistador Jonathan Cott. Una entrevista es como un partido de tenis, una competición reñida y un intercambio de golpes dialécticos entre inteligencias de rango similar, sean del sexo que sean, no hay diferencias, dos jugadores de altura que se devuelven la pelota con maestría y donde el que siempre gana es el lector.
Y en este vibrante vaivén de ideas y opiniones aparece a veces el doble fallo, o el error no forzado, como cuando una cita de Carroll sobre el reloj que da dos veces al día la hora exacta se les escapa a Sontag y a Cott, demostrando los límites de sus conocimientos literarios o los prejuicios de su bagaje cultural. Pero también esos momentos maravillosos en que el entrevistador obtiene de la entrevistada una revelación tan lúcida como realista, digna de su venerado Danilo Kiš, sobre la importancia de la literatura en este mundo: “la tarea del escritor…es también establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas…Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

LA MANCHA ORIGINAL



[Jonathan Lethem, Anatomía de un jugador, Random House, trad.: Cruz Rodríguez Juiz, 2019, págs. 350]

El backgammon es un juego tan antiguo como la escritura. Sus orígenes se remontan a la Mesopotamia de Gilgamesh y recuerda en sus lances las estrategias de la guerra en aquellos tiempos remotos y la inscripción de signos abstrusos en tablillas de arcilla. Dos jugadores se enfrentan cara a cara moviendo sus 15 fichas, mediante el azar de los dados, por la superficie de un tablero escindido en 2 campos y 24 casillas triangulares. La meta del juego consiste en liberar las fichas antes que el contrincante. El backgammon es la inteligente metáfora de Lethem para representar el mundo capitalista como un complejo tablero de juego donde todos somos jugadores y siempre ganan los ricos.
A veces ocurre que la mente de un escritor singular que ha excluido de su lectura los libros teóricos tropieza con la mente no menos singular de un pensador o un filósofo que no lee ficción narrativa desde hace décadas y de esa colisión fatal brota una chispa creativa. Así le sucedió a Lethem en 2013, mientras residía como escritor en Berlín, con Laurence Rickels y el primer fruto de ese encuentro productivo fue esta novela tan enigmática como fascinante. Rickels es conocido por aplicar lecciones freudianas sobre la muerte y el duelo a la cultura de masas y, en especial, al cine y la televisión de géneros pop y pulp (terror satánico, noir y neonoir, vampiros, psicópatas, slasher, etc.). Ha dedicado, además, una monografía magistral a Dick (I Think I Am Philip K. Dick; 2010), un estudio portentoso a la figura carismática de James Bond (Espectre; 2013) y otro ensayo de culto a examinar la cultura juvenil californiana a la luz del inconsciente nazi (The Case of California; 2001). La intensa lectura de estos tratados esotéricos inspiró a Lethem la escritura de Anatomía de un jugador, como reconoce en The Blot, el instructivo opúsculo publicado en Estados Unidos en el otoño de 2016, al mismo tiempo que esta novela, y donde se recoge un extenso diálogo entre Lethem y Rickels sobre los sutiles entresijos de la novela y las obsesiones y ambiguas afinidades de ambos autores.
El título original de la novela era, así mismo, The Blot (la mancha o el borrón, según prefiramos un término u otro, aludiendo también, en la jerga del backgammon, a la ficha solitaria que ocupa en el tablero una posición vulnerable o peligrosa), pero su título definitivo es una descripción perfecta de su interesante contenido. Se cuenta en ella la historia de Alexander Bruno, un exitoso jugador de backgammon que pierde su magia ganadora a medida que una mancha ocular emborrona su visión y se nubla su don mental para adivinar las intenciones del adversario. Es entonces cuando cae bajo la protección de un potentado americano, Keith Stolarsky, antiguo compañero de colegio reconvertido en el odioso Darth Vader de los negocios inmobiliarios de Berkeley, que va a determinar su paradójico destino. La merma de su poder es causada por un meningioma que le será extraído en una clínica de Berkeley por un excéntrico cirujano, el doctor Behringer. Tras la operación, Bruno ya nunca volverá a ser el mismo. El fantasma californiano que lo perseguía y acosaba desde la infancia se ha desvanecido sin dejar rastro. Ahora Bruno, desfigurado y enmascarado, se transforma en un fantasma para sí mismo, un espectro social y psíquico, un doble de Darkman. Bajo esa identidad desleída, será aún capaz de probar el falso amor, tener empleos precarios en hamburgueserías de moda, liderar una rebelión contra su protector y descubrir, tras una acción consumada de terrorismo callejero, la impotencia y el absurdo político del presente.
La trama cosmopolita arranca en Berlín, viaja a Singapur y California, antes de regresar a Singapur para encontrar a Bruno transformado en un jugador de póker, enmascarado y superdotado, al que sus adversarios llaman con reverencia la Momia. La estructura novelesca (3 libros, 36 capítulos) sigue los progresos inescrutables de una imaginaria partida de backgammon “centrada” por un dado doblador que duplica la apuesta y acelera el desenlace. Así juega y gana la escritura de Lethem.

viernes, 13 de septiembre de 2019

TRES AMIGOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 10 de septiembre]

Tengo un amigo al que le gusta experimentar con su cuerpo y su mente. Ante las últimas noticias sobre epidemias, se precipitó a comprar el elixir del hombre-lobo y la carnaza sevillana. Tras ingerir altas dosis del fármaco infantil e infectos productos Magrudis, sintió que su cuerpo se sublevaba contra él. La mitad superior se le volvió lobuna y la mitad inferior gozosamente femenina. Ha empezado a pintarse las uñas de los pies de colores alegres y a peinarse el torso atendiendo a las nuevas modas en peluquería animal. La vida se parece cada vez más a una peli ochentera de Cronenberg, cuando creíamos que el canadiense filmaba pesadillas fantasiosas. Hoy estamos sometidos a experimentos que solo reconocemos cuando los efectos secundarios nos hacen atractivos para la televisión. Mi amigo ya se prepara para recibir en casa a las cámaras de Tele 5 y Antena 3.
Tengo otro amigo tan vicioso que cada vez que su mujer lo deja solo, por viajes y asuntos de trabajo, en vez de ver porno como cualquier hijo de vecino, se dedica a leer libros de teoría francesa subidos a internet. No solo se empapa de Derrida, también se enfanga en Foucault y Deleuze, convencido de la necesidad de mantenerlos vivos por lo que pueda pasar. Mi amigo es un perverso de verdad y no uno de esos puteros baratos que solo usan los avances tecnológicos para hacer regresar el cerebro humano al tiempo de los Picapiedra. Me acuerdo de los Picapiedra ahora que Pedro y Pablo son nombres que suenan mucho en los medios y no es para quejarse de la convivencia doméstica en un entorno de dinosaurios veganos y vestuario femenino bastante primitivo. Estos Pedro y Pablo de los que escuchamos hablar con frecuencia tienen rostros de piedra y lenguas de madera y expresan menos con sus labios de lo que un sordomudo podría descifrar.
Mi mejor amiga pasa los días estudiando neurociencia y consumiendo series británicas. Ahora que viene el “Brexit”, me dice, es el momento. Me explica que el funcionamiento de la conciencia humana no es tan distinto de la vida política. La conciencia actúa como una asamblea democrática donde el liderazgo solo aparece de manera temporal para controlar el desorden y tomar decisiones. Me comenta también “Years and Years”, una curiosa serie sobre futuros alternativos donde se habla de España. La España de 2027 es un paraíso global del matrimonio gay gobernada por un partido revolucionario de extrema izquierda. Y me pregunto si será esto lo que Sánchez, con su don profético, pretende evitar que suceda ya en 2019. Y si será esto, en definitiva, lo que Iglesias quiere acelerar, antes de que se le acabe el crédito. A juzgar por sus actitudes, cabría pensar que a los líderes políticos les preocupa más el futuro de España que su presente. No hay quien se lo crea. 

martes, 10 de septiembre de 2019

ESO DILUCIDADO



[Stephen King, It (Eso), Random House (Vintage), trad.: Edith Zilli, 2019, págs. 1503]

Existe la creencia de que el mundo es radicalmente maligno. La convicción de que la cultura humana se desarrolla desde el origen en un entorno malvado. La idea de que, en el fondo, la realidad es vampírica y succiona la vida y el tiempo, la sangre y las ilusiones de todos los que habitan en este planeta maldito creado por una divinidad aciaga, un demiurgo chapucero y cruel. Esta visión pesimista del mundo participa del gnosticismo y de cierto sectarismo cristiano, puritano y fanático. El Eso de Stephen King glosa con ironía esta doctrina ancestral construyendo una ficción que desborda las categorías del terror y los límites del entretenimiento al asumir los postulados cosmogónicos que afirman la eternidad del mal y su metástasis por el cuerpo de la realidad. Y, de paso, oponerle un poder mental, conectado a los afectos de la infancia, que mitigue su influencia nefasta.
Esta maravillosa novela de horror contiene un ente maléfico que se metamorfosea como Drácula, desplegando avatares con los que ejerce un dominio totalitario sobre el mundo circundante. Esta criatura fantástica se manifiesta a través de las proyecciones inconscientes de sus espectadores. Su forma primordial es la del payaso criminal Pennywise, de sonrisa carnicera, pero también adopta cualquier otra figura imaginaria, íntima o terrorífica, que obsesione la psique de sus víctimas potenciales: el hombre-lobo, la momia, el tiburón spielberguiano, las pirañas dantescas, la “Cosa” carpenteriana, la momia, etc. Eso se configura, en definitiva, como un monstruo de monstruos, una forma informe, de vitalidad plástica infinita. Es la misma novela, además, la que duplica la depravada existencia del monstruo devorando o parasitando el sentido de la realidad de lectores y personajes.
Las exégesis sobre el significado último de esta novela mítica se multiplican tanto como la morfología del depredador demoníaco. Una de ellas interpreta que el ente libidinal llamado Eso es una alegoría del capitalismo y su poder omnímodo sobre la vida de la gente. A pesar de sus licencias, esta teoría sirve para explicar ciertos aspectos de la trama de ficción: cómo la presencia del monstruo causa la prosperidad económica de la ciudad de Derry donde ocurren los hechos narrados en la novela entre 1958 y 1985 y por qué la mayoría de los protagonistas son profesionales de éxito y grandes ingresos anuales. Estos se enfrentaron al monstruo matriarcal siendo niños en un episodio confuso que solo recuerdan, ya adultos, cuando regresan veintisiete años después para combatirlo de nuevo. El contacto infantil con La Cosa marcó a los miembros del Club de los Perdedores, excepto al modesto bibliotecario Mike que nunca abandonó la ciudad, con el signo americano del triunfo. Por otra parte, la referencia recurrente en los epígrafes de los capítulos a Paterson, el gran poema de William Carlos Williams, revela por parte de King una ambición y una intención de representar una alegoría total sobre la historia singular y la experiencia cultural norteamericana.
En este sentido, Eso cuenta la historia de una entidad extraterrestre de presencia ubicua e insidiosa que podría encarnar los atributos más destructivos del capitalismo, sin dejar de ser al mismo tiempo una horrible abominación digna de Lovecraft. La magia literaria de King logra convertir esta materia oscura en un cuento de terror moderno sobrecargado de miedos atávicos. Sus aciertos técnicos, precisamente, consisten en el desarrollo en dos tiempos entrelazados de su grandiosa trama narrativa y el manejo magistral de las múltiples perspectivas y la focalización alterna de los personajes, incluyendo sus espejismos y trampantojos, sin perder la omnisciencia que comunica la mirada total del narrador humano con el cerebro inhumano del ente maligno. La conciencia desnuda de este ser abominable aparece al final en varias parrafadas sobrecogedoras representando el papel de un demiurgo agonizante.
Quizá esto permita entender Eso como un texto sagrado. Un texto que contiene la verdad fantástica de nuestro mundo. Una hipótesis delirante que nunca será demostrada ni verificada más que a través de sueños, pesadillas y alucinaciones. Un texto paradójico que contiene respuestas imaginarias a las preguntas más oscuras y luminosas que la humanidad se plantea desde el principio de los tiempos. Un mito universal.