viernes, 24 de julio de 2026

ESPAÑA ES LA ESTRELLA

 

[Publicado en medios de Vocento el martes 21 de julio] 

       España tiene un par, de estrellas, y la segunda la ha ganado en un Mundial donde las estrellas brillaron un tiempo y luego se fueron apagando para que resplandeciera el equipo estrella, la selección española. Es la lección de la Selección, otra vez: España es la estrella, no uno cualquiera de sus jugadores. Y eso que España tenía alguna estrella en el equipo, pero fue laminada por el juego colectivo. Es un símbolo de lo que somos, como país y como sociedad. Más comunidad que individuos, más pueblo que élites, como creía Ortega.

Al revés que en política, en el fútbol no se puede mentir. Lo que pasa en el campo es real. Lo que pasa en el campo es verdad, sin publicidad ni deformaciones mediáticas. Por eso el fútbol es juego y verdad, placer y realidad. Lo que pasa en el campo, por real y verdadero que sea, es también divertido e intrascendente. Por eso nos gusta tanto. Porque no engaña y gratifica al mismo tiempo. La propaganda y la demagogia desaparecen en cuanto el balón se pone en juego.

Jugar bien al fútbol, como ha hecho la España de Luis de la Fuente, supone seriedad y rigor, sistema y esfuerzo, brío y disciplina estratégica. Pero también sentido del juego y placer en el golpeo del balón. Goce goleador, pese al escaso acierto. Hay una dimensión lúdica primordial en el fútbol, clave de su atractivo mayoritario. Los norteamericanos tardaron mucho en descubrirlo, pero después de este Mundial de estrellas y golazos hasta el rey Trump ha caído seducido ante el vigoroso encanto del deporte rey donde España reina.

“Catasterismo” es la palabra inventada por los griegos antiguos para designar la transformación de los héroes terrestres en estrellas celestiales. “Catasterismo espectacular” es invención mía para explicar cómo el estrellato y los medios masivos van de la mano en los tiempos modernos, así en el cine y la televisión como en la música y el deporte. En el fútbol, al menos, las estrellas dan alegría y producen riqueza sin tanto cotilleo ni puesta en escena. Y también cansan, como Ronaldo, o se cansan, como Mbappé, Messi y Haaland, de liderar equipos que no están a su altura.

En este Mundial, para añadirle mordiente, todos los equipos con estrellas se han estrellado contra el excelente fútbol del equipo estrella. Lección política de actualidad para algunos partidos, que se estrellan una y otra vez en las urnas por empeñarse en salvar al líder estelar. No me olvido de que el mismo día en que el hermano de P. S. era condenado por la Audiencia Provincial de Badajoz, Pedro Porro, jugador español oriundo de esa misma provincia, metía el segundo gol contra Francia que dejaba el partido sentenciado y metía a España en la Final. Es la ley del fútbol. Siempre gana el mejor. Eso sí, no usemos el fútbol, como en otros tiempos, para encubrir nuestras miserias. 

martes, 14 de julio de 2026

MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 14)


250 años bajo el Imperio: Pasado, presente y futuro de los Estados Unidos de América | Pura Virtud

sábado, 4 de julio de 2026

ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (3): TIBURÓN EN EL CUATRO DE JULIO


[Peter Benchley, Tiburón (50 aniversario), trad.: Javier Calvo, Planeta, 2025, págs. 416] 

When those uptight Europeans complain about American vulgarity, what they're really objecting to is this jubilantly smug and fatal excess that insinuates itself into all of our endeavors. In point of fact, they "squander" themselves as much and as lethally as we do; but they always dignify their stupidities with the factitious resonances of high tragedy. Here, things are different. We prefer to repeat history a second time, as farce. Instead of hearkening patiently to the voice of Being, strolling alongside Heidegger on a tranquil pathway in the Black Forest, we'd much rather take a raucous rollercoaster ride past the Bavarian castle in Disneyland. The smiley face is our answer to the anguish of being-towards-death. There's far greater delirium in everyday tackiness than there is in apocalyptic sublimity. 

-Steven Shaviro, Doom Patrols, “Walt Disney”, p. 15- 

En este sentido, convendría tener en cuenta que la cultura popular y el sistema de géneros han servido siempre en América, tanto en el cine como en la literatura, la televisión o el cómic, para expresar conflictos sociales, sexuales, políticos o raciales sin tener que adoptar los formatos de la alta cultura de importación europea, con sus evidentes limitaciones y posible esterilidad a ultranza; y para dar salida, además, a identidades problemáticas, a traumas ocultos y experiencias personales o colectivas difíciles de asumir en discursos mucho más respetables y prestigiosos, avalados por la enseñanza y los valores culturales así llamados superiores. 

-Providence, p. 127- 

 

Leí esta novela de Peter Benchley por primera vez cuando tenía catorce años y era un fan total de la película de Spielberg. Releída hoy, en flamante traducción, me asombra la precocidad de aquella lectura. Hay tanto contenido en esta novela para fascinar o intrigar a un adolescente como a un adulto de cualquier época.

Fue Fredric Jameson quien descubrió, a finales de los setenta, en su ensayo seminal “Reification and Utopia in Mass Culture” (recopilado en Signatures of the Visible, pp. 9-34) que Tiburón, la novela tanto como la película, era un producto paradigmático de lo que se consideraba entonces la cultura de masas. Una obra, literaria o cinematográfica, que atraía a la masa de espectadores y lectores con el reclamo de una problemática social y política que concernía sus preocupaciones más acendradas al tiempo que les ofrecía, sin abandonar los placeres de la ficción, incrementándolos incluso, una solución simbólica o una catarsis espectacular que solía complacer al público y aquietar sus inquietudes, conscientes o inconscientes.

Cincuenta años después, la cultura de masas, pese a las mutaciones interminables de la vida, la cultura y la tecnología, no responde a otras leyes diferentes de las que regían en aquel momento culminante del siglo XX que fueron los años setenta, cuando la América de Nixon se hundía en el descrédito tras la derrota en Vietnam y la vergüenza del Watergate, la contracultura de los sesenta reculaba amedrentada ante sus propios excesos y la revolución neoconservadora de Reagan calentaba motores con una energía tan descomunal como la de la bestia submarina que aterrorizaba las amenas playas de la isla Amity, pobladas de veraneantes hastiados de corrupción y violencia, en plena celebración del 4 de julio.

Y aquí aparece la figura del tiburón, ese Leviatán atlántico, el pez inteligente de fauces aceradas y sonrisa burlona que desafía a sus perseguidores y se ríe de todos sus esfuerzos por capturarlo. Él es la presencia totémica de la novela, la criatura mítica, el antagonista poderoso, la bestia antediluviana que ataca a los bañistas y a los pescadores con la misma ferocidad e indiferencia de una deidad primordial lovecraftiana. Como anuncia la sabia puritana del lugar, Minnie Eldridge, que lo conoce todo sobre los orígenes e historias de la isla, el tiburón ha venido a las playas de Amity con un propósito, siguiendo una orden divina, un imperativo bíblico de purgación y limpieza de una comunidad enferma, y solo obedece la “voluntad de Dios” de castigar a los habitantes de la zona por sus pecados. Como en Los pájaros de Hitchcock, evidente modelo de la novela y la película, el restablecimiento del orden tradicional es el fin utópico de la historia. Es decir, un imposible histórico.

Entre Moby Dick y El viejo y el mar, esta es la tradición literaria norteamericana en la que se inscribe Tiburón. En la Parte III del libro se escenifica el duelo agónico, un dúo antagónico, entre el viejo pescador Quint, un primitivo exterminador de peces que no reconoce leyes ni límites en su voluntad de supervivencia y dominio terrestre, como el Ahab de Melville, y el joven ictiólogo Hooper, un científico rico y de alta cuna atraído por la vida salvaje y movido por instintos y pulsiones animales que lo convierten en un amante feroz y un cazador ambiguo y peligroso, en beneficio del policía Brody. Al final, el lector se conforma con ver al tiburón hundiéndose como un fantasma en la profundidad oceánica, sin saber si sobrevivirá o no a sus heridas en el fondo oscuro, a través de los ojos enrojecidos de Brody, el hombre normal, el ciudadano medio, víctima de todos los poderes, las crisis y los sistemas de clase heredados, siendo también el sostén del sistema democrático, su único valedor real.

El mar como elemento primordial, como lugar donde lo humano y lo social confrontan la otredad de la naturaleza, como decía Jameson aludiendo a las visiones míticas de teóricos como Northrop Frye, Heidegger o Jung, por no hablar de Otto Rank (el “trauma del nacimiento” al que consagré “La escuela escuálida”, el relato escrito para celebrar con ironía los 20 años del estreno de Tiburón). De ese modo, el juicio de esa otredad que es el mundo natural, hacia el que el mundo humano siente tanta fascinación como repulsión, deseos de regreso y rechazo visceral, es un juicio que va más allá del bien y del mal y que afecta a los fundamentos mismos de la civilización y la cultura definidos por el transcurso del tiempo y la historia, desde los orígenes más remotos hasta el presente inaprensible de cada época. El tiburón, a su vez, admitiría una lectura revolucionaria al servicio de la clase media, en contra de sus enemigos sociales, los profesionales anticuados y las clases ricas y privilegiadas, la cultura pija que acaba lastrando el desarrollo de las sociedades. La mordedura del mar se revela, en definitiva, menos peligrosa y dañina que las dentelladas del mal en la vida social, como demostró el incidente de Chappaquiddick (Martha´s Vineyard), aludido al sesgo en la novela y la película, con las mandíbulas relucientes de los Kennedy devorando la vida de la pobre Mary Jo Kopechne.

En el fondo, la estupenda novela de Benchley es el perfecto complemento a la magistral película de Spielberg. Todo lo que esta deja fuera, excluye de su metraje o pasa por alto por conveniencia o prejuicio, es lo que la novela incluye como retrato psicológico, social, político, sexual y comunitario de los años setenta. Psicoanálisis de la superficie, la novela contiene todo lo que reprime la película, por eso causó tanto escándalo en su tiempo. Y para adaptarla con fidelidad hubiera sido necesario combinar el talento de directores extraordinarios como Mike Nichols, Robert Altman, Sidney Lumet o Arthur Penn, además del genio de Spielberg para la acción y el terror. Lo más curioso de todo, comparando narrativas, es que un solo escritor (Benchley) sepa manejar los múltiples recursos y registros estilísticos con la misma maestría que ese repóquer de ases cinematográficos. Lo que dice mucho sobre por qué Tiburón ha superado la prueba del tiempo hasta convertirse en un gran clásico de la novela popular. Bendita novela popular.

lunes, 29 de junio de 2026

MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 13)

 

Bloomsday en el poscash: Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud


jueves, 25 de junio de 2026

HOMO DEUS


[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de junio] 

Hombre Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así suena a blasfemia, pero no lo es.

De la visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes, sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos. De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor, frente a la barbarie musical de un cantamañanas.

Gracias a la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no necesitan creer.

La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus. 

martes, 23 de junio de 2026

PENA, PENITA, PENA


[Publicado en medios de Vocento el martes 12 de mayo] 

          Visto y revisto para sentencia queda el juicio contra Ábalos y Koldo, qué pena, chivos expiatorios de una trama que no se atreve a decir todos sus nombres. Todos los nombres de la trama criminal conducen a donde conducen, no cabe duda, aunque el fiscal Luzón se ofusque y pretenda disimular, qué pena. Mientras la actitud de los reos recuerda a Beckett y no al gurú Saramago, precisamente. Esperando el indulto, así se titula el bodrio teatral escenificado para salvar la cara del partido y del líder. Archivos expiatorios, eso también, de un proyecto político más que amortizado a cuenta del erario público. Pena de país, con o sin la visita del hantavirus, quién te ha visto y quién te ve en las tertulias de TV. Mucha pena.

Pena, penita, pena da Ábalos mintiendo ante los jueces del Tribunal con descaro supremo. Nunca un personaje, creo, desde los tiempos del tenor Juan Tenorio, ha dado tanta pena al enfrentarse desnudo a la verdad pornográfica de su vida. Ya sé que penal viene de pena, no de pene. Qué pena. Pero el caso, señoría, se las trae en tal sentido. Dígalo Koldo, el escudero procaz. Pero con este hombre, nada menos que todo un hombre, un macho socialista y feminista hasta las trancas, enamorado hasta el tuétano, como su jefe, y con la nariz más larga que este de tanto mentir en público y en privado; con este hombre, digo, se confunden todas las categorías, humanas y divinas. Qué pena.

El horizonte penal del semental de marras es inversamente proporcional a sus éxitos sexuales. Koldo lo sabe mejor que nadie. Su amo y señor no tiene igual. Pagaba por estar enamorado y el corazón partido le funcionaba como un fondo de inversiones a corto, medio y largo plazo. Dónde estará el fruto de tanta mordida, tanto bocado suculento y tanta caricia sensual. Cuatrocientos euros por una tarde de pasión o cuatro millones por un amaño inmobiliario saben a poco. La memoria se licúa, los datos y metadatos bailan un tango, una rumba o un chotis. Basta con mirar la facha de Koldo respondiendo al fiscal, o la de Ábalos escuchando las profecías del abogado de Aldama, para entender lo incurable que puede llegar a ser la amnesia histórica. Qué pena.

Así vamos, camino de la perdición y el reproche. Hay canallas y canallas. La clase y el talento no se compran con una moción de censura y un puñado de votos podridos. A ver si se acaban pronto el culebrón y el culebreo. Visto para sentencia y escarnio de la mayoría que paga impuestos y ve para qué sirven. Nada está a salvo de la propaganda. El machismo es socialismo, o viceversa, en la boca viciosa de Ábalos, y las feministas del PSOE le pagan los servicios prestados con un silencio escandaloso. Que el cielo las juzgue. Espero que, en adelante, no vuelvan a empinar el dedo acusador con tanta prepotencia. Pena, penita, pene. Pena.