miércoles, 18 de mayo de 2022

HISTORIA ENLATADA


 [Publicado ayer en medios de Vocento]

             Los simpatizantes de Putin, a uno y otro lado del espectro cromático, están empezando a pasarlo mal. Después de verlo el lunes pasado babear como un niño durante el desfile de sus juguetes de guerra y soldaditos de plomo en la Plaza Roja, rodeado de sus gerifaltes, dan ganas de vomitar, cambiar de canal e incluso de planeta. Solo los más fanáticos de la tribu alcanzaron el orgasmo contemplando el vetusto ceremonial y el simbolismo medieval del acto.

¿Qué quiere este personaje? ¿Por quién se toma? Si dice la verdad, dato dudoso, y Occidente es culpable de lo que está pasando, la guerra será interminable. Si miente a sabiendas, cosa probable, solo está esperando a que sus homólogos europeos le ofrezcan una salida honorable y no un suicidio honorable, como exigía Camus. Sería injusto tras el daño causado, pero el cinismo político nos ha enseñado lecciones muy perversas en el último siglo. Del pueblo ruso, por desgracia, no cabe esperar nada. Los pueblos tardan tiempo en tomar conciencia de las infamias sufridas. Al terminar la segunda guerra mundial aún era fácil encontrarse entre las ruinas con alemanes ingenuos preguntándose qué habían hecho para merecer tal castigo. A los rusos, este ataque de lucidez funesta les aguarda en el futuro con la guadaña afilada.

El 9 de mayo, en la celebración marcial de la victoria sobre el nazi eterno, se enarbolaron banderas rusas y enseñas soviéticas. Tiene lógica en ese contexto. Putin es el primer dirigente que asumió íntegra la historia de Rusia. No le quedaba otra, desde luego, en un período crítico en que su país estaba deslizándose hacia la irrelevancia global, una potencia de segunda división que no asustaba ni a los vecinos. A Putin le hierve la sangre nacionalista e imperialista al viejo estilo y cada noche, en su majestuoso palacio de azúcar, discute en privado con Alexander Nevsky, Iván el Terrible, Lenin y Stalin sobre cómo pasar como titán a la Historia (con mayúscula hegeliana) y no ser una minúscula nota a pie de página en los manuales escolares. Y luego tiene el privilegio de acostarse en el lecho real con todas las zarinas, desde Catalina la Grande hasta Alexandra Feodorovna, nada celosas, para envidia de Biden y Macron. La libido del tirano, como decía Cabrera Infante de Castro, lo impele hacia el poder absoluto y la posesión de la carne deseada de las masas. La historia es una ciencia chismosa, ya se sabe, y escribe con tinta indeleble los crímenes sangrientos que se cometen en su nombre. 

miércoles, 11 de mayo de 2022

SUEÑOS ANDROIDES


  [Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2022, págs. 256] 

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de las fallidas Minority Report y El hombre en el castillo), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.

Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la literatura especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a las anomalías del mundo.

Esta antología de título prometedor recoge diez estupendos relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick. La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias superfluas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos.

Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también, cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios estéticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 

Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de experimentación con invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas demasiado avanzadas a su tiempo o directamente impopulares.

Como muestran las narraciones contenidas en estas electrizantes páginas, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo finisecular, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El Padre-Cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro, y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.

Los “sueños eléctricos”, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión en pantalla de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia. 

miércoles, 4 de mayo de 2022

PROPAGANDA Y ESPIONAJE


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

            Ya nos cansa la guerra de Ucrania. Cómo se nota. Más de sesenta días de atrocidades y el aburrimiento hace mella en nuestra sensibilidad saturada. La atención informativa decae. Da un poco igual lo que ocurra al final con tal de que acabe pronto y no nos afecte demasiado. Es el sentimiento masivo expresado en imágenes de un cinismo escalofriante. El déficit del interés tras la inflación mediática inicial, tan perjudicial como la económica. La inflación favorece siempre las peores causas. En este caso, Putin gana por goleada. “Afeminado demócrata” o “marica occidental” son los insultos que te dirigen sus descerebrados secuaces en cuanto criticas al macho supremo del Kremlin por imponer su virilidad tóxica sobre Ucrania. Mal andamos de recursos mientras la economía baila al ritmo infalible de las matanzas y las violaciones. Será, como dice Pynchon con ironía, porque el negocio real de la guerra consiste en comprar y vender y la verdadera guerra es el jolgorio de los mercados.

            La inteligencia es un don angelical y está por encima de todas las cosas. Es la verdad, aunque en España cueste entenderla por razones históricas y culturales. Así nos va. Cuando la inteligencia actúa, no se llama espionaje. Se llama información. Se llama investigación. Se llama análisis. La inteligencia no es solo un aparato estatal, sino la facultad crítica de descifrar y conocer cuanto sucede en un mundo compuesto de datos infinitos y ruido inmenso. Es lógico que su ejercicio eficaz moleste a los que les va el ser en no ser descubiertos, como decía Gracián.

El gobierno ha cometido la torpeza de caer en la trampa estratégica de sus socios más dudosos. La conexión catalana del Citizen Lab y la simpatía de ciertas élites americanas por la causa separatista explican la trama del escándalo Pegasus. Pero no los errores groseros del “New Yorker”. Esta revista es famosa por publicar ficción. Pura ficción, mentira literaria con firma de autor, no falacias tendenciosas con ínfulas de realidad. La inteligencia, en suma, cumple con sus fines cuando no considera fiables a quienes conspiraron contra el Estado buscando, además, la complicidad de los servicios secretos de Putin. Y ahora el gobierno. Qué enredo. Es cómico. Espero que la inteligencia sonría al leer esto. La sonrisa de la inteligencia implica la derrota del supervillano global más peligroso. El algoritmo de la necedad nacionalista. En todo lo que está pasando, por desgracia, sobra propaganda y falta inteligencia. 



miércoles, 27 de abril de 2022

LA PROSPERIDAD DEL VICIO


[Apéndice sadiano de mi libro de ensayos de literatura comparada YIN Y YANG. El poder de Eros en las literaturas de Oriente y Occidente, de inminente aparición en la editorial Comares] 

El sexo es un asunto demasiado serio para dejarlo en las manos de la industria del porno o de cualquier religión o iglesia fanática, o de los sexólogos y psicólogos, que tratan de refrenar su fuerza perturbadora refinando la represión con moderneces ideológicas. Y el erotismo lo es aún más, si creemos que el placer sexual es mucho más importante que la reproducción. En este sentido, es un gran acierto reeditar una obra libertina de Sade tan licenciosa y estimulante como esta (L’Histoire de Juliette, ou les Prospérités du vice; 1797) en una época donde los malos imitadores del Marqués colman el mercado con sus mercancías sucedáneas. Esas depresivas historietas sobre la incapacidad de gozar y, sobre todo, la impotencia de elevar un discurso sobre el deseo, el goce y los apetitos del cuerpo a la altura de las exigencias de la carne, la inteligencia y el espíritu que las anima. Nunca en la historia moderna el sexo se exhibió con tanto descaro, el erotismo se envasó al vacío con tanta publicidad, las imágenes de la desnudez y el apareamiento genital se tornaron tan familiares en un contexto social tan promiscuo y, al mismo tiempo, indiferente al poder de perturbación primordial relacionado con el erotismo. La banalización en curso que ha sometido el erotismo a la misma lógica mercantil de todos los demás productos es uno de los males que más favorece la expansión del discurso reaccionario del puritano o el fanático religioso de cualquier signo. 

Una literatura puede ser juzgada por los escritores que produce, como signos culturales de su potencial expresivo y como síntomas de sus conflictos y dilemas internos. Una literatura como la francesa, que ha producido escritores extremos como Rabelais y Sade, o Flaubert y Baudelaire, destilados decimonónicos de ambos, es una literatura que ha de ser considerada excepcional en razón de la producción misma de escritores que son excepciones totales en el contexto de la literatura mundial.

En el caso de Sade (1740-1814), esta tesis se puede probar centrándonos en su obra maestra absoluta, esta singular historia de una mujer de voluntad libertina que nunca cede al imperativo de sus deseos y placeres: Juliette o las prosperidades del vicio, una de las escasas novelas del pasado de las que el lector, no digamos la lectora, sale de su lectura tan aturdido y perturbado como de las experiencias más intensas de la vida. Tenemos la fortuna, además, de que esta nueva edición (Cátedra, 2022) está encargada, junto con la traducción, a la catedrática Lydia Vázquez, gran experta académica española en literatura libertina francesa (y en Sade muy especialmente).

Hay muchos tópicos que desechar antes de abordar con provecho una lectura de tal envergadura literaria y filosófica. Nadie ha resumido tan bien las condiciones de legibilidad de esta novela sadiana como el crítico y escritor Guy Scarpetta. La primera condición sería la de aceptar que la lectura de Juliette requiere una cierta implicación libidinal y un gran sentido del humor y del erotismo. La segunda, participar de manera cómplice y distanciada al mismo tiempo de los fantasmas sexuales desplegados en sus páginas: esta paradoja permite disfrutar libremente de algunos platos del menú erógeno propuesto, no de todos, conforme al gusto individual. La tercera condición supone saber diferenciar los placeres ligados a lo imaginario, a los que nos podemos prestar sin temor, de los que encontraríamos gratificantes si se hicieran reales. Y la cuarta, y quizá la más complicada de tolerar en nuestra época, ya que constituye uno de los tabúes mayoritarios del nuevo siglo, es el reconocimiento de nuestra inclinación íntima a la voluptuosidad del mal: «Tel est sans doute, le véritable scandale, aux yeux des bien-pensants de tous les temps: cette façon d´explorer (et de nous permettre de recconaître) une virtualité vicieuse ou criminelle dont personne n´est exempt, puisqu´elle se lie aux resorts les plus intimes de la “volupté”» (Pour le plaisir, p. 304).

La insaciable Juliette, avezada agente del vicio, aprende a prosperar en sociedad volviéndose cómplice sexual de todos los criminales burgueses y libertinos aristocráticos, de uno u otro sexo, con los que traba contacto durante años en un encadenamiento interminable de orgías, crímenes, transgresiones, perversiones y lubricidad sin límites. El principio de placer que ha de gobernar la lectura de esta extensa y jugosa novela picaresca lo expresa a la perfección Juliette, la heroína disoluta de tantas aventuras eróticas, al concluir el relato orgiástico de su vida depravada ante el cuarteto de libertinos que la escuchan embobados, reconociendo su triunfo amoral sobre los valores convencionales: “La naturaleza no ha creado a los hombres sino para que se diviertan con todo sobre la Tierra; es su ley más preciada, será siempre la de mi corazón”.

En esta extraordinaria novela, las mujeres libertinas, lesbianas en muchos casos, como lo es la propia Juliette (“Hombre en mis gustos como en mis principios…quiero ser tu amante, tu esposo, quiero gozar de ti como un hombre”, proclama ante el ano encantador de la recién seducida duquesa Honorine de Grillo, prometiendo traer en la próxima sesión instrumentos más penetrantes que la lengua o los dedos); como decía, mujeres libertinas como Juliette, siguiendo el modelo de la secta de las anandrinas de Pidansat de Mairobert (Confession de Mademoiselle Sapho; 1784), alcanzan el máximo protagonismo en los actos y los discursos, lo que dota al texto de una deliciosa preocupación por el orgasmo femenino (“No es posible imaginarse lo que se obtiene de las mujeres haciéndolas descargar”), que es una de sus expresiones más innovadoras y avanzadas, muy afín a las preocupaciones de escritoras como la revolucionaria Anne-Josèphe Théroigne de Méricourt (1762-1817) y sus opúsculos incendiarios como el Manual del Libertino o el Catecismo libertino de 1791.

Al final de Juliette, ella misma, oficiando como la condesa Mme. de Lorsange, se asume como escritora o cronista de su vida, autobiógrafa en el sentido pleno de la expresión, y proclama el designio filosófico de su vida libertina y de su autobiografía registrada en forma novelística de la siguiente manera: “¿Por qué temer publicarla…cuando la verdad misma arranca los secretos de la naturaleza, aunque los hombres tiemblen por ella? La filosofía debe decirlo todo”. Sade habría diseñado el personaje de Juliette, según Pierre Klossowski, como un quiasmo de perversa sexualidad en que los papeles masculino y femenino cambian de actor según la acción ejecutada y el cuerpo concreto sobre el que se ejecuta, de modo que Juliette sería su semejante absoluto como mujer: una heroína andrógina, con cuerpo, inteligencia, sensibilidad y deseos femeninos y alma perversa de escritor libertino. Por esta razón, Sade no duda en encomendar la gozosa lectura de esta obra protofeminista a las “mujeres voluptuosas y filósofas”.

Un pensador como Michel Foucault nos recuerda una idea nada descabellada que subvierte las valoraciones históricas y literarias de Sade: el relato sadiano de las rocambolescas vicisitudes y peripecias libertinas de la aventurera Juliette era la obra que clausuraba el período clásico de la cultura, del mismo modo que El Quijote cervantino lo había abierto con su crítica al idealismo caballeresco y sus excesos de perspectiva subjetiva. Como anuncia Foucault en Les mots et les choses: «Sade parvient au bout du discours et de la pensée classiques. Il règne exactement à leur limite» (p. 224). La figura del libertino sería el nuevo caballero andante de las luces y la ilustración, en el momento histórico de cambio en que el último libertinaje aristocrático del mundo occidental se enfrentaba a su era crepuscular para dar origen a la “edad de la sexualidad”: «le libertin, c´est celui qui, en obéissant à toutes les fantaisies du désir et à chacune de ses fureurs, peut mais doit aussi en éclairer le moindre mouvement par une représentation lucide et volontairement mise en œuvre» (ibídem). 

miércoles, 20 de abril de 2022

MIEDO Y ASCO EN UCRANIA


[Publicado ayer en medios de Vocento]

 Termina la semana de penitencia y aflicción y la guerra de Ucrania se hace interminable. Sí, no podemos perdonarle a Putin sus pecados. Son demasiados y demasiado groseros. Cometidos, para más inri, en nombre de la Madre Rusia, esa santa matriarca. El pecado capital, imperdonable, son los muertos e impedirnos pensar en aquello que el ruido y la furia mediática desatados contra el dictador ruso han pretendido ocultar. Cualquier vicio parece irrelevante en comparación. La inflación, la precariedad energética y laboral, la pobreza, la incompetencia, la corrupción, la torpeza, la cobardía, la mezquindad. Con nombres y apellidos y caras reconocibles que más vale no evocar por prudencia.

La guerra es la economía por otros medios, sin duda, pero la política real no es el motivo de esta guerra. Todas las guerras han tenido causas económicas. La paz también las tiene. Así en la paz como en la guerra. La guerra y la paz son producto de equilibrios que no sabríamos nombrar sin desnudar la infraestructura del sistema. Cuando la paz se quiebra y se impone la lógica de la destrucción sobre la realidad, la economía nunca es la única explicación válida. Esta es una guerra tan capitalista como la paz previa, a juzgar por la fortuna de Putin y familia, pero hay un factor diferencial en esta guerra cuya incógnita geopolítica se despejará en el futuro.

La guerra ya es de por sí bastante espantosa como para soportar el suplemento de la propaganda de sus promotores. Como si estos criminales no pudieran afrontar la crueldad sádica de sus actos sin crear ficciones y comunicárselas enseguida a sus destinatarios reales, los súbditos rusos que deben respaldar la barbarie y el horror con su credulidad y sumisión. Y hay que aguantar además los discursos de sus cómplices. La derecha soberanista proyecta en Putin la fantasía wagneriana de un emperador reaccionario opuesto al progreso del pensamiento “woke” y el pluralismo sexual. Mientras la izquierda desnortada, en su tercermundismo estratégico, ve en Putin al eterno enemigo del imperio americano.

A Bill Maher, agudo comentarista televisivo, le da tanto asco hablar en su tertulia semanal de los desastres de la guerra de Ucrania que prefiere no hacerlo. Es la actitud más inteligente, desde luego. Sentir asco y también miedo. Miedo y asco. Asco por lo que está pasando y no conocemos del todo. Miedo por lo que podría pasar y no podemos imaginar. No soy tan inteligente. Entre el miedo y el asco, prefiero no elegir. 

miércoles, 13 de abril de 2022

LA GRAVEDAD DEL ARCOÍRIS

  

[Desde que comenzó la guerra de Ucrania, estoy releyendo a fondo, como era mi deseo desde hace mucho tiempo, El arcoíris de la gravedad de Thomas Pynchon. Se me impuso su lectura como una necesidad histórica dictada por las especiales circunstancias y ha terminado siendo, veinte años después de la primera relectura, un redescubrimiento apasionante, obsesivo y muy, muy productivo. Esta meganovela de Pynchon es una de las obras fundacionales (como 2001: una Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) en el cine o Einstein on the Beach (Bob Wilson, 1976) en el teatro, por citar creaciones de análoga trascendencia) de la nueva cultura posmoderna de finales del siglo XX. Tenía razón Jonathan Lethem cuando decía esto: si El arcoíris de la gravedad hubiera ganado el Premio Nebula de 1973, y La Estrella de Ratner el de 1976, la ciencia ficción sería hoy la forma literaria culturalmente dominante… En febrero de 2023 se cumplirán cincuenta años de su publicación. Será el momento de festejarla, pase lo que pase hasta entonces, como se merece…] 

El arcoíris de la gravedad (1973), la tercera novela de Pynchon, es la más renovadora e importante de la segunda mitad del siglo XX. Su título original, de una exactitud provocativa, era “Placeres descerebrados” (“mindless pleasures”, el mapa aleatorio de las donjuanescas actividades sexuales de Tyrone Slothrop en el Londres bombardeado por los cohetes V-2 que intriga y excita a los investigadores militares que lo vigilan; Vintage, 1995, p. 270), pero no gustó al editor. Le negaron el premio Pulitzer por ilegible y obscena, aunque ganó el Premio Nacional en 1974. Si el Ulises de Joyce había probado, cincuenta años atrás, la ineficacia del realismo decimonónico para dar cuenta de la nueva realidad de su tiempo, El arcoíris de la gravedad fue aún más allá al certificar la fosilización de cualquier estética literaria que no asumiera la influencia determinante de la ciencia y la tecnología sobre la forma de contar historias en las sociedades más avanzadas de la historia. En esta sátira enciclopédica diseñada como una película de vanguardia, las experimentaciones más audaces en torno a cohetes, ordenadores, misiles, cerebros y plásticos se combinan con delirios paranormales, excentricidades sexuales, bromas musicales, films porno, alucinaciones lisérgicas y perversiones ideológicas para trazar un retrato apocalíptico del turbulento fin de la segunda guerra mundial y los gérmenes del futuro que comenzaban a gestarse entre las ruinas de un mundo devastado cuya imagen idílica había saltado por los aires junto con millones de sus habitantes.

En los fragmentos de El arcoíris de la gravedad que reproduzco a continuación, la novela habla de sí misma. El texto habla del texto y de la tarea de desciframiento del texto a través del “tropo”, como lo llamaría William Gass, en torno al cual orbita la totalidad de la trama novelesca: el Cohete. Este “tropo” astronáutico, como Santo Grial tecnológico u objeto sagrado del inconsciente, estructura la narración como búsqueda incesante y como obsesión mental y sexual de sus personajes principales (Slothrop, Blicero, Enzian). Mito y metáfora del poderío científico de los nazis que será trasplantado a la América de la posguerra y propulsará la carrera espacial de los años cincuenta y sesenta. Pynchon está gestando la novela cuando se producen dos acontecimientos emparentados. Uno, cinematográfico, el mítico estreno en 1968 de 2001 de Kubrick, con su pesquisa del monolito extraterrestre desde la prehistoria hasta más allá del infinito; y otro, histórico, político y tecnológico, el alunizaje iniciático en julio de 1969, cuando el falo yang del cohete espacial alcanza el orgasmo cósmico por primera vez acoplándose con éxito con la orografía yin de la luna…

En El arcoíris de la gravedad, Pynchon sabe leer los signos culturales y contraculturales de su tiempo con la agudeza de un semiólogo y maneja el arsenal de sus tropos con la pericia de un ingeniero patafísico a fin de hacer visible esa lectura trascendente mediante la ficción y la metaficción. Así, por ejemplo, quizá no existiría el comando africano (el Schwarzkommando) de adoradores del poder destructivo del Cohete (el S-Gerät) si Pynchon no hubiera visto en un cine californiano la secuela Regreso al planeta de los simios, estrenada en 1970, donde un grupo humano de telépatas mutantes, víctimas del holocausto nuclear, vive en el subsuelo venerando la Divina Bomba que destruirá definitivamente la vida en la Tierra. Gracias al espectro cromático del Cohete y sus fantasmas ideológicos, el arcoíris de la gravedad se invierte, al fin, en gravedad del arcoíris. La insoportable pesadez de la técnica vencida, contra la Historia, por la infinita levedad del ser: “descubrir que la Gravedad, tan conocida, es en realidad algo misterioso, mesiánico, extrasensorial en el cuerpo-mente de la Tierra” (“To find that Gravity, taken so for granted, is really something eerie, Messianic, extrasensory in Earth´s mindbody”; Vintage, ibid., p. 590 (la traducción es mía)).

Estos son los dos fragmentos de El arcoíris de la gravedad que inspiran esta reflexión parcial:

 

1) «Sí, así fue, ¿y si nosotros nos pusiéramos ahora a hacer de cabalistas al respecto? Por ejemplo, ¿decir que nuestro verdadero Destino es el de ser los magos escolásticos de la Zona, en algún lugar de la cual hay un Texto que debe ser recogido, analizado, anotado, explicado y masturbado hasta que le sea exprimida la última gota? ¿Y si diéramos por sentado — ¡naturalmente! — que ese Texto sagrado es el Cohete, orururumo orunene, el alto, el que se alza muerto, el que llamea, el más grande de todos (orunene ya está siendo modificado por los niños hereros de la Zona para convertirlo en omunene, el hermano mayor)…, nuestra Torá? ¿Qué más? Las simetrías, las posibilidades latentes, la hermosura del Texto real nos encantaron y sedujeron mientras este persistió en algún otro lugar, en su oscuridad, en nuestra oscuridad… Incluso tan lejos del Südwest, no se nos ahorrará la antigua tragedia de los mensajes perdidos, esa maldición que jamás nos dejará…

»Pero si estoy avanzando a través de él, el Texto Real, en este preciso momento, si lo es…, o si hoy mismo, yendo por entre la devastación de Hamburgo, respirando el polvo de cenizas, me hubiese pasado por completo inadvertido… […] Los bombardeos habrían sido el proceso exacto de conversión industrial, en el que cada liberación de energía se efectuaba exactamente en el lugar y momento requeridos, con cada onda de choque calculada de antemano para crear precisamente el desastre de esta noche y así descodificar el Texto…, y así codificar y decodificar una y otra vez el Texto sagrado…» (El arco iris de gravedad, trad.: Antoni Pigrau, Tusquets, 2002, p. 777; Gravity´s Rainbow, ibid., pp. 520-21).

 

2) «Sí, sí, tenemos aquí un escolasticismo: la cosmología estatal del Cohete. El Cohete sigue ese camino —entre otros— a través de otras espiras de serpientes visibles que latiguean sobre la superficie de la Tierra con irisada luz, con acerada letanía…, esas tempestades, esas cosas del profundo seno de la Tierra de que jamás nos habían hablado…, a través de ellas, a través de la violencia, hacia un cosmos de cifras, hacia una especie de Guerra de Cerebros al estilo Victoriano, entre finos paneles de madera marrón, como entre análisis vectoriales y de cuaternios en la década de 1880…, la nostalgia del Éter, de las elegantemente afiligranadas formas funcionales de plata, de estriado latón, equilibradas, como ancladas en la piedra, que reproducen las siluetas de nuestros abuelos. Estos tonos sepia están aquí, sin duda alguna. Pero el Cohete tiene que ser muchas cosas, debe responder a varias formas y siluetas diferentes en los sueños de quienes están en contacto con él —en combate, en el túnel, sobre el papel—, debe sobrevivir a las herejías con su esplendor, inconfundible… y es bien cierto que no habrán de faltar herejes: gnósticos que han sido arrastrados por una ráfaga de viento y fuego a las cámaras del trono del Cohete; cabalistas que estudian el Cohete como la Torá, letra por letra, remaches, copa del quemador y rosa de bronce, su texto es el de ellos para permutarlo y combinarlo con el fin de obtener nuevas revelaciones, siempre descubriendo; maniqueos que ven dos Cohetes, el del bien y el del mal, que hablan, en la sagrada idolatría de los Gemelos Originales (algunos dicen que sus nombres son Enzian y Blicero), de un Cohete bueno que ha de llevarnos a las estrellas y de un Cohete malo para el suicidio del Mundo, los dos en lucha perpetua.

   Pero estos herejes serán perseguidos, y el dominio del silencio se extenderá mientras cada uno de ellos desciende…; serán perseguidos por todas partes. Cada cual tendrá su Cohete personal. Memorizados en su buscador de objetivo estarán el electroencefalograma del hereje; los latidos de su corazón, tanto los más fuertes como los simplemente susurrantes; las fantasmales florescencias de su espectro infrarrojo. Cada Cohete conocerá así su cometido y dará caza a su hereje; lo perseguirá en silencio a través de nuestro Mundo, brillante y puntiagudo en el cielo, siempre detrás de él, a la vez guardián y ejecutor, cada vez más cerca…» (El arco iris de gravedad, ibid., pp. 1095-96; Gravity´s Rainbow, ibid., pp. 726-27). 

jueves, 7 de abril de 2022

TOMAR PARTIDO


[Publicado en medios de Vocento el martes 5 de abril] 

Las guerras obligan a tomar partido. Ponerse de un lado, apoyar a un bando sin pestañear. El furor de las guerras hace olvidar el mecanismo que se oculta detrás de su estallido. Tomar partido es peligroso en tiempos convulsos. Es un acto revelador de la actitud militante de algunos en un mundo global donde la ceguera se alía con la incongruencia hasta extremos deplorables.

Así, estoy dispuesto a entender que Rusia está sufriendo el ataque más salvaje e injustificado de su historia. Y que la organización criminal de la OTAN y sus gánsteres desalmados están infligiendo al pueblo ruso una crueldad abusiva. Comprendo también, con amargura, que la pasividad cómplice de la UE y la indiferencia culpable de la opinión pública europea ante la violencia de la agresión son un grave síntoma de cinismo político. La demostración, en suma, de que la democracia liberal solo causa conformismo y degeneración moral en la ciudadanía.

El horror que acontece delante de nuestros ojos no tiene perdón y la historia nos juzgará con severidad. Ver a Putin y a sus ministros clamar en vano por sus derechos en la esfera internacional, reclamando ayuda a la ONU con desesperación, suplicando la intervención de fuerzas mediadoras que pongan fin a las hostilidades, no deja de ser una repetición de los trágicos traumas de la Europa del siglo XX. Por otra parte, el silencio mediático, la censura de imágenes e información sobre una guerra injusta, confirma, por si aún fuera necesario, la nula calidad democrática de un sistema que naufraga sin remedio. Putin pretende, en definitiva, liberarnos del yugo opresor de la OTAN y nos negamos a reconocerlo con soberbia infinita.

Para colmo, que los ominosos oligarcas y los poderes corporativos del capitalismo que sojuzgan a la sociedad occidental hayan decidido ponerse de parte de los nazis ucranianos en contra de Rusia, no hace sino dar la razón a quienes culpan al carnicero de Washington, como les gusta llamarlo, de todo el mal que extiende su hegemonía por el planeta. No se puede ser europeo, declaran voces autorizadas, sin tomar conciencia de la complicidad ideológica con la barbarie en curso. Debemos alinearnos contra ella sin ambigüedad. Esta guerra defensiva pone a prueba, una vez más, el valor de nuestras convicciones y compromiso ético. Quitémonos las anteojeras y veamos la realidad tal cual es. Que no lo olviden sus partidarios. Nadie se ha esforzado tanto en favor del futuro de la Alianza Atlántica como Putin. No se lo podemos perdonar.