Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
JUAN FRANCISCO FERRÉ
Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
Hombre
Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo
sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción
planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las
elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla
español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como
un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así
suena a blasfemia, pero no lo es.
De la
visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho
ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica
Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes,
sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su
fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que
cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa
Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento
vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos.
De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor,
frente a la barbarie musical de un cantamañanas.
Gracias a
la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos
descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La
identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a
ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es
omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el
párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación
tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de
la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no
necesitan creer.
La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus.
[Publicado en medios de Vocento el martes 12 de mayo]
Visto
y revisto para sentencia queda el juicio contra Ábalos y Koldo, qué pena,
chivos expiatorios de una trama que no se atreve a decir todos sus nombres.
Todos los nombres de la trama criminal conducen a donde conducen, no cabe duda,
aunque el fiscal Luzón se ofusque y pretenda disimular, qué pena. Mientras la
actitud de los reos recuerda a Beckett y no al gurú Saramago, precisamente.
Esperando el indulto, así se titula el bodrio teatral escenificado para salvar
la cara del partido y del líder. Archivos expiatorios, eso también, de un
proyecto político más que amortizado a cuenta del erario público. Pena de país,
con o sin la visita del hantavirus, quién te ha visto y quién te ve en las
tertulias de TV. Mucha pena.
Pena,
penita, pena da Ábalos mintiendo ante los jueces del Tribunal con descaro supremo.
Nunca un personaje, creo, desde los tiempos del tenor Juan Tenorio, ha dado
tanta pena al enfrentarse desnudo a la verdad pornográfica de su vida. Ya sé que
penal viene de pena, no de pene. Qué pena. Pero el caso, señoría, se las trae
en tal sentido. Dígalo Koldo, el escudero procaz. Pero con este hombre, nada
menos que todo un hombre, un macho socialista y feminista hasta las trancas, enamorado
hasta el tuétano, como su jefe, y con la nariz más larga que este de tanto
mentir en público y en privado; con este hombre, digo, se confunden todas las
categorías, humanas y divinas. Qué pena.
El
horizonte penal del semental de marras es inversamente proporcional a sus
éxitos sexuales. Koldo lo sabe mejor que nadie. Su amo y señor no tiene igual.
Pagaba por estar enamorado y el corazón partido le funcionaba como un fondo de
inversiones a corto, medio y largo plazo. Dónde estará el fruto de tanta
mordida, tanto bocado suculento y tanta caricia sensual. Cuatrocientos euros
por una tarde de pasión o cuatro millones por un amaño inmobiliario saben a
poco. La memoria se licúa, los datos y metadatos bailan un tango, una rumba o
un chotis. Basta con mirar la facha de Koldo respondiendo al fiscal, o la de
Ábalos escuchando las profecías del abogado de Aldama, para entender lo incurable
que puede llegar a ser la amnesia histórica. Qué pena.
Así vamos, camino de la perdición y el reproche. Hay canallas y canallas. La clase y el talento no se compran con una moción de censura y un puñado de votos podridos. A ver si se acaban pronto el culebrón y el culebreo. Visto para sentencia y escarnio de la mayoría que paga impuestos y ve para qué sirven. Nada está a salvo de la propaganda. El machismo es socialismo, o viceversa, en la boca viciosa de Ábalos, y las feministas del PSOE le pagan los servicios prestados con un silencio escandaloso. Que el cielo las juzgue. Espero que, en adelante, no vuelvan a empinar el dedo acusador con tanta prepotencia. Pena, penita, pene. Pena.
Hoy
se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Me acuerdo de dónde estaba
aquel 14 de junio de 1986. Me acuerdo de un bar mugriento en un barrio de
pescadores. Tomaba una copa con una pelirroja escultural (Elena) que era
entonces para mí todo lo que podía desear en el mundo (v. Todas
las hijas de la casa de mi padre).
Una combinación explosiva de inglesa y andaluza que me parecía irresistible
(hoy ya no tanto). Era una de las tres o cuatro "bellezas" con las
que he estado en toda mi vida. Nuestra historia había empezado cinco años antes
y terminado del todo hacía por lo menos dos y ahora se prolongaba
esporádicamente entre la desidia amistosa de ella y mi insistencia inútil.
Llevábamos meses sin vernos, cada uno encerrado en sus aventuras y vivencias
íntimas, y habíamos estado paseando por la playa al atardecer como tantas otras
veces. Durante el paseo, me había atrevido a besarla en la boca sin demasiado
éxito; su pasividad e indiferencia me exasperaban tanto como su aceptación del
hecho de que podía besarla sin consecuencias negativas ni tampoco positivas. Y
ahora, ya de noche, descansábamos en un tugurio sucio y ruidoso cercano a la
playa reponiéndonos de las emociones contrariadas del final de la tarde más que
del esfuerzo físico del largo paseo por la arena. Fue entonces cuando la
noticia de la muerte de Borges apareció en un pequeño monitor en blanco y negro
al que echaba miradas de reojo para distraerme del silencio preñado que era la
única forma de comunicación entre nosotros. La contundencia de los titulares
que acompañaban a las imágenes me dejó sobrecogido. En efecto, había muerto el
famoso autor del verso que mejor definía mi estado de ánimo esa noche y muchas
anteriores: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. No había otra forma de
decirlo y la inesperada muerte de Borges, a la que nadie prestaba atención en
todo el local más que yo, venía en cierto modo a sancionarlo. Traté de
explicarle a ella la importancia de Borges, primero, y su importancia para mí,
después, como aprendiz de escritor, con toda la ignorancia y la ingenuidad, y
también el deseo de seducir o impresionar, de mis veintitrés años. Apenas si me
escuchaba, insensible al destino aciago de Borges, a quien desconocía, y a mi
vano proyecto de asociarlo al mío. Hablarle de Borges, no obstante, era una
buena excusa para poder mirarla a la cara sin avergonzarme. Mirarle la cara
inexpresiva (los ojos, la boca, los pómulos, la nariz, la barbilla, etc.) con
el deseo progresivo con que habría mirado también, de haber podido, otras
partes de su cuerpo menos accesibles, reservadas desde hacía un tiempo a otros
más afortunados. No era amor, es cierto, lo que sentía por ella aquella noche
de final de primavera. No era el amor “con sus mitologías, con sus pequeñas
magias inútiles”. Era puro deseo, no lo niego, desorbitada pasión carnal. En
tal grado que no habría sabido diferenciarlos (“estar contigo o no estar
contigo es la medida de mi tiempo”). Hoy ya, escarmentado, ni me molesto en
intentarlo. Pasaron las horas y nada cambió. Borges estaba muerto, según la
televisión, y yo comprendí que siempre recordaría el momento de tristeza en que
lo supe como aquel en que también supe para siempre que ella (“El nombre de una
mujer me delata”) no volvería a amarme ni a desearme como había hecho cinco,
cuatro, tres, dos años atrás.
Abolidas estas diferencias ridículas entre nosotros, un mes después, cuando tenía ya un novio nuevo y yo amigas nuevas y ella lo sabía, se presentó en mi casa sin avisar. Al saberme solo, organizó, con una excusa ingeniosa, un número exhibicionista que traía preparado y me tenía como espectador privilegiado. Como la conocía bien e intuía sus intenciones, me contuve más de lo necesario ante cada una de sus provocaciones erógenas. Nada le insinué con mis gestos, para no alarmarla, sobre mi creciente estado de excitación. Era una recompensa inmerecida y tardía, y ya no podía significar lo mismo para mí, aunque quería disfrutarla sin cortes. Me consolaba, durante el ritual abusivo, pensando que había otro hombre en alguna parte que sufriría más que yo si hubiera podido verlo todo, sin entender nada, ni el designio del acto ni sus secuelas privadas. Sabía que no era el primero ni sería el último agraciado con esa clase de maliciosos premios de consolación. Era su forma de declararme, a plena luz, lo superior que la hacía sentirse el deseo de los otros. No fue la última vez que la tuve tan cerca, desde luego, hubo otras ocasiones equívocas en nuestra relación posterior, pero prefiero olvidarlas por discreción y delicadeza. No vienen a cuento. Yo no amaba ni quería amar para nada a aquella pelirroja exuberante y caprichosa, quería abrazarla de nuevo, con todo mi cuerpo, darle placer y recibirlo al mismo tiempo, sin coartadas sentimentales ni trucos mentales. Como Borges a sus mujeres, reales o imaginarias. Lo siento por los idealistas y aún más por los frígidos y los tibios de este mundo (no hay otro). Ningún cuerpo puede descansar de verdad en paz si antes no ha agotado el caudal de experiencias y deseos que le ha sido dado experimentar como carne. Así Borges, ahora, cuarenta años después de entregar su cuerpo gastado a la infinitud, algo menos del doble de los que yo tenía por entonces, cuando vivía enfangado en los dilemas vulgares de la finitud…
BORGES TOTAL
La
presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato
tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura,
incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo,
impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo
que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra
cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de
una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo
simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o
imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que
su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la
broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario
nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un
poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de
Cervantes.
Borges
era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba
burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el
ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza
las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los
fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala
judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el
experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la
estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa
mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el
saludable modelo del iconoclasta ilustrado.
La
cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la
teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía
un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la
cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el
desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los
errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el
imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no
radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más
epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el
papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia
y la vida humanas. La función trascendental de
las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la
condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de
ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que
constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.
En
este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores
convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre
Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el
designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de
simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso
más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con
que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de
la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no
sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los
discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por
tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.
Sin
embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan
nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón,
Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las
influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en
Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo
narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente
elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de
su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y
procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de
algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento
para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o
la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].
[i] “La secta del Fénix”, en este
sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos
ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los
límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su
ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de
Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos
laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de
la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la
vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la
racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la
ingeniería, la cultura, etc.).
[ii] Basta leer “Examen de la obra de
Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la
excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e
intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto
literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías
narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el
monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en
lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo
contiene y refrena.
[iii] Borges no sería así un humanista
tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un poshumanista
en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y
Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.
[iv] Así, en “El jardín de senderos que
se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de
mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo
existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea
estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la
traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología
expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de
finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El
Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos
primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que
en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y
la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”,
haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica
de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los
fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al
criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico,
Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la
detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más
feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del
concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden
social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se
disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento
aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores-pensadores
del siglo XX, como Broch, Abellio o Musil, que pensaban que el mundo existente era una
construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de
los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de
los diversos poderes).
[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro, cinco o seis decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros).
[Samantha Harvey, Orbital, Anagrama, trad.: Albert Fuentes, 2025, págs. 194]
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, brillante escritor británico de ciencia ficción, es ahora una cultura global. Grandes autores contemporáneos, desde Margaret Atwood a Alasdair Gray, pasando, entre otros, por Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Vladimir Sorokin, Viktor Pelevin, David Mitchell, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, Thomas Pynchon, Ian McEwan, Richard Powers, Jeanette Winterson o David Foster Wallace, de un modo u otro, han incurrido en los recursos, los motivos, las formas y el estilo narrativo de la literatura de ciencia ficción con el fin de ser fidedignos a lo que les exigían como respuesta artística las nuevas versiones de la realidad, los avances de la tecnología y las ideas culturales dominantes.
Tiene razón James Wood, crítico
discutible pero riguroso, cuando establece las bases de comprensión de este
libro de Samantha Harvey (1975) sobre una paradoja que afecta al género
literario con que identificarlo y a la lectura del mismo, o al papel del lector en el juego
planteado por la autora. Sea o no una novela convencional, es evidente que Orbital participa de diferentes modos de
discurso, diversos estilos o formas de dicción con los que sobrevuela la
limitada peripecia de su trama y la convierte en un ejercicio de estilo o de
estilos.
Podría definirse este libro de Harvey como un
artefacto si el lector acepta ciertas verdades sobre el mismo que tienen
consecuencias para su definitiva comprensión. Orbital representa a seis personajes en busca de autor: un sexteto
de astronautas, cuatro hombres, dos rusos, un americano y un italiano, y dos
mujeres, una japonesa y una británica, encerrados en una estación espacial que
orbita en torno a la Tierra como una interrogación incesante sobre sus medios
técnicos y sus fines científicos. Como Las
Meninas, uno de los referentes inesperados citados por Harvey, este retrato
de un colectivo humano desubicado en el espacio, un grupo deslocalizado o fuera de contexto, admite
múltiples interpretaciones y, sobre todo, obliga a preguntarse sobre el
verdadero propósito del relato.
La metáfora novelesca permite establecer una
similitud entre la estación espacial, la nave que gira de manera vertiginosa
alrededor del mundo, y el artefacto literario que traduce el contenido de esas
órbitas circulares a través de las vivencias de los astronautas en la estación
espacial y su observación excéntrica de las diferentes zonas del planeta desde
una perspectiva global (naciones y regiones, fronteras y límites, la geopolítica
conformando la identidad terrestre). Harvey ha construido su artefacto textual conforme
a unas coordenadas espaciotemporales (24 horas y 16 órbitas terrestres) que
intensifican las ondulaciones del discurso y confieren al libro una estructura
formal tan rigurosa como mimética.
Es en este aspecto concreto donde las cuestiones
en torno al género de esta obra se plantean con pertinencia. Orbital no es ciencia ficción
exactamente ya que la ficción no sirve aquí para extrapolar, especular o
fabular, tres funciones características del género, a partir de una premisa
científica que el libro conduce hasta sus últimas consecuencias sin apenas
alterar el curso literal del relato. Sería novela, sin embargo, en el sentido
narrativo tradicional, al incluir seis personajes de ficción, los astronautas imaginarios
que ocupan con sus cuerpos individuales el espacio ingrávido de la nave, sobre
cuyas vidas pasadas y presentes se construyen o reconstruyen recuerdos,
experiencias y pensamientos que les proporcionan cierta entidad o identidad.
Y, por último, dado que muchos de los pasajes más
fascinantes del libro se atribuyen a la voz de una narradora impersonal, que
los enuncia con vehemencia retórica, sutileza conceptual y sensibilidad lírica,
también sería destacable la parte ensayística y filosófica del texto y sus
frecuentes deslizamientos en el terreno de la poesía o la prosa poética.
Gracias a estas digresiones elocuentes y necesarias, el texto del libro alcanza
un vuelo aún más elevado que el proporcionado por las órbitas ascendentes o
descendentes que lo conforman. La celebración de la fuerza (constructiva y
destructiva) del afecto humano primordial y la pretensión tecnológica de
comunicación extraterrestre, integrada en la Órbita 9, sería la pieza más
intensa y bella, así como la evocación del calendario cósmico de Carl Sagan en
la Órbita 13, mientras la nave desciende por el continente americano y asciende
por el paisaje insular del Pacífico, sería uno de los segmentos más brillantes y
lúcidos.
La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, es
ahora una cultura global, en efecto, y, por tanto, ya no es necesario que un
libro muestre los signos de su pertenencia genérica para que el lector los
pueda reconocer. Harvey ha escrito una obra de ficción narrativa basada en las
posibilidades de la ciencia y, en consecuencia, la poesía y el pensamiento que
trasmite con su prosa trascienden todos los géneros conocidos.
El metaposcash: pynchonada en Madrid con Juan
Francisco Ferré
El día de la
salida en España de A oscuras, la última novela de Thomas Pynchon, nos
encontramos a Juan Francisco Ferré en la librería Dodó de Madrid. Y,
coincidiendo con la presentación en Madrid de su última novela, Todas las hijas
de la casa de su padre, hacemos el primer metaposcash de la Historia. De la
mano de Juan Francisco Ferré y de nuestro amigo Joaquín Rodríguez,
profundizamos en la obra de uno de los autores más misteriosos de todos los
tiempos: Thomas Pynchon. Pynchon es, antes que el narrador de la entropía, como
suele decirse, el escritor de la tecnociencia y de los procesos de desarrollo
que han llevado a esta fase avanzada de la Modernidad postindustrial. Su obra
es una cartografía del impacto de la industrialización y sus derivados sobre lo
humano. Desde V a Al límite, pasando por La subasta del lote 49, El arcoíris de
la gravedad, Vineland, Mason y Dixon, Vicio Propio y Contraluz. Analizamos su
obra a partir de otros autores fundamentales de la posmodernidad (William
Gaddis, John Barth, Robert Coover, David Foster Wallace, Bret Easton Ellis o
Don DeLillo, entre otros) y de un concepto clave en la filosofía contemporánea:
el rizoma, tal y como lo entendían Deleuze y Guattari.