jueves, 17 de junio de 2021

COLONOSCOPIA


 [Publicado en medios de Vocento el martes 15 de junio]

           Una de dos. O la manifestación de Colón ha sido un éxito y Sánchez debe preocuparse. O la manifestación solo ha servido para provocar ruido mediático. El principio de incertidumbre se inventó para estos casos donde la ambigüedad favorece a todas las partes. La vida es confusa y las ideas difusas. Por eso, como decía mi abuela cartesiana, siempre hay que tener las cosas claras y tomar partido de antemano. Yo lo hago sin complejos y me declaro partidario de Colón. De Cristóbal Colón.

Colón descubrió un continente al que no sabía cómo llamar, ni dónde se ubicaba en el mapa, cuando no regía la bandera borbónica que inundó el domingo la plaza que lleva su nombre. Colón descubrió América y América nos descubrió a nosotros los de entonces, que ya no somos los mismos. Y así le va. Mejor no hablar. El español que no conoce América no sabe lo que es España, dicen que dijo Lorca. Más le hubiera valido quedarse allí para no padecer en sus carnes el mal español. El odio al otro, al diferente, el que no pertenece a la tribu o al rebaño, vacunado o no.

Dos millones de catalanes que no se sienten españoles no son un problema. Políticas culturales y lingüísticas favorecieron durante décadas la expansión de ese sentimiento de rechazo. Podemos estar contentos, aunque Podemos no lo esté. Si Sánchez fuera un presidente serio sabría varias cosas. El conflicto catalán es una ficción política creada por quienes tienen interés en sacar partido de la situación. La voluntad soberanista es perseverante e insobornable. No va a renunciar a la causa por más que se pretenda comprarla con indultos o mesas negociadoras. La Constitución, para un independentista convencido, es una camisa de fuerza legal. Y no porque esté loco, no, sino muy cuerdo. No es ironía cervantina que don Quijote sea derrotado en la playa de Barcelona. Cervantes, un experto en decadencia española, sabía dónde sangraba la herida histórica. Vencido y desarmado, don Quijote se reconoce víctima de una fantasía y regresa a su aldea a morir dignamente.

La España de hoy no es la de hace un siglo, tan quijotesca y atrasada, y merece que se crea en ella. Más allá de los reinos de taifas y el politiqueo maquiavélico, necesitamos discursos e ideas que nos hagan vibrar. A los catalanes se les debe seducir con un proyecto común estimulante y no tratarlos como a delincuentes. El mundo es ancho y ajeno. Siempre lo ha sido. Y aquí han reinado mucho tiempo el provincianismo y las arengas pueblerinas. Ya es hora de cambiar.

lunes, 14 de junio de 2021

CERVANTES VA AL CINE


[Guillermo Cabrera Infante, Escritos de cine, DeBolsillo, 2021, págs. 1144] 

        Cervantes, pura literatura, es el escritor menos cinematográfico de la historia, al revés de Kafka, puro cine, pero hay un escritor que ganó el Premio Cervantes nada más publicar este libro memorable, “Cine o sardina”, en 1997. Pese a “Tres tristes tigres” y “La Habana para un infante difunto”, sus dos novelas magistrales, fue este festival cinéfilo, todo hecho de palabras e imágenes, el que hizo a Cabrera Infante merecedor indiscutible del galardón que porta el nombre de uno de sus maestros reconocidos.

Cabrera Infante no fue solo uno de los grandes novelistas cervantinos, sino uno de los escritores que más consagró sus recursos a convertir el cine en la referencia fundamental de la cultura y el arte del siglo XX. Reinventó el cine como experiencia literaria hasta el punto de que se podría decir que existe un cine según Cabrera Infante que no se parece a ningún otro conocido. En esta maravillosa colección de artículos, escritos entre finales de los setenta y mediados de los noventa, Cabrera Infante consuma su relación promiscua con el cine, brinda una experiencia de lectura tan estimulante como una sesión continua de estilo e inteligencia y permite acceder por muy diversas puertas a la multisala donde se proyectan todas las películas de la historia.

El título del libro, como es habitual en el autor, encierra un juego ingenioso a múltiples bandas: por un lado, una parodia homófona del título de un libro viajero de D. H. Lawrence (“Sea and Sardinia”) y, por otro, la anécdota infantil de una madre que ofrecía a los hermanos Cabrera la oportunidad de ir al cine o de cenar todas las noches sardina, el bocado de los perdedores. Los niños siempre elegían el alimento visual que se sirve en la oscuridad y se proyecta como luces y sombras en una pantalla radiante. Por eso, ironiza Cabrera Infante, crecieron tan raquíticos. El cine nutre la inteligencia y el espíritu, pero inmoviliza el cuerpo en el asiento y lo empequeñece.

“Cine o sardina” comienza con la evocación de los inventores y pioneros, como Edison y los hermanos Lumière y ese gran mago del artilugio cinematográfico que fue Meliès, precursor de todos los artificios del cine espectacular, y termina su viaje celebrando el encanto del cine de Almodóvar. En la cúspide de los creadores sitúa a sus admirados Welles, Hitchcock y Fellini, quienes más contribuyeron a ver la vida a través del cine, dice Cabrera Infante, como un espectáculo grandioso e intrascendente. El libro es una fuente inagotable de placeres y sorpresas. En sus quinientas páginas aparece lo mejor del cine americano durante los veinte años de su escritura (“Blade Runner”, Spielberg, Carpenter, De Palma, Lynch y Tarantino, la renovación del cine negro) y los descubrimientos infinitos en esa cinemateca doméstica, la televisión, donde las películas (grandes o pequeñas) coexisten como en el aleph borgiano.

            En el apartado de la sensibilidad pop y camp del libro cabe la evocación de las estrellas que se extinguen (Gloria Grahame, Gloria Swanson, Ava Gardner, Rita Hayworth, María Félix, Barbara Stanwyck, Judy Garland, Katharine Hepburn, Marlene Dietrich), las que nacen desnudas en la retina ávida del espectador (Melanie Griffith, Linda Fiorentino, Sharon Stone) o las que reviven en la memoria privada del autor (Mae West, Lana Turner, Marilyn Monroe, Kim Novak). Los viejos directores también tienen su lugar en esta filmoteca imaginaria al alcance de todos: Charles Chaplin, Fritz Lang, George Cukor, Sam Fuller, Vincente Minnelli. O ese doble del autor en la pantalla que fue Groucho Marx, el gran cómico verbal del cine.

            Sirva de colofón del libro y de su espíritu festivo este comentario: “Viejo muere el cine pero renace cada día. Es decir, como el acto sexual que es, cada noche. El cine es, qué duda cabe, un afrodisíaco”. Así en el cine como en la vida. 

martes, 8 de junio de 2021

RASTROS DE CELULOIDE


 [Guillermo Cabrera Infante, Escritos de cine, DeBolsillo, 2021, págs. 1144] 

El cine es un arte serio. En 125 años de historia ha demostrado más vitalidad creativa que ningún otro arte en ese mismo tiempo. Si alguien lo duda, esta triple reedición de los escritos cinematográficos de Cabrera Infante vendría a revalidar la tesis imprimiéndole, además, un giro significativo. “Un oficio del siglo XX” es la versión modernista de las relaciones cinéfilas del autor con el arte cinematográfico, muy atento a la Nueva ola francesa, el neorrealismo italiano y la revolución permanente del cine americano. “Arcadia todas las noches” constituía un primer viraje crítico hacia el cine entendido como arte de masas. Y “Cine o sardina” la versión pop y camp que el cine admite también sin desdoro de su esplendor artístico, acaso más minoritario.

Todos los lectores del maestro cubano saben que su caso, como el del doctor Jekyll y su abominable avatar el señor Hyde, es muy especial: el primer crítico de cine que ha pasado a la historia de la literatura por su extraordinaria innovación narrativa y estilística. Cabrera Infante comenzó a ejercer de crítico de cine en la revista Carteles en 1954 con el seudónimo G. Caín, ingenioso nombre de guerra inventado para burlarse del poder que pretendía silenciarlo. Pero no fue hasta 1963, al publicar como libro una selección de sus críticas escritas hasta 1960 bajo el título “Un oficio del siglo XX”, cuando aparece en escena el genio excepcional y festivo de Cabrera Infante. La singularidad del libro no reside tanto en la inteligencia analítica de su visión de las distintas películas y, por tanto, del cine como arte paradigmático del siglo XX, sino en la transformación del crítico en cínico personaje de ficción, un ente imaginario que muestra así su carácter de ficción política y cultural. Este memorable compendio que recopila sus críticas y retrata con humor la carismática figura de G. Caín (reverso tenebroso y simétrico de Abel G., nombre sintético del director francés Abel Gance) puso las bases de su concepción cómica de la narrativa y supuso una primera tentativa de desestabilización de la lengua y la cultura canónicas.

“Arcadia todas las noches”, publicada por primera vez en 1978, es la recopilación de las conferencias que Cabrera Infante, ya sin máscara protectora, dedicó entre la primavera y el verano de 1962 a glosar las virtudes del quinteto de cineastas americanos que entonces le importaban más que su vida, en peligro de verse anulada por un régimen castrista que había empezado a considerarlo un peligroso disidente. Releídas hoy, estas conferencias permiten ahondar en la grandeza del cine clásico de Hollywood y poner en duda la supuesta sumisión de sus creadores a las leyes del mercado. Orson Welles abre el libro como muestra genial de la ostentación barroca y la desmesura fílmica y Vincente Minnelli lo clausura entre la felicidad de sus musicales, el genio amable de sus comedias, la fuerza de sus melodramas y la nostalgia universal por una Arcadia mítica que solo existe en la pantalla de cine por un puñado de horas. En medio, con un despliegue de humor y erudición incomparables, Cabrera Infante retrata a directores tan fundamentales como Alfred Hitchcock, maestro total del arte cinematográfico, o tan divergentes como Howard Hawks, modelo paradójico de un cine viril, y John Huston, obsesionado por el fracaso y los antihéroes.

Los cinco magníficos del cine americano se ven reunidos en este estupendo libro bajo la inteligente idea de Valéry sobre Leonardo que Cabrera Infante se apropia para elevar el cine a la condición de gran arte: “para ellos el cine hace las veces de la literatura, del filosofar y de la poesía”. 

miércoles, 2 de junio de 2021

SIN MAÑANA

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

El futuro ya no es lo que era, dijo el poeta Paul Valéry y se quedó mirando el cielo en busca de nuevas estrellas, como un vulgar productor de Hollywood. El futuro es global, dijo el presidente Sánchez y se quedó atrapado en un bucle temporal, como un androide de última generación, preguntándose qué ingenio publicitario había concebido la estrategia. Para sacarlo del bloqueo de la propaganda progre, se les ocurrió invitar a una escritora a quien suponían afín y se toparon con la voz del alma vieja del pueblo. Sensatez castiza en estado puro.

El futuro es la mercancía favorita de los mercaderes de sueños e ilusiones. Como todos los creyentes en el progreso, Sánchez tenía tanta hambre de futuro que se comió crudo el porvenir de la gente y ahora le vende las sobras a precio de saldo. Eso pretende la magia de la agenda “España 2050”. Sacarnos del presente hipotecado y proyectarnos en un futuro de precariedad y subarriendos. Sánchez no calcula bien sus gestos de prestidigitador. Después de la pandemia, solo un ingenuo se tragaría el alegato vacío sobre el mañana efímero. La fe en el progreso es el Prozac de las clases pensantes, escribió John Gray, y también de los políticos sin ideas propias. Quien tiene el futuro garantizado con este discurso fantasioso es Sánchez. Sus cómplices globalistas ya le reservan un puesto de privilegio en la vanguardia de los elegidos que residirán en una plataforma celestial, tras abandonar la vida pública, lejos del ruido mediático y la suciedad insostenible del planeta de sus desdichas.

El contraste entre el populismo pueblerino de Ana Iris Simón y el globalismo elitista de Sánchez es irónico, como si el destino de España fuera un drama costumbrista de Azcona o una distopía futurista al estilo de “Blade Runner”. Pese a su edad, Simón me recuerda a mi difunta abuela, también manchega y apegada a las virtudes del pueblo llano. Es el fracaso ideológico de la izquierda y la derecha de hoy. Sus luchas espurias en nombre de la desmemoria histórica solo han conducido a este país a dar un salto cultural regresivo a una provincia atrasada donde sobrevive una juventud en paro técnico que no se ha enterado aún de que la realidad de sus ancestros ya no existe más que en sus cabezas amuebladas por Ikea. Es historia viva de España, la más triste de todas las historias tristes, y termina mal. En 2050, si se cumple lo previsto. En este contexto, los indultos suenan a insultos. Qué pena que no haya elecciones mañana. Qué pena que no haya mañana. 

miércoles, 26 de mayo de 2021

UN CIERTO IDIOTA

 

 [David Peace, Paciente X. El caso clínico de Ryūnosuke Akutagawa, Armaenia editorial, trad.: Jacinto Pariente, 2019, págs. 347] 

            Un libro inclasificable como este lo es ya desde su misma forma, sin hablar de la singular aproximación al objeto de deseo de su escritura. El foco de atracción del libro no es otro que el famoso escritor Ryūnosuke Akutagawa (1892-1927), el más importante y creativo seguidor de Edgar Allan Poe, uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX y el más atormentado también. Akutagawa fue criado por sus tíos cuando su madre sucumbió a la locura y, sin superar nunca este trauma y la debilidad congénita que acarreaba, hastiado de sí mismo y del daño que hacía a otros con su sufrimiento, acabó suicidándose con solo 35 años.

Uno de los deslumbrantes aciertos de esta bioficción es la de conjurar el espíritu y la personalidad literaria de Akutagawa mediante el género narrativo en el que más brilló su genio extraordinario, el relato corto. Peace ya había empleado las técnicas originales de Akutagawa en una novela anterior de su inconclusa trilogía sobre Tokyo (Ciudad ocupada; 2009), donde el conflicto entre verdad y falsedad, versiones antagónicas de la realidad y visiones intransferibles de la misma historia, a la manera prismática del relato “En el bosque”, conocido también por el uso que le diera Kurosawa en “Rashomon”.

De ese modo, este libro excepcional ofrece, en doce relatos, la posibilidad de adentrarse en la mente creativa y la vida desquiciada de Akutagawa participando de sus procesos patológicos, sus fantasmas, torturas físicas y demonios interiores, y aplicando el estilo alucinado pero límpido con que dio cauce expresivo a todo ese lastre destructivo, sintetizado en su relato “Vida de un loco”. Y el libro comienza parodiando su relato “El biombo del infierno”, que se sitúa antes del nacimiento del escritor (al igual que la grandiosa novela Dogra Magra de Yumeno), cuando aún enclaustrado en el vientre materno se niega a escuchar las demandas de su padre de que abandone la comodidad uterina para salir al mundo, para expresar la terrible verdad del ser arrojado a la muerte: “la existencia humana es el mal y la condición humana el infierno”.

La escritura de Peace se mantiene siempre a un elevado nivel de exigencia estilística, pero hay algunos relatos que canibalizan con brillo especial la literatura de Akutagawa. “El dormitorio de Jack el Destripador”, donde combina con ingenio la triste experiencia londinense del gran Natsume Sōseki, maestro y amigo de Akutagawa, con un encuentro siniestro que prefiere velar con sutileza metafórica las conclusiones a que conduce la historia. Otra pieza memorable, que rinde homenaje a Melville en su título y aborda con maestría la obsesión de Akutagawa por el doble, multiplicando los espejos y reflejos en el texto, es “Un cuento contado dos veces”. Entre las criaturas fantásticas preferidas de Akutagawa se cuentan los “kappa”, a quienes retrató de manera grotesca en su obra más famosa. Y ellos son los que lo conducen a la muerte, en un desenlace memorable.

Japonés de cultura híbrida, atraído por tradiciones locales y occidentales, Akutagawa mantenía relaciones ambiguas con el cristianismo, fascinado con su cruento simbolismo de crucifixiones filiales y vírgenes madres de poderes milagrosos. Y Peace da cuenta de estas contradicciones espirituales en el intrigante relato “El Cristo amarillo”. Más íntima es su relación con China y el viaje a Shanghái, narrado por Peace en “Después de la guerra, antes de la guerra”, le reveló el destino trágico de Japón y el suyo propio.

Paciente X es una escalofriante inmersión en el imaginario de uno de los grandes escritores japoneses del siglo XX que se transforma, al final, en una fastuosa celebración de la grandeza de las culturas asiáticas.

viernes, 21 de mayo de 2021

NUEVOS TIEMPOS


  [Armen Avanessian, Meta-Futuros. Perspectivas especulativas para el mundo que viene, Holobionte ediciones, trad.: Federico Fernández Giordano, 2021, págs. 140] 

            Todas las profecías se han cumplido y ya vivimos en el futuro. El futuro ya está aquí, con toda su carga de angustia y fascinación. El futuro, decía Don DeLillo, significa vivir en presente entre las ruinas del futuro y seguir mirando al futuro desde los vestigios del pasado. Eterna recursividad del tiempo, inagotable especulación del pensamiento. Estas son las dos premisas de las que parte el discurso poliédrico de este contundente tratado de Armen Avanessian, uno de los filósofos europeos más originales e innovadores del momento, el gran discípulo quizá de Jacques Rancière. Un pensamiento que se mueve a caballo del arte contemporáneo, la literatura, la filosofía y la lingüística. En esa línea sintética, son valiosas sus tentativas de fundar una poética del presente de indicativo y una ontología del lenguaje que comprenda la remodelación mutua del lenguaje y el cerebro, el bucle de recursividad que crea lo humano.

Este libro, publicado en Cambridge inicialmente, es una magnífica presentación de sus peculiares perspectivas sobre el mundo del porvenir, entendiendo por tal un mundo que deviene sin cesar al mismo tiempo que avanza hacia lo desconocido e impredecible. Lo más sorprendente de sus propuestas radica en una doble maniobra para restituir a la filosofía su peso en la comprensión de la realidad en conexión con una refundación de la metafísica. Es innegable que la razón científica, con todas sus disciplinas especializadas, y el aparatoso despliegue tecnológico habrían desautorizado con su poder sobre la vida la posibilidad de esta de comprenderse a sí misma a partir de un lenguaje abstracto que le sirva de referente ético y político.

Como indica Avanessian con acierto, el mundo está padeciendo una revolución absoluta de sus estructuras y, sin embargo, carecemos de categorías adecuadas para abordar ese proceso radical de cambio: “Estamos buscando ideas que nos ayuden no solo a conceptualizar, sino también a navegar la lógica de los desarrollos culturales y políticos dentro del tejido del capitalismo global”. Ya hace más de sesenta años que un filósofo fundamental como Martin Heidegger diagnosticó lo que llamaba, con pesimismo apenas disimulado, la superación de la metafísica, la consumación de esta por la realización de sus presupuestos a través de la técnica. Avanessian se sitúa en esa postrimería de la razón moderna para devolver a la metafísica la condición de conciencia de la totalidad, desprovista de cualquier connotación religiosa esencialista, de la que la ciencia pura, en su pugna contra la irracionalidad, la había desposeído.

Con agilidad dialéctica, Avanessian plantea sus perspectivas en tres movimientos. El primero centrado en la enunciación de una “metafísica del futuro”, recargando de valor crítico los debates en torno a la sustancia y el accidente, la forma y la materia, la vida y la muerte, con objeto de eliminar las incertidumbres sobre la absoluta contemporaneidad de su pensamiento, tan embebido de existencialismo y marxismo como de posestructuralismo derridiano y deleuziano. En un movimiento posterior, más atrevido, Avanessian cuenta con los recursos idóneos para redefinir las nociones de verdad, realidad y política a la luz de la evolución de la historia planetaria. Y, por último, se lanza ya sin prevenciones a una especulación arriesgada sobre las dimensiones del futuro donde la filosofía hallaría un anclaje diferente: postulando la “metanoia” como transformación total del mundo, el ser y la mente por medio de la alteridad y la alteración de sus fundamentos ancestrales.

No obstante, un lector escéptico puede encontrar seductor el modo en que el pensamiento múltiple de Avanessian intenta proyectarse más allá de los límites que el tiempo contemporáneo le opone y dudar, simultáneamente, de la eficacia de esa operación intelectual de rehabilitación de una filosofía que, a lo mejor, como Heidegger creía, ya había concluido su trabajo en la historia.

miércoles, 19 de mayo de 2021

INDIGNADO

 

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Indignado es más que un estado de ánimo. Mucho más que una forma de ser. Indignado es una cualidad de nacimiento que no debe nada a la genética y todo a la ética. Indignado es una actitud moral. Ahora que gobiernan los cínicos, como siempre, conviene recordar la indignación colectiva del 15-M como un gesto revolucionario que terminó en pataleo inútil. Estar indignado es como estar enfadado. Se te pasa pronto el calentón y la próxima vez te lo piensas mejor. Mayo de 2011 fue el momento crítico en que muchos ingenuos soñaron peligrosamente con poner el mundo patas arriba.

Indignado estaba Pablo Iglesias la otra noche cuando el vapuleo electoral le sonó a abucheo taurino y a pañolada futbolera. La castración de la coleta dialéctica anuncia su viraje a zonas del politiqueo más confortable. La foto de Iglesias leyendo el panfleto de Vallín ya emasculado de su moño maoísta es una confesión de impotencia y una provocación a sus votantes. Una abjuración pública del indignado profesional de este país. Diez años después de la explosión popular del 15-M, Podemos está desmantelado e Iglesias defenestrado. Así de tenebrosa es la fuerza del sistema.

Indignados andamos otros con que la farsa de la amenaza fantasma del fascismo pasara tan rápido al olvido histórico. Estamos gobernados por políticos que consideran legítima una estrategia indigna. Y luego esperan que les creamos cuando hablan de recuperación económica, vacunación de rebaño y resiliencia. O de la subida de los impuestos y las impuestas, como diría la Ministra de Trabajo en su jerga desatinada. Indignación produce verlos jugando al cuento de “Pedro y el lobo”. Cuando el lobo estepario del fascismo asome de verdad sus fauces en las puertas de la democracia, ya no creeremos en sus gritos de alarma. Como tampoco creemos ya en los estados de alarma. El libertinaje hedonista y anarquizante que se ha apoderado de la gente, según los moralistas, es una prueba de que los estados de alarma solo sirven para implantar estados de alma revoltosa. Y los toques de queda acaban en toques de quedada multitudinaria.

En Francia han saltado las alarmas y ya se preparan para la victoria de lo peor y en la América demócrata de Biden ya no temen a Trump, un avatar primitivo, sino al Anticristo republicano que viaja desde el futuro a través de las redes sociales. En el siglo XXI, por desgracia, nos tocará elegir otra vez entre la indignidad y la indignación. En un mundo indignante, así en 2011 como en 2021, sobran razones para indignarse.