viernes, 11 de septiembre de 2026

ZONA CERO, AÑO VEINTICINCO


 [Este artículo, publicado ahora con añadidos y correcciones para conmemorar el 25 aniversario del 11-S, fue escrito en 2011 para conmemorar el décimo aniversario de dicho acontecimiento a partir de un texto escrito a su vez en 2006 para conmemorar el quinto aniversario a partir de…] 

Si la cultura sirviera para algo más que para lo que sirve, prefiero no entrar en detalles, los acontecimientos del 11-S deberían marcar una inflexión decisiva en nuestra comprensión de la historia, la sociedad, la política y la cultura, desde luego, pero también, visto lo visto, la economía. Inmersos en la crisis más grave de la historia reciente, una crisis económica que es también una crisis de valores, no cabe engañarse sobre sus implicaciones en el detonante de la misma. Podría decirse, en este sentido, que los atentados terroristas que tuvieron lugar en el undécimo día del noveno mes del primer año del siglo veintiuno causaron una despresurización automática del sistema. Como cuando en un avión de pasajeros se abre una brecha en el fuselaje que modifica las condiciones en el interior de la cabina y tiene consecuencias impredecibles para sus ocupantes. No en vano, en el movimiento del 15-M aparece, como inclusión en su programa local de una reivindicación global, la exigencia de esclarecimiento de la verdad del 11-S. La propuesta se presenta con un elocuente eslogan (STOP NEW WORLD ORDER) donde se sugiere la vinculación necesaria entre los atentados y el nuevo orden económico mundial surgido de la crisis.

El 11-S ocurrieron, por otra parte, dos acontecimientos culturalmente relevantes: el “apocalipsis” se transformó en icono pop y programa estrella de televisión y se democratizó la tragedia histórica al poner los votantes y consumidores de a pie toda la carne y la sangre del sacrificio. En este contexto, la revisión de algunos documentos culturales posteriores a la catástrofe puede resultar instructiva para explorar el (sin)sentido global de nuestra existencia en este nuevo siglo, de origen tan traumático como espectacular. 

La caída de las torres 

Ballard, el autor de «Crash» y «Rascacielos», no pudo imaginar una “exhibición de atrocidad” de tal magnitud: dos aviones de pasajeros estrellándose en todas las televisiones contra los rascacielos más emblemáticos del mundo. Ballard, erigido en guía del nuevo milenio, había proclamado que la cultura posmoderna occidental, obsesionada con el fin del mundo y los acontecimientos extremos, solo podía aspirar a embriagarse con lo que denominaba “el dulce aroma del exceso”: “Más sexo y violencia en televisión y no menos. Ambos son poderosos catalizadores del cambio social, en momentos en que se necesita desesperadamente un cambio”. De hacer caso a las predicciones de quien había explorado en sus novelas la erótica del accidente automovilístico, las escenas violentas o los tumultos y sublevaciones sociales, tras el derrumbamiento de las dos torres debería haberse producido un desencadenamiento de energía libidinal y episodios de locura colectiva similares a los que se constataban en las epidemias medievales de peste. Por desgracia, la caída televisada de las dos torres neoyorquinas en horario de máxima audiencia no solo supuso el afianzamiento de Bush y su equipo al frente de la Casa Blanca (como confirmó el Episodio III de «Star Wars»), sino un auténtico “tsunami” de lugares comunes, cursilería moral, nacionalismo irredento, pánico comunitario, valores tradicionales, represión estatal, recortes de la libertad de expresión y demás enfermedades del espíritu liberal, avaladas por todas las iglesias y sectas, partidos y grupos de opinión mayoritarios, como único antídoto contra el veneno anímico generado por los terribles ataques.

A estos, en gran parte, debemos el conservadurismo y el puritanismo reinantes en este siglo controlado por todopoderosos señores de la guerra dispuestos a enfrentarse a perpetuidad en el vasto tablero del planeta por un poder que ya nadie se atreve a llamar por su abyecto nombre. Las similitudes ideológicas entre quienes planearon los ataques como un mazazo moral y material al corazón financiero del mundo y quienes les declararon la guerra total son innegables. El fundamentalismo cristiano y el islámico se dieron la mano a través del espacio devastado de la “zona cero” señalando al mismo antagonista como responsable moral de la masacre: la decadente vida contemporánea. El pretexto de preservar este modo de vida supuestamente amenazado servía ahora al poder hegemónico como tapadera cínica para imponer en casa una variante local de la misma moral dogmática que había concebido los atentados. En «Milenio Negro» (2003), la penúltima novela de Ballard, uno de los terroristas de clase media, de modo bastante delirante, inscribe los atentados en la lógica de un proyecto general de abolición del siglo XX: “El ataque al World Trade Center en 2001 fue un valeroso intento de liberar a América del siglo XX”.

Lo que ocurrió hace veinticinco años, en suma, dejó con el culo al aire a todo un país y al sistema que lo monopoliza de modo abusivo. Fue un acto brutal por el que quedó a la vista de cuantos quisieran mirar sin escrúpulos la desnudez total de un sistema de organización del mundo fundado en incontables mixtificaciones y mitos banales. Detrás de la ostentosa fachada del World Trade Center no había nada más que otra fachada y eso ni siquiera los terroristas, creyentes en sólidos fundamentos y ontologías trascendentes, aunque devotos de la nada en el fondo de sus corazones, fueron capaces de preverlo. El acontecimiento se les fue de las manos a todos, los que lo planearon y realizaron y los que debían haberlo evitado, y todos, por tanto, quedaron con sus nalgas expuestas al aire recalentado por la combustión del queroseno de los aviones estrellados. El espectáculo mereció la pena solo por esta revelación fundamental. Sin los dos mil ochocientos muertos, que actuaron de pantalla para un poder que los tomó como rehenes a fin de encubrir sus flagrantes insuficiencias y retorcidos intereses, lo habríamos podido ver todos con más claridad. Sin esa devastadora perturbación que suponían los cuerpos destrozados o la gente saltando al vacío desde las ventanas de las torres, no habrían podido ocultarlo con tanta eficacia.  

Con su habitual provocación crítica, Baudrillard señaló acertadamente, y le llovieron insultos y descalificaciones de todas partes por tratar de ser coherente con un pensamiento tan incómodo como el suyo: “la violencia de lo mundial pasa también por la arquitectura y, por lo tanto, la oposición violenta a esta mundialización también pasa por la destrucción de esa arquitectura. En términos de drama colectivo, podría decirse que el horror...de morir en esas torres es inseparable del horror de vivir en ellas, el horror de vivir y trabajar en esos sarcófagos de hormigón y acero”. Igual de atroz puede parecernos entonces vivir o morir sirviendo al capital transnacional como único amo y señor de nuestras vidas y destinos y recibiendo además los crueles golpes de sus enemigos conjurados. Como muestra «Milenio Negro», la desmoralización y el hastío de la clase media acabarán convirtiéndose tarde o temprano en la mayor amenaza revolucionaria para el sistema.

La exhibición de atrocidades 

Frédéric Beigbeder escribió una novela comprometida sobre el álgebra de la catástrofe («Windows on the World», 2004) situando la acción en un doble plano: el exterior de las torres (las víctimas potenciales, los espectadores) y el interior (las víctimas reales). Beigbeder se escandalizaba por la censura impuesta a la exhibición del horror: podían mostrarse hasta la obscenidad, y así se ha seguido haciendo en todas las conmemoraciones y aniversarios del acontecimiento, nada ha cambiado desde el primer día, las imágenes de los aviones estrellándose contra el cristal líquido de las fachadas, o el colapso aparatoso de las dos torres, desde todos los ángulos imaginables, en todos los canales, incluso ralentizadas, en bucle interminable. Pero nunca se mostraron los cuerpos abrasados o destrozados de las víctimas, nunca se permitió que la audiencia oyera los aullidos de terror de los que se asomaban a las ventanas o se arrojaban desesperados al vacío mediático. El consenso censor en la supresión de imágenes crueles de la carnicería perseguía un fin hipócrita: negarle a la conciencia americana el acceso visual al conocimiento del horror. El acto brutal mediante el que la muerte hacía su reaparición estelar en una sociedad empeñada en expulsarla de sus representaciones más convencionales.

Con esa política tan reaccionaria como cínica al mismo tiempo se suprimía también un par de décadas de efervescente creación artística y literaria en las que el cuerpo había ocupado el centro del escenario, atraído los focos de la fama y practicado toda clase de rituales, más o menos obscenos, más o menos espectaculares, con el fin de representar las mutaciones de la carne en la posmodernidad. Numerosos artistas (Andrés Serrano, Cindy Sherman, Mike Kelley, Bob Flannagan, Robert Gober, Carole Schneeman, Paul McCarthy, Kiki Smith o Barbara Kruger, entre otros muchos) habían procedido a desconectar el cuerpo humano de cualquier forma de trascendencia y restaurado su inmanencia más agresiva o visceral, menos asimilable por el gusto medio normalizado. Este mismo campo venía siendo explorado desde los años setenta por el cineasta David Cronenberg. En todas sus películas se examinan, con exactitud quirúrgica y pasión glacial, las derivas psicopatológicas de comunidades sin dioses ni cultos sublimes, individuos sometidos a toda clase de experiencias terminales, entregados a la experimentación con innovadoras tecnologías y nuevas formas de sexualidad. Por tanto, si en lugar de ese siniestro pacto de silencio entre los medios (des)informativos y el poder gubernamental se hubiera encargado la cobertura del “tiempo muerto” del acontecimiento a Cronenberg o, en su defecto, a cualquiera de los artistas citados, contaríamos hoy con uno de los documentos culturales más escalofriantes sobre la barbarie, un retrato incomparable y pavoroso de nuestra existencia corpórea en la fase histórica del capitalismo tardío y sus sórdidos aledaños fanatizados.

Beigbeder veía en la “envidia cultural” la raíz de los bárbaros atentados. Así lo entendió DeLillo, en un primer momento, al señalar que el objetivo simbólico de los terroristas era “la capacidad de la cultura norteamericana para traspasar todos los muros y penetrar en cada hogar, cada vida y cada mente”. En uno de sus ensayos, David Foster Wallace propone otra interpretación de ese malestar cultural. Con lucidez irónica, Wallace analiza la catástrofe “pixelizada”, esto es, vista (y vivida) en la pantalla televisiva, como forma consumada del entretenimiento. Y, en especial, el momento trágico en que “el Horror”, como lo llama metafóricamente, le revela por televisión que la América que los fundamentalistas han querido destruir es, en gran parte, la que él representa como escritor y la de la cultura descerebrada del consumo que lo circunda como líquido amniótico. En su novela póstuma, «El rey pálido», Wallace da un paso más al alegorizar el hundimiento total de América en términos puramente económicos. 

DeLillo de fondo

¿Qué puede hacer un escritor cuando cobran realidad sus intuiciones más terribles? Esta es posiblemente la pregunta que Don DeLillo se planteó a raíz del 11-S. En todas sus novelas, el espectro del terrorismo y la muerte masificada ronda el hiperespacio de los supermercados, los aeropuertos, los centros comerciales, los distritos financieros o las zonas residenciales como reverso tenebroso de las brillantes superficies, códigos comunicativos, pantallas ubicuas, múltiples mercancías e intercambios constantes de la sociedad de consumo. Sin proponérselo, DeLillo profetizó la matanza cuando se tomó novelísticamente en serio las especulaciones de Baudrillard sobre la identidad espectacular de la lógica terrorista y la lógica televisiva. O, como en «Cosmópolis», novela posterior al 11-S, donde postula la similitud de fondo entre la violencia productiva del capitalismo y la violencia aparentemente improductiva del terrorismo, como un efecto colateral de su funcionamiento incontrolable.

Tras los atentados, DeLillo declaró en un artículo: “Hoy, una vez más, la narrativa mundial se halla en manos de terroristas”. La narrativa fundamental del 11-S consistió, por tanto, en desviar la gigantesca tecnología del sistema y ponerla al servicio de la más enérgica destrucción de sus baluartes inexpugnables. Nunca antes sonaron tan verdaderas sus palabras: “la tecnología es nuestro destino, nuestra verdad”. Pues el choque cognitivo descomunal de los atentados, así que pasen una, dos o tres décadas de su comisión, lo sigue representando esta colisión calculada de la más avanzada tecnología del siglo XXI con una aberración nihilista de la mentalidad medieval generada en plena mundialización económica.

        Seis años después, DeLillo se propuso en «El hombre del salto» (2007) afrontar el acontecimiento desde una perspectiva más humana, reflejando el impacto consciente e inconsciente que tuvieron los atentados en la gente que los vivió en tiempo real, a uno y otro lado de la pantalla. En este sentido, podría considerarse esta novela como un acto de expiación simbólica. En ella, el protagonista, un superviviente de los atentados, experimenta el sentimiento de pérdida en toda su radicalidad ontológica: no es posible creer en nada, ya sea la familia, Dios, la sociedad o el amor, en un mundo donde ocurren cosas tan terribles como estas. El choque narrativo entre las vivencias de las víctimas (ciudadanos cuya ideología es la lógica capitalista del espectáculo) y las experiencias e ideario de los terroristas (el absolutismo religioso y el misticismo cruento del sacrificio) escenifica el antagonismo moral de sus respectivas versiones de la realidad, expresado en una de las opiniones más polémicas de la novela: “¿No se levantaron las torres como fantasía de riqueza y poder para que algún día se convirtiesen en fantasías de destrucción? Una cosa así se construye para verla caer. La provocación es evidente”. Con esta confrontación dialéctica, DeLillo logra construir un escenario nada maniqueo de la situación mundial.

Escenarios extremos

En 2011 se publica en Francia la novela «Los cuatro colores del Apocalipsis», donde su autor, Éric Sadin, asume la inteligencia combinatoria de un experto del Pentágono, un guionista profesional o un terrorista imaginativo a fin de diseñar, declinando los códigos tecnológicos de la sociedad de la información, escenarios (im)probables para atentados posibles en un territorio globalizado que pasa por Nueva York, Madrid y Londres, pero también por otros espacios geopolíticos de conflicto. Al mismo tiempo, Sadin publica un ensayo esclarecedor («La sociedad de la anticipación») donde muestra hasta qué punto, como secuela irreversible del 11-S, nuestro mundo se ha vuelto fanático de la seguridad y no puede tolerar la injerencia del azar o la indeterminación y, por tanto, consagra los medios más sofisticados a la construcción de modelos virtuales en todos los ámbitos de la vida, incluido el terrorismo, imponiendo un régimen de vigilancia global sobre los procesos de la realidad que pasa, como en “Minority Report”, “Déjà vu” o “Código fuente”, por su anticipación tecnológica y policial.

De modo más radical, Maurice Dantec describió el 11-S como el “Último-Día-del-Mundo-tal-y-como-lo-habíamos-conocido” en su novela «Villa Vortex» (2003), un delirio maximalista de ciencia y política-ficción centrado obsesivamente en el “agujero negro” del atentado como máquina generadora del fin de los tiempos y América como “laboratorio del mundo” donde el futuro se imagina y prepara conforme a los patrones de la ficción científica: “Lo más extraño y lo más altamente significativo, en esa giromancia de aviones de línea desviados para estrellarse contra las altezas gemelas, residía precisamente en el hecho de que esta catástrofe anunciada, aunque imprevista, era obra del hijo descarriado de un empresario de la construcción beduino. Constructor de autopistas y desiertos, unas y otros unidas en el ciclo mágico del dólar petrolífero, su culminación no podía ser otra que la de engendrar al hombre que un día iba a abatir las torres del centro económico mundial”. En su novela posterior («Artefact», 2007), el narrador, un arcángel visionario del fin de la historia, acude al corazón del infierno de las torres a punto de desplomarse para rescatar a una extraña niña en quien se cifra el poder salvífico de un mundo entregado a la guerra y la destrucción total. Esta visión mesiánica y apocalíptica del atentado es compartida, a pesar de su compleja amalgama de religión, ciencia y tecnología, por una parte de la comunidad americana, afín al fundamentalismo cristiano.

Increíblemente cómica resulta, en este sentido, la exégesis paródica del atentado que incorpora Bolaño en su mamotreto “pop-apocalíptico” «2666» (2004). Preguntado por los motivos de sus actos, el exaltado líder de una excéntrica hermandad de afroamericanos que se manifiesta en Manhattan enarbolando un enorme retrato de Bin Laden explica “lo conveniente que había sido el ataque contra las Torres gemelas para cierta gente”: “Gente que trabaja en la bolsa…gente que tenía papeles comprometedores guardados en las oficinas, gente que vende armas y que necesitaba un acto así”. Y los aviones, en esta versión novelesca del atentado, los pilotaban terroristas incontrolados del Ku-Klux-Klan o pacientes anónimos de manicomios del Medio Oeste a las órdenes de la CIA.

En «Contraluz» (2006), la gran novela de lo que va de siglo, Thomas Pynchon se hace eco de la catástrofe en términos mucho más políticos y también alegóricos, señalando las complicidades internas, los beneficios particulares y la pugna tecnológica, corporativa y financiera que estaban detrás de los ataques a “la gran ciudad sobre la que se abatió el dolor y la ruina”: “De aquella noche y aquel día de ira desenfrenada, la gente habría esperado que una ciudad, si sobrevivía, saliera completamente renovada, renacida, purificada por las llamas, una vez superadas la codicia, la especulación inmobiliaria, el politiqueo local”. En otros entresijos de la compleja trama, Pynchon reconoce con lucidez que las “Víctimas Inocentes” eran solo una excusa “en cuyo nombre esbirros uniformados salían a abatir a los Monstruos que Realizaron el Acto”. 

Obama contra Osama 

Estas metafóricas palabras, como otros crípticos pasajes de la novela, se refieren veladamente a Bin Laden, el “Darth Vader” islamista. En una entrevista, Pynchon expresaba sus dudas sobre la versión oficial y afirmaba, desengañado, su desconfianza en el interés de la administración Bush por capturar al archienemigo del imperio americano. En «El hombre del salto» aparecen unos niños que están convencidos de que las torres no han caído y que “Bill Lawton”, así pronuncian el exótico nombre de Bin Laden, ese todopoderoso señor de la guerra, una suerte de genio maligno digno de una fantasía pueril a lo Harry Potter, volverá pronto a atacar la ciudad. Los niños se pasan el día intercambiando misteriosas contraseñas que intrigan a los adultos y escrutando el cielo de Manhattan en busca de señales de su ominosa presencia. Bush, como escribí en mi novela «Providence» (2009), no podía tener ningún interés “en ahorcar de un raquítico árbol afgano, con una vieja soga recuperada de una anticuada película del oeste, al nuevo Viejo de la Montaña y líder renovado de la secta criminal y narcotizada de los Hassissin, por la sencilla razón de que preservando su vida para que siga dirigiendo operaciones terroristas espectrales y enviando de tanto en tanto comunicados apocalípticos a un mundo que ha dejado de tomárselos a risa, es como cumple a la perfección con el papel que se le ha asignado en esta comedia sangrienta cuyo escenario geopolítico ocupa hoy toda la tierra”.

No es casual, por tanto, que haya sido Obama quien pusiera fin a los días y las noches orientales de Osama (Bin Laden). No importa mucho, en este sentido, que otro líder fanático haya ocupado enseguida su puesto vacante al frente de Al Qaeda, desde el momento en que el villano absoluto que concibió los atentados como una superproducción cinematográfica de espectaculares efectos especiales había sido suprimido para siempre del guion planetario. Con gran eficacia táctica, Obama habría logrado neutralizar, desde luego, el siniestro escenario de pesadilla con que Bush y sus secuaces “neocon” mantuvieron amedrentada a la población americana (y europea) durante más de siete años. Pero también reavivar, en cierto modo, las verosímiles sospechas sobre las implicaciones locales de los atentados en que se funda la paranoia del complot que los envuelve aún en un halo de intriga corporativa y terror doméstico (como ratifica la cancelación de la teleserie «Rubicon»). Estas versiones suspicaces basan su fuerza de convicción en demostrar, como hace Naomi Klein, la definitiva importancia del “shock” colectivo causado por las catástrofes en las estrategias mediáticas del poder político y económico asociado al capitalismo neoliberal. 

Narrativas al límite 

El asesinato de Kennedy tuvo dos versiones antagónicas: el informe Warren y, décadas después, la novela Libra (1988) de Don DeLillo. Con los acontecimientos del 11-S se ha repetido la historia: un informe oficial, decepcionante y tramposo, un paripé encargado por el gobierno de Bush y el Congreso, y esta réplica subversiva (Al límite, 2014) del mayor novelista norteamericano en activo, Thomas Pynchon. Con la sutileza que caracteriza su forma digresiva de aproximarse a la realidad, Pynchon envuelve el impacto traumático de los atentados en una trama superpuesta que comienza en Nueva York en la primavera de 2001 y concluye, de manera irónica y esperanzada, cuando los incipientes signos primaverales, tras un otoño fúnebre y un invierno siniestro, aparecen en el paisaje gris de 2002 para alegrarle la vida a su protagonista (Maxine Tarnow). Pynchon asume con todas las consecuencias la tesis de que los atentados del 11-S supusieron la expulsión violenta del siglo XX y la implantación de una narrativa neoliberal que tiraniza el nuevo siglo desde entonces. Como dice Pacôme Thiellement: la narrativa de los neoconservadores y la fábula del «choque de civilizaciones» elaborada a partir del 11-S y la invasión programada de Irak "destruyeron el proyecto de los años noventa, su anhelo de asumir el sueño de los sesenta".

En este sentido, Pynchon entiende lo sucedido como una guerra entre narrativas que pretenden imponer (o rechazar) una distorsionada visión del presente. Por entendernos, la facción más poderosa de los neoliberales, aliados de un capitalismo trasmutado que amenaza con sumirlo todo en un pozo abismal de explotación y miseria con la excusa de rendir culto absoluto “a los dioses oscuros de la economía”, y quienes como el libertario Pynchon se sublevan contra los dictados del imperialismo capitalista con el armamento de la ficción novelesca para dinamitar los estereotipos ideológicos con que aquel se ha encargado de doblegar la resistencia de los ciudadanos. Al final, es la inteligencia del lector, como pretende Pynchon, quien decidirá si al mundo le queda alguna oportunidad utópica de reiniciarse por entero o, más bien, está condenado a padecer narrativas y tecnologías que lo sojuzgan cada vez más.

Lo que está claro es que todos estos escenarios extremos y estas teorías “conspiranoicas”, como tantas otras que circulan por internet, suponen una prueba más de que el “Expediente-X” del 11-S permanecerá abierto en la imaginación por mucho tiempo. 

martes, 1 de septiembre de 2026

LO MÚLTIPLE Y LO DIVERSO. PROLEGÓMENOS A UNA TEORÍA DE LA LITERATURA MUNDIAL


 [Artículo publicado en la revista Castilla. Estudios de Literatura, 17, pp. 184-213] 

World literature is work that gains in translation. 

-David Damrosch- 

 

Desde el principio de su andadura histórica, la literatura comparada ha ocupado una posición equívoca. Durante mucho tiempo, el menosprecio académico hacia la literatura comparada o el comparatismo se derivaba de la misma razón con que, desde los campos de estudio de la literatura nacional, diacrónica o sincrónica, se menospreciaba el canon de otras literaturas, negándose a comprender, en definitiva, lo que el conocimiento de estas literaturas de otras tradiciones, culturas y lenguas podría aportar al conocimiento de la propia tradición y cultura, ya fuera en un aspecto valorativo o puramente analítico y cognoscitivo. [Introducción, p. 185]

La desterritorialización es, por consiguiente, un concepto útil que permite revolucionar la perspectiva comparatista al asumir la recepción de la literatura ya desde el principio como algo consabido y poniendo el énfasis, en cambio, en la construcción misma de esa recepción por parte del receptor extraño, el lector extranjero, el intérprete no nativo ni familiarizado con las claves locales de la cultura o la lengua de las obras estudiadas. Esa construcción del significado desde la recepción internacional es quizá otro de los nombres de la literatura comparada. Una zona o interzona, pues, donde la filología, es decir, el conocimiento riguroso de los fundamentos de la teoría, el comparatismo literario, la crítica y la historia de la literatura, enriquecidos así mismo por las aportaciones de la lingüística y de los estudios sobre la traducción, pueda afrontar con ambición totalizadora el fenómeno de la globalización de la literatura en toda su vastedad cultural e idiomática (Apter, 2006, pp. 10-11), pese a las dificultades, contradicciones y complejidades indudables de dicho fenómeno (Apter, 2013).

Esta es la vía metodológica más productiva, por tanto, y estos son los fundamentos paradójicos para establecer, a partir de todos los conceptos y categorías que se han ido citando, una teoría de la literatura, como soñaba el comparatista Etiemble y prolongan sus múltiples discípulos y seguidores en todo el mundo, verdaderamente mundial. Es decir, una refundición y una refundación de la teoría de la literatura y la literatura comparada como teoría de la literatura mundial. [Conclusiones, p. 208]

martes, 25 de agosto de 2026

SOL NEGRO

[Publicado en medios de Vocento el martes 18 de agosto] 

       La “Odisea” está de moda, qué tendrá la “Odisea” que no se hace odiosa. Todo gracias a Christopher Nolan y su libérrima versión cinematográfica de la obra homérica. Se le podrán criticar al director las ciclópeas licencias que se toma con el gran clásico, lo que no se le puede reprochar es que ha conseguido que mucha gente que pagó la entrada para ver su película se haya interesado, al mismo tiempo, por la poesía homérica. Muchos jóvenes están leyendo ahora las aventuras y desventuras de Odiseo incitados por la visión de Nolan. Si solo fuera por esto, ya merecería respeto su gesto de actualizar a Homero. Un mundo donde jóvenes de cualquier sexo leen la “Odisea” es mucho mejor, sin duda, que el mundo donde escuchan la “playlist” de Sánchez. La promesa de futuro que estos jóvenes lectores de Homero ofrecen es mucho más estimulante que la de los lectores de las mediocres recomendaciones literarias de P. S.

A este, como se ve, hasta que le llegue el suplicatorio, no le da vergüenza de nada. Carece de dignidad ética. Hasta ha intentado apropiarse para sus fines del eclipse solar de la semana pasada. No se ha visto nada igual. También en esto Homero se anticipó. En el canto XX de la “Odisea”, Teoclímeno, un profeta de Argos, anuncia a los pretendientes de Penélope los negros augurios que se ciernen sobre ellos con la metáfora del eclipse total. La ciencia, precisamente, esa ciencia que Henry James define como la carencia de prejuicios aliada con el dinero, ha determinado que el eclipse homérico tuvo lugar el 16 de abril de 1178 a. C. Los eclipses solares son fenómenos más antiguos que la milenaria “Odisea” y tan cargados de valores simbólicos.

Así que, eclipse por eclipse, el de los malos gobernantes en la memoria del pueblo tiene mucho menos prestigio poético. Mientras que la creación, sea la del supuesto Homero o la del apuesto Nolan, tiene siempre el mérito de devolvernos el mundo en su extrañeza original y revelarnos los rasgos intemporales del ser humano. Por eso yerran quienes se niegan a ver en la “Odisea” la conexión con “Oppenheimer”, su fascinante película anterior. Odiseo, al construir el caballo con que engañó a los troyanos, estaba fabricando la primera arma de destrucción masiva de la historia, o del mito, tanto monta. Los troyanos, como mucho después los japoneses y los judíos, son víctimas de una voluntad de poder que, aliada al ingenio de la ciencia y la técnica, no tiene límites y se expresa lo mismo con un caballo de madera, una bomba atómica o una cámara de gas. El caballo de Troya simboliza también el daño que la tecnología le produce a la cultura humanista. La inteligencia artificial, en ese sentido, eclipsa a la inteligencia natural. Este eclipse prefigura el apagón del mundo tal como lo conocíamos. El sol negro, principio y fin. 

miércoles, 12 de agosto de 2026

MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 15)

        

    Desdichados, ¿qué os aflige? La oscuridad os cubre de pies a cabeza; las lágrimas humedecen vuestras mejillas; el aire vibra con vuestros lamentos; las paredes y las vigas del techo gotean sangre; en el vestíbulo y el patio se agolpan espectros que se dirigen a la infernal oscuridad; el sol ha desaparecido del cielo y una cegadora negrura cubre toda la tierra. 

-Homero, La Odisea, Canto XX-

viernes, 24 de julio de 2026

ESPAÑA ES LA ESTRELLA

 

[Publicado en medios de Vocento el martes 21 de julio] 

       España tiene un par, de estrellas, y la segunda la ha ganado en un Mundial donde las estrellas brillaron un tiempo y luego se fueron apagando para que resplandeciera el equipo estrella, la selección española. Es la lección de la Selección, otra vez: España es la estrella, no uno cualquiera de sus jugadores. Y eso que España tenía alguna estrella en el equipo, pero fue laminada por el juego colectivo. Es un símbolo de lo que somos, como país y como sociedad. Más comunidad que individuos, más pueblo que élites, como creía Ortega.

Al revés que en política, en el fútbol no se puede mentir. Lo que pasa en el campo es real. Lo que pasa en el campo es verdad, sin publicidad ni deformaciones mediáticas. Por eso el fútbol es juego y verdad, placer y realidad. Lo que pasa en el campo, por real y verdadero que sea, es también divertido e intrascendente. Por eso nos gusta tanto. Porque no engaña y gratifica al mismo tiempo. La propaganda y la demagogia desaparecen en cuanto el balón se pone en juego.

Jugar bien al fútbol, como ha hecho la España de Luis de la Fuente, supone seriedad y rigor, sistema y esfuerzo, brío y disciplina estratégica. Pero también sentido del juego y placer en el golpeo del balón. Goce goleador, pese al escaso acierto. Hay una dimensión lúdica primordial en el fútbol, clave de su atractivo mayoritario. Los norteamericanos tardaron mucho en descubrirlo, pero después de este Mundial de estrellas y golazos hasta el rey Trump ha caído seducido ante el vigoroso encanto del deporte rey donde España reina.

“Catasterismo” es la palabra inventada por los griegos antiguos para designar la transformación de los héroes terrestres en estrellas celestiales. “Catasterismo espectacular” es invención mía para explicar cómo el estrellato y los medios masivos van de la mano en los tiempos modernos, así en el cine y la televisión como en la música y el deporte. En el fútbol, al menos, las estrellas dan alegría y producen riqueza sin tanto cotilleo ni puesta en escena. Y también cansan, como Ronaldo, o se cansan, como Mbappé, Messi y Haaland, de liderar equipos que no están a su altura.

En este Mundial, para añadirle mordiente, todos los equipos con estrellas se han estrellado contra el excelente fútbol del equipo estrella. Lección política de actualidad para algunos partidos, que se estrellan una y otra vez en las urnas por empeñarse en salvar al líder estelar. No me olvido de que el mismo día en que el hermano de P. S. era condenado por la Audiencia Provincial de Badajoz, Pedro Porro, jugador español oriundo de esa misma provincia, metía el segundo gol contra Francia que dejaba el partido sentenciado y metía a España en la Final. Es la ley del fútbol. Siempre gana el mejor. Eso sí, no usemos el fútbol, como en otros tiempos, para encubrir nuestras miserias. 

martes, 14 de julio de 2026

MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 14)


250 años bajo el Imperio: Pasado, presente y futuro de los Estados Unidos de América | Pura Virtud