domingo, 14 de junio de 2026

BORGES Y YO

       Hoy se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Me acuerdo de dónde estaba aquel 14 de junio de 1986. Me acuerdo de un bar mugriento en un barrio de pescadores. Tomaba una copa con una pelirroja escultural (Elena) que era entonces para mí todo lo que podía desear en el mundo (v. Todas las hijas de la casa de mi padre). Una combinación explosiva de inglesa y andaluza que me parecía irresistible (hoy ya no tanto). Era una de las tres o cuatro "bellezas" con las que he estado en toda mi vida. Nuestra historia había empezado cinco años antes y terminado del todo hacía por lo menos dos y ahora se prolongaba esporádicamente entre la desidia amistosa de ella y mi insistencia inútil. Llevábamos meses sin vernos, cada uno encerrado en sus aventuras y vivencias íntimas, y habíamos estado paseando por la playa al atardecer como tantas otras veces. Durante el paseo, me había atrevido a besarla en la boca sin demasiado éxito; su pasividad e indiferencia me exasperaban tanto como su aceptación del hecho de que podía besarla sin consecuencias negativas ni tampoco positivas. Y ahora, ya de noche, descansábamos en un tugurio sucio y ruidoso cercano a la playa reponiéndonos de las emociones contrariadas del final de la tarde más que del esfuerzo físico del largo paseo por la arena. Fue entonces cuando la noticia de la muerte de Borges apareció en un pequeño monitor en blanco y negro al que echaba miradas de reojo para distraerme del silencio preñado que era la única forma de comunicación entre nosotros. La contundencia de los titulares que acompañaban a las imágenes me dejó sobrecogido. En efecto, había muerto el famoso autor del verso que mejor definía mi estado de ánimo esa noche y muchas anteriores: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. No había otra forma de decirlo y la inesperada muerte de Borges, a la que nadie prestaba atención en todo el local más que yo, venía en cierto modo a sancionarlo. Traté de explicarle a ella la importancia de Borges, primero, y su importancia para mí, después, como aprendiz de escritor, con toda la ignorancia y la ingenuidad, y también el deseo de seducir o impresionar, de mis veintitrés años. Apenas si me escuchaba, insensible al destino aciago de Borges, a quien desconocía, y a mi vano proyecto de asociarlo al mío. Hablarle de Borges, no obstante, era una buena excusa para poder mirarla a la cara sin avergonzarme. Mirarle la cara inexpresiva (los ojos, la boca, los pómulos, la nariz, la barbilla, etc.) con el deseo progresivo con que habría mirado también, de haber podido, otras partes de su cuerpo menos accesibles, reservadas desde hacía un tiempo a otros más afortunados. No era amor, es cierto, lo que sentía por ella aquella noche de final de primavera. No era el amor “con sus mitologías, con sus pequeñas magias inútiles”. Era puro deseo, no lo niego, desorbitada pasión carnal. En tal grado que no habría sabido diferenciarlos (“estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”). Hoy ya, escarmentado, ni me molesto en intentarlo. Pasaron las horas y nada cambió. Borges estaba muerto, según la televisión, y yo comprendí que siempre recordaría el momento de tristeza en que lo supe como aquel en que también supe para siempre que ella (“El nombre de una mujer me delata”) no volvería a amarme ni a desearme como había hecho cinco, cuatro, tres, dos años atrás.

Abolidas estas diferencias ridículas entre nosotros, un mes después, cuando tenía ya un novio nuevo y yo amigas nuevas y ella lo sabía, se presentó en mi casa sin avisar. Al saberme solo, organizó, con una excusa ingeniosa, un número exhibicionista que traía preparado y me tenía como espectador privilegiado. Como la conocía bien e intuía sus intenciones, me contuve más de lo necesario ante cada una de sus provocaciones erógenas. Nada le insinué con mis gestos, para no alarmarla, sobre mi creciente estado de excitación. Era una recompensa inmerecida y tardía, y ya no podía significar lo mismo para mí, aunque quería disfrutarla sin cortes. Me consolaba, durante el ritual abusivo, pensando que había otro hombre en alguna parte que sufriría más que yo si hubiera podido verlo todo, sin entender nada, ni el designio del acto ni sus secuelas privadas. Sabía que no era el primero ni sería el último agraciado con esa clase de maliciosos premios de consolación. Era su forma de declararme, a plena luz, lo superior que la hacía sentirse el deseo de los otros. No fue la última vez que la tuve tan cerca, desde luego, hubo otras ocasiones equívocas en nuestra relación posterior, pero prefiero olvidarlas por discreción y delicadeza. No vienen a cuento. Yo no amaba ni quería amar para nada a aquella pelirroja exuberante y caprichosa, quería abrazarla de nuevo, con todo mi cuerpo, darle placer y recibirlo al mismo tiempo, sin coartadas sentimentales ni trucos mentales. Como Borges a sus mujeres, reales o imaginarias. Lo siento por los idealistas y aún más por los frígidos y los tibios de este mundo (no hay otro). Ningún cuerpo puede descansar de verdad en paz si antes no ha agotado el caudal de experiencias y deseos que le ha sido dado experimentar como carne. Así Borges, ahora, cuarenta años después de entregar su cuerpo gastado a la infinitud, casi el doble de los que yo tenía por entonces, cuando vivía enfangado en los dilemas vulgares de la finitud… 

 


BORGES TOTAL 

La presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura, incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo, impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de Cervantes.

Borges era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el saludable modelo del iconoclasta ilustrado.

La cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia y la vida humanas. La función trascendental de las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.

En este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.

Sin embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón, Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].




[i] “La secta del Fénix”, en este sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la ingeniería, la cultura, etc.).

[ii] Basta leer “Examen de la obra de Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo contiene y refrena.

[iii] Borges no sería así un humanista tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un poshumanista en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.

[iv] Así, en “El jardín de senderos que se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”, haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico, Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores-pensadores del siglo XX, como Broch, Abellio o Musil, que pensaban que el mundo existente era una construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de los diversos poderes).

[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros). 

miércoles, 3 de junio de 2026

ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (2): VISIÓN GLOBAL

 [Samantha Harvey, Orbital, Anagrama, trad.: Albert Fuentes, 2025, págs. 194] 

La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, brillante escritor británico de ciencia ficción, es ahora una cultura global. Grandes autores contemporáneos, desde Margaret Atwood a Alasdair Gray, pasando, entre otros, por Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Vladimir Sorokin, Viktor Pelevin, David Mitchell, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, Thomas Pynchon, Ian McEwan, Richard Powers, Jeanette Winterson o David Foster Wallace, de un modo u otro, han incurrido en los recursos, los motivos, las formas y el estilo narrativo de la literatura de ciencia ficción con el fin de ser fidedignos a lo que les exigían como respuesta artística las nuevas versiones de la realidad, los avances de la tecnología y las ideas culturales dominantes. 


          Tiene razón James Wood, crítico discutible pero riguroso, cuando establece las bases de comprensión de este libro de Samantha Harvey (1975) sobre una paradoja que afecta al género literario con que identificarlo y a la lectura del mismo, o al papel del lector en el juego planteado por la autora. Sea o no una novela convencional, es evidente que Orbital participa de diferentes modos de discurso, diversos estilos o formas de dicción con los que sobrevuela la limitada peripecia de su trama y la convierte en un ejercicio de estilo o de estilos.

Podría definirse este libro de Harvey como un artefacto si el lector acepta ciertas verdades sobre el mismo que tienen consecuencias para su definitiva comprensión. Orbital representa a seis personajes en busca de autor: un sexteto de astronautas, cuatro hombres, dos rusos, un americano y un italiano, y dos mujeres, una japonesa y una británica, encerrados en una estación espacial que orbita en torno a la Tierra como una interrogación incesante sobre sus medios técnicos y sus fines científicos. Como Las Meninas, uno de los referentes inesperados citados por Harvey, este retrato de un colectivo humano desubicado en el espacio, un grupo deslocalizado o fuera de contexto, admite múltiples interpretaciones y, sobre todo, obliga a preguntarse sobre el verdadero propósito del relato.

La metáfora novelesca permite establecer una similitud entre la estación espacial, la nave que gira de manera vertiginosa alrededor del mundo, y el artefacto literario que traduce el contenido de esas órbitas circulares a través de las vivencias de los astronautas en la estación espacial y su observación excéntrica de las diferentes zonas del planeta desde una perspectiva global (naciones y regiones, fronteras y límites, la geopolítica conformando la identidad terrestre). Harvey ha construido su artefacto textual conforme a unas coordenadas espaciotemporales (24 horas y 16 órbitas terrestres) que intensifican las ondulaciones del discurso y confieren al libro una estructura formal tan rigurosa como mimética.

Es en este aspecto concreto donde las cuestiones en torno al género de esta obra se plantean con pertinencia. Orbital no es ciencia ficción exactamente ya que la ficción no sirve aquí para extrapolar, especular o fabular, tres funciones características del género, a partir de una premisa científica que el libro conduce hasta sus últimas consecuencias sin apenas alterar el curso literal del relato. Sería novela, sin embargo, en el sentido narrativo tradicional, al incluir seis personajes de ficción, los astronautas imaginarios que ocupan con sus cuerpos individuales el espacio ingrávido de la nave, sobre cuyas vidas pasadas y presentes se construyen o reconstruyen recuerdos, experiencias y pensamientos que les proporcionan cierta entidad o identidad.

Y, por último, dado que muchos de los pasajes más fascinantes del libro se atribuyen a la voz de una narradora impersonal, que los enuncia con vehemencia retórica, sutileza conceptual y sensibilidad lírica, también sería destacable la parte ensayística y filosófica del texto y sus frecuentes deslizamientos en el terreno de la poesía o la prosa poética. Gracias a estas digresiones elocuentes y necesarias, el texto del libro alcanza un vuelo aún más elevado que el proporcionado por las órbitas ascendentes o descendentes que lo conforman. La celebración de la fuerza (constructiva y destructiva) del afecto humano primordial y la pretensión tecnológica de comunicación extraterrestre, integrada en la Órbita 9, sería la pieza más intensa y bella, así como la evocación del calendario cósmico de Carl Sagan en la Órbita 13, mientras la nave desciende por el continente americano y asciende por el paisaje insular del Pacífico, sería uno de los segmentos más brillantes y lúcidos.

La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, es ahora una cultura global, en efecto, y, por tanto, ya no es necesario que un libro muestre los signos de su pertenencia genérica para que el lector los pueda reconocer. Harvey ha escrito una obra de ficción narrativa basada en las posibilidades de la ciencia y, en consecuencia, la poesía y el pensamiento que trasmite con su prosa trascienden todos los géneros conocidos.

jueves, 28 de mayo de 2026

MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 12)

 

El metaposcash: pynchonada en Madrid con Juan Francisco Ferré 

El día de la salida en España de A oscuras, la última novela de Thomas Pynchon, nos encontramos a Juan Francisco Ferré en la librería Dodó de Madrid. Y, coincidiendo con la presentación en Madrid de su última novela, Todas las hijas de la casa de su padre, hacemos el primer metaposcash de la Historia. De la mano de Juan Francisco Ferré y de nuestro amigo Joaquín Rodríguez, profundizamos en la obra de uno de los autores más misteriosos de todos los tiempos: Thomas Pynchon. Pynchon es, antes que el narrador de la entropía, como suele decirse, el escritor de la tecnociencia y de los procesos de desarrollo que han llevado a esta fase avanzada de la Modernidad postindustrial. Su obra es una cartografía del impacto de la industrialización y sus derivados sobre lo humano. Desde V a Al límite, pasando por La subasta del lote 49, El arcoíris de la gravedad, Vineland, Mason y Dixon, Vicio Propio y Contraluz. Analizamos su obra a partir de otros autores fundamentales de la posmodernidad (William Gaddis, John Barth, Robert Coover, David Foster Wallace, Bret Easton Ellis o Don DeLillo, entre otros) y de un concepto clave en la filosofía contemporánea: el rizoma, tal y como lo entendían Deleuze y Guattari.

lunes, 25 de mayo de 2026

LA MÁQUINA ESPECULATIVA (LA MÁQUINA DE ESPEJOS 4)

 

La Historia hay que equilibrarla con la ciencia ficción. Es la única forma de conservar la salud mental. 

-Don DeLillo, Fin de campo- 

          La ciencia ficción no es un género definido. Tampoco es un género cualquiera. En realidad, ni siquiera es un género. Es una mirada, un observatorio, un dispositivo de lectura, un viaje mental, una visión especulativa. La ciencia y la ficción del observador y lo observado cristalizan en la visión del escritor y el artista. La fusión de ciencia y ficción, desde los orígenes, está mediada por la imaginación. Por las imágenes y no solo por la invención o la fabulación. Las imágenes de la ciencia ficción aparecen en películas y series, acaso su formato más popular, y también en cuadros y novelas, relatos y esculturas, fotografías e instalaciones.

En todas esas formas y soportes, la idea del futuro es un componente esencial. El futuro o, más bien, la proyección del futuro en el presente, la sombra del futuro en los signos de la realidad. El arte y la literatura comparten la tarea de desciframiento de esa presencia enigmática. La quimera del futuro o la utopía del porvenir: ese lugar paradójico, ese lugar sin lugar más allá de la imaginación y el deseo. La literatura, el arte, modos milenarios del imaginario, revolucionan las visiones del futuro sin renunciar a las imágenes del pasado y aprenden a dialogar por su poder de trascender los límites de la imaginación para crear mundos nunca vistos. Los mundos posibles o imposibles, la otredad de los seres que los habitan y deshabitan, las criaturas fantásticas que los pueblan con exuberancia o terror.

La ciencia ficción funciona, como decía Fredric Jameson, generando arqueologías del futuro, es decir: imágenes del presente interpretadas con claves del futuro y perfiles del futuro, como los de Arthur C. Clarke, leídos en la actualidad de la experiencia. Pinturas, relatos, esculturas, novelas, ontologías del presente propulsadas, en la retina de la mente, hacia un futuro ficticio desde un presente reinventado a su imagen y semejanza. La ciencia ficción es un espejo que se anticipa y adelanta al tiempo racional de los relojes. Una máquina especulativa que viaja por el espacio-tiempo del cerebro hacia lo desconocido y lo nuevo. Una cartografía imaginaria de la visión prospectiva. 

lunes, 11 de mayo de 2026

TODAS LAS HIJAS EN LA CIUDAD DE LOS ESPEJOS (Y LOS ESPEJISMOS)


Ágil y lleno de escenas admirables, gamberro y cultísimo, cargado de erotismo y provisto de una apabullante densidad de significados, Todas las hijas de la casa de mi padre es un artefacto literario tan ambicioso como potente sobre el descubrimiento de uno mismo —que requiere buscar fuera: en los demás, en el arte— y sobre la búsqueda de la libertad.

(«Sexo, aprendizaje, Málaga y Shakespeare», Daniel Gascón, Babelia, El País)

Juan Francisco Ferré es uno de los narradores más peculiares, únicos e inimitables de las letras actuales. Imprescindible.

(Publishers Weekly)

En fin, esa predilección por la discrepancia es lo que empuja la novela de Ferré, que ofrece una revisión crítica —y gamberra, y lúcida, y despelotada— de ese momentum vibrante que cambió un país a finales de los 70. A diferencia de otras novelas, en esta, por obra y gracia del lenguaje, es posible incluso la invención de un mundo, el que pudo haber sido también la Transición.

(«Un evangelio apócrifo de la Transición», Santiago García Tirado, Quimera)

Son necesarios escritores como Juan Francisco Ferré, que arriesgan, que ponen su fértil imaginación al servicio de una narrativa muy necesaria que rompe cánones y abre nuevas perspectivas al quehacer novelístico.

Todas las hijas de la casa de mi padre, de Juan Francisco Ferré: el lenguaje osado y rico», Francisco Recio, Abril, El Periódico de Cataluña)

Leí con mucho gusto, jaleo, locura y admiración tu última novela. Menos mal que dios no quiso tantas cosas y que aquí están, a su pesar, tantas historias tremendas. Gracias por hacerme llegar el libro y por regalarme unas horas felices con él. 

(Luna Miguel, comunicación privada)

Su osadía literaria (formal y temática) es única en nuestros lares. Haces lo que Goytisolo pretendió en su narrativa, yendo aún más lejos, puesto que adoptas el punto de vista femenino y sitúas la acción en un país cutre como el nuestro y en un contexto en el que pensábamos que todo estaba permitido. Al final del libro dejas comprender que "tan solo fue un sueño". Quelle chute!...Es una lástima que no pueda traducirlo en sentido inverso, merece una difusión internacional. Esperemos que haya una editorial que sepa ver la audacia del libro.

(Emilio Blasco, comunicación privada)

Una voz femenina gnóstica, andrógina y carnal, quien, a modo de Sherezade, narra sus turbulentas peripecias en una urbanización de Málaga durante la Transición.

(Manuel Sollo, La Biblioteca de Manuel Sollo)

Quizá esta sea la descripción más cercana a la sensación subyacente que emana de leer novelas como Todas las hijas de la casa de mi padre. La misma en la que, tras cúspides muy altas como Karnaval y Providence, vuelve a asomar la genialidad del escritor en cuestión, a través de quien, una vez más, el caleidoscopio estilístico hilvanado transita los códigos del misterio, coming of age y la novela erótica, entre otras incursiones genéricas.

(Marcos Gendre, El Enano Rabioso)

Gran literatura y una de las novelas más brillantes del año.

(Héctor Márquez, El Tercer Piso)

Al igual que en novelas anteriores, como Karnaval (2012) o Revolución (2019), Juan Francisco Ferré despliega su arrolladora potencia verbal y su capacidad de fabulación en Todas las hijas de la casa de mi padre. Tan irreverente como cervantino, el autor ha sabido crear una novela de novelas, escrita en primera persona desde una voz femenina.

 Una Sherezade turbulenta, carnal y sexual», Diego Vaya, Diario de Sevilla, Málaga Hoy, Europa Sur)

En el panorama de la narrativa española reciente, el nombre de Juan Francisco Ferré es tan insoslayable como difícil de clasificar. Aunque alguna vez quisieron encasillarlo en la llamada Generación Nocilla, el desarrollo de su obra, con títulos como Providence, Karnaval, La vuelta al mundo, El rey del juego o Revolución, habla de una literatura personalísima y en permanente huida de las etiquetas fáciles. Algo que vuelve a suceder con su última novela, Todas las hijas de la casa de mi padre, publicada por Anagrama.

(Alejandro Luque, Revista Mercurio)

 


Y un día antes, en la Galería Max Estrella, LA MÁQUINA DE ESPEJOS 3:

ENCUENTRO EN LA TERCERA FASE 

EUGENIO AMPUDIA (Artista)

JUAN FRANCISCO FERRÉ (Escritor)