viernes, 17 de agosto de 2018

DIOSES Y BOLARDOS


[Esta columna se publicó en medios de Vocento el 29 de agosto de 2017, días después de los atentados de Barcelona y Cambrils, y expresa mi opinión de aquel momento. Nada de lo que se ha sabido desde entonces, por desgracia, me ha hecho cambiar de opinión. Un año después…]

A Juan Goytisolo

Los atentados terroristas sirven para todo. Los topicazos políticos y la repulsa ciudadana envuelven el horror de los asesinatos en un velo inexpugnable. Al mismo tiempo, los análisis inteligentes se desatan y así tenemos acceso a verdades terribles que las mentes pensantes, aún existen, se las arreglan para difundir rompiendo la barrera del ruido mediático.
            Algunos políticos han demostrado estar más interesados en salvar el culo que en proteger a los ciudadanos. Yo entiendo que las políticas de integración fracasan y que demonizar al musulmán es una actitud inicua y peligrosa. Pero no hay un dios que comprenda la situación del Islam en Cataluña. De ahí el múltiple impacto de los atentados. Una sociedad plural y diversa, fundada en la integración pacífica y el rechazo a las ideas xenófobas, según recordaban sus líderes, cómo ha podido suscitar la violencia asesina de los que ponen la ley de Alá por encima de la vida humana. Esa cultura abierta no se explica la carnicería terrorista sin engañarse, confundiendo tolerancia y respeto con masoquismo y autoflagelación. No se puede sostener una visión ingenua del otro sin poner la otra mejilla. «No tenemos miedo», en catalán o en español, es un lema concebido para encubrir los errores ideológicos de quienes no quieren afrontar con realismo el odio islámico a las sociedades libres, donde todo lo que su religión defiende como sagrado no es considerado un dogma.
La comunidad musulmana de Ripoll debería preguntarse qué ha fallado, por qué no controla a los fanáticos que ponen en peligro con sus crímenes atroces la supuesta convivencia multicultural. Todavía no sabemos si el imán infiltrado predicaba la verdad del Islam en la mezquita, ante sus fieles, o en la cutre furgoneta donde adoctrinó a la camada negra de los niñatos salafistas. Solo faltaba el yihadista de acento cordobés proclamando por internet la reconquista de al-Ándalus para meter el dedo en la llaga de la educación pública.
Es hora también de preguntarse quién financia las mezquitas, máquinas de propaganda al servicio del fundamentalismo islámico. El colonialismo nos ha hecho ricos y culpables, desde luego, pero no somos los únicos responsables de que numerosos países mahometanos hayan retrocedido en los últimos decenios a una era medieval de pobreza tercermundista y guerra permanente. Los petrodólares que alimentan el combustible del terrorismo con valores teocráticos lo hacen con una impunidad que solo se justifica por cínicas razones económicas.
Una religión que no tolera ser criticada no puede proclamarse religión de paz sino credo totalitario. Díganlo Salman Rushdie y tantos otros perseguidos por imanes y ayatolás. Los demócratas tampoco podemos aceptar que, tras haber desacreditado el poder de nuestras religiones, tengamos ahora que soportar la sinrazón de los mitos coránicos.
Mientras haya dioses sedientos de sangre sueltos por las calles, necesitaremos algo más que bolardos para protegernos.

viernes, 10 de agosto de 2018

DISPOSITIVO NEGATIVO



[Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo?, Anagrama, trad.: Mercedes Ruvituso, págs. 67]

Por ello la derecha y la izquierda que hoy se alternan en la gestión del poder tienen muy poco que ver con el contexto político del que provienen los términos y designan simplemente los dos polos -aquel que apunta sin escrúpulos a la desubjetivación y aquel que en cambio querría encubrirla con la máscara hipócrita del buen ciudadano democrático- de la misma máquina gubernamental.

-G. Agamben-

Uno puede leer solo a Baudrillard, Žižek y Jameson para entender la deriva terminal del mundo globalizado. Pero nadie puede entender nada en los cambios políticos de las últimas décadas y su conexión con la totalidad de la historia y la cultura occidentales si no ha leído a Giorgio Agamben, el pensador italiano que ha opuesto una potencia intelectual insospechada al “pensamiento débil” de moda en decenios anteriores.
Agamben es, en efecto, “el filósofo más importante, leído y respetado de la Europa actual”, y, sobre todo, un continuador crítico de Walter Benjamin y Martin Heidegger (con lo que este acoplamiento de adversarios ideológicos supone de estimulante) tanto como de Michel Foucault y Guy Debord, entre otros, por lo que la impronta de su pensamiento podría caracterizarse apresuradamente como el perfecto relevo del postestructuralismo francés y la escuela de Francfort, al mismo tiempo, una alternativa geopolítica imprescindible al pensamiento anglosajón de Richard Rorty y otros.
Sin embargo, Agamben es un pensador exigente e intempestivo, de ideas o argumentos de imposible aceptación en un contexto comunicativo dominado por lo que denomina el “pensamiento espectacular”, esa amalgama tóxica de tópicos sesgados y eslóganes ramplones con la que los poderes mediáticos polucionan la conciencia colectiva de las democracias occidentales. En Agamben hallará el lector, por el contrario, una inteligencia que persigue la esperanza en la desesperación del presente, la lucidez en la oscuridad del pasado y la promesa del futuro en el compromiso con una comunidad imposible.
De entre todos sus libros, tratándose de un pensador de una coherencia asombrosa a pesar de la multiplicidad de campos en los que ejerce su sabiduría y penetración intelectiva, destacaría Estancias, La comunidad que viene y, muy especialmente, la ingente tetralogía Homo Sacer, el tratado filosófico que ha revolucionado el pensamiento político contemporáneo al analizar el funcionamiento del poder y la organización social a partir de paradigmas extremos como el “campo de concentración” o el “estado de excepción”. La categoría más recurrente de Agamben, tomada de Foucault, la constituye la “biopolítica”, esto es, la lucha de la vida y las formas de la vida contra el poder que trata de someterlas a sus fines por medios a menudo ilegítimos: “la historia de los hombres no es acaso otra cosa que el incesante cuerpo a cuerpo con los dispositivos que ellos mismos han producido –con el lenguaje en primer lugar”.
En este libro se reúnen tres textos de Agamben sobre cuestiones tan decisivas como la importancia de los dispositivos en la definición histórica de lo humano, los equívocos de la amistad masculina como fundamento filosófico o la genealogía teológica de la economía. Esto se da en un primer nivel, ya que el discurso de Agamben adopta también la estructura de un dispositivo complejo y procede a registrar brillantes instantáneas de su ideario mientras las conecta en un montaje elíptico e intangible que, en el fondo, ofrece un despliegue integral de su pensamiento.
En resumen: la idea del dispositivo que produce sujetos que pugnan por ser contra los límites definidos por el mismo dispositivo (tecnológico, legal o cultural) que les da origen le permite abrir la vía por donde se llega a la sustitución ilegítima de la política como práctica redentora de la realidad degradada por una política mediática de consenso (dominante en las democracias actuales) y la conversión de la gestión económica en infernal por su deseo de control infinito de la actividad humana. Agamben finaliza su alegato asumiendo el impostado papel de profeta laico con la predicción catastrófica de una ruina institucional inminente y globalizada.

lunes, 6 de agosto de 2018

INSECTOS Y BACTERIAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 31 de julio]

     Hace un calor africano mientras escribo esto pensando en las bacterias que campan a sus anchas acelerando los procesos bochornosos de la vida. El verano es un tiempo idóneo para acordarse de ellas. La vida gira en círculos de complejidad creciente, desde hace 3.800 millones de años, y los humanos somos la última revolución de ese movimiento proliferante de la biología terrestre. Llevo una semana intrigado con el discurso provida de Pablo Casado. Para mitigar mi impaciencia, devoro el nuevo libro de Antonio Damasio: “El extraño orden de las cosas”.
No me molesta que la derecha sea derecha. Al contrario, detesto la indefinición ideológica y el pensamiento desleído. Me inquieta más que la izquierda no entienda cuál es hoy su papel y Sánchez no se atreva a cumplir sus promesas por miedo a poderes maléficos que podrían truncar su ambición de perpetuarse en el gobierno. Es bueno que la derecha se muestre como tal, católica, monárquica y nacionalista. El producto Casado es todo eso y mucho más. Cuanto más leo a Damasio, menos entiendo de qué habla el líder popular cuando habla de la vida con esa sonrisa de curilla fariseo. Su edad no le impide suscribir ideas que ya estaban muertas cuando nació. Casado quizá necesite cursar otro máster polémico para aprender que la vida no se reduce a la narrativa vaticana de la pareja reproductora, el feto sagrado y la familia nuclear. Y si no dispone de tiempo, que consulte al rey emérito, un vividor experto, con su alegre cohorte de Corinnas y sus paraísos fiscales o sexuales.
La vida del instinto básico es la de nuestras entrañables amigas las bacterias, que estuvieron aquí desde el principio y seguirán aquí cuando se haya extinguido cualquier otra forma de vida. O los insectos, que inventaron sistemas de organización social tan retorcidos como los nuestros y no se andan con tantos remilgos en cuestiones sexuales. La vida es evolución y cambio, exuberancia plástica y fuerza creativa, y no solo pasiones tristes, costumbres rancias y morales anticuadas. La vida brotó promiscua y libre en una charca de sopa primordial. Ahí surgieron las bacterias originarias. La existencia minúscula de esos organismos es un fenómeno tan extraño que los descubridores del ADN creyeron que su génesis era alienígena.
¿Qué es la vida?, esta es la pregunta retórica que formulan los científicos inteligentes como Damasio y los políticos conservadores como Casado pretenden contestar con valores reaccionarios. La vida es sentimiento y pensamiento, conciencia y sensación, fluye intensa por las células y nervios del cuerpo y conecta las neuronas del cerebro. Conviene pensar con cuidado, por tanto, qué vida queremos tener. Si la vida va a repetirse mil y una veces, como decía Nietzsche, más vale elegir bien. No le hagan caso a Casado y lean a Damasio.

miércoles, 1 de agosto de 2018

HUMOR PATAFÍSICO



[Alphonse Allais, La ciencia no respeta nada, La Fuga Ediciones, trad.: Laura Fólica, 2018, págs. 173]

Hace falta mucho sentido del humor para sobrevivir en este maldito mundo y nada mejor para cultivarlo con éxito que leer al gran Alphonse Allais (1854-1905), maestro de surrealistas y toda suerte de humoristas patafísicos del siglo XX.
Comienza uno leyendo esta estupenda antología de 37 textos de Allais y la ironía va in crescendo, como en un éxtasis sostenido de bromas, chistes y sarcasmos. Un análisis químico del agua bendita se convierte en una parábola irreverente sobre el conflicto entre ciencia y religión. Una alegre fiesta donde los invitados celebran un brindis por la inexistencia de Dios es interrumpida por la llegada inesperada de este, que se suma gustoso al festejo ateo. Un médico satisface los deseos de su esposa de unirse para siempre a su amante, acoplándolos como siameses platónicos. Una bala perdida hiere en la entrepierna a un soldado yanqui y acaba perforando y embarazando a una joven; etc.
Criado entre pócimas y recetas farmacéuticas y aficionado a la experimentación química, Allais tenía a la ciencia como objetivo predilecto de sus chanzas más corrosivas. En burlarse de las arrogantes ocurrencias de científicos e inventores, Allais solo tiene un igual: el Jonathan Swift de “Los viajes de Gulliver”. Pero la gravedad y amargura cristianas del gran satírico irlandés es aliviada en el escritor normando con guiños cómplices y una chispeante comprensión de la intrascendencia de la vida humana y sus fantasías de entretenimiento y ocupación.
Allais tampoco se queda atrás, fustigando la necedad y conformismo del ideario burgués finisecular, respecto de Flaubert, aunque este tenga un sentido trágico de la existencia del que el buen humor y el alma cómica de Allais huyen como de una enfermedad venérea. La religión, sus rituales y creencias absurdas, el matrimonio, pretexto para la infidelidad, y el patriotismo, como fanatismo del terruño, son también víctimas de sus pullas mordaces, pinchadas con agudeza como globos de fatuidad humana. La imaginación de Allais recurre con frecuencia a modalidades retóricas subversivas para revolucionar cualquier visión convencional de la realidad. Y es que Allais era tanto un humorista amoral como un hedonista libertario, un vividor excéntrico y un bromista cáustico.
Leyendo al influyente Allais se piensa en una tradición de literatura heterodoxa: los “cuentos jeroglíficos” de Horace Walpole, los “cuentos droláticos” de Balzac, el “espíritu” de Baudelaire, la estética nihilista de Lautréamont, la patafísica del Dr. Faustroll de Jarry, o en fabuladores truculentos como Ambrose Bierce (pienso en muchos de sus cuentos macabros y en esa obra extraordinaria muy poco conocida que es el Diccionario del Diablo) que hicieron del humor negro y el disparate y el capricho narrativos el fundamento de su ataque feroz al realismo decimonónico. Pero también en surrealistas canónicos como Breton, que lo reivindicó como precursor en su famosa antología, y en las juguetonas homofonías de Roussel y Duchamp. Y en español, donde el humor literario tiene mala prensa desde siempre, a pesar de Cervantes y Quevedo, solo cabe pensar en el gran maestre del humor del siglo XX, Cabrera Infante, que se tomó muy en serio a Allais, como este quería, y produjo una incontable serie de parodias y perversiones originales escritas a la manera de Allais en libros irrepetibles como “Tres tristes tigres”, “Exorcismo de esti(l)o” o “Puro humo”, donde Allais era citado como influencia disolvente (reproduciendo su relato “La pipa olvidada”, incluido aquí) e imitado con una delirante historieta circense.
Allais fue un maestro del ingenio irónico y la pirotecnia verbal, las paradojas de la lógica demente y la inteligencia crítica de la estupidez humana, como Lewis Carroll. Carroll, precisamente, definió así el principio comunicativo último, plagado de equívocos retruécanos y maliciosos malentendidos, de la literatura única de Allais: “la naturaleza humana está hecha de tal modo que todo lo que escribas seriamente es tomado como una broma, y todo lo que digas como una broma es tomado seriamente” (Silvia y Bruno). No se puede explicar mejor. 

domingo, 29 de julio de 2018

ESE OSCURO DESEO DE BUÑUEL




[Hoy se cumplen treinta y cinco años de la muerte de Luis Buñuel. Valgan estas reflexiones personales como reconocimiento a la influencia seminal (intelectual y creativa) de su cine sobre mí.]

Antes, estaba el ojo, el ojo cualquiera, programado, puritano, ciego y muerto de un navajazo. Y luego nació un nuevo ojo y, con él, una nueva mirada sobre el mundo, la de un cineasta que ha intentado operarnos de una catarata crónica.

-Jean-Baptiste Thoret-


Sobre Buñuel, tan diseccionado como malentendido por cierta crítica perezosa, sólo apuntaría que es el cineasta que menos respeto ha demostrado, desde sus comienzos, por el modelo narrativo convencional como consecuencia del escaso respeto que muestra en todas sus películas y en sus opiniones a los modelos morales mayoritarios (los extraídos de los códigos maniqueos y judeocristianos tanto como de los códigos modernos de la creencia en el progreso y los derechos humanos, por no hablar de los establecidos por la estupidez humana, la cualidad más hostil a su cine junto con la seriedad dogmática). La secuencia final de Tristana, cuando la muerte de Don Lope descompone el sistema narrativo decimonónico (galdosiano) de la trama (invirtiendo el orden cronológico de los planos y los tañidos fúnebres de la banda sonora), es la más evidente exposición de sus corrosivos efectos e intenciones. Un cineasta formado en la lectura de Sade y Lautréamont no podía sino ofrecer un cuadro sulfúreo del orden social y las relaciones humanas. Si sólo fuera por esto, ya Luis Buñuel ocuparía para mí el pináculo de un arte como el cinematográfico tan supeditado habitualmente, incluidas muchas de sus muestras más brillantes, a los imperativos del conformismo y la servidumbre a la mediocridad. Para hacerse una idea de la amplitud de su talento, ofrezco una lista de películas imprescindibles de Buñuel (aunque ninguna de las otras me produzca indiferencia o desprecio). Sin ellas, mi concepción del cine, como equivalente estético de la literatura o las artes plásticas, no sería en absoluto la misma.

Las doy en orden cronológico para no desvirtuar su importancia individual:

Un perro andaluz
La edad de oro
Él
Ensayo de un crimen
Viridiana
El ángel exterminador
Simón del desierto
Belle de Jour
La Vía Láctea
Tristana
El discreto encanto de la burguesía
El fantasma de la libertad
Ese oscuro objeto del deseo


            Se echarán en falta en esta lista esencial Tierra sin pan, Los olvidados y Nazarín, sobrevaloradas por muchos beatos buñuelianos a causa de su supuesto realismo, para mí son logros parciales que cuentan con secuencias magníficas e ideas ingeniosas, pero no llegan a la altura estética e intelectual de estas otras películas. En todas ellas se contiene el específico del cine de Buñuel con unos grados de pureza e intensidad irrepetibles: la mirada penetrante sobre la naturaleza humana, el sentido del humor omnipresente, la insolencia y la falta de respeto generalizada, el dispositivo estético más imaginativo. En este sentido, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad son auténticos manuales de instrucciones sobre el funcionamiento del orden social. Y El fantasma, en particular, supone, además de una burla ofensiva del ideal humano más inalcanzable (la libertad), la taxonomía gramatical más sistemática de la arbitrariedad de los signos sociales puesta en imágenes por un lingüista perverso.

Belle de Jour y Ese oscuro objeto del deseo, por si fuera poco, se cuentan entre las películas más eróticas de la historia, aquellas que han abordado el erotismo y la sexualidad humana del modo más desinhibido y lúcido; mientras Los ambiciosos y Susana, carne o demonio, son dos piezas menores sobrecargadas de erotismo fetichista y malicia sexual gracias al tratamiento naturalista que Buñuel concede a sus actrices respectivas (la seductora María Félix y la "diabólica" Rosita Quintana). Y es que otro de los indiscretos encantos de Buñuel radica, precisamente, en esta insinuante presencia de lo femenino, como encarnación del deseo dentro y fuera de la pantalla, entre los múltiples monstruos (masculinos) de su áspero cine. Además de las citadas, la nómina de actrices es extensa y variada: Lia Lys (La edad de oro), Katy Jurado (El bruto), Lilia Prado (Subida al cielo), Estela Inda (Los olvidados), Miroslava Stern (Ensayo de un crimen), Silvia Pinal (Viridiana, El ángel exterminador y Simón del desierto; para mí, la neumática Pinal es la número uno, ex aequo con Deneuve, de la galería buñueliana de actrices), Lucía Bosé (Cela s´appelle l´aurore), Simone Signoret (La muerte en ese jardín), Jeanne Moreau (Diario de una camarera), Key Meersman (La joven), Catherine Deneuve (Belle de Jour y Tristana), Stephane Audran (El discreto encanto de la burguesía), Angela Molina y Carole Bouquet (ambas, como cara y cruz del deseo, reverso y anverso de la misma mujer fatal, en Ese oscuro objeto del deseo). Como se puede ver, el corpus cinematográfico de Buñuel es el más erotizado y no sólo el más transgresor y subversivo de la historia.

No pocos críticos y espectadores, de los considerados estilistas, se impacientan con las negligencias técnicas de Buñuel, mientras alcanzan el éxtasis reverente con directores de mundos tan limitados y valores morales tan chapados a la antigua como Ford o Capra. La respuesta, como tantas otras veces, la tiene Hitchcock, que siempre admiró a Buñuel por su ingenio fílmico, pero estos cinéfilos de sacristía no se atreven a preguntarle por miedo a descubrir la verdad de su error. La supuesta informalidad de Buñuel es la patente manifestación de que los moldes narrativos que violentaba con sus postulados le quedaban exiguos (como muestra el ejemplo de Tristana mencionado más arriba). Es la entera tecnología narrativa que nace de Griffith y se apodera de la totalidad del cine (con su moralina suplementaria: Las dos huerfanitas o Lirios rotos como paradigmas de una defensa ingenua de la castidad femenina que habría hecho reír a carcajadas al Sade de Justine, y acarreó la condena hipócrita de Stroheim tras perpetrar las orgías mundanas de Esposas frívolas, La viuda alegre o Merry Go Round), la que sería corrompida por la mirada libertina de Buñuel a fin de hacer pasar en ese formato más o menos convencional una visión iconoclasta del mundo que, un siglo antes, sólo habría sido posible expresar en la literatura más atrevida o en la filosofía más intempestiva.

martes, 24 de julio de 2018

SEXO ORACULAR



De todos es sabido que los hombres cosifican a las mujeres. Pero ninguna de nuestras evaluaciones de pechos y piernas de las féminas puede compararse con el frío cálculo de una mujer en el mercado del semen. 

-J. Eugenides, "Jeringa de cocina"-

 [Jeffrey Eugenides, Denuncia inmediata, Anagrama, trad.: Jesús Zulaika, 2018, págs. 315]

Las vírgenes suicidas cumple veinticinco años y esta excelente recopilación de diez relatos, publicada mientras Eugenides afronta la tarea hercúlea de escribir su cuarta novela, permite evaluar el designio original de su obra con una perspectiva panorámica.
Un sector de la crítica anglosajona señala que el dinero es el motivo recurrente de la literatura de Eugenides. En mi opinión, sin negar la importancia de la economía en el diseño de sus tramas, el gran tema de Eugenides, haciendo un guiño a su apellido griego, es el sexo, aunque solo aparezca de refilón en sus historias, como suplemento a la vida racional de sus protagonistas, gente de clase media enfrentada a dilemas que la especie humana conoce y padece desde los orígenes de la cultura. En sus ficciones, el sexo entra por las ventanas, como un intruso, por más que sus personajes les cierren las puertas con llave y candado si hace falta. 
En su magistral trilogía novelesca (Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial) completa un ciclo fascinante que replica las estaciones mentales de un (im)posible viaje a la madurez sexual de la especie. El gen de Eugenides, o el principio genético de su narrativa: desde el primitivo tabú de la virginidad y sus agresiones y transgresiones sociales, o la dudosa poesía intersex y sus perversiones prosaicas, hasta la prosa conyugal desengañada y más, mucho más allá.
El sexo no es, por supuesto, la representación del sexo, pornográfica o no, sino la sexualidad humana, la división en géneros incompatibles, la urgencia del deseo erótico y la pulsión genuina de reproducirse, la genética egoísta y las miserias del afecto y el sentimiento, el simulacro del amor y los ceremoniales colectivos que conjuran la atracción carnal entre cuerpos y la hacen socialmente aceptable y útil. En esto, Eugenides es extraordinario. No existe otro escritor comparable en agudeza y sensibilidad, ingenio e inventiva narrativa, así como en expresión de emociones y sensaciones.


Eugenides estudió en la Universidad de Brown, donde aprendió con el maestro Jack Hawkes todo lo que necesita conocer un discípulo sobre la literatura y la vida para poder hacer una contribución significativa a la historia de su arte. En esa prestigiosa universidad debió entrar en contacto con las avanzadas teorías científicas de Anne Fausto-Sterling sobre la multiplicidad sexual, y familiarizarse, de paso, con las tesis neodarwinistas de Richard Dawkins. Muchos de los relatos más logrados de esta colección demuestran que sus torturados personajes, antes o después de experimentar conflictos financieros, deben afrontar los rituales iniciáticos del sexo, sus trampas mentales y desafíos afrodisíacos.
“Jeringa de cocina” (1995), escrito después de Las vírgenes suicidas, escenifica los problemas de una cuarentona italoamericana para ser madre cuando ya ha realizado sus propósitos profesionales y decide organizar una fiesta de inseminación en su apartamento durante la que un donante seleccionado depositará su semilla en una taza. El narrador es un antiguo amante y la ironía sobre la masculinidad está servida desde el título (ver cita más arriba). “La vulva oracular” (1999), un relato perturbador y polémico, precursor intelectual de Middlesex (2003), su exitosa segunda novela, es de lectura obligatoria hoy. Un supuesto experto en los misterios genitales de la intersexualidad ve refutadas sus teorías culturales no solo por una rival potente sino por las prácticas ancestrales de una tribu guatemalteca donde la escisión de los sexos es radical (hombres y mujeres viven separados en chozas distintas dentro del poblado) y los futuros hombres se vigorizan durante la infancia y la adolescencia mediante orgiásticas ingestiones de semen.
Y dos relatos más recientes, “Buscad al malo” (2013), sobre la imposibilidad ontológica de la pareja y el matrimonio vista desde la perspectiva del miembro masculino, y “Denuncia inmediata” (2017), sobre la falsa violación de una menor y la corrección política como nueva conciencia colectiva o tribunal social, revelan una vez más cómo la fascinante narrativa de Eugenides extrae toda su fuerza del laberinto hipermoderno del Eros. La serenidad espiritual que transmite otro gran relato de la serie (“Correo aéreo”; 1996) se relativiza cuando el lector recuerda que su ascético héroe (Mitchell Grammaticus) es el pretendiente fallido de la protagonista de la última novela de Eugenides (La trama nupcial; 2011), donde la complejidad sentimental de las relaciones, el desencuentro sexual y el devenir de la vida alcanzan un éxtasis irrepetible.

viernes, 20 de julio de 2018

FOTOGENIA



[Publicado en medios de Vocento el martes 17 de julio]
           
Si las cámaras no te quieren, no existes. Si las cámaras te adoran, eres un dios o una estrella. Como Cristiano Ronaldo, que se considera una belleza atlética y se divorcia del Real Madrid, me sugiere una amiga maliciosa, para iniciar una carrera de modelo o de empresario de marcas de moda más cerca del Olimpo milanés. En el futuro, tendremos acceso a la cara y el cuerpo de nuestros deseos. Mientras tanto, nos toca lidiar con el diseño genético que nos han endilgado. Los humanos hemos vivido siempre prisioneros de la imagen del espejo, pero en este siglo padecemos la dictadura de la imagen en la pantalla. Si no tienes buena imagen, o no sabes gestionarla, lo tienes crudo. Basta con ver a Juncker tambaleándose ebrio a la salida de la cumbre atlántica y sostenido por sus abochornados colegas para diagnosticar lo que no funciona en la UE sin necesidad de preguntarle a Trump, que pasa por su lado con mirada de asco cogido de la mano de la dulce Melania. Europa va tan mal que hasta el Brexit es un fiasco.
En España, pese a la penosa imagen del Mundial, todo va bien. Tenemos a Pedro Sánchez, el campeón de la imagen cosmética. Sánchez es la envidia europea, ahora que Macron evidencia sus déficits. Fotogénicos o no, los políticos socialistas siempre sabían dónde estaba el objetivo de la cámara y desde qué ángulo afrontarlo con éxito. Pero Sánchez supera a sus precursores. Y lleva un mes gobernando a golpe de imagen. Una gestión estética de signos es más eficaz como mensaje político que todo el ruido parlamentario. Aquí sus contrincantes fracasan. Las primarias populares dieron una imagen terrible. Por más vídeos irónicos que difundan, el pugilato entre candidatos incompatibles es menos vibrante que el beso de Mario Casas y Blanca Suárez en plena caravana del Orgullo Gay. Ciudadanos lo lleva peor. El fármaco antiinflamatorio administrado por el líder socialista en Cataluña los ha desinflado. Cuando Sánchez convoque elecciones, Rivera e Iglesias se miraran a la cara con estupor preguntándose qué hicimos mal. La supresión de la “tasa rosa” es la ocurrencia suprema del gabinete quirúrgico del doctor Sánchez. Mis amigas feministas no entienden aún si es un guiño frívolo al colectivo o una estrategia para atraer el voto milenial, tan combativo contra la manada machista.
Mi padre, francés antimonárquico, decía siempre que al rey Borbón solo lo movían el bolsillo y la bragueta. No en ese orden. El pueblo español concedió durante tres siglos lujos y privilegios a una dinastía parasitaria que nuestros inteligentes vecinos no tardaron en destronar. El descrédito actual de la imagen de marca de la monarquía, más allá de los escándalos sexuales o financieros, tanto monta, confirma con cinismo lo que muchos encubrían. Cuál era el precio real de la democracia.