250 años bajo el Imperio: Pasado, presente y futuro de los Estados Unidos de América | Pura Virtud
martes, 14 de julio de 2026
sábado, 4 de julio de 2026
ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (3): TIBURÓN EN EL CUATRO DE JULIO
When those uptight Europeans complain about American vulgarity, what they're really objecting to is this jubilantly smug and fatal excess that insinuates itself into all of our endeavors. In point of fact, they "squander" themselves as much and as lethally as we do; but they always dignify their stupidities with the factitious resonances of high tragedy. Here, things are different. We prefer to repeat history a second time, as farce. Instead of hearkening patiently to the voice of Being, strolling alongside Heidegger on a tranquil pathway in the Black Forest, we'd much rather take a raucous rollercoaster ride past the Bavarian castle in Disneyland. The smiley face is our answer to the anguish of being-towards-death. There's far greater delirium in everyday tackiness than there is in apocalyptic sublimity.
-Steven Shaviro, Doom Patrols, “Walt Disney”, p. 15-
En este
sentido, convendría tener en cuenta que la cultura popular y el sistema de
géneros han servido siempre en América, tanto en el cine como en la literatura,
la televisión o el cómic, para expresar conflictos sociales, sexuales,
políticos o raciales sin tener que adoptar los formatos de la alta cultura de
importación europea, con sus evidentes limitaciones y posible esterilidad a
ultranza; y para dar salida, además, a identidades problemáticas, a traumas
ocultos y experiencias personales o colectivas difíciles de asumir en discursos
mucho más respetables y prestigiosos, avalados por la enseñanza y los valores
culturales así llamados superiores.
-Providence, p. 127-
Leí esta novela de Peter Benchley por primera vez cuando
tenía catorce años y era un fan total de la película de Spielberg. Releída hoy,
en flamante traducción, me asombra la precocidad de aquella lectura. Hay tanto
contenido en esta novela para fascinar o intrigar a un adolescente como a un
adulto de cualquier época.
Fue Fredric Jameson quien descubrió, a finales
de los setenta, en su ensayo seminal “Reification and Utopia in Mass Culture”
(recopilado en Signatures of the Visible,
pp. 9-34) que Tiburón, la novela
tanto como la película, era un producto paradigmático de lo que se consideraba
entonces la cultura de masas. Una obra, literaria o cinematográfica, que atraía
a la masa de espectadores y lectores con el reclamo de una problemática social
y política que concernía sus preocupaciones más acendradas al tiempo que les
ofrecía, sin abandonar los placeres de la ficción, incrementándolos incluso,
una solución simbólica o una catarsis espectacular que solía complacer al
público y aquietar sus inquietudes, conscientes o inconscientes.
Cincuenta años después, la cultura de masas, pese
a las mutaciones interminables de la vida, la cultura y la tecnología, no
responde a otras leyes diferentes de las que regían en aquel momento culminante
del siglo XX que fueron los años setenta, cuando la América de Nixon se hundía
en el descrédito tras la derrota en Vietnam y la vergüenza del Watergate, la
contracultura de los sesenta reculaba amedrentada ante sus propios excesos y la
revolución neoconservadora de Reagan calentaba motores con una energía tan
descomunal como la de la bestia submarina que aterrorizaba las amenas playas de
la isla Amity, pobladas de veraneantes hastiados de corrupción y violencia, en
plena celebración del 4 de julio.
Y aquí aparece la figura del tiburón, ese Leviatán
atlántico, el pez inteligente de fauces aceradas y sonrisa burlona que desafía
a sus perseguidores y se ríe de todos sus esfuerzos por capturarlo. Él es la
presencia totémica de la novela, la criatura mítica, el antagonista poderoso,
la bestia antediluviana que ataca a los bañistas y a los pescadores con la
misma ferocidad e indiferencia de una deidad primordial lovecraftiana. Como
anuncia la sabia puritana del lugar, Minnie Eldridge, que lo conoce todo sobre
los orígenes e historias de la isla, el tiburón ha venido a las playas de Amity
con un propósito, siguiendo una orden divina, un imperativo bíblico de
purgación y limpieza de una comunidad enferma, y solo obedece la “voluntad de
Dios” de castigar a los habitantes de la zona por sus pecados. Como en Los pájaros de Hitchcock, evidente modelo
de la novela y la película, el restablecimiento del orden tradicional es el fin
utópico de la historia. Es decir, un imposible histórico.
Entre Moby
Dick y El viejo y el mar, esta es
la tradición literaria norteamericana en la que se inscribe Tiburón. En la Parte III del libro se
escenifica el duelo agónico, un dúo antagónico, entre el viejo pescador
Quint, un primitivo exterminador de peces que no reconoce leyes ni límites en
su voluntad de supervivencia y dominio terrestre, como el Ahab de Melville, y
el joven ictiólogo Hooper, un científico rico y de alta cuna atraído por la
vida salvaje y movido por instintos y pulsiones animales que lo convierten en
un amante feroz y un cazador ambiguo y peligroso, en beneficio del policía
Brody. Al final, el lector se conforma con ver al tiburón hundiéndose como un
fantasma en la profundidad oceánica, sin saber si sobrevivirá o no a sus
heridas en el fondo oscuro, a través de los ojos enrojecidos de Brody, el
hombre normal, el ciudadano medio, víctima de todos los poderes, las crisis y
los sistemas de clase heredados, siendo también el sostén del sistema
democrático, su único valedor real.
El mar como elemento primordial, como lugar donde
lo humano y lo social confrontan la otredad de la naturaleza, como decía
Jameson aludiendo a las visiones míticas de teóricos como Northrop Frye,
Heidegger o Jung, por no hablar de Otto Rank (el “trauma del nacimiento” al que
consagré “La escuela escuálida”, el relato escrito para celebrar con ironía los 20 años del estreno de Tiburón).
De ese modo, el juicio de esa otredad que es el mundo natural, hacia el que el
mundo humano siente tanta fascinación como repulsión, deseos de regreso y
rechazo visceral, es un juicio que va más allá del bien y del mal y que afecta a
los fundamentos mismos de la civilización y la cultura definidos por el
transcurso del tiempo y la historia, desde los orígenes más remotos hasta el
presente inaprensible de cada época. El tiburón, a su vez, admitiría una
lectura revolucionaria al servicio de la clase media, en contra de sus enemigos
sociales, los profesionales anticuados y las clases ricas y privilegiadas, la
cultura pija que acaba lastrando el desarrollo de las sociedades. La mordedura
del mar se revela, en definitiva, menos peligrosa y dañina que las dentelladas
del mal en la vida social, como demostró el incidente de Chappaquiddick (Martha´s Vineyard), aludido al sesgo en la novela y la película, con
las mandíbulas relucientes de los Kennedy devorando la vida de la pobre
Mary Jo Kopechne.
En el fondo, la estupenda novela de Benchley es el
perfecto complemento a la magistral película de Spielberg. Todo lo que esta
deja fuera, excluye de su metraje o pasa por alto por conveniencia o prejuicio,
es lo que la novela incluye como retrato psicológico, social, político, sexual
y comunitario de los años setenta. Psicoanálisis de la superficie, la novela
contiene todo lo que reprime la película, por eso causó tanto escándalo en su
tiempo. Y para adaptarla con fidelidad hubiera sido necesario combinar el
talento de directores extraordinarios como Mike Nichols, Robert Altman, Sidney Lumet
o Arthur Penn, además del genio de Spielberg para la acción y el terror. Lo más
curioso de todo, comparando narrativas, es que un solo escritor (Benchley) sepa
manejar los múltiples recursos y registros estilísticos con la misma maestría que
ese repóquer de ases cinematográficos. Lo que dice mucho sobre por qué Tiburón ha superado la prueba del tiempo
hasta convertirse en un gran clásico de la novela popular. Bendita novela
popular.
lunes, 29 de junio de 2026
MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 13)
Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
jueves, 25 de junio de 2026
HOMO DEUS
Hombre
Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo
sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción
planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las
elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla
español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como
un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así
suena a blasfemia, pero no lo es.
De la
visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho
ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica
Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes,
sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su
fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que
cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa
Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento
vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos.
De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor,
frente a la barbarie musical de un cantamañanas.
Gracias a
la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos
descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La
identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a
ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es
omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el
párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación
tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de
la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no
necesitan creer.
La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus.
martes, 23 de junio de 2026
PENA, PENITA, PENA
[Publicado en medios de Vocento el martes 12 de mayo]
Visto
y revisto para sentencia queda el juicio contra Ábalos y Koldo, qué pena,
chivos expiatorios de una trama que no se atreve a decir todos sus nombres.
Todos los nombres de la trama criminal conducen a donde conducen, no cabe duda,
aunque el fiscal Luzón se ofusque y pretenda disimular, qué pena. Mientras la
actitud de los reos recuerda a Beckett y no al gurú Saramago, precisamente.
Esperando el indulto, así se titula el bodrio teatral escenificado para salvar
la cara del partido y del líder. Archivos expiatorios, eso también, de un
proyecto político más que amortizado a cuenta del erario público. Pena de país,
con o sin la visita del hantavirus, quién te ha visto y quién te ve en las
tertulias de TV. Mucha pena.
Pena,
penita, pena da Ábalos mintiendo ante los jueces del Tribunal con descaro supremo.
Nunca un personaje, creo, desde los tiempos del tenor Juan Tenorio, ha dado
tanta pena al enfrentarse desnudo a la verdad pornográfica de su vida. Ya sé que
penal viene de pena, no de pene. Qué pena. Pero el caso, señoría, se las trae
en tal sentido. Dígalo Koldo, el escudero procaz. Pero con este hombre, nada
menos que todo un hombre, un macho socialista y feminista hasta las trancas, enamorado
hasta el tuétano, como su jefe, y con la nariz más larga que este de tanto
mentir en público y en privado; con este hombre, digo, se confunden todas las
categorías, humanas y divinas. Qué pena.
El
horizonte penal del semental de marras es inversamente proporcional a sus
éxitos sexuales. Koldo lo sabe mejor que nadie. Su amo y señor no tiene igual.
Pagaba por estar enamorado y el corazón partido le funcionaba como un fondo de
inversiones a corto, medio y largo plazo. Dónde estará el fruto de tanta
mordida, tanto bocado suculento y tanta caricia sensual. Cuatrocientos euros
por una tarde de pasión o cuatro millones por un amaño inmobiliario saben a
poco. La memoria se licúa, los datos y metadatos bailan un tango, una rumba o
un chotis. Basta con mirar la facha de Koldo respondiendo al fiscal, o la de
Ábalos escuchando las profecías del abogado de Aldama, para entender lo incurable
que puede llegar a ser la amnesia histórica. Qué pena.
Así vamos, camino de la perdición y el reproche. Hay canallas y canallas. La clase y el talento no se compran con una moción de censura y un puñado de votos podridos. A ver si se acaban pronto el culebrón y el culebreo. Visto para sentencia y escarnio de la mayoría que paga impuestos y ve para qué sirven. Nada está a salvo de la propaganda. El machismo es socialismo, o viceversa, en la boca viciosa de Ábalos, y las feministas del PSOE le pagan los servicios prestados con un silencio escandaloso. Que el cielo las juzgue. Espero que, en adelante, no vuelvan a empinar el dedo acusador con tanta prepotencia. Pena, penita, pene. Pena.
domingo, 14 de junio de 2026
BORGES Y YO
Hoy
se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Me acuerdo de dónde estaba
aquel 14 de junio de 1986. Me acuerdo de un bar mugriento en un barrio de
pescadores. Tomaba una copa con una pelirroja escultural (Elena) que era
entonces para mí todo lo que podía desear en el mundo (v. Todas
las hijas de la casa de mi padre).
Una combinación explosiva de inglesa y andaluza que me parecía irresistible
(hoy ya no tanto). Era una de las tres o cuatro "bellezas" con las
que he estado en toda mi vida. Nuestra historia había empezado cinco años antes
y terminado del todo hacía por lo menos dos y ahora se prolongaba
esporádicamente entre la desidia amistosa de ella y mi insistencia inútil.
Llevábamos meses sin vernos, cada uno encerrado en sus aventuras y vivencias
íntimas, y habíamos estado paseando por la playa al atardecer como tantas otras
veces. Durante el paseo, me había atrevido a besarla en la boca sin demasiado
éxito; su pasividad e indiferencia me exasperaban tanto como su aceptación del
hecho de que podía besarla sin consecuencias negativas ni tampoco positivas. Y
ahora, ya de noche, descansábamos en un tugurio sucio y ruidoso cercano a la
playa reponiéndonos de las emociones contrariadas del final de la tarde más que
del esfuerzo físico del largo paseo por la arena. Fue entonces cuando la
noticia de la muerte de Borges apareció en un pequeño monitor en blanco y negro
al que echaba miradas de reojo para distraerme del silencio preñado que era la
única forma de comunicación entre nosotros. La contundencia de los titulares
que acompañaban a las imágenes me dejó sobrecogido. En efecto, había muerto el
famoso autor del verso que mejor definía mi estado de ánimo esa noche y muchas
anteriores: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. No había otra forma de
decirlo y la inesperada muerte de Borges, a la que nadie prestaba atención en
todo el local más que yo, venía en cierto modo a sancionarlo. Traté de
explicarle a ella la importancia de Borges, primero, y su importancia para mí,
después, como aprendiz de escritor, con toda la ignorancia y la ingenuidad, y
también el deseo de seducir o impresionar, de mis veintitrés años. Apenas si me
escuchaba, insensible al destino aciago de Borges, a quien desconocía, y a mi
vano proyecto de asociarlo al mío. Hablarle de Borges, no obstante, era una
buena excusa para poder mirarla a la cara sin avergonzarme. Mirarle la cara
inexpresiva (los ojos, la boca, los pómulos, la nariz, la barbilla, etc.) con
el deseo progresivo con que habría mirado también, de haber podido, otras
partes de su cuerpo menos accesibles, reservadas desde hacía un tiempo a otros
más afortunados. No era amor, es cierto, lo que sentía por ella aquella noche
de final de primavera. No era el amor “con sus mitologías, con sus pequeñas
magias inútiles”. Era puro deseo, no lo niego, desorbitada pasión carnal. En
tal grado que no habría sabido diferenciarlos (“estar contigo o no estar
contigo es la medida de mi tiempo”). Hoy ya, escarmentado, ni me molesto en
intentarlo. Pasaron las horas y nada cambió. Borges estaba muerto, según la
televisión, y yo comprendí que siempre recordaría el momento de tristeza en que
lo supe como aquel en que también supe para siempre que ella (“El nombre de una
mujer me delata”) no volvería a amarme ni a desearme como había hecho cinco,
cuatro, tres, dos años atrás.
Abolidas estas diferencias ridículas entre nosotros, un mes después, cuando tenía ya un novio nuevo y yo amigas nuevas y ella lo sabía, se presentó en mi casa sin avisar. Al saberme solo, organizó, con una excusa ingeniosa, un número exhibicionista que traía preparado y me tenía como espectador privilegiado. Como la conocía bien e intuía sus intenciones, me contuve más de lo necesario ante cada una de sus provocaciones erógenas. Nada le insinué con mis gestos, para no alarmarla, sobre mi creciente estado de excitación. Era una recompensa inmerecida y tardía, y ya no podía significar lo mismo para mí, aunque quería disfrutarla sin cortes. Me consolaba, durante el ritual abusivo, pensando que había otro hombre en alguna parte que sufriría más que yo si hubiera podido verlo todo, sin entender nada, ni el designio del acto ni sus secuelas privadas. Sabía que no era el primero ni sería el último agraciado con esa clase de maliciosos premios de consolación. Era su forma de declararme, a plena luz, lo superior que la hacía sentirse el deseo de los otros. No fue la última vez que la tuve tan cerca, desde luego, hubo otras ocasiones equívocas en nuestra relación posterior, pero prefiero olvidarlas por discreción y delicadeza. No vienen a cuento. Yo no amaba ni quería amar para nada a aquella pelirroja exuberante y caprichosa, quería abrazarla de nuevo, con todo mi cuerpo, darle placer y recibirlo al mismo tiempo, sin coartadas sentimentales ni trucos mentales. Como Borges a sus mujeres, reales o imaginarias. Lo siento por los idealistas y aún más por los frígidos y los tibios de este mundo (no hay otro). Ningún cuerpo puede descansar de verdad en paz si antes no ha agotado el caudal de experiencias y deseos que le ha sido dado experimentar como carne. Así Borges, ahora, cuarenta años después de entregar su cuerpo gastado a la infinitud, algo menos del doble de los que yo tenía por entonces, cuando vivía enfangado en los dilemas vulgares de la finitud…
BORGES TOTAL
La
presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato
tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura,
incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo,
impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo
que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra
cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de
una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo
simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o
imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que
su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la
broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario
nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un
poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de
Cervantes.
Borges
era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba
burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el
ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza
las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los
fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala
judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el
experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la
estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa
mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el
saludable modelo del iconoclasta ilustrado.
La
cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la
teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía
un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la
cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el
desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los
errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el
imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no
radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más
epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el
papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia
y la vida humanas. La función trascendental de
las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la
condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de
ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que
constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.
En
este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores
convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre
Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el
designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de
simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso
más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con
que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de
la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no
sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los
discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por
tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.
Sin
embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan
nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón,
Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las
influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en
Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo
narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente
elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de
su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y
procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de
algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento
para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o
la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].
[i] “La secta del Fénix”, en este
sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos
ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los
límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su
ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de
Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos
laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de
la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la
vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la
racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la
ingeniería, la cultura, etc.).
[ii] Basta leer “Examen de la obra de
Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la
excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e
intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto
literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías
narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el
monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en
lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo
contiene y refrena.
[iii] Borges no sería así un humanista
tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un poshumanista
en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y
Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.
[iv] Así, en “El jardín de senderos que
se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de
mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo
existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea
estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la
traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología
expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de
finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El
Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos
primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que
en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y
la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”,
haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica
de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los
fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al
criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico,
Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la
detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más
feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del
concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden
social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se
disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento
aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores-pensadores
del siglo XX, como Broch, Abellio o Musil, que pensaban que el mundo existente era una
construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de
los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de
los diversos poderes).
[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro, cinco o seis decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros).




