jueves, 22 de septiembre de 2022

PURO VICIO


[Publicado en medios de Vocento el martes 20 de septiembre]

       James Bond murió el otoño pasado y ahora la reina Isabel, un mundo mental y sentimental perece con ellos. Los rumores maledicentes insinuaban que la vida de la reina, al quedarse sin su agente favorito, perdió estímulos y se fue desdibujando. Para Bond, sin embargo, esa desaparición supondría una forma de orfandad, sin majestad británica a la que servir combatiendo enemigos del imperio y abusando de mujeres hermosas que eclipsan la belleza de la reina. Anuncian ahora que el agente 007 lo interpretará una actriz dispuesta a servir a Carlos III como Camila Parker cuando estaba casado con Diana Spencer, mártir del pueblo.

Bromas aparte, el espectáculo de la momia itinerante y el ceremonial kafkiano de su entierro, diseñado por la reina a su mayor gloria, están logrando colmar los apetitos culturales de las élites anglófilas, con su boato trasnochado, y exasperar a los escépticos. La puesta en escena del funeral contiene los signos evidentes de lo que convierte hoy a la monarquía en un arcaísmo insustancial, pura pompa vacía. Olvidamos a menudo que estas dinastías regias encarnan los privilegios y las injusticias más sangrantes. Y llevan dos semanas bombardeándonos sin piedad con imágenes televisivas de muchedumbres sumisas y crédulas ante el ataúd monárquico para encubrir cualquier otra noticia relevante.

Sin salir del Reino Unido, “The Lancet”, la prestigiosa revista científica, publicó la semana pasada un informe donde acusaba a los gobiernos mundiales de incompetentes en la gestión de la pandemia, con diecisiete millones de víctimas como nefasto resultado. Y nadie dimite ni dimitirá por ello. Hasta el exministro Illa se ha puesto la medalla y ha presentado un libro donde celebra su ineficiente labor con la complicidad de Sánchez y la cúpula socialista. Qué vergüenza. No es de extrañar esta actitud en un partido que defiende con uñas y dientes el indulto a Griñán, presidente andaluz que financió con dinero público su permanencia en el poder, comprando votos a diestro y siniestro. Si esto no es lucro personal es que ya no entiendo las acepciones del DRAE.

En este contexto, es natural que alguien con el don de la oportunidad de la ministra Irene Montero lance la campaña del “hombre blandengue”. Tiene razón. El “hombre blandengue” es el ciudadano ideal para los políticos del siglo XXI. El que se traga todas las mentiras del poder sin poner en cuestión sus maquiavélicos intereses y carece de sentido crítico para ver la obscena caducidad de la monarquía. 

lunes, 19 de septiembre de 2022

EL VIENTRE DE LEVIATÁN


 [Ian McEwan, El espacio de la imaginación, Anagrama, trad.: Damià Alou, 2022, págs. 64] 

       El vientre de la ballena es la zona de confort del escritor que no quiere problemas. Es el lugar en que se refugia el escritor que no pretende comprometerse con los problemas políticos de su tiempo. McEwan es un escritor que apuesta por el compromiso inteligente. Por esto su reflexión comienza con el encuentro en París entre Henry Miller y George Orwell, el autor de “Trópico de Cáncer” frente al futuro autor de “1984”, en el mismo momento en que Orwell va camino de España para combatir en la Guerra civil del lado republicano.

Miller no cree que sea necesario comprometerse en una guerra entre dos bandos que, en su opinión, representan la decadencia occidental. Miller es más radical que Orwell y piensa que la democracia no debe defenderse ya que es toda la civilización moderna la que está a punto de ser destruida por la historia. Miller es un rebelde libertario y un enemigo de cualquier ideología partidista mientras que Orwell es un humanista y un comunista que aún debe lavar sus culpas por haber servido al imperio británico en Birmania como policía. Miller cree en las verdades del sexo y en la vida desnuda, sin aditamentos proporcionados por la burocracia estatal, y Orwell es un observador honesto y crítico que, tras la desastrosa experiencia española, se convertirá en un antiestalinista convencido.

Y, sin embargo, Orwell escribe un ensayo titulado “En el vientre de la ballena”, que da origen al comentario de McEwan, donde defiende la actitud de Miller y la comprende, estableciendo la existencia de dos tipos de escritores, mutuamente necesarios. Los escritores que escriben en el vientre de la ballena, tratando temas íntimos, como el amor, la infancia, la familia o la naturaleza. Y los escritores que escriben fuera del vientre de la ballena, los que ponen la escritura al servicio de causas más o menos justas.

Pero McEwan no se contenta con examinar este tema trascendental de la historia del siglo XX sin tener en cuenta sus consecuencias para la literatura actual: “los escritores tienen muchos motivos para salir de la ballena, y persiste la misma pregunta: cómo lograrlo con éxito”. La situación es especialmente difícil en una época en que el escritor, le guste o no, vive en el Leviatán del sistema editorial, mediático y sociopolítico que constituye la sociedad posmoderna. Y salir de la verdadera ballena en la que vive el escritor es mucho más complicado de lo que parece a simple vista, cuando es parte esencial de un sistema que incluye la opinión dominante y el posicionamiento ético o político de los escritores como parte de su hegemonía cultural. Los lectores mismos, que serían los destinatarios del gesto del escritor, están persuadidos de antemano de cuál es la posición correcta a adoptar por el escritor que quiere ganarse su aplauso.

Por otra parte, como recuerda McEwan, está, en primer lugar, el problema de la libertad de expresión, un lujo occidental que apenas si se ha extendido por otras culturas y países, también amenazado aquí por las luchas partidistas y los intereses creados de los propios escritores, las instituciones literarias y el público potencial. Y, en segundo lugar, la cuestión artística, como diría Henry James, citado por McEwan como referente ineludible. Uno no puede crear un personaje novelesco logrado, atendiendo a todas las dimensiones de la experiencia humana, y luego ponerlo al servicio de una causa concreta, compartida por el escritor, sin convertirlo en una marioneta inanimada, un muñeco ideológico que arruinaría con su simpleza la autoridad literaria del autor y de su obra. 

 


lunes, 5 de septiembre de 2022

QUE VIVA RUSHDIE


[Publicado en medios de Vocento el martes 30 de agosto]

 En la playa no se habla de otra cosa. Cómo es posible que gobierno y PP no se pongan de acuerdo sobre la renovación de la cúpula del Poder judicial. Qué pena que a la gente playera no le interese la noticia más relevante del mes más indolente del año. El intento de asesinato de Salman Rushdie. Si no comprendemos que Rushdie es un escritor atado a un destino desde que escribió “Los versos satánicos”, tampoco entenderemos que ese destino es el nuestro, ciudadanos que quieren vivir libres en un mundo donde el fanatismo amenaza la vida. Como se ha visto en el homenaje a las víctimas de los atentados de Barcelona, existen pirados que prefieren acusar de asesino al Estado español antes que asumir la culpabilidad de los terroristas. La radicalización islamista no es achacable a causas sociales. El mal está, como enseña la literatura de Rushdie, en la repugnante ideología de los imanes, los yihadistas, los talibanes y los ayatolás que intoxican a los jóvenes con sus creencias fanáticas.

Algunos necios critican “Los versos satánicos” sin reconocer que el caso Rushdie pone de relieve una de las lacras más terribles del mundo contemporáneo. Hablo de la beligerancia musulmana contra todo lo que no corresponde a su sectaria interpretación de la vida y su sangriento compromiso con la muerte de individuos declarados enemigos de su credo y sus mitos. Pero también de la guerra intestina que divide a los partidarios de los derechos humanos y la libertad de aquellos otros que, esgrimiendo la tolerancia multicultural como excusa, niegan la hostilidad y la violencia de regímenes intolerantes, como el iraní, que fomentan el asesinato de mujeres y hombres en nombre de valores islámicos.

La genialidad de Rushdie en “Los versos satánicos” radica en haber sabido conjugar con humor, en el juego de la ficción, la mitología fundamentalista y la idolatría televisiva y cinematográfica. La ideología del integrismo coránico y la del espectáculo integrado, único ideario del poder en las democracias occidentales. Frente a ambas, Rushdie pone en escena la formidable ironía y ambigüedad de un relato irreverente que acaba relativizando cualquier posición de verdad absoluta, credulidad o fanatismo. Con esta novela carnavalesca, asociando un imaginario exuberante a la máxima libertad expresiva e intelectual, Rushdie nos hace a los ciudadanos del siglo XXI, amenazados por múltiples formas de irracionalidad, el regalo más inteligente. Ojalá se atrevan a darle el Premio Nobel este año. 

miércoles, 3 de agosto de 2022

HOUELLEBECQ PÓSTUMO

        

        Como si existiera la casualidad, y no la fatalidad de los conceptos, mi reseña de la anterior novela de Houellebecq, Serotonina, la titulé Aniquilación. Se puede comprobar aquí. Cuando la leí en francés hace unos meses me pareció una coincidencia razonable, ahora en español me parece una sincronicidad acojonante, como diría Jung, que entendía de estas cosas… 

[Michel Houellebecq, Aniquilación, Anagrama, trad.: Jaime Zulaika, 2022, págs. 604] 

No, esta novela no es un tostón, ni un tartazo en la cara del lector ingenuo, como ha escrito un comentarista apresurado con intención provocadora. Más bien es la constatación de un final, el anuncio de una narrativa terminal, el diagnóstico con método forense de una muerte transferida al personaje, pero experimentada a través de la mente por el propio autor. Instalado ya entre los muertos sin haber siquiera abandonado el cuerpo de carne que habita con ánimo desolado, Houellebecq ve la vida desde el más allá con un desengaño clínico, sin grandilocuencia ni dramatismo, como un espectáculo anodino y sobrevalorado. Con alivio e indiferencia, templanza y serenidad, con ellas aliña la identidad neutra del protagonista, ese Paul Raison que vive sus últimos días terrestres como si fueran los últimos días de la humanidad.

Este es el papel narrativo de los sueños, tan criticados por algunos lectores superfluos, en la trama de la novela. Recordarle al lector que la vida contemplada desde el otro lado del espejo carece de tensión y amargura. Pura resignación racional, como la de Raison, pura sumisión a su destino como criatura mortal. Si Houellebecq se erigió en el cronista desengañado y corrosivo del post-mayo del 68, negando la validez de la rebeldía y la insurgencia, certificando su conformismo y absorción por el sistema capitalista, en esta novela triste y desazonadora como pocas sanciona un punto de vista ya definitivamente extraño a las dimensiones convencionales de la política y la sociedad. Se trata, en este sentido, de una novela póstuma, una novela incluso metafísica escrita en estado de postración post-mórtem, con la que Houellebecq acaso se esté despidiendo del mundo y no solo de la literatura. Nada que decir, nada que contar, parece decirnos a la manera del Beckett tardío, excepto la necesidad final de callar. La exigencia de guardar silencio para siempre. La urgencia de desaparecer.

Esta novela revela, además, la verdadera condición de Houellebecq como escritor, la receta de su literatura: un moralista contemporáneo, nutrido de lecturas de los maestros antiguos, pero con un ojo realista para los vicios del presente, con su punto justo de misantropía y pesimismo. No hay realidad actual que esta novela no radiografíe con exactitud balzaquiana: la complicidad del terrorismo y el poder, la corrupción y la defunción política de la democracia (o la dermocracia) y el surgimiento de la posdemocracia al servicio de la casta y los partidos, la decadencia de las élites culturales y la degeneración mediática en curso del pueblo, la imposibilidad de vivir en un mundo tiranizado por los intereses económicos y financieros y la tecnología deshumanizadora, la compleja vivencia carnal del amor entre hombres y mujeres y la vida en pareja como último refugio contra la desolación, el egoísmo humano y la soledad universal.

Como tomografía de Francia (y, de paso, de Europa) la novela es demoledora sin ser satírica. Al ambientarse en parte en el mundo de la alta administración del Estado y unas elecciones presidenciales venideras, con la selección del sustituto de Macron como pretexto, Houellebecq practica un análisis feroz de la situación real de unas sociedades posmodernas a las que no augura ningún futuro, sino solo una aniquilación más o menos violenta, rápida o indolora, como la muerte del protagonista. Es como si el sujeto Houellebecq se diera de baja, por medio de su escéptico personaje, de un proyecto nacional en el que hace tiempo dejó de creer.

Y está, para rematar la fábrica de esta novela total, el estilo inimitable de Houellebecq: la contundencia del aforismo clásico y la belleza de la vieja filosofía impregnadas de la transparencia luminosa del mejor periodismo.

miércoles, 27 de julio de 2022

ACHICHARRADITOS


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

     España es una hoguera pública en la que todo se quema. Los bosques arden y se incendian las opiniones. El país ha entrado en combustión y nadie se salva de la quema. El cambio climático es un hecho científico, pero también un escenario político. Escucho a un experto en ingeniería forestal decir que el cambio climático no puede servir de escudo para justificar la incompetencia de los gobiernos. El abandono del medio rural es desastroso. Ocuparse del campo y preocuparse por las cosas del campo ni da votos ni gana elecciones. La inversión en medios y remedios es tan ridícula como rasgarse las vestiduras cuando ocurre la catástrofe.

Los políticos van a lo suyo y no escuchan a los expertos. No entiendo para qué los tenemos entonces. Para qué ese caudal de conocimiento acumulado. Es el fallo propio de un sistema de gestión que solo piensa en politizarlo todo y capitalizar el beneficio electoral derivado. Lo vimos con la pandemia y lo volvemos a ver ahora con las secuelas energéticas de la guerra de Ucrania. Es irónico que en un verano tórrido como pocos estemos planificando las cantidades de gas que podremos quemar para combatir el frío extremo y el gélido cerebro del supervillano Putin.

Cuando un gobierno se quema, todos los ciudadanos se vuelven árboles, dicho confuciano. Sánchez está dispuesto a quemar lo que haga falta para que no se le escapen las próximas elecciones. La sede socialista está que arde con tanta pira improvisada. El holocausto anual forma parte ya del folclore del partido. Los quemados y las quemadas, como dice la aritmética feminista, han consumido su energía al servicio del líder supremo y no saben cómo reciclarse. Sánchez tiene algo de pirómano paradójico. Quema cuanto toca y está más quemado que el bosque castellano. El incendio democrático que prepara Sánchez promete ser un infierno electoral para sus competidores. Piensa arrasarlo todo con tal de no perder el poder. Sus ataques fiscales a bancos y eléctricas son mera retórica y postureo, según los expertos, para movilizar al sector más quemado de la izquierda incendiaria.

En este contexto, cuanto más complejo se vuelve el mundo, menos rancia y más inteligente debería ser la respuesta cultural mayoritaria. Hay que ver, por eso, la teleserie “Devils”, donde se muestra la influencia del poder financiero en la política y cómo los grandes datos corporativos sirven para ganar elecciones y referéndums. Esta lección Soros se la recuerda a Sánchez a diario. Lo dicho. Achicharraditos. 

miércoles, 20 de julio de 2022

EL PARAÍSO AMERICANO


  [Kurt Vonnegut, Desayuno de campeonesBlackie Books, trad.: Miguel Temprano García, 2022, págs. 293] 

       Como se anuncia desde el principio, con una prolepsis narrativa que se enreda en múltiples digresiones, la ficción de esta novela carnavalesca de Kurt Vonnegut (1922-2007) cuenta el encuentro de dos curiosos personajes, el magnate de medio pelo (Dwayne Hoover) y el escritor de ciencia ficción más desconocido del planeta (Kilgore Trout) en una pequeña ciudad de Ohio (Midland City). Hasta llegar a esta cita trascendental para ambos, Vonnegut se divertirá como loco trastornando las categorías tradicionales de la narración, haciendo un uso libérrimo de los signos en la página, incluidos dibujos y grafitis pueriles o glosas peregrinas sobre lo divino y lo humano.

           “Desayuno de campeones” (1973) es una novela total que, a su vez, realiza una sátira del sueño americano con ambición crítica y corrosivo sentido del humor. Cuanto más serio se quiere poner Vonnegut denunciando los males de la nación americana, ya sea la esclavitud, el racismo, los desmanes del poder y el dinero, la iniquidad capitalista, la robotización de los ciudadanos y la explotación de los recursos naturales, más le aflora el estilo grotesco e hilarante, más sus azotes y golpes a las falacias de la mitología yanqui parecen homilías irónicas de un payaso posmoderno.

No es caprichoso que, para realizar su cómico proyecto de enmienda a la totalidad de la ideología americana, Vonnegut no se conforme con los vistosos protocolos de la ficción y recurra a los trucos y maquinaciones de la metaficción. Como autor demiurgo, Vonnegut se entromete en las texturas de su artefacto para manipular a los personajes, recordarles que es él quien les dio la vida de ficción en la que se debaten absurdamente y puede disponer de ella a placer. De hecho, el encuentro catastrófico entre Hoover y Trout es urdido por Vonnegut como confabulación contra la salud mental de uno y tentativa de regeneración moral del otro.

Que el signo del encuentro sea apocalíptico no deja de ser revelador del uso metafórico que Vonnegut, aquí y en otras novelas, confiere a los conceptos y tramas de la ciencia ficción de la mano del estrambótico personaje de Trout. Este ya era el instigador de la fantástica trama de la novela más famosa de Vonnegut (“Matadero cinco”; 1969) como escritor favorito del protagonista. En “Desayuno de campeones”, Trout se enfrenta a la insignificancia de su figura como fabulador que solo consigue publicar sus parábolas especulativas en revistas porno neoyorquinas, donde los excéntricos brotes de su imaginación son ilustrados por fotografías de pechos y sexos femeninos o actos orgiásticos. A Trout la explotación sexual del cuerpo de las mujeres le parece un signo de la bancarrota cultural de la especie humana, pero es al mismo tiempo el único medio de encontrar admiradores como el millonario Rosewater, otro personaje habitual del multiverso Vonnegut.

Hoover, en cambio, no es más que un hombre de negocios hecho a sí mismo, un vendedor de coches que vive al borde de un ataque de locura. Un paradigma del emprendedor americano, huérfano, mujeriego, viudo, autoritario y misógino, que engendra con su agresiva actitud ante la vida un hijo homosexual y músico (Bunny) y arrastra al suicidio a su esposa (Celia), quien se venga por un matrimonio asfixiante ingiriendo un líquido desatascador que la mata entre horribles padecimientos. Como se ve, los temas de Vonnegut son melodramáticos y dignos de una novela realista convencional y, sin embargo, su ingenio e inventiva acentúan el parentesco con humoristas literarios como Laurence Sterne y Mark Twain que representaron la vida en toda su comicidad y ridículo. Esta es, en suma, la singularidad de la marca Vonnegut.

miércoles, 13 de julio de 2022

MALOS TIEMPOS


[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Pongamos en limpio el estado de las cosas en el mundo y quizá nos llevemos algunas sorpresas. El mapa cognitivo de la actualidad pasa primero por Ucrania. En esta maldita guerra Putin está demostrando conocer a fondo los vicios y el cinismo proverbial de las democracias occidentales. Putin nos ha calado con la astucia de un viejo zorro que vio pudrirse el sueño soviético y demolerse la Rusia posterior. Los espectadores están hartos del conflicto y las televisiones no quieren perturbar aún más sus fantasías de bienestar con pesadillas como la recesión y el corte energético. Si nos cansamos tan pronto de defender valores éticos será porque, en realidad, el único ideal que nos mueve es el de la prosperidad material y el hedonismo barato. El modelo político es Boris Johnson. Un gamberrete oxoniense convencido de que la broma estudiantil podía expandirse al infinito más allá de la juventud.

En cuanto la inflación y los precios se disparan, los virajes ideológicos se vuelven peligrosos. En Estados Unidos la impopularidad de Biden crece imparable y la violencia armada se recrudece hasta extremos impensables mientras Trump aguanta contra las cuerdas. Pero la violencia no es solo patrimonio constitucional americano. Los europeos tenemos nuestra propia cosecha roja. Terrorismo islámico contra gays en Oslo, ataque terrorista indiscriminado en Copenhague, matanza policial en la frontera de Melilla. Por no hablar del poder fantasmático y el partido de las cloacas de Villarejo que conspiran contra Sánchez para asaltar las instituciones y poner al mando a la derecha facinerosa, según Pablo Iglesias.

El problema real de Podemos no es que discrepe del partido con el que gobierna, sino que crea que pactar con los socialistas no paga precio ni mancha las manos. No se sale indemne de esa alianza tóxica con el poder. Para tratar de remediarlo, el comunismo Chanel de Yolanda Díaz cita a su gente en el Matadero con un discurso banal diseñado para seducir a las mentes más ilusas. El mitin de “Sumar” representa un acto de fe ingenua en el futuro electoral de la izquierda. Un simulacro de esperanza de que aún es posible cambiar un mundo endiablado en el que, como muestran la guerra de Ucrania y la nueva geopolítica de la OTAN, la ley del más fuerte se impone sobre la razón económica y el cinismo universal. En suma, es solo un síntoma de fracaso. Qué favor ha hecho Putin a todos los que no quieren que averigüemos la verdad sobre la pandemia. Malos tiempos para la política.