miércoles, 29 de julio de 2026
viernes, 24 de julio de 2026
ESPAÑA ES LA ESTRELLA
[Publicado en medios de Vocento el martes 21 de julio]
España
tiene un par, de estrellas, y la segunda la ha ganado en un Mundial donde las
estrellas brillaron un tiempo y luego se fueron apagando para que
resplandeciera el equipo estrella, la selección española. Es la lección de la
Selección, otra vez: España es la estrella, no uno cualquiera de sus jugadores.
Y eso que España tenía alguna estrella en el equipo, pero fue laminada por el
juego colectivo. Es un símbolo de lo que somos, como país y como sociedad. Más
comunidad que individuos, más pueblo que élites, como creía Ortega.
Al revés
que en política, en el fútbol no se puede mentir. Lo que pasa en el campo es
real. Lo que pasa en el campo es verdad, sin publicidad ni deformaciones
mediáticas. Por eso el fútbol es juego y verdad, placer y realidad. Lo que pasa
en el campo, por real y verdadero que sea, es también divertido e
intrascendente. Por eso nos gusta tanto. Porque no engaña y gratifica al mismo
tiempo. La propaganda y la demagogia desaparecen en cuanto el balón se pone en
juego.
Jugar bien
al fútbol, como ha hecho la España de Luis de la Fuente, supone seriedad y
rigor, sistema y esfuerzo, brío y disciplina estratégica. Pero también sentido
del juego y placer en el golpeo del balón. Goce goleador, pese al escaso
acierto. Hay una dimensión lúdica primordial en el fútbol, clave de su atractivo
mayoritario. Los norteamericanos tardaron mucho en descubrirlo, pero después de
este Mundial de estrellas y golazos hasta el rey Trump ha caído seducido ante
el vigoroso encanto del deporte rey donde España reina.
“Catasterismo”
es la palabra inventada por los griegos antiguos para designar la
transformación de los héroes terrestres en estrellas celestiales. “Catasterismo
espectacular” es invención mía para explicar cómo el estrellato y los medios
masivos van de la mano en los tiempos modernos, así en el cine y la televisión
como en la música y el deporte. En el fútbol, al menos, las estrellas dan
alegría y producen riqueza sin tanto cotilleo ni puesta en escena. Y también
cansan, como Ronaldo, o se cansan, como Mbappé, Messi y Haaland, de liderar equipos
que no están a su altura.
En este Mundial, para añadirle mordiente, todos los equipos con estrellas se han estrellado contra el excelente fútbol del equipo estrella. Lección política de actualidad para algunos partidos, que se estrellan una y otra vez en las urnas por empeñarse en salvar al líder estelar. No me olvido de que el mismo día en que el hermano de P. S. era condenado por la Audiencia Provincial de Badajoz, Pedro Porro, jugador español oriundo de esa misma provincia, metía el segundo gol contra Francia que dejaba el partido sentenciado y metía a España en la Final. Es la ley del fútbol. Siempre gana el mejor. Eso sí, no usemos el fútbol, como en otros tiempos, para encubrir nuestras miserias.
martes, 14 de julio de 2026
MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 14)
250 años bajo el Imperio: Pasado, presente y futuro de los Estados Unidos de América | Pura Virtud
sábado, 4 de julio de 2026
ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (3): TIBURÓN EN EL CUATRO DE JULIO
When those uptight Europeans complain about American vulgarity, what they're really objecting to is this jubilantly smug and fatal excess that insinuates itself into all of our endeavors. In point of fact, they "squander" themselves as much and as lethally as we do; but they always dignify their stupidities with the factitious resonances of high tragedy. Here, things are different. We prefer to repeat history a second time, as farce. Instead of hearkening patiently to the voice of Being, strolling alongside Heidegger on a tranquil pathway in the Black Forest, we'd much rather take a raucous rollercoaster ride past the Bavarian castle in Disneyland. The smiley face is our answer to the anguish of being-towards-death. There's far greater delirium in everyday tackiness than there is in apocalyptic sublimity.
-Steven Shaviro, Doom Patrols, “Walt Disney”, p. 15-
En este
sentido, convendría tener en cuenta que la cultura popular y el sistema de
géneros han servido siempre en América, tanto en el cine como en la literatura,
la televisión o el cómic, para expresar conflictos sociales, sexuales,
políticos o raciales sin tener que adoptar los formatos de la alta cultura de
importación europea, con sus evidentes limitaciones y posible esterilidad a
ultranza; y para dar salida, además, a identidades problemáticas, a traumas
ocultos y experiencias personales o colectivas difíciles de asumir en discursos
mucho más respetables y prestigiosos, avalados por la enseñanza y los valores
culturales así llamados superiores.
-Providence, p. 127-
Leí esta novela de Peter Benchley por primera vez cuando
tenía catorce años y era un fan total de la película de Spielberg. Releída hoy,
en flamante traducción, me asombra la precocidad de aquella lectura. Hay tanto
contenido en esta novela para fascinar o intrigar a un adolescente como a un
adulto de cualquier época.
Fue Fredric Jameson quien descubrió, a finales
de los setenta, en su ensayo seminal “Reification and Utopia in Mass Culture”
(recopilado en Signatures of the Visible,
pp. 9-34) que Tiburón, la novela
tanto como la película, era un producto paradigmático de lo que se consideraba
entonces la cultura de masas. Una obra, literaria o cinematográfica, que atraía
a la masa de espectadores y lectores con el reclamo de una problemática social
y política que concernía sus preocupaciones más acendradas al tiempo que les
ofrecía, sin abandonar los placeres de la ficción, incrementándolos incluso,
una solución simbólica o una catarsis espectacular que solía complacer al
público y aquietar sus inquietudes, conscientes o inconscientes.
Cincuenta años después, la cultura de masas, pese
a las mutaciones interminables de la vida, la cultura y la tecnología, no
responde a otras leyes diferentes de las que regían en aquel momento culminante
del siglo XX que fueron los años setenta, cuando la América de Nixon se hundía
en el descrédito tras la derrota en Vietnam y la vergüenza del Watergate, la
contracultura de los sesenta reculaba amedrentada ante sus propios excesos y la
revolución neoconservadora de Reagan calentaba motores con una energía tan
descomunal como la de la bestia submarina que aterrorizaba las amenas playas de
la isla Amity, pobladas de veraneantes hastiados de corrupción y violencia, en
plena celebración del 4 de julio.
Y aquí aparece la figura del tiburón, ese Leviatán
atlántico, el pez inteligente de fauces aceradas y sonrisa burlona que desafía
a sus perseguidores y se ríe de todos sus esfuerzos por capturarlo. Él es la
presencia totémica de la novela, la criatura mítica, el antagonista poderoso,
la bestia antediluviana que ataca a los bañistas y a los pescadores con la
misma ferocidad e indiferencia de una deidad primordial lovecraftiana. Como
anuncia la sabia puritana del lugar, Minnie Eldridge, que lo conoce todo sobre
los orígenes e historias de la isla, el tiburón ha venido a las playas de Amity
con un propósito, siguiendo una orden divina, un imperativo bíblico de
purgación y limpieza de una comunidad enferma, y solo obedece la “voluntad de
Dios” de castigar a los habitantes de la zona por sus pecados. Como en Los pájaros de Hitchcock, evidente modelo
de la novela y la película, el restablecimiento del orden tradicional es el fin
utópico de la historia. Es decir, un imposible histórico.
Entre Moby
Dick y El viejo y el mar, esta es
la tradición literaria norteamericana en la que se inscribe Tiburón. En la Parte III del libro se
escenifica el duelo agónico, un dúo antagónico, entre el viejo pescador
Quint, un primitivo exterminador de peces que no reconoce leyes ni límites en
su voluntad de supervivencia y dominio terrestre, como el Ahab de Melville, y
el joven ictiólogo Hooper, un científico rico y de alta cuna atraído por la
vida salvaje y movido por instintos y pulsiones animales que lo convierten en
un amante feroz y un cazador ambiguo y peligroso, en beneficio del policía
Brody. Al final, el lector se conforma con ver al tiburón hundiéndose como un
fantasma en la profundidad oceánica, sin saber si sobrevivirá o no a sus
heridas en el fondo oscuro, a través de los ojos enrojecidos de Brody, el
hombre normal, el ciudadano medio, víctima de todos los poderes, las crisis y
los sistemas de clase heredados, siendo también el sostén del sistema
democrático, su único valedor real.
El mar como elemento primordial, como lugar donde
lo humano y lo social confrontan la otredad de la naturaleza, como decía
Jameson aludiendo a las visiones míticas de teóricos como Northrop Frye,
Heidegger o Jung, por no hablar de Otto Rank (el “trauma del nacimiento” al que
consagré “La escuela escuálida”, el relato escrito para celebrar con ironía los 20 años del estreno de Tiburón).
De ese modo, el juicio de esa otredad que es el mundo natural, hacia el que el
mundo humano siente tanta fascinación como repulsión, deseos de regreso y
rechazo visceral, es un juicio que va más allá del bien y del mal y que afecta a
los fundamentos mismos de la civilización y la cultura definidos por el
transcurso del tiempo y la historia, desde los orígenes más remotos hasta el
presente inaprensible de cada época. El tiburón, a su vez, admitiría una
lectura revolucionaria al servicio de la clase media, en contra de sus enemigos
sociales, los profesionales anticuados y las clases ricas y privilegiadas, la
cultura pija que acaba lastrando el desarrollo de las sociedades. La mordedura
del mar se revela, en definitiva, menos peligrosa y dañina que las dentelladas
del mal en la vida social, como demostró el incidente de Chappaquiddick (Martha´s Vineyard), aludido al sesgo en la novela y la película, con
las mandíbulas relucientes de los Kennedy devorando la vida de la pobre
Mary Jo Kopechne.
En el fondo, la estupenda novela de Benchley es el
perfecto complemento a la magistral película de Spielberg. Todo lo que esta
deja fuera, excluye de su metraje o pasa por alto por conveniencia o prejuicio,
es lo que la novela incluye como retrato psicológico, social, político, sexual
y comunitario de los años setenta. Psicoanálisis de la superficie, la novela
contiene todo lo que reprime la película, por eso causó tanto escándalo en su
tiempo. Y para adaptarla con fidelidad hubiera sido necesario combinar el
talento de directores extraordinarios como Mike Nichols, Robert Altman, Sidney Lumet
o Arthur Penn, además del genio de Spielberg para la acción y el terror. Lo más
curioso de todo, comparando narrativas, es que un solo escritor (Benchley) sepa
manejar los múltiples recursos y registros estilísticos con la misma maestría que
ese repóquer de ases cinematográficos. Lo que dice mucho sobre por qué Tiburón ha superado la prueba del tiempo
hasta convertirse en un gran clásico de la novela popular. Bendita novela
popular.
lunes, 29 de junio de 2026
MÁS ALLÁ DE LO HUMANO Y LO DIVINO (VOLUMEN 13)
Bloomsday en el poscash:
Homenaje a James Joyce y Jorge Luis Borges | Pura Virtud
jueves, 25 de junio de 2026
HOMO DEUS
Hombre
Dios, no hombre de Dios. Este es el papa, el emisario de Dios en un mundo
sindiós. Este fin de semana Madrid fue el centro del mundo. La conjunción
planetaria del ruidoso Bad Bunny, la publicitaria venida del papa y las
elecciones del Real Madrid no puede dejar lugar a dudas. Dios es único, habla
español, canta y baila ritmos latinos, disfruta de los paseos capitalinos como
un turista y, por si fuera poco, es madridista y vota a Florentino. Dicho así
suena a blasfemia, pero no lo es.
De la
visita papal, más allá de su dimensión espectacular, nada que decir. Mucho
ruido y pocas nociones. Me quedo con la encíclica sustantiva (“Magnifica
Humanitas”) que León XIV publicó hace semanas y no con la multitud de jóvenes,
sus destinatarios reales, que no la han leído ni piensan hacerlo. No dudo de su
fe, Dios me libre, pero el abuso de la IA es el mayor pecado cognitivo que
cometen a diario contra la inteligencia y la lengua. En un mundo donde triunfa
Bad Bunny, las cosas distan de ser tan halagüeñas como razona el pensamiento
vaticano. Con IA o sin IA, los signos educativos y culturales son regresivos.
De nada valen las encíclicas bien informadas, Harari no la escribiría mejor,
frente a la barbarie musical de un cantamañanas.
Gracias a
la primera encíclica del nuevo papa, quienes no creemos en dioses hemos
descubierto algo trascendental. El secreto de la infalibilidad papal. La
identificación entre Dios y la IA es total. El papa actual sabe ahora, a
ciencia cierta, lo que sus predecesores solo intuían. La inteligencia divina es
omnisciente y omnipotente como lo será la IA en un futuro cercano. En el
párrafo 111 de su encíclica revolucionaria, León XIV anuncia que la innovación
tecnológica puede ser “una forma humana de participación en el acto divino de
la creación”. Ahora también todos los creyentes, si quisieran, sabrían. Ya no
necesitan creer.
La virtud cardinal del verbo divino sobre la IA, según la encíclica, es que conoció la carne, es decir, encarnó en un cuerpo mortal y sintió así el dolor y quizá el placer, añado, de la condición humana. El discurso del papa no asume, sin embargo, que la ciencia ya prevé un avance que suena a ciencia ficción. En décadas futuras, la inteligencia cibernética tendrá el doble poder de almacenar cerebros humanos en sus circuitos y también de encarnar o reencarnar los datos de esos cerebros en cuerpos flamantes de carne fresca renovable a perpetuidad. Esta promesa transhumanista, criticada en la encíclica por inhumana, reduce al mínimo la distancia teológica entre Dios y la IA. Como diría un profeta de la revolución digital en curso, Dios quizá no estuvo en el origen, pero seguro que estará en el fin, revelando su fuerza secreta. Ahí radican, tal vez, la esperanza y la belleza de una “magnífica humanidad”. Homo Deus.
martes, 23 de junio de 2026
PENA, PENITA, PENA
[Publicado en medios de Vocento el martes 12 de mayo]
Visto
y revisto para sentencia queda el juicio contra Ábalos y Koldo, qué pena,
chivos expiatorios de una trama que no se atreve a decir todos sus nombres.
Todos los nombres de la trama criminal conducen a donde conducen, no cabe duda,
aunque el fiscal Luzón se ofusque y pretenda disimular, qué pena. Mientras la
actitud de los reos recuerda a Beckett y no al gurú Saramago, precisamente.
Esperando el indulto, así se titula el bodrio teatral escenificado para salvar
la cara del partido y del líder. Archivos expiatorios, eso también, de un
proyecto político más que amortizado a cuenta del erario público. Pena de país,
con o sin la visita del hantavirus, quién te ha visto y quién te ve en las
tertulias de TV. Mucha pena.
Pena,
penita, pena da Ábalos mintiendo ante los jueces del Tribunal con descaro supremo.
Nunca un personaje, creo, desde los tiempos del tenor Juan Tenorio, ha dado
tanta pena al enfrentarse desnudo a la verdad pornográfica de su vida. Ya sé que
penal viene de pena, no de pene. Qué pena. Pero el caso, señoría, se las trae
en tal sentido. Dígalo Koldo, el escudero procaz. Pero con este hombre, nada
menos que todo un hombre, un macho socialista y feminista hasta las trancas, enamorado
hasta el tuétano, como su jefe, y con la nariz más larga que este de tanto
mentir en público y en privado; con este hombre, digo, se confunden todas las
categorías, humanas y divinas. Qué pena.
El
horizonte penal del semental de marras es inversamente proporcional a sus
éxitos sexuales. Koldo lo sabe mejor que nadie. Su amo y señor no tiene igual.
Pagaba por estar enamorado y el corazón partido le funcionaba como un fondo de
inversiones a corto, medio y largo plazo. Dónde estará el fruto de tanta
mordida, tanto bocado suculento y tanta caricia sensual. Cuatrocientos euros
por una tarde de pasión o cuatro millones por un amaño inmobiliario saben a
poco. La memoria se licúa, los datos y metadatos bailan un tango, una rumba o
un chotis. Basta con mirar la facha de Koldo respondiendo al fiscal, o la de
Ábalos escuchando las profecías del abogado de Aldama, para entender lo incurable
que puede llegar a ser la amnesia histórica. Qué pena.
Así vamos, camino de la perdición y el reproche. Hay canallas y canallas. La clase y el talento no se compran con una moción de censura y un puñado de votos podridos. A ver si se acaban pronto el culebrón y el culebreo. Visto para sentencia y escarnio de la mayoría que paga impuestos y ve para qué sirven. Nada está a salvo de la propaganda. El machismo es socialismo, o viceversa, en la boca viciosa de Ábalos, y las feministas del PSOE le pagan los servicios prestados con un silencio escandaloso. Que el cielo las juzgue. Espero que, en adelante, no vuelvan a empinar el dedo acusador con tanta prepotencia. Pena, penita, pene. Pena.


