martes, 14 de julio de 2020

JAQUE AL REY


[Publicado hoy en medios de Vocento]

            Imagino lo que se siente siendo Rey de España. Te ha puesto ahí quien te ha puesto y encima estos desgraciados a los que regalaste la democracia que no se merecían te ponen en la picota como a un delincuente medieval. Mira que has vivido alegremente durante decenios sin dar cuenta de nada a nadie. Ni de tus líos, ni de tus gastos, ni de tus vicios, ni de tus ingresos. Nada de nada. La regla de oro del Fasana de turno. Que tu “input” no sepa nunca lo que vale tu “output”, y viceversa. Así se vive bien. Así se vive a lo grande, a costa de los demás. Como un parásito. Pura representación ornamental, nulas obligaciones políticas. Vivir como un rey de opereta entre las ruinas financieras de tu feudo nacional. Bien asesorado, por si acaso.
Pasan los políticos, todos iguales, y tú permaneces, año tras año. Pasan gobiernos y presidentes, y tú te enrocas en el tablero, te acurrucas en la poltrona. Tú a lo tuyo, dale que dale, como buen Borbón. Venga juergas de lujo y placer en la Arabia Feliz de la falocracia. Venga regalías libertinas y derecho de pernada para el Único. Y, cuando ya chocheas, llega el episodio del elefante y la princesa. Dicho así suena a cuento de hadas y no a una de esas comedietas de destape de la Transición. Eso es. Un culebrón grosero para las tardes tediosas de Mediaset. Un sainete zafio.
Y tomas entonces la decisión de tu vida. Ceder el trono a tu hijo como progenitor no gestante, en palabras de la ministra Irene Montero, y todo resuelto. Me hago una cirugía para parecer más joven y serio y reseteo la institución. La opinión pública me aplaudirá con las orejas. Gran mérito del emérito. Saber retirarse a tiempo. Lo del doble cuerpo del rey, la teoría de Kantorowicz, te lo has pasado siempre por el forro de tus trajes suizos. Ni cuerpo doble ni doble de cuerpo. A pelo. Cara dura e impunidad constitucional, la fórmula del éxito asegurado. El rey va desnudo y sin mascarilla. Eso se llama ser inviolable. Se acabó lo que se daba.
A estas alturas de la historia, la monarquía es un insulto a la inteligencia. Que se la queden los nostálgicos del antiguo régimen y la oligarquía castiza. Yo también me inquieto y perturbo a menudo, como Pedro Sánchez, pero uso la literatura y no la ideología como poderoso somnífero para dormir en paz conmigo mismo. El sueño republicano de Pablo Iglesias solo produce flatulencia. Picaresca y esperpento han sido nuestra dieta diaria durante demasiado tiempo. Ya es hora de cambiar de estilo. Quiero una España, si es posible, sin coronavirus y sin corona.

miércoles, 8 de julio de 2020

TELEVISIÓN ESOTÉRICA


Llevo leyendo a Pacôme Thiellement desde que publicó, en 2013, esa supernova del pensamiento y la exégesis de la cultura popular titulada Pop Yoga. Desde entonces hasta hoy no me he perdido uno solo de sus libros, que se cuentan para mí, como los de Laurent de Sutter y Marc Alizart, entre los más excitantes y creativos de lo que va de siglo: L´homme électrique, Les mêmes yeux que Lost, La main gauche de David Lynch, Cinema Hermetica, La victoire des sans roi, Sycamore sickamour, The Leftovers y su reciente relato autobiográfico Tu m´as donné de la crasse et j´en ai fait de l´or. Un pensamiento original y, al mismo tiempo, fundado en el conocimiento exhaustivo de las fuentes antropológicas de la cultura popular y carnavalesca, así como de la cultura pop del cine, la música y la televisión. No estoy tan seguro de que la televisión sea, como él asegura con su sabiduría excepcional y sus carcajadas tronitronantes, un medio gnóstico de conocimiento y participación en los designios del mundo. Pero en sus análisis esta visión excéntrica se vuelve convincente y verosímil. Sus ideas salen de su observación del mundo contemporáneo y la cultura de todos los tiempos y formatos y forman parte, por esto mismo, del mapa cognitivo de ese mismo mundo en una de las fases más críticas de su historia. Discrepamos en algunas cosas y estamos de acuerdo en muchas otras, pero nunca dejaremos de discutir, ay, sobre el valor cultural y artístico de Under The Silver Lake o el cine más reciente de Refn y Tarantino. Nobody is perfect. Ahora Pacôme, como me gusta llamarlo, recoge su ensayo anterior sobre Twin Peaks y lo completa con una exégesis esotérica de la fascinante tercera temporada. Acaba de traducirse al español por primera vez. Thiellement & Lynch: minds meet…

[Pacôme Thiellement, Tres ensayos sobre Twin Peaks, Alpha Decay, trad.: Javier Guerrero, 2020, págs 218]

Todos recordamos cómo Marx proclamó, en pleno siglo XIX, que no era tiempo de interpretar el mundo sino de cambiarlo radicalmente. La consigna mutó, a fines del siglo XX, cuando la transformación del mundo, desde una óptica marxista, se volvió imposible y lo que ahora tocaba era interpretar la cultura. A partir de entonces, el cuerpo de la cultura se convirtió en objeto de escrutinio riguroso, pasando los estudios culturales a sustituir a las revoluciones reales. Agotado ese giro académico, las teleseries se han vuelto el objeto de deseo preferido no solo para los espectadores, que las devoran para rellenar los tiempos muertos y conjurar el tedio de sus vidas, sino para las inteligencias más despiertas del presente.
Y ahí aparece un personaje singular como Pacôme Thiellement, el apóstol de la exégesis televisiva como nueva forma de conocimiento de una realidad donde la televisión es el medio determinante, maestro de la interpretación esotérica de las teleseries como gnosis espiritual del estado del mundo. En estos tres ensayos, Thiellement distingue entre series banales y series portadoras de sentido: series que representan la posibilidad de una televisión “visceralmente poética”, una televisión que “actuaría como un espejo de la psique del espectador” como la literatura, la música o el arte. Eso es “Twin Peaks”, como señala Thiellement: la serie que originó con su éxito y su fracaso simultáneos la edad de oro de las teleseries de la que disfrutamos desde finales de los noventa hasta hoy mismo, cuando quizá estemos asistiendo a su declive.


“Twin Peaks” sería, según Thiellement, el alfa de “Perdidos” y el omega de “The Leftovers”, dos series simétricas sobre las que también ha escrito aplicando los presupuestos dantescos de interpretación. Como Thiellement recuerda al lector, fue el poeta de la “Divina Comedia” quien estableció que las obras profanas podían aspirar a la condición de textos sagrados siempre que la mirada de su receptor se transformara a su vez en artística y las comprendiera en los cuatro niveles de significado: literal, alegórico, moral y anagógico. Así procede Thiellement con las series amadas.
Si asumimos que la obra de Lynch tiene dos caras reversibles, como un LP antiguo: en la cara A, más luminosa, estarían las primeras temporadas de “Twin Peaks” y las películas anteriores, y en la cara B todo lo que dirigió después, tras su abortado final, desde “Carretera perdida” hasta “Inland Empire”. Entenderíamos entonces que la tercera temporada de “Twin Peaks” sería la reescritura de la cara A con los rasgos tenebrosos de la cara B, a saber: un oscurecimiento pesimista de su visión creativa, un rechazo desgarrador de la luz redentora, una inmersión melancólica en el infierno de un mundo capitalista que ha perdido el sentido, condenando a sus habitantes a la miseria, la soledad y la desgracia.
De ese modo, el tránsito de las temporadas iniciales de “Twin Peaks” a la temporada final representa una mutación tanto histórica como tecnológica. Supone el envejecimiento moral de su creador y la degradación del mundo creado, con todas las consecuencias traumáticas para la ficción y sus personajes emblemáticos, y además el deslizamiento de un medio hegemónico (la televisión) a otro (internet). Este aspecto esencial, cuyo análisis abarca casi la mitad del libro (el ensayo titulado “La sustancia del mundo”), revela que esta nueva “Twin Peaks” describe el ingreso de la mente humana en los territorios imaginarios de la era digital, como ya anunciara “Inland Empire”. Y podría leerse, por tanto, como inmersión fantástica en el inconsciente tecnológico de nuestra época. Una alegoría malsana sobre el proceso de digitalización de lo real.


miércoles, 1 de julio de 2020

AJUSTE DE CUENTOS



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Contemos, contemos. A ver si nos salen los cuentos con que nos engañamos a diario. España nunca ha sido un país cartesiano y así nos va. Pero esto de los muertos que no cuentan, o de los muertos que no suman, ya pasa de la raya de lo racional y se convierte en un acto de magia. Prestidigitación contable para encubrir graves errores de gestión. La vida no es una ciencia exacta y la muerte menos. Ahora lo sabemos mejor que ayer y antes de ayer. Las estadísticas mienten. Los muertos no suman, restan, y el rebrote de octubre es más probable que la caída de la hoja. Los chinos son grandes expertos en números desde la antigüedad y también han hecho trampa con los cálculos de fallecidos. Sus combinaciones mágicas les ayudaron mucho cuando transformaron la economía comunista en capitalista sin pasar por el quirófano y ahora han hecho desaparecer a todo el que no contaba.
Los muertos no se levantan para protestar ni los vivos alzan la voz para reclamar justicia. Los historiadores del futuro estudiarán la conducta inepta de los gobiernos occidentales y descubrirán verdades que hoy permanecen ocultas. Cada uno ha ido a lo suyo y eso es lo más penoso de todo. Como la catástrofe de Chernóbil, esta crisis ha evidenciado los fallos garrafales del sistema y la tecnociencia que lo gestiona. El gobierno español minimizó la amenaza para cumplir el programa electoral y cuando la ola gigante le pasó por encima trató de reducir al máximo los costes políticos del desastre. Pasó igual con ZP en la crisis financiera de 2008. Pese a todos los avisos, no podían permitir que un virus de incierto origen les amargara la fiesta ideológica.
Que el gobierno socialpodemita lo haya hecho fatal, con la complicidad de los canales masivos de televisión, no implica que yo crea que el gobierno virtual de PP y Vox lo habría hecho mejor. Al contrario. Lo que más debería preocupar a un votante de izquierdas es ver a los suyos actuar tan mal como la derecha. Con la misma arrogancia falsaria con que Sánchez, el engañabobos de la Moncloa, alecciona a los españoles a olvidar las terribles lecciones aprendidas durante el confinamiento y confiar en él, como si no fuera responsable de lo sucedido. Todos lo son, sin exculpación posible. Pero este país ha decidido pasar página de nuevo, no comerse mucho el coco y creer en la magia cabalística de los números y la mentira retórica de las palabras. Así no vamos a ninguna parte. Dan ganas de hacerse alemán. Las mascarillas son para el verano.

miércoles, 24 de junio de 2020

SOBERANA INTELIGENCIA



[Manuel Arias Maldonado, Nostalgia del soberano, Libros de la Catarata, págs. 190]

        Este libro, no sé por qué, me recuerda a Las Meninas. O, más bien, el dispositivo pictórico de Las Meninas es similar al concepto político y al fenómeno social de los que habla este libro. Como sabemos, en Las Meninas Velázquez se autorretrata pintando un retrato de la pareja real española, el rey y la reina, como escribiría Sender. Estos son excluidos del cuadro y solo aparecen de manera marginal reflejados en un espejo que aparece al fondo de la espaciosa estancia y del cuadro que la describe en toda su amplitud como factoría de producción simbólica…Pero, además del pintor, hay otra figura al fondo de la estancia que se manifiesta como presencia fugaz o pasajera, detenida en el vano de una puerta, un nuevo espectador visible, un curioso personaje ensimismado en la contemplación posterior de la escena desde el punto de vista antagónico al del monarca ausente o el espectador invisible. Observa desde el trasfondo, desde atrás, como si para que funcione el trampantojo o la pantalla visual del poder todo deba volver su rostro al soberano, incluido él que pasaba por allí acaso por casualidad. La posición retrasada en que el cuadro fija a este observador casual es simétrica en su frontalidad a la del espectador y representa su antagonista. Ya no el personaje del espectador fascinado con el mecanismo puesto en escena como imagen de poder, sino el analista desengañado o escéptico que despoja de adornos la representación en curso y deja al desnudo todos y cada uno de sus engranajes sin sucumbir a las ilusiones  que el poder debe poner en marcha para encubrir sus intenciones, medios y fines. Ese lugar crítico es el lugar que quizá ocupe el autor de este libro, si tenemos en cuenta los análisis rigurosos realizados en sus páginas, y también, por qué no, de cada uno de sus lectores. En la alegoría del cuadro, ese lugar desplazado es el de la inteligencia soberana. La inteligencia soberana es esa facultad única, extraordinaria, que ve lo que nadie ve. Lo que está en el cuadro y lo que no, cómo funcionan los reflejos y las imágenes, cuál es la seducción que ejercen sobre el que los mira sin interrogarse por su origen. Ella sola ve, a la vez, la figura real del monarca, plantada frente a su personificación en el espacio exterior al cuadro mismo, y su imagen pintada en el lienzo, con todos los rasgos que permiten reconocerla. Esta figura analítica, implicada en la representación de un modo distinto que los demás, a pesar de todo lo que también tiene en común con ellos, no necesita, como el espectador que somos todos, el reflejo en el espejo para corroborar la presencia real que se manifiesta en el cuadro como ausencia divina. Ve la realidad y el artificio del poder, del Estado, de la política, al mismo tiempo, en planos simultáneos, en dimensiones sincronizadas. Nostalgia del soberano, dice Arias Maldonado que sentimos en estos tiempos de incertidumbre y complejidad. Soberana nostalgia de la inteligencia soberana, más bien.

[Extractos del ensayo en curso Nostalgia de la inteligencia soberana]


Todo este guirigay hipermoderno del que se ocupa Arias Maldonado con erudita inteligencia comenzó con la caída de las narrativas maestras con que la humanidad había intentado dar sentido a su destino terrenal. En principio fue el relato cristiano de salvación metafísica que luego se hizo relato racional emancipador con la Ilustración para convertirse, primero, en epopeya romántica hegeliana y, después, en ficción científica de transformación del mundo e instauración de la utopía marxista. Sobrevivimos ahora entre las lujosas ruinas del último metarrelato de la historia, que no se reconoce tal a pesar de su poderío e influencia sobre la realidad: el relato neoliberal de que la economía capitalista y el desarrollo tecnológico e industrial bastarán para salvar materialmente a los humanos de la miseria y la infelicidad.
Arias Maldonado ha elegido un tema espinoso para poder, al mismo tiempo, desarrollar una convincente reivindicación del liberalismo moderno que desemboca en la fundación de las democracias parlamentarias. Pero la sutileza de su maniobra ideológica consiste en partir de un ángulo original, una perspectiva polémica que le permite designar al antagonista más insidioso de dicho sistema político: el populismo como sentimiento de nostalgia por una forma de poder que realice sin trabas los fines que la política convencional claramente no consigue.
En este sentido, su revisión de la historia de la soberanía resulta tan instructiva como heterogénea, desde Hobbes y Rousseau a Constant, Schmitt o Arendt, demostrando en cada caso cómo el contexto histórico y las circunstancias peculiares de las diversas sociedades determinaron el pensamiento de cada uno de ellos como respuesta o solución provisional a una problemática que iba modulándose conforme pasaban las épocas y sus turbulencias concretas. Los lectores de Arias Maldonado conocemos su afinidad liberal con Hobbes y Constant, pero la reiterada consideración de las ideas de un conservador de la envergadura de Schmitt demuestra que no solo es capaz de afilar su pensamiento en pugna con filósofos dialécticos como Hegel o Marx, sino también con escritores reaccionarios como De Maistre.
En otro capítulo sustancioso discute Arias Maldonado con agudeza sobre la potencia y la impotencia de la política en términos que casi admiten una traslación sexual. La política no es omnipotente, lo sabemos, ni tampoco impotente, faltaría más. Que economice su poder y lo ejerza con prudencia no conduce, sin embargo, a que no pueda nada contra la intromisión dañina de otros poderes, según pretenden los populistas de derecha e izquierda, nostálgicos de una soberanía nacional, mesiánica o carismática, más que dudosa en un contexto globalizado.
La complejidad y pluralidad social y cultural que caracterizan al presente transforman el poder político en labor de vigilancia experta para evitar abusos y excesos nocivos del sistema, como comprobamos en esta renovada crisis económica disfrazada de alerta sanitaria. El populismo es una actitud peligrosa, desde luego, cuando no sirve de voz de alerta contra los males reales que afectan a la gente. Pero la indiferencia elitista ante estos problemas debería ser motivo de preocupación para cualquier defensor de la democracia liberal. Ambos fenómenos se retroalimentan. Y la democracia misma se muestra tan dependiente del mercado soberano, excitando falsas expectativas de felicidad en los consumidores, que habría también que buscarle enemigos íntimos que socavan con sus acciones los fundamentos constitucionales y lo reducen todo a parámetros económicos, publicitarios o tecnocráticos.
El pesimista escéptico que Arias Maldonado recomienda como figura idónea a la situación actual debe considerar todas estas cuestiones con soberana inteligencia, como hace el autor, antes de precipitarse en las facilidades del juicio o el prejuicio.

viernes, 19 de junio de 2020

CUENTO CHINO



[Publicado en medio de Vocento el martes 16 de junio]

Anoche soñé que volvía a Wuhan. Es el principio de la pandemia y tengo fiebre. Paseo por las calles vacías en busca de una explicación y me encuentro con tres viejos misteriosos que cubren sus bocas con mascarillas de tela. Yo entiendo el chino de la región sin esfuerzo y los ancianos me hablan como a uno de los suyos. Los sueños son caprichosos. Los tres clones de Lao Tse pasan de ochenta años y se saben condenados por la historia. El primero me habla de murciélagos y pangolines sin parar de reírse. Esto se esperaba desde hace tiempo, me dice el segundo. La ONU lo anunció. Si no se hacía algo antes de 2020, el mundo se iba al garete. Es un ensayo. Vendrán otros confinamientos y nos resignaremos a vivir así. Nos ponen a prueba. Me mira a los ojos y me dice que estoy muy enfermo. Reconoce los síntomas enseguida. Ha visto a mucha gente en ese estado. Lo merecíamos, me dice el tercero. Esto tenía que cambiar de algún modo. No podíamos seguir así. Hay que darle amor a la gente, no odio, como dice el maestro Soros. La vida se hunde y nadie hace nada.
Escuchándolos me sube la temperatura y empiezo a sudar. Me preocupo, pero no me resisto a preguntar. He venido aquí en busca de la verdad. Quiero respuestas a todas las preguntas. Se me acumulan en la lengua y los tres venerables me piden que me relaje. Si me pongo melodramático será peor. Son demasiadas preguntas mal formuladas, me dicen. La mayoría sin respuesta. Ellos lo saben bien, por eso ríen sin descanso. Aprovechan la pausa para quitarse las mascarillas. Necesito una solución, antes de que la epidemia se extienda. Un plan estratégico. Planteo las cuestiones del momento. Por qué ha sucedido todo esto. Hubo otros virus antes y no pasó nada igual. Por qué ahora. Cuál es el motivo.
Atravesamos tiempos interesantes, me responden. Tiempos de grandes cambios. El virus es una respuesta y una pregunta al mismo tiempo. Una respuesta al mal y la violencia que propagamos. La situación era insostenible y lo sabíamos. El virus es la madre de muchas otras preguntas. ¿Aprenderemos alguna vez? Más bien no. Es imposible. Nada se repite y nunca somos los mismos, me dice el oráculo chino sin inmutarse. Una interferencia molesta se cuela entonces en el sueño y no logro entender las últimas reflexiones de los tres sabios taoístas. Escucho saliendo de sus bocas la palabra mágica que encierra todas las preguntas y las respuestas, pero la fiebre me impide memorizarla. Cuando desperté, la Nueva Normalidad todavía estaba allí. 

martes, 16 de junio de 2020

EXORCISMOS


[La verdad es que ya no aguantaba más. Después de tres meses y con todo lo que hemos pasado y todo lo que esto ha cambiado desde entonces, ya era hora de anunciarlo. El “Bloomsday” que se celebra hoy es una magnífica ocasión para darle publicidad. Aquí está Exorcismos (Maclein y Parker, 2020), mi nuevo libro de relatos con grandes éxitos que todos mis lectores conocen y algunas novedades sorprendentes.  Es una fiesta de la literatura, como siempre, para todos y para nadie. Ojalá la disfrutéis…]

¡Oh, Kitty, qué bonito sería si consiguiéramos entrar en la Casa del Espejo! ¡Estoy segura de que tiene cosas preciosas! Finjamos que existe alguna  manera  de  atravesar  el  espejo. Finjamos que el cristal se vuelve blando como la gasa y podemos atravesarlo.

-Lewis Carroll, A través del espejo-

Ojos para los fuegos de la concupiscencia, orejas para abrirlas a los malos discursos.

-Pierre Klossowski-


Exorcismo es una práctica de escritura por la que se libera la energía de los demonios de la realidad y la mente y se traspasan a otros cuerpos. Algunos de esos demonios son también fantasías. Otros son espíritus o fantasmas. Presencias intrusas y obsesivas que solo cabe conjurar con palabras y ficciones. Exorcismos que son también actos de espiritismo, por tanto, y de hechicería.
Estos relatos hablan de todo un poco, en voz alta y en voz baja, con trazo fino y con trazo grueso, dando gritos de cólera como un poseso, un endemoniado o un prisionero, o susurrando en la oscuridad del dormitorio como amantes desnudos. Hablan de la historia, pero no solo. Del deseo y el sexo, pero no solo. De la locura y la estupidez, pero no solo. Del cuerpo y sus poderes, traumas y aflicciones, pero no solo. Del amor y el erotismo, pero no solo. De los animales y el tiempo, pero no solo. De la soledad y la belleza, pero no solo. Del pasado y el presente, pero no solo. De mujeres y de hombres, pero no solo. De niños y de niñas, pero no solo. Del mar y de la muerte, pero no solo. De la violencia y de la guerra, pero no solo. Del cerebro, de la mente y de sus fantásticas creaciones, pero no solo. De la juventud y el final de las ilusiones, pero no solo. Del poder y la política y la corrupción del poder y la política, pero no solo.
Este libro habla de todo un poco, sí, y un poco de todo da a cada uno que lo lee con atención. Exorcismos de voces extrañas que el autor ha escuchado o escucha a diario con insistencia. Exorcismos de vidas que el autor ha vivido tan intensamente como la suya propia.

jueves, 11 de junio de 2020

ETERNA JUVENTUD


[Frédéric Beigbeder, Una vida sin fin, Anagrama, trad.: Joan Riambau, 2020, págs. 345]

     Desde el principio de este extraño libro, una amalgama de géneros tan compleja como algunas de las combinaciones biomoleculares o celulares que se mencionan en abundancia en sus páginas, Beigbeder reconoce una obviedad que le sirve de justificación: “Hoy la ficción es menos disparatada que la ciencia”. Esta premisa abre la puerta a escribir la primera obra de un género que se me antoja nuevo: la auto(ciencia)ficción. Beigbeder es un escritor inteligente, siempre lo ha sido, un representante eximio de esa inteligencia parisina que funda sus facultades y méritos en la cultura burguesa y la educación elitista. La autoficción ha formado parte de la estrategia de sus novelas en la medida en que estas, de un modo u otro, eran una excusa para proyectar su ego hipertrofiado y vulnerable en una plataforma privilegiada de exposición al otro. Y la ciencia ficción, para qué negarlo, forma parte ahora del devenir del mundo, se ha fundido con sus texturas hasta hacerlas hiperreales.
Este ego de Beigbeder es el de un “pijo libertario”, como lo llama su psicoanalista, o un hedonista posmoderno, un personaje mediático que vive entre la borrachera de la fama y la resaca del glamour. Y pasa que un buen día, como si tal cosa, en medio de sus correrías de coca, su vida sexual enloquecida con modelos y actrices y sus programas televisivos para espectadores embrutecidos, la conciencia de su mortalidad lo ataca en la boca del estómago como un puñetazo de lógica aplastante. El personajillo mediático siente entonces la agudeza del aviso como una invitación a pensar en la vida eterna. Y así la trama de la novela se construye como un doble periplo, interior y exterior, por diversos centros mundiales (clínicas, hospitales, laboratorios, balnearios, etc.) en pos del remedio científico más avanzado contra el envejecimiento y la muerte. Y lo encuentra, pero sus resultados son más parecidos al vampirismo feroz que a una terapia eficaz.
Una parte importante de la novela se plantea, de ese modo, como una docuficción en torno a encuentros reales con grandes especialistas en investigaciones punteras sobre medicina y teorías biológicas asombrosas. La otra parte, como era de esperar, supone un salto a los territorios más imaginativos de la ciencia ficción y el terror biopolítico. Beigbeder riega de humor e ironía sus excitantes pesquisas y hasta sus descubrimientos más atroces, como que la eugenesia es el ideario dominante de nuestra época.
Pero esta novela se sostiene sobre dos golpes de ingenio unamuniano. El primero es plantear por primera vez si una existencia como la del sujeto protagonista merece ser inmortalizada, es decir, si el abusivo yo que ocupa con su vanidad y arrogancia el foco del relato, con sus opiniones agotadoras sobre lo divino y lo humano y sus vivencias a cual más insignificante o trivial, es digno de aspirar a la inmortalidad como desea a toda costa, o se reduce a ser una simple fantasía ególatra. Una más en el hipermercado capitalista.
El segundo golpe se refiere a la debilidad del ateísmo y la reconversión a la fe católica que experimenta en un momento climático el ateo Beigbeder en pleno corazón monoteísta de la Jerusalén terrestre. Este regreso al pesebre religioso se plantea no solo como un rechazo a todo lo que había configurado el encanto de una vida compuesta de tiempo perdido, experiencias evanescentes y placeres efímeros, sino también como retorno a los paraísos de la infancia ferviente desde una posición de cincuentón socavado por las dudas de la edad y el desengaño existencial. La metafísica es la falsa solución a una vida pasajera que descubre con terror sus limitaciones y su inexorable finitud. Y la apuesta final por la felicidad familiar y la creencia cristiana suena a impostura irónica.