Si
la cultura sirviera para algo más que para lo que sirve, prefiero no entrar en
detalles, los acontecimientos del 11-S deberían marcar una inflexión decisiva
en nuestra comprensión de la historia, la sociedad, la política y la cultura,
desde luego, pero también, visto lo visto, la economía. Inmersos en la crisis
más grave de la historia reciente, una crisis económica que es también una
crisis de valores, no cabe engañarse sobre sus implicaciones en el detonante de
la misma. Podría decirse, en este sentido, que los atentados terroristas que
tuvieron lugar en el undécimo día del noveno mes del primer año del siglo
veintiuno causaron una despresurización automática del sistema. Como cuando en
un avión de pasajeros se abre una brecha en el fuselaje que modifica las condiciones
en el interior de la cabina y tiene consecuencias impredecibles para sus
ocupantes. No en vano, en el movimiento del 15-M aparece, como inclusión en su
programa local de una reivindicación global, la exigencia de esclarecimiento de
la verdad del 11-S. La propuesta se presenta con un elocuente eslogan (STOP NEW
WORLD ORDER) donde se sugiere la vinculación necesaria entre los atentados y el
nuevo orden económico mundial surgido de la crisis.
El 11-S ocurrieron, por otra parte, dos acontecimientos culturalmente relevantes: el “apocalipsis” se transformó en icono pop y programa estrella de televisión y se democratizó la tragedia histórica al poner los votantes y consumidores de a pie toda la carne y la sangre del sacrificio. En este contexto, la revisión de algunos documentos culturales posteriores a la catástrofe puede resultar instructiva para explorar el (sin)sentido global de nuestra existencia en este nuevo siglo, de origen tan traumático como espectacular.
La caída de las torres
Ballard,
el autor de «Crash» y «Rascacielos», no pudo imaginar una “exhibición de
atrocidad” de tal magnitud: dos aviones de pasajeros estrellándose en todas las
televisiones contra los rascacielos más emblemáticos del mundo. Ballard,
erigido en guía del nuevo milenio, había proclamado que la cultura posmoderna
occidental, obsesionada con el fin del mundo y los acontecimientos
extremos, solo podía aspirar a embriagarse con lo que denominaba “el dulce
aroma del exceso”: “Más sexo y violencia en televisión y no menos. Ambos
son poderosos catalizadores del cambio social, en momentos en que se necesita
desesperadamente un cambio”. De hacer caso a las predicciones de quien había
explorado en sus novelas la erótica del accidente automovilístico, las escenas
violentas o los tumultos y sublevaciones sociales, tras el derrumbamiento de
las dos torres debería haberse producido un desencadenamiento de energía
libidinal y episodios de locura colectiva similares a los que se constataban en
las epidemias medievales de peste. Por desgracia, la caída televisada de
las dos torres neoyorquinas en horario de máxima audiencia no solo supuso el
afianzamiento de Bush y su equipo al frente de la Casa Blanca (como confirmó el
Episodio III de «Star Wars»), sino un auténtico “tsunami” de lugares comunes,
cursilería moral, nacionalismo irredento, pánico comunitario, valores
tradicionales, represión estatal, recortes de la libertad de expresión y demás
enfermedades del espíritu liberal, avaladas por todas las iglesias y sectas,
partidos y grupos de opinión mayoritarios, como único antídoto contra el veneno
anímico generado por los terribles ataques.
A estos,
en gran parte, debemos el conservadurismo y el puritanismo reinantes en este
siglo controlado por todopoderosos señores de la guerra dispuestos a
enfrentarse a perpetuidad en el vasto tablero del planeta por un poder que ya
nadie se atreve a llamar por su abyecto nombre. Las similitudes ideológicas
entre quienes planearon los ataques como un mazazo moral y material al corazón
financiero del mundo y quienes les declararon la guerra total son innegables.
El fundamentalismo cristiano y el islámico se dieron la mano a través del
espacio devastado de la “zona cero” señalando al mismo antagonista como
responsable moral de la masacre: la decadente vida contemporánea. El pretexto
de preservar este modo de vida supuestamente amenazado servía ahora al poder
hegemónico como tapadera cínica para imponer en casa una variante local de la
misma moral dogmática que había concebido los atentados. En «Milenio Negro» (2003), la
penúltima novela de Ballard, uno de los terroristas de clase media, de modo
bastante delirante, inscribe los atentados en la lógica de un proyecto general
de abolición del siglo XX: “El ataque al World Trade Center en 2001 fue un
valeroso intento de liberar a América del siglo XX”.
Lo
que ocurrió hace veinticinco años, en suma, dejó con el culo al aire a todo un
país y al sistema que lo monopoliza de modo abusivo. Fue un acto brutal por el
que quedó a la vista de cuantos quisieran mirar sin escrúpulos la desnudez
total de un sistema de organización del mundo fundado en incontables
mixtificaciones y mitos banales. Detrás de la ostentosa fachada del World Trade
Center no había nada más que otra fachada y eso ni siquiera los terroristas,
creyentes en sólidos fundamentos y ontologías trascendentes, aunque devotos de
la nada en el fondo de sus corazones, fueron capaces de preverlo. El
acontecimiento se les fue de las manos a todos, los que lo planearon y
realizaron y los que debían haberlo evitado, y todos, por tanto, quedaron con
sus nalgas expuestas al aire recalentado por la combustión del queroseno de los
aviones estrellados. El espectáculo mereció la pena solo por esta revelación
fundamental. Sin los dos mil ochocientos muertos, que actuaron de pantalla para
un poder que los tomó como rehenes a fin de encubrir sus flagrantes
insuficiencias y retorcidos intereses, lo habríamos podido ver todos con más
claridad. Sin esa devastadora perturbación que suponían los cuerpos destrozados
o la gente saltando al vacío desde las ventanas de las torres, no habrían
podido ocultarlo con tanta eficacia.
Con
su habitual provocación crítica, Baudrillard señaló acertadamente, y le
llovieron insultos y descalificaciones de todas partes por tratar de ser
coherente con un pensamiento tan incómodo como el suyo: “la violencia de lo
mundial pasa también por la arquitectura y, por lo tanto, la oposición violenta
a esta mundialización también pasa por la destrucción de esa arquitectura. En
términos de drama colectivo, podría decirse que el horror...de morir en esas
torres es inseparable del horror de vivir en ellas, el horror de vivir y
trabajar en esos sarcófagos de hormigón y acero”. Igual de atroz puede
parecernos entonces vivir o morir sirviendo al capital transnacional como único
amo y señor de nuestras vidas y destinos y recibiendo además los crueles
golpes de sus enemigos conjurados. Como muestra «Milenio Negro», la
desmoralización y el hastío de la clase media acabarán convirtiéndose tarde o
temprano en la mayor amenaza revolucionaria para el sistema.
La exhibición de atrocidades
Frédéric
Beigbeder escribió una novela comprometida sobre el álgebra de la catástrofe
(«Windows on the World», 2004) situando la acción en un doble plano: el
exterior de las torres (las víctimas potenciales, los espectadores) y el
interior (las víctimas reales). Beigbeder se escandalizaba por la censura
impuesta a la exhibición del horror: podían mostrarse hasta la obscenidad, y
así se ha seguido haciendo en todas las conmemoraciones y aniversarios del acontecimiento, nada ha
cambiado desde el primer día, las imágenes de los aviones estrellándose contra el
cristal líquido de las fachadas, o el colapso aparatoso de las dos torres,
desde todos los ángulos imaginables, en todos los canales, incluso
ralentizadas, en bucle interminable. Pero nunca se mostraron los cuerpos
abrasados o destrozados de las víctimas, nunca se permitió que la audiencia
oyera los aullidos de terror de los que se asomaban a las ventanas o se
arrojaban desesperados al vacío mediático. El consenso censor en la supresión
de imágenes crueles de la carnicería perseguía un fin hipócrita: negarle a la
conciencia americana el acceso visual al conocimiento del horror. El acto brutal
mediante el que la muerte hacía su reaparición estelar en una sociedad empeñada
en expulsarla de sus representaciones más convencionales.
Con
esa política tan reaccionaria como cínica al mismo tiempo se suprimía
también un par de décadas de efervescente creación artística y literaria en las
que el cuerpo había ocupado el centro del escenario, atraído los focos de la
fama y practicado toda clase de rituales, más o menos obscenos, más o menos
espectaculares, con el fin de representar las mutaciones de la carne en la
posmodernidad. Numerosos artistas (Andrés Serrano, Cindy Sherman, Mike
Kelley, Bob Flannagan, Robert Gober, Carole Schneeman, Paul McCarthy, Kiki
Smith o Barbara Kruger, entre otros muchos) habían procedido a desconectar el
cuerpo humano de cualquier forma de trascendencia y restaurado su inmanencia
más agresiva o visceral, menos asimilable por el gusto medio normalizado. Este
mismo campo venía siendo explorado desde los años setenta por el cineasta David
Cronenberg. En todas sus películas se examinan, con exactitud quirúrgica y
pasión glacial, las derivas psicopatológicas de comunidades sin dioses ni
cultos sublimes, individuos sometidos a toda clase de experiencias terminales,
entregados a la experimentación con innovadoras tecnologías y nuevas formas de
sexualidad. Por tanto, si en lugar de ese siniestro pacto de silencio
entre los medios (des)informativos y el poder gubernamental se hubiera
encargado la cobertura del “tiempo muerto” del acontecimiento a Cronenberg o,
en su defecto, a cualquiera de los artistas citados, contaríamos hoy con uno de
los documentos culturales más escalofriantes sobre la barbarie, un retrato
incomparable y pavoroso de nuestra existencia corpórea en la fase histórica del
capitalismo tardío y sus sórdidos aledaños fanatizados.
Beigbeder
veía en la “envidia cultural” la raíz de los bárbaros atentados. Así lo
entendió DeLillo, en un primer momento, al señalar que el objetivo simbólico de
los terroristas era “la capacidad de la cultura norteamericana para traspasar
todos los muros y penetrar en cada hogar, cada vida y cada mente”. En
uno de sus ensayos, David Foster Wallace propone otra interpretación de ese
malestar cultural. Con lucidez irónica, Wallace analiza la catástrofe
“pixelizada”, esto es, vista (y vivida) en la pantalla televisiva, como forma
consumada del entretenimiento. Y, en especial, el momento trágico en que “el
Horror”, como lo llama metafóricamente, le revela por televisión que la América
que los fundamentalistas han querido destruir es, en gran parte, la que él
representa como escritor y la de la cultura descerebrada del consumo que lo
circunda como líquido amniótico. En su novela póstuma, «El rey pálido», Wallace
da un paso más al alegorizar el hundimiento total de América en términos
puramente económicos.
DeLillo
de fondo
¿Qué
puede hacer un escritor cuando cobran realidad sus intuiciones más terribles? Esta es posiblemente la pregunta que Don DeLillo se planteó a raíz del 11-S. En
todas sus novelas, el espectro del terrorismo y la muerte masificada ronda el
hiperespacio de los supermercados, los aeropuertos, los centros comerciales,
los distritos financieros o las zonas residenciales como reverso tenebroso de
las brillantes superficies, códigos comunicativos, pantallas ubicuas, múltiples
mercancías e intercambios constantes de la sociedad de consumo. Sin
proponérselo, DeLillo profetizó la matanza cuando se tomó novelísticamente en
serio las especulaciones de Baudrillard sobre la identidad espectacular de la
lógica terrorista y la lógica televisiva. O, como en «Cosmópolis», novela
posterior al 11-S, donde postula la similitud de fondo entre la violencia
productiva del capitalismo y la violencia aparentemente improductiva del
terrorismo, como un efecto colateral de su funcionamiento incontrolable.
Tras
los atentados, DeLillo declaró en un artículo: “Hoy, una vez más, la narrativa
mundial se halla en manos de terroristas”. La narrativa fundamental del 11-S
consistió, por tanto, en desviar la gigantesca tecnología del sistema y ponerla
al servicio de la más enérgica destrucción de sus baluartes inexpugnables.
Nunca antes sonaron tan verdaderas sus palabras: “la tecnología es nuestro
destino, nuestra verdad”. Pues el choque cognitivo descomunal de los atentados,
así que pasen una, dos o tres décadas de su comisión, lo sigue representando
esta colisión calculada de la más avanzada tecnología del siglo XXI con una
aberración nihilista de la mentalidad medieval generada en plena mundialización
económica.
Seis años después, DeLillo se propuso en
«El hombre del salto» (2007) afrontar el acontecimiento desde una perspectiva más
humana, reflejando el impacto consciente e inconsciente que tuvieron los
atentados en la gente que los vivió en tiempo real, a uno y otro lado de la
pantalla. En este sentido, podría considerarse esta novela como un acto de
expiación simbólica. En ella, el protagonista, un superviviente de los
atentados, experimenta el sentimiento de pérdida en toda su radicalidad
ontológica: no es posible creer en nada, ya sea la familia, Dios, la sociedad o
el amor, en un mundo donde ocurren cosas tan terribles como estas. El choque
narrativo entre las vivencias de las víctimas (ciudadanos cuya ideología es la
lógica capitalista del espectáculo) y las experiencias e ideario de los
terroristas (el absolutismo religioso y el misticismo cruento del sacrificio)
escenifica el antagonismo moral de sus respectivas versiones de la realidad,
expresado en una de las opiniones más polémicas de la novela: “¿No se
levantaron las torres como fantasía de riqueza y poder para que algún día se
convirtiesen en fantasías de destrucción? Una cosa así se construye para verla
caer. La provocación es evidente”. Con esta confrontación dialéctica, DeLillo
logra construir un escenario nada maniqueo de la situación mundial.
Escenarios
extremos
En
2011 se publica en Francia la novela «Los cuatro colores del Apocalipsis»,
donde su autor, Éric Sadin, asume la inteligencia combinatoria de un experto
del Pentágono, un guionista profesional o un terrorista imaginativo a fin de
diseñar, declinando los códigos tecnológicos de la sociedad de la información,
escenarios (im)probables para atentados posibles en un territorio globalizado
que pasa por Nueva York, Madrid y Londres, pero también por otros espacios
geopolíticos de conflicto. Al mismo tiempo, Sadin publica un ensayo
esclarecedor («La sociedad de la anticipación») donde muestra hasta qué punto,
como secuela irreversible del 11-S, nuestro mundo se ha vuelto fanático de la
seguridad y no puede tolerar la injerencia del azar o la indeterminación y, por
tanto, consagra los medios más sofisticados a la construcción de modelos
virtuales en todos los ámbitos de la vida, incluido el terrorismo, imponiendo
un régimen de vigilancia global sobre los procesos de la realidad que pasa,
como en “Minority Report”, “Déjà vu” o “Código fuente”, por su anticipación
tecnológica y policial.
De
modo más radical, Maurice Dantec describió el 11-S como el
“Último-Día-del-Mundo-tal-y-como-lo-habíamos-conocido” en su novela «Villa
Vortex» (2003), un delirio maximalista de ciencia y política-ficción centrado
obsesivamente en el “agujero negro” del atentado como máquina generadora del
fin de los tiempos y América como “laboratorio del mundo” donde el futuro se
imagina y prepara conforme a los patrones de la ficción científica: “Lo más extraño
y lo más altamente significativo, en esa giromancia de aviones de línea
desviados para estrellarse contra las altezas gemelas, residía precisamente en
el hecho de que esta catástrofe anunciada, aunque imprevista, era obra del hijo
descarriado de un empresario de la construcción beduino. Constructor de
autopistas y desiertos, unas y otros unidas en el ciclo mágico del dólar
petrolífero, su culminación no podía ser otra que la de engendrar al hombre que
un día iba a abatir las torres del centro económico mundial”. En su novela
posterior («Artefact», 2007), el narrador, un arcángel visionario del fin de la
historia, acude al corazón del infierno de las torres a punto de desplomarse
para rescatar a una extraña niña en quien se cifra el poder salvífico de un
mundo entregado a la guerra y la destrucción total. Esta visión mesiánica y
apocalíptica del atentado es compartida, a pesar de su compleja amalgama de
religión, ciencia y tecnología, por una parte de la comunidad americana, afín
al fundamentalismo cristiano.
Increíblemente
cómica resulta, en este sentido, la exégesis paródica del atentado que
incorpora Bolaño en su mamotreto “pop-apocalíptico” «2666» (2004). Preguntado por los
motivos de sus actos, el exaltado líder de una excéntrica hermandad de
afroamericanos que se manifiesta en Manhattan enarbolando un enorme retrato de
Bin Laden explica “lo conveniente que había sido el ataque contra las Torres
gemelas para cierta gente”: “Gente que trabaja en la bolsa…gente que tenía
papeles comprometedores guardados en las oficinas, gente que vende armas y que
necesitaba un acto así”. Y los aviones, en esta versión novelesca del atentado,
los pilotaban terroristas incontrolados del Ku-Klux-Klan o pacientes anónimos
de manicomios del Medio Oeste a las órdenes de la CIA.
En «Contraluz» (2006), la gran novela de lo que va de siglo, Thomas Pynchon se hace eco de la catástrofe en términos mucho más políticos y también alegóricos, señalando las complicidades internas, los beneficios particulares y la pugna tecnológica, corporativa y financiera que estaban detrás de los ataques a “la gran ciudad sobre la que se abatió el dolor y la ruina”: “De aquella noche y aquel día de ira desenfrenada, la gente habría esperado que una ciudad, si sobrevivía, saliera completamente renovada, renacida, purificada por las llamas, una vez superadas la codicia, la especulación inmobiliaria, el politiqueo local”. En otros entresijos de la compleja trama, Pynchon reconoce con lucidez que las “Víctimas Inocentes” eran solo una excusa “en cuyo nombre esbirros uniformados salían a abatir a los Monstruos que Realizaron el Acto”.
Obama contra Osama
Estas
metafóricas palabras, como otros crípticos pasajes de la novela, se refieren
veladamente a Bin Laden, el “Darth Vader” islamista. En una entrevista, Pynchon
expresaba sus dudas sobre la versión oficial y afirmaba, desengañado, su
desconfianza en el interés de la administración Bush por capturar al
archienemigo del imperio americano. En «El hombre del salto» aparecen unos
niños que están convencidos de que las torres no han caído y que “Bill Lawton”,
así pronuncian el exótico nombre de Bin Laden, ese todopoderoso señor de la
guerra, una suerte de genio maligno digno de una fantasía pueril a lo Harry
Potter, volverá pronto a atacar la ciudad. Los niños se pasan el día
intercambiando misteriosas contraseñas que intrigan a los adultos y escrutando
el cielo de Manhattan en busca de señales de su ominosa presencia. Bush, como
escribí en mi novela «Providence» (2009), no podía tener ningún interés “en ahorcar de
un raquítico árbol afgano, con una vieja soga recuperada de una anticuada
película del oeste, al nuevo Viejo de la Montaña y líder renovado de la secta
criminal y narcotizada de los Hassissin, por la sencilla razón de que
preservando su vida para que siga dirigiendo operaciones terroristas
espectrales y enviando de tanto en tanto comunicados apocalípticos a un mundo
que ha dejado de tomárselos a risa, es como cumple a la perfección con el papel
que se le ha asignado en esta comedia sangrienta cuyo escenario geopolítico
ocupa hoy toda la tierra”.
No es casual, por tanto, que haya sido Obama quien pusiera fin a los días y las noches orientales de Osama (Bin Laden). No importa mucho, en este sentido, que otro líder fanático haya ocupado enseguida su puesto vacante al frente de Al Qaeda, desde el momento en que el villano absoluto que concibió los atentados como una superproducción cinematográfica de espectaculares efectos especiales había sido suprimido para siempre del guion planetario. Con gran eficacia táctica, Obama habría logrado neutralizar, desde luego, el siniestro escenario de pesadilla con que Bush y sus secuaces “neocon” mantuvieron amedrentada a la población americana (y europea) durante más de siete años. Pero también reavivar, en cierto modo, las verosímiles sospechas sobre las implicaciones locales de los atentados en que se funda la paranoia del complot que los envuelve aún en un halo de intriga corporativa y terror doméstico (como ratifica la cancelación de la teleserie «Rubicon»). Estas versiones suspicaces basan su fuerza de convicción en demostrar, como hace Naomi Klein, la definitiva importancia del “shock” colectivo causado por las catástrofes en las estrategias mediáticas del poder político y económico asociado al capitalismo neoliberal.
Narrativas al límite
El asesinato de Kennedy tuvo dos versiones antagónicas: el informe Warren y, décadas después, la novela Libra (1988) de Don DeLillo. Con los acontecimientos del 11-S se ha repetido la historia: un informe oficial, decepcionante y tramposo, un paripé encargado por el gobierno de Bush y el Congreso, y esta réplica subversiva (Al límite, 2014) del mayor novelista norteamericano en activo, Thomas Pynchon. Con la sutileza que caracteriza su forma digresiva de aproximarse a la realidad, Pynchon envuelve el impacto traumático de los atentados en una trama superpuesta que comienza en Nueva York en la primavera de 2001 y concluye, de manera irónica y esperanzada, cuando los incipientes signos primaverales, tras un otoño fúnebre y un invierno siniestro, aparecen en el paisaje gris de 2002 para alegrarle la vida a su protagonista (Maxine Tarnow). Pynchon asume con todas las consecuencias la tesis de que los atentados del 11-S supusieron la expulsión violenta del siglo XX y la implantación de una narrativa neoliberal que tiraniza el nuevo siglo desde entonces. Como dice Pacôme Thiellement: la narrativa de los neoconservadores y la fábula del «choque de civilizaciones» elaborada a partir del 11-S y la invasión programada de Irak "destruyeron el proyecto de los años noventa, su anhelo de asumir el sueño de los sesenta".
En
este sentido, Pynchon entiende lo sucedido como una guerra entre narrativas que
pretenden imponer (o rechazar) una distorsionada visión del presente. Por
entendernos, la facción más poderosa de los neoliberales, aliados de un capitalismo
trasmutado que amenaza con sumirlo todo en un pozo abismal de explotación y
miseria con la excusa de rendir culto absoluto “a los dioses oscuros de la economía”, y quienes como el libertario Pynchon se sublevan contra los dictados del imperialismo capitalista
con el armamento de la ficción novelesca para dinamitar los estereotipos
ideológicos con que aquel se ha encargado de doblegar la resistencia de los
ciudadanos. Al final, es la inteligencia del lector, como pretende Pynchon,
quien decidirá si al mundo le queda alguna oportunidad utópica de reiniciarse
por entero o, más bien, está condenado a padecer narrativas y tecnologías que
lo sojuzgan cada vez más.
Lo que está claro es que todos estos escenarios extremos y estas teorías “conspiranoicas”, como tantas otras que circulan por internet, suponen una prueba más de que el “Expediente-X” del 11-S permanecerá abierto en la imaginación por mucho tiempo.


