Hoy
se cumplen cuarenta años de la muerte de Borges. Me acuerdo de dónde estaba
aquel 14 de junio de 1986. Me acuerdo de un bar mugriento en un barrio de
pescadores. Tomaba una copa con una pelirroja escultural (Elena) que era
entonces para mí todo lo que podía desear en el mundo (v. Todas
las hijas de la casa de mi padre).
Una combinación explosiva de inglesa y andaluza que me parecía irresistible
(hoy ya no tanto). Era una de las tres o cuatro "bellezas" con las
que he estado en toda mi vida. Nuestra historia había empezado cinco años antes
y terminado del todo hacía por lo menos dos y ahora se prolongaba
esporádicamente entre la desidia amistosa de ella y mi insistencia inútil.
Llevábamos meses sin vernos, cada uno encerrado en sus aventuras y vivencias
íntimas, y habíamos estado paseando por la playa al atardecer como tantas otras
veces. Durante el paseo, me había atrevido a besarla en la boca sin demasiado
éxito; su pasividad e indiferencia me exasperaban tanto como su aceptación del
hecho de que podía besarla sin consecuencias negativas ni tampoco positivas. Y
ahora, ya de noche, descansábamos en un tugurio sucio y ruidoso cercano a la
playa reponiéndonos de las emociones contrariadas del final de la tarde más que
del esfuerzo físico del largo paseo por la arena. Fue entonces cuando la
noticia de la muerte de Borges apareció en un pequeño monitor en blanco y negro
al que echaba miradas de reojo para distraerme del silencio preñado que era la
única forma de comunicación entre nosotros. La contundencia de los titulares
que acompañaban a las imágenes me dejó sobrecogido. En efecto, había muerto el
famoso autor del verso que mejor definía mi estado de ánimo esa noche y muchas
anteriores: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. No había otra forma de
decirlo y la inesperada muerte de Borges, a la que nadie prestaba atención en
todo el local más que yo, venía en cierto modo a sancionarlo. Traté de
explicarle a ella la importancia de Borges, primero, y su importancia para mí,
después, como aprendiz de escritor, con toda la ignorancia y la ingenuidad, y
también el deseo de seducir o impresionar, de mis veintitrés años. Apenas si me
escuchaba, insensible al destino aciago de Borges, a quien desconocía, y a mi
vano proyecto de asociarlo al mío. Hablarle de Borges, no obstante, era una
buena excusa para poder mirarla a la cara sin avergonzarme. Mirarle la cara
inexpresiva (los ojos, la boca, los pómulos, la nariz, la barbilla, etc.) con
el deseo progresivo con que habría mirado también, de haber podido, otras
partes de su cuerpo menos accesibles, reservadas desde hacía un tiempo a otros
más afortunados. No era amor, es cierto, lo que sentía por ella aquella noche
de final de primavera. No era el amor “con sus mitologías, con sus pequeñas
magias inútiles”. Era puro deseo, no lo niego, desorbitada pasión carnal. En
tal grado que no habría sabido diferenciarlos (“estar contigo o no estar
contigo es la medida de mi tiempo”). Hoy ya, escarmentado, ni me molesto en
intentarlo. Pasaron las horas y nada cambió. Borges estaba muerto, según la
televisión, y yo comprendí que siempre recordaría el momento de tristeza en que
lo supe como aquel en que también supe para siempre que ella (“El nombre de una
mujer me delata”) no volvería a amarme ni a desearme como había hecho cinco,
cuatro, tres, dos años atrás.
Abolidas estas diferencias ridículas entre nosotros, un mes después, cuando tenía ya un novio nuevo y yo amigas nuevas y ella lo sabía, se presentó en mi casa sin avisar. Al saberme solo, organizó, con una excusa ingeniosa, un número exhibicionista que traía preparado y me tenía como espectador privilegiado. Como la conocía bien e intuía sus intenciones, me contuve más de lo necesario ante cada una de sus provocaciones erógenas. Nada le insinué con mis gestos, para no alarmarla, sobre mi creciente estado de excitación. Era una recompensa inmerecida y tardía, y ya no podía significar lo mismo para mí, aunque quería disfrutarla sin cortes. Me consolaba, durante el ritual abusivo, pensando que había otro hombre en alguna parte que sufriría más que yo si hubiera podido verlo todo, sin entender nada, ni el designio del acto ni sus secuelas privadas. Sabía que no era el primero ni sería el último agraciado con esa clase de maliciosos premios de consolación. Era su forma de declararme, a plena luz, lo superior que la hacía sentirse el deseo de los otros. No fue la última vez que la tuve tan cerca, desde luego, hubo otras ocasiones equívocas en nuestra relación posterior, pero prefiero olvidarlas por discreción y delicadeza. No vienen a cuento. Yo no amaba ni quería amar para nada a aquella pelirroja exuberante y caprichosa, quería abrazarla de nuevo, con todo mi cuerpo, darle placer y recibirlo al mismo tiempo, sin coartadas sentimentales ni trucos mentales. Como Borges a sus mujeres, reales o imaginarias. Lo siento por los idealistas y aún más por los frígidos y los tibios de este mundo (no hay otro). Ningún cuerpo puede descansar de verdad en paz si antes no ha agotado el caudal de experiencias y deseos que le ha sido dado experimentar como carne. Así Borges, ahora, cuarenta años después de entregar su cuerpo gastado a la infinitud, casi el doble de los que yo tenía por entonces, cuando vivía enfangado en los dilemas vulgares de la finitud…
BORGES TOTAL
La
presencia de Borges en el canon de la literatura universal causa de inmediato
tres efectos benéficos: primero, permite integrar el pasado de la literatura,
incluso el más remoto, en los desarrollos más avanzados de la misma; segundo,
impone el rigor de la inteligencia en la práctica de un arte como el narrativo
que todavía muchos consideran intuitivo o espontáneo; y, tercero, destierra
cualquier concepción estrechamente nacional o local de lo literario en favor de
una literatura mundial concebida, según Gérard Genette, como el diálogo
simultáneo de todas las obras de la historia en todas las lenguas posibles o
imaginables (“La biblioteca de Babel”). No es irrelevante, en este sentido, que
su primera lectura del “Quijote” fuera en una traducción inglesa, o que la
broma más corrosiva gastada al “Quijote” celebrado como monumento literario
nacional provenga de su relato “Pierre Menard, autor del Quijote”, donde un
poeta simbolista francés se decide a reescribir literalmente la novela de
Cervantes.
Borges
era un gran bromista erudito, un escritor de inmensa cultura a quien gustaba
burlarse de las culturas humanas confrontando sus imágenes codificadas en el
ambiguo espejo de la literatura. En muchos de sus cuentos Borges caricaturiza
las señas de identidad de la cultura occidental, pero también socava los
fundamentos de cualquier otra superstición religiosa[i], cultural o estética: tanto la cábala
judía, el hermetismo platónico, el cristianismo o el ocultismo nórdico como el
experimentalismo literario[ii], las vanguardias, el nacionalismo o la
estética modernista son objeto de su irónica irreverencia. Borges representa
mejor que nadie en las letras hispánicas (donde esa figura resulta rara) el
saludable modelo del iconoclasta ilustrado.
La
cuestión esencial no está, por tanto, en que Borges creyera o no que la
teología era una tediosa desviación de la literatura fantástica, la filosofía
un subgénero literario más, y la ficción un modo filosófico figurado; la
cuestión fundamental planteada por Borges a todas las culturas consiste en el
desvelamiento de su vulnerable origen (la mente humana, fuente de todos los
errores, engaños y espejismos) y su función paradójica (la huida del mundo, el
imposible acceso a lo real). Lo radicalmente borgiano, en consecuencia, no
radicaría en los motivos un tanto tópicos que suelen alegar los discípulos más
epidérmicos, sino en la ambiciosa reflexión que permite formular sobre el
papel, los mecanismos y maquinaciones de la ficción en la cultura, la historia
y la vida humanas. La función trascendental de
las ficciones y artificios de Borges se funda, pues, en el reconocimiento de la
condición retórica de cualquier relato, el poder de resaltar su carácter de
ficción del lenguaje enraizada en la consustancial ficción del lenguaje que
constituyen todos los sistemas simbólicos humanos.
En
este combate crítico contra la cultura entendida como garante de los valores
convencionales que sustentan el orden establecido, como supo ver Pierre
Klossowski, la literatura de Borges se alinearía paradójicamente con el
designio intempestivo del pensamiento de Nietzsche[iii]. En este sentido, la dimensión de
simulacro y los juegos apócrifos de sus principales relatos suponen el recurso
más eficaz empleado por Borges para desmantelar las categorías racionales con
que los diversos poderes en ejercicio tratan de anular el poder subversivo de
la literatura. En manos de Borges la literatura de ficción se transfigura no
sólo en metaliteratura o metaficción, sino en el metalenguaje de todos los
discursos, el código maestro que descifra y desarma los otros códigos. Y, por
tanto, en el juego más serio al que pueda entregarse la inteligencia humana.
Sin
embargo, desde un punto de vista filosófico, los relatos de Borges no aportan
nada que un buen lector no pueda encontrar en Leibniz, Schopenhauer, Platón,
Plotino, los presocráticos o algunos gnósticos[iv]. Como en todo escritor creativo, las
influencias, apropiaciones o préstamos, procedan de donde procedan, son en
Borges mucho menos relevantes que su perfecta incorporación a un mecanismo
narrativo que revela la impostura intelectual encubierta tras su paciente
elaboración y su desolador contraste con el devenir y la vida, por no hablar de
su perversa intersección mutua. En cualquier caso, los dispositivos y
procedimientos ficcionales de Borges, a pesar del conservadurismo aparente de
algunos de los postulados orales de su autor, serán siempre el mejor sustento
para las aventuras más excéntricas y singulares del espíritu, el pensamiento o
la creación. Una inteligente lección de heterodoxia[v].
[i] “La secta del Fénix”, en este
sentido, es un relato demoledor contra los ritos y mitos del cristianismo. Dos
ejemplos más de esta tendencia: en “La búsqueda de Averroes” se evidencian los
límites conceptuales de la cultura islámica frente a la griega por su
ignorancia del concepto de “teatro” o “representación” (elogio indirecto de
Aristóteles más que de Platón), y, sin embargo, en “Los dos reyes y los dos
laberintos” expone la superioridad paradójica de los fundamentos geográficos de
la cultura islámica (el desierto, la experiencia teológica y mística de la
vacuidad, el nomadismo, etc.) sobre los aberrantes artificios de la
racionalidad helénica y occidental (el ingenioso dédalo, la retórica, la
ingeniería, la cultura, etc.).
[ii] Basta leer “Examen de la obra de
Herbert Quain” para entender a Borges como un escritor tentado por la
excentricidad literaria y, al mismo tiempo, cohibido por los peligros morales e
intelectuales de la misma. De esta tensión surge la grandeza de su proyecto
literario, alegorizado en el relato “La casa de Asterión”. Todas sus categorías
narrativas se reúnen aquí para modificar su valor cultural o mítico: el
monstruo y el laberinto, o, más bien, el narrador monstruoso, aberrante, en
lucha con sus pulsiones, y el laberinto carcelario, retórico, del relato que lo
contiene y refrena.
[iii] Borges no sería así un humanista
tradicional, como creen sus defensores más conformistas, sino un poshumanista
en toda regla, en la línea provocativa de Foucault, Derrida, Baudrillard y
Deleuze, que lo tomaron como uno de sus precursores seminales.
[iv] Así, en “El jardín de senderos que
se bifurcan” la idea de la ramificación infinita del tiempo y pluralidad de
mundos, que servía a Leibniz para justificar o explicar la realidad del mundo
existente como único posible, sirve a Borges para proponer, en la línea
estética de Thomas de Quincey, una provocativa coartada del asesinato y la
traición. O en “El inmortal”: una aplicación aplastante de la cronología
expandida y las paradojas temporales del idealismo, y una burla del concepto de
finitud y de inmortalidad asociado a la idea convencional del tiempo. En “El
Aleph”, por otro lado, expone una visión devastadora del mundo como caos
primigenio y ente insustancial, sin ninguna trascendencia. Del mismo modo que
en “Las ruinas circulares” arruina la creencia en la individualidad subjetiva y
la idea de realidad que la sostiene, como desbarata en “Los dos teólogos”,
haciendo suyas postulaciones de Chesterton y Bloy, la consistencia ontológica
de nuestro discurso racional, o en “La muerte y la brújula” corrompe los
fundamentos morales del género policial atribuyendo las cualidades positivas al
criminal y la ingenuidad y el engaño al detective. Como racionalista escéptico,
Borges no podía asumir sin más una tradición tan convencional como la
detectivesca. Por último, en “La lotería en Babilonia”, una de las críticas más
feroces al moderno contrato social y una redefinición revolucionaria del
concepto de clase o estamento, es la totalidad de la organización y el orden
social, como acuerdo entre los ciudadanos y pacto con el poder, el que se
disuelve en la nada a causa de la ironía corrosiva de su planteamiento
aleatorio. En el fondo, Borges pertenece a esa estirpe de escritores-pensadores
del siglo XX, como Broch, Abellio o Musil, que pensaban que el mundo existente era una
construcción arbitraria sostenida como realidad por la creencia “religiosa” de
los más ingenuos y menos informados y la mendacidad interesada del poder (de
los diversos poderes).
[v] Los borgianos de hoy, en todo caso, lo somos de tercera o cuarta generación (ciborgianos, como dice Germán Sierra), herederos de Borges, sin duda, pero también de muchos de sus descendientes estéticos, absolutamente renovadores y germinativos, de los últimos cuatro decenios (Bioy Casares, Cortázar, Fuentes, Cabrera Infante, Goytisolo, Ríos, Pynchon, Abish, Barth, Coover, Barthelme, Gray o Gass, entre otros).






