miércoles, 26 de diciembre de 2018

EXÉGESIS



[Emmanuel Carrère, Yo estoy vivo y vosotros muertos, trad.: Marcelo Tombetta, 2018, Anagrama, págs. 370]

Era como si una crónica corriente subterránea de miedo me hubiera hecho temblar toda la vida. Temblar, huir, meterme en dificultades, perder a la gente que amaba. Como el personaje de un dibujo animado en lugar de una persona, según me di cuenta. Una rígida animación de comienzos de la década de 1930. Por detrás de todo lo que había hecho, el miedo era lo que me había impulsado. Ahora el miedo había desaparecido, dulcemente eliminado por la nueva que acababa de oír. La nueva, me di cuenta repentinamente, que había esperado desde un principio; en cierto sentido, había sido creado para estar presente cuando la nueva se difundiese y no por otro motivo.

-PKD, Valis-

Una vez más, Borges tenía razón. Si la teología es una de las ramas de la literatura fantástica, eso quiere decir también que la literatura fantástica es una de las modalidades posibles de la teología, aunque sea en mundos paralelos o alternativos. Esta idea sirve para explicar la literatura de todos los mistagogos del siglo XX, los divulgadores literarios del (falso) misterio del universo, como el propio Borges y sus maestros Kafka y Chesterton o el lector cómplice de Borges que fue Philip K. Dick. Tras leer la obra de este heresiarca se comprende mucho mejor que la literatura es el sistema de conocimiento más complejo de lo real que se ha inventado por la sencilla razón de que, en su representación de la realidad, incorpora las fantasías, las distorsiones y las versiones falsificadas. La literatura implica siempre, según Dick, la posibilidad de formular la penúltima verdad, o de enunciar, en palabras de Borges, la penúltima versión de la realidad.
Este magnífico libro de Carrère permite al lector comprender estas y otras verdades literarias en la medida en que, en la biografía del último profeta del siglo XX y primero del XXI, establece la vinculación definitiva entre las ideas que circulan por el cerebro del escritor y la influencia que tienen en la génesis de su obra. Cervantes también lo sabía y, por ello, es muy pertinente que Carrère evoque las lecturas dickianas del “Quijote” como una clave importante de su personalidad creativa. El escritor comparte con el protagonista cervantino una mente intoxicada de ficciones que es puesta en cuestión por una realidad resistente a las ilusiones y deseos subjetivos (la “idiotez cósmica”, como gustaba llamarla a Dick para marcar distancias respecto de cualquier supuesta verdad), pero compuesta igualmente de fantasías colectivas, ficciones masificadas y mitos comunitarios.
En Dick, como muestra Carrère, todo se da en dualidades. La hermana muerta, Jane, y el hermano vivo, Philip, que acaba creyendo que es él quien murió en lugar de su gemela. El doble Thomas que ocupa durante una temporada la mente de Dick dictándole una interpretación alegórica de los hechos históricos y las experiencias personales de su alter ego. Las chicas morenas, dulces y comprensivas, que soñaba con seducir, y las mujeres duras y castradoras, que eran su pesadilla matrimonial. O la del escritor realista, con pretensiones de prestigio literario, y el narrador pulp, mercenario de los gustos más degradados del género. Y la esquizofrenia definitiva, la de su ego fragmentado en dos identidades a las que Dick bautizó con los nombres de los personajes de su gran novela “Valis”: el fantasioso Amacaballo Fat, buscador impenitente de la verdad absoluta, católico californiano fuertemente atraído por los cultos y misterios rituales del gnosticismo, y el realista Philip Dick, escéptico e irónico, o desengañado, con las delirantes interpretaciones del otro avatar.
Como escritor posmoderno, Dick vivía atrapado en un bucle irresoluble que vale para escribir las novelas que escribió pero no para vivir de un modo satisfactorio. Dick, como el filósofo taoísta Zhuangzi, soñaba que era una mariposa aleteando en el vacío, pero cuando abría los ojos y contemplaba la realidad al desnudo pensaba que era la mariposa cuántica la que lo estaba soñando a él. Si a eso le añadimos altas dosis de fármacos y drogas, incluido un mal viaje lisérgico, innumerables líos sexuales y sentimentales con chicas de psique problemática y una actitud paranoica obsesiva, ya tenemos asegurados los efectos tóxicos del producto dickiano. Una visión aberrante del mundo donde los policías eran los agentes del mal, el FBI existía como el malvado Richard Nixon para disimular que el país era víctima inconsciente de una conspiración comunista que, en el fondo, era otra estrategia diseñada por el imperio capitalista para camuflarse mejor y crear un trampantojo que engañara a todo el mundo sobre quién era el amo verdadero del negocio y controlaba las riendas del poder político.
En suma, Dick se consideraba un profeta consumado, el último profeta de la era cristiana, y así lo revelan las tesis visionarias de su obra suprema, la “Exégesis”, que es el alucinante portal de acceso al caos ideológico del que surgieron incontables destellos de luz en forma de novelas y relatos.

martes, 18 de diciembre de 2018

CUENTO FILOSÓFICO


[Voltaire, Cándido, Blackie Books, ilustraciones: Quentin Blake, trad.: Carlos Pujol, 2018, págs. 211]

            Antes de nada, una pregunta pertinente. ¿Qué hay en una novela dieciochesca que la hace tan atractiva? ¿Qué espíritu la alienta que se preserva siglos después? No es una pregunta baladí. El siglo XVIII es un período literario admirable (incluso en la lejana China, donde brilla con luz prodigiosa el "Sueño en el aposento rojo" de Cao Xueqin). El romanticismo y el realismo echaron encima de la novela una pesadez insoportable que hemos tardado mucho en aligerar, sin eliminarla nunca del todo. De ahí la fascinación con la narrativa de una época donde el humor y la seriedad, la frivolidad y la gravedad, la picardía erótica y la lucidez moral, la diversión y la filosofía, compartían las páginas de una novela sin estorbarse. Pensemos en Fielding, Diderot, Swift, Sade, Sterne y Laclos. O lo que es lo mismo: en “Tom Jones”, “Santiago el fatalista”, “Los viajes de Gulliver”, “Historia de Julieta”, “Tristram Shandy” o “Las relaciones peligrosas”. Solo con estas obras maestras tendríamos suficiente para comprender las virtudes estéticas e intelectuales de aquel siglo luminoso por el que muchos escritores (Barth, Pynchon, Kundera, Cabrera Infante, Cunqueiro, entre otros) sintieron en pleno siglo XX una añoranza artística.
“Cándido” (1759) pertenece a este canon selecto de novelas irónicas, escépticas y antiidealistas que  engendra el “Quijote”. El viejo rabelesiano Voltaire escribió “Cándido” en tres días, agitado por una fiebre creativa álgida, y esa velocidad de vértigo que impuso a la escritura del artefacto, como señaló Italo Calvino, es una de sus cualidades más perdurables. Una trama narrativa que comienza en Westfalia y acaba en Estambul, pero que a lo largo de su acelerada historia viaja por territorios reales de Portugal, España, América del Sur, Francia, Inglaterra, Italia o Turquía, entre otros, y fantásticos como la utopía de Eldorado, se propone cartografiar un mapa cognitivo de su tiempo. Representar una imagen del mundo coetáneo empleando, como coordenadas, los horrores y absurdos, las injusticias, la violencia, las desgracias y sufrimientos, la maldad y la estupidez humanas, en suma. Es, por tanto, un mapa terrestre hecho con valores ilustrados.
En los años setenta, Calvino sostenía que la intención filosófica del relato era menos importante que el virtuosismo de su composición. Hoy, sin dejar de admirar la ingeniosa técnica con la que Voltaire logra encadenar a ritmo endiablado los múltiples episodios de la trama, los encuentros y desencuentros, situaciones equívocas, discusiones bizantinas y peripecias grotescas donde siempre se impone una versión disparatada o ridícula de la realidad, lo que nos seduce es el poder de totalización narrativa, su capacidad para sintetizar una visión global del mundo en una ficción tan sincopada como caprichosa. El motor explosivo de la acción novelesca es un debate entre filosofías antagónicas, el optimismo metafísico y el maniqueísmo gnóstico: o el mundo es el mejor de los mundos posibles, como sostenía Leibniz, o el mundo es así, maligno y destructivo, porque no puede ser de otro modo. Ambas visiones se personifican en sendos filósofos que tutelan el alma cándida del protagonista durante el cómico periplo: el Doctor Pangloss, optimista vocacional, y el sabio Martín, pesimista ontológico.
Como cervantino excelso, Voltaire permite que estas perspectivas adversas tengan voz en la polifonía de la novela y se enfrenten entre sí, o con creencias religiosas como el cristianismo y el islam, con objeto de evidenciar su inutilidad manifiesta. Cuando al final Cándido parece haber aprendido que la mejor actitud en el peor de los mundos posibles consiste en ocuparse de sus propios asuntos y despreocuparse del mundo (“hay que cultivar su jardín”), no debemos creer que esa es la moraleja cínica de la novela, su conclusión pragmática. Al contrario. El racionalista Voltaire se burla de la necesidad humana de juzgar la vida con categorías dogmáticas. Es tiempo de recuperar el espíritu risueño de Voltaire.

martes, 11 de diciembre de 2018

MUÑECA FATAL



[Gillian Flynn, El adulto, Reservoir Books, trad.: Óscar Palmer, 2018, págs. 75]

Un modo de entender el designio de este relato largo o novela corta comenzaría por el principio. Las primeras frases de la narración. Esas líneas que debieron sumir a George R. R. Martin, instigador de su escritura, en el estupor o la fascinación por el descaro de la autora. Me encargas que escriba una breve ficción para una antología de géneros cruzados, diría Gillian Flynn para justificar su crimen literario si alguien se hubiera molestado en preguntarle, así que no te hagas el inocente, ni creas que puedes salir impune del hecho, y mucho menos te extrañes del artefacto explosivo que pongo en tus manos. Esto se lo diría a Martin, antes y después de su primera lectura, y aún más al posible lector de este relato, tan ambiguo e inquietante, sobre la inocencia y la culpabilidad como grandes falacias sobre las que se sostiene el mundo humano.
            ¿Y qué dicen esas líneas tan escandalosas? A ver cómo suena esto al comienzo de una historia que ganó el prestigioso premio Edgar en la categoría de relato de misterio: “No dejé de hacer pajas porque no se me diera bien. Dejé de hacer pajas porque era la que mejor las hacía”. Ya está todo dicho sobre la deslenguada narradora. Una pícara nada inocente que desde la infancia ha sido educada por su madre tuerta y luego por la vida perra en los vicios de la supervivencia cotidiana, la dimensión más sórdida y degradante de la realidad. Un mundo ficcional donde todo el mundo tiene su nombre o su apodo menos la protagonista y narradora es una trampa para incautos, como el laberinto donde el minotauro acecha al visitante, en la que tantos lectores han caído reprochándole a Flynn el inconcluso desenlace y los enredos sin resolver de la trama.
La joven protagonista combina los trabajos manuales, dando gratificación con sus manipulaciones a tímidos solteros o a timoratos hombres casados, y las tareas de adivinación del futuro para mujeres con problemas. La ironía es que gracias a su doble condición de muñeca fatal y lectora de auras vitales conocerá al matrimonio Burke, marido adúltero y mujer celosa, y se verá envuelta en una esotérica historia en torno a la supuesta maldición de la mansión victoriana donde habitan y la presunta malignidad del hijastro. Entre la picaresca existencial, el misterio del pasado reprimido y la posesión maligna se mueve la narración, con malicioso sentido de la parodia de géneros, despistando a los lectores ingenuos que buscan una explicación inexistente.
Esa es toda la inteligencia maquiavélica de la escena final, donde la narradora contumaz y el niño maldito, tras fugarse juntos, se disponen a pasar la noche en habitaciones contiguas de un motel de carretera. Es un final abierto que frustra las expectativas convencionales y propulsa la hipótesis de una novela posible generada a partir de todo lo que se queda latente. Quizá a Flynn le diera miedo abrir esa puerta condenada en estos tiempos puritanos, donde la infancia, en vez de ser mirada con lucidez freudiana, es vista con infantilismo ciego, y la cierra, como su narradora, con todas las precauciones. Si está equivocada, el niño la matará o intentará matarla a lo largo de la noche. Si no, a la mañana siguiente serán una falsa madre y un falso hijo dispuestos a embaucar a todo el mundo con sus mentiras y engaños.
En 2016, Flynn publicó en el New York Times un interesante artículo sobre “Otra vuelta de tuerca” donde explica muchas cosas. En el fondo, Flynn reescribe la escalofriante novela de Henry James en clave aún más perversa y calculadora.

jueves, 6 de diciembre de 2018

DEMOCRACIA



[Publicado en medios de Vocento el martes 4 de diciembre]

La Constitución cumple cuarenta años mientras la democracia se desmorona como un castillo de naipes, sentencian los profetas de lo peor y los medrosos de siempre. La democracia ha sido hackeada por poderes innombrables. Era la idea revolucionaria de la serie Mr. Robot y sirve aún para poner a prueba las virtudes del sistema. Quien teme plantearse estas cuestiones no comprende el poder real de la democracia. La verdad democrática es interrogativa y polémica, no conformista. El pacto de la Transición valió para lo que valió. Sacarnos del franquismo y la cerrazón de la dictadura. Con los valores democráticos inyectados en vena, ya no necesitamos profilácticos. La democracia funciona mejor cuanto más cuestiona sus vicios e inercias. Cada vez que hay elecciones aceptamos sin rechistar que la maquinaria partidista movilice los medios necesarios, así sea esquilmando aún más la Seguridad Social o las arcas exangües de autonomías y ayuntamientos, para lograr el fin más rastrero. Mantenerse en el poder otro mandato más con objeto de mangonear presupuestos o contratos y poseer el control total sobre la gestión del Estado. Las trifulcas parlamentarias bordean el esperpento y ciertos diputados incurren en histrionismos groseros. Ese es el nivel, como dice Ferreras, el gurú de la Sexta. No pasa nada.
Es lógico que Torra difame la Constitución. No tiene otra estrategia ahora que los profesionales públicos se le han sublevado por tapar con la bandera independentista las miserias e imposturas de su gobierno de títeres. El farsante Torra ha quedado, cual caganer, con el culo al aire. Como Susana Díaz. Conozco a mucha gente que vota a Díaz por miedo a la derecha, a pesar de su mediocridad evidente. Y otra tanta que prefiere a sus contrincantes, pese a su medianía acreditada. Ambos grupos me reprochan mi neutralidad. No es tal sino desprecio por unos líderes patéticos. Me da igual quién gane. A nadie pueden preocuparle seriamente los perjuicios de la victoria de unos partidos andaluces sobre otros, salvo que sea un sectario, un pariente cercano o un amigo íntimo de alguno de los candidatos en liza. Es irónico que el mismo año en que Sánchez se plantea sacar a Franco de su tumba la extrema derecha reaparezca en el escenario político. Esa es la grandeza de la democracia. Durante las semanas de campaña te preguntas cuánto nos cuesta el ridículo espectáculo, te burlas del estilo de mítines y debates e ironizas sobre la estrechez mental de los discursos. El domingo te quedas en casa trabajando, en lugar de ir a votar, y los resultados electorales, ya por la noche, solo te provocan indiferencia. Y, sin embargo, estarías dispuesto a luchar porque este circo no acabe nunca, como dijo el filósofo, y la democracia, como el sol de la libertad, ilumine nuestras vidas otros cuarenta años más. Como poco, añado.

martes, 4 de diciembre de 2018

PALIMPSESTO CERVANTINO



[Henry Fielding, Apología de la vida de la señora Shamela Andrews, UMA editorial, trad.: Rafael Martínez Moreno, 2018, págs. 125]
           
            Celebremos, para empezar, que por fin se haya traducido una obra como “Shamela” (1741), que los buenos lectores de novela inglesa llevábamos décadas esperando. Por algún prejuicio inexplicable las editoriales encargadas de publicar este tipo de literatura clásica y a un autor de la importancia y significación de Fielding se resistían a traducir un texto que suscitaba polémica e incomodidad. ¿Por qué? Por su escandalosa historia, su ironía malévola, su visión sarcástica de las relaciones sexuales y el matrimonio y, sobre todo, por su condición literaria de parodia licenciosa y feroz de una novela canónica como la “Pamela” de Samuel Richardson.
Era lógico que un autor de enorme talento e ideas genuinas, antes de crear su propia obra, se sintiera impulsado a rivalizar con obras importantes de su época, como “Pamela”, que representaban una ideología farisea y más aún si estas obras, como es el caso de “Pamela”, representaban una idea estrecha de la vida y las relaciones entre sexos. Fielding no sabía, cuando emprendió la parodia, quién era el autor de la novela original. Esa ignorancia vuelve aún más significativo su gesto. Ese gesto creativo por el que un autor incipiente, al enfrentarse a un texto anterior con el que mantiene una relación crítica, experimenta por primera vez la fuerza de su estilo e imaginación novelesca. [En el caso de Fielding esta pulsión de superación del modelo original es tan evidente que ya la había intentado con la épica en su primera tentativa “Tom Thumb”, una sátira cómica del género épico.]
Para Fielding el factor irritante de “Pamela” radicaba en la mojigata actitud con que la criada homónima seducía a su próspero amo, el señor B., desarrollando una estrategia de resistencia casta tan ridícula como inverosímil. La celestinesca combinación de virtud moralizante y pícaro virtuosismo celebrada en la novela epistolar de Richardson fue la clave del éxito popular en su tiempo y es el primer aspecto que Fielding se propuso desmitificar junto con la hipocresía social de las instituciones religiosas y políticas.


La “Shamela” de Fielding es una joven prostituta de segunda generación que se introduce como criada en los escabrosos dominios del señor Booby, un amo rico y fogoso, sin abandonar sus deslices lúbricos con el clérigo Williams, que es su amante preferido hasta después de casada. Emulando el formato epistolar de la edificante “Pamela” de Richardson, “Shamela” evidencia en su inteligente construcción narrativa la impronta cervantina que Fielding desarrollaría plenamente en sus dos novelas mayores: “Joseph Andrews”, otra parodia de “Pamela” escrita con la convicción estética que la escritura de “Shamela” le había otorgado, y “Tom Jones”, una de las grandes novelas de la historia.  
La obra se presenta en cuatro partes entrelazadas: la maliciosa dedicatoria a la señorita Fanny, un ajuste de cuentas repleto de insinuaciones sobre un famoso político homosexual detestado por Fielding; las dos cartas elogiosas al editor, fomentando un juego metaficcional que ya Cervantes consumó en “El Quijote” y que los novelistas cervantinos del siglo dieciocho se apropiarían sin complejos; el intercambio epistolar entre dos clérigos, el padre Tickletext y el padre Oliver, que explica la génesis documental de la historia y le confiere al conjunto un sesgo irreverente aún más corrosivo; y las instructivas cartas entre Shamela y su madre. En una carta el padre Tickeletext recomienda a su colega la lectura provechosa de la “Pamela” de Richardson y el otro le replica que conoce la verdadera historia de la tal Pamela y que esta no es tan virtuosa como parece sino una viciosa aprovechada. Para probar su difamación, el padre Oliver remite a su amigo un juego de cartas de la Pamela real (rebautizada con su nombre auténtico, Shamela) en las que la joven cuenta a su madre, con pelos y señales, los lances de seducción y los episodios equívocos vividos con el señor Booby hasta que se casa con él, dispone sin control de su fortuna y mantiene como amante al clérigo Williams.
El mecanismo novelesco es eficaz y demoledor. El éxito artístico de la impostura es tal que ya no es necesario para apreciarlo conocer la obra parodiada. Fielding logró transformar la pulsión de superación del modelo en acto creativo y “Shamela” usurpa así el lugar literario de “Pamela” con la misma insolencia y descaro con que la pícara heroína ocupa el lecho conyugal de su impetuoso marido.
Con razón el gran teórico Gérard Genette consideraba en su magnífico libro "Palimpsestes" a la libertina y descocada “Shamela” como un brillante ejemplo de esa literatura hipertextual que no duda en canibalizar textos modélicos y producir palimpsestos de incitante complejidad narrativa. Ahora bien, la gracia y malicia cómicas de Fielding trascienden todas las teorías y convierten su literatura en paradigma supremo, con Sterne, de la moderna novela carnavalesca.

NOTA BENE: Shamela es una palabra maleta que incorpora, entre otras combinaciones, “sham” (impostor) y “shame” (vergüenza), así como un anagrama final de “male” (hombre); lo que da una idea de los múltiples equívocos y perversa malicia de la parodia de Fielding…

martes, 27 de noviembre de 2018

NUEVOS CLICHÉS


[Slavoj Žižek, El coraje de la desesperanza (Crónicas del año en que actuamos peligrosamente), Anagrama, trad.: Damià Alou, 2018, págs. 403]

La urgencia de la situación actual no debería servir en modo alguno como excusa: una situación urgente es el momento para pensar. No debería darnos miedo darle la vuelta a la famosa tesis XI de Marx: “hasta ahora hemos intentado cambiar nuestro mundo demasiado deprisa; ha llegado el momento de reinterpretarlo de manera autocrítica, examinando nuestra propia responsabilidad (izquierdista)”.

-S. Z., Coraje, p. 358-
           

A medida que el capitalismo se ha hecho global, el discurso de la izquierda que nació para oponerse a él se ha ido volviendo cada vez más estrecho. El porqué de esta paradoja ideológica es lo que analiza Žižek de manera tan lúcida como exhaustiva en esta renovada entrega de su faceta de pensador político. Los buenos lectores del maestro esloveno ya conocemos su último libro filosófico (“La incontinencia del vacío”), aún inédito en español, pero esta provocativa propuesta de lectura del presente que data de 2017 no resulta coyuntural sino insuperable. Nada de lo acaecido desde entonces le resta aciertos, ni existe en el horizonte cognitivo de estos años novedad seria que refute la visión crítica enunciada aquí.
Para entender con precisión la pertinencia de este esfuerzo de exégesis surfera de las olas intempestivas de la actualidad hay que retrotraerse a otro libro suyo, de hace más de un lustro, “El año que soñamos peligrosamente”. El año 2011 fue para Žižek aquel donde se impuso en el mundo el signo de la insurrección popular con las revueltas egipcia y tunecina, los indignados españoles, las protestas contra el capitalismo financiero de Wall Street y contra las políticas de austeridad dictadas por la UE. Y también cuando amenazas aciagas, señales ominosas y “sueños oscuros y destructivos” hicieron su siniestra aparición a todo lo largo y ancho de Europa. Así que este libro nace, en principio, de la constatación de un fracaso que ya se intuía entonces pero ahora es casi definitivo. Ninguna de aquellas protestas ha desembocado en ningún proceso de emancipación real. Más bien al contrario, las soluciones se han convertido en nuevos problemas y estos han alcanzado un nivel de enredo inconcebible. Y los signos negativos no hacen sino agravarse.
La situación geopolítica del presente se definiría así, con categorías en parte inspiradas por ese otro gran pensador actual (Peter Sloterdijk), como la de un capitalismo globalizado que después de dar la vuelta al mundo con el imperialismo se ha apropiado de él país a país imponiendo la idea ubicua del mercado como gran reorganizador de la realidad. Y aliándose, al mismo tiempo, con las culturas locales o nacionales más tradicionales, renunciando a los valores ilustrados de ascendencia europea, para poder funcionar sin estorbos. Como sentencia con acierto: “La cruel ironía del antieurocentrismo es que, en nombre del anticolonialismo, se critica a Occidente justo en el momento histórico en que el capitalismo global ya no necesita los valores culturales occidentales para funcionar sin problemas”.
Žižek se atreve a proponer a Europa, en un gesto dialéctico ya esbozado en libros anteriores, como enclave trascendental de la batalla mundial, no tan incruenta como algunos pretenden, por el control económico y político entre chinos, americanos y rusos. El desconcierto y las políticas erráticas, los síntomas de parálisis o impotencia europeas, son nociones que Žižek moviliza en su diagnóstico implacable de los fallos de la UE. Como buen consumidor de teleseries, Žižek acaba el libro en un cliffhanger que simboliza así mismo la imposibilidad inmediata como la urgente necesidad de recuperar el proyecto de una Europa centrada en “su legado de emancipación radical y universal”. 
Lo que Žižek propone no es tanto la reinvención del comunismo, su aparente objetivo intelectual, como la creación de un nuevo sentido común que regenere la política, la economía, la sociedad y, por supuesto, la cultura. Un sentido común que redefina sus clichés a partir de los nuevos conflictos y antagonismos del género, la clase social, la raza o la etnia y la religión con el fin de tener un punto común de pensamiento. Comunismo entendido, por consiguiente, como valor común e intercomunicación universal pese a todas las diferencias existentes en el complejo mundo del siglo XXI. Como dijo el difunto TomWolfe refiriéndose a McLuhan en los años sesenta: ¿y si tiene razón?...

domingo, 25 de noviembre de 2018

TRAMPAS


[Publicado en medios de Vocento el martes 20 de noviembre]

Dejémonos de trampas. Trump no es un demonio ni el espíritu maligno que denuncian sus enemigos. Trump no es un enfermo tampoco, aunque luzca esa pinta de albino desgreñado, sino el síntoma del malestar que corrompe la vida democrática. Por eso los demócratas no saben cómo librarse del grotesco personaje y conjurar su nefasta influencia. Trump es todo menos una casualidad histórica. Es alguien que ha penetrado el misterio de la vida americana con mentalidad publicitaria para venderle al pueblo lo que más echa en falta. Un simulacro de autenticidad. La fractura americana es radical. Sus votantes representan esa facción del país que profesa el cristianismo, el patriotismo, el racismo, el culto a la armas y cree que el mundo exterior es hostil y asilvestrado. La facción liberal, que votó a Obama por decencia y se negó a votar a Clinton por lo mismo, vive en grandes ciudades, sostiene un credo multicultural, suscribe el ideario LGTBIQ+, la nueva norma sexual, y piensa que el mundo es alegre y multicolor como sus manifestaciones callejeras.
Entre tramposos anda el juego político del momento. Como era previsible, al frente del CIS el presidente Sánchez colocó a un propagandista de su causa. El pez gordo electoral no se le puede escapar al equilibrista Sánchez y si hace falta, como demuestran sus polémicos decretos y presupuestos, está dispuesto a pescar tiburones con dinamita. Tezanos es un chef de múltiples recursos y sabe que el gusto culinario actual recomienda las viandas poco hechas. Hasta ahora el CIS ingería los datos crudos y la digestión estadística no le causaba acidez ni vómitos. Al sondear la Andalucía bipolar regida por el chip de Susana Díaz, Tezanos cambia el algoritmo engañoso, como es lógico. Aquí las encuestas sin cocinar se atragantan y hay que recurrir al sartenazo y la freidora grasienta para que el pescado fresco no sepa demasiado japonés al paladar regional.
Trump, otro pescador ambicioso, ya ha cebado el anzuelo para revalidar su tremendo mandato en 2020. Ha cedido la Cámara de Representantes a los demócratas para compartir el desgaste y el descrédito. Trump es ese presidente performativo que rellena el vacío mental de los electores con tuits majaderos y provocaciones pueriles dando tiempo a la economía a que imponga su autoridad. Así los adversarios quedan en evidencia como políticos de retórica pretenciosa y valores inútiles. Cuando los votantes tengan que elegir al candidato demócrata se quedarán en casa por hastío, pero los devotos de Trump, adictos a los exabruptos del líder, irán en masa a votar como zombis al energúmeno que, si alguien no lo remedia, acabará con la democracia americana, como pretende Putin. Mientras la democracia siga girando en círculos viciosos sin remediar los males endémicos que la aquejan, los orates, los tramposos y los falsarios estarán al mando del negocio.

martes, 20 de noviembre de 2018

JAPÓN GROTESCO



[Jesús Palacios (ed.) y otros autores, Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa, Satori ediciones, págs. 320]

            Hasta la publicación de este magnífico volumen los aficionados a la cosa asiática más excéntrica, en sus variados formatos y maneras, debíamos acudir a la vasta bibliografía en inglés o francés. En este sentido, para quien se pregunte qué es esto del “eroguro” y por qué atrae tantas miradas occidentales y fascina a la mente extranjera con su despliegue de efectos truculentos, explosiones libidinales y perversiones escalofriantes, esta joya editorial coordinada por Jesús Palacios ofrece todas las respuestas posibles, con exuberancia de ilustraciones en color y blanco y negro y abundantes referencias bibliográficas y filmográficas, y abre interrogantes imposibles de contestar.
El imaginario cultural de Japón es poliédrico, como señala Palacios, y si en la faceta apolínea incluye, con muchos claroscuros y rincones secretos, samuráis, geishas, artes florales, kimonos, bonsáis, budismo zen, pintura de paisajes, haikus y ceremonias del té, en la faceta más oscura acoge toda clase de desviaciones sexuales, monstruos lúbricos, cuerpos maltratados y pasiones obsesivas y fetichistas como no se encuentran en ninguna otra cultura asiática. “Eroguro” significa, pues, adaptando términos ingleses al japonés coloquial, erotismo grotesco y absurdo. Producto del teatro Kabuki más sangriento y granguiñolesco y de las imágenes escandalosas del final de la era Tokugawa, la estética “eroguro” refleja la actualización de una hipersensibilidad para lo grotesco y siniestro por parte de una cultura de origen feudal y fundada, por tanto, en rígidas jerarquías, iniquidad social, inconsciente tenebroso e intimidades abyectas. No obstante, lo que hace singular a esta tendencia japonesa es la monstruosa hibridación de belleza y horror, poesía macabra y sensualidad letal.
            Visto así, lo fundamental del cóctel “eroguro”, al menos en sus inicios, sería el impacto en la mentalidad literaria de los escritores y lectores japoneses de finales del siglo XIX de las traducciones de escritores como Poe junto con todo el elenco de estetas simbolistas y postsimbolistas como Villiers, Wilde, Barbey, Baudelaire y Huysmans. La tóxica influencia de Poe fue seminal para creadores de las tres primeras décadas del siglo XX (la era Daisho y comienzos de la era Showa) como Tanizaki, Akutagawa y Rampo, más conocidos (del primero y del último se incluyen aquí dos relatos paradigmáticos de su primera época traducidos por Daniel Aguilar), y también en narradores minoritarios como Kyoka, Yumeno o Yuzo. Como demuestra el extenso ensayo de Palacios, más de cien páginas sobre la evolución de la narrativa japonesa, durante ese traumático período histórico Japón afrontó los tortuosos fantasmas del pasado con una sensibilidad imbuida de literatura psicopatológica de estirpe europea y americana. Después de la segunda guerra mundial, los delirios “eroguro” se prolongarían en narradores desaforados como el decadente Ango Sakaguchi o el polémico Mishima y en sus practicantes contemporáneos más corrosivos y retorcidos como Yasutaka Tsutsui y Ryū Murakami.


Y luego invadieron con su estilo alambicado y fantasmagórico los territorios del cine, el manga y el anime, en todos sus espectaculares géneros y subgéneros. En el cine, animado o no, sirvieron a menudo para plasmar en pantalla un imaginario erótico o pornográfico que se combinaba con escenarios terroríficos, criminales, fantásticos, policiales y de ciencia-ficción, transgrediendo con la imaginación visual las puritanas limitaciones del principio de realidad. En esta corriente, a la que se consagran en el libro algunos estimulantes ensayos, destacan dos películas paradigmáticas de la liberación de los sentidos realizada en celuloide incendiario: “Horror de hombres deformes” (Teruo Ishii, 1969) y “La bestia ciega” (Yasuzo Masumura, 1969); ambas películas, no por casualidad, son traslaciones recreativas del hipnótico mundo literario del inimitable Rampo, el autor literario más representativo de la estética “eroguro”. 
En suma, con la publicación de esta espléndida monografía se acabaron las excusas para ignorar la faceta dionisíaca de la cultura japonesa.

martes, 13 de noviembre de 2018

AMOR, SIMULACROS Y ESQUIZOFRENIA



[Philip K. Dick, Podemos fabricarte, Minotauro, trad.: Juan Pascual Martínez, 2018, págs. 270]

El filósofo alemán Gotthard Günther, a quien Dick podría haber leído porque algunos de sus ensayos más importantes se publicaron en revistas donde él también publicaba sus narraciones, estableció que la ciencia ficción nació en Estados Unidos como producto de la distorsión de implantar la civilización europea en un contexto imprevisto. En cualquier caso, Günther respalda a Dick al afirmar la vocación filosófica de la ciencia ficción. Y Dick no habría desdeñado el ensayo de Gunther “El alma de un robot” donde afirmaba que las máquinas siempre serían mejores en la gestión cuantitativa mientras nunca serían capaces de escribir Hamlet.
Como la novela realista, la ciencia ficción también padece la acción del tiempo. Este test crítico permite comprobar qué novelas realistas quedaron atrapadas en su época, sin poder saltar la barrera del tiempo, o cuáles pueden ser leídas siglos después sin preocuparse en exceso por la coyuntura que les dio origen. Así pasa con la ciencia ficción. En este género tan particular, la imaginación del futuro a menudo no es más que recreación del presente o reinvención del pasado. Pero pocas veces, como en Dick, intuición profunda de las mutaciones en curso en la realidad y comprensión de los mecanismos de construcción de esta.
Otro aspecto interesante a subrayar. Se trata de la segunda (y excelente) traducción al español de We Can Build You, esta novela fundamental del canon dickiano, obra de Juan Pascual Martínez, y ya solo el cambio de título de una traducción a otra (de Podemos construirle a Podemos fabricarte) indica un recorrido posible (y apasionante) de la lectura de la misma.


“La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de pensar en ello”.

“Cuando el tiempo acabe, las aves y leones y ciervos de Disneyland no serán simulaciones y, por primera vez, un pájaro real cantará”.

-PKD, “How to Build a Universe”-


            Qué significa vivir en un mundo alterado por la tecnología, o cómo condiciona la existencia humana el hecho de tener que convivir con productos tecnológicos cada vez más sofisticados, como máquinas o robots, que terminan afectando a la definición de lo humano, ya sea para expandirla o para transformarla. Esta es una de las grandes aportaciones de Dick a la ficción y a la novela, en particular, donde confirió a sus especulaciones sobre el tema la extensión que requerían. Por qué Dick no pudo desarrollar sus grandes motivos hasta que abandonó el formato de la novela realista y se atrevió a asumir metáforas y técnicas de la ciencia ficción es la pregunta insistente que la cultura popular sigue haciéndole a la cultura académica desde hace mucho tiempo, sin obtener otra respuesta lógica que el silencio o el desdén.
“Podemos fabricarte” es la primera novela donde Dick aborda la cuestión de los simulacros, es decir, seres sintéticos creados a imitación y semejanza de los humanos. En este caso, los simulacros son el presidente Lincoln y su colaborador político Stanton. La historia fue inspirada en parte por el impacto imaginario que le causó al autor su visita a Disneyland y la visión de los robots allí presentados. Dick escribió esta novela en 1962 y vio como todas las editoriales especializadas se la rechazaban. La razón principal de este rechazo era, según aducían, la carencia de desenlace de la trama. Hasta 1969 no pudo ver publicado su texto, serializado en la revista Amazing Stories con el título de “A. Lincoln, simulacro”. Y solo en 1972 aparecería como libro, una década después de su escritura y cuatro años después del otro gran libro de Dick sobre la cuestión (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; escrito en 1966 y publicado en 1968). Esta odisea textual da una idea de cómo los planteamientos de Dick desconcertaban a todo el mundo, ya fuera dentro de los límites de la literatura canónica como en la narrativa genérica. 
Qué hay de tan original en esta novela dickiana. Primero que nada, como han resaltado estudiosos y admiradores como Fredric Jameson (“uno de los más sublimes logros de la obra de Dick”), un tratamiento de los androides tan humano que excede con mucho las virtudes de cualquier humano. Stanton y luego Lincoln han sido fabricados por una pequeña empresa de órganos musicales eléctricos que atraviesa una grave crisis estructural y comercial. La idea es usarlos para construir un gigantesco simulacro sobre la guerra civil americana que podría convertirse en espectáculo nacional o, en una segunda opción más lucrativa, en juego bélico con un sistema de apuestas acoplado. Los dos androides demuestran a lo largo de la trama una humanidad en el modo de relacionarse con los humanos o en la manera de aconsejar a estos sobre sus turbulentas vidas que los convierte en paradigmas de un humanismo inteligente que la Historia habría dejado atrás, por desgracia para todos. Y esta reflexión irónica y desengañada sobre la Historia, y no solo americana, no es un tema menor en la novela sino uno de sus motivos esenciales.
Otro atractivo de “Podemos fabricarte” es que, mientras los simulacros son juiciosos y justos, muchos de los personajes padecen trastornos sintomáticos que muestran cómo la condición humana básica también ha entrado en una crisis profunda. Estamos en la América de un imaginario 1982 donde la tecnología ha avanzado tanto como el diagnóstico y tratamiento médico de la psique humana, vigilada y controlada por el Estado con un poderoso aparato institucional. El narrador subjetivo es Louis Rosen y actúa como mediador empático que transmite al lector las claves emocionales de la historia desde una perspectiva demasiado comprometida. Rosen descubre el abismo mental que oculta su cerebro cuando se enamora de Pris Frauenzimmer, la hija esquizofrénica de su socio y diseñadora artística de los androides. Pris, a su vez, expresa en todo momento su admiración y fascinación por el antagonista de Rosen: Sam Barrows, el eximio capitalista, un magnate corporativo radicado en Seattle que ve las inmensas posibilidades económicas de construir simulacros para repoblar otros planetas y sustituir a los humanos en tareas indeseables.
“Podemos fabricarte” es, en este sentido, una visionaria aproximación al mundo contemporáneo en toda su complejidad psicológica y tecnológica. Y cuando uno conoce el ambiguo y desolador final se hace evidente por qué ninguna editorial de ciencia ficción de los sesenta pudo entenderlo. Supera las estrechas categorías del género en el que se inscribe contra su voluntad. Es pura literatura y también filosofía fabulada.

jueves, 8 de noviembre de 2018

HIPOTECAS Y CLOACAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 6 de noviembre]

            Pagar y pagar. Es el único argumento de la obra. Quieres una casa. Pagas. Quieres un coche. Pagas. Quieres circular por la ciudad. Pagas. Quieres aparcar. También pagas. Al final pagas por todo. Es el nuevo paganismo legal del dinero. Cuanto más pagas, más te dicen que tienes que pagar. Incluso pagas impuestos para que los políticos hagan campaña electoral a tu costa volviendo infernal el tráfico con obras interminables o innecesarias. Y tú, triste contribuyente, corres con todos los gastos.
Hasta que interviene en tu defensa el Tribunal Supremo. En buena hora los benéficos jueces deciden acabar con las tasas abusivas y las cláusulas esotéricas de las hipotecas. La sentencia polémica desata el terror en los hipermercados financieros. Temblor en los bancos y nervios en las sucursales. Intensa salivación, sin embargo, entre los clientes que sueñan con el sabroso botín. Suenan las alarmas. Se disparan las llamadas y los contactos al más alto nivel. Esto es una locura. No salen las cuentas. El sistema se hunde. Socorro. Estas conversaciones histéricas no las grabó, por desgracia, el “Gran Hermano” Villarejo, pero son fáciles de imaginar. El presidente Lesmes, obedeciendo a poderes innombrables, se puso enseguida al frente de la operación “parada de máquinas”. La maldita retroactividad se quedará en nada. Ya veréis. Y todos contentos. Excepto los clientes que pagan religiosamente una hipoteca que no necesitan. Con lo bien que se vive de alquiler. Esto de tener una casa en propiedad es la primera religión española. La pasión inmobiliaria la injertó el franquismo en el gen nacional para fomentar el negocio de la construcción y ningún gobierno posterior se atrevió a combatirla con medidas democráticas. Las hipotecas se venden como signo de bienestar y avance social cuando son solo un sofisticado engaño financiero. Como las cloacas del Estado, todo el mundo las usa tapándose la nariz.
Las cloacas sirven a la razón estatal con prácticas deleznables. Ya se vio con los GAL y ahora con el obsceno folletín de Villarejo. Algún valor tendría este truculento personaje si fue siervo de tantos amos. El poder no funciona sin las cloacas, así como las encuestas del CIS saben a carne cruda si no se cocinan. Y la vida pesa poco sin hipotecas. Villarejo se creyó el pajarraco más listo de la jaula y se ha reído hasta de su sombra. Y ahora esta, con gesto maquiavélico, se venga publicando las cintas delatoras. El corrupto comisario presumía de manipular las debilidades vulgares de los poderosos, como demostró en el banquete platónico con la ministra Delgado. Una cosa es segura. Seguiremos pagando hipotecas hasta la muerte, como si nos hicieran inmortales, y escuchando hasta la náusea las infames grabaciones de Villarejo, como si nos hicieran más sabios. Quién dice que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.

martes, 6 de noviembre de 2018

SUEÑOS ANDROIDES



[Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2018, págs. 263]

Existe una conspiración para imponer lo anodino como frecuencia mental en la cultura de masas. No todos los productos audiovisuales participan, ni todos en el mismo nivel, por descontado. Pero esta serie es un ejemplo perfecto para abordar esta cuestión. Cómo a partir de un puñado de magníficos relatos se puede generar una serie de episodios de tan bajo vuelo y estrechas miras, con destellos ocasionales…

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de la fallida Minority Report), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.
Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la narración especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a una realidad anómala.
Esta antología de título prometedor recoge diez relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. (Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick.) La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias excesivas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos. Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también,  cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios artísticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 
Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas impopulares.
Como muestra el panorama mental contenido en estas fascinantes ficciones, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo contemporáneo, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El padre-cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro,  y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.
Los sueños eléctricos, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia.

martes, 30 de octubre de 2018

EL REINO LOCUAZ


[Tom Wolfe, El reino del lenguaje, Anagrama, trad.: Benito Gómez Ibáñez, 2018, págs. 177]

Mañana se cumplen 10 años de aquel 31 de octubre de 2008 en que este blog echó a andar con más dudas que voluntad de perseverar. No hay nostalgia ni melancolía en esta celebración. El tiempo es un gran misterio al que no conviene culpar en exceso de lo malo o lo bueno que nos acontezca en la vida. Estos son dos de los primeros posts que publiqué entonces: el Beigbeder más nabokoviano y el devenir japonés de Barthes. Mi alma francesa mise à nu. Me gustan ambos, me reconozco en ellos. El balance personal del blog es extremadamente positivo, pese a todo. Así que la blogosfera, antes de robotizarse del todo, tendrá que soportarme al menos otra década más, así que pase. Wolfe no es una personalidad cualquiera para celebrarla al mismo tiempo que el primer decenio de este blog. Ha sido elegido con intención, como suele decirse. Podría ser otro de mis escritores favoritos, pero le ha tocado a él, qué se le va a hacer, por razones obvias no podría quejarse del atrevimiento. Cada vez tengo más claro que las personalidades admirables que nacieron en el fragor del siglo XX y están muriendo en los balbuceos del siglo XXI me merecen una simpatía y consideración de orden superior. Si alguien quiere hacer una lectura psicoanalítica de esta actitud está en su derecho, quizá acierte, o quizá se equivoque (allá él o ella). Todo lo que cumple años hace bien en reflexionar sobre la cuestión sin prejuicios ni complejos. La grandeza de la vida se mide en su duración y no solo en sus destellos momentáneos. En fin, no se hable más…

Y entre tanto, sí, murió el genial Tom Wolfe, sin avisar, dejándonos este inteligente libro como testamento literario. Un libro celebrando el poderío del lenguaje. Este libro polémico, con todos sus errores e inexactitudes, no es un alegato contra Darwin o Chomsky, como se ha dicho, ni una apología de sus rivales y contrincantes ideológicos. Wolfe ha escrito este ensayo para todos aquellos a quienes ha interesado siempre mucho más el lenguaje que la lingüística, la compleja vida del lenguaje y las lenguas que las teorías sobre su estructura, historia u organización.
El lenguaje es la verdad de lo que somos los humanos. La creación del lenguaje nos hizo humanos y todo lo que hemos construido a lo largo de nuestra dilatada historia como especie, para bien y para mal, proviene del lenguaje. El lenguaje nos confiere la idea del pasado, de ahí su relación con la memoria (la nemotecnia es el lenguaje, dice Wolfe), y con el presente, imposible vivir lo inmediato sin la mediación del lenguaje. Y también el futuro, como especulación de la mente despierta, como imaginación de las palabras con que se nombra hasta lo inexistente, lo inalcanzable, lo distante e inconcebible. Esta es la grandeza poética del lenguaje. La tecnología primordial que revolucionó la vida del “homo sapiens”, creada al principio imitando los sonidos animales para transformarse después en un poderoso instrumento cognitivo, una prótesis neuronal que creó el yo del hablante y con él la comunicación entre semejantes. Una tecnología democrática, también, en la medida en que todos pueden aprender a manipularla. Nuestro reino es la locuacidad, el arte de la laringe, el orgasmo verbal de la glotis. Esto es, en palabras de Wolfe, lo que ha puesto en pie imperios y civilizaciones, culturas y guerras, palacios y burdeles, ciudades y monumentos, religiones e ideologías, la poesía y la pintura. Pero también el lujo y la tecnología.
La epifanía final del libro resume su ideario con elocuencia. Wolfe contempla unas láminas de un libro sobre la Teoría de la evolución donde observa a una chimpancé junto con su cría y unos gorilas buscando cobijo para la noche. Y luego despega los ojos de las fotografías y mira por la ventana de su apartamento neoyorquino y descubre las ventanas de dos hoteles de lujo. Evoca entonces, nombrando objetos y marcas, el confort suntuoso de las habitaciones y suites. Entre “Primatolandia” y Manhattan, Wolfe lo tiene claro. El lenguaje ha construido la gloria de esos rascacielos y el dinero capitalista que los financia y dota de lo necesario para hacerlos placenteros y atractivos.
La cháchara lingüística y el darwinismo, concluye Wolfe, se equivocan al no reconocer esta verdad. El lenguaje son las lenguas, en su infinita variedad y virtudes diferenciales, y la evolución, ese proceso por el que la bestia humana se irguió sobre todas las otras especies animales, acabó cuando el lenguaje concluyó su trabajo en el cerebro. Este libro viene a recordarnos cuestiones fundamentales que la pretensión científica y la arrogancia formalista han querido hacernos olvidar en el último siglo. Wolfe se despide del mundo con una lúcida reflexión sobre lo que ha sido para él un vigoroso medio de expresión y comunicación. Wolfe nos debía esta suerte de tratado de estilo. Harían bien todas las escuelas de letras y periodismo en incorporarlo como lectura recomendable para fomentar el ingenio verbal, la brillantez sintáctica y la audacia locuaz. Quizá sea la única forma de seguir hablando del mundo sin claudicar ante el poder totalitario de las imágenes. Bendito lenguaje y bendito Wolfe.

sábado, 27 de octubre de 2018

PRESUPUESTOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 23 de octubre]

            La filosofía entiende de presupuestos. Quizá por eso sobrevive arrinconada por las leyes educativas mientras la religión, esa ciencia superior, campea en los institutos con una insolencia digna de otros tiempos. Antes de pelearse por el conocimiento y la inteligencia de los escolares andaluces, habría que preguntarse si un país no tiene mucho que perder dando privilegios a las ideas más atrasadas y marginando el pensamiento libre y crítico. No hago filosofía barata, me remito a las pruebas históricas.
Así las cosas, hemos pasado de la discusión sobre la tesis fraudulenta al acuerdo sobre los presupuestos “podemitas” con un mágico chasquido de dedos del doctor Sánchez. Los presupuestos del tándem Sánchez-Iglesias son políticos, no económicos. Es lógico que la oposición se cabree. Han perdido la palanca de la propaganda y el voto y eso duele. Su pataleta europea no sirve de nada. Los polémicos presupuestos son una apuesta arriesgada contra la banca del casino nacional. Un programa publicitario diseñado para exhibirlo como cebo electoral. Es evidente que el PP preferiría que los presupuestos se pactaran con los altos directivos del IBEX 35, los dictadores de la economía española que revalorizan sus sueldos como los futbolistas galácticos. Esta sería la forma definitiva de entregar la democracia al plebiscito de los mercados y no al de las urnas, más incontrolable. Entre tanto, nadie parece darse cuenta de cuál es la jugada ganadora de Sánchez. Quemar la imagen de su contrincante Iglesias en misiones imposibles de correveidile con “indepes” y “anticapis”. Como siga en ese plan, los votantes de izquierda van a tener muy claro a quien colocar en el chiringuito de la Moncloa.
Pregúntenle, si no, a un niño andaluz de 7 años. A esa edad, aquí, se las saben todas. En Andalucía, la comunidad número uno en esto, hay 11.500 niños y niñas con “altas capacidades” intelectuales. En las tierras de Susana Díaz ahora todo es posible, desde el genocidio de mentes geniales por falta de empleo e innovación a la implantación anticipada de una utopía científica del siglo XXII. Diga lo que diga el informe Pisa, un dislate estadístico, los niños y niñas andaluces, a los 10 años, ya han aprendido a hacerse los tontos, el único medio de prosperar en un mundo jurásico de listillos y trepas sin estudios. Por eso los políticos hablan de cualquier cosa menos de educación pública. No tienen ni idea de cómo mejorarla sin empeorar aún más la situación. Les entra pánico en cuanto alguien menciona el tema. Se acuerdan de todo lo que no tuvieron tiempo de aprender. Mejor callarse. La mala educación de siglos no se cura con medidas mediocres. Y en Andalucía, como saben los niños y niñas con superpoderes cognitivos, hasta la inteligencia artificial más avanzada entraría en bucle si tuviera que decidir a quién votar en las próximas elecciones.

martes, 23 de octubre de 2018

ELOGIO DEL OBJETO SEXUAL


[Junichirô Tanizaki, El amor de un idiota, Satori, trad.: Makiki Sese y Daniel Vila, 2018, págs. 304]

Hay muchas formas de leer una novela deliciosa como esta, tan llena de pliegues y repliegues como un kimono tradicional. Una de ellas podría consistir en ponerla en perspectiva y entenderla en función del particular contexto cultural e histórico en que apareció serializada en distintas revistas entre 1924 y 1925, y en este mismo año como libro de enorme éxito entre una población de hombres desorientados y mujeres gozando de incipiente libertad. Otra lectura abordaría la significación de esta novela en el canon de Junichirô Tanizaki (1886-1965), un gran escritor que sin abandonar los caracteres específicos de su cultura supo incorporar las influencias occidentales más afines: Poe, Dostoievski y Baudelaire, desde luego, y en especial, Barbey D´Aurevilly, precursor amoral con Las diabólicas de este cuento cruel ambientado en la temprana modernidad nipona.
La historia responde, con sus múltiples episodios y sorpresas, a este sugestivo escenario masoquista. Un ejecutivo de vida desvaída, Joji, se prenda de una camarera quinceañera de baja extracción, Naomi, y decide convertirla, cual moderno Pigmalión, en una novia instruida, adorable y seductora. La ironía novelesca residiría en la resistencia tenaz del insinuante objeto de deseo a las manipulaciones de su obsesivo creador mediante una estrategia fatal. Como alegoría política y sexual, El amor de un idiota resulta una novela doblemente subversiva. Al final, la rebelde heroína no solo conseguirá ser una mujer emancipada, dueña integral de su exuberante cuerpo y despierta inteligencia, imponiendo esa libertad vital absoluta a su anodino benefactor a cambio de preservar su relación servil, sino que lo arrastrará además a renunciar a los rasgos simbólicos de la identidad japonesa, aceptando un apodo inglés y perdiendo la respetabilidad social, en favor de un contacto más provechoso con las maneras cosmopolitas de la cultura occidental.


Otra lectura posible de esta espléndida novela, de una penetración psicológica incomparable y de una refinada captación de los detalles y las sensaciones del drama carnal en curso, es traerla al presente para enfrentarse a los dilemas que, en esta era postfeminista, enturbian las relaciones entre hombres y mujeres, exacerbando el malentendido en que se fundan sus papeles respectivos en la comedia de los sexos. En esta mordaz parábola de Tanizaki, la transfiguración espectacular de la chica barriobajera y desvalida en femme fatale fílmica y mujer-objeto idolatrada sirve también para exponer una visión satírica de los endiablados mecanismos eróticos que subyacen a toda forma de poder y organización social. En tal sentido, El amor de un idiota muestra cómo el modo definitivo para una mujer de reventar las estructuras opresivas del patriarcado no pasa solo por constituirse como sujeto con voluntad propia y capacidad de acción, sino por asumir el poder real que, como objeto de deseo, la fantasía masculina le atribuye en su escenario mental con el fin de sucumbir a ella, como Joji, resignándose a una situación doméstica donde ya no posee el control ni la dignidad.
Si el deseo, como quería Kant, es la facultad de conferir realidad a su objeto, el instante sublime en que el objeto ya realizado pone ese deseo al servicio de su causa, como hace Naomi, supone la adquisición simultánea de una fuerza subjetiva experimentada en plenitud. El amor de un idiota representa así un paradigma del modo con que el discurso novelístico puede burlarse de la supremacía de los discursos objetivos y conducirnos, al mismo tiempo, a la verdad inaceptable que estos tratarían de encubrir.
Tanizaki es uno de los precursores de la turbulenta economía libidinal del presente. Sus novelas más prestigiosas han sido traducidas, solo faltaban las más obscenas y subversivas. Entre ellas esta, traducida ahora por segunda vez respetando el título original. Ahora hay que atreverse con Esvástica.

[La primera fotografía es la imagen de la portada de la edición japonesa de la novela de 2016 y la segunda fotografía procede de la maravillosa adaptación de El amor de un idiota (Chijin no Ai) dirigida por el gran Yasuzō Masumura en 1967.]