martes, 20 de noviembre de 2018

JAPÓN GROTESCO



[Jesús Palacios (ed.) y otros autores, Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa, Satori ediciones, págs. 320]

            Hasta la publicación de este magnífico volumen los aficionados a la cosa asiática más excéntrica, en sus variados formatos y maneras, debíamos acudir a la vasta bibliografía en inglés o francés. En este sentido, para quien se pregunte qué es esto del “eroguro” y por qué atrae tantas miradas occidentales y fascina a la mente extranjera con su despliegue de efectos truculentos, explosiones libidinales y perversiones escalofriantes, esta joya editorial coordinada por Jesús Palacios ofrece todas las respuestas posibles, con exuberancia de ilustraciones en color y blanco y negro y abundantes referencias bibliográficas y filmográficas, y abre interrogantes imposibles de contestar.
El imaginario cultural de Japón es poliédrico, como señala Palacios, y si en la faceta apolínea incluye, con muchos claroscuros y rincones secretos, samuráis, geishas, artes florales, kimonos, bonsáis, budismo zen, pintura de paisajes, haikus y ceremonias del té, en la faceta más oscura acoge toda clase de desviaciones sexuales, monstruos lúbricos, cuerpos maltratados y pasiones obsesivas y fetichistas como no se encuentran en ninguna otra cultura asiática. “Eroguro” significa, pues, adaptando términos ingleses al japonés coloquial, erotismo grotesco y absurdo. Producto del teatro Kabuki más sangriento y granguiñolesco y de las imágenes escandalosas del final de la era Tokugawa, la estética “eroguro” refleja la actualización de una hipersensibilidad para lo grotesco y siniestro por parte de una cultura de origen feudal y fundada, por tanto, en rígidas jerarquías, iniquidad social, inconsciente tenebroso e intimidades abyectas. No obstante, lo que hace singular a esta tendencia japonesa es la monstruosa hibridación de belleza y horror, poesía macabra y sensualidad letal.
            Visto así, lo fundamental del cóctel “eroguro”, al menos en sus inicios, sería el impacto en la mentalidad literaria de los escritores y lectores japoneses de finales del siglo XIX de las traducciones de escritores como Poe junto con todo el elenco de estetas simbolistas y postsimbolistas como Villiers, Wilde, Barbey, Baudelaire y Huysmans. La tóxica influencia de Poe fue seminal para creadores de las tres primeras décadas del siglo XX (la era Daisho y comienzos de la era Showa) como Tanizaki, Akutagawa y Rampo, más conocidos (del primero y del último se incluyen aquí dos relatos paradigmáticos de su primera época traducidos por Daniel Aguilar), y también en narradores minoritarios como Kyoka, Yumeno o Yuzo. Como demuestra el extenso ensayo de Palacios, más de cien páginas sobre la evolución de la narrativa japonesa, durante ese traumático período histórico Japón afrontó los tortuosos fantasmas del pasado con una sensibilidad imbuida de literatura psicopatológica de estirpe europea y americana. Después de la segunda guerra mundial, los delirios “eroguro” se prolongarían en narradores desaforados como el decadente Ango Sakaguchi o el polémico Mishima y en sus practicantes contemporáneos más corrosivos y retorcidos como Yasutaka Tsutsui y Ryū Murakami.


Y luego invadieron con su estilo alambicado y fantasmagórico los territorios del cine, el manga y el anime, en todos sus espectaculares géneros y subgéneros. En el cine, animado o no, sirvieron a menudo para plasmar en pantalla un imaginario erótico o pornográfico que se combinaba con escenarios terroríficos, criminales, fantásticos, policiales y de ciencia-ficción, transgrediendo con la imaginación visual las puritanas limitaciones del principio de realidad. En esta corriente, a la que se consagran en el libro algunos estimulantes ensayos, destacan dos películas paradigmáticas de la liberación de los sentidos realizada en celuloide incendiario: “Horror de hombres deformes” (Teruo Ishii, 1969) y “La bestia ciega” (Yasuzo Masumura, 1969); ambas películas, no por casualidad, son traslaciones recreativas del hipnótico mundo literario del inimitable Rampo, el autor literario más representativo de la estética “eroguro”. 
En suma, con la publicación de esta espléndida monografía se acabaron las excusas para ignorar la faceta dionisíaca de la cultura japonesa.

martes, 13 de noviembre de 2018

AMOR, SIMULACROS Y ESQUIZOFRENIA



[Philip K. Dick, Podemos fabricarte, Minotauro, trad.: Juan Pascual Martínez, 2018, págs. 270]

El filósofo alemán Gotthard Günther, a quien Dick podría haber leído porque algunos de sus ensayos más importantes se publicaron en revistas donde él también publicaba sus narraciones, estableció que la ciencia ficción nació en Estados Unidos como producto de la distorsión de implantar la civilización europea en un contexto imprevisto. En cualquier caso, Günther respalda a Dick al afirmar la vocación filosófica de la ciencia ficción. Y Dick no habría desdeñado el ensayo de Gunther “El alma de un robot” donde afirmaba que las máquinas siempre serían mejores en la gestión cuantitativa mientras nunca serían capaces de escribir Hamlet.
Como la novela realista, la ciencia ficción también padece la acción del tiempo. Este test crítico permite comprobar qué novelas realistas quedaron atrapadas en su época, sin poder saltar la barrera del tiempo, o cuáles pueden ser leídas siglos después sin preocuparse en exceso por la coyuntura que les dio origen. Así pasa con la ciencia ficción. En este género tan particular, la imaginación del futuro a menudo no es más que recreación del presente o reinvención del pasado. Pero pocas veces, como en Dick, intuición profunda de las mutaciones en curso en la realidad y comprensión de los mecanismos de construcción de esta.
Otro aspecto interesante a subrayar. Se trata de la segunda (y excelente) traducción al español de We Can Build You, esta novela fundamental del canon dickiano, obra de Juan Pascual Martínez, y ya solo el cambio de título de una traducción a otra (de Podemos construirle a Podemos fabricarte) indica un recorrido posible (y apasionante) de la lectura de la misma.


“La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de pensar en ello”.

“Cuando el tiempo acabe, las aves y leones y ciervos de Disneyland no serán simulaciones y, por primera vez, un pájaro real cantará”.

-PKD, “How to Build a Universe”-


            Qué significa vivir en un mundo alterado por la tecnología, o cómo condiciona la existencia humana el hecho de tener que convivir con productos tecnológicos cada vez más sofisticados, como máquinas o robots, que terminan afectando a la definición de lo humano, ya sea para expandirla o para transformarla. Esta es una de las grandes aportaciones de Dick a la ficción y a la novela, en particular, donde confirió a sus especulaciones sobre el tema la extensión que requerían. Por qué Dick no pudo desarrollar sus grandes motivos hasta que abandonó el formato de la novela realista y se atrevió a asumir metáforas y técnicas de la ciencia ficción es la pregunta insistente que la cultura popular sigue haciéndole a la cultura académica desde hace mucho tiempo, sin obtener otra respuesta lógica que el silencio o el desdén.
“Podemos fabricarte” es la primera novela donde Dick aborda la cuestión de los simulacros, es decir, seres sintéticos creados a imitación y semejanza de los humanos. En este caso, los simulacros son el presidente Lincoln y su colaborador político Stanton. La historia fue inspirada en parte por el impacto imaginario que le causó al autor su visita a Disneyland y la visión de los robots allí presentados. Dick escribió esta novela en 1962 y vio como todas las editoriales especializadas se la rechazaban. La razón principal de este rechazo era, según aducían, la carencia de desenlace de la trama. Hasta 1969 no pudo ver publicado su texto, serializado en la revista Amazing Stories con el título de “A. Lincoln, simulacro”. Y solo en 1972 aparecería como libro, una década después de su escritura y cuatro años después del otro gran libro de Dick sobre la cuestión (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; escrito en 1966 y publicado en 1968). Esta odisea textual da una idea de cómo los planteamientos de Dick desconcertaban a todo el mundo, ya fuera dentro de los límites de la literatura canónica como en la narrativa genérica. 
Qué hay de tan original en esta novela dickiana. Primero que nada, como han resaltado estudiosos y admiradores como Fredric Jameson (“uno de los más sublimes logros de la obra de Dick”), un tratamiento de los androides tan humano que excede con mucho las virtudes de cualquier humano. Stanton y luego Lincoln han sido fabricados por una pequeña empresa de órganos musicales eléctricos que atraviesa una grave crisis estructural y comercial. La idea es usarlos para construir un gigantesco simulacro sobre la guerra civil americana que podría convertirse en espectáculo nacional o, en una segunda opción más lucrativa, en juego bélico con un sistema de apuestas acoplado. Los dos androides demuestran a lo largo de la trama una humanidad en el modo de relacionarse con los humanos o en la manera de aconsejar a estos sobre sus turbulentas vidas que los convierte en paradigmas de un humanismo inteligente que la Historia habría dejado atrás, por desgracia para todos. Y esta reflexión irónica y desengañada sobre la Historia, y no solo americana, no es un tema menor en la novela sino uno de sus motivos esenciales.
Otro atractivo de “Podemos fabricarte” es que, mientras los simulacros son juiciosos y justos, muchos de los personajes padecen trastornos sintomáticos que muestran cómo la condición humana básica también ha entrado en una crisis profunda. Estamos en la América de un imaginario 1982 donde la tecnología ha avanzado tanto como el diagnóstico y tratamiento médico de la psique humana, vigilada y controlada por el Estado con un poderoso aparato institucional. El narrador subjetivo es Louis Rosen y actúa como mediador empático que transmite al lector las claves emocionales de la historia desde una perspectiva demasiado comprometida. Rosen descubre el abismo mental que oculta su cerebro cuando se enamora de Pris Frauenzimmer, la hija esquizofrénica de su socio y diseñadora artística de los androides. Pris, a su vez, expresa en todo momento su admiración y fascinación por el antagonista de Rosen: Sam Barrows, el eximio capitalista, un magnate corporativo radicado en Seattle que ve las inmensas posibilidades económicas de construir simulacros para repoblar otros planetas y sustituir a los humanos en tareas indeseables.
“Podemos fabricarte” es, en este sentido, una visionaria aproximación al mundo contemporáneo en toda su complejidad psicológica y tecnológica. Y cuando uno conoce el ambiguo y desolador final se hace evidente por qué ninguna editorial de ciencia ficción de los sesenta pudo entenderlo. Supera las estrechas categorías del género en el que se inscribe contra su voluntad. Es pura literatura y también filosofía fabulada.

jueves, 8 de noviembre de 2018

HIPOTECAS Y CLOACAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 6 de noviembre]

            Pagar y pagar. Es el único argumento de la obra. Quieres una casa. Pagas. Quieres un coche. Pagas. Quieres circular por la ciudad. Pagas. Quieres aparcar. También pagas. Al final pagas por todo. Es el nuevo paganismo legal del dinero. Cuanto más pagas, más te dicen que tienes que pagar. Incluso pagas impuestos para que los políticos hagan campaña electoral a tu costa volviendo infernal el tráfico con obras interminables o innecesarias. Y tú, triste contribuyente, corres con todos los gastos.
Hasta que interviene en tu defensa el Tribunal Supremo. En buena hora los benéficos jueces deciden acabar con las tasas abusivas y las cláusulas esotéricas de las hipotecas. La sentencia polémica desata el terror en los hipermercados financieros. Temblor en los bancos y nervios en las sucursales. Intensa salivación, sin embargo, entre los clientes que sueñan con el sabroso botín. Suenan las alarmas. Se disparan las llamadas y los contactos al más alto nivel. Esto es una locura. No salen las cuentas. El sistema se hunde. Socorro. Estas conversaciones histéricas no las grabó, por desgracia, el “Gran Hermano” Villarejo, pero son fáciles de imaginar. El presidente Lesmes, obedeciendo a poderes innombrables, se puso enseguida al frente de la operación “parada de máquinas”. La maldita retroactividad se quedará en nada. Ya veréis. Y todos contentos. Excepto los clientes que pagan religiosamente una hipoteca que no necesitan. Con lo bien que se vive de alquiler. Esto de tener una casa en propiedad es la primera religión española. La pasión inmobiliaria la injertó el franquismo en el gen nacional para fomentar el negocio de la construcción y ningún gobierno posterior se atrevió a combatirla con medidas democráticas. Las hipotecas se venden como signo de bienestar y avance social cuando son solo un sofisticado engaño financiero. Como las cloacas del Estado, todo el mundo las usa tapándose la nariz.
Las cloacas sirven a la razón estatal con prácticas deleznables. Ya se vio con los GAL y ahora con el obsceno folletín de Villarejo. Algún valor tendría este truculento personaje si fue siervo de tantos amos. El poder no funciona sin las cloacas, así como las encuestas del CIS saben a carne cruda si no se cocinan. Y la vida pesa poco sin hipotecas. Villarejo se creyó el pajarraco más listo de la jaula y se ha reído hasta de su sombra. Y ahora esta, con gesto maquiavélico, se venga publicando las cintas delatoras. El corrupto comisario presumía de manipular las debilidades vulgares de los poderosos, como demostró en el banquete platónico con la ministra Delgado. Una cosa es segura. Seguiremos pagando hipotecas hasta la muerte, como si nos hicieran inmortales, y escuchando hasta la náusea las infames grabaciones de Villarejo, como si nos hicieran más sabios. Quién dice que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.

martes, 6 de noviembre de 2018

SUEÑOS ANDROIDES



[Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2018, págs. 263]

Existe una conspiración para imponer lo anodino como frecuencia mental en la cultura de masas. No todos los productos audiovisuales participan, ni todos en el mismo nivel, por descontado. Pero esta serie es un ejemplo perfecto para abordar esta cuestión. Cómo a partir de un puñado de magníficos relatos se puede generar una serie de episodios de tan bajo vuelo y estrechas miras, con destellos ocasionales…

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de la fallida Minority Report), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.
Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la narración especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a una realidad anómala.
Esta antología de título prometedor recoge diez relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. (Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick.) La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias excesivas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos. Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también,  cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios artísticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 
Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas impopulares.
Como muestra el panorama mental contenido en estas fascinantes ficciones, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo contemporáneo, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El padre-cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro,  y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.
Los sueños eléctricos, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia.

martes, 30 de octubre de 2018

EL REINO LOCUAZ


[Tom Wolfe, El reino del lenguaje, Anagrama, trad.: Benito Gómez Ibáñez, 2018, págs. 177]

Mañana se cumplen 10 años de aquel 31 de octubre de 2008 en que este blog echó a andar con más dudas que voluntad de perseverar. No hay nostalgia ni melancolía en esta celebración. El tiempo es un gran misterio al que no conviene culpar en exceso de lo malo o lo bueno que nos acontezca en la vida. Estos son dos de los primeros posts que publiqué entonces: el Beigbeder más nabokoviano y el devenir japonés de Barthes. Mi alma francesa mise à nu. Me gustan ambos, me reconozco en ellos. El balance personal del blog es extremadamente positivo, pese a todo. Así que la blogosfera, antes de robotizarse del todo, tendrá que soportarme al menos otra década más, así que pase. Wolfe no es una personalidad cualquiera para celebrarla al mismo tiempo que el primer decenio de este blog. Ha sido elegido con intención, como suele decirse. Podría ser otro de mis escritores favoritos, pero le ha tocado a él, qué se le va a hacer, por razones obvias no podría quejarse del atrevimiento. Cada vez tengo más claro que las personalidades admirables que nacieron en el fragor del siglo XX y están muriendo en los balbuceos del siglo XXI me merecen una simpatía y consideración de orden superior. Si alguien quiere hacer una lectura psicoanalítica de esta actitud está en su derecho, quizá acierte, o quizá se equivoque (allá él o ella). Todo lo que cumple años hace bien en reflexionar sobre la cuestión sin prejuicios ni complejos. La grandeza de la vida se mide en su duración y no solo en sus destellos momentáneos. En fin, no se hable más…

Y entre tanto, sí, murió el genial Tom Wolfe, sin avisar, dejándonos este inteligente libro como testamento literario. Un libro celebrando el poderío del lenguaje. Este libro polémico, con todos sus errores e inexactitudes, no es un alegato contra Darwin o Chomsky, como se ha dicho, ni una apología de sus rivales y contrincantes ideológicos. Wolfe ha escrito este ensayo para todos aquellos a quienes ha interesado siempre mucho más el lenguaje que la lingüística, la compleja vida del lenguaje y las lenguas que las teorías sobre su estructura, historia u organización.
El lenguaje es la verdad de lo que somos los humanos. La creación del lenguaje nos hizo humanos y todo lo que hemos construido a lo largo de nuestra dilatada historia como especie, para bien y para mal, proviene del lenguaje. El lenguaje nos confiere la idea del pasado, de ahí su relación con la memoria (la nemotecnia es el lenguaje, dice Wolfe), y con el presente, imposible vivir lo inmediato sin la mediación del lenguaje. Y también el futuro, como especulación de la mente despierta, como imaginación de las palabras con que se nombra hasta lo inexistente, lo inalcanzable, lo distante e inconcebible. Esta es la grandeza poética del lenguaje. La tecnología primordial que revolucionó la vida del “homo sapiens”, creada al principio imitando los sonidos animales para transformarse después en un poderoso instrumento cognitivo, una prótesis neuronal que creó el yo del hablante y con él la comunicación entre semejantes. Una tecnología democrática, también, en la medida en que todos pueden aprender a manipularla. Nuestro reino es la locuacidad, el arte de la laringe, el orgasmo verbal de la glotis. Esto es, en palabras de Wolfe, lo que ha puesto en pie imperios y civilizaciones, culturas y guerras, palacios y burdeles, ciudades y monumentos, religiones e ideologías, la poesía y la pintura. Pero también el lujo y la tecnología.
La epifanía final del libro resume su ideario con elocuencia. Wolfe contempla unas láminas de un libro sobre la Teoría de la evolución donde observa a una chimpancé junto con su cría y unos gorilas buscando cobijo para la noche. Y luego despega los ojos de las fotografías y mira por la ventana de su apartamento neoyorquino y descubre las ventanas de dos hoteles de lujo. Evoca entonces, nombrando objetos y marcas, el confort suntuoso de las habitaciones y suites. Entre “Primatolandia” y Manhattan, Wolfe lo tiene claro. El lenguaje ha construido la gloria de esos rascacielos y el dinero capitalista que los financia y dota de lo necesario para hacerlos placenteros y atractivos.
La cháchara lingüística y el darwinismo, concluye Wolfe, se equivocan al no reconocer esta verdad. El lenguaje son las lenguas, en su infinita variedad y virtudes diferenciales, y la evolución, ese proceso por el que la bestia humana se irguió sobre todas las otras especies animales, acabó cuando el lenguaje concluyó su trabajo en el cerebro. Este libro viene a recordarnos cuestiones fundamentales que la pretensión científica y la arrogancia formalista han querido hacernos olvidar en el último siglo. Wolfe se despide del mundo con una lúcida reflexión sobre lo que ha sido para él un vigoroso medio de expresión y comunicación. Wolfe nos debía esta suerte de tratado de estilo. Harían bien todas las escuelas de letras y periodismo en incorporarlo como lectura recomendable para fomentar el ingenio verbal, la brillantez sintáctica y la audacia locuaz. Quizá sea la única forma de seguir hablando del mundo sin claudicar ante el poder totalitario de las imágenes. Bendito lenguaje y bendito Wolfe.

sábado, 27 de octubre de 2018

PRESUPUESTOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 23 de octubre]

            La filosofía entiende de presupuestos. Quizá por eso sobrevive arrinconada por las leyes educativas mientras la religión, esa ciencia superior, campea en los institutos con una insolencia digna de otros tiempos. Antes de pelearse por el conocimiento y la inteligencia de los escolares andaluces, habría que preguntarse si un país no tiene mucho que perder dando privilegios a las ideas más atrasadas y marginando el pensamiento libre y crítico. No hago filosofía barata, me remito a las pruebas históricas.
Así las cosas, hemos pasado de la discusión sobre la tesis fraudulenta al acuerdo sobre los presupuestos “podemitas” con un mágico chasquido de dedos del doctor Sánchez. Los presupuestos del tándem Sánchez-Iglesias son políticos, no económicos. Es lógico que la oposición se cabree. Han perdido la palanca de la propaganda y el voto y eso duele. Su pataleta europea no sirve de nada. Los polémicos presupuestos son una apuesta arriesgada contra la banca del casino nacional. Un programa publicitario diseñado para exhibirlo como cebo electoral. Es evidente que el PP preferiría que los presupuestos se pactaran con los altos directivos del IBEX 35, los dictadores de la economía española que revalorizan sus sueldos como los futbolistas galácticos. Esta sería la forma definitiva de entregar la democracia al plebiscito de los mercados y no al de las urnas, más incontrolable. Entre tanto, nadie parece darse cuenta de cuál es la jugada ganadora de Sánchez. Quemar la imagen de su contrincante Iglesias en misiones imposibles de correveidile con “indepes” y “anticapis”. Como siga en ese plan, los votantes de izquierda van a tener muy claro a quien colocar en el chiringuito de la Moncloa.
Pregúntenle, si no, a un niño andaluz de 7 años. A esa edad, aquí, se las saben todas. En Andalucía, la comunidad número uno en esto, hay 11.500 niños y niñas con “altas capacidades” intelectuales. En las tierras de Susana Díaz ahora todo es posible, desde el genocidio de mentes geniales por falta de empleo e innovación a la implantación anticipada de una utopía científica del siglo XXII. Diga lo que diga el informe Pisa, un dislate estadístico, los niños y niñas andaluces, a los 10 años, ya han aprendido a hacerse los tontos, el único medio de prosperar en un mundo jurásico de listillos y trepas sin estudios. Por eso los políticos hablan de cualquier cosa menos de educación pública. No tienen ni idea de cómo mejorarla sin empeorar aún más la situación. Les entra pánico en cuanto alguien menciona el tema. Se acuerdan de todo lo que no tuvieron tiempo de aprender. Mejor callarse. La mala educación de siglos no se cura con medidas mediocres. Y en Andalucía, como saben los niños y niñas con superpoderes cognitivos, hasta la inteligencia artificial más avanzada entraría en bucle si tuviera que decidir a quién votar en las próximas elecciones.

martes, 23 de octubre de 2018

ELOGIO DEL OBJETO SEXUAL


[Junichirô Tanizaki, El amor de un idiota, Satori, trad.: Makiki Sese y Daniel Vila, 2018, págs. 304]

Hay muchas formas de leer una novela deliciosa como esta, tan llena de pliegues y repliegues como un kimono tradicional. Una de ellas podría consistir en ponerla en perspectiva y entenderla en función del particular contexto cultural e histórico en que apareció serializada en distintas revistas entre 1924 y 1925, y en este mismo año como libro de enorme éxito entre una población de hombres desorientados y mujeres gozando de incipiente libertad. Otra lectura abordaría la significación de esta novela en el canon de Junichirô Tanizaki (1886-1965), un gran escritor que sin abandonar los caracteres específicos de su cultura supo incorporar las influencias occidentales más afines: Poe, Dostoievski y Baudelaire, desde luego, y en especial, Barbey D´Aurevilly, precursor amoral con Las diabólicas de este cuento cruel ambientado en la temprana modernidad nipona.
La historia responde, con sus múltiples episodios y sorpresas, a este sugestivo escenario masoquista. Un ejecutivo de vida desvaída, Joji, se prenda de una camarera quinceañera de baja extracción, Naomi, y decide convertirla, cual moderno Pigmalión, en una novia instruida, adorable y seductora. La ironía novelesca residiría en la resistencia tenaz del insinuante objeto de deseo a las manipulaciones de su obsesivo creador mediante una estrategia fatal. Como alegoría política y sexual, El amor de un idiota resulta una novela doblemente subversiva. Al final, la rebelde heroína no solo conseguirá ser una mujer emancipada, dueña integral de su exuberante cuerpo y despierta inteligencia, imponiendo esa libertad vital absoluta a su anodino benefactor a cambio de preservar su relación servil, sino que lo arrastrará además a renunciar a los rasgos simbólicos de la identidad japonesa, aceptando un apodo inglés y perdiendo la respetabilidad social, en favor de un contacto más provechoso con las maneras cosmopolitas de la cultura occidental.


Otra lectura posible de esta espléndida novela, de una penetración psicológica incomparable y de una refinada captación de los detalles y las sensaciones del drama carnal en curso, es traerla al presente para enfrentarse a los dilemas que, en esta era postfeminista, enturbian las relaciones entre hombres y mujeres, exacerbando el malentendido en que se fundan sus papeles respectivos en la comedia de los sexos. En esta mordaz parábola de Tanizaki, la transfiguración espectacular de la chica barriobajera y desvalida en femme fatale fílmica y mujer-objeto idolatrada sirve también para exponer una visión satírica de los endiablados mecanismos eróticos que subyacen a toda forma de poder y organización social. En tal sentido, El amor de un idiota muestra cómo el modo definitivo para una mujer de reventar las estructuras opresivas del patriarcado no pasa solo por constituirse como sujeto con voluntad propia y capacidad de acción, sino por asumir el poder real que, como objeto de deseo, la fantasía masculina le atribuye en su escenario mental con el fin de sucumbir a ella, como Joji, resignándose a una situación doméstica donde ya no posee el control ni la dignidad.
Si el deseo, como quería Kant, es la facultad de conferir realidad a su objeto, el instante sublime en que el objeto ya realizado pone ese deseo al servicio de su causa, como hace Naomi, supone la adquisición simultánea de una fuerza subjetiva experimentada en plenitud. El amor de un idiota representa así un paradigma del modo con que el discurso novelístico puede burlarse de la supremacía de los discursos objetivos y conducirnos, al mismo tiempo, a la verdad inaceptable que estos tratarían de encubrir.
Tanizaki es uno de los precursores de la turbulenta economía libidinal del presente. Sus novelas más prestigiosas han sido traducidas, solo faltaban las más obscenas y subversivas. Entre ellas esta, traducida ahora por segunda vez respetando el título original. Ahora hay que atreverse con Esvástica.

[La primera fotografía es la imagen de la portada de la edición japonesa de la novela de 2016 y la segunda fotografía procede de la maravillosa adaptación de El amor de un idiota (Chijin no Ai) dirigida por el gran Yasuzō Masumura en 1967.] 

miércoles, 17 de octubre de 2018

ORIENTE Y OCCIDENTE



 [Junichirô Tanizaki, El elogio de la sombra. Sobre la indolencia. Amor y pasión, Alianza editorial, trad.: Emilio Masiá López, 2018, págs. 144]

A 132 años de su nacimiento y 53 de su muerte, Tanizaki es el escritor que mejor expresó en su obra la esquizofrenia japonesa respecto de la cultura occidental. Mucho más que Yukio Mishima, desde luego, quien transformó esas relaciones ambiguas con las culturas del sol poniente en una pasión sadomasoquista demasiado enfermiza, con su muerte truculenta como consumación.
Menos impetuoso y mucho más inteligente, Tanizaki osciló durante toda su vida de un polo más conservador a otro más moderno en sus vínculos con la cultura europea y americana. Antes de abandonar la juventud, su fascinación por las nuevas modas y costumbres extranjeras, incluyendo el cine, la música y la forma de vestir, fue absoluta como expresión iconoclasta de modernidad y progreso. Una vez instalado en la madurez, experimentó un curioso viraje hacia las tradiciones locales que lo llevaría a considerar la presencia occidental como hostil a las cualidades históricas y la esencia cultural específicamente japonesa, con independencia de las comodidades materiales y avances técnicos que la occidentalización aportaba. Ese regreso sintomático a formas seculares incluía una veneración sin trabas por todo lo antiguo y un rechazo a la degradación contemporánea de los ritos, los objetos y los estilos genuinos.
Pasados los sesenta, tras los estragos de la segunda guerra mundial, experimentaría un renovado giro en su aprecio por la cultura occidental, entendiendo por tal todo lo moderno e importado, y un creciente menosprecio por los valores tradicionales. Las razones del cambio fueron, sobre todo, eróticas. Para el viejo Tanizaki, la moda occidental en el vestir y el desvestir hacía mucho más atractivas a las mujeres jóvenes que las pesadas etiquetas y códigos nipones. Así lo escenifica en su última novela, esa comedia sarcástica titulada Diario de un viejo loco (1962), donde acertó a burlarse, en nombre del deseo libidinal, de la religión budista y las convenciones familiares.
Al leer este hermoso “Elogio de la sombra” es necesario contextualizarlo en la época intermedia de su vida, cuando el cuarentón Tanizaki comienza a profesar cierto desengaño por las luces incandescentes y el frenesí de la modernidad y sentir cierta nostalgia por maneras de vivir más serenas y naturales, apartadas de los grandes centros urbanos (como Tokio, capital promiscua de la corrupción de costumbres y maneras en curso). Eso mismo admira Tanizaki en la antagónica ciudad de Osaka: la preservación del ritmo y los ritos de antaño.


Desde el refinamiento sensorial y la sutil ironía, “Elogio de la sombra” es un alegato tardío en pro de una idea de la vida en vías de desaparición, una cultura que pasa por la discreción, la modestia y la oscuridad (“lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”). Esa belleza sombría se oculta, como un signo de otro tiempo, en el negro de los lacados, la luz tenue de velas y candelabros, la blancura de los rostros de las mujeres resplandeciendo en la penumbra de los dormitorios, los pliegues de los kimonos que envuelven sus adustas anatomías, los tejados de grandes aleros que aplacan la luz solar, los retretes expuestos a las contingencias naturales, de modo que quien evacua sus intestinos pueda escuchar al mismo tiempo la música de las gotas de la lluvia chocando contra las tejas o el canto solitario de un pájaro. [En un arranque de humor, Tanizaki llega a atribuir a la tradición del haiku una conexión con esos instantes cenitales de la experiencia en que mientras el cuerpo realiza pasivamente su trabajo fisiológico la sensibilidad del poeta se exacerba percibiendo todos los signos de una naturaleza armoniosa.] 
Este célebre ensayo nuevamente traducido, así como los dos que lo acompañan, inéditos hasta ahora en español, donde se perfila su singular visión del erotismo y las relaciones entre los sexos, son producto de un período de crisis espiritual y existencial en que Tanizaki se propone someter su literatura a una purga estética fundada en tradiciones autóctonas: “Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”.

lunes, 15 de octubre de 2018

CIENCIA FICCIÓN



[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de octubre]

Con la nueva política de privacidad hemos conseguido reducir esta aún más y ampliar la parte de nosotros que está expuesta al control de las agencias, el bombardeo publicitario incesante y la vigilancia policial. Todos debemos renunciar a una parte significativa de nuestras libertades y derechos con tal de satisfacer las demandas de unos poderes que no pueden tolerar ni un grado de opacidad en nuestras vidas. Vivimos bajo el imperativo de la transparencia y algún día ese ideal benigno se volverá mortal.
El futuro, como dicen los expertos, es distópico. Y no solo porque máquinas inteligentes vayan a gestionar la realidad con criterios selectivos. Los humanos nos estamos acostumbrando a ceder terreno ante el empuje de la competencia. Nos resignamos a formas de consumo y ocio cada vez más alienantes y luego nos quejamos de la invasión alienígena de los espacios domésticos por variedades agresivas de comercio o publicidad. La ecología de las relaciones humanas se encuentra más amenazada por las redes sociales de lo que los internautas reconocen. Falsa gente, como decía Dick, generada por falsas realidades, esa es la mejor definición del mundo actual. Estar conectado o no a lo que se produce en esos entornos cibernéticos marca diferencias entre usuarios más importantes que la ideología o los gustos de cada cual. Las páginas de contactos falsifican los datos para relacionar a personas que no se soportan en la vida real o proponen encuentros sexuales que nunca tendrán lugar. Todos los políticos son tuiteros compulsivos, pero Trump tuvo un gesto vanguardista hace unos meses al retuitear un mensaje elogioso escrito por un robot en una cuenta rusa. Para colmo, los mercados financieros han recuperado la confianza de los inversores gracias a que sus operadores más eficientes no son humanos. 
La información falsa es el producto estrella de la cultura del simulacro. Los artículos simulados por algoritmos robóticos ya inundan la prensa digital. La tiranía de los datos masivos y sus veloces exégetas resulta mucho más efectiva como control político y económico que la violenta rigidez de un estado policial. No sabemos si la omnipresencia de la publicidad existe para hacer viable internet, o si las corporaciones financian el espejismo publicitario que nos permite navegar apartando la basura que nos asalta en todos los sitios que visitamos. El lujo de navegar sin coacciones comerciales se acabará pronto, como todos los privilegios que desaparecieron sin darnos tiempo a enunciar una queja razonable. Si nos descuidamos, cada vez habrá menos diferencias entre consumir obras de ciencia ficción y vivir en el mundo inhabitable que se diseña en el horizonte de la historia. De hecho, ya no sé quién escribe esto, si mi cerebro o un algoritmo, o si yo mismo he comenzado a adaptarme al medio y soy un robot. Es el camino del éxito.

martes, 9 de octubre de 2018

ESPECTROS DE MARX



[Slavoj Žižek, La vigencia de “El manifiesto comunista”, Anagrama, trad.: Damián Alou, 2018, págs. 77]


Viendo con gran interés hace unos días la película El joven Karl Marx (Raoul Peck, 2017) sentí el poder de la representación fílmica del pasado con especial excitación en una secuencia: aquella en que Marx corrige a Engels mientras escriben a dúo el Manifiesto comunista, sugiriéndole para la primera línea “un espectro” en lugar de la expresión mucho más convencional “un hombre del saco”. La que habría de ser una de las frases más revolucionarias de la historia política occidental se gestó de ese modo como un acto de escritura: un choque estilístico entre la fúnebre fantasmagoría de Marx (“las generaciones de los muertos gravitan como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos”) y la escasa imaginación literaria de Engels. Un espectro recorre Europa, pues…


"En sus motivaciones, cuando no en sus pretensiones, el marxismo es, en el fondo, un pensamiento poético que no tiene paciencia para llevar sus conclusiones hasta sus últimas consecuencias".

-Paul de Man, Visión y ceguera, p. 268-


Un espectro recorre hoy el mundo. El espectro del capitalismo, nadie se engañe, no el del comunismo. Eso hemos avanzado desde la publicación de “El manifiesto comunista” en 1848. Lo que da una idea del desastre en curso. Cien años después de la Revolución soviética y a casi treinta años de la caída del Muro de Berlín, aún hay quien le da vueltas a la tesis de que la historia, por alguna perversa razón, no acaba de terminar o ha entrado en un bucle peligroso. Žižek no es uno de ellos, desde luego. Y lo deja claro en este libro, partiendo de la tesis de que el capitalismo nunca se ha parecido tanto como ahora a las ideas de Marx, es decir, nunca ha sido el capitalismo tan “marxista”, por decirlo con ironía, tan idéntico a los análisis dialécticos de Marx sobre la efectividad de su maquinaria.
En esta situación turbulenta, cabe preguntarse muchas cosas, por supuesto, pero la última de ellas no sería si el marxismo, en el fondo, no ha hecho mejor al capitalismo, enseñándole el camino a seguir con los trabajadores, las clases y la economía. Marx estaba convencido de que una grave crisis daría al traste con la mecánica capitalista y se equivocó, como piensa Žižek. El comunismo solo pudo apoderarse de los medios de producción en países periféricos. Marx creía en una revolución comunista que tuviera lugar en economías plenamente desarrolladas como Inglaterra, Francia o Alemania. Entendía el comunismo como la fase siguiente a la tarea revolucionaria llevada a cabo por el capitalismo mismo en lo social, lo económico, lo cultural, lo tecnológico y lo político. En países tercermundistas, el comunismo sería, como predijo Marx, una triste y grosera parodia de su ideal humanista de superación de la historia y final de la lucha de clases, por expresarlo en términos marxianos.


Recordemos que la filosofía occidental, en un momento histórico concreto, padeció una bifurcación estéril entre pensadores inspirados por Nietzsche y pensadores influidos por Marx. Uno estaba fascinado con la génesis de la moral convencional y la voluntad de poder con que esta se imponía sobre los humanos para impedirles desarrollarse en libertad y proponía una transvaloración de valores como alternativa y otro con el origen del capital y el funcionamiento real del capitalismo y la posibilidad de transformarlo liquidando sus antinomias e iniquidades. Como se vio a finales del siglo XX, acaso el mejor modo de combatir el pensamiento único y restaurar el poder de la inteligencia política sea unir a ambos filósofos. Marx con Nietzsche o Nietzsche con Marx, tanto monta o desmonta uno como el otro (así lo hicieron, cada uno a su manera, Foucault, Deleuze, Lyotard, Baudrillard, Klossowski u Onfray, por citar solo algunos ejemplos). El hegeliano Žižek no parece contemplar esta opción de síntesis, dando por muerto al pensador que proclamó la muerte de Dios, creyendo que solo en este punto podrían encontrarse. Se equivoca. Los temas capitales de ambos, combinados, refuerzan la interpretación crítica del estado de cosas y redundan en la posibilidad de cambiarlo. Por sí sola, lo que Žižek llama la promesa del “horizonte comunista”, como se ha demostrado una y otra vez en el pasado, carece de futuro.
En este contexto confuso, tiene gracia evocar “La saga de los Marx”, una estupenda novela de Goytisolo publicada en 1993 y escrita como respuesta a la instalación de un nuevo orden mundial capitalista y neoliberal tras el colapso comunista, donde se hacía esta reflexión irónica, anticipando la perspectiva de Žižek: "la desaparición del sistema marxista como forma de gobierno, no auguraba a la vez la necesidad irrebatible de un nuevo Marx?". A estas alturas, no sé si Žižek se considera este nuevo Marx o se limita a anunciar, como los profetas bíblicos, la venida del nuevo mesías o la insurrección de un Neo salvador al estilo “Matrix”. Pero este ensayo polémico devuelve a Marx a la actualidad y enseña una lección a quien pretenda pensar el tiempo presente con cierta agudeza. Mientras exista el capitalismo, para bien y para mal, en cualquiera de sus avatares o modalidades, seguiremos necesitando a Marx.

martes, 2 de octubre de 2018

MI TESIS



[Publicado en medios de Vocento el martes 25 de septiembre]

Mi tesis es que el cóctel universidad y política es explosivo. La necesidad de ostentar currículum y méritos académicos, en un mundo como este, es inversamente proporcional a la valía de un líder político. Con que sea un inteligente gestor y un gobernante honesto, como diría Confucio, me conformo. Y este juicio sirve para los doctores de la ley Sánchez e Iglesias como para los no doctores Casado y Rivera. Tener trato con la universidad no garantiza mejora alguna en la persona que busca aumentar sus capacidades y talentos. Todo lo contrario.
Mi tesis no la defendería ante ningún tribunal sin que voces autorizadas me tildaran de plagiario. Los programas informáticos son tan malévolos como sus diseñadores y su eficacia al cazar la clonación de textos tan selectiva como las actuaciones del Tribunal Supremo. Que no nos engañe el desaguisado culinario de Bolonia. No todo triunfo de la inteligencia es presentable, ni toda demostración individual de conocimiento se traduce en rectitud o ética. Y no estoy pensando solo en algunos beneficiarios de los ERE, que trasladaban la juerga culta del puticlub a las aulas universitarias pagando con la misma tarjeta mágica de la Junta. Este país no tiene enmienda. Da grima ver a un escritor plagiario y negrero acusar a Sánchez de negrero y plagiario. Los corruptos censuran a los corruptos, los viciosos reprueban a los viciosos, los canallas pelean con los canallas, y si queda algún virtuoso, no me consta, prefiere callarse o esconderse, no vayan a organizarle un auto de fe para quemarlo vivo en la plaza pública.


La universidad es una caricatura abstracta de la sociedad. El chiringuito lucrativo de la URJC, con esto de los alegres graduados italianos de turismo cultural por el Bernabéu, adquiere tintes de esperpento matritense. El demacrado director del tinglado parece una versión castiza de Drácula y sorprende que ningún rector avispado intuyera su instinto parasitario. Sánchez es un caso diferente. Avergonzado por sus errores doctrinales, sufre en cada comparecencia mediática y se le está agriando hasta la cara. Nadie, ni la fiel Lastra, se traga sus doctas falacias. Cuando ganó la moción de censura se creyó invitado a una fiesta perpetua colmada de regalos, jugosos pasteles y globos de colores. El poder no es festivo sino fúnebre, doctor Sánchez. Un largo velatorio donde el muerto es el mandatario recién nombrado, ya se celebren a bombo y platillo los cien o los mil días de soledad que le restan para pasar a la historia nacional como otro fracaso político. Eso significa gobernar, quien lo probó lo sabe. Con tesis o con halitosis. Díganlo, si no, los difuntos Rajoy, Zapatero, Aznar y González. Que se prepare la oposición. Al final, desalojar a Franco de Cuelgamuros será mucho más fácil que echar a Sánchez de la Moncloa.

jueves, 27 de septiembre de 2018

FILOSOFÍA PARA ASTRONAUTAS



 [Peter Sloterdijk, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, Siruela, trad.: Isidoro Reguera, 2018, págs. 220]

En el post anterior comentaba el nuevo ensayo de Harari, otra aportación sustantiva de este año. Así como Harari es un historiador y centra sus reflexiones en ofrecer una perspectiva global que abarca desde el paleolítico hasta nuestros tiempos, Sloterdijk es un filósofo de este siglo, tarea más que ardua, dada su indefinición. O lo que es lo mismo, un filósofo que hace suya críticamente toda la tradición filosófica desde Grecia en adelante, con todos sus errores y correctivos, para intentar salvar su prestigio y ponerla al servicio de la comprensión de nuestra época. Y, sin embargo, trata de definir su posición afrontando con lucidez la problemática y turbulenta historia y mentalidad del siglo XX.

“La conciencia del mundo, en cuya formación trabaja la pedagogía de hoy y de mañana, solo puede desarrollarse de facto si la autoridad de la observación excéntrica se vuelve suficientemente fuerte como para poder servir de contrapeso al egocentrismo de los intereses locales”.

-Peter Sloterdijk, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, p. 119-


Este no es un libro para todo el mundo. Es un libro, más bien, para todos y para nadie, como decía Nietzsche, maestro para lo bueno y para lo malo, es un decir, de ese sofisticado pensador en escena y fuera de escena que es Peter Sloterdijk. Un libro, por tanto, pensado para todos nosotros, los habitantes de un tiempo desahuciado en que la historia no acaba de morir, aunque percibamos multitud de signos de su ocaso. Por desgracia, las postrimerías y los espasmos agónicos pueden ser peores que todo lo que antecedió. Es un libro que educa, desde luego, la visión global que deberíamos tener los “astronautas” de la nave espacial Tierra. No es una broma ni un disparate. Este es uno de los hilos fundamentales de la trama urdida por Sloterdijk como una alfombra para exponer en el mercado a todas las pisadas, ya sean las de los cortesanos de zapatos limpios, los filósofos descalzos o los viajeros de calzado polvoriento.
Inspirándose en las tesis contraculturales del arquitecto Buckminster Fuller, Sloterdijk propone a lo largo del libro la fascinante idea de que la única forma de abordar la globalización sin temor ni temblor es adoptando el punto de vista de los astronautas que habitan una plataforma espacial desde la que observan a diario la inmensidad del cosmos y la esfericidad accidentada del planeta azul. De ese modo, Sloterdijk sostiene la deslocalización de la mirada, la ubicuidad de la experiencia individual y la posición excéntrica como nuevos vehículos de autoridad en un mundo que se ha vuelto global, desde la era oceánica de las grandes navegaciones y descubrimientos hasta hoy, sin dejar de ser local. En ese innovador mapa de la realidad participan todos los puntos terrestres, sin distinción, como lugares diversos de la experiencia singular del tiempo y el espacio, y todos los ángulos ingrávidos del punto de vista superior, como ideal platónico realizado gracias a la mediación de la técnica.
Esta perspectiva casi divina, la observación excéntrica, es la que adopta Sloterdijk para otro de los propósitos centrales de su magnífico ensayo. No ya explorar los desafíos del futuro sino dilucidar los aciertos y desaciertos del pasado. El admirable capítulo que da título al libro contiene uno de los análisis más lúcidos que se puede leer sobre lo que realmente ocurrió en el siglo XX, más allá del anecdotario historiográfico o los clichés periodísticos. El “apocalipsis de lo real”, es decir, el momento crítico de la historia en que, ejecutando en gran parte el programa puesto en marcha durante los dos siglos anteriores, la civilización occidental y las culturas asociadas emprendieron con fuerza inusitada la negación radical de la metafísica y las verdades morales de la religión.
A partir de esta paradójica voluntad de realismo, se plantean los problemas ligados al poder, la política, la energía, el control de masas migratorias, la demografía, la ecología, los cambios climáticos y las tecnologías comunicativas y cibernéticas. Las catastróficas consecuencias de todo ello las conocemos de sobra. El siglo XX fue un gigantesco crematorio ideológico que puso el contador de la humanidad a cero. El trabajo de tabla rasa fue sistemático y aún no ha concluido. Como diagnostica Sloterdijk, cabe esperar que la mitad del siglo XXI se consuma en las mismas guerras culturales y los mismos desastres humanitarios y medioambientales del siglo pasado.
Leer este libro de Sloterdijk se convierte así en un medio de anticipar ese tiempo en que las secuelas de la “voluntad de poder” hayan desaparecido del escenario y podamos sentir y comprender, realmente, que vivimos como astronautas en una nave espacial llamada Tierra que debemos cuidar a conciencia, así como garantizar la buena vida de todos sus ocupantes.

lunes, 24 de septiembre de 2018

EXAMEN FINAL



[Y. N. Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, trad.: Joandomènec Ros, 2018, págs. 400]

Homo sapiens es una especie de la posverdad, cuyo poder depende de crear ficciones y creer en ellas.

Cuando se piensa en el futuro de la IA, Karl Marx sigue siendo mejor guía que Steven Spielberg.

-Harari, 21 lecciones, pp. 258 y 272-


Este no es solo un libro notable sino un examen público de la sabiduría del autor. Harari, el ensayista global de moda, se somete al escrutinio de sus lectores sobre 21 cuestiones fundamentales de la vida humana en el presente siglo. La nota media del examen es alta. En algunos temas alcanza la excelencia mientras en otros practica brillantes piruetas retóricas para no reconocer que no puede saberlo todo sobre todo. Lo que da una idea del exigente nivel del libro y también de la despierta inteligencia de su autor. Pero el lector también se examina: el libro escanea nuestros conocimientos y los pone a prueba sin concesiones.
Es recomendable leer todas las entradas, siguiendo el metódico plan trazado por Harari, para extraer el máximo provecho de las cinco etapas en que se desarrolla su lógica aplastante. En principio, Harari se sitúa en la perspectiva de un historiador e intelectual que refuta las teorías que daban por cancelada la historia con la victoria en el siglo XX de lo que él denomina el relato liberal (y su correlato, la democracia parlamentaria) sobre sus rivales políticos, el relato fascista y comunista. Fukuyama fue el gran adalid de esta posición durante los años noventa, aunque luego fuera corrigiendo su triunfalismo inicial para reconocer que en el mundo liberal las amenazas internas derivaban de la falta de control sobre el desarrollo tecnológico.


Harari parte de este punto crítico, también, pero expone una interpretación mucho más radical y menos sesgada del relato liberal y su socio preferente el sistema capitalista. En el fondo, la cuestión que Harari se plantea, en sintonía con otros pensadores de la actualidad (Byung-Chul Han, Slavoj Zizek, Nick Bostrom, entre otros), es si todas las bellas promesas del ideario liberal no estarían siendo secretamente socavadas por los intereses espurios de los agentes del capitalismo neoliberal. O lo que es lo mismo: si todos los bienes que la democracia ofrece por un lado, el sistema capitalista, basado en la explotación y la maximización del beneficio, no los estaría destruyendo por el otro.
En consecuencia, el análisis del desafío tecnológico al que nos enfrentamos, que ocupa la primera parte, es traducido por Harari, en la segunda parte, como desafío político. Dos revoluciones tecnológicas centran el foco de su visión pesimista del mundo actual y las secuelas para el futuro: la que afecta a la biología y la medicina y la que atañe a la información y la computación, con la Inteligencia Artificial como producto final. Para Harari ambas revoluciones en curso cuestionan todos los aspectos de la vida humana como ha sido entendida hasta ahora. Valores como la igualdad, la justicia, la verdad y la libertad, derechos como el trabajo, la salud y la educación, conceptos como comunidad, civilización o nación, o creencias como la religión, se verían alterados en sus fundamentos seculares por los nuevos conocimientos científicos y las tecnologías incisivas capaces de aplicarlos sobre nuestros cerebros y cuerpos sin apenas resistencia.
En este sentido, uno de los capítulos más lúcidos afronta el espinoso problema de la educación. En un mundo como este, cada vez más parecido a un entorno de ciencia ficción, como analiza Harari en otro capítulo clave, no se requiere que los profesores ceben de información inútil a los alumnos. Esta información ya está en internet, otra tecnología que lo ha cambiado todo. Una verdadera cultura democrática es aquella que proporciona formación teórica y práctica a sus ciudadanos y no solo ocio nocivo. Criterios inteligentes, como recomienda Harari, con que el ser humano pueda sobrevivir en un contexto cada vez más hostil a su existencia.