lunes, 17 de septiembre de 2018

FANTASÍA



[Publicado en medios de Vocento el martes 11 de septiembre]

Cataluña tiene un marrón muy gordo. Desmontar un simulacro es más costoso que montarlo. Y no realizarlo tan nefasto como prometerlo. Los “fistros carolistas” son un escollo aún más peligroso que los “fistros felipistas”. Y que no se entienda este homenaje al cómico Chiquito como un guiño de la Andalucía sociata de los Eres a la Cataluña convergente del tres por ciento. Intento inyectar humor en un tema fúnebre. El problema español, no obstante, es el más grave de todos. Un síntoma de debilidad nacional. Cómo ha permitido el Estado que se construya en sus dominios una fantasía nacionalista de ese calibre. Los responsables del desaguisado debieron creer, con buena fe democrática, que los símbolos, la lengua y las festividades del terruño eran solo vistosa decoración folclórica para el cortijo nororiental. Qué ingenuos.
Se conmemora hoy una efeméride fantasma que no alertó a los líderes de la Transición cuando fue legalizada. Nadie imaginó entonces que esa semilla maldita, regada año tras año con espuma del Penedés y abonada con pagos corruptos, iba a producir esta jungla monstruosa de esteladas y lazos amarillos. No hace falta saquear la Wikipedia para entender qué festejan con tanto bullicio callejero como victimismo político. No es la defenestración de Rajoy, no, sino la caída de Barcelona en 1714 durante la Guerra de Sucesión, ese “juego de tronos” a la española. Por intereses espurios, los catalanes tomaron partido activo por los austriacos, dinastía retrógrada, contra la monarquía borbónica, más moderna. Tres siglos después, los catalanes “ostracistas”, tan cabezones como su líder bicéfalo, siguen celebrando el error como si la derrota reaccionaria fuera una hazaña heroica. Ironía infinita de la historia.
Torra es un pésimo actor, dentro y fuera del escenario. Y no porque no crea en su papel, sino porque se lo cree en exceso. Para que nadie dude de su vocación mesiánica, organiza en el Teatro Nacional de Cataluña una pantomima siniestra en la que predica ante sus fieles un sinfín de falsas bienaventuranzas. Torra es un megalómano y se cree Martin Luther King. Hay que tener la cara tan dura como un pedrusco de Montserrat para atreverse a comparar a los privilegiados contribuyentes de la república catalana de Ikea con los oprimidos afroamericanos. Antes era capaz de reírme a carcajadas con las bromas de la novísima hornada de cómicos independentistas. Pero ahora se han vuelto unos pesados. Sus disparates ya no tienen gracia. Sus monólogos son monsergas de iluminados. Sus apariciones televisivas, chistes para zombis. Y sus manifestaciones, para qué mentir, espectáculos de una cursilería inaguantable. Cataluña no sería mejor sin España, es un infundio, pero el deseo de separarse está haciendo peor a Cataluña. Europa mira para otro lado. A este paso, la Diada se convertirá en la celebración de una derrota real. Y esta vez perderemos todos.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

AUTOPSIA DE DAVID FOSTER WALLACE



“Y si algo no ha cambiado es la razón por la que escriben los escritores que no lo hacen por dinero: lo hacen porque es arte, y el arte es sentido, y el sentido es poder”.

-David Foster Wallace, En cuerpo y en lo otro, pág. 78-


   La muerte de David Foster Wallace el 12 de septiembre de 2008 me afectó de un modo que nunca creí posible con la muerte de un escritor admirado. Nadie me ha hecho sentir nunca nada parecido. Nadie que no fuera un familiar cercano o un amigo, se entiende. Eso es lo más extraño. ¿Qué había en la muerte de Wallace que tanto me impresionaba? ¿El modo brutal de desaparecer? ¿El nudo letal escogido para poner fin a una vida repleta de nudos? ¿El ahorcamiento horrible? ¿La soledad extrema del cuerpo al dar el salto definitivo para encontrarse con el vacío que lo obsesionaba desde siempre? Todo eso y mucho más, como suele decirse.
El cadáver de Wallace colgando del techo de su casa californiana es una imagen demasiado potente incluso hoy, 10 años después del acontecimiento. El cadáver bamboleante de Wallace, una de las mentes literarias más brillantes de su tiempo, un auténtico superdotado del pensamiento y la dicción, ha ocupado con su sombra traumática la trastienda de la literatura norteamericana durante esta última década, del mismo modo que antes lo hiciera con su presencia descomunal. Wallace era el gran cartógrafo de la desquiciada conciencia postmoderna en la fase histórica de su hipertrofia tecnocrática. Y vivió en su vida, sin poder evitarlo, las mismas contradicciones de las que acusaba a la cultura a la que pertenecía. Si pudiéramos verlo como una especie de mártir irónico, disfuncional y desengañado, todo el mundo comprendería por qué su literatura fue más sintomática que pasajera. Mucho menos de moda de lo que han querido creer sus detractores más superfluos. La narrativa de Wallace funciona, también, como una traumatología mental del horror cotidiano. La vida en la sociedad del consumo corporativo tuvo en él, desde su primera novela, a su más agudo cronista. Hasta ahí, nada nuevo que añadir al dossier Wallace.
“El mundo es todo lo que ocurre”, escribió Wittgenstein, y esta proposición con la que se abría el Tractatus, que Wallace consideraba una de las “frases de apertura más bellas de la literatura occidental”, bien puede encerrar en su concisión dramática y su aparente impersonalidad todo lo que rodea la muerte del escritor David Foster Wallace y todo lo que se puede decir sobre ella para conmemorarla sin ceder a la tristeza o la melancolía. Esa muerte supone, en cierta forma, un juicio a la literatura en nuestro tiempo. Un fracaso del intento de escapar a un determinismo fatídico. Un terrible símbolo del destino del escritor creativo en una sociedad entregada al cultivo sistemático de lo espectacular y lo divertido, el entretenimiento y la banalidad. La tragedia impresa en el imaginario de una era dominada por el espíritu de la comedia, la amnesia histórica y la tabla rasa cultural. Pero eso no puede ser todo. El cadáver de Wallace, colgando como el grotesco ahorcado de Villon sobre nuestras cabezas durante una década, nos recuerda también la trascendencia de la vida y la irrelevancia del arte, o viceversa, la extraña trascendencia del arte y la irrelevancia de la vida. El peso del creador singular oponiéndose contra la ley de la gravedad de un mundo que ya no lo necesita para realizar sus fines, no al menos en ese estado de ansiedad, verborrea y clarividencia…

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lunes, 10 de septiembre de 2018

MELODRAMA GÓTICO



[Gillian Flynn, Heridas abiertas, Reservoir Books, trad.: Ana Alcaina, 2018 (2006), págs 312]

Termina la serie “Heridas abiertas” y nadie que haya leído la novela de Gillian Flynn en que se basa puede engañarse sobre el truculento desenlace. No es un misterio criminal convencional el que se resuelve entre sus páginas sino un enigma sexual de los llamados primordiales.
Ya en esta primera novela, un melodrama freudiano sobre los peligros del mimetismo femenino ambientado en un escenario católico, sureño y marginal, Flynn parece empeñada en demostrar que hombres y mujeres son iguales en todo: el amor y el sexo, el trabajo y el crimen, los sentimientos y las psicopatías. El corrupto submundo matriarcal donde ingresa la periodista Camille Preaker, narradora y protagonista, al regresar a su pueblo natal y al decadente caserón familiar de su infancia es un nido de pasiones soterradas y malignidad delicuescente presidido por el poder de la odiosa Adora: una abeja reina que transforma en zángano a cualquier macho que se le acerca y en monstruo (auto)destructivo a cualquier niña que se deje seducir por sus mimos venenosos y ardides de bruja. Los rituales madre-hija, practicados de generación en generación hasta la degeneración, inducen patologías que solo se conjuran mediante el crimen y la crueldad.
A Flynn le atraen estas máscaras femeninas de una turbiedad inconmensurable. Y la niña Amma es una de sus criaturas más carismáticas: una Lolita diabólica que personifica la irracionalidad y el sadismo infantil. Una adolescente depredadora predispuesta al mal. El instinto animal domina sus inicuas acciones de diosa consentida. Es un personaje tan fascinante como ambiguo y se percibe el placer morboso de la narradora al observar sus actitudes y estados corporales: merodeando por el pueblo montada sobre patines en compañía de una pandilla de niñatas asesinas, exhibiendo minifalda, muslos y pechos, o vestida con su camisón rosa, jugando en el dormitorio con la casa de muñecas para ser de nuevo la niña de su mamá. Pero Camille no le va a la zaga a su provocadora y maligna hermanastra. Camille porta inscritos a cuchilladas en la piel, como tatuajes del dolor y la pena, los estigmas de cada uno de sus traumas sexuales o familiares, como un entramado lacerante de signos y síntomas que duplica la trama del relato infernal que escribe en primera persona, como un combate contra sí misma, sus demonios, aversiones y fantasmas.


La prosa estilizada y categórica de Flynn posee cualidades especiales, dignas de Poe, Cain, Chandler, Highsmith, Rendell o Ellroy, cuando se regodea en la maldad y la abyección sin caer nunca en la sordidez. Así, tras describir con naturalismo escalofriante la macabra factoría de carne porcina que alimenta y sustenta al pueblo, los efectos demoledores de esta manera de narrar con crudeza se transmiten enseguida a las vidas íntimas de los personajes. La reina madre, las hijas enfermas y el espíritu perverso que las anima a perseverar en el mal y la culpa. El demonio genuino que inspira los horrores y las aberraciones, mentales y físicas, en que viven inmersas.
Como ha dicho Laura Bogart, perceptiva crítica americana, vivimos en una época donde se nos urge a producir discursos positivos sobre las mujeres. En este contexto cultural, necesitamos también que la rabia reprimida de la mujer pueda iluminar visiones más complejas de la realidad. Para evitar críticas morales, Flynn ha elegido el sendero creativo del género policial, donde puede aguzar los clichés como puñales y afilar las rutinas narrativas como bisturíes. La novelista Flynn ejerce como forense del alma y el cuerpo (para ella son lo mismo) de las mujeres de ayer y de hoy. Y de lo que otra Camille, Camille Paglia, llamaría su fuerza ctónica.

viernes, 7 de septiembre de 2018

MEA CULPA



[Publicado en medios de Vocento el martes 28 de agosto]

Con porras y policías torturadores es muy fácil gobernar. Cualquiera lo haría usando la dialéctica de los puños y las pistolas que predicaba el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, convertido ahora, por decreto, en una víctima más de la Guerra Civil. Mientras Sánchez amenaza con expoliar el sepulcro del dictador, a los bocazas de la derecha mediática les ha dado por contar maravillas sobre la era franquista. Estas recreaciones de la mente nostálgica son falacias. Como la mujer maltratada, el pueblo que sufre violencia y represión acaba agachando la cabeza y resignándose a su inicuo destino, pero no adorando a su verdugo.
Cuando la momia de Franco salga de la tumba no caerá sobre nosotros ninguna maldición, esta tuvieron que soportarla los españoles treinta y seis años, pero tampoco ninguna bendición eficiente, como las que imparte sin cesar el papa Francisco para conjurar el espíritu pederasta que carcome los pilares de su Iglesia. Franco saldrá de nuestras vidas, al fin, y entrará en la historia como un muerto más, transformando el feo santuario de Cuelgamuros en un parque temático consagrado a la fraternidad nacional y su efigie, por qué no, en una máscara de Halloween con la que asustar a los incautos durante la noche de difuntos. Como Hitler o Stalin, Franco es otra de las figuras terroríficas del siglo XX. La personificación local del ejercicio totalitario del poder en nombre de una causa infame. A Franco tampoco le tembló el pulso cuando se trató de exterminar a la población que no comulgaba con el triste ideario nacional-católico. Que la conferencia episcopal no se inmute con la exhumación no es un signo de cobardía, como creen los meapilas de la derecha mediática, sino de culpabilidad y bochorno. Fue la Iglesia, mucho más que el pálido remedo falangista, quien sostuvo al dictador en su trono y potestad desde el inicio de la guerra hasta el fin de sus días.
El pacto de la transición ata lenguas y manos, pero este lío del desahucio de los desechos del dictador ha revelado, acaso sin querer, que en España había muchos más franquistas durmiendo la siesta de los que los sociólogos habían detectado con sus radares ultrasónicos. El decretazo de Sánchez ha servido para destapar esa trama oculta de apologetas del régimen autoritario. Han salido del armario donde llevaban encerrados cuatro décadas, oliendo a cadaverina y a ropa rancia, y ya no importa si Sánchez abusa de la ley para robarle votos a Podemos, limpiar la imagen inquisitorial de España o encubrir sus vicios caseros. Cada país tiene su vergüenza y su dignidad. La política inteligente desactiva una mientras reactiva la otra. Sánchez ha hecho muy bien. Decreto al canto. Para que los nostálgicos se atraganten a pleno sol. Y pa´lante, que ya vamos tarde.

lunes, 3 de septiembre de 2018

V. NABOKOV (y 2): CÁMARA LÚCIDA



[Vladimir Nabokov, Risa en la oscuridad, Anagrama, trad.: Javier Calzada, 2018, págs. 241]

      Entre 1932 y 1933 una revista rusa publicó en París, por entregas, la novela “Cámara oscura” de Vladimir Sirin. En 1933 se publica como libro ruso en Berlín. En 1936 se traduce torpemente al inglés y la firma Vladimir Nabokoff-Sirin. Y en 1938 fue reescrita en inglés por su autor, que ahora firmaba Vladimir Nabokov, asumiendo sin complejos el nombre de su padre muerto, y modificando los nombres de los personajes, además de aspectos relevantes de la trama y el título: “Cámara oscura” se releía ahora como “Risa en la oscuridad”.
            En español, “Cámara oscura” se publicó en febrero de 1951 con el nombre de autor de Wladimir Nabokov-Sirin en la editorial barcelonesa Luis de Caralt, sin tener en cuenta la reescritura de Nabokov, a pesar de los trece años transcurridos desde 1938 (mientras escribo estas líneas tengo delante de mí un desgastado ejemplar de esta edición, herencia paterna, y me resulta altamente irónico que se publicara en una colección de dicha editorial llamada “Colección Gigante”). En Francia, en cambio, llegó a publicarse a finales de los treinta una extraña amalgama de ambas versiones, donde se respetaba el texto original mientras se cambiaban los nombres de los personajes, incorporando los de la versión en inglés más reciente, hasta que en los años noventa se publicó al fin “Risa en la oscuridad” como una nueva novela de Nabokov. Anagrama la publicó aquí como tal en 2000 y, desde entonces hasta ahora, la ha reeditado cuatro veces en bolsillo (2001, 2008, 2011 y 2018). La “Cámara oscura” española está descatalogada desde hace mucho tiempo y solo es posible encontrarla hoy en librerías de viejo o en sus equivalentes en internet.
             Pero si uno maneja ambas novelas, no puede sino realizar una lectura en palimpsesto de una obra que se oculta bajo la otra, o aparece cuando menos se la espera para recordarnos lo que el autor desautorizó para la posteridad, recusando invenciones genuinas, relegándolas al olvido y la invisibilidad, condenándolas a permanecer latentes si los ojos curiosos del lector no las rescataran en el espejo turbio de la versión primigenia. Las permutas nominales o ficcionales, sin embargo, logran transmutar una ingeniosa novela juvenil en una obra maestra. Este aspecto de la novela no es baladí ya que para Nabokov el paso de una novela a la otra supuso un cambio de lengua y un cambio de vida: del Berlín de entreguerras donde el nazismo se iba haciendo tan preponderante que le obligó a exiliarse de nuevo, al París y la Francia anteriores a la ocupación. Dejando de lado los aspectos autobiográficos que le obligaron también a revisar la primeriza versión original, como ciertos peligrosos flirteos de Nabokov con alguna emigrada prestigiosa, lo que es evidente es que mediante la reescritura de “Cámara oscura”, justo antes de escribir y publicar su primera novela en inglés (“La verdadera vida de Sebastian Knight”; 1941), Nabokov cerraría una puerta de su pasado y abriría una nueva que lo llevaría a Estados Unidos, donde se convertiría en el escritor admirable que todos conocemos desde “Lolita” en adelante.
“Risa en la oscuridad”, reeditada ahora, es una inquietante parábola sobre la visión y el conocimiento, la luz de la inteligencia que penetra en la cámara oscura de la mente humana y la ceguera y estupidez emocional del corazón y otros órganos, construida como un melodrama de adulterio y engaño picaresco que acaba trágicamente para su protagonista, como anuncia el narrador omnisciente en las sinópticas líneas iniciales. La historia de amor y muerte del rico esteta Albert Albinus y la joven seductora Margot Peters está hecha con las luces y sombras que se proyectan en una pared desnuda generando con sus trucos y artificios una extraña ilusión de vida. El cine es fundamental en la trama. En la oscuridad de un cine se conocen los amantes, él como espectador casual y ella como acomodadora accidental. El cine alecciona la ambición creativa de Albinus. Y el cine y sus fantasías nutren la cabeza de la vanidosa Margot hasta que se estrella queriendo ser una estrella de la pantalla que la rechaza con la misma fuerza con la que ella, como actriz fracasada, abraza a su cínico amor, el dibujante y vividor Axel Rex.
El cine determina a su vez la doble estrategia novelesca de Nabokov. Al tiempo que satiriza la excesiva influencia social del cine, el poder de este arte para apoderarse y corromper la imaginación e ingenuidad de los espectadores, antes, durante y después de la proyección, Nabokov se apropia con maestría de sus técnicas de montaje más efectivas, confiriendo a la narración un ritmo elíptico y sincopado que agiliza la transición entre sus episodios principales. Entre otros muchos ejemplos, las escenas simétricas cuando Albinus, loco de deseo, antes de devenir su amante, busca en vano el cuerpo sensual de Margot por toda la casa familiar y fantasea con su presencia furtiva y cuando, ya ciego, vuelve al mismo lugar decidido a matarla, solo podrían ser concebidas por una mente literaria impregnada de los recursos cinemáticos que renovarían la forma narrativa en el siglo XX.
La oscuridad y la risa son metáforas que orientaron la reescritura nabokoviana. La oscuridad romántica de las pasiones humanas, con el amor ciego a la cabeza, así como el melodrama de la ceguera y la muerte. Y la risa de la inteligencia y la maldad: la ironía estética del novelista, regada con generosas dosis de crueldad cervantina, y el sarcasmo del artista impostor que se burla de los deseos sexuales y pretensiones elitistas de Albinus. Este pícaro Axel Rex es uno de los canallas más brillantes de la galería de infames conspiradores que saturan las grandes ficciones de Nabokov para torturar la inocencia innata de personajes y lectores.
En cualquier caso, el salto cuántico dado por Nabokov a partir de “Lolita”, al incorporar su creativo sentido de la ficción al mundo norteamericano, demuestra que las novelas rusas o berlinesas, por excelentes que sean, fueron solo un campo de exploración inicial, una exigente preparación para uno de los más grandes acontecimientos literarios de la segunda mitad del siglo XX.

lunes, 27 de agosto de 2018

V. NABOKOV (1): LOLITA INMORTAL


[Vladimir Nabokov, Lolita, Anagrama, trad.: Francesc Roca, 2018, págs. 389]

A pesar de las dos Alicias, a pesar de Peter Pan, a pesar de todos los pesares pedófilos y la pederastia galopante, Lolita es el mito genuino de la era neovictoriana y la cultura infantilizada…

Abandonemos todos los prejuicios. Actuales o antiguos. Si no, es imposible hablar hoy de “Lolita”, una obra fabricada por su autor con género delicado o escandaloso y supremo virtuosismo artístico. Este agosto se cumplen los sesenta años de la primera y exitosa edición norteamericana (solo tres años posterior a la editio princeps parisina), durante el llamado “verano de Lolita”, de la novela magistral que cambió para siempre la visión de la infancia y el abuso infantil que tenían los adultos.
Todo escritor inventa un objeto de deseo para poder escribir la obra que consuma su relación. Este personaje imaginario, una suerte de fantasma afrodisíaco, es el que lo guía como una obsesión a lo largo de las distintas estaciones del proceso creativo. Si Dante y Petrarca eligieron a sendas niñas (Beatriz y Laura) como pretexto amoroso para elaborar obras fundacionales como la “Divina Comedia” y el “Cancionero”, Nabokov asumió, en un doble juego especular, la máscara romántica de Humbert Humbert, pedante pedófilo y narrador nada fiable, para plantearse la verdadera ecuación estética y sexual que inquietaba a su cerebro. Nabokov tradujo al ruso la “Alicia” de Carroll con tanto amor, hacia la literatura que contenía y la lengua en que estaba escrita, que acabó escribiendo “Lolita” para desentrañar el misterio freudiano de ese amor excepcional: el amor de la niña maravillosa y la inteligencia andrógina cifrado en los jeroglíficos ingleses del texto carrolliano. Y se le ocurrió escribir este libro memorable que palpitaba en su cabeza desde hacía años (desde los tiempos de sus devaneos equívocos con algunas alumnas especiales del Wellesley College) para albergar esta idea delirante: qué pasaría en el mundo si el “Sombrerero Loco” (encubriéndose bajo la máscara psíquica de Poe) cortejara y sedujera a la juguetona Alicia con el consentimiento inicial de la niña impúber.
“Lolita” no es, por tanto, la historia de amor de un adulto y una niña, ese horror derivado de la necesidad patriarcal de controlar la virginidad y la reproducción, sino la historia de toda una corriente artística de una cultura como la occidental tan fascinada con la inocencia como con la experiencia, tan sublime e idealista como realista y pragmática. Nabokov, un escritor demasiado inteligente para su tiempo y quizá también para el nuestro, antepuso a la narración central de los amoríos transgresores del poeta y profesor emigrado Humbert Humbert y la nínfula Dolores Haze un prólogo tranquilizador, firmado por un apócrifo doctor en Filosofía (John Ray, JR.), donde informaba sobre todo lo que necesitaba saber el lector desde el principio para emprender una lectura sin riesgos y establecer los fundamentos del peligroso juego literario (“Un juego de placer como el sexo y casi tan vital. Un juego mental como el ajedrez y casi tan letal”, como escribía Cabrera Infante celebrando el vigésimo aniversario de la “Lolita” de Kubrick). Todos los protagonistas de la tragedia están muertos, así que la truculenta representación carece de consecuencias reales. John Ray, el prologuista fariseo y falsario, es la máscara performativa con que Nabokov se coloca del lado de la ley y la moralidad vigentes para contar después su polémica historia con total libertad e impunidad, situándose en una perspectiva narrativa más allá del bien y del mal, el único lugar posible para la literatura de ficción, digan lo que digan los moralistas (vetustos o mileniales).
Con ironía infinita, el narrador nos advierte, desde el primer capítulo, que “siempre puede uno contar con un asesino para una prosa elegante”. Nabokov anuncia así un programa novelesco donde el demente Humbert Humbert tendrá licencia literaria para cometer todos los crímenes que la prosa permite, abusando de la retórica y el ingenio, los maliciosos juegos de palabras y los plagios descarados, las parodias bufonescas y los acertijos narrativos, antes de morir encarcelado por el asesinato de su doble mental, el famoso dramaturgo Clare Quilty, que le roba a Lolita para prostituirla después en su rancho bohemio y de quien ella, sin embargo, está perdidamente enamorada. Así que “Lolita” es también un perverso inventario de los abusos verbales del tándem Nabokov-Humbert con la promiscua lengua de Shakespeare. A esto aluden las líneas finales al hablar del refugio y la inmortalidad del arte.
Otro aspecto fascinante de la novela es su descripción hiperrealista del paisaje americano de la época: el primer trampantojo pop de la América de la sociedad de consumo escrito por un representante elitista de la decrépita alta cultura europea. Esta dimensión estética transforma “Lolita”, como ratifica la espléndida película de Kubrick, con brillante guion del escritor, en la crónica del final de la dependencia de Estados Unidos respecto de la cultura europea y el comienzo de la fascinación de los europeos por la vulgaridad comercial y vitalidad filistea de la cultura de masas americana, de la que la nínfula Lolita (“minibovary en minifalda o bañador”, como la describe Julián Ríos), consumidora activa de sus productos más banales, y la novela “Lolita”, éxito masivo e icono mediático, son hitos y mitos inmortales.

viernes, 24 de agosto de 2018

MENOS PELÍCULAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 14 de agosto]

Como las películas del verano no son gran cosa, más vale fijarse en otras películas que nos asaltan desde la pantalla de la realidad. Nos guste o no, la “uberización” del mundo es un fenómeno imparable y la violencia de los taxistas apenas si puede frenarla. Este nuevo mundo de relaciones necesita nuevas regulaciones acordes. Mientras tanto seguiremos prisioneros de políticas anticuadas. La doble condición de lotero y taxista de uno de sus líderes más agresivos me recuerda el pacto laboral del franquismo con las clases populares. Lotero y taxista es un título nobiliario digno de ese populismo franquista que Azcona y Berlanga no se cansaron de denunciar con humor negro. No falsifiquemos nuestro pasado menos ilustre y así, cuando el cadáver de Franco sea desahuciado de Cuelgamuros, podremos comenzar a mirar al futuro sin avergonzarnos.
Otra película de terror actual es la inmigración. La Europa de los mercaderes se blinda contra la invasión africana y España pretende combatir, aliándose con Francia y Alemania, la xenofobia de otros socios privilegiados del club. No sé qué bando ganará, pero los que pierden a diario son toda esa gente desesperada que en cuanto posa un pie en una playa andaluza sueña con un paraíso de derechos y riquezas que no existe ni para los nativos. Muchas almas generosas se desgarran por el drama humano de la inmigración, pero pocos se preguntan por qué la Europa tecnócrata no evita el expolio que está destruyendo el continente donde nacieron nuestros primeros ancestros. Europa no supo detener la masacre bosnia y no sabe gestionar la catástrofe africana en su origen. Cuando hombres, mujeres y niños cruzan las fronteras pidiendo asilo no se convierten en un problema por querer disputarnos nuestros privilegios, como dicen los políticos más desalmados. Los inmigrantes ilegales son un problema porque nos recuerdan nuestra responsabilidad en el desastre en que vive sumida hoy la población africana.
            Estoy harto de películas biempensantes. Este país padece un mamoneo insostenible y los inmigrantes ni se lo imaginan. Tener o no tener un grado o un doctorado es tan irrelevante, en el fondo, que mucha gente lo obtiene por enchufismo. Pero quien lo obtiene por medios legales tiene serios motivos para sentirse engañado frente a quienes lo adquieren por la cara o el carné, como los puestos y los cargos asociados. Me da igual la afiliación, pasa en todos los partidos. Y en la universidad pública y en instituciones de cuyo nombre prefiero ni acordarme. Apenas hay diferencias en esto de la corrupción y prevaricación sistémicas, aunque parezca haberlas en otros asuntos, como la inmigración. Y así nos va en el contexto global.  Como no cambiemos, el exigente porvenir nos pondrá en muy mal sitio. Conozco algunos remedios caseros. Más estudio, más méritos, más esfuerzo y, por favor, menos películas.

martes, 21 de agosto de 2018

EXTRAÑA VIDA



[Antonio Damasio, El extraño orden de las cosas (La vida, los sentimientos y la creación de las culturas), Destino, trad.: Joandomènec Ros, 2018, págs. 415]

El que escribe el código genera el valor.
-Eso ni siquiera se acerca a la verdad.
-Claro que sí. El valor reside en la vida y la vida está codificada, como el ADN.
-¿O sea, que las bacterias tienen valores?
-Claro. Todas las criaturas vivas quieren cosas y las persiguen. Desde los virus y las bacterias hasta nosotros.

-Kim Stanley Robinson, Nueva York 2140-

Una vez que hemos superado ese primer vínculo, puramente sentimental, y que lo profundizamos en todos los sentidos, constatamos que no es solo afectivo sino que significa la realidad misma, es decir, lo Inhumano. Querría hacerle comprender que la vida no es algo enteramente asimilable a las diversas facultades de comprensión del hombre, y que los valores éticos o estéticos que le atribuimos no pertenecen a todas esas formas y, por consiguiente, aún menos a la Vida en Sí.

-Raymond Queneau, Saint Glinglin (mi traducción)-


       Debemos repensar la vida. Se nos han proporcionado en la historia demasiadas creencias, mitos, razonamientos y dogmas sobre los orígenes y sentido de aquella, por parte de religiones y filosofías, como para que debamos aceptar sin discusión en el nuevo siglo las ficciones y tesis sustentadas por estos discursos infundados. A esta ardua tarea de pensamiento desmitificador dedica su esfuerzo un brillante neurocientífico como Antonio Damasio. Con proverbial modestia, el mismo Damasio reconoce en la conclusión de este magnífico libro que carecemos de una teoría fiable que explique el sentido último de las cosas y muchos de sus análisis podrían ser refutados en los próximos años cuando conozcamos con mayor exactitud los verdaderos mecanismos de la realidad.
Conviene empezar por aquí para celebrar la magnitud del gesto que da origen a este libro, un ejemplo de la mejor ciencia actual, la que se practica sin olvidar la integridad de lo que significa ser humano y pertenecer a una especie que se ha organizado en culturas y civilizaciones para canalizar durante siglos los valores que le han permitido sobrevivir y prosperar en un contexto natural de lucha y depredación incesantes. Las cifras son tremendas. El universo comenzó con una gigantesca explosión hace unos 13.000 millones de años. Un episodio menor de esa deflagración descomunal fue la posterior formación del planeta Tierra hace 4.600 millones de años y el surgimiento de formas de vida simples hace 3.800 millones de años. Si tenemos en cuenta que la aparición de los primitivos homínidos se remonta a 2 millones de años y la irrupción del “Homo sapiens” tuvo lugar hace solo 400.000 años, el primer vértigo que nos asalta es el de la insignificancia del tiempo, en comparación, que sus tumultuosos descendientes llevamos pisando el suelo del planeta y alterando su clima con nuestras nocivas acciones.
La modestia de Damasio se revela justificada cuando describe, sin inmutarse, la doble génesis cognitiva del libro. Por un lado, cómo algunas especies de insectos desarrollaron hace 100 millones de años “comportamientos, prácticas e instrumentos sociales que pueden calificarse como culturales cuando los comparamos con los equivalentes sociales humanos”. Y, por otro, cómo varios miles de millones de años atrás organismos unicelulares como las bacterias “también exhibían comportamientos sociales” comparables con los humanos. Este es “el extraño orden de las cosas” con el que Damasio estaría fundando, desde una perspectiva abierta, una nueva rama científica: la “biología de las culturas” que permite entender la singularidad de la revolución humana en los ciclos de complejidad creciente de la vida terrestre. La vida, como el ser de Parménides, Heráclito, Spinoza, Nietzsche o Heidegger, se concibe como un bucle paradójico: solo cambia o evoluciona para permanecer y perseverar.
Si la homeostasis es el principio básico, el patrón fundamental que pone límites a la expansión de las formas de vida, un mecanismo de control y corrección de excesos, como explica Damasio, eso no significa que la vida, en su propia exuberancia, no sea una lucha constante por desbordar esos límites e imponer su poder sobre otras especies o grupos. El intercambio, la conexión, el flujo definen los procesos vitales, así como el conflicto, la agresividad, la conquista. Y todo ello como subproducto de las complicadas relaciones entre el cerebro y el cuerpo, la mente consciente y el sistema digestivo. Los afectos, los sentimientos, las emociones son determinantes en las decisiones de la vida, en especies sin cerebro o en especies como la humana donde el cerebro es una instancia suprema de su evolución. Sentimientos y afectos, concluye Damasio, son los agentes instintivos que guían a la inteligencia neuronal en la construcción de las instituciones socioculturales y la fabricación de los utensilios, instrumentos y prótesis tecnológicas que definen a los humanos. El problema es que estos, pese a sus grandes logros, son una especie tan arrogante como peligrosa para sí misma y para las demás especies.
Un libro inagotable, repleto de ideas y datos fascinantes, que proporciona una visión total de la odisea de la vida en el único planeta conocido donde se despliega su extraña existencia.

viernes, 17 de agosto de 2018

DIOSES Y BOLARDOS


[Esta columna se publicó en medios de Vocento el 29 de agosto de 2017, días después de los atentados de Barcelona y Cambrils, y expresa mi opinión de aquel momento. Nada de lo que se ha sabido desde entonces, por desgracia, me ha hecho cambiar de opinión. Un año después…]

A Juan Goytisolo

Los atentados terroristas sirven para todo. Los topicazos políticos y la repulsa ciudadana envuelven el horror de los asesinatos en un velo inexpugnable. Al mismo tiempo, los análisis inteligentes se desatan y así tenemos acceso a verdades terribles que las mentes pensantes, aún existen, se las arreglan para difundir rompiendo la barrera del ruido mediático.
            Algunos políticos han demostrado estar más interesados en salvar el culo que en proteger a los ciudadanos. Yo entiendo que las políticas de integración fracasan y que demonizar al musulmán es una actitud inicua y peligrosa. Pero no hay un dios que comprenda la situación del Islam en Cataluña. De ahí el múltiple impacto de los atentados. Una sociedad plural y diversa, fundada en la integración pacífica y el rechazo a las ideas xenófobas, según recordaban sus líderes, cómo ha podido suscitar la violencia asesina de los que ponen la ley de Alá por encima de la vida humana. Esa cultura abierta no se explica la carnicería terrorista sin engañarse, confundiendo tolerancia y respeto con masoquismo y autoflagelación. No se puede sostener una visión ingenua del otro sin poner la otra mejilla. «No tenemos miedo», en catalán o en español, es un lema concebido para encubrir los errores ideológicos de quienes no quieren afrontar con realismo el odio islámico a las sociedades libres, donde todo lo que su religión defiende como sagrado no es considerado un dogma.
La comunidad musulmana de Ripoll debería preguntarse qué ha fallado, por qué no controla a los fanáticos que ponen en peligro con sus crímenes atroces la supuesta convivencia multicultural. Todavía no sabemos si el imán infiltrado predicaba la verdad del Islam en la mezquita, ante sus fieles, o en la cutre furgoneta donde adoctrinó a la camada negra de los niñatos salafistas. Solo faltaba el yihadista de acento cordobés proclamando por internet la reconquista de al-Ándalus para meter el dedo en la llaga de la educación pública.
Es hora también de preguntarse quién financia las mezquitas, máquinas de propaganda al servicio del fundamentalismo islámico. El colonialismo nos ha hecho ricos y culpables, desde luego, pero no somos los únicos responsables de que numerosos países mahometanos hayan retrocedido en los últimos decenios a una era medieval de pobreza tercermundista y guerra permanente. Los petrodólares que alimentan el combustible del terrorismo con valores teocráticos lo hacen con una impunidad que solo se justifica por cínicas razones económicas.
Una religión que no tolera ser criticada no puede proclamarse religión de paz sino credo totalitario. Díganlo Salman Rushdie y tantos otros perseguidos por imanes y ayatolás. Los demócratas tampoco podemos aceptar que, tras haber desacreditado el poder de nuestras religiones, tengamos ahora que soportar la sinrazón de los mitos coránicos.
Mientras haya dioses sedientos de sangre sueltos por las calles, necesitaremos algo más que bolardos para protegernos.

viernes, 10 de agosto de 2018

DISPOSITIVO NEGATIVO



[Giorgio Agamben, ¿Qué es un dispositivo?, Anagrama, trad.: Mercedes Ruvituso, págs. 67]

Por ello la derecha y la izquierda que hoy se alternan en la gestión del poder tienen muy poco que ver con el contexto político del que provienen los términos y designan simplemente los dos polos -aquel que apunta sin escrúpulos a la desubjetivación y aquel que en cambio querría encubrirla con la máscara hipócrita del buen ciudadano democrático- de la misma máquina gubernamental.

-G. Agamben-

Uno puede leer solo a Baudrillard, Žižek y Jameson para entender la deriva terminal del mundo globalizado. Pero nadie puede entender nada en los cambios políticos de las últimas décadas y su conexión con la totalidad de la historia y la cultura occidentales si no ha leído a Giorgio Agamben, el pensador italiano que ha opuesto una potencia intelectual insospechada al “pensamiento débil” de moda en decenios anteriores.
Agamben es, en efecto, “el filósofo más importante, leído y respetado de la Europa actual”, y, sobre todo, un continuador crítico de Walter Benjamin y Martin Heidegger (con lo que este acoplamiento de adversarios ideológicos supone de estimulante) tanto como de Michel Foucault y Guy Debord, entre otros, por lo que la impronta de su pensamiento podría caracterizarse apresuradamente como el perfecto relevo del postestructuralismo francés y la escuela de Francfort, al mismo tiempo, una alternativa geopolítica imprescindible al pensamiento anglosajón de Richard Rorty y otros.
Sin embargo, Agamben es un pensador exigente e intempestivo, de ideas o argumentos de imposible aceptación en un contexto comunicativo dominado por lo que denomina el “pensamiento espectacular”, esa amalgama tóxica de tópicos sesgados y eslóganes ramplones con la que los poderes mediáticos polucionan la conciencia colectiva de las democracias occidentales. En Agamben hallará el lector, por el contrario, una inteligencia que persigue la esperanza en la desesperación del presente, la lucidez en la oscuridad del pasado y la promesa del futuro en el compromiso con una comunidad imposible.
De entre todos sus libros, tratándose de un pensador de una coherencia asombrosa a pesar de la multiplicidad de campos en los que ejerce su sabiduría y penetración intelectiva, destacaría Estancias, La comunidad que viene y, muy especialmente, la ingente tetralogía Homo Sacer, el tratado filosófico que ha revolucionado el pensamiento político contemporáneo al analizar el funcionamiento del poder y la organización social a partir de paradigmas extremos como el “campo de concentración” o el “estado de excepción”. La categoría más recurrente de Agamben, tomada de Foucault, la constituye la “biopolítica”, esto es, la lucha de la vida y las formas de la vida contra el poder que trata de someterlas a sus fines por medios a menudo ilegítimos: “la historia de los hombres no es acaso otra cosa que el incesante cuerpo a cuerpo con los dispositivos que ellos mismos han producido –con el lenguaje en primer lugar”.
En este libro se reúnen tres textos de Agamben sobre cuestiones tan decisivas como la importancia de los dispositivos en la definición histórica de lo humano, los equívocos de la amistad masculina como fundamento filosófico o la genealogía teológica de la economía. Esto se da en un primer nivel, ya que el discurso de Agamben adopta también la estructura de un dispositivo complejo y procede a registrar brillantes instantáneas de su ideario mientras las conecta en un montaje elíptico e intangible que, en el fondo, ofrece un despliegue integral de su pensamiento.
En resumen: la idea del dispositivo que produce sujetos que pugnan por ser contra los límites definidos por el mismo dispositivo (tecnológico, legal o cultural) que les da origen le permite abrir la vía por donde se llega a la sustitución ilegítima de la política como práctica redentora de la realidad degradada por una política mediática de consenso (dominante en las democracias actuales) y la conversión de la gestión económica en infernal por su deseo de control infinito de la actividad humana. Agamben finaliza su alegato asumiendo el impostado papel de profeta laico con la predicción catastrófica de una ruina institucional inminente y globalizada.

lunes, 6 de agosto de 2018

INSECTOS Y BACTERIAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 31 de julio]

     Hace un calor africano mientras escribo esto pensando en las bacterias que campan a sus anchas acelerando los procesos bochornosos de la vida. El verano es un tiempo idóneo para acordarse de ellas. La vida gira en círculos de complejidad creciente, desde hace 3.800 millones de años, y los humanos somos la última revolución de ese movimiento proliferante de la biología terrestre. Llevo una semana intrigado con el discurso provida de Pablo Casado. Para mitigar mi impaciencia, devoro el nuevo libro de Antonio Damasio: “El extraño orden de las cosas”.
No me molesta que la derecha sea derecha. Al contrario, detesto la indefinición ideológica y el pensamiento desleído. Me inquieta más que la izquierda no entienda cuál es hoy su papel y Sánchez no se atreva a cumplir sus promesas por miedo a poderes maléficos que podrían truncar su ambición de perpetuarse en el gobierno. Es bueno que la derecha se muestre como tal, católica, monárquica y nacionalista. El producto Casado es todo eso y mucho más. Cuanto más leo a Damasio, menos entiendo de qué habla el líder popular cuando habla de la vida con esa sonrisa de curilla fariseo. Su edad no le impide suscribir ideas que ya estaban muertas cuando nació. Casado quizá necesite cursar otro máster polémico para aprender que la vida no se reduce a la narrativa vaticana de la pareja reproductora, el feto sagrado y la familia nuclear. Y si no dispone de tiempo, que consulte al rey emérito, un vividor experto, con su alegre cohorte de Corinnas y sus paraísos fiscales o sexuales.
La vida del instinto básico es la de nuestras entrañables amigas las bacterias, que estuvieron aquí desde el principio y seguirán aquí cuando se haya extinguido cualquier otra forma de vida. O los insectos, que inventaron sistemas de organización social tan retorcidos como los nuestros y no se andan con tantos remilgos en cuestiones sexuales. La vida es evolución y cambio, exuberancia plástica y fuerza creativa, y no solo pasiones tristes, costumbres rancias y morales anticuadas. La vida brotó promiscua y libre en una charca de sopa primordial. Ahí surgieron las bacterias originarias. La existencia minúscula de esos organismos es un fenómeno tan extraño que los descubridores del ADN creyeron que su génesis era alienígena.
¿Qué es la vida?, esta es la pregunta retórica que formulan los científicos inteligentes como Damasio y los políticos conservadores como Casado pretenden contestar con valores reaccionarios. La vida es sentimiento y pensamiento, conciencia y sensación, fluye intensa por las células y nervios del cuerpo y conecta las neuronas del cerebro. Conviene pensar con cuidado, por tanto, qué vida queremos tener. Si la vida va a repetirse mil y una veces, como decía Nietzsche, más vale elegir bien. No le hagan caso a Casado y lean a Damasio.

miércoles, 1 de agosto de 2018

HUMOR PATAFÍSICO



[Alphonse Allais, La ciencia no respeta nada, La Fuga Ediciones, trad.: Laura Fólica, 2018, págs. 173]

Hace falta mucho sentido del humor para sobrevivir en este maldito mundo y nada mejor para cultivarlo con éxito que leer al gran Alphonse Allais (1854-1905), maestro de surrealistas y toda suerte de humoristas patafísicos del siglo XX.
Comienza uno leyendo esta estupenda antología de 37 textos de Allais y la ironía va in crescendo, como en un éxtasis sostenido de bromas, chistes y sarcasmos. Un análisis químico del agua bendita se convierte en una parábola irreverente sobre el conflicto entre ciencia y religión. Una alegre fiesta donde los invitados celebran un brindis por la inexistencia de Dios es interrumpida por la llegada inesperada de este, que se suma gustoso al festejo ateo. Un médico satisface los deseos de su esposa de unirse para siempre a su amante, acoplándolos como siameses platónicos. Una bala perdida hiere en la entrepierna a un soldado yanqui y acaba perforando y embarazando a una joven; etc.
Criado entre pócimas y recetas farmacéuticas y aficionado a la experimentación química, Allais tenía a la ciencia como objetivo predilecto de sus chanzas más corrosivas. En burlarse de las arrogantes ocurrencias de científicos e inventores, Allais solo tiene un igual: el Jonathan Swift de “Los viajes de Gulliver”. Pero la gravedad y amargura cristianas del gran satírico irlandés es aliviada en el escritor normando con guiños cómplices y una chispeante comprensión de la intrascendencia de la vida humana y sus fantasías de entretenimiento y ocupación.
Allais tampoco se queda atrás, fustigando la necedad y conformismo del ideario burgués finisecular, respecto de Flaubert, aunque este tenga un sentido trágico de la existencia del que el buen humor y el alma cómica de Allais huyen como de una enfermedad venérea. La religión, sus rituales y creencias absurdas, el matrimonio, pretexto para la infidelidad, y el patriotismo, como fanatismo del terruño, son también víctimas de sus pullas mordaces, pinchadas con agudeza como globos de fatuidad humana. La imaginación de Allais recurre con frecuencia a modalidades retóricas subversivas para revolucionar cualquier visión convencional de la realidad. Y es que Allais era tanto un humorista amoral como un hedonista libertario, un vividor excéntrico y un bromista cáustico.
Leyendo al influyente Allais se piensa en una tradición de literatura heterodoxa: los “cuentos jeroglíficos” de Horace Walpole, los “cuentos droláticos” de Balzac, el “espíritu” de Baudelaire, la estética nihilista de Lautréamont, la patafísica del Dr. Faustroll de Jarry, o en fabuladores truculentos como Ambrose Bierce (pienso en muchos de sus cuentos macabros y en esa obra extraordinaria muy poco conocida que es el Diccionario del Diablo) que hicieron del humor negro y el disparate y el capricho narrativos el fundamento de su ataque feroz al realismo decimonónico. Pero también en surrealistas canónicos como Breton, que lo reivindicó como precursor en su famosa antología, y en las juguetonas homofonías de Roussel y Duchamp. Y en español, donde el humor literario tiene mala prensa desde siempre, a pesar de Cervantes y Quevedo, solo cabe pensar en el gran maestre del humor del siglo XX, Cabrera Infante, que se tomó muy en serio a Allais, como este quería, y produjo una incontable serie de parodias y perversiones originales escritas a la manera de Allais en libros irrepetibles como “Tres tristes tigres”, “Exorcismo de esti(l)o” o “Puro humo”, donde Allais era citado como influencia disolvente (reproduciendo su relato “La pipa olvidada”, incluido aquí) e imitado con una delirante historieta circense.
Allais fue un maestro del ingenio irónico y la pirotecnia verbal, las paradojas de la lógica demente y la inteligencia crítica de la estupidez humana, como Lewis Carroll. Carroll, precisamente, definió así el principio comunicativo último, plagado de equívocos retruécanos y maliciosos malentendidos, de la literatura única de Allais: “la naturaleza humana está hecha de tal modo que todo lo que escribas seriamente es tomado como una broma, y todo lo que digas como una broma es tomado seriamente” (Silvia y Bruno). No se puede explicar mejor. 

domingo, 29 de julio de 2018

ESE OSCURO DESEO DE BUÑUEL




[Hoy se cumplen treinta y cinco años de la muerte de Luis Buñuel. Valgan estas reflexiones personales como reconocimiento a la influencia seminal (intelectual y creativa) de su cine sobre mí.]

Antes, estaba el ojo, el ojo cualquiera, programado, puritano, ciego y muerto de un navajazo. Y luego nació un nuevo ojo y, con él, una nueva mirada sobre el mundo, la de un cineasta que ha intentado operarnos de una catarata crónica.

-Jean-Baptiste Thoret-


Sobre Buñuel, tan diseccionado como malentendido por cierta crítica perezosa, sólo apuntaría que es el cineasta que menos respeto ha demostrado, desde sus comienzos, por el modelo narrativo convencional como consecuencia del escaso respeto que muestra en todas sus películas y en sus opiniones a los modelos morales mayoritarios (los extraídos de los códigos maniqueos y judeocristianos tanto como de los códigos modernos de la creencia en el progreso y los derechos humanos, por no hablar de los establecidos por la estupidez humana, la cualidad más hostil a su cine junto con la seriedad dogmática). La secuencia final de Tristana, cuando la muerte de Don Lope descompone el sistema narrativo decimonónico (galdosiano) de la trama (invirtiendo el orden cronológico de los planos y los tañidos fúnebres de la banda sonora), es la más evidente exposición de sus corrosivos efectos e intenciones. Un cineasta formado en la lectura de Sade y Lautréamont no podía sino ofrecer un cuadro sulfúreo del orden social y las relaciones humanas. Si sólo fuera por esto, ya Luis Buñuel ocuparía para mí el pináculo de un arte como el cinematográfico tan supeditado habitualmente, incluidas muchas de sus muestras más brillantes, a los imperativos del conformismo y la servidumbre a la mediocridad. Para hacerse una idea de la amplitud de su talento, ofrezco una lista de películas imprescindibles de Buñuel (aunque ninguna de las otras me produzca indiferencia o desprecio). Sin ellas, mi concepción del cine, como equivalente estético de la literatura o las artes plásticas, no sería en absoluto la misma.

Las doy en orden cronológico para no desvirtuar su importancia individual:

Un perro andaluz
La edad de oro
Él
Ensayo de un crimen
Viridiana
El ángel exterminador
Simón del desierto
Belle de Jour
La Vía Láctea
Tristana
El discreto encanto de la burguesía
El fantasma de la libertad
Ese oscuro objeto del deseo


            Se echarán en falta en esta lista esencial Tierra sin pan, Los olvidados y Nazarín, sobrevaloradas por muchos beatos buñuelianos a causa de su supuesto realismo, para mí son logros parciales que cuentan con secuencias magníficas e ideas ingeniosas, pero no llegan a la altura estética e intelectual de estas otras películas. En todas ellas se contiene el específico del cine de Buñuel con unos grados de pureza e intensidad irrepetibles: la mirada penetrante sobre la naturaleza humana, el sentido del humor omnipresente, la insolencia y la falta de respeto generalizada, el dispositivo estético más imaginativo. En este sentido, El ángel exterminador, El discreto encanto de la burguesía y El fantasma de la libertad son auténticos manuales de instrucciones sobre el funcionamiento del orden social. Y El fantasma, en particular, supone, además de una burla ofensiva del ideal humano más inalcanzable (la libertad), la taxonomía gramatical más sistemática de la arbitrariedad de los signos sociales puesta en imágenes por un lingüista perverso.

Belle de Jour y Ese oscuro objeto del deseo, por si fuera poco, se cuentan entre las películas más eróticas de la historia, aquellas que han abordado el erotismo y la sexualidad humana del modo más desinhibido y lúcido; mientras Los ambiciosos y Susana, carne o demonio, son dos piezas menores sobrecargadas de erotismo fetichista y malicia sexual gracias al tratamiento naturalista que Buñuel concede a sus actrices respectivas (la seductora María Félix y la "diabólica" Rosita Quintana). Y es que otro de los indiscretos encantos de Buñuel radica, precisamente, en esta insinuante presencia de lo femenino, como encarnación del deseo dentro y fuera de la pantalla, entre los múltiples monstruos (masculinos) de su áspero cine. Además de las citadas, la nómina de actrices es extensa y variada: Lia Lys (La edad de oro), Katy Jurado (El bruto), Lilia Prado (Subida al cielo), Estela Inda (Los olvidados), Miroslava Stern (Ensayo de un crimen), Silvia Pinal (Viridiana, El ángel exterminador y Simón del desierto; para mí, la neumática Pinal es la número uno, ex aequo con Deneuve, de la galería buñueliana de actrices), Lucía Bosé (Cela s´appelle l´aurore), Simone Signoret (La muerte en ese jardín), Jeanne Moreau (Diario de una camarera), Key Meersman (La joven), Catherine Deneuve (Belle de Jour y Tristana), Stephane Audran (El discreto encanto de la burguesía), Angela Molina y Carole Bouquet (ambas, como cara y cruz del deseo, reverso y anverso de la misma mujer fatal, en Ese oscuro objeto del deseo). Como se puede ver, el corpus cinematográfico de Buñuel es el más erotizado y no sólo el más transgresor y subversivo de la historia.

No pocos críticos y espectadores, de los considerados estilistas, se impacientan con las negligencias técnicas de Buñuel, mientras alcanzan el éxtasis reverente con directores de mundos tan limitados y valores morales tan chapados a la antigua como Ford o Capra. La respuesta, como tantas otras veces, la tiene Hitchcock, que siempre admiró a Buñuel por su ingenio fílmico, pero estos cinéfilos de sacristía no se atreven a preguntarle por miedo a descubrir la verdad de su error. La supuesta informalidad de Buñuel es la patente manifestación de que los moldes narrativos que violentaba con sus postulados le quedaban exiguos (como muestra el ejemplo de Tristana mencionado más arriba). Es la entera tecnología narrativa que nace de Griffith y se apodera de la totalidad del cine (con su moralina suplementaria: Las dos huerfanitas o Lirios rotos como paradigmas de una defensa ingenua de la castidad femenina que habría hecho reír a carcajadas al Sade de Justine, y acarreó la condena hipócrita de Stroheim tras perpetrar las orgías mundanas de Esposas frívolas, La viuda alegre o Merry Go Round), la que sería corrompida por la mirada libertina de Buñuel a fin de hacer pasar en ese formato más o menos convencional una visión iconoclasta del mundo que, un siglo antes, sólo habría sido posible expresar en la literatura más atrevida o en la filosofía más intempestiva.

martes, 24 de julio de 2018

SEXO ORACULAR



De todos es sabido que los hombres cosifican a las mujeres. Pero ninguna de nuestras evaluaciones de pechos y piernas de las féminas puede compararse con el frío cálculo de una mujer en el mercado del semen. 

-J. Eugenides, "Jeringa de cocina"-

 [Jeffrey Eugenides, Denuncia inmediata, Anagrama, trad.: Jesús Zulaika, 2018, págs. 315]

Las vírgenes suicidas cumple veinticinco años y esta excelente recopilación de diez relatos, publicada mientras Eugenides afronta la tarea hercúlea de escribir su cuarta novela, permite evaluar el designio original de su obra con una perspectiva panorámica.
Un sector de la crítica anglosajona señala que el dinero es el motivo recurrente de la literatura de Eugenides. En mi opinión, sin negar la importancia de la economía en el diseño de sus tramas, el gran tema de Eugenides, haciendo un guiño a su apellido griego, es el sexo, aunque solo aparezca de refilón en sus historias, como suplemento a la vida racional de sus protagonistas, gente de clase media enfrentada a dilemas que la especie humana conoce y padece desde los orígenes de la cultura. En sus ficciones, el sexo entra por las ventanas, como un intruso, por más que sus personajes les cierren las puertas con llave y candado si hace falta. 
En su magistral trilogía novelesca (Las vírgenes suicidas, Middlesex y La trama nupcial) completa un ciclo fascinante que replica las estaciones mentales de un (im)posible viaje a la madurez sexual de la especie. El gen de Eugenides, o el principio genético de su narrativa: desde el primitivo tabú de la virginidad y sus agresiones y transgresiones sociales, o la dudosa poesía intersex y sus perversiones prosaicas, hasta la prosa conyugal desengañada y más, mucho más allá.
El sexo no es, por supuesto, la representación del sexo, pornográfica o no, sino la sexualidad humana, la división en géneros incompatibles, la urgencia del deseo erótico y la pulsión genuina de reproducirse, la genética egoísta y las miserias del afecto y el sentimiento, el simulacro del amor y los ceremoniales colectivos que conjuran la atracción carnal entre cuerpos y la hacen socialmente aceptable y útil. En esto, Eugenides es extraordinario. No existe otro escritor comparable en agudeza y sensibilidad, ingenio e inventiva narrativa, así como en expresión de emociones y sensaciones.


Eugenides estudió en la Universidad de Brown, donde aprendió con el maestro Jack Hawkes todo lo que necesita conocer un discípulo sobre la literatura y la vida para poder hacer una contribución significativa a la historia de su arte. En esa prestigiosa universidad debió entrar en contacto con las avanzadas teorías científicas de Anne Fausto-Sterling sobre la multiplicidad sexual, y familiarizarse, de paso, con las tesis neodarwinistas de Richard Dawkins. Muchos de los relatos más logrados de esta colección demuestran que sus torturados personajes, antes o después de experimentar conflictos financieros, deben afrontar los rituales iniciáticos del sexo, sus trampas mentales y desafíos afrodisíacos.
“Jeringa de cocina” (1995), escrito después de Las vírgenes suicidas, escenifica los problemas de una cuarentona italoamericana para ser madre cuando ya ha realizado sus propósitos profesionales y decide organizar una fiesta de inseminación en su apartamento durante la que un donante seleccionado depositará su semilla en una taza. El narrador es un antiguo amante y la ironía sobre la masculinidad está servida desde el título (ver cita más arriba). “La vulva oracular” (1999), un relato perturbador y polémico, precursor intelectual de Middlesex (2003), su exitosa segunda novela, es de lectura obligatoria hoy. Un supuesto experto en los misterios genitales de la intersexualidad ve refutadas sus teorías culturales no solo por una rival potente sino por las prácticas ancestrales de una tribu guatemalteca donde la escisión de los sexos es radical (hombres y mujeres viven separados en chozas distintas dentro del poblado) y los futuros hombres se vigorizan durante la infancia y la adolescencia mediante orgiásticas ingestiones de semen.
Y dos relatos más recientes, “Buscad al malo” (2013), sobre la imposibilidad ontológica de la pareja y el matrimonio vista desde la perspectiva del miembro masculino, y “Denuncia inmediata” (2017), sobre la falsa violación de una menor y la corrección política como nueva conciencia colectiva o tribunal social, revelan una vez más cómo la fascinante narrativa de Eugenides extrae toda su fuerza del laberinto hipermoderno del Eros. La serenidad espiritual que transmite otro gran relato de la serie (“Correo aéreo”; 1996) se relativiza cuando el lector recuerda que su ascético héroe (Mitchell Grammaticus) es el pretendiente fallido de la protagonista de la última novela de Eugenides (La trama nupcial; 2011), donde la complejidad sentimental de las relaciones, el desencuentro sexual y el devenir de la vida alcanzan un éxtasis irrepetible.