jueves, 10 de agosto de 2017

UNA PESADILLA AMERICANA


[Lionel Shriver, Los Mandible. Una familia: 2029-2047, Anagrama, trad.: Daniel Najmías, 2017, págs. 520]

El futuro es la incógnita más valiosa de nuestro tiempo. Todas las ciencias pagarían un alto precio por tener acceso a sus secretos. El presente, en cambio, es confuso y convulso, pero lo rastreamos con los instrumentos disponibles en pos de los signos ambiguos del porvenir. El pasado está muerto y sus resurrecciones artificiales solo sirven como campo de batalla para luchas ideológicas superadas por la historia.
Aquí radica la audacia de una novelista inteligente como Shriver para escrutar el futuro inmediato con el recurso de la imaginación irónica. Estados Unidos, año 2029. El sistema americano, totalmente endeudado, atraviesa una de sus crisis más severas. Los periódicos han desaparecido, la televisión es el único medio de información junto con internet, donde reina el caos consabido, la gente sufre restricciones de agua y comida, la violencia y la agresividad se disparan, los espacios urbanos se degradan, los despidos se producen en masa y la riqueza se desvanece sin dejar rastro. El dólar se desmorona, batido en los mercados internacionales por una moneda nueva llamada báncor, creada por la Rusia de Putin y la China del capitalismo estatal para desbancar el poderío financiero americano. Este es el ruinoso contexto nacional en que se desenvuelve con extrema dificultad la familia protagonista, compuesta por un patriarca nonagenario en bancarrota (Douglas), sus dos hijos (Carter y Nollie), sus tres nietos (Jarred, Avery y Florence) y los cuatro bisnietos adolescentes (Goog, Bing, Savannah y Willing).
Los Mandible es la primera gran novela de la era de la naturalización de la economía, como la llama Žižek: el tiempo en que las categorías económicas ejercen tal peso aplastante sobre la vida humana que es imposible entender esta sin dominar aquellas. Basándose en los datos de la crisis de 2008, Shriver realiza un escalofriante ejercicio de especulación sobre lo que significaría darle unas cuantas vueltas de tuerca más a los terribles precedentes que conocemos. Al aplicar sin límites los conceptos de carestía y vulnerabilidad tercermundistas a una realidad opulenta como la del capitalismo americano, Shriver logra crear una pesadilla verosímil fácil de exportar a otras realidades nacionales.
Más allá de la economía, la psicología y la sociología apocalípticas, la novela funciona como un cóctel bien agitado de la crítica familiar de altura (pienso en el Jonathan Franzen de Las correcciones, a quien se alude con cierta ironía en el texto), más el sentido trágico del fin de una cultura al estilo del Cormac McCarthy de La carretera, más la dimensión de ironía geopolítica y familia disfuncional de La broma infinita de David Foster Wallace. Y todo ello mezclado luego con generosas dosis de la visión sarcástica y corrosiva de las relaciones humanas, sexuales y generacionales, marca de la casa.
Con todo, Shriver no es solo una bromista peligrosa, por más que se divierta horrores sometiendo la realidad liberal americana a la disciplina de supervivencia y el correctivo implacable de cualquier país menesteroso, sino una novelista crítica con los planteamientos conformistas de sus colegas. Como le dice Willing a su tía escritora, replica ficcional de Shriver, para convencerla de la necesidad imperativa de quemar sin miedo sus libros: “No es tiempo para novelas. Nada  inventado es más interesante que nada de lo que está ocurriendo. Estamos dentro de una novela”.
Así lo demuestra, en el sorprendente desenlace, la distopía americana de 2047, con estados secesionistas como Nevada, chips cerebrales obligatorios y regresiones políticas a mundos antitecnológicos. El futuro nunca muere, como decía aquella banal película Bond de los noventa, pero es una categoría en crisis. Esta brillante novela de Shriver nos obliga a preguntarnos de qué futuro hablamos cuando hablamos del futuro.

viernes, 4 de agosto de 2017

VERANO AZUL

En verano la realidad no se toma vacaciones, pero ciertos cerebros sí. Cuando la sobrecarga informativa amenaza con ahogarlos, recurren al salvavidas del humor. Dicen que la cárcel de Soto del Real, atestada de magnates y mangantes, no es solo la escuela de negocios de moda este verano, sino el nuevo club de la comedia española. Entre sus muros de alta seguridad se escuchan chistes sobre la justicia a todas horas y los presos comunes están encantados con el desfile diario de amiguetes implicados.
Tras la detención del capo Villar y su equipo de mafiosos ya nadie es inocente en el fútbol español. Hemos pasado de los veranos triunfales de La Roja al verano del sonrojo integral. A pesar del extenso mandato, el villarato ha hecho lucrativos chanchullos y amaños, sobre todo, desde que la selección nacional pasó de cenicienta del fútbol mundial a reina roja de los campos de juego. La conveniencia política y social de esos éxitos futboleros explicaría el despotismo calabrés del régimen villarista en que pringaban muchos más directivos, árbitros y periodistas de los que, en principio, señala el juez Pedraz.
            Sin pasar por la exigente academia de Soto del Real, Puigdemont es otro gran humorista de nuestro tiempo. Sus bromas están alcanzando un nivel desconocido en un país donde el número de graciosos por metro cuadrado bate plusmarcas olímpicas. Imagino al cómico artífice de la desconexión catalana sintiendo una punzada de envidia política con el vídeo publicitario del PP y diseñando en su mente un artefacto similar para después de la debacle. A hipérboles es imposible ganarle, aunque Rajoy se le ha adelantado por centésimas. Su comparecencia testimonial en el juicio de la Gürtel fue hilarante. Negar cuando quieres afirmar, afirmar cuando quieres negar, dudar cuando lo tienes tan claro y ser contundente cuando te faltan las ideas, es un papel demasiado complicado hasta para un actor natural como Rajoy. En Soto del Real se lo pasan en grande viéndola en bucle y estudian el método a fondo para cuando les toque. Nadie preveía, sin embargo, que el genio histriónico del presidente iba a coronarse con la dichosa emisión del vídeo sobre el empleo precario estacional como acontecimiento planetario en la historia moderna.
La propaganda, como proclaman los reclusos vip de Soto del Real, construye una realidad imaginaria en la que nadie necesita creer para que exista por sí sola. Condenados a vivir en mundos de ficción, los consumidores aún podemos elegir en el menú democrático de contenidos. Opción A: Verano azul (PP y aliados). Opción B: Juego de tronos (PSOE y Podemos). Otras opciones ni se barajan. Mientras la economía remonte el vuelo, los populares no tienen nada que temer y Rajoy lo sabe. El desprecio masivo por la política les garantiza impunidad absoluta. De momento, Verano azul para todos.  

lunes, 31 de julio de 2017

LUMINOSO (HIPER)TEXTO

 [William Carlos Williams, Paterson, Cátedra, trad.: Margarita Ardanaz, 2017, págs. 330]

           
Who restricts knowledge? Some say
it is the decay of the middle class
making an impossible moat between the high
and the low where
the life once flourished . . knowledge
of the avenues of information —

-W. C. Williams, Paterson-


Tras ver la estupenda película “Paterson” de Jim Jarmusch es muy recomendable la lectura o relectura, según los casos, del poemazo homónimo del gran William Carlos Williams, una de las personalidades más singulares de la poesía del siglo XX. Williams fue poeta de vocación y médico de profesión y sus especialidades, la ginecología y la pediatría, no deben dejarse al margen cuando se aborda su labor poética y, muy en especial, la escritura de una exorbitante epopeya vernácula como esta. “Paterson” es el topónimo de la ciudad de New Jersey donde Williams ejerció casi toda su vida dando a luz a miles de bebés y el nombre propio del gigante imaginario que surca la vertiginosa cascada de versos y textos, concebida a imitación de las cataratas del río Passaic, el símbolo nuclear del libro.
Williams gestó “Paterson” durante tres décadas, desde 1926, fecha del poema inicial, y 1946, año de edición del Libro Uno, donde aparecen las líneas mayores de su discurso caudaloso, hasta 1958, cuando se publica el Libro Cinco, epílogo jeroglífico que algunos críticos consideran un comentario prescindible. Como libro unitario solo se publicaría en 1963, el mismo año de la muerte de Williams. [Esta reedición de la primera traducción al español (2001) de “Paterson” incluye, por cierto, las notas del Libro 6 que Williams había planeado añadir para prolongar los ecos del poema hasta la extenuación.]
Inspirada por la exuberante fusión de mito antiguo y prosa cotidiana del “Ulises” de Joyce, y también por los poemas más dantescos de Eliot (“La tierra baldía”) y Pound (“Los Cantos”), la caótica arquitectura de “Paterson” pretende transmitir a la dicción innovadora del modernismo toda la fuerza genuina de la experiencia secular americana, hecha a partes iguales, como sabían sus grandes precursores Emily Dickinson y Walt Whitman, de provincianismo cultural e infinitud espiritual.  
Es muy instructivo revisar ahora las peculiaridades estilísticas y estructurales de uno de los grandes monumentos literarios del siglo veinte, una de esas obras que desafía, con su dificultad y originalidad expresivas, la intelección humana y la tendencia de esta a conferir a todo un sentido predecible. Ante una obra de tal magnitud, la inteligencia reconoce sus límites cognitivos y disfruta de la exploración mental de un territorio que ni siquiera su autor podría cartografiar sin problemas. De ahí que algunos severos intérpretes, juzgando el logro desigual de sus partes, digan que la grandeza estética de “Paterson” es directamente proporcional al tamaño mallarmeano de su fracaso. 
En cualquier caso, si uno se deja arrastrar, libro tras libro, por el torrente verbal que la mente de Williams genera, descubre que la mejor forma de no ahogarse consiste en atender, sobre todo, al doble mecanismo que agita sus aguas: la unidad mínima (versos o documentos fragmentarios) y su conexión precaria con el flujo de la totalidad. Los giros inesperados, el ingenioso poder del poema para asociar voces dispares, metáforas fulminantes y anécdotas históricas, es lo que más gratifica, finalmente, el esfuerzo de conferir un significado transitorio al montaje (hiper)textual. Y es que “Paterson”, cuya génesis es contemporánea de los primeros desarrollos de la cibernética de Norbert Wiener y el esbozo del hipertexto primigenio de Vannevar Bush (el “memex”), se configura también como un dispositivo innovador de organización de la información.
¿De qué trata “Paterson”, en suma, si es que esta operación tiene algún sentido con una obra de estas características? Del fracaso histórico de la vida americana, de la lengua fallida con que los americanos tratan de crear una cultura genuina, de cómo la naturaleza, la economía y la historia, lo masculino y lo femenino, nunca encuentran un lugar utópico en que no reine la muerte, la guerra, la frustración, el crimen o la injusticia, por más que el deseo se empeñe en fundar ciudades sobre el espacio vacío y la materia elemental. “Paterson”, como indica el juego joyceano del título, es el poema profano del hombre que es padre e hijo al mismo tiempo. Padre de las generaciones de los hombres (vivos o muertos) e hijo de sus obras (buenas o malas). La voz degenerada del patriarcado, con sus éxitos y fracasos, y la voz poética regenerada, como dice Williams al final del Libro Uno, de “la tierra, la charlatana, padre de toda habla”. 

miércoles, 26 de julio de 2017

LA BIBLIOTECA INCENDIARIA


A Bouvard y Pécuchet

Toda biblioteca encierra un programa de lectura, una invitación urgente a aislarnos para consumir sus tesoros. El primer desafío a que se enfrenta el lector es por dónde empezar. El segundo es cómo combinar la lectura de las obras sin provocar ninguno de los males (tedio, insatisfacción, indiferencia, desidia) que tarde o temprano aquejan al viajero libresco. Un consejo fácil sería comenzar por Borges. Todas las bibliotecas del mundo caben en su obra comprimida y todas las obras literarias se compendian en su biblioteca circular: las epopeyas fundacionales (Homero y Gilgamesh), las fabulosas Mil y una Noches, Cervantes, Dante y Shakespeare, o escritores modernos como Flaubert, Melville, Stevenson, Henry James, Kipling, Marcel Schwob, Kafka o Joyce. Con Borges se tiene sustento suficiente para muchos veranos de recalentamiento global.
Como no sólo de Borges viven los buenos lectores, conviene escarbar en los fondos en busca de libros que estimulen otras sensaciones o generen otras ideas. La Antología del humor negro del surrealista Breton nos pondrá en contacto con una variante diabólica del espíritu humano: la inteligencia que (se) ríe de sí misma, de su fracaso ontológico y su ilimitada arrogancia, la carcajada luciferina que se ceba en los aspectos menos ilustres de la condición humana, o en los más ilustres y encomiados, como hacen, cada uno a su manera burlona y singular, Bernhard o Barthelme, Lautréamont o Gombrowicz, Quevedo o Queneau, Coover o Roth, Céline o Beckett, Bataille o Bierce.
En este sentido, nada mejor para entender por qué parece cada vez más difícil soñar con un mundo mejor que revisar las ambiguas páginas de la Utopía de Thomas More. A pesar de su título, cualquier lector dudará antes de decidir si se trata de una propuesta de reforma de la organización social, o de una sátira implacable de la nece(si)dad humana de organizar la vida. Esta obra extraordinaria nos condena a la incertidumbre de la literatura, y no es casualidad que a su autor le costara (literalmente) la cabeza. Así lo entendió también el erudito Erasmo, su amigo y corresponsal, al dedicarle otro libro inclasificable: el Elogio de la locura revela que la inteligencia sólo puede abrirse camino en el mundo reconociendo el dominio incontestable de su antagonista absoluto, la tontería o necedad, más extendida entre nosotros de lo que los planes de estudio académicos o los programas de los partidos políticos y las asociaciones humanitarias estarían dispuestos a reconocer. Éste es, sin duda, el subversivo humor que irriga cada página del Quijote, el único clásico español inagotable, pese a los eruditos de aldea, los escoliastas y demás profesionales de la taxidermia académica.
Ya conquistado el núcleo duro de la biblioteca, el luminoso corazón del canon, me permitiría recomendar distintas obras para amenizar este recorrido algo áspero por las escarpadas cumbres de la cultura. Si se quiere expandir el sentido del humor a todos los órdenes de la vida nadie debería perderse las obras gemelas de dos cervantinos genuinos y geniales: Tristram Shandy, de Sterne, y Santiago el fatalista, de Diderot. Y si se prefiere extender el significado del amor nadie dude tampoco en adentrarse sin temor en los dos transgresores canónicos del erotismo occidental: La filosofía en el tocador, de Sade, y Las once mil vergas, de Apollinaire. Está comprobado que sus efectos son superiores a los de la Viagra, o cualquier otro afrodisíaco registrado, y garantizan que la siesta o el trasnoche estival puedan convertirse en un festival de reconciliación de la carne con el verbo (y viceversa). Altérnense sin riesgo con productos más contemporáneos como La fiesta de Gerald, de Robert Coover, El teatro de Sabbath, de Philip Roth, Deseo de Elfriede Jelinek o Plataforma de Houellebecq, muestras inflamables del nuevo desorden amoroso. Para el otro desorden, el orden del consumo y el caos cotidiano capitalista, nada mejor que zambullirse en sus paradojas e infamias, procesos globales, relaciones mediatizadas, complejidad diaria y mutaciones futuras, guiados por cartógrafos digitales de la fiabilidad de Don DeLillo, David Foster Wallace, William Burroughs, Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk o William Gibson.
El verano es, además, una época idónea para zambullirse sin prevención no sólo en el mar sino en obras oceánicas como el Fausto de Goethe, El Criticón de Gracián, Locus Solus de Raymond RousselEn busca del tiempo perdido de ProustEl hombre sin atributos de Robert Musil, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, En Nadar-dos-pájaros de Flann O´Brien, El Baphomet de Klossowski, Paradiso de Lezama Lima, Diccionario jázaro de Milorad Pavic, El reloj de arena de Danilo Kis, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Tres tristes tigres de Cabrera InfanteLa vida instrucciones de uso de Perec o La muerte de Virgilio de Hermann Broch. A pesar de las altas temperaturas y su incisiva incidencia en la facultad intelectiva, recuerdo con admiración y asombro varias novelas enormes donde se podría decir que acaba de verdad la novela decimonónica y empieza algo (¿la postmodernidad?, ¿el postmodernismo?) que todavía no sabemos nombrar con exactitud: Los reconocimientos, de William GaddisEl plantador de tabaco, de John BarthDhalgren, de Samuel Delany, y Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Como festín para las noches de verano propondría cualquiera de las maravillosas novelas de Thomas Pynchon, pero en especial El arco iris de gravedad, y también, como complemento a Cervantes, Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, y una obra moderna que es la suma de la felicidad libidinal de la vida y la literatura: Ada, o el ardor, del inmenso Nabokov.
No creo que un lector avezado pueda contentarse sólo con las obras de los maestros, ni mucho menos saciar su apetito con clásicos remotos. Por fortuna hay en nuestra época muchos otros nombres y títulos que podrían incendiar nuestras bibliotecas con el fuego de la inteligencia y no con el del odio o el fanatismo. Leer literatura sigue siendo el acto civilizado por excelencia, quizá por eso hacerlo en esta estación algo inculta es más provocativo que nunca. Un acto de resistencia. 

lunes, 24 de julio de 2017

AUTOBIOGRAFÍA Y DESFIGURACIÓN

 [Christine Angot, Un amor imposible, trad.: Rosa Alapont, 2017, Anagrama, págs. 229]

Me cansa la autobiografía, lo reconozco. Me cansa la escritura que toma la vida del autor como pretexto para elaborar textos configurados conforme a las categorías engañosas del yo. No me cansa la vida de los otros. Me cansa la moda de la escritura literaria que ha renunciado a los placeres y artificios de la ficción en favor de una concepción limitada por el mezquino principio de realidad.
Salvo que el yo que se autorretrata sea portentoso, repleto de experiencias increíbles, especialmente sexuales, como es el caso excepcional de Philippe Sollers, o dotado de una vivacidad estilística y un don excepcional para la vida del lenguaje, como en los casos afines de Michel Leiris y de Cabrera Infante, la escritura del yo suele producir textos anecdóticos de una pobreza onanista, libros tejidos de vivencias insignificantes. Cabría preguntarse, entonces, si a una época narcisista como la nuestra, de paroxismo individualizador inducido por un contexto normalizado y masificado, le corresponde también como género más genuino la forma autobiográfica.
En un ensayo famoso decía Paul de Man que la personificación es el tropo dominante en los textos autobiográficos, es decir, aquellos que mediante el afrontamiento desvergonzado de los contenidos existenciales hacen del nombre propio del autor algo tan inteligible y memorable como un rostro. Este proceso de formalización estética, según de Man, permite a una obra singular alzarse a niveles distintos de participación en la realidad.
Este es el caso de la escritura de Angot, desde luego, a quien la dicción autobiográfica sirve para especular sobre sí misma y sus orígenes familiares (esto es, ponerse ante el espejo con gesto interrogativo) en una doble operación que implica al progenitor amante y a la madre amada con reparos. El efecto textual de tal ecuación de escritura reside en prestar relevancia a la intimidad conflictiva de la escritora, nutrida de una culpabilidad innombrable, y enfrentarla al tribunal de la conciencia colectiva con todos los argumentos que logran suspender el juicio moral.
Es como si Angot, al escribir Un amor imposible en un ataque de pudor o vergüenza, hubiera deseado recusar las malas lecturas libertinas del escandaloso libro anterior. Esas licencias eróticas cristalizaron en la concesión del premio Sade que Angot rechazó por razones morales, puestas ahora en evidencia con convincente sinceridad. En Una semana de vacaciones, Angot escenificaba una relación incestuosa con su padre biológico, dueño del apellido patriarcal de la escritora, mediante un procedimiento de escritura gráfica que evocaba sin tapujos la crudeza carnal de los actos más abyectos, felación filial incluida. Al mismo tiempo, transformaba los juegos prohibidos del padre corruptor y la niña virginal en una ceremonia simbólica de desposesión mutua.
En este nuevo libro, el amor imposible del título es triple: en primer lugar, el de la madre Rachel, judía y pobre, por el padre Pierre, seudointelectual clasista y antisemita; en segundo lugar, el de la hija natural por el padre que la inicia sexualmente para acendrar su perverso desprecio hacia ambas mujeres; y, por último, el de la propia Christine por una madre a la que solo puede declarar sus sentimientos en la edad adulta, ya siendo madre, cargando vengativa contra la vileza del padre.
Angot descubre así, en definitiva, la verdad de la escritura autobiográfica: esta solo puede realizar sus fines mediante la desfiguración del escritor, ya que, como dice de Man, “el yo no es nunca capaz de conocer lo que él mismo es, nunca puede ser identificado como tal, y los juicios que el yo emite sobre sí mismo, los juicios reflexivos, no son juicios estables”.

Autobiografía por autobiografía: quizá Angot no estaría tan obsesionada por esclarecer las escabrosas circunstancias de su vida a través de la escritura si en lugar de atravesar la ojiva vaginal con la cabeza y el resto del cuerpo, como cuenta, a su madre parturienta se le hubiera practicado la cesárea, como fue mi caso, extrayendo al bebé del vientre materno con el cráneo intacto. 

viernes, 21 de julio de 2017

LESBOGRAMAS


[Anne F. Garréta, Ni un día, EDA libros, trad.: Sara Martín Menduiña, 2017, págs. 149]

Extrañar el lenguaje es un medio de desnaturalizarlo y mostrar al desnudo los artificios y trampas que contiene y a los que sus usuarios atribuimos un nivel de veracidad totalmente imaginaria. Extrañar los artificios del lenguaje y jugar con la arbitrariedad del signo lingüístico y con las posibilidades de la literatura fue la práctica deliberada del Oulipo, un grupo internacional de ludópatas de la palabra escrita que constituyeron bajo estas siglas originales uno de los laboratorios más potentes de invención y creación literaria del siglo XX.
Uno de los juegos más frecuentes entre los oulipianos era el lipograma. De origen latino, la técnica consistía en excluir una letra, normalmente una vocal, de la escritura de un texto, ya fuera poema o novela. Anne Garréta, miembro del grupo desde 2000, escribió esta novela premiada empleando muchas técnicas y licencias basadas en la retórica, pero sobre todo imponiendo el “lesbograma” como traba creativa. El libro se compone, por tanto, de doce ejercicios de lo que un pedante derridiano llamaría “lesbogramatología”, o lo que es lo mismo: ejercicios estilísticos de deconstrucción de la supuesta naturalidad del lenguaje realizados en clave lésbica, esto es, ejecutados con la intención lúdica de denunciar la falacia patriarcal del lenguaje heredado y expresar al mismo tiempo, con lógica ironía, las paradojas de la experiencia lesbiana del lenguaje y el mundo.
La autora se impone la obligación de invocar la presencia de una mujer que la haya deseado, o haya sido deseada por ella, o con la que haya mantenido relaciones amorosas, mediante el procedimiento de dedicarle cinco horas diarias a la escritura de los recuerdos de cada una de esas mujeres espectrales. Pero el orden alfabético de las iniciales de los nombres femeninos termina imponiendo su ley sobre el orden numérico de las noches de la escritura, discrepancia entre series narrativas que el índice acredita para hacer aún más juguetón el dispositivo. Al final, la autora confiesa haber hecho trampas, ya que no ha cumplido con la constricción de escritura impuesta ni tampoco ha sido capaz de rememorar a todas las mujeres que hubiera deseado, ni mucho menos de hacerlo sin emplear la ficción.
Esta última confesión desbarata toda la veracidad del libro e invita a sospechar que todo es inventado, o podría serlo, y que en el fondo importa muy poco, ya que lo verdaderamente esencial es la manera con que la sintaxis sinuosa e insidiosa de la autora va cercando la anomalía de su deseo hacia otras mujeres mediante expedientes que convierten a esta falsa novela, más allá de su adscripción estética, en una muestra consumada de arte libertino. Esa tradición tan francesa que conjuga, desde el siglo dieciocho, del modo menos cartesiano imaginable, la inteligencia y el placer, las ideas y los sentidos, la mente y el cuerpo.
Una investigación intelectual en torno del conocimiento subjetivo de la carne y el sexo, como examinan las admirables novelas de Crébillon y, en especial, “Los extravíos del corazón y el espíritu”, citada por Garréta (p. 103), sobre la que el gran comparatista René Étiemble escribió con sutil ironía: “lo esencial, lo mejor, Crébillon lo ha puesto en el análisis refinado de los sentimientos que se ejercen o de los sofismas que se encadenan a fin de llegar a donde uno piensa”.
Ahí donde se piensa, en efecto, es donde llega Garréta con la escritura y el cuerpo, como Chantal Akerman en su cine, en este estupendo libro que es también un método y un discurso del método para la vida y la creación.

miércoles, 19 de julio de 2017

DESMONTANDO ESPAÑA


Cuando éramos niños, en mi clase todos nos sentíamos separatistas como Puigdemont y Junqueras. El profesor de geografía nos daba un mapa de la península ibérica y una cuchilla de afeitar y nos decía que teníamos que recortar con precisión las provincias y regiones que constituían el territorio español. Algunos se aplicaban a la tarea con ahínco, delimitando con finos cortes las lindes exactas, mientras otros, más libertarios, aprovechaban para trazar, con mirada soñadora, cartografías fantásticas sobre un país dominado por un dictador grotesco que estaba ya en las últimas. Con este método incisivo, aprendíamos mucha geografía real y comprendíamos al mismo tiempo la arbitrariedad absoluta de las divisiones nacionales.
Años después, en otra escuela, Borges me enseñaría que los mejores cartógrafos son los que diseñan un país en la imaginación y luego se lo imponen a la realidad, como hacen ahora los nacionalistas catalanes e hicieron en otros siglos los que crearon España y luego la dividieron en regiones y provincias para favorecer las diferencias tribales y gobernar sin problemas. Todo regionalismo, tarde o temprano, degenera en nacionalismo.
«Soy como Dios», proclama Puigdemont en plena tramontana mental, sin percibir que sus amiguetes de la izquierda republicana le están incrustando el puño dialéctico a traición para controlar el proceso secesionista y precipitar su caída política. Como en un retorcido remake de «La invasión de los ladrones de cuerpos», los alienígenas no son los españolistas sino los catalanes que no ceden su soberanía a la ley del más fuerte. El simulacro de referéndum será un éxito para unos aunque fracase y un fracaso para otros, aunque triunfe la legalidad constitucional, ofreciendo un espectáculo bochornoso que la democracia española debería ahorrarse.
El Estado español, como la criatura del doctor Frankenstein, fue construido con derechos desiguales, particularidades falaces e intereses creados. En el siglo XXI, la España de las taifas autonómicas, las fantasías nacionalistas y las provincias mentales es una pesadez cargante. El mundo contemporáneo lo componen las ciudades y los flujos migratorios entre ciudades. Si la UE no acaba de funcionar es porque los estados soberanos imponen trabas a un proceso de redefinición del territorio inaceptable para muchos, como evidencia la necedad reaccionaria del Brexit.
El desafío catalanista debería servir para repensar España, olvidando traumas históricos, y aliviarla de corsés anticuados y costosos. Repensar España sin trincheras políticas, pensando en las necesidades reales de los ciudadanos. Y estas, gusten o no a ciertos gobernantes, pasan cada vez más por una gestión eficiente y justa de los recursos públicos que por la dudosa seducción del nacionalismo trasnochado o la inercia institucional impuesta por los partidos mayoritarios. Algún día, como Borges predijo, mereceremos no tener gobiernos. De momento, yo me conformaría con librarnos de reyezuelos regionales, caciques provincianos y todo su séquito parasitario. Aviso: el próximo Barça-Madrid puede ser tremendo.

lunes, 17 de julio de 2017

EL CINE Y LO REAL


[Horacio Muñoz Fernández, Posnarrativo. El cine más allá de la narración, Shangrila, 2017, págs. 36]

Muchos creerán antes de leer este libro que son las series de televisión las que han empujado al cine más allá de la narración. O que el cine creativo, al abandonar la función prioritaria de la fabulación, ha permitido que las series se conviertan en el formato narrativo dominante en esta segunda década del siglo veintiuno. Nada más alejado de la verdad.
La complejidad del cine contemporáneo responde en exclusiva a sus propias exigencias artísticas y comerciales, a sus medios de producción y a sus infraestructuras de distribución y exhibición. Siempre ha existido un cine que ponía entre paréntesis la necesidad de la narración como fundamento de su creación y ponía el foco, más bien, en las dislocaciones del montaje, los juegos angulares, las perspectivas aberrantes sobre la realidad y la experimentación con las imágenes.
El cine, en este sentido, nunca ha sido una forma artística única. Junto al cine comercial y mayoritario siempre ha habido experiencias creativas minoritarias. Hasta aquí nada nuevo. Con el advenimiento de la era digital y la renovación del arsenal de recursos y tecnologías para producir películas, se han liberado muchos mecanismos antaño controlados por la industria que han supuesto la aparición de un contingente importante de prácticas cinematográficas y nuevas formas de circulación y consumo.


Esta rigurosa monografía examina esta evolución del cine a la luz de tres categorías principales que habrían producido la superación de lo narrativo: el espacio, el tiempo y el cuerpo. O lo que es lo mismo, el viaje a la inmanencia de las sensaciones, la duración y la fisicidad tangible emprendido por la cámara para permanecer apegada a las vivencias crudas de un cuerpo transformado en sensibilidad extrema. El gesto de ir más allá de lo narrativo no supone, por tanto, solo una refutación de los conceptos clásicos de historia y personajes, ni una recaída en el formalismo o la abstracción vanguardista, sino una tentativa de construcción fílmica de una experiencia sensorial y afectiva más próxima a lo real, tanto para los realizadores de la película como para quienes asisten a su proyección, en cualquier espacio donde esta tenga lugar.
Una de las tesis más interesantes de Muñoz Fernández es, precisamente, que la condición necesaria para la aparición de un cine posnarrativo no es solo la actitud de sus creadores sino la de sus potenciales espectadores. Ya sea en salas comerciales, festivales, museos, filmotecas, internet o en televisiones y ordenadores personales, la cinefilia 2.0 es la que abre la posibilidad de un cine nuevo que apela desde todas las pantallas a todos los espectadores por igual y a ninguno en particular, aunque se conforme luego con el consumo minoritario habitual.
Los ejes vitales del libro son la percepción del espacio y del tiempo, el paisaje natural o urbano, que se da en cineastas como Béla Tarr, Pedro Costa, Lisandro Alonso, Albert Serra, Jia Zhang-ke, Olivier Assayas o Gus Van Sant, así como la reconfiguración de las relaciones de la cámara con el cuerpo, con o sin sexo, que se da en cineastas fundamentales del presente como David Lynch, Bruno Dumont, Tsai Ming-liang, Claire Denis o Philippe Grandrieux.
Mi única discrepancia seria con el autor reside en su excesiva valoración del grado de aproximación a la realidad que mantienen estos y otros grandes directores para considerarlos más o menos avanzados e innovadores. Hasta el punto de tildar de retaguardia a esa facción del cine, con el gran Sokurov a la cabeza tras la muerte del genial Raoul Ruiz,  que se refugia en el gabinete fáustico para experimentar con los artificios técnicos y la alquimia visual de las imágenes.

viernes, 14 de julio de 2017

DEVENIR INDIO


[Rudolph Wurlitzer, Nog, Underwood Editorial, trad.: Rubén Martín Giráldez, 2017, págs. 190]

Si alguien quiere saber de dónde procede el pulpo Grigori de “El arco iris de gravedad”, que lo busque en esta asombrosa novela de Rudy Wurlitzer, guionista de cine reconocido y novelista de culto admirado por Pynchon, entre muchos otros. La producción novelística del guionista profesional siempre entraña un enigma y un problema que no se manifiestan en su alter ego, el novelista reconvertido en guionista para ganarse la vida. Wurlitzer fue guionista de cineastas de carácter intransigente como Monte Hellman, Sam Peckinpah y Alex Cox. Ya solo por “Carretera asfaltada en dos direcciones”, “Pat Garrett & Billy el Niño” y “Walker” deberíamos considerar a Wurlitzer uno de los más originales guionistas del cine americano de los setenta y ochenta.
“Nog” es una novela lisérgica y no me extraña que fascinara a Pynchon como gran parada carnavalesca americana (con el pulpo en la batisfera como icono de su mundo grotesco) travestida de novela de carretera dislocada y travesía delirante por los paisajes y parajes menos cartografiados de la geografía nacional. “Nog” participa a fondo de la cultura psicodélica asumiendo en su discurso sincopado y en la figuración de sus secuencias y escenas los recursos alucinantes que proceden del abuso de ciertas sustancias. Los tropismos novelescos que marcan el viaje mítico a los orígenes, con las ocho estaciones simbólicas de sus ocho capítulos, surgen directamente de la mente del narrador alterada por la virulenta acción de los agentes psicotrópicos.
Dice Erik Davis, en el prefacio a una reedición reciente, que “Nog” es una de las grandes novelas de la contracultura americana, ese gigantesco experimento social, sexual, ético y estético, moral y musical, bioquímico y político, mediante el que una parte de la juventud americana de los años sesenta y setenta abandonó la vida convencional y se lanzó a la carretera y los caminos, formando comunas nómadas y fantaseando con fugarse de la civilización occidental. Como todas las ilusiones de la inmadurez, este devenir indio del joven blanco anglosajón se reveló un sueño imposible y en una década los mismos que habían abanderado descamisados esa gran mutación cultural se hicieron, sin apenas transición, ejecutivos millonarios de Wall Street, gestores corporativos o directivos de compañías discográficas.
En “Carretera asfaltada”, los fotogramas se detienen, el celuloide se quema y la película termina abruptamente. En “Nog”, en cambio, ese espíritu salvaje que había nutrido el mejor cine de Peckinpah, una intersección de romanticismo y nihilismo transmutada por la violencia extrema de los gestos viriles, conduce a un final más plácido. Una suerte de revelación budista del vacío y la nada que aguarda al viajero al final del trayecto, cuando la navegación agota la promesa del horizonte y la orilla se ofrece como un regreso al hogar. Tomando un taxi y volando de vuelta a una Nueva York que el escritor quizá nunca abandonó más que con la mente, mientras su personaje fantasma, el corpulento Nog, emprendía un viaje crepuscular más allá del oeste pero no más allá de la muerte, como hacía el “Hombre muerto” de Jim Jarmusch, ese guión que Wurlitzer escribió (“Zebulón”) y nadie quiso filmar antes de que Jarmusch lo plagiara para realizar su única obra maestra.
“Nog” acaba en la vacuidad contemplativa pero antes de eso, antes de enfrentarnos a la frontera última de la experiencia del yo y el espacio-tiempo, narra “un viaje de ninguna parte a nadie”, como dice Davis, que es, como en los textos terminales de Beckett, maestro indiscutible de Wurlitzer, uno de los periplos filosóficos más radicales que el lenguaje y la cultura no pueden asumir mientras pretendan preservar su estabilidad y poder. 

martes, 11 de julio de 2017

PENSAMIENTO REALISTA


[John Gray, Misa negra. La religión apocalíptica y la muerte de la utopía, Sexto Piso, trad.: Albino Santos Mosquera, 2017, págs. 339]

Hoy, como entonces, se cree que nada puede detener a los seres humanos a la hora de rehacerse a sí mismos y de rehacer el mundo en el que viven según les plazca. Esta fantasía subyace a muchos aspectos de la cultura contemporánea, por lo que, en tales circunstancias, lo que necesitamos es un modo de pensar distópico.

-John Gray-

El realismo puede ser una estética dudosa cuando se habla de cine, literatura o arte en general, pero cuando se trata de pensamiento, tras las terribles convulsiones sociales, históricas y políticas del último siglo, es la única forma de garantizar una relación productiva entre el cerebro humano y la realidad en la que se integra y, sobre todo, de frenar la tendencia espontánea de la mente a elaborar interpretaciones de la realidad que supongan fugas fanáticas de esta a través de la creación de mitos de redención o mixtificaciones nocivas sobre el papel de la especie en el mundo.
Este espléndido libro de Gray, uno de los grandes analistas del mundo contemporáneo, fue publicado en 2007, cuando el desastre de la guerra de Irak comenzaba a ser manifiesto y el segundo mandato de Bush se volvía un espectáculo bochornoso. Y, sobre todo, antes de que estallara la crisis financiera que aún estamos pagando. Este último aspecto es decisivo, un decenio después, para poner entre paréntesis el vaticinio de un futuro más optimista, a pesar de todo, que se realiza en las últimas páginas.
Como lector asiduo de Gray, sin embargo, uno tiene la sensación de haber leído ya muchos de los argumentos de este libro en los libros posteriores del autor y, muy en especial, en los últimos publicados La comisión para la inmortalización, El silencio de los animales y El alma de las marionetas.  No obstante, lo que admira de Gray es su capacidad para neutralizar con eficacia en el discurso de sus libros las críticas ideológicas de izquierda o de derecha. Uno lo ve empeñado en machacar sin piedad las ilusiones revolucionarias de los jacobinos franceses, los marxistas-leninistas soviéticos o los maoístas chinos, con cifras aplastantes de catástrofe masiva y genocidio sistemático, y poco después, en otro capítulo, lo encuentra triturando, con la misma energía demoledora y la misma violencia fría de los datos y las ideas desnudadas de su retórica propagandística, los daños criminales del nazismo germánico y la patológica voluntad de poder de Hitler y sus cómplices, o el utopismo falazmente democrático del imperio americano liderado por Bush y sus rapaces neoconservadores tras el 11 de septiembre de 2001.
Y es que Gray, si es un conservador, lo es de nuevo cuño. Un conservador que refuta la idea humanista e ilustrada de progreso y la promesa utópica de transformación del mundo, religiosa o laica, como las armas de destrucción más devastadoras concebidas por el hombre. Ese programa totalitario y esa promesa peligrosa afectan por igual a todos los idearios que se han disputado el poder en el escenario de la historia de los dos últimos siglos: anarquistas, comunistas, fascistas (cristianos o islámicos), pero también los gobernantes occidentales que han pretendido expandir la democracia por el mundo con la fuerza bruta de la persuasión militar y económica.
Gray no escatima argumentos para probar su tesis, disecciona teorías y discursos, analiza hechos significativos, personalidades carismáticas, ficciones y perversiones de la historia sangrienta del siglo XX, hasta alcanzar la conclusión irrebatible de que el antídoto más contundente contra los excesos de la sinrazón utópica es el pensamiento realista. El pensamiento realista, como Gray reconoce, tiene la virtud de ser maquiavélico en su comprensión de los influyentes mecanismos del poder político y el único defecto de ser impopular. Ya se sabe que el ser humano no se caracteriza, precisamente, por afrontar sin filtros imaginarios la verdad que emana del análisis desapasionado de la realidad. De ahí quizá, siendo Gray un ateo reconocido, el papel paradójico que atribuye a la religión en la vida de la gente. Una vía mental hacia la ilusión de que más allá de la mezquina realidad tal vez exista un mundo espiritual asequible y un vínculo comunitario gratificante.
Lo más original del pensamiento realista propugnado por Gray es, sin embargo, su asociación con la visión distópica del mundo procedente de escritores como Wells, Huxley, Orwell o Zamiatin, entre los modernos, y Dick, Nabokov, Burroughs o Ballard, entre los posmodernos. De hecho, la situación actual representa, con la matanza de Siria y el terrorismo del Isis como nuevos agentes impulsores, la consumación del pensamiento de Gray sobre el milenarismo del terror y el mito del apocalipsis occidental.

lunes, 10 de julio de 2017

EL FANTASMA DE LA LIBERTAD


[John Gray, El alma de las marionetas, Sexto Piso, trad.: Carme Camps, 2015, págs. 143]

El fantasma de la libertad es el irónico título de una de las películas más incomprendidas de Buñuel. Parte de ese malentendido procede de la época en que la realizó, a mediados de los setenta, en plena expansión social del libertarismo contracultural. Y otra parte, más importante aún, de la irreverencia cómica con que el genial cineasta abordó el ideal de la libertad: mito fundacional de la modernidad ilustrada y uno de los pilares constitucionales de la subjetividad moderna, según el romanticismo literario.
Para Buñuel, agudo conocedor de la naturaleza humana y de su increíble poder mental para convencerse de la realidad de sus ilusiones, la libertad es el valor con que los seres humanos dicen guiar los actos de sus vidas mientras todo en ellos, como muestra la película con ridícula obscenidad, ya sea la pasión erótica, la creencia religiosa, el ideal moral, la costumbre mundana, la identificación profesional o la rutina cotidiana, solo busca la sumisión, el sometimiento o la servidumbre.
“¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!”, proclamó Madame Roland al pasar por delante de la estatua de la Libertad erigida en la plaza de la Revolución (hoy de la Concordia) momentos antes de ser guillotinada por traicionar a la revolución jacobina en la que había creído hasta entonces como una ingenua girondina.
Este excelente ensayo de John Gray cifra la importancia de la cuestión utópica de la libertad en la forma en que esta ha sido entendida a lo largo de la historia, como un desafío perpetuo a los límites de la inteligencia, tanto oponiéndose al libertinaje gratuito de los dioses y la irracionalidad de los animales, como, más tarde, al mimetismo inerte de muñecos, autómatas, androides, maniquíes y demás seres creados por los humanos como réplicas de sus rasgos singulares.
De ese modo, como expuso Kleist en un texto famoso, la conciencia humana aspiraba a recuperar la gracia perdida con la caída del Paraíso, según el relato bíblico, mediante un antagonismo creativo con los maleficios de la divinidad y las restricciones del animal. El aciago demiurgo, con sus desmanes, enseñó a los gnósticos una doble lección intemporal: la obligación de distanciarse de la creencia pasiva en la bondad divina y el anhelo de conocimiento como superación de los orígenes infames.
No obstante, la creación material de seres subordinados (entre los citados por Gray: los títeres de Kleist, la autómata de Villiers, el Golem de Meyrink, los maniquíes de Bruno Schulz o los androides de Dick), privados de una apariencia de libertad, enfrentaría a los humanos, como en el cuento de Andersen sobre la vida de las marionetas, a la verdad de su condición trágica.
“Más humanos que los humanos”, los replicantes de Blade Runner no solo se rebelan, como el titán Prometeo, contra su destino y su ingeniero creador sino que nos recuerdan la terrible fragilidad de la existencia y la conveniencia de asumir la caducidad y la muerte, como quería Leopardi, para vivir más intensamente una vida libre de angustias y mortificaciones inútiles. Como sentencia Gray, una época definida por la sobreexposición a internet, el desarrollo policial de sofisticados medios de control, los avances en inteligencia artificial e ingeniería cíborg y el despliegue de máquinas informáticas cada vez más autárquicas, vuelve a enfrentar a la especie humana, confirmando a Buñuel, con el círculo vicioso de la historia secular: “solo criaturas tan imperfectas e ignorantes como los seres humanos pueden ser libres del modo en que son libres los seres humanos”.

miércoles, 5 de julio de 2017

POSVERDAD


Cuando ciertas palabras entran en el diccionario, el lenguaje se tambalea. Las palabras flaquean, los significados fallan. Así pasa con la posverdad. Da igual quién la creó o con qué fin. Lo importante es su utilidad en la era de la corrección política donde cada cosa tiene un nombre distinto del que le corresponde.
En un mundo que ha abandonado la verdad como marco, con partidos políticos elaborando clichés evasivos que sus representantes deben repetir, como androides, cada vez que son preguntados sobre asuntos comprometidos, con discursos que prometen lo imposible y nombran con eufemismos las realidades más crudas, no pasaría mucho tiempo sin que todo se volviera falso.
Algunos ingenuos creen que la posverdad se inventó para denigrar al enemigo y no a ellos. Conviene tener cuidado. Una palabra de doble filo como esa, cuando se vuelve arma arrojadiza, pasa a servir a cualquier causa y quienes la usan con frecuencia pueden verse atrapados en el bucle del sinsentido. Hace falta ser muy sutil para esquivar sus trampas retóricas. Posverdad es el mantra de periodistas y políticos para enmascarar la verdad: no existe un lugar preservado donde no impere su lógica falsaria.
El reino de la posverdad se extiende sobre un mundo de signos hostil al pensamiento. La impostura se construye con parches de siglas y retales de neolengua tecnócrata. La amnistía fiscal se llama “regularización” y “reprobación” el varapalo parlamentario al ministro resabiado que la maquinó. El carnaval LGTBI desfila por Madrid con plena bendición institucional días después de que la monarquía condecore a un siervo franquista como servidor democrático y el filósofo Žižek abarrote el CBA como una estrella mediática propagando un retorno desesperado al socialismo burocrático. La previsión del PIB se eleva sin control mientras las notas de la PEvAU caen en picado en un país donde “moderado” es el elogio de moda, nadie puede ser nada mejor, y “radical” el nuevo denuesto decidido por consenso, nadie puede ser nada peor.
El capital sexual de la economía española, me dice un amigo tras realizar una encuesta entre mujeres, se sustenta en el ministro de Guindos. Tal es su atractivo que ha precipitado el adelanto de las rebajas veraniegas. Quién sabe si para satisfacer una demanda secreta o una oferta inconsciente. Gestación subrogada, la llaman los finos estrategas de Ciudadanos, vientre de alquiler, los detractores de una izquierda anticuada, y embarazo compartido, los folletos publicitarios de algunas clínicas prohibitivas.
Y así la realidad, cada vez más compleja, acaba configurándose con arreglo a las palabras dominantes y lo que no se nombra, o se nombra con subterfugios, desaparece de la vista y de todas las pantallas que la mantienen activa. De Siria y de Venezuela, por eso, mejor no hablar, faltan las imágenes y sobran las palabras. Y una palabra sobre todas, ética. 

viernes, 30 de junio de 2017

EL CEREBRO ES DIOS


[Daniel Tammet, La conquista del cerebro (Un viaje a los confines y secretos de la mente), Blackie Books, trad.: Ismael Attrache, 2017, págs. 332]

El cerebro es Dios y nosotros sus fieles servidores. Así ha sido desde el principio de nuestra andadura como especie en la tierra y así será hasta el fin de la historia en que los cerebros humanos cedan el dominio a cerebros e inteligencias artificiales creados por ellos a imitación y semejanza de sus circuitos neuronales y funciones cognitivas. Esto explica la historia de la cultura y la historia de la técnica. Toda la historia humana cifrada en la relación de los individuos y la especie con ese órgano que es todo para nosotros, como el monolito de “2001” de Kubrick, con el que monos y astronautas mantienen una relación reverencial. El cerebro destila inteligencia y controla el sistema nervioso y los órganos sensibles. El dialogo con él es la base de todo lo que hacemos. Pero vive amenazado en permanencia por la enfermedad, el desuso o la disfunción.
Como contó en su autobiografía (“Nacido en un día azul”), Daniel Tammet es un “savant”, es decir, una paradoja humana: alguien que en su infancia se mostró como un autista, desconectado de los procesos convencionales del aprendizaje, y que después fue considerado un superdotado, alguien con dotes superiores para la adquisición del conocimiento lingüístico y matemático. Y este es uno de los puntos fuertes del libro a la hora de prestarle autoridad y credibilidad a su discurso. Tammet es un excelente divulgador, además, en un ámbito especializado donde los científicos se arrogan con soberbia los prestigios del saber y los charlatanes opinan sin fundamento.
Partiendo del poema de Emily Dickinson donde se celebra la magnitud del cerebro (“El cerebro es más amplio que el cielo”), Tammet despliega un recorrido argumental asombroso, orbitando en torno al cerebro y a su problemática con admirable amenidad y gran conocimiento. La especie humana ha sentido siempre veneración y temor al cerebro. Cuando era ignorado, se le atribuían cualidades divinas y a medida que la ciencia lo fue diseccionando se lo quiso reducir al funcionamiento maquinal de un ordenador, como pretendieron los cognitivistas, más interesados en crear cerebros artificiales utilizando como modelo precursor el cerebro humano que en indagar en la prodigiosa vida de este.
Capítulo tras capítulo, Tammet tiene la inteligencia de ir analizando las múltiples formas de la inteligencia, las experiencias y las ideas históricas sobre el cerebro, con el fin de esclarecer cuál debería ser nuestra relación más provechosa con él y su extraordinario potencial y disipar las mistificaciones que nos han impedido comprender su plasticidad y enorme poder. Para empezar, el cerebro es democrático. Salvo que exista alguna enfermedad hereditaria, todos los humanos, sea cual sea su raza o sexo, nacen con las mismas oportunidades formativas. El contexto será, en gran parte, el que formatee e instruya ese cerebro y le permita o no desarrollar sus facultades intelectivas. Aquí reside la importancia de la educación: corregir los déficits de los entornos sociales, culturales o familiares. Un cerebro debe alimentarse bien desde el principio y Tammet habla sin complejos del “alimento para la mente”.
Vivimos en una sociedad tecnocrática dominada por el saber trivial y la intoxicación informativa. Uno de los capítulos más luminosos del libro afronta esta trascendental cuestión. Cómo sobrevivirá el cerebro a los excesos de información inútil y los vicios intelectuales y nuevos modos de conocimiento inducidos por el abuso de internet. Al menos si queremos preservar la posibilidad de un futuro humano, como dice Tammet: un futuro donde el límite entre humano y máquina sea tan nítido como la luz del amanecer.

martes, 27 de junio de 2017

AUTOBIOGRAFÍA NOCTURNA


[Michel Leiris, Noches sin noche y algunos días sin día, Sexto Piso, trad.: David M. Copé, 2017, págs. 243]

Une monstrueuse aberration fait croire aux hommes que le langage est né pour faciliter leurs relations naturelles...En disséquant les mots que nous aimons, nous découvrons leurs vertus les plus cachées et leurs ramifications secrètes qui se propagent à travers tout le langage.

[Una monstruosa aberración hace creer a los hombres que el lenguaje nació para facilitar sus relaciones naturales…Al disecar las palabras que amamos, descubrimos sus virtudes más ocultas y sus ramificaciones secretas que se propagan a través de todo el lenguaje.]

-Michel Leiris, Mots sans mémoire-
           
Los sueños han sido siempre un motivo equívoco. Los antiguos siempre le atribuyeron un poder mágico. En el siglo dieciocho, según cuenta la baronesa Blixen, en la buena sociedad era considerado tedioso y de mal gusto contar los sueños que uno hubiera tenido la noche anterior. La mención al acto de dormir podría resultar provocativa en un mundo aristocrático donde la cama era objeto exclusivo de litigio marital o adulterino. Todo cambia por primera vez con el romanticismo, que hace del sueño y de la evasión onírica a realidades menos ásperas uno de los puntos fuertes de su ideario.
Freud revoluciona el conocimiento de los sueños a finales del siglo diecinueve cuando les atribuye la condición de apertura a la ciénaga del inconsciente individual y la vida psíquica. Además, descubre tras las imágenes y las palabras de los sueños una retórica de asociaciones y combinaciones, condensaciones y sustituciones que vuelven locas las categorías inocentes con que hasta entonces se había entendido el acto de soñar.
Pero son los surrealistas (mal llamados así en español, sería más correcto llamarlos superrealistas) los que revolucionan el arte y la literatura de los años veinte, en un contexto cultural tan cartesiano como el francés, cuando incorporan la fusión de realidad y sueño a sus intempestivos manifiestos y actuaciones. Entre sus obras más originales y subversivas siempre conviene incluir “Un perro andaluz”, un autorretrato psicótico y visionario de la masculinidad surgido de la intersección del cerebro febril de Dalí y las manipulaciones oculares de Buñuel.
Michel Leiris (1901-1990) fue uno de los grandes periféricos del surrealismo, uno de esos escritores, como Gracq, Bataille, Queneau o Klossowski, inseminados por las genuinas aportaciones del movimiento artístico e intelectual liderado por el pope André Breton. Desde muy pronto, a Leiris le interesa utilizar la escritura para profundizar en los aspectos más turbios de su psique y afianzar una relación entre esta y su vida con el fin de transformar la literatura, como dice en uno de sus textos más famosos, en una tauromaquia. Es decir, en un ritual de peligro y desafío donde el escritor se arriesgue, convocando a la bestia negra encerrada en su psique, a recibir una cornada en el ego mientras torea a la fiera con alambicados juegos de palabras y una sintaxis exacta y elegante.
Con este planteamiento singular, Leiris dio a luz una primera tentativa lograda de autobiografía parcial (“Edad de hombre”; 1939) y luego su notoria tetralogía total (“La Regla del Juego”; 1948-1976). Este libro inimitable lo concibe como un dietario de sueños y comienza a escribirlo a partir de 1924, antes de sus proyectos autobiográficos más rigurosos, cuando era un poeta nervaliano aficionado a los retruécanos novelescos de Raymond Roussel y un veinteañero atraído por la etnología, una de las pasiones de su vida, y lo clausura en 1960, cuando la fórmula patafísica parece agotada.
Leiris anota sus sueños, les añade jugosos comentarios o los completa con recuerdos asociados. Algunos sueños descritos funcionan como aforismos o microrrelatos y otros como novelas comprimidas con un toque kafkiano indudable. El erotismo es el agente provocador de muchos sueños registrados: un erotismo que revela los fantasmas y obsesiones sexuales de Leiris así como de toda su generación, hasta el punto que algunos de ellos adoptan los rasgos de famosos cuadros surrealistas o de pintores afines como Clovis Trouille.
En uno de sus libros menos conocidos, “La Boutique obscure”, inspirado por Leiris, Georges Perec relata 124 sueños y dice que el sueño es una “película imposible” donde el soñador hace a la vez de actor principal, director y espectador. Así se comporta Leiris en los mejores sueños de este maravilloso compendio onírico de su vida mental nocturna.