Para empezar a leer el Ulises de James Joyce convendría adoptar
dos actitudes complementarias: bajarlo del marmóreo pedestal donde la espontánea
tendencia humana a la sacralización de lo incomprensible y extraño lo habría
aupado para olvidarse de él y recorrerlo de principio a fin con la libertad
libidinal con que nos entretendríamos en las partes y zonas más estimulantes
del cuerpo deseado. Desmitificación y fetichismo, contacto igualitario y
pasional, me parecen, a estas alturas de la historia de la sensibilidad, las
únicas vías recomendables para adentrarse en las densas páginas del mamotreto
dublinés sin caer en el tedio ni recaer en la indiferencia: propuestas de una
lectura “cuerpo a cuerpo” que deberían impulsar al lector solitario a refinar el
goce sensorial de su relación tanto con el mundo y la vida como con la
literatura y el arte.
Una lectura libre y gratificante de Ulises, en mi opinión, podría prescindir
en un principio de los tres primeros
capítulos de la novela (centrados en Stephen Dedalus, el “artista adolescente”)
y comenzar directamente por el cuarto (titulado “Calipso” en el plan
mitopoético original calcado de la Odisea),
donde nos deslizamos entre las cálidas sábanas junto al cuerpo exuberante de Molly
Bloom recién despertada y acompañamos a Leopold Bloom, ya levantado, en los
preparativos de un suculento desayuno a base de riñones y entrañas animales. A
partir de ese momento, saltándonos las páginas más fastidiosas como si
jugáramos a la “rayuela” cortazariana, seguiríamos a este prosaico transeúnte
en su odisea provinciana por la Dublín de comienzos del siglo pasado a lo largo
de otro día intranscendente para verlo regresar de noche, tras múltiples
venturas y desventuras, al mismo hogar y acostarse en la misma cama junto a la
misma Molly, ahora desvelada y locuaz. Al final del largo viaje, ninguna
novedad excepto la repetición y la banalidad. El eterno retorno de lo nimio,
efímero y cotidiano. Sí quiero sí,
dice la voluptuosa Molly, que no se mueve de la cama en toda la novela, aunque
la cama sí lo haga cuando el verbo y la carne se conjugan al compás de su ritmo
cadencioso y lúbrico.
En este librote enciclopédico conviven
sin estorbarse lo sublime y lo abyecto, la más alta inteligencia con la más baja
pasión, el afecto instintivo y el conocimiento luminoso. Es el libro más
humano, en todos los sentidos de esta expresión, que se haya escrito jamás, el
documento excepcional de una cultura que lo sabe todo sobre sí misma y no da un
paso atrás ni aparta la mirada espantada sino que se reconoce en ese espejo
imaginario con todas sus taras, miserias y grandezas (de ahí que Jacques
Derrida lo considere, a pesar de todo, una máquina suprahumana del recuerdo,
una suerte de memoria total de Occidente). El pico parlante de Joyce era
verdaderamente de oro, pero donde picoteaba con su pico penetrante no relucía
precisamente el preciado metal de los alquimistas medievales sino el
excremento, la suciedad, la mugre y el desecho. Esteta del estercolero de la
vida humana y verdadero dandy de la
basura, como lo habría llamado Michel Tournier, Joyce escribió con Ulises la primera novela que es una gigantesca
montaña de inmundicias, un Himalaya de humus, un vertedero elefantiásico de
residuos y detritos milenarios donde la acción de las bacterias y los insectos
facilitaría la lectura a retazos, en pos de los trozos más escocidos. Opus nigrum:
de la negra noche del hombre y la mujer brota la luz de la afirmación material
plena de vida. Ulises, con toda su expansiva
obscenidad e irreverencia, grosería y prosaísmo a ultranza, representa la cima estética
del arte vulgar y cómico que procede desde la antigüedad grecorromana hasta la
era anterior a la televisión, cuando la vulgaridad y la estupidez se vuelven formas
espectaculares y adquieren otro sentido más consentido.
Es un libro quizá demasiado humano para
algunos, por eso no le ha casado nunca bien la divinización académica, y es el
libro más verdaderamente democrático que quepa concebir. En cierto modo, si
algún día hubiera en esta bendita, maldita tierra una forma de organización
social digna de nuestros deseos y anhelos más profundos, libre de
supersticiones y temores, injusticias y crímenes, Ulises sería su Biblia universal, el libro profano de la
reconciliación utópica entre hombres y mujeres. Como escribe acertadamente
Francisco García Tortosa en el prólogo de su última traducción al español:
“Desde esta materialidad, amoral y pura, cabe forjar la estructura de un mundo
social nuevo”. El sí quiero Sí de
Molly Bloom, un rebuzno de gloria carnal y mundana (análogo al del asno de “La
fiesta del asno” de Nietzsche en Así
hablaba Zarathustra), actuaría entonces como vínculo de unión de este nuevo
contrato social escrito con humor incomparable y expresado como un mandamiento libérrimo
en el menos monótono y más femenino de los monólogos. Otra lectura más gozosa podría
comenzar entonces por este extremo avanzado de la novela, como un bucle erótico
y corporal: tomaría pie en los descuidados dedos y planta con que Molly
acaricia en el recuerdo el miembro prominente de su amante Boylan para
ascender, en sentido inverso, hasta la cabeza de la novela que es el cerebro
privilegiado del inmaduro Stephen Dedalus en comunicación verbal permanente con
el caótico cerebro del hombre medio Leopold Bloom.
Con razón afirmaba Fredric Jameson que la
designación de cada capítulo de Ulises
con el nombre de un órgano o miembro diferente del cuerpo humano constituía
“uno de los logros filosóficos supremos del movimiento moderno, comparable a la
invención kantiana de las categorías”. La presencia materialista del cuerpo y
sus funciones menos presentables para una mentalidad puritana es una de sus
cualidades más atractivas y, quizá, la que más lo aproxima a una mentalidad
contemporánea, formada en las experiencias más avanzadas del cine y la
literatura recientes y las artes plásticas. En este sentido, Ulises es un libro orgánico reconstruido
con miembros trasplantados de toda la historia de la cultura y la experiencia
humana; un cuerpo pulsional y expresivo que posee riñones (“Calipso”), corazón
(“Hades”), pulmones (“Eolo”), esófago (“Lestrigones”), cerebro (“Escila y Caribdis”),
sangre (“Rocas errantes”), oído (“Sirenas”), músculos (“El cíclope”), ojos y
nariz (“Nausicaa”), útero (“Los bueyes del sol”), aparato locomotor (“Circe”), nervios
(“Eumeo”), esqueleto (“Ítaca”) y carne hiperestésica (“Penélope”).
Así, esta correspondencia visceral configuraría
un cuerpo simbólico nuevo, surgido del ensamblamiento prodigioso de cada parte
a través de la diversidad de estilos y personajes, un organismo de fisiología decididamente
incompleta y abierta a las mutaciones, una anatomía monstruosa o polimorfa que,
como la huérfana criatura de Frankenstein, no debería horrorizarnos sino
fascinarnos. Sólo nuestra lectura cómplice puede entregarle a Ulises la plenitud de un cuerpo vivo en
el que abrazar a placer todo lo que le falta. Pues Ulises no es, en definitiva, sino la consumación lingüística de una
problemática historia de amor entre la novela y la realidad.
Sí
quiero sí, dirá también el
lector afortunado, una vez más, al terminar de leerla.











