viernes, 31 de julio de 2020

LA REALIDAD ES DEMASIADO REAL



[Graham Harman, Realismo raro. Lovecraft y la filosofía, Holobionte ediciones, trad.: Antonio Jiménez Morato y Federico Fernández Giordano, , 2020, págs. 320]

El realismo no significa que seamos capaces de afirmar proposiciones ciertas sobre el mundo real; al contrario, significa que la realidad es demasiado real para ser traducida sin menoscabo en una frase cualquiera, en una percepción, en una acción, o lo que fuere.

 -Graham Harman-


Los buenos lectores de Lovecraft hemos pensado siempre que su literatura era como la famosa parábola sufí de los ciegos y el elefante, con la diferencia notoria de que el cuerpo que palparían los invidentes no sería un elefante, sino un monstruo imaginario, y tampoco sus viscosos miembros se reconocerían como un organismo. Esto lo piensa también Graham Harman, defensor del “realismo especulativo”, la corriente filosófica más innovadora de lo que va de siglo: “La grandeza de Lovecraft está relacionada con ámbitos que rebasan la esfera literaria, ya que roza algunos de los más cruciales asuntos filosóficos de nuestro tiempo”.
Harman ha dilucidado la realidad del mundo como algo demasiado real e impenetrable como para explicarla con exiguas categorías humanas. Los humanos, al enfrentarnos a la anamorfosis de la realidad, no podemos decir que lo hagamos a otra cosa que no sea, en definitiva, lo que puebla nuestra mente y condiciona nuestra experiencia, mucho más que lo que se presenta ante nuestros sentidos. La idea fundamental del realismo especulativo es, pues, que la filosofía busca descifrar la estructura del mundo, por eso es realista, pero como la realidad es extraña o rara, la filosofía ha de serlo en consonancia: “la única misión de la filosofía es el realismo raro”.
Este es un libro extraordinario, único en su género, donde la filosofía de Harman se mira en el espejo textual de Lovecraft al mismo tiempo que examina la singular obra de este como paradigma de esa visión especulativa del mundo: “No existe otro escritor tan desconcertado por la brecha existente entre los objetos y el poder del lenguaje para describirlos, o entre los objetos y sus cualidades”. Lovecraft es un materialista moderno y, por tanto, habla de fenómenos y acontecimientos, monstruos y aberraciones, que solo llegan a existir cuando él los nombra y describe de manera tan imaginativa como retórica. Harman se apoya en Husserl y Heidegger para sus reflexiones, pero de este último retiene, en especial, el gesto por el que consideró la poesía romántica de Hölderlin como ilustración de su filosofía. Harman pretende hacer lo mismo con Lovecraft: erigirlo en modelo de una representación de la realidad acorde con sus planteamientos filosóficos. Es más llamativo, sin embargo, que Harman apele a las tesis de Marshall McLuhan para reforzar su teoría de que en Lovecraft el medio es el mensaje. O, por decirlo de otro modo, que el contenido de horror de las ficciones de Lovecraft es indesligable del medio expresivo utilizado por el fabulador de Providence.
Harman realiza su examen de la obra de Lovecraft en tres partes. Una primera en la que plantea cuestiones generales sobre su propio método y su pretensión de establecer una relación conceptual entre literatura y filosofía. Una segunda parte está consagrada al análisis de cien pasajes extraídos de ocho ficciones representativas del canon de Lovecraft, con Cthulhu y los Primigenios como deidades supremas de su mitología cósmica. Y la tercera, donde asienta las conclusiones de la minuciosa tarea de relectura emprendida como acta fundacional de la estética del realismo raro, nada alejada de las percepciones del cubismo. Esa variante del realismo especulativo por la cual el lenguaje humano afronta literalmente la imposibilidad de dar cuenta exacta de la realidad del mundo. A partir de ahí, sus muecas y retorcimientos verbales solo atestiguan la lucha del escritor con el impedimento ontológico que se impone a su deseo de realidad.
Estas especulaciones valdrían también para autores como Kafka y Borges. Ya que representan, en el fondo, el desafío esencial y la situación de resistencia a que se enfrenta todo escritor creativo. Esta es, para Harman, la función filosófica de la literatura. Restituir el mundo a su extrañeza primigenia. Devolvernos el sentido extraño de las cosas, los objetos y los seres. Restaurar, en suma, la rareza originaria de la realidad. En esto, Lovecraft (“uno de los grandes escritores de ficción del siglo”, según Harman) es el maestro indiscutible.

miércoles, 29 de julio de 2020

MÁS EUROPA


[Publicado ayer en medios de Vocento]

Vaya desastre de verano. Es el verano de las mascarillas al viento y los mascarones de proa. Europa piensa ya en el futuro y la gente sobrevive anclada en el presente, deseando que el porvenir no les alcance con sus terribles pronósticos y pulverice sus sueños de grandeza. La masonería de las mascarillas nos recuerda otra cosa. Creíamos haber pasado lo peor y, sin darnos cuenta, otra vez lo tenemos ahí delante, como en una atracción de feria. Si se cumplen las previsiones más pesimistas, el verano será nefasto y el otoño un descalabro. Pero aplaudimos a Sánchez a su regreso triunfal de Bruselas como si volviera con la vacuna milagrosa en el bolsillo.
La pequeñez es una cualidad inherente a Europa, decía Claudio Guillén. Europa es ahora un emporio de mercaderes y tecnócratas y veintisiete naciones confinadas en su burbuja política y cultural. Mal que le pese, España no puede compararse con ninguna de ellas. La pequeña, gran Europa se ha puesto firme esta semana y nos ha reprochado nuestra incapacidad. España ha sido humillada a través de Sánchez a cambio de un chorro de euros con el que no vamos a cubrir ni una mínima parte de los gastos previstos. La ruina es segura. Si no sabemos ni contar los muertos de la pandemia, qué vamos a hacer con esa millonada de euros sino pagarle a Sánchez la hipoteca de La Moncloa para que la disfrute una legislatura más. Europa ha resuelto dar un salto adelante sin precedentes, aprovechar la ocasión para ponerse en vanguardia. Cuando llegue la hora decisiva, algunos países lograrán saltar muy lejos y otros quedarán atrapados en el pasado sin remedio. Si España pierde esta oportunidad histórica por el politiqueo de siempre, es como para exiliarse.
La mejor forma de evitar esa tentación esperpéntica sería solicitar un rescate en toda regla. Que nos intervenga Europa, acabe con el despilfarro, las instituciones inútiles, los vicios gregarios y los déficits seculares y controle la maquinaria estatal que está a punto de gripar. En plan rapto de Europa, pero al revés. El cronómetro de la historia ha puesto el marcador a cero. Vuelve a empezar la carrera. Las superpotencias ya calientan motores, con China y Estados Unidos disputándose a golpes el liderazgo mundial y Europa buscando un lugar en el podio de los campeones. Hay esperanza, como decía Kafka, pero no para nosotros como no cambiemos. Yo, por si acaso, ya he pedido el ingreso en el club de fans de Sanna Marin, la primera ministra finlandesa. Hoy me siento Ganivet.

miércoles, 22 de julio de 2020

ORGULLO, PREJUICIO Y KIMONOS



[Chiyo Uno, Confesiones de amor, Alpha Decay, trad.: Junichi Matsuura y Lourdes Porta, págs. 214]
           
            La “novela del yo” es el género con que la literatura japonesa de finales del XIX liquida su herencia y abre las puertas de la modernidad del siglo XX. Género viril por excelencia en sus principios, daría lugar décadas después al florecimiento de voces femeninas que supieron conjugar experiencia y dicción, sabiduría existencial y refinamiento literario, a la hora de contar la singularidad de la vida de las mujeres bajo las inflexibles leyes del patriarcado nipón. Entre estas autoras pocas tan excepcionales como Chiyo Uno (1897-1996), que atravesó todo el siglo con una vitalidad admirable y fue capaz de enfrentarse a la adversidad personal y nacional con una alegría carismática, como demuestran sus memorias (“Seguir viviendo”), publicadas en los años ochenta.
            Ya su debut narrativo fue sorprendente. En 1921, ganó un prestigioso premio con una novela corta (“El rostro maquillado”) en la que se atrevía a desafiar a la moral convencional reivindicando, como haría una lectora de Baudelaire o Baudrillard, el poderío femenino y la fuerza erótica derivados del uso del maquillaje y el adorno del cuerpo para la seducción. No es extraño, por tanto, que años después Uno alcanzara la celebridad mundana diseñando kimonos, montando una tienda tokiota de ropa de moda llamada Style y fundando una revista homónima donde se defendía la elegancia y el buen gusto y se daba voz en sus páginas a las escritoras más libres de la época. Uno era un paradigma radical de lo que los japoneses llamaban moga: una chica moderna (modan gāru) más atraída por los estilos de vida y sensibilidad occidentales que por las formas tradicionales de su país. Solo la ley marcial del imperialismo japonés de los años treinta reprimió por un tiempo este desenfreno femenino del que Uno era líder literaria.


Publicada en 1933, esta espléndida novela supuso tal escándalo en la sociedad japonesa de su tiempo que lanzó a Uno a la fama inmediata. En ella, pone el foco narrativo en un pintor mujeriego, Jōji Yuasa, que le cuenta en primera persona su complicada historia de amoríos con tres chicas arrebatadoras (la nínfula Takao, la bella Tsuyuko, la enfermiza Tomoko) y es utilizado por la autora, invirtiendo la perspectiva con inteligencia, como una marioneta para denunciar los obstáculos, morales o sociales, con que tropezaba la libertad vital de las mujeres. Uno retrata en Jōji a quien fuera su amante, Seiji Tōgō, un artista fascinado con la feminidad, como revelan sus sensuales cuadros. Uno conoció a Tōgō cuando visitó su estudio para escribir un reportaje sobre su figura y acabó haciendo el amor con él sobre un sofá donde se apreciaban aún las manchas de sangre del suicidio de una de sus amantes.
Esta es una novela de estilo confesional donde los enredos sentimentales y matrimoniales, con divorcios amargos y bodas secretas, podrían recordar a la narrativa psicológica de Jane Austen, pero en el modo sinuoso en que se desarrolla la trama, la sensación de vacío e inutilidad de los personajes, la fatalidad que conduce la historia hasta un final trágico, un sacrificio ritual consumado por amor entre sábanas blancas y borbotones de sangre, no pueden ser más afines a los presupuestos contemporáneos del eroguro, esa vertiente grotesca y dionisíaca de la cultura japonesa de la que Rampo o Tanizaki serían sus representantes más célebres. Con lucidez libertina, Uno se apropia de la mente y sensibilidad pictórica de su amante masculino, lo transfigura en triste protagonista de los episodios pasionales para poner al mismo nivel sexual las turbias motivaciones del hombre y de las mujeres que lo atrapan con sus encantos. Esto no se llama feminismo. Esto se llama realismo. 

martes, 14 de julio de 2020

JAQUE AL REY


[Publicado hoy en medios de Vocento]

            Imagino lo que se siente siendo Rey de España. Te ha puesto ahí quien te ha puesto y encima estos desgraciados a los que regalaste la democracia que no se merecían te ponen en la picota como a un delincuente medieval. Mira que has vivido alegremente durante decenios sin dar cuenta de nada a nadie. Ni de tus líos, ni de tus gastos, ni de tus vicios, ni de tus ingresos. Nada de nada. La regla de oro del Fasana de turno. Que tu “input” no sepa nunca lo que vale tu “output”, y viceversa. Así se vive bien. Así se vive a lo grande, a costa de los demás. Como un parásito. Pura representación ornamental, nulas obligaciones políticas. Vivir como un rey de opereta entre las ruinas financieras de tu feudo nacional. Bien asesorado, por si acaso.
Pasan los políticos, todos iguales, y tú permaneces, año tras año. Pasan gobiernos y presidentes, y tú te enrocas en el tablero, te acurrucas en la poltrona. Tú a lo tuyo, dale que dale, como buen Borbón. Venga juergas de lujo y placer en la Arabia Feliz de la falocracia. Venga regalías libertinas y derecho de pernada para el Único. Y, cuando ya chocheas, llega el episodio del elefante y la princesa. Dicho así suena a cuento de hadas y no a una de esas comedietas de destape de la Transición. Eso es. Un culebrón grosero para las tardes tediosas de Mediaset. Un sainete zafio.
Y tomas entonces la decisión de tu vida. Ceder el trono a tu hijo como progenitor no gestante, en palabras de la ministra Irene Montero, y todo resuelto. Me hago una cirugía para parecer más joven y serio y reseteo la institución. La opinión pública me aplaudirá con las orejas. Gran mérito del emérito. Saber retirarse a tiempo. Lo del doble cuerpo del rey, la teoría de Kantorowicz, te lo has pasado siempre por el forro de tus trajes suizos. Ni cuerpo doble ni doble de cuerpo. A pelo. Cara dura e impunidad constitucional, la fórmula del éxito asegurado. El rey va desnudo y sin mascarilla. Eso se llama ser inviolable. Se acabó lo que se daba.
A estas alturas de la historia, la monarquía es un insulto a la inteligencia. Que se la queden los nostálgicos del antiguo régimen y la oligarquía castiza. Yo también me inquieto y perturbo a menudo, como Pedro Sánchez, pero uso la literatura y no la ideología como poderoso somnífero para dormir en paz conmigo mismo. El sueño republicano de Pablo Iglesias solo produce flatulencia. Picaresca y esperpento han sido nuestra dieta diaria durante demasiado tiempo. Ya es hora de cambiar de estilo. Quiero una España, si es posible, sin coronavirus y sin corona.

miércoles, 8 de julio de 2020

TELEVISIÓN ESOTÉRICA


Llevo leyendo a Pacôme Thiellement desde que publicó, en 2013, esa supernova del pensamiento y la exégesis de la cultura popular titulada Pop Yoga. Desde entonces hasta hoy no me he perdido uno solo de sus libros, que se cuentan para mí, como los de Laurent de Sutter y Marc Alizart, entre los más excitantes y creativos de lo que va de siglo: L´homme électrique, Les mêmes yeux que Lost, La main gauche de David Lynch, Cinema Hermetica, La victoire des sans roi, Sycamore sickamour, The Leftovers y su reciente relato autobiográfico Tu m´as donné de la crasse et j´en ai fait de l´or. Un pensamiento original y, al mismo tiempo, fundado en el conocimiento exhaustivo de las fuentes antropológicas de la cultura popular y carnavalesca, así como de la cultura pop del cine, la música y la televisión. No estoy tan seguro de que la televisión sea, como él asegura con su sabiduría excepcional y sus carcajadas tronitronantes, un medio gnóstico de conocimiento y participación en los designios del mundo. Pero en sus análisis esta visión excéntrica se vuelve convincente y verosímil. Sus ideas salen de su observación del mundo contemporáneo y la cultura de todos los tiempos y formatos y forman parte, por esto mismo, del mapa cognitivo de ese mismo mundo en una de las fases más críticas de su historia. Discrepamos en algunas cosas y estamos de acuerdo en muchas otras, pero nunca dejaremos de discutir, ay, sobre el valor cultural y artístico de Under The Silver Lake o el cine más reciente de Refn y Tarantino. Nobody is perfect. Ahora Pacôme, como me gusta llamarlo, recoge su ensayo anterior sobre Twin Peaks y lo completa con una exégesis esotérica de la fascinante tercera temporada. Acaba de traducirse al español por primera vez. Thiellement & Lynch: minds meet…

[Pacôme Thiellement, Tres ensayos sobre Twin Peaks, Alpha Decay, trad.: Javier Guerrero, 2020, págs 218]

Todos recordamos cómo Marx proclamó, en pleno siglo XIX, que no era tiempo de interpretar el mundo sino de cambiarlo radicalmente. La consigna mutó, a fines del siglo XX, cuando la transformación del mundo, desde una óptica marxista, se volvió imposible y lo que ahora tocaba era interpretar la cultura. A partir de entonces, el cuerpo de la cultura se convirtió en objeto de escrutinio riguroso, pasando los estudios culturales a sustituir a las revoluciones reales. Agotado ese giro académico, las teleseries se han vuelto el objeto de deseo preferido no solo para los espectadores, que las devoran para rellenar los tiempos muertos y conjurar el tedio de sus vidas, sino para las inteligencias más despiertas del presente.
Y ahí aparece un personaje singular como Pacôme Thiellement, el apóstol de la exégesis televisiva como nueva forma de conocimiento de una realidad donde la televisión es el medio determinante, maestro de la interpretación esotérica de las teleseries como gnosis espiritual del estado del mundo. En estos tres ensayos, Thiellement distingue entre series banales y series portadoras de sentido: series que representan la posibilidad de una televisión “visceralmente poética”, una televisión que “actuaría como un espejo de la psique del espectador” como la literatura, la música o el arte. Eso es “Twin Peaks”, como señala Thiellement: la serie que originó con su éxito y su fracaso simultáneos la edad de oro de las teleseries de la que disfrutamos desde finales de los noventa hasta hoy mismo, cuando quizá estemos asistiendo a su declive.


“Twin Peaks” sería, según Thiellement, el alfa de “Perdidos” y el omega de “The Leftovers”, dos series simétricas sobre las que también ha escrito aplicando los presupuestos dantescos de interpretación. Como Thiellement recuerda al lector, fue el poeta de la “Divina Comedia” quien estableció que las obras profanas podían aspirar a la condición de textos sagrados siempre que la mirada de su receptor se transformara a su vez en artística y las comprendiera en los cuatro niveles de significado: literal, alegórico, moral y anagógico. Así procede Thiellement con las series amadas.
Si asumimos que la obra de Lynch tiene dos caras reversibles, como un LP antiguo: en la cara A, más luminosa, estarían las primeras temporadas de “Twin Peaks” y las películas anteriores, y en la cara B todo lo que dirigió después, tras su abortado final, desde “Carretera perdida” hasta “Inland Empire”. Entenderíamos entonces que la tercera temporada de “Twin Peaks” sería la reescritura de la cara A con los rasgos tenebrosos de la cara B, a saber: un oscurecimiento pesimista de su visión creativa, un rechazo desgarrador de la luz redentora, una inmersión melancólica en el infierno de un mundo capitalista que ha perdido el sentido, condenando a sus habitantes a la miseria, la soledad y la desgracia.
De ese modo, el tránsito de las temporadas iniciales de “Twin Peaks” a la temporada final representa una mutación tanto histórica como tecnológica. Supone el envejecimiento moral de su creador y la degradación del mundo creado, con todas las consecuencias traumáticas para la ficción y sus personajes emblemáticos, y además el deslizamiento de un medio hegemónico (la televisión) a otro (internet). Este aspecto esencial, cuyo análisis abarca casi la mitad del libro (el ensayo titulado “La sustancia del mundo”), revela que esta nueva “Twin Peaks” describe el ingreso de la mente humana en los territorios imaginarios de la era digital, como ya anunciara “Inland Empire”. Y podría leerse, por tanto, como inmersión fantástica en el inconsciente tecnológico de nuestra época. Una alegoría malsana sobre el proceso de digitalización de lo real.


miércoles, 1 de julio de 2020

AJUSTE DE CUENTOS



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Contemos, contemos. A ver si nos salen los cuentos con que nos engañamos a diario. España nunca ha sido un país cartesiano y así nos va. Pero esto de los muertos que no cuentan, o de los muertos que no suman, ya pasa de la raya de lo racional y se convierte en un acto de magia. Prestidigitación contable para encubrir graves errores de gestión. La vida no es una ciencia exacta y la muerte menos. Ahora lo sabemos mejor que ayer y antes de ayer. Las estadísticas mienten. Los muertos no suman, restan, y el rebrote de octubre es más probable que la caída de la hoja. Los chinos son grandes expertos en números desde la antigüedad y también han hecho trampa con los cálculos de fallecidos. Sus combinaciones mágicas les ayudaron mucho cuando transformaron la economía comunista en capitalista sin pasar por el quirófano y ahora han hecho desaparecer a todo el que no contaba.
Los muertos no se levantan para protestar ni los vivos alzan la voz para reclamar justicia. Los historiadores del futuro estudiarán la conducta inepta de los gobiernos occidentales y descubrirán verdades que hoy permanecen ocultas. Cada uno ha ido a lo suyo y eso es lo más penoso de todo. Como la catástrofe de Chernóbil, esta crisis ha evidenciado los fallos garrafales del sistema y la tecnociencia que lo gestiona. El gobierno español minimizó la amenaza para cumplir el programa electoral y cuando la ola gigante le pasó por encima trató de reducir al máximo los costes políticos del desastre. Pasó igual con ZP en la crisis financiera de 2008. Pese a todos los avisos, no podían permitir que un virus de incierto origen les amargara la fiesta ideológica.
Que el gobierno socialpodemita lo haya hecho fatal, con la complicidad de los canales masivos de televisión, no implica que yo crea que el gobierno virtual de PP y Vox lo habría hecho mejor. Al contrario. Lo que más debería preocupar a un votante de izquierdas es ver a los suyos actuar tan mal como la derecha. Con la misma arrogancia falsaria con que Sánchez, el engañabobos de la Moncloa, alecciona a los españoles a olvidar las terribles lecciones aprendidas durante el confinamiento y confiar en él, como si no fuera responsable de lo sucedido. Todos lo son, sin exculpación posible. Pero este país ha decidido pasar página de nuevo, no comerse mucho el coco y creer en la magia cabalística de los números y la mentira retórica de las palabras. Así no vamos a ninguna parte. Dan ganas de hacerse alemán. Las mascarillas son para el verano.

miércoles, 24 de junio de 2020

SOBERANA INTELIGENCIA



[Manuel Arias Maldonado, Nostalgia del soberano, Libros de la Catarata, págs. 190]

        Este libro, no sé por qué, me recuerda a Las Meninas. O, más bien, el dispositivo pictórico de Las Meninas es similar al concepto político y al fenómeno social de los que habla este libro. Como sabemos, en Las Meninas Velázquez se autorretrata pintando un retrato de la pareja real española, el rey y la reina, como escribiría Sender. Estos son excluidos del cuadro y solo aparecen de manera marginal reflejados en un espejo que aparece al fondo de la espaciosa estancia y del cuadro que la describe en toda su amplitud como factoría de producción simbólica…Pero, además del pintor, hay otra figura al fondo de la estancia que se manifiesta como presencia fugaz o pasajera, detenida en el vano de una puerta, un nuevo espectador visible, un curioso personaje ensimismado en la contemplación posterior de la escena desde el punto de vista antagónico al del monarca ausente o el espectador invisible. Observa desde el trasfondo, desde atrás, como si para que funcione el trampantojo o la pantalla visual del poder todo deba volver su rostro al soberano, incluido él que pasaba por allí acaso por casualidad. La posición retrasada en que el cuadro fija a este observador casual es simétrica en su frontalidad a la del espectador y representa su antagonista. Ya no el personaje del espectador fascinado con el mecanismo puesto en escena como imagen de poder, sino el analista desengañado o escéptico que despoja de adornos la representación en curso y deja al desnudo todos y cada uno de sus engranajes sin sucumbir a las ilusiones  que el poder debe poner en marcha para encubrir sus intenciones, medios y fines. Ese lugar crítico es el lugar que quizá ocupe el autor de este libro, si tenemos en cuenta los análisis rigurosos realizados en sus páginas, y también, por qué no, de cada uno de sus lectores. En la alegoría del cuadro, ese lugar desplazado es el de la inteligencia soberana. La inteligencia soberana es esa facultad única, extraordinaria, que ve lo que nadie ve. Lo que está en el cuadro y lo que no, cómo funcionan los reflejos y las imágenes, cuál es la seducción que ejercen sobre el que los mira sin interrogarse por su origen. Ella sola ve, a la vez, la figura real del monarca, plantada frente a su personificación en el espacio exterior al cuadro mismo, y su imagen pintada en el lienzo, con todos los rasgos que permiten reconocerla. Esta figura analítica, implicada en la representación de un modo distinto que los demás, a pesar de todo lo que también tiene en común con ellos, no necesita, como el espectador que somos todos, el reflejo en el espejo para corroborar la presencia real que se manifiesta en el cuadro como ausencia divina. Ve la realidad y el artificio del poder, del Estado, de la política, al mismo tiempo, en planos simultáneos, en dimensiones sincronizadas. Nostalgia del soberano, dice Arias Maldonado que sentimos en estos tiempos de incertidumbre y complejidad. Soberana nostalgia de la inteligencia soberana, más bien.

[Extractos del ensayo en curso Nostalgia de la inteligencia soberana]


Todo este guirigay hipermoderno del que se ocupa Arias Maldonado con erudita inteligencia comenzó con la caída de las narrativas maestras con que la humanidad había intentado dar sentido a su destino terrenal. En principio fue el relato cristiano de salvación metafísica que luego se hizo relato racional emancipador con la Ilustración para convertirse, primero, en epopeya romántica hegeliana y, después, en ficción científica de transformación del mundo e instauración de la utopía marxista. Sobrevivimos ahora entre las lujosas ruinas del último metarrelato de la historia, que no se reconoce tal a pesar de su poderío e influencia sobre la realidad: el relato neoliberal de que la economía capitalista y el desarrollo tecnológico e industrial bastarán para salvar materialmente a los humanos de la miseria y la infelicidad.
Arias Maldonado ha elegido un tema espinoso para poder, al mismo tiempo, desarrollar una convincente reivindicación del liberalismo moderno que desemboca en la fundación de las democracias parlamentarias. Pero la sutileza de su maniobra ideológica consiste en partir de un ángulo original, una perspectiva polémica que le permite designar al antagonista más insidioso de dicho sistema político: el populismo como sentimiento de nostalgia por una forma de poder que realice sin trabas los fines que la política convencional claramente no consigue.
En este sentido, su revisión de la historia de la soberanía resulta tan instructiva como heterogénea, desde Hobbes y Rousseau a Constant, Schmitt o Arendt, demostrando en cada caso cómo el contexto histórico y las circunstancias peculiares de las diversas sociedades determinaron el pensamiento de cada uno de ellos como respuesta o solución provisional a una problemática que iba modulándose conforme pasaban las épocas y sus turbulencias concretas. Los lectores de Arias Maldonado conocemos su afinidad liberal con Hobbes y Constant, pero la reiterada consideración de las ideas de un conservador de la envergadura de Schmitt demuestra que no solo es capaz de afilar su pensamiento en pugna con filósofos dialécticos como Hegel o Marx, sino también con escritores reaccionarios como De Maistre.
En otro capítulo sustancioso discute Arias Maldonado con agudeza sobre la potencia y la impotencia de la política en términos que casi admiten una traslación sexual. La política no es omnipotente, lo sabemos, ni tampoco impotente, faltaría más. Que economice su poder y lo ejerza con prudencia no conduce, sin embargo, a que no pueda nada contra la intromisión dañina de otros poderes, según pretenden los populistas de derecha e izquierda, nostálgicos de una soberanía nacional, mesiánica o carismática, más que dudosa en un contexto globalizado.
La complejidad y pluralidad social y cultural que caracterizan al presente transforman el poder político en labor de vigilancia experta para evitar abusos y excesos nocivos del sistema, como comprobamos en esta renovada crisis económica disfrazada de alerta sanitaria. El populismo es una actitud peligrosa, desde luego, cuando no sirve de voz de alerta contra los males reales que afectan a la gente. Pero la indiferencia elitista ante estos problemas debería ser motivo de preocupación para cualquier defensor de la democracia liberal. Ambos fenómenos se retroalimentan. Y la democracia misma se muestra tan dependiente del mercado soberano, excitando falsas expectativas de felicidad en los consumidores, que habría también que buscarle enemigos íntimos que socavan con sus acciones los fundamentos constitucionales y lo reducen todo a parámetros económicos, publicitarios o tecnocráticos.
El pesimista escéptico que Arias Maldonado recomienda como figura idónea a la situación actual debe considerar todas estas cuestiones con soberana inteligencia, como hace el autor, antes de precipitarse en las facilidades del juicio o el prejuicio.