lunes, 17 de septiembre de 2018

FANTASÍA



[Publicado en medios de Vocento el martes 11 de septiembre]

Cataluña tiene un marrón muy gordo. Desmontar un simulacro es más costoso que montarlo. Y no realizarlo tan nefasto como prometerlo. Los “fistros carolistas” son un escollo aún más peligroso que los “fistros felipistas”. Y que no se entienda este homenaje al cómico Chiquito como un guiño de la Andalucía sociata de los Eres a la Cataluña convergente del tres por ciento. Intento inyectar humor en un tema fúnebre. El problema español, no obstante, es el más grave de todos. Un síntoma de debilidad nacional. Cómo ha permitido el Estado que se construya en sus dominios una fantasía nacionalista de ese calibre. Los responsables del desaguisado debieron creer, con buena fe democrática, que los símbolos, la lengua y las festividades del terruño eran solo vistosa decoración folclórica para el cortijo nororiental. Qué ingenuos.
Se conmemora hoy una efeméride fantasma que no alertó a los líderes de la Transición cuando fue legalizada. Nadie imaginó entonces que esa semilla maldita, regada año tras año con espuma del Penedés y abonada con pagos corruptos, iba a producir esta jungla monstruosa de esteladas y lazos amarillos. No hace falta saquear la Wikipedia para entender qué festejan con tanto bullicio callejero como victimismo político. No es la defenestración de Rajoy, no, sino la caída de Barcelona en 1714 durante la Guerra de Sucesión, ese “juego de tronos” a la española. Por intereses espurios, los catalanes tomaron partido activo por los austriacos, dinastía retrógrada, contra la monarquía borbónica, más moderna. Tres siglos después, los catalanes “ostracistas”, tan cabezones como su líder bicéfalo, siguen celebrando el error como si la derrota reaccionaria fuera una hazaña heroica. Ironía infinita de la historia.
Torra es un pésimo actor, dentro y fuera del escenario. Y no porque no crea en su papel, sino porque se lo cree en exceso. Para que nadie dude de su vocación mesiánica, organiza en el Teatro Nacional de Cataluña una pantomima siniestra en la que predica ante sus fieles un sinfín de falsas bienaventuranzas. Torra es un megalómano y se cree Martin Luther King. Hay que tener la cara tan dura como un pedrusco de Montserrat para atreverse a comparar a los privilegiados contribuyentes de la república catalana de Ikea con los oprimidos afroamericanos. Antes era capaz de reírme a carcajadas con las bromas de la novísima hornada de cómicos independentistas. Pero ahora se han vuelto unos pesados. Sus disparates ya no tienen gracia. Sus monólogos son monsergas de iluminados. Sus apariciones televisivas, chistes para zombis. Y sus manifestaciones, para qué mentir, espectáculos de una cursilería inaguantable. Cataluña no sería mejor sin España, es un infundio, pero el deseo de separarse está haciendo peor a Cataluña. Europa mira para otro lado. A este paso, la Diada se convertirá en la celebración de una derrota real. Y esta vez perderemos todos.

miércoles, 12 de septiembre de 2018

AUTOPSIA DE DAVID FOSTER WALLACE



“Y si algo no ha cambiado es la razón por la que escriben los escritores que no lo hacen por dinero: lo hacen porque es arte, y el arte es sentido, y el sentido es poder”.

-David Foster Wallace, En cuerpo y en lo otro, pág. 78-


   La muerte de David Foster Wallace el 12 de septiembre de 2008 me afectó de un modo que nunca creí posible con la muerte de un escritor admirado. Nadie me ha hecho sentir nunca nada parecido. Nadie que no fuera un familiar cercano o un amigo, se entiende. Eso es lo más extraño. ¿Qué había en la muerte de Wallace que tanto me impresionaba? ¿El modo brutal de desaparecer? ¿El nudo letal escogido para poner fin a una vida repleta de nudos? ¿El ahorcamiento horrible? ¿La soledad extrema del cuerpo al dar el salto definitivo para encontrarse con el vacío que lo obsesionaba desde siempre? Todo eso y mucho más, como suele decirse.
El cadáver de Wallace colgando del techo de su casa californiana es una imagen demasiado potente incluso hoy, 10 años después del acontecimiento. El cadáver bamboleante de Wallace, una de las mentes literarias más brillantes de su tiempo, un auténtico superdotado del pensamiento y la dicción, ha ocupado con su sombra traumática la trastienda de la literatura norteamericana durante esta última década, del mismo modo que antes lo hiciera con su presencia descomunal. Wallace era el gran cartógrafo de la desquiciada conciencia postmoderna en la fase histórica de su hipertrofia tecnocrática. Y vivió en su vida, sin poder evitarlo, las mismas contradicciones de las que acusaba a la cultura a la que pertenecía. Si pudiéramos verlo como una especie de mártir irónico, disfuncional y desengañado, todo el mundo comprendería por qué su literatura fue más sintomática que pasajera. Mucho menos de moda de lo que han querido creer sus detractores más superfluos. La narrativa de Wallace funciona, también, como una traumatología mental del horror cotidiano. La vida en la sociedad del consumo corporativo tuvo en él, desde su primera novela, a su más agudo cronista. Hasta ahí, nada nuevo que añadir al dossier Wallace.
“El mundo es todo lo que ocurre”, escribió Wittgenstein, y esta proposición con la que se abría el Tractatus, que Wallace consideraba una de las “frases de apertura más bellas de la literatura occidental”, bien puede encerrar en su concisión dramática y su aparente impersonalidad todo lo que rodea la muerte del escritor David Foster Wallace y todo lo que se puede decir sobre ella para conmemorarla sin ceder a la tristeza o la melancolía. Esa muerte supone, en cierta forma, un juicio a la literatura en nuestro tiempo. Un fracaso del intento de escapar a un determinismo fatídico. Un terrible símbolo del destino del escritor creativo en una sociedad entregada al cultivo sistemático de lo espectacular y lo divertido, el entretenimiento y la banalidad. La tragedia impresa en el imaginario de una era dominada por el espíritu de la comedia, la amnesia histórica y la tabla rasa cultural. Pero eso no puede ser todo. El cadáver de Wallace, colgando como el grotesco ahorcado de Villon sobre nuestras cabezas durante una década, nos recuerda también la trascendencia de la vida y la irrelevancia del arte, o viceversa, la extraña trascendencia del arte y la irrelevancia de la vida. El peso del creador singular oponiéndose contra la ley de la gravedad de un mundo que ya no lo necesita para realizar sus fines, no al menos en ese estado de ansiedad, verborrea y clarividencia…

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lunes, 10 de septiembre de 2018

MELODRAMA GÓTICO



[Gillian Flynn, Heridas abiertas, Reservoir Books, trad.: Ana Alcaina, 2018 (2006), págs 312]

Termina la serie “Heridas abiertas” y nadie que haya leído la novela de Gillian Flynn en que se basa puede engañarse sobre el truculento desenlace. No es un misterio criminal convencional el que se resuelve entre sus páginas sino un enigma sexual de los llamados primordiales.
Ya en esta primera novela, un melodrama freudiano sobre los peligros del mimetismo femenino ambientado en un escenario católico, sureño y marginal, Flynn parece empeñada en demostrar que hombres y mujeres son iguales en todo: el amor y el sexo, el trabajo y el crimen, los sentimientos y las psicopatías. El corrupto submundo matriarcal donde ingresa la periodista Camille Preaker, narradora y protagonista, al regresar a su pueblo natal y al decadente caserón familiar de su infancia es un nido de pasiones soterradas y malignidad delicuescente presidido por el poder de la odiosa Adora: una abeja reina que transforma en zángano a cualquier macho que se le acerca y en monstruo (auto)destructivo a cualquier niña que se deje seducir por sus mimos venenosos y ardides de bruja. Los rituales madre-hija, practicados de generación en generación hasta la degeneración, inducen patologías que solo se conjuran mediante el crimen y la crueldad.
A Flynn le atraen estas máscaras femeninas de una turbiedad inconmensurable. Y la niña Amma es una de sus criaturas más carismáticas: una Lolita diabólica que personifica la irracionalidad y el sadismo infantil. Una adolescente depredadora predispuesta al mal. El instinto animal domina sus inicuas acciones de diosa consentida. Es un personaje tan fascinante como ambiguo y se percibe el placer morboso de la narradora al observar sus actitudes y estados corporales: merodeando por el pueblo montada sobre patines en compañía de una pandilla de niñatas asesinas, exhibiendo minifalda, muslos y pechos, o vestida con su camisón rosa, jugando en el dormitorio con la casa de muñecas para ser de nuevo la niña de su mamá. Pero Camille no le va a la zaga a su provocadora y maligna hermanastra. Camille porta inscritos a cuchilladas en la piel, como tatuajes del dolor y la pena, los estigmas de cada uno de sus traumas sexuales o familiares, como un entramado lacerante de signos y síntomas que duplica la trama del relato infernal que escribe en primera persona, como un combate contra sí misma, sus demonios, aversiones y fantasmas.


La prosa estilizada y categórica de Flynn posee cualidades especiales, dignas de Poe, Cain, Chandler, Highsmith, Rendell o Ellroy, cuando se regodea en la maldad y la abyección sin caer nunca en la sordidez. Así, tras describir con naturalismo escalofriante la macabra factoría de carne porcina que alimenta y sustenta al pueblo, los efectos demoledores de esta manera de narrar con crudeza se transmiten enseguida a las vidas íntimas de los personajes. La reina madre, las hijas enfermas y el espíritu perverso que las anima a perseverar en el mal y la culpa. El demonio genuino que inspira los horrores y las aberraciones, mentales y físicas, en que viven inmersas.
Como ha dicho Laura Bogart, perceptiva crítica americana, vivimos en una época donde se nos urge a producir discursos positivos sobre las mujeres. En este contexto cultural, necesitamos también que la rabia reprimida de la mujer pueda iluminar visiones más complejas de la realidad. Para evitar críticas morales, Flynn ha elegido el sendero creativo del género policial, donde puede aguzar los clichés como puñales y afilar las rutinas narrativas como bisturíes. La novelista Flynn ejerce como forense del alma y el cuerpo (para ella son lo mismo) de las mujeres de ayer y de hoy. Y de lo que otra Camille, Camille Paglia, llamaría su fuerza ctónica.

viernes, 7 de septiembre de 2018

MEA CULPA



[Publicado en medios de Vocento el martes 28 de agosto]

Con porras y policías torturadores es muy fácil gobernar. Cualquiera lo haría usando la dialéctica de los puños y las pistolas que predicaba el fundador de Falange Española, José Antonio Primo de Rivera, convertido ahora, por decreto, en una víctima más de la Guerra Civil. Mientras Sánchez amenaza con expoliar el sepulcro del dictador, a los bocazas de la derecha mediática les ha dado por contar maravillas sobre la era franquista. Estas recreaciones de la mente nostálgica son falacias. Como la mujer maltratada, el pueblo que sufre violencia y represión acaba agachando la cabeza y resignándose a su inicuo destino, pero no adorando a su verdugo.
Cuando la momia de Franco salga de la tumba no caerá sobre nosotros ninguna maldición, esta tuvieron que soportarla los españoles treinta y seis años, pero tampoco ninguna bendición eficiente, como las que imparte sin cesar el papa Francisco para conjurar el espíritu pederasta que carcome los pilares de su Iglesia. Franco saldrá de nuestras vidas, al fin, y entrará en la historia como un muerto más, transformando el feo santuario de Cuelgamuros en un parque temático consagrado a la fraternidad nacional y su efigie, por qué no, en una máscara de Halloween con la que asustar a los incautos durante la noche de difuntos. Como Hitler o Stalin, Franco es otra de las figuras terroríficas del siglo XX. La personificación local del ejercicio totalitario del poder en nombre de una causa infame. A Franco tampoco le tembló el pulso cuando se trató de exterminar a la población que no comulgaba con el triste ideario nacional-católico. Que la conferencia episcopal no se inmute con la exhumación no es un signo de cobardía, como creen los meapilas de la derecha mediática, sino de culpabilidad y bochorno. Fue la Iglesia, mucho más que el pálido remedo falangista, quien sostuvo al dictador en su trono y potestad desde el inicio de la guerra hasta el fin de sus días.
El pacto de la transición ata lenguas y manos, pero este lío del desahucio de los desechos del dictador ha revelado, acaso sin querer, que en España había muchos más franquistas durmiendo la siesta de los que los sociólogos habían detectado con sus radares ultrasónicos. El decretazo de Sánchez ha servido para destapar esa trama oculta de apologetas del régimen autoritario. Han salido del armario donde llevaban encerrados cuatro décadas, oliendo a cadaverina y a ropa rancia, y ya no importa si Sánchez abusa de la ley para robarle votos a Podemos, limpiar la imagen inquisitorial de España o encubrir sus vicios caseros. Cada país tiene su vergüenza y su dignidad. La política inteligente desactiva una mientras reactiva la otra. Sánchez ha hecho muy bien. Decreto al canto. Para que los nostálgicos se atraganten a pleno sol. Y pa´lante, que ya vamos tarde.

lunes, 3 de septiembre de 2018

V. NABOKOV (y 2): CÁMARA LÚCIDA



[Vladimir Nabokov, Risa en la oscuridad, Anagrama, trad.: Javier Calzada, 2018, págs. 241]

      Entre 1932 y 1933 una revista rusa publicó en París, por entregas, la novela “Cámara oscura” de Vladimir Sirin. En 1933 se publica como libro ruso en Berlín. En 1936 se traduce torpemente al inglés y la firma Vladimir Nabokoff-Sirin. Y en 1938 fue reescrita en inglés por su autor, que ahora firmaba Vladimir Nabokov, asumiendo sin complejos el nombre de su padre muerto, y modificando los nombres de los personajes, además de aspectos relevantes de la trama y el título: “Cámara oscura” se releía ahora como “Risa en la oscuridad”.
            En español, “Cámara oscura” se publicó en febrero de 1951 con el nombre de autor de Wladimir Nabokov-Sirin en la editorial barcelonesa Luis de Caralt, sin tener en cuenta la reescritura de Nabokov, a pesar de los trece años transcurridos desde 1938 (mientras escribo estas líneas tengo delante de mí un desgastado ejemplar de esta edición, herencia paterna, y me resulta altamente irónico que se publicara en una colección de dicha editorial llamada “Colección Gigante”). En Francia, en cambio, llegó a publicarse a finales de los treinta una extraña amalgama de ambas versiones, donde se respetaba el texto original mientras se cambiaban los nombres de los personajes, incorporando los de la versión en inglés más reciente, hasta que en los años noventa se publicó al fin “Risa en la oscuridad” como una nueva novela de Nabokov. Anagrama la publicó aquí como tal en 2000 y, desde entonces hasta ahora, la ha reeditado cuatro veces en bolsillo (2001, 2008, 2011 y 2018). La “Cámara oscura” española está descatalogada desde hace mucho tiempo y solo es posible encontrarla hoy en librerías de viejo o en sus equivalentes en internet.
             Pero si uno maneja ambas novelas, no puede sino realizar una lectura en palimpsesto de una obra que se oculta bajo la otra, o aparece cuando menos se la espera para recordarnos lo que el autor desautorizó para la posteridad, recusando invenciones genuinas, relegándolas al olvido y la invisibilidad, condenándolas a permanecer latentes si los ojos curiosos del lector no las rescataran en el espejo turbio de la versión primigenia. Las permutas nominales o ficcionales, sin embargo, logran transmutar una ingeniosa novela juvenil en una obra maestra. Este aspecto de la novela no es baladí ya que para Nabokov el paso de una novela a la otra supuso un cambio de lengua y un cambio de vida: del Berlín de entreguerras donde el nazismo se iba haciendo tan preponderante que le obligó a exiliarse de nuevo, al París y la Francia anteriores a la ocupación. Dejando de lado los aspectos autobiográficos que le obligaron también a revisar la primeriza versión original, como ciertos peligrosos flirteos de Nabokov con alguna emigrada prestigiosa, lo que es evidente es que mediante la reescritura de “Cámara oscura”, justo antes de escribir y publicar su primera novela en inglés (“La verdadera vida de Sebastian Knight”; 1941), Nabokov cerraría una puerta de su pasado y abriría una nueva que lo llevaría a Estados Unidos, donde se convertiría en el escritor admirable que todos conocemos desde “Lolita” en adelante.
“Risa en la oscuridad”, reeditada ahora, es una inquietante parábola sobre la visión y el conocimiento, la luz de la inteligencia que penetra en la cámara oscura de la mente humana y la ceguera y estupidez emocional del corazón y otros órganos, construida como un melodrama de adulterio y engaño picaresco que acaba trágicamente para su protagonista, como anuncia el narrador omnisciente en las sinópticas líneas iniciales. La historia de amor y muerte del rico esteta Albert Albinus y la joven seductora Margot Peters está hecha con las luces y sombras que se proyectan en una pared desnuda generando con sus trucos y artificios una extraña ilusión de vida. El cine es fundamental en la trama. En la oscuridad de un cine se conocen los amantes, él como espectador casual y ella como acomodadora accidental. El cine alecciona la ambición creativa de Albinus. Y el cine y sus fantasías nutren la cabeza de la vanidosa Margot hasta que se estrella queriendo ser una estrella de la pantalla que la rechaza con la misma fuerza con la que ella, como actriz fracasada, abraza a su cínico amor, el dibujante y vividor Axel Rex.
El cine determina a su vez la doble estrategia novelesca de Nabokov. Al tiempo que satiriza la excesiva influencia social del cine, el poder de este arte para apoderarse y corromper la imaginación e ingenuidad de los espectadores, antes, durante y después de la proyección, Nabokov se apropia con maestría de sus técnicas de montaje más efectivas, confiriendo a la narración un ritmo elíptico y sincopado que agiliza la transición entre sus episodios principales. Entre otros muchos ejemplos, las escenas simétricas cuando Albinus, loco de deseo, antes de devenir su amante, busca en vano el cuerpo sensual de Margot por toda la casa familiar y fantasea con su presencia furtiva y cuando, ya ciego, vuelve al mismo lugar decidido a matarla, solo podrían ser concebidas por una mente literaria impregnada de los recursos cinemáticos que renovarían la forma narrativa en el siglo XX.
La oscuridad y la risa son metáforas que orientaron la reescritura nabokoviana. La oscuridad romántica de las pasiones humanas, con el amor ciego a la cabeza, así como el melodrama de la ceguera y la muerte. Y la risa de la inteligencia y la maldad: la ironía estética del novelista, regada con generosas dosis de crueldad cervantina, y el sarcasmo del artista impostor que se burla de los deseos sexuales y pretensiones elitistas de Albinus. Este pícaro Axel Rex es uno de los canallas más brillantes de la galería de infames conspiradores que saturan las grandes ficciones de Nabokov para torturar la inocencia innata de personajes y lectores.
En cualquier caso, el salto cuántico dado por Nabokov a partir de “Lolita”, al incorporar su creativo sentido de la ficción al mundo norteamericano, demuestra que las novelas rusas o berlinesas, por excelentes que sean, fueron solo un campo de exploración inicial, una exigente preparación para uno de los más grandes acontecimientos literarios de la segunda mitad del siglo XX.

lunes, 27 de agosto de 2018

V. NABOKOV (1): LOLITA INMORTAL


[Vladimir Nabokov, Lolita, Anagrama, trad.: Francesc Roca, 2018, págs. 389]

A pesar de las dos Alicias, a pesar de Peter Pan, a pesar de todos los pesares pedófilos y la pederastia galopante, Lolita es el mito genuino de la era neovictoriana y la cultura infantilizada…

Abandonemos todos los prejuicios. Actuales o antiguos. Si no, es imposible hablar hoy de “Lolita”, una obra fabricada por su autor con género delicado o escandaloso y supremo virtuosismo artístico. Este agosto se cumplen los sesenta años de la primera y exitosa edición norteamericana (solo tres años posterior a la editio princeps parisina), durante el llamado “verano de Lolita”, de la novela magistral que cambió para siempre la visión de la infancia y el abuso infantil que tenían los adultos.
Todo escritor inventa un objeto de deseo para poder escribir la obra que consuma su relación. Este personaje imaginario, una suerte de fantasma afrodisíaco, es el que lo guía como una obsesión a lo largo de las distintas estaciones del proceso creativo. Si Dante y Petrarca eligieron a sendas niñas (Beatriz y Laura) como pretexto amoroso para elaborar obras fundacionales como la “Divina Comedia” y el “Cancionero”, Nabokov asumió, en un doble juego especular, la máscara romántica de Humbert Humbert, pedante pedófilo y narrador nada fiable, para plantearse la verdadera ecuación estética y sexual que inquietaba a su cerebro. Nabokov tradujo al ruso la “Alicia” de Carroll con tanto amor, hacia la literatura que contenía y la lengua en que estaba escrita, que acabó escribiendo “Lolita” para desentrañar el misterio freudiano de ese amor excepcional: el amor de la niña maravillosa y la inteligencia andrógina cifrado en los jeroglíficos ingleses del texto carrolliano. Y se le ocurrió escribir este libro memorable que palpitaba en su cabeza desde hacía años (desde los tiempos de sus devaneos equívocos con algunas alumnas especiales del Wellesley College) para albergar esta idea delirante: qué pasaría en el mundo si el “Sombrerero Loco” (encubriéndose bajo la máscara psíquica de Poe) cortejara y sedujera a la juguetona Alicia con el consentimiento inicial de la niña impúber.
“Lolita” no es, por tanto, la historia de amor de un adulto y una niña, ese horror derivado de la necesidad patriarcal de controlar la virginidad y la reproducción, sino la historia de toda una corriente artística de una cultura como la occidental tan fascinada con la inocencia como con la experiencia, tan sublime e idealista como realista y pragmática. Nabokov, un escritor demasiado inteligente para su tiempo y quizá también para el nuestro, antepuso a la narración central de los amoríos transgresores del poeta y profesor emigrado Humbert Humbert y la nínfula Dolores Haze un prólogo tranquilizador, firmado por un apócrifo doctor en Filosofía (John Ray, JR.), donde informaba sobre todo lo que necesitaba saber el lector desde el principio para emprender una lectura sin riesgos y establecer los fundamentos del peligroso juego literario (“Un juego de placer como el sexo y casi tan vital. Un juego mental como el ajedrez y casi tan letal”, como escribía Cabrera Infante celebrando el vigésimo aniversario de la “Lolita” de Kubrick). Todos los protagonistas de la tragedia están muertos, así que la truculenta representación carece de consecuencias reales. John Ray, el prologuista fariseo y falsario, es la máscara performativa con que Nabokov se coloca del lado de la ley y la moralidad vigentes para contar después su polémica historia con total libertad e impunidad, situándose en una perspectiva narrativa más allá del bien y del mal, el único lugar posible para la literatura de ficción, digan lo que digan los moralistas (vetustos o mileniales).
Con ironía infinita, el narrador nos advierte, desde el primer capítulo, que “siempre puede uno contar con un asesino para una prosa elegante”. Nabokov anuncia así un programa novelesco donde el demente Humbert Humbert tendrá licencia literaria para cometer todos los crímenes que la prosa permite, abusando de la retórica y el ingenio, los maliciosos juegos de palabras y los plagios descarados, las parodias bufonescas y los acertijos narrativos, antes de morir encarcelado por el asesinato de su doble mental, el famoso dramaturgo Clare Quilty, que le roba a Lolita para prostituirla después en su rancho bohemio y de quien ella, sin embargo, está perdidamente enamorada. Así que “Lolita” es también un perverso inventario de los abusos verbales del tándem Nabokov-Humbert con la promiscua lengua de Shakespeare. A esto aluden las líneas finales al hablar del refugio y la inmortalidad del arte.
Otro aspecto fascinante de la novela es su descripción hiperrealista del paisaje americano de la época: el primer trampantojo pop de la América de la sociedad de consumo escrito por un representante elitista de la decrépita alta cultura europea. Esta dimensión estética transforma “Lolita”, como ratifica la espléndida película de Kubrick, con brillante guion del escritor, en la crónica del final de la dependencia de Estados Unidos respecto de la cultura europea y el comienzo de la fascinación de los europeos por la vulgaridad comercial y vitalidad filistea de la cultura de masas americana, de la que la nínfula Lolita (“minibovary en minifalda o bañador”, como la describe Julián Ríos), consumidora activa de sus productos más banales, y la novela “Lolita”, éxito masivo e icono mediático, son hitos y mitos inmortales.

viernes, 24 de agosto de 2018

MENOS PELÍCULAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 14 de agosto]

Como las películas del verano no son gran cosa, más vale fijarse en otras películas que nos asaltan desde la pantalla de la realidad. Nos guste o no, la “uberización” del mundo es un fenómeno imparable y la violencia de los taxistas apenas si puede frenarla. Este nuevo mundo de relaciones necesita nuevas regulaciones acordes. Mientras tanto seguiremos prisioneros de políticas anticuadas. La doble condición de lotero y taxista de uno de sus líderes más agresivos me recuerda el pacto laboral del franquismo con las clases populares. Lotero y taxista es un título nobiliario digno de ese populismo franquista que Azcona y Berlanga no se cansaron de denunciar con humor negro. No falsifiquemos nuestro pasado menos ilustre y así, cuando el cadáver de Franco sea desahuciado de Cuelgamuros, podremos comenzar a mirar al futuro sin avergonzarnos.
Otra película de terror actual es la inmigración. La Europa de los mercaderes se blinda contra la invasión africana y España pretende combatir, aliándose con Francia y Alemania, la xenofobia de otros socios privilegiados del club. No sé qué bando ganará, pero los que pierden a diario son toda esa gente desesperada que en cuanto posa un pie en una playa andaluza sueña con un paraíso de derechos y riquezas que no existe ni para los nativos. Muchas almas generosas se desgarran por el drama humano de la inmigración, pero pocos se preguntan por qué la Europa tecnócrata no evita el expolio que está destruyendo el continente donde nacieron nuestros primeros ancestros. Europa no supo detener la masacre bosnia y no sabe gestionar la catástrofe africana en su origen. Cuando hombres, mujeres y niños cruzan las fronteras pidiendo asilo no se convierten en un problema por querer disputarnos nuestros privilegios, como dicen los políticos más desalmados. Los inmigrantes ilegales son un problema porque nos recuerdan nuestra responsabilidad en el desastre en que vive sumida hoy la población africana.
            Estoy harto de películas biempensantes. Este país padece un mamoneo insostenible y los inmigrantes ni se lo imaginan. Tener o no tener un grado o un doctorado es tan irrelevante, en el fondo, que mucha gente lo obtiene por enchufismo. Pero quien lo obtiene por medios legales tiene serios motivos para sentirse engañado frente a quienes lo adquieren por la cara o el carné, como los puestos y los cargos asociados. Me da igual la afiliación, pasa en todos los partidos. Y en la universidad pública y en instituciones de cuyo nombre prefiero ni acordarme. Apenas hay diferencias en esto de la corrupción y prevaricación sistémicas, aunque parezca haberlas en otros asuntos, como la inmigración. Y así nos va en el contexto global.  Como no cambiemos, el exigente porvenir nos pondrá en muy mal sitio. Conozco algunos remedios caseros. Más estudio, más méritos, más esfuerzo y, por favor, menos películas.