martes, 14 de mayo de 2019

REVOLUCIÓN



Así habla la contraportada de Revolución, la contrarrevolución:

33 capítulos. 33 días narrados en primera persona por Gabriel Espinosa. 33 etapas de un descenso –o acaso ascenso– a la locura o a la lucidez total, en un recorrido que va de «El aburrimiento. El deseo insatisfecho» a «El futuro. El tiempo de la libertad absoluta. El tiempo de la revolución».
Espinosa, investigador de una universidad, realiza peculiares experimentos, para los que capta por la calle a mujeres a las que les pide que le cuenten sus fantasías eróticas. Está casado con Ariana, de la que sospecha –con razón, según todos los indicios– que le engaña. Y tiene tres hijos, dos biológicos, los gemelos Sofía y Pablo, y un tercero, Aníbal, adoptado y superdotado. Este último muestra una inusitada afición a observar por internet a un transexual californiano y a seguir la agonía de un erizo a través de los vídeos que cuelgan sus desalmados torturadores.
Conforme avanzan los días, lo cotidiano se va tornando alucinatorio y esquizofrénico: Aníbal desaparece, acaso secuestrado por una secta pedófila obsesionada por los niños superdotados, y van haciendo su aparición un variopinto repertorio de personajes estrambóticos como Freddy el fauno, el doctor Drax, un ente –¿divino?– llamado Madre o Abraxas, mientras se producen sacrificios humanos y reencarnaciones en forma de… erizo.
Revolución es una novela insurrecta, transgresora, provocadora, golfa, lisérgica, esotérica, mística, pornográfica, trastornada, perturbadora y sobre todo arrolladora. Un engranaje narrativo que fluye con un ritmo frenético y extático, y funciona con la precisa lógica del delirio. Una aventura literaria deslumbrante que atrapa al lector en las seductoras y perversas redes de la ficción.

«Juan Francisco Ferré resquebraja las corrientes de la narrativa española contemporánea» (Xavi Ayén, La Vanguardia).

lunes, 13 de mayo de 2019

CERO NO SER



[Hélène Cixous, El Vecino de cero, Shangrila, trad.: Mariel Manrique, 2018, págs. 82]

La escritura de Hélène Cixous es intraducible. Ya lo dijo Jacques Derrida y se mantiene sea cual sea la lengua a la que se intente trasladar la singular relación pasional de la escritura de Cixous y el cuerpo a cuerpo con la lengua francesa y el fetichismo de sus unidades gramaticales. Cixous le hace el amor al francés y este le devuelve ese gesto erótico en altas dosis de belleza e inteligencia. No por azar, Cixous prologó con entusiasmo una creativa versión francesa del dúo de textos más extravagante de la literatura inglesa: “Alicia a través del espejo” y “La caza del Snark” de Lewis Carroll.
El “cero” del título alude al gran Samuel Beckett, el escritor irlandés que se parecía a una escultura andante de Giacometti. Cixous, que se doctoró escribiendo sobre Joyce, escribe en este hermoso libro sobre el único escritor que realizó una gesta imposible: ir más allá de Joyce. Trascendiendo su lengua babélica, Beckett es el escritor que esculpió en el silencio y la oscuridad una lengua literaria resplandeciente y nueva. Obligó a la literatura a regresar al agujero, la madriguera, el vientre materno. La extraña literatura de Beckett es la del ser que no ha nacido, la criatura que se resiste o niega a nacer y, por tanto, no nace al lenguaje. Y si usa este lo hace por espasmos y balbuceos, de manera abortada o fallida, como si tuviera que expresarse al mismo tiempo que aprende con dificultad las reglas de la lengua con que aspira a hacerlo. Con Beckett, como dice Cixous, la representación teatral pasa del escenario a la cabeza, al interior del cráneo, y la escena se transforma en un residuo de esa representación mental donde el yo del autor-demiurgo se niega a sí mismo, se impone la inexistencia, como en “No yo”, la obra beckettiana más amada por Cixous. Ese no-teatro es un teatro de la negación: teatro negativo y negativo del teatro.
Cixous se instala en la vecindad de la voz de Beckett, arrima su voz a la del maestro, busca su complicidad, hace suyas mediante la cita o la reescritura las sutilezas del tono y la multiplicidad de sus voces y ecos, y de ahí extrae toda la fuerza que le permite adentrarse en un discurso tan difícil como evasivo. La escritura sinuosa de Cixous halla en la homofonía francesa uno de sus recursos brillantes para enunciar un pensamiento que se registre en una dicción irrepetible. Esta traducción señala a menudo la originalidad de las expresiones con que Cixous acierta a declinar su relación con Beckett. Esa relación se funda en una doble intimidad: la intimidad intelectual con la obra del autor y la intimidad con las palabras con que esa obra logra existir a pesar de todo y las palabras con que se expresa esa intimidad de lectora y comentarista.
Gracias al estilo y el pensamiento, este libro se vuelve inclasificable. Ni un ensayo al uso, ni un comentario académico, ni una ficción biográfica ni tampoco una evocación convencional. Como dice Cixous sobre su escritura con un juego verbal ingenioso: yo digo hacer (“je dis faire”) y yo difiero (“je diffère”). O lo que es lo mismo: yo hago de mi escritura un hacer que se dice y se hace en el decir, un acto performativo cuyo fin último es alcanzar al lector, y yo difiero ese acto al infinito, lo suspendo en su diferir, lo hago diferente de otros y, de ese modo, lo digo y lo hago como nadie en ninguna otra lengua del mundo.

martes, 7 de mayo de 2019

ATEÍSMO(S)



[John Gray, Siete tipos de ateísmo, Sexto Piso, trad.: Albino Santos Mosquera, 2019, págs. 228]

Dios ha muerto, sentenció Nietzsche, y resucitó poco después bajo múltiples apariencias. Dios eliminó antes a sus rivales politeístas al proclamarse el único dios verdadero. Los dioses paganos se murieron literalmente de risa, como dijo Klossowski, el discípulo más sadiano de Nietzsche. Es por eso que no se me ocurre un libro de lectura más pertinente en estas fechas especiales del calendario que este iluminador ensayo de Gray sobre la cuestión esencial de la divinidad. En Semana Santa, precisamente, se pone a prueba lo que define el marchamo mediterráneo de la creencia católica. La fascinación pasional y el culto fervoroso a las imágenes del culto no encuentran su fundamento en la existencia necesaria de un ser superior, una divinidad única.
Como anunciara Nietzsche, el ateísmo solo puede analizarse una vez que la sentencia de muerte contra Dios ha sido ejecutada con todas las consecuencias, no todas beneficiosas. Gray, un lúcido analista del presente, con su lote de falacias e infundios, es también un gran conocedor de la historia y la cultura humanas. En ensayos anteriores, donde abordaba cuestiones trascendentales como el progreso, la libertad, la mortalidad, la animalidad, la conciencia, la utopía o el humanismo, ya había establecido una posición intelectual igualmente incómoda para conservadores y progresistas. La conciencia convierte al humano, como creía el novelista Conrad, en un animal fallido, incapaz de disfrutar de la plenitud vital que nace del hecho de identificarse con lo que uno es desde el principio, sin mediaciones tecnológicas, simbólicas ni lingüísticas.
El problema del ateísmo se plantea, pues, como conclusión a estas especulaciones y clausura posible de un sistema de pensamiento escéptico, que no pretende basar su ideario ni en la creencia absoluta en Dios ni en su negación radical, partiendo de la tesis de que “ateo es alguien para quien la idea de una mente divina creadora del mundo no tiene utilidad ni sentido alguno”. Para delimitar el marco de las complejas relaciones de la mente humana con la divinidad, Gray escoge siete especies ateas de filósofos y escritores. De todas estas visiones de Dios, Gray considera inaceptables, por diversas razones, las cinco presentadas en primer lugar y retiene, con diferentes matices, ciertos argumentos de las otras dos.
Las peores especies de ateísmo son, según Gray, las que han sustituido a Dios por el endiosamiento de la humanidad y la fe ciega en el progreso. El humanismo laico y las ideologías totalitarias (nazi-fascismo, comunismo) que han causado tanto dolor y destrucción como el cristianismo al imponer su credo mediante el poder y la violencia. Otra especie de ateísmo es la visión gnóstica de Sade, que concibe a Dios como un demiurgo maligno. O la que pretende suplantar la mitología religiosa por la pura ciencia.
Lo irónico de Gray, en su análisis crítico de Nietzsche, a quien caracteriza como un feroz exaltado contra el platonismo religioso, es que le atribuye el mérito de haber diagnosticado (en un parágrafo de La Gaya Ciencia) el declive de la fe en el dios cristiano y el triunfo del ateísmo científico causados por la moral judeocristiana y su relación ascética con la verdad. A los incisivos postulados de Nietzsche, Gray prefiere, de modo harto discutible, el panteísmo ético de Spinoza, el existencialismo místico de Shestov, la serenidad descreída de Santayana o la distancia contemplativa del genesíaco Schopenhauer, defensor de una divinidad inmanente a los fenómenos del mundo.
Gray concluye su brillante ensayo advirtiendo sobre los peligros del tiempo contemporáneo donde la técnica progresa sin fin, como el capitalismo y las fantasías poshumanas, mientras las religiones resurgen bajo sus disfraces más terribles, como negación de la vida en pro de divinidades sedientas de sangre.

viernes, 3 de mayo de 2019

PORNOGRAFÍA


 [Saskia Vogel, Soy una pornógrafa, Alpha Decay, trad.: Núria Molines, 2019, págs. 206]

I’ve always preferred the company of people who navigate by the stars of their desires, unafraid to identify and pursue what they want, willing to question what they’ve inherited and are offered. Borrowing from Camille Paglia, let’s call these people pornographers; to be alive to the sexual energy all around us is a kind of pornographic vision. Seeing the world through this lens makes clear just how fraught our society’s relationship to sex is. The pornographic lens—and with it pornography—chronicles a society’s sexual dreams and anxieties. Our relationship to pornographic material today speaks to how little we value lust as a force for creativity, knowledge and insight. They say we get the porn we deserve.


En esta provocativa novela se invierte, por una vez, la relación de primacía entre texto original y texto traducido y se revelan las dificultades culturales en un sentido opuesto al habitual. El título inicial de la novela figura al frente de la portada de la traducción española, invitando al lector a adentrarse con morbo en sus páginas como entre sábanas húmedas en pos de experiencias sexuales alternativas y un sentido de la vida nada convencional. Por el contrario, el título con que se conoce la novela de Vogel en Estados Unidos es “Permiso”, como si la pudibundez puritana que achacamos a la cultura americana impusiera la imposibilidad para una debutante de ser tomada en serio si se atreve a rotular su libro con un concepto tan escandaloso.
No es una cuestión accesoria. Una escritora audaz ve frenado su refrescante impulso en su lengua nativa mientras encuentra en el disfraz español la descarnada verdad de su discurso. La desnudez de una prosa sugerente que describe el sexo como un vestido de moda o una segunda piel que una mujer puede ponerse o quitarse a voluntad, en presencia de lectores y lectoras que entenderán su gesto libertino como un espectáculo escenificado para la inteligencia de la realidad más oscura y escabrosa. El laberinto libidinal de deseos y placeres de un personaje anfibio que, como canta Britney Spears, ídolo pop de Echo, la protagonista y narradora, no es niña y tampoco mujer.
La narración es vista en su totalidad, desde la muerte iniciática del padre, desaparecido en el océano tras caer por un acantilado, hasta la unión final de la actriz angelina Echo con su amante Orly en la playa rebosante de vida orgiástica, con una lente pornográfica: una lente que elimina el maquillaje moral para exhibir la vitalidad y brutalidad del arcaico vigor de la naturaleza, como la llama Camille Paglia. Una fuerza animal asociada a las máscaras eróticas de lo divino femenino, del que la fascinante dominatriz Orly es una potente encarnación, dueña absoluta de sus deseos, maestra sexual y corporal, y manipuladora de los afectos y goces de los otros. Paglia es, precisamente, la influencia intelectual más notoria de Vogel, lo que garantiza una visión del sexo femenino tan exuberante como exenta de culpa o resentimiento. Una afirmación solar del poderío otorgado al sexo de las mujeres que estas pueden explotar contra la cultura patriarcal, con seducción y coquetería, para sobrevivir a su voluntad de dominarlas y someterlas a sus valores familiares y domésticos. 
El pensamiento pagano de Paglia insemina toda la novela, desde el epígrafe que inspira su título, extraído de un texto incluido en “Vamps & Tramps” donde Paglia denuncia el regreso del puritanismo disfrazado de corrección política, hasta la filosofía que impregna el viaje existencial de Echo hacia la madurez y el amor. Un trance repleto de transfiguraciones y metamorfosis carnales, como la vibrante escena del primer encuentro íntimo de Echo con la hechicera sexual Orly, digna de David Lynch. Los presupuestos fundamentales de tal filosofía los resume Paglia en estas contundentes palabras: “La pornografía muestra la oscura verdad sobre la naturaleza, disimulada por los artificios de la civilización. La pornografía trata de la lujuria, nuestra realidad animal que nunca será completamente domada por el amor…La pornografía nos permite explorar nuestro yo más profundo y prohibido…La pornografía permite que el cuerpo viva en gloria pagana, la lujuriosa y desordenada plenitud de la carne”
Así Orly, así Echo: las dos caras visibles de su pornógrafa autora.
Para encontrar una literatura sobre el Eros femenino de esta valía ética y estética tendríamos que remontarnos, entre otras, a la subversiva y precursora “Mesalina” de Alfred Jarry, las fábulas amorales de Elfriede Jelinek o las explosivas autoficciones punk de Kathy Acker y, en las últimas décadas, la autobiografía lúbrica de Catherine Millet, las novelas líquidas y viscosas de Charlotte Roche y los relatos irreverentes y crueles de A. M. Homes y April Ayers Lawson. Demostrando, una vez más, por si hiciera falta, que el mejor arte, como dice Paglia, es siempre pornografía. Pornografía sensacional.

lunes, 29 de abril de 2019

MONSTRUOS, COYOTES, GORILAS Y OSITOS DE PELUCHE



[Donna Haraway, Las promesas de los monstruos, Holobionte ediciones, trad.: Jorge Fernández Gonzalo, 2019, págs. 301]

Ya no hay marcha atrás. La tecnociencia es el régimen de lo contemporáneo. Un mundo donde la frontera entre ciencia-ficción y realidad social, como dice Haraway, se ha colapsado creando un ecosistema tan monstruoso como fascinante. Haraway, eminente científica y teórica, lleva más de treinta años enseñándonos el camino para liberarnos de los dualismos culturales que frenan el devenir revolucionario del nuevo milenio: hombre y mujer, humano y animal, naturaleza y cultura, ciencia y sociedad, occidental y no occidental, etc.
La doctora Haraway es bien conocida por haber acuñado el concepto “ciborg”, en un famoso manifiesto, para definir la subjetividad posmoderna más allá de géneros o razas. Blancos y negros, asiáticos e indígenas americanos, mujeres, hombres, intersexuales o transexuales, todos acogidos a esa categoría múltiple que explica la compleja inscripción del cuerpo y el cerebro de los sujetos en las sociedades de avanzada tecnología del siglo XX.
Esta magnífica colección reúne cuatro de sus ensayos más influyentes y una instructiva entrevista. En “La promesa de los monstruos”, el más extenso y programático, aboga por una redefinición de la idea romántica y humanista de la naturaleza, la técnica, la cultura, los sexos y las razas a fin de alcanzar un conocimiento de la realidad que permita “cambiar los mapas del mundo, construir nuevos colectivos a partir de lo que no representa más que una plétora de actores humanos y no humanos”. Estos actores incorporan humanos y animales, pero también máquinas, es decir, una remediación de la vida a través de la tecnología que erradique los antagonismos y barreras que nos impiden habitar la Tierra. Así llama Haraway a ese “lugar-otro” donde las distancias y distinciones entre seres y artefactos son abolidas. Es la promesa de futuro contenida en la existencia de los monstruos: los seres naturales y artificiales que conviven en interacción promiscua compartiendo el mismo espacio, real o virtual.
En sus libros, Haraway sostiene una crítica rigurosa de la razón científica y su mirada distorsionada sobre el mundo, demostrando que la “verdad objetiva” es una ficción tan arbitraria como otras ficciones de la cultura que, al menos, reconocen su condición de tal. Para Haraway toda ciencia es ciencia-ficción en la medida en que sus especulaciones sobre la realidad se sustentan en tesis previas cuya primera causa es puramente ideológica. La ciencia, en la visión feminista de Haraway enunciada en “Testigo_Modesto@Segundo_Milenio”, es la quintaesencia de la mentalidad y la mirada masculinas en su relación agresiva con la naturaleza y lo femenino. Y sus experimentos, por tanto, no solo tienen detrás una historia patriarcal, sino que revelan una práctica altamente sospechosa de sexismo, racismo y maltrato animal. Y en “Conversaciones de otro mundo” defiende una relación productiva con el animal como experiencia de la otredad.
En “El patriarcado del osito Teddy” aborda la perversa relación de los mitos y valores del patriarcado declinante a principios del siglo XX con la explotación de la fauna africana (gorilas y elefantes, sobre todo) por parte de aquellos miembros masculinos (y alguno femenino) del mundo científico y el capitalismo monopolístico que fundaron el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. El pretexto de los agudos análisis de Haraway, nutridos de un feminismo sagaz, es la extraordinaria biografía de Carl Ethan Akeley, el taxidermista infatuado de naturalista, cazador y fotógrafo, cuya mayor creación fueron los impresionantes dioramas de ese museo popular y, muy especialmente, el célebre “Salón africano”: una instalación artística donde se proporciona al visitante, como en las novelas de Raymond Roussel, no solo instrucción científica sino una reproducción realista de la exótica fauna y flora africanas recurriendo a las prodigiosas técnicas de la pintura, la escultura, la iluminación y la taxidermia.
La mayor parte de los especímenes allí expuestos (como el fabuloso gorila macho de “El gigante de Karisimbi”, precursor de King-Kong) fueron cazados en las expediciones que el propio Akeley organizaba periódicamente con el fin de abastecerse de animales espléndidos para ocupar esos escaparates espectaculares y mostrar a los visitantes la belleza de la naturaleza, esa madrastra aristotélica. (Para Akeley la era de los Mamíferos había pervivido en África más que en otros lugares de la Tierra y era obligación del hombre salvarla de la amenaza de su destrucción a través de la taxidermia, la fotografía o el cine.)
De las pinturas parietales de Altamira o Lascaux hasta los hábitats simulados del Museo de Historia Natural, la razón es idéntica: los humanos han sentido siempre una extraña atracción por el mundo animal al que pertenecieron un día en condiciones de igualdad y del que viven separados por una extraña pantalla de tabúes y mitos llamada cultura. Así, cada vez que alguien mira con ternura un oso de peluche debería recordar que detrás de su génesis, más allá de la anécdota original con Teddy Roosevelt, está la idea de que la vida artificial vale más que la vida natural, o tiene más futuro, porque desconoce la muerte y la putrefacción.
En todo su pensamiento, sea cual sea la cuestión abordada, la ciencia-ficción es inspiradora para Haraway como ficción que abre la ciencia a las infinitas posibilidades de la realidad y también como medio de expresión metafórica. Así lo muestra esta reflexión, perfecto sumario del ambicioso ideario de la autora: “El chip, el gen, la bomba, el feto, la semilla, el cerebro, el ecosistema y la base de datos constituyen los agujeros de gusano que lanzan a los viajeros modernos hacia los mundos contemporáneos”.

viernes, 26 de abril de 2019

URNAS Y TRONOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 23 de abril]

Comienza la campaña electoral y termina “Juego de tronos”, es como una profecía, me dice por teléfono una amiga entusiasta muy atenta a las paradojas del destino y las sincronías del devenir, así las llama con pedantería profesional. Azares de la actualidad, prefiero llamarlas yo. Tronos y urnas, urnas y tronos, es lo que nos queda, pasada la Semana Santa, hasta finales de mayo. Más que una profecía parece una maldición. O una pesadilla como la que tuve anoche. Tras una serie de episodios confusos, soñé que votaba a Vox. El terror me despertó. O eso creía. Sudaba como un candidato durante un mitin multitudinario en una plaza hostil o un nazareno bajo la túnica. Me palpé el cuerpo desnudo con prevención y luego la cara. La barba me delataba. El demonio de Abascal se había apoderado de mi voluntad y me forzaba a hacer campaña a su favor. Recurría en vano a la Junta Electoral Central. Nadie me daba la razón. La libertad de expresión es sagrada. Y Abascal ganaba las elecciones. Cuando desperté, Sánchez resistía en la Moncloa urdiendo alianzas impensables con socios imposibles. Con todo, respiré aliviado.
Decía Nietzsche que en las épocas más interesantes y locas de la historia los comediantes eran los amos. Es la fuerza inapelable de la democracia. En esta era espectacular, sin embargo, nuestros histriones políticos se vuelven puritanos y les entra el pánico a perder votos, negándose a actuar como bufones en el plató, sin miedo al ridículo ni a las críticas. De ahí la espuria polémica de los debates encadenados. Duplicar debates es obligar a los electores a sentir sobre sus hombros la carga insufrible de la política partidista. El peso doble de una campaña sin ideas, repleta de discursos vacíos y acusaciones falsas. Y lastrada, para colmo, con una obsesión enfermiza por los pactos poselectorales.
Vivimos tiempos extraños. Arde Notre-Dame como una pira medieval y el causante no es el fuego de los dragones de Daenerys, ni el Apocalipsis, como proclaman las redes sociales, sino una subcontrata catastrófica aliada con la mezquindad del erario público. El culebrón del Brexit acabará con Theresa May, pero no tendrá un final fácil. Trump tiembla por las enésimas revelaciones sobre la conexión rusa, pero nadie encuentra la manera de destronarlo. El fin del mundo no será televisado. La revolución tampoco. Estamos condenados a la comedia infinita y el círculo vicioso. Al menos podemos alegrarnos de que termine “Juego de tronos”, una teleserie masiva que es un espejo metafórico de la lucha encarnizada por el poder en cualquier época o sistema. Tras una campaña interminable, nos merecemos un largo descanso. Y el escenario probable de que las elecciones no resuelvan nada es una pesadilla. Una pesadilla infernal, como la historia, de la que no sabemos aún cómo despertar.

lunes, 22 de abril de 2019

COSAS PODRIDAS


 [Ryu Murakami, Azul casi transparente, Anagrama, trad.: Jorge G. Berlanga, 2018, págs. 143]

            Cosas podridas es lo que devora el protagonista y narrador, Ryu, homónimo del autor, en esta fascinante novela que ha alcanzado un estatus mítico y no solo en la literatura japonesa. Cosas podridas, sustancias degradadas, decadencia inyectable: esa es la materia infecta con la que Murakami el oscuro esculpe su primera novela basada en sus experiencias juveniles en la ciudad de Fussa. Los sueños existenciales y pesadillas nihilistas de una generación de japoneses que creció a la sombra de la cultura de los vencedores.
En los setenta irrumpe una generación de escritores, a la que pertenece Murakami, nacida en los cincuenta y educada bajo la poderosa influencia de la cultura americana. La cultura extranjera impuesta por decreto como terapia contra las ínfulas imperiales y la violencia militar de la cultura tradicional. Cuando esta novela se publica en 1976, Tanizaki y Kawabata son historia, Mishima es un fantasma incómodo y Kenzaburo Oé el adalid moral de la literatura japonesa. El gran Oé, por cierto, escribió en términos despectivos, aunque luego se desdijo con respecto a Murakami, de la decadencia de la literatura nacional encarnada por esta novísima camada de “jóvenes japoneses que vivían una moda subcultural en una urbanizada cultura de consumo”.
Pronunciar la palabra decadencia produce sarpullidos en el intelecto de numerosos críticos y lectores como el fármaco contra el cáncer en la piel de la abuela moribunda de Ryu. La decadencia es la explicación social, política e histórica al fin de las ilusiones generado tras los años sesenta y la lucidez intolerable que nace de observar el país desde una posición de distancia cultural e ideológica sin poder contraponerle ningún valor optimista o positivo. Tokyo Decadence se llama la mejor película dirigida por Murakami. Una de las principales influencias cinematográficas del libro es, precisamente, “La dolce vita” de Fellini, otra obra paradigmática de la disolución de una era y el fin de una forma de entender la vida y la cultura. No por casualidad, las visiones grotescas y fantasías lisérgicas de Ryu son contemporáneas de la escenificación fílmica del más felliniano de los cineastas japoneses, el gran Shuji Terayama.


Además de la abyección, la suciedad vital, las orgías pornográficas y el regodeo perverso en la sordidez que impregnan cada página del libro, esa nostalgia del fango expresada en la ficción permitió a algún crítico nipón asociar a Murakami justamente con poetas decadentes como Baudelaire y Rimbaud. Y esta es la diferencia estética entre los planteamientos narrativos de Murakami y sus colegas americanos como Ellis. La poesía de las imágenes, el lirismo visionario, la fastuosa visualidad del relato, la omnipresencia de metáforas, sinestesias y símiles como construcciones de una sensibilidad tan alucinada como saturada de sensaciones hiperreales. Lo más significativo, desde una perspectiva literaria, es que esta original novela anticipa con su prosa posmoderna tanto la narrativa norteamericana de la Generación X como ciertos rasgos estilísticos del ciberpunk.
Azul casi transparente es la luz de la heroína. El velo reluciente del LSD y la mescalina. La lucidez total del cristal sugerida en el poético título. Ese estado mental que desnuda las imposturas de la vida y las falacias de la no-vida vinculada al consumo narcótico, como en la célebre novela de Burroughs (“El almuerzo desnudo”), un precursor notable, es el que alcanza Ryu al final del viaje, cuando desliza sobre su lengua las alas de la mariposa que ha matado aplastándola contra una antología de Mallarmé (ironía máxima) e invoca así al pájaro negro de la amnesia que vendrá aleteando en las últimas páginas, tras intentar suicidarse, a borrar todas sus esperanzas, recuerdos y deseos y quién sabe si a redimirlo o condenarlo para siempre.