miércoles, 17 de octubre de 2018

ORIENTE Y OCCIDENTE



 [Junichirô Tanizaki, El elogio de la sombra. Sobre la indolencia. Amor y pasión, Alianza editorial, trad.: Emilio Masiá López, 2018, págs. 144]

A 132 años de su nacimiento y 53 de su muerte, Tanizaki es el escritor que mejor expresó en su obra la esquizofrenia japonesa respecto de la cultura occidental. Mucho más que Yukio Mishima, desde luego, quien transformó esas relaciones ambiguas con las culturas del sol poniente en una pasión sadomasoquista demasiado enfermiza, con su muerte truculenta como consumación.
Menos impetuoso y mucho más inteligente, Tanizaki osciló durante toda su vida de un polo más conservador a otro más moderno en sus vínculos con la cultura europea y americana. Antes de abandonar la juventud, su fascinación por las nuevas modas y costumbres extranjeras, incluyendo el cine, la música y la forma de vestir, fue absoluta como expresión iconoclasta de modernidad y progreso. Una vez instalado en la madurez, experimentó un curioso viraje hacia las tradiciones locales que lo llevaría a considerar la presencia occidental como hostil a las cualidades históricas y la esencia cultural específicamente japonesa, con independencia de las comodidades materiales y avances técnicos que la occidentalización aportaba. Ese regreso sintomático a formas seculares incluía una veneración sin trabas por todo lo antiguo y un rechazo a la degradación contemporánea de los ritos, los objetos y los estilos genuinos.
Pasados los sesenta, tras los estragos de la segunda guerra mundial, experimentaría un renovado giro en su aprecio por la cultura occidental, entendiendo por tal todo lo moderno e importado, y un creciente menosprecio por los valores tradicionales. Las razones del cambio fueron, sobre todo, eróticas. Para el viejo Tanizaki, la moda occidental en el vestir y el desvestir hacía mucho más atractivas a las mujeres jóvenes que las pesadas etiquetas y códigos nipones. Así lo escenifica en su última novela, esa comedia sarcástica titulada Diario de un viejo loco (1962), donde acertó a burlarse, en nombre del deseo libidinal, de la religión budista y las convenciones familiares.
Al leer este hermoso “Elogio de la sombra” es necesario contextualizarlo en la época intermedia de su vida, cuando el cuarentón Tanizaki comienza a profesar cierto desengaño por las luces incandescentes y el frenesí de la modernidad y sentir cierta nostalgia por maneras de vivir más serenas y naturales, apartadas de los grandes centros urbanos (como Tokio, capital promiscua de la corrupción de costumbres y maneras en curso). Eso mismo admira Tanizaki en la antagónica ciudad de Osaka: la preservación del ritmo y los ritos de antaño.


Desde el refinamiento sensorial y la sutil ironía, “Elogio de la sombra” es un alegato tardío en pro de una idea de la vida en vías de desaparición, una cultura que pasa por la discreción, la modestia y la oscuridad (“lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”). Esa belleza sombría se oculta, como un signo de otro tiempo, en el negro de los lacados, la luz tenue de velas y candelabros, la blancura de los rostros de las mujeres resplandeciendo en la penumbra de los dormitorios, los pliegues de los kimonos que envuelven sus adustas anatomías, los tejados de grandes aleros que aplacan la luz solar, los retretes expuestos a las contingencias naturales, de modo que quien evacua sus intestinos pueda escuchar al mismo tiempo la música de las gotas de la lluvia chocando contra las tejas o el canto solitario de un pájaro. [En un arranque de humor, Tanizaki llega a atribuir a la tradición del haiku una conexión con esos instantes cenitales de la experiencia en que mientras el cuerpo realiza pasivamente su trabajo fisiológico la sensibilidad del poeta se exacerba percibiendo todos los signos de una naturaleza armoniosa.] 
Este célebre ensayo nuevamente traducido, así como los dos que lo acompañan, inéditos hasta ahora en español, donde se perfila su singular visión del erotismo y las relaciones entre los sexos, son producto de un período de crisis espiritual y existencial en que Tanizaki se propone someter su literatura a una purga estética fundada en tradiciones autóctonas: “Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”.

lunes, 15 de octubre de 2018

CIENCIA FICCIÓN



[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de octubre]

Con la nueva política de privacidad hemos conseguido reducir esta aún más y ampliar la parte de nosotros que está expuesta al control de las agencias, el bombardeo publicitario incesante y la vigilancia policial. Todos debemos renunciar a una parte significativa de nuestras libertades y derechos con tal de satisfacer las demandas de unos poderes que no pueden tolerar ni un grado de opacidad en nuestras vidas. Vivimos bajo el imperativo de la transparencia y algún día ese ideal benigno se volverá mortal.
El futuro, como dicen los expertos, es distópico. Y no solo porque máquinas inteligentes vayan a gestionar la realidad con criterios selectivos. Los humanos nos estamos acostumbrando a ceder terreno ante el empuje de la competencia. Nos resignamos a formas de consumo y ocio cada vez más alienantes y luego nos quejamos de la invasión alienígena de los espacios domésticos por variedades agresivas de comercio o publicidad. La ecología de las relaciones humanas se encuentra más amenazada por las redes sociales de lo que los internautas reconocen. Falsa gente, como decía Dick, generada por falsas realidades, esa es la mejor definición del mundo actual. Estar conectado o no a lo que se produce en esos entornos cibernéticos marca diferencias entre usuarios más importantes que la ideología o los gustos de cada cual. Las páginas de contactos falsifican los datos para relacionar a personas que no se soportan en la vida real o proponen encuentros sexuales que nunca tendrán lugar. Todos los políticos son tuiteros compulsivos, pero Trump tuvo un gesto vanguardista hace unos meses al retuitear un mensaje elogioso escrito por un robot en una cuenta rusa. Para colmo, los mercados financieros han recuperado la confianza de los inversores gracias a que sus operadores más eficientes no son humanos. 
La información falsa es el producto estrella de la cultura del simulacro. Los artículos simulados por algoritmos robóticos ya inundan la prensa digital. La tiranía de los datos masivos y sus veloces exégetas resulta mucho más efectiva como control político y económico que la violenta rigidez de un estado policial. No sabemos si la omnipresencia de la publicidad existe para hacer viable internet, o si las corporaciones financian el espejismo publicitario que nos permite navegar apartando la basura que nos asalta en todos los sitios que visitamos. El lujo de navegar sin coacciones comerciales se acabará pronto, como todos los privilegios que desaparecieron sin darnos tiempo a enunciar una queja razonable. Si nos descuidamos, cada vez habrá menos diferencias entre consumir obras de ciencia ficción y vivir en el mundo inhabitable que se diseña en el horizonte de la historia. De hecho, ya no sé quién escribe esto, si mi cerebro o un algoritmo, o si yo mismo he comenzado a adaptarme al medio y soy un robot. Es el camino del éxito.

martes, 9 de octubre de 2018

ESPECTROS DE MARX



[Slavoj Žižek, La vigencia de “El manifiesto comunista”, Anagrama, trad.: Damián Alou, 2018, págs. 77]


Viendo con gran interés hace unos días la película El joven Karl Marx (Raoul Peck, 2017) sentí el poder de la representación fílmica del pasado con especial excitación en una secuencia: aquella en que Marx corrige a Engels mientras escriben a dúo el Manifiesto comunista, sugiriéndole para la primera línea “un espectro” en lugar de la expresión mucho más convencional “un hombre del saco”. La que habría de ser una de las frases más revolucionarias de la historia política occidental se gestó de ese modo como un acto de escritura: un choque estilístico entre la fúnebre fantasmagoría de Marx (“las generaciones de los muertos gravitan como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos”) y la escasa imaginación literaria de Engels. Un espectro recorre Europa, pues…


"En sus motivaciones, cuando no en sus pretensiones, el marxismo es, en el fondo, un pensamiento poético que no tiene paciencia para llevar sus conclusiones hasta sus últimas consecuencias".

-Paul de Man, Visión y ceguera, p. 268-


Un espectro recorre hoy el mundo. El espectro del capitalismo, nadie se engañe, no el del comunismo. Eso hemos avanzado desde la publicación de “El manifiesto comunista” en 1848. Lo que da una idea del desastre en curso. Cien años después de la Revolución soviética y a casi treinta años de la caída del Muro de Berlín, aún hay quien le da vueltas a la tesis de que la historia, por alguna perversa razón, no acaba de terminar o ha entrado en un bucle peligroso. Žižek no es uno de ellos, desde luego. Y lo deja claro en este libro, partiendo de la tesis de que el capitalismo nunca se ha parecido tanto como ahora a las ideas de Marx, es decir, nunca ha sido el capitalismo tan “marxista”, por decirlo con ironía, tan idéntico a los análisis dialécticos de Marx sobre la efectividad de su maquinaria.
En esta situación turbulenta, cabe preguntarse muchas cosas, por supuesto, pero la última de ellas no sería si el marxismo, en el fondo, no ha hecho mejor al capitalismo, enseñándole el camino a seguir con los trabajadores, las clases y la economía. Marx estaba convencido de que una grave crisis daría al traste con la mecánica capitalista y se equivocó, como piensa Žižek. El comunismo solo pudo apoderarse de los medios de producción en países periféricos. Marx creía en una revolución comunista que tuviera lugar en economías plenamente desarrolladas como Inglaterra, Francia o Alemania. Entendía el comunismo como la fase siguiente a la tarea revolucionaria llevada a cabo por el capitalismo mismo en lo social, lo económico, lo cultural, lo tecnológico y lo político. En países tercermundistas, el comunismo sería, como predijo Marx, una triste y grosera parodia de su ideal humanista de superación de la historia y final de la lucha de clases, por expresarlo en términos marxianos.


Recordemos que la filosofía occidental, en un momento histórico concreto, padeció una bifurcación estéril entre pensadores inspirados por Nietzsche y pensadores influidos por Marx. Uno estaba fascinado con la génesis de la moral convencional y la voluntad de poder con que esta se imponía sobre los humanos para impedirles desarrollarse en libertad y proponía una transvaloración de valores como alternativa y otro con el origen del capital y el funcionamiento real del capitalismo y la posibilidad de transformarlo liquidando sus antinomias e iniquidades. Como se vio a finales del siglo XX, acaso el mejor modo de combatir el pensamiento único y restaurar el poder de la inteligencia política sea unir a ambos filósofos. Marx con Nietzsche o Nietzsche con Marx, tanto monta o desmonta uno como el otro (así lo hicieron, cada uno a su manera, Foucault, Deleuze, Lyotard, Baudrillard, Klossowski u Onfray, por citar solo algunos ejemplos). El hegeliano Žižek no parece contemplar esta opción de síntesis, dando por muerto al pensador que proclamó la muerte de Dios, creyendo que solo en este punto podrían encontrarse. Se equivoca. Los temas capitales de ambos, combinados, refuerzan la interpretación crítica del estado de cosas y redundan en la posibilidad de cambiarlo. Por sí sola, lo que Žižek llama la promesa del “horizonte comunista”, como se ha demostrado una y otra vez en el pasado, carece de futuro.
En este contexto confuso, tiene gracia evocar “La saga de los Marx”, una estupenda novela de Goytisolo publicada en 1993 y escrita como respuesta a la instalación de un nuevo orden mundial capitalista y neoliberal tras el colapso comunista, donde se hacía esta reflexión irónica, anticipando la perspectiva de Žižek: "la desaparición del sistema marxista como forma de gobierno, no auguraba a la vez la necesidad irrebatible de un nuevo Marx?". A estas alturas, no sé si Žižek se considera este nuevo Marx o se limita a anunciar, como los profetas bíblicos, la venida del nuevo mesías o la insurrección de un Neo salvador al estilo “Matrix”. Pero este ensayo polémico devuelve a Marx a la actualidad y enseña una lección a quien pretenda pensar el tiempo presente con cierta agudeza. Mientras exista el capitalismo, para bien y para mal, en cualquiera de sus avatares o modalidades, seguiremos necesitando a Marx.

martes, 2 de octubre de 2018

MI TESIS



[Publicado en medios de Vocento el martes 25 de septiembre]

Mi tesis es que el cóctel universidad y política es explosivo. La necesidad de ostentar currículum y méritos académicos, en un mundo como este, es inversamente proporcional a la valía de un líder político. Con que sea un inteligente gestor y un gobernante honesto, como diría Confucio, me conformo. Y este juicio sirve para los doctores de la ley Sánchez e Iglesias como para los no doctores Casado y Rivera. Tener trato con la universidad no garantiza mejora alguna en la persona que busca aumentar sus capacidades y talentos. Todo lo contrario.
Mi tesis no la defendería ante ningún tribunal sin que voces autorizadas me tildaran de plagiario. Los programas informáticos son tan malévolos como sus diseñadores y su eficacia al cazar la clonación de textos tan selectiva como las actuaciones del Tribunal Supremo. Que no nos engañe el desaguisado culinario de Bolonia. No todo triunfo de la inteligencia es presentable, ni toda demostración individual de conocimiento se traduce en rectitud o ética. Y no estoy pensando solo en algunos beneficiarios de los ERE, que trasladaban la juerga culta del puticlub a las aulas universitarias pagando con la misma tarjeta mágica de la Junta. Este país no tiene enmienda. Da grima ver a un escritor plagiario y negrero acusar a Sánchez de negrero y plagiario. Los corruptos censuran a los corruptos, los viciosos reprueban a los viciosos, los canallas pelean con los canallas, y si queda algún virtuoso, no me consta, prefiere callarse o esconderse, no vayan a organizarle un auto de fe para quemarlo vivo en la plaza pública.


La universidad es una caricatura abstracta de la sociedad. El chiringuito lucrativo de la URJC, con esto de los alegres graduados italianos de turismo cultural por el Bernabéu, adquiere tintes de esperpento matritense. El demacrado director del tinglado parece una versión castiza de Drácula y sorprende que ningún rector avispado intuyera su instinto parasitario. Sánchez es un caso diferente. Avergonzado por sus errores doctrinales, sufre en cada comparecencia mediática y se le está agriando hasta la cara. Nadie, ni la fiel Lastra, se traga sus doctas falacias. Cuando ganó la moción de censura se creyó invitado a una fiesta perpetua colmada de regalos, jugosos pasteles y globos de colores. El poder no es festivo sino fúnebre, doctor Sánchez. Un largo velatorio donde el muerto es el mandatario recién nombrado, ya se celebren a bombo y platillo los cien o los mil días de soledad que le restan para pasar a la historia nacional como otro fracaso político. Eso significa gobernar, quien lo probó lo sabe. Con tesis o con halitosis. Díganlo, si no, los difuntos Rajoy, Zapatero, Aznar y González. Que se prepare la oposición. Al final, desalojar a Franco de Cuelgamuros será mucho más fácil que echar a Sánchez de la Moncloa.

jueves, 27 de septiembre de 2018

FILOSOFÍA PARA ASTRONAUTAS



 [Peter Sloterdijk, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, Siruela, trad.: Isidoro Reguera, 2018, págs. 220]

En el post anterior comentaba el nuevo ensayo de Harari, otra aportación sustantiva de este año. Así como Harari es un historiador y centra sus reflexiones en ofrecer una perspectiva global que abarca desde el paleolítico hasta nuestros tiempos, Sloterdijk es un filósofo de este siglo, tarea más que ardua, dada su indefinición. O lo que es lo mismo, un filósofo que hace suya críticamente toda la tradición filosófica desde Grecia en adelante, con todos sus errores y correctivos, para intentar salvar su prestigio y ponerla al servicio de la comprensión de nuestra época. Y, sin embargo, trata de definir su posición afrontando con lucidez la problemática y turbulenta historia y mentalidad del siglo XX.

“La conciencia del mundo, en cuya formación trabaja la pedagogía de hoy y de mañana, solo puede desarrollarse de facto si la autoridad de la observación excéntrica se vuelve suficientemente fuerte como para poder servir de contrapeso al egocentrismo de los intereses locales”.

-Peter Sloterdijk, ¿Qué sucedió en el siglo XX?, p. 119-


Este no es un libro para todo el mundo. Es un libro, más bien, para todos y para nadie, como decía Nietzsche, maestro para lo bueno y para lo malo, es un decir, de ese sofisticado pensador en escena y fuera de escena que es Peter Sloterdijk. Un libro, por tanto, pensado para todos nosotros, los habitantes de un tiempo desahuciado en que la historia no acaba de morir, aunque percibamos multitud de signos de su ocaso. Por desgracia, las postrimerías y los espasmos agónicos pueden ser peores que todo lo que antecedió. Es un libro que educa, desde luego, la visión global que deberíamos tener los “astronautas” de la nave espacial Tierra. No es una broma ni un disparate. Este es uno de los hilos fundamentales de la trama urdida por Sloterdijk como una alfombra para exponer en el mercado a todas las pisadas, ya sean las de los cortesanos de zapatos limpios, los filósofos descalzos o los viajeros de calzado polvoriento.
Inspirándose en las tesis contraculturales del arquitecto Buckminster Fuller, Sloterdijk propone a lo largo del libro la fascinante idea de que la única forma de abordar la globalización sin temor ni temblor es adoptando el punto de vista de los astronautas que habitan una plataforma espacial desde la que observan a diario la inmensidad del cosmos y la esfericidad accidentada del planeta azul. De ese modo, Sloterdijk sostiene la deslocalización de la mirada, la ubicuidad de la experiencia individual y la posición excéntrica como nuevos vehículos de autoridad en un mundo que se ha vuelto global, desde la era oceánica de las grandes navegaciones y descubrimientos hasta hoy, sin dejar de ser local. En ese innovador mapa de la realidad participan todos los puntos terrestres, sin distinción, como lugares diversos de la experiencia singular del tiempo y el espacio, y todos los ángulos ingrávidos del punto de vista superior, como ideal platónico realizado gracias a la mediación de la técnica.
Esta perspectiva casi divina, la observación excéntrica, es la que adopta Sloterdijk para otro de los propósitos centrales de su magnífico ensayo. No ya explorar los desafíos del futuro sino dilucidar los aciertos y desaciertos del pasado. El admirable capítulo que da título al libro contiene uno de los análisis más lúcidos que se puede leer sobre lo que realmente ocurrió en el siglo XX, más allá del anecdotario historiográfico o los clichés periodísticos. El “apocalipsis de lo real”, es decir, el momento crítico de la historia en que, ejecutando en gran parte el programa puesto en marcha durante los dos siglos anteriores, la civilización occidental y las culturas asociadas emprendieron con fuerza inusitada la negación radical de la metafísica y las verdades morales de la religión.
A partir de esta paradójica voluntad de realismo, se plantean los problemas ligados al poder, la política, la energía, el control de masas migratorias, la demografía, la ecología, los cambios climáticos y las tecnologías comunicativas y cibernéticas. Las catastróficas consecuencias de todo ello las conocemos de sobra. El siglo XX fue un gigantesco crematorio ideológico que puso el contador de la humanidad a cero. El trabajo de tabla rasa fue sistemático y aún no ha concluido. Como diagnostica Sloterdijk, cabe esperar que la mitad del siglo XXI se consuma en las mismas guerras culturales y los mismos desastres humanitarios y medioambientales del siglo pasado.
Leer este libro de Sloterdijk se convierte así en un medio de anticipar ese tiempo en que las secuelas de la “voluntad de poder” hayan desaparecido del escenario y podamos sentir y comprender, realmente, que vivimos como astronautas en una nave espacial llamada Tierra que debemos cuidar a conciencia, así como garantizar la buena vida de todos sus ocupantes.

lunes, 24 de septiembre de 2018

EXAMEN FINAL



[Y. N. Harari, 21 lecciones para el siglo XXI, Debate, trad.: Joandomènec Ros, 2018, págs. 400]

Homo sapiens es una especie de la posverdad, cuyo poder depende de crear ficciones y creer en ellas.

Cuando se piensa en el futuro de la IA, Karl Marx sigue siendo mejor guía que Steven Spielberg.

-Harari, 21 lecciones, pp. 258 y 272-


Este no es solo un libro notable sino un examen público de la sabiduría del autor. Harari, el ensayista global de moda, se somete al escrutinio de sus lectores sobre 21 cuestiones fundamentales de la vida humana en el presente siglo. La nota media del examen es alta. En algunos temas alcanza la excelencia mientras en otros practica brillantes piruetas retóricas para no reconocer que no puede saberlo todo sobre todo. Lo que da una idea del exigente nivel del libro y también de la despierta inteligencia de su autor. Pero el lector también se examina: el libro escanea nuestros conocimientos y los pone a prueba sin concesiones.
Es recomendable leer todas las entradas, siguiendo el metódico plan trazado por Harari, para extraer el máximo provecho de las cinco etapas en que se desarrolla su lógica aplastante. En principio, Harari se sitúa en la perspectiva de un historiador e intelectual que refuta las teorías que daban por cancelada la historia con la victoria en el siglo XX de lo que él denomina el relato liberal (y su correlato, la democracia parlamentaria) sobre sus rivales políticos, el relato fascista y comunista. Fukuyama fue el gran adalid de esta posición durante los años noventa, aunque luego fuera corrigiendo su triunfalismo inicial para reconocer que en el mundo liberal las amenazas internas derivaban de la falta de control sobre el desarrollo tecnológico.


Harari parte de este punto crítico, también, pero expone una interpretación mucho más radical y menos sesgada del relato liberal y su socio preferente el sistema capitalista. En el fondo, la cuestión que Harari se plantea, en sintonía con otros pensadores de la actualidad (Byung-Chul Han, Slavoj Zizek, Nick Bostrom, entre otros), es si todas las bellas promesas del ideario liberal no estarían siendo secretamente socavadas por los intereses espurios de los agentes del capitalismo neoliberal. O lo que es lo mismo: si todos los bienes que la democracia ofrece por un lado, el sistema capitalista, basado en la explotación y la maximización del beneficio, no los estaría destruyendo por el otro.
En consecuencia, el análisis del desafío tecnológico al que nos enfrentamos, que ocupa la primera parte, es traducido por Harari, en la segunda parte, como desafío político. Dos revoluciones tecnológicas centran el foco de su visión pesimista del mundo actual y las secuelas para el futuro: la que afecta a la biología y la medicina y la que atañe a la información y la computación, con la Inteligencia Artificial como producto final. Para Harari ambas revoluciones en curso cuestionan todos los aspectos de la vida humana como ha sido entendida hasta ahora. Valores como la igualdad, la justicia, la verdad y la libertad, derechos como el trabajo, la salud y la educación, conceptos como comunidad, civilización o nación, o creencias como la religión, se verían alterados en sus fundamentos seculares por los nuevos conocimientos científicos y las tecnologías incisivas capaces de aplicarlos sobre nuestros cerebros y cuerpos sin apenas resistencia.
En este sentido, uno de los capítulos más lúcidos afronta el espinoso problema de la educación. En un mundo como este, cada vez más parecido a un entorno de ciencia ficción, como analiza Harari en otro capítulo clave, no se requiere que los profesores ceben de información inútil a los alumnos. Esta información ya está en internet, otra tecnología que lo ha cambiado todo. Una verdadera cultura democrática es aquella que proporciona formación teórica y práctica a sus ciudadanos y no solo ocio nocivo. Criterios inteligentes, como recomienda Harari, con que el ser humano pueda sobrevivir en un contexto cada vez más hostil a su existencia.

miércoles, 19 de septiembre de 2018

ANIMALES



[J. M. Coetzee, Siete cuentos morales, El Hilo de Ariadna/Random House, trad.: Elena Marengo, 2018, págs. 128]


   [Reseñando en 2005 su primera novela tras la concesión del premio Nobel, “Hombre lento”, escribí lo siguiente: Confieso que he sido refractario durante mucho tiempo a la literatura de Coetzee. Me parecía el típico escritor recomendado como modelo de seriedad por los suplementos culturales al uso y los escritores y críticos de gusto menos fiable. Finalmente, voces autorizadas, casi siempre extranjeras, me convencieron de la necesidad de leerlo. Aún recuerdo a Guy Scarpetta amonestándome amistosamente: “Usted debe leer «Desgracia»”. No podía decirle que no a uno de los grandes expertos en novela contemporánea y leí enseguida esa deslumbrante novela, una de las mejores de su autor y una de las obras maestras de la narrativa mundial de las últimas décadas, exploración alegórica de la experiencia traumática sudafricana. Y después «Esperando a los bárbaros», otra obra maestra, que hace palidecer a «El corazón de las tinieblas» de Conrad…El arte de la novela según Coetzee: estilo lacónico y elíptico, humor sardónico, un sentido tragicómico de la existencia despojado del aspecto religioso de toda tragedia y del aspecto vulgar de toda comedia, una determinación moral de llegar al fondo de todas las situaciones, por violentas, desagradables o equívocas que sean, y, finalmente, una firme inclinación por el dilema ético abordado al modo novelesco. En este sentido, acaso sea Coetzee el primer novelista de la historia fascinado con el bien, con la idea y la posibilidad del bien, con la problemática, no exenta de ambigüedad moral, derivada de ese compromiso decidido con el bien…]

Estamos viviendo una época muy interesante en este aspecto y este nuevo libro de Coetzee no hace sino contribuir a clarificar algunas de las cuestiones en juego, además de aportar, como siempre, una dosis de lucidez intelectual y sensibilidad anímica que también necesitamos para pensar con acierto. Si debemos redefinir nuestra idea del animal y nuestras relaciones con los animales es porque debemos también redefinir nuestra idea de lo humano y la cultura que le ha servido de respaldo durante milenios. No es solo un problema ecológico, científico, zoológico o ético, es mucho más que eso. Así como los humanos hemos reaprendido a comprender el papel de los sexos en el mundo social, o la importancia de la infancia, o la significación de las emociones y no solo del intelecto, como contribución a nuestra comprensión científica de la naturaleza necesitamos repensar la cuestión animal. Los humanos necesitamos repensar nuestros deberes hacia los seres con los que compartimos el mundo desde los orígenes de la vida.
Todas estas cuestiones y argumentos afloran en la mente del lector mientras lee este admirable libro de Coetzee donde reaparece uno de los personajes estelares de su literatura. La inefable Elizabeth Costello, representante inconformista y escandalosa del bien moral, que protagonizó la gran novela homónima de 2003 y que ha visto, desde entonces, cómo la cuestión animal se transformaba en motivo prioritario de las reflexiones políticas que se hacen sobre el tema con pertinencia y perspicacia crecientes. [A comienzos de este mismo año Errata Naturae publicaba un estupendo libro (Zoópolis, una revolución animalista, escrito a dúo por los filósofos canadienses Sue Donaldson y Will Kymlicka) dedicado a la cuestión de los derechos de los animales que no tiene desperdicio, suscribamos o no al pie de la letra todas sus tesis y planteamientos. Y el filósofo alemán Peter Sloterdijk aborda también en su nuevo libro (¿Qué sucedió en el siglo XX?; Siruela, 2018) la cuestión del maltrato y el exterminio animal realizado por los humanos.]
En el cuento final de la serie, “El matadero de cristal”, cuando afronta ya la presencia de la muerte con nobleza ejemplar, Costello convence a su hijo John de que revise los documentos que ha escrito en los últimos años. Entre estos textos existe uno dedicado al filósofo Heidegger y sus tribulaciones sexuales con Hannah Arendt, su incomprensión del animal y de la faceta animal que lo anima a copular con la joven estudiante judía sin entender del todo, como razona Costello, si siente que la superioridad del animal reside en vivir sin conciencia y la inferioridad del humano en no poder abandonar la racionalidad y abandonarse del todo a la experiencia del instinto, o viceversa. Es irónica esta asociación del cuestionamiento del pensamiento humanista de Heidegger, consumación de una idea limitada o ambigua de lo humano, y la evocación cruenta del holocausto animal realizado en factorías donde el criterio productivo y comercial trata a los animales como desechos.


Como se ve, este no es un simple libro de cuentos. Si presta atención a los signos, quizá el lector repare en que la única pieza que no tiene como protagonista a una anciana anónima (“El perro”, “Vanidad”) o a la vieja Costello (“Una mujer que envejece”, “La anciana y los gatos”, “Mentiras” y “El matadero de cristal”) es el titulado escuetamente “Una historia”. Y esta historia, desnuda de retórica y de ornamentos, es la historia de la desnudez radiante de una mujer adulta que está casada y tiene un amante al que visita con regularidad y con el que experimenta un placer pletórico y sensual que, sin embargo, no pone en riesgo su matrimonio ni su condición de madre feliz de una niña. Es un cuento de los que Costello está escribiendo en esa época crepuscular de su vida, como confiesa a sus hijos en “Una mujer que envejece” antes de contarles otra historia (in)moral sobre el hombre que usa los servicios de una joven prostituta para relajarse en la víspera de una importante entrevista de trabajo y acaba descubriendo que es secretaria en la empresa que lo contrata y, además, hija de uno de sus compañeros.
          Otro aspecto fundamental que envuelve la recepción de este libro es el rechazo a la idea anglosajona del mundo que el inglés globalizado está imponiendo como pensamiento único y que Coetzee ha denostado en innumerables entrevistas. Esta idea del autor, por si alguien dudaba de la sintonía entre ambos, queda refrendada por las palabras de Costello cuando recrimina a su hijo por esa manera de pensar que ve la vida “como una sucesión de problemas que el intelecto debe resolver”.
Como en novelas anteriores, Coetzee juega con el arte literario no ya con la madurez profesional, sino con la libertad inédita que confiere a todo creador el reconocimiento universal. Así, “Siete cuentos morales” funciona como secuela apenas disfrazada de “Elizabeth Costello”: una novela testamentaria sobre los últimos espasmos de vida de la protagonista, sus últimos actos de resistencia y sus valientes decisiones finales. Fragmentos narrativos donde la estética realista se somete a la ética más exigente.