lunes, 20 de febrero de 2017

BOLAÑO ESPECULATIVO


[Roberto Bolaño, El espíritu de la ciencia-ficción, Alfaguara, págs. 224]

Esta curiosa novela merece ser leída por diversas razones. Es verdad que, si no fuera una obra primeriza, podríamos pensar que “El espíritu de la ciencia-ficción” es la novela de un imitador vocacional de Bolaño, un émulo desmañado si se quiere pero fiel al espíritu bolañesco.
Atendiendo a la importancia que la obra concede a la ciencia-ficción diríase que es, más bien, la novela con que un doble cuántico de Bolaño hubiera debutado en un mundo alternativo para generar después una carrera consecuente de autor hispano de novelas especulativas escritas con profusión de metáforas tecnológicas y científicas e imaginación poética para denunciar el impacto destructivo del imperialismo norteamericano en su colonización del planeta Latinoamérica. En cualquier caso, solo por esto ya valdría la pena resolver el galimatías narrativo y jugar a recomponer el puzle con las piezas restantes.
La ciencia-ficción es el género que permite al escritor ajustar las lentes con que va a observar la realidad. Si no las incorpora, el escritor se arriesga a obtener una visión bidimensional y un mapa repleto de tópicos. Cuando las lleva puestas, la ficción entra en curvaturas espaciales y bucles cronológicos que responden a la lógica demente del mundo real. La ciencia-ficción es una metáfora y una tecnología. Una metáfora de la aproximación a la realidad por medio de los poderes científicos de la ficción y una tecnología verbal para plasmarla en mitos y fábulas de alcance universal.
Bolaño sabía esto y no es extraño que en esta novela juvenil ponga en evidencia su relación con ese género que apenas practicó pero que siempre condicionó su mirada de escritor. Por otra parte, uno de los escritores predilectos de Bolaño era el gran Philip K. Dick, a quien se encomendó durante la escritura interminable de la novela y a quien quizá aluda ese polisémico “espíritu” del título bajo el que se acoge la amalgama esquizofrénica que la conforma.
A través de sus dos protagonistas, Bolaño retrata su bicefalia como escritor y lo hace antes de saber con certeza cuál de los dos modelos literarios se impondrá al otro. Si el Remo Morán taciturno frecuentador de talleres de escritura, observador romántico de la realidad mexicana y tímido enamoradizo, o su alter ego y compañero de piso Jan Schrella, lector compulsivo de ciencia-ficción, escritor de fabulosas cartas a sus escritores favoritos del género y amante intrépido.
Bolaño juega a confundir al lector en la última carta escrita a Philip José Farmer, el más utópico y libidinal de los narradores de la nueva ola de ciencia-ficción de los sesenta y setenta, declarando que el nombre de Jan Schrella es un alias de Roberto Bolaño. Con ese gesto, Bolaño señala que él, en realidad, era el otro, Remo, y nunca sería Jan, aunque su excéntrico espíritu le insuflara aliento creativo y vital. Por eso, la novela concluye con el “Manifiesto mexicano” donde Morán hace realidad carnal las provocativas palabras de su cómplice sobre la revolución sexual de la literatura hispana contando su turbio periplo por los baños públicos del DF en la juguetona compañía de su amada Laura.
Y es Remo quizá (y no Jan) quien gana el importante premio literario con que Bolaño satiriza el mundillo de las letras mexicanas del siglo pasado. Y es Remo, además, usando información filtrada por Jan, quien deja caer una bomba devastadora en el mundillo de los tétricos talleres literarios y las mortecinas revistas de poesía al anunciar la noticia de que los videojuegos representan el futuro, así en la cultura como en la realidad. 

martes, 14 de febrero de 2017

MÁQUINAS DE AMAR


El amor no es lo peor, sino la celebración cursi del amor. El derroche de gestos y gastos con que se conmemora su poderosa influencia sobre la vida de cada cual. Y es que el amor se hace y se deshace. Se consume rápido mientras nos consume y, además, nos obliga a gastar y a consumir. Y, para colmo, el amor se desgasta como la ropa que nos quitamos para hacerlo.
Las historias de amor pueden ser despiadadas, como la del santo Valentín, mártir que derramó sangre virgen para probar que el amor es un asunto antiguo y complicado. Desde entonces, las victorias del amor, como las derrotas, no son un secreto íntimo, como sostiene una famosa marca de lencería femenina. A muchas te las encuentras en la calle deseosas de perpetuar el mecanismo básico de la vida y a otras instaladas en casa a perpetuidad.
Eros tiende a favorecer hasta lo ilimitado la atracción tumultuosa entre individuos. Todas las culturas han tratado de apoderarse para sus fines de ese poder desbocado, esa energía de fusión improductiva, esa efusión de fluidos, imponiendo reglas al juego amoroso con intención de controlar su infalible acción venérea sin anularla.
El amor es igualitario y no discrimina entre sus fervientes seguidores. La mayoría de seres humanos lo convierte en un pretexto para enfangarse en la vida terrenal y su seductor catálogo de tentaciones. El amor hace sufrir a todos pero da más placer cuanto menos se cree en sus ilusiones y engañifas. El amor entra por los ojos y sale por orificios innombrables. Para saber de amor, de hecho, basta con hacerlo con frecuencia. A pelo, si es posible.
El amor es literatura, una florida retórica del apareamiento y el desfloramiento que cambia con los tiempos y las modas de temporada. Así lo muestra sin ironía la fantasía novelesca de las “Cincuenta sombras”, donde la pasión romántica de la pareja protagonista pretende renovar el contrato sexual entre hombres y mujeres, actualizando la cláusula sadomasoquista, y tapar los agujeros que los avances en libertad e igualdad han causado en el corazón de unas relaciones tan atávicas.
Hay algo inconveniente y transgresor en cualquier forma de amor, desde los antiguos paganos y los victorianos más pacatos del diecinueve hasta esta nueva era de hedonismo erótico, capitalismo emocional y porno invasivo, donde la promiscuidad y el desmadre, aprovechando la expansión social de internet, generan una deriva comercial del uso amoroso.
Nuestra visión del amor se ajusta cada vez más a los dictados de la economía neoliberal. Los genes gobiernan con austeridad nuestros deseos y apetitos, como ciertos políticos, para eternizarse en el poder. Y en el futuro inmediato tendremos máquinas dotadas de un cuerpo potente para hacer el amor como nunca se ha hecho. Máquinas de amar y no, como Grey, amantes máquina.

viernes, 10 de febrero de 2017

BALZAC O LA VIDA


 [Honoré de Balzac, La misa del ateo, Olañeta, trad.: Esteve Serra, págs. 79]

A Balzac lo persiguió, durante gran parte del siglo XX, una imagen falsificada por los mismos que habían exaltado su genio como modelo de autor realista y paradigma de la mímesis narrativa más ortodoxa. Muchos de sus detractores, por ignorancia o desprecio, contribuyeron a la leyenda de un Balzac precursor, en la literatura francesa, de la novelística crítico-social de Zola y la escuela naturalista (con Maupassant y los hermanos Goncourt como grandes adalides) y escultor vulgar de los estereotipos acreditados de la cultura burguesa decimonónica. En suma, un autor clásico cuyo desmontaje radical urgía para abrir las puertas a la revolución literaria de los años cincuenta y sesenta.
Pasados los fuegos artificiales de la insurrección y los rifirrafes estéticos entre facciones enfrentadas por cuestiones que hoy harían sonrojarse a más de un profesional de unas humanidades en fase de liquidación, pudimos leer a Balzac sin prejuicios ideológicos y descubrir no solo a un gran innovador formal, dotado de una de las imaginaciones novelescas más portentosas de la historia, sino a un analista incisivo, un cirujano del alma humana de una agudeza y finura incomparables.
Como es sabido, la vasta obra de Balzac se agrupa en la “Comedia humana”, un ciclo narrativo inconcluso, interrumpido por la muerte prematura del autor a los cincuenta y un años, y tan ambicioso en lo literario, lo filosófico y lo moral como la “Divina Comedia” dantesca, de cuyo título piadoso se apropia el ateo Balzac con irreverente ironía. Italo Calvino, creador de algunas de las fabulaciones más originales del siglo pasado, reconocía la impronta histórica y la influencia de Balzac de este modo sorprendente: “Los mitos que darían forma a la narrativa tanto popular como culta durante más de un siglo pasan todos por Balzac”.
Uno de los portales de acceso más sugestivos para el lector curioso, antes de adentrarse en el extraordinario mundo pintado por las novelas realistas más célebres, es la obra breve, esa pléyade de piezas (relatos o novelas cortas) donde Balzac dio libre curso a su brillante fantasía, a sus excéntricas teorías sobre el arte y el sexo, a su singular propensión por el ocultismo, la antigua ciencia de los magos y los alquimistas, el esoterismo, el misticismo extravagante de Emmanuel Swedenborg y, en general, cualquier visión de la realidad trasmutada por un conocimiento esencial de las infinitas combinaciones de la materia y el espíritu.
¿Qué representa, en tal contexto, “La misa del ateo”? Es irónico, pero durante cierto tiempo ni Balzac ni sus editores debieron saber lo que significaba con exactitud ya que no dejaron de desplazarla de una sección a otra de la “Comedia humana”. Primero fue considerada un “estudio filosófico” e incorporada al lote donde destacaban obras maestras como “La piel de asno”, “La obra maestra desconocida”, “Seraphita” o “El elixir de larga vida”. En una edición posterior fue asociada a las “Escenas de la vida parisina” al lado de cimas como la trilogía de “los Trece”, “Sarrasine” y “Esplendores y miserias de las cortesanas”. Pero tampoco debió convencer esa ubicación provisional y al final quedó encuadrada en la colección de “Escenas de la vida privada”, fundiendo la doble cualidad que asocia la exégesis moral y el retrato individual.
En una eficaz estrategia, el principio de la narración simula las trazas de una reflexión sobre la personalidad singular de Desplein, un eximio cirujano famoso unas décadas atrás, olvidado tras su muerte, cuyo secreto vital (resumido como un guiño dialéctico en el título: Desplein es un ateo que sufraga cuatro misas al año en una iglesia donde asiste como un devoto y se prosterna ante la imagen de la Virgen María sin creer en ningún credo cristiano) será descubierto por su discípulo preferido, el doctor Horace Bianchon (cuyas siglas, H. B., son las mismas del honrado Balzac), médico que aparecerá en novelas posteriores del ciclo.
En otro nivel, más literario o menos literal, “La misa del ateo” es un apólogo estético donde Balzac se retrata, a conciencia, como el misántropo que oficia el arte narrativo de diseccionar la totalidad de la realidad humana (deseos, ilusiones, motivaciones, pasiones, miserias, etc.). La gran literatura como paradoja de la vida.

lunes, 6 de febrero de 2017

DEMOCRACIA Y SIGLO XXI


[Texto leído en la presentación de La democracia sentimental (Página Indómita) de Manuel Arias Maldonado.]


Cuando la ingeniería genética y la inteligencia artificial revelen todo su potencial, el liberalismo, la democracia y el mercado libre podrían quedar tan obsoletos como los cuchillos de pedernal, los casetes, el islamismo y el comunismo.

-Y. N. Harari, Homo Deus, pág. 307-


Para preservar el valor de la inteligencia en el mundo, el filósofo Slavoj Žižek nos recomienda conversar con un conservador inteligente antes que con un progresista obnubilado por las ilusiones de la izquierda sentimental. Manuel Arias Maldonado encarna esa figura paradójica a la perfección. Es un liberal en el sentido genuino del término, firme partidario de las libertades públicas y de la racionalidad cívica de la democracia frente al populismo efusivo, el fanatismo religioso y la irracionalidad doctrinaria.
“La democracia sentimental” es un ejercicio de inteligencia analítica, bien informado y documentado, que desborda lo que cabe esperar de un ensayo académico para irrumpir sin complejos en el debate ideológico que debe presidir la vida pública en las sociedades abiertas. Constituyendo así un semillero intelectual para la discusión y el debate.
Mucho más que un sesudo tratado de ciencia política es un excelente compendio de ideas y teorías sobre los modos posibles de organización de la vida comunitaria en democracia y sobre el giro afectivo o emocional que ha dado la política a partir de la irrupción del capitalismo emocional.
Esta atención predominante a la dimensión instintiva o irracional del ser humano y a la complejidad neuronal de las decisiones que gobiernan su conducta se produce en un contexto político de opciones limitadas, donde el poder democrático se disputa entre tecnócratas de izquierda y derecha, que solo pretenden una gestión neutra y eficaz del espacio público, y líderes populistas, reaccionarios o no, que aportan el suplemento pasional que puede encandilar ocasionalmente a la masa descontenta.
Tengo una visión de la democracia menos complaciente que Arias Maldonado. La entiendo y asumo como fracaso real, como mal menor, no como gran apoteosis de las formas de organización de la sociedad. Producto de nuestra incapacidad innata para cambiar de manera justa y racional las deficiencias del orden social. Suscribimos el pacto democrático y la forma burguesa parlamentaria, obviando su origen decimonónico como sistema de protección de privilegios clasistas, con objeto de evitar males mayores, catástrofes históricas como las vividas en el siglo XX. La democracia es un medio para neutralizar los conflictos más traumáticos, pero no es en absoluto un modo de gobierno inocente o exento de ideología efectiva.
El sistema capitalista se alimenta de la plusvalía emocional de la masa. Primero convierte a la población en masa, estandariza sus deseos y gustos y, más tarde, explota sus emociones. Por otra parte, necesita tener ese test espontáneo que las pasiones masivas le proporcionan para gestionar la economía, anticipar tendencias, atisbar posibilidades y, sobre todo, mantener controlada la realidad y preservar el dominio sobre sus posibles competidores.
La máquina capitalista y los diversos instrumentos tecnológicos del sistema necesitan construir entornos afectivos y cognitivos acogedores con objeto de poder extraer de los sujetos una plusvalía de energía, emociones, sentimientos o deseos. El glaciar del capitalismo envuelve a los consumidores y se contamina de sus impurezas afectivas y emocionales. El frío del cálculo económico se contrapone a un clima de consumo cálido y sensual, emotivo y familiar, doméstico y sentimental.
La democracia debe negociar con la masa de ciudadanos, que es fundamentalmente sentimental, o se mueve sobre todo por afectos y emociones que escapan al control de la razón pura e incluso de la razón práctica. Antes que nada, el sujeto contemporáneo es consumidor y el grado de consumo no responde tan solo a su disponibilidad monetaria sino también a sus gustos y preferencias. Estas, por otra parte, surgen de los estímulos de la publicidad y de la influencia de los medios y las opiniones de otros consumidores.
Como “ironista melancólico”, la figura ideal para Arias Maldonado de este tiempo de valores crepusculares, me atrevería a decir que vivimos un período crítico de la historia: desbancada de momento la opción de los totalitarismos, la democracia neoliberal es la encargada de dirigir esta fase de transición histórica hasta que la economía y la técnica sometan la realidad a su racionalidad digital o cibernética.
Según Žižek, sin embargo, lo universal solo puede sostenerse sobre la singularidad. Si olvidamos esto, la democracia se hunde. Y, en este sentido, debería haber una pedagogía democrática que enseñe al sujeto postsoberano una disciplina de doble efecto: aprender a someter las pasiones del corazón a la fuerza de la razón y refinar esta, como postula Arias Maldonado, mediante el diálogo entrañable con aquellas.
Es evidente, en todo caso, como concluye Arias Maldonado, citando esta vez a Jonathan Rowson, eximio ajedrecista y experto en cerebro y educación, que “la concepción de la naturaleza humana que está emergiendo en estos inicios de siglo no dispone todavía de los mecanismos institucionales ni de las políticas públicas adecuados a ellas”. 

miércoles, 1 de febrero de 2017

TRAMPANTOJO


Mi columna de ayer en medios de Vocento.

Los primeros diez días de Trump estremecen al mundo e indignan a muchos americanos.

Estados Unidos es un país fracturado. Ahora mismo, en un mundo alternativo, Hillary Clinton está en el despacho oval firmando decretos en serie ante las cámaras de televisión con una sonrisa beatífica y tomando decisiones trascendentales para el futuro de la humanidad. En el mundo real, en cambio, tenemos al bravucón de Trump, sin caretas ni afeites desodorantes, empeñado en demostrar que puede superarse y cumplir con creces, a un ritmo agotador, las peores promesas de la campaña. Se ha quitado la piel de cordero con que nos engañó durante el período de presidente electo y está dispuesto a llevar hasta las últimas consecuencias la broma infinita que sus votantes le gastaron a la democracia.
El doble mandato de Obama debió de ser tan anodino que millones de patriotas, para disipar el sopor, decidieron inyectarse en vena una sobredosis de testosterona. No se ha visto una actuación igual desde los tiempos de John Wayne en el viejo oeste americano. La parodia es un género ambiguo que puede volverse contra quien la practica sin preservativo. Meter a un bromista de esta envergadura en la Casa Blanca es un juego muy peligroso.
En el Kremlin se frotan las manos creyendo que han infiltrado en Washington al candidato de Siberia, un agente triple a quien activar cuando les convenga a fuerza de chantajes. En Moscú nunca entendieron el humor negro americano ni pillaron sus chistes vulgares. Por eso, entre otras cosas, perdieron la Guerra Fría. Estos rusos ingenuos siguen sin aprender. Con o sin lluvia dorada, cuando una marioneta cobra vida suele reclamar su parte del pastel. Y la marioneta llamada Trump no es un juguete en manos de sus enemigos sino un juguetón con ganas de bronca, un títere de su propia voluntad de poder, y no le gusta nada que otros le tiren de los hilos. Prefiere entrometerse en las partes más rosadas o sonrosadas de sus adversarios ideológicos y salirse siempre con la suya.
No conviene olvidar que Trump ha pagado un precio muy alto por estar donde está. Antes de meterse en política, con afán de revancha, Trump era ese magnate omnipotente que vivía en la cúspide de una torre neoyorquina desde la que cada día, tras levantarse de la cama vigorizado por la tanda de polvos matutinos, contemplaba la gran ciudad tendida a sus pies como una esclava sexual sintiéndose el rey del mundo. Ahora lo es sin paliativos, pero para realizar su fantasía ha debido rebajarse a vivir más cerca del suelo demócrata en una mansión decimonónica repleta de gente ocupada y preocupada por los hábitos del nuevo inquilino.
Por lo visto hasta ahora, la pesadilla promete ser interminable. Cuando los americanos despierten, el trampantojo de Trump todavía estará allí, como el dinosaurio del cuento, para recordarles qué caros se pagan los antojos.

domingo, 29 de enero de 2017

RÉQUIEM


[Lars Iyer, Éxodo, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2016, págs. 286]

La literatura británica actual vive un momento sorprendente. Entre las viejas glorias agotadas y las fieras aún por clasificar, emerge una innovadora fauna de escritores de mediana edad que se encuentran entre los más creativos de la literatura europea del momento. Pienso, desde luego, en las grandiosas fabulaciones de David Mitchell, la polifonía multicultural de Zadie Smith, la ficción híbrida de Tom McCarthy, el imaginativo historicismo lesbiano de Sarah Waters y la inteligente sátira kunderiana de Adam Thirlwell, pero también en las ingeniosas gamberradas de Stewart Home y Lars Iyer.
Las travesuras irónicas y bromas dialécticas de Iyer, por cierto, tienen una sutileza intelectual y una pertinencia histórica que ya las quisieran para sí tantas figuras egregias y maestros en bancarrota de la literatura y el pensamiento occidentales que comenzaron hace tiempo, en plena orgía de descomposición cultural, una siesta senil tediosa, una suerte de comatosa vida mental a la que están arrastrando a la mayoría de lectores aún en ejercicio de sus funciones.
“Éxodo” clausura a lo grande la hilarante trilogía inaugurada con “Magma” y seguida por “Dogma” sobre la que ya escribí que constituía, en su conjunto, una autopsia en vivo del cuerpo putrefacto de los grandes ideales europeos, su espíritu absoluto, su historia milenaria, su museo inabarcable o sus grandes cánones musicales, filosóficos, artísticos y literarios.
La metáfora bíblica del título de esta tercera entrega aludiría, en principio, a la calamitosa situación profesional de la filosofía en la universidad durante esta catastrófica reconversión de su inutilidad en rentabilidad económica y a la propuesta de una posible solución al desastre que prevé para la educación y el pensamiento en su fase de claudicación ante las imposiciones mercantiles del capitalismo. El diagnóstico no puede ser más demoledor: “van a orientar la universidad al libre mercado, igual que están orientando todos los sectores de los servicios públicos al libre mercado. Van a entregar la filosofía a las fuerzas del capitalismo”.
Esta estimulante novela se compone como una burlesca misa de réquiem por la filosofía concelebrada por las dos marionetas grotescas de siempre, el sarcástico Lars y su ubicua sombra el malogrado W., mediante las que el ventrílocuo Iyer teatraliza su discurso hasta transformarlo en una comedia beckettiana sobre el fin de los tiempos.
En el curso de este velatorio carnavalesco de ideas muertas y nombres difuntos, sus dos peleles realizan un periplo agónico por los centros universitarios desahuciados del saber y el pensar del Reino Unido (Newcastle, Essex, Middlesex, Londres, Oxford, Manchester, Edimburgo, Plymouth, etc.), convocando en cada estación una nómina de importantes filósofos (de Platón, Kant, Marx y Kierkegaard a Badiou, Deleuze, Debord y Žižek), a fin de demostrar, no sin malicia, que la salvación de la filosofía está en abandonar las mediocres servidumbres de los departamentos académicos y emprender la travesía del desierto capitalista en busca de la tierra prometida por el pensamiento libre a través de la historia.
Esta nueva aventura dialógica de los antihéroes enmascarados de Iyer sucede antes del Brexit, pero es profética en sus predicciones sobre las secuelas políticas del neoliberalismo insular y la regresión al provincianismo ideológico de los súbditos de su majestad británica.
Una novela que concluye con la palabra Utopía, después de que sus dos payasos filosóficos hayan puesto en marcha una repetición del “mayo del 68” y liderado una desesperada revolución universitaria para restituir la filosofía a su lugar en el mundo, más allá de la farsa y la tragedia del acontecimiento, solo puede significar una cosa. El humor y la inteligencia representan la verdadera salvación de todos los peligros y amenazas. El apocalipsis anunciado no sucederá mientras perviva el espíritu irónico que se celebra en estas páginas como un aquelarre de la risa inteligente.

lunes, 23 de enero de 2017

HOMBRE DIOS: Volumen 2


[Yuval Noah Harari, Homo Deus (Breve historia del mañana), Debate, trad.: Joandomènec Ros, 2016, págs. 490]

Gracias a los ordenadores y la bioingeniería, la diferencia entre ficción y realidad se difuminará, a medida que la gente remodele la realidad para que se ajuste a sus ficciones favoritas.
En el siglo XXI, la censura funciona avasallando a la gente con información irrelevante.

-Y. N. Harari, Homo Deus, págs. 203 y 430-

Ya en el capítulo final de “Sapiens”, el libro anterior que convirtió a Harari en el divulgador de moda y referente global del ensayismo contemporáneo de éxito, se postulaban muchas de las ideas que sustentan esta nueva entrega de su ambiciosa historia de la humanidad.
Ahí, bajo el pretexto de comentar el final del “Homo sapiens” como epílogo de su planteamiento narrativo, Harari apuntaba ya dos conclusiones imbricadas, una mirando en el retrovisor de la historia milenaria y otra pulsando la tecla de avance rápido para anticiparse al desenlace de la película. La revolución cognitiva que hizo del homínido, por evolución natural, un animal inteligente ha llegado a su consumación y ahora, como analiza hasta sus últimas consecuencias en este instructivo libro, solo cabe pronosticar una nueva revolución cognitiva que ya no ocurrirá por medios naturales sino artificiales y que tendrá como gestoras a las nuevas tecnologías médicas, genéticas e informáticas.
Era lógico que el mono kubrickiano que inició su inestable andadura en la tierra áspera hace millones de años completara su compleja aventura dando paso a una forma de vida superior generada por su propio progreso técnico y cultural. La inapelable tesis de Harari, en este sentido, es perfectamente consecuente y se sostiene de un libro a otro con argumentos sólidos.
No es que se produzca un salto evolutivo imprevisto o una catástrofe que altere el viejo programa humano. Vivimos en la era crítica de agotamiento del humanismo (la visión excepcional de lo humano que dominó los últimos siglos). Este estancamiento del ideario humanista, tal como lo disecciona Harari, su incapacidad para generar un paradigma nuevo, una renovación de sus principios y fines, coincide con el momento en que el mundo está a punto de rendirse a la hegemonía de los productos más peligrosos de la tecnología humana: la superinteligencia artificial, el diseño inteligente del mapa genético y cuanta manifestación de supuesta inteligencia puedan los ordenadores y sus aliados biológicos crear con el fin de gestionar el flujo infinito de información (algoritmos y datos) que configura la realidad cada vez más a su imagen y semejanza digital.
Sin adoptar un tono apocalíptico, muy al contrario, Harari aborda capítulo tras capítulo tanto las claves de este proceso en curso como las secuelas razonables, tratando en todo momento de convencer a su lector de que, pese a toda la buena voluntad de los agentes de la escena mundial, tras esta fase de transición nada de lo que dábamos por conocido se parecerá ni remotamente a lo que fue en el pasado. De ese modo, la política y el deporte, la educación y la medicina, las relaciones amorosas y familiares, la democracia y la economía, el trabajo y el entretenimiento masivo, irán acomodándose progresivamente a un nuevo mundo iluminado por las luces halógenas de las inteligencias cibernéticas que controlarán sin descanso cualquier mínimo aspecto de la vida o la actividad humanas. Y todo ello, en gran parte, por satisfacer los deseos humanos de poder, felicidad e inmortalidad.
Los humanos mismos serán más longevos, gracias a la innovación médica y la manipulación genética, pero también se volverán más inteligentes, gracias a implantes neuronales y fármacos estimulantes, como anunciara el filósofo Nick Bostrom, en quien Harari se basa sin citarlo expresamente, con objeto de cumplir con las exigencias de un mundo capitalista tiranizado por una idea funcional de la inteligencia impuesta por las máquinas.
El diagnóstico es terrible: el futuro será gobernado por minorías sobrehumanas asociadas a computadoras superinteligentes y la mayoría subalterna se resignará a vivir en la inutilidad más absoluta.