lunes, 26 de enero de 2015

GADDIS NO ES GALDÓS

 [William Gaddis, Los reconocimientos, Sexto Piso, trad.: Juan Antonio Santos, 2014, págs. 1369]

Todo el que habla de la novela en la segunda mitad del siglo XX debería tener la honestidad intelectual y el buen gusto de comenzar mencionando esta novela total entre las novelas totales que marcaron ese período con una ambición, un rigor y una inventiva que hoy, en un panorama literario abrumado de medianías artísticas y mercantiles, abochornan y soliviantan. La novela total de la que hablo nace de las tripas verbales del “Ulises” de Joyce como este nació de las entrañas del “Fausto”, “Gargantúa y Pantagruel”, la “Divina Comedia”, el “Quijote” o “Tristram Shandy”. La novela total es esa novela que quiere meter, como fantaseaba Mallarmé, todo el mundo real en un solo libro, abrazar la totalidad del espacio y el tiempo en las dimensiones expandidas de un volumen de páginas inabarcables que compiten con los confines del mundo.
Con “Los reconocimientos” William Gaddis acierta a dar un renovado impulso creativo al género novelístico en la posguerra, comunicando de nuevo con las fuentes europeas de la modernidad y efectuando un salto cuántico para superar las influencias del “Fausto” de Goethe y el “Doctor Fausto” de Mann a fin de sintetizar a través del lenguaje una visión de la época tan hermética y delirante como lúcida y enciclopédica. Y, de paso, cimentar las bases estéticas de la gran novela posmoderna norteamericana (Pynchon, Coover, Gass, DeLillo, Wallace, Powers, etc.).
 En sus múltiples niveles narrativos, “Los reconocimientos” narra la devastadora historia de un artista malogrado (Wyatt Gwyon) que vende su alma hipersensible al Diablo neoyorquino (Recktall Brown) a cambio de alcanzar el consuelo metafísico de la verdad (o un atisbo filosófico de la verdad) en un mundo dominado, en todos los ámbitos de la vida, por los impostores y los estafadores, los falsarios, los tramposos y los falsificadores.
Los “reconocimientos” del título aluden al pacto teológico de Dios con sus frágiles criaturas. Un pacto que confiere a la realidad un orden sólido sancionado por la mirada complaciente del creador sobre el mundo creado y sus habitantes. La pintura clásica pretendía reflejar, según el idealismo de algunos intérpretes, esa armonía establecida desde el principio de los tiempos. Disuelto ese contrato fundacional, la falsificación reina en doble sentido: tan espuria es la tentativa del protagonista de preservar, mediante recursos pictóricos, el arte de los maestros antiguos en un mundo contemporáneo que ya no responde a ese impulso genuino como explotar la falsedad de ese mundo hasta límites insospechados en pos de la riqueza material y la celebridad mediática.
Esta magistral novela describe con pesimismo cómico una realidad secuestrada por los valores espurios, como dice William Gass en el estupendo prólogo, una realidad que si tuviera “dos puertas, en una habría un santón hipócrita y en la otra un charlatán disfrazado de estadista”. En este sentido, esta novela señala el fin del pensamiento clásico y la génesis de una literatura innovadora que trata de dar cuenta de un mundo fragmentario y caótico, un mundo enteramente gobernado por los designios equívocos de Mefistófeles y sus maquiavélicos agentes. En este mundo mefítico y deletéreo, hasta el ingenuo buscador de la verdad (da igual Gwyon que Gaddis) acaba naufragando en el más espantoso ridículo.
“Los reconocimientos” fue publicada en 1955 en medio del estupor absoluto de la crítica oficial. Mereció cincuenta y cinco reseñas, una casualidad cabalística, de las cuales solo dos fueron elogiosas y el resto, como dijo Jack Green, “chapuceras e incompetentes”. No sé si es una conjuración del azar, o producto de la afinidad sincrónica entre genios creadores, pero ese mismo año irrumpió en el panorama mundial otra novela tan seminal e influyente como la “Lolita” de Nabokov. 

martes, 20 de enero de 2015

HISTORIA(S) DEL CINE

 [Román Gubern, Historia del cine, Anagrama, págs. 669]

Todos los que carecen de imaginación se refugian en la realidad.
-J. L. Godard, Adieu au langage-

El cine, antes de convertirse en una fábrica de sueños, fue un sueño proyectado en el cerebro de los humanos desde la prehistoria. Una forma de interrogarse sobre la realidad tomando en consideración las imágenes que penetraban a través de los ojos y el movimiento de los cuerpos. Como señala Gubern en esta imprescindible monografía sobre el único arte (narrativo tanto como visual) que nació de la tecnología, no es casual que en una de las paredes de Altamira aparezca representado un jabalí de ocho patas. El artista primitivo que lo pintó sobre la roca desnuda trataba así de plasmar su visión de una realidad cinética, la primera imagen de un cuerpo animal que al moverse transforma la estabilidad de su percepción.
Desde ese instante iniciático hasta la consumación del Desnudo bajando una escalera de Duchamp el cine se ha exhibido por múltiples vías como la plasmación de una mirada o perspectiva sobre el mundo que trasciende cualquiera de sus materializaciones históricas, estéticas o estilos. El cine es, por tanto, mucho más que una técnica o un arte siendo, al mismo tiempo, una industria capitalista, un modo de producción y también una filosofía visual sobre la realidad.
El cine como proyección pura en una pantalla nació en París el 28 de diciembre de 1995, en el sótano del Grand Café, en una primera sesión rodeada de escepticismo antes de que la oscuridad se apoderara de la improvisada sala y un flujo de luz blanca inundara el lienzo con una serie de imágenes cotidianas (obreros saliendo de una fábrica, niños riñendo, llegada de un tren a la estación, una partida de cartas, etc.) que se transformaron en insólitas para los ojos de los espectadores por su presencia espectral en la pantalla. El éxito apabullante de los hermanos Lumière fue tal que el diabólico invento pasaría a erigirse en la tecnología de ocio masivo más influyente del siglo XX.
Uno de los asistentes a esa velada mágica, George Méliès, tan fascinado con la luz artificial de los Lumière como convencido de que el cinematógrafo podía ser el gran aliado de la imaginación sin dejar de ser un buen negocio, se convertiría en el primigenio fundador del cine narrativo, desbordando las expectativas científicas de sus inventores. Poco después, Porter y Griffith darían a las intuiciones fantásticas de Méliès un nuevo giro realista y dramático a través del montaje.
Desde entonces acá, como explica Gubern, el cine no ha hecho sino expandirse y universalizarse al tiempo que iba sedimentando en cinematografías nacionales que se enriquecían con el bagaje de las culturas respectivas y públicos heterogéneos. Las transformaciones técnicas del cine (el tránsito traumático del mudo al sonoro, los formatos de pantalla grandilocuentes, las viejas tentativas de la 3D) han sido esenciales en su portentoso desarrollo desde los comienzos analógicos hasta los fastos de la era digital para incrementar su espectacularidad y poder de atracción (y su influencia sobre la vida social).
Muchas evidencias lo corroboran así, pero el hecho de que la proyección original tuviera lugar en la misma época en que Freud publicó sus Estudios sobre la histeria parecería atribuir al cine una relación especial con el inconsciente de la especie, como creyeron los surrealistas, con Buñuel a la cabeza blandiendo la navaja para abrir el ojo de la mente a todas las imágenes imposibles. Así lo postula hoy un filósofo (anti)cinéfilo como Slavoj Žižek concibiendo el cine como perversa máquina narrativa que nos lo enseña todo sobre el deseo (sus formas de sugestión efectiva y sus fetiches favoritos).
Y es que el cine, gracias a la propicia oscuridad de su contemplación, ha servido además como estimulante precioso de la vida erótica, un refinado instrumento de infiltración en el cerebro de los espectadores, proyectando en ella fantasmas con nombre de estrella y deseos innombrables.

lunes, 12 de enero de 2015

PUNTO DE FUGA: EL CINE DE 2014


[Como todos los años desde sus inicios, antes de la entrega de los Globos de Oro, el blog se transforma en foro de discusión cinéfila entre mis gustos disidentes, expuestos en primer lugar, y, en segundo lugar, los de un puñado de amigos (reconocidos film-buffs o avezados exploradores de la cosa fílmica) con opiniones a menudo divergentes entre sí: Marta Álvarez, José Ángel Berrueco, Jordi Carrión, Noel Ceballos, David Leo García, Robert Juan-Cantavella, Txema Martín, Vicente Molina Foix, François Monti, José Ramón Ortiz (en riguroso orden alfabético).]

Sin distinguir entre películas estrenadas o no en salas españolas, este es mi programa cinematográfico estelar de 2014, por riguroso orden de visión:

*Nymphomaniac 2 (Lars Von Trier)

*El lobo de Wall Street (Martin Scorsese)

*American Hustle (David O. Russell)

*Goltzius & the Pelican company (Peter Greenaway)

*Aimer, boire et chanter (Alain Resnais)

*Under the Skin (Jonathan Glazer)

* L´etrange couleur des larmes de ton corps (Hélène Cattet & Bruno Forzani)

*Un toque de violencia (Jia Zhang-ke)

*Maps to the Stars (David Cronenberg)

*Sin City 2 (Frank Miller & Robert Rodríguez)

*Adiós al lenguaje (Jean-Luc Godard)

*Mommy (Xavier Dolan)

+ Bird People (Pascale Ferran)/La chambre bleue (Mathieu Amalric)/Wrong Cops (Quentin Dupieux)

*Honorables menciones (por orden alfabético esta vez): Solo los amantes sobreviven, El amor es un crimen perfecto, Blue Ruin, La chica del 14 de julio, Cold in July, The Congress (ya incluida el año pasado)Al filo del mañana, Godzilla, The Grandmaster, Her (ya incluida el año pasado), Joven y bonita, Les rencontres d´aprés minuit, La Venus de las pieles, White Bird in a Blizzard...

NUEVAS SERIES O MINISERIES TELEVISIVAS (por orden de preferencia): True Detective, P´tit Quinquin, The Leftovers, Fargo, The Knick[La deslumbrante calidad visual de True Detective y P´tit Quinquin, con los talentos respectivos de los directores Cary Fukunaga y Bruno Dumont como responsables directos del altísimo resultado estético de ambas miniseries, me hizo pensar por un momento en incluirlas en la lista cinematográfica relegando a alguna de sus competidoras. Pero luego recordé que el medio es el mensaje, como predijo con astucia el maestro, y en su propio medio (de producción o de reproducción) es donde la obra creativa aspira a ser comprendida y valorada de verdad, sin nocivas interferencias.]

Entre las series americanas mainstream me han impresionado especialmente por la audacia de sus planteamientos: House of Cards (cinismo político capturado en flagrante delito); Homeland (actualidad sensacionalista y ambigüedad moral rayana en la alta traición); The Good Wife (una inteligencia estratégica maquiavélica y mefistofélica a partes iguales); The Americans (las mismas cualidades maléficas que las anteriores elevadas al paroxismo metafórico de los estertores y agonías de la guerra fría).

REVISIONES TELEVISIVAS: Twin Peaks, Expediente X, Buffy cazavampiros (íntegras, maravillosas, insuperables, son las series del fin de siglo que mejor conectan con lo que está pasando hoy en televisión, aunque la alianza del humor y lo fantástico, por culpa de la seriedad impostada de los creadores de moda, parezca más un producto del pasado que una combinación productiva).

En cine como en televisión, he apostado, entre lo que he visto este año, por la innovación, el riesgo y la singularidad, y huido lo más lejos posible del término medio que hace consenso. Ninguna de mis 12 (+3) favoritas, aunque no sean perfectas, ni mucho menos, me decepcionará en la revisión y todas ellas proponen un juego creativo atrevido y fascinante (plenamente audiovisual) que llevan hasta sus últimas consecuencias sin temor a quedarse sin público o a fracasar en el intento por exceso de ambición. He preferido en todos los casos la heterogeneidad estética antes que la redundancia formal (todas las tendencias del cine contemporáneo pueden reconocerse en la docena de películas elegidas y en el triple bonus track de cintas representativas de un cierto nuevo cine francés de creativas maneras y estilos) y cuando una propuesta no me ha convencido en absoluto (a pesar del consenso crítico o la beatería cinéfila en su entorno, como es el caso de Boyhood, neorrealismo o hiperrealismo contemporáneo lastrado por un exceso de banalidad narrativa y descriptiva) la he descartado o, reconociendo aciertos parciales, la he relegado al cajón de las consolaciones, donde también aguardan una segunda visión películas con malicia pero a la postre decepcionantes (Perdida, donde solo la sublime actuación de Rosamund Pike logra engrandecer el convencionalismo calculado de David Fincher), o pequeñas instalaciones narrativas cuyos límites impuestos acaban pesando en detrimento del interés de la propuesta (Jonze, Ozon, Araki), o destellos terminales de un cine anémico y desvitalizado (Jarmusch), o blockbusters de ciencia-ficción con cierta poesía conceptual reluciendo entre sus escombros millonarios (Godzilla, Al filo del mañana), o curiosidades estéticas (cierto nuevo cine americano de género), etc.

Ya no hay excusas. Dada la situación cultural, en el cine y la televisión como en la literatura, solo cabe el riesgo, la inventiva, la originalidad, la audacia, la desmesura, la creatividad, el juego, en suma, con las reglas y las expectativas. Son demasiadas las restricciones y amenazas, demasiados los desafíos y coerciones, como para arredrarse y replegarse en la medianía, la mesura, la moderación, el conformismo o la estrechez de miras. Excesos y extremos y no convenciones o cálculos exige el momento presente. Atrevimiento, desparpajo, innovación, juego formal, invención de nuevas coordenadas, viajes mentales, descubrimiento de nuevas dimensiones audiovisuales, nuevas fronteras de la experiencia cinematográfica y nuevas relaciones empíricas entre cuerpos y cámaras, otra lógica narrativa, retratos excesivos de la realidad de un mundo que ha perdido el sentido y la dirección de su andadura, hipersensibilidad para la sátira, el delirio y lo grotesco, espectaculares revisiones del pasado histórico, sin prejuicios ni complejos académicos, refinamientos estilísticos, vuelos fantásticos, perspectivas imaginativas, contaminación estética, formas rebuscadas, híbridas, inauditas, etc.

Algunos amigos me reprocharán la inclusión de la (pen)última película de Peter Greenaway en mi lista (bastante ecléctica, por cierto) de lo mejor del año en detrimento de otras candidatas más ilustres para el juicio medio cinéfilo. Lo he dicho cien veces y lo repetiré una más: Greenaway representa para mí, a pesar de las ocasionales bajadas de forma, el único atisbo posible de un cine del barroco (no solo un cine barroco, plástica o estéticamente tal, sino un cine emanado de los postulados de la cultura del barroco, un cine de los siglos XVII y XVIII, un cine utópico, por tanto) realizado con planteamientos absolutamente contemporáneos (sí, de arte contemporáneo, tanto como Damien Hirst, los Chapman, Bob Wilson o Mathew Barney). Un cine que, pese a todos los obstáculos críticos y económicos que se le imponen, se rebela con energía contra la norma tecno-positivista (o naturalista-ilusionista) que es la dominante en la teoría y en la práctica desde los orígenes industriales del cine y restablece una conexión estética con los grandes gestos artísticos de Rubens, Bernini, Caravaggio, Velázquez, los hermanos Asam o Tiépolo, por citar maestros del barroco temprano y otros del tardío, sin renunciar a la influencia moderna de Duchamp, Eisenstein, Brecht, Fellini, Buñuel, Resnais o Godard (o de escritores afines como Borges, Gaddis, Barth, Calvino, Pynchon, Perec, Ackroyd, Calasso o Eco). No entiendo qué retorcidos imperativos del gusto podrían hacerme preferir la banal historieta de un niño actor que se limita a envejecer ante la cámara en compañía de su mediocre familia (mediante trucos de un naturalismo fotográfico tedioso) antes que una fábula filosófica de exuberante (audio)visualidad digital en torno al primer impresor y pintor de estampas eróticas del Renacimiento (Goltzius) y sus turbulentas relaciones con el deseo libidinal y el poder político de sus aristocráticos clientes. El cine, digan lo que digan los crédulos bazinianos, no se inventó para imitar o dar crédito moral a la realidad sino para reinventarla en su integridad.

Este año he revisado poco cine, demasiadas novedades en cine y televisión como para perder el tiempo en volver a ver obras conocidas, pero entre los escasos redescubrimientos brilla con luz especial la versión íntegra de Vanishing Point (con el segmento Charlotte Rampling de la copia inglesa incorporado como una prefiguración fatídica del destino del conductor protagonista). Esa gloriosa película de Richard Sarafian (concebida sobre el papel por Cabrera Infante con la excitación estética de la lectura del On the Road de Kerouac en mente) va ganando con los años una aureola mítica que eclipsa a muchas otras grandes películas de los setenta. Sí, los setenta, los años del Nuevo Hollywood, esa década portentosa, aún muy mal entendida por los estudiosos, que se inauguró (coincido aquí con la tesis de Stéphane Delorme, director de Cahiers du Cinéma) con la psicodelia mental y cósmica del futuro cifrada en 2001 (Kubrick) y se clausuró para siempre con el viaje lisérgico hacia la extinción total de Apocalypse Now (Coppola). En medio de todo ese fastuoso despliegue de imágenes insólitas, como un comentario excéntrico quizá, se sitúa la imposible cabalgada hacia la libertad del jinete motorizado (Kowalski) y el espectador inmóvil, prefigurando el hundimiento de toda una (contra)cultura…

La muerte de Alain Resnais, uno de los creadores cinematográficos más originales de todos los tiempos, justo cuando se estrenaba su deliciosa última película, y el adiós fílmico de Godard, otro creador de una singularidad irrepetible, convierten 2014 en el año donde los estertores estéticos de una de las tendencias más renovadoras de la historia del cine (la Nouvelle Vague francesa) han vuelto a demostrar en pantalla una verdad incuestionable: el cine es un arte demasiado joven como para encerrarlo en categorías críticas ortodoxas y un lenguaje artístico demasiado dinámico como para imponerle límites a su expansión en la era digital.



MARTA ÁLVAREZ

Cometa en órbita, Naya Kuu, 2014
Gerontophilia, Bruce LaBruce, 2013
Heli, Amat Escalante, 2013
La muerte de Jaime Roldós, Manolo Sarmiento y Lisandra I. Rivera, 2013
La Reina, Manuel Abramovich, 2013
Maps to the Stars, David Cronenberg, 2014
Orange is the New Black, temporadas 1 y 2, Jenji Kohan, Netflix, 2013-2014
Praia do Futuro, Karim Aïnouz, 2014
Real Humans (Äkta människor), temporadas 1 y 2, Lars Lundström, SVT1, 2013-2014
Traumfrau, Oliver Schwarz, 2013
Under The Skin, Jonathan Glazer, 2013
Xenia, Panos H. Koutras, 2014

JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

Aunque aún no he visto algunas de las películas más reputadas del año (como Ida y Sueño de invierno), y teniendo en cuenta que no incluyo las películas no estrenadas en salas comerciales españolas (donde Under the Skin figuraría entre los primeros puestos), es evidente que mi lista tal vez sea demasiado típica porque apuesto por la continuidad de los grandes creadores contemporáneos (Scorsese, Anderson, Coen, Eastwood, Jarmusch…) y en ella sólo se cuela algún principiante (Steven Knight, que sólo ha dirigido dos películas). Dado que no suelo ver más de una serie de tv al año y no puedo elaborar una lista de seriales, amplío la de cine hasta los 15 títulos, aunque me ha dolido dejar fuera filmes de Alexander Payne, Carlos Vermut o Roman Polanski:

1-El lobo de Wall Street (Martin Scorsese)
2-Snowpiercer (Joon-Ho Bong)
3-El gran Hotel Budapest (Wes Anderson)
4-Enemy (Denis Villeneuve)
5-Perdida (David Fincher)
6-Sólo los amantes sobreviven (Jim Jarmusch)
7-The Grandmaster (Wong Kar Wai)
8-Boyhood (Richard Linklater)
9-Dos días, una noche (Hermanos Dardenne)
10-Interstellar (Christopher Nolan)
11-Los canallas (Claire Dennis)
12-Locke (Steven Knight)
13-Jersey Boys (Clint Eastwood)
14-Her (Spike Jonze)
15-A propósito de Llewyn Davis (Hermanos Coen)

JORDI CARRIÓN

De TV me quedo con tres primeras temporadas extraordinarias y consecutivas: "True Detective", "Fargo" y "The Knick". Y con una producción europea: "Gomorra".
De cine me quedo con  "Boyhood", por ser al mismo tiempo narrativa y conceptual y por transmitir la sensación de que se puede tocar el tiempo.

NOEL CEBALLOS

Under the Skin
Snowpiercer
Jodorowsky's Dune
El futuro
Oculus


Jonathan Glazer ha dirigido uno de los mejores tratados sobre la mirada (su significado y sus implicaciones) que he visto en mi vida. La secuencia en que Ello se contempla a sí mismo en el espejo de la casa podrida y comienza a ver (en lugar de mirar, como había hecho hasta entonces) es cine en estado químicamente puro. Al igual que cada uno de los vagones/estamentos sociales que conforman Snowpiercer, quizá la película política más relevante del año. Es un milagro que una obra tan subversiva se haya podido rodar: como explica el excelente documental Jodorowsky's Dune, el cine norteamericano no suele ser agradable con los artistas. Quizá la esperanza resida en películas-piezas de museo como El futuro, ambientada en una post-Transición que no podría sentirse más como el aquí y el ahora. Para terminar, reivindiquemos la inédita Oculus, una pequeña gran película de terror que, como Under the Skin, también se adentra en los límites de la percepción para decirnos cosas incómodas sobre lo que significa ser humanos.

TV: ReviewRick and Morty.


DAVID LEO GARCÍA

Mi mayor sorpresa cinematográfica de 2014 ha sido descubrir que el cine español existe. Entiéndanme: que existe más allá de las consabidas reliquias ya lejanas y de las más actuales exhibiciones de linterna mágica en un gueto; es decir, que hay productos solventes de forma y fondo que, partiendo de las premisas del neonoir con modelos muy bien escogidos (Bong Joon-ho entre ellos), y con guiones sabios pero no abstrusos, sabe llenar por igual las salas y las expectativas. Bravo por las tres cintas que saco a colación aquí. Aparte, me han entusiasmado el último Jarmusch, aunque sea más de lo mismo (inconformismo con los cánones, deconstrucción de las etiquetas culturales para descubrir qué sobrevive), un Ari Folman dispuesto a liberar nuestros adoctrinados ojos con una libertad arrolladora, y un Cronenberg que ha querido filmar el Sunset Boulevard de la era youtube. Completan la relación el afortunado ejercicio de estilo de Linklater, un Polanski menor pero siempre grato de ver, un revelador cortometraje de Miguel Gomes (que acaso aporte un inédito punto de vista sobre la turbulenta situación del mundo actual) y el decamerón en miniatura de Yann González. Enumero, sin orden estricto de preferencia:

Magical Girl (C. Vermut)
Only Lovers Left Alive (J. Jarmusch)
Relatos salvajes (D. Szifron)
La isla mínima (A. Rodríguez)
El congreso (A. Folman)
Maps to the Stars (D. Cronenberg)
Boyhood (R, Linklater)
La venus de las pieles (R. Polanski)
Redemption (M. Gomes)
Les rencontres d'après minuit (Y. González)

ROBERT JUAN-CANTAVELLA

cine
*desierto
Lo cierto es que no he visto todo el cine que me gustaría este año, y de lo que he visto nada me parece excepcional.


serie:
  1. Fargo, de Noah Hawley
  2. True Detective, de Nic Pizzolatto
  3. Black Mirror, de Charlie Brooker: 3x0 White Christmas

Me gustaría poder votar a Flaman, de David Sainz y sus muchachos de Diffferent Entertainment (autores también de Malviviendo: dos series españolas deliciosas rodadas con cuatro duros; sí, al parecer se puede formular esta frase (serie española + deliciosa) sin incurrir en una contradicción in terminis), porque la descubrí en 2014. Pero resulta que es de 2013…

Con Fargo y True Detective imagino que no seré original en absoluto. He pensado en cuál poner primero, y tiendo a escoger True Detective. Pero a mi juicio el final no está a la altura del planteamiento. En cambio Fargo, aún resultándome en primera instancia menos impresionante que TD, creo que está mejor resuelta, y sobre todo me encanta el juego que plantea con la película Fargo, de la que pende a nivel de trama de un hilo muy tenue, para luego encarnar su espíritu, más que su letra, de forma magistral. Es muy arriesgado proponerse como el reto de jugar con una película de tal calibre, y creo que Noah Hawley lo logra con creces.  

Black Mirror figura en tercer lugar porque sólo disponemos de un primer capítulo en 2014, un capítulo especial que está a la altura en mi opinión de sus ilustres precedentes.


TXEMA MARTÍN

15 PELÍCULAS (por orden alfabético)

Boyhood (Richard Linklater)
El experimento cinematográfico del Richard Linklater ha recibido las mayores ovaciones de este año, la crítica internacional se ha volcado con este eficaz melodrama. Verdaderamente es una hazaña narrativa. Irrepetible.

De caballos y hombres (Benedikt Erlingsson)
Interesantísimo debut de este director islandés. Una obra inquietante y extraña, llena de imágenes inolvidables, con un punto de vista insólito y un humor negro, frío y tan nórdico como el de Roy Andersson: capaz de cazarte si compartes sus debilidades.

El desconocido del lago (Alain Guiraudie)
En este thriller hay algo de comedia y una buena fotografía, sexo explícito, amor desesperado y muerte. Pero, sobre todo, hay un suspense crudo que evoluciona hasta una forma pura de terror.

Enemy (Denis Villeneuve)
Jake Gyllenhaal trata de localizar a su doble descubriéndonos de paso una metáfora arácnida desconcertante y un final que se te adhiere a la retina. Otro gran trabajo del canadiense, que no ha fallado ni una sola vez en toda su filmografía.

Ida (Pawel Pawlikowski)
Para mí es la mejor película del año, al menos en lo que concierne a cualidades artísticas y a estilo narrativo. Es una historia dura y conmovedora; la fotografía y las interpretaciones son soberbias, está rodada a la vez con meticulosidad y crudeza.

Interstellar (Christopher Nolan)
Aunque algunos aspectos sean más satisfactorios que otros, el conjunto supone una de las muestras que mejor conjuga ciencia y arte, con prodigio y meticulosidad. La fantástica banda sonora de Hans Zimmer contribuye a una experiencia audiovisual apasionante, la última gran película rodada en 75mm.

La isla mínima (Alberto Rodríguez)
Sabemos que hay algo en el cine español que brilla, la cuestión es dónde. “La isla mínima” ofrece todo lo que cualquier espectador puede esperar de un buen thriller. De hecho, roza la perfección.

Joven y Bonita (François Ozon)
El retrato íntimo de una hipnótica niña bien de París que descubre su verdadera pulsión sexual, durante cuatro estaciones y cuatro temas musicales. Esta película contiene lo mejor de Ozon.

El lobo de Wall Street (Martin Scorsese)
La mejor película de Scorsese en años, una epopeya salvaje sobre la ambición, tres horas de espectáculo en una montaña rusa con secuencias inolvidables y llena de barbaridades. Un disfrute.

Magical Girl (Carlos Vermut)
El otro gran triunfo de esta temporada en el cine español. Viene refrendado por un director que ya atrajo miradas con su imperdible pieza Diamond Flash. Rarezas en el cine nacional que no nos traerán la fe, pero sí la esperanza.

Mommy (Xavier Dolan)
La menos narcisista y la mejor película del canadiense. Rodada en un formato vertical que se descubre pronto como un acierto, la historia se adentra con estilo propio en las relaciones de un triángulo dramático imposible, con mucha música y unas referencias poderosamente contemporáneas.

Nymphomaniac (Lars Von Trier)
No es que la segunda parte sea mejor que la primera: es que hay que ver ambas como una obra única, donde el cineasta danés se explaya a gusto, dando rienda a sus fantasías durante cuatro horas. Otro de sus deslumbrantes ejercicios de onanismo cinematográfico.

Oslo, 31 de agosto (Joachim Trier)
El sobrino lejano de Lars firma su segundo largometraje, que llega a España con tres años de retraso y que le delata como uno de los directores más prometedores de Europa; lo hace tras una primera película, Reprise (2006), más que recomendable.

Snowpiercer (Bong Joon-ho)
Un futuro distópico repugnante, un interminable viaje a la nada en un tren donde cada vagón alberga algún extraño hallazgo. La primera película en inglés del coreano es una insólita superproducción, una poderosa muestra de creatividad que provoca goce y desconcierto.

X-Men, días del futuro pasado (Bryan Singer)
Parece difícil que una franquicia de superhéroes nos depare tantas sorpresas y tanto disfrute como la última edición de X-Men, el ‘blockbuster’ del año. Tocada, de muy cerca, por Capitán América, otra de las mejores películas palomiteras de 2014; eficaces como una hamburguesa industrial o una pizza a domicilio.

MENCIONES (sin estreno en España)
Palo Alto (Gia Coppola), Starred Up (David Mackenzie), Under the skin (Jonathan Glazer).

5 SERIES (por orden de estreno)

True Detective (Nic Pizzolato, HBO)
Queda poco que decir que no se haya dicho ya acerca de esta obra mayor de la ficción que actualmente completa los preparativos para rodar su segunda temporada; es posible que esté a la altura.

Fargo (Noah Hawley, FX)
Un sorprendente ejercicio de adaptación cinematográfica, una historia delirante y violenta, y un tal Billy Bob Thornton interpretando el mejor papel de su vida.

Happy Valley (Sally Wainwright, BBC One)
Estupenda miniserie de seis capítulos sobre una mujer policía en un pueblo de Inglaterra, con una soberbia interpretación de Sarah Lancaster que merece toda nuestra admiración.

Transparent (Jill Soloway, Amazon)
La primera incursión en la producción audiovisual de Amazon es lo mejor que ha visto el melodrama familiar en televisión desde “A dos metros bajo tierra”. De verdad.

The Fall (Allan Cubitt, BBC Two)
No es una ficción sobre asesinos en serie al uso. Es la típica serie que empiezas a ver sin mucho interés, pero terminas descubriendo en la segunda temporada una especie de psicoanálisis de sus protagonistas, una inesperada profundidad.

VICENTE MOLINA FOIX

1. Lamento no ser más original, pero mi lista, como la de casi todo el mundo, la encabeza ‘Boyhood’ de Richard Linklater, y me malicio que por las mismas razones que han suscitado el entusiasmo universal.
2. La sigue en segundo puesto pero a su misma altura en mi estima, ‘Ida’, de Pawel Warlikowski, que me permitió además descubrir a un director con trayectoria anterior interesante y un título de gran calidad, ‘My Summer of Love’.
3. En el tercer puesto ‘A propósito de Llewyn Davies’: los hermanos Coen autores de la mejor película de vanguardia del año disfrazada de comedia ‘mainstream’.
4. La irrupción de Alain Guiraudie con ‘El desconocido del lago’ refuerza una línea tan difícil como la de un cine estrictamente homo y anti-propagandista; después de verla, cuando su estreno en España, la Filmoteca, en su Sala del Doré, ha dado la oportunidad de ver su entera filmografía a lo largo del otoño de 2014. Ninguna de esas obras previas tenía la maestría formal de ‘L´inconnu du lac’, pero todas eran preparativos o esbozos de la obra maestra descubierta en Cannes.
5. ‘Magical Girl’ me sorprendió gratamente: no pude aguantar en su día la anterior película de su director Vermut, ‘Diamond Flash’, de un feísmo ramplón y cargante en sus diálogos, justo lo contrario de lo que ahora propone.
6. ‘Omar’ de Hany Abu-Hassad me interesa, no llegando a la categoría de ‘Paradise Now’, por su mirada fílmica, por su contexto, por su militancia no partisana.
7. ‘Costa de Morte’, de Lois Patiño, por su silencio documental, no siempre respetado: le sobran músicas y diálogos costumbristas, pero el espíritu del lugar hechiza.
8. ‘Hermosa juventud’, otro Jaime Rosales imperfecto y lleno de sugerencias formales y morales
9. ‘El lobo de Wall Street’, o de cómo Scorsese utiliza la cocaína en la planificación.
10. ‘La isla mínima’, por sus trampantojos de arranque y cierre.


FRANÇOIS MONTI

Por varias razones, este año no pude, no quise o no supe seguir la actualidad cinematográfica. 8 de las películas de mi lista, las vi en las últimas tres semanas, lo que lo dice todo. Desde la distancia, no me pareció el 2014 una gran añada. Volveré el año que viene con mejor criterio y, espero, más tiempo de reflexión. 

Sin orden particular:

The Wolf of Wall Street (Martin Scorsese)
The Grand Hotel Budapest (Wes Anderson)
Relatos Salvajes (Damien Szifron)
Under the Skin (Jonathan Glazer)
Ida (Pawel Pawlikowski)
Captain America: The Winter Soldier (Anthony & Joe Russo)
Snowpiercer (Bong Joon Ho)
La chambre bleue (Mathieu Amalric)
Night Moves (Kelly Reichardt)
Maps to the Stars (David Cronenberg)

JOSERRA ORTIZ

Me decían que en América se estrenan alrededor de 1000 películas al año. No sé a qué clase de cintas se refiera esa cifra, y dudo mucho que sea el total aproximado para los estrenos en sala (poco más de dos premieres diarias, me parece algo imposible). Sin embargo, ahora que hago mi lista de las películas que más disfruté el año pasado, volviendo a mis notas y a mi memoria, dudo haber visto ni siquiera un tercio de todo lo que se mostró en los multicines, pequeñas salas culturales y festivales a mi alrededor. También, por cierto, noto con un poco de preocupación que en 2014 apenas si vi nuevo cine europeo (ni una veintena de películas), mucho menos asiático y un puñadito de filmes latinoamericanos. Supongo, claro, que mucho se debe a que América es para los americanos, o lo americano, y aquí hay siempre pocas opciones que no sea Hollywood y ese "little cinema" del que se sienten tan orgullosos. Pero sobre todo, mientras anoto las pelis que prefiero por sobre el resto de las vistas, pienso que lo visto y lo enlistado ya trazan un mapa muy preciso de mis obsesiones, gustos y sensibilidades. Creo, en resumen, que 2014 fue un muy buen año para el cine de sala comercial en el que cada vez más se cuelan títulos de los mejores autores de la actualidad y con un éxito más o menos rentable. También, entre otras particularidades, noto que el año pasado ya anunció los últimos estertores de la cultura hipster masificada muy bien lograda, pero de salida (Vg. St. Vincent, The Theory of Everything), y la posible muerte de la poética de la peli de superhéroe a la que nos tenían acostumbrados desde los aburridos Remi y Nolan: la mejor cinta de superhéroes en años, Guardians of the Galaxy, se aleja totalmente de las reflexiones seudomorales y protofilosóficas enmarcadas en narrativas pretendidamente realistas y ofrece una recuperación del space opera de alto impacto que se acerca más, definitivamente, al espíritu del medio original del que proviene como relato. De entre las películas que elijo, me gustaría mucho celebrar el definitivo regreso del humor más americano con la nueva cinta de los Farrelly quienes, inteligentemente, se oponen al humor conversacional y ya muy predecible de la escuela Apatow que tanto sigue gustando. Igualmente, notar que Kevin Smith finalmente vuelve a las grandes ligas y ofrece una película tan perturbadora como Tusk que, por cierto, desde el humor desmantela el elemento chocante de ejemplos recientes como The Human Centipede. De entre estas quince cintas hay una que me gustó mucho sin ser muy buena, por cierto, pero que me gustó porque la filmaron en el pueblo y vi un par de rostros conocidos. Ah, en la petición de esta lista se nos invitó también a compartir títulos de series de TV, pero no quiero parecer repetitivo (The Knick, True Detective, la última de Broadwalk Empire, Penny Dreadful...), solo mencionar a Brooklyn Nine-Nine como la mejor sitcom que ha salido desde las primeras temporadas de Parks and Recreation o la segunda mitad de The Office gringo. 

Va sin más, mi lista.

15. A Walk Among The Tombstones (Mat Scudder)
14. Breakfast With Curtis (Laura Colella)
13. Feuchtgebiete (David Wnendt, aka "Wetlands")
12. Dumb and Dumber Two (Bobby & Peter Farrelly) 
11. The Tribe (Miroslav Slaboshpitsky)
10. Tusk (Kevin Smith)
09. Her (Spike Jonze). 
08. Guardians of the Galaxy (James Gunn) 
07. Whiplash (Damien Chazelle)
06. Under the Skin (Jonathan Glazer)
05. Hard to be a God (Aleksei German)
04. Foxcatcher (Bennett Miller)
03. The Grand Budapest Hotel ( Wes Andreson)
02. Birdman (Alejandro González Iñarritu)
01. Only Lovers Left Alive (Jim Jarmusch)


lunes, 29 de diciembre de 2014

BOUDOIR BUDISTA AL PIE DE LA TUMBA


[Junichirô Tanizaki, Diario de un viejo loco, Siruela, trad.: María Luisa Balseiro, 2014, págs. 152]

El erotismo es un medio de conocimiento de la realidad y no solo una forma de disfrutar de ella. Una vía de conocimiento inmanente que pasa por la sensibilidad de la piel y las intuiciones de la carne. Solo un puritano refutaría esta verdad de la experiencia humana. Y la literatura es una de las artes más acreditadas para perseverar en las obsesiones privadas y sexualizar el lenguaje a través del contacto con esos cuerpos idolatrados. En esta línea de pensamiento estético, uno de los artistas literarios supremos es el japonés Junichirô Tanizaki (1886-1965).
Tanizaki es uno de los precursores menos previsibles del eros contemporáneo y la turbulenta economía libidinal del presente. Aunque gran parte de sus novelas más prestigiosas (La llave, Las hermanas Makioka, La madre del capitán Shigemoto, El cortador de cañas, entre las más reconocidas) han sido ya traducidas al español, aún nos faltaban algunas de las más obscenas y subversivas. Después de Naomi hace tres años, ahora le llega el turno a la última de sus novelas, este magnífico Diario de un viejo loco (Fûten Rôjin nikki; 1962). [Para completar el catálogo de obras imprescindibles, ya solo falta atreverse (¡un esfuerzo editorial más!) con la traducción de su novela de libido más sinuosa y perturbadora y narrativa poliédrica, Esvástica.]
En la persecución del fantasma libidinal Tanizaki fue de una constancia freudiana admirable. Todo en él pasa siempre por el fetichismo patológico de los pies femeninos como sinécdoque carnal de la adoración de la mujer, pasión de toda su vida y su literatura. Uno de sus primeros relatos, “Los pies de Fumiko”, ya narra la pasión patológica de un viejo por los hermosos pies de su amante y el recurso a un tercero en concordia, un pintor joven, para transfigurar esa veneración carnal en refinada relación estética. En este demencial nikki (nombre japonés para el dietario íntimo) el anciano Utsugi Tukusuke, impotente y enfermo de gravedad a sus setenta y siete años, nos cuenta día a día cómo el ardor sexual por su joven nuera, la traviesa, coqueta y bella Satsuko, lo conduce a burlarse de todos los tabúes familiares y maritales, valores sociales y creencias religiosas endiosando a la seductora Satsuko como divino objeto de deseo.
La ironía de esta novela tardía repleta de un humor sarcástico y cínico es que la figura del amante más joven, típico de otros escenarios narrativos concebidos por Tanizaki como en el relato citado o en su novela más escandalosa (La llave), es sustituida esta vez por la efigie de la muerte, a la que el narrador senil desafía no solo con cada uno de sus gestos de transgresión y profanación sino dando cuenta verbal de ellos con total desparpajo narrativo, riéndose a carcajadas de los miembros de su familia y de las normas socialmente aceptadas.
Ese amor absoluto, por una de esas paradojas del deseo, se concentra en los curvilíneos pies de la chica, que el viejo Utsugi contempla en éxtasis y palpa emocionado cada vez que tiene ocasión. Satsuko ha sido bailarina y aparece rodeada para su viejo suegro de un aura legendaria y maldita, la de muchacha perdida en las turbias noches de los clubes de alterne de Asakusa, entre la prostitución y el baile sicalíptico.
La relación entre la joven de gustos modernos y tradicionales y el anciano admirador pasa por diversas fases, desde los tanteos iniciales de una pasión que no se atreve a manifestarse hasta la consumación simbólica, pero implica numerosos rituales y gestos insospechados. El viejo mirón se conforma con poco, caricias furtivas y tocamientos pedestres, a cambio de pequeños regalos que halagan la vanidad y el gusto de la novedad y la moda bien arraigado en Satsuko.
El subversivo plan del viejo demente, que casi le cuesta la vida, consiste en una profanación del culto religioso. En la lápida de la tumba bajo la que será enterrado no irán grabados los pies sagrados de Buda, como dicta la tradición ancestral, sino las agrandadas plantas de los bellos pies de Satsuko, reproducidas en papel por el ferviente Utsugi en una de las escenas más eróticas de la historia de la literatura.