miércoles, 18 de abril de 2018

REALISMO EXTRAÑO



[Mark Fisher, Lo raro y lo espeluznante, Alpha Decay, trad.: Núria Molines, 2018, págs. 168]

   No salimos de nuestro asombro. Cuando lo dábamos todo por conocido y cartografiado por la todopoderosa razón, como predijo Hegel, aparece ante nosotros, gracias a las nuevas elaboraciones de la teoría y el pensamiento y también a la creación más renovadora, una nueva geografía imaginaria que prescinde de las convenciones y nos enfrenta a lo insólito y lo desconcertante. En una tentativa previa por definir el campo de maniobras culturales y políticas posibles en el entorno y condiciones del capitalismo neoliberal, Fisher había elaborado ya un concepto que inquietó a muchos por sus implicaciones: “realismo capitalista”. Al atribuir los rasgos de la estética e ideología del realismo al sistema capitalista, Fisher abría la puerta hacia otras perspectivas que delimitaran ese territorio de lo posible con nuevas categorías y conceptos. Y así lo hizo en este espléndido tratado que se publicó tras el suicidio de su depresivo autor. Un ensayo seminal que plantea excesivas cuestiones a la inteligencia del lector que ya nunca podrán ser contestadas por Fisher.
Si el terreno de lo que hay ha sido acotado por el realismo capitalista, es lógico pensar que el terreno de lo que podría existir, el espacio de la utopía y el deseo, podría configurarse con los dos conceptos enunciados en el título: lo raro (“Weird”) y lo espeluznante o misterioso (“Eerie”). Ambos funcionan como modulaciones de la misma extrañeza con que el mundo se presenta a la conciencia humana, como una esfinge o un laberinto, para proponerle acertijos vitales y escalofríos ancestrales. Como bien dice Fisher: “Lo que tienen en común lo raro y lo espeluznante es una cierta preocupación por lo extraño”. Y lo extraño expresaría así, en palabras de Fisher una vez más, la “fascinación por lo exterior, por aquello que está más allá de la percepción, la cognición y la experiencia corrientes”. Mientras que lo raro cuestiona las categorías kantianas con que comprendemos la realidad, lo espeluznante supondría una apertura radical a la novedad y la alteridad más allá de las coordenadas tenidas por reales (“una huida más allá de los confines de aquello que normalmente consideramos realidad”).
Pero Fisher no incurre en el error de abordar estas ideas recurriendo a pensadores o escritores canónicos, sino movilizando una bibliografía y una filmografía fundamental de autores de la fantasía, el terror y la ciencia ficción, subgéneros donde la realidad es puesta a prueba por dimensiones paralelas y bucles históricos o cronológicos, presencias insidiosas como fantasmas, monstruos y alienígenas, experiencias traumáticas y vivencias al límite de la cordura, o situadas en el borde exterior (o más allá, en algunos casos extremos) de la razón pura.

No es extraño, por ello, que el libro comience su fascinante itinerario invocando al gran Lovecraft, fabulador al que ciertas corrientes filosóficas actuales (el “realismo especulativo” de Graham Harman, muy en especial, pero también la “hiperstición” de Reza Negarestani o el “aceleracionismo” de Nick Land) pretenden erigir, con razón, en paradigma de sus especulaciones más intransigentes sobre la realidad. El discurso de Fisher se organiza en dos bloques, correspondiendo a sus dos conceptos clave. En el bloque de “lo raro”, además de los capítulos sobre la ficción de Lovecraft y la estética enrevesada de las obras tardías de David Lynch (“Mulholland Drive”, “Inland Empire), destacaría el brillante capítulo donde se asocia “El mundo conectado” de Fassbinder con el “Tiempo desarticulado” de Philip K. Dick. Ya es bastante extraño que un director político tan creativo como Fassbinder creara en los años setenta un telefilm (inspirado en la curiosa novela “Simulacron 3” de Daniel Galouye) sobre un simulacro tecnológico de realidad virtual que supere los juegos y bucles metaficcionales de Borges o Dick, pero más extraño aún es que lo realizara sin abandonar los postulados de una estética como la suya cercana al realismo expresionista.
Es en el bloque de lo “espeluznante” o lo misterioso, sin embargo, donde se agolpa el mayor número de ficciones anómalas, o representativas de la anomalía de lo (ir)real, como la intrigante serie fílmica y televisiva del “Dr. Quatermass” concebida en los años sesenta por Nigel Kneale. Aquí se reúnen las películas más especulativas de Stanley Kubrick (“2001” y “El resplandor”), Andréi Tarkovski (“Solaris” y “Stalker”), Christopher Nolan (“Interstellar”) o Jonathan Glazer (director de una prodigiosa rareza: “Bajo la piel”) con las ficciones literarias de M. R. James, Daphne Du Maurier, Tim Powers, Alan Garner o Margaret Atwood. El capítulo más sugestivo de todos ellos, sin embargo, es el consagrado a la maravillosa novela “Pícnic en Hanging Rock” de Joan Lindsay (filmada por Peter Weir, por cierto, con hipersensibilidad para captar la inquietante orografía del paisaje natural australiano y los grandes misterios femeninos de la vida corpórea). Nada más extraño y perturbador, en suma, que la historia de esas adolescentes que acaban entregándose al paganismo telúrico del peñasco sagrado para huir de la educación victoriana que reprime la expansión de sus cuerpos y mentes.


viernes, 13 de abril de 2018

EL MIRÓN MISÁNTROPO



[Gay Talese, El motel del voyeur, Debolsillo, trad.: Damià Alou, 2018, págs. 232]

Mi voyeurismo ha contribuido enormemente a convertirme en un pesimista, y detesto ese condicionamiento de mi alma…Si nuestra sociedad tuviera la oportunidad de ser voyeur por un día, abordaría la vida de manera muy distinta a como lo hace ahora.

-Gerald Foos, Diario del voyeur-


Es posible que la realidad supere a la ficción, como suelen decir todos los que sostienen un sospechoso interés en que una categoría prevalezca sobre la otra, como si las ficciones que nos contamos y contamos a los demás no tuvieran influencia sobre el escenario de la realidad en que nos desenvolvemos a diario. Es posible, por tanto, que en algunos casos las ficciones que construyen la realidad se muestren mucho más sugestivas que las ficciones que hallamos en los libros, las películas o la televisión. Unas son ficciones en sentido estricto y las otras, las del arte y el lenguaje, son metaficciones, ficciones sobre la condición de ficción de todo cuanto rodea a la vida humana en cualquiera de sus expresiones o manifestaciones.
El problema es que la realidad suele ocultarse tras una pantalla de secretos y tabúes que solo la ficción puede penetrar a conciencia. La figura singular del voyeur, protagonista de este extraordinario libro del gran escritor y periodista Gay Talese, adquiere aquí una importancia trascendental. Un voyeur, es decir, un sujeto dominado por la pulsión escópica a quien interesa menos, como revelan las últimas páginas del libro, la respetabilidad hipócrita que la verdad desnuda. Esta crudeza real escandaliza al ojo intachable del puritano, siempre vigilante para prohibir o perseguir cualquier signo de goce, pero espolea a un observador de aguda inteligencia y sensibilidad como Talese. Con una complicación suplementaria nada baladí para el ojo del censor, sea este el del periodista escrupuloso o el del lector mojigato: si Talese, en esta morbosa historia, actúa en todo momento como el voyeur del voyeur (o voyeur al cuadrado), qué papel nos correspondería en el juego vicioso a nosotros sus lectores efectivos.
Estas reflexiones convierten en espuria la polémica suscitada por la aparición americana del libro, con las acusaciones de fabulación esgrimidas contra Gerald Foos, el voyeur dueño del motel Manor House, que llegaron a generar dudas en Talese sobre si rubricar o no una perversión tan sensacionalista con su prestigioso nombre. Es cierto que Gerald Foos, dada la confusión y la narración difusa de sus “diarios”, escritos en su mayor parte en tercera persona, podría haberse llamado Gerald Fuzzy y no hubiera pasado nada, pero cuando Talese recibió la carta inicial de este personaje carismático y lo visitó por primera vez en 1980 para corroborar que todo lo contado por escrito era cierto, debió de experimentar en todo el cuerpo y no solo en el cerebro la comezón insaciable que en los mejores novelistas suscita siempre una historia original.
No es frecuente que el propietario de un motel confiese que ha instalado en el techo de numerosas habitaciones de su establecimiento unas rejillas especiales desde las que espía a placer las actividades sexuales de sus clientes. Y tampoco lo es que un voyeur vocacional de esta envergadura, fascinado por el objeto de su deseo hasta el delirio onanista (cf. escena de sexo interracial, pág. 92), mantenga unos “diarios” donde recoja un relato exhaustivo de las experiencias vividas durante años en el ejercicio de su pasión de espectador adicto, y, en paralelo, elabore unas tablas de clasificación de los actos ordenados por categorías y niveles de competencia de sus actores, pensando que esa taxonomía del sexo constituye también una tarea de relevancia científica, al estilo del informe Kinsey o los trabajos coetáneos de Masters & Johnson.
Foos no es un perverso patológico y sus inteligentes opiniones enriquecen a menudo la narración con un punto de vista libertino sobre la sexualidad masculina y femenina. En el último encuentro con Talese, Foos es un septuagenario obeso y desengañado y un voyeur retirado que solo alimenta la libido retiniana, junto con su segunda esposa, Anita, consumiendo porno en un televisor de ochenta pulgadas. En la entrevista final, Foos confiesa a Talese que, comparado con su voyeurismo falsamente inocente, el nuevo voyeurismo de las cámaras del Gran Hermano gubernamental le parece una obscena exhibición paranoica al servicio de la vigilancia impersonal y no del placer individual y el conocimiento. Y el viejo periodista asiente con simpatía ante ese signo de inteligencia situacional, entendiendo que el “Voyeur más grande del mundo”, como se autodenomina en un pasaje de los “diarios”, se siente doblemente desfasado en una cultura que prescinde de los vicios del ojo humano para inspeccionar sin tapujos la vida de los ciudadanos.
Cualquiera que tuviera la sensibilidad cómplice y el hambre de realidad de Talese, aun percibiendo desde el principio las mistificaciones de Foos, se dejaría arrastrar, como hace el lector, por el método peligroso del voyeur para desvelar las grandezas y miserias del instinto sexual y las prácticas asociadas. Como documento histórico, el libro es de un valor incalculable, como crónica periodística es magistral, sin discusión, y como examen de la naturaleza humana es de una lucidez implacable y cegadora. Gracias a todo esto, más allá del escándalo fariseo, el nombre del mirón misántropo Gerald Foos quizá pase a ocupar un papel de epígono crepuscular en la larga lista de pequeños y grandes nombres de la historia de la revolución sexual del siglo XX, ya narrada por Talese con profusión y sagacidad en su espléndido libro “La mujer de tu prójimo”.
Tras ganar en Francia el provocativo premio Sade en 2017, “El motel del voyeur” se reedita ahora en bolsillo en una versión revisada por el autor.


POSDATA DOBLE: 1. Hay un magnífico relato de Edogawa Rampo que recuerda poderosamente a la anécdota del caso Foos contada por Talese como si fuera una novela experimental. Se trata de “The Stalker in the Attic” (1925; cito el título inglés y la fecha de publicación según los recoge The Edogawa Rampo Reader; Kurodahan Press, 2008), aunque aquí el giro es más criminal que sexual, pero la amarga misantropía del protagonista es similar. En la estupenda versión cinematográfica de Noboru Tanaka (Watcher in the Attic; 1976), donde se injerta en la trama la truculenta historia de otro relato memorable de Rampo (“The Human Chair”; 1925), prima el alto contenido erótico sobre la trama policial. Al fin y al cabo, es una película pinku, clasificada por su famosa productora (la compañía Nikkatsu) en su ardiente colección de Roman Porno. 2. La todopoderosa Netflix ha arruinado, con su anodino documental, la posibilidad de una adaptación de El motel del voyeur producida por Spielberg y dirigida por un director con tanta sensibilidad para lo mórbido como Sam Mendes, en el estilo de su debut American Beauty. De todos modos, por paradójico que parezca, el único director capaz de dar altura estética a las rigurosas taxonomías sexuales y las tórridas escenas de voyeurismo del libro de Talese sería el gran Peter Greenaway de los ochenta y noventa. O si acaso, el Brian de Palma más explosivo y vulgar de la misma época. Nos estamos quedando antiguos, no tenemos creadores de ficción audiovisual a la altura de los retos y desafíos del presente, o los tenemos maniatados por presupuestos insuficientes, taquillas hostiles, circulación limitada y difusión escasa, subvenciones vergonzosas y proyectos rechazados por productores medrosos. La cultura espectacular lo devora todo como un agujero negro y vamos a remolque con la lengua fuera, exhaustos y sin ideas propias. El hecho de que Netflix prefiriera la no ficción a la ficción para abordar el asunto, lavándose así las manos en el escándalo y la polémica, ya me parece significativo (continuará)

miércoles, 11 de abril de 2018

FUENTES Y CIFUENTES


[Publicado ayer en medios de Vocento]

Fuentes bien informadas me comunican que Cifuentes tiene razón y todos los demás implicados mienten. Cifuentes cursó el máster, se aplicó en clases presenciales ocupando las primeras filas del aula, participó activamente en las discusiones e interpeló a sus profesores con preguntas siempre inteligentes, superó con holgura las asignaturas y elaboró en persona, robando tiempo a sus obligaciones institucionales, un trabajo final excelente, me dice “Garganta Profunda” con su voz de barítono sibilino. Todos mienten por conveniencia, excepto Cifuentes, reina zarzuelera incapaz de abdicar del trono matritense, aunque quizá se entienda con la parentela política mejor que la reina oficial.
Cifuentes es víctima de una conspiración de la universidad, donde enemigos ocultos le han tendido una trampa falsificando todos los documentos y las pruebas, como en una pesadilla paranoica. Su vida se ha transformado en un infierno por culpa de profesoras falsarias y aviesos directores de máster, por no hablar de los rectores, notorios defensores de cualquier impostura, como me cuenta con ironía mi confidente en la sombra. Ya se sabe que la universidad es un ente poco fiable, propenso a bromas infames. Y acostumbrado a burlarse de las expectativas de conocimiento de quienes se le acercan con la legítima intención de prepararse para un mercado laboral cada día más exigente. Y la infeliz Cifuentes ha caído en sus redes engañosas como una estudiante novata. Un político intachable jamás debería buscar en una institución universitaria el prestigio que lo habilite para desempeñar su cargo con un plus de seriedad. Como demuestran otros colegas, es mucho más recomendable mantenerse al margen del pernicioso complejo de superioridad del mundillo académico. Para qué sirve el sistema universitario, en el fondo, sino para darle disgustos a la clase política actual y a sus figuras más notables.
A este paso, el mayor castigo para un político no va a ser enviarlo a la cárcel por delitos erróneos de rebelión o malversación, sino matricularlo en la universidad. Es una instructiva escuela para la vida pública. En ella se aprende a bregar a diario con los desmanes faraónicos de los rectores, la arrogancia de los catedráticos, el autoritarismo de decanos y directores de departamento, la envidia y el resentimiento de profesores y estudiantes o los desplantes y el desparpajo sindicado de los conserjes. En suma, es el currículo más útil y efectivo para prosperar hoy en un partido político. En lugar de despotricar de sus contrincantes, Cifuentes haría bien en transformar su ridículo caso en una campaña publicitaria en favor de la universidad pública y de una asociación necesaria entre esta y la cualificación profesional de los políticos en ejercicio. Pero para validarla con un gesto noble, tras la suprema exhibición de torpeza, debería dimitir enseguida. Todos saldríamos ganando y la universidad limpiaría la imagen elitista que aún enturbia su reputación.

viernes, 6 de abril de 2018

SECRETO A VOCES


[Eloy Fernández Porta, En la confidencia. Tratado de la verdad musitada, Anagrama, 2018, págs. 201]

En la era de la transparencia, el secreto, como la “carta robada” de Poe, salta a la vista, invade los lugares públicos con ostentosa obscenidad y provoca la reacción del receptor ingenuo. Cuando nada es secreto, el secreto se vuelve la mercancía más valiosa, el género vendible que hay que crear, producir, inventar o generar de antemano para así poder preservar una idea convencional de la realidad. La ilusión o el fantasma de que hay todavía un descubrimiento trascendental por realizar. En el fondo, el mundo de la información se nutre del cotilleo y el chismorreo, la calumnia y el cotorreo permanentes. La información en estado puro, sin mancha psíquica, desprovista de suciedad subjetiva, es demasiado revolucionaria y tóxica para el cerebro del homínido consumidor. El secreto humaniza la realidad, convierte el escenario del mundo en zona de confort, sala de espera repleta de accesorios tranquilizantes, un ámbito controlado y calentito donde estar a gusto con su pequeño ego a cuestas y no una gélida nave espacial lanzada al cosmos infinito y más allá de las estrellas, como pretende la cibernética, esa ciencia de la gestión deshumanizada de la información.
Alguien podría decir todo esto, creyéndolo una revelación mediática o una epifanía de la verdad, pero no Fernández Porta, el pensador más original de la cultura contemporánea. Con Fernández Porta siempre hay que empezar hablando de la escritura. De las cualidades de la escritura. Del estilo. No es un tema baladí. Como pasa a muchos que enuncian en público el gesto prestigioso de pensar, la prosa no logra atrapar la idea, se les escurre como un pez entre los agujeros de la red. Sin el impulso de la escritura el pensamiento no alcanza nivel suficiente. Lo primero a celebrar en Fernández Porta, por tanto, es que la destreza léxica y estilística no solo sirve de plataforma al despliegue del pensamiento y a la exhibición de conceptos, sino que los potencia al máximo grado, demostrando que no existe sintaxis vigorosa sin una sinapsis efectiva, una conexión neuronal que imprime a la idea una marca lingüística indeleble. Sometiendo la escritura a una técnica eficaz de expresión irónica y análisis incisivo, Fernández Porta logra en este magnífico ensayo desvelar los secretos y mentiras de esa “esfinge sin secreto”, como diría Oscar Wilde, que es la vida hipermoderna en todas sus manifestaciones.


Capítulo tras capítulo, Fernández Porta examina con humor las pandemias comunicativas de este tiempo espectacular, revisando en forma de secuencias discursivas, o viñetas retóricas, todos los mitos e infundios del nuevo contrato social fundado en la circulación frenética de noticias y anécdotas sobre la intimidad más expuesta. Con ejemplos tan a mano como la falacia psicológica de las redes sociales, la pornografía emocional de todas las conversaciones, las confidencias forzosas de madrugada, el sexo telefónico globalizado, el porno amateur vengativo, los oscuros secretos de Estado y la transparencia fraudulenta de sus agencias, la cuidadosa puesta en escena de las salidas del armario, la identidad digital, las fotografías difundidas en internet, las sinergias del verbo femenino o las denuncias de la abyección masculina. No falta en este tratado exhaustivo de modos de manifestarse “la verdad musitada”, como reza el subtítulo del libro, la presencia ilustrativa de un canon de libros, música, películas, cuadros y fotografías artísticas, telerrealidad vulgar y cómics urbanitas. Demostrando, en definitiva, que el goce del secreto a voces afecta a todos los ámbitos de la existencia, desde los más pedestres y cotidianos a los simbólicos y a veces sublimes.
Un pensador tan sintonizado con los signos intempestivos del presente no podía limitar su discurso al rigor del puro análisis sin autorretratarse. Es lo que hace Fernández Porta, con brillantez y honestidad, en la serie de diez textos autobiográficos, intercalados entre capítulos, donde relata sin pudor su transformación de receptor generoso de confidencias ajenas, en sus años juveniles de aventurero universitario y descubridor de nuevos mundos allende los mares, en bloque hermético, sujeto inexpresivo e insensible, negado a la empatía fácil, tras la muerte consecutiva de sus progenitores. El vaciamiento nervioso de la personalidad, narrado aquí con tono confesional no exento de ironía, ha hecho del pensador agudo un escritor hipersensible a las contradicciones y frecuentes incongruencias de la conducta y el uso de la palabra. Esta es la paradoja del confidente encriptada en el trasfondo del libro. La intimidad individual solo alcanza el éxtasis en la exposición total (activa o pasiva) a los otros. O al Gran Otro, más bien, ese aleph de dimes y diretes llamado con ingenio corrosivo, en las desternillantes páginas finales, “el Verduléitor”. [¡Madre mía, si se entera el susodicho!]

CODA: Y ya saben, nunca hablen de este libro en voz alta. Esgriman una estrategia de sigilo en torno a su contenido confidencial. Para darle cierta publicidad, si no poseen poderes telepáticos acreditados, sean discretos como un agente encubierto del CNI, resígnense a susurrar fragmentos aprendidos de memoria sin molestarse en entenderlos, musiten palabras huecas sobre sus ideas más modernas y atrevidas, cotilleen con su pareja sobre los secretos familiares o sexuales mejor guardados de su autor secreto, insulten, calumnien y difamen a este cada vez que se les resista la estructura profunda o el sentido superfluo de una parrafada impertinente. Se han ganado ese derecho intransferible al comprar el libro. Pero ni se les ocurra, bajo ninguna circunstancia, recomendarlo como lectura del mes a sus amistades ni comentarlo en ningún foro de intercambio sin su permiso expreso. Desengáñense, nunca lo obtendrán. Para hacerle justicia a su planteamiento perverso, la circulación de un libro como este debería producirse sotto voce. Clandestina, minoritaria y hasta sectaria. Subliminal como el W.A.S.T.E. de Thomas Pynchon. Por debajo del umbral de comunicación convencional. Al margen del ruido corruptor de los discursos oficiales. Lejos del radio de acción de suplementos culturales y revistas especializadas. Fuera de la tierra baldía de los programas literarios de televisión y radio. Háganlo solo, si no pueden aguantar las ganas de compartirlo, en blogs desahuciados y con escasez estadística de visitantes. El autor se lo agradecerá con creces, como no podía ser de otra manera, sí, guardando un respetuoso silencio…

miércoles, 4 de abril de 2018

PARAÍSO POLÍTICO


  
[Publicado en medios de Vocento el martes 27 de marzo de 2018]

España es un paraíso político. No un paraíso fiscal, etílico o sexual, como creen algunos turistas ingenuos. Un parque temático para politólogos. Un vivero ideológico inagotable. Un espacio polémico donde todas las ilusiones políticas que un ser humano es capaz de suscribir, desde la edad de razón hasta la sinrazón del Alzhéimer, se le ofrecen a bajo precio en el mercadillo mediático. Así contamos, entre las fuerzas censadas, con la derecha neoliberal más trasnochada del entorno, pero sin los extremismos de antaño, el centro más descentrado del espectro y el arcoíris de la izquierda más diversa y sentimental, con la socialdemocracia fracasando en todos los frentes, los libertarios sexagenarios en retirada y los activistas antisistema ocultos en la multitud. Y, por si fuera poco ruido, el separatismo transversal que aglutina izquierdas y derechas de variopinto pelaje. Nuestra democracia es mucho más generosa que sus homólogas europeas, como demuestran los bucles y espirales de la farsa catalana.
El mayor problema español, sin embargo, son los “agujeros negros”. Esas madrigueras del subsuelo donde se gestan negocios mafiosos y fraudes institucionales. Por cada aparición televisiva en que un político proclama su inocencia o su ignorancia, surge un nuevo “agujero negro” en la gestión pública del que no escapa la luz de la información. En pantalla unos fingen cara de ángel y entonan palabras de exculpación mientras en las catacumbas los secuaces realizan el trabajo sucio. Como homenaje a Stephen Hawking, podemos aplicar sus teorías a la realidad picaresca de la política española, carcomida de “agujeros negros”. Su presencia nociva ha sido detectada en Madrid, Barcelona, Valencia y, cómo no, en la Sevilla de la quincallería sociata de toda la vida, como diría el gran poeta catalán. Sin olvidar la existencia paralela de los “agujeros de gusano”. Túneles por donde fluye el dinero líquido en cantidades astronómicas de un punto al otro de la galaxia, burlando leyes y controles estatales. Atajos financieros excavados desde la institución de turno al bolsillo de su destinatario electo. Un socio empresario, un banco suizo, un suegro despistado, un paraíso fiscal de alta gama, un hijo inútil, un fondo de inversiones, una cuadrilla de amiguetes o una cuenta corriente de dudosa titularidad.
España es un paraíso para la clase política. Aquí todo está politizado, desde la cultura y los festejos populares al deporte y la religión. Ser político se cotiza mucho y sale muy barato, no hace falta ni cursar un máster para ocupar un alto cargo. Y cuando llega la hora de pagar errores e ir al trullo, te puedes quedar en casa tranquilo, como Pujol, fugarte del país, como el cautivo Puigdemont, o esconderte tras un pantallazo de mentiras podridas, como Granados, Chaves, Griñán y González. Menos paraíso y más política, reclaman los ciudadanos antes de que sea demasiado tarde. 

lunes, 2 de abril de 2018

DOBLADORES DE CUCHARAS



[Daryl Gregory, La extraordinaria familia Telemacus, Blackie Books, trad.: Carles Andreu, 2018, págs. 542]

            Antes de que esta divertida novela, cuyo título original (“Spoonbenders”) rinde homenaje irónico al ilusionista Uri Geller, se transforme en teleserie de éxito, conviene quizá plantearse uno de los dilemas artísticos más importantes de nuestro tiempo: qué formato narrativo (audiovisual o novelesco) se ajustaría más a la excéntrica historia de una familia de mentalistas que se extiende entre la década de los sesenta y ese año clave de la era Clinton que fue 1995, cuando internet iniciaba su expansión social y el mundo desconocía las mutaciones radicales del nuevo siglo.
El primer acierto de Gregory en su sexta novela reside en la datación histórica. Elegir el género de la novela de familia constituiría otro acierto de signo más paradójico. De ese modo, lo familiar se hace extraño y lo extraño familiar. Como aconsejaba Aristóteles, la familia consanguínea y sus ramificaciones genealógicas deben ocupar el centro de cualquier trama trágica o dramática, pero también cómica. Y si esa familia es, por añadidura, una estirpe de individuos dotados de poderes psíquicos, esa trama combinará múltiples registros narrativos para dar cuenta de la rareza melodramática de sus personajes. Por esta razón, Gregory, escritor versado en subgéneros fantásticos y especulativos, ha preferido ambientar su ficción en un entorno urbano realista como Chicago.
A pesar de este detalle, la novela comienza con una escena fabulosa que anticipa el estrambótico mundo en que se sumergirá el cerebro del lector. El viaje astral de Matty, uno de los adolescentes de la familia, en el instante eléctrico en que una subida de tensión sexual, secuela del fisgoneo de la intimidad de su fascinante prima Malicia, desencadena en él una escisión entre la mente y el cuerpo que le permite emprender su primer vuelo mental sobre el abigarrado mundo de los humanos.


Pero Matty es solo el nieto superdotado de una familia compuesta por un grupo humano tan singular como sus destrezas sobrehumanas. El abuelo Teddy Telemacus, fabulador carismático y jugador de envergadura, la difunta abuela Maureen McKinnon, transmisora genética de los poderes psíquicos de la prole, y tres hijos: Irene, detectora compulsiva de mentiras ajenas, Frankie, fallido explotador de su don, y el visionario Buddy, paralizado a causa de sus precogniciones. Irene es la madre soltera de Matty, Frankie, casado con Loretta, es el padre de tres niñas encantadoras, Malicia y las gemelas Cassie y Polly, mientras Buddy permanece en un celibato tortuoso.
El patriarca Teddy se encarga de preservar la memoria mítica de los orígenes familiares, contando historias inverosímiles y evocando anécdotas de cuando la familia Telemacus se paseaba por los platós televisivos realizando espectáculos paranormales, hasta que un fallo imprevisible de Maureen los sumió en el fracaso y el olvido. Teddy y Maureen se conocieron durante un experimento científico universitario y él, desprovisto de poderes pero sobrado de talento como prestidigitador, enamoró a la vidente Maureen, se casó y vivió con ella hasta el día en que, entrando en la treintena, se autodiagnosticó un cáncer de ovarios incurable.
El secreto de la familia, no obstante, se va revelando a medida que avanza la novela y tiene que ver con la colaboración de la mente portentosa de Maureen con el gobierno americano durante la guerra fría. El desenlace feliz de esa trama enredada es propio de la era Clinton: esos años del deshielo en que se creyó por última vez que la geopolítica y la historia podían firmar un tratado de paz perpetua.
En suma, una gran novela extravagante que cuenta una historia original sin perder la gracia humana del relato ni la sensibilidad contemporánea para las vidas diferentes.

martes, 27 de marzo de 2018

EROTISMO 2.0



[Alejandro Jiménez Cid, Pornogramas (musas atípicas y entrañables pervertidos), editorial Melusina, 2018, págs. 225]

            El siglo XXI nos está obligando a redefinir todas las categorías que dábamos por válidas e inamovibles, en la cultura y fuera de ella, si es que, como nos dicen los más agudos analistas del presente, la cultura no lo ha absorbido todo bajo su capa en el mismo momento en que la economía se ha adueñado de los fastos de la cultura. En el fondo, parodiando a Raymond Carver, de qué hablamos hoy cuando hablamos de cultura.
Ya en su libro anterior, Jiménez Cid había propuesto una irreverente arqueología del imaginario sexual, ciñéndose a la cultura canónica de los museos de pintura y escultura y la mitología grecolatina. En esta cuarentena de textos, agrupados bajo una etiqueta provocadora, en ambiguo homenaje al gran Roland Barthes, el autor se propone ensanchar la lente de sus análisis para abarcar todos los fenómenos culturales y episodios mediáticos que implican al travieso Eros en la cultura digital, pese a la corrección política y el clima de represión emergente contra cualquier representación del sexo, y en algunos de sus más sugestivos o cachondos precursores del siglo pasado.  


Es un libro para todos los gustos, como los surtidos catálogos de las mejores tiendas de accesorios eróticos, aunque a menudo se refiera a creaciones artísticas y experiencias privadas que bordean a conciencia el mal gusto. Una de las grandes conquistas de la sensibilidad contemporánea, precisamente, radica en haber abolido para siempre (¡cruzo los dedos!) esa barrera profiláctica establecida por el clasicismo ascético entre clases de gustos, dando a entender que en esta lábil materia es tan idealista discutir el gusto de los demás como privarse de disfrutar de la exuberante oferta del supermercado cultural del presente, nos obligue o no a rebajar nuestras expectativas de sublimación estética o moral.
De este modo, por estas gozosas páginas desfilan los dibujos animados menos conformistas (Ralph Bakshi, el anime más calenturiento, o series americanas con safismo polémico, como “Steven Universe”), las pin-ups y el cine porno de la edad de oro (Bettie Page, Piastro Cruiso, Radley Metzger), el cine revulsivo de Cronenberg y su inseminación del porno francés (Francis Leroi), los cómics sadomasoquistas (John Norman), los prejuicios apolíneos de Madonna con los amantes barrigudos, los raquíticos contoneos de Miley Cyrus y la opulenta danza del vientre del mundo islámico, los entresijos psicopatológicos de “King Kong”, con su fantasía de bestialismo imposible e inocencia salvaje, la moda cosmética del punk, el pornoterrorismo vaginal de Diana Junyent, las muñecas tetudas y tatuadas de la web “Suicide Girls”, o, dando un salto a los gloriosos años veinte, las barrocas orgías cinematográficas del villano Stroheim en el Hollywood de las ingenuas heroínas de Griffith.

Pero no solo de subcultura vive el lector inteligente y así, en la orgía textual orquestada por Jiménez Cid para evocar escenarios tabú y deseos prohibidos, la literatura juega un papel decisivo. Los grandes erotómanos de la historia imprimen su marca libidinal, demostrando que el erotismo y la pornografía, además de cosas mentales, son subproductos de la escritura.. El origen griego de la palabra pornografía así lo indica: “escritura sobre las putas”. Y la evocación de la emperatriz Teodora y sus hábitos sexuales superiores, si eso es posible, a los de la infamada Mesalina, abren el apetito a una historiografía secreta sobre las costumbres libertinas de los antepasados, sin olvidarnos de Roy Johnson, el millonario coleccionista de relatos erógenos que contrataba los servicios de escritores pornógrafos como Henry Miller para saciar su lujuria con nuevas historias salaces. Conjurados por el autor, aparecen vestidos de cuero los fantasmas pulsionales de Sade y Sacher-Masoch, el libertinaje del matrimonio Robbe-Grillet (Catherine & Alain), el masoquismo polimorfo de Bruno Schulz o la pasión taurófila de Georges Bataille, consumada en “Historia del ojo” con las memorables escenas de la muerte atroz del torero Granero y el jugueteo simultáneo de Simone con su vulva y los testículos de un toro. El caso más enigmático de todos los mencionados, sin embargo, es la ambigua autoría de la famosa novela “Historia de O”: publicada con seudónimo, aún hoy se ignora si fue Dominique Aury quien la escribió para complacer a su amante, el figurón cultural Jean Paulhan, o si fue este, en un bucle de perversión infinita, quien lo hizo para mostrar a Aury su viciosa visión de las relaciones entre hombres y mujeres, o si la perpetraron a dúo, en un acto de amor letraherido.
De todos modos, uno de los mayores aciertos del libro es la formulación de una paradoja original. La veneración por las imágenes, reclamada por Baudelaire como cualidad fundamental del esteta moderno, no vale nada sin fuertes dosis de iconoclastia. Y la figura desnuda del “Cristo crucificado” de Benvenuto Cellini, custodiada por los monjes agustinos de El Escorial con celo puritano, es el emblema gráfico de esa actitud estética muy adecuada a este tiempo de exhibicionismo (bi)sexual.