jueves, 21 de marzo de 2019

ESCRITURA


 [Éric Chevillard, Zarza-Rosa, Shangrila, trad.: Mariel Manrique, 2018, págs. 105]


Éric Chevillard no es Robert Coover ni Angela Carter. Más bien, un cierto Donald Barthelme, con Samuel Beckett y Jacques Derrida mediando desde la trastienda como sacerdotes (pos)modernos de sus transgresiones y profanaciones, en la escritura y más allá de la escritura…


         Todo tuvo su infancia. Infancia significa, literalmente, falta de lenguaje. Y en la infancia fallan las palabras. Acaso por ello el papel de la literatura en la infancia es esencial. Y si hay algo que nunca falla en la literatura de Éric Chevillard son las palabras, el lenguaje, el estilo y la fabulación. En el trasfondo de este brillante ejercicio de estilo está un cuento infantil (“La bella durmiente”) de múltiples versiones: en unas se enfatiza el letargo sexual y el narcisismo femenino; en otras, la fragilidad infantil en un entorno amenazante. Historia de la rosa inmadura rodeada de espinos que la protegen del peligro.
            El psicoanalista Bettelheim sostenía que los cuentos de hadas ayudan al niño a encontrar sentido a la vida y eso mismo convertía a este género narrativo en “un espejo mágico que refleja aspectos de nuestro mundo interno y de las etapas necesarias para pasar de la inmadurez a la madurez total”. La niña de Chevillard vive con su padre (Escoria) y con el cómplice del padre (Bruce), con quienes comete frecuentes atracos y robos. La extrañeza de la vida de Rosa, a la que la familia apenas si protege, se traduce en un diario íntimo donde la niña anota todo lo que (se) le ocurre, acontece a su alrededor o conoce a partir de una posición asumida de inferioridad infantil. Este es uno de los grandes encantos del relato. Un estilo lacónico que hace suyos los rasgos verbales de la infancia para describir un mundo incógnito desde una perspectiva limitada.
De los cuentos de hadas, más allá del símbolo cifrado en el título aliterativo, Chevillard se sirve de la perspectiva inmadura y la perversa constitución de la realidad, la aventura existencial y los riesgos del encuentro con un mundo siniestro plagado de presencias inquietantes. La narración en primera persona se construye así, frase a frase, mediante un discurso reticente y alusivo, que expresa tanto como silencia, la dicción imaginaria de una niña que es tildada de “molino de palabras” y que, sin embargo, tiene la sensación de vivir en dos tiempos: antes de decir lo que dice, en la vivencia espontánea, y después de haberlo escrito en las páginas privadas de su cuaderno, custodiadas por un candado que lo preserva de la curiosidad adulta. Esta mirada es la del lector, destinatario último de los secretos preciosos del relato.


El discurso narrativo está compuesto de juegos de palabras y, sobre todo, de juegos del lenguaje, como los llamaría Wittgenstein, extraños deslizamientos lógicos entre las palabras que las nombran y las cosas que se resisten a ser nombradas. En esos juegos verbales, el lenguaje establece una relación tramposa consigo mismo y con la superficie de las palabras, poniendo en cuestión la estabilidad y exactitud del sentido de lo que se cuenta. Ese lenguaje engañoso logra definir a través de la voz inconfundible de la niña narradora una filosofía del lenguaje y de los seres lingüísticos que son los humanos, atravesados por la experiencia de la lengua viva y por la vida simbolizada en la metáfora de la sangre (“cuando uno escribe, es realmente como sangre que fluye”).
“Zarza-Rosa” es una bella historia contada de nuevo mediante la atribución a la niña protagonista del poder subversivo de la escritura, que, según Chevillard, extrae a los humanos de la prehistoria. La escritura, como acto y como discurso, es el ser de la criatura. Escritura es criatura, podría decirse jugando con las palabras al estilo derridiano de Chevillard. El poder de la escritura y el poder de la lectura (“vivir con la mano derecha, escribir con la izquierda”). La comunicación entre la niña escritora y la lectora adulta. Entre la infancia de la humanidad y la madurez total de la especie. Cuánto camino todavía…

miércoles, 13 de marzo de 2019

SEXOS



[Publicado ayer en medios de Vocento]

           Sexo es una palabra mágica, funciona como un fetiche y nos pone tensos. Los sexos, en cambio, son una complicación. El 8M se manifestó uno de ellos, el femenino, en nombre de todos los demás. Las mujeres están empezando a construir un nuevo mundo contra una idea vieja del sexo y necesitan gritarlo para que se enteren sus enemigos sexuales y esa sección femenina que no acudió por desgana o cobardía. Caminamos hacia un futuro en el que las mujeres ya no necesitarán al hombre para procrear. Veremos entonces para qué nos quieren. El inconsciente masculino escucha ya las primeras notas del réquiem de su sexo en el pentagrama de la vida y se pone a la defensiva.
Ahora bien, la tarea es exigente. Las jóvenes que el pasado viernes tomaron las calles sin miedo tienen madres, abuelas o hermanas que aún les dicen que lo importante en la vida es casarse y tener hijas. Que esto del feminismo está muy bien si luego consigues un buen trabajo y un mejor sueldo. Para todo lo demás, que es lo fundamental en la vida, lo que te hace sentirte feliz y satisfecha, están el matrimonio y la prole. Esto es puro feminismo liberal y no machismo leninismo, como el polémico cartel podemita, pero la falacia es idéntica. No es fácil escapar a los dilemas del sexo. Te pongas como te pongas, siempre te pillan cometiendo errores de género.
Si pretendes residir en Nueva York, debes rellenar un cuestionario donde te ofrecen 31 categorías para que reconozcas tu identidad sexual. “Bisexual” y “travestido” son obvias. “Sexo mezclado”, “género fluido” o “sin género” más intrigantes. “Tercer sexo” suena utópica. Tiene todo el futuro por delante para realizarse. Cada año las autoridades prometen añadir nuevas etiquetas para que nadie se sienta discriminado. Ser hombre o mujer es insignificante, excepto en el deporte competitivo, donde los genitales cuentan tanto como en el porno. La asexualidad es la condición más deseable para evitar conflictos. Banqueros y empresarios actúan aún con mentalidad de sexo victoriano, es cierto, pero el capitalismo no es socio preferente del patriarcado. En poco tiempo, el hipermercado capitalista será más feminista que las feministas.
La cuestión del sexo de la mujer está viciada desde el principio. Al fin y al cabo, los hombres se creen hombres mientras las mujeres solo fingen ser mujeres. Un notorio filósofo alemán ha llegado a considerar el orgasmo femenino como el punto culminante de la evolución humana. No es extraño que tantos chicos estén deseando convertirse en chica. Cuando acabe esta comedia de los sexos, por fin, los hombres serán peleles desalmados y las mujeres ya no serán mujeres sino dueñas exclusivas de un lucrativo matriarcado tecnológico. Qué grandioso espectáculo para la inteligencia. Yo que tú, colega, no me lo querría perder por nada del mundo.


miércoles, 6 de marzo de 2019

LIS TES RATURES


[Ben Marcus y Rubén Martín Giráldez, Por qué la literatura experimental amenaza con destruir la edición, a Jonathan Franzen, y la vida tal y como la conocemos, Jekyll & Jill, págs. 151]


En memoria del gran Marcel
(no Duchamp, no Proust)
 2015-2019


            Este libro parte de la convicción de que la literatura vive de la polémica y la provocación. El texto principal es la diatriba de Ben Marcus contra Jonathan Franzen, publicada en la revista Harper´s en 2005, en respuesta a su ataque a William Gaddis como representante del elitismo literario y la dificultad estilística, publicado en el New Yorker en 2002.
Este choque dialéctico entre Marcus y Franzen es uno de los signos equívocos bajo los que la literatura del siglo XXI ha aprendido a desarrollarse. Sabiendo que no ocupa ya la primacía cultural que tuvo hasta muy entrado el siglo XX y que fue perdiendo a medida que la sociedad de consumo, con sus cómplices mediáticos, acaparaba los escaparates más visibles. De este modo, la literatura comenzó a moverse entre el mercado y el arte, entre minorías y mayorías, entre lectores inexistentes y lectores posibles, entre escritores fáciles y escritores difíciles, entre una literatura que siga estando a la altura de su historia de invención y renovación permanentes y una literatura que busca complacer los gustos menos exigentes de los lectores. El filisteo Franzen acierta en el diagnóstico del contexto, aunque se equivoque en el objeto de ataque (el gran Gaddis), mientras el ingenuo Marcus se limita a defender con brillantez la posición de la literatura experimental, la que apuesta por la novedad estética y la dicción compleja.


En una situación social, económica, política y cultural como la del mundo occidental desde hace treinta años, el lugar de la literatura ha ido desplazándose hacia el margen, como señala Franzen, a pesar de los avances educativos evidentes, y transformándose en un discurso progresivamente minoritario, al tiempo que la tabla rasa cultural hacía su trabajo en pro de la ignorancia y la analfabetización de los lectores. Frente a este panorama crítico, caben dos estrategias igualmente legítimas: o replegarse hacia el encierro y la soledad, como de algún modo propone Marcus adoptando a Beckett como santo patrón, a fin de preservar la esencia intransferible de la literatura, con los peligros consecuentes del autismo y la insignificancia; o entrar en diálogo con la promiscuidad y extrañeza del mundo contemporáneo y forzar la literatura a desbordar sus límites comunicativos para afrontar el desafío, como a su manera inimitable defendía David Foster Wallace. La única posición honesta en esta situación es la de sostener la impureza y el eclecticismo como medios para no caer en el puritanismo del arte a toda costa, con el riesgo de la esterilidad, y la claudicación de la comercialidad a ultranza, con la secuela de fomentar la banalidad sociológica y la necedad de los clichés.


            Pero el gran acierto de este libro consiste en haber incorporado al debate, como interferencia local, un texto de Rubén Martín Giráldez, uno de nuestros jóvenes escritores más creativos y deslenguados, para darle unas cuantas vueltas de tuerca a los argumentos de Marcus, demostrar la viveza retórica de la lengua literaria actual cuando la maneja un ingenio quevediano, bien formado e informado, dotado de un sentido del humor incomparable, ironía barroca y una retranca a prueba de depresiones neoyorquinas y pesimismo anglosajón. La escritura de Martín Giráldez, aquí y en otras partes, demuestra que la literatura es un discurso singular y cuando habla de sí misma está hablando, en realidad, de la vida del lenguaje, algo esencial para los seres humanos. Del lenguaje y la vida, en suma, y sus complejas relaciones, en mutación perpetua, de esto habla siempre la literatura. Hablar por hablar, la única forma de ser en el mundo que tiene todo el sentido, como sabían los románticos Novalis y Kleist.

martes, 19 de febrero de 2019

CRUCIFICCIÓN


[Philip K. Dick, El mundo que Jones creó, Minotauro, trad.: Juan Pascual Martínez, 2019, págs. 201]

Utopía. La Edad de Oro. No la habían encontrado en la Tierra. La última guerra les había hecho ver que eso nunca llegaría. Desde la Tierra se habían vuelto hacia otros planetas, habían construido una ficción romántica, se habían contado a sí mismos mentiras piadosas…

-PKD, El mundo que Jones creó, p. 109-


Una vez sumergido en el cosmos caleidoscópico de Philip K. Dick, el mayor placer con que se encuentra el lector es el de reconocer, libro a libro, las variaciones con que este autor excepcional declinó sus motivos fundamentales. Los temas que es posible rastrear en todas sus novelas y relatos adquiriendo en cada entrega un matiz diferente o una perspectiva innovadora. En esta novela temprana, por ejemplo, la precognición, la fe religiosa, la intrascendencia de la vida y la tentativa de conferirle sentido o sustancia, son cuestiones filosóficas que Dick formula usando los recursos de la ficción científica como medio idóneo para discutirlas sin imponer una solución autoritaria.
En este sentido, esta novela traducida por segunda vez al español (la primera fue en 1960 con el peregrino título de El tiempo doblado. Un mundo de mutanteses de una actualidad profética sorprendente. Tras una guerra que casi ha destruido el mundo y generado una multitud de seres mutantes, incluidos algunos sorprendentes como las criaturas de género reversible, una federación mundial toma la decisión de gobernar los destinos políticos del planeta e imponer el relativismo como doctrina que frene la nefasta influencia de las ideologías totalitarias que abocaron al conflicto. Pero el resultado no es tan optimista como cabría esperar. El relativismo convertido en ideario hegemónico termina produciendo un mundo decadente y tedioso y una virulenta reacción de signo contrario: la peligrosa aparición de un siniestro demagogo y líder de masas que encarna el poder omnímodo gracias a facultades precognitivas de anticipación del futuro. El carismático Jones del título, Floyd Jones, quien acaba movilizando con grandes mentiras a los humanos en contra de unos inofensivos invasores alienígenas (los derivos) y fracasando en sus planes antes de sacrificarse voluntariamente, manipulando al policía protagonista, Cussick, para que lo mate y pueda así transformarse en un mesías religioso de culto universal. El eslogan de esta visión trascendente de la realidad se resume así en la novela: “Nuestro pequeño cosmos se está deshaciendo…El mundo real está en camino”.
Esta inteligente novela de Dick, gracias a su planteamiento filosófico esencial, es tan aguda para el mundo de hoy como lo fue para su tiempo. ¿Se puede vivir relativizándolo todo o la especie humana requiere de dogmas y fundamentos para no disiparse en la banalidad? ¿Admite el espíritu humano una vida líquida, o nuestros deseos y creencias exigen, tarde o temprano, una realidad absoluta, como pasa con Nina, la aburrida esposa de Cussick? De un modo singular en esta novela de Dick, la trama ontológica acaba superponiéndose a las otras tramas en el desarrollo narrativo. La idea del cambio, la transformación, la revolución, es decir, la utopía planetaria, aparece en esta novela ligada al motivo del principio absoluto que debe sostener la existencia de un mundo creado por todos. El relativismo conduce al caos (si no al hiper-caos, como diría el filósofo Quentin Meillassoux, recién publicado por Holobionte ediciones) y este fenómeno turbulento hace que todos los habitantes del mundo exijan enseguida valores sólidos y creencias firmes. Es la certeza mítica que les proporciona Jones: el dictador melancólico que preveía el futuro con una clarividencia total hasta el punto de maquinar su propia muerte como falsario redentor de una humanidad desesperada.
Desde una perspectiva política, Dick emplea múltiples géneros narrativos (el thriller conspirativo, la ciencia ficción, la fantasía utópica, el mito religioso) para tejer una trama compleja sobre el presente y el futuro, los peligros de la democracia, la tentación totalitaria y la imposibilidad de fundar un orden social satisfactorio y duradero. Es una revisión crítica de la traumática historia del siglo XX, escrita y publicada en plena Guerra Fría (entre 1954 y 1956), pero su alcance no se limita a los males de su época. “El mundo que Jones creó” se parece al nuestro. O, más bien, a una idea abstracta del nuestro. Un mundo donde la discusión esencial aún consiste en saber, entre otras cuestiones, si fue creado de la nada por una mente divina o si fue producto del azar y la necesidad. Y la historia humana continúa, como escenifica el fantástico desenlace, más allá de los límites terrestres.
El futuro es un libro abierto para Jones, cuyas páginas escritas se anticipan a su doble lectura, y la realidad se transforma en un libro abierto cuando un escritor como Dick la lee con mirada alegórica. Se vuelve transparente. La mente especulativa de Dick la desnuda y descifra sus códigos y mecanismos. Ya no hay secretos ni misterios esotéricos en el mundo, tras la lectura de una novela como esta, para el lector avisado. Todo está escrito pero nadie lo lee.

miércoles, 13 de febrero de 2019

EXORCISMO



[Olivia Laing, Crudo, Alpha Decay, trad.: Albert Fuentes, 2019, págs. 126]

Kathy auguró un futuro liderado por hombres fuertes, vio los países más pobres del mundo arrasados por el cambio climático, vio la democracia liberal en la que se había criado revelar una fragilidad más allá de lo imaginable, un experimento efímero en la historia sangrienta del hombre. En esto no se llevaba a engaño, siempre había pensado que era un barniz cuya supervivencia dependía de la comida barata, el plástico, el petróleo y los aviones.

-O. Laing, Crudo, p. 99-
  
            Es extraño pensar que esta es la primera novela de su autora. No lo es tanto si uno recuerda su obra anterior. Lo más extraño, sin embargo, es la elección de voz que marca con su influencia todo el texto. La escritura es un fenómeno que traspasa la conciencia y suprime la diferencia entre individuos. Es un gesto de gran inteligencia poner esta novela de fuerte contenido autobiográfico bajo la influencia de otra escritora, ya muerta. De ese modo, el estilo y el modo de abordar lo que se cuenta se distancian del núcleo duro del yo existencial y se abren a la comunicación con el otro. Ese acto de convocar el espíritu del otro demuestra, como decía Borges, la identidad ética entre uno mismo y el otro. Esto es lo que nunca entenderán los sectarios del texto autobiográfico, negando el poder de la ficción asociado a la escritura liberada de las estrecheces del yo. Como escribe Laing cerca del final: “Escribiendo, puede ser cualquiera. En la página el yo se disuelve, se vuelve amorfo, prolifera sin control. Kathy adopta máscaras cada vez más absurdas, afloja el nudo de su despreciable identidad”.
            Ese otro, en este caso, es Kathy Acker, la escritora norteamericana más radical y transgresora del siglo XX. Acker murió de cáncer en 1997, con solo 50 años, dejando tras de sí una obra original y una biografía singular. Sus principios artísticos eran el plagio creativo y la parodia literaria de los lenguajes y construcciones simbólicas de la cultura patriarcal, así lo muestran obras tan creativas como Aborto en la escuela, Don Quijote que fue un sueño, Grandes esperanzas, El imperio del sinsentido o Pussy, reina de los piratas. Cuando Laing se atreve a evocarla en esta novela deslumbrante lo hace a sabiendas de la ironía que implica esa pretensión. Es imposible imitar a Acker. Las diferencias entre ambas son inmensas, más allá de algunas coincidencias biográficas: padre que abandona el hogar y madre suicida, enfermedad mortal, aventuras neoyorquinas.


          Esta ópera prima se gesta también en la fatiga. Laing estaba escribiendo, precisamente, un exhaustivo ensayo sobre el cuerpo. Tras haber agotado el tema de la soledad en su mejor libro hasta la fecha (“La ciudad solitaria”, 2016) era lógico quedarse con la desnudez y fragilidad del cuerpo con que se afrontan los embates de la vida como un estado del ser en el mundo. En ese momento crítico cayó en sus manos una biografía providencial de Kathy Acker, escrita por Chris Kraus, poniendo en marcha la refinada maquinaria de la escritura. “Crudo” es un libro escrito en directo y titulado en español para que todo el mundo lo entienda, los que votan a Trump y los que no. Es un texto, en efecto, repleto de la crudeza de la vida cotidiana y la sinceridad expresiva de una voz femenina que habla de sí misma en tercera persona para contarnos día a día su proyecto de casarse con otro escritor, 29 años mayor que ella, y resolver así sus dilemas sentimentales, el potro de tortura sexual y pasional en que ha consumido una parte importante de sus 40 años de vida.
            Mientras la escritura canaliza su diálogo consigo misma y con la invocada Kathy antes y después de su boda, durante el turbulento verano de 2017, el mundo parece a punto de colapsarse por culpa de la barbarie política del energúmeno Trump, la estupidez infinita del Brexit, las catástrofes climáticas globales, o la reaparición pandémica del racismo y el nacionalismo. Y este es otro de los insuperables encantos del libro: ese diálogo a múltiples bandas entre la mente de una escritora y sus problemas íntimos como mujer y un mundo que no deja de ofrecer excusas para enunciar los pensamientos más pesimistas y afilar las reflexiones más agudas. El estilo lacónico de Laing, su fraseado brillante e incisivo, su poder perceptivo para captar los mínimos detalles de sus vivencias, sensaciones y emociones sin perder de vista el contexto donde ocurren, se traducen en una experiencia de lectura altamente gratificante. Es un libro concebido para consolar a la inteligencia en estos malos tiempos.

miércoles, 6 de febrero de 2019

LA ESVÁSTICA DEL DESEO



 [Junichiro Tanizaki, Arenas movedizas (Manji), Satori, trad.: Aiga Sakamoto y Miguel Martín Onrubia, 2018, págs. 246]

Hace unos meses, al reseñar otra novela de Tanizaki recién publicada, exigía la traducción directa de esta magistral novela desde el japonés. Por fin está aquí. Ha sido la última en traducirse al español de las grandes novelas de Tanizaki como también fue la última en traducirse al inglés. No es casualidad. Se trata de la novela más escandalosa y provocativa de toda la obra de quien muchos consideran el escritor japonés más sobresaliente del siglo XX.
El título original (“Manji”) significa “esvástica”, pero no es esta una novela sobre la atracción de la violencia masculina o la fascinación física con la fuerza, en el sentido fascista de la palabra, como la habría escrito Mishima, sino una novela refinada y femenina sobre la fatalidad de la belleza y el deseo, los enredos de la pasión vivida intensamente y la imposibilidad del amor en un mundo de intereses y prejuicios. La originalidad de la historia radica, no obstante, en su pareja de protagonistas, Sonoko y Mitsuko, dos mujeres que se entregan a una tan tórrida como turbia historia de amor lésbico en la Osaka de comienzos de la era Showa (1926-1989). Tanizaki la publicó serializada en la revista “Reforma” entre 1928 y 1930.
Kakuichi Sonoko es una mujer casada de 23 años que siente que la vida es algo más que un matrimonio burgués y sus rutinas domésticas y conyugales e intuye la palpitante intensidad del arte y la belleza latiendo tras el velo de las apariencias convencionales. Se apunta a una escuela de arte para dar salida a su sensibilidad y allí, de manera tan inconsciente como fatal, a través de una pintura ingenua de la diosa Kanon, termina conociendo a una hermosa criatura de perdición, más joven que ella, la fatídica virgen Tokumitsu Mitsuko. Al principio su relación se basa en la admiración de la ardiente Sonoko por la belleza carnal de Mitsuko, luego se hacen amantes y más tarde involucran al marido de Sonoko, Kotaro, un hombre moderno y tolerante, y al prometido de Mitsuko, Watanuki, un dandi asexuado.


Aquí el enigmático título encuentra una explicación. El cuarteto de personajes representa los cuatro brazos de la esvástica invertida que figura junto al título de la novela. La esvástica es un símbolo budista, un emblema del ciclo de la vida, la rueda solar que gira completando el círculo de creación y destrucción. Así los turbulentos amores de Sonoko y Mitsuko. Como tantas veces en la realidad japonesa, el suicidio es la respuesta trágica a la imposibilidad de alcanzar los fines o los ideales por los que uno vive. En este caso, la acomplejada Sonoko sospecha que ha sido traicionada en la muerte por su marido y su amada Mitsuko, aunque también piense que ambos han querido que sobreviva para contar su historia íntima como protagonista.
Otra cualidad innovadora de “Arenas movedizas” corresponde a la voz narrativa. Al iniciarse la novela, Sonoko toma la palabra con modestia ante el “maestro”, un trasunto del propio Tanizaki, narrándole lo sucedido para que la aconseje con su sabiduría y autoridad moral, como hiciera ya en el pasado en un caso de infidelidad platónica en el que ella se vio envuelta. La narradora transmite la experiencia amorosa de viva voz, o a través de las cartas íntimas que conserva de su amante y de ella misma, al oyente profesional y este, a su vez, interpola comentarios puntuales para esclarecer detalles que pueden resultar oscuros o confusos al lector, destinatario final del complejo dispositivo. De este modo, el confidente masculino hace suya la narración sentimental de Sonoko y la transforma en carne de novela erótica. Este traspaso de la peculiar oralidad dialectal de la narradora burguesa de Osaka a la prosa escrita del escritor tokiota, en su papel de testigo pasivo, es otro de los aspectos relevantes de la narración.
Con todos estos delicados materiales, Tanizaki construye una magnífica parábola sobre la maldición del deseo y la belleza encarnada, como casi siempre en este extraordinario autor, en cuerpos de mujer.

[Las dos ilustraciones proceden de la portentosa adaptación cinematográfica de Yasuzo Masumura, la primera en todos los sentidos, también el estético, estrenada en Japón a finales de julio de 1964, justo un año antes de la muerte de Tanizaki, a finales de julio de 1965.]

viernes, 1 de febrero de 2019

REALISMO COMPLEJO


[Agustín Fernández Mallo, Teoría general de la basura, Galaxia Gutenberg, págs. 450]

Hace más de diez años, describiendo el así llamado “territorio Nocilla”, apunté que este pretendía dar cuenta de “una realidad que escapa a las categorías de la narrativa dominante. Una realidad compleja que la ciencia nos ha enseñado a entender como volátil y mutante, sujeta además a toda suerte de manipulaciones y experimentos terminales”. Este nuevo libro de Fernández Mallo confirma el valor de mi hipótesis y esclarece el perfil borgiano del mapa y los confines del territorio…

Philip K. Dick decía: la realidad es aquello que no desaparece cuando no pienso en ella. Más o menos por la misma época, Lacan sentenciaba: lo real es lo que no participa del orden simbólico ni tampoco del imaginario subjetivo y, por tanto, persiste como un núcleo traumático para la psique individual. Y Fernández Mallo, muchos años después, apostilla: lo real es lo que problematiza la realidad. Es un foco de resistencia. Un punto de cuestionamiento. Un vórtice creativo. Con ello Fernández Mallo nos alerta sobre la múltiple intencionalidad de su libro: un manifiesto artístico, un programa estético, una especulación teórica sobre la teoría posmoderna y sus variadas escuelas y secuelas, una propuesta de intervención artística, una explicación científica de la realidad y, por si fuera poco, un manual de instrucciones para entender su personalidad artística y su proyecto de obra, pasada o futura. Ahí es nada.
La operación realizada por Fernández Mallo a lo largo de las más de cuatrocientas densas páginas de su ensayo tiene un objetivo nítido y una causalidad también evidente. No es posible entender mi obra, nos diría el poeta científico, si no se entiende cuáles son en la actualidad las condiciones de posibilidad de una obra artística, en cualquier soporte o formato, y para definir estas conforme a los requerimientos de nuestro tiempo, el artista implicado debe producir una versión de la realidad tan fiable como instructiva. Este es el fundamento de su discurso. Si no acierto a definir qué es la realidad hoy, qué es lo real, cómo lo pensamos y percibimos, no podré explicar nunca cuál es la singularidad representada por mi obra en un panorama de obras artísticas anticuadas.
La ecuación del arte actual, como señala Fernández Mallo, pasa por la comprensión de una realidad compleja, construida en redes que se interconectan en puntos concretos y van trazando una trayectoria reticular que envuelve al objeto y a su vez lo expande a la multiplicidad de las conexiones. Y, por otra parte, dado que ya se da todo por conectado y asimilado, Fernández Mallo concibe una de las funciones vigentes del arte como esa pequeña resistencia consistente en desconectar, aislar o incomunicar, como respuesta crítica al imperativo de la conexión y la comunicación de la cultura contemporánea. En suma, la obra complejiza el mundo, como declara Fernández Mallo, introduciendo fricciones en la realidad.
En su propuesta, destaca la inscripción del cuerpo y las huellas personales del artista en la construcción del discurso que genera la obra creativa. La obra no se da así como acabada y deshumanizada, estética modernista, ni solo desviada o ironizada, estética posmodernista, sino que se entrega en permanente estado de construcción, evidenciando sus procesos y progresos en el mismo gesto seminal con que se realiza su proyecto. Entendidos así el arte y la literatura, la obra singular ha de ser híbrida, máquina simbólica y organismo vivo al mismo tiempo, inscrita en las redes de la realidad como un mapa de sus propias conexiones y niveles, dimensiones y materiales, producida por un sujeto que no se aleja de su creación como el demiurgo para admirarla o despreciarla sino que está plenamente involucrado en ella desde la génesis hasta la recepción final por parte del lector o el espectador.
Por otra parte, Fernández Malo aborda multitud de cuestiones esenciales y, entre otras, proporciona una gran teoría del tiempo y de la historia, como unas grandes mandíbulas que trituran y devoran, como el artista nómada de hoy, todo lo que participa de la vida de cada época y nos deja en herencia a los que venimos después una colección de restos, residuos o pecios de un naufragio natural, una catástrofe cronológica, basura en estado latente que solo pide la mirada creativa para resucitar en el presente, como los dinosaurios sintéticos de Parque Jurásico. Nada de nostalgia ni de sentimentalidad romántica, impregnada de melancolía y añoranza, idealización y sublimación, sino reconstrucción fantástica realizada desde el presente, sobre el presente y para el presente, de las ruinas del pasado. La vida anterior actualizada y la vida posterior anticipada en todos sus detalles y menudencias.
El ambicioso recorrido de Fernández Mallo admite algunas discrepancias, desde luego, pero no deja de ser, en su movilización de categorías como el nomadismo estético, la realidad compleja y el realismo de última generación, fusión de perspectiva científica y mirada artística, de una pertinencia absoluta para la comprensión de las posibilidades estéticas de un tiempo donde los flujos de información son la materia prima de la creación.