martes, 10 de julio de 2018

PURO TEATRO



[Daniel Gascón, El golpe posmoderno. 15 lecciones para el futuro de la democracia, Debate, págs. 203]

Vivimos tiempos de pequeñas y grandes farsas, en la política y fuera de ella. Tiempos de falsedad y falsarios. Nuestros antepasados se chuparon todas las tragedias y a nosotros nos dejaron los restos. Ellos conocieron guerras, dictaduras, revoluciones, hambrunas, persecuciones, cárceles, masacres. Y nosotros, la farsa. Revoluciones clónicas, capitalismo espectacular, guerras de videojuego, relaciones cibernéticas, dinero virtual, políticas en holograma, dígitos estadísticos. Ya lo predijo Marx. La historia siempre llama dos veces. La primera ocurre como tragedia, la segunda se repite como farsa. En la sociedad del espectáculo capitalista, como la tildan los debordianos, la lógica que confunde lo real y lo virtual, lo verdadero y lo falso, genera conflictos sociopolíticos como el independentismo catalán.
El título de este excelente ensayo es muy acertado y abre múltiples frentes de reflexión. Si el proceso soberanista, en su pretensión ilegal de fundar una república independiente sobre un territorio sin el consentimiento de la mayoría de la población, es identificable como golpe de estado, la estrategia para realizarlo y, sobre todo, las maniobras mediáticas e institucionales con que se ha gestado tal gesta, responden más bien a presupuestos posmodernos: es decir, propios de una situación donde el dominio del simulacro se ejerce sobre todos los niveles de la realidad. Como apunta Gascón, se trataba de un plan político diseñado para ganar siempre: si triunfaba, la simulada revolución catalanista celebraría su éxito con fuegos artificiales; si no, se limitaría a disimular su fracaso escénico, denunciando la obtusa cerrazón del maligno Estado español.
En pleno proceso de globalización, el nacionalismo es una secuela y un problema. Una secuela, ya que el énfasis en las regiones y la exaltación localista son respuestas geográficas a ese proceso estandarizado. Y un problema, desde luego, porque amenaza la estabilidad de naciones modernas, como España, con tensiones inútiles que terminan dañando sus intereses en el contexto global. Gascón recuerda que la necesidad de marcar diferencias en el escenario mundial o continental fomenta una peligrosa involución, como sucedió en Cataluña desde Pujol en adelante, con la promoción cultural de rasgos identitarios como anclaje de intereses políticos espurios. Exige mucho ingenio ideológico limpiarle la caspa oculta bajo la boina al ideario nacionalista y reconvertir la antigualla del catalanismo en mercancía guay para jóvenes desesperados.


En una democracia, el vaciamiento ideológico es la regla principal que permite a los partidos incorporarse al juego parlamentario. El sistema democrático favorece, en su lugar, la gestión y manipulación de la imagen, el gesto, la narrativa y la retórica como instrumentos publicitarios de la acción y la convicción políticas. En el mundo posmoderno, del que el fenómeno del secesionismo catalán es un paradigma negativo y no una demostración de política avanzada, todo participa en el mismo grado teatral de la simulación y la impostura. Así, la farsa dialéctica domina el discurso mediático sobre Cataluña con sus maniqueísmos, falacias, espejismos y antinomias. Algunos ejemplos flagrantes: España es un país franquista y Cataluña una república progresista; el desprecio a los españoles no es racismo sino crítica reformista o “nacionalismo esencialista” (Enric Juliana dixit); el catolicismo ultramontano y supremacista de Torra o Junqueras es bendecido por la izquierda republicana; Arrimadas, Valls y Rivera son el neofascismo personificado mientras el torvo racista que ahora preside la Generalitat es un santo varón que encomienda a diario su alma demócrata a la Moreneta; etc. 
La exhaustiva revisión de los disparates y delirios del independentismo se tiñe de amargura cuando se refiere a medios informativos extranjeros. Muchos grandes periódicos e importantes canales de televisión occidentales, como denuncia Gascón sin complejos, han comprado la versión falsificada de los líderes secesionistas con una facilidad sospechosa. Y este no es tanto un problema posmoderno como una distorsión moderna. Estos periodistas internacionales no reconocen los logros modernizadores de la democracia española, como demuestran también los juristas europeos que han rechazado los autos chapuceros de Llarena, y se creen las insidias nacionalistas sobre una España atrapada en el bucle vicioso de una historia esperpéntica.
No cabe duda de que el proceso independentista suscribe ciertas tendencias superficiales del programa posmoderno, como explica Gascón. Pero lo hace de un modo paradójico: como expresión política del fracaso moderno y del dudoso encaje de cualquier proyecto nacionalista en un contexto global que lo repele por definición. Como bien señala Fredric Jameson, uno de los grandes analistas de la posmodernidad: “en la globalización no hay culturas sino solo imágenes nostálgicas de culturas nacionales; en la posmodernidad no podemos apelar a los fetiches de una cultura nacional o de una autenticidad cultural. Nuestro objeto de estudio es más bien la disneificación, la producción de simulacros de culturas nacionales, y el turismo, la industria que organiza el consumo de esos simulacros y de esas imágenes y espectáculos”.
En definitiva, El golpe posmoderno es un ensayo incisivo y clarificador, cuyas inteligentes conclusiones trascienden el grotesco episodio nacionalista y sus símbolos, imágenes y clichés de un catalanismo (doblemente) difunto.

viernes, 6 de julio de 2018

TABERNÁCULO

 [William Faulkner, Santuario, Debolsillo, trad.: José Luis López Muñoz, 2017, págs. 352]

Quizá muramos en ese instante en que nos damos cuenta, en que admitimos, que el mal tiene una estructura lógica.

-William Faulkner, Santuario-


Si confeccionáramos una lista exhaustiva de las transgresiones y violaciones de tabúes cometidas por esta obra maestra de Faulkner, veríamos que su perspectiva implacable sobre la naturaleza humana, su radiografía clínica del mal incurable, su carencia de empatía con los personajes y sus fatídicas existencias, ya sean burgueses o delincuentes, aristócratas arruinados o palurdos tarados, la ironía procaz, el humor negro y las múltiples truculencias de la historia hacen del autor, no solo uno de los grandes artistas de la ficción novelesca, sino uno de los bromistas literarios más peligrosos.
Todavía más dañinas e incisivas, sin embargo, son las ofensas de su escritura en la medida en que retratan la quiebra del patriarcado, la ley, la justicia y cualquier institución humana que trate de poner orden en la conducta de seres abocados a la maldad por la fatalidad social, o la desgracia y la degradación patológicas, y movidos por las pulsiones más destructivas, o por la mezquindad, la cobardía y el conformismo.
Para despistar a los críticos puritanos y los censores cejijuntos, Faulkner confesó haber escrito Santuario (1931) para ganar dinero y atraer la notoriedad que, pese a publicar dos obras maestras anteriores como El sonido y la furia (1929) y Mientras agonizo (1930), aún le era esquiva. Quizá para descargarse de responsabilidad creativa, Faulkner reconocería no haberse inventado el depravado escenario: se lo inspiró la experiencia real de una mujer de un club de Nueva Orleans que, según le contó, había sido secuestrada una vez por un gánster impotente. El gran narrador sureño se vio obligado a disimular sus verdaderas intenciones estéticas (escenificar un juego de masacre y extinción que concluía como un juicio inapelable sobre una sociedad en ruinas) bajo una estrategia de astucia y menosprecio hacia la escabrosa obra.
El editor retuvo la novela durante dos años, preocupado por las consecuencias legales de su publicación, sin saber qué hacer con una obra tan escandalosa: un atentado en toda regla contra la hipocresía del pacto comunitario y su reparto de papeles sexuales y familiares y una burla sardónica de los valores sublimes que sacralizan a las mujeres para mejor esclavizarlas a las leyes genéticas de la reproducción de la especie.


No obstante, leída sin prejuicios ideológicos, Santuario puede considerarse su narración más perfecta. Aquella donde el endiablado genio de Faulkner para la construcción sintáctica, el destilado verbal del estilo que aprendió en grandes artífices como Proust y Joyce, sabe acoplarse a la organización cronométrica de una trama despiadada que acompaña a los personajes principales en cada una de sus acciones, reacciones o devaneos mentales y sabe graduar el desencadenamiento de la tragedia y el desvelamiento del horror, renunciando al vanguardismo formal, mientras progresa hacia el antológico final con una maestría narrativa que ningún autor policial alcanzará jamás.
La perversión suprema de Santuario se realiza en el curso de la paródica escena del juicio cuando el fiscal del condado, poseído por una justiciera furia divina que se ceba en un falso culpable, enarbola la mazorca manchada de sangre coagulada con la que la frívola estudiante rica Temple Drake, sentada impávida en el estrado de los testigos, fue violada por el homúnculo Popeye, un sádico malhechor de exigua virilidad. Mientras blande con vehemencia la obscena arma del crimen, el fiscal enuncia el fundamento freudiano, antropológico y religioso (cifrado en el irónico título) y no solo sexual, de la profanación traumática de “las más sagradas manifestaciones del aspecto más sagrado de la vida: la feminidad”.
Como triunfo diabólico del caos, o de la sinrazón colectiva, o como grandilocuente derrota de los garantes del bien, la virtud y la ley, podría calificarse la exhibición de atrocidades que Faulkner reserva para el desenlace, desde el linchamiento de un inocente a quien la víctima violada no quiso salvar con su testimonio hasta el ahorcamiento del delincuente violador por otro crimen que no cometió.


Pero el destino más cruel es, sin duda, el menos cruento: la condena vital a la desolación y la esterilidad de Temple Drake, envejeciendo en soledad (con su viejo progenitor como única compañía) hasta la muerte, sin volver a conocer el amor, o el deseo, ni, por descontado, la alegría de la juventud. [A pesar de todo, tras atravesar durante ocho años "la estación de la lluvia y de la muerte" con que concluye Santuario, como una sentencia lapidaria, Faulkner quiso redimir al personaje de Temple Drake, o clavar un nuevo clavo en su ataúd de plomo, como el lector prefiera, al concederle una segunda oportunidad de vivir una vida convencional, con marido y dos hijos, en la innecesaria secuela Réquiem por una monja (1951), donde Temple repite los mismos errores criminales, como un sino, y revela una vez más su estúpida personalidad. Y cuando quiere reparar daños cometidos, salvar vidas y aliviar su sufrimiento es ya demasiado tarde. Faulkner se burlaba así, veinte años después, de todos los críticos moralistas que atacaron Santuario en el momento de su aparición...]

martes, 3 de julio de 2018

ABOGADO DEL DIABLO



[Publicado hoy, 135 aniversario de Kafka, en medios de Vocento]

            La realidad es una pesadilla kafkiana, seas culpable o inocente. Eso da igual. La pesadilla es infernal en cuanto se vuelve mediática, según dicen algunos ingenuos. En un aeropuerto los pasajeros somos terroristas o narcotraficantes hasta que el escáner demuestra lo contrario. Cuando la UCO te pilla con las manos en la masa, sin embargo, cae sobre ti la bendita presunción de inocencia como salvaguarda de tus chanchullos y corruptelas. Si tienes a tu servicio un magnífico bufete de abogados, ya puedes dormir tranquilo en la celda preventiva, con el dinero a buen recaudo en varios paraísos fiscales y el pasaporte caducado. Los novelistas somos abogados del diablo y no creemos en la presunción de inocencia, ni en el linchamiento mediático. Todo el mundo es falso culpable o falso inocente, como prefieras.
En el infame caso de La Manada, ciertas voces puritanas apuntan con el dedo erecto al porno y sus polvos grupales como culpables de la felonía y de sus ingentes imitadores. Pero nadie se atreve a denunciar a la televisión basura y sus contenidos obscenos como inductores inconscientes. Se dice que el fallo es educativo, se acusa a la psique patriarcal, y se excusan así las torpes sentencias judiciales. En el futuro, será más temible el veredicto de la opinión pública emitido a través de los medios masivos que el de un triste tribunal amparado en vetustos códigos legales y una jurisprudencia obsoleta. Ciertas leyes se han quedado antiguas y ya no sirven para juzgar asuntos sensibles. La justicia es lenta y los legisladores son como la liebre de la fábula esópica. Mientras la vida muta a un ritmo diabólico, ellos se adormecen en sus debates partidistas, confiados en ganar la carrera electoral sin esfuerzo. Y luego pasa lo que pasa.
Una parte de la complejidad actual se genera a diario en platós y despachos televisivos. El abogado de la horda violadora lo sabe y va de programa en programa defendiendo su causa. Y la víctima, en su famosa carta, desperdició la oportunidad de darnos una versión personal de los hechos, quizá por temor a los deslices gramaticales. Un lapsus verbal, un adjetivo equívoco o un sustantivo ambiguo reabrirían las heridas impúdicas del suceso. En estos casos delicados, tendrían que pedirnos colaboración profesional a los escritores y escritoras. No valemos mucho, es cierto, pero podemos poner en limpio un relato veraz, transmitir sentimientos sin cursilería, darle sentido moral a las historias más escandalosas, expresar emociones confusas, desnudar conductas indecentes y pulsiones brutales. A juristas y legisladores les recomendaría, como iniciación, la lectura veraniega del “Santuario” de Faulkner. Para novelistas como Faulkner o Roth, el diablo a defender no es la verdad objetiva sino la impureza de la vida. Con rabo o sin él, como reclaman algunas manifestantes airadas.


viernes, 29 de junio de 2018

LA BIBLIOTECA DE BOUVARD Y PÉCUCHET


A Bouvard y Pécuchet

Toda biblioteca encierra un programa de lectura, una invitación urgente a aislarnos para consumir sus tesoros. El primer desafío a que se enfrenta el lector es por dónde empezar. El segundo es cómo combinar la lectura de las obras sin provocar ninguno de los males (tedio, insatisfacción, indiferencia, desidia) que tarde o temprano aquejan al viajero libresco. Un consejo fácil sería comenzar por Borges. Todas las bibliotecas del mundo caben en su obra comprimida y todas las obras literarias se compendian en su biblioteca circular: las epopeyas fundacionales (Homero y Gilgamesh), las fabulosas Mil y una Noches, Cervantes, Dante y Shakespeare, o escritores modernos como Flaubert, Melville, Stevenson, Henry James, Kipling, Marcel Schwob, Kafka o Joyce. Con Borges se tiene sustento suficiente para muchos veranos de recalentamiento global.
Como no sólo de Borges viven los buenos lectores, conviene escarbar en los fondos en busca de libros que estimulen otras sensaciones o generen otras ideas. La Antología del humor negro del surrealista Breton nos pondrá en contacto con una variante diabólica del espíritu humano: la inteligencia que (se) ríe de sí misma, de su fracaso ontológico y su ilimitada arrogancia, la carcajada luciferina que se ceba en los aspectos menos ilustres de la condición humana, o en los más ilustres y encomiados, como hacen, cada uno a su manera burlona y singular, Bernhard o Barthelme, Lautréamont o Gombrowicz, Quevedo o Queneau, Coover o Roth, Céline o Beckett, Bataille o Bierce.
En este sentido, nada mejor para entender por qué parece cada vez más difícil soñar con un mundo mejor que revisar las ambiguas páginas de la Utopía de Thomas More. A pesar de su título, cualquier lector dudará antes de decidir si se trata de una propuesta de reforma de la organización social, o de una sátira implacable de la nece(si)dad humana de organizar la vida. Esta obra extraordinaria nos condena a la incertidumbre de la literatura, y no es casualidad que a su autor le costara (literalmente) la cabeza. Así lo entendió también el erudito Erasmo, su amigo y corresponsal, al dedicarle otro libro inclasificable: el Elogio de la locura revela que la inteligencia sólo puede abrirse camino en el mundo reconociendo el dominio incontestable de su antagonista absoluto, la tontería o necedad, más extendida entre nosotros de lo que los planes de estudio académicos o los programas de los partidos políticos y las asociaciones humanitarias estarían dispuestos a reconocer. Éste es, sin duda, el subversivo humor que irriga cada página del Quijote, el único clásico español inagotable, pese a los eruditos de aldea, los escoliastas y demás profesionales de la taxidermia académica.
Ya conquistado el núcleo duro de la biblioteca, el luminoso corazón del canon, me permitiría recomendar distintas obras para amenizar este recorrido algo áspero por las escarpadas cumbres de la cultura. Si se quiere expandir el sentido del humor a todos los órdenes de la vida nadie debería perderse las obras gemelas de dos cervantinos genuinos y geniales: Tristram Shandy, de Sterne, y Santiago el fatalista, de Diderot. Y si se prefiere extender el significado del amor nadie dude tampoco en adentrarse sin temor en los dos transgresores canónicos del erotismo occidental: La filosofía en el tocador, de Sade, y Las once mil vergas, de Apollinaire. Está comprobado que sus efectos son superiores a los de la Viagra, o cualquier otro afrodisíaco registrado, y garantizan que la siesta o el trasnoche estival puedan convertirse en un festival de reconciliación de la carne con el verbo (y viceversa). Altérnense sin riesgo con productos más contemporáneos como La fiesta de Gerald, de Robert CooverEl teatro de Sabbath, de Philip RothDeseo de Elfriede Jelinek o Plataforma de Houellebecq, muestras inflamables del nuevo desorden amoroso. Para el otro desorden, el orden del consumo y el caos cotidiano capitalista, nada mejor que zambullirse en sus paradojas e infamias, procesos globales, relaciones mediatizadas, complejidad diaria y mutaciones futuras, guiados por cartógrafos digitales de la fiabilidad de Don DeLillo, David Foster Wallace, William Burroughs, Bret Easton Ellis, Chuck Palahniuk o William Gibson.
El verano es, además, una época idónea para zambullirse sin prevención no sólo en el mar sino en obras oceánicas como el Fausto de Goethe, El Criticón de Gracián, Locus Solus de Raymond RousselEn busca del tiempo perdido de ProustEl hombre sin atributos de Robert Musil, Bajo el volcán de Malcolm Lowry, En Nadar-dos-pájaros de Flann O´Brien, El Baphomet de Klossowski, Paradiso de Lezama Lima, Diccionario jázaro de Milorad Pavic, El reloj de arena de Danilo Kis, Meridiano de sangre de Cormac McCarthy, Tres tristes tigres de Cabrera InfanteLa vida instrucciones de uso de PerecLa muerte de Virgilio de Hermann Broch. A pesar de las altas temperaturas y su incisiva incidencia en la facultad intelectiva, recuerdo con admiración y asombro varias novelas enormes donde se podría decir que acaba de verdad la novela decimonónica y empieza algo (¿la postmodernidad?, ¿el postmodernismo?) que todavía no sabemos nombrar con exactitud: Los reconocimientos, de William GaddisEl plantador de tabaco, de John BarthDhalgren, de Samuel Delany, y Terra Nostra, de Carlos Fuentes. Como festín para las noches de verano propondría cualquiera de las maravillosas novelas de Thomas Pynchon, pero en especial El arco iris de gravedad, y también, como complemento a Cervantes, Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais, y una obra moderna que es la suma de la felicidad libidinal de la vida y la literatura: Ada, o el ardor, del inmenso Nabokov.
No creo que un lector avezado pueda contentarse sólo con las obras de los maestros, ni mucho menos saciar su apetito con clásicos remotos. Mientras no conozca a fondo la obra narrativa de Ballard, Dick o Chandler un buen lector de hoy no puede decir seriamente que lo es. Por fortuna hay en nuestra época muchos otros nombres y títulos que podrían incendiar nuestras bibliotecas con el fuego de la inteligencia y no con el del odio o el fanatismo. Leer literatura sigue siendo el acto civilizado por excelencia, quizá por eso hacerlo en esta estación algo inculta es más provocativo que nunca. Un acto de resistencia. 

martes, 26 de junio de 2018

ACTUALIDAD DIGITAL


 [Roberto Calasso, La actualidad innombrable, Anagrama, trad.: Edgardo Dobry, 2018, págs. 173]


La digitabilidad es el asalto más grave que haya sufrido la inclinación a exponerse al choque de lo desconocido.

-R. Calasso-

Estamos en medio de un cambio epistémico de envergadura aún incalculable. No es el primero de la historia al que se enfrentan las culturas humanas, pero sí el primero en que la idea misma de cultura humana es puesta en cuestión con una radicalidad inhumana. Esa mutación afecta también a la dimensión racional de la experiencia y el pensamiento. Roberto Calasso no es tampoco el primer escritor en considerar esta cuestión con el debido rigor, pero sí tiene la inteligencia de haber leído, con extrema atención y actitud crítica, a quienes se ocuparon con anterioridad del proceso en curso, como Chalmers, Bostrom o Harari, entre otros. Calasso cifra la revolución cognitiva en curso con esta ingeniosa ironía: “A un siglo exacto de distancia hemos pasado del dadaísmo al dataísmo, de Dadá al Big Data”. Es decir: hemos pasado del período de disolución bélica de la cultura decimonónica en el caos y el absurdo al período de alta resolución de la cultura humanista en los algoritmos incontrolables de la era digital.
Calasso es un ensayista sutil y antes de llegar a las conclusiones que dejan escaso margen a la incertidumbre sobre el destino humano, comienza planteando reflexiones de gran calado sobre el devenir de los ritos religiosos y la secularización del mundo, la autodeificación de la sociedad y el ensimismamiento autosatisfecho de esta en su propia imagen y poder, señalando a dos figuras que definen la deriva delirante del mundo de los siglos XX y XXI: el terrorista y el turista. El terrorista, que persigue imprimir con sangre un significado absoluto en la escritura de un mundo que no funciona ya con categorías tradicionales. Y el turista universal, responsable de la banalización pornográfica de la geografía y la historia, precursor de ese momento en que se vuelven indiferentes lo real y lo virtual, lo fáctico y lo simbólico, la simulación y la realidad, la verdad y la mentira.
La actualidad es innombrable, entre otras cosas, porque el nombre ha dejado de ser el instrumento que mejor describe para la inteligencia la existencia de las cosas. Todo lo que acontece en el mundo es transformado antes en dígito o cómputo que en concepto o palabra. Con lo que la actualidad, en cuanto realización de seres y objetos en el espacio y el tiempo, se vuelve un flujo informático de números y datos infinitos, imposibles de verbalizar. La cultura humanista, en la visión de Calasso, está atrapada en el bucle vicioso de poder nombrar solo aquello que entra en sus categorías abstractas. Y el mundo ha escapado de ese control de la conciencia humana que le proporcionaba sentido para acceder a la desnudez maquinal de los procesos de la información.
Calasso es un escritor de profunda ironía y no cae en dramatismos alarmistas, ni en sensacionalismos periodísticos. Su postura es, más bien, la del observador lúcido y paciente que atiende a los cambios del mundo para comprenderlos y registrarlos con la serenidad intelectual de un escriba del presente (“Existe también la posibilidad de sentarse en la ribera del gran flujo informático, sin lamentarse y sin justificarse”). Pero no por ello su predicción es menos catastrófica. En el último fragmento de la parte más sustantiva de este ensayo tripartito, Calasso evoca la ruina de un templo-tumba exhibido entre los fondos del Museo Británico: el Monumento a las Nereidas. Ese templo pétreo es también una tumba. Ese monumento paradójico es el mausoleo consagrado a la muerte de Europa, como certifica el espléndido museo de voces, testimonios y citas de la segunda parte del libro (“La sociedad vienesa del Gas”). Esa Europa que irradió desde Atenas, con sus conocimientos, técnicas y saberes, con su poesía elegíaca y con su prosa jurídica, todas las culturas del mundo a lo largo de la historia y se expandió hasta hacerse cultura global, padece en este nuevo siglo la autodestrucción programada de su legado milenario. El crepúsculo del humanismo, el hundimiento de una idea gloriosa del ser humano, el fin secular del endiosamiento humano (Homo Deus).
Ahora, como anuncia Calasso, sin miedo y sin esperanza, siguiendo en esto a otros pensadores, vivimos los turbios albores de una era innombrable, de la que la inteligencia artificial y los robots serán los nuevos amos infalibles.

viernes, 22 de junio de 2018

MUNDO JURÁSICO



[Publicado en medios de Vocento el martes 19 de junio de 2018]

Comienza el Mundial y el mundo se desnuda. Los futbolistas corren por el campo persiguiendo lo mismo. Y no es la pelota, aunque los espectadores lo crean para preservar la ilusión del juego. Es la golosina sagrada de los dioses de este mundo. Dinero, fama, mujeres, propiedades. Lo peor del capitalismo no es que haga ricos a unos y pobres a otros. El fallo imperdonable del capitalismo es que no nos hace ricos a todos, como quería el utopista Fourier. Lujo, bienestar, ocio eterno y felicidad libidinal al alcance de las masas y no solo de las élites. Como los Trump. Eso no es una familia sino una corporación dinástica. Con lo que ganan podrían comprarse América al contado y hasta un planeta desierto donde proyectar las fantasías megalómanas del patriarca Donald sin peligro para la estabilidad mental de su mujer. Al prestigio de la marca Trump le sobra la visibilidad del cargo político.
Basta con observar las pomposas maneras de Putin como anfitrión del Mundial, negociando en el palco acuerdos infames con socios saudíes, para diagnosticar que en Moscú y Washington gobierna la testosterona autoritaria más histriónica. En España, en cambio, manda la volatilidad emocional. En solo dos semanas, estrenamos gobierno feminista, Urdangarin es encarcelado como chivo expiatorio de una trama de privilegios monárquicos, expulsan al seleccionador madridista y despiden al ministro cultureta. Ya este nombramiento indicaba la idea degradada de la cultura que tiene en mente el líder socialista. Pero el cese violento de Lopetegui tuvo más trascendencia mediática que la falsaria dimisión de Huerta. Gracias a su picaresca fiscal, el fútbol le ha metido otro golazo populista al cultureo de relumbrón.  
Las estrellas futboleras ganan cifras astrofísicas cuya exactitud los tertulianos televisivos discuten con pasión indigna. El fútbol es un ejemplo para la infancia, dicen sin sonrojarse, y es indecente comentar con quién liga un futbolista liguero, pero no cuántos millones se embolsa por pegarle patadas al fisco local y vengarse con goles, como Cristiano Ronaldo, de la España aciaga que lo condena a pagar una multa escandalosa. El fútbol de élite es primitivo y caprichoso. Millones de ojos vigilando la circulación de un balón que besa los pies patrocinados de una manada de millonarios incultos. Así va el mundo.
Al revisar este anecdotario carnavalesco, y viendo la pugna feroz en la cúpula de El Corte Inglés, dan ganas de reírse de los tristes dinosaurios del Jurásico. La grotesca especie que los sucedió en el dominio del planeta es mucho más peligrosa que sus mandíbulas. Los dinosaurios de Spielberg están hechos de pasta gansa y no solo de píxeles espectaculares y ADN sintético. Esos monstruos de película buscan imponer su poderío económico sobre el ecosistema mundial como los Trump. Mamíferos y reptiles, todos quieren lo mismo. El alimento de los dioses.

martes, 19 de junio de 2018

SUPERMUJER


[Noah Berlatsky, Wonder Woman: Bondage y feminismo, GasMask Editores, trad.: Carlos Pranger, 2018, págs. 316]

Es curioso que el mismo año en que Wonder Woman se convirtió en una exhibición mundial de poderío femenino ejercido a través del cine, los documentos privados de su creador, William Moulton Marston, fueran depositados para su conservación y estudio en el Instituto Radcliffe de la Universidad de Harvard. Es curioso que el mismo año en que la superheroína amazónica imponía su fuerza mítica dentro y fuera de la pantalla, con aplauso universal, se realizara una interesante película independiente (El profesor Marston y las Wonder Women) sobre la vivencia íntima del profesor Marston y sus eximias compañeras, Elizabeth Holloway, su emprendedora esposa, y Olive Byrne, amante de ambos y antigua alumna de Marston, destapando una placentera relación de poliamor  y juegos prohibidos a tres bandas.
Este estupendo libro de Berlatsky, a pesar de su agudeza analítica y su apasionada reivindicación de la importancia del cómic original de Marston, prefiere no entrar a fondo en la extraña convivencia del trío que dio origen a un personaje fascinante como Wonder Woman. Varios aspectos de la personalidad de Marston son decisivos para entender la génesis del cómic y la influencia cultural que ha tenido desde entonces, aunque la Wonder Woman de Marston, como bien señala Berlatsky, desarrollada solo entre 1941 y 1947, año de la muerte de su creador, padecería con posterioridad alteraciones significativas en temas polémicos que interesan al estudioso bloguero Berlatsky y al lector con sensibilidad cómplice: el feminismo, el lesbianismo, el fetichismo sexual, la violencia masculina, el poder femenino, etc.

Marston era un psicólogo avanzado y su Teoría DISC sobre las emociones de la gente normal demostró que no existe tal gente, ni nada que pueda llamarse normalidad en la conducta humana, pero sí una combinación de cuatro factores (dominación, inducción, sumisión, conformidad) que determinan las relaciones entre las personas en cualquier contexto social. Marston creía en la superioridad de la mujer y en la importancia de la educación para hacer valer esa supremacía moral en contra del orden patriarcal, impuesto por el sexo masculino, el más primitivo y agresivo de los dos reconocidos. Pero Marston no era un analista ingenuo y sabía que ese orden basado en la sumisión femenina necesitaba también de la cooperación efectiva de las mujeres para funcionar. La educación infantil era la mejor forma de corregir ese error inicial y el cómic el instrumento didáctico idóneo para penetrar en la imaginación de niños y niñas y modificar su comprensión de las relaciones de fuerza entre los sexos y apreciar en su justa medida la singularidad del aporte afectivo y libidinal de las mujeres.
Marston formularía esta idea con rotundidad en un artículo publicado en la revista American Scholar en 1944: “Las fortalezas de las mujeres han acabado despreciadas por sus debilidades. El remedio obvio es crear un carácter femenino con toda la fuerza de Superman más todo el atractivo de una mujer buena y hermosa”. Así nació la fantástica Wonder Woman, en plena segunda guerra mundial, para combatir el fascismo, en casa y fuera de casa, como subproducto degenerado del dominio masculino sobre la realidad. Si a eso añadimos una experiencia heterodoxa con dos mujeres brillantes a las que Marston amaba y admiraba, ya tenemos resuelta en términos simbólicos, como diría Berlatsky, la compleja ecuación del sexo. Hasta una feminista tan influyente como Gloria Steinem celebró el feminismo creativo de Wonder Woman en los años setenta diciendo que simbolizaba “los valores culturales de las mujeres que ahora las feministas están tratando de introducir en lo convencional; mujeres fuertes y autosuficientes; hermandad y apoyo mutuo entre las mujeres; paz y respeto por la vida humana; etc.”.

El lesbianismo larvado de Wonder Woman, su simpatía infinita y tierna amistad con múltiples personajes femeninos, es uno de los fantasmas obsesivos de Marston, por razones biográficas obvias, y uno de los motivos que sus timoratos seguidores de décadas posteriores más se han empeñado en limar, suavizar o borrar, como sucede en la anodina película estrenada con éxito mundial el año pasado. Berlatsky afirma sin ambages que Marston era lesbófilo, como Baudelaire y como tantos artistas y escritores posteriores, entre los que me incluyo. En el fondo, Marston, experto en el laberinto sin salida de la psique humana, era un masoquista moderno y un inocente pornógrafo. Con la creación gráfica de esta maravillosa supermujer, logró expresar un deseo revolucionario y utópico para el hombre en el seno de la cultura patriarcal. El deseo de ser (de devenir) mujer.