martes, 31 de marzo de 2020

EL EFECTO DRÁCULA



[Bram Stoker, Drácula, Alianza Editorial, trad. Francisco Torres Oliver, 2020, págs. 608]

Dracula is thus at once the final product of the bourgeois century and its negation.

-Franco Moretti, “The Dialectic of Fear”-

En plena cuarentena vírica, y va para largo, por desgracia, nada mejor que leer la reedición más reciente de un clásico perturbador como el “Drácula” de Stoker. Un clásico, por cierto, desfigurado por las tentativas de adaptación a otros medios, las incontables secuelas e imitaciones que, lejos de desvirtuarlo, solo han conseguido revalorizarlo aún más con el paso del tiempo. Si Drácula, la criatura infernal, el rey de los vampiros, el hijo de la noche, conoció la condición inmortal de manera limitada hasta que sus enemigos londinenses acabaron en la ficción con sus días de sueño lúgubre y noches sangrientas sobre la Tierra; “Drácula”, la novela asombrosa que lo consagró como mito popular, se ha ganado la inmortalidad literaria. Pero, cuidado, no es lo mismo leerla en 1897, como advierte David J. Skal, experto en la materia oscura de esta falsa novela gótica, que en 2020, año horrible.
            Múltiples rasgos de “Drácula” fascinan aún en una lectura contemporánea, más allá de todas las teorías y análisis con que se ha pretendido explicar su fabuloso éxito. Para empezar, la estructura narrativa. El extraordinario dispositivo de veintisiete capítulos más un epílogo feliz en el que se suceden los diversos narradores para conformar una de las tramas novelescas más originales de todo su siglo. Los personajes principales (Jonathan Harker y Mina Murray, Lucy Westenra, los doctores Seward y Van Helsing) se reparten la función de contar sus experiencias en primera persona a través de cartas, diarios ológrafos, taquigráficos o mecanografiados y grabaciones fonográficas transcritas. Más tarde, una mano maestra ha procedido a seleccionar los documentos imprescindibles y combinarlos con telegramas, recortes de prensa, cuadernos de bitácora y cartas episódicas y ha ensamblado la compleja polifonía como una unidad para conferir sentido a la inquietante narración y acrecentar el efecto inconsciente sobre el lector.
Es cierto. No hay novela decimonónica más tecnológicamente al día que “Drácula”.  Sin hablar de viajes en ferrocarril o en barco, descritos con rigor científico, Stoker es el primer novelista que redacta su novela en una máquina de escribir y la gran heroína de la misma, no por casualidad, la mujer santificada que inspira el amor y la protección de los representantes masculinos del Bien, y el afán de posesión carnal del Príncipe de las Tinieblas, es Mina Murray, experta mecanógrafa que transcribe una parte significativa de los documentos recopilados para que sus amigos puedan disponer de valiosa información en la cacería de Drácula. Y Drácula, como presencia nefasta y ausencia insidiosa que merodea bajo formas mutables por los límites de la oscuridad y los márgenes de la invisibilidad, es tanto un efecto como una causa en las páginas de la novela. Porque Drácula es el causante, en efecto, de que todos los protagonistas se conviertan en escritores metódicos y en lectores aterrados de lo que escriben los otros, como le ocurre a Van Helsing cuando visita el castillo de Drácula teniendo en mente todo el tiempo la lectura intensa de las extrañas vivencias en él de Jonathan Harker registradas en su Diario con escritura alucinada y alucinante.

Y no me olvido, no, de los fastos grandiosos de la mascarada ocultista puesta en escena por Stoker con exactitud de relojero irónico. El Mal, encarnado por la amenaza polimorfa o bisexual, según las interpretaciones, del vampiro seductor y su cohorte de vampiras voluptuosas, resulta más atractivo y poderoso que el Bien, mientras este, entendido a la rigurosa manera victoriana, solo demuestra superioridad moral en la lucha encarnizada contra su antagonista más peligroso. Pero “Drácula”, leído hoy, desborda este planteamiento de signo maniqueo e invierte así, con violencia, las categorías ideológicas de la novela gótica. El Mal simboliza, sobre todo, las creencias primigenias y las mitificaciones ancestrales de la especie y el dominio feudal fundado en el linaje de la sangre. Como Julio Verne, Stoker fue un positivista integral que creyó en el triunfo histórico de la razón sobre la sinrazón, la victoria aplastante de la ciencia y el progreso sobre la superstición, la ligazón servil y la veneración folclórica, la instauración de la modernidad (capitalista, burguesa y cristiana) sobre el régimen parasitario de los grandes señores de tierras estériles y castillos en ruinas.
Tomándose todas las licencias históricas y artísticas que consideró necesarias (véase cualquier edición anotada para comprobarlo), Stoker perpetró, como creador genuino, una obra maestra que sobrevivirá, al escritor y a su infausta criatura, muchos siglos más. 
La primera obra maestra de la literatura pop, como escribió Cabrera Infante.

miércoles, 25 de marzo de 2020

CUARENTENA Y DUELO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Este coronavirus piensa cargárselo todo. Hasta la sanidad pública, mermada por recortes irresponsables. Es terrible. Diez días recluidos y ya estamos desesperados. Y Sánchez nos anuncia dos semanas más de castigo nacional. Los expertos lo avisaron en 2008, pero nadie les hizo caso. La pandemia sonaba a chiste macabro de un aguafiestas, me cuenta por Skype un amigo madrileño que se aburre a muerte encerrado en su diminuto estudio en el cogollo urbano de la devastación. Se ha leído todos los infundios difundidos por internet y ha elaborado una gran teoría sobre la pandemia, llegando a la conclusión de que este virus coronado tiene truco. O los chinos lo crearon en un laboratorio secreto y lo han puesto a prueba con su gente y luego con el resto, a ver qué pasaba, o lo diseñaron los americanos en una base experimental para debilitar a los chinos en plena guerra comercial. Los chinos, más listos de lo que se cree, han devuelto el golpe con habilidad tenística. Y no te olvides de las peligrosas mutaciones del virus. Ya verás. Esta pandemia pondrá a cada uno en su sitio, profetiza mi amigo. Los americanos perderán el liderazgo geopolítico en pro de los chinos, pero nadie se fiará de estos. El mundo irá a la deriva y la globalización quedará dañada por su incapacidad para frenar el mal que ella misma expande. Y la UE, al final, se derrumbará como un castillo de naipes mal construido.
En cuarentena todo está permitido, todo vale, fabricar bulos, contar historias, como en “El Decamerón”, e incluso mentir. Demasiadas preguntas, demasiadas dudas, demasiado dolor y pesar. A falta de información cierta, la ficción es contagiosa como la risa y nos ayuda a soportar una situación difícil. Naufraga la vida, dejamos de preocuparnos por nuestros intereses individuales y aflora el espíritu comunitario. Esta nueva conciencia colectiva es lo único positivo a extraer de la catástrofe. Cuando volvamos a la normalidad, no tardaremos en recuperar los viejos hábitos y así hasta la próxima pandemia. Necesitamos un cambio urgente de paradigma. Este es un aviso serio. Hay quienes sueñan con los ojos abiertos y en voz alta, como Žižek, pronosticando el surgimiento de una sociedad alternativa de las ruinas económicas de la anterior. Espejismos e imaginaciones fatuas. Nada cambiará. En todas partes, el virus va a consolidar lo que ya existía. A fortalecer el orden establecido, nación por nación. Esto es solo un paréntesis aciago. Unas vacaciones tristes que pagaremos caro entre todos.

viernes, 20 de marzo de 2020

LÁGRIMAS PROFÉTICAS


[Philip K. Dick, Fluyan mis lágrimas, dijo el policía, Minotauro,  trad.: Domingo Santos, 2019, págs. 304]

Porque hoy vivimos en una sociedad donde los medios, los gobiernos, las grandes corporaciones, los grupos religiosos y los grupos políticos fabrican realidades espurias, y existe la tecnología electrónica mediante la cual infiltrar estos seudomundos directamente en la cabeza del lector, el espectador, el oyente...
Considero que la cuestión de definir lo que es real es un motivo importante, incluso vital. Y en alguna parte de eso está el otro motivo, la definición del humano auténtico. Porque el bombardeo de seudorrealidades comienza a producir humanos inauténticos muy rápidamente, humanos espurios, tan falsos como la información que los oprime por todas partes. Mis dos motivos son en realidad uno... Realidades falsas crearán humanos falsos. O humanos falsos generarán realidades falsas y entonces se las venderán a otros humanos, convirtiéndolos, al final, en falsificaciones de sí mismos…

-PHILIP K. DICK; “Cómo construir un universo que no se venga abajo dos días después (1978-1985)”-

John Dowland, compositor, laudista y cantante inglés, nunca habría adivinado que una de sus arias barrocas (“Fluyan mis lágrimas”) se convertiría cuatro siglos después en la obsesión de un escritor de tan prodigiosa imaginación y profética sensibilidad como Philip K. Dick. La obsesión musical llegó a tal punto que Dick no solo oía el aria cada vez que tenía ocasión sino que se la hacía escuchar a todo el que se prestara a sus misteriosos experimentos existenciales. Finalmente, el aria le sirvió para titular una de sus novelas más laureadas y, al mismo tiempo, más trascendentales para la vida y la creación de su autor. Con ella se inaugura, no por casualidad, esta nueva colección editorial Biblioteca de Autor dedicada a Philip K. Dick.
El 17 de noviembre de 1971 la casa de Dick fue asaltada. En aquel momento Dick vivía uno de sus períodos más paranoicos. Creyó que Nixon y sus secuaces de la CIA y el FBI iban tras él. El asalto también tenía una explicación esotérica: acabar con los documentos en que pudiera haberse plasmado la demostración fáctica de que Jesucristo era un traficante de drogas místicas, alguien que proporcionaba sustancias psicodélicas a sectas afines y las difundía como forma de conocimiento superior, y que fue crucificado por todo lo que sabía sobre la cuestión (cf. La transmigración de Timothy Archer y, en general, la trilogía Valis).
Gracias a esta conspiración del azar, Dick se decidió a concluir, por fin, una novela que había comenzado a escribir años atrás como respuesta a la soledad tras el abandono de una de sus mujeres. En la novela se aludía a un psicótropo experimental que destruía la continuidad espaciotemporal del cerebro y sumía al consumidor en una experiencia caótica de deslizamiento entre mundos diferentes. Tratar de definir qué es lo real y someter a la vez la realidad a la prueba de estrés de sus múltiples posibilidades y bifurcaciones paradójicas era el designio de la ficción narrativa para Dick y la causa del intenso placer que producen sus alucinantes invenciones.


Al acabar la lectura de esta espléndida novela, es fácil entender qué atraía tanto a Dick en la escalofriante belleza del aria de Dowland: su portentosa comprensión del dolor de estar vivo y la tristeza infinita del destino humano. Mediante la inclusión de la letra del aria encabezando cada parte de Fluyan mis lágrimas, Dick quiso hacer ver a sus lectores que, más allá de su apariencia de ficción científica y distopía futura, se ocultaba una especulación de raíz metafísica sobre la condena o la salvación de la especie humana, la fe en un mundo mejor, la aguda conciencia del fin y la entropía del tiempo y de toda empresa u obra humana por valiosa que sea.
Anticipándose a teorías políticas posteriores, Dick se mostraba preocupado por el régimen totalitario que la burocracia estatal y la tecnología de control policial serían capaces de implantar a poco que tuvieran la oportunidad, así como por el poder mental de las ficciones mediáticas y los efectos nocivos de la disolución de la contracultura de los sesenta en el tejido corrupto de la sociedad de consumo.
Con la historia del famoso cantante y presentador televisivo Jason Taverner, que un día despierta en una América dictatorial, una suerte de gulag capitalista donde nadie lo conoce como persona, ni lo reconoce como estrella, Dick se enfrenta a un mundo caracterizado por la confusión de fronteras entre la vida real y las realidades espurias del espectáculo.
Al final de la novela, Dick recurre a una abstrusa explicación racional para justificar las alteraciones cronológicas de una trama alocada y dislocada que, en el fondo, revela otra de sus maníacas obsesiones: el perverso poder de los otros para deformar la realidad y absorbernos en sus peligrosas fantasías.

miércoles, 18 de marzo de 2020

CUCARACHAS HUMANAS



[Ian McEwan, La cucaracha, Anagrama, trad.: Antonio-Prometeo Moya, 2020, págs. 127]

Hay un antes y un después del Brexit, en todo, como lo hay con el mandato de Trump. Es un antes y un después que va agigantándose con el tiempo y volviéndose una brecha insalvable con respecto a un pasado que parece mejor sin serlo necesariamente. A todos los hombres (y a las mujeres, añadiríamos) les tocan malos tiempos que vivir, decía Borges. Y los malos tiempos son el alimento sublime de los dioses de la literatura. El néctar delicioso de la ficción para los escritores más audaces o menos acomplejados. Que se lo digan a Rushdie, que ha convertido la América de Trump en una máquina de generación de novelas cada vez más deslumbrantes, como su novísima versión del Quijote (recién publicada en Seix-Barral). O a McEwan, que en un solo año ha prodigado dos muestras distintas de su versátil talento narrativo (Máquinas como yo y este divertimento coyuntural). También Jonathan Coe encuentra motivos de inspiración en la difícil situación inglesa para su última y voluminosa novela (El corazón de Inglaterra; Anagrama, 2019). Aunque su estilo es más realista, más apegado a la crónica periodística incluso, y el panorama social cartografiado mucho más vasto, el divorcio británico expresado en el Brexit entre élites y pueblo da lugar en la novela de Coe a un siniestro diagnóstico sobre el futuro. 
Menos ambicioso, pero más inventivo, McEwan se conforma con una alegoría inspirada por Kafka y Swift, dos maestros del humor y la sátira que supieron recurrir a las metáforas animales cuando correspondía, como Orwell en Rebelión en la granja, para dar cuenta de las perversiones y estupidez de su tiempo. McEwan elabora una sofisticada fábula digna de Esopo o de La Fontaine con las cucarachas como criaturas emblemáticas de un programa devastador para devolver el mundo a la pobreza, la suciedad y la miseria. Estructurada en cuatro partes, esta parábola política desglosa con contundencia y convicción sus argumentos lógicos disfrazados de ficción fantástica. Primero con la transformación cómica de una cucaracha del Palacio de Westminster en el Primer Ministro británico Jim Sams y la posterior abducción de los cuerpos de sus ministros por las mentes rastreras de estos insectos voraces.
Y después viene la ingeniosa invención de un arma neoliberal explosiva. La economía “reversionista”. Un modelo económico delirante basado en la idea de que pagas por trabajar y te remuneran por consumir. Abonas lo que corresponde a las horas de trabajo y el nivel de tu puesto y, para variar, los comercios y supermercados están obligados a pagarte dinero por las mercancías que compras. Como se deduce de todo esto, ninguna escuela de negocios seria del mundo suscribiría la implantación de un sistema semejante y, sin embargo, las cucarachas gubernamentales logran que los votantes apoyen en masa sus oscuros planes de destrucción, así como la mayoría de los miembros del Parlamento, en una jugada maquiavélica que la novela describe con sagacidad.
También Trump recibe su merecido encarnando a un avatar del presidente estadounidense llamado Archie Tupper. Este caricaturesco personaje se vuelve aliado transatlántico de la cucaracha británica gracias a su enorme destreza en tuitear mensajes favorables a la causa y a la sospecha de que también él, en una vida anterior inconfesable, poseía seis patas, un caparazón quitinoso, élitros vibrantes y aversión a la glucosa. Si Kafka eligió un enigmático escarabajo para su poderosa metáfora existencialista, McEwan, mucho más panfletario y comprometido, ha enfocado su incisivo mensaje contra el Brexit como ese momento histórico en que un puñado de gobernantes comenzó a pensar como cucarachas. Tan directo y categórico como un puñetazo en la mandíbula de Boris Johnson.

viernes, 13 de marzo de 2020

CLÍMAX


[Publicado en medios de Vocento el martes 10 de marzo]

            Con esto del coronavirus, estamos alcanzado el clímax. Así lo proclaman los catastrofistas de turno. El recalentamiento global aumenta al tiempo que las relaciones, por culpa de la maldita infección, van a enfriarse para siempre. Prohibido tocarse, prohibido intimar, prohibido abrazarse. El sistema echa humo negro mientras el coronavirus desata el pánico y la histeria. Pero las mujeres toman la calle sin miedo al contagio. La alegría reivindicativa les impide entender la verdad. Cayetana Álvarez de Toledo es una mujer, como tantas otras de su partido, en lucha con el hombre que lleva dentro. Un año más, la rutina ideológica y la repetición de eslóganes manidos silencian las ideas renovadoras. Y dan alas al vampiro machista agazapado tras la ironía para no verse en el espejo tal como es. Un gorila asustado. Ya sabemos que el coronavirus, como el machismo genético, se incuba en jaulas de muerte donde murciélagos y pangolines conviven en promiscuidad malsana.
No es lo mismo un cambio climático, ya lo sé, que un clímax de cambio. Cuando el cambio es real, todos los signos lo indican. Cuando el cambio es solo un estado de ánimo, la expresión de un deseo, un recurso de la propaganda institucional, nada se mueve excepto emociones y sentimientos. Es lo que pasa, entre otras cosas, con el golpe de estado climático, como lo llama el filósofo Alizart. La destrucción del planeta está en marcha y los discursos oficiales solo intentan disimular su impotencia política para detenerla o el cinismo económico de los que esperan sacar tajada de sus secuelas.
Menos mal que la ley de libertad sexual de la ministra Montero protegerá de la violación a todos los ciudadanos porque hasta ahora, como declara Adriana Lastra sin sonrojarse, solo el Rey emérito era “inviolable” por imperativo constitucional. Ya ni la dulce Corinna, experta catadora de la intimidad regia, podría decir qué es más infeccioso para el interés común, si el coronavirus dichoso o el virus de la Corona. Una feminista medieval, Christine de Pizan, recomendaba la castidad y la paciencia como virtudes femeninas para sobrevivir en el reino patriarcal. Por fortuna, las mujeres del siglo veintiuno han aprendido a disfrutar con sus cuerpos de una increíble libertad sexual y a mostrar impaciencia con los vicios del sexo masculino. El futuro del hombre es la mujer y no los reyes, escribía el surrealista Aragon en un gran poema de amor a las mujeres que ya nadie lee. Y con razón. El futuro se escribe en tiempo real con algoritmos indescifrables.

sábado, 7 de marzo de 2020

REVOLUCIÓN (ENVÍO)



Gran noticia. REVOLUCIÓN ha ganado el Premio de la Crítica de Andalucía a la mejor Novela de 2019. Me alegro mucho. Hace justicia a la novela y a Marcel, el pequeño y amado erizo que la inspiró. Murió hace un año y a él está dedicada REVOLUCIÓN. Marcel apareció en mi vida por sorpresa, la cambió para siempre y me regaló, además, esta novela única. La vida es un milagro, no permitamos que nada la degrade ni destruya…
En homenaje a Marcel, al jurado que la ha premiado y a los lectores y lectoras cómplices de la novela reproduzco aquí las páginas finales de REVOLUCIÓN. 
[La ilustración es obra de Vicky Molina]


A mediodía, al blindar la puerta de acceso de la parcela con el cierre hermético, veo a un erizo puesto en pie, pataleando y dando cabezadas con el morro contra la tela metálica de la valla de protección.
Le abro la puerta al nervioso animal con rapidez y la cierro de inmediato, pulsando de nuevo la contraseña en el teclado del móvil, en cuanto lo veo entrar correteando en el recinto del jardín.
Lo sigo con la mirada en su veloz carrera por el césped sin cortar hacia la piscina rebosante de agua. Se inclina sobre el borde resbaladizo de esta con cautela y avidez, sediento tras una noche de cacerías sutiles en el bosque, y bebe el agua de la lluvia recién caída sin temor a envenenarse con los residuos de cloro.
Luego se aparta de la zona enlosada de la piscina y va a cobijarse en un rincón del jardín, más próximo a la casa, bajo las hojas exuberantes de la hortensia que está a punto de florecer.
Y allí se echa a dormir sin tardanza, transformado en una rolliza bola de pelos y púas a salvo de cualquier alimaña.
Es Aníbal.
Lo reconozco enseguida por los gestos inconfundibles y sé que él me ha reconocido también al cruzarse conmigo en el sendero del jardín.
La reencarnación de Aníbal.
Ha encontrado una nueva forma de vida, más allá o más acá de lo humano, en la que quizá consiga sentirse más feliz y realizado.
Aníbal no se suicidó, por supuesto, pero no le faltaron razones y ocasiones a lo largo de su corta vida para hacerlo.
Quien le haga daño a una criatura como esta es mucho más que un asesino.
Es un psicópata.
El niño erizo se camufla detrás de la gran maceta de la hortensia, adhiriéndose a una pared lateral del mismo color, y dejo de verlo desde el lugar donde estoy parado, como si le molestara mi insistencia en perseguirlo con la mirada o quisiera liberarme de cualquier obligación hacia él.
Cuando entro en casa, las lágrimas inundan mis ojos otra vez, pero ya nadie repara en ellas.
Buena señal.
Hemos superado la prueba juntos y estamos a salvo.
Después de interminables discusiones al teléfono, Ariana acuerda con la odiosa Lidia Durán la devolución de todas las tarjetas de la casa esta tarde en el aeropuerto de Millares.
En el avión de vuelta, con Ariana y Sofía y Pablo sentados junto a mí en la fila central de asientos, tomo una decisión irrevocable y redacto a mano un juramento que no pienso incumplir por nada del mundo.
Pediré el reingreso en la función pública.
Volveré al instituto.
Volveré a ser profesor.
Volveré a enseñar.
Hay que parar esto.
Luchar con todos los medios a mi alcance contra los bárbaros y los tecnócratas.
Afirmar el poder de la vida frente a los especuladores y los hombres de poder.
Con todas mis fuerzas.
La inteligencia. La cultura.
Hasta el fin de mis días.
Hay que detener el futuro.
En nombre de Aníbal.
Hay que cambiarlo.
He vuelto a casa.
No hay marcha atrás.
El mundo no camina hacia su destrucción sino hacia su renacimiento.
El huevo de Abraxas.
Revolución es un acto de escritura.
Adiós, Madre.

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lunes, 2 de marzo de 2020

PENSAMIENTO WAGNERIANO



[Fredric Jameson, Los antiguos y los posmodernos. Sobre la historicidad de las formas, Akal, trad.: Alcira Bixio, 2019, págs. 328]

Asistimos, en este fundamental libro de Fredric Jameson, a un prodigioso despliegue de inteligencia analítica aplicado a un campo tan vasto y complejo como la cultura contemporánea. Los contenidos expuestos son tan heterogéneos que muchos puristas rechazarían la extrañeza de su rico ensamblaje teórico. El arte barroco de Rubens y Caravaggio como primera forma de modernidad y de representación moderna del cuerpo, la sonoridad oceánica de las sinfonías de Mahler, la modernidad tardía del cine de Sokourov, Angelopoulos y Kieslowski, la conciencia nacional y la narrativa colectiva en las películas de Robert Altman, la literatura sobre la República Democrática Alemana y la efervescencia soviética de los años sesenta, así como el mapa de conflicto social diseñado por una teleserie como The Wire, la trascendencia del Neuromante de William Gibson en la definición de una estética ciberpunk de la globalización y la era de la información, o la influencia determinante de los programas de escritura creativa en la concepción de una historia la literatura norteamericana del siglo XX, desde John Barth a Raymond Carver.
El éxito como pensador de Jameson se debe a una inteligente jugada en el tablero  intelectual de su tiempo. Jameson es ese pensador que examinó a fondo, sin prejuicios, las verdades y mentiras de lo posmoderno y acabó aprendiendo a pensar como un posmoderno, convencido de que era la mejor manera de comprender lo que estaba pasando en la cultura, al principio, y luego fuera de ella, ya que la esfera cultural lo envolvía todo y, al mismo tiempo, era determinada por factores como la economía de mercado o el simulacro mediático. Así Jameson llegó a ser, como vuelve a demostrar aquí, el pensador posmoderno más wagneriano, es decir, el pensador ambicioso que sabe atender a los detalles microscópicos de la realidad sin perder nunca de vista el designio de la totalidad, usando un método fundado en la dialéctica del minimalismo y el maximalismo que funciona en todos los ámbitos de la cultura con similar fuerza. Aplicando su método alegórico de análisis a objetos singulares y conduciéndolo hasta límites insospechados, Jameson se transforma en el intérprete supremo de la cultura contemporánea, conocedor de sus más oscuros secretos (económicos, sociales y políticos) y visibles grandezas (creativas de novedad estética). El rey de la exégesis insuperable.
De hecho, las grandiosas óperas de Wagner ocupan a Jameson en dos de los más brillantes ensayos de los trece que componen el libro. Pero Jameson, como posmoderno crítico, no se limita a reivindicar la ingeniosa dramaturgia de Wagner, o la originalidad plástica de las puestas en escena del Anillo y Tannhäuser por Kasper Holten. Wagner sirve a Jameson, además, para establecer una diferencia esencial entre emociones y afectos que es ahora más pertinente que nunca. El afecto es un estado del cuerpo, y no se puede fingir, mientras la emoción es un estado de conciencia, y admite ser fingida. Hay algo incontrolable en los afectos, como en el cuerpo, y hay mucho de representación en las emociones, como en la conciencia. Las emociones y los sentimientos fundan culturas e instituciones culturales mientras los afectos las amenazan y perturban.
Al final, comprendemos la clave irónica del título, más allá de la obviedad histórica de que los modernos son los nuevos antiguos respecto de los posmodernos. Esta clave sesgada establece una conexión cultural de doble sentido, relativizando la supuesta vejez de los antiguos modernos y la flamante novedad de los posmodernos. Y logra expresar así una continuidad entre creación e interpretación, fecundándose mutuamente a fin de vencer al gran enemigo de las obras artísticas, que es el tiempo: en su variante banal, como moda pasajera, o en su versión destructiva, como obsolescencia y decrepitud estética. Los antiguos renacen en el tiempo posmoderno recargados de valor simbólico y lecciones vitales y los posmodernos permiten este vibrante renacimiento arrojando sobre el pasado una lucidez insólita y regenerativa. 
De ese modo, la posmodernidad, donde la exégesis se vuelve creativa y la creación incorpora su propia interpretación alegórica, es considerada como culminación de la historia de la cultura y el arte y apertura hacia nuevas formas de relación y pensamiento entre los múltiples órdenes de la experiencia y el discurso.