martes, 27 de noviembre de 2018

NUEVOS CLICHÉS


[Slavoj Žižek, El coraje de la desesperanza (Crónicas del año en que actuamos peligrosamente), Anagrama, trad.: Damià Alou, 2018, págs. 403]

La urgencia de la situación actual no debería servir en modo alguno como excusa: una situación urgente es el momento para pensar. No debería darnos miedo darle la vuelta a la famosa tesis XI de Marx: “hasta ahora hemos intentado cambiar nuestro mundo demasiado deprisa; ha llegado el momento de reinterpretarlo de manera autocrítica, examinando nuestra propia responsabilidad (izquierdista)”.

-S. Z., Coraje, p. 358-
           

A medida que el capitalismo se ha hecho global, el discurso de la izquierda que nació para oponerse a él se ha ido volviendo cada vez más estrecho. El porqué de esta paradoja ideológica es lo que analiza Žižek de manera tan lúcida como exhaustiva en esta renovada entrega de su faceta de pensador político. Los buenos lectores del maestro esloveno ya conocemos su último libro filosófico (“La incontinencia del vacío”), aún inédito en español, pero esta provocativa propuesta de lectura del presente que data de 2017 no resulta coyuntural sino insuperable. Nada de lo acaecido desde entonces le resta aciertos, ni existe en el horizonte cognitivo de estos años novedad seria que refute la visión crítica enunciada aquí.
Para entender con precisión la pertinencia de este esfuerzo de exégesis surfera de las olas intempestivas de la actualidad hay que retrotraerse a otro libro suyo, de hace más de un lustro, “El año que soñamos peligrosamente”. El año 2011 fue para Žižek aquel donde se impuso en el mundo el signo de la insurrección popular con las revueltas egipcia y tunecina, los indignados españoles, las protestas contra el capitalismo financiero de Wall Street y contra las políticas de austeridad dictadas por la UE. Y también cuando amenazas aciagas, señales ominosas y “sueños oscuros y destructivos” hicieron su siniestra aparición a todo lo largo y ancho de Europa. Así que este libro nace, en principio, de la constatación de un fracaso que ya se intuía entonces pero ahora es casi definitivo. Ninguna de aquellas protestas ha desembocado en ningún proceso de emancipación real. Más bien al contrario, las soluciones se han convertido en nuevos problemas y estos han alcanzado un nivel de enredo inconcebible. Y los signos negativos no hacen sino agravarse.
La situación geopolítica del presente se definiría así, con categorías en parte inspiradas por ese otro gran pensador actual (Peter Sloterdijk), como la de un capitalismo globalizado que después de dar la vuelta al mundo con el imperialismo se ha apropiado de él país a país imponiendo la idea ubicua del mercado como gran reorganizador de la realidad. Y aliándose, al mismo tiempo, con las culturas locales o nacionales más tradicionales, renunciando a los valores ilustrados de ascendencia europea, para poder funcionar sin estorbos. Como sentencia con acierto: “La cruel ironía del antieurocentrismo es que, en nombre del anticolonialismo, se critica a Occidente justo en el momento histórico en que el capitalismo global ya no necesita los valores culturales occidentales para funcionar sin problemas”.
Žižek se atreve a proponer a Europa, en un gesto dialéctico ya esbozado en libros anteriores, como enclave trascendental de la batalla mundial, no tan incruenta como algunos pretenden, por el control económico y político entre chinos, americanos y rusos. El desconcierto y las políticas erráticas, los síntomas de parálisis o impotencia europeas, son nociones que Žižek moviliza en su diagnóstico implacable de los fallos de la UE. Como buen consumidor de teleseries, Žižek acaba el libro en un cliffhanger que simboliza así mismo la imposibilidad inmediata como la urgente necesidad de recuperar el proyecto de una Europa centrada en “su legado de emancipación radical y universal”. 
Lo que Žižek propone no es tanto la reinvención del comunismo, su aparente objetivo intelectual, como la creación de un nuevo sentido común que regenere la política, la economía, la sociedad y, por supuesto, la cultura. Un sentido común que redefina sus clichés a partir de los nuevos conflictos y antagonismos del género, la clase social, la raza o la etnia y la religión con el fin de tener un punto común de pensamiento. Comunismo entendido, por consiguiente, como valor común e intercomunicación universal pese a todas las diferencias existentes en el complejo mundo del siglo XXI. Como dijo el difunto TomWolfe refiriéndose a McLuhan en los años sesenta: ¿y si tiene razón?...

domingo, 25 de noviembre de 2018

TRAMPAS


[Publicado en medios de Vocento el martes 20 de noviembre]

Dejémonos de trampas. Trump no es un demonio ni el espíritu maligno que denuncian sus enemigos. Trump no es un enfermo tampoco, aunque luzca esa pinta de albino desgreñado, sino el síntoma del malestar que corrompe la vida democrática. Por eso los demócratas no saben cómo librarse del grotesco personaje y conjurar su nefasta influencia. Trump es todo menos una casualidad histórica. Es alguien que ha penetrado el misterio de la vida americana con mentalidad publicitaria para venderle al pueblo lo que más echa en falta. Un simulacro de autenticidad. La fractura americana es radical. Sus votantes representan esa facción del país que profesa el cristianismo, el patriotismo, el racismo, el culto a la armas y cree que el mundo exterior es hostil y asilvestrado. La facción liberal, que votó a Obama por decencia y se negó a votar a Clinton por lo mismo, vive en grandes ciudades, sostiene un credo multicultural, suscribe el ideario LGTBIQ+, la nueva norma sexual, y piensa que el mundo es alegre y multicolor como sus manifestaciones callejeras.
Entre tramposos anda el juego político del momento. Como era previsible, al frente del CIS el presidente Sánchez colocó a un propagandista de su causa. El pez gordo electoral no se le puede escapar al equilibrista Sánchez y si hace falta, como demuestran sus polémicos decretos y presupuestos, está dispuesto a pescar tiburones con dinamita. Tezanos es un chef de múltiples recursos y sabe que el gusto culinario actual recomienda las viandas poco hechas. Hasta ahora el CIS ingería los datos crudos y la digestión estadística no le causaba acidez ni vómitos. Al sondear la Andalucía bipolar regida por el chip de Susana Díaz, Tezanos cambia el algoritmo engañoso, como es lógico. Aquí las encuestas sin cocinar se atragantan y hay que recurrir al sartenazo y la freidora grasienta para que el pescado fresco no sepa demasiado japonés al paladar regional.
Trump, otro pescador ambicioso, ya ha cebado el anzuelo para revalidar su tremendo mandato en 2020. Ha cedido la Cámara de Representantes a los demócratas para compartir el desgaste y el descrédito. Trump es ese presidente performativo que rellena el vacío mental de los electores con tuits majaderos y provocaciones pueriles dando tiempo a la economía a que imponga su autoridad. Así los adversarios quedan en evidencia como políticos de retórica pretenciosa y valores inútiles. Cuando los votantes tengan que elegir al candidato demócrata se quedarán en casa por hastío, pero los devotos de Trump, adictos a los exabruptos del líder, irán en masa a votar como zombis al energúmeno que, si alguien no lo remedia, acabará con la democracia americana, como pretende Putin. Mientras la democracia siga girando en círculos viciosos sin remediar los males endémicos que la aquejan, los orates, los tramposos y los falsarios estarán al mando del negocio.

martes, 20 de noviembre de 2018

JAPÓN GROTESCO



[Jesús Palacios (ed.) y otros autores, Eroguro. Horror y erotismo en la cultura popular japonesa, Satori ediciones, págs. 320]

            Hasta la publicación de este magnífico volumen los aficionados a la cosa asiática más excéntrica, en sus variados formatos y maneras, debíamos acudir a la vasta bibliografía en inglés o francés. En este sentido, para quien se pregunte qué es esto del “eroguro” y por qué atrae tantas miradas occidentales y fascina a la mente extranjera con su despliegue de efectos truculentos, explosiones libidinales y perversiones escalofriantes, esta joya editorial coordinada por Jesús Palacios ofrece todas las respuestas posibles, con exuberancia de ilustraciones en color y blanco y negro y abundantes referencias bibliográficas y filmográficas, y abre interrogantes imposibles de contestar.
El imaginario cultural de Japón es poliédrico, como señala Palacios, y si en la faceta apolínea incluye, con muchos claroscuros y rincones secretos, samuráis, geishas, artes florales, kimonos, bonsáis, budismo zen, pintura de paisajes, haikus y ceremonias del té, en la faceta más oscura acoge toda clase de desviaciones sexuales, monstruos lúbricos, cuerpos maltratados y pasiones obsesivas y fetichistas como no se encuentran en ninguna otra cultura asiática. “Eroguro” significa, pues, adaptando términos ingleses al japonés coloquial, erotismo grotesco y absurdo. Producto del teatro Kabuki más sangriento y granguiñolesco y de las imágenes escandalosas del final de la era Tokugawa, la estética “eroguro” refleja la actualización de una hipersensibilidad para lo grotesco y siniestro por parte de una cultura de origen feudal y fundada, por tanto, en rígidas jerarquías, iniquidad social, inconsciente tenebroso e intimidades abyectas. No obstante, lo que hace singular a esta tendencia japonesa es la monstruosa hibridación de belleza y horror, poesía macabra y sensualidad letal.
            Visto así, lo fundamental del cóctel “eroguro”, al menos en sus inicios, sería el impacto en la mentalidad literaria de los escritores y lectores japoneses de finales del siglo XIX de las traducciones de escritores como Poe junto con todo el elenco de estetas simbolistas y postsimbolistas como Villiers, Wilde, Barbey, Baudelaire y Huysmans. La tóxica influencia de Poe fue seminal para creadores de las tres primeras décadas del siglo XX (la era Daisho y comienzos de la era Showa) como Tanizaki, Akutagawa y Rampo, más conocidos (del primero y del último se incluyen aquí dos relatos paradigmáticos de su primera época traducidos por Daniel Aguilar), y también en narradores minoritarios como Kyoka, Yumeno o Yuzo. Como demuestra el extenso ensayo de Palacios, más de cien páginas sobre la evolución de la narrativa japonesa, durante ese traumático período histórico Japón afrontó los tortuosos fantasmas del pasado con una sensibilidad imbuida de literatura psicopatológica de estirpe europea y americana. Después de la segunda guerra mundial, los delirios “eroguro” se prolongarían en narradores desaforados como el decadente Ango Sakaguchi o el polémico Mishima y en sus practicantes contemporáneos más corrosivos y retorcidos como Yasutaka Tsutsui y Ryū Murakami.


Y luego invadieron con su estilo alambicado y fantasmagórico los territorios del cine, el manga y el anime, en todos sus espectaculares géneros y subgéneros. En el cine, animado o no, sirvieron a menudo para plasmar en pantalla un imaginario erótico o pornográfico que se combinaba con escenarios terroríficos, criminales, fantásticos, policiales y de ciencia-ficción, transgrediendo con la imaginación visual las puritanas limitaciones del principio de realidad. En esta corriente, a la que se consagran en el libro algunos estimulantes ensayos, destacan dos películas paradigmáticas de la liberación de los sentidos realizada en celuloide incendiario: “Horror de hombres deformes” (Teruo Ishii, 1969) y “La bestia ciega” (Yasuzo Masumura, 1969); ambas películas, no por casualidad, son traslaciones recreativas del hipnótico mundo literario del inimitable Rampo, el autor literario más representativo de la estética “eroguro”. 
En suma, con la publicación de esta espléndida monografía se acabaron las excusas para ignorar la faceta dionisíaca de la cultura japonesa.

martes, 13 de noviembre de 2018

AMOR, SIMULACROS Y ESQUIZOFRENIA



[Philip K. Dick, Podemos fabricarte, Minotauro, trad.: Juan Pascual Martínez, 2018, págs. 270]

El filósofo alemán Gotthard Günther, a quien Dick podría haber leído porque algunos de sus ensayos más importantes se publicaron en revistas donde él también publicaba sus narraciones, estableció que la ciencia ficción nació en Estados Unidos como producto de la distorsión de implantar la civilización europea en un contexto imprevisto. En cualquier caso, Günther respalda a Dick al afirmar la vocación filosófica de la ciencia ficción. Y Dick no habría desdeñado el ensayo de Gunther “El alma de un robot” donde afirmaba que las máquinas siempre serían mejores en la gestión cuantitativa mientras nunca serían capaces de escribir Hamlet.
Como la novela realista, la ciencia ficción también padece la acción del tiempo. Este test crítico permite comprobar qué novelas realistas quedaron atrapadas en su época, sin poder saltar la barrera del tiempo, o cuáles pueden ser leídas siglos después sin preocuparse en exceso por la coyuntura que les dio origen. Así pasa con la ciencia ficción. En este género tan particular, la imaginación del futuro a menudo no es más que recreación del presente o reinvención del pasado. Pero pocas veces, como en Dick, intuición profunda de las mutaciones en curso en la realidad y comprensión de los mecanismos de construcción de esta.
Otro aspecto interesante a subrayar. Se trata de la segunda (y excelente) traducción al español de We Can Build You, esta novela fundamental del canon dickiano, obra de Juan Pascual Martínez, y ya solo el cambio de título de una traducción a otra (de Podemos construirle a Podemos fabricarte) indica un recorrido posible (y apasionante) de la lectura de la misma.


“La realidad es aquello que no desaparece cuando dejas de pensar en ello”.

“Cuando el tiempo acabe, las aves y leones y ciervos de Disneyland no serán simulaciones y, por primera vez, un pájaro real cantará”.

-PKD, “How to Build a Universe”-


            Qué significa vivir en un mundo alterado por la tecnología, o cómo condiciona la existencia humana el hecho de tener que convivir con productos tecnológicos cada vez más sofisticados, como máquinas o robots, que terminan afectando a la definición de lo humano, ya sea para expandirla o para transformarla. Esta es una de las grandes aportaciones de Dick a la ficción y a la novela, en particular, donde confirió a sus especulaciones sobre el tema la extensión que requerían. Por qué Dick no pudo desarrollar sus grandes motivos hasta que abandonó el formato de la novela realista y se atrevió a asumir metáforas y técnicas de la ciencia ficción es la pregunta insistente que la cultura popular sigue haciéndole a la cultura académica desde hace mucho tiempo, sin obtener otra respuesta lógica que el silencio o el desdén.
“Podemos fabricarte” es la primera novela donde Dick aborda la cuestión de los simulacros, es decir, seres sintéticos creados a imitación y semejanza de los humanos. En este caso, los simulacros son el presidente Lincoln y su colaborador político Stanton. La historia fue inspirada en parte por el impacto imaginario que le causó al autor su visita a Disneyland y la visión de los robots allí presentados. Dick escribió esta novela en 1962 y vio como todas las editoriales especializadas se la rechazaban. La razón principal de este rechazo era, según aducían, la carencia de desenlace de la trama. Hasta 1969 no pudo ver publicado su texto, serializado en la revista Amazing Stories con el título de “A. Lincoln, simulacro”. Y solo en 1972 aparecería como libro, una década después de su escritura y cuatro años después del otro gran libro de Dick sobre la cuestión (¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?; escrito en 1966 y publicado en 1968). Esta odisea textual da una idea de cómo los planteamientos de Dick desconcertaban a todo el mundo, ya fuera dentro de los límites de la literatura canónica como en la narrativa genérica. 
Qué hay de tan original en esta novela dickiana. Primero que nada, como han resaltado estudiosos y admiradores como Fredric Jameson (“uno de los más sublimes logros de la obra de Dick”), un tratamiento de los androides tan humano que excede con mucho las virtudes de cualquier humano. Stanton y luego Lincoln han sido fabricados por una pequeña empresa de órganos musicales eléctricos que atraviesa una grave crisis estructural y comercial. La idea es usarlos para construir un gigantesco simulacro sobre la guerra civil americana que podría convertirse en espectáculo nacional o, en una segunda opción más lucrativa, en juego bélico con un sistema de apuestas acoplado. Los dos androides demuestran a lo largo de la trama una humanidad en el modo de relacionarse con los humanos o en la manera de aconsejar a estos sobre sus turbulentas vidas que los convierte en paradigmas de un humanismo inteligente que la Historia habría dejado atrás, por desgracia para todos. Y esta reflexión irónica y desengañada sobre la Historia, y no solo americana, no es un tema menor en la novela sino uno de sus motivos esenciales.
Otro atractivo de “Podemos fabricarte” es que, mientras los simulacros son juiciosos y justos, muchos de los personajes padecen trastornos sintomáticos que muestran cómo la condición humana básica también ha entrado en una crisis profunda. Estamos en la América de un imaginario 1982 donde la tecnología ha avanzado tanto como el diagnóstico y tratamiento médico de la psique humana, vigilada y controlada por el Estado con un poderoso aparato institucional. El narrador subjetivo es Louis Rosen y actúa como mediador empático que transmite al lector las claves emocionales de la historia desde una perspectiva demasiado comprometida. Rosen descubre el abismo mental que oculta su cerebro cuando se enamora de Pris Frauenzimmer, la hija esquizofrénica de su socio y diseñadora artística de los androides. Pris, a su vez, expresa en todo momento su admiración y fascinación por el antagonista de Rosen: Sam Barrows, el eximio capitalista, un magnate corporativo radicado en Seattle que ve las inmensas posibilidades económicas de construir simulacros para repoblar otros planetas y sustituir a los humanos en tareas indeseables.
“Podemos fabricarte” es, en este sentido, una visionaria aproximación al mundo contemporáneo en toda su complejidad psicológica y tecnológica. Y cuando uno conoce el ambiguo y desolador final se hace evidente por qué ninguna editorial de ciencia ficción de los sesenta pudo entenderlo. Supera las estrechas categorías del género en el que se inscribe contra su voluntad. Es pura literatura y también filosofía fabulada.

jueves, 8 de noviembre de 2018

HIPOTECAS Y CLOACAS



[Publicado en medios de Vocento el martes 6 de noviembre]

            Pagar y pagar. Es el único argumento de la obra. Quieres una casa. Pagas. Quieres un coche. Pagas. Quieres circular por la ciudad. Pagas. Quieres aparcar. También pagas. Al final pagas por todo. Es el nuevo paganismo legal del dinero. Cuanto más pagas, más te dicen que tienes que pagar. Incluso pagas impuestos para que los políticos hagan campaña electoral a tu costa volviendo infernal el tráfico con obras interminables o innecesarias. Y tú, triste contribuyente, corres con todos los gastos.
Hasta que interviene en tu defensa el Tribunal Supremo. En buena hora los benéficos jueces deciden acabar con las tasas abusivas y las cláusulas esotéricas de las hipotecas. La sentencia polémica desata el terror en los hipermercados financieros. Temblor en los bancos y nervios en las sucursales. Intensa salivación, sin embargo, entre los clientes que sueñan con el sabroso botín. Suenan las alarmas. Se disparan las llamadas y los contactos al más alto nivel. Esto es una locura. No salen las cuentas. El sistema se hunde. Socorro. Estas conversaciones histéricas no las grabó, por desgracia, el “Gran Hermano” Villarejo, pero son fáciles de imaginar. El presidente Lesmes, obedeciendo a poderes innombrables, se puso enseguida al frente de la operación “parada de máquinas”. La maldita retroactividad se quedará en nada. Ya veréis. Y todos contentos. Excepto los clientes que pagan religiosamente una hipoteca que no necesitan. Con lo bien que se vive de alquiler. Esto de tener una casa en propiedad es la primera religión española. La pasión inmobiliaria la injertó el franquismo en el gen nacional para fomentar el negocio de la construcción y ningún gobierno posterior se atrevió a combatirla con medidas democráticas. Las hipotecas se venden como signo de bienestar y avance social cuando son solo un sofisticado engaño financiero. Como las cloacas del Estado, todo el mundo las usa tapándose la nariz.
Las cloacas sirven a la razón estatal con prácticas deleznables. Ya se vio con los GAL y ahora con el obsceno folletín de Villarejo. Algún valor tendría este truculento personaje si fue siervo de tantos amos. El poder no funciona sin las cloacas, así como las encuestas del CIS saben a carne cruda si no se cocinan. Y la vida pesa poco sin hipotecas. Villarejo se creyó el pajarraco más listo de la jaula y se ha reído hasta de su sombra. Y ahora esta, con gesto maquiavélico, se venga publicando las cintas delatoras. El corrupto comisario presumía de manipular las debilidades vulgares de los poderosos, como demostró en el banquete platónico con la ministra Delgado. Una cosa es segura. Seguiremos pagando hipotecas hasta la muerte, como si nos hicieran inmortales, y escuchando hasta la náusea las infames grabaciones de Villarejo, como si nos hicieran más sabios. Quién dice que no vivimos en el mejor de los mundos posibles.

martes, 6 de noviembre de 2018

SUEÑOS ANDROIDES



[Philip K. Dick, Electric Dreams, Minotauro, trad.: Manuel Mata y Eduardo Murillo, 2018, págs. 263]

Existe una conspiración para imponer lo anodino como frecuencia mental en la cultura de masas. No todos los productos audiovisuales participan, ni todos en el mismo nivel, por descontado. Pero esta serie es un ejemplo perfecto para abordar esta cuestión. Cómo a partir de un puñado de magníficos relatos se puede generar una serie de episodios de tan bajo vuelo y estrechas miras, con destellos ocasionales…

Una teleserie es una teleserie y un libro de cuentos es un libro de cuentos. Hasta ahí nada nuevo. Pero cuando la antología de relatos se basa en una teleserie que, por primera vez (y no me olvido de la fallida Minority Report), se propone adaptar a ese formato reductor el vasto mundo del escritor Philip K. Dick expresado en sus relatos, es necesario celebrar la iniciativa y sus posibles méritos, a pesar de todo.
Uno de estos méritos consiste en recordarnos algo esencial. Desde que estos relatos fueron escritos, en los años cincuenta, el mundo no ha hecho sino avanzar hasta parecerse a la ciencia ficción. Al menos en la variante cibernética e hiperrealista que Dick representa mejor que nadie. No es tanto que la realidad imite al arte, en este caso, como que la ciencia ha efectuado logros que solo la ficción fue capaz de anticipar. La amalgama de ciencia y ficción, en la realidad, es lo que ha revolucionado las categorías de la ficción en los últimos cincuenta años. De esa matriz tecnológica y cultural surgió el ciberpunk de los ochenta. Y de ahí mismo surge hoy la narración especulativa y la ficción extraña que tratan de dar sentido artístico a una realidad anómala.
Esta antología de título prometedor recoge diez relatos, uno por episodio de la teleserie, aún no adaptados al cine ni a la televisión. (Todos recordamos Desafío total y Minority Report, las memorables adaptaciones cinematográficas, a cargo de Verhoeven y Spielberg, respectivamente, de dos grandes relatos de Dick.) La selección se ha hecho en función de dos factores: el interés objetivo del texto, su contemporaneidad temática, y, como no podía ser de otro modo en televisión, que el presupuesto de su adaptación no fuese demasiado elevado. También es interesante la manera en que la colección permite contrastar los relatos con los comentarios de los escritores que los han amoldado a la pequeña pantalla, a menudo con licencias excesivas y escasa literalidad. Esto determina que los relatos elegidos tengan todos más o menos características similares en cuanto al tipo de historias desarrolladas, para evitar escenarios demasiado ambiciosos. Pero esto también permite al lector reflexionar sobre las diferencias entre la narrativa de corto alcance y la de alto vuelo en autores como Dick que probaron muchas de sus invenciones en el formato breve antes de darles todo su sentido en la narrativa más extensa de la novela. Es algo característico de autores de literatura popular, este fenómeno puede verse también,  cambiando de género, en otro escritor seminal como Raymond Chandler. Así que la serie y la antología de relatos proporcionan una imagen renovada de Dick por su misma selección y el modo en que esta ofrece un panorama mental de las ficciones del maestro. Al contemplarse en el espejo televisivo, estas fabulosas historias se han transformado en un reflejo de las limitadas interpretaciones de los guionistas, los prejuicios artísticos de la cultura audiovisual y las imposiciones creativas de la televisión, reacia por naturaleza a las visiones originales, como las que inspira la obra (breve o extensa, importa poco) de Dick. 
Publicados entre 1953 y 1955, en el período inicial de su carrera, mientras escribía también sus novelas primerizas, esta serie de relatos compone un laboratorio de invenciones insólitas, ideas imaginativas y técnicas sorprendentes que sus novelas posteriores sabrían explotar con creces. Cuatro de ellos, por cierto, están consideradas por los especialistas en su obra entre los mejores relatos que nunca escribió Dick. Me refiero a “Foster, estás muerto”, “Autofab”, “Humano es” y “El Padre-Cosa”, una parábola que habría hecho las delicias de Lacan si este hubiera comprendido a tiempo que la teoría psicoanalítica, como la ciencia ficción, es la mejor tapadera para exponer ideas impopulares.
Como muestra el panorama mental contenido en estas fascinantes ficciones, Dick es, por simplificar, el Kafka de la segunda mitad del siglo XX: una especie de mistagogo del absurdo contemporáneo, la simulación tecnológica y los simulacros históricos, el control político y el siniestro futuro de los humanos, la infelicidad y tristeza existencial ligada a la modernidad, así como de la paradójica irrealidad del consumo y los progresos imparables del capitalismo en todos los ámbitos. Los efectos de sus ficciones en la mente del lector son tóxicos. Tras leer estos relatos resulta imposible seguir asumiendo la realidad con la actitud conformista con que los seres humanos domestican sus impulsos e inquietudes, como plantea “El padre-cosa”, una escalofriante parábola freudiana sobre la falsificación de la vida, la replicación de los seres y la suplantación de una persona por un sucedáneo obediente. La colonización del presente por el futuro es el tema de dos de los relatos más logrados: “Pieza de colección”, sobre un simulacro del siglo XX recreado en el futuro,  y “El abonado”, sobre una ciudad inexistente que acaba devorando por metástasis el tejido urbano de otra ciudad.
Los sueños eléctricos, como sugieren los títulos de crédito de la teleserie, son los sueños de los androides en que mutan los espectadores mientras dura la visión de sus pesadillas virtuales. Los lectores, en cambio, abandonan esa condición robótica al enfrentarse a la página escrita como símbolo de inteligencia.