miércoles, 17 de octubre de 2018

ORIENTE Y OCCIDENTE



 [Junichirô Tanizaki, El elogio de la sombra. Sobre la indolencia. Amor y pasión, Alianza editorial, trad.: Emilio Masiá López, 2018, págs. 144]

A 132 años de su nacimiento y 53 de su muerte, Tanizaki es el escritor que mejor expresó en su obra la esquizofrenia japonesa respecto de la cultura occidental. Mucho más que Yukio Mishima, desde luego, quien transformó esas relaciones ambiguas con las culturas del sol poniente en una pasión sadomasoquista demasiado enfermiza, con su muerte truculenta como consumación.
Menos impetuoso y mucho más inteligente, Tanizaki osciló durante toda su vida de un polo más conservador a otro más moderno en sus vínculos con la cultura europea y americana. Antes de abandonar la juventud, su fascinación por las nuevas modas y costumbres extranjeras, incluyendo el cine, la música y la forma de vestir, fue absoluta como expresión iconoclasta de modernidad y progreso. Una vez instalado en la madurez, experimentó un curioso viraje hacia las tradiciones locales que lo llevaría a considerar la presencia occidental como hostil a las cualidades históricas y la esencia cultural específicamente japonesa, con independencia de las comodidades materiales y avances técnicos que la occidentalización aportaba. Ese regreso sintomático a formas seculares incluía una veneración sin trabas por todo lo antiguo y un rechazo a la degradación contemporánea de los ritos, los objetos y los estilos genuinos.
Pasados los sesenta, tras los estragos de la segunda guerra mundial, experimentaría un renovado giro en su aprecio por la cultura occidental, entendiendo por tal todo lo moderno e importado, y un creciente menosprecio por los valores tradicionales. Las razones del cambio fueron, sobre todo, eróticas. Para el viejo Tanizaki, la moda occidental en el vestir y el desvestir hacía mucho más atractivas a las mujeres jóvenes que las pesadas etiquetas y códigos nipones. Así lo escenifica en su última novela, esa comedia sarcástica titulada Diario de un viejo loco (1962), donde acertó a burlarse, en nombre del deseo libidinal, de la religión budista y las convenciones familiares.
Al leer este hermoso “Elogio de la sombra” es necesario contextualizarlo en la época intermedia de su vida, cuando el cuarentón Tanizaki comienza a profesar cierto desengaño por las luces incandescentes y el frenesí de la modernidad y sentir cierta nostalgia por maneras de vivir más serenas y naturales, apartadas de los grandes centros urbanos (como Tokio, capital promiscua de la corrupción de costumbres y maneras en curso). Eso mismo admira Tanizaki en la antagónica ciudad de Osaka: la preservación del ritmo y los ritos de antaño.


Desde el refinamiento sensorial y la sutil ironía, “Elogio de la sombra” es un alegato tardío en pro de una idea de la vida en vías de desaparición, una cultura que pasa por la discreción, la modestia y la oscuridad (“lo bello no es una sustancia en sí sino tan solo un dibujo de sombras, un juego de claroscuros”). Esa belleza sombría se oculta, como un signo de otro tiempo, en el negro de los lacados, la luz tenue de velas y candelabros, la blancura de los rostros de las mujeres resplandeciendo en la penumbra de los dormitorios, los pliegues de los kimonos que envuelven sus adustas anatomías, los tejados de grandes aleros que aplacan la luz solar, los retretes expuestos a las contingencias naturales, de modo que quien evacua sus intestinos pueda escuchar al mismo tiempo la música de las gotas de la lluvia chocando contra las tejas o el canto solitario de un pájaro. [En un arranque de humor, Tanizaki llega a atribuir a la tradición del haiku una conexión con esos instantes cenitales de la experiencia en que mientras el cuerpo realiza pasivamente su trabajo fisiológico la sensibilidad del poeta se exacerba percibiendo todos los signos de una naturaleza armoniosa.] 
Este célebre ensayo nuevamente traducido, así como los dos que lo acompañan, inéditos hasta ahora en español, donde se perfila su singular visión del erotismo y las relaciones entre los sexos, son producto de un período de crisis espiritual y existencial en que Tanizaki se propone someter su literatura a una purga estética fundada en tradiciones autóctonas: “Me gustaría ampliar el alero de ese edificio llamado “literatura”, oscurecer sus paredes, hundir en la sombra lo que resulta demasiado visible y despojar su interior de cualquier adorno superfluo”.

lunes, 15 de octubre de 2018

CIENCIA FICCIÓN



[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de octubre]

Con la nueva política de privacidad hemos conseguido reducir esta aún más y ampliar la parte de nosotros que está expuesta al control de las agencias, el bombardeo publicitario incesante y la vigilancia policial. Todos debemos renunciar a una parte significativa de nuestras libertades y derechos con tal de satisfacer las demandas de unos poderes que no pueden tolerar ni un grado de opacidad en nuestras vidas. Vivimos bajo el imperativo de la transparencia y algún día ese ideal benigno se volverá mortal.
El futuro, como dicen los expertos, es distópico. Y no solo porque máquinas inteligentes vayan a gestionar la realidad con criterios selectivos. Los humanos nos estamos acostumbrando a ceder terreno ante el empuje de la competencia. Nos resignamos a formas de consumo y ocio cada vez más alienantes y luego nos quejamos de la invasión alienígena de los espacios domésticos por variedades agresivas de comercio o publicidad. La ecología de las relaciones humanas se encuentra más amenazada por las redes sociales de lo que los internautas reconocen. Falsa gente, como decía Dick, generada por falsas realidades, esa es la mejor definición del mundo actual. Estar conectado o no a lo que se produce en esos entornos cibernéticos marca diferencias entre usuarios más importantes que la ideología o los gustos de cada cual. Las páginas de contactos falsifican los datos para relacionar a personas que no se soportan en la vida real o proponen encuentros sexuales que nunca tendrán lugar. Todos los políticos son tuiteros compulsivos, pero Trump tuvo un gesto vanguardista hace unos meses al retuitear un mensaje elogioso escrito por un robot en una cuenta rusa. Para colmo, los mercados financieros han recuperado la confianza de los inversores gracias a que sus operadores más eficientes no son humanos. 
La información falsa es el producto estrella de la cultura del simulacro. Los artículos simulados por algoritmos robóticos ya inundan la prensa digital. La tiranía de los datos masivos y sus veloces exégetas resulta mucho más efectiva como control político y económico que la violenta rigidez de un estado policial. No sabemos si la omnipresencia de la publicidad existe para hacer viable internet, o si las corporaciones financian el espejismo publicitario que nos permite navegar apartando la basura que nos asalta en todos los sitios que visitamos. El lujo de navegar sin coacciones comerciales se acabará pronto, como todos los privilegios que desaparecieron sin darnos tiempo a enunciar una queja razonable. Si nos descuidamos, cada vez habrá menos diferencias entre consumir obras de ciencia ficción y vivir en el mundo inhabitable que se diseña en el horizonte de la historia. De hecho, ya no sé quién escribe esto, si mi cerebro o un algoritmo, o si yo mismo he comenzado a adaptarme al medio y soy un robot. Es el camino del éxito.

martes, 9 de octubre de 2018

ESPECTROS DE MARX



[Slavoj Žižek, La vigencia de “El manifiesto comunista”, Anagrama, trad.: Damián Alou, 2018, págs. 77]


Viendo con gran interés hace unos días la película El joven Karl Marx (Raoul Peck, 2017) sentí el poder de la representación fílmica del pasado con especial excitación en una secuencia: aquella en que Marx corrige a Engels mientras escriben a dúo el Manifiesto comunista, sugiriéndole para la primera línea “un espectro” en lugar de la expresión mucho más convencional “un hombre del saco”. La que habría de ser una de las frases más revolucionarias de la historia política occidental se gestó de ese modo como un acto de escritura: un choque estilístico entre la fúnebre fantasmagoría de Marx (“las generaciones de los muertos gravitan como una pesadilla sobre el cerebro de los vivos”) y la escasa imaginación literaria de Engels. Un espectro recorre Europa, pues…


"En sus motivaciones, cuando no en sus pretensiones, el marxismo es, en el fondo, un pensamiento poético que no tiene paciencia para llevar sus conclusiones hasta sus últimas consecuencias".

-Paul de Man, Visión y ceguera, p. 268-


Un espectro recorre hoy el mundo. El espectro del capitalismo, nadie se engañe, no el del comunismo. Eso hemos avanzado desde la publicación de “El manifiesto comunista” en 1848. Lo que da una idea del desastre en curso. Cien años después de la Revolución soviética y a casi treinta años de la caída del Muro de Berlín, aún hay quien le da vueltas a la tesis de que la historia, por alguna perversa razón, no acaba de terminar o ha entrado en un bucle peligroso. Žižek no es uno de ellos, desde luego. Y lo deja claro en este libro, partiendo de la tesis de que el capitalismo nunca se ha parecido tanto como ahora a las ideas de Marx, es decir, nunca ha sido el capitalismo tan “marxista”, por decirlo con ironía, tan idéntico a los análisis dialécticos de Marx sobre la efectividad de su maquinaria.
En esta situación turbulenta, cabe preguntarse muchas cosas, por supuesto, pero la última de ellas no sería si el marxismo, en el fondo, no ha hecho mejor al capitalismo, enseñándole el camino a seguir con los trabajadores, las clases y la economía. Marx estaba convencido de que una grave crisis daría al traste con la mecánica capitalista y se equivocó, como piensa Žižek. El comunismo solo pudo apoderarse de los medios de producción en países periféricos. Marx creía en una revolución comunista que tuviera lugar en economías plenamente desarrolladas como Inglaterra, Francia o Alemania. Entendía el comunismo como la fase siguiente a la tarea revolucionaria llevada a cabo por el capitalismo mismo en lo social, lo económico, lo cultural, lo tecnológico y lo político. En países tercermundistas, el comunismo sería, como predijo Marx, una triste y grosera parodia de su ideal humanista de superación de la historia y final de la lucha de clases, por expresarlo en términos marxianos.


Recordemos que la filosofía occidental, en un momento histórico concreto, padeció una bifurcación estéril entre pensadores inspirados por Nietzsche y pensadores influidos por Marx. Uno estaba fascinado con la génesis de la moral convencional y la voluntad de poder con que esta se imponía sobre los humanos para impedirles desarrollarse en libertad y proponía una transvaloración de valores como alternativa y otro con el origen del capital y el funcionamiento real del capitalismo y la posibilidad de transformarlo liquidando sus antinomias e iniquidades. Como se vio a finales del siglo XX, acaso el mejor modo de combatir el pensamiento único y restaurar el poder de la inteligencia política sea unir a ambos filósofos. Marx con Nietzsche o Nietzsche con Marx, tanto monta o desmonta uno como el otro (así lo hicieron, cada uno a su manera, Foucault, Deleuze, Lyotard, Baudrillard, Klossowski u Onfray, por citar solo algunos ejemplos). El hegeliano Žižek no parece contemplar esta opción de síntesis, dando por muerto al pensador que proclamó la muerte de Dios, creyendo que solo en este punto podrían encontrarse. Se equivoca. Los temas capitales de ambos, combinados, refuerzan la interpretación crítica del estado de cosas y redundan en la posibilidad de cambiarlo. Por sí sola, lo que Žižek llama la promesa del “horizonte comunista”, como se ha demostrado una y otra vez en el pasado, carece de futuro.
En este contexto confuso, tiene gracia evocar “La saga de los Marx”, una estupenda novela de Goytisolo publicada en 1993 y escrita como respuesta a la instalación de un nuevo orden mundial capitalista y neoliberal tras el colapso comunista, donde se hacía esta reflexión irónica, anticipando la perspectiva de Žižek: "la desaparición del sistema marxista como forma de gobierno, no auguraba a la vez la necesidad irrebatible de un nuevo Marx?". A estas alturas, no sé si Žižek se considera este nuevo Marx o se limita a anunciar, como los profetas bíblicos, la venida del nuevo mesías o la insurrección de un Neo salvador al estilo “Matrix”. Pero este ensayo polémico devuelve a Marx a la actualidad y enseña una lección a quien pretenda pensar el tiempo presente con cierta agudeza. Mientras exista el capitalismo, para bien y para mal, en cualquiera de sus avatares o modalidades, seguiremos necesitando a Marx.

martes, 2 de octubre de 2018

MI TESIS



[Publicado en medios de Vocento el martes 25 de septiembre]

Mi tesis es que el cóctel universidad y política es explosivo. La necesidad de ostentar currículum y méritos académicos, en un mundo como este, es inversamente proporcional a la valía de un líder político. Con que sea un inteligente gestor y un gobernante honesto, como diría Confucio, me conformo. Y este juicio sirve para los doctores de la ley Sánchez e Iglesias como para los no doctores Casado y Rivera. Tener trato con la universidad no garantiza mejora alguna en la persona que busca aumentar sus capacidades y talentos. Todo lo contrario.
Mi tesis no la defendería ante ningún tribunal sin que voces autorizadas me tildaran de plagiario. Los programas informáticos son tan malévolos como sus diseñadores y su eficacia al cazar la clonación de textos tan selectiva como las actuaciones del Tribunal Supremo. Que no nos engañe el desaguisado culinario de Bolonia. No todo triunfo de la inteligencia es presentable, ni toda demostración individual de conocimiento se traduce en rectitud o ética. Y no estoy pensando solo en algunos beneficiarios de los ERE, que trasladaban la juerga culta del puticlub a las aulas universitarias pagando con la misma tarjeta mágica de la Junta. Este país no tiene enmienda. Da grima ver a un escritor plagiario y negrero acusar a Sánchez de negrero y plagiario. Los corruptos censuran a los corruptos, los viciosos reprueban a los viciosos, los canallas pelean con los canallas, y si queda algún virtuoso, no me consta, prefiere callarse o esconderse, no vayan a organizarle un auto de fe para quemarlo vivo en la plaza pública.


La universidad es una caricatura abstracta de la sociedad. El chiringuito lucrativo de la URJC, con esto de los alegres graduados italianos de turismo cultural por el Bernabéu, adquiere tintes de esperpento matritense. El demacrado director del tinglado parece una versión castiza de Drácula y sorprende que ningún rector avispado intuyera su instinto parasitario. Sánchez es un caso diferente. Avergonzado por sus errores doctrinales, sufre en cada comparecencia mediática y se le está agriando hasta la cara. Nadie, ni la fiel Lastra, se traga sus doctas falacias. Cuando ganó la moción de censura se creyó invitado a una fiesta perpetua colmada de regalos, jugosos pasteles y globos de colores. El poder no es festivo sino fúnebre, doctor Sánchez. Un largo velatorio donde el muerto es el mandatario recién nombrado, ya se celebren a bombo y platillo los cien o los mil días de soledad que le restan para pasar a la historia nacional como otro fracaso político. Eso significa gobernar, quien lo probó lo sabe. Con tesis o con halitosis. Díganlo, si no, los difuntos Rajoy, Zapatero, Aznar y González. Que se prepare la oposición. Al final, desalojar a Franco de Cuelgamuros será mucho más fácil que echar a Sánchez de la Moncloa.