viernes, 20 de septiembre de 2019

SER INTELIGENTE



[Susan Sontag, La entrevista completa de Rolling Stone, Alpha Decay, trad.: Alan Pauls, 2019, págs. 128]

Ser y pensamiento son lo mismo. O conforman la misma realidad. El mundo, la historia, la naturaleza se componen de una amalgama de ambos conceptos. De ahí que una figura admirable como la de Susan Sontag pueda definirse como inteligente en el más elevado sentido del término y asumir también que esa condición intelectual se traslade con perfecta naturalidad a la atención a la vida, la sensibilidad, las emociones, el gusto y la intuición.
Una vez, aludiendo al título de su segundo gran libro de ensayos de los años sesenta, se definió su estilo y su estética, por su admiración al cine innovador de Godard, Bergman, Bresson, Resnais y Antonioni, o su amor por Artaud, Kafka, Borges y Beckett, o sus belicosas polémicas políticas, como de voluntad radical. Esto era cierto, pero también lo era, como se deduce de esta entrevista, que la categoría fundamental del pensamiento y la vida de Sontag es el entusiasmo o la euforia. La pasión entendida en el sentido romántico, pero también en el griego, como capacidad de ser poseída a fondo por lo que le gusta y estimula, inflamando su discurso con ardor pedagógico y transmitiendo de manera contagiosa las razones de ese gozo extraordinario que solo el arte y la literatura provocan en la mente abierta e inquieta.
Sontag se caracterizaba por ser, en suma, una vanguardista de corazón con una idea de la cultura plural y polimorfa, sin distinciones estériles entre alta y baja cultura, y una moralista comprometida con la defensa de las causas justas, los seres más débiles y los movimientos marginales. Una defensora de la modernidad en el período donde esta agonizaba, el fin del humanismo se anunciaba en todos los titulares y el arte y la cultura contemporáneos se transformaban para someterse a los dictados comerciales del mercado. Con todo, ningún producto cultural resultaba extraño al temperamento fogoso de Sontag: “No hay incompatibilidad entre observar el mundo y conectar con ese mundo electrónico, multimediático, multibanda, mcluhiano, y disfrutar de lo que haya allí para disfrutar”.
Pero de nada sirve todo este despliegue de inteligencia de Sontag, este hablar de cultura y política, sexo y transgresión, fascismo y comunismo, fotografía, cine y televisión, sobre literatura en general, sobre sus relatos, ensayos y novelas y sobre algunos autores en particular, de nada sirve esto, digo, si no tuviera enfrente otra inteligencia brillante como la del entrevistador Jonathan Cott. Una entrevista es como un partido de tenis, una competición reñida y un intercambio de golpes dialécticos entre inteligencias de rango similar, sean del sexo que sean, no hay diferencias, dos jugadores de altura que se devuelven la pelota con maestría y donde el que siempre gana es el lector.
Y en este vibrante vaivén de ideas y opiniones aparece a veces el doble fallo, o el error no forzado, como cuando una cita de Carroll sobre el reloj que da dos veces al día la hora exacta se les escapa a Sontag y a Cott, demostrando los límites de sus conocimientos literarios o los prejuicios de su bagaje cultural. Pero también esos momentos maravillosos en que el entrevistador obtiene de la entrevistada una revelación tan lúcida como realista, digna de su venerado Danilo Kiš, sobre la importancia de la literatura en este mundo: “la tarea del escritor…es también establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas…Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

LA MANCHA ORIGINAL



[Jonathan Lethem, Anatomía de un jugador, Random House, trad.: Cruz Rodríguez Juiz, 2019, págs. 350]

El backgammon es un juego tan antiguo como la escritura. Sus orígenes se remontan a la Mesopotamia de Gilgamesh y recuerda en sus lances las estrategias de la guerra en aquellos tiempos remotos y la inscripción de signos abstrusos en tablillas de arcilla. Dos jugadores se enfrentan cara a cara moviendo sus 15 fichas, mediante el azar de los dados, por la superficie de un tablero escindido en 2 campos y 24 casillas triangulares. La meta del juego consiste en liberar las fichas antes que el contrincante. El backgammon es la inteligente metáfora de Lethem para representar el mundo capitalista como un complejo tablero de juego donde todos somos jugadores y siempre ganan los ricos.
A veces ocurre que la mente de un escritor singular que ha excluido de su lectura los libros teóricos tropieza con la mente no menos singular de un pensador o un filósofo que no lee ficción narrativa desde hace décadas y de esa colisión fatal brota una chispa creativa. Así le sucedió a Lethem en 2013, mientras residía como escritor en Berlín, con Laurence Rickels y el primer fruto de ese encuentro productivo fue esta novela tan enigmática como fascinante. Rickels es conocido por aplicar lecciones freudianas sobre la muerte y el duelo a la cultura de masas y, en especial, al cine y la televisión de géneros pop y pulp (terror satánico, noir y neonoir, vampiros, psicópatas, slasher, etc.). Ha dedicado, además, una monografía magistral a Dick (I Think I Am Philip K. Dick; 2010), un estudio portentoso a la figura carismática de James Bond (Espectre; 2013) y otro ensayo de culto a examinar la cultura juvenil californiana a la luz del inconsciente nazi (The Case of California; 2001). La intensa lectura de estos tratados esotéricos inspiró a Lethem la escritura de Anatomía de un jugador, como reconoce en The Blot, el instructivo opúsculo publicado en Estados Unidos en el otoño de 2016, al mismo tiempo que esta novela, y donde se recoge un extenso diálogo entre Lethem y Rickels sobre los sutiles entresijos de la novela y las obsesiones y ambiguas afinidades de ambos autores.
El título original de la novela era, así mismo, The Blot (la mancha o el borrón, según prefiramos un término u otro, aludiendo también, en la jerga del backgammon, a la ficha solitaria que ocupa en el tablero una posición vulnerable o peligrosa), pero su título definitivo es una descripción perfecta de su interesante contenido. Se cuenta en ella la historia de Alexander Bruno, un exitoso jugador de backgammon que pierde su magia ganadora a medida que una mancha ocular emborrona su visión y se nubla su don mental para adivinar las intenciones del adversario. Es entonces cuando cae bajo la protección de un potentado americano, Keith Stolarsky, antiguo compañero de colegio reconvertido en el odioso Darth Vader de los negocios inmobiliarios de Berkeley, que va a determinar su paradójico destino. La merma de su poder es causada por un meningioma que le será extraído en una clínica de Berkeley por un excéntrico cirujano, el doctor Behringer. Tras la operación, Bruno ya nunca volverá a ser el mismo. El fantasma californiano que lo perseguía y acosaba desde la infancia se ha desvanecido sin dejar rastro. Ahora Bruno, desfigurado y enmascarado, se transforma en un fantasma para sí mismo, un espectro social y psíquico, un doble de Darkman. Bajo esa identidad desleída, será aún capaz de probar el falso amor, tener empleos precarios en hamburgueserías de moda, liderar una rebelión contra su protector y descubrir, tras una acción consumada de terrorismo callejero, la impotencia y el absurdo político del presente.
La trama cosmopolita arranca en Berlín, viaja a Singapur y California, antes de regresar a Singapur para encontrar a Bruno transformado en un jugador de póker, enmascarado y superdotado, al que sus adversarios llaman con reverencia la Momia. La estructura novelesca (3 libros, 36 capítulos) sigue los progresos inescrutables de una imaginaria partida de backgammon “centrada” por un dado doblador que duplica la apuesta y acelera el desenlace. Así juega y gana la escritura de Lethem.

viernes, 13 de septiembre de 2019

TRES AMIGOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 10 de septiembre]

Tengo un amigo al que le gusta experimentar con su cuerpo y su mente. Ante las últimas noticias sobre epidemias, se precipitó a comprar el elixir del hombre-lobo y la carnaza sevillana. Tras ingerir altas dosis del fármaco infantil e infectos productos Magrudis, sintió que su cuerpo se sublevaba contra él. La mitad superior se le volvió lobuna y la mitad inferior gozosamente femenina. Ha empezado a pintarse las uñas de los pies de colores alegres y a peinarse el torso atendiendo a las nuevas modas en peluquería animal. La vida se parece cada vez más a una peli ochentera de Cronenberg, cuando creíamos que el canadiense filmaba pesadillas fantasiosas. Hoy estamos sometidos a experimentos que solo reconocemos cuando los efectos secundarios nos hacen atractivos para la televisión. Mi amigo ya se prepara para recibir en casa a las cámaras de Tele 5 y Antena 3.
Tengo otro amigo tan vicioso que cada vez que su mujer lo deja solo, por viajes y asuntos de trabajo, en vez de ver porno como cualquier hijo de vecino, se dedica a leer libros de teoría francesa subidos a internet. No solo se empapa de Derrida, también se enfanga en Foucault y Deleuze, convencido de la necesidad de mantenerlos vivos por lo que pueda pasar. Mi amigo es un perverso de verdad y no uno de esos puteros baratos que solo usan los avances tecnológicos para hacer regresar el cerebro humano al tiempo de los Picapiedra. Me acuerdo de los Picapiedra ahora que Pedro y Pablo son nombres que suenan mucho en los medios y no es para quejarse de la convivencia doméstica en un entorno de dinosaurios veganos y vestuario femenino bastante primitivo. Estos Pedro y Pablo de los que escuchamos hablar con frecuencia tienen rostros de piedra y lenguas de madera y expresan menos con sus labios de lo que un sordomudo podría descifrar.
Mi mejor amiga pasa los días estudiando neurociencia y consumiendo series británicas. Ahora que viene el “Brexit”, me dice, es el momento. Me explica que el funcionamiento de la conciencia humana no es tan distinto de la vida política. La conciencia actúa como una asamblea democrática donde el liderazgo solo aparece de manera temporal para controlar el desorden y tomar decisiones. Me comenta también “Years and Years”, una curiosa serie sobre futuros alternativos donde se habla de España. La España de 2027 es un paraíso global del matrimonio gay gobernada por un partido revolucionario de extrema izquierda. Y me pregunto si será esto lo que Sánchez, con su don profético, pretende evitar que suceda ya en 2019. Y si será esto, en definitiva, lo que Iglesias quiere acelerar, antes de que se le acabe el crédito. A juzgar por sus actitudes, cabría pensar que a los líderes políticos les preocupa más el futuro de España que su presente. No hay quien se lo crea. 

martes, 10 de septiembre de 2019

ESO DILUCIDADO



[Stephen King, It (Eso), Random House (Vintage), trad.: Edith Zilli, 2019, págs. 1503]

Existe la creencia de que el mundo es radicalmente maligno. La convicción de que la cultura humana se desarrolla desde el origen en un entorno malvado. La idea de que, en el fondo, la realidad es vampírica y succiona la vida y el tiempo, la sangre y las ilusiones de todos los que habitan en este planeta maldito creado por una divinidad aciaga, un demiurgo chapucero y cruel. Esta visión pesimista del mundo participa del gnosticismo y de cierto sectarismo cristiano, puritano y fanático. El Eso de Stephen King glosa con ironía esta doctrina ancestral construyendo una ficción que desborda las categorías del terror y los límites del entretenimiento al asumir los postulados cosmogónicos que afirman la eternidad del mal y su metástasis por el cuerpo de la realidad. Y, de paso, oponerle un poder mental, conectado a los afectos de la infancia, que mitigue su influencia nefasta.
Esta maravillosa novela de horror contiene un ente maléfico que se metamorfosea como Drácula, desplegando avatares con los que ejerce un dominio totalitario sobre el mundo circundante. Esta criatura fantástica se manifiesta a través de las proyecciones inconscientes de sus espectadores. Su forma primordial es la del payaso criminal Pennywise, de sonrisa carnicera, pero también adopta cualquier otra figura imaginaria, íntima o terrorífica, que obsesione la psique de sus víctimas potenciales: el hombre-lobo, la momia, el tiburón spielberguiano, las pirañas dantescas, la “Cosa” carpenteriana, la momia, etc. Eso se configura, en definitiva, como un monstruo de monstruos, una forma informe, de vitalidad plástica infinita. Es la misma novela, además, la que duplica la depravada existencia del monstruo devorando o parasitando el sentido de la realidad de lectores y personajes.
Las exégesis sobre el significado último de esta novela mítica se multiplican tanto como la morfología del depredador demoníaco. Una de ellas interpreta que el ente libidinal llamado Eso es una alegoría del capitalismo y su poder omnímodo sobre la vida de la gente. A pesar de sus licencias, esta teoría sirve para explicar ciertos aspectos de la trama de ficción: cómo la presencia del monstruo causa la prosperidad económica de la ciudad de Derry donde ocurren los hechos narrados en la novela entre 1958 y 1985 y por qué la mayoría de los protagonistas son profesionales de éxito y grandes ingresos anuales. Estos se enfrentaron al monstruo matriarcal siendo niños en un episodio confuso que solo recuerdan, ya adultos, cuando regresan veintisiete años después para combatirlo de nuevo. El contacto infantil con La Cosa marcó a los miembros del Club de los Perdedores, excepto al modesto bibliotecario Mike que nunca abandonó la ciudad, con el signo americano del triunfo. Por otra parte, la referencia recurrente en los epígrafes de los capítulos a Paterson, el gran poema de William Carlos Williams, revela por parte de King una ambición y una intención de representar una alegoría total sobre la historia singular y la experiencia cultural norteamericana.
En este sentido, Eso cuenta la historia de una entidad extraterrestre de presencia ubicua e insidiosa que podría encarnar los atributos más destructivos del capitalismo, sin dejar de ser al mismo tiempo una horrible abominación digna de Lovecraft. La magia literaria de King logra convertir esta materia oscura en un cuento de terror moderno sobrecargado de miedos atávicos. Sus aciertos técnicos, precisamente, consisten en el desarrollo en dos tiempos entrelazados de su grandiosa trama narrativa y el manejo magistral de las múltiples perspectivas y la focalización alterna de los personajes, incluyendo sus espejismos y trampantojos, sin perder la omnisciencia que comunica la mirada total del narrador humano con el cerebro inhumano del ente maligno. La conciencia desnuda de este ser abominable aparece al final en varias parrafadas sobrecogedoras representando el papel de un demiurgo agonizante.
Quizá esto permita entender Eso como un texto sagrado. Un texto que contiene la verdad fantástica de nuestro mundo. Una hipótesis delirante que nunca será demostrada ni verificada más que a través de sueños, pesadillas y alucinaciones. Un texto paradójico que contiene respuestas imaginarias a las preguntas más oscuras y luminosas que la humanidad se plantea desde el principio de los tiempos. Un mito universal.

martes, 3 de septiembre de 2019

RAYUELA EN LA RAE


[Julio Cortázar, Rayuela, RAE, págs. 1120]

Cuántas veces me pregunto si esto no es más que escritura, en un tiempo en que corremos al engaño entre ecuaciones infalibles y máquinas de conformismos. Pero preguntarse si sabremos encontrar el otro lado de la costumbre o si más vale dejarse llevar por su alegre cibernética, ¿no será otra vez literatura?

-Rayuela (capítulo 73, primero en el dispositivo rayueliano de lectura)-

Celebrar una novela pasados los cincuenta años de su primera edición puede significar muchas cosas buenas y algunas malas. Entre las buenas se cuenta el recuerdo activo de los lectores iniciales y la fidelidad de estos a las vibraciones intemporales del libro. Entre las malas, convencer a los lectores incrédulos de la excepcionalidad quizá irrepetible de Rayuela, en 1963, año de su publicación, y en 2019, año de su ingreso en la RAE. La acabo de releer íntegra este verano, siguiendo el plan de lectura señalado en el título, y me ratifico con plena convicción en el juicio. En pleno triunfo comercial de la banalidad literaria que Rayuela pretendía destruir creativamente, esta conmemoración institucional debería servir también para reflexionar sobre el designio de la literatura innovadora en tiempos tan ingratos. A todo esto se refieren los instructivos apéndices de esta magna edición, firmados, entre otros autores y críticos, por notorios colegas de Cortázar como Bioy Casares, Vargas Llosa, García Márquez y Carlos Fuentes. Por otra parte, en 1963 aparecieron también, por una de esas confluencias que tanto fascinaban a Cortázar,  otros dos libros seminales como V de Pynchon y Un oficio del siglo XX de Cabrera Infante.
Leí Rayuela por primera vez al filo de los veinte años y me deslumbró desde el principio la tentativa lograda de implicar en el mismo gesto una redefinición de lo humano y una redefinición simétrica del papel de la novela (“Intentar el roman comique en el sentido en que un texto alcance a insinuar otros valores y colabore así en esa antropofanía que seguimos creyendo posible”). Rayuela es no solo una invitación al juego de la literatura sino una invitación al juego de la vida, al juego de espejos mutuos que la literatura y la vida entablan desde la pasión, el placer y el rigor. El juego de cambiar las reglas del juego mientras se aprende a jugar, es decir, a vivir (“Método: la ironía, la autocrítica incesante, la incongruencia, la imaginación al servicio de nadie”). Cortázar quiso con su novela demostrar que otra forma de escribir era posible y quizá otra forma de vivir la literatura. Cortázar practicó en Rayuela una escritura novelesca que pasaba por recuperar los juegos de la infancia sin abandonar los dilemas y deseos de la edad adulta.
Rayuela era la consumación de toda una tradición, heterodoxa y exigente, que rompía moldes anquilosados para fundar una nueva manera de escritura, un nuevo modo de construcción novelístico, un nuevo modelo de armar la narración donde las interferencias de la vida y las libertades del lector con el texto jugaban un papel fundamental en la trama lúdica de la lectura. Por primera vez, los personajes de ficción se transfiguran, durante la gestación de la novela que los contiene, en activa comunidad de lectores de la misma. En el fondo, la transformación del lector de Rayuela (“el verdadero y único personaje que me interesa es el lector, en la medida en que algo de lo que escribo debería contribuir a mutarlo, a desplazarlo, a extrañarlo, a enajenarlo”) conduce a la transformación integral del ser humano a partir del juego, el erotismo y la literatura (“rechazo de todo lo que huele a idea recibida, a tradición, a estructura gregaria basada en el miedo y en las ventajas falsamente recíprocas”).
No es extraño, por tanto, que en este tiempo de regresión a los valores estéticos más reaccionarios (trama banal, lenguaje inofensivo, cursilería estilística, mensaje moralizante, realismo anodino, narrativas de baja definición intelectual, etc.) los lectores convencionales juzguen Rayuela como una obra fallida y desfasada. Los más inconformistas, en cambio, sabemos que Rayuela sigue siendo, a pesar de sus flaquezas inevitables y la caducidad de algunos de sus rasgos más superficiales, no solo una anomalía explosiva sino una novela literal y literariamente revolucionaria. Una obra, en suma, que revoluciona nuestras ideas preconcebidas sobre la literatura y la vida. Rayuela demuestra cómo la historia de la literatura es la historia de las libertades que algunos escritores se han tomado, en nombre del placer del juego, con la literatura y con la idea establecida de la literatura en cada época.
Si algo debemos festejar en Rayuela, es su poder infeccioso, aún intacto, para sublevarse a través de la inteligencia, la imaginación y el humor contra los valores ramplones y la domesticación de la literatura por los mercachifles y los lectores conformistas.
Lo más divertido de todo es ver cómo los mismos que tildan a Rayuela hoy de fallida o de anticuada, o de ambas a la vez, se aferran en sus gustos literarios (y quizá en todo lo demás, qué se le va a hacer) a los más rancios anacronismos y raídas antiguallas.

miércoles, 28 de agosto de 2019

ÉRASE UNA VEZ…



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Érase una vez una Europa unida, solidaria. Érase una vez un mundo donde no existían ni la demagogia ni la corrupción y los ricos compartían sus riquezas con los más necesitados. Y no los dejaban morir en alta mar o en sus miserables países de origen. Érase una vez un mundo donde los países pobres no eran esquilmados por los países ricos. Érase una vez un planeta en paz, naciones unidas de verdad, sin fronteras inicuas. Un mundo de pueblos hermanos y gente contenta. Érase una vez en Hollywood.
Europa no es Hollywood, pero la mentira manda igual, con más soberanía o menos, importa poco, como muestra el pulso entre Salvini y Sánchez a cuenta del Open Arms con el arbitraje invisible de Bruselas. Para colmo, mientras el Open Arms se debatía en el mar de la muerte esperando ayuda por estas alegres tierras se discutía con desparpajo sobre si Neymar valía o no los 38 millones de euros anuales que el Barça y el Madrid estaban dispuestos a pagarle. Bochorno o vergüenza se quedan cortas como palabras sin sentido en un mundo que expresa su lógica en estos cínicos extremos. Aunque Richard Gere haya querido enmascarar con su humanismo de escaparate una situación insostenible como la de este barco maldito, son los gobiernos europeos los que han quedado retratados como lo que son. Agencias fariseas. Pantallas que encubren las derivas globales del dinero y los negocios locales nacidos al calor de sus gestiones y finanzas. Así va el mundo. La Amazonia arde, incendiada por ganaderos y agricultores que realizan el programa destructivo de Bolsonaro, sin que hagamos otra cosa que protestar en vano frente al televisor donde vemos el avance de la devastación, mientras todo París se inflama contra el jugador más jeta de la historia.
Y los tertulianos proclamando que nada importante sucede en agosto. Nada avanza. La maquinaria atascada. El grifo cerrado. El motor gripado. Las luces apagadas. Vacaciones mentales para todos. Y yo me lo creo. Y el Open Arms, con su naufragio humanitario, sume a Salvini en la infamia y a Sánchez en la impotencia. Los tibios ataques de Macron debilitan al fascista Bolsonaro. Y las embestidas comerciales de Trump se estrellan contra la estrategia confuciana de Pekín sin daños colaterales, como el “Brexit”. Y Podemos entra en el gobierno para aplicar sus políticas y así no iremos a nuevas elecciones. No las queremos, no las necesitamos, como tampoco la sentencia del procés para amargarnos el otoño con malos rollos nacionalistas. Érase una vez, sí. Mucho cuento y muchos cuentos que contarnos aún hasta que tengamos la conciencia satisfecha y el sueño tranquilo. La mentira manda, por nuestro bien, en todas partes. En Hollywood y en Biarritz. En Brasilia y en Washington. En Madrid y en Bruselas. En París y en Londres. Geografía global de la falsedad. Qué grande es Tarantino.

miércoles, 21 de agosto de 2019

PSICODRAMAS MORBOSOS



[A. M. Homes, Días temibles, Anagrama, trad.: Andrés Barba, 2019, 304 págs.]

Esta es la mejor definición de la ficción que A. M. Homes desarrolla en los mejores relatos de este libro: aquellos en que el artificio narrativo fabricado como una red para atrapar las partículas y corpúsculos flotantes de las vidas y el entorno de sus personajes funciona como una antena receptora de señales de este mundo y también de otros, inferiores o superiores. La vida americana contemporánea, objeto de deseo preferido de la escritura lacerante de Homes, participa también de esa doble condición de delirante drama de psiques malsanas.
Es su primera colección de relatos desde 2002 (exactamente desde esa excelente colección titulada Cosas que debes saber[*]) y su escritura se ha desenfrenado, como si Homes hubiera decidido pisar a fondo el acelerador de su inventiva máquina de crear ficciones, multiplicando registros, técnicas y motivos y generando un envidiable muestrario de modos narrativos. Los relatos menos convincentes, sin embargo, incurren en lo que llamaríamos los tics enfermizos del realismo mágico: hipérboles efectistas, abuso metafórico, lirismo blando, hechos inverosímiles, toques maravillosos, etc. Sirenas transatlánticas y amantes araña, nupcias mitológicas, leyendas dudosas o levitaciones femeninas, son recursos inútiles y soluciones fáciles en una escritora superdotada como Homes que ha redefinido con su práctica el concepto de realismo. Cuando Homes abre de par en par las compuertas de su talento, los logros son incomparables. Así lo demuestra el relato “Días temibles”, donde se cuenta con ironía refinada el encuentro amoroso en un congreso sobre genocidios de un aguerrido cronista de guerra y una delicada novelista lesbiana.
El primer relato (“Hermano dominical”) es otra maravilla al estilo del gran Cheever: un grupo de veraneantes de alta clase profesional que consumen el tiempo en la playa coleccionando gestos mezquinos, trifulcas familiares y miseria moral. También es interesante “La última vez que lo pasó bien”, sobre el extranjero en crisis existencial que recupera el espíritu de su infancia y el sentido de la vida regresando a Disneylandia y viviendo una experiencia adulta con una empleada del parque que le hace madurar. Pero Homes no olvida su vena satírica y política. El magistral “Un premio para cada jugador” es una alegoría grotesca sobre la América consumista protagonizada por una familia digna de los Simpson que compite como un equipo en un concurso en un hipermercado y acaba encontrando un bebé huérfano y viendo cómo el patriarca, con su discurso populista, es elegido candidato presidencial.
El espléndido díptico californiano compuesto por “Hola a todos” y “Ella se escapó” es uno de los retratos más descarnados y vívidos que se pueda hacer hoy de la realidad americana del siglo XXI, con el trampantojo y los espejismos de Trump para distorsionar aún más sus impresiones. Este dúo narrativo se inspira en la visualidad del pintor Eric Fischl y sus aciertos son deslumbrantes: piscinas luminosas, escenario desértico, cuerpos modelados por la anorexia, la bulimia o la cirugía plástica, abulia adolescente, apatía adulta, existencias suburbiales sin otro designio que agotar hasta el límite las ventajas de sus privilegios económicos, sociales y culturales. La terrible escena final del segundo relato, no por casualidad la última del libro, cuando la protagonista Cheryl queda sola en su lujosa mansión al cuidado de los padres comatosos, una vez que su hermana modelo ha muerto de inanición, y se va la electricidad, extinguiendo la fuente de energía que los mantiene vivos, es una imagen escalofriante de la decadencia total y el apocalipsis de una cultura y un país.
La literatura de Homes habla de lo que duele, sea el sexo, la vejez, el fracaso o la estupidez, pero lo hace de tal modo que nos devuelve la creencia en el ser humano, sea esto lo que sea (o se entienda hoy como se entienda).  




[*] Sobre Cosas que debes saber (Anagrama, 2005) escribí esto en el momento de su aparición:
Como dice la novelista inglesa Zadie Smith, la prosa narrativa de A. M. Homes tiene dientes. Dientes y también garras, añado, y no sólo porque en uno de los más desconcertantes relatos (“Afuera el tiempo es brillante y soleado”) de esta desconcertante y deslumbrante colección de relatos la chica protagonista se metamorfosee en un coyote y en un mapache y en un pato y después en un cisne para acabar intimando con la protagonista de otro relato (“En una colchoneta, flotando en el agua”) que se pasa la vida metida en la piscina de su casa huyendo de las peleas diarias de sus padres. Como las metamorfosis animales de esta chica en la que la autora se retrata metafóricamente, el estilo de Homes araña y rasga, o bien acaricia y lame como una lengua; su tacto es a menudo plumoso y cálido, como una almohada, y otras áspero y feroz como una alimaña herida. La suya es una prosa capilar e hiperestésica que permanece abierta a todas las influencias sensibles, sabe dialogar con todas las formas existentes y es capaz de percibir y registrar los movimientos moleculares de la vida y el entorno de sus personajes.
En este sentido, no exagera tampoco Zadie Smith cuando sitúa a Homes “entre los mejores autores de relatos que han producido los Estados Unidos en los últimos treinta años”. Brillante discípula de Grace Paley y Angela Carter, dos escritoras que demostraron cómo la escritura femenina podía hablar de muchas más cosas que de la ternura, la maternidad o los visillos, Homes es autora de cuatro novelas y, con éste, de dos libros de relatos. El anterior, “La seguridad de los objetos”, una espléndida prefiguración del mundo y el estilo de “Cosas”, sigue inédito en español, excepto su pieza más célebre, el perverso cuento de muñecas Barbie y niños polimorfos “Una verdadera muñeca”.
La infancia freudiana reaparece en “Los niños prodigio”, otra visión a contracorriente de ese período mitificado por la cultura del consumo y la infantilización general. Este relato perturbador parece una respuesta desafiante a los hipócritas puritanos que se escandalizaron con su “lolítica” novela “El fin de Alicia”, la acusaron de “pedófila” y reclamaron su prohibición: aquí son los niños quienes se entregan, sin la asistencia de adultos corruptores, a rituales sexuales aberrantes y transgresores. En “Georgica”, por el contrario, el nombre de la niña por nacer preside la historia de una mujer obsesiva que busca quedarse embarazada a toda costa recurriendo a los preservativos desechados en la playa por las parejas furtivas que la frecuentan. A pesar de la aparente sordidez del planteamiento, el relato es de una estremecedora belleza. “Cosas que debes saber”, la fábula que da título al libro, encierra también su designio: la inexistencia de un código moral o un manual ético con el que comprender, mucho menos juzgar, las anómalas conductas y actitudes de sus personajes.
Además de la infancia y sus aledaños, como sucedía en su novela “Música para corazones incendiados”, la experiencia conyugal es otro de los motivos preferidos por Homes para experimentar en el laboratorio narrativo y estudiar comportamientos excéntricos: ya se trate de la perplejidad del marido de una mujer china que no quiere serlo (“La lección china”); de la ambigua comprensión de una mujer cuyo marido es un suicida vocacional (“Mantengan la calma, por favor”); o de la pesadilla marital del hombre cuya mujer está muriendo de cáncer (“No molesten”).
Pero donde sobresale la inteligencia y malicia narrativa de Homes es en el más ambicioso y logrado de todos los relatos, “La ex primera dama y el héroe del fútbol americano”. Una desternillante parodia política y una evocación corrosiva de los años tardíos del matrimonio Reagan: con Ronald, el presidente más peliculero y mediático de la historia americana, derrotado por el Alzheimer, y Nancy, esposa abnegada y fiel hasta el final a la imagen política de marca del matrimonio republicano, como pareja estelar de esta senil comedia televisiva de situaciones delirantes. En este relato antológico, a la prosa de Holmes le brotan espinas, le crecen colmillos. Eso sí, colmillos envueltos en fundas de terciopelo. 

miércoles, 14 de agosto de 2019

EL ÁRBOL DE LA VIDA (EPÍLOGO)



No ha escapado a algunos lectores sagaces que el título del post donde comentaba The Overstory (El clamor de los bosques, en su traducción española), la extraordinaria novela de Richard Powers, permitía una doble lectura, según se atendiera al genitivo objetivo o al subjetivo y a sus bifurcaciones semánticas. La vida es un árbol o el árbol es la vida, he ahí el dilema básico planteado en esta metáfora antigua y sus ramificaciones simbólicas. 
Quizá por ello la proximidad léxica en inglés entre tree y truth (propongo verdor y verdad como posible equivalencia española, añadiendo un guiño irónico a la profecía bíblica (Isaías 15:6): Todo verdor perecerá), fundamental para Powers en el discurso de la novela, sea la matriz del pensamiento expresado en el aforismo 371 (“Nosotros, los incomprensibles”) de La Gaya Ciencia de Nietzsche. Powers pudo o no tenerlo en cuenta al escribir la novela, no lo sé, pero esta se enriquece a posteriori con su aporte de fuerza, savia y sabiduría. Le da todo su sentido filosófico y vital, para entendernos.

Esto es lo que dice este aforismo capital (las negritas son mías):

¿Nos hemos quejado alguna vez de que no nos comprenden, de que nos ignoran, de que nos confunden con otros, de que nos calumnian, de que no nos escuchan o de que apenas lo hagan? Este es, precisamente, nuestro destino y lo seguirá siendo por mucho tiempo, hasta 1901 por lo menos, calculando con modestia; y eso es también nuestra distinción y nuestro orgullo; no nos valoraríamos bastante a nosotros mismos si deseáramos que fuese de otro modo. Nos confunden con otros y eso hace que crezcamos y en nuestro cambio perpetuo nos desprendemos de las cortezas viejas, estrenamos piel nueva cada primavera, no dejamos de ser cada vez más jóvenes, de más porvenir, más elevados y más fuertes, echamos raíces cada vez con más fuerza en lo profundo —en el Mal—, mientras a la vez abrazamos el cielo siempre con más amor y amplitud y absorbemos su luz, cada vez más sedientos, con todas nuestras ramas y todas nuestras hojas. Crecemos como los árboles —¡qué difícil es comprender esto, tan difícil como comprender la vida!—. Crecemos no sólo por un lado, sino por todas partes, no en una dirección sino en todas, por arriba y por abajo, por dentro y por fuera. Nuestra fuerza actúa a la vez en el tronco, en las ramas y en las raíces, no nos corresponde hacer algo por separado ni ser algo separado. Tal es nuestro destino; crecemos en altura, ¡y eso debería ser nefasto para nosotros, pues habitamos cada vez más cerca del rayo! Tanto mejor, no por eso lo vamos a honrar menos; es algo que no podemos compartir con otros ni comunicárselo: el destino de la altura, nuestro destino.

martes, 6 de agosto de 2019

TERROR



 [Varios autores, The King, Errata Naturae, 2019, págs. 283]

El terror es quizás el género narrativo más convencional: aquel que muestra, precisamente, las amenazas que acechan a los estilos de vida más normativos y convencionales. El terror logra conjurar su inquietante influencia y exorcizar los monstruos íntimos que esas formas de vida engendran. Stephen King es el maestro absoluto de esta clase de terror: el terror que concibe la vida como una pesadilla viscosa donde todo lo que amamos y deseamos es puesto en peligro, choca con sus límites oscuros o se enfrenta con crudeza a su terrible antagonista, la muerte. En este sentido, King no es un escritor minoritario como Poe, Lovecraft o Ligotti, a pesar de su influencia, sino más parecido a otros practicantes del terror comercializado para consumo de masas.
“Cuando la gente ve fantasmas, siempre se ve primero a sí misma”, esta idea de King define el paisaje mental en que se desarrolla la ficción de terror desde hace al menos dos siglos como respuesta a una existencia humana cuyas circunstancias se han vuelto fantásticas. Como explica el escritor Pacome Thiellement pensando en King: “Lo fantástico es nuestra expresión espiritual; es la realidad metafísica de nuestra vivencia psíquica”. Aquí, en este mundo de monstruos y fantasmas, este territorio del horror donde los muertos acosan a los vivos y los vivos no están seguros de estarlo del todo, es donde reina King soberano como el ente mutante de su grandiosa novela It.
Este estupendo libro lo contiene todo para complacer al fan acérrimo de King y también al detractor recalcitrante. Profundo calado literario, filosófico, psicológico, cultural y sociológico en las ficciones mayores y menores que construyen el orbe aberrante del mitógrafo de Maine. Al comienzo, una instructiva entrevista de Tony Magistrale aborda una de las cualidades esenciales de la imaginación de King: su asombrosa facilidad para traducirse en poderosas imágenes de cine y televisión, con independencia de si, para su autor eficiente, existen logros audiovisuales más polémicos (El resplandor, Christine, Cadena perpetua), bodrios confesos (alguno realizado por el propio King) y películas memorables (CarrieCementerio vivienteLa zona muerta, Cuenta conmigo, Misery).


La facción hispana del libro, más literaria, incorpora excelentes exégesis de fans como Rodrigo Fresán, sobre el protagonismo infantil en las novelas de King, Mariana Enríquez, sobre la presencia femenina, y Laura Fernández, sobre el cumplimiento de los deseos como fatalidad del sujeto. Y la facción anglosajona, más académica, se enfrenta a la legitimidad artística y moral del género de terror (Greg Littman); las visiones políticas y distópicas sobre el poder y la violencia, en sintonía con los postulados de Hannah Arendt (Joseph Foy y Timothy Dale); la reformulación narrativa del eterno retorno nietzscheano (Garret Merriam) o la heterotopía de Foucault aplicada al espacio del hotel Overlook en El resplandor como demostración del sesgo conservador de la ficción de King (Elizabeth Hornbeck), entre otros interesantes planteamientos.
Un aspecto irónico, sin embargo, es que en numerosas novelas de King, por terrible o cruel que sea la realidad descrita, las figuras del bien, los agentes de la bondad y la compasión, solo consiguen agravar el mal, volviendo aún más implacable el destino de las víctimas, sea cual sea su edad o sexo. Al final estos personajes solo contribuyen al mal y colaboran, contra su voluntad, con los planes destructivos de la maldad. Y consuman su ruina como consecuencia de la exasperante impotencia de sus actos y decisiones. Así el maestro King, como antes Buñuel, nos está diciendo la horrible verdad: no hay salvación para nadie mientras no cambiemos el mundo entre todos. Y esto, que es imposible por definición, es lo único que produce en toda su obra auténtico terror.


martes, 30 de julio de 2019

EL ÁRBOL DE LA VIDA


[Richard Powers, El clamor de los bosques, AdN, trad.: Teresa Lanero, 2019, págs. 605]

“Anthropocentrism also has become increasingly untenable in the light of scientific experiment and discovery. Now that we know how similar, and how closely related, we are to all the other living things on this planet, we cannot continue to consider ourselves as unique. And we cannot isolate our own interests, and our own economies, from processes taking place on a cosmic scale in a universe whose boundaries we are unable to grasp”.

-Steven Shaviro, The Universe of Things-

A mi amigo Marcel,
entrañable representante de la vida en la Tierra

El mecanismo de los árboles es idéntico al de esta maravillosa novela de Richard Powers. Las raíces se expanden por el suelo en busca de los minerales que, transformados en savia, circulan por el xilema y permiten al tronco crecer hacia lo alto y hacia lo ancho imponiendo una silueta rugosa hasta la copa, donde las ramas se bifurcan como el pensamiento y se extienden hacia el cielo en busca del aire y la luz solar que alimenta las hojas de clorofila. 
El milagro vegetal de la fotosíntesis irriga todas las páginas de esta novela-árbol hecha de papel extraído de los árboles y los bosques que la protagonizan. Richard Powers es uno de los grandes novelistas norteamericanos actuales y este, sin ninguna duda, una de sus mayores logros. Lo fácil para Powers, científico de formación y escritor por vocación cultural, sería escribir no ficción, brillantes ensayos especulativos, pero prefiere la ficción para transmitir esta historia increíble que ganó el último Premio Pulitzer (y que ahora aparece en español en la excelente traducción de Teresa Lanero).
Lo que este libro cuenta, con los rasgos de una grandiosa epopeya ecológica, está indicado en el título original: The Overstory. La Archihistoria, en una primera traducción literal de su sentido novelesco, más allá de su sentido botánico. La historia primordial. La historia esencial o básica. La leyenda del planeta. Es decir, la fabulosa historia que está por encima de todas las historias elaboradas por los humanos: la historia de las múltiples formas de vida que habitan, habitaron y habitarán la Tierra, antes y después de la existencia de los seres humanos. Esa historia de historias incluye incontables mutaciones, metamorfosis ovidianas, cataclismos y extinciones tanto como génesis, proliferación ingente y creación de novedad. La vida, en su diferencia radical, como una secuencia de tiempos inabarcables. La evolución y revolución de la vida y sus actores y actrices trascendentales, con los árboles ocupando un lugar de primacía. Esa historia gigantesca es la de los bosques y los árboles. La historia concebida como una cronología arborescente, ramificada en infinitas bifurcaciones de complejidad, como la misma novela.
            El tropo con que Powers organiza la exuberante enciclopedia de información y experiencias que compone la trama novelesca es muy gráfico. Cuatro bloques narrativos de diversa extensión (“Raíces”, “Tronco”, “Copa” y “Semillas”) y nueve personajes principales a los que vemos, como existencias arbóreas, germinar, nacer, crecer y desarrollarse y, en algún caso, extinguirse a lo largo del libro. Cada uno de estos protagonistas encarna una perspectiva insólita y un destino singular: el artista verde Nick Hoel, la ingeniera Mimi Ma, el profesor de psicología Adam Appich, el abogado Ray Brinkman y su mujer Dorothy Cazaly, el veterano de guerra Douglas Pavlicek, el diseñador de videojuegos discapacitado Neelay Mehta, la gurú bióloga Patricia Westerford y la excéntrica luchadora Olivia Vandergriff. Todos ellos son conscientes, de un modo radicalmente distinto, de la gravedad de lo que está en juego, la catástrofe terrestre, y toman partido por los árboles y la vida en una de las gestas más heroicas y arriesgadas de nuestro tiempo.
En su fragmentario epílogo (“Semillas”), la novela de Powers postula una cierta esperanza dentro de su visión pesimista y devastadora. En inglés, árbol y verdad (true y truth) tienen la misma raíz, como dice Powers, no en otras lenguas occidentales como el español, donde la única equivalencia ingeniosa sería entre verdura (o verde) y verdad. Los supervivientes luchan con sus medios por escuchar la acuciante pregunta de la Tierra, la pregunta de la vida, y por responderla adecuadamente, sin miedo a las consecuencias. 
Fredric Jameson plantea algo similar en su nuevo libro (Allegory and Ideology). El animal humano es una especie incompetente, sin duda, y los signos del futuro son menos fiables que los del presente, dice Jameson, pero en el Antropoceno, ese período marcado por la influencia humana sobre el ecosistema, hemos aprendido que podemos revertir el proceso destructivo. Es tiempo de devolver a la Tierra con creces todo lo que nos ha dado y reformarla, en el sentido literal y en el figurado.
O terraformarla, proceso inteligente que Jameson propone como proyecto de redención terrestre haciendo suya la jerga de ficción científica del novelista Kim Stanley Robinson.
Richard Powers estaría de acuerdo.

miércoles, 24 de julio de 2019

BLANCURA CETÁCEA



 [Herman Melville, Moby-Dick, Penguin Clásicos, trad.: Enrique Pezzoni/Inga Pellissa, 2019, págs. 712]

Mejor fallar siendo original que tener éxito siendo un imitador.


Ahí está Moby-Dick otra vez, la ballena más famosa de la historia, desnuda como el primer día de la creación, reluciente como la espuma, una nube blanca surcando el mar entre chorros de agua salada. Cuando éramos niños, las versiones párvulas la dibujaban en nuestra imaginación con la inocencia de los días felices, la pureza de los sueños diáfanos. Cuando crecimos se transformó en una amenaza terrorífica: esa abominación marina que emerge de las entrañas del abismo para destruir con un golpe brutal a quien pretende darle caza sin entender que Moby-Dick es un animal eterno: una criatura enorme y obstinada nacida para vencer el tiempo y la muerte con su energía inagotable. La única ballena que sobrevivió al período de la masacre industrializada de sus congéneres para ver, muchos siglos después, cómo sus antiguos asesinos cobraban conciencia del crimen imperdonable y decidían proteger la vida asombrosa de esos mamíferos gigantescos.
Nada de esto cruzaba la mente del gran Melville en el momento de concebir esta novela oceánica. Tampoco en la fase posterior, cuando arriesgándolo todo en la aventura de escribirla solo se dejaba conducir por los faros literarios de sus maestros (Shakespeare, Milton, Mary Shelley, Hawthorne) hasta que la oscuridad total lo cegaba y extraviaba. Entonces la escritura de Melville alcanzaba a guiarse por intuición marinera entre las tinieblas de una singladura artística que no siempre fue feliz. No pocas veces, durante la ardua travesía, por más que su prosa se elevara a las alturas de la genialidad y su relato avanzara como un ballenero veloz en pos de la preciosa presa, Melville sintió el aliento gélido del fracaso soplándole en la frente, como dice el prologuista Andrew Delbanco, autor en 2005 de una espléndida monografía sobre Melville (Melville: su mundo y su obra; publicada en español en 2007).
La sombra del fiasco proyecta siempre su amargo filo en toda creación original. Y si Moby-Dick (1851) es no solo la gran novela fundacional americana sino la más innovadora del siglo diecinueve, de una novedad estética precursora de la escritura moderna y posmoderna, eso solo lo sabemos apreciar ahora. Entre el público puritano y la crítica inepta de su época, esta obra monstruosa e inclasificable como el cetáceo homónimo solo provocaba desconcierto e incomprensión absoluta.
No hay en la literatura europea coetánea un novelista más creativo y audaz que Melville. Alguien que sintió que la escritura no podía limitarse a deslizarse sobre raíles preestablecidos, como una locomotora, o transitar por senderos trillados, como una diligencia, o surcar rutas prefijadas, como una goleta, sino crear su propio territorio a medida que lo iba cartografiando con retórica sublime y febril, metáforas deslumbrantes, personajes sobrehumanos y discursos grandilocuentes dignos del Macbeth o el Hamlet de Shakespeare, el Satán de Milton y la horrenda criatura del doctor Frankenstein.
La tradición anglosajona tiene esa grandeza. Así como España transmitió el virus de Cervantes a sus colonias americanas, Inglaterra transmitió el bacilo de Shakespeare a las suyas. Y no es posible leer la literatura norteamericana sin escuchar esa resonancia magnífica, esa música excepcional que desnuda el alma dramática de los personajes al tiempo que encanta el oído con palabras inauditas. Importa poco, en este sentido, si estamos en los lóbregos castillos medievales de Escocia, Inglaterra o Dinamarca, o a bordo de un recio ballenero (el Pequod) en pos de un monstruo marino que ha condenado al demente capitán Ahab a la errancia infinita de su cacería y al resto de la tripulación a perecer con él, excepto el narrador náufrago (“Llamadme Ismael”), el huérfano renacido de las aguas maternas asido a un ataúd flotante.
Eso es también Moby-Dick en el siglo XXI. Un sumario mítico de la historia humana leído por la pupila implacable de una ballena inmortal: una parábola ecológica sobre la encarnizada empresa de los fanáticos que conquistaron el espacio americano a cualquier precio y la tarea interminable con que los humanos se adueñaron de un planeta que, en cuanto quiera, puede devolverlos a la nada con solo un coletazo descomunal.

viernes, 19 de julio de 2019

HOMBRE HEMBRA



[Paul B. Preciado, Un apartamento en Urano, Anagrama, págs. 313]


“Yo soy todas las hijas de la casa de mi padre
y todos los hermanos también”.

-Shakespeare, Noche de reyes-


            Primero el sujeto y luego el objeto, aunque en el fondo sean lo mismo, cuerpo y escritura, sexo y pensamiento, en el caso de Paul B. Preciado. El perturbador caso de la mujer lesbiana nacida Beatriz luego devenida Paul. Paul Beatriz, más exactamente, con todo el conflicto legal imaginable del nombre masculino nuevo asociado al femenino anterior, tan connotado, y la mediación nada neutral en la transición de una identidad a otra de la ciencia médica y su control y clasificación de cuerpos y sexualidades. Ya tenemos identificado al excéntrico autor de este magnífico libro donde Preciado nos demuestra, a los lectores cómplices y a los extraños, esos que todavía creen en la solidez molar de los cuerpos sexuados, cómo revolucionar un cuerpo, sus relaciones y nudos de poder, su genitalidad cultural y su gestualidad y voz genesíacas, equivale a sostener una visión revolucionaria de la realidad, una actitud solidaria hacia todo lo extranjero, disolvente, anómalo o en tránsito nómada que se pueda encontrar por el mundo.
Tras una tortuosa terapia neoyorkina de “reasignación sexual”, Preciado elige definirse ante la legislación española, a la que está sujeto por nacimiento, como “género fluido” o trans. O lo que es lo mismo, para diferenciarse de otros transexuales (“mujeres con pene”) o los intersexuales (hombres o mujeres de genitales problemáticos), como “hombre sin pene”. Por otro lado, inscribiendo su experiencia en el régimen fármaco-pornográfico (a cuyo análisis cuerpo a cuerpo dedicó su famoso Testo yonqui), Preciado reconoce deber la felicidad fisiológica de su estado a las periódicas inyecciones de testosterona que actúan vigorizando su cuerpo con potencia masculina. [De ahí, de ese estado de indefinición genérica, de esa condición híbrida de su identidad, el homenaje que hago en el título de este post al personaje creado por Joanne Russ en su maravillosa novela The Female Man.]
Preciado es, además de esto, un cerebro superdotado, formado en la lectura apasionada de maestros intelectuales como Derrida, Foucault, Deleuze y Guattari. De sus ideas y formulaciones se nutre su pensamiento insurgente. Con Derrida comparte la interpretación de la tecnología simbólica de la escritura como fundamento a un tiempo coercitivo y liberador de la cultura humana. De Foucault, quizá su influencia más tangible, hereda las genealogías nietzscheanas de la insurrección, la transgresión, la locura, la disidencia, el placer, la enfermedad y la historia de los aparatos represores de toda diferencia, ya sea sexual, moral o mental. Y del dinámico dúo Deleuze-Guattari retiene su creencia en el devenir molecular, la actitud antifreudiana y la apertura a la multiplicidad y complejidad de la vida.
La inteligencia estratégica del libro reside en su elección, como estilo comunicativo, del formato ocasional, espontáneo y vivaz, de la crónica periodística en vez del tratado sesudo o el ensayo académico. De este modo, de la dimensión micropolítica a la macropolítica, el discurso de Preciado logra abarcar todos los temas relevantes de la actualidad, los motivos polémicos, las perspectivas escandalosas sobre la realidad cotidiana o las confidencias personales más íntimas. 
Entre diciembre de 2010 (fecha del artículo más antiguo) y octubre de 2018 (fecha del instructivo prólogo) se desarrolla la cronología de una aventura vital, la de cambiar de sexo, cuerpo e identidad, con todas las consecuencias, y habitar ciudades y espacios diferentes, en paralelo a un turbulento mundo de acontecimientos políticos, sociales y económicos. Junto al relato fragmentario de sus desventuras clínicas y jurídicas desfilan por sus páginas la grave crisis ideológica de la izquierda (incapaz de afrontar fenómenos como la procreación de los homosexuales, la maternidad subrogada o la prostitución, sin caer en posiciones coincidentes con la derecha), el auge del fascismo nacionalista y xenófobo, el conflictivo proceso catalán (en el que ve la proyección optimista de un estado imaginario), el gran mercado de deseos y afectos, el nuevo mundo tecnológico de dispositivos y pantallas, la crisis de los refugiados sirios, las políticas europeas de austeridad, la deuda griega o la ubuesca presidencia de Donald Trump, que aglutina todas estas cuestiones y las proyecta más allá del acotado espacio europeo.
No es necesario estar de acuerdo en todo con Preciado para celebrar la intransigente lucidez de sus planteamientos y especulaciones, incluidas antinomias y contradicciones, su valentía existencial, su ejemplaridad cívica y compromiso solidario, y, sobre todo, la vehemencia transgresora y brillantez de su escritura. Preciado piensa y escribe con todo el cuerpo, no solo con la cabeza, más allá o acá de la razón cartesiana. 

martes, 16 de julio de 2019

COSAS EXTRAÑAS



[Publicado hoy en medios de Vocento]

Un golpe de calor es un golpe de calor, y a veces un ataque de lucidez. Ves cosas entonces que no sospechabas y tu conciencia las reconoce ahora como ciertas. Cosas curiosas como los datos custodiados en los ordenadores de Bárcenas antes de que los martillazos de Thor los destruyeran. El golpe de calor inflama tus neuronas y te revela cosas extrañas. Información pura sobre el mundo global y sus conexiones infinitas, como los negocios lucrativos que ya se urden en Madrid al calor de los nuevos pactos comunitarios. Quién ha dicho que el calor vuelve tonta a la gente. Hace cincuenta años, Borges, un conservador inteligente, profetizó que en el futuro mereceríamos no tener gobiernos. Lo que no imaginaba el imaginativo escritor es que con el tiempo no mereceríamos los gobiernos que seguimos teniendo, por desgracia, ni los políticos que pretenden formarlos.
Tras las últimas elecciones, todo el sistema ha alterado su apariencia, como un milagro o una catástrofe, sin que nada cambie realmente. Y pasan cosas raras. Fenómenos anormales o paranormales y no son las anomalías nostálgicas de la serie Stranger Things. El escenario político es mucho más complicado. Es extraño lo que pasa entre Iglesias, un comunista de salón, y Sánchez, un socialista de sacristía. Es todo tan extraño que muchos podrían pensar que algo huele a quemado en la democracia española y no son los incendios forestales. Está en juego el retorno o no del bipartidismo y es a eso a lo que juegan todos en el tablero de ajedrez, cada uno con sus estrategias y recursos, obstaculizando los pactos y los gobiernos, volviendo ineficaz una estructura institucional que cuesta demasiado como para enredarla en caprichos sectarios. De eso trata, nada menos, el guión chapucero de esta comedia de situación que alimenta tertulias mediáticas y aburre a muerte a los veraneantes.
Cosas extrañas, cosas nunca vistas. Estamos acostumbrados a despachar los hechos más estrambóticos con un encogimiento de hombros o un signo de perplejidad que solo invitan a recuperar el sentido común y el valor antiguo. Así creemos conjurar los peligros de la novedad y el riesgo de caer en modas pasajeras. Antes de escandalizarnos con la criptomoneda de Zuckerberg, que ya tiene millones de clientes feudales a su servicio, pensemos si los gobiernos, los bancos y los estados no están complicando con sus leyes la vida de los ciudadanos del siglo XXI más de lo debido. No es impensable que, en un momento dado, a los tristes ahorradores les acabe tentando esa forma virtual de anarquismo capitalista liderada por los magnates tecnológicos hartos de sufrir la opresión fiscal y el control policial de su patrimonio y cuentas. Hay entusiastas del subversivo encanto del dinero cibernético que hablan ya, sin sonrojo, de “criptocomunismo”. Cosas más raras se han visto. Aquí y en Pekín.