miércoles, 8 de julio de 2020

TELEVISIÓN ESOTÉRICA


Llevo leyendo a Pacôme Thiellement desde que publicó, en 2013, esa supernova del pensamiento y la exégesis de la cultura popular titulada Pop Yoga. Desde entonces hasta hoy no me he perdido uno solo de sus libros, que se cuentan para mí, como los de Laurent de Sutter y Marc Alizart, entre los más excitantes y creativos de lo que va de siglo: L´homme électrique, Les mêmes yeux que Lost, La main gauche de David Lynch, Cinema Hermetica, La victoire des sans roi, Sycamore sickamour, The Leftovers y su reciente relato autobiográfico Tu m´as donné de la crasse et j´en ai fait de l´or. Un pensamiento original y, al mismo tiempo, fundado en el conocimiento exhaustivo de las fuentes antropológicas de la cultura popular y carnavalesca, así como de la cultura pop del cine, la música y la televisión. No estoy tan seguro de que la televisión sea, como él asegura con su sabiduría excepcional y sus carcajadas tronitronantes, un medio gnóstico de conocimiento y participación en los designios del mundo. Pero en sus análisis esta visión excéntrica se vuelve convincente y verosímil. Sus ideas salen de su observación del mundo contemporáneo y la cultura de todos los tiempos y formatos y forman parte, por esto mismo, del mapa cognitivo de ese mismo mundo en una de las fases más críticas de su historia. Discrepamos en algunas cosas y estamos de acuerdo en muchas otras, pero nunca dejaremos de discutir, ay, sobre el valor cultural y artístico de Under The Silver Lake o el cine más reciente de Refn y Tarantino. Nobody is perfect. Ahora Pacôme, como me gusta llamarlo, recoge su ensayo anterior sobre Twin Peaks y lo completa con una exégesis esotérica de la fascinante tercera temporada. Acaba de traducirse al español por primera vez. Thiellement & Lynch: minds meet…

[Pacôme Thiellement, Tres ensayos sobre Twin Peaks, Alpha Decay, trad.: Javier Guerrero, 2020, págs 218]

Todos recordamos cómo Marx proclamó, en pleno siglo XIX, que no era tiempo de interpretar el mundo sino de cambiarlo radicalmente. La consigna mutó, a fines del siglo XX, cuando la transformación del mundo, desde una óptica marxista, se volvió imposible y lo que ahora tocaba era interpretar la cultura. A partir de entonces, el cuerpo de la cultura se convirtió en objeto de escrutinio riguroso, pasando los estudios culturales a sustituir a las revoluciones reales. Agotado ese giro académico, las teleseries se han vuelto el objeto de deseo preferido no solo para los espectadores, que las devoran para rellenar los tiempos muertos y conjurar el tedio de sus vidas, sino para las inteligencias más despiertas del presente.
Y ahí aparece un personaje singular como Pacôme Thiellement, el apóstol de la exégesis televisiva como nueva forma de conocimiento de una realidad donde la televisión es el medio determinante, maestro de la interpretación esotérica de las teleseries como gnosis espiritual del estado del mundo. En estos tres ensayos, Thiellement distingue entre series banales y series portadoras de sentido: series que representan la posibilidad de una televisión “visceralmente poética”, una televisión que “actuaría como un espejo de la psique del espectador” como la literatura, la música o el arte. Eso es “Twin Peaks”, como señala Thiellement: la serie que originó con su éxito y su fracaso simultáneos la edad de oro de las teleseries de la que disfrutamos desde finales de los noventa hasta hoy mismo, cuando quizá estemos asistiendo a su declive.


“Twin Peaks” sería, según Thiellement, el alfa de “Perdidos” y el omega de “The Leftovers”, dos series simétricas sobre las que también ha escrito aplicando los presupuestos dantescos de interpretación. Como Thiellement recuerda al lector, fue el poeta de la “Divina Comedia” quien estableció que las obras profanas podían aspirar a la condición de textos sagrados siempre que la mirada de su receptor se transformara a su vez en artística y las comprendiera en los cuatro niveles de significado: literal, alegórico, moral y anagógico. Así procede Thiellement con las series amadas.
Si asumimos que la obra de Lynch tiene dos caras reversibles, como un LP antiguo: en la cara A, más luminosa, estarían las primeras temporadas de “Twin Peaks” y las películas anteriores, y en la cara B todo lo que dirigió después, tras su abortado final, desde “Carretera perdida” hasta “Inland Empire”. Entenderíamos entonces que la tercera temporada de “Twin Peaks” sería la reescritura de la cara A con los rasgos tenebrosos de la cara B, a saber: un oscurecimiento pesimista de su visión creativa, un rechazo desgarrador de la luz redentora, una inmersión melancólica en el infierno de un mundo capitalista que ha perdido el sentido, condenando a sus habitantes a la miseria, la soledad y la desgracia.
De ese modo, el tránsito de las temporadas iniciales de “Twin Peaks” a la temporada final representa una mutación tanto histórica como tecnológica. Supone el envejecimiento moral de su creador y la degradación del mundo creado, con todas las consecuencias traumáticas para la ficción y sus personajes emblemáticos, y además el deslizamiento de un medio hegemónico (la televisión) a otro (internet). Este aspecto esencial, cuyo análisis abarca casi la mitad del libro (el ensayo titulado “La sustancia del mundo”), revela que esta nueva “Twin Peaks” describe el ingreso de la mente humana en los territorios imaginarios de la era digital, como ya anunciara “Inland Empire”. Y podría leerse, por tanto, como inmersión fantástica en el inconsciente tecnológico de nuestra época. Una alegoría malsana sobre el proceso de digitalización de lo real.


miércoles, 1 de julio de 2020

AJUSTE DE CUENTOS



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Contemos, contemos. A ver si nos salen los cuentos con que nos engañamos a diario. España nunca ha sido un país cartesiano y así nos va. Pero esto de los muertos que no cuentan, o de los muertos que no suman, ya pasa de la raya de lo racional y se convierte en un acto de magia. Prestidigitación contable para encubrir graves errores de gestión. La vida no es una ciencia exacta y la muerte menos. Ahora lo sabemos mejor que ayer y antes de ayer. Las estadísticas mienten. Los muertos no suman, restan, y el rebrote de octubre es más probable que la caída de la hoja. Los chinos son grandes expertos en números desde la antigüedad y también han hecho trampa con los cálculos de fallecidos. Sus combinaciones mágicas les ayudaron mucho cuando transformaron la economía comunista en capitalista sin pasar por el quirófano y ahora han hecho desaparecer a todo el que no contaba.
Los muertos no se levantan para protestar ni los vivos alzan la voz para reclamar justicia. Los historiadores del futuro estudiarán la conducta inepta de los gobiernos occidentales y descubrirán verdades que hoy permanecen ocultas. Cada uno ha ido a lo suyo y eso es lo más penoso de todo. Como la catástrofe de Chernóbil, esta crisis ha evidenciado los fallos garrafales del sistema y la tecnociencia que lo gestiona. El gobierno español minimizó la amenaza para cumplir el programa electoral y cuando la ola gigante le pasó por encima trató de reducir al máximo los costes políticos del desastre. Pasó igual con ZP en la crisis financiera de 2008. Pese a todos los avisos, no podían permitir que un virus de incierto origen les amargara la fiesta ideológica.
Que el gobierno socialpodemita lo haya hecho fatal, con la complicidad de los canales masivos de televisión, no implica que yo crea que el gobierno virtual de PP y Vox lo habría hecho mejor. Al contrario. Lo que más debería preocupar a un votante de izquierdas es ver a los suyos actuar tan mal como la derecha. Con la misma arrogancia falsaria con que Sánchez, el engañabobos de la Moncloa, alecciona a los españoles a olvidar las terribles lecciones aprendidas durante el confinamiento y confiar en él, como si no fuera responsable de lo sucedido. Todos lo son, sin exculpación posible. Pero este país ha decidido pasar página de nuevo, no comerse mucho el coco y creer en la magia cabalística de los números y la mentira retórica de las palabras. Así no vamos a ninguna parte. Dan ganas de hacerse alemán. Las mascarillas son para el verano.

miércoles, 24 de junio de 2020

SOBERANA INTELIGENCIA



[Manuel Arias Maldonado, Nostalgia del soberano, Libros de la Catarata, págs. 190]

        Este libro, no sé por qué, me recuerda a Las Meninas. O, más bien, el dispositivo pictórico de Las Meninas es similar al concepto político y al fenómeno social de los que habla este libro. Como sabemos, en Las Meninas Velázquez se autorretrata pintando un retrato de la pareja real española, el rey y la reina, como escribiría Sender. Estos son excluidos del cuadro y solo aparecen de manera marginal reflejados en un espejo que aparece al fondo de la espaciosa estancia y del cuadro que la describe en toda su amplitud como factoría de producción simbólica…Pero, además del pintor, hay otra figura al fondo de la estancia que se manifiesta como presencia fugaz o pasajera, detenida en el vano de una puerta, un nuevo espectador visible, un curioso personaje ensimismado en la contemplación posterior de la escena desde el punto de vista antagónico al del monarca ausente o el espectador invisible. Observa desde el trasfondo, desde atrás, como si para que funcione el trampantojo o la pantalla visual del poder todo deba volver su rostro al soberano, incluido él que pasaba por allí acaso por casualidad. La posición retrasada en que el cuadro fija a este observador casual es simétrica en su frontalidad a la del espectador y representa su antagonista. Ya no el personaje del espectador fascinado con el mecanismo puesto en escena como imagen de poder, sino el analista desengañado o escéptico que despoja de adornos la representación en curso y deja al desnudo todos y cada uno de sus engranajes sin sucumbir a las ilusiones  que el poder debe poner en marcha para encubrir sus intenciones, medios y fines. Ese lugar crítico es el lugar que quizá ocupe el autor de este libro, si tenemos en cuenta los análisis rigurosos realizados en sus páginas, y también, por qué no, de cada uno de sus lectores. En la alegoría del cuadro, ese lugar desplazado es el de la inteligencia soberana. La inteligencia soberana es esa facultad única, extraordinaria, que ve lo que nadie ve. Lo que está en el cuadro y lo que no, cómo funcionan los reflejos y las imágenes, cuál es la seducción que ejercen sobre el que los mira sin interrogarse por su origen. Ella sola ve, a la vez, la figura real del monarca, plantada frente a su personificación en el espacio exterior al cuadro mismo, y su imagen pintada en el lienzo, con todos los rasgos que permiten reconocerla. Esta figura analítica, implicada en la representación de un modo distinto que los demás, a pesar de todo lo que también tiene en común con ellos, no necesita, como el espectador que somos todos, el reflejo en el espejo para corroborar la presencia real que se manifiesta en el cuadro como ausencia divina. Ve la realidad y el artificio del poder, del Estado, de la política, al mismo tiempo, en planos simultáneos, en dimensiones sincronizadas. Nostalgia del soberano, dice Arias Maldonado que sentimos en estos tiempos de incertidumbre y complejidad. Soberana nostalgia de la inteligencia soberana, más bien.

[Extractos del ensayo en curso Nostalgia de la inteligencia soberana]


Todo este guirigay hipermoderno del que se ocupa Arias Maldonado con erudita inteligencia comenzó con la caída de las narrativas maestras con que la humanidad había intentado dar sentido a su destino terrenal. En principio fue el relato cristiano de salvación metafísica que luego se hizo relato racional emancipador con la Ilustración para convertirse, primero, en epopeya romántica hegeliana y, después, en ficción científica de transformación del mundo e instauración de la utopía marxista. Sobrevivimos ahora entre las lujosas ruinas del último metarrelato de la historia, que no se reconoce tal a pesar de su poderío e influencia sobre la realidad: el relato neoliberal de que la economía capitalista y el desarrollo tecnológico e industrial bastarán para salvar materialmente a los humanos de la miseria y la infelicidad.
Arias Maldonado ha elegido un tema espinoso para poder, al mismo tiempo, desarrollar una convincente reivindicación del liberalismo moderno que desemboca en la fundación de las democracias parlamentarias. Pero la sutileza de su maniobra ideológica consiste en partir de un ángulo original, una perspectiva polémica que le permite designar al antagonista más insidioso de dicho sistema político: el populismo como sentimiento de nostalgia por una forma de poder que realice sin trabas los fines que la política convencional claramente no consigue.
En este sentido, su revisión de la historia de la soberanía resulta tan instructiva como heterogénea, desde Hobbes y Rousseau a Constant, Schmitt o Arendt, demostrando en cada caso cómo el contexto histórico y las circunstancias peculiares de las diversas sociedades determinaron el pensamiento de cada uno de ellos como respuesta o solución provisional a una problemática que iba modulándose conforme pasaban las épocas y sus turbulencias concretas. Los lectores de Arias Maldonado conocemos su afinidad liberal con Hobbes y Constant, pero la reiterada consideración de las ideas de un conservador de la envergadura de Schmitt demuestra que no solo es capaz de afilar su pensamiento en pugna con filósofos dialécticos como Hegel o Marx, sino también con escritores reaccionarios como De Maistre.
En otro capítulo sustancioso discute Arias Maldonado con agudeza sobre la potencia y la impotencia de la política en términos que casi admiten una traslación sexual. La política no es omnipotente, lo sabemos, ni tampoco impotente, faltaría más. Que economice su poder y lo ejerza con prudencia no conduce, sin embargo, a que no pueda nada contra la intromisión dañina de otros poderes, según pretenden los populistas de derecha e izquierda, nostálgicos de una soberanía nacional, mesiánica o carismática, más que dudosa en un contexto globalizado.
La complejidad y pluralidad social y cultural que caracterizan al presente transforman el poder político en labor de vigilancia experta para evitar abusos y excesos nocivos del sistema, como comprobamos en esta renovada crisis económica disfrazada de alerta sanitaria. El populismo es una actitud peligrosa, desde luego, cuando no sirve de voz de alerta contra los males reales que afectan a la gente. Pero la indiferencia elitista ante estos problemas debería ser motivo de preocupación para cualquier defensor de la democracia liberal. Ambos fenómenos se retroalimentan. Y la democracia misma se muestra tan dependiente del mercado soberano, excitando falsas expectativas de felicidad en los consumidores, que habría también que buscarle enemigos íntimos que socavan con sus acciones los fundamentos constitucionales y lo reducen todo a parámetros económicos, publicitarios o tecnocráticos.
El pesimista escéptico que Arias Maldonado recomienda como figura idónea a la situación actual debe considerar todas estas cuestiones con soberana inteligencia, como hace el autor, antes de precipitarse en las facilidades del juicio o el prejuicio.

viernes, 19 de junio de 2020

CUENTO CHINO



[Publicado en medio de Vocento el martes 16 de junio]

Anoche soñé que volvía a Wuhan. Es el principio de la pandemia y tengo fiebre. Paseo por las calles vacías en busca de una explicación y me encuentro con tres viejos misteriosos que cubren sus bocas con mascarillas de tela. Yo entiendo el chino de la región sin esfuerzo y los ancianos me hablan como a uno de los suyos. Los sueños son caprichosos. Los tres clones de Lao Tse pasan de ochenta años y se saben condenados por la historia. El primero me habla de murciélagos y pangolines sin parar de reírse. Esto se esperaba desde hace tiempo, me dice el segundo. La ONU lo anunció. Si no se hacía algo antes de 2020, el mundo se iba al garete. Es un ensayo. Vendrán otros confinamientos y nos resignaremos a vivir así. Nos ponen a prueba. Me mira a los ojos y me dice que estoy muy enfermo. Reconoce los síntomas enseguida. Ha visto a mucha gente en ese estado. Lo merecíamos, me dice el tercero. Esto tenía que cambiar de algún modo. No podíamos seguir así. Hay que darle amor a la gente, no odio, como dice el maestro Soros. La vida se hunde y nadie hace nada.
Escuchándolos me sube la temperatura y empiezo a sudar. Me preocupo, pero no me resisto a preguntar. He venido aquí en busca de la verdad. Quiero respuestas a todas las preguntas. Se me acumulan en la lengua y los tres venerables me piden que me relaje. Si me pongo melodramático será peor. Son demasiadas preguntas mal formuladas, me dicen. La mayoría sin respuesta. Ellos lo saben bien, por eso ríen sin descanso. Aprovechan la pausa para quitarse las mascarillas. Necesito una solución, antes de que la epidemia se extienda. Un plan estratégico. Planteo las cuestiones del momento. Por qué ha sucedido todo esto. Hubo otros virus antes y no pasó nada igual. Por qué ahora. Cuál es el motivo.
Atravesamos tiempos interesantes, me responden. Tiempos de grandes cambios. El virus es una respuesta y una pregunta al mismo tiempo. Una respuesta al mal y la violencia que propagamos. La situación era insostenible y lo sabíamos. El virus es la madre de muchas otras preguntas. ¿Aprenderemos alguna vez? Más bien no. Es imposible. Nada se repite y nunca somos los mismos, me dice el oráculo chino sin inmutarse. Una interferencia molesta se cuela entonces en el sueño y no logro entender las últimas reflexiones de los tres sabios taoístas. Escucho saliendo de sus bocas la palabra mágica que encierra todas las preguntas y las respuestas, pero la fiebre me impide memorizarla. Cuando desperté, la Nueva Normalidad todavía estaba allí. 

martes, 16 de junio de 2020

EXORCISMOS


[La verdad es que ya no aguantaba más. Después de tres meses y con todo lo que hemos pasado y todo lo que esto ha cambiado desde entonces, ya era hora de anunciarlo. El “Bloomsday” que se celebra hoy es una magnífica ocasión para darle publicidad. Aquí está Exorcismos (Maclein y Parker, 2020), mi nuevo libro de relatos con grandes éxitos que todos mis lectores conocen y algunas novedades sorprendentes.  Es una fiesta de la literatura, como siempre, para todos y para nadie. Ojalá la disfrutéis…]

¡Oh, Kitty, qué bonito sería si consiguiéramos entrar en la Casa del Espejo! ¡Estoy segura de que tiene cosas preciosas! Finjamos que existe alguna  manera  de  atravesar  el  espejo. Finjamos que el cristal se vuelve blando como la gasa y podemos atravesarlo.

-Lewis Carroll, A través del espejo-

Ojos para los fuegos de la concupiscencia, orejas para abrirlas a los malos discursos.

-Pierre Klossowski-


Exorcismo es una práctica de escritura por la que se libera la energía de los demonios de la realidad y la mente y se traspasan a otros cuerpos. Algunos de esos demonios son también fantasías. Otros son espíritus o fantasmas. Presencias intrusas y obsesivas que solo cabe conjurar con palabras y ficciones. Exorcismos que son también actos de espiritismo, por tanto, y de hechicería.
Estos relatos hablan de todo un poco, en voz alta y en voz baja, con trazo fino y con trazo grueso, dando gritos de cólera como un poseso, un endemoniado o un prisionero, o susurrando en la oscuridad del dormitorio como amantes desnudos. Hablan de la historia, pero no solo. Del deseo y el sexo, pero no solo. De la locura y la estupidez, pero no solo. Del cuerpo y sus poderes, traumas y aflicciones, pero no solo. Del amor y el erotismo, pero no solo. De los animales y el tiempo, pero no solo. De la soledad y la belleza, pero no solo. Del pasado y el presente, pero no solo. De mujeres y de hombres, pero no solo. De niños y de niñas, pero no solo. Del mar y de la muerte, pero no solo. De la violencia y de la guerra, pero no solo. Del cerebro, de la mente y de sus fantásticas creaciones, pero no solo. De la juventud y el final de las ilusiones, pero no solo. Del poder y la política y la corrupción del poder y la política, pero no solo.
Este libro habla de todo un poco, sí, y un poco de todo da a cada uno que lo lee con atención. Exorcismos de voces extrañas que el autor ha escuchado o escucha a diario con insistencia. Exorcismos de vidas que el autor ha vivido tan intensamente como la suya propia.

jueves, 11 de junio de 2020

ETERNA JUVENTUD


[Frédéric Beigbeder, Una vida sin fin, Anagrama, trad.: Joan Riambau, 2020, págs. 345]

     Desde el principio de este extraño libro, una amalgama de géneros tan compleja como algunas de las combinaciones biomoleculares o celulares que se mencionan en abundancia en sus páginas, Beigbeder reconoce una obviedad que le sirve de justificación: “Hoy la ficción es menos disparatada que la ciencia”. Esta premisa abre la puerta a escribir la primera obra de un género que se me antoja nuevo: la auto(ciencia)ficción. Beigbeder es un escritor inteligente, siempre lo ha sido, un representante eximio de esa inteligencia parisina que funda sus facultades y méritos en la cultura burguesa y la educación elitista. La autoficción ha formado parte de la estrategia de sus novelas en la medida en que estas, de un modo u otro, eran una excusa para proyectar su ego hipertrofiado y vulnerable en una plataforma privilegiada de exposición al otro. Y la ciencia ficción, para qué negarlo, forma parte ahora del devenir del mundo, se ha fundido con sus texturas hasta hacerlas hiperreales.
Este ego de Beigbeder es el de un “pijo libertario”, como lo llama su psicoanalista, o un hedonista posmoderno, un personaje mediático que vive entre la borrachera de la fama y la resaca del glamour. Y pasa que un buen día, como si tal cosa, en medio de sus correrías de coca, su vida sexual enloquecida con modelos y actrices y sus programas televisivos para espectadores embrutecidos, la conciencia de su mortalidad lo ataca en la boca del estómago como un puñetazo de lógica aplastante. El personajillo mediático siente entonces la agudeza del aviso como una invitación a pensar en la vida eterna. Y así la trama de la novela se construye como un doble periplo, interior y exterior, por diversos centros mundiales (clínicas, hospitales, laboratorios, balnearios, etc.) en pos del remedio científico más avanzado contra el envejecimiento y la muerte. Y lo encuentra, pero sus resultados son más parecidos al vampirismo feroz que a una terapia eficaz.
Una parte importante de la novela se plantea, de ese modo, como una docuficción en torno a encuentros reales con grandes especialistas en investigaciones punteras sobre medicina y teorías biológicas asombrosas. La otra parte, como era de esperar, supone un salto a los territorios más imaginativos de la ciencia ficción y el terror biopolítico. Beigbeder riega de humor e ironía sus excitantes pesquisas y hasta sus descubrimientos más atroces, como que la eugenesia es el ideario dominante de nuestra época.
Pero esta novela se sostiene sobre dos golpes de ingenio unamuniano. El primero es plantear por primera vez si una existencia como la del sujeto protagonista merece ser inmortalizada, es decir, si el abusivo yo que ocupa con su vanidad y arrogancia el foco del relato, con sus opiniones agotadoras sobre lo divino y lo humano y sus vivencias a cual más insignificante o trivial, es digno de aspirar a la inmortalidad como desea a toda costa, o se reduce a ser una simple fantasía ególatra. Una más en el hipermercado capitalista.
El segundo golpe se refiere a la debilidad del ateísmo y la reconversión a la fe católica que experimenta en un momento climático el ateo Beigbeder en pleno corazón monoteísta de la Jerusalén terrestre. Este regreso al pesebre religioso se plantea no solo como un rechazo a todo lo que había configurado el encanto de una vida compuesta de tiempo perdido, experiencias evanescentes y placeres efímeros, sino también como retorno a los paraísos de la infancia ferviente desde una posición de cincuentón socavado por las dudas de la edad y el desengaño existencial. La metafísica es la falsa solución a una vida pasajera que descubre con terror sus limitaciones y su inexorable finitud. Y la apuesta final por la felicidad familiar y la creencia cristiana suena a impostura irónica.

miércoles, 3 de junio de 2020

BAILE DE MASCARILLAS



 [Publicado ayer en medios de Vocento]

No hemos visto nada, no. Nada es lo mismo y cuánto nos queda aún por ver. Una amiga me invita a una fiesta en su casa. El colmo del conformismo. Cinco invitadas y cinco invitados celebrando las sensaciones de la nueva vida. La “covida”, la llama un gracioso. Miramos atónitos las caras cubiertas con mascarillas como filtros de cafetera. Ninguno milita en partidos políticos y podemos opinar con libertad. Medimos la distancia exacta entre nuestros cuerpos mientras hablamos del racismo policial americano, los peligros del 5G, las veleidades autoritarias de Sánchez, los vicios del teletrabajo o el mal rollo del porno amateur con mascarillas quirúrgicas. Bailamos sin entusiasmo, tratando de no hablar muy alto a pesar de que la música incita a gritar de desesperación. Se respira tristeza y nuestros gestos al bailar parecen un reflejo pavloviano, la obligación de responder a la etiqueta social de la fiesta más fúnebre que se recuerda. No aguantamos más de una hora y la salida, con gente cabizbaja, se convierte en un desfile hipócrita.
Esto es lo que hay. Nos han prometido volver a la normalidad y nadie, si piensa en lo que le espera, puede sonreír sin traicionar sus sentimientos más íntimos. El futuro es tan siniestro que apenas lo tomamos en serio. Algunos tenemos una cita concertada al día siguiente para obtener un trabajo o recoger una compra. En mi caso, es un ordenador. Mi viejo PC también ha sido víctima del estrés del confinamiento. He abusado de él, como Sánchez de la maquinaria estatal, y ahora lo sustituyo por otro más potente. Paso por la tienda cerrada y un empleado me abre para entregarme el equipo. Enmascarillados como atracadores de pacotilla, solo intercambiamos palabras convencionales. Me marcho con la sensación de que será el último ordenador que adquiera en mi vida. Me siento liberado.
El argumento de la obra se vuelve transparente y ya no vale fantasear sobre lo que vendrá. Ni el pesimismo ni el optimismo corresponden al nuevo estado de ánimo. Pase lo que pase, estamos preparados para afrontarlo. Eso hemos ganado, al menos, mientras perdíamos todo lo demás. Lo que daba sentido a nuestras vidas desapareció para siempre, dejando detrás una amarga sonrisa de despedida. Hemos conocido una buena época de la historia, sí, aunque acabara mal. De repente, el mundo entero se ha convertido en un gigantesco hospital. No hay marcha atrás. Hoy es el primer día del resto de nuestra vida. Ahora sí. Debemos reaprender a vivir como enfermos incurables.

martes, 26 de mayo de 2020

MÚLTIPLES SIMULACROS


[Philip K. Dick, La penúltima verdad, Minotauro, trad.: Antonio Ribera, 2020, págs. 317]

Es cierto, como dijo Dick en un famoso ensayo sobre la ciencia ficción, que la esencia de este género menospreciado no reside solo en la presentación de situaciones y tecnologías futuristas o la representación de una trama ingeniosa que revele aspectos insólitos del mundo. La fuerza de la ficción especulativa proviene, más bien, de la enunciación de una idea nueva, un concepto original, y el desarrollo de todas sus posibilidades lógicas y formales. De ese modo, contra lo que cree la opinión corriente, la ciencia ficción no es un género literario adolescente, este rasgo correspondería mejor a la fantasía, sino una de las formas más rigurosas e incisivas de interrogar las condiciones de la realidad, es decir, de plantearse una ontología imaginativa de lo real. Lo que convierte a este formato narrativo en afín al discurso filosófico, al menos en sus pretensiones.
Un rasgo fundamental de la obra de Dick es el uso artístico de lo que Dalí llamó la “paranoia crítica”: un medio de alcanzar las simas del inconsciente para extraer mitos ancestrales y ficciones atávicas, visiones ocultas e intuiciones profundas. Esta novela es una de las plasmaciones más surreales de esta técnica creativa al describir un siglo XXI postapocalíptico donde las élites económicas y políticas viven rodeadas de lujo en un planeta Tierra reverdecido mientras la población mayoritaria sobrelleva, engañada, una existencia austera en el subsuelo, metida en tanques exiguos como hormigueros, creyendo que la Tercera Guerra Mundial entre los superpoderes capitalista y comunista tiene lugar aún en la superficie terrestre, dominada por la radiactividad, las epidemias bacterianas y los ejércitos de robots combatientes.
Pese a no ser, injustamente, una de las novelas más reconocidas de Dick, “La penúltima verdad” entronca con sus grandes motivos, estilos o tratamientos y contiene algunos componentes originales e invenciones delirantes: una máquina asesina que se camufla como televisor portátil; un simulacro presidencial llamado Talbot Yancy, como en Simulacra, un organismo cibernético que difunde discursos televisivos de propaganda destinados a sus súbditos y escritos por creativos publicitarios; documentales manipulados que tergiversan la historia de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría; robots cognitivos y una máquina del tiempo que viaja al pasado para traficar con objetos, armas e instrumentos.
En el núcleo duro de la trama, Dick sitúa una pugna conspiranoica por el poder mundial entre dos demiurgos corporativos: Brose, un obeso magnate en acelerada descomposición corporal, y Lantano, un cheroqui superdotado que se transforma en la imagen blanca del presidente americano ideal tras viajar al futuro desde los tiempos anteriores al descubrimiento. Al final, el maquiavélico triunfo de Lantano sobre su despótico adversario impone la ambigüedad política como reflexión sobre la desintegración contracultural de la era Kennedy en que fue escrita la novela.
Y la ironía del título es otro acierto: la idea perversa de que nunca en política se puede contar la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, sino una versión atenuada, una verdad parcial, para evitar las reacciones irracionales de la gente y simular que la situación está bajo el control eficiente de quienes dicen mandar. Esta idea perturbadora, como digo, sí es una verdad última, una verdad total que la novela proporciona y que supone una inquietante coincidencia, en las actuales circunstancias de pandemia y confinamiento, y una alarma crítica de dimensiones históricas.
No sorprende, por tanto, que esta extraordinaria novela pudiera inspirar ficciones literarias y cinematográficas tan potentes de los noventa como La broma infinita de David Foster Wallace y la Matrix de las hermanas Wachowski. Este don profético volvería a demostrar que Dick era, como sentenció Stanislaw Lem en su época, un visionario entre charlatanes.

miércoles, 20 de mayo de 2020

EL SÍNDROME CHINO


[Publicado ayer en medios de Vocento]

Esto es Zombilandia. La televisión lo anuncia a todas horas y no nos enteramos. Estamos todos muertos. Cambiamos de canal nerviosos cada vez que pretenden decirnos la verdad. Quién quiere vivir con la verdad a cuestas. La verdad solo encubre la ausencia de verdad, lo dicen la Biblia y Baudrillard. Así que nos consolamos con la verdad del otro. Esa verdad es siempre una mentira. Una ficción que se confunde con la realidad creando un mundo paralelo. Una dimensión alternativa. Somos rehenes de gobiernos incompetentes que solo han sabido protegernos encarcelándonos en casa. Y cuando toca la hora de salir un poco se nos imponen restricciones que quitan las ganas de hacerlo. Basta de prórrogas. Es la vida lo que está en juego. Economía o salud, decide tú.
Todos quieren salvar la cara. Quedar bien ante la clientela y dar la imagen, sobre todo, de que se hace lo que se puede hacer. Cuanto más mientes más convences. Lo único bueno de la situación es preguntarnos en serio cómo hemos llegado a esto. Un simple bicho no destruye tanto y con tanto ahínco ni en una película de terror barato. A ver si este monstruo microscópico ha sido engendrado para causar el máximo daño posible antes de que se descubra la cura milagrosa. A ver si es esto, al final, lo que intentan ocultarnos. Huele a podrido, sí. La conspiranoia ya no está de moda. No es necesaria. Hoy rige la transparencia, ejem. Los datos están a la vista si sabemos mirar. La corrección política impera en todas partes. Los periodistas se enfangan. La opinión discordante se fiscaliza con celo policial. Es kafkiano. Cualquier crítica se considera ofensiva y la duda insulta. Qué gran favor le hace la ultraderecha al poder. Así acalla bocas y tapa negligencias y errores.
Y me llama mi banco, qué sospechoso, para hacerme una encuesta y preguntarme si estoy contento con sus servicios, cuando las economías occidentales se tambalean al borde del agujero y la economía china despega como un cohete hacia el cielo confuciano. Qué casualidad que ocurran tantas casualidades, como diría Groucho Marx. El síndrome chino es eso también. Creer que cuando las economías del euro y del dólar caigan en vertical, se hundan en la tierra y atraviesen el núcleo, se encontrarán al otro lado, como si tal cosa, a la economía china esperándolas con los brazos abiertos. Bienvenidas al nuevo orden mundial, hermanas. Bienvenidas a la nueva normalidad global. Quién quiere consolarse con la verdad cuando puede vivir en un cuento chino.

martes, 12 de mayo de 2020

QUIJOTISMO MÁGICO



[Salman Rushdie, Quijote, Seix Barral, trad.: Javier Calvo, 2020, págs. 527]


El imaginador no conocerá nunca el no ser.
-Macedonio Fernández, Museo de la Novela de la Eterna-

Comentaba Fredric Jameson, en uno de sus últimos libros (Los antiguos y los posmodernos), cómo la vena novelesca faulkneriana había petrificado sus arterias creativas en la literatura norteamericana pero, a cambio, había inseminado el esplendor narrativo de literaturas periféricas como la hispanoamericana o la asiática. Sin estar totalmente de acuerdo con este juicio en su premisa, sí puede afirmarse, tras la lectura de novelistas sobresalientes como Mo Yan o Salman Rushdie, que la conclusión es justa. Lo único que falta a Jameson es reconocer que Rushdie aprendió también numerosas lecciones de escritores norteamericanos como Gaddis, Pynchon, Barth o Coover. Eso se nota, en especial, cuando se lee una novela como “Quijote” que exacerba la estética cervantina mediante la reinvención posmoderna de los géneros narrativos.
Cervantes inventó la metaficción cuando nadie se planteaba aún tres cuestiones esenciales: una, que la metaficción era la respuesta literaria más inteligente a la invención de la imprenta; dos, que existían “Las mil y una noches”; y tres, que Borges, en la primera mitad del siglo XX, iba a saber sintonizar ambos libros (el “Quijote” y las maravillosas “Noches árabes”) como precursores de su revolucionaria concepción de la metaficción (inspirada en parte, a su vez, en las lecciones de su maestro Macedonio Fernández). Ahora que agotamos un siglo de experimentación metaficcional, Rushdie, heredero del modo oriental (árabe, chino e indio) de concebir la fabulación como un bucle fantástico con la realidad más prosaica, reescribe el “Quijote” acomodándolo a su universo multicultural, donde el imaginario literario mundial (tradicional, moderno y posmoderno) se funde con la cultura de masas global (Bollywood y Hollywood, para entendernos).
No obstante, para que la metaficción cervantina funcione a pleno rendimiento tiene que haber plantado en el corazón palpitante de la ficción alguna clase de dispositivo distorsionador al que combatir para imponer un principio de realidad, aunque sea simulado. En el caso del “Quijote” original estaba la imprenta, mientras en la réplica de Rushdie figuran dos tecnologías enfrentadas en el escenario local y global. En un bando, la añeja televisión que altera la mente del protagonista quijotesco y le hace enamorarse de una guapa actriz india adicta a los opiáceos y presentadora bipolar de un reality, llamada como la versión femenina del nombre del autor de la novela (Salma R). Y en el otro bando de esta pugna tecnológica por el control de la realidad está el laberinto de internet y las redes sociales: un cosmos cibernético que ha transformado definitivamente la percepción del mundo del siglo XXI. Contra este gigantesco simulacro combaten con sus recursos de ficción, en diversos planos narrativos, el personaje llamado Quijote, Sam DuChamp (autor ficticio) y Rushdie (autor real).
El viejo novelista DuChamp, un paranoico escritor de novelas de espías y conspiraciones internacionales, acaba inmerso en una de ellas, relacionada con su hijo hacker, mientras trata de escribir, cual Pierre Menard, una versión rabelesiana del “Quijote” más apegada a los motivos contemporáneos que inquietan a Rushdie: la amnesia histórica y cultural, el desarraigo, la inmigración, la diáspora familiar, el consumo de opiáceos, el fanatismo islámico y su enmascaramiento multicultural, la ciencia ficción y las dimensiones paralelas, los inicuos sueños de riqueza e inmortalidad de la minoría privilegiada, la incomunicación intergeneracional, la mafia farmacológica y médica, la mentira mediática, la desinformación social, la decadencia americana, la demencia científica, el fin del mundo, el resurgir del racismo como síntoma del terror dominante, los desmanes del presidente Donald (“Ubú”) Trump, etc. Sin sentirse un avatar de Marcel Duchamp, Sam DuChamp declara abiertamente su propósito artístico ya muy avanzada la trama para que no quepan dudas sobre su posición en el tablero mágico de la cultura global: “enfrentarse a la destructiva y aturdidora cultura basura de su época igual que Cervantes había ido a la guerra contra la cultura basura de su tiempo”.
Un tiempo crítico, por cierto, donde la novela creativa pierde a pasos agigantados su influencia social y cultural, con lo que escribir novelas de esta clase en este contexto degradado ya constituye un gesto si no una gesta quijotesca por sí misma. De ese modo, como ya hiciera con gran éxito en Los versos satánicos, Rushdie consuma con “Quijote” una muestra maestra del auténtico arte de la novela. El arte de aplicar la inteligencia de la literatura al conocimiento de un mundo indescifrable con códigos puramente racionales.

Posdata: Si no estoy equivocado, el concepto "Quijotismo mágico" lo acuñó Julián Ríos en la introducción (incluida en el capítulo "Quijotextos" de Álbum de Babel) a unos fragmentos cervantinos de su inédita novela Auto de Fénix.

miércoles, 6 de mayo de 2020

FINADOS Y CONFINADOS


[Publicado ayer en medios de Vocento]

Me duermo y me asalta una pesadilla espantosa. El fin del mundo. Nos desconfinamos sin control y recaemos en el horror de la pandemia. La economía quiebra y ya no la salva ni Tarantino. Se instaura entonces un estado policial encubierto. Me despierto aterrado. La vida anterior me parece un falso recuerdo. Quién me iba a decir que desearía con tantas ganas volver atrás. Como si la normalidad fuera una utopía. Esto es peor que “El ángel exterminador” de Buñuel. Como estar prisionero en la mente de un paranoico o en la fantasía de poder de un político megalómano. No hay precedentes. Es una crisis que afecta a todos los niveles de la realidad y necesitamos un nuevo diccionario para entenderla.
La pandemia es también mediática. Mientras se mantenía el suspense sobre la curva de muertes e infecciones y sus piruetas estadísticas, la masa confinada se excitaba con el último montaje cursi de la factoría Mediaset. Un culebrón sentimental que mostraba una vez más la utilidad educativa de la telebasura. Vivimos en un mundo donde nadie explica nada, aunque nos creamos saturados de información, y hasta la discusión sobre el inquietante origen del virus suena desfasada. La comunidad científica se debate entre acusar a la experimentación irresponsable en laboratorios o achacarlo al daño ecológico. Internet difunde polémicos artículos sobre el asunto, pero sus tesis discrepan tanto que cabe preguntarse si la primera víctima de esta catástrofe no será otra vez la verdad.
Y la geopolítica impone sus peligrosas estrategias. Chinos y norteamericanos se enfrentan sobre el tablero de ajedrez para conquistar la primacía a toda costa, buscando a los rusos como aliados. La Guerra Fría terminó hace treinta años, pero las mismas superpotencias que se disputaban entonces el control del planeta y sus energías de vida y muerte prosiguen hoy la guerra global por medios económicos, tecnológicos o biopolíticos como esta maldita pandemia. El nuevo orden mundial está reconfigurándose ante nuestros ojos y no sabemos verlo. No existe pastilla esotérica para esa clase de ceguera. Y los gobiernos se apiadan de nosotros y nos liberan por fases del encarcelamiento. Superando pantallas como en un videojuego tramposo. Los helicópteros policiales sobrevuelan la playa vigilando a la gente por si se desmadra. Los menores corren alegres por la orilla espantando gaviotas. Los mayores celebran el mediodía solar con gestos de victoria. La vida sigue. Es el film del mundo tal como lo conocemos.

miércoles, 29 de abril de 2020

MISIÓN IMPOSIBLE

  [Respuestas a un cuestionario de Rebeca Yanke sobre la pandemia y el confinamiento]

1

A falta de tests masivos, esto del confinamiento está llegando a extremos preocupantes y ya pronto nadie querrá salir de casa. Vamos a vivir en una panic room permanente, en el interior y en el exterior, que hará de la vida algo peor de lo que fue antes de esta toma de conciencia brutal del mundo en que vivimos. Me interesa reflexionar más allá de la pequeña odisea doméstica del confinamiento imperativo. En qué mundo nos instala esta crisis y en qué mundo queremos vivir a partir de ella. A quién beneficia lo que está pasando y quién va a explotarla más y mejor. Cómo deja a los países esta nueva reestructuración de la geopolítica global causada por la pandemia. Hacia qué clase de mundo nos dirigimos, guiados por gobernantes políticos tan incompetentes como cualquier otro ciudadano. No hace falta que haya ninguna mano negra detrás de la catástrofe, como si esto fuera Misión Imposible 2, donde también aparece un virus letal, por cierto, para darnos cuenta del shock que le han producido a los ciudadanos la pandemia y el confinamiento, con su tasa de mortalidad selectiva, y cómo este impacto va a controlar su actitud política al menos en la próxima década. Esto de la doctrina del shock que se cumple ahora palabra por palabra ya lo anticipó Naomi Klein en 2007 como forma de gobierno inconsciente de las masas globalizadas a través del miedo y la inseguridad. Esto es el siglo XXI, no lo olvidemos, ahora sí que vivimos en un escenario que reconocemos como propio del siglo XXI: un siglo desregulado, complejo y caótico. En el Gran Mercado del Mundo, salvaje y globalizado, basta con sembrar el caos para cosechar desgracias masivas y suculentos beneficios al mismo tiempo. 

2

Esto lo cambia todo, como decía Naomi Klein. Cuando se mitigue la situación, no podemos volver sin más a las viejas costumbres como un reflejo conservador de protección y seguridad. Eso ya no vale. Estamos atrapados en un decorado y un escenario que han diseñado otros. Muchas cosas se han quedado obsoletas, en la cultura y fuera de la cultura, en la política y fuera de la política. Muchas novelas, muchos libros, muchas ideas y programas, muchas películas, muchas actitudes incluso. El pensamiento convencional, el que domina aún las instituciones vigentes, se ha quedado antiguo ante un mundo que no ha sabido comprender en toda su magnitud. Necesitamos recuperar a pensadores intempestivos como Baudrillard que describieron este mundo con el grado de delirio patafísico que exigía, hablando de viralidad y catástrofe con una lucidez que a muchos les pareció excesiva o metafórica y hoy es puro realismo. Necesitamos con urgencia nuevas novelas y películas y teleseries que estén conectadas al tiempo que nos ha tocado vivir, que no sean resabios trasnochados del siglo XX o revivals nostálgicos. Necesitamos repensarlo todo y, para eso, necesitamos creaciones artísticas e intelectuales que se muestren a la altura de los desafíos que nos aguardan y que nos enseñen de verdad, o sepan especular con, lo que se nos viene encima en el futuro inmediato.

3

El maldito virus y sus secuelas desastrosas nos meten de lleno en un mundo nuevo que hemos tardado mucho en ver con nitidez, seducidos por los superfluos dispositivos tecnológicos y las aplicaciones y las redes sociales que los llenaban de contenido insignificante para convertirlos en imprescindibles en nuestra vida, volviéndonos dependientes del tipo de comunicación degradada que suponen. Ahora sí que estamos aprendiendo de qué va esto del siglo XXI, en el cuerpo y en la mente, y no se nos puede olvidar. Ya no. Nos toca asumir este contexto anómalo para redefinir qué queremos ser, ver, sentir y pensar. A qué vamos a darle más importancia a partir de ahora, contra qué vamos a mostrarnos intransigentes, cómo vamos a manifestar nuestro desacuerdo tras tomar nota de todo lo sucedido. No podemos permitir que la domesticación del confinamiento nos vuelva aún más sumisos. En suma, necesitamos redefinir lo antes posible nuestros valores y prioridades…

miércoles, 22 de abril de 2020

SÍNDROME DE ESTOCOLMO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

Somos la nueva humanidad y nadie nos había avisado. Nos costaba creerlo, pero al final el virus del apocalipsis nos lo ha revelado con virulencia. Vivimos en un mundo donde la ciencia ficción ha dejado de ser ficción y se ha hecho ciencia exacta. Este virus diabólico ha puesto el mundo patas arriba. Estamos en sus manos. Los chinos, los rusos, los americanos, qué más da. Nos tienen donde querían. Enjaulados y tan contentos. Controlados, sumisos y más domesticados que nunca. Hemos sacrificado la vida en nombre de la salud. En el futuro podrán hacer con nosotros lo que quieran con tal de que este desastre no se repita. Nada será igual. El experimento social que padecemos podría extenderse sin límites en el tiempo. Para qué salir si tenemos todo lo necesario en casa, para qué volver a la normalidad si hemos demostrado que sabemos hacerlo todo mejor sin pisar la calle. Reservemos nuestra energía para trabajar a distancia, sin tacto ni contacto, y salgamos solo para ir al hospital si aparecen los síntomas fatídicos.
El nuevo mundo feliz nos brinda, además, oportunidades únicas de negocio y de relación a través de las pantallas. Con el tiempo ya no echaremos de menos nuestra vida anterior. Nos tendrán que obligar a salir. Con lo seguros que vivimos así, recluidos en la intimidad, sin intrusiones malsanas ni extraños contagiosos, para qué correr riesgos en el exterior. Aplaudimos a la policía cada tarde para mostrarles nuestro agradecimiento por mantenernos vigilados. Sin esos agentes patrullando la ciudad a todas horas y multando a destajo nuestras vidas estarían aún más amenazadas. Esta situación especial nos ofrece la posibilidad añadida de fomentar la vida familiar y explotar sus ventajas domésticas como nunca antes. No hay mal que por bien no venga. Cada persona de la familia se vuelve imprescindible ahora y algunas asumen incluso varios papeles a la vez. Cocinera, amante, limpiadora, enfermera, psicóloga, profesora. La vida es un virus peligroso. El amor también y no pasa nada. El capitalismo no digamos. Todo tiene cura menos la muerte. Tecnocracia, mentiras, cursilería y más tecnocracia, esta es la receta infalible para doblegar la curva estadística de la pandemia. Así no discutimos asuntos más importantes como si el virus infecto proviene del esfínter de un murciélago chino o cómo pudo sorprender a todos los gobiernos occidentales con los pantalones bajados. No han sabido protegernos. Qué ineptitud. Esto es el siglo XXI. A ver si nos enteramos.

martes, 14 de abril de 2020

PERVERSA PERFORMANCE



            Como sabe todo el que me conoce, considero a Bret Easton Ellis no solo uno de los grandes escritores norteamericanos de la segunda mitad del siglo XX, sino uno de los más representativos del tiempo posmoderno. Si en el futuro, o en el más inmediato presente, alguien quiere saber lo que fue la jungla de neón, sexo y coca de los años ochenta, no encontrará mejor referencia que las novelas Menos que cero y Las leyes de la atracción, publicadas en 1985 y 1987, respectivamente. Pero si quiere adentrarse en el esplendor libidinal del glamour y las pasarelas y la orgía tecno-financiera de los noventa, ahí estarán siempre aguardando a los lectores inteligentes novelas como American Psycho (publicada en 1991 y reeditada ahora como celebración anticipada de su trigésimo aniversario) y esa obra suprema que es Glamourama, en 1999, compendio de una década turbulenta y casi de todo un siglo en su final, que fue como un nuevo principio traumático. Y luego vendría Lunar Park, en 2005, pero esa es otra historia que ya conté aquí.
Hace diez años, con motivo de la publicación de Suites imperiales, novela menor para los lectores fáciles y comodones, la mayoría, pero radiografía espectacular del Hollywood íntimo para los fans, dediqué un múltiple homenaje (puede leerse también aquí y aquí) a la figura de este malo irónico de la literatura americana. En tiempos donde la única pandemia incurable es la de la cursilería y el sentimentalismo, la maliciosa mirada de Ellis es un revulsivo moral. Como la navaja de Buñuel o el hacha de Kafka...

[Bret Easton Ellis, Blanco, Random House, trad.: Cruz Rodríguez Juiz, 2020, págs. 251]

Este libro es tantas cosas que espero no dejar ninguna sin mencionar. La parte obvia es que se trata de las memorias parciales del niño malo más mimado de la literatura norteamericana de finales del siglo XX. La parte menos evidente, aunque explícita, es que se trata de un alegato contra la censura, en sus antiguas formas y en sus nuevas variantes, contra el puritanismo, contra la neutralidad expresiva impuesta por las redes sociales y la grosería y vulgaridad correlativas, y, por último, un manifiesto político en favor de la libertad de expresión, sin ambages ni concesiones. Ellis es un furibundo defensor de cualquier opinión por ofensiva o incisiva que pueda resultar respecto de individuos y grupos que han hecho de la victimización un medio de blindarse contra la crítica, el descrédito o el ridículo.
La grandeza literaria de Ellis es inversamente proporcional a la simpatía que pueda suscitar la personalidad de su autor. Así que la ambigüedad de su actitud, esa frialdad mundana o esa negatividad aséptica con que los narradores de Ellis seducen y asquean al lector arrastrándolo a su mundo de obsesiones y fascinaciones banales, constituye uno de los indudables encantos de su escritura. Sería imposible escribir sobre la celebridad y la fama, y las gloriosas imágenes que las difunden por todos los medios, con la artificiosa naturalidad y el desbordante realismo con que Ellis lo hace en sus novelas, y también aquí, sin conocer íntimamente cómo se urden a diario sus orgías publicitarias y cuál es el código maestro con que ese mundo suele regular el juego promocional de sus rutinas, negocios y placeres.
Ahora es el escritor Ellis quien se pone en el centro equívoco de la representación, ocupa el escenario como un actor de sí mismo, con su voz minimalista, sus gestos lacónicos y sus juicios estridentes y maximalistas, y aplica sus técnicas de escalpelo literario a su persona y a todo cuanto la rodea: desde sus novios y amantes, con especial énfasis en su última pareja, un “socialista milenial”, como lo caracteriza Ellis, que no puede soportar vivir en una realidad donde existe una abominación presidencial como Trump, hasta sus amistades, escindidas en dos bandos inconciliables, las que votaron a Trump en 2016 y las que votaron a Clinton pensando que lo contrario era un acto aberrante.
Ellis consigue retratarse sin amaños cosméticos y retratar de paso a una América devastada por el partidismo, la corrección política, la hipocresía, la represión y la persecución en nombre de la superioridad moral de los progresistas. Puede leerse este libro como una novela disfrazada de autobiografía, partiendo de la idea de que la ficción, como decía John Barth, “no es una mentira en absoluto, sino una verdadera representación de la manera en que todos distorsionamos la vida”. De ese modo, vemos que Ellis recurre a la no ficción, como antes hiciera con la ficción en “American Psycho” o “Lunar Park” con similar finalidad estética, para describir su acendrada confusión existencial y expresar lo que no logra entender sobre sí mismo y el mundo bipolar que lo celebró y encumbró siendo un veinteañero para luego darle de palos.
En estas páginas, Ellis encarna con maestría el papel de quejica ocasional, así como el de abusón histriónico, para revelarse a continuación un agudo y corrosivo analista de la América postimperial de las últimas décadas y su espiral mediática, mientras revisa las condiciones especiales por las cuales un personaje irónico como él pudo transformarse, tras morir Andy Warhol, en paradigmático de la vida y la cultura de su tiempo. 

miércoles, 8 de abril de 2020

PANDEMONIO Y CIRCO

  [Publicado ayer en medios de Vocento]

No podía tardar en ocurrir. La sensación de irrealidad se apodera de nosotros a medida que los días y los muertos se multiplican. Todo se vuelve una sombra del pasado. La vida anterior nos parece ya un fantasma irreconocible. Es el precio simbólico a pagar. No se toma la decisión de parar el mundo en vano. Este gesto tiene consecuencias sobre una realidad basada en el movimiento y la circulación, el flujo infinito. Este parón brutal invita de pronto a la gente a pensar sobre lo que están viviendo y sobre la incertidumbre que les aguarda al final de la noche. Que se preparen los responsables de la nefasta gestión.
Nada más siniestro, en este contexto, que esos programas de televisión realizados desde casa, con presentadores e invitados de lujo exhibiendo su encierro cotidiano. Vuelven a la pantalla porque el vacío mediático es insoportable y el reclamo publicitario también. Pero hasta el retorno forzoso resulta irónico. En ese circo zombi de imágenes y conexiones domésticas se escenifica el fúnebre adiós a lo que fuimos antes de la cuarentena. Hartos de los mensajes de los ventrílocuos, cuánto echamos de menos a los intelectuales aguafiestas de antaño. Todo el sistema pretende preservar la apariencia de continuidad más allá del marasmo evidente. Y, sin embargo, la desconexión mental es tremenda. Nadie olvida que detrás del grado cero del espectáculo televisivo late el espantoso horror de hospitales y tanatorios.
Contadas voces cuestionan, no obstante, cómo hemos llegado a esta situación terrorífica. La sociedad del control total y la máxima seguridad no ha servido para prevenir una catástrofe de este calibre global. Una de dos. O tenemos los peores gobernantes de la historia, o esto del coronavirus es un gol que les ha colado a todos los gobiernos un supervillano bromista y ecologista invocado por los gritos de Greta Thunberg. Un megaterrorista planetario que ha lanzado un ataque implacable contra el punto más débil del sistema. Los tiempos cambian, sí, y nada será igual después, predicen los agoreros. El escenario es incierto. Como si la historia se estuviera reseteando en plan diabólico para imponer el modelo chino en todas partes. Y tragamos saliva para conjurar el miedo y la angustia ante lo que se nos viene encima. Cuando acabe el recuento oficial de muertos, quizá comprendamos que hemos vivido una nueva guerra mundial. Una guerra donde, por primera vez, el enemigo somos nosotros mismos. Tenemos mucho que aprender aún acerca del futuro.