martes, 27 de diciembre de 2011

DAVID FOSTER WALLACE: ELOGIO DE LO INACABADO


Una obra inconclusa enfrenta siempre al lector a la gran pregunta de la literatura. ¿Qué es una obra acabada? En el fondo la respuesta importa menos que la pregunta. Lo que de verdad importa es saber que aunque la novela que sostenemos entre las manos hubiera sido terminada por su autor la sensación de que aún estaba incompleta seguiría rondando su lectura. La cuestión, como sabía Flaubert, es que la idea de terminar es una tontería. Lo inacabado es un valor estético añadido por el que la obra individual puede abrirse al infinito de lo posible y no replegarse sobre sí misma. Podría citar muchos ejemplos de novelas inacabadas que han pasado a la historia del género como obras maestras: Bouvard y Pécuchet, de Flaubert, El proceso y El castillo, de Kafka, o El hombre sin atributos, de Musil. Y otras como Petróleo, de Pasolini, Tiempo de destrucción, de Martín Santos, 2666, de Bolaño, o Cuerpos divinos, de Cabrera Infante, que, sin rayar a esa altura estética, son obras fascinantes para el lector sin prejuicios.
Con El rey pálido (Mondadori, 2011, con magnífica traducción de Javier Calvo), de David Foster Wallace, pasa algo parecido. Uno tiene la convicción de que es una novela literalmente interminable y que Wallace supo esta verdad antes de morir, tuvo la aguda conciencia de que nunca la terminaría y podría pasarse el resto de su vida acumulando capítulos sin llegar a completar el retrato integral de los personajes envueltos en la trama inasible de esta novela expansiva e inagotable, absorbente como el papel secante, parasitaria, vampírica. Hay mucha información en esta novela que autoriza a pensar esto. Una novela inacabada sobre la burocracia fiscal y la mentalidad capitalista, sobre el trabajo mecánico y la falta de creatividad, sobre el dolor individual y la desesperación de vivir, sobre la frustración y la inutilidad, es un puro reflejo, desde luego, de sus temas dominantes. Pero El rey pálido es también una novela de una vitalidad estilística y un sentido del humor apabullantes, con una capacidad excepcional de observación de las formas de vida y de exploración lingüística de la conciencia moral de una época y una cultura y unos individuos, los directivos y trabajadores de la Agencia tributaria de Peoria, Illinois, a mediados de los ochenta, que no tiene equivalentes en la literatura norteamericana coetánea. Para empezar, Wallace escribe mejores diálogos, mucho más inteligentes y expresivos, que todos sus colegas de generación, más vivos e ingeniosos que Tarantino, desde luego, y todos los guionistas de las mejores series de televisión reunidos. Y tiene un poder portentoso para penetrar con el lenguaje en los estratos más recónditos de la conciencia humana, con frases infinitas, de un virtuosismo mozartiano, en ese búnker donde el yo herido mantiene un monólogo introspectivo permanente consigo mismo, y, por si fuera poco, para jugar con las múltiples máscaras del yo (esas cómicas duplicaciones de “David F. Wallace”, falso autor de unas falsas memorias aún más falseadas por las constricciones y los imperativos legales) hasta desconcertar a los defensores a ultranza de la teoría autobiográfica y a los del “pacto ambiguo”, por supuesto, y a cualquiera de sus adversarios de la metaficción en diferentes grados y niveles o de la hiperficción maximalista.
En este sentido, El rey pálido es una novela depresiva y triste, como la existencia de los kafkianos “pasapáginas” que la pueblan con sus problemas morales, y, al mismo tiempo, hilarante y grotesca, sobre la importancia del aburrimiento como “clave de la vida moderna” y sobre la importancia del arte y de la literatura, en especial, como forma de conocimiento y de atención y concentración en un mundo entregado al entretenimiento y la distracción programática. Como dice un personaje: “las cosas importantes no son obras de arte hechas para entretenerte”. Porque esta novela excéntrica y excesiva cuenta una “cosa importante” de la historia americana reciente que supone también un cambio fundamental en la del mundo contemporáneo: el triunfo de la tecnocracia capitalista sobre la burocracia estatal, de la tecnología corporativa y los androides que se ponen a su servicio sobre los seres humanos que hacen el trabajo más ingrato conforme a patrones estadísticos de acierto y error. A su manera fragmentaria y elíptica, El rey pálido narra el momento en que la agencia tributaria decidió sustituir la gestión humana de los recursos por el control de las máquinas para garantizar no solo su eficiencia sino, sobre todo, su rentabilidad. Los beneficios ingentes que podían extraerse explotando en el mercado la recaudación tributaria. Porque en esa mutación ideológica neoliberal que redefinía los medios y los fines del sistema en plena era Reagan, y esto es lo más importante de todo, está el origen (ideológico y funcional) de la actual crisis financiera. El rey pálido nos hace ver esto con insuperable ironía y devastadora lucidez. Como El castillo de Kafka, con la que guarda afinidades aún inexploradas, es una alegoría terminal sobre el poder de la burocracia y el fin de ese poder encarnado en hombres cuya autoridad es tan endeble y volátil como el papel en que está escrita con signos más que perecederos.
Algunos críticos han mencionado el “Bartleby” de Melville como referente posible de la novela. En todo caso se trataría de un “Bartleby” reescrito al estilo enciclopédico y digresivo del Tristram Shandy de Sterne y el Bouvard y Pécuchet de Flaubert (novelas más interminables que propiamente inacabadas), y tomando en cuenta, además, las lecciones sobre burocracia opresiva aprendidas en otras dos novelas inconclusas de Kafka (lo mismo para El proceso y El castillo). El producto final es un memorable enredo burocrático, aún más hilarante y delirante que el original, plagado de diálogos ingeniosos y digresiones sobre motivos banales observados con perspectiva excéntrica y análisis extravagantes de la realidad y enumeraciones exhaustivas y descripciones casi notariales sobre cualquier elemento relacionado con los múltiples personajes y los heterogéneos espacios de la novela. Por todo ello, podría afirmarse que Wallace consuma de modo paradójico la tradición narrativa que, partiendo de Melville (además de “Bartleby”, no conviene olvidar El hombre de confianza), se prolonga en las grandes novelas de Gaddis y DeLillo, centradas en el mundo de las corporaciones y los negocios así como en la burocracia estatal como baluartes de una ideología social americana hoy globalizada, sin olvidar la festiva influencia de Pynchon, demasiado ácrata para vestirse el uniforme de oficinista decimonónico o yuppie de los ochenta aunque sea en la ficción, pero no para desmontar la mitología puritana del dinero, la propiedad y la riqueza.
Todo esto para decir, en suma, que El rey pálido, con todas las diferencias entre una novela de esta categoría literaria y un producto cultural de masas, podría considerarse una versión arqueológica y una genealogía narrativa del mismo fenómeno que Matrix contó en clave prospectiva, como una extrapolación del futuro.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

BOUTIQUES Y BARRICADAS


Como sabemos, uno de los asuntos cruciales del siglo XXI es el urbanismo. No es que este no haya sido siempre un aspecto fundamental, pero es ahora cuando las motivaciones económicas han convertido la apariencia estética y la normalización de las ciudades en una prioridad de las políticas municipales. Así, por poner un ejemplo significativo, en las últimas dos décadas, bajo el eslogan de democratizar el espacio urbano, hemos asistido a la transformación degradante de Manhattan, corazón de una ciudad tan emblemática como Nueva York, en una especie de Disneylandia para turistas.
Durante siglos las ciudades admitieron dos perspectivas: la de sus variados habitantes y la de sus no menos variados visitantes. La tendencia urbanística reciente en las ciudades occidentales ha logrado anular la diferencia de perspectiva entre el ciudadano y el turista hasta extremos irrisorios. Cualquiera es hoy tan turista en la ciudad donde habita como en la ciudad adonde el azar, la necesidad o el deseo de evasión le han llevado de viaje por unos días. No nos engañemos, una ciudad peatonal, en Nueva York, en Londres, en Madrid, en París o en cualquier otra parte del mundo, no es una ciudad más cívica, ni más democrática, no es una ciudad pensada por sus ediles para los ciudadanos que pagan impuestos y se ven impedidos a diario en el desempeño de sus tareas por normas de acceso cada vez más restrictivas. Es una ciudad entregada al turismo, un espacio urbano concebido a la medida de todas las formas conocidas de explotación turística, es decir, un simulacro dedicado a convertir a todos los ciudadanos, estén o no de paso, en turistas integrales.
Si hay una ciudad en el mundo que ha experimentado este conflicto de manera precursora es París. El espacio público del París del siglo XXI, como dice Eric Hazan en este estupendo libro (París en tensión, Errata Naturae, Madrid, 2011) que amalgama historia y urbanismo, política y sociología, literatura y pensamiento, se divide en dos tipos bien delimitados por fronteras no siempre visibles. De un lado, el espacio neutro y el no-lugar de sus zonas céntricas, cada vez más parecido al entorno comercial de un aeropuerto, esas tiendas duty-free donde se falsea hasta la idea misma de comercio. Y, del otro, la periferia: el lugar donde los expulsados de la ciudad, los marginados, los excluidos, los pobres, en suma, solo aguardan el momento de montar sus barricadas defensivas contra un poder policial y municipal que los relega cada vez más al extrarradio de la supervivencia.
Hazan publicó a comienzos de la década pasada un magnífico libro (La invención de París, inédito en español) donde ya daba cuenta de la historia clandestina del espacio urbano de una metrópoli que ha alimentado al mismo tiempo los sueños más banales del turismo mundial y los más grandiosos acontecimientos de la historia europea moderna. Y nos descubría, barrio a barrio, calle a calle, el paisaje fascinante de una ciudad a menudo olvidada a la que llamaba “el París rojo”. El París de las grandes sublevaciones populares, como la Revolución de 1789 y las insurrecciones obreras de 1830 y 1848 hasta culminar, en 1871, en el glorioso estallido revolucionario de la Comuna. Y un siglo después, como epílogo a esta tumultuosa historia de rebeldía política, “Mayo del 68”: la primera “revolución moderna”, según Hazan, ya que no pretendía tomar el poder sino sacudir conciencias.

Pero existe otro París, igual de importante, el París de la literatura francesa, que tampoco figura en muchas guías turísticas autorizadas. El París medieval de Villon, borrado del mapa por la barbarie inmobiliaria de los sesenta, el París de los románticos, el de Balzac, Victor Hugo y Zola, el de Proust, los surrealistas como Breton y los situacionistas como Debord y compañía. Entre todos ellos sobresale el retrato melancólico de la capital del siglo XIX realizado por Baudelaire. Fue Baudelaire, precisamente, quien estableció el vínculo más productivo entre la desenfrenada vitalidad de la calle y la creatividad literaria, inaugurando así la sensibilidad moderna, entendida como fascinación estética con esa promiscuidad de espacios, tiempos, culturas y cuerpos que, por conveniencia, solemos llamar ciudad.
“La forma de una ciudad cambia más deprisa, ay, que el corazón de un mortal”,  se quejaba Baudelaire en su poema “El cisne”, lamentando la desaparición del viejo París. En este libro, Hazan nos recuerda con inteligencia y erudición que detrás de todos esos cambios acelerados de las ciudades posmodernas hay un cerebro, una planificación especulativa y un programa económico y político, pero también un corazón insurgente. El de todos los que, sin nostalgia, se resisten a ellos.

sábado, 19 de noviembre de 2011

LA SONRISA DE BARTLEBY EN LA JORNADA DE REFLEXIÓN


El «contrato social» representaba idealmente la parte de soberanía que el ciudadano enajena en beneficio del Estado, pero, hoy en día, de lo que se desembaraza para conservar su soberanía es de su propia parte enajenada.
Un poco como en otro tiempo se confiaba la gestión del dinero a los judíos y usureros, así nosotros nos hemos sacado de encima las bajas tareas de gestión y representación transfiriéndolas a una corporación por esto mismo maldita e intocable, que dispone de sus beneficios en forma de «poder».
Decirse servidores del pueblo y de la nación no les parece acertado. Tienen a su cargo, en efecto, una función servil, tradicionalmente servil: la de administrar las cosas. ¡Dios los proteja y cuide de ellos!
Este descrédito resurge en el proceso ininterrumpido que se ha iniciado contra la clase política, en esa incesante moción de censura a la que esta clase no puede responder; desaprobación que suena como invitación al suicidio, único acto político digno de este nombre.
Soñamos con ver a la clase política dimitiendo en bloque, porque soñamos con ver lo que sería de un cuerpo social sin superestructura política (como soñamos con ver lo que sería de un mundo sin representación): formidable alivio, formidable catarsis colectiva.
En cada juicio, en cada cuestionamiento público de un político o un hombre de Estado, resurge esa exigencia milenarista -siempre defraudada, claro- de un poder que se pronuncie contra sí mismo, que se desenmascare a sí mismo, dando paso a una situación radical, inesperada –desesperada, sin duda-, pero de donde sería barrido el campo inextricable de la corrupción mental.
Sin embargo, ese arte de desaparecer, esa disposición al desdibujamiento y a la muerte –que es propiamente la soberanía-, han sido olvidados por los políticos hace mucho tiempo (en ocasiones, ellos son recordados por el sacrificio involuntario de sus vidas). Su único objetivo sigue siendo la reconducción de su clase y sus privilegios (?), con nuestra total complicidad, hay que decirlo, justificada en el hecho de que son el instrumento perverso de nuestra soberanía.
Aguardamos siempre del político una confesión de su inutilidad, de su duplicidad, de su corrupción. Esperamos siempre una desmitificación final de sus discursos y de sus costumbres. Pero, ¿la soportaríamos? Porque el político es nuestra máscara, y si la arrancamos corremos el riesgo de encontrarnos con una responsabilidad en crudo, la misma de la que nos hemos despojado para su beneficio.

Felizmente, [al ciudadano] le quedan el espectáculo y su disfrute irónico. Pues nosotros, políticamente confinados, y al no poder ser sus actores, primero que nada debemos ofrecernos lo político como espectáculo. Según Rivarol, ya ocurría así con la Revolución: el pueblo quería hacerla, por supuesto, pero ante todo quería asistir al espectáculo que daba.
También es, por lo tanto, una ingenuidad dolerse de los pueblos condenados a la «sociedad del espectáculo». Están alienados, sin duda, pero su servidumbre es de doble filo. Y ahí, en esa conjunción de indiferencia y goce espectacular de lo político, hay una forma maliciosa de revancha.

Jean Baudrillard

(“¿Por quién doblan las campanas de lo político?”, en El pacto de lucidez o la inteligencia del Mal, Amorrortu editores, trad.: Irene Agoff, Buenos Aires, 2008 (2004), pp. 164-165 y 167-168.)

Ilustraciones: Carlos Aires

viernes, 11 de noviembre de 2011

EL ESPEJO Y LA MÁSCARA


Tiene razón Manuel Alberca cuando dice en este valioso estudio (El pacto ambiguo, Biblioteca Nueva) que la autoficción es un “experimento genético” surgido de la combinación de rasgos genéricos de la novela y la autobiografía. Tiene razón en la medida en que la aparición de la autoficción en el panorama literario de las últimas décadas responde tanto al agotamiento de modelos narrativos como a la modificación de los modos de vida en las sociedades occidentales. Por así decir, muchos autores han sentido que la debilidad de los formatos de ficción sumada a la demanda comercial de obras donde se afirmen realidades tangibles con las que estabilizar las coordenadas culturales en que se mueve la incierta vida del lector contemporáneo, favorecían esta intersección literaria de lo ficcional (débil) y lo biográfico (fuerte).
Por tanto, el interés reciente por lo autobiográfico debería entenderse no como una corriente intelectual más, enmarcada en el descrédito postmoderno de los grandes relatos, sino como un subproducto del nominalismo cultural, y también de un cierto filisteísmo artístico, todo sea dicho, por el que desde hace años se reivindica la superioridad de los hechos y los referentes empíricos sobre las grandes construcciones simbólicas surgidas de la inteligencia, el conocimiento o la imaginación. Hasta el punto de que Bolaño sintió la necesidad de ridiculizar los excesos autobiográficos en boga con esta sentencia provocativa: “no tengo nada en contra de las autobiografías, siempre y cuando el que la escriba tenga un pene en erección de treinta centímetros”.
La novela española que confirmaría esta sugestiva idea es El año que viene en Tánger, de Ramón Buenaventura, cuyo protagonista posee una envidiable vida erótica que justificaría de sobra el cotilleo compulsivo y la chismografía en que suelen degradarse algunas lecturas autobiográficas al uso. Lástima que Alberca no dedique más atención a esta paradigmática novela y prefiera analizar en profundidad modelos mayoritarios (Cercas, Vila-Matas, Marías, etc.) que corroboran de antemano todas y cada una de sus tesis críticas. Tampoco habría estado mal, para sacarnos de dudas, que hubiera decidido aplicar su rigurosa metodología a otras literaturas.  

En otro sentido, quizá las ciencias cognitivas, y la relectura polémica que hace de ellas un pensador de tanto carácter como Slavoj Zizek, podrían aportar una luz nueva a este debate interminable sobre la problemática presencia del yo del autor en sus obras. Según Antonio Damasio, reconocido especialista en el funcionamiento del cerebro humano, existe una pugna permanente en nuestra conciencia subjetiva entre el “yo singular” (lo que realmente somos, queremos y deseamos) y el “yo autobiográfico” (el relato organizado conforme a categorías normativas de lo que creemos ser). Estas dos modalidades padecen una confrontación dialéctica en cada individuo, como dice Zizek, de modo que la primera “identidad” pone siempre en cuestión las componendas y amaños racionales de la segunda. Si extrapolamos estas consideraciones cognitivas al ámbito de la literatura, lo mismo en la lírica que en la narrativa, observaremos que el “yo singular” estaría abocado al ejercicio rebelde de la ficción, es decir, al campo de expansión del deseo y la fantasía, desbaratando las pretensiones miméticas de su contrincante; mientras el “yo autobiográfico”, su rival encarnizado, se vería circunscrito, por su alianza con los poderes externos, al territorio de lo veraz, lo íntimo y necesario como triunfo del principio de realidad sobre el principio de placer.
Para Zizek, en consecuencia, no hay duda de que el yo es una impostura conflictiva, una invención que causa efectos, positivos y negativos, sobre la realidad en la que se inscribe. El auge reciente de la autoficción, diseccionado por Alberca con precisión clínica, podría entenderse así como una tentativa ambigua tanto de limitar el poder liberador de la ficción como de liberar la narración del corsé o la mordaza de lo (auto)biográfico. En definitiva, será el lector quien decida qué prefiere: una narrativa narcisista apegada a las realidades definidas por el código civil, la partida de nacimiento, el libro de familia o el carné de identidad; o narrativas, como las de Pynchon, el escritor sin biografía ni imagen pública, que son pura celebración del potencial subversivo de la ficción sobre el orden de la realidad.

jueves, 27 de octubre de 2011

UNA SÁTIRA IRLANDESA


El pasado 5 de octubre se celebró el primer centenario de Flann O´Brien, uno de los novelistas más originales e inventivos del siglo XX y también de los menos conocidos. Un verdadero genio del humor literario que ha influenciado a maestros de la novela cómica y metanarrativa como Cabrera Infante, Gilbert Sorrentino, Julián Ríos y William Gass, por citar sólo algunas cumbres del género. Aún recuerdo el pasmo con que leí En Nadar-dos-pájaros, allá por 1989, cuando Edhasa se atrevió a editar este libro genial por primera vez en español en medio de un clima de opinión literario que no parecía muy propicio a estos excesos narrativos, a pesar de la nota entusiasta de Borges, uno de sus primeros lectores hispanos, reproducida en la contraportada ("He enumerado muchos laberintos verbales: ninguno tan complejo como la novísima obra de Flann O´Brien: At Swim-Two-Birds"). Desde entonces, lo he releído íntegro al menos en dos ocasiones, para no olvidar lo que puede la literatura cuando no se deja domesticar por los lugares comunes, y no pasa un año sin que relea algún fragmento, comenzando por el principio, entre los más sorprendentes de la historia de la literatura. Y no sólo porque incluya una reflexión tan provocativa como ésta: “Que un libro tuviese un principio y un final era una cosa con la que yo no estaba de acuerdo. Un buen libro puede tener tres aperturas completamente distintas e interrelacionadas sólo por la presciencia del autor, o en realidad cien veces otro tanto de finales”. Un mundo donde no se lea ya a autores como O´Brien me parecería una pesadilla. Aún peor que una cárcel. Espero que no sea ese el futuro que nos aguarda. Como conjuro y homenaje a su figura, publico un artículo sobre su última novela, The Dalkey Archive, que como algunos saben es también el nombre de la prestigiosa editorial norteamericana donde se publican, no por azar, muchos de los libros más creativos de la literatura mundial.

¿Quién es Flann O´Brien?, se preguntará el lector inquieto. Si se le responde que es el seudónimo con que Brian O´Nolan (1911-1966) firmó cinco novelas, parecerá insuficiente si no se añade enseguida que O´Brien es el tercero en discordia, junto con James Joyce y Samuel Beckett, de la nómina de grandes escritores irlandeses del siglo XX. Sin olvidar que también utilizó el seudónimo gaélico Myles na gCopaleen para publicar crónicas y artículos en diversos periódicos locales. Siendo funcionario gubernamental, O´Nolan tuvo que recurrir a estas argucias nominales para preservar su libertad creativa y no quedarse sin trabajo.
Si hay algo importante que el lector deba saber sobre este extraordinario escritor no es sólo que tuviera un gran sentido del humor, como suele decirse, una fina ironía o una incisiva mordacidad. Eso no bastaría si no consideráramos a O´Brien como un destilador excepcional del mejor whisky literario irlandés, el gran continuador de la tradición narrativa de Jonathan Swift, Laurence Sterne y James Joyce. Como prueba su exorbitante trilogía cómica: En Nadar-dos-pájaros (At Swim-Two-Birds, 1939; Edhasa, 1989, y Nórdica, 2010), su obra maestra absoluta; El tercer policía (1967; Montesinos, 1987, y Nórdica, 2006), inventiva y fantástica; y Crónica de Dalkey (The Dalkey Archive, 1964; Nórdica, 2007), la última escrita y publicada por su autor y, junto con la primera, la más hilarante, una suerte de recapitulación irónica de toda la obra de O´Brien.
¿En qué consiste la originalidad de esta novela cómica? Si sólo dijera que se trata de una sátira ferozmente divertida de la identidad tradicional irlandesa, quizá me estaría precipitando. La trama es aparentemente simple: Mick Shaughnessy, un atribulado joven funcionario dublinés, apenas un trasunto biográfico del autor, se debate entre el amor por su novia Mary (una joven moderna con la que mantiene unas conflictivas relaciones), sus acendradas preocupaciones religiosas e intelectuales y su desmedida afición al alcohol.
Por si fuera poco, dos personalidades carismáticas influirán en la tortuosa progresión de Mick hacia la solución de su ecuación vital. De un lado, el físico loco De Selby, y, del otro, el supremo artífice James Joyce. De Selby fue inventado en El tercer policía, donde ya obsesionaba al protagonista con sus experimentos patafísicos (la influencia de Alfred Jarry es también notable en O´Brien). En Crónica de Dalkey, De Selby se muestra como creador de un poderoso gas con el que logra anular el tiempo. Gracias a esto, vive en una conversación permanente con algunos patriarcas y santos de la iglesia debatiendo cuestiones bíblicas y teológicas fundamentales. Para probar su método, De Selby consigue arrastrar a Mick y a su amigo Hackett a una cueva submarina donde tienen oportunidad de mantener una charla desternillante nada menos que con San Agustín. El único problema es que De Selby planea destruir el mundo y, sobre todo, exterminar a sus inmundos habitantes.
No obstante, los pasajes más memorables, por el uso de la parodia y la broma burlona, corresponden a la “resurrección” de James Joyce. La novela ocurre en los años sesenta así que es comprensible el estupor que causa en Mick el descubrimiento casual de que Joyce no está muerto sino que vive de incógnito en un pueblecito costero cerca de Dublín, dedicado a la hostelería y las tareas parroquianas más pedestres. Este anciano modesto y piadoso reniega ahora del Ulises, atribuyendo su autoría a una conspiración de falsarios, ignora la existencia misma del Finnegans Wake y sólo muestra algún aprecio por el costumbrismo de Dublineses. En un ingenioso giro final, Joyce consigue ser admitido en la Compañía de Jesús con el fin de zurcir la desgastada ropa interior de los jesuitas.
Esta apostasía y degradación del gran patriarca de la literatura moderna, la derrota fáustica del científico De Selby y la claudicación final del héroe de la novela ante las imposiciones de una paternidad putativa y un matrimonio de conveniencia, con el dominio incontestable de la estupidez policial y sacerdotal sobre la sociedad como telón de fondo, son las notas más cáusticas de esta sátira de la regresiva Irlanda de su tiempo. Una sátira menipea, como las de sus maestros Swift y Sterne, dotada de la más extravagante vitalidad y carnavalesco sentido de la comedia humana. 

jueves, 20 de octubre de 2011

LA LITERATURA COMO CONTRADISCURSO


Si es usted de cabello rubio y de ojos azules, debe leer este libro. No se asuste, es por su bien. Si no lo es, aún más, por simples motivos de seguridad. Si está usted, por desgracia, en el primer grupo de lectores, tiene muchas probabilidades de ser secuestrado por unos desconocidos también rubios y de ojos azules, golpeado en el pecho con un martillo de hielo hasta forzar la confesión de su corazón, la identificación de su nombre universal y el ingreso automático en la cofradía del Hielo en compañía de innumerables hermanos y hermanas de las mismas características raciales y espirituales. Si no está usted en ese grupo de privilegiados genéticos, corre el riesgo de morir tras incontables padecimientos y ser desechado después como una “máquina de carne”, un muerto viviente, inservible y rapaz.
Todo esto es una broma, naturalmente, una presentación de los conceptos de ficción con que el intempestivo Vladimir Sorokin se ha tomado muy en serio en esta novela (El hielo, Alfaguara, 2011) las tramas ocultistas que, atravesando todo el siglo XX y desembocando en el XXI, han conspirado y  conspiran para imponer una nueva espiritualidad, una nueva forma de religión fundada sobre el amor fraterno, la irracionalidad emocional y la dictadura del corazón. Esta confabulación sentimental inventada por Sorokin no es, como el nacionalismo, el neoliberalismo o el fundamentalismo, un subproducto más de la postmodernidad, una secuela alarmante de las estructuras de relación y explotación y la ideología espectacular de las últimas décadas. Es algo mucho más complejo y más antiguo. Comenzó hace un siglo, en 1908, con la caída del meteorito de Tunguska, prosiguió bajo los nazis y los estalinistas, infiltrando sus cuadros y élites, y alcanzó el momento climático, gracias a las nuevas posibilidades económicas, en la era postsoviética. De este turbulento período, por cierto, esta parábola a la vez política y fantástica ofrece una caricatura implacable: corrupción sistémica, mafias grotescas, capitalismo omnímodo, subculturas de importación, prostitución extendida, alienación urbana, idolatría pecuniaria, poder autoritario, crímenes impunes, adicciones evasivas, etc.
Sorokin es un gran provocador, un feroz escritor satírico, un cáustico “hijo de Putin”, por lo que la invención de esta suprema trama conspiranoica de filiación racista le permite poner en escena, bajo el disfraz de géneros como la ciencia-ficción o el thriller high-tech, una crítica devastadora de las versiones oficiales de la historia rusa y los espurios anhelos de espiritualidad engendrados por las catástrofes históricas, el horror totalitario y el explosivo presente capitalista. Esto da una idea de la ambición absoluta de esta trilogía titulada en su edición americana Hielo, de la que Alfaguara ahora edita sólo la segunda parte homónima, publicada en 2002 y revisada en 2008 por el propio Sorokin, incorporando algún capítulo nuevo, tras completarla con otras dos novelas posteriores. Es una lástima, en este sentido, que una de las obras literarias más valiosas y  fascinantes del nuevo siglo (a la altura del Contraluz de Pynchon, donde, por cierto, también juega un papel significativo el incidente de Tunguska, hermosa coincidencia), no haya podido publicarse en español en su integridad (694 páginas), como sí ha hecho en inglés este mismo año, con encomiable acierto, la New York Review of Books.
No obstante, bastaría con la lectura de esta novela magistral para hacerse una idea satisfactoria del conjunto. Podría decirse, incluso, que la primera novela del ciclo (Bro) y la tercera (23,000) están incluidas aquí, en la segunda y la tercera parte de El hielo, de manera fragmentaria y alusiva. De un lado, el relato del hallazgo del meteorito que en los años cuarenta le transmite Bro, su científico descubridor, a Jram, la matriarca visionaria que regirá más adelante la hermandad del Hielo, y la extravagante génesis del cosmos que le sirve de fundamento. De otro, las voces de los privilegiados usuarios del misterioso videojuego EL HIELO, evocando al final de la novela, una tras otra, la visión sublime de una isla rocosa donde veintitrés mil cuerpos desnudos, de ambos sexos, se dan la mano como hermanos y entonan veintitrés veces las veintitrés palabras sagradas que restituyen el mundo a la nada literal y los transforman en Luz Eterna, devolviéndolos a su incandescente origen.
La consumada ironía de Sorokin se detecta en su decisión de alegorizar esta conjura celestial con la metáfora del Hielo. Para imponer los dictados del corazón y negar los males históricos de la razón, el instrumento empleado por los conspiradores es un martillo fabricado con el hielo extraterrestre extraído del meteorito siberiano. Con él golpean sin piedad el pecho de los elegidos a fin de forzarles a recobrar su identidad sobrenatural anterior a la caída en el reino caótico de la materia oscura, como diría uno de los muchos imitadores del anacrónico Tolkien o, en su defecto, del contemporáneo Martin. Lo sarcástico es que, detrás del paroxismo de los sentimientos, de la coagulación cordial que religa a los androides morales de la hermandad del Hielo, acecha, apenas oculta, una máscara tan frígida como siniestra. La máscara de la muerte y la destrucción que algunos llaman Eternidad, otros Absoluto. El rostro abrasivo del nihilismo.
Sorokin había dado ya pruebas logradas de su virtuosismo estilístico, al servicio siempre de una visión carnavalesca y truculenta de la historia, la política y la realidad social de su país (La cola, Manteca de cerdo azul, El día del oprichnik). En este ciclo novelesco, en cambio, apareando a tergo Los demonios de Dostoievski con las ficciones más visionarias de Dick, da un salto cuántico como escritor y se instala de pleno en el corazón cultural y tecnológico del presente mundial para construir, con armamento literario muy sofisticado, una fantasía paródica sobre las ilusiones afectivas y las mitologías inconscientes de armonía y paz que lo sustentan. El fermento genuino del fascismo, siempre latente y peligroso, como mostró Ballard en sus últimas novelas. Con este bagaje, Sorokin parecería atender a los análisis de Mark Dery sobre la nociva fusión de gnosticismo filosófico y religioso y alta tecnología que ya se vislumbraba a finales del siglo pasado como credo emergente del nuevo milenio: las sectas proliferantes como setas venenosas, el tóxico discurso New Age, el fundamentalismo cristiano y musulmán, los cultos fanáticos de todo pelaje, pero también la reactivación de ciertas creencias tradicionales en formatos actualizados dentro de las coordenadas del capitalismo mediático. El programa ideológico es en todos estos grupos y movimientos muy similar: el cuerpo es un obstáculo para la realización espiritual, los seres humanos se dividen entre vivos y muertos en función del grado de "conexión anímica" que compartan, la historia humana es un residuo abyecto de las pasiones obtusas y bajos instintos de la carne, la razón una aberración de la inteligencia y la misma creación del planeta y la vida producto de un error catastrófico y no una deliberada proyección del bien sobre la materia. ¿Alguien da más?
Sí, Sorokin, que en esta trilogía imprescindible transfigura todo este dudoso material de raíz neoplatónica en combustión novelística del más alto nivel estético, demostrando que la mejor literatura, al revés de lo que creen los iluminados de la novela, los lectores banales y los mercachifles de la edición, no es “papel muerto”, ni perpetuación de valores conformistas, ni mucho menos la “locura silenciosa de pasar hojas de papel cubiertas de letras”, sino el contradiscurso más poderoso de cualquier manifestación de demencia individual o colectiva. Una garantía de salud mental.

viernes, 14 de octubre de 2011

BAUDELAIRE ES EL PUTO AMO


Mais j´ai un de ces heureux caractères qui tirent une jouissance de la haine, et qui se glorifient dans le mépris. Mon goût diaboliquement passionné de la bêtise me fait trouver des plaisirs particuliers dans les travestissements de la calomnie. Chaste como le papier, sobre comme l´eau, porté à la dévotion comme une communiante, inoffensif comme une victime, il ne me deplairait pas de passer pour un débauché, un ivrogne, un impie et un assassin.

-Hypocrite lecteur, -mon semblable, -mon frère!

Baudelaire


Este magnífico libro de Roberto Calasso (La Folie Baudelaire, Anagrama, 2011), por su misma concepción, no es exactamente un libro, o no funciona sólo como tal. Por el fetichismo de sus citas y referencias, la riqueza de sus percepciones y la viveza informativa que transmite, más parece un abarrotado gabinete de coleccionista, una biblioteca bohemia de proporciones infinitas, una galería virtual de imágenes y palabras extraídas de un desván prodigioso donde se atesoran como riquezas insólitas de una cultura quizá en trance de desaparición.
Como lector entusiasta, uno pasea por estas salas repletas de cuadros y libros con la misma excitación recreativa y la misma morosa lentitud con que el flâneur de Baudelaire recorría, con o sin la asistencia de una tortuga para medir la velocidad del paso, las galerías comerciales de su tiempo, impregnándose de las imágenes y las sensaciones que prodigaban en masa los fastuosos escaparates, las mercancías expuestas y la multitud bulliciosa de los transeúntes. Con razón dice Calasso que la lectura de Baudelaire no es, ni fue nunca, una mera experiencia literaria. Antes bien, la incorporación íntima de un nuevo sistema nervioso, una nueva sensibilidad refinada por los estímulos y tentaciones del abigarrado mundo moderno. Esta lección estética, inscrita en otro nivel de vida, sigue intacta hoy, en una época donde el espacio urbano expandido y la dimensión mediática que le sirve de proyección publicitaria hacen del mundo una gigantesca galería comercial de efectos estupefacientes sobre la sensibilidad.
En otro sentido, la poderosa corriente eléctrica que magnetiza el enciclopédico contenido del libro la suscita el encuentro de dos textos significativos en el núcleo de su trama intelectual. El cruce de visiones cifradas en esos textos produce, a pesar de su estratégico alejamiento, una fuerte imantación. Me refiero al escabroso sueño epistolar de Baudelaire, de un lado, y, de otro, a la única reflexión crítica que Sainte-Beuve, la encarnación paradójica del árbitro literario en su faceta más odiosa y necesaria, dedicara a Baudelaire cuando éste, en un gesto de audacia inaudita, se atrevió a presentar su candidatura a la Academia. Es como si se nos diera la oportunidad narrativa de ingresar en el mismo mundo por diferentes puertas, focalizando la mirada en protagonistas distintos, produciendo un efecto de perspectiva estereoscópica alucinante. Calasso, por su parte, enmarca esas perspectivas desde una posición omnisciente que ensancha la visión hasta hacerla global. Esta prismática superposición de puntos de vista es uno de los grandes aciertos “cinematográficos” del libro.
El decadente mundo de Baudelaire, ese mundo de todos y de nadie, solitario y a la vez promiscuo, ese burdel literario de criaturas de perdición, es contemplado así desde la experiencia interior del poeta, tenebrosa y atormentada, y desde la externa del crítico, distante y fascinada. En el relato onírico e irónico de Baudelaire, precursor de Kafka en unas cosas, de Lynch y de Cronenberg en otras, se representan, como en un jeroglífico autobiográfico, todos los traumas, complejos y debilidades de un artista ambicioso y original que no veía reconocida la grandeza de su espíritu y sensibilidad (ni siquiera por los 260 lectores que componían el público literario francés en aquella época, según declara, no sin ironía, el arriesgado editor de Les Épaves en la nota de advertencia que precede a este volumen de 1866, donde se incluyeron todos los poemas “del Mal” condenados por la censura en 1857). En la crítica de Sainte-Beuve, en cambio, encontramos esa fecunda combinación de aprecio y desprecio, atracción y rechazo, que permite aquilatar el valor singular de una obra en relación con su tiempo, desde luego, pero también con esa posteridad artística a la que Baudelaire aspiraba con todo merecimiento.
Por otra parte, otro gran mérito del libro consiste en lograr comunicar entre sí, alterando la línea cronológica, a artistas y escritores que formaron parte de la “ola Baudelaire”. Esa onda tempestuosa, perceptible en la prosa, la poesía y la pintura de todo un siglo, se comunica a su vez con los contemporáneos de un tiempo como el nuestro donde la literatura ya no ocupa el lugar central en la cultura, ni como experiencia espiritual ni como valoración estética. Con este inteligente ejercicio de comunicación a múltiples bandas, Calasso sabe conectar a todos los que aprendieron sus lecciones con Baudelaire y a este espíritu gigante con todos sus cómplices creativos, incluidos algunos que no supo entender, como Ingres, o no pudo conocer y se lo deben casi todo, como Rimbaud, Lautréamont y Laforgue (¿y por qué no Eliot, saltando de lengua y de época? Sin Baudelaire y sin Laforgue, uno de sus grandes discípulos, no existirían esas maravillas seminales que se llaman La canción de amor de J. Alfred Prufrock y La tierra baldía, donde, por cierto, la broma infinita baudeleriana sobre la mascarada moral de la lectura aparece muy bien integrada en el irónico dispositivo de citas y fragmentos del poema).
De ese modo, las lúcidas palabras de Proust, otro discípulo indiscutible como luego Gracq, escritas muchos años después de la muerte de Baudelaire, invierten el designio del giro fundamental que la literatura dio, a mediados del siglo diecinueve, gracias al impulso libidinal y la energía maléfica del autor de Las flores del mal, para instalarla al fin en su corazón más luminoso: “la verdadera vida, la vida al fin descubierta e iluminada, la única vida en consecuencia plenamente vivida, es la literatura”.

viernes, 23 de septiembre de 2011

PROVIDENCE INROCKUPTIBLE



No, nadie se engañe, el texto de PVD no está corrupto ni su autor ha sido corrompido con tal de ser publicado en ese otro país de la tierra que ostenta la primacía ex aequo en sus sentimientos más íntimos, aunque a veces no lo parezca. He visto almas generosas, imbuidas de un candor digno de mejor causa, tomar por cierta la customización de PVD sobre la que bromeaba antes de mi partida a Buenos Aires. Era un saludo lejano a Borges, el gran impostor literario. A mi regreso de esa portentosa ciudad, con la edición argentina de La fiesta del asno como premio inmerecido, me veo obligado a aclarar que no hubo más customización de la novela que la dictada por la traslación del español al francés, de la lengua de Cervantes, Quevedo y Borges a la de Rabelais, Proust y Céline. Nada más y nada menos. Toda traducción es una reescritura (así lo entiende también François Monti, brillante re-escritor de todas las locuras bífidas de PVD). En este caso, la vibrante comunicación entre las dos lenguas y las dos culturas me atraviesa de arriba abajo. Son mis dos lenguas natales. Ahora me hallo en mi centro más excéntrico. Cualquier otra lengua que se sume, como esta aproximación parcial al inglés americano, no puede sino completar y embellecer la decoración o el mobiliario, pero en absoluto modificar la estructura de la exuberante mansión que he construido para uso y disfrute del inquilino y de sus muchos invitados y, sobre todo, invitadas.
En cuanto a corrupción, descuiden mis detractores, no me vendo por cosas así. Muy distinto sería, sin embargo, si pusieran en mis manos, el hacedor no lo quiera, las cifras que se embolsan los amos del negocio global, esas mismas que escandalizan en cuentas corrientes a las que nunca tendremos acceso fiscal, esas fortunas que recompensan los infames servicios de los que parecen empeñados en sumir a la mayoría de la población en la precariedad y la angustia. El diablo sabe elegir a los suyos…
No, nadie se engañe, de nuevo, sobre esto. PVD es “inrockuptible” como lo es, hasta el momento, su modesto autor.
Primera prueba, indudable, de “inrockuptibilidad”, enunciada por una bella mujer inteligente con la que he compartido, ay, la promiscuidad de una lectura: «Mil imágenes por segundo...Esta novela de campus trash y onírica del español Juan Francisco Ferré es un descubrimiento imprescindible…En resumen: seiscientas páginas puramente demenciales, para golpearse la cabeza contra un muro, para iniciar una danza vudú con la que liberarse de esos monstruos tan bellos que rara vez engendra la literatura.» (Emily Barnett, Les Inrocks, ver imágenes)
Segunda prueba: «una novela mágica del mismo calibre, la obra de un duro de pelar, delirantemente cínica y deslumbrante.» (EB, ibid.)
Tercera prueba: «Con sus 600 páginas imposibles de resumir, su estructura en rizoma, sus giros hacia el cine y el videojuego y su laberinto de libros dentro del libro, Providence de Juan Francisco Ferré es una novela-monstruo, postmoderna hasta lo diabólico…Una suerte de Ulises de la era digital.» (Bernard Quiriny, MK2)
Como se ve, la fiesta bilingüe no ha hecho más que empezar.

martes, 20 de septiembre de 2011

EL MAPA (NO) ES EL TERRITORIO

Las malas lenguas, tan emponzoñadas como poco informadas, dicen que Houellebecq ganó con esta novela (El mapa y el territorio, Anagrama, 2011) el reputado premio Goncourt después de haber estado postulando a él desde los inicios de su carrera, incluso antes, desde la infancia irrecuperable. Esas mismas lenguas difamatorias, ciegas además de malintencionadas, dicen que Houellebecq escribió esta novela sólo guiado por la pretensión de ganarse las simpatías del jurado y agenciarse la recompensa. Yo sólo sé una cosa. Los hermanos Goncourt, realistas supremos que prestan su nombre al premio a cambio de nada, estarían muy contentos de saber que, por primera vez en mucho tiempo, se le concede a un escritor verdadero, uno de los grandes realistas actuales, y no a una medianía literaria de temporada.
Estamos ante una de las novelas más complejas y sutiles de su autor. En otras novelas pudo parecer que Houellebecq vociferaba como un demente contra esto o aquello, o clamaba como un profeta malherido y sin Dios contra los vicios de la vida contemporánea con ese tono grandilocuente que los destinatarios del discurso reclaman para poder creer en la verdad del mensaje. Aquí, en cambio, Houellebecq se instala, desde el espléndido principio, en una dicción serena y desengañada, hasta fatigada de sí misma, con la que modula una incisiva cartografía del presente.
La inteligencia de la estrategia narrativa reside, precisamente, en el modo en que, sin perseguir la provocación frontal, el autor acierta a deslizarse como personaje en la trama para controlarla desde dentro y conducirla adonde se propone con gran eficacia. Se podría decir, con ironía, que el protagonismo novelesco, atribuido a un artista multimedia, Jed Martin, es engañoso. En su última exposición, Martin decide llevar a cabo una serie de cuadros dedicados a grandes figuras profesionales de nuestro tiempo. En ese elenco privilegiado incluye a un escritor, “Michel Houellebecq”, autor del texto que confiere sentido global a la exposición. Con esa excusa, Houellebecq se infiltra en la ficción bajo una luz nada complaciente, con todos sus defectos, sin filtros ni encubrimientos, desnudo de alma y de cuerpo, por así decir. Ecce Homo eczematoso.
Este autorretrato irónico es el primer golpe de genio de la novela. Pues a través de la historia del artista de éxito, concebido a imagen y semejanza del autor y de su visión del mundo, éste consigue plantear una reflexión de aplastante lucidez sobre la (in)trascendencia del arte. ¿Para qué reproducir el mundo? ¿Aparte del resultado comercial, tiene algún sentido la “imitación” de la realidad? A este artista melancólico se opone la figura análoga del exhausto escritor de éxito. De esa confrontación entre dos personalidades creativas que observan la realidad con la misma mirada desencantada y severa extrae toda su fuerza dramática esta novela magistral.
En cualquier caso, la imagen alegórica del encuentro entre el escritor y el pintor, versión novelada de uno de los cuadros posibles del artista, genera la representación de una realidad exasperante, examinada desde una doble perspectiva crítica. Una realidad precarizada: pasto de las intransigentes leyes del mercado, incapaz de cumplir con las expectativas de felicidad afectiva y satisfacción material de la mayoría, abocada a una regresión ideológica, presente y futura, que transita por el regionalismo folclórico, el contubernio mediático y la indiferencia moral de unas vidas abandonadas a la banalidad y el tedio.
La definitiva genialidad de la novela radica, sin embargo, en consumar la inscripción del autor en su creación mediante su espantoso asesinato (descrito con referentes estéticos que se sitúan entre la teleserie CSI y “Los crímenes de la calle Morgue” de Poe). Con este gesto truculento, Houellebecq transmite una revelación intempestiva sobre el poder del mal en un mundo optimista e ingenuo que cree que el bien podrá imponerse con las políticas correctas. El escritor acepta el horror del sacrificio simbólico, exhibiendo una instantánea gore de su cadáver despedazado, con tal de manifestar el poder de la literatura en un mundo que tiende a despreciarla sin comprender su importancia. La pervivencia del mal garantiza, como sabía Bataille, que la supervivencia de la literatura esté vinculada a esa función suprema: decir el mal, mostrarlo sin contemplaciones, volverlo material de ficción para que podamos verlo, anulando la moralina, en toda su monstruosa desnudez.
La literatura se eleva así, de nuevo, por encima de la política y la ética en esa tarea inveterada. La inteligencia del Mal, en el doble sentido de la expresión, será el sustrato literario por excelencia mientras el mundo, por más que cambie el decorado, siga siendo como es.

jueves, 8 de septiembre de 2011

PARIS M´A SÉDUIT, PARIS M´A TRAHI


A Raúl Ruiz

Llega el momento de enfrentarse a la verdad, como muestra el final de una de las grandes películas de Rohmer, La mujer del aviador, donde la maravillosa voz de Arielle Dombasle canta lo que le cabe esperar a todo el que llega a París, o, en su defecto, a cualquier capital de ese nivel, lleno de ilusiones e ingenuidad. La decepción, el desengaño y, quizá, si hay suerte, el vigor moral para sobrellevarlos.
La noticia es que Providence ya está en las librerías francesas y esta semana se publica una entrevista a doble página, con espléndida y provocativa fotografía, en la revista cultural más influyente de Francia, Les Inrockuptibles. Es verdad que esta revista ya había seleccionado PVD, hace tres semanas, entre los 18 “mejores libros del otoño” de entre un total de 645. Así de multitudinaria y al mismo tiempo selecta es lo que los franceses llaman la rentrée littéraire. No es menos verdad que esta generosa recepción recompensa el esfuerzo de customización de la novela que hice, siguiendo las recomendaciones de mi editor y de mi traductor. Sí, amiguetes, como os diría Torrente, un esfuerzo de customización de PVD para adaptarla al gusto francés, tan particular, ese gusto al que debemos la refinada mostaza nacional y el champán y, cómo no, el cine ilustrado y libertino de Rohmer. Me explico. Mi editor y mi traductor lo tuvieron claro desde el principio. La mercancía que vale para la monárquica España de las autonomías no vale un carajo para la Francia republicana y centralista. A ver si nos enteramos. Es una cuestión estratégica y no sólo estética. Nada de finales dramáticos a la manera anglosajona, ni melodramáticos a la hispana. Más sexo (el caso DSK no hace sino confirmar este acierto) y más pensamiento (la cobertura del caso DSK vuelve a confirmarlo ex negativo). Parece que el lector francés echa en falta esos componentes en cuanto no se inyectan en las dosis adecuadas en un producto cultural, sobre todo si es extranjero. Así que, decidido a triunfar en la escena francesa, me puse manos a la obra rescatando de la papelera todas las escenas de sexo y las digresiones metaculturales que me había visto obligado a excluir por razones comerciales en la edición española, incluido un comentario deleuziano sobre Flashdance, que ha encajado muy bien en el conjunto, y con todas ellas trufé los huecos disponibles que un buen restaurador francés reconocería enseguida. Cambié también el final de la novela sin problemas. Ahora las dos mujeres que se encuentran en el ascensor, Delphine y Eva, suben a la última planta del nuevo rascacielos (“la tour de la Providence”) para participar en una orgía sadomaso, en muchos niveles, de la que el pobre Álex Franco, desnudo y encadenado, es ahora el postre más suculento. Sin inmutarse, las dos mujeres se turnan, al final del ceremonial erótico, en practicarle un doloroso fist-fucking a su arrogante seductor latino. Para que aprenda a tratar a las mujeres. Es un final, ya lo han dicho algunos críticos inteligentes, digno de la cultura que ha producido a Sade y a DSK. No digo más... En fin, abrevio los prolegómenos…
Cuando llegué a París para promocionar la novela, hace ahora dos semanas, lo hice bajo la influencia de la melancolía y la tristeza causadas por la muerte del cineasta francochileno Raúl Ruiz, a quien había considerado desde mi extrema juventud, cuando lo conocí y traté por primera vez, como un maestro no sólo por su cine sino también por su temperamento vital e ideas barrocas. He de decir que la contemplación de Melancholia, de Lars Von Trier, me sumió, nada más llegar, a pesar de la belleza absoluta de las imágenes de esta obra maestra, en un estado de ánimo aún más sombrío. Por fortuna, las ceremonias religiosas católicas sirven para lo que sirven, conjurar con fastos y retórica el espectro de lo siniestro que ronda la vida humana desde sus comienzos. Lo digo sin ser creyente, es algo constatable. De modo que, al día siguiente, la asistencia al funeral de Ruiz, como una de las muchas paradojas que pueblan su incomparable cine, me devuelve la alegría de manera instantánea. En este caso no valen las lecturas freudianas al uso (vade retro, Harold Bloom). La nave de la iglesia está repleta de gente. Oficia la liturgia un sacerdote africano que se empeña, por ignorancia de la lengua, en anteponer el apellido al nombre, creando un efecto grotesco, de burocracia vaticana, en la invocación del ilustre muerto, hasta que el ayudante del ministro de Cultura (Mitterrand, hay cosas que no cambian), sentado en primera fila, se levanta de improviso y sube hasta el altar para pedirle que corrija su cómico error. Pasa la ceremonia y llega el momento de los homenajes privados. Todos desfilamos delante del ataúd. Tengo la idea, para despedirme de Raúl, de tocar la placa de su ataúd, donde su nombre, mucho más que su cuerpo, oculto, actúa cuando lo palpo con los dedos como un increíble transmisor de energía. CV, a mi lado, conmovida por mi gesto lacaniano de reverencia nominal, se echa a llorar de inmediato. Ella también conoció a RR, como algunos lo llamaban para subrayar la peculiar relación con lo real que se da en su cine. Trato de consolarla, inútil. Estaba en presencia de todos sus deudos, de sus muchos amigos y admiradores, de su mujer, Valeria Sarmiento, de Catherine Deneuve y de Chiara Mastroianni y de Melvil Poupaud, entre otros asistentes, y me atrevo, con gesto de cardenal buñueliano, a tomar el hisopo y a bendecir la caja donde el disminuido cuerpo de mi maestro yace hasta que llegue la hora de la incineración, ya en su Chile natal. A la salida de la iglesia, uno de los pocos templos barrocos de París, todo el mundo fuma como loco para exorcizar los nervios del funeral. Entre ellos descubro a mi amigo GS, quien al verme allí, típica actitud parisina, no se sorprende en absoluto, más bien al contrario. Me acerco y me lanza una de las frases más divertidas de las que he oído en este viaje, y oí muchas en una ciudad que sigue tomándose por capital mundial de la inteligencia. Y lo es, no puedo negarlo, la velocidad del pensamiento alcanza aquí niveles de Fórmula-1. [Tenga cuidado, me dirá un amigo de mi editor dos días después, demasiado tarde ya para remediarlo, es cierto que se valora mucho la inteligencia en Francia, sobre todo si tiene el pasaporte tricolor.] GS me dice, mientras nos saludamos con cortesía, me siento un poco inquieto con usted, le estoy leyendo. Lo asumo como uno de esos tics encantadores de la vieja guardia parisina. Era verdad que el editor le había enviado un ejemplar de la novela, pero era más importante el hecho de que se había reconocido en uno de los personajes. Le había gustado la broma (“una buena broma”, me dice sonriendo, sin despegar la pipa sartriana de los labios) y le estaba gustando la novela. El tipo es uno de los grandes discípulos de Roland Barthes y, por si fuera poco, publicó hace una década un exitoso volumen consagrado a la novela como género promiscuo, a algunas de las novelas más destacadas de nuestro tiempo, en una línea ideológica afín a la de su admirado Kundera. Todo esto me lo repito, mientras trato de mantener la compostura, para no olvidarme de la importancia de su opinión. Llama enseguida a su mujer, RL, artista y arquitecto, nos presenta, me sonríe, le sonrío, y, sin venir a cuento, le dice que yo soy el autor del libro donde aparece travestido corriéndose una juerga con putas en Marrakech. No a todo el mundo le gustaría verse en una situación como ésa. A GS, rabelesiano hasta la médula, le divierte mucho. Desde luego a su mujer no parece preocuparle nada el asunto, así que nos controlamos y ponemos púdicos y no insistimos más en cruzar nuestros falsos recuerdos de una farra que nunca tuvo lugar. Ninguno de los dos está dispuesto a reconocer en público lo contrario. Quedamos en que me llamará en cuanto termine la novela. En ese momento, coincidiendo con la salida del ataúd, la multitud comienza a aplaudir. Los aplausos de GS, mordiendo la pipa, son los más entusiastas. Hace un momento, con la solemnidad intelectual que le caracteriza, me había dicho que la muerte de Ruiz impediría que la historia del cine estuviera completa. La obra no estaba terminada, sentencia. Sé que no se refiere a la última película, inconclusa, sino a todo el corpus cinematográfico de Ruiz, inacabado por su repentina muerte. No estoy de acuerdo, pienso que Misterios de Lisboa es un magnífico final, pero no hay tiempo para discusiones artísticas mientras el féretro del cineasta desfila ante nosotros como un recordatorio de lo estéril de tantas discusiones. Entre los que lo portan con más brío, reconozco a Paulo Branco, su productor inveterado. Catherine Deneuve y Chiara se retiran a un rincón para fumar sin el estorbo de fotógrafos y periodistas unos cigarrillos extrafinos que, desde la distancia, apenas si se notan. El humo sale de sus bocas como si lo inhalaran directamente de los dedos. El grosor de los tobillos de Deneuve me fuerza a recordar, proustiano de pro, el chiste machista de Lubitsch al comienzo de El cielo puede esperar. No quiero estropear un buen recuerdo y aparto la vista, ahora que me he quedado solo. Más allá distingo a Melvil Poupaud, criatura ruiziana como pocas, apoyado contra un muro, solo. Oculta su dolor tras unas gafas de sol y fuma como un carretero. Veo de lejos a Arielle Dombasle, la fragilidad personificada, tambaleándose como un junco pensante, look anoréxico pascaliano, ante la portezuela abierta de un taxi. GS y su mujer la custodian de muy cerca, por si se quiebra o le da por perder el equilibrio y caer en el ridículo ante tanta gente, fotógrafos y periodistas incluidos. Las plataformas sobre las que afronta su posición erguida la convierten en la versión femenina de una estilizada escultura de Giacometti. La multitud se dispersa y toca retirada. Nos vamos…
Ese mismo día, unas horas después, CV y yo almorzamos en casa de Julián Ríos y su mujer Geneviève Duchêne, grandes anfitriones. Él ha escrito el prefacio de la nueva Providence (un “prólogo para franceses”, como el de Ortega y Gasset en La rebelión de las masas) y ella lo ha traducido. Al final de la tarde visitamos los alrededores. Esa vistosa región del Sena que los impresionistas y, en especial, Claude Monet transformaron en la reserva natural de la pintura francesa del último siglo, un Museo d´Orsay al aire libre. Le digo a Ríos que ahora entiendo mejor los pasajes de Puente de Alma dedicados a Monet (“Time is Monet”). No sé si le gusta mi comentario. La literatura debe ser autosuficiente. Tiene razón, lo que pasa es que olvido todo el tiempo esa consigna que todos aprendimos alguna vez en Joyce y en Proust. Veo que Ríos no la olvida, yo, imbuido de cultura de masas, un vulgar esteta del arte menos artístico, tiendo a olvidarla a menudo. No obstante, el funeral de Ruiz, la charla con GS y las horas de conversación con Ríos me confirman, y sólo estamos a martes, la importancia de las relaciones y los intercambios. Te mantienen activo, despierto, te permiten medir tu verdadero nivel…
Al día siguiente, miércoles, ratificando lo anterior, me encuentro con Eloy Fernández Porta, que viene a promocionar la traducción de Homo Sampler, y a Robert-Juan Cantavella, que hace otro tanto con Proust Fiction. He escrito sobre ambos libros (aquí y aquí), luego no necesito extenderme. Tengo la oportunidad de conocer a Claro, escritor y traductor de quien había oído maravillas. Todas son verdad. ¿Mr. Pynchon, supongo?, le digo al estrecharle la mano. Sonríe. Compartimos devociones, yo como lector y él además como traductor, espléndido, de Pynchon y Vollmann y Gass, entre otros muchos. Hablamos de ellos y de sus libros sin parar durante la suculenta comida en una brasserie (tartar grillé, frites y vino de Chinon). Me regala un ejemplar dedicado de su última novela, CosmoZ. Tengo muchas ganas de leerla. Compartimos pasión por El mago de Oz, la novela de Baum y la película de Fleming. CosmoZ retoma los personajes (Dorothy, el Espantapájaros, el Hombre de Hojalata y el Oso Miedoso) y al autor en el contexto de la historia del siglo veinte, pasando por territorios rebautizados como Ozchwitz (Auschwitz) y Los Alamoz (Los Alamos). Alguien debería molestarse en traducirla cuanto antes al español. Nos hacemos luego unas fotos todos juntos en el Barrio Latino y nos despedimos hasta el día siguiente. Aquí es donde quería llegar desde el principio y me he visto obligado a dar un gran rodeo. Salto muchas cosas importantes, incluida la fiesta (bastante mediocre como evento, pero interesante como exploración del mundillo literario local) de la rentrée organizada por Les Inrockuptibles en el Teatro de l´Odéon…
Tengo cita el jueves en uno de los hoteles más lujosos del Barrio Latino, el Lutetia, con una periodista y un fotógrafo de Les Inrocks, como se conoce popularmente a la revista. Yo llego tarde, la periodista se retrasa, sólo el fotógrafo ha llegado en punto. Eso me hace pensar que la gente de la imagen es la única que mantiene su palabra. Es una reflexión que tiene consecuencias para la cultura, se diga lo que se diga. El fotógrafo se hace el dueño de la situación, lo que demuestra que la gente que se atiene al funcionamiento del reloj y tiene una gestión eficaz del tiempo es la que manda en el mundo. Es un profesional y ha decidido, sin saber que yo soy fumador, que la sesión de fotos la haremos en el fumadero del hotel. Una salita acogedora, al fondo del bar, en la que Johnny Depp y Mel Gibson ostentan, en sendas fotografías, una obscenidad fálica asociada al tabaco que en su país no se permitirían exhibir con tanto descaro. Estamos a punto de comenzar la sesión, sostengo un purito recién encendido y me predispongo a dar la primera calada, cuando llega la periodista, EB, la número dos de la sección literaria de la revista, como me había avisado mi editor. Guau, me digo nada más verla. EB es una BB. Una Brigitte Bardot treintañera que no se maquilla ni se pinta los labios, ni falta que le hace. Es una trabajadora, así te lo hace notar desde el principio. Una profesional. Su libro es formidable, me dice con un brillo en los ojos que delata a la lectora aguerrida, la que ha gastado la vista en leer no siempre lo mejor de cada editorial para ganarse un sueldo digno. Me dice otra cosa importante. Sabe, tiene usted el cuerpo que una se imagina al leer el libro. Mi poupée journaliste es cartesiana de formación y ha calibrado enseguida mis medidas: 1,85 de estatura y 104 de sobrepeso. Cuando le pregunto a la BB desmaquillada qué cuerpo es ése, su respuesta no es nada cartesiana: dionisíaco, rabelesiano. Empezamos bien. Esto sí que es periodismo cultural y lo demás son labores de alta (o baja) costura. Paso por alto las preguntas, siempre inteligentes, y las respuestas, adecuadas y a veces impertinentes en la línea epatante que aquí mola desde siempre. A EB le interesa lo que digo en la medida en que le interesa mucho la novela, tout court. Un coup de coeur, me dice exhibiendo una sonrisa más meliflua que báquica. Es tímida y se siente intimidada. Teme haber comprendido mal la novela, le parece muy simple, incluso fácil, no necesita de ningún rebuscado aparato teórico para disfrutarla. Me habla, sin embargo, de Pynchon, de Wallace, de Ballard, ¿influencias? Le digo que sí, cómo no, le digo que he tratado de abrirme camino entre esos gigantes, apartando enanos a mi paso, así es la vida en Liliput. Sabe a lo que me refiero, la muy cultureta, ha leído a Swift. No me olvido en ningún momento de que EB es la autora de la nota que en Les Inrocks proclama que mi novela es “un libro monstruoso y vertiginoso como sólo (o casi) los latinoamericanos saben escribirlos”. Me doy cuenta de que la customización francesa ha funcionado al cien por cien, de modo que la orientación geográfica y cultural de su lectura se basa en un malentendido muy productivo para el libro. Pobre España, me digo, qué mal vende su marca en el extranjero. Almodóvar aparte, naturellement, aunque su estrella no durará siempre…
Al despedirnos, EB me pregunta por mi francés. Le digo que mi padre lo fue hasta el fin de sus días. Se conmueve lo justo para que esa nota quede pulsando en su cabeza. [Días después, al volver, encuentro en la bandeja de mi correo electrónico un mensaje de EB. No me manda recuerdos ni besos ni nada parecido. La escrupulosa profesional sólo quiere saber de qué región de Francia era mi padre. De París, le contesto enseguida. El silencio posterior me indica que el chovinismo republicano ha hecho bien su trabajo. La respuesta ha salido hoy en la revista.] Cuando nos despedimos en el fumadero, comienza el tormento de la sesión de fotos. Cuarenta minutos de posado, encadenando los puritos uno detrás de otro. El fotógrafo, otro profesional, se ha enamorado de mi imagen fumando, envuelto en humo, gesticulando como un poseso en pos de mi dosis de nicotina. Esto en Estados Unidos sería impensable. Ningún profesional se jugaría el trabajo fotografiando a un escritor o a un artista fumando. No la publicarían. En Francia, sí, por lo que veo. Se lo digo, se ríe sin despegar el ojo de la cámara. Hay que estar a la altura de la provocación. La libertad, a pesar de todo, es un valor inscrito en el ADN franchute. Eso deberíamos aprender en la restrictiva España del ex ZP. Las series de fotos me convierten en un vanidoso productor de humo en abundancia. Me hace gracia la crítica velada a mis palabras durante la entrevista. Un comentario visual. Es un profesional honesto. Estricto. Se atiene a las apariencias. No necesita más. Mis detractores estarán contentos. Hay que darle alegría a todo el mundo, no sólo a los que nos quieren, si no la vida no valdría la pena…
Esa misma tarde, para terminar, Cantavella y yo afrontamos una larga entrevista con Le Figaro Magazine. Es divertido. El periodista parece un viejo libertino gastado por las orgías, a punto de retirarse pero aún voluntarioso (de hecho, nos confiesa que no irá a la fiesta de Les Inrocks en L´Odéon esta noche porque tiene una cita con una mujer, suena misterioso, prometedor; las dos ocupaciones, tal como lo sugiere, le parecen incompatibles). El veterano cronista se empeña en hablarnos todo el tiempo en la lengua de Cervantes a pesar de mis constantes y sonantes apelaciones a Rabelais y a Sade. Invierto la pregunta de EB y le pregunto dónde la aprendió tan bien. Entusiasmado, confiesa que en Cuba. Imagino por su nivel de español que visita con frecuencia el cortijo caribeño de los Castro. Asiente. Le digo que no hay mejor escuela de español que aquella en que puedes aprender las sutilezas de esa lengua al tiempo que practicas con asiduidad el “francés”. No parece entender mi alusión, es lógico, le faltan las comillas. Se están perdiendo las esencias. Francia da muestras de fatiga. Al abandonar París vía Orly, se me confirma esta intuición. Las terminales españolas que prefiero, la 4 de Barajas, la 3 de Málaga y del Prat en Barcelona, donde he pasado tanto tiempo, le dan mil vueltas a este aeropuerto vetusto y desfasado. No todo se ha hecho mal en este país, desde luego, en los últimos años. No soy irónico. Mentalmente, me sentía preparado para volver a España. Lástima que una ruidosa y maleducada pandilla de compatriotas me obligó a recordar en el avión, de golpe, todo lo que no me gusta de ella.