lunes, 29 de abril de 2019

MONSTRUOS, COYOTES, GORILAS Y OSITOS DE PELUCHE



[Donna Haraway, Las promesas de los monstruos, Holobionte ediciones, trad.: Jorge Fernández Gonzalo, 2019, págs. 301]

Ya no hay marcha atrás. La tecnociencia es el régimen de lo contemporáneo. Un mundo donde la frontera entre ciencia-ficción y realidad social, como dice Haraway, se ha colapsado creando un ecosistema tan monstruoso como fascinante. Haraway, eminente científica y teórica, lleva más de treinta años enseñándonos el camino para liberarnos de los dualismos culturales que frenan el devenir revolucionario del nuevo milenio: hombre y mujer, humano y animal, naturaleza y cultura, ciencia y sociedad, occidental y no occidental, etc.
La doctora Haraway es bien conocida por haber acuñado el concepto “ciborg”, en un famoso manifiesto, para definir la subjetividad posmoderna más allá de géneros o razas. Blancos y negros, asiáticos e indígenas americanos, mujeres, hombres, intersexuales o transexuales, todos acogidos a esa categoría múltiple que explica la compleja inscripción del cuerpo y el cerebro de los sujetos en las sociedades de avanzada tecnología del siglo XX.
Esta magnífica colección reúne cuatro de sus ensayos más influyentes y una instructiva entrevista. En “La promesa de los monstruos”, el más extenso y programático, aboga por una redefinición de la idea romántica y humanista de la naturaleza, la técnica, la cultura, los sexos y las razas a fin de alcanzar un conocimiento de la realidad que permita “cambiar los mapas del mundo, construir nuevos colectivos a partir de lo que no representa más que una plétora de actores humanos y no humanos”. Estos actores incorporan humanos y animales, pero también máquinas, es decir, una remediación de la vida a través de la tecnología que erradique los antagonismos y barreras que nos impiden habitar la Tierra. Así llama Haraway a ese “lugar-otro” donde las distancias y distinciones entre seres y artefactos son abolidas. Es la promesa de futuro contenida en la existencia de los monstruos: los seres naturales y artificiales que conviven en interacción promiscua compartiendo el mismo espacio, real o virtual.
En sus libros, Haraway sostiene una crítica rigurosa de la razón científica y su mirada distorsionada sobre el mundo, demostrando que la “verdad objetiva” es una ficción tan arbitraria como otras ficciones de la cultura que, al menos, reconocen su condición de tal. Para Haraway toda ciencia es ciencia-ficción en la medida en que sus especulaciones sobre la realidad se sustentan en tesis previas cuya primera causa es puramente ideológica. La ciencia, en la visión feminista de Haraway enunciada en “Testigo_Modesto@Segundo_Milenio”, es la quintaesencia de la mentalidad y la mirada masculinas en su relación agresiva con la naturaleza y lo femenino. Y sus experimentos, por tanto, no solo tienen detrás una historia patriarcal, sino que revelan una práctica altamente sospechosa de sexismo, racismo y maltrato animal. Y en “Conversaciones de otro mundo” defiende una relación productiva con el animal como experiencia de la otredad.
En “El patriarcado del osito Teddy” aborda la perversa relación de los mitos y valores del patriarcado declinante a principios del siglo XX con la explotación de la fauna africana (gorilas y elefantes, sobre todo) por parte de aquellos miembros masculinos (y alguno femenino) del mundo científico y el capitalismo monopolístico que fundaron el Museo Americano de Historia Natural de Nueva York. El pretexto de los agudos análisis de Haraway, nutridos de un feminismo sagaz, es la extraordinaria biografía de Carl Ethan Akeley, el taxidermista infatuado de naturalista, cazador y fotógrafo, cuya mayor creación fueron los impresionantes dioramas de ese museo popular y, muy especialmente, el célebre “Salón africano”: una instalación artística donde se proporciona al visitante, como en las novelas de Raymond Roussel, no solo instrucción científica sino una reproducción realista de la exótica fauna y flora africanas recurriendo a las prodigiosas técnicas de la pintura, la escultura, la iluminación y la taxidermia.
La mayor parte de los especímenes allí expuestos (como el fabuloso gorila macho de “El gigante de Karisimbi”, precursor de King-Kong) fueron cazados en las expediciones que el propio Akeley organizaba periódicamente con el fin de abastecerse de animales espléndidos para ocupar esos escaparates espectaculares y mostrar a los visitantes la belleza de la naturaleza, esa madrastra aristotélica. (Para Akeley la era de los Mamíferos había pervivido en África más que en otros lugares de la Tierra y era obligación del hombre salvarla de la amenaza de su destrucción a través de la taxidermia, la fotografía o el cine.)
De las pinturas parietales de Altamira o Lascaux hasta los hábitats simulados del Museo de Historia Natural, la razón es idéntica: los humanos han sentido siempre una extraña atracción por el mundo animal al que pertenecieron un día en condiciones de igualdad y del que viven separados por una extraña pantalla de tabúes y mitos llamada cultura. Así, cada vez que alguien mira con ternura un oso de peluche debería recordar que detrás de su génesis, más allá de la anécdota original con Teddy Roosevelt, está la idea de que la vida artificial vale más que la vida natural, o tiene más futuro, porque desconoce la muerte y la putrefacción.
En todo su pensamiento, sea cual sea la cuestión abordada, la ciencia-ficción es inspiradora para Haraway como ficción que abre la ciencia a las infinitas posibilidades de la realidad y también como medio de expresión metafórica. Así lo muestra esta reflexión, perfecto sumario del ambicioso ideario de la autora: “El chip, el gen, la bomba, el feto, la semilla, el cerebro, el ecosistema y la base de datos constituyen los agujeros de gusano que lanzan a los viajeros modernos hacia los mundos contemporáneos”.

viernes, 26 de abril de 2019

URNAS Y TRONOS



[Publicado en medios de Vocento el martes 23 de abril]

Comienza la campaña electoral y termina “Juego de tronos”, es como una profecía, me dice por teléfono una amiga entusiasta muy atenta a las paradojas del destino y las sincronías del devenir, así las llama con pedantería profesional. Azares de la actualidad, prefiero llamarlas yo. Tronos y urnas, urnas y tronos, es lo que nos queda, pasada la Semana Santa, hasta finales de mayo. Más que una profecía parece una maldición. O una pesadilla como la que tuve anoche. Tras una serie de episodios confusos, soñé que votaba a Vox. El terror me despertó. O eso creía. Sudaba como un candidato durante un mitin multitudinario en una plaza hostil o un nazareno bajo la túnica. Me palpé el cuerpo desnudo con prevención y luego la cara. La barba me delataba. El demonio de Abascal se había apoderado de mi voluntad y me forzaba a hacer campaña a su favor. Recurría en vano a la Junta Electoral Central. Nadie me daba la razón. La libertad de expresión es sagrada. Y Abascal ganaba las elecciones. Cuando desperté, Sánchez resistía en la Moncloa urdiendo alianzas impensables con socios imposibles. Con todo, respiré aliviado.
Decía Nietzsche que en las épocas más interesantes y locas de la historia los comediantes eran los amos. Es la fuerza inapelable de la democracia. En esta era espectacular, sin embargo, nuestros histriones políticos se vuelven puritanos y les entra el pánico a perder votos, negándose a actuar como bufones en el plató, sin miedo al ridículo ni a las críticas. De ahí la espuria polémica de los debates encadenados. Duplicar debates es obligar a los electores a sentir sobre sus hombros la carga insufrible de la política partidista. El peso doble de una campaña sin ideas, repleta de discursos vacíos y acusaciones falsas. Y lastrada, para colmo, con una obsesión enfermiza por los pactos poselectorales.
Vivimos tiempos extraños. Arde Notre-Dame como una pira medieval y el causante no es el fuego de los dragones de Daenerys, ni el Apocalipsis, como proclaman las redes sociales, sino una subcontrata catastrófica aliada con la mezquindad del erario público. El culebrón del Brexit acabará con Theresa May, pero no tendrá un final fácil. Trump tiembla por las enésimas revelaciones sobre la conexión rusa, pero nadie encuentra la manera de destronarlo. El fin del mundo no será televisado. La revolución tampoco. Estamos condenados a la comedia infinita y el círculo vicioso. Al menos podemos alegrarnos de que termine “Juego de tronos”, una teleserie masiva que es un espejo metafórico de la lucha encarnizada por el poder en cualquier época o sistema. Tras una campaña interminable, nos merecemos un largo descanso. Y el escenario probable de que las elecciones no resuelvan nada es una pesadilla. Una pesadilla infernal, como la historia, de la que no sabemos aún cómo despertar.

lunes, 22 de abril de 2019

COSAS PODRIDAS


 [Ryu Murakami, Azul casi transparente, Anagrama, trad.: Jorge G. Berlanga, 2018, págs. 143]

            Cosas podridas es lo que devora el protagonista y narrador, Ryu, homónimo del autor, en esta fascinante novela que ha alcanzado un estatus mítico y no solo en la literatura japonesa. Cosas podridas, sustancias degradadas, decadencia inyectable: esa es la materia infecta con la que Murakami el oscuro esculpe su primera novela basada en sus experiencias juveniles en la ciudad de Fussa. Los sueños existenciales y pesadillas nihilistas de una generación de japoneses que creció a la sombra de la cultura de los vencedores.
En los setenta irrumpe una generación de escritores, a la que pertenece Murakami, nacida en los cincuenta y educada bajo la poderosa influencia de la cultura americana. La cultura extranjera impuesta por decreto como terapia contra las ínfulas imperiales y la violencia militar de la cultura tradicional. Cuando esta novela se publica en 1976, Tanizaki y Kawabata son historia, Mishima es un fantasma incómodo y Kenzaburo Oé el adalid moral de la literatura japonesa. El gran Oé, por cierto, escribió en términos despectivos, aunque luego se desdijo con respecto a Murakami, de la decadencia de la literatura nacional encarnada por esta novísima camada de “jóvenes japoneses que vivían una moda subcultural en una urbanizada cultura de consumo”.
Pronunciar la palabra decadencia produce sarpullidos en el intelecto de numerosos críticos y lectores como el fármaco contra el cáncer en la piel de la abuela moribunda de Ryu. La decadencia es la explicación social, política e histórica al fin de las ilusiones generado tras los años sesenta y la lucidez intolerable que nace de observar el país desde una posición de distancia cultural e ideológica sin poder contraponerle ningún valor optimista o positivo. Tokyo Decadence se llama la mejor película dirigida por Murakami. Una de las principales influencias cinematográficas del libro es, precisamente, “La dolce vita” de Fellini, otra obra paradigmática de la disolución de una era y el fin de una forma de entender la vida y la cultura. No por casualidad, las visiones grotescas y fantasías lisérgicas de Ryu son contemporáneas de la escenificación fílmica del más felliniano de los cineastas japoneses, el gran Shuji Terayama.


Además de la abyección, la suciedad vital, las orgías pornográficas y el regodeo perverso en la sordidez que impregnan cada página del libro, esa nostalgia del fango expresada en la ficción permitió a algún crítico nipón asociar a Murakami justamente con poetas decadentes como Baudelaire y Rimbaud. Y esta es la diferencia estética entre los planteamientos narrativos de Murakami y sus colegas americanos como Ellis. La poesía de las imágenes, el lirismo visionario, la fastuosa visualidad del relato, la omnipresencia de metáforas, sinestesias y símiles como construcciones de una sensibilidad tan alucinada como saturada de sensaciones hiperreales. Lo más significativo, desde una perspectiva literaria, es que esta original novela anticipa con su prosa posmoderna tanto la narrativa norteamericana de la Generación X como ciertos rasgos estilísticos del ciberpunk.
Azul casi transparente es la luz de la heroína. El velo reluciente del LSD y la mescalina. La lucidez total del cristal sugerida en el poético título. Ese estado mental que desnuda las imposturas de la vida y las falacias de la no-vida vinculada al consumo narcótico, como en la célebre novela de Burroughs (“El almuerzo desnudo”), un precursor notable, es el que alcanza Ryu al final del viaje, cuando desliza sobre su lengua las alas de la mariposa que ha matado aplastándola contra una antología de Mallarmé (ironía máxima) e invoca así al pájaro negro de la amnesia que vendrá aleteando en las últimas páginas, tras intentar suicidarse, a borrar todas sus esperanzas, recuerdos y deseos y quién sabe si a redimirlo o condenarlo para siempre.

viernes, 12 de abril de 2019

BLANCO Y NEGRO



[Publicado en medios de Vocento el martes 9 de abril]

            La vida y la muerte no son en blanco y negro, como las viejas películas, me dice la voz de la conciencia. La vida carece de la cursilería mojigata de la derecha católica. Y la muerte ignora la deriva sentimental de la izquierda guay. La vida es una carnicería animal y la muerte su aliada feroz. En este tiempo de corrección política, todos vivimos un examen de conciencia permanente y nos pasamos el día susurrando secretos a pantallas interactivas. Espejito, espejito mágico, dime si soy acaso el más demócrata de los demócratas, o solo un facha redomado, un votante de Vox en potencia. Todo se ilumina, sin embargo, si aprendes a hacer de Sánchez a todas horas. Sin esfuerzo evidente, se te presuponen valores que no demuestras más que con palabrería o gestos vacuos. Es imposible estar a su altura en la mascarada ideológica. Mucho menos disputarle el voto. La estrategia del candidato Iglesias en esta pugna dialéctica por el liderazgo moral de la izquierda es errónea. Su malhumor constante lo delata. Cuando se pone en modo gruñón con periodistas y medios, Sánchez sonríe maquiavélico al contemplar la derrota de su enemigo íntimo. Como el infame Villarejo y sus tenebrosos servidores.
La luz es vida y la oscuridad muerte, dicen los maniqueos. Las viejas películas en blanco y negro exploraban la gradación afectiva del blanco, entre la transparencia y la opacidad, en contraste con las sombras del fondo negro. Y extraían de ese antagonismo luminoso una infinita gama de grises. La fotografía analógica revelaba el negativo y así todo el mundo sabía a qué atenerse. En la era digital, en cambio, no hay diferencia técnica entre la captura y la imagen. Representan lo mismo. Una confirmación optimista de tu pertenencia a un mundo multicolor. Como escuchar la enésima tertulia televisiva o radiofónica, o votar en las elecciones por agotamiento nervioso tras una campaña interminable. El amor y la muerte son las dos caras de la vida. Como el blanco y el negro. Seas partidario o detractor de la eutanasia, piénsalo bien. O ayudas a morir a quien amas o soportas el sufrimiento hasta el fin sin entender para qué. No hay otra vida que esta y hacemos bien en querer vivirla intensamente y prolongarla con alegría hasta la extenuación. Pero hay límites. Límites éticos. Eso que se llama dignidad humana. Y el amor, por supuesto. Y no lo siente quien ve a otro padecer una crucifixión sin querer ponerle remedio. Ese martirio sadomasoquista del cuerpo a cuerpo con la enfermedad, el dolor y la degeneración. El cuerpo desnudo es nuestra única posesión real. La que nos llevamos a la tumba. El alma muere antes. No, la vida no es en blanco y negro. Y la muerte tampoco. Que los muertos vivientes entierren a sus muertos.

martes, 9 de abril de 2019

MASCULINO FEMENINO



[Manuel Arias Maldonado, (Fe)Male Gaze. El contrato sexual en el siglo XXI, Anagrama, págs. 97]

            La guerra de los sexos ha vivido en el último año una nueva vuelta de tuerca. Un giro previsible en una dirección problemática. Esa guerra secular ha virado hacia un escenario inesperado con viejos actores y actrices y situaciones lastradas. Tras un siglo de lucha feminista por la libertad e igualdad de las mujeres, conquistada la primera, la segunda constituiría la bandera esencial de las reivindicaciones políticas que tienen a la condición femenina en su foco de atención más o menos mediatizado. Esta batalla encarnizada por el poder sexual y social, laboral y cultural, ha declarado enemigo al hombre, por sus abusos presentes y pasados. No obstante, la fraternidad entre las mujeres, por apelar al tercer factor de la ecuación del progreso humano, no está garantizada: muchas de ellas no participan de los valores agresivos enarbolados como eslóganes para el asalto final al palacio del patriarcado. Y muchos hombres, guiados por la culpa o la vergüenza, se han pasado con armas y bagajes al otro bando.
            De todo este novedoso enredo se hace eco Arias Maldonado en este ensayo, tan instructivo como documentado, con la autoconciencia y la ironía que recomienda como actitud idónea en este período de transición cultural, donde ya no rige la antigua moralidad y domina la mirada porno. Su método intelectual consiste en revisar muchos de los juicios que protagonistas y expertos han pronunciado sobre la peliaguda cuestión en los últimos tiempos, los de mayor combustión mediática, a fin de someterlos a un escrutinio riguroso, eliminando los excesos retóricos que inducen a confusión. El sesgo razonable del discurso permite afrontar así los males mayores y menores que pueden complicar aún más esta situación, apostando siempre por la posibilidad de renovar el contrato sexual del siglo XXI, pero sin meterse en aguas turbulentas.
La dialéctica de la mirada y el deseo articula el análisis de Arias Maldonado con la intención de esclarecer las claves del movimiento “Me Too”, un exponente del feminismo tuitero también criticado por otras mujeres. Ahora bien, es evidente que entre los postulados de la novelista Gillian Flynn, que denuncia la complicidad de la mujer en el juego cosificador del deseo masculino, y los de la teórica Laura Mulvey, quien definió el concepto de “mirada masculina” como dispositivo cinematográfico de objetualización del cuerpo femenino, cabe una multiplicidad de perspectivas y posiciones ideológicas.


En las hiperactivas micropolíticas del siglo no veo, sin embargo, que la refundación simbólica de las relaciones sexuales sea imprescindible para todas las partes implicadas en esta guerra cultural. Para una mayoría de mujeres y hombres el pacto tradicional, con todos sus problemas y conflictos, si se reforman ciertas cláusulas, seguirá teniendo validez en las décadas futuras; mientras se irá imponiendo, para sectores más avanzados, una forma de coexistencia sexual que no implique ningún dominio público ni supeditación doméstica. Sin ir más lejos, la notoria bloguera y teórica Laurie Penny, con sus polémicas tesis sobre el mercado de la carne y la explotación de los atributos del cuerpo femenino bajo el capitalismo, no parece interesada en buscar ningún acuerdo convencional con el sexo masculino. El punto fuerte de su planteamiento radicaría, más bien, en la reorientación colectiva hacia la transexualidad como fundamento de una revolucionaria praxis sexual.
             No existen soluciones fáciles. La vida es peligrosa y paradójica, además de irónica, y los sujetos deben arrostrarla sin miedo, asumiendo que la libertad conlleva inseguridad, pero también satisfacción, y la igualdad linda con el tedio normativo. La sabiduría pagana, como dice Camille Paglia, quizá nos incite a combinar ambas demandas con soberana inteligencia.

martes, 2 de abril de 2019

ANAGRAMA DEL DESEO



[Angela Carter, La juguetería mágica, Sexto Piso, trad.: Carlos Peralta, 2019, págs. 241]

Melanie, una quinceañera narcisista, se ensimisma en el espejo, le gusta su cuerpo rosado y el deseo que anima sus atractivas formas. Sus padres están de viaje y decide robar el vestido de novia de la madre y probárselo. Así disfrazada sale al jardín, trepa por un manzano y desgarra y mancha el vestido. La transgresión tiene graves consecuencias. Los padres mueren y ella y sus hermanos se quedan huérfanos y son acogidos por la familia del tío Philip, misterioso titiritero y juguetero. Así comienza esta novela escrita por Angela Carter en plena juventud, cuando aún no había descubierto definitivamente qué significaba ser mujer en el mundo, como dice en su libro de ensayos Nada sagrado.
La médula de la literatura de Carter radica en su conocimiento carnal de la esclavitud femenina a las formas hegemónicas (rituales, simbólicas e institucionales) del patriarcado. El dominio patriarcal se ejerce sobre las mujeres de múltiples maneras, sin duda, pero hay una de ellas, explorada por Carter hasta la extenuación, que es puramente mitológica. Este mecanismo de sujeción no pasa solo por las constricciones sociales y familiares, sino también por las historias, los mitos y las ficciones y afecta como una enfermedad espiritual al imaginario femenino, es decir, al modo en que las mujeres se relacionan afectiva y mentalmente con el mundo, con su cuerpo y con el otro sexo. Carter era una feminista heterodoxa y creía que tanto hombres como mujeres debían reinventarse y, de paso, reinventar la vida y el amor. 
Gran cinéfila, Carter vio cómo solo dos de sus fantasías narrativas alcanzaban a plasmarse en una pantalla con guión suyo. El relato “La compañía de los lobos”, una perversión freudiana del cuento de Caperucita incluida en La cámara sangrienta, y esta novela, La juguetería mágica, adaptada en 1987, veinte años después de su publicación. Mientras escribía esta fabulosa novela sobre la iniciación a la vida de una inquieta e inquietante adolescente balthusiana, Carter no dejaba de nutrir su instinto creativo con la contemplación de películas afines a su visión fantástica. De ese modo, la novela está plagada de imágenes y referencias fílmicas que construyen un escenario paralelo a la trama, como el tablado de marionetas del tío Philip respecto a la oscura vida de la familia Flower.
Así, el tío Philip, patriarca autoritario, es una especie de ogro de voz cavernosa a la manera tiránica de Orson Welles; los hermanos de la tía Margaret, Finn y Francie, parecen dos pillos harapientos salidos de películas dickensianas de David Lean, y la propia tía Margaret parece una heroína guapa pero muda de algún melodrama hollywoodiense de los años cuarenta. Mientras Melanie y sus dos hermanos, Jonathon y Victoria, tienen rasgos de los niños huérfanos de tantas películas inglesas de los sesenta, como las de Jack Clayton (pienso en Suspense, desde luego, pero también A las nueve, cada noche).
En este sentido fílmico, no es casual que el empoderamiento sexual de Melanie se produzca a través del despertar de la mirada: mutando de la curiosidad inmadura de los primeros capítulos y el desconsuelo tras la pérdida de sus padres a la mirada perversa y sabia de una actriz mítica del cine mudo como Louise Brooks, capaz de enfrentarse al ojo de la cámara con una franqueza perturbadora. La escena final, cuando la obscena verdad de la extraña familia Flower aflora en una orgía de música irlandesa e incesto fraterno, antes de que el tío Philip incendie la casa y destruya la juguetería, con todos sus títeres y su escenario fantástico, parecería inspirada a su vez en el grotesco desenlace de la Viridiana de Buñuel.
Y esta es otra de las claves narrativas de la novela. A pesar de su inspiración cinematográfica y la poderosa visualidad de su concepción, el denso estilo de Carter y el modo en que las hipérboles metafóricas de este distorsionan la realidad de la historia para acomodarla a las categorías de Melanie, que encarna la mirada activa con la cual se percibe el mundo novelesco, impiden una adaptación fácil al lenguaje audiovisual. Además, Carter explora en esta segunda novela diversos modos de desdoblamiento teatral y pictórico de la ficción literaria, insertando en la trama una dimensión alegórica que en novelas posteriores (Las infernales máquinas del deseo del Dr. Hoffman, de modo singular) explotará hasta sus últimas consecuencias estéticas. La juguetería mágica es una falsa novela dickensiana que va reconfigurando sus recursos, junto con la mentalidad victoriana que la sustenta, hasta transformarse, mediante técnicas surrealistas y sutiles deslizamientos hacia la realidad contemporánea, en una novela paradigmática del realismo mágico a la manera anglosajona.
Al final, Melanie, escindida entre el deseo de experimentar y el horror al contacto sensorial, escapa de la destrucción de la mano de Finn, el chico destinado a iniciarla en la violencia generativa del sexo, y se deja atrapar en el mecanismo normativo que libera a la mujer de lazos familiares para recluirla en otra cárcel, el matrimonio convencional. Como mujer de su siglo, Carter pasó por ahí y lo pudo contar con su estilo suntuoso y alambicado. Como un trampantojo cinematográfico, un dibujo animado donde lo real y lo imaginario se confunden hasta la alucinación, o un anagrama del deseo. El deseo de vivir y de escribir. 
Es lógico que el prestigioso crítico James Wood incluyera esta fastuosa novela de Carter en su canon de la mejor literatura inglesa y americana de la segunda mitad del siglo XX.

Posdata: Durante la escritura del guión de la adaptación audiovisual (realizada para televisión pero estrenada con cierto éxito en salas de cine), consta que Carter revisó películas posteriores a la novela que le sirvieron para iluminar la dimensión visual de su trama con criterios cinematográficos. Entre las más reconocibles estuvieron estas: Valeria y  su semana de las maravillas, de Jaromil Jires, una fascinante adaptación de la Alicia del Carroll al imaginario centroeuropeo de Kafka, Nezval y Schulz; Gotto o la isla del deseo, una fantasía escopofílica del gran erotómano Walerian Borowczyk; y, sobre todo, Los cuentos de Hoffmann, de Michael Powell y Emeric Pressburger, una versión memorable de los cuentos de E. T. A. Hoffmann, maestro romántico de la literatura fantástica que también había influenciado a Carter.