lunes, 24 de abril de 2017

EL PAÍS DE GASS


[William H. Gass, En el corazón del corazón del país, La Navaja Suiza, trad.: Rebeca García Nieto, 2017, págs. 275]

Si hay un escritor norteamericano que ha recobrado actualidad, tras la victoria del espantajo Trump y la América esperpéntica que representa con su ejercicio del poder, es William H. Gass (1924), olvidado durante decenios por las editoriales españolas y uno de los escritores más originales de la segunda mitad del siglo XX.
Compañero de viaje de brillantes postmodernos como Gaddis, Barth, Hawkes, Barthelme o Coover, con los que llegó a fundar el club de los cerebros más despiertos de Norteamérica en una época histórica convulsa, es quizá el menos reconocido en España en la multiplicidad de su talento. Filósofo de formación, grandísimo ensayista y pensador literario, autor de algunas de las ficciones breves más perfectas y perturbadoras de su tiempo y de una novela suprema (El túnel; 1995), una sátira experimental de estilo bernhardiano sobre un solitario profesor universitario experto en la historia nazi y fundador infame del partido de la gente amargada y resentida.
Este libro deslumbrante supone una puesta en práctica del ideario de Gass sobre la ficción. Fue publicado en España por primera vez en 1985 por Alfaguara y estaba descatalogado desde hace años. Es una excelente iniciativa recuperarlo en una nueva traducción más literal y actualizada. Contiene cuatro relatos y una novela corta y el mejor itinerario de lectura es el inverso al propuesto en el índice. Para captar toda la intención del libro sería conveniente comenzar por el relato que titula el volumen, una muestra magistral del arte narrativo de Gass y un privilegiado portal de acceso a la realidad de la América profunda, repleta de resentimiento, frustración e ignorancia, que retroalimenta la ficción del autor con el conflicto inevitable contra su erudita inteligencia. Leyendo marcha atrás, irán encajando en el cuadro el ama de casa que se mira en el espejo abyecto de las cucarachas (“El orden de los insectos”), el voyeurismo malsano de la mediocridad doméstica (“Carámbanos”, “La señora Ruin”) y, finalmente, la gótica tragedia de los Pedersen y la violencia primordial de las planicies heladas del Medio Oeste (“El chico de Pedersen”).
El país de Gass no se mide solo por la topología y los topónimos sino también por los tropos especulativos con que el autor construye sus mapas mentales del territorio americano. Los tropos son las metáforas con que captura los peculiares tropismos de sus personajes. Este es un libro, por tanto, compuesto más por un soporte de voces narrativas y tropos textuales que por historias convencionales.
Como decía Gass en Fiction and The Figures of Life, una recopilación de ensayos contemporáneos de la escritura de los textos incluidos en este libro fundacional: el novelista que comprende su arte ya sabe que este consiste no en copiar sino en crear y recrear el mundo con el medio del que es un maestro virtuoso, el lenguaje (“Philosophy and the Form of Fiction”; 1970, p. 24). Por eso Gass se declara un escritor aquejado de la “enfermedad verbal”.
La ficción para Gass es un cerebro consciente del mundo y el tropo cerebro-mundo es uno de los que mejor definen su estética y su filosofía narrativas y, a partir de ahí, el lenguaje de la ficción construye su mundo de figuras y figuraciones. Como reflexiona en el magnífico relato que da título a la colección ese narrador decepcionado al que se le ha echado el tiempo encima sin que su corazón haya encontrado la quietud y la sabiduría que la edad promete en el ideario humanista tradicional: “El mundo –qué grandiosa, qué monumental, solemne y mortal es esta palabra: el mundo, mi casa, la poesía”.
Por todo ello se puede decir que América es el país de Gass y no de Trump. O que la América de Gass es y no es la de Trump en la medida en que su literatura incorpora una dimensión de belleza verbal y de crítica intelectual de la que carece la ramplona realidad. El mundo paradójico de Gass puede ser habitado sin miedo por el lector y su geografía mental recorrida de un extremo a otro con la certeza de que los únicos vicios amenazados ahí son el puritanismo, la pereza intelectual y la estupidez política.


Coda:

La obra más jugosa de William Gass es Willie Masters´ Lonesome Wife (1968), donde el gran experto en la “vida sexual de las palabras” (Will Gass) le daba una lección secreta al supuesto experto en la vida sexual de los individuos y las parejas (Will Masters) y no solo al otro Will palabrero (Shakespeare), como muchos han creído desde su publicación. En la misma época (finales de los sesenta) en que se hicieron públicos los resultados de los estudios de Masters & Johnson, Gass contesta a su colega científico de la Universidad de Washington (St. Louis, Missouri), recordándole que se le ha olvidado una dimensión fundamental de la experiencia: las relaciones entre el verbo y la carne, el verbo que se hace carne en la vida y la carne que se hace verbo profano en la literatura y en la novela, retornando así al origen del bucle cultural. Con su diseño original y sus páginas de colores y tonos paródicos replicando mesetas de placer, grados de ardor y orgasmos consumados, Willie Masters´Lonesome Wife plantea la lectura, en un tropo atrevido, como la posesión del cuerpo desnudo de la solitaria mujer protagonista. El objeto de deseo de la lectura era tan promiscuo e impuro que Gass, por precaución, recomendó al editor que incorporara un profiláctico al libro para evitarle contraer la “Enfermedad Verbal”. El mismo Gass, según reconoce, la habría contraído tiempo atrás leyendo a ciertos maestros inconfesables (Chaucer, Rabelais, Joyce, entre los más probables).
El verdadero designio del híbrido artefacto (narración y ensayo a partes iguales) es la reivindicación de una literatura tan contaminada de impurezas mundanas como caracterizada por una dicción deslenguada, impura e irreverente, el “estilo democrático” demandado por los nuevos tiempos culturales: “Full of the future, cruel to the past, this time we live in is so much in blood with possibility and dangerous chance, so mixed with every color, life and death, the good and bad homogenized like milk in everything we think –new men, new terrors, and new plans-  that Alexander now regrets his love to drink; Elizabeth, that only Queen, paws for her wig to seek employment; and the Swift Achilles runs against his death to be here. It´s not the languid pissing prose we´ve got, we need; but poetry, the human muse, full up, erect and on the charge, impetuous and hot and loud and wild like Messalina going to the stews, or those damn rockets streaming headstrong into stars. YOU HAVE FALLEN INTO ART-RETURN TO LIFE”. 

lunes, 17 de abril de 2017

WALLACE PÓSTUMO

 

Supongo que siempre necesitamos un gran escritor americano que ocupe la vacante. Como una mascota o un fetiche cultural al que enseñar cuando queremos quedar bien. Franzen es demasiado mainstream, Lethem irregular, Powers y Vollmann minoritarios. Y Wallace tiene la ventaja añadida de estar muerto, su obra ya no puede dejarnos en entredicho. En un país como este, donde Pynchon y los miembros más brillantes de su generación (léase Coover o Barth) nunca acabaron de entrar, sorprende que su vástago más original sea tan apreciado. Esa actitud tiene algo de sospechoso, desde luego. No me acabo de creer que Wallace, con su genio exuberante y sus novelas incontrolables y estilísticamente enrevesadas, guste a tantos lectores en estos tiempos de facilidad intelectual a toda costa y literatura predigerida.

Sin duda, cuando un escritor se muere, y más del modo violento en que lo hizo Wallace, algo se muere en el alma del mercado, creando un vacío irrellenable, y eso permite que se convierta en una mercancía atractiva para quienes hasta ese momento ni se habían fijado en él. Es evidente que el mercado ha tomado más en serio que nadie la rentabilidad de la teoría francesa de la “muerte del autor” y sabe que todo autor vivo es un estorbo importante para la buena recepción de la obra. Una vez puesto el RIP sobre la tumba del escritor se acabaron los malentendidos. La obra recae en las manos adecuadas (agentes, editores y periodistas culturales) para que su aceptación por el público sea menos problemática de lo que era en vida… 

[David Lipsky, Aunque por supuesto terminas siendo tú mismo, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2017, págs. 396]

¿Qué es el éxito para un escritor innovador que no lo ha pretendido pero tampoco lo puede rechazar? Comencemos por el principio. Estamos en febrero de 1996 y una novela inmensa acaba de aparecer en el escenario de la literatura norteamericana para revolucionar la visión que de la narrativa y la cultura se tenía en aquel momento crítico. Me refiero a la archifamosa La broma infinita escrita por un autor treintañero, profesor de escritura creativa en una universidad de Illinois y apenas conocido del gran público hasta entonces. La publicación del mamotreto convierte a David Foster Wallace en una estrella literaria que se pasea por las portadas de las revistas más célebres, los programas de televisión y radio más cultos y, sobre todo, emprende una gira agotadora por todo el país, presentando su novela ante un público entusiasta que presiente estremecido el nacimiento del último genio de las letras americanas.
Ya sabemos que los americanos nada admiran más que la suprema realización del talento individual en cualquiera de las facetas en que este puede prodigarse. Y Wallace acaba de abrirse paso discretamente a través del vestíbulo de la fama literaria en un país donde si no eres famoso eres un don nadie. El primer mérito de Wallace consiste en ser un escritor. El segundo en que no pretendió nunca ese éxito. Veinte años después, lo más sorprendente del fenómeno es esto: cómo fue posible que un libro de ardua lectura como La broma infinita lograra tal repercusión mediática.
La extensa entrevista recogida en el libro la graba David Lipsky precisamente cuando la gira de la novela está a punto de terminar y Wallace prevé el vacío gigantesco que se le viene encima como colofón y la necesidad urgente de volver a ponerse a trabajar para preservar el territorio conquistado. De ese modo, Wallace se enfrenta, en la interminable conversación que sostiene con Lipsky, a mucho más que un interrogatorio coyuntural. Wallace habla con Lipsky y con la grabadora de Lipsky como si fueran la representación tecnológica de la intrigante posteridad y del muro de opacidad que el futuro interpondrá en la comprensión del libro y su impacto cultural.
Este aspecto transforma el libro en un formidable manual de instrucciones creativas para escritores principiantes y para cualquier escritor no petrificado que quiera entender por qué la experimentación es necesaria para que el arte narrativo evolucione y por qué el éxito recompensa, de tanto en tanto, obras vanguardistas que han hecho un esfuerzo titánico para impedir que la literatura se vuelva rutinaria, conformista o convencional.
Wallace habla sin cesar de la necesidad de mantener viva la narrativa a través del contacto con los medios socialmente hegemónicos (televisión, cine, internet) y se atreve a discutir de realismo y a cuestionar a Tolstoi y la idea de realidad que los novelistas realistas manipulan para hacer creer que ellos poseen el secreto de qué es lo real, cuando en realidad no tienen ni idea y se limitan a realizar fatigosos trabajos de peluquería, maquillaje y manicura para disimular sus aspectos más salvajes e incontrolables.
Este es un libro en que se discute también sobre cómo relacionarse con una realidad compuesta por trillones de unidades de información de las que el escritor debe aprender a extraer el coeficiente de sentido que hará que los lectores lean sus libros con placer y no los desprecien como mercancía de pacotilla. Eso es este maravilloso libro de Lipsky. Una inteligente lección de supervivencia de la inteligencia literaria en un mundo hostil. Wallace murió hace ocho años pero su discurso y su voz inconfundible no morirán nunca.

miércoles, 12 de abril de 2017

ESPAÑA BAJO PALIO

            

España, en Semana Santa, se pone su disfraz más rancio y trasnochado.


Todas las primaveras el mismo golpe de estado espectacular y no nos acostumbramos. Las Vírgenes, los Cristos, los nazarenos, los legionarios, los penitentes de la España eterna tomando las calles por asalto para asombro de los turistas chinos y fastidio de minorías ilustradas. Ese es el plan de las vacaciones. Vírgenes lacrimógenas y Cristos desgarrados por una saeta y también turistas europeas despatarradas al sol.
Algunos nativos llaman cultura a esto y tildan de incultos a quienes no comparten el regusto populachero y supersticioso del evento. El porcentaje del PIB y el 21% de IVA son los signos de distinción de la verdadera cultura. En comparación, la Semana Santa cofrade se reduce a factoría local de imágenes religiosas del horror. Como si no tuviéramos bastante con las atrocidades de los telediarios.
El caso de Cassandra Vera escandaliza a la inteligencia. ¿Es Carrero Blanco una víctima de los sicarios etarras o un secuaz asesinado del dictador? ¿Reírse de Carrero es hoy una prueba de ingenio o un indicio de estupidez? Siempre estamos con lo mismo. La izquierda descolocada que rebusca en el vertedero del pasado motivos para sentirse fuerte. Y una derecha franquista que reconquista el territorio invadido, calle a calle, plaza a plaza, con eficacia medieval. ¿Y si detrás del asunto de la tuitera “trans” solo hubiera un pulso judicial por hacerse con el control de la opinión en las redes sociales?
La procesión prosigue, por dentro y por fuera. España es un país para viejos longevos en el que el gobierno, en un gesto electoralista, se gasta casi la mitad del presupuesto en pensiones. Y los jóvenes, que ponen la carne fresca y a menudo son carne de cañón, no encuentran su sitio en la vida ni un puesto de trabajo digno y duradero.
Al lado de mi casa, con gran despliegue de medios, acaba de instalarse una avanzada clínica de investigación genética. No descarto que algún día, entre sus servicios especiales, se cuente una terapia revolucionaria para combatir las taras genuinas de naciones y pueblos. España es un carnaval todo el año y no solo antes de la cuaresma. Las procesiones nos recuerdan que somos un país viejo en permanente crisis de identidad. Necesitamos una reconversión radical de las imágenes y máscaras de nuestra cultura y no repetir, año tras año, la misma pantomima melodramática de madres que sufren lo indecible por el suplicio de un hijo escarnecido para expiar los males del mundo capitalista.
La España folclórica tiene mucha fuerza y un tirón turístico innegable y la España ilustrada quizá solo sea un camelo para élites en bancarrota. A los políticos ambiciosos, como la nueva papisa andalusí, les conviene halagar el gusto mayoritario. En este país, si no comulgas con pasiones colectivas, te ponen enseguida el capirote y te sacan en procesión.

sábado, 8 de abril de 2017

GADDIS GANADOR


[William Gaddis, La carrera por el segundo lugar, trad.: Mariano Peyrou, 2017, Sexto-Piso, págs. 246]

…la propensión de la mente a simular, a fingir, a fabricar, a inventar. En otras palabras, a urdir una ficción que nos resulte conveniente. Es indudable que una notable capacidad para creer en lo ilusorio es un valioso atributo para un escritor a la hora de construir tanto sus personajes ficticios como su propio personaje. Por lo tanto, no es demasiado sorprendente descubrir que esta capacidad, con bastante frecuencia, se ve impulsada por un deseo igualmente notable por las bebidas fuertes...

-W. Gaddis, "Viejos enemigos con caras nuevas", p. 133-


La ironía americana es una de las grandes aportaciones culturales de Estados Unidos. Nada que ver con la ironía europea, mucho más amarga. Esa ironía solo puede surgir de un país joven que, a pesar de la apariencia de plenitud, sabe que sus bolsillos están agujereados y a su traje se le ven las costuras y los remiendos. William Gaddis es el máximo artífice literario de esa clase de ironía y este espléndido volumen de ensayos reproduce el mundo ideológico del que germinaron todas sus novelas.
Por si alguien no se acuerda, William Gaddis es, sin duda, el novelista norteamericano más influyente e importante de la segunda mitad del siglo XX. Sus cinco novelas abordan la influencia del capitalismo y el dinero en la sociedad moderna desde una perspectiva satírica no exenta de humor negro y un deslumbrante lirismo. Son narraciones oblicuas, elípticas, excesivas, plagadas de personajes grotescos y de diálogos y monólogos delirantes. Se trata de novelas, en suma, que no aspiran a la verdad, esa fábula consoladora, sino a alegorizar el sinsentido del mundo sin moralizar demasiado.
En el ideario irónico de Gaddis, los ganadores son los perdedores y los perdedores los ganadores y los mayores fabricantes de mentiras y ficciones, fabulaciones y mitos banales, no son los escritores sino los hombres de Estado, los políticos y los burócratas, los predicadores y los publicistas, los empresarios y los militares. En uno de los ensayos más instructivos, que da título al libro, Gaddis revisa el tema del fracaso en la literatura norteamericana para terminar demostrando que es el tema esencial de una nación y una cultura sobre las que la ideología capitalista del éxito gravita con tal fuerza que es imposible alcanzarlo y condena a sus ciudadanos al fracaso paradójico.
Conviene leer ese mismo ensayo fundamental para descubrir una de las ideas más potentes de cuantas Gaddis manejó en sus ficciones y reflexiones: “cuanto más ingeniosamente, cuanto más humanamente e incluso cuanto más cómicamente, en especial al exagerar la sátira, tratemos de captar la realidad –incluso se podría decir la verdad-, más vigoroso es el esfuerzo del Estado para huir de la realidad por medio de ficciones de tal magnitud y audacia que nos abruman y nos dejan llenos de admiración y desaliento” (“¿Cómo imagina el Estado? La suspensión de la incredulidad”).
La alianza innata del capitalismo y la tecnología y el aumento de la complejidad tecnológica como gran amenaza para individuos y sociedades, culturas y artes, es una de las preocupaciones recurrentes en el pensamiento de Gaddis. Así lo muestran su estudio truncado sobre la pianola y su agudo análisis de la guerra de Vietnam en clave informática de gastos militares, cálculos tecnócratas y bajas humanas.
Es interesante comprobar, en sus textos escritos para corporaciones o los discursos que redactó para otros, cómo la escritura de estos servía a Gaddis para canalizar opiniones que nunca habría asumido en primera persona. Este recurso a la polifonía y la ambigüedad es la técnica principal de sus novelas, donde la pluralidad de voces de los personajes termina neutralizando la tiranía de la opinión única o la voz dominante y mostrando un paisaje ideológico de una gran riqueza e ironía.
Dejo para el final un breve texto titulado “Madres”, donde Gaddis da voz a su madre para que formule una visión del mundo que encaja con su credo de novelista. Este juicioso consejo materno recibido por Gaddis cuando era apenas un artista adolescente sintetiza el sentido global del libro: “Bill, que no se te olvide que en el mundo hay mucha más estupidez que maldad”. 

martes, 4 de abril de 2017

LA (IN)SOPORTABLE LEVEDAD DEL CAPITALISMO ARTISTA

 [Gilles Lipovetsky, De la ligereza, Anagrama, trad.: Antonio-Prometeo Moya, 2016, págs. 339]

Todo lo que es sistémico se vuelve cargante. Se impone en la historia un valor sobre los otros y ya sirve de nivelador universal, de estándar a partir del cual se consideran los otros valores, aplastando cualquier atisbo de disidencia. La vida humana es dialéctica. Se alimenta de disenso y antagonismo. Oscila como un péndulo al ritmo cambiante de las necesidades, gustos y deseos de individuos y colectivos.
Milan Kundera se hizo famoso hace más de tres décadas centrando una novela magistral (“La insoportable levedad del ser”) en torno al conflicto entre la levedad y el peso en la vida y la historia humanas. La levedad de las relaciones y el peso de los atavismos, la pesadez del amor y la levedad del libertinaje, la gravedad de las ataduras y la ligereza del deseo, y, sobre todo, la reversibilidad de todo ello y el malentendido ancestral que confunde a las mentes y los cuerpos.
Lipovetsky, en su primer libro en solitario desde hace un decenio, se enfrenta al análisis de los temas referidos a lo que denomina el tiempo hipermoderno pero vistos ahora desde un prisma renovador. Como él mismo dice desde el principio, no cabe abordar la ligereza sin sentir la tentación de hacer de esta un rasgo o un atributo de su estudio. Nada más pesado, sin embargo, que un tratado ligero sobre la ligereza. Un tratado que no toma lo bastante en serio su objeto de estudio. No es el caso. Lipovetsky ha practicado el windsurf en lagos y océanos y como activo windsurfista del pensamiento sabe que el momento en que la tabla despega de la superficie del agua y sobrevuela movida por la potencia del viento que impulsa la vela es el momento de verdad del discurso. La sensación de levedad asociada a la fuerza de penetración y desplazamiento.
En un asunto como este no caben medias tintas. No se puede estar a favor de la ligereza del modo de vida de la sociedad consumista y capitalista ni tampoco en contra de una manera radical. Con gran astucia discursiva, Lipovetsky va trazando un incisivo retrato de la época a partir de lo que el ideal de la ligereza aporta de positivo o de negativo en todos los campos: desde el consumo y la economía al cuerpo y la salud, la tecnología y la ciencia, la vida privada y la pública, la sexualidad y los roles sexuales, los placeres culinarios y las modas vestimentarias, el arte y la arquitectura, la democracia y la ética, etc.
Y lo hace siendo consciente en todo momento de los límites, extremos y paradojas de nuestro tiempo. El aligeramiento de grasa, la obsesión por el sobrepeso y la belleza esbelta que afectan a la cocina y el cuerpo producen también anorexia y bulimia. El sexo se libera de lastres heredados y, al mismo tiempo, se sobrecarga de la angustia individual de la libertad excesiva y pierde gratificación instintiva. El arte se libera de la trascendencia y, sometido a las leyes del mercado y asimilado al consumo de lujo, se vuelve irrelevante. La arquitectura se impone en las metrópolis como expresión del poder de las multinacionales. La tecnología cuanto más atractiva y portátil se ofrece más escapa al control de los usuarios. La tiranía de la frivolidad y la seducción de la publicidad fascinan y fastidian a partes iguales.
No es casual que Lipovetsky reivindique al final la “ligereza de ser” propugnada por Nietzsche: la vieja aspiración a una forma de vida ingrávida, desprovista de las lacras de la pesadez existencial y repleta de gracia aérea.