viernes, 13 de mayo de 2011

MAD MEN

Como sabemos, esta última década ha sido llamada la “Edad de Oro” de las teleseries americanas. En este contexto, la oportuna publicación por la editorial madrileña Capitán Swing de esta guía de Mad Men, la serie más inteligente de la televisión, como declara con orgullo Christina Hendricks, una de sus actrices más carismáticas y portentosas, supone, además, el perfecto complemento a los placeres incomparables procurados por la visión de las cuatro temporadas emitidas hasta el momento y una anticipación de las que están por venir. Esta fascinante guía contiene, sin embargo, dos libros diferentes. Uno, que constituye el núcleo duro de la propuesta, escrito por Jesse McLean, y otro, concebido como nutrido apéndice al trabajo de éste y que, con gran perspicacia, los editores han considerado una aportación sustantiva a los planteamientos de McLean, ha sido escrito por un grupo de académicos y profesionales españoles. Para conferir unidad al libro se anteponen dos textos de presentación a cargo de reputados especialistas en Comunicación Audiovisual. Así, Concepción Cascajosa explica el contexto mediático de su aparición y ofrece cifras contrastadas para demostrar cómo no es la audiencia (un máximo de dos millones de espectadores) sino la calidad visual, la inteligencia narrativa y la recepción crítica de Mad Men las que la han convertido en la serie más prestigiosa de la televisión actual; mientras Jesús García Requena, por su parte, analiza e interpreta con solvencia los magníficos títulos de crédito que se repiten episodio a episodio, temporada tras temporada, como un anuncio publicitario de la filosofía de esta galardonada serie. Al fin y al cabo, Mad Men cuenta la historia de un publicista singular, Don Draper, que extrae la máxima plusvalía en su trabajo por pasearse por el filo permanente de la vida de su tiempo, y así, viviendo al límite entre lo convencional y lo innovador, logra atrapar las ideas con que venderle a la gente cualquier cosa, desde unos cigarrillos hasta unas medias, un coche, una compañía aérea o una campaña política.

La guía no oficial confeccionada por McLean lo tiene todo para complacer tanto al fan como al simple curioso que pretenda conocer los entresijos de la producción audiovisual del presente, con una detallada información sobre el creador de Mad Men, Mathew Weiner, y sobre cada uno de los actores y actrices que, con sus cuerpos y extraordinarios talentos interpretativos, confieren atractiva realidad a sus brillantes ideas. Pero, aparte de una revisión temática de las dos primeras temporadas, lo que la guía de McLean ofrece es un excelente breviario de las claves culturales, sociales e históricas de esta serie ambientada en los sesenta. En primer lugar, señalando su relación peculiar con la literatura realista de Richard Yates y John Cheever, dos escritores que supieron captar como pocos el desencanto existencial de las clases acomodadas y los ejecutivos neoyorquinos de su tiempo. En segundo lugar, estableciendo un vínculo con algunas películas significativas de la época, desde El apartamento de Wilder a La noche de Antonioni, pasando por otras menos conocidas, como influencias posibles en los planteamientos narrativos de la serie. Y, en tercer lugar, realizando un exhaustivo repaso a la turbulenta historia política de la década de Kennedy y Johnson. Conjugando todo ello con humor y sagacidad, McLean logra explicar el éxito inesperado de una serie dramática centrada en el avanzado mundo de las agencias de publicidad atentas a las modas y los cambios sociales de todo tipo y regidas, sin embargo, por valores inicuos en cuanto a la raza y el género.
En este sentido, uno de los aspectos más interesantes de su estudio es la comparación de las concepciones de la feminidad presentes en la serie con los discursos “feministas” de dos autoras antagónicas: Helen Gurley Brown, más acomodaticia y frívola, y Betty Friedan, más rigurosa en sus análisis y crítica con las limitaciones del papel social reservado a las mujeres. Brown fue directora de Cosmopolitan y revolucionó en 1962 la mentalidad convencional americana con la atrevida propuesta de liberación sexual de la mujer formulada en su famoso libro El sexo y la chica soltera. Con La mística de la feminidad, en cambio, Friedan reveló la desolación moral en que se veía obligada a vivir una mujer como Betty Draper (January Jones) si elegía quedarse en casa a cuidar de los hijos y de un marido que, como Don Draper (Jon Hamm), derrocha tanta energía en crear campañas publicitarias como en vivir aventuras adúlteras.
Como muestran otros autores de esta monografía imprescindible, hablar de Mad Men es hablar de muchas cosas que aún hoy, en pleno siglo veintiuno, nos conciernen de modo directo, como genealogía del presente y no sólo como recuperación historicista: “la política de género, las injusticias raciales, la identidad, el consumismo desaforado, la lucha de clases no expresada y la angustia nuclear” (McLean). Si el lector encuentra en ella, además, un repertorio de cócteles favoritos de los personajes o unas instrucciones para montar una fiesta nostálgica digna de la serie, es porque, como proclama McLean, “los años sesenta fueron muy divertidos”. Sobre todo, cabría añadir, si se era “blanco, hombre, heterosexual, ejecutivo publicitario de Madison Avenue”.

5 comentarios:

Pepe dijo...

Yo odio las series: son narraciones hipertrofiadas, llenas de fragmentos prescindibles, que podrían abreviarse sin pérdida de contenido. Si se condensasen en una narración más breve podríamos encontrar películas o miniseries extraordinarias. Estos relatos elefantiásicos son algo intrínsecamente efímero. Un pobre legado.

Y lo peor es cómo siento que me roban el tiempo...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Podría estar de acuerdo, por eso entre otras cosas prefiero el cine, en general, por el montaje, pero en el caso de Mad Men o de Breaking Bad, dos grandes relatos contemporáneos, esa hipertrofia narrativa se vuelve una ventaja artística y una excelente virtud. En otras series, desde luego, la pérdida de tiempo no es ni siquiera proustiana...

[des]Iguales dijo...

Me encanta Mad Men, por la historia que cuenta, su estética, su fotografía y eh hecho de recordarme a películas de Douglas Sirk y el famoso libro de Betty Fiedan. Me ha gustado el post. Enhorabuena!Yo también he reflexionado sobre la serie por si os apetece:
http://desigualesactualidadehistoria.wordpress.com/2011/12/11/olvidar-o-recordar/

J.C. Alonso dijo...

Amigo, Ferré. Lo primero darle la enhorabuena por su novela "Karnaval". Deduzco que mi querido Abel Ferrara, en su nuevo film; las letras de su magnífico libro sean el humus de la adaptación más directa a la gran pantalla. En segundo lugar, decirle que Mad Men es una obra maestra, no es una serie. Es algo más. Cine, que ya despareció por desgracia y se puede ver a través de una pantalla gran pantalla digital en las chaise longue de nuestros cómodos salones. En tercer lugar, le voy a dejar este artículo que escribí sobre el fenómeno “Mad Men”. No por tirarme el moco ni el pego. Pero, si tuviera otro nombre hubiera sido motivo de publicación en las mejores cabeceras de lo que queda de este país. Afortunadamente, me gano la vida muy bien como negro literario. Y por último, desearle lo mejor. Ya que su prosa es lo mejor que se puede leer a día de hoy. No soy muy fan de la Nocilla. Saludos cordiales
http://elinquietantebypass2010.blogspot.com.es/2012/11/requiem-semiotico-por-don-draper-y.html

Mariana Hernández dijo...

Admiro la crítica y la autopsia de la sociedad que hace su creador, Matthew Weiner a la sociedad de estados unidos, puede que han pasado más de 50 años del tiempo en que trascurre Mad Men, pero sigue casi intacta, hay muchos puntos que la publicidad, y la gente, no cambia.