jueves, 30 de mayo de 2013

ESPECTADOR ZOMBI



[Varios autores, The Walking Dead, Errata Naturae, Madrid, págs. 269] 

Ya no asustan a nadie. O no como lo hicieron en sus primeras apariciones. Digamos que ahora recuerdan a los espectadores aquello en lo que se han convertido, el estado de catatonia al que han sucumbido delante de las múltiples pantallas de sus vidas. El miedo que producen cuando su silueta bamboleante y amenazadora se perfila en la cercanía de los humanos que aún conservan la vida en el sentido clásico se parece más a una forma de reconocimiento familiar que a una extrañeza radical. Ante la pantalla donde una multitud de zombis se impone con su latente agresividad, los espectadores se ven retratados con un realismo crudo propio de “la época donde lo Grotesco se volvió lo Natural”, como dice Pierre Blanc citando a Herman Melville.
La teleserie The Walking Dead, una de las más populares del momento, es el último avatar de una larga serie de producciones que, desde fines de los sesenta, con La noche de los muertos vivientes de Romero como obra fundacional, instaló la figura del zombi en el centro neurálgico de la cultura contemporánea. Criatura controvertida e inclasificable, a medio camino entre la antropología costumbrista y la sociología metafísica, el muerto viviente encarna todas las paradojas de las sociedades occidentales sumidas en la voracidad libidinal del consumo y la devoración simbólica de la realidad por los medios masivos. En este sentido, el zombi no es otra cosa que la imagen cosificada del espectador y el consumidor. Constatación que se hace aún más dramática tras la lectura de este heterogéneo tratado sobre la condición humana en el presente capitalista.
Por otra parte es irónico plantearse, como hace el filósofo de la ciencia Gordon Hawkes, el problema cognitivo suscitado por la existencia real del zombi. ¿Se puede atribuir entendimiento a quien carece de vida cerebral? ¿Despunta la conciencia allí donde los impulsos elementales son dominantes? La exitosa teleserie, como el cómic de Robert Kirkman en que se basa, no resuelve este problema trascendental, pero le añade una complejidad ideológica inexistente en otras versiones. Como dice Jorge Fernández Gonzalo: “la tecnología es ahora quien detenta el poder de emocionar o emocionarse”.
Y si todo posee en esta teleserie los signos de lo real no es por capricho. La televisión americana más reciente nos ha acostumbrado a una narrativa realista fundada en la simulación. Un realismo diseñado para la era del simulacro, donde fingir efectos reales preserva la creencia en la realidad. Con los zombis y su truculenta danza de la muerte, esta escenificación apocalíptica de un realismo social reseteado alcanza ahora un nivel de definición mortal para teleadictos. Los zombis constituyen la sutura categórica de la versión de la realidad que las teleseries promueven en el espacio doméstico: esa estética donde se entrecruzan la ficción fantástica y el falso documental. A esa visión en HD le faltaba hasta ahora la complicidad absoluta que produce el hecho de que a uno y otro lado de la pantalla, con los ojos en blanco y la boca babeante, se encuentren los mismos zombis, cadáveres ambulantes y espectadores descerebrados.
La muerte y la vida son, gracias a la tecnología televisiva, fenómenos comunicantes o reversibles: “la dicotomía entre lo vivo y lo muerto, la pasividad y la acción, es el gran tema de toda odisea zombi”, según Fernández Gonzalo. La “sociedad del espectáculo” teorizada por Debord ha encontrado en las ficciones de zombis su alegoría más instructiva. Finalmente, los humanos siempre han vivido en un mundo donde, como reza el colofón del libro, “los muertos enseñan a los vivos”.

lunes, 27 de mayo de 2013

EL MUNDO EN MANOS DE ALGORITMOS FINANCIEROS



Te defines como un “agente provocador” de la literatura. ¿Qué te propones provocar?

Provocar hoy es tan fácil que no tiene ningún mérito proclamarte o, peor aún, que te proclamen “agente provocador”. Nunca me ha excitado mucho eso de epatar al burgués o al pequeñoburgués. El pequeñoburgués nació epatado y espantado y no merece la pena quitarle el sueño con bagatelas artísticas. Lo que sí me gustaría es provocar a los amos, los dueños del negocio, pero estos, por su propia supervivencia, no suelen frecuentar el arte ni el pensamiento contemporáneo. Por otra parte, provocar es una forma de incitar el pensamiento de los otros, así como una forma de resistir a la función moral que se asigna hoy a los artistas en una sociedad cada vez más hipócrita, regida por valores contradictorios. Cuando más la depredación campa por sus respetos en la escena social, más tienden todas las voces autorizadas a describir la carnicería como si fuera un picnic dominical en una pradera de Disney o de Pixar. Cuando el Bien se ha transformado en la máscara o el camuflaje del Mal, el artista con un mínimo de inteligencia crítica tiene la obligación de no jugar a este juego amañado, no participar de la farsa colectiva más de lo imprescindible, incluso dinamitar el escenario donde la impostura más descarada se presenta como única realidad posible. Pero cuidado, debe hacerlo sin tomarse a sí mismo por un profeta ni un mesías, responsable de denunciar los males de este mundo. Este es el peligro de su posición. En el momento en que se tome muy en serio su papel de enemigo del sistema, por un perverso bucle muy típico de esta cultura, el mismo sistema se encargará de recuperarlo y explotarlo en su beneficio. Nada se valora más en los mercadillos financieros de la creación que la postura pública del antagonista insobornable e intransigente, el intelectual responsable que vocea sus denuncias en todos los foros a los que lo invitan. Se vende muy bien y es muy eficaz esa actitud. Se puede incluso explotar moralmente, sin perjuicio de sus beneficios económicos. Al carecer de trascendencia real, las críticas del insurgente y el revolucionario se transforman en monerías y bufonadas ante un espejo complaciente. Así que tampoco deben contarse la inocencia ni la ingenuidad (Beckett existió para algo) entre los atributos del artista contemporáneo...
 
[Seguir leyendo la entrevista con Rubén Pujol en Revista Madriz]

lunes, 20 de mayo de 2013

EL DEVENIR MURCIÉLAGO




Desde hoy mismo se encuentra en librerías el libro Batman desde la periferia, editado por Alpha Decay, en el que se incluyen estupendos textos de Blake Butler, Javier Calvo, Christophe Claro, Laura Fernández, Eloy Fernández Porta o Slavoj Zizek, entre otros. Mi contribución al conjunto (El devenir murciélago) comienza así:

En el siglo veintiuno, la implantación del modelo económico neoliberal en todos los ámbitos ha generado, como señala Dan Hassler-Forest en el estudio más reciente y sagaz sobre el tema (Capitalist Superheroes: Caped Crusaders in the Neoliberal Age), el fenómeno cultural del “renacimiento del superhéroe como figura dominante del cine postclásico” (p. 5). Encarnación parcial o total del Imperio global, es evidente que la reaparición estelar de estos “cruzados con capa” en el marco de la cultura mainstream contemporánea responde tanto a los desafíos morales padecidos por la población occidental tras el 11 de septiembre como a las insuficiencias de dicha cultura para restañar las heridas y disipar los temores generados por una situación agravada de crisis múltiple, de bancarrota en todos los órdenes, desde el político y el económico al familiar y sexual, desconfianza en las instituciones y en los representantes así como inseguridad laboral, desempleo endémico, amenazas externas magnificadas y un horizonte tecnológico inquietante. Como concluye Hassler-Forest, el prestigio demagógico del superhéroe en la actualidad reside en su capacidad para presentar la fuerza no como un rasgo de superioridad innato a su carácter singular sino como un instrumento al servicio de la paz y el orden de la ley.
De todos los superhéroes reciclados con éxito en las últimas décadas, el septuagenario Batman, el más complejo y siniestro de todos ellos, ha sido sin duda el que, con sus transfusiones semánticas y metamorfosis espectaculares, ha alegorizado con más fuerza creativa las ambiguas condiciones del presente.

lunes, 13 de mayo de 2013

GÉNESIS ESTÉTICA


 
[Georges Perec, El Condottiero, Anagrama, 2013, págs. 190, trad.: David Stacey]

 
Georges Perec es el creador de algunas de las obras más inventivas e ingeniosas del siglo XX. El Condottiero, recién descubierta y publicada, no es una de las enésimas obras póstumas que han fomentado su culto desde su muerte en 1982. Al contrario, esta magnífica novela habría supuesto el debut en 1960 de un escritor que rompía con la estancada problemática literaria de su tiempo para imponer un proyecto de una agudeza infrecuente y una posteridad indudable.
¿Qué cuenta El Condottiero? Considerando la reaparición en novelas posteriores de motivos similares y del falsario pintor protagonista (Gaspard Winkler), podría decirse que esta fábula de Perec toma como pretexto irónico la cuestión de la falsificación y la impostura para dinamitar las concepciones clásicas del arte y las diferencias filosóficas entre la verdad y la mentira, el original y la copia, que como sabe todo lector se remontan al menos hasta Platón. Se puede recordar, en este contexto, el episodio de rivalidad que enfrentó a dos pintores griegos modélicos, Zeuxis y Parrasios. El primero fabricaba simulacros que solo engañaban a la naturaleza, mientras el segundo, más sutil o virtuoso, creaba simulaciones visuales que confundían al cerebro y no solo al ojo del pintor. La superioridad de uno sobre otro sancionaba ya una perspectiva de modernidad en el arte...

Seguir leyendo esta reseña en Microrevista.

Más sobre libros de Perec en este blog: Me acuerdo y Qué pequeño ciclomotor...

miércoles, 8 de mayo de 2013

LITERATURA CADÁVER

 

Todo se ha escrito, todo se ha dicho, todo se ha hecho, oyó Dios que le decían y aún no había creado el mundo, todavía no había nada. También eso ya me lo han dicho, repuso quizá desde la vieja, hendida Nada. Y comenzó.

-Macedonio Fernández-

El cadáver de la literatura. Supongamos que es visible como el cadáver de una ballena varada en la playa. Supongamos que nos aproximamos para verlo en detalle. He ahí que descubrimos a dos larvas famélicas paseando por su rugosa superficie como si tal cosa. Esas dos larvas carroñeras no son tales, nunca tendrán la oportunidad genética de transformarse en mariposas. Son solo un par de gusanos deslenguados, un dúo de enterradores charlatanes, como los de Hamlet, que se ríen de sí mismos y del mundo circundante, con una risa solapada y siniestra, mientras entierran a duras penas el cadáver de una literatura que les viene grande. Literatura de después de la muerte de la literatura, así denomina Iyer su propio trabajo forense en esta divertida trilogía de la que ahora se publica en español la primera entrega (Magma [Spurious], Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores).
La autopsia de la literatura, escenificada por Iyer, es cómica a ratos, patética en otros. Los dos payasos metafísicos que monopolizan las postrimerías del funeral con su presencia peripatética y sus chanzas fúnebres, el sibilino Lars y su fallido amigo W., son replicas apenas burlescas de su cínico autor, un bufón resabiado e irónico. Un bromista británico prototípico de una cultura hecha a partes iguales de distancia impostada y credulidad pomposa. Humor inglés de la mejor ley para los culturetas y los gafapasta que reverencian, como experiencias supremas de la cultura occidental, la lectura sacramental de Kafka, gran maestre de la seriedad existencialista, así como la contemplación extasiada de los plúmbeos planos secuencia del cineasta húngaro Béla Tarr.
Iyer se ríe en secreto, como una comadreja comatosa, de esta comedia terminal de una cultura humanista en bancarrota y una literatura amenazada de extinción. Y en vez de extraer de esta triste constatación una potencia creativa singular se limita a explotar en su provecho los vicios de la penosa situación, confirmando las peores sospechas de los puristas que dieron por muerta hace tiempo la gran forma artística y, acaso sin pretenderlo, entregaron las llaves del reino de la creación al mercado y al espectáculo.
El único problema de Iyer y de sus ridículas marionetas es ideológico. No hay nada original en lo que dice. Aunque lo hace con gracia y elegancia, su actitud resulta presuntuosa y oportunista. Yo sentía ya la inutilidad estética y el peso muerto de la literatura en mis años universitarios, leyendo a Blanchot y a Bernhard en plena debacle de las humanidades y las disciplinas del conocimiento, pero sabía que ese agudo sentimiento crepuscular era tan viejo como el mundo. Quizá porque el mundo, como pensaba Macedonio Fernández, fue inventado antiguo. Iyer juega con la idea melancólica de la muerte de la literatura, como otros escritores contemporáneos mucho menos dotados, porque no se siente a la altura del desafío de los tiempos. Le faltan imaginación, energía verbal, poder de fabulación e inventiva narrativa. Y se consuela de sus carencias flagrantes proclamando que nadie (tampoco él) posee hoy el talento necesario para alcanzar a los idealizados maestros del pasado. La de Iyer es una risa resentida, sintomática. La del malogrado que arrastra su cuerpo enfermizo por el sucio suelo de la jaula donde agoniza mientras imita los gestos del artista del hambre de Kafka haciendo chistes fáciles ante una audiencia menguante.
Sin embargo, Iyer es listo de verdad y no solo un listillo cultural y reconoce algo con lo que me identifico: “Solo un puñado de escritores es sincero a la hora de escribir acerca de la situación en que nos encontramos y los obstáculos que hay en el camino. Su obra es enfermiza y canibalesca, absurda y desesperada, pero paradójicamente también alegre y auténtica. Sus obras son increíblemente honestas y tienen un poder liberador. Estos son los escritores que, tal vez, nos muestran el camino a seguir”.
Magma es, por todo esto, una novela excelente. Hace pensar y provoca auténticas carcajadas.

lunes, 29 de abril de 2013

…Y EL AFTERPOP CONTRAATACA

 

 
Este es uno de los rasgos enmascarados de nuestra cultura actual, ese ballo in maschera: una gerontocracia disfrazada de cultura joven, una cultura de adictos al trabajo presentada como una cultura del ocio; una cultura donde la subjetividad, que nunca había sido tan vigilada, reglamentada y tutelada, se vende como el Jardín de las Delicias del liberalismo poscristiano. 

Toda crítica de los procesos mercantiles debe incluir, quizá en primer lugar, un cuestionamiento de ciertas esencias culturales que en alguna medida contribuyen a ellos. 

-Eloy Fernández Porta, Emociónese así. Anatomía de la alegría (con publicidad encubierta) (Anagrama, 2012, pp. 10 y 113)- 

El afterpop es una criatura esquizofrénica, un monstruo multiforme, paradójico como el capitalismo y seductor como un anuncio publicitario. Una especie de Cosa informe, de múltiples rostros y miembros inasibles. Como tal, lo mismo vale para refrendar los valores más reaccionarios del público que para diagnosticar una mutación significativa del gusto artístico o un giro cultural imprevisto. Y es que el afterpop, en sus expansiones salvajes, se comporta a veces como el íncubo obsceno que posee el cuerpo virginal de la niña Regan en El exorcista, forzándola a adoptar posturas somáticas tan espectaculares como provocativas.
 
 El afterpop, como signo de época y rasgo estético singular, encuentra en Fernández Porta su pensador más inteligente y festivo, un analista superdotado que recurre al humor sarcástico, el ingenio verbal y el destello irónico para torear intelectualmente a la cornúpeta fiera afterpop hasta obligarla a reconocer sus acendradas apetencias y deseos libidinales así como sus miserias, aporías y contradicciones flagrantes (“el romanticismo es una variable entre la contabilidad y la moda”). Las de todos nosotros, en suma, colaboradores necesarios de este conglomerado comercial y falsamente humanista donde, según Fernández Porta, negociamos la vida afectiva e íntima cual agente financiero o gestor de recursos humanos, y, sin embargo, persistimos en erigir el factor sentimental en móvil dominante de nuestras decisiones (la incisiva caricatura de Pep Guardiola como modelo biempensante y culturalmente enrollado de futbolero es de una sagacidad desternillante y más aún si se la formula como agonía o antagonía con el paradigma de mañosa alimaña de los estadios y depredador neodarwiniano del ex rival José Mourinho). Para funcionar conforme a sus expectativas de lucro, el “capitalismo emocional” necesita infundir un alma sensible en el consumidor, como un crédito personalizado a muy bajo interés inicial, con objeto de proceder después a una estrategia financiera de tentación y corrupción permanente. Esta es la perniciosa intersección entre espiritualidad y consumo característica del actual dispositivo del mercado capitalista (“la colonización del sentimiento constituye la última frontera del capitalismo”). En este aspecto de su análisis, Fernández Porta se muestra en sintonía con una parte de los postulados de Eva Illouz: “la vida emocional sigue la lógica del intercambio y las relaciones económicas”.
 
 
Con agudeza teórica, Fernández Porta acierta a enunciar sus argumentos, entre multitud de ejemplos mediáticos y artísticos, como una pugna intestina entre modelos económicos antagónicos: lo apolíneo (ahorro compulsivo, gasto sostenible, coste cero, equilibrio presupuestario, austeridad monacal de las cuentas estatales) y lo dionisíaco (inversión irresponsable, derroche frenético, endeudamiento infinito y gasto incontrolable). En ese enfrentamiento sistémico entran en colisión lo privado y lo público tanto como lo personal y lo relacional. Esto es, el orden de la intimidad, ese hogar anímico redecorado por Ikea al gusto entrañable de sus habitantes y de la entidad impersonal propietaria de la hipoteca vitalicia, frente al caos democrático de las relaciones, ese espacio promiscuo donde el otro cambia con frecuencia de cara y voz, de intenciones y deseos, y del que Facebook supone a un tiempo la plasmación tecnológica y la parodia efectiva e irrisoria.
Culmina Fernández Porta su análisis de los factores determinantes del afterpop señalando el origen de la actual crisis económica en un bucle de signo humanista una vez más: la inflación bancaria del mito publicitario de una vida personal intransferible, esa promesa emocional y afectiva hecha a sectores medios de población que no la podían financiar más que endeudándose de por vida. Sea como sea, las antinomias del “Nuevo Orden afterpop” se agravan con la implantación definitiva del régimen neoliberal en todos los terrenos del juego social y cultural. En esta nueva reglamentación económico-afectiva del mundo, el disfrute exclusivo de lo personal o privado se transforma en privilegio de propietario de clase superior, con todas las garantías del sistema, mientras lo relacional se presenta o representa como el único flujo de capital (inmaterial) que pueden atesorar los excluidos de los beneficios financieros y empresariales y los desahuciados del capital inmobiliario.
En todo caso, es en el ámbito de la creación estética donde Fernández Porta ofrece un juicio especialmente lúcido sobre el aprecio masivo de las obras más convencionales como una reacción acomplejada del consumidor a las complejidades manifiestas del afterpop: “lo que el público mayoritario hace no es asumir las condiciones de cambio de su época y saludar con parabienes aquellas obras artísticas que las representan con fidelidad, sino interpretar esas condiciones como un peligro y responder a ellas prestando atención a las obras que propongan una réplica tradicionalista explícita y sonora”. No se puede decir mejor.  

[Más sobre el afterpop aquí, aquí y también aquí.]

martes, 23 de abril de 2013

LA CULTURA MAINSTREAM ATACA…

 
La americanización cultural del mundo se ha traducido en la segunda mitad del siglo XX en ese monopolio creciente sobre las imágenes y sobre los sueños…Es toda una nueva geopolítica de los contenidos  la que aparece bajo nuestros ojos. Y el principio de las guerras culturales que se anuncian (p. 248). 

Nos encontramos solo al comienzo de una larga revolución mucho más decisiva aún: la transformación total de la cultura y la información en la era de la reproducción digital…Paradójicamente, lo digital e internet han fortalecido el mainstream en lugar de debilitarlo (pp. 560 y 561). 

-Frédéric Martel, Mainstream. Enquête sur la guerre globale de la culture et des médias, Champs, 2011, edición revisada [la traducción es mía]-



Entre las muchas guerras reales que existen, hay una incruenta, expansiva y visible solo por sus efectos colaterales. Es la guerra mundial de los contenidos, como la denomina el sociólogo Frédéric Martel, ese conflicto declarado que se desarrolla a través de los medios por el control de la información, en las televisiones por el dominio de los formatos audiovisuales y en la cultura para la conquista de nuevos mercados en los que explotar productos cinematográficos, editoriales, musicales o informáticos. Es una batalla sostenida por grandes corporaciones y grupos mediáticos con el fin de imponer sus contenidos, según los casos, a la audiencia local, regional o global. En este contexto competitivo, la cultura de la globalización está implicada, para bien y para mal, en los mismos mecanismos socioeconómicos que el resto de bienes y mercancías que circulan en el mercado.
De esta guerra de múltiples frentes y combates no siempre espectaculares, aunque no lo reconozca abiertamente, trata al sesgo este interesante libro de Antonio J. Gil González (+ Narrativa(s). Intermediaciones novela, cine, cómic y videojuego en el ámbito hispánico, Ediciones Universidad de Salamanca, 2013) donde se examinan, tomando muestras significativas de todos los campos del consumo cultural, las interrelaciones entre diversos formatos narrativos (novela, cine, televisión, cómic, videojuegos, etc.) con la intención de cartografiar una fracción significativa de esa nueva geopolítica de la cultura en la era digital. Tras la estimulante lectura del libro se hace evidente que la primera clave de análisis de la cultura contemporánea la constituyen los contenidos y, en especial, su doble poder efectivo: primero, de contagio o influencia sobre el público, con lo que se aseguran el éxito masivo y la alta rentabilidad, y, después, de flexibilidad o plasticidad para la adaptación a diversos soportes y medios. Mientras la segunda clave de esta mutación la representaría la complicidad de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la producción y difusión de tales contenidos.
En este sentido, no hay nada más paradigmático de la cultura mainstream que el trasvase de contenidos de un formato a otro. El prototipo paródico de este fenómeno sería una novela superventas que se convierte en miniserie televisiva antes de ser adaptada en un blockbuster de Hollywood, distribuido por todo el orbe, para luego transformarse en videojuego y dar lugar a una secuela literaria que reiniciará el ciclo, quizá no en el mismo orden, dando lugar incluso a la creación de una novela gráfica o abriendo una nueva franquicia de películas y series derivadas y videojuegos basados en los avatares de uno de los personajes secundarios. Pese a esto, una de las cualidades más llamativas de la cultura mainstream la constituye su irónica o cínica voluntad de reciclar viejos contenidos (mitologías antiguas, cuentos de hadas, relatos bíblicos, superhéroes mesiánicos, fantasías caballerescas, tramas seudohistóricas, etc.) en nuevos continentes tecnológicos que fabrican, con su fascinante mediación, la falsa novedad de lo arcaico y tradicional.
Las numerosas ideas que Gil suscita con sus agudos comentarios sobre notorios artefactos culturales de nuestro tiempo deberían servirnos, al menos, para revisar y corregir muchos prejuicios vigentes sobre la cultura actual. Estamos asistiendo, sin ser plenamente conscientes de las consecuencias, a varios finales escenificados al mismo tiempo. Al final definitivo de la cultura impresa (la “galaxia Gutenberg”), pero también a la liquidación del régimen mediático convencional (la “galaxia McLuhan”), y al surgimiento incontrolable de una nueva cultura digital (la “galaxia Gates” o, usando una acepción igualmente mainstream pero más hipster, la gemela "galaxia Jobs"). Un nuevo universo saturado de la producción y el consumo de contenidos, según las teorías más optimistas, o un devastador agujero negro, según las más pesimistas, que acabará por devorarlo todo. En el fondo, a lo que asistimos, hipnotizados por la magia espectacular y los efectos especiales de las nuevas tecnologías, es a la redefinición no solo de la cultura sino de lo humano y de lo que significa ser humano.