viernes, 19 de mayo de 2023

FUEGO ELECTORAL


 [Publicado en medios de Vocento el martes 16 de mayo] 

    Estalla la campaña electoral y se disparan las apuestas sobre ganadores y perdedores. Lo que está en disputa es la quemazón de los líderes políticos que tocan poder, o de los que anhelan tocarlo pronto, y el poder inflamable de los recién llegados. Sabemos a qué temperatura se queman los libros, pero no a cuál se quema un político. Unos hierven a fuego lento y otros se encienden como una cerilla. Mientras permanecen en activo, la combustión del cargo imprime sobre su imagen marcas indelebles. La democracia es un auto de fe donde arden candidatos y programas.

      Los líderes quemados sobreviven en un mundo que ya no quema libros. La mayoría de la gente los trata con indiferencia o desprecio. El culto a los libros dejó hace tiempo de ser universal, aunque la prohibición, la censura y la quema de libros fueron legales durante siglos. Cuando Ray Bradbury publicó “Fahrenheit 451” en 1953 entendía que el odio a los libros significaba un homenaje negativo a su poder liberador. Para instaurar un régimen totalitario de mentes homogéneas, fundado en el conformismo y la sumisión, era preciso erradicar el mensaje subversivo que los libros transmitían sobre la libertad de pensamiento y expresión como valor supremo de la cultura humana.

La maravillosa novela de Bradbury cuenta la historia de un hombre que trabaja como bombero quemando libros en una dictadura futura hasta que un día, por curiosidad, decide leer un libro y su inteligencia despierta. Desde entonces ya no puede parar de leer, un libro tras otro. Mientras su mente se expande y se aventura por los senderos del conocimiento y la imaginación, el mundo alrededor le parece opresivo y estúpido. Al final solo acepta la compañía de los hombres y las mujeres libres, que leen libros sin miedo y los memorizan para salvarlos del olvido y la destrucción. Esos hombres y mujeres libro constituyen una sociedad secreta de lectores libres que no soportan vivir en el mundo iletrado y televisivo de sus semejantes.

Hoy, inmersos en la banalidad absoluta de las redes sociales, esta fábula suena ingenua. Ya no vivimos en un tiempo que necesite quemar libros para matar su influencia. En el mercado libre los libros son una mercancía inofensiva y la lectura es una afición minoritaria cuyo peligro no inquieta a las mentes adormecidas. Su potencial disidente ha sido desactivado por décadas de mala educación y populismo mediático. Es hora de despertar. En un mundo de lectores inteligentes, muchos políticos actuales no serían elegidos. 

viernes, 12 de mayo de 2023

LA GUERRA EN LA CABEZA


  [Louis-Ferdinand Céline, Guerra, Anagrama, trad.: Emilio Manzano, 2023, págs. 160] 

          Hay muchas guerras en esta “Guerra” que ha revolucionado la comprensión de la obra celiniana. Una obra que parecía ya encerrada en coordenadas críticas muy bien cartografiadas. Y, sin embargo, he aquí que salen de la nada, como si de un capítulo del “Quijote” se tratara, una maleta de manuscritos robados al final de la Segunda Guerra Mundial del domicilio parisino de Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) entre los que se encuentran esta novela inacabada y espléndida, un borrador redactado con mano maestra y escritura febril en 1934, y su continuación aún más procaz, “Londres”, que los lectores franceses ya conocen y disfrutan desde octubre pasado.

          La experiencia de la guerra es la fisura en el cráneo creativo de Céline, abierta como una brecha por la que las voces del mundo penetran después de recibir un balazo en el brazo y estampar la cabeza contra un árbol durante un episodio insignificante de la Primera Guerra Mundial. Tras padecer en carne viva el horror de la guerra y la miseria moral de la hospitalización y la retaguardia, Céline estaba en condiciones de convertirse en el novelista francés más importante del siglo XX y uno de los grandes creadores de la forma novelesca moderna. Mientras Proust se encerraba en los salones decadentes con sus aristócratas y burgueses a respirar el oxígeno viciado de sus vidas asfixiantes, Céline se convierte en el profeta vociferante y provocador de la edad de las masas.

Esta novela póstuma tiene la originalidad de ser una secuela anómala del “Viaje al fin de la noche” (1932). Autobiografía y ficción, al mismo tiempo. Crónica de las vivencias del doble de Céline, ese Ferdinand narrador que le sirve para dar voz a los instintos más primarios, el ánimo melancólico, la negra hilaridad y una visión de la vida exacerbada hasta el paroxismo libidinal y morboso. Y poderosa fabulación, en la parte final, como si Céline se sintiera de pronto arrebatado por las posibilidades narrativas del mundo caótico puesto en escena y se dejara arrastrar por las tentaciones de una trama tan picaresca como utópica.

La narración en primera persona comienza bruscamente, respondiendo a las páginas faltantes del manuscrito y a la violencia que ha abatido al protagonista, hiriéndolo en el cuerpo y en el alma para siempre. Los escabrosos episodios en el hospital, con las relaciones eróticas con la enfermera L´Espinasse, que goza atendiendo a los heridos más graves, y la escabrosa amistad con Bébert-Cascade, un proxeneta parisino que se alistó para huir de un crimen y se ha autolesionado en un pie para ser licenciado, como luego denunciará su mujer, la prostituta Angèle, como focos explosivos del relato de lo vivido por Ferdinand en esta parte central.

Si esta novela puede sumarse al canon celiniano como una pieza significativa es debido, fundamentalmente, a la parte final, donde la narración se desliza de la biografía grotesca y truculenta a la ficción carnavalesca sin alterar su estilo y visión del mundo. Fusilado su amigo Cascade, Ferdinand es instruido por Angèle, la viuda prostituta y pelirroja irresistible, en las artes de la cetrería de militares británicos de alta graduación y fortuna, tan viciosos como generosos. El viaje a Londres en pos de una nueva vida, con su dulce promesa de placer y riqueza, alegoriza la salida del laberinto histórico y patriótico que conduce a la aberración y estupidez de la guerra. A ese estilo de vida hedonista y desprejuiciado, Ferdinand lo llama “la felicidad del mundo” y cabe pensar que era el ideal libertario que Céline tenía en mente a pesar de todo el ruido y la furia con que trató de negarlo.

lunes, 8 de mayo de 2023

UNA VIDA DIVINA (PHILIPPE SOLLERS)


         Con ocasión de la muerte de Philippe Sollers recupero este ensayo, incluido en un libro futuro titulado Batallas de amor, y que aspira a retratar a Sollers a partir de la imagen singular que producen sus Memorias, publicadas en francés en 2007. Entre Sollers y yo ha habido, a lo largo del tiempo, tantas afinidades como diferencias. Cuando en enero de 2014 se publicó Karnaval en francés, novela en la que aparecía como uno de los personajes del documental ficticio que escinde el libro en dos mitades asimétricas, me criticó amablemente en una columna de prensa por no entender el verdadero sentido de la palabra “libertino”. Yo creo que no me perdonaba, en el fondo, que le hiciera decir en la novela que había compartido orgías con DSK, violador consumado y falso libertino. En este texto digo todo lo que pienso de bueno sobre él, más allá del bien y del mal, como quería el maestro… 

[Philippe Sollers, Una verdadera novela. Memorias, Mauro Armiño (trad.), Páginas de Espuma, Madrid, 2008, págs. 430] 

La primera condición para escribir unas buenas Memorias es haber tenido una vida incomparable. Una vida digna de ser vivida, una y otra vez, en la experiencia y en el recuerdo. No es el caso de muchos memorialistas, simples cronistas de la rutina y la nimiedad, pero sí de Philippe Sollers (1936-2023), cuya vida, digan lo que digan sus enemigos, es más que memorable y merece repetirse al infinito, como él mismo propugna, siguiendo la estela del círculo vicioso, el eterno retorno nietzscheano. (Por otra parte, conviene recordar que L´Infini es el nombre de la revista que Sollers fundó y dirigió en Gallimard desde 1982, llamada así en homenaje al libro erótico destruido y luego recuperado de Louis Aragon (La Défense de l’infini; 1923-1927/1997), y que sucedió a la desaparición de Tel Quel.)

Sollers siempre ha escrito novelas donde la fuerte presencia de lo autobiográfico marcaba sus peripecias con el sello de la subjetividad de su autor. Era hasta cierto punto lógico que al escribir sus memorias quisiera atribuirles, con notable ironía, la condición de novela, aunque los acontecimientos de la vida de Sollers no necesiten ser contados recurriendo a las categorías de la ficción, incluso en un contexto cultural donde el exceso de autoficciones y ficciones biográficas apenas si encubre la homogeneización de los modos de vida y la ramplonería del concepto de ficción vigente.

En este sentido, Sollers tiene la gran ventaja de partir de la biografía de un sujeto de nombre seudónimo (su verdadero apellido es Joyaux), es decir, de una plataforma narrativa ya definida por la ficción del yo. Quizá sea ésa la mayor limitación de su literatura, pero también es ahí donde se fundaría su grandeza. Una de las grandes originalidades de este libro radica en su atrevimiento. No podía ser menos si tenemos en cuenta que para justificar la existencia del mismo Sollers se remonta hasta el Big Bang: “Me concederéis que insistir en escribir unas Memorias en estas condiciones”, refiriéndose a las asombrosas características del cosmos descrito por los científicos, “responde a lo novelesco integral” (ibid., p. 297). Quizá por esto también se trata de un libro escrito con una discreción y una sutileza, una elegancia y un refinamiento singulares.

Es un placer leer a Sollers cuando escribe sobre los temas que más le apasionan: el siglo dieciocho francés, con su corte de libertinos y libertinas, sus fiestas galantes y sus fulgores carnales; las aventuras literarias del siglo XX, en las que ha participado como adalid, miembro destacado de la vanguardia europea; la gran literatura y la gran pintura de la historia europea; su complicidad con grandes figuras como el semiólogo Roland Barthes y el psicoanalista Jacques Lacan, sus ciudades (Venecia, París o Nueva York) o sus escritores de elección (Voltaire, Baudelaire, Rimbaud, Sade, Céline, Proust, entre otros). También fascinan los fogonazos de su incisiva inteligencia al comentar la política del siglo pasado y del presente, con opiniones de una lucidez aplastante. A Sollers lo odia mucha gente, en la extrema derecha y en la extrema izquierda, en el centro con tendencia diestra y en el centro con tendencia siniestra. No puede pensar mal alguien que molesta a todas las facciones del espectro con su insobornable independencia y autonomía de juicio. Y es que Sollers, que cometió algunos errores estratégicos en el pasado (¿un burgués maoísta y revolucionario? Pecados de juventud, como suele decirse) es un superviviente de las guerras ideológicas del pasado y, por tanto, un inmejorable observador de la farsa institucionalizada del presente (a la que su amigo y maestro Guy Debord denominó la “sociedad del espectáculo” y Sollers, sin quitarle la razón, prefiere llamar “desmundo” al “Espectáculo”; ibid., p. 300).

Sin embargo, el territorio exclusivo donde da más placer aventurarse con este Casanova del siglo de la X doble (“la vida paralela, la vida verdaderamente libre, el amor libre, tienen su dios singular. Sequere deum, dice la divisa de Casanova”; ibid., p. 121) es cuando escribe, con gran desparpajo y sensibilidad, sobre su gran debilidad y su gran fuerza, las mujeres. De las mujeres más importantes de su vida, según las épocas: su madre Marcelle y su tía Laure (“Deseé vivamente a mi madre y a mi tía”; ibid., p. 29), la joven vasca refugiada, Eugénie, con la que descubrió el amor físico y la ternura de los marginados. Y luego la novelista belga Dominique Rolin, su gran amor juvenil, y la prestigiosa escritora y psicoanalista Julia Kristeva, su esposa y compañera de viaje de tantas aventuras intelectuales. Sin identificarlas, como no podía ser de otro modo en un escritor discreto como él, también escribe anécdotas confidenciales sobre otras mujeres con las que ha vivido intensos amoríos, romances episódicos que marcan las páginas de sus novelas con una estela sexual y sentimental inigualable entre los contemporáneos (“He reunido muchas complicidades femeninas en mis aventuras. Aparecen contadas en mis novelas, de forma más o menos traspuesta”; ibid., p. 127).

Admirable escritor este Sollers. Después de liderar la última vanguardia literaria de que se tenga noticia, el grupo Tel Quel, durante los años sesenta y setenta, y de haber capitaneado la gran renovación europea del género con experimentos que, sin embargo, nunca estuvieron a la altura de los presupuestos teóricos y filosóficos con que se quiso arroparlos, su novelística dio un salto cuántico a partir de Mujeres (1983), donde abandona el corsé abstracto que comprimía su talento y da rienda suelta a una visión tan penetrante como cáustica del mundo contemporáneo. A partir de esta novela magistral, que se ganó la admiración de Philip Roth, Sollers comenzó a practicar una concepción narrativa relativamente más accesible en cuanto a formatos y estilo, pero en la que seguía inoculando el mismo discurso intransigente de los ensayos y artículos que prodigaba también con metódica puntualidad (“El Arte sin el Sexo no es el Arte, pero el Sexo sin el Arte no es el Sexo”; ibid., p. 195). Y es que Sollers, además de un novelista provocativo e innovador, es una de las grandes cabezas pensantes de la tradición francesa que se remonta a Rabelais y Montaigne y, pasando por los ilustrados más ilustres, Voltaire y Diderot, se va diluyendo en el siglo XX hasta hacerse irreconocible. Une vie divine (2006), consagrada a la figura de ese intempestivo supremo que fue Nietzsche, otro gran libertador moral como Sade, es tal vez la novela europea más original de la primera década del nuevo siglo, al atreverse a mantener en el foco de la ficción a un Nietzsche ventrílocuo que habla como Sollers, y viceversa, y vive instalado en París entre modelos hermosas y mundanas y la necedad espectacular. Como declara Sollers en estas Memorias; “para mí, el gran liberador e inspirador habrá sido, y sigue siendo, Nietzsche” (ibid., p. 313).

El propósito último de este libro es nietzscheano y responde a la necesidad íntima de Sollers de “verificar si he tenido razón viviendo como he vivido”. O como escribió con anterioridad: “ha sonado la campana del Tiempo, y ese es el momento natural de preguntarse si uno ha vivido como tenía que hacerlo, y si, eterno retorno, le gustaría revivir de la misma forma para siempre” (ibid., p. 303). En Venecia, bajo la influencia de Venus, Sollers recibe una respuesta afirmativa. Como viera Nietzsche, mentor supremo, y reitera Sollers, la vida solo merece ser vivida si uno llega a desear que cada instante de la misma se repita siempre sin cesar. El eterno retorno de Philippe Sollers se cifra en un deseo de revivirlo todo, esta máxima voluntad de poder realizada a través de la “reanudación”: así se llama el capítulo que sirve de apoteosis o (auto)endiosamiento a Sollers y precede, no por casualidad, al capítulo sobre Nietzsche (ibid., pp. 303-311). Esta reanudación perpetua es enunciada en todas y cada una de las páginas de estas Memorias irrepetibles como una expresión afirmativa de sí mismo: “Quiero llevar luego al mismo tiempo una vida amorosa, una vida depravada, y una vida de literatura de vanguardia” (ibid., p. 307).

miércoles, 3 de mayo de 2023

QUOD EROS DEMONSTRANDUM

  [Conferencia pronunciada el jueves 20 de abril de 2023 en el Seminario Internacional sobre la Novela de la Universidad de Trento]

     Il romanziere e critico letterario spagnolo Juan Francisco Ferré, riconosciuto in patria come uno dei migliori scrittori della sua generazione, è intervenuto al Seminario Internazionale sul Romanzo (SIR) proponendo un'intensa quanto profonda riflessione sull'opera romanzesca di uno dei suoi maestri: lo scrittore e critico cinematografico cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005). Soffermandosi soprattutto sui due romanzi di Cabrera Infante più letti e riconosciuti nel mondo, Tre tristi tigri (1967) e L'Avana per un infante defunto (1979), Ferré è riuscito a offrire, oltre che un ritratto originale dell'autore, un'inedita analisi formale e tematica dell'opera di Cabrera Infante, sospesa tra esilio e critica di ogni forma di propaganda, tra Eros e irrinunciabile libertà linguistica.

viernes, 28 de abril de 2023

JUEGOS SIN FRONTERAS


 [Publicado en medios de Vocento el martes 18 de abril] 

          Es extraño el mundo digital. Carecemos de categorías adecuadas para comprender qué sucede en un mundo que se ramifica en niveles divergentes. La complejidad del entramado nos condena a actuar como observadores distantes en procesos que nos afectan de lleno. Es una suerte, en este sentido, que el dominio de los videojuegos aporte luz a este juego confuso que es hoy la geopolítica y nos recuerde la influencia del juego virtual en el escenario real. A fin de cuentas, los videojuegos son el modelo formal de la vida contemporánea. Aprender a jugar, para un jugador inexperto, es aprender a vivir en un mundo diseñado como un espacio de juego que está en todas partes y en ninguna.

Es lógico, por tanto, que sea un joven jugón militar quien esté detrás de la filtración de los dudosos documentos del Pentágono que revelan que los americanos son los únicos occidentales que saben a lo que juegan. A hacerse más fuertes, o a evitar todo lo que los debilita, da lo mismo en el mercado global. Los europeos, como escribiría Henry James, han quedado retratados como lo que son, vasallos de la hegemonía yanqui en declive en un mapa polarizado. Los videojuegos suelen ser implacables con este tipo de avatares subalternos que ni saben a lo que juegan.

Los chinos, en cambio, están ganando la partida. Nadie quiere ser su enemigo, excepto los americanos, por razones obvias, y son actores protagonistas del juego multinacional. Conocen de memoria el libro milenario de las mutaciones de la realidad, sin mutar ellos mismos, y lo manipulan a su antojo con astucia y previsión. No juegan, como sus adversarios, con ventajas históricas ni trampas estratégicas. Taimados y calculadores, han esperado con paciencia su oportunidad y cada jugada que acometen sobre el tablero del nuevo orden mundial es acertada.

En el caso del soldadito traidor, sea este o no su papel final en la trama, se aplica literalmente la ley de los grandes datos. Si no te han vendido la información, eres tú quien ha sido vendido. Y ahí nos reconocemos todos. Nada es gratis. Con esta brecha informativa, leemos la guerra de Ucrania de otro modo. Los rusos aguardan su momento y la resistencia ucraniana tiene los días contados. Si yo fuera Zelenski aprovecharía para ponerme al día en videojuegos. En estos videojuegos visionarios está escrito también el destino europeo. La clase dominante de nuestro tiempo es la que posee y controla la información, como dice McKenzie Wark, y no la que sigue jugando a necios juegos de guerra. 

miércoles, 12 de abril de 2023

CLEPTOCRACIA


  [William Gibson, The Peripheral, Roca Editorial, trad.: Efrén del Valle, 2023, págs. 526] 

      Vivimos desde hace mucho tiempo en un mundo de ciencia ficción. Y no solo porque la ciencia y la tecnología revolucionen de manera permanente la realidad y nuestras ideas sobre la realidad, sino porque una parte fundamental de su eficacia está fundada en la ficción, el poder de la ficción sobre el cerebro humano y las especulaciones sobre la inteligencia artificial.

     William Gibson lideró el movimiento ciberpunk en los años ochenta y a comienzos de este nuevo siglo, tras escribir un puñado de relatos memorables (recogidos en Quemando cromo) y dos trilogías novelescas en los ochenta y noventa (la trilogía “Neuromante” (o del “Sprawl”) y la “Trilogía del Puente”) que cambiaron radicalmente la visión del futuro que hasta entonces se sostenía, dio otro giro drástico a su proyecto literario afrontando en una nueva trilogía (la “Trilogía de la Hormiga Azul”, también conocida como “Hubertus Bigend”) la presencia de los signos del futuro en el presente más intempestivo.

En 2014, pasada más de una década y media del nuevo siglo, Gibson regresó a sus orígenes, retomando planteamientos de sus primeras propuestas y de algunos de sus cómplices más creativos (Bruce Sterling), para abordar la idea del futuro tal como las inteligencias más avanzadas, biológicas o computacionales, superando las barreras cognitivas convencionales, comienzan ya a prefigurar. 

Para complicar el juego de la ficción, en The Peripheral, primera entrega de su nueva trilogía (“Jackpot”, compuesta de una segunda entrega publicada en 2020 y aún no traducida, Agency, y de una tercera entrega inédita) reeditada ahora tras su adaptación televisiva, no hay un solo futuro sino dos, enredados en un bucle perverso. Un futuro situado en torno a 2028, ambientado en una América tercermundista, con una población parada, asociada a la fabricación de drogas u ocupada en supermercados tipo Walmart, sin otro ocio que los videojuegos y los bares cutres. Y un segundo futuro, el principal, ambientado en el sofisticado Londres de 75 años después, donde campan a sus anchas las élites económicas, todos los servicios y caprichos los realizan diversos modelos de androides, entre otros los “periféricos” que dan título a la novela, entes híbridos, orgánicos y cibernéticos, a los que se puede transferir temporalmente la conciencia humana individual.

Gibson organiza la trama para que ambos futuros divergentes se comuniquen, a pesar de sus diferencias, constituyendo uno de ellos, el más atrasado, un pasado alternativo del otro. Porque una de las claves más ingeniosas de la novela, una brillante idea más allá de su aplicación concreta a la ficción, es que el futuro más lejano coloniza los distintos pasados, los utiliza como escenarios para extraer recursos económicos con que financiar las guerras corporativas y conspiraciones políticas del futuro.

En la red de tiempos interconectados concebida por Gibson como un tablero virtual, cada vez que ese futuro dominante explota en su provecho cualquiera de los pasados posibles lo desconecta automáticamente de la red cronológica lineal que solemos llamar historia. Como islas flotando en la corriente del tiempo, o planetas fuera de órbita, esos pretéritos dislocados (los “muñones”) son el campo de maniobras preferido por las élites futuristas.

Gibson no cita a H. G. Wells por casualidad al comienzo del libro. “La máquina del tiempo” ya no es una línea recta inexorable, como pensaba Wells, ni tampoco se compone trazando bifurcaciones constantes que crean un laberinto arborescente al infinito, como fabuló Borges siguiendo a Leibniz en “El jardín de senderos que se bifurcan”. El tiempo, en la demoledora visión de Gibson, se construye desde el futuro. Es el futuro el que impone sobre el pasado la hegemonía de su poder. Tras la catástrofe ecológica que hizo desaparecer al ochenta por ciento de la población, el mundo fue resucitado por la ciencia y la nanotecnología y convertido en una utopía para ricos que viajan al pasado para hacer turismo, divertirse o aumentar su riqueza, mientras esos pasados adquieren el estatus de colonias subsidiarias. Ese estado de cosas universal merece el nombre de “cleptocracia”.

La ironía de Gibson, sobre el presente o sobre el futuro, es tan acerada como glacial.



miércoles, 5 de abril de 2023

EL GEN EGOÍSTA


 [Publicado ayer en medios de Vocento] 

        Los sexos andan revolucionados y la realidad cada día más incontrolable. No se puede parar el progreso de la sociedad posmoderna, embarcada en un proyecto de superación de mitos y tabúes en el que la ciencia y la tecnología actúan como motores de transgresión. En el mundo global del siglo XXI, el gran mercado donde todo se compra y se vende, es imposible imponer el imperio de la ley o la rancia moral sobre los deseos y los actos más humanos sin parecer una monja mojigata o un cura retrógrado. Pasada la Semana de Pasión, ya podemos cotillear sobre asuntos turbios sin que nadie nos perturbe.

Si la ciudadana García Obregón se ha salido con la suya en su plan de resucitar al hijo fallecido como niña sintética es por la misma razón que tantos Hamlets adolescentes pueden exigir una reasignación quirúrgica de su sexo. Las distinciones son hipócritas. Nos guste o no, es lo que tiene vivir la vida loca del capitalismo consumista, con sus identidades múltiples y fluidas y sus familias flexibles. La derecha y la izquierda más puritanas, opuestas al aborto y la prostitución, pretenden poner freno al desafuero y acotar el campo de lo posible con estrategias políticas inútiles.

En materia de manipulación genética estamos aún en pañales, nunca mejor dicho. Ahora es el vientre de alquiler, recurso con que hombres y mujeres obtienen de la ciencia un servicio que contraviene a la naturaleza, siendo lo más natural, por otra parte. Es así como el caso de la maternidad artificial de la ciudadana García Obregón se transforma en cuento de ciencia ficción con ramalazos ancestrales. En el futuro inmediato se impondrán técnicas de concepción y gestación de bebés customizados, impresos en 3D al gusto de clientes con ansias de reproducirse. Y más tarde, cuando las élites quieran, el doctor Frankenstein proveerá de clones pluscuamperfectos para conocer el goce de la vida eterna y la inmortalidad biológica con que la humanidad lleva soñando milenios.

Este es el mundo monstruoso que se perfila tras el escándalo de la veterana estrella del famoseo español que acaba de realizar, supuestamente, el milagro de que el semen de su hijo la haya hecho abuela sin copular con otra mujer. El negocio de la ciencia nació para hacer feliz a la especie humana y satisfacer sus deseos más primarios. Los más egoístas también, como los genes que multiplican el vacío de la vida al infinito. La madre dolorosa y el hijo muerto, una vez más, clonando su trágica historia por los siglos de los siglos. Amén.