jueves, 30 de junio de 2011

EL LORO DE CÉLINE (1)


Todo ha sido dicho ya sobre Louis-Ferdinand Céline (1894-1961). Todo y lo contrario de todo. Comunista, anarquista, fascista, colaboracionista, nazi, antisemita, misántropo, etc. Bagatelas para un cincuentenario. ¿Es posible que alguien reúna en su persona todas estas máscaras despectivas? ¿Es creíble? Vale, ya sé, ya sé. Céline fue comunista en el Viaje al fin de la noche, como él mismo reconocería más tarde renegando de esta primera novela revolucionaria, hasta que viajó a la Unión Soviética y dio testimonio en su primer panfleto, Mea Culpa, del horror que le inspiraba la colectivización de la miseria y el leninismo de la infelicidad obligatoria. [Cabrera Infante, en extraño homenaje, titulará Mea Cuba su andanada contra el castrismo militante.] En realidad, desde las primeras páginas del Viaje ya se define como objetor anarquista enamorado del caos, la libertad y la intrascendencia de la vida. Las patrias, las naciones y las banderas, las guerras y las clases, el dinero y los que lo tienen o no lo tienen, he ahí el problema, todo eso, para el Céline de la internacional apátrida, no era más que un motivo de risa socarrona y desengaño moral. ¿La guerra? Una orgía de muerte y destrucción ejecutada en nombre de supercherías simiescas y sórdidos intereses económicos. ¿El amor? “El infinito puesto al alcance de los caniches”, como dirá Bardamu, su alter ego en el Viaje. ¿Puede, entonces, un escritor adscribirse a la idea de la vida social como infierno planificado y no pagar un alto precio político? ¿Puede un escritor desnudar los corsés simbólicos que sostienen el orden de cosas sancionado por el derecho y las instituciones y no ser considerado un traidor integral?
No hay exculpación posible para Céline. Si participó (cosa dudosa) del nazismo (ese “satanismo wagneriano”, como lo llamó con sorna), lo fue por odio al comunismo soviético y al capitalismo americano. Si execró a los judíos, a la manera histriónica de los patriarcas bíblicos, fue por la promiscuidad innata de algunos de ellos con la riqueza y la mezquina administración de la riqueza que representan la banca, las finanzas y la plutocracia transnacional. Si fue colaboracionista, o creyó por error, como él mismo reconoció a destiempo, en “el pacifismo de los hitlerianos”, lo fue por asco de una Francia adormecida en sus laureles decimonónicos a la que había advertido en sus polémicos panfletos de que iba a ser arrasada por un viento letal que venía del norte, el este y el oeste (como las brujas evocadas en el carnaval naturalista y bufo de Guignol´s Band) y en el que veía concentradas, no por azar, todas las fuerzas perversas de la historia, sedientas otra vez de sangre, de cadáveres y de masacres. Céline nos hace dudar todo el tiempo, es uno de sus encantos más insidiosos. ¿Puede un escritor viajar impunemente al otro lado de la vida, como anunciaba el Viaje, y volver indemne para contarlo con pelos y señales, sin escatimar horrores y obscenidades? Al otro lado del Tiempo, dijo también, “para contemplar cómo son los hombres y las cosas” vistos desde esa perspectiva excéntrica. Al otro lado de una cultura como la judeocristiana, a su reverso aciago y escabroso. Como dice Guido Ceronetti: “Con ojo volteriano vuelto aún más sombrío por la paranoia, [Céline] veía la Biblia como una monstruosidad inhumana, el germen del mal, el imán semítico de todas las maldades posibles, un castillo sadiano donde los patriarcas hebreos acumulaban masacres”. [Céline y Buñuel (La edad de oro), otra productiva conexión a investigar.]
El plan estaba trazado desde mucho antes. Rimbaud lo había expresado con admirable visión. Hay que cultivarse verrugas en el rostro, devenir un monstruo, como Lautréamont, entrar en contacto con las fuentes inagotables de la abyección y la vulgaridad, para que la literatura sea más verdadera. Sí, Céline era un oráculo locuaz de los vicios inscritos en el código genético de la especie humana desde el principio de los tiempos. Pero no era un moralista pelmazo, sino un bocazas festivo y burlón. En esto reside su auténtica grandeza literaria. Habría que preguntarse, entonces, la pregunta incómoda que la literatura lleva haciéndose desde siempre. ¿Es el humano un animal lo bastante evolucionado como para tolerar la convivencia con la verdad? ¿Es posible vivir amancebado con ésta, oyendo a diario su cháchara venenosa, sin perder la razón y hasta el habla? ¿Sin hacer del habla, así intoxicada, una razón delirante que despotrica porque sí, contra todos y contra nadie? ¿Es posible radiografiar la realidad y ver la desnudez integral de la comedia humana, como un número de cabaret diabólico, donde todas las miserias, fracasos, infamias y maldades quedarían expuestas a la luz sin tapujos, y no expresar los efectos de esa visión estupefaciente en la lengua dionisíaca de los locos y los bufones, los borrachos, los pícaros, los canallas y los marginales, como supieron ya Villon y Rabelais, precursores del genio celiniano?
En la historia del médico húngaro Semmelweis, al que dedicó su tesis doctoral en 1924, encuentra Céline una metáfora temprana de su visión extrema de la vida. Semmelweis descubrió que la explicación a la muerte de miles de mujeres aquejadas de fiebres puerperales radicaba en los gérmenes que las manos desnudas de los médicos que las asistían en el parto transportaban hasta sus sexos desde los cadáveres putrefactos de la morgue del hospital. Para probar su tesis, el doctor húngaro tuvo que infectarse, bisturí en mano, y morir del mismo mal que las parturientas. La imagen es escalofriante, nacimiento y muerte conectados en un cortocircuito brutal, y la sentencia de Céline, fascinado por el valor y la honestidad de Semmelweis, inapelable: “En la Historia del Tiempo, la vida no es más que ebriedad, la Verdad es la Muerte”. Sí, la influencia de Shakespeare es reconocible aquí y en otras partes de su obra. Céline veneraba el espíritu apolíneo de Ariel, por eso amaba la música de Rameau, la poesía de Ronsard y el cuerpo esbelto de las bailarinas, pero sabía que el mundo estaba dominado por la grosería y la vileza de Calibán. Había que hacer una revolución espiritual para librarse de la pesadez humana y el espíritu de seriedad, una irónica vindicación de la levedad. Todo el siglo XX, cuyo infierno Céline retrata como nadie, fue el siglo de la pesadez y de los sangrientos conflictos generados por la pesadez. La pesadez burguesa, la pesadez capitalista, la pesadez comunista, la pesadez fascista y nazi. Céline era médico, sí, médico de barriada, con una harapienta clientela de pobres y desgraciados, y como médico obsesionado por la higiene sabía que el mal que afectaba en profundidad a la vida social, por desgracia, era endémico, incurable.
Céline tomó el nombre de guerra de una abuela carismática a la que admiraba más que a nadie en su familia. Con ese nombre femenino, borrando el de su padre, declaró la guerra a los valores del mundo pequeñoburgués en que nació (Muerte a crédito, su segunda novela, es una máquina de guerra aún más devastadora que el Viaje). No hace falta, sin embargo, psicoanalizar a Céline. Proclamó a Freud su maestro porque entendió que en éste, a pesar de las falacias con que sus discípulos supieron embalsamar la verdad de sus hallazgos, había un aliado valioso, el gran deconstructor de las miserias domésticas de la sociedad burguesa, el que había mirado con mayor lucidez en el fondo de la noche del inconsciente familiar y social. Así entendía Céline su arriesgada “misión” en la vida y en el arte. Auscultar la mentira y la hipocresía que rigen desde siempre las vidas privadas y las sociedades humanas, sus mitos y valores, creencias y mixtificaciones, de manera implacable y cómica. “Los seres humanos”, dice sin inmutarse, “pasan de una comedia a otra”. Eso es la vida. El resto son cuentos de farsantes y charlatanes. Como fabulador de la tribu, Céline lo sabe por experiencia propia e inventa una lengua corrosiva y un modo feroz de mirar el mundo que lo despoja de todo lo accesorio y lo deja reducido, novela tras novela, a una tragicomedia satírica de rasgos hilarantes y crueles...

[Seguir leyendo, El loro de Céline (2)]

2 comentarios:

LIU dijo...

En Pouvoirs de l´horreur, Julia Kristeva le da un repaso a la etiqueta de abyecto que lleva colgada Céline. Saca mucho sentido, casi romántico, al tema de la tesis de Céline médico, el parto y las enfermedades puerperales.Pero sobre todo, habla del efecto liberador que permite la lectura de Céline.
Pero qué difícil es, mecachis.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Sí, me gusta mucho ese libro de Kristeva, leído hace años, en mi época más teórica. La parte que más me sorprendió, a pesar de su brevedad, fue la de Borges. Borges abyecto. Conectó con mis gustos y preferencias. La de Céline es la parte de león del libro, en efecto, como no podía ser menos, Sollers obliga... Sí que es difícil la prosa celiniana, coincido, pero gratifica mucho...De todos modos, uno de mis libros favoritos de entre los suyos, un opúsculo hilarante muy fácil de lectura, son los Entretiens avec le Professeur Y, te lo recomiendo para desoxidar otras lecturas, quizá sea la mejor puerta de acceso a su obra, entre otras cosas porque la explica y se explica...

Gracias por tu comentario.

Un abrazo,
JF