
Para el espectador de películas como Al final de la escapada (À bout de souffle), El desprecio (Le Mépris) o Pierrot el
loco (Pierrot le fou), entre otras obras maestras de su autor, resulta evidente que Jean-Luc
Godard es, además de uno de los más innovadores y originales directores de
la historia, el gran cineasta del malentendido entre hombres y mujeres. Toda su
filmografía, más allá de otras cuestiones esenciales, aborda con obstinación, humor
e inteligencia inusitada la comedia equívoca de los sexos. Es irónico, por
tanto, que sea una de sus mujeres, Anne Wiazemsky, quien haya replicado al
maestro ofreciéndole un retrato de sus relaciones de pareja tan descarnado como
emotivo.
Esta excepcional historia de amor (Un año ajetreado, Anagrama, trad.:
Javier Albiñana) se desarrolla entre 1966 y 1967, en mitad de una encrucijada
personal e histórica. Godard se encuentra entonces en el pináculo de la celebridad
cinéfila. Wiazemsky, nieta de François Mauriac, debuta deslumbrando como actriz
en Al azar Baltasar, el hermoso film de
Robert Bresson, con una sublime secuencia donde se muestra desnuda, de espaldas
y arrodillada contra una pared, como si rezara avergonzada por los pecados del
mundo. Godard la descubre en una foto de rodaje y se enamora de ella al
instante. Reacia al esnobismo de la moda Godard, Wiazemky le escribe una carta,
sin embargo, declarándole su admiración y amor tras ver Masculino, femenino (Masculin, féminin). No tardan en vivir un romance que, por la
diferencia de edad (diecinueve años ella, treinta y seis él), la polémica notoriedad
del director y la idiosincrasia de ambos amantes, se convierte desde el
comienzo en escandaloso. La madre de Anne, representante de la burguesía
parisina más rancia, se opone al principio con todas sus fuerzas hasta que, en
parte por la mediación del eximio abuelo y la perseverancia libertaria de la
hija, acaba cediendo de mala gana al matrimonio de ambos.
A pesar del melodrama familiar generado por la
relación, lo más atractivo del libro son las dudas constantes de Wiazemsky, los
celos y posesividad de Godard y las vicisitudes sentimentales de la convivencia
de estos dos especímenes singulares del sexo femenino y masculino. La pareja llega,
en menos de un año, a una doble forma de consumación amorosa: el matrimonio
clandestino y el posterior rodaje de La china (La chinoise), una
película que ella inspira y protagoniza, encarnando a una encantadora militante
de una célula juvenil revolucionaria que se apropia de un apartamento burgués y
lo llena de libros rojos de Mao y delirantes lecciones políticas, como esa
imagen gráfica de una pizarra repleta de nombres propios en la que, al final, el
único nombre no borrado es el de Bertolt Brecht, por entonces uno de los
modelos confesos del cine deconstructivo de Godard.
Aparte de sus virtudes cinematográficas, La china tuvo el acierto de prefigurar
la insurrección universitaria de 1968 y las razones intrínsecas de su fracaso,
así como el devenir ideológico de Godard. Con sutil ironía, refiere Wiazemsky
las ilusiones con que Godard organizó una proyección del film en la embajada
china creyendo que halagaría a sus admirados maoístas esa ingenua exhibición de
proclamas anticapitalistas y antisoviéticas y cómo el clamoroso rechazo de los
burócratas chinos lo sumió en una amarga decepción.
La novela, si admitimos esta caracterización
genérica para un escrito autobiográfico en el que más allá de la distorsión
subjetiva de la narradora no hay nada inventado o fabulado, concluye con
inteligencia en un momento climático de la historia, en vísperas del estreno de
La china, cuando Wiazemsky padece un
mal nervioso que la medicina oficial tilda de histeria, para enfado de Godard,
y que podría tener otros nombres o causas.
Al terminar la lectura, la pregunta que me asalta,
como fan de Godard, es cómo lo habrá leído, si lo ha hecho, cómo se habrá
visto, qué habrá pensado y, sobre todo, qué película no haría sobre sí mismo y
sus relaciones particulares con la autora, teniendo en cuenta todo lo que
sucedió después del punto y final y que Wiazemsky ha preferido no contar para
preservar una imagen feliz de aquel amor iniciático.










