lunes, 26 de marzo de 2012

EL GRAN GADDIS (1)


William Gaddis (1922-1998) es, sin ninguna duda, el novelista norteamericano más influyente e importante de la segunda mitad del siglo XX. Sus cinco novelas abordan la influencia del capitalismo y el dinero en la sociedad moderna desde una perspectiva satírica no exenta de humor negro y un deslumbrante lirismo. Son narraciones oblicuas, elípticas, excesivas, plagadas de personajes grotescos y de diálogos y monólogos delirantes. Se trata de novelas, en suma, que no aspiran a la verdad, esa fábula consoladora, sino a alegorizar el sinsentido del mundo sin moralizar demasiado. Como novelista, Gaddis se sitúa más allá del bien y del mal, y sus libros buscan, como se dice aquí, “erosionar valores absolutos planteando preguntas sin ofrecer ninguna respuesta”.
Gótico carpintero (Carpenter´s Gothic; Sexto Piso, Madrid, 2012) es su tercera novela, publicada en 1985, y la única inédita en español. Es una novela al mismo tiempo filosófica, lírica y cómica, lo que produce un extraño efecto de lectura, como el artificioso estilo arquitectónico, citado en el título, en que está construida la casa donde ocurre toda la acción, como en una set-piece cinematográfica. La trama se organiza de modo obsesivo y recurrente en torno a esa casa y al carnavalesco cuarteto de personajes que la habitan o la visitan: Elisabeth Booth, pelirroja heredera de un magnate corrupto y suicida, aspirante a novelista y dotada de una perversa atracción de clase por los individuos inferiores como su marido Paul Booth, antiguo empleado de su padre y representante de un predicador fundamentalista; Billy Vorakers, hermano budista de Liz; y McCandless, el dueño de la casa alquilada por los Booth, un misterioso ex agente de la CIA que parecería salido de una pesadilla cómica de Hawthorne o Melville si no fuera un producto genuino de la factoría Gaddis.
Es admirable cómo puede contarse una historia tan compleja usando solo diálogos entrecortados y acotaciones mínimas y descripciones fulgurantes de la naturaleza, las acciones o las cosas. Una técnica que tiene mucho de la fuerza plástica de las imágenes cinematográficas y la elocuencia de los diálogos teatrales, pero es novela. El arte de la novela en su plenitud. William Gaddis fue uno de sus geniales practicantes en el siglo XX. El escritor que la literatura norteamericana necesitaba para superar la influencia de Faulkner.

EL GRAN GADDIS (2): ESOS INCOMPETENTES


Todos los años, en todas partes, los premios críticos a las mejores obras literarias suelen demostrar la tesis principal que sostiene Jack Green en este libro divertido e inteligente (¡Despidan a esos desgraciados!, Alpha Decay, Barcelona, 2012) como debería ser la crítica si no estuviera en manos de incompetentes. La tesis paradójica del libro podría resumirse así: para demostrar la ineptitud e incapacidad de lo que suele considerarse crítica profesional basta con enfrentarla a una obra maestra. Una “Moby Dyck” de la creación que la obligue a delatar su insuficiencia y mediocridad.
Tómese una obra maestra para comprobarlo: Los reconocimientos, de William Gaddis, publicada en 1955 en medio del más absoluto estupor de la crítica oficial. Esta novela mereció cincuenta y cinco reseñas, una casualidad numérica, de las cuales solo dos fueron “acertadas”, según Green, fan temprano del mamotreto de Gaddis (mil páginas torrenciales de un texto tan hermético como cómico), y el resto “chapuceras e incompetentes”. Este incisivo libro de Green, publicado en 1962 y reeditado después varias veces, es uno de los más rigurosos alegatos escritos en contra de la crítica convencional, es decir, aquella que tiende a celebrar por inercia la obra convencional, en sintonía con la medianía intelectual del crítico, y a despreciar o atacar con clichés la obra creativa e innovadora por su originalidad y rareza estéticas.
De todos modos, yo no sería tan duro con los críticos como Green. Es verdad que a Gaddis le hicieron mucho daño con su incomprensión. Pero también es verdad que el gran culpable de todo es Aristóteles, sí, el Papa del formalismo lógico y la demagogia estética. Ataquemos la raíz del problema. La literatura es una declaración de guerra al aparato lógico-simbólico de la cultura institucional. Ese aparato es aristotélico, esto es, lógico, político, ético y metafísico. La verdadera literatura es una corrosiva máquina de guerra contra este nocivo conglomerado de valores. Y los críticos, como representantes de la cultura establecida, sus defensores acérrimos. Así vamos.
No obstante, no deja de ser una deliciosa ironía y motivo de risa sarcástica que el mejor juicio crítico sobre la genial novela de Gaddis en aquellos años cincuenta apareciera en una novelita pulp de David Markson (autor años después de la espléndida La amante de Wittgenstein) titulada Epitaph for a Tramp, donde el narrador declara sobre Los reconocimientos: "quizá el libro más significativo de toda la literatura de ficción americana desde Moby Dick".

jueves, 15 de marzo de 2012

LA LLAMADA DE LOVECRAFT


Retransmitiendo en directo desde Providence, desde la atalaya planetaria de Prospect Terrace, desde las antenas cósmicas de College Hill, desde el telescopio galáctico del observatorio Ladd…

Había contemplado todo el horror que el universo contiene, e incluso los cielos de la primavera y las flores del verano fueron después veneno para mí.
H. P. Lovecraft

El 15 de marzo se cumplen 75 años de la muerte de Lovecraft (1890-1937) y la mejor manera de celebrar no su muerte sino la inmortalidad de su literatura es sumergirse en la lectura de este relato magistral, una de las joyas del género, en esta flamante traducción de Javier Calvo (La llamada de Cthulhu, Alpha Decay, 2012).
La de Lovecraft es una visión del mundo materialista y, por tanto, con tendencia a integrar conceptos científicos avanzados en sus tramas narrativas. En muchos de sus relatos, como en este sobre el oscuro culto a una divinidad extraterrestre llamada Cthulhu, el triunfo del monstruo indescriptible, la alianza espantosa con el mal o el caos de la materia viva aquejada de impredecibles mutaciones, parecería anunciar el momento en que todo el horror se disipa y solo queda un porvenir indefinible y totalmente radiante más allá de lo humano. Como señala Calvo en el espléndido prólogo: “En el texto ya aparece plenamente la idea central de la obra de madurez de Lovecraft, ese materialismo radical donde Dios ha muerto y el hombre ocupa un lugar marginal o deleznable en el Cosmos, efímero y condenado a la extinción y a la depredación por parte de otras formas de materia más avanzada”.
De ese modo, las fantasmagorías inhumanas de Lovecraft parodian el lenguaje puritano y extremista de las iglesias protestantes y subvierten sin pretenderlo el objetivo trascendente de su discurso al constatar el fracaso de toda empresa humana enfrentada al mal que excede las exiguas categorías morales con que se ha interpretado tradicionalmente el cosmos. No obstante, los terrores que Lovecraft escenifica superan ampliamente los límites de la resistencia racional ante lo desconocido y esto permitiría conectar al mitógrafo del horror de Providence con la mitología alternativa de Nietzsche o con la filosofía materialista y depravada de Sade.
En este sentido, las aprensiones sexuales y raciales de Lovecraft forman parte inevitable del mundo de fantasmas inconscientes al que se enfrentó con los únicos instrumentos con que contaba este norteamericano desgarbado y enfermizo, de imaginación calenturienta y pánico cerval a la realidad de la vida: el lenguaje heredado de sus ancestros, al que imprimió el registro inimitable de un estilo terminal, y las fábulas primordiales de una teogonía malvada solo apta para descreídos.

lunes, 5 de marzo de 2012

EL FAUNO APOCALÍPTICO


¡¿Arte para el pueblo?!: dejemos el eslogan para los nazis y comunistas: ocurre todo lo contrario: ¡el pueblo (¡cada cual!) es el que ha de tomarse la molestia de acceder al arte!
A. S., El brezal de Brand (p. 212)

Arno Schmidt (1914-1979) es, en mi opinión y en la de muchos buenos lectores del mundo entero, el gran escritor alemán de la segunda mitad del siglo XX. El más creativo, el más innovador, el más inventivo. No me olvido de Gunter Grass, ni de Uwe Johnson, ni tan siquiera de Sebald, tan de moda en ciertos círculos hoy y tan por debajo de Schmidt en todo. Celebremos la iniciativa de editar reunida por primera vez en español esta hermosa trilogía narrativa (Los hijos de Nobodaddy, DeBolsillo), de un pesimismo metafísico y de una exigencia literaria tonificantes en estos tiempos de cursilería biempensante y comercialismo a ultranza. [Corrigiendo levemente la cita de Schmidt, los tiempos cambian, hoy podría decirse lo siguiente: ¡¿Arte para el pueblo?!: dejemos el eslogan para los mercachifles y publicistas…]
Como tal, este tríptico magistral  responde a un gesto de extraordinaria inteligencia de Schmidt, quien viendo que entre 1950 y 1953 había escrito una novela filosófica de ambientación rural sobre la inmediata posguerra (El brezal de Brand), otra sobre un futuro apocalíptico tras el estallido de la tercera guerra mundial (Espejos negros) y otra más ambientada bajo el nazismo y la segunda guerra mundial (Momentos de la vida de un fauno), decidió reunirlas para conformar una unidad narrativa superior que abarcara, en la cronología de la ficción, casi tres décadas de la vida alemana, desde 1939 hasta 1962.
Podría considerarse Momentos de la vida de un fauno la pieza superior del volumen y una de las mejores de la vasta obra narrativa de Schmidt. Un retrato penetrante y sarcástico de un período tan siniestro como la era nazi donde se festeja el poder estético y moral de la literatura y la fuerza moral y la libertad del espíritu disidente (en cualquier época, de ahí su insobornable vigencia) como antídotos contra la maldad, la opresión y la barbarie de la historia. En El brezal de Brand, Schmidt narra una experiencia más cercana a lo autobiográfico: el retrato de la posguerra en la landa alemana es de un realismo tremendo, consiguiendo expresar con medios lingüísticos incomparables la pobreza y la escasez de recursos propia de la dura situación en contraste con la belleza y riqueza de la naturaleza. Espejos negros, por su parte, es la novela literalmente apocalíptica del tríptico, una ficción científica sobre el fin del mundo que podría ser una fantasía premonitoria del imaginativo narrador de El brezal de Brand generada por la paranoia y los terrores propios de la guerra fría.
Las tres narraciones comparten, además de la unidad estilística y la técnica narrativa fragmentaria, las marcadas señas de identidad de “lobo estepario” del autor en cada uno de los narradores y una misma visión problemática de las relaciones entre hombres y mujeres, asunto central de toda la narrativa de Schmidt. Como dice Julián Ríos en su espléndido prólogo: “Con Los hijos de Nobodaddy, además de un autorretrato, Arno Schmidt nos dejó el tríptico de una época y de un lugar de Alemania”.

PS: No deja de ser llamativo el hecho de que un autor canónico de la envergadura de Arno Schmidt se sintiera tan atraído desde sus comienzos, al igual que Jünger, por el poder satírico y fabulador de la ciencia ficción, quizá por la influencia seminal de fundadores como Swift y Voltaire, contraviniendo las esterilizadoras prevenciones de la literatura “seria”, aún imperantes en muchos sectores de la crítica y la enseñanza académica, contra cualquier clase de contaminación genérica (excepto si es policial o detectivesca, tradición santificada hasta la beatería más cerril por muchos incompetentes). Lo irónico, por otra parte, es que muchos especialistas en ciencia ficción, con su habitual estrechez de miras, se niegan a incluir novelas memorables como La república de los sabios, Espejos negros o Kaff en sus monografías endogámicas y listados de obras fieles a los profilácticos preceptos del género. Mundos incomunicados, sellados al vacío.

jueves, 23 de febrero de 2012

TODAS LAS PANTALLAS DEL MUNDO


La exposición Pantalla Global en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona me sirve de pretexto para relanzar este post de 2009 (cuya primera versión puede leerse aquí). Que un libro teórico como este haya acabado convirtiéndose en exposición multimedia no deja de ser relevante como fenómeno cultural, añadiendo un nuevo bucle mediático a lo enunciado en sus páginas.


“La era hipermoderna ha transformado en profundidad la relevancia, el sentido, la superficie social y económica de la cultura. Ésta no puede ya ser considerada como una superestructura de signos, como el aroma y la decoración del mundo real: se ha convertido en un mundo, una cultura-mundo, la del tecnocapitalismo planetario, las industrias culturales, el consumismo total, los medios y las redes digitales. A través de la proliferación de los productos, las imágenes y la información, ha nacido una especie de hipercultura universal, la cual, trascendiendo las fronteras y borrando las antiguas dicotomías (economía/imaginario, real/virtual, producción/representación, marca/arte, cultura comercial/alta cultura), reconfigura el mundo en que vivimos y la civilización que viene”.
Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, La Culture-monde. Réponse à une société désorientée (Odile Jacob, París, 2008 (la traducción es mía); su edición española en Anagrama, La cultura mundo, de 2010, fue reseñada aquí).
Ser expertos en medios de comunicación, esto recomendaba Susan Sontag hace años a los artistas y, en especial, a los escritores. Esta recomendación cabría extenderla hoy a todos los ciudadanos de las sociedades democráticas más desarrolladas. Parecería inadecuado vivir en un siglo tan mediático como éste y desconocer no ya el funcionamiento sino las secuelas de ese dominio determinante: “Con la era de la pantalla global, lo que está en proceso es una tremenda mutación cultural que afecta a crecientes aspectos de la creación e incluso de la propia existencia”, apuntan el sociólogo Gilles Lipovetsky y el crítico Jean Serroy en este espléndido estudio sobre el régimen contemporáneo de lo visual (La pantalla global. Cultura mediática y cine en la era hipermoderna, Anagrama, 2009; reeditado en 2011, con nuevo prefacio, L´écran global. Du cinéma au Smartphone).
La alianza intelectual de estos acreditados autores redunda en beneficio, precisamente, de dos de las cualidades más destacadas del mismo: una abundante y actualizada información sobre el estado presente de las imágenes y una intelección perspicaz de los contextos y los procesos sociales, estéticos, tecnológicos y culturales que han conducido a una situación en el que el cine, más que un arte o una forma de entretenimiento y evasión, se ha constituido en un modo de configuración de la realidad: “Lo que nos pone delante el cine no es sólo otro mundo, el mundo de los sueños y la irrealidad, sino nuestro propio mundo, que se ha vuelto una mezcla de realidad e imagen-cine, una realidad extracinematográfica vertida en el molde del imaginario cinematográfico”.
El desarrollo ideológico del libro surge así de una constatación inapelable: el cine clásico o el moderno no tienen ya nada que decirnos sobre una era que se ha vuelto hipermoderna (no deja de ser irónico que “la era de la saturación, de la demasía, de lo superlativo en todo” corresponda a una época como la nuestra determinada por “la tecnociencia, el mercado, la democracia, el individuo”). En su lugar, desde los setenta y ochenta, aparece el hipercine, es decir, un modelo de narración espectacular en sintonía con la aceleración tecnológica, el exceso informativo y la hipertrofia de emociones y sensaciones, la complejidad vital y la agudizada conciencia del individuo en la sociedad del hiperconsumo. Las sugestivas tesis de La pantalla global logran iluminar al sesgo un mundo donde el cine, más que un arte o una forma de entretenimiento y evasión, se ha constituido en modo de configuración de la realidad (“en los tiempos hipermodernos, la vida acaba por imitar al cine”).
El cine es ahora mundial, según los autores, porque “construye una percepción del mundo”: “hoy más que nunca, el cine observa y expresa, según la perspectiva que le es propia, la marcha del mundo”. Pero si “el mundo del siglo XXI es más cinematográfico que nunca” se debería a que ese mundo hipermoderno conoce una nueva cartografía de las relaciones, los acontecimientos, las experiencias, las modas y los intercambios que el aparato cinematográfico, por su avanzada tecnología y sus medios de producción cada vez más internacionalizados, está en mejores condiciones que ningún otro arte para mostrar en sincronía con su irrupción en la realidad. En este sentido, dados los nuevos hábitos de consumo globalizado, un blockbuster de Hollywood como Inception, Sucker Punch, X-Men: Nueva Generación o Misión imposible 4 puede encerrar tanta verdad y tanta mentira sobre el presente como una película china, mejicana o tailandesa financiada con capital francés, americano, belga o japonés.
Pero el cine no está solo, ni es ya el medio dominante. Sus rivales más poderosos serían la televisión, como difusora de la publicidad y productora de series innovadoras de éxito como Los Soprano, Mad Men, Breaking Bad, The Wire, Perdidos o Juego de tronos y programas de telerrealidad; y, sobre todo, los videojuegos, con su manejo de espacios de ficción cada vez más complejos y atractivos donde el jugador se sumerge como personaje y no sólo como espectador. Y es que vivimos en un período cultural donde la necesidad de historias consumidas de manera pasiva está siendo superada por experiencias intensas de interacción y participación.
Así mismo, los modos de vida están mutando en profundidad. Cada individuo se vuelve protagonista hiperactivo de su experiencia y la de otros al grabar con cámaras de variable resolución momentos íntimos o episodios cotidianos que se incorporan después a la percepción colectiva a través de canales cada vez más universalizados como Internet. De modo que el hipercine, en opinión de estos autores, pasaría a ser también esta renovada dimensión mediática en que ingresarían las vidas individuales como consecuencia del narcisismo, el exhibicionismo o el voyeurismo generalizados y la expansión de la alta tecnología de (re)producción de imágenes. Partiendo, además, de la idea de que en la era hipermoderna “la relación con el mundo es crecientemente estética”.
En suma: la proliferación de pantallas a medida que avance el siglo será tan asombrosa y multiforme como su contenido audiovisual. Guste o no a ciertos gurús de la opinión tradicional, lo que está cada vez más claro es que la realidad futura, virtual o no, será como el cine del futuro. La predicción final de Lipovetsky y Serroy nos condena, sin embargo, a la incertidumbre sobre el género cinematográfico al que se adscribirá esa realidad inconcebible: “se acabó la película de catástrofes, se acabó el happy end”.

jueves, 9 de febrero de 2012

DE RERUM NATURA


En la excelente revista Excodra me hacen esta larga entrevista-diálogo sobre lo real. Esto es solo el principio (la ilustración es de Marilyn Minter) del fin...

1- ¿Qué es para ti lo real, la realidad?
Lo real no es la realidad, aunque a veces pueda usar ambos términos como sinónimos. Eso para empezar esta conversación sobre un tema tan resbaladizo. Parodiando un poco los designios y el lenguaje de la teoría de juegos, te diré que veo la realidad como un campo de experimentación, un campo de maniobras, un campo de fútbol, un tablero de ajedrez, de parchís, de oca o de Go, cualquier cosa reglamentada en apariencia y, al mismo tiempo, incontrolable por definición. La descripción más gráfica de la realidad para mí procede de las dos Alicia de Lewis Carroll, donde se distorsiona la lógica y se contraviene el sentido común para alcanzar ese punto ciego que es lo real, donde no alcanzan nuestras categorías convencionales, ese vórtice donde sucumben todas nuestras tentativas de explicarlo. Y, en especial, el capítulo dedicado al “Croquet de la Reina”. Alicia termina considerando que este juego es muy difícil, casi imposible, por dos razones. La primera es el terreno de juego, compuesto de grandes surcos y promontorios, y los utensilios del juego: las bolas son erizos y los mazos flamencos y, por si fuera poco, los soldados de la reina, que se desplazan todo el tiempo sobre el terreno, cambiando de posición, deben colocarse boca abajo y servir como aros por los que hacer pasar las bolas. El segundo problema son las reglas, o, más bien, la ausencia “real” de tales: todos los jugadores juegan a la vez, sin respetar su turno, luchando unos con otros y peleando por hacerse con los erizos. Esto representa a la perfección mi idea de la realidad y su relación, problemática, con lo real. O, como diría el novelista húngaro László Krasznahorkai: “la realidad examinada hasta el punto de la locura”. La conclusión literaria a extraer de esta visión de lo real es que todo está permitido en la narrativa. Todas las licencias y las libertades, con la forma y con el contenido. Como no podemos conocer la realidad en su totalidad, la especulación y la ficción son nuestros únicos instrumentos para entender la parte del mundo que nos ha tocado en suerte.
Para Zizek, la realidad es una construcción y lo real es lo que persiste tras esa pantalla y puede deshacer el espejismo en cualquier momento. Para mí, además, lo real es un mito, un residuo mítico o un simulacro consistente que nuestra mente proyecta en un espacio más bien virtual con objeto de hacerse la ilusión de que existe algo más que las apariencias, de que hay una verdad y una solidez tras la cortina de humo con la que encubrimos, porque nos escandaliza y aterra, la insustancialidad e intrascendencia de lo que llamamos realidad. La realidad es una pantalla construida para hacernos creer que detrás hay algo. Una apariencia que finge encubrir una esencia, si lo prefieres. Y esa es la ilusión que hay que desmontar. No hay más que apariencia, o ficción, o simulación, y sólo podemos señalar esto a través de apariencias, simulaciones y ficciones (esto es, artificios) que se remiten entre ellas sin cesar, como un circuito infinito de interpretaciones que acaban solapándose y creando niveles distintos, entremezclados, confusos. Me gusta mucho, entre las nuevas escuelas filosóficas, el realismo especulativo. Graham Harman, el más interesante de sus representantes, habla de una realidad ajena a nuestras percepciones humanas no porque sea metafísica o sobrenatural, sino porque existe con independencia de nuestras categorías antropomórficas, nunca podemos comprenderla. Eso permite que los objetos tengan una vida propia sin necesidad de definirse sólo por lo que nosotros proyectamos en ellos o atenerse al uso que les damos. La realidad es extraña por definición, por lo que el realismo debe ser extraño también, especulativo, imaginativo, para rellenar ese vacío cognitivo que corresponde a lo real. Harman lo explica muy bien comentando la importancia fenomenológica y ontológica de la literatura de Lovecraft: “Against the model of philosophy as a rubber stamp for common sense and archival sobriety, I would propose that philosophy’s sole mission is weird realism. Philosophy must be realist because its mandate is to unlock the structure of the world itself; it must be weird because reality is weird”.
En este sentido, si te fijas, todo el cine de David Lynch es de lo más realista, ya que describe el acontecimiento terrorífico por excelencia: la infiltración fantástica del elemento perturbador que es lo real en el hogar acomodado de la realidad convencional. Ni más ni menos, a pesar de sus diferencias estéticas, que ocurre en la reciente franquicia cinematográfica titulada Paranormal Activity. En cambio, los realismos etiquetados como tales en literatura y en cine, en general, me parecen caricaturas patéticas, estampas ramplonas, cromos pedestres que solo retratan la pereza mental y la visión aceptable o domesticada de la realidad. Lo real, en su opacidad, no se puede representar sin tomar en consideración lo monstruoso, lo aberrante, lo demoníaco, lo grotesco, lo terrible, el mal y lo inhumano mismo. Ahí es donde lo vemos aparecer con toda su carga de peligro y terror. Es por esto que puede afirmarse que la realidad es una ficción, algo construido o prefabricado, producto de la intersección de los poderes, las normas y los cuerpos, desde luego, y la instancia de lo real, como un resto, un residuo incontrolable que lo desbarata y pone en cuestión. Lo impresentable de la representación, como decía Lyotard. Pero, cuidado, sin recaer en la ilusión ideológica. Lo real es un mito, insisto, otra ficción, una ilusión, no algo concreto, experimentable de modo directo, y como tal debe ser reconocido para que su efectividad combativa contra ciertas representaciones se vea potenciada al máximo.

2- ¿Se podría decir que sólo es real lo nombrado? Porque, la realidad es un concepto entre tantos, que están ahí, en nuestras memorias, porque han sido nombrados... ¿Hay una realidad fuera de lo que no se nombra? ¿Cómo la entenderíamos sin que forme parte del lenguaje, sería posible?
Para nosotros, no existe una realidad fuera del lenguaje que manejamos a diario. Ese lenguaje y esa realidad están ligados de manera tan inextricable que precisamos de los arrebatos místicos, de los deslizamientos lógicos o de las intuiciones irracionales para escapar de ese cara a cara tramposo. Esto ya lo sabía Wittgenstein al final del Tractatus y quizá por ello en sus Investigaciones filosóficas se empeñó en explorar hasta el agotamiento el análisis de los juegos del lenguaje, con el fin de sacarnos de ese atolladero lógico. En vano, como supo Lacan, todo lenguaje ya es en sí mismo metalenguaje, luego no hay escapatoria, si hasta el referente, aquello de lo que pretendemos hablar, es una construcción lingüística, una derivación del funcionamiento del lenguaje, una excusa para que éste siga funcionado sin plantearse nunca su problemática relación con lo real. Todo referente es espectral, fantasmático, y esto lo intuyó como nadie Henry James en ese relato atroz titulado “Otra vuelta de tuerca”. Hay una frase en Carroll, la Duquesa se la dice a Alicia tras la tentativa fallida de jugar al croquet de la reina, que encierra, en mi opinión, una teoría lingüística bastante pertinente para entender la verdad del lenguaje: “Ocúpate del sentido y los sonidos se ocuparán de sí mismos”.  O el corolario moral de tal concepción del lenguaje: “Sé lo que querrías aparentar que eres”. En cierto modo, éste podría ser el eslogan del capitalismo performativo y la sociedad del espectáculo en que vivimos. Pero también presenta una ventaja si pensamos en lo que he dicho más arriba sobre la realidad como pantalla que enmascara un vacío o una ausencia. Ese manejo barroco de las apariencias, como sabía Gracián, es una forma de inteligencia e incluso de sabiduría superior a otras, por su propio reconocimiento de la falta de consistencia y trascendencia, de lo fallido y vacuo de fundar nuestras relaciones con la realidad a partir de la idea de sustancia y esencia. Mientras no asumamos los fantasmas y los espectros, generados por nuestra comprensión esencialista del mundo y la experiencia sensorial que se deriva de ella, seguirán hostigando el espacio que llamamos realidad como en “Casa tomada” de Cortázar, la respuesta a James de un discípulo con ambiciones de maestro, aunque quizá no haya forma de evitar esto, no sé. El esfuerzo cognitivo de tomar a los simulacros por tales quizá sea excesivo para las categorías mentales heredadas, quizá esa distorsión esté inscrita en el genoma de nuestro funcionamiento cerebral, constituya el error básico que nos hace humanos. El mismo Lucrecio, en su radiografía de la “naturaleza de las cosas”, se muestra indeciso, fascinado por las imágenes de las cosas y de los cuerpos a las que llama simulacros y, al mismo tiempo, postulando la necesidad de neutralizar el poder de los simulacros sobre nuestra percepción y sensibilidad a través de una idea vaga de trascendencia. Cuando la llave de la libertad a la que a lo mejor no estamos destinados como especie, quién sabe, residiría, por el contrario, en el reconocimiento de que solo hay simulacros, de que no hay otra cosa, nada más que simulacros, y la ilusión de lo contrario es eso, una ilusión, un efecto óptico, un espejismo o un trampantojo. La anamorfosis es el emblema barroco como posibilidad de ver, en toda su desnudez, la apariencia de las apariencias, esto es, el simulacro de la presencia. Como sucedía en parte en aquella secuencia de Blow-up, cuando en el confuso cuadro que observa el fotógrafo entre los puntos y las manchas parecería sobresalir una pierna que prefigura la del cadáver que luego descubrirá en el parque antes de desaparecer para siempre, como la conspiración que ha tenido o no lugar en la superficie de la realidad, absorbido en otro nivel, en otra superficie inaccesible por el momento. Esta anécdota filosófica, por cierto, procede de una maravillosa novela de Balzac, a quien se tiende a encasillar dentro de un realismo burgués que no dice todo lo que supone su novelística. Me refiero a La obra maestra desconocida, que Picasso, con mucha inteligencia, ilustró para que no cupieran dudas de por qué había llegado a definir una estética de las apariencias para el siglo XX pintando Les demoiselles d´Avignon...

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miércoles, 1 de febrero de 2012

FRANCESES, UN ESFUERZO MÁS…



Acabó el año y con él la primera fase de la vida literaria de mi novela Providence en Francia y el orbe francófono. Se impone hacer balance, el resultado es difícil de mejorar (La fiesta del asno se prepara ya, de la mano del mismo traductor y del mismo editor, para salir en francés en la rentrée 2012, veremos si va tan bien la recepción). Dejo de lado los blogs y otros dominios web, me centro en revistas y periódicos, y empiezo por el final:

*Les Inrockuptibles ha considerado PVD una de las cinco grandes revelaciones narrativas del año: Este escritor español ha marcado la rentrée con una novela donde los géneros se entrecruzan en feliz algarabía. Ciencia ficción, sátira social, novela de campus, novela pornográfica, todo bajo el padrinazgo complaciente de J. G. Ballard, Philip K. Dick y H. P. Lovecraft…Revelación extranjera de la rentrée, Juan Francisco Ferré ha soltado una bomba postmoderna sobre el planeta libro. Un nombre a retener.
*En las votaciones y valoraciones de final de año PVD ha llegado a situarse en cuarto lugar en el top ten de la revista Chronicart: Gran novela excéntrica y cinematográfica, barroca, extraña, cautivadora, uno de los descubrimientos del año.
*El blog de crítica literaria más importante y avanzado en francés, el Fric-Frac Club, ha elegido a PVD el número uno entre los diez mejores libros de narrativa del año: una de las experiencias de lectura más extrañas y más excitantes del año…Providence, ese monstruo negro que encanta en la perplejidad.
Todo empezó con grandes expectativas, en agosto, cuando Les Inrockuptibles, una vez más, como conté aquí, seleccionó PVD entre las 18 novelas más interesantes de la rentrée 2011 (en sus páginas se decía que era un libro monstruoso y vertiginoso como solo (o casi) saben escribirlos los latinoamericanos) y prosiguió en septiembre con una entrevista a doble página que reproduje aquí.
Luego siguió, la página completa de Le Monde des Livres, compartida con otros escritores afines al afterpop como Eloy Fernández Porta y Robert Juan-Cantavella: La voluminosa novela de Ferré (donde se respira la influencia de Pynchon, de Foster Wallace, de DeLillo) tortura un género ignorado en Francia, la “novela de campus”… En ese juego, Providence es un éxito, cuya densidad y electricidad atrapan a poco que uno se deje… Variando los puntos de vista y los registros…Ferré logra un libro extraño todo hecho de laberintos y circunvoluciones… En su estructura carnavalesca, Providence actúa como un ácido que diluye las fronteras entre ficción y realidad.
Y la crítica de Gladys Marivat (“La voz Ferré”) en la revista de tendencias Technikart: Opaca, salvaje, incontrolable. Esto vale para esbozar la dimensión caleidoscópica del tocho monstruoso y francamente erógeno que constituye Providence, una de las obras maestras de la nueva generación de escritores denominada “afterpop”… Providence es la tentativa más lograda de expresar nuestra experiencia contemporánea.

Y la de Thomas Stélandre (“Ferré, efectos especiales”) en Le Magazine Littéraire: ¿Cómo hablar de Providence? Ni siquiera es seguro que la palabra “libro” convenga…No es extraño que el lector salga hecho polvo de esta experiencia de más de seiscientas páginas. Casi atontado por la virtuosa virtualidad y sus trampantojos. Al final, es en un largometraje en lo que se piensa de nuevo: eXistenZ de David Cronenberg.

Y la entrevista de Olivier Lamm (“Juan Francisco Ferré, creador de anamorfosis”), en portada en Chronicart, va precedida de una breve nota crítica: Verdadera deflagración en el paisaje literario español…Providence de Juan Francisco Ferré es uno de los objetos novelescos más audaces surgidos en estos últimos años en la vieja Europa… La primera impresión que suscita la lectura de Providence es la estupefacción. Pasada la falsa pista lovecraftiana puesta en exergo, el lector-detective es proyectado en un milhojas borgesiano-cronenbergiano-pynchoniano, familiar por sus pistas…pero singular por su tratamiento extremo y típicamente europeo.

 Y, casi al final, la crítica de uno de los grandes hispanistas franceses, Albert Bensoussan (“El vídeo es una novela”), en La Quinzaine Littéraire: Esta novela enorme del escritor español Juan Francisco Ferré, de título elocuente, se sitúa bajo la invocación de Lovecraft…Juan Francisco Ferré es un maravilloso narrador, lleno de humor y de un raro vigor. Redescubriendo a su manera la cultura camp, es toda la América puritana, racista y fantasmática, todo el sueño americano de Hollywood y Walt Disney, el que es puesto en la picota…un libro asombroso.

Lo que algunos, aquí y allá, aún siguen sin entender, a pesar de todo, es que PVD sea la obra de un escritor que siente muy fuertemente la “llamada de Cthulhu”, por supuesto, y, con la misma intensidad, la “llamada de Catulo”. Con esto, para bien y para mal, está dicho tod0.