jueves, 19 de mayo de 2011

FAUSTO EN WALL STREET (Redux)

Leí la novela en inglés hace unos meses después de ver la película en su estreno americano. Como corresponde al tipo de producto, la novela la compré en el aeropuerto de Philadelphia con la condición de que podría revenderla a mitad de precio en cualquier librería aeroportuaria una vez acabada. Comencé a leerla con asombro durante un viaje transatlántico. Cuando la terminé, aún más asombrado, supe que se trataba de una obra que, por su inteligencia e ironía, merecía otros lectores que los habituales del género best-seller, sólo preocupados por el entretenimiento estricto que sirve para distraerse de los asuntos de verdad importantes. Tengo curiosidad por saber qué dirían de ella los colectivos más concernidos por su historia: ejecutivos y directivos de corporaciones, sin hablar de los plutócratas que, como todo el mundo sabe, sólo leen informes económicos. Acaba de ser publicada en España por Mosaico de Gen y no debería pasar desapercibida. La película vale por el fascinante diseño visual y, en lo narrativo, es un buen ejemplo del nuevo subgénero que el Cahiers du Cinéma francés llama “ficción capitalista”, del que otros ejemplos recientes serían La red social y Origen. La novela es mucho más ambiciosa que la película y, desde luego, mucho más compleja y sofisticada de lo que esta nota sumaria puede abarcar. No se la pierdan.

Por un extraño prejuicio del gusto, ligado a las jerarquías culturales establecidas, tendemos a considerar como literatura libros sobre asuntos que nos incumben poco o nada, o que fundan sus estrategias de seducción en estilos rimbombantes, emociones trilladas, banalizaciones históricas o perspectivas algo tópicas sobre la realidad. Por el contrario, solemos desdeñar obras de género que abordan cuestiones fundamentales de nuestro tiempo que la literatura tenida por más seria no se atreve a afrontar.
Leamos, pues, Sin límites, este deslumbrante thriller del irlandés Alan Glynn, bajo esta óptica insólita. Sin complejo de inferioridad cultural, Glynn escribe una novela donde los temas más acuciantes del presente son tratados con la vibración eléctrica que merecen. La bancarrota del humanismo, la depredación bajo todas sus formas, la crisis como algo endémico al capitalismo, la pervivencia de las castas y clases adineradas, la perversa alianza del sistema capitalista y la farmacopea estupefaciente, el orden de los deseos y los placeres mediatizado por las estrategias de la mafia económica, el maquiavélico mercado financiero, el terrorismo bursátil, etc. Al manejar las técnicas de la ficción con un estilo elegante y eficaz, Glynn crea un discurso capaz de conjugar ambas cualidades: la narración de lectura compulsiva y la especulación más inteligente.
La vertiginosa historia de Sin límites tiene que ver con el carismático Fausto, desde luego, pero también con el Gran Gatsby, como indica el epígrafe de donde procede el título original de la novela, cambiado ahora por espurias razones comerciales (“Los campos oscuros”). Como Fausto, su protagonista, Eddie Spinola, pacta con el poder mundano y acaba hundiéndose en la noche americana donde ha brillado como una estrella fugaz. Como nuevo avatar de Gatsby, este arribista dopado por la droga más potente que se pueda imaginar acaricia el sueño de ingresar en las más altas esferas de las finanzas, la sociedad y la política de ese paraíso para ricos que es Estados Unidos. En este sentido, esta trepidante novela es, sin pretenderlo, un híbrido perfecto de American Psycho (Ellis), El club de la lucha (Palahniuk) y Cosmópolis (DeLillo). Es decir, un artefacto narrativo de una lucidez aplastante sobre la mediatizada vida contemporánea.
Al comienzo de la novela, Spinola es un escritor fracasado, que malvive postergando encargos de bajo nivel, hasta que un día prueba por azar una droga sintética llamada MDT-48. Un potentísimo intensificador de las facultades mentales de quien lo consume. Spinola descubre entonces que su cerebro estaba aletargado y funcionaba al mínimo. Ingiriendo esa misteriosa droga con regularidad logra poner orden en su vida y escribir libros a una velocidad inusual hasta el momento en que decide adentrarse, en pos de más sustanciosas recompensas, en la jungla humana y financiera de Nueva York como consejero superdotado y hombre de mundo. El nervio sensible que esta trama pulsa en el lector no tiene tanto que ver con la satisfacción total de los deseos materiales que Spinola experimenta como con la irónica sensación, inoculada por Glynn como un efecto colateral de la lectura, de que los triunfos de su personaje en todos los ámbitos demuestran que los fines que el capitalismo impone a sus servidores es imposible cumplirlos si no se poseen determinados privilegios o una fortuna incalculable y, sobre todo, un fármaco experimental que maximice las facultades más valoradas entre los potentados: agudeza instintiva, adicción al riesgo, eficiencia absoluta, manejo hiperactivo de la información, indiferencia robótica a la realidad social de los procesos económicos, etc.
La verdadera droga que nutre el cerebro de Spinola no es, pues, el MDT-48. La verdadera sustancia que enloquece a los escualos de las finanzas y la política como si fuera la sangre de sus víctimas se llama información. El MDT-48 es sólo el medio más efectivo de sumergir el cerebro en ese océano de información ingente donde se cifra todo: el éxito y el fracaso, la riqueza y la pobreza, la fortuna y la desgracia, el acierto y el error, el ascenso y la caída. En el vértigo moral de esa vida vivida al límite, en ese desafío a los límites de la conducta y los poderes del cuerpo y la mente, es donde el Gatsby del viejo capitalismo se transfigura en el Fausto postmoderno de la era de la globalización mediática.
Sin límites fue escrita hace una década, cuando la crisis de las corporaciones tecnológicas amenazaba la economía mundial. A la luz de la devastadora crisis en curso, un drástico reajuste del sistema para incrementar su eficiencia y rentabilidad hasta extremos impredecibles, esta fascinante novela cobra una actualidad política aún más insidiosa.

viernes, 13 de mayo de 2011

MAD MEN



Como sabemos, esta última década ha sido llamada la “Edad de Oro” de las teleseries americanas. En este contexto, la oportuna publicación por la editorial madrileña Capitán Swing de esta guía de Mad Men, la serie más inteligente de la televisión, como declara con orgullo Christina Hendricks, una de sus actrices más carismáticas y portentosas, supone, además, el perfecto complemento a los placeres incomparables procurados por la visión de las cuatro temporadas emitidas hasta el momento y una anticipación de las que están por venir. Esta fascinante guía contiene, sin embargo, dos libros diferentes. Uno, que constituye el núcleo duro de la propuesta, escrito por Jesse McLean, y otro, concebido como nutrido apéndice al trabajo de éste y que, con gran perspicacia, los editores han considerado una aportación sustantiva a los planteamientos de McLean, ha sido escrito por un grupo de académicos y profesionales españoles. Para conferir unidad al libro se anteponen dos textos de presentación a cargo de reputados especialistas en Comunicación Audiovisual. Así, Concepción Cascajosa explica el contexto mediático de su aparición y ofrece cifras contrastadas para demostrar cómo no es la audiencia (un máximo de dos millones de espectadores) sino la calidad visual, la inteligencia narrativa y la recepción crítica de Mad Men las que la han convertido en la serie más prestigiosa de la televisión actual; mientras Jesús García Requena, por su parte, analiza e interpreta con solvencia los magníficos títulos de crédito que se repiten episodio a episodio, temporada tras temporada, como un anuncio publicitario de la filosofía de esta galardonada serie. Al fin y al cabo, Mad Men cuenta la historia de un publicista singular, Don Draper, que extrae la máxima plusvalía en su trabajo por pasearse por el filo permanente de la vida de su tiempo, y así, viviendo al límite entre lo convencional y lo innovador, logra atrapar las ideas con que venderle a la gente cualquier cosa, desde unos cigarrillos hasta unas medias, un coche, una compañía aérea o una campaña política.

La guía no oficial confeccionada por McLean lo tiene todo para complacer tanto al fan como al simple curioso que pretenda conocer los entresijos de la producción audiovisual del presente, con una detallada información sobre el creador de Mad Men, Mathew Weiner, y sobre cada uno de los actores y actrices que, con sus cuerpos y extraordinarios talentos interpretativos, confieren atractiva realidad a sus brillantes ideas. Pero, aparte de una revisión temática de las dos primeras temporadas, lo que la guía de McLean ofrece es un excelente breviario de las claves culturales, sociales e históricas de esta serie ambientada en los sesenta. En primer lugar, señalando su relación peculiar con la literatura realista de Richard Yates y John Cheever, dos escritores que supieron captar como pocos el desencanto existencial de las clases acomodadas y los ejecutivos neoyorquinos de su tiempo. En segundo lugar, estableciendo un vínculo con algunas películas significativas de la época, desde El apartamento de Wilder a La noche de Antonioni, pasando por otras menos conocidas, como influencias posibles en los planteamientos narrativos de la serie. Y, en tercer lugar, realizando un exhaustivo repaso a la turbulenta historia política de la década de Kennedy y Johnson. Conjugando todo ello con humor y sagacidad, McLean logra explicar el éxito inesperado de una serie dramática centrada en el avanzado mundo de las agencias de publicidad atentas a las modas y los cambios sociales de todo tipo y regidas, sin embargo, por valores inicuos en cuanto a la raza y el género.
En este sentido, uno de los aspectos más interesantes de su estudio es la comparación de las concepciones de la feminidad presentes en la serie con los discursos “feministas” de dos autoras antagónicas: Helen Gurley Brown, más acomodaticia y frívola, y Betty Friedan, más rigurosa en sus análisis y crítica con las limitaciones del papel social reservado a las mujeres. Brown fue directora de Cosmopolitan y revolucionó en 1962 la mentalidad convencional americana con la atrevida propuesta de liberación sexual de la mujer formulada en su famoso libro El sexo y la chica soltera. Con La mística de la feminidad, en cambio, Friedan reveló la desolación moral en que se veía obligada a vivir una mujer como Betty Draper (January Jones) si elegía quedarse en casa a cuidar de los hijos y de un marido que, como Don Draper (Jon Hamm), derrocha tanta energía en crear campañas publicitarias como en vivir aventuras adúlteras.
Como muestran otros autores de esta monografía imprescindible, hablar de Mad Men es hablar de muchas cosas que aún hoy, en pleno siglo veintiuno, nos conciernen de modo directo, como genealogía del presente y no sólo como recuperación historicista: “la política de género, las injusticias raciales, la identidad, el consumismo desaforado, la lucha de clases no expresada y la angustia nuclear” (McLean). Si el lector encuentra en ella, además, un repertorio de cócteles favoritos de los personajes o unas instrucciones para montar una fiesta nostálgica digna de la serie, es porque, como proclama McLean, “los años sesenta fueron muy divertidos”. Sobre todo, cabría añadir, si se era “blanco, hombre, heterosexual, ejecutivo publicitario de Madison Avenue”.

sábado, 7 de mayo de 2011

ENTREVISTA SOBRE MÍMESIS Y SIMULACRO

Preguntas: Marina Martínez, Diario Sur.



-¿Por qué un ensayo sobre la literatura? ¿Una buena excusa para hacer un repaso por los grandes de las letras?


Llega el momento en que un escritor, cuando ha hecho apuestas muy fuertes en lo literario, tiene que enseñar las cartas. Mostrar su juego en público. Esto significa señalar influencias, desde luego, pero también algo mucho más importante: exponer su particular visión de la literatura. Y, en especial, las relaciones que ésta, a través de obras, estéticas y autores muy distintos, ha establecido con la realidad de su tiempo. Y cómo estas relaciones, por obvio que parezca, han variado a lo largo del tiempo como lo hacía la misma realidad. Los científicos trabajan con modelos de simulación para conocer la realidad de sus campos de investigación. Esto es algo que los novelistas conocen bien, porque lo han hecho siempre. Las novelas son, con todas las diferencias y limitaciones de rigor, modelos de simulación que nos permiten descubrir dimensiones de la realidad que, de no existir, nos sería imposible conocer o reconocer. Por eso digo que este libro cuenta una historia de amor muy especial. La problemática historia de amor de la novela y la realidad.


-¿Y por qué una reflexión sobre el realismo y la realidad? ¿Qué papel juega cada uno?


La pregunta de la realidad es la pregunta clave que el libro le hace a los escritores y a las novelas, pero también a filósofos como Ortega y Gasset, que escribió sobre el género, no siempre con acierto. Cómo representarla. Cómo entenderla. Con qué categorías. Por qué la ficción narrativa está mejor dotada que la filosofía para comprender el mundo, en definitiva. Precisamente por esto mismo se plantea lo que denomino la batalla de la realidad a lo largo de la historia. Por no aceptar las visiones estereotipadas que se transmiten sobre lo que es el realismo y, sobre todo, lo que llamamos realidad, a falta de mejor palabra. Como me considero, con todo, un autor realista y, en las interpretaciones convencionales que se hace de mi obra, esto no parece tan evidente, nada mejor que poner en cuestión los recursos con que la literatura ha pretendido representar la realidad, sometiéndose en mayor o menor medida a la dictadura de los tópicos circulantes sobre lo que era esa realidad. Desde la literatura, se construye una determinada idea de la realidad y, por supuesto, desde otros medios mucho más influyentes en las versiones de la realidad que se imponen de modo mayoritario.


-Dices en el libro que, a lo largo de la Historia, muchos escritores se han hecho la pregunta y se han parado a pensar en su trabajo creativo. En tu caso, ¿cuáles son las principales conclusiones a las que llega?


La principal conclusión del libro es que en cada época la novela ha sabido responder a los desafíos de su tiempo, tanto en el siglo dieciocho, con los novelistas ingleses y franceses herederos de Cervantes y también con Sade, que enfatizó la importancia del cuerpo, así como en el diecinueve, con los realistas y naturalistas, y en el veinte, con la increíble expansión de la estética moderna, las formas, géneros y formatos de la novela cambiaron de manera radical, destacando muy en especial la importancia de la ciencia ficción y de un autor como Philip K. Dick en esta transformación conceptual. La respuesta del siglo veintiuno no puede ser de ningún modo la misma, por tanto, ya que el mundo también ha cambiado de modo sustantivo, como estamos viendo a diario en la televisión y en internet pero también en nuestra vida cotidiana. Es una cuestión de realismo reconocer que la realidad hoy la determinan los medios tecnológicos y, por tanto, la literatura ha de asumir esa primacía y hacerla suya de modo que las representaciones del mundo que incorpora en su discurso participen de esa condición mediada o simulada. Un mundo donde lo virtual y lo real se confunden, como en el cerebro del “Quijote”, hasta extremos alucinantes. No es posible entender lo que puede ser el realismo en la actualidad si la literatura no toma en cuenta la importancia de los medios tecnológicos en la definición de lo que entendemos por esa misma realidad. Esta es, sin ninguna duda, la apuesta final del libro, desarrollada capítulo a capítulo, como un razonamiento lógico. Para ser realista el escritor debe olvidarse de todo lo que ha aprendido sobre el discurso literario y enfrentarse a pelo a las nuevas realidades que configuran la experiencia de los habitantes de esta turbulenta época. Para ello debería empezar a prestar más atención creativa a las representaciones de la realidad que proceden de medios tan influyentes en las ideas y fantasías colectivas como la televisión, el cine, la música pop, los videoclips, los videojuegos y, en general, el ciberespacio y los demás productos de la cultura de masas. La novela tiene el poder de ampliar el horizonte de inteligencia del lector sobre la realidad en la que vive, pero para lograr ese fin debe ayudarle a modificar las categorías con que ha sido programado para entender una determinada versión de la realidad. Lo que denomino la versión oficial de la realidad, que es a la que la verdadera novela, como decía Kundera, se enfrenta con ironía.


-¿Qué hay de mímesis y qué hay de simulacro?


Esa es la cuestión palpitante del libro. Qué significa hoy ser realista para un escritor, ¿acaso puede significar lo mismo que hace un siglo o sólo medio siglo? Qué es el realismo en un mundo donde el simulacro se ha convertido en una categoría más de la realidad. Si el simulacro forma parte constituyente de la realidad, como en el apólogo borgiano sobre los cartógrafos, el realismo no puede consistir ya sino en integrar en la narrativa esa dimensión de irrealidad, la de la simulación del espectáculo y sus poderosos artificios, engaños y falsificaciones. No es posible, por tanto, ser fiel a la realidad, vocación principal del realista, si se ignora la influencia de lo virtual y lo digital en la configuración de eso que por pereza aún llamamos así. Para practicar la mímesis en la actualidad se hace imperativo, por tanto, incorporar las trazas del simulacro que impregna todos los ámbitos de la realidad y genera, con su influencia, una situación como la presente donde las viejas categorías representativas (clase, nación, política, pueblo, familia, tradición, trabajo, estado, revolución, espacio, tiempo, arte, literatura, etc.) se han derrumbado conceptual y vitalmente, o están sometidas a drástica redefinición. Ante esto, la novela, como género de géneros, no puede permanecer indiferente. Al menos si aún aspira a preservar su poder de representación de la realidad y de intervención en las representaciones ya existentes.


-Supongo que los conceptos habrán cambiado a lo largo de los años...


Precisamente porque existe la historia los conceptos cambian. O, más bien, se expanden y mutan de función o de sentido. La realidad se muestra alterada por los medios tecnológicos de producción y reproducción de realidad y la literatura, para no sucumbir y desaparecer, debe asumir de un modo creativo los procedimientos y las técnicas de esos medios tan influyentes para ser fiel a esa nueva realidad que no se parece en absoluto a las versiones más convencionales que sobre ella transmiten esos otros medios. No es que ya no podamos reconocernos en Galdós o Pardo Bazán, es que ya no podemos reconocernos tampoco en Joyce o Kafka, ni tampoco en los seguidores más conspicuos de éstos, a riesgo de convertir la literatura en un discurso irrelevante y ensimismado en sus logros pasados. He ahí todo el problema para un escritor que pretenda ser tan contemporáneo como lo fueron en su tiempo todos estos autores. Si el escritor no está a la altura de los desafíos de su tiempo, manejando toda la información disponible en las bases de datos de la realidad, no le hará ningún bien a la literatura. Suscribir los lugares comunes de la versión oficial de la realidad es lo que desactiva todo el potencial de intervención de la narrativa en los cada vez más complejos procesos de la realidad de nuestro tiempo. Hoy en día ser escritor es más difícil que nunca en la medida en que manejar toda la información que forma parte de la realidad en que se mueve exige del escritor dotes y capacidades muy distintas de las que se le exigían hace cuarenta, cincuenta, setenta o cien años.


-Y ahora, ¿el escritor debe ser fiel a la literatura o a la realidad?


A la realidad, siempre. El gran desafío para el escritor consiste en saber si debe seguir siendo fiel a la literatura tal y como esta ha sido entendida a lo largo del siglo veinte o si debe ser fiel a la realidad como se presenta ésta a comienzos del nuevo siglo. Sin prejuicios ni coerciones externas. Por eso el libro se subtitula “Ensayos sobre la realidad” y establece un marco que se desplaza desde Sade, por su importancia en la definición de una narrativa que pase por el cuerpo y las políticas del cuerpo, a David Foster Wallace, que ha hecho de las realidades del capitalismo actual su campo preferido de exploración. Desde que existe la modernidad como tal, la única obligación del escritor es ser fiel a la realidad, sea lo que sea ésta en cada época. Llamamos literatura a ese esfuerzo por el que el escritor intenta mantenerse, desde un código tan antiguo como el literario, a la par de los desarrollos más avanzados de la cultura, la sociedad, la economía, la política, las modas y las tecnologías. Este es el único criterio de contemporaneidad del escritor. Lo que llamaríamos su talento específico, si se prefiere. El problema que la realidad planteaba a los escritores en la historia no era otro, en resumen, que el de su responsabilidad en el modelo de realidad al que daban crédito y reconocimiento en sus creaciones, adscritas de antemano a un modelo ideológico de representación más o menos consensuado con la sociedad. De ese modo, la pregunta paradójica sobre la realidad se ha vuelto ahora en contra del escritor al obligarle a reconocer la versión de la realidad con la que se identifica antes siquiera de pensar en representarla. Y este libro sólo ha pretendido contribuir a hacer este aspecto de la cuestión aún más evidente.


Mímesis y simulacro. Ensayos sobre la realidad (del Marqués de Sade a David Foster Wallace), Juan Francisco Ferré, EDA, 2011.

martes, 26 de abril de 2011

EL CONSERVADOR INTELIGENTE



To break the vicious cycle of left-liberal blackmail…and to profit from old Marx´s insight into how intelligent conservatives often see more (and are more aware of the antagonisms of the existing order) than liberal progressives.

-Slavoj Žižek-

Ernst Jünger (1895-1998) es un escritor inclasificable. Pertenecía a esa raza privilegiada de mortales que tiene la oportunidad de asistir a su centenario. Al revés de otros artistas longevos, Jünger ostentaba una especie de eterna juventud. Y es que tanto su vida como su obra participaban de ese estado paradójico en que el vigor del joven y la sabiduría del anciano se comunican desde el principio con una fecundidad insólita.
Asombran las múltiples facetas de su actividad a lo largo de tantos años. Obsesionado con la aventura colonial, se alistó aún adolescente en la Legión extranjera, como narra en la cervantina Juegos africanos (1936), donde la lucidez sobre la experiencia del siglo le conduce a diagnosticar una verdad que permanece vigente: “Hoy día no hay más que explotación, y para aquél que posee inclinaciones especiales se han inventado formas especiales de explotación. La explotación es el estilo peculiar, el gran tema de nuestro siglo”. Fue héroe condecorado en la Primera Guerra Mundial y relató en Tempestades de acero (1920) sus experiencias extremas durante la contienda, ofreciendo un testimonio terrible del germen del fascismo (la “estetización de la violencia” denunciada por Walter Benjamin). Movilizado de nuevo en la Segunda Guerra Mundial, ocupó París con las tropas nazis, como cuenta en sus impresionantes diarios (Radiaciones). Además de esto fue entomólogo entusiasta y “cazador sutil”, trotamundos infatigable, explorador anímico de los efectos de la embriaguez (Aproximación: Drogas y embriaguez), y, por si fuera poco, autor de una obra literaria inmensa.

Sin tener en cuenta sus polémicos ensayos (El trabajador, La emboscadura, El libro del reloj de arena, entre los más destacados), donde elaboró una visión de la técnica y la sociedad de masas influenciada por Heidegger, lo esencial de Jünger está en sus ficciones y en sus textos autobiográficos. Y es que la experiencia de escritura de Jünger le permite manejarse en uno y otro registro con soltura y rigor, ya sea para dar cuenta precisa de los fantasmas de su imaginación, dopados o no con LSD (nadie debería perderse, en este sentido, su alucinante y catártica novela Visita a Godenholm), como de episodios de su intensa vida. El método de Jünger se funda en una actitud clásica que sabe equilibrar, con respecto al mundo, la distancia platónica suficiente y la implicación aristotélica necesaria para conferirle una doble perspectiva: proyección ideal sobre la realidad y captación idealizada de lo real.
En lo ideológico, Jünger ocuparía una posición paradójica: el conservador inteligente. Alguien tan fascinado con la herencia del pasado que, sin perder la lucidez crítica, consagra su espíritu a rendirle culto y expandir su significación y valor, en especial si los tiempos no son propicios. No un reaccionario integrista sino un anarca sagaz que se niega a claudicar ante el poder temporal que trata de domesticarlo. Por eso Jünger, discípulo anómalo de Nietzsche, resulta aún más inquietante: un conservador en tiempos de grandes cataclismos y mutaciones históricas, el testigo de excepción que, con un ojo entregado a la admiración idealista del pasado, no puede sino entregar el otro, arriesgándose incluso a perderlo en la deflagración, al escrutinio intempestivo del presente y el futuro (“Se vive todo y se vive también su contrario”, como proclama en Juegos africanos).

No por casualidad, Jünger fue uno de los grandes creadores de alegorías políticas del siglo veinte, como prueban Sobre los acantilados de mármol (1939), un alegato contra la barbarie arrojado a la cara de los jerarcas nazis en su apogeo; Heliópolis (1949), donde el porvenir se plantea en términos de redefinición de lo humano y lo divino a partir de la más avanzada tecnología, como ahondaría después la fábula distópica de Abejas de cristal (1957; en esta extraña novela de posguerra, como en una parábola de Dick, los simulacros sirven para cuestionar los límites morales de lo humano); o Eumeswil (1977), una revisión metafísica e intempestiva de la Historia, con un artilugio (el "luminar") que permite al anarca vislumbrar sus escenas cenitales desde una perspectiva privilegiada y, además, dialogar sobre lo acontecido con los grandes protagonistas de la misma.

¿Qué representa, entonces, en todo este contexto, Venganza tardía (Tusquets, 2009)? Una fábula escolar en la que aparece, con toda su odiosa dotación de profesores amargados, disciplina estéril y saberes rancios, la vieja escuela decimonónica contra la que Jünger, el rebelde emboscado, se encarniza por considerarla hostil a la vida, la libertad y el espíritu. De ese modo, esta breve narración póstuma sobre los sinsabores de la infancia y el aprendizaje se alinearía con sus obras más íntimas, donde Jünger aborda el núcleo conflictivo de su carácter: el “corazón aventurero”, así tituló uno de sus libros más hermosos, que conduce, por sus excesos, a una decepción vital inevitable. Pero Jünger, a partir de este desengaño romántico, es capaz de extraer del ámbito degradado de la escuela una lección básica: el amor al conocimiento, al saber, la compensación del arte y la cultura, como fundamentos para desarrollar una vida en plenitud.
Ya sólo por esto, este instructivo apólogo debería ser de lectura obligatoria en nuestras (post)modernas escuelas, donde suelen cultivarse, por defecto, la desidia y la ignorancia.

martes, 19 de abril de 2011

MICHEL ONFRAY CONTRA LA SEMANA SANTA


En esta época de paganismo sensorial y mediático, más propicia al desenfreno sensual y las pasiones carnales de toda especie que al flagelo de la abstinencia, el instinto de muerte, la pulsión tanática y la estética más siniestra, concebida por una cultura prisionera de una devaluación implacable de la vida, se apropian de las calles españolas con obscenidad, pisoteando los derechos y los deseos de todos los que no comparten su opresivo código de valores morales y estéticos. Las imágenes más divulgadas de la vida se reducen en este tiempo a fúnebres desfiles inquisitoriales donde matriarcas omnímodas exhiben, bajo la apariencia del dolor y el sufrimiento, la victoria sobre la carne y el placer que supone la traumática muerte del hijo. La aberrante representación tiene como destinatario privilegiado, para más inri, a una deidad patriarcal hace tiempo dada por muerta. El cuadro no puede ser más pintoresco siéndolo menos. La muerte celebrando el triunfo de la muerte hasta el fin de los tiempos. [Y no, no me vale para nada el cuento de que ya nadie cree en la representación, que todo se reduce a un puro espectáculo de masas con finalidad cultural y turística, sin trascendencia. Que nadie me venga con esas argucias de final de temporada, mediante las que se perpetúa lo mismo de siempre y sólo eso. No, no son aceptables en este caso ni el cinismo ni el desparpajo postmodernos. Las imágenes son lo que son y valen por lo que valen, combatirlas tiene sentido aún. Otros querríamos a lo mejor otras imágenes tomando las calles, esas mismas que los que las toman ahora para sus fines no estarían dispuestos a tolerar. No lo han hecho nunca.]


En estas luctuosas circunstancias, no conozco mejor antídoto contra este espectáculo deprimente y ofensivo que la inveterada lectura de Nietzsche y, por supuesto, la renovada de Michel Onfray. Ofrezco ahora tres aproximaciones a la obra de Onfray como alternativa liberadora y exuberante al delirio ideológico del vía crucis: Una mística de izquierdas, El saber no es triste y El placer de existir.

UNA MÍSTICA DE IZQUIERDAS


Michel Onfray, como he dicho en más de una ocasión, es lo mejor que le ha pasado no sólo a la filosofía, discurso en trance de marginación social y fosilización académica, sino, sobre todo, al pensamiento, en el sentido más radical y libre de la expresión. Este nuevo libro traducido ahora (Política del rebelde, Anagrama, 2011), paradójicamente, no es nuevo. Fue publicado en 1997 y contiene, como indica el subtítulo, un explosivo “tratado de resistencia e insumisión” a los principios del neoliberalismo y el mercado triunfantes tras la caída del Muro de Berlín y la posterior propagación de una versión monosémica y unilateral de la historia, el poder, la cultura y la economía. Lo irónico es que este revolucionario “panfleto” tenga aún mayor vigencia y pertinencia en este período maquiavélico de implantación del capitalismo más despótico enmascarada de crisis financiera mundial. Ventajas del pensamiento intempestivo: cuanto menos complaciente el diagnóstico de los males, menos plegado al ideario servil que reclaman las instancias políticas dominantes, más se prolongan en el tiempo sus aciertos intelectuales y críticas implacables.


Este libro insurgente comienza con una confesión autobiográfica sobre el descubrimiento del horror del mundo industrial centrada en su experiencia en una lechería donde las reses y los trabajadores parecerían intercambiar sus cualidades bestiales y prosigue, con una lógica aplastante, con un análisis desolador de la experiencia infernal de los campos de concentración nazis tal como la relataron algunos de sus supervivientes más notorios como Primo Levi y, en especial, el resistente Robert Antelme. Onfray se mostraría afín aquí a las reflexiones de Giorgio Agamben sobre el “homo sacer” y la “nuda vida” si no fuera porque su visión radicalmente materialista le lleva a conclusiones imposibles de concebir para el discípulo italiano de Benjamin y Heidegger. Para Onfray, la vivencia atroz de los campos, más allá del horror y la muerte, representa una ocasión excepcional para afirmar, en condiciones extremas, la vida del cuerpo (“la verdad de un ser es su propio cuerpo”) y el peso ontológico de la individualidad (“lo que los seres humanos tienen en común”) en todo su potencial de resistencia frente al poder totalitario que sólo aspira a negarlos y destruirlos. En la terrible radicalidad de esa prueba vital es donde observa Onfray un motivo fundamental de su designio ético, válido en cualquier otra circunstancia: “la permanencia de la esencia humana contra el artificio de la ideología”.


Partiendo de este postulado básico, Onfray pretende crear las condiciones de posibilidad y los fundamentos (éticos y estéticos) de una “mística de izquierdas”, revitalizando para ello el ideario de los utopistas, anarquistas, sindicalistas y socialistas primigenios como Fourier, Blanqui, Proudhon o Sorel, entre otros muchos menos conocidos, con el fin de elaborar, como dice en uno de los apéndices, "una filosofía hedonista, libertina y libertaria que permita la formulación de un nietzscheanismo de izquierda para nuestra época, posterior a la muerte de Dios". Con semejante programa, Onfray estaría, sin declararlo, dando una lección a la izquierda multicultural (americana, sobre todo, pero también europea) que ha excluido a Nietzsche de su discurso. Esta izquierda académica, tan devota del credo de la corrección política, sólo acepta al “Anti-Cristo” Nietzsche como socio temporal si su pensamiento aparece filtrado por mediadores incuestionables como Foucault o Deleuze. Por el contrario, Onfray, genuino continuador del pensamiento francés de filiación nietzscheana (Foucault y Deleuze, desde luego, pero también Bataille, Klossowski y Lyotard), propone conjugar con inteligencia a Marx y a Nietzsche en este proceso de refundación de un proyecto de izquierda para el siglo 21 que no pase por los partidos e idearios oficiales (verdaderas iglesias y sectas ideológicas orientadas sólo a la conquista del poder), ni, una vez alcanzado el dominio político sobre la sociedad, por la claudicación conformista e interesada a los pies de los amos del negocio.


Pero Onfray no sería Onfray si se detuviera ahí, en el mero campo de la política y la ética, sin proponer una visión integral de las fuerzas de la insumisión y la resistencia en mundos donde la politización se oculta para mejor servir a los intereses creados del mercado y sus agencias de control como la cultura y el arte (“uno de los raros dominios en los que el individuo puede teóricamente dar testimonio de su plena dimensión”). En estos incisivos capítulos finales, expone Onfray la doble necesidad de generar una “cultura crítica” y una “estética generalizada” en oposición frontal a la banalidad y la estupidez seductora del consumo y el espectáculo. El creador tanto como el pensador deben constituirse en figura de expresión de libertad individual (de ahí la apelación reiterada a los libertinos y los libertarios) y, sobre todo, encarnar el rechazo activo a los modos culturales y artísticos más gregarios promovidos por el poder institucional y mediático, siempre propenso a la difusión social del espíritu de seriedad: “el libertario restaura las virtudes de lo desviado, la ironía, el humor, el cinismo, que se expresan mediante modalidades subversivas del lenguaje y los gestos, los conceptos y las acciones”.


Un libro inagotable. Una cantera de pensamiento libre.

EL SABER NO ES TRISTE


En tiempos de tristeza y abatimiento como éstos, nada mejor que tonificar el espíritu con brebajes revitalizadores e impedir así que la depresión se instale para siempre en nosotros y corroa nuestros únicos recursos contra la adversidad.


De modo que si usted está cansado de la vieja historia de la filosofía, esa historia de toda la vida escrita por los profesores más convencionales, con sus grandes nombres majestuosos y sus pequeños nombres a pie de página; o si usted lo que quiere es una historia del pensamiento que acoja todas las ideas con que los humanos han intentado a lo largo de la historia liberarse del yugo mental que los sometía a un orden inicuo de pensamiento y de vida, éste es su proyecto: la Contrahistoria de la filosofía de Michel Onfray, el heredero de todos los pensadores díscolos y disidentes del pasado. Primero fueron los hedonistas y los materialistas cristianos y precristianos (Las sabidurías de la antigüedad: de Leucipo a Diógenes y El cristianismo hedonista: de Simón el Mago a Montaigne), después vendrán los hijos más radicales del siglo ilustrado (Los ultras de las Luces, donde el único error, típico de filósofos, es no entender a Sade, interpretándolo como pensador y no como lo que realmente es, un novelista), los utopistas y socialistas (El eudemonismo social, inédito aún en español), los pensadores individualistas e intempestivos (Thoreau, Stirner, Schopenhauer: La radicalidad existencial, recién aparecido), etc. En suma, todos los que soñaron con un mundo reformado, hecho a la medida del deseo y la libertad pero también de la justicia.


En este tercer volumen del proyecto (Los libertinos barrocos, Anagrama, 2009), les toca el turno a los libertinos y librepensadores del período barroco. Libertinos barrocos, sí. Han leído bien. “Libertinos” y “barrocos”: una combinación explosiva, sin duda. Todos los vicios del pensamiento y la expresión que una cierta idea neoclásica de la cultura y el intelecto atribuyen a ciertos conceptos. El no va más del pensamiento liberado y la expresión ingeniosa. Eso es quizá lo primero que podría decirse de esta casta de pensadores y escritores “malditos” rescatada por Onfray de los contenedores de residuos y basura de la historia para convencernos de la actualidad y la validez de esta tendencia intelectual. En la versión oficial, el siglo diecisiete francés está representado por un programa político que incluye el clasicismo estético y lingüístico y la racionalidad cartesiana como correlato de un ejercicio del poder omnímodo. Es el siglo en el que triunfan “el equilibrio y la armonía, la simetría y la consonancia; en una palabra, el orden”. Es, sobre todo, el siglo en que el poder despótico se expresa en la idea de una monarquía solar, de irradiación absoluta, como la de Luis XIV.


Como bien dice Onfray, ese llamado “gran siglo” francés tenía junto a una dimensión apolínea indudable, reflejo de ese poder y ese orden, otra dionisíaca, vitalista, libertaria, que se dejaba sentir no sólo en los gabinetes eruditos o en los debates intelectuales o literarios sino también “en la calle, en las tabernas de mala fama, en los lugares públicos donde la palabra se pierde a falta de huella escrita, en las canciones, los poemas y las diatribas populares”. En este tumultuoso contexto, el libertino es el individuo que pone en cuestión la autoridad divina encarnada en el monarca y la iglesia y sus imperativos ideológicos y morales. El pensador intempestivo que aboga, a la manera de Montaigne, por la emancipación y el uso libre de la razón en todas las cuestiones, abandonando los prejuicios, los lugares comunes o los valores tradicionales. El librepensador, en suma, que propugna “el abandono de los modelos teológicos en provecho del modelo científico” y “la proposición de una moral más allá del bien y del mal”. Y todo ello, como dicta el temperamento barroco, sin olvidarse de rendir tributo a la alegría de la vida y el placer de los sentidos, pues una de las consecuencias más palpables de sostener dichas convicciones es la desculpabilización consecuente de la carne y el cuerpo como focos de pecado y su consideración amable de grandes aliados en la definición de una vida digna de ser vivida, integrando plenamente mente y materia, sensualidad y pensamiento. Modelo consumado: el Don Juan de Molière, tan satírico respecto de su ideario e influencia social como cómplice ideológico del movimiento, hasta el punto de ofrecer un retrato fiel de las dos caras del alma del libertino. Es en este aspecto moral, y en la controvertida defensa de la separación de los asuntos de la Fe y la Razón, sin alejarse del todo del respeto y la devoción religiosa, donde quizá resida el punto más polémico en su tiempo de este grupo de audaces precursores de la Ilustración. Vilipendiados y difamados por el poder eclesiástico y monárquico, no pocas veces vieron prohibidas o censuradas sus obras, amenazadas sus vidas o sus carreras, y aún hoy existen dificultades para disponer de sus escritos o acreditar sus biografías. Como corresponde a su labor de arqueólogo intelectual, Onfray nos proporciona muchos nombres, más o menos conocidos: Charron, La Mothe Le Vayer, Saint Evremond, Gassendi, Fontenelle, Cristovao Ferreira, etc.


De todos los nombres proporcionados por Onfray, por distintas razones, me quedo con dos. El gran Cyrano de Bergereac, tan famoso por el legendario tamaño de su nariz y la envergadura de su persuasiva retórica como por ser autor de esa joya de la literatura libertina que es El otro mundo o Los Estados e Imperios de la Luna y del Sol. Onfray señala con acierto cómo uno de los méritos de esta obra singular, de humor incisivo y vivaz imaginación, es la de instaurar, sirviéndose con ingenio de la anamorfosis, el relativismo moral (cualquier cosa puede significar otra cosa, según desde donde se la mire) y la libertad de juicio (nada puede ser considerado de modo absoluto) como perspectiva filosófica sobre el mundo.


El otro nombre importante es el de uno de los más grandes filósofos de la historia. En todo caso, uno de los más influyentes en el pensamiento de las últimas décadas. Me refiero a Baruc Spinoza, el judío nacido en Amsterdam en una familia de comerciantes de origen portugués. El pulidor de lentes y conceptos. Onfray le dedica unas pocas páginas. Merecería un libro entero. Onfray nos lo debe. Completo sus palabras con la relectura de la mejor introducción pensable a su vida y pensamiento, Spinoza: la filosofía práctica, de Gilles Deleuze. Onfray también la recomienda. La lección fundamental de Spinoza, como refrenda Onfray, es la misma de Nietszche: el verdadero saber no es triste. Libertinaje y barroco, como se ve, hacen muy buena pareja.