lunes, 22 de marzo de 2010

SEX SHOP (2):



DERROCHE DE FLUIDOS

Con Zonas húmedas
[*], esta estimulante propuesta narrativa de Charlotte Roche (Londres, 1978), su autora ha logrado el más alto galardón que concede el mercado editorial: vender millones de copias en todo el mundo de este jugoso tratado sobre la vida en el cuerpo en una sociedad que parece más preocupada por la conservación o embellecimiento del mismo que por cualquier otro asunto. Todo un éxito inesperado en la era del porno gratuito y omnipresente en Internet. Zonas húmedas es eso también: una webcam femenina donde lo real y lo diferido anulan sus diferencias al hacerse escritura del cuerpo en estado de excitación perpetua.

Con inteligencia estratégica, Roche ha acertado al ambientar su intrascendente crónica en un hospital y concederle el protagonismo a la anatomía más íntima de una chica mala, Helen, cuyas experiencias sexuales, a pesar de sus dieciocho años, superan en cantidad y refinamiento a las de muchos adultos. Experta en la obtención de placer físico por cualquier vía, ya sea anal, oral o vaginal, en solitario o con amantes de cualquier género, edad, raza o situación, la incorregible Helen se presenta desnuda ante el lector desde el principio, más allá de todo pudor o tabú, y realiza sin apenas inmutarse un strip-tease paradójico para demostrar que la piel no es, de ninguna manera, lo más profundo. Cada uno de los rincones y recovecos de este cuerpo postrado contiene un suculento historial clínico de anécdotas y una caprichosa analítica de preferencias sensuales y sexuales que Roche explora y explota con ingenio asociativo.

A partir de la premisa de una delicada operación de hemorroides, la paciente Helen aborda la descripción sistemática de sus estados fisiológicos durante esa estancia hospitalaria que ella alarga más allá de lo razonable con el doble propósito de escapar a una vida anodina y restaurar la armonía imposible de su traumática familia. Al final de ese viaje inmóvil a los confines de la carnalidad, le aguarda el amor. De ese modo, entre la comezón anal del comienzo y los latidos sentimentales del corazón de Helen, la novela parece hallar una solución irónica a sus escabrosas incursiones en los dominios de lo sórdido, lo repulsivo, lo inmundo y lo abyecto.

Si se quiere, esta novela se suma a las tentativas de un siglo en que el cuerpo femenino ha ido apropiándose de los modos de expresión tradicionalmente masculinos con objeto de inscribir en ellos una práctica existencial hasta cierto punto diferente. Desde Molly Bloom, la marioneta lúbrica manejada por un maestro deslenguado como Joyce, o las heroínas libérrimas de Lawrence, como Lady Chatterley, hasta la gran Kathy Acker, sentándose a escribir con el bolígrafo en una mano y la otra ocupada en masajear su sexo con el vibrador como incitante a la experimentación literaria más desenfrenada, pasando por los obscenos improperios de Elfriede Jelinek o los escenarios provocativos de Catherine Millet y Virginie Despentes, antagónicas aventureras sexuales del presente. La cultura de este nuevo siglo parece al fin liberada de todas las restricciones expresivas que la atenazaban para poder registrar sin escándalo la pluralidad innata del sexo en los archivos del conocimiento humano.

Con su derroche incontenible de fluidos viscosos, experiencias extremas y prácticas indecibles, Roche quizá no dé un paso adelante respecto de estas autoras en lo que supondría la consolidación de una estética literaria. Lo que sí logra es inscribir su historia personal en un contexto coetáneo de desacralización consumada del cuerpo. Un cuerpo afrontado desde la perspectiva médica como un campo de investigación tan riguroso como excitante, tan gozoso como libre de prejuicios, desnudado de toda pretensión de trascendencia o idealización, reducido, como quería Foucault, a localizaciones somáticas, órganos y orificios, funciones fisiológicas, pero también a sensaciones y placeres. Quizá no seamos, como dice Roche, más que “animales altamente desarrollados”. En tanto tales, en cualquier caso, no habría “mucha diferencia entre hombres y mujeres”.

Este explosivo breviario de Roche confirma que el cuerpo, con todas sus amenazas y males, es aún nuestro mayor cómplice cuando se trata de mantenernos conectados a la intensidad subversiva de la vida. En este sentido, Zonas húmedas, un libro tan absorbente como instructivo, propone una ética erótica de amor al propio cuerpo cuya validez sólo puede confirmarse en comunicación paradójica con el cuerpo del otro.

[*] Charlotte Roche, Zonas húmedas, Anagrama, Barcelona, 2009.

SEX SHOP (3):



EL VERBO HECHO CARNE

La novela sacramental de Elfriede Jelinek[*]

Recordar este viejo principio es lo que le valió a Jelinek provocar un gran escándalo en Austria. Recordarnos este principio es lo que vuelve finalmente escandalosa y provocativa la lectura de esta novela. Recordar, en el contexto de una cultura europea amortecida en el sueño mediático y mercantil de su unificación, que Dios ha muerto, la religión es el opio mayoritario, las iglesias un instrumento de opresión en franco declive histórico, los valores sociales, culturales y familiares dominantes instrumentos de represión y normalización, como hizo Bernhard hasta la extenuación, podría parecer redundante, o fastidioso, pero seguir insistiendo a estas alturas en que la verdad del lenguaje humano está en la carne y la verdad de la carne humana está en el lenguaje, como hace Jelinek, es una hazaña digna de elogio y admiración, y no estoy seguro de que la Academia sueca le haya otorgado su máximo galardón siendo consciente de este aspecto subversivo de su literatura. Es verdad que con ello ha hecho justicia, de modo impensado, al mentor egregio que da nombre al premio, pues por una vez se ha recompensado a una autora explosiva, a una auténtica dinamitera del lenguaje y las historietas y valores convencionales.

La pornografía se basa en la explotación de la carne en tanto carne y nada más, y si puede fascinar es por su obtusa inmersión en la materia oscura de la que estamos hechos, por eso esta novela no es pornográfica. El erotismo es un refinamiento sensorial y un tamizado del instinto por la inteligencia y la cultura, y si puede seducir es por su estilización fantasmática o fetichista de las relaciones sexuales, por eso tampoco es erótica. Por el contrario, si hay una lección “católica”, si se quiere, que Jelinek ha extraído del tratamiento prohibitivo que confiere Joyce a la sexualidad de sus personajes, en particular en su femenino monólogo de Molly Bloom, es que el tono, la modulación, la declinación verbal y sustantiva, la combinación del registro sublime y el obsceno en el mismo párrafo y hasta en la misma frase es el estilo más elocuente, la expresión consumada del deseo humano en vista de su doble condición verbal y carnal, sin olvidar su rechazo categórico a cualquier idealización puritana o normativa romántica.

El escándalo de Jelinek reside así en la invención suprema de una voz narrativa tan poderosa que es capaz de registrar musicalmente la multiplicidad de dimensiones que constituyen la experiencia humana y ofrecer sobre ellas una mirada penetrante y cáustica que a nada ni a nadie perdona. De ese modo, alcanza a conferir cuerpo expresivo a las pulsiones más soeces, las ideas más sucias, los comportamientos más indignos, los comentarios más indecentes, y logra incorporarlos a una descripción integral de la sociedad austriaca tan siniestra como exportable. La prosa de Jelinek incurre en la vulgaridad o la grosería del mismo modo que propende a la denuncia social, la acerba crítica de costumbres, la burla del matrimonio, la religión y la familia, la política, la publicidad y el deporte, la crudeza sarcástica acerca de la guerra de sexos o la lucha de clases, o el descrédito mordaz de la modernidad económica y tecnológica tanto como de su antecesora reaccionaria.

Pero si hay mucho de Joyce en la jugosa dicción de la novela, también lo hay de Flaubert (Madame Bovary) en el diseño cruel de la historia de Gerti, la moderna heroína tragicómica emparentada con algunas de las máscaras más carismáticas de la feminidad occidental (re)creadas por grandes escritores masculinos: pienso en Eurípides (Medea y Las bacantes), en Barbey D´Aurevilly (Las diabólicas) o en Faulkner (Las palmeras salvajes).

El pesimismo antropológico de la novela y su terrible desenlace se compensan, no obstante, con una ironía socarrona a prueba de denuncias y, sobre todo, con el fulgor carnal de sus aforismos, como éste, precisamente, sobre el exaltado (des)encuentro de los amantes: “¡Pueden hacer cosas por las que merece la pena tener un cuerpo!”. Ya está todo dicho.

[*] Elfriede Jelinek, Deseo, Destino, 2004.

lunes, 15 de marzo de 2010

EL PRESENTE ES EL FUTURO



“Un artefacto producido en masa por una cultura que imitaba vagamente lo que en su tiempo fue la cultura de otra”.

W. G.

Para empezar a leer esta novela[1] conviene olvidarse en parte de lo que fue el ciberpunk y de que William Gibson es el mítico autor de Neuromante y de seis novelas más que, con sus altibajos de energía, han diseñado un retrato alegórico de alta resolución digital de nuestra convulsa época. El ciberpunk se ha vuelto adulto y, en cierto modo, adulterado. Y Gibson, el gran autor del grupo, ha escrito esta ficción sobre el presente que lo aproxima tanto a la historicidad evanescente del último Pynchon (“Había fantasmas en los árboles de la Guerra Civil, pasada Filadelfia”) como a la lucidez política de DeLillo (“Estados Unidos había desarrollado el síndrome de Estocolmo hacia su propio gobierno después del 11-S”).

Se trata de una novela contenedor, una novela donde cabe todo lo específico de la experiencia contemporánea, desde la música pop y las artes más ligadas a la tecnología hasta las redes de vigilancia y espionaje y los sistemas de rastreo global. El formato novelesco permite a Gibson actuar como un narrador DJ, capaz de recopilar y almacenar ingentes cantidades de información sobre cuestiones que, de otro modo, sería imposible mezclar en un mismo espacio. Y éste, precisamente, el espacio, la percepción geopolítica del espacio, la circulación entre el espacio local y el global, el modo en que la globalización ha conferido una trascendencia nueva a cada punto discreto de una realidad que ahora se concibe como una red interconectada, es la idea que engloba, evitando su dispersión, todas las peripecias de la enrevesada trama.

En el centro de ésta se encuentra, como obsesivo objeto de búsqueda, un errático contenedor de color turquesa, desaparecido en los Mares de China, poblados de piratas nativos e incontrolables operaciones de la CIA, y su intrigante contenido. Varias agencias y organizaciones se disputan su localización, constituyendo diversas subtramas paralelas que acaban convergiendo, imantadas por la presencia del contenedor espectral, en el puerto de Vancouver, y se organizan en torno a tres personajes principales: Hollis, una ex miembro de una banda de culto reconvertida en cronista de tendencias y contratada por una enigmática revista belga para investigar las creaciones de un artista excéntrico y un extraño genio de la informática; Tito, un traficante de información de origen cubano, con un pasado familiar comprometedor y una conexión instintiva con los dioses de la santería; y Milgrim, adicto a las drogas de síntesis y versado en sectas milenaristas europeas del pasado, que ha sido secuestrado por una red de espías con el fin de que descifre mensajes codificados en una lengua artificial (volapuk).

Una vez que se descubra, del modo menos previsible, qué valiosa carga, real y simbólica, se contiene en el interior de sus clausuradas paredes de acero, el contenedor cargado de un alto potencial simbólico (relacionado en parte con la guerra de Irak y en parte con los flujos globales del capitalismo) proseguirá su trayectoria “deslocalizada” por las rutas y las carreteras de una geografía imposible de cartografiar con cualquiera de los múltiples aparatos de localización y búsqueda que aparecen en la novela. De este modo irónico, Gibson logra dar una inteligente lección sobre metodología narrativa en nuestro tiempo. El despliegue de aparatos de localización que saturan la trama actúa como un recordatorio de que la antigua omnisciencia que hizo la grandeza de los novelistas decimonónicos recae hoy en dispositivos tecnológicos de una sofisticada exactitud.

Gibson es un brillante novelista de las superficies, alguien que sabe rastrear y localizar aspectos de la realidad contemporánea y hacer diagnósticos culturales que nadie más ve con la misma lucidez, en especial porque, como se dice en una de las explicaciones finales, para entender la deriva terminal del mundo posmoderno en que vivimos (con la abolición definitiva de la diferencia entre lo real y lo virtual como horizonte de sucesos) es necesario desarrollar una sensibilidad extrema a las grietas que se abren “en el tejido de las cosas”. Y es en estos fogonazos de inteligencia y poesía donde Gibson consigue brillar como muy pocos escritores contemporáneos. En efecto, como dice Steven Shaviro, los recursos de la prosa de Gibson en esta novela (y en Pattern Recognition, la anterior a ésta) representan su modo hiperestésico de percibir y registrar los signos de “un mundo posmoderno donde los flujos globalizados del dinero y la información, dirigido por tecnologías sofisticadas que apenas se distinguen de la magia, saturado por la publicidad y el consumo enloquecido, con tramas conspirativas subyacentes, y regulado por ubicuas redes de vigilancia”.

En los años ochenta, los años de novedad y expansión de la corriente ciberpunk, el teórico Fredric Jameson llamó la atención sobre la obra de Gibson y, en especial, sobre su lograda amalgama retrofuturista de tramas en las que dominaban los estilemas del thriller de espías o detectives con componentes tecnológicos y científicos de anticipación. Jameson acertó al percibir que la nueva narrativa ciberpunk iluminaba una novísima realidad transnacional, hecha de pugnas corporativas y “paranoia global”. La consumación estética de este planteamiento, sin embargo, se hizo patente en el momento en que Gibson, a raíz del 11-S, desplazó la trama de sus ficciones de un tiempo futuro indefinido a un presente reconocible por el lector. Este giro no tenía por objeto negar la dimensión de ciencia ficción de sus propuestas sino acrecentar la percepción de que la ficción y la ciencia formaban parte integrante de la realidad del siglo 21 y no era ya necesario enfatizar su condición narrativa de género aparte.

Por último, una curiosidad que quizá no lo sea tanto. Gibson, el padre del ciberespacio, nació en 1948. Ese mismo año Orwell publicó 1984 invirtiendo, como se sabe, los últimos dígitos para titular su novela sobre una distopía de signo totalitario. En 1984, el año del primer “Gran Hermano” globalizado y televisado, fue cuando Gibson publicó Neuromante, la novela que modificó nuestra comprensión del futuro, convirtiendo la ubicua pesadilla de Orwell en una fantasía desfasada. País de espías (Spook Country), una novela publicada a fines de la primera década del siglo 21, consta de 84 capítulos. Esto sólo quiere decir una cosa. Una cosa importante. El presente es el futuro. De eso trata, en suma, esta novela tan fascinante y compleja como el mundo que describe.
[1] William Gibson, País de espías, Ediciones Plata, Barcelona, 2009.

domingo, 28 de febrero de 2010

PROVIDENCE ES UNA HIPERNOVELA: CUESTIONARIO COSTA


Un laberinto procaz y culterano que reformula las mitologías populares con muy mala idea y descubre, detrás del Sueño Americano, el hedor mefítico de un mundo gótico y puritano con urgente necesidad de ventilación. Hija mutante de Pynchon y Foster Wallace, la novela parece obra de un matón intelectual con ganas de pelea (ideológica).


Jordi Costa


1) ¿Qué es "Providence"? ¿Cómo podría definirse una novela tan difícil de definir?


No voy a estropear ahora esa indefinición que le atribuyes como cualidad simplificándola. Italo Calvino habló de “hipernovelas” para describir la multiplicidad narrativa de obras como Si una noche de invierno un viajero y La vida instrucciones de uso, de Perec. Creo que PVD es una “hipernovela” en este sentido también, una máquina narrativa de procesar formas narrativas de muy distinta procedencia mediática. Una novela compuesta de múltiples niveles de realidad y ficción que no se sabe con exactitud si es la base de una película, o la película misma, o un videojuego basado en ésta, etc. Todo esto es algo que el lector debe descubrir por sí mismo. PVD es un juego virtual cuyas reglas sólo se aprenden jugando.


2) En tu novela se integran elementos de ciencia-ficción, de la cultura del vídeo-juego, de la pornografía, constantes guiños cinéfilos... ¿Cuál es el propósito detrás de tanta bastardía? ¿En qué medida hay un radical gesto de ruptura con una tradición española predominantemente realista/costumbrista?


En la escritura de la novela hay un deseo de incorporar una muestra significativa de la cultura contemporánea. La cultura de masas, que es la cultura de la globalización. Mi comprensión del papel del novelista en el siglo 21 no puede ser más crítica: responder desde un medio artístico tradicional a los desafíos de un mundo basado en la permanente novedad tecnológica y el exceso de imágenes e información. Si la respuesta es excesiva es por puro mimetismo. Sólo puedo concebir el realismo en nuestro tiempo de una forma expandida, absorbiendo innumerables elementos imaginarios. Hoy es imposible ser realista sin tener en cuenta la interferencia de ficciones tecnológicas en la vida diaria. Todo el problema del escritor contemporáneo radica en saber cuál es la versión de la realidad con la que se identifica. El problema es que en España hay mucho ensimismamiento narrativo como subproducto de un gran ensimismamiento cultural y político. A este fenómeno, que implica una cierta incapacidad para entender el mundo de hoy en sentido geopolítico, lo llamo “el círculo vicioso español”.


Por otra parte, la pornografía no es un género como otro cualquiera, puede ser una forma de explotación espectacular de la intimidad, o de publicitar esta a niveles masivos, pero desde luego es una forma de representación del cuerpo que ha acabado infiltrando, sin dejar de ser una gran industria, el modo de vida americano hasta grados impensables. Y no sólo este: piensa en cómo la libidinización del mercado es lo que hace tan atractiva a la sociedad de consumo para la mayoría. El problema es qué idea del cuerpo tienen los novelistas. El cuerpo es un actor fundamental de la escena contemporánea y me da la sensación de que una parte de la literatura se niega a darse por enterada de esto. De todos modos, mi concepción narrativa, dado su humor y sentido político, es, más bien, post-porno. Como diría mi admirada Beatriz Preciado vivimos sumidos, lo queramos o no, en “el imperativo fármaco-pornográfico”. Como no soy un moralista a la antigua, sino un observador implicado en la representación en curso, me limito a mostrarlo con ironía a través de mi personaje, el director Álex Franco, y a extraer de sus delirantes experiencias sexuales y psicotrópicas un cierto placer que busco compartir con el lector.


3) La novela incluye referencias al 11-S y tiene un tono muy apocalíptico. ¿Qué ha significado el 11-S para la literatura? ¿Estamos en el fin de los tiempos?


El 11-S supuso el descubrimiento de que la historia se escribía para y desde las pantallas de televisión. Con lo que es imposible entender nada de lo que viene después sin tomar nota de esta mutación radical en nuestra concepción del tiempo, la historia y la vida social (aún no hemos visto casi nada). Por eso en una de las secciones finales de PVD me he permitido la libertad de reconstruir un modelo a escala de lo que fueron los atentados, con variantes y añadidos, pero respetando la lógica, los mecanismos y las secuelas del acontecimiento que acabó de una vez por todas con la inocencia del espectador de telediarios. El Apocalipsis de la novela es paródico, en cierto modo, en la medida en que desde los comienzos del género el tono profético se mezclaba con visiones carnavalescas del mundo celestial y efectos especiales digitalizados. PVD es el Apocalipsis filmado en 3-D por Fellini…


4) Tu novela comparte personaje con otra de las novelas comentadas en este artículo, "El fondo del cielo" de Rodrigo Fresán. El personaje es Lovecraft. ¿Podrás hablar de tu particular relación de amor/odio con Lovecraft?


No tengo relación amor-odio. Los relatos de Lovecraft me fascinan y no encuentro mejor expresión del horror del universo y, al mismo tiempo, por sus mismos excesos cósmicos, mayor burla de los límites y miserias de la especie humana. Al revés de Houellebecq, leo a Lovecraft a través de Nietzsche y no de Schopenhauer, con lo que me imagino que en una futura civilización será leído como un profeta irreverente de la extinción de la cultura humanista. Este es el espíritu intempestivo con que lo introduzco en PVD. Otra cosa es que, además, explote en beneficio del placer narrativo sus tendencias racistas y misóginas hasta el punto de convertirlo, como avatar de la Providencia, en un asesino en serie de videojuego. Por otro lado, es el escritor que encarnaría el alma fundacional de América, esa utopía fanática cuyo desnudamiento es otro de los motivos dominantes de la novela…


5) "Providence" es, entre otras muchas cosas, un ajuste de cuentas con la cultura americana, con su paradójica condición de mundo deslumbrante levantado sobre los cimientos de lo gótico. Tu experiencia americana, ¿ha sido decisiva para elaborar esta feroz visión del Imperio?


Era inevitable que fuera así ya que uno está impregnado de los valores, iconos y mitos de la cultura americana desde la adolescencia, y cuando se instala a vivir allí, al poco tiempo todo eso se pone en marcha, como un bagaje inconsciente, y entra en conflicto con la realidad cotidiana, con el modo de vida y los valores reales que lo controlan todo. De esa fricción áspera surge la primera chispa de PVD. Ese contraste entre la fachada fascinante y seductora, que todo el mundo consume (Warhol sería el mejor emblema de todo esto), y el sótano de los horrores, los miedos y los monstruos (Lovecraft es el paradigma otra vez), que no todo el mundo percibe. Todo lo demás se deriva del puro placer del juego literario consistente en explorar ese escaparate de moda y tirarle algún ladrillo iconoclasta y en bajar al sótano de vez en cuando en busca de aberraciones…


6) Entre los iconos de la cultura popular que aparecen en tu novela también está Darth Vader, que da pie a una escena que parece digna de "V" de Thomas Pynchon. ¿Te consideras heredero del post-modernismo americano? ¿De qué nos sirven esas mitologías populares americanas a la hora de entender el siglo XXI?


Cómo no deberle algo al posmodernismo. Es la primera estética literaria que nos saca definitivamente de las casillas aristotélicas, por eso tantos la rechazan hoy, en estos tiempos de regreso ideológico a concepciones narrativas más conservadoras y domesticadas. Hasta su aparición, la narrativa era o bien fantástica, en el tradicional sentido de la expresión, o bien realista, en el más naturalista o psicológico. Con la irrupción de los posmodernistas, con Pynchon a la cabeza, la imaginación y la fantasía, los mitos seculares y las mitologías públicas o privadas, los estereotipos de los medios de masas y las tecnologías de los medios, la cultura popular y las imágenes del cine, la publicidad y la televisión, se infiltran en la ficción al mismo nivel de realidad que la llamada vida cotidiana. Esto es lo que más me ha interesado al escribir PVD con un sentimiento enciclopédico respecto de esta cultura de masas, como un artefacto narrativo donde cabe integrarlo todo, desde los videojuegos, los deportes masivos, You Tube, Tiburón o E. T., hasta iconos del mal como Vader, ese Bin Laden galáctico, pero proporcionando versiones insólitas y perversas de todo ello con el fin de contrariar las interpretaciones tradicionales.

PROVIDENCE FEEDBACK (13)



FERRÉ-PROVIDENCE-LOVECRAFT


ANTONIO GARRIDO MORAGA


DIARIO SUR



El campus de la universidad de Brown rinde culto al equilibrio de la razón con el templo clásico de la Manning Chapel y con el espíritu ilustrado y puritano con el que se fundó en el siglo XVIII. Adoro esta universidad en la que he pasado momentos inolvidables y recuerdo una vez en la que me alojaron en una casa también dieciochesca donde pasé una noche de lectura mientras caía la nieve y el reloj dejaba oír sus campanadas solemnes cada hora. Aquella lectura no podía ser de otro autor que de H. P. Lovecraft y siempre me ha gustado pensar que Providence era Arkham, aunque se suele identificar a la ciudad imaginaria con Salem, y que Brown es la Universidad de Miskatonic donde se custodia el libro maldito, el Necronomicon.


Todo ha saltado por los aires y los cascotes del orden se amontonan tomando formas extrañas, fantasmagóricas. Las columnas dóricas se han derrumbado y los fragmentos son testigos mudos de un sueño que nunca fue otra cosa que una inmensa mentira, que una simulación, que una máscara que ocultaba la realidad de las llagas y de los dolores, del pus y de la sangre, de la mecánica del sexo. Esta magnífica novela, y no suelo prodigar el adjetivo, enlaza con el ejercicio de desvelamiento implacable que fue 'La fiesta del asno'.


Postmoderno


Providence-Providencia, no es otra cosa que caos, el mismo que subyace a la estupidez dominante, a la vaciedad de un modelo que es sólo fachada, al canon superado por el fragmentarismo de la postmodernidad. Creo que Ferré es un escritor postmoderno de verdad; qué quiero decir; que como todo escritor verdadero se implica y se explica en páginas que no son metáfora de la realidad, que son cervantinas; es decir, lúcida narración plena de ironía, de humor, de claves, de guiños para desvelar, de nuevo la palabra, eso que llamamos realidad contemporánea por no tener mejores términos que emplear. Nada es inocente y menos en estas páginas laberínticas, siempre libres, que mantienen la estructura en equilibrio inestable porque la estabilidad no puede existir en el mundo de Internet, de las redes sociales, de las nuevas, terribles y magníficas maneras de relacionarse, de gozar, de amenazar, de desesperarse, hasta de informarse.


Nada es lo que parece y todo lo que parece es sin dudas. Álex Franco es el personaje perfecto para encarnar al héroe errático, al fracasado, al cineasta español que, después de participar en Cannes con su película 'La fiesta grande' con más pena que gloria, se encuentra con una mujer mayor, seductora, que le entrega un guión y un vídeo al tiempo que se despoja del vestido turquesa y de las braguitas a juego. Tiene un cuerpo agotado y unos pechos que desmienten su edad, contraste que ocupa toda la narración. Ni el vídeo ni el guión son tales; desde el principio el juego literario tan riguroso cuanto sarcástico; en el vídeo, casero, aparece una nómina de temas posibles: escenas porno, coches que se persiguen, una pelea, un asalto a mano armada, un tiroteo, una charla; situaciones de géneros fílmicos populares que se repiten en espiral, la figura geométrica que conviene a la novela. El manuscrito se titula 'Providence' y no tenía especificaciones técnicas y tampoco argumento o trama en el sentido tradicional del término.


Creo que en esta indefinición previa está la base de nuestra propia indefinición, de nuestra niebla, del difuminarse de los contornos, con lo que el foco narrativo puede captar la deformación del referente sin ser infiel al propio referente aunque lo parezca al lector no avisado. La deformación es la realidad. Delphine, que ese es el nombre de la dama, le plantea que haga una película basada en ese material, en la nada. ¡Sombra, cámara, acción!


El triángulo básico


El fragmentarismo es fundamental en la estructura, las piezas no tienen porqué encajar pero el juego oculta la mano férrea que controla la progresión rápida, frenética a veces, donde las múltiples historias y los múltiples personajes se cruzan, se esconden, vuelven, todo ello con el cine, el sexo y el campus como ángulos del triángulo básico, embrionario de la novela que tiene al misterio como hilo conductor; en suma, una gran parodia de la vida norteamericana, esperpéntica en tantos casos.


Las situaciones extremas también son claves en el texto. La historia de Álex, profesor visitante, sin éxito, en Providence, es el único eje alrededor del que gira la doble realidad, la de una sociedad histérica con todas las posibilidades tecnológicas a su alcance, con todo el sudor y todos los flujos de infinitos orgasmos, con mafias, poderes ocultos, conspiraciones y la de esa misma sociedad que pretende haberse quedado inmóvil en la perfección puritana, en la fachada noble y digna. Las narraciones de Lovecraft ya dinamitaron con su mitología de Cthulhu las bases de ese puritanismo del que el autor estaba preso; Ferré no necesita monstruos, descubre que todos somos monstruos, todos somos ángeles. La estructura es compleja pero necesitaría otro artículo.

PROVIDENCE FEEDBACK (12)



PECADO ORIGINAL


JUAN ÁNGEL JURISTO


ABCD

El aparente aspecto caótico de la trama de este libro esconde una de las respuestas más inteligentes que se han dado últimamente en nuestra narrativa al hecho de cómo ajustar las exigencias de la novela a una realidad que se nos muestra cada vez más como una obra de ficción de mediocre calidad y de previsto desenlace. El resultado, espléndido, revela algo más que el azaroso destino de varias historias que convergen, finalmente, en la ciudad de Providence, localidad natal de Lovecraft y asentamiento legendario de las comunidades puritanas que alumbraron el nacimiento de Estados Unidos, y se muestra como un proceso a nuestra civilización y la constatación de que la barbarie, aliada a la tecnología, sólo puede desembocar en el desmoronamiento de una cultura. Pero no teman, lo del discurso apocalíptico es cosa mía; el autor sólo es responsable de una novela de dimensiones respetables y de proporcionar una lectura gozosa.

Fragilidad moral. Creo, en realidad, que es una de las narraciones de claro débito postmoderno donde se aprecia lo mejor que puede dar de sí esta manera de concebir la obra de arte cuando sus planteamientos son rigurosos y no consecuencia de juegos inanes. En Providence, Juan Francisco Ferré, profesor en Brown, le ha añadido a un lugar tan romo cierta fragilidad moral y le ha sumado, además, rasgos legendarios muy enraizados en el imaginario fundacional de Norteamérica como nación.

Consecuencia de ello es una trama un tanto frenética y onírica donde un cineasta, Álex Franco, fracasado en Cannes, termina recalando en esa ciudad, con ánimo de hacer una película y, mientras tanto, ganarse la vida dando clases en la Universidad, y se encuentra inmerso en una realidad que deja chicos sus fantasmas más temidos. De los padres fundadores a Lovecraft; del dinero fácil y el gesto glamouroso a los horrores de los mitos de Cthulhu, hechos ahora corporación y videojuego; de los campus universitarios a su consecuencia sexual más fantasmagórica, la de secuencias sin fin donde el sexo no contiene un ápice de erotismo -escenas que se cuentan entre lo mejor del libro-, esta novela, que se muestra en sus tramas tan cambiante como la realidad que intenta describir, es una de las muestras más cabales, se entiende que literariamente, del retrato de un mundo, el de nuestra Modernidad, en descomposición.

En este sentido, creo que Juan Francisco Ferré atiende más al eco del J. G. Ballard de Crash o Milenio negro que al de otros contempladores de lo apocalíptico, inmersos en una visión un tanto de comiquería de la existencia por venir. Desde luego que la metáfora que recorre el libro es evidente, pero lo que conviene destacar de estas páginas es su profunda ironía: la destrucción está enquistada en la fundación misma de lo utópico.

El lado tenebroso. No es baladí que la trama suceda en Providence, lugar antiguo, fundacional, de algunas de esas nuevas jerusalenes que el democrático puritanismo diseminaba con el Libro en la mano y el voto ciudadano en la otra. No es baladí, tampoco, que la trama se extienda al significado del nombre mismo de la localidad, la Providencia divina, y que todo ello esté asociado al horror, a la sensación, quizá un tanto infantiloide pero llena de esa tendencia a la publicidad tan de aquella tierra, con que un escritor de dudosa excelencia como Lovecraft supo reflejar el lado tenebroso del que estaba construida esa Nueva Jerusalén.

Contraste brutal. Es mérito de Juan Francisco Ferré haber sabido aunar el espanto naif que sostiene los mitos de Cthulhu con el horror tan verdadero que surge de los mundos atisbados por Ballard. Podría haber recurrido a otras deudas, por ejemplo a Nathaniel Hawthorne -incluso podría haberle venido de perilla-, pero el brutal contraste que recorre el libro, esa mezcla de horror, banalidad, inanidad, sexo y estupidez, se hubiera visto lastrado al haber entrado en otros ámbitos. Providence es un libro escrito con inteligencia, además de ser una buena narración cuya brillante estructura no se adueña de lo mejor del libro, el modo en que está contado.

PROVIDENCE FEEDBACK (11)



PESADILLA AMERICANA


PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA


EL CORREO VASCO


“Me llamo Álex Franco y soy director de cine. O lo era, si lo prefieren. Vine a Providence a escribir el guión de una nueva película. Vine a Providence con la excusa de escribir el guión y preparar la película. Con la intención de reescribirlo, más bien, engañado por la promesa de poder filmarlo con una buena financiación y un equipo internacional de primer nivel. Alguien de cuyo nombre no puedo acordarme ahora lo había escrito previamente. No para mí, no necesariamente para mí. Lo había escrito y basta”.


De ese modo, con un nerviosismo casi eléctrico, se presenta el protagonista de Providence, la cuarta novela del malagueño Juan Francisco Ferré. Además de un cineasta mediocre, Álex Franco es una criatura dotada especialmente para la reflexión mordaz y la atracción de problemas descomunales. Providence es la crónica de su descenso a unos infiernos, concretamente unos infiernos que adoptan la forma de la América contemporánea, con toda su carga de felicidad plastificada y paranoia.


Hay muchas novelas dentro de la novela que ha quedado finalista del Premio Herralde. Hay una novela de campus desquiciada y algo pornográfica, hay una novela de terror, hay un “thriller” que quizá interesase a Tarantino, hay una novela fáustica que se nutre al mismo tiempo de los clásicos y de Internet, del género “pulp” y de las pesadillas de Howard Phillips Lovecraft, maestro del terror cuya sombra visita con frecuencia estas páginas.


Además de para dar a conocer a su autor al gran público, Providence servirá quizá para situar a su autor en la primera línea de uno d e los grupos más activos de la narrativa del momento en nuestro país. Me refiero a eso que a veces se llama “Generación Nocilla” y a veces “Afterpop”. Dueño de un mundo tenso y multirreferencial, Ferré es una de las voces más atractivas de ese grupo en el que encontramos autores como Agustín Fernández Mallo, Vicente Luis Mora o Eloy Fernández Porta. Además de un narrador dotado de una imaginación anfetamínica, Ferré es un escritor preciso y malévolamente inteligente. Que su última novela alcance una mayor difusión respaldada por el prestigio del Premio Herralde es una buena noticia para nuestras letras.