martes, 12 de enero de 2010

ROHMER NO HA MUERTO






Digan lo que digan, confabulados en esto, todos los medios del mundo, Eric Rohmer no ha muerto. Ha muerto, a los ochenta y nueve años, Jean-Marie Maurice Scherer, no Eric Rohmer. El autor de La coleccionista no ha muerto. El autor de El amor por la tarde no ha muerto. El autor de La rodilla de Clara o Pauline en la playa no ha muerto. Ni el autor de Perceval el galés, La inglesa y el duque o La marquesa de O. No, es imposible. No ha muerto, ni podría morir nunca, el autor de La mujer del aviador y Cuento de verano, El rayo verde y El árbol, el alcalde y la mediateca. Y, sobre todo, el autor de Mi noche con Maud, ése no ha muerto ni morirá jamás. Sólo la inteligencia, decía Propercio, posee la gloria que no muere.

martes, 5 de enero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (4)



LITERATURA EN EL CIBERESPACIO


JUAN GOYTISOLO



Providence, de Juan Francisco Ferré, es una novela ideal para quienes conciben la lectura como una incursión en lo desconocido.


La gestación de una novela innovadora es siempre una aventura en la que el autor descubre poco a poco las posibilidades que le brinda la propia empresa narrativa. En vez de seguir los caminos trillados de un relato supuestamente real y previsible, se adentra en la terra incognita de lo inexplorado, nos desvela las sucesivas encrucijadas a las que se enfrenta y sus inesperadas ramificaciones: unos dioramas que se iluminan y cambian según la perspectiva en la que se sitúa el lector.


Para quienes conciben la lectura como una incursión en lo desconocido condigna a la de la escritura, Providence, la última novela de Juan Francisco Ferré, es un verdadero regalo: el destinatario de ella va de sorpresa en sorpresa, vuelve sobre sus pasos para verificar que no se ha extraviado y reinicia su incentivo periplo: todo es a la vez real e inverosímil, un viaje que le lleva imperceptiblemente a un alucinante universo virtual.


Resumir esta novela sería traicionarla. A partir de una situación común –la de un cineasta español, Álex Franco, a quien una productora francesa llamada Delphine le confía un guión titulado Providence para levarlo a la pantalla- el relato se bifurca, discurre por diferentes niveles, emprende nuevas y arriesgadas singladuras. La estancia de Álex Franco en la ciudad norteamericana que inspiró el bello filme de Alain Resnais se desenvuelve en planos a un tiempo contrapuestos y complementarios. Sus infructuosos cursos universitarios, el proyecto cinematográfico que se aleja de él como un espejismo, los encuentros inopinados con personajes pertenecientes a códigos literarios distintos –los de la novela gótica, de actores misteriosos y crípticas conjuras; de la novela erótica, encarnados por mujeres famélicas de sexo, en las circunstancias más insólitas…- transmutan gradualmente el mundo universitario y cinematográfico, vistos siempre desde el prisma de la ironía, en el universo ilusorio creado por los medios informativos en el que el terror se convierte en una rentable mercancía.


Buen conocedor de la modernidad literaria del pasado siglo, Juan Francisco Ferré añade a su amplio bagaje de lector de Cervantes y Joyce el de un experto en la ubicuidad del ciberespacio en el que hoy vivimos. Si el cine y la televisión cambiaron el rumbo de la novela en la pasada centuria –ya para degradarla, sometiéndola a las reglas y convenciones de éstas como en el caso de los novelistas perezosos o mediocres, ya para crear un ámbito literario inédito y no trivializado como el de las telenovelas y folletines históricos-, Internet y sus derivados inciden en el presente de su evolución en la medida en que modifican la percepción de lo real y lo virtual, difuminan sus diferencias, alteran la comprensión de nuestro entorno cotidiano. Con humor corrosivo, el autor de Providence hace desfilar ante nosotros una galería de personajes en los distintos niveles que integran el libro: terroristas, conspiradores sectarios, profesores universitarios ridículos y engreídos, vampiresas del Hollywood del pasado siglo. Si nuestro máximo creador introducía en su obra maestra los verosímiles de las novelas de caballerías, morisca, bizantina, bucólica, etcétera, a fin de parodiarlas y edificar la suya sobre sus ruinas, atento lector de Cervantes, Juan Francisco Ferré compendia en Providence las manifestaciones artísticas contemporáneas –el cine, la tele, la omnívora Red, los mitos y falacias de la utopía cultural norteamericana- para machacarlas y mezclarlas en su batidora. Las figuras icónicas del Pop Art y el hip-hop, los blogueros apocalípticos y visionarios ocupan el mismo espacio que los referentes literarios de antaño. Lo alto y lo bajo, lo perdurable y lo efímero se confunden en una misma pasta compacta por las paletas móviles de su implacable máquina trituradora. Todo cabe en ella en virtud de una subversiva voluntad igualitaria en la que vale lo mismo Beethoven que cualquier roquero de Los Angeles o de Jamaica.


El impávido y siempre confuso Álex Franco va dando tumbos, como don Quijote, de un nivel narrativo a otro, de la Dulcinea que se desnuda alegremente ante él, a los aplazamientos y fracaso de su mirífico, por escurridizo proyecto cinematográfico. El lector, sin dejar de serlo, se convierte en espectador e internauta. Navega por el ciberespacio y descubre las trampas de lo que se nos vende engañosamente por real. La utopía norteamericana, plasmada en las tecnologías de los últimos quince años, desemboca en el terror subsiguiente al 11-S: la de un enemigo fantasmal, sin ejércitos, pero dotado de una devastadora voluntad destructiva que no conoce fronteras y cuyas armas son a un tiempo realidad y pesadilla.


Gracias a la síntesis de planos diversos –literario, cinematográfico, televisivo, musical, ciberespacial-, Providence recrea su genealogía de raíces múltiples, heterogéneas, mezcladas. Es una novela del siglo XXI destinada a lectoras y lectores capaces de imaginar el acceso al ámbito literario como una aguijadora incursión por parajes fuera de lo común, en los que el artífice de la obra les depara frecuentes motivos de sorpresa y de risa. Como un puñado de jóvenes novelistas que admiro, el autor de Providence ha escogido con valentía el texto literario frente al éxito fácil y visibilidad mediática del producto editorial: una elección que le honra y merece el aplauso de quienes defendemos la modernidad atemporal que perdura a lo largo de los siglos en el territorio vasto y complejo de la literatura escrita en nuestra lengua.


(El País, Babelia, 2-01-2010, p. 9)

PROVIDENCE FEEDBACK (3)


Juan Francisco Ferré golpea con una trama rompedora el "american way of life": Providence radiografía la cara más febril de Estados Unidos

LAS TORRES DEL ODIO


JUAN ANTONIO MASOLIVER RÓDENAS



Providence, de Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), es una novela sumamente compleja y ambiciosa, dentro de la línea catastrófica o apocalíptica, surgida de la tecnología y del terrorismo en todos sus niveles, tan frecuentada por la nueva novela española. Controlada por su autor hasta su más mínimo detalle, dudo que pueda esperarse lo mismo del lector, en un momento en que este tipo de narrativa heterodoxa, paródica, destructiva y exigente camina por una senda mucho más espinosa que la de los cada día más celebrados best-sellers. Se explica que el jurado del Premio Herralde de Novela haya decidido concederlo a La vida antes de marzo, de Manuel Gutiérrez Aragón, para relegar a Providence a la incómoda posición de finalista. Dado que las dos novelas se publican simultáneamente, al lector se le ofrece la oportunidad de juzgar por sí mismo. Mi juicio no puede ser más claro.


La primera novela de Ferré, La fiesta del asno, destacaba ya por la fuerza y el radicalismo de sus planteamientos. Ahora salimos del marco nacional y nos movemos en un espacio (el geográfico y el mental) mucho más amplio. El punto de partida surge de una experiencia autobiográfica: sus vivencias como profesor en la prestigiosa Universidad de Brown, en Providence (Rhode Island), una de las primeras ciudades de EE. UU., fundada por religiosos disidentes. Los extremismos políticos, raciales y religiosos constituyen la energía centrípeta y centrífuga de una novela donde los principios de los padres fundadores llevan a la destrucción, lo que equivale, simbólicamente, a la destrucción de EE. UU. y de la civilización occidental.


Álex Franco es profesor de historia del cine. Ha sido el autor de algunas cintas, entre ellas La fiesta grande, elogiada por “la valentía moral contra los podridos fantasmas de la identidad ibérica”, que nos remite a La fiesta del asno. Como profesor se gana la desconfianza de sus alumnos, pero como cineasta atrae a Delphine Dielman, una mecenas rubia y rica en experiencias sexuales, como lo serán casi todas las muchas mujeres que se cruzan en la vida de Álex. La preparación del guión (que es, a modo de work in progress, la propia novela) le llevará a una serie de situaciones extremas que escaparán a su comprensión, pero no a su percepción. La suya es una visión delirante de Providence, estimulada por unos misteriosos polvos alucinógenos y por la presencia de Lovecraft, el escritor norteamericano nacido allí y autor de narraciones de horror y ciencia ficción, racista, atraído por el satanismo y enemigo del progreso. Rasgos que definen la dantesca sociedad norteamericana, con las Torres Gemelas como símbolo del oscurantismo, los atavismos, el enfrentamiento de los distintos poderes, la pornografía y la fuerza destructora de la tecnología. “Así fue concebido este viaje, como un acceso febril más allá de la cordura” y, sin embargo, “no era una pesadilla como había llegado a creer, era todavía peor”. “Era la realidad con toda su crudeza”.


(La Vanguardia, Cultura/s, 30-12-2009, p. 7.)

PROVIDENCE FEEDBACK (2)



Me pregunto que diría Fredric Jameson de un libro como éste. ¿Diría que tiene polvo de diamante? Con respecto a la portada diría [1]: “La desaparición del sujeto individual, y su consecuencia formal, el desvanecimiento progresivo del estilo personal, han engendrado la actual práctica casi universal de lo que podríamos llamar el pastiche. Este concepto, que tomamos de Thomas Mann (en el Doktor Faustus [2]), quien a su vez lo tomó de Adorno”.



Habrá quién se sorprenda de que analice la portada de la publicación. Pero resulta que el volumen habla de la sociedad de consumo, el autor inscribe el relato en la lógica del capitalismo avanzado, y la novela no deja de ser una mercancía, con su premio, diseño y lanzamiento. Aunque el autor no hablase de ello, que lo hace, forma parte del mercado. Utilizando las palabras de Jameson, y siempre en el mismo texto, respecto a la obra de Doctorow, Providence "es índice y síntoma de su tiempo". Una excelente manera de representar nuestra relación con la contemporaneidad: sociedad de consumo, sociedad de masas, sociedad tecnológica, sociedad del capitalismo avanzado, sociedad del capitalismo tardío, globalización. Sin embargo la portada no es estrictamente un pastiche, es un plagio, un anuncio de una de las cosas que hay en el interior: la estrategia citacional. Referencial o asociativa, y contemporaneizada. Providence, PVD, magnífico hallazgo, tan parecido a DVD y a los localizadores de los no-lugares, es del siglo XXI.



Volvamos al Doktor Faustus. El Fausto al que se refiere el autor es el que cita Marshall Berman en Todo lo sólido se desvanece en el aire. La experiencia de la modernidad [3], cuyo capítulo I se titula El Fausto de Goehte [4]: La Tragedia del desarrollo. El libro de Berman se autocalifica como “estudio de la dialéctica entre modernización y modernismo”. Mientras que Jameson identifica posmodernidad y posmodernismo, Ferré retoma el análisis de Berman para hacer un estudio de la dialéctica entre posmodernismo y posmodernidad. En forma de espléndida novela. Si según Berman, Fausto es “una Ilíada de la vida moderna”, PVD lo es de la vida posmoderna.



Providence, es la Providencia, más conocido por su cara B, Mefistófeles, el productor ejecutivo, el mercado: “Si te detienes te destruiré”, cita Berman a Goethe. Juan Francisco Ferré, en este largometraje escrito, no se detiene ante nada. Ni él como autor, ni su personal Fausto, su alter-ego Álex Franco –como le gusta remover la historia, francamente, me encanta-, el personaje principal del relato. Franco se comporta como un dictador –le felicito Sr. Ferré, por favor, páseme el e-mail de Mefisto-, que cree dirigir todo. La novela se organiza como una película antes de montar. Es una película que se hiper-lee. PVD es un DVD con la película del realizador, del director y del productor, además del making-off y algunos takes falsos, cuya lectura lineal es similar a la que hace el visionado de un multimedia en modo automático que va saltando de un bloque a otro hasta completar toda la información disponible. El lector es el montador. No hay capítulos, sino tomas e insertos de realidad. El director-realizador es Álex Franco que hace un pacto con el mercado del éxito. El productor financiero es su amiga protectora, la dulce Delphine. Y Herralde ha puesto a la venta el producto. El escenario es Providence, y Providence. La ciudad que tienes delante de tus narices. ¿No la ves? Ferré cuenta con ello, aunque ponga la realidad a cincuenta centímetros de distancia, alguno no la va a percibir. ¿Qué hacer? Todavía más, un viaje para llegar al mismo sitio y verlo mejor. Más homérico, más joyciano. Más, más, más. ¿Qué más cabe en este afán enciclopédico de meterlo todo? Cabe el fracaso enciclopédico. ¿Fracasa Ferré? No, no se pierdan. Ferré hace como Flaubert en Bouvard y Pécuchet, (y da pistas de ello en su blog, La vuelta al mundo), hace fracasar al personaje en su intento de saberlo todo. Álex será títere de otro relato. Inconmensurabilidad de la realidad en relación con el concepto dice Lyotard [5]. Providence no es una. Son muchas. E unibus pluram, apuntó DFW.



Ferré utiliza un final abierto, no podía ser de otra forma, ¿es la globalización el nuevo relato colectivo? Quizás su paradigma pero nada de relato colectivo. No es colectivo en cuanto proyecto y es multirrelato. Ni un único tiempo, ni un único lugar. Es su posible escenario. Y sus reglas del juego. Providence es un tablero –ya estoy pintando ese cuadro- en el que todos conocen las normas. Comprar y vender. Todo es simulacro. Superficie. Lo que parece real es real, dice Baudrillard.[6]. “Si parece una silla eléctrica es una silla eléctrica”, escribe Ferré uniendo a Warhol con el sociólogo francés.

¿Y las coordenadas? El 11-s. Post 11-s. Ya lo tenemos: negocios, estrellas de cine, cámaras, dinero, universidad, sexo, humor… Y una muñeca hinchable en recuerdo de Dorian, otro pacto con el diablo. Más, más, más. ¿Qué nos falta? Memorable la idea de quemar el ídolo financiero. Jalear el derribo. Un edificio en llamas. Una escena de película. “Lo he visto en televisión”. ¿Recuerdan lo que leyeron o más bien lo que vieron? La narración de un edificio en llamas nos remite a una imagen televisiva. Con su hombre del salto y sus bomberos. “Tengo alma, pero no soy un soldado”. Los bomberos no son soldados. Esa referencia creo que es a mí.
Véanla aquí: [7] ¿Qué significa esto? La imagen de los bomberos como soldados, de las ruinas del WTC en el ocaso del día, pertenece a la lógica del modernismo, con su universalismo, absolutismo, historia lineal y proyecto colectivo, en un esfuerzo de justificar el pensamiento único. La lógica del posmodernismo aboga por el multirrelato y los quiebros temporales. Ferré tiene en cuenta esto en la elaboración de la estructura de la novela. Como excepción, cuando el autor utiliza un ascensor subiendo, escenificando los múltiples relatos y desviaciones aprovechando las paradas, utiliza un recorrido lineal. ¿Es eso un fallo? No lo es. Es que la tecnología, en este caso, va por detrás de la literatura. ¿Se acuerdan de “¡Scotty! Teletranspórtame!”? ¿Lo telerecuerdan?



Mientras que en el modelo de lo sublime, el placer procede de la pena (Lyotard explicado a los niños), Ferré organiza una fiesta al pie del edificio en llamas.



Para Jameson “toda posición posmoderna en el ámbito de la cultura es, también y al mismo tiempo, necesariamente, una toma de postura implícita o explícitamente política sobre la naturaleza del capitalismo actual”. Como Ferré, no comparto la idea de que el posmodernismo tenga un pensamiento único y que de él se derive una postura única. La posmodernidad tiene unas características a las que el posmodernismo, responde de distintos modos, con las herramientas de su tiempo. Y con distinta posición. Providence es la posmodernidad puesta al desnudo, destripada. Como lo es para la modernidad El Gran Vidrio. Como el premonitorio Autopsy of Michael Jackson (2005) de Dana Schultz [8]. Con los propios útiles del posmodernismo. Pero también podría haber sido la posmodernidad adornada –banal-, o un simulacro de análisis –tramposo-. No. PVD es una toma de conciencia , con una cámara, de lo que somos y dónde estamos. Cualquiera, en cualquier ciudad. “El único modo de abarcar y registrar la diferencia genuina del posmodernismo es mostrarlo a la luz del concepto de norma hegemónica o de lógica cultural dominante”, afirma Jameson y Ferré lo ha puesto en práctica.



Y la gran pregunta del momento, ¿es Providence una novela altermoderna? Para situar esa novela en ese paradigma, primero tendría que hablar de él. Ya comentaremos la sociedad altermoderna, por ahora digamos que mientras “El cine se inscribe en la lógica de la división del trabajo, en un proyecto racional de producción y de consumo de masas, y de normalización del tiempo libre”, (Bourriaud, Formas de vida [9]), Ferré diseña un director-realizador independiente, creativo, rebelde, perdido e insolidario. En algún momento, es tan desagradable -tan como nosotros- que para compensar le da un repaso de realidad. ¿Sólo a él? Es Mefistófeles humillándonos. Hombres.



Más, más, más. Las puertas de la muerte en la aduana y canto de sirenas por doquier.



Más, más, más. Es crítico, “los detectives amaestrados…digresión necesaria”. Es Pynchon en el anzuelo. Es Cervantes, “alguien de cuyo nombre no puedo acordarme”, Sthepenson “el principio, los principios”, Ballard “controlar también el tiempo de ocio”, Gibson, “el canal muerto”, y Zadie Smith con su lenguaje internacional. Y otras tantas citas al cine y la televisión. “Fuego camina conmigo”. La lógica del plagio. Todo está a tu disposición para ser narrado de nuevo: “esta historia de falsedades sin cuento que es la historia del cine y también la mía”. Más, más, más. “Tenemos tiempo” como una letanía. Pero cada uno el suyo. Una concepción del tiempo no lineal. Providence son algunas versiones de los hechos. Providence es “la historia de un ambicioso artista plástico”. Providence contiene su propia crítica. Y la del artista plástico haciendo la crítica. Providence es otra concepción del espacio, es una hiper-ciudad, como también ha señalado Germán Sierra (el autor de Intente usar otras palabras, otro libro imprescindible). Providence es un videojuego. Pero “Esto no es un juego. Esto es la realidad”. Estamos convirtiéndonos en flatlines. Otra vez Dorian, un hiper-Dorian. “Bienvenidos al desierto de lo real”, podemos recordar a Zizek, plagiando un plagio.



Esta es la crítica que se puede hacer a un libro que contiene esta frase: “me parece banal la comprensión del cine que lo reduce a peregrinas cuestiones de estilo o calidad artística”. La crítica que necesita Providence es similar a la que acompaña a una exposición de arte contemporáneo. Fundamentalmente las notas a pie de página que esclarecen las citas, la estrategia citacional del artista.

¿Se han dado cuenta de que no he utilizado la palabra radical? “Apostemos a que la modernidad de nuestro siglo se inventará, precisamente, oponiéndose a cualquier radicalismo, condenando por igual la mala solución del re-arraigo identitario y la estandarización de los imaginarios decretada por la globalización económica” [10]. De esas tres cosas trata esta ambiciosa novela: identidades, imaginarios y globalización.


[1] Jameson, Fredric. El posmodernismo o la lógica cultural del capitalismo avanzado. Ediciones Paidós Ibérica, S.A. barclona. 1991. Título original: Postmodernism or the Cultural Logic of Late Capitalism. 1984.
[2] Thomas Mann. Doktor Faustus. Edhasa. Barcelona. 2004.
[3] Berman, Marshall. Todo lo sólido se desvanece en el aire.
La experiencia de la modernidad. 15ª Ed. 2004. Título original: All that is solid melts into air. The experience of modernity. 1982.
[4] Goethe, Johann Wolfgang. Fausto. S.A. de Promoción y Ediciones. Madrid. 1983.
[5] Lyotard, Jean-François. La posmodernidad (Explicada a los niños). Editorial Gedisa, S.A. 7ª Reimpresión. Barcelona. 2003. Título original: Le posmoderne expliqué aux enfants. 1986.
[6] Baudrillard, Jean. Cultura y simulacro. I. La precesión de los simulacros. Editorial Kairós. Barcelona. 8ª Edición. 2007. Título original: La precessions des simulacres. 1978.
[7]
Weschler vs Ferré: Obviar el tablero o jugar la partida:



http://cecinestpasuncahier.blogspot.com/2009/09/weschler-vs-ferre-obviar-el-tablero-o.html
Gracias Ferré, por ponerme al lado de sus otras referencias. Esta cita no es sino una reinfección.



[8] http://olysmusings.blogspot.com/2009/06/dana-schutz-foretold-human-history.html



http://hragvartanian.com/2009/06/27/dana-schutz-mj/



[9] Bourriaud, Nicolas. Formas de vida. El arte moderno y la invención de sí. Cendeac. Al Litteram. Murcia. 2009. Título original: Formes de vie. L’art moderne et l’invention de soi. 1999.
[10] Bourriaud, Nicolas. Radicante. Los sentidos/artes visuales. 1ª Edición. Buenos Aires. 2009. Título original: Radicant. 2009.
La Fiesta del asno (Ferré, DVD Ediciones, S.L. 2005) tal vez sea mejor entendida desde la perspectiva de Radicante.

(Ceci n´est pas un cahier y Salonkritik)

lunes, 21 de diciembre de 2009

PROVIDENCE FEEDBACK



Después de un mes, Providence prosigue, en compañía de un número creciente de muy buenos lectores, su batalla particular contra la conjura de los necios.


En espera de la pronta publicación del artículo que sobre ella ha escrito Juan Goytisolo para Babelia (“Literatura en el ciberespacio”), me permito revisar algunas expresiones recientes de este respaldo crítico que trasciende fronteras y demuestra la condición cosmopolita de la novela.


1. No es casual que la primera crítica de Providence se escribiera en francés y se publicara en un blog francés. Tampoco que la escribiera François Monti, el más inteligente y versado cómplice transpirenaico que puede tener cualquier escritor no gregario de la Península, en parte gracias a su documentado conocimiento de la literatura internacional. No puedo reproducirla entera (puede leerse aquí), pero no me resisto a copiar el párrafo final: Les grands postmodernes avaient parlé d’épuisement et cherché dans les entrailles des mythes et des classiques de quoi renouveler la littérature. Quarante ans plus tard, beaucoup d’eau a coulé sous les ponts et, sans abandonner ses tactiques, il s’agit sans doute de les radicaliser. Pas dans la complexité de l’écriture ni même de la structure, mais bien dans l’exploitation illimitée de toutes les ressources culturelles ou technologiques à sa disposition, la réappropriation de toute œuvre jugée nécessaire à montrer les entrailles de ce qui n’est déjà plus un cadavre humain, de ce qui est devenu le reste hyper technicisé et consumériste de notre civilisation. Il reste sans doute à définir cette pratique, mais c’est sans aucun doute une œuvre créative où l’essentiel réside dans ce qui est fait du matériau emprunté, de son syncrétisme avec la vision propre et personnelle de l’auteur. Elle est certainement mutante, certainement excessive, certainement monstrueuse, certainement délirante mais elle correspond au délire d’un monde excessif, monstrueux et mutant. C’est à cette aventure que nous convie Juan Francisco Ferré et si Providence rencontrera certainement des adversaires aussi bien chez le lecteur de romans traditionnels que chez celui plus porté sur l’expérimentation, ce ne sera que le signe que le scalpel de l’auteur a touché le nerf qu’il fallait. En ce soir de novembre 2009, je me contenterai de dire que ça faisait longtemps que je n’avais pas lu un livre ayant cette ampleur. Et je m’excuserai enfin d’avoir fait si long sans atteindre le cœur du roman. A vous de le découvrir.


2. El mexicano René López Villamar, en el blog Teoría del caos, hace balance de su visita a la Feria del Libro de Guadalajara en términos muy favorables para la novela: El problema de pasar una semana a la Feria Internacional del Libro a Guadalajara son dos: incluso sin dinero se regresa con demasiados libros (23) y el mundo sigue su curso mientras uno se la pasa en una burbuja de conferencias, chismes, libros y editoriales. Diría también que cócteles, pero como no bebo, esos me los brinqué. El caso es que después de pasar revista a todos los libros que traje de Guadalajara, reduje a cinco la lista de posibles lecturas inmediatas, y luego a dos: Providence de Juan Francisco Ferré y El sueño no es un refugio sino un arma de Geney Beltrán Felix. El segundo es un librillo de ensayos críticos que hasta el momento voy picoteando con gusto. Providence, por su parte, es una enorme novela en toda la extensión de la palabra. Como lector, siento un extraño hormigueo en el estómago en cada página que pasa. Son muy contados los libros que me han causado esa sensación en los últimos cinco años: House of Leaves, 2666, Austerlitz... Así que sin muchas ganas de quemar el libro ante sus posibles lectores, sospecho que estoy leyendo una obra maestra, uno de esos libros condenados a formar parte de la historia de la literatura. Lo que si es seguro es que si tienen los cerca de 400 pesos que cuesta la novela (descuento incluido) no tienen nada mejor que hacer que ir a comprarla y leerla. Nada. En serio. Vayan a comprarla.


3. El crítico peruano Julio Ortega, en su blog de El Boomerang, selecciona Providence entre sus cinco obras de ficción preferidas de 2009 con estas palabras: Juan Francisco Ferré: Providence, Anagrama. Tiempo sin silencio, el nuestro, nos dice Ferré, está hecho como un nuevo retablo de las maravillas. Con humor y vitalidad, se sobreimpone a sus interlocutores norteamericanos, no sin desenfado gozoso en un español, por fin, universal.


4. En el diario chileno La Nación, Fernanda Donoso dice de Providence cosas como éstas: Providence es un libro efervescente, que patea, que molesta, que atrapa y tiene el contenedor de una risa escandalosamente inteligente. Es lo contrario de vivir dentro de un lugar común... Pues el libro de Juan Francisco Ferré es de ésos que califican como una interrogación global y hasta como un consuelo frente a la vida paralela, demasiado real que transcurre afuera de los libros. Novela larga e intoxicada en la que caben muchas novelas...

5. Desde las páginas de Babelia, J. E. Ayala-Dip, un crítico reacio por razones inexplicables a otras propuestas mías, se rinde ante la ambición de la novela y la ensalza en estos términos: Ahora leo Providence, finalista (¿y por qué no ganadora junto con la de Gutiérrez Aragón?) del Premio Herralde y tengo la sensación de haber leído una novela mayor, independientemente de que se comparta o no su soporte ideológico, una moral o no-ideología en sentido nietzscheano. No creo que se satisfaga la curiosidad de los lectores intentando resumir una trama tan milimétricamente fragmentada, con el espíritu que alienta toda una corriente narrativa actual, entre los cuales no es ajeno Fernández Mallo o los análisis literario-mediáticos de un Eloy Fernández Porta. Puede adelantarse que ésta es la historia de un cineasta español llamado Álex Franco. Es autor de una película que obtuvo alguna que otra crítica benevolente en Cannes, pero no la de un crítico de EL PAÍS. Ahora está en Providence, la ciudad en la que nació el maestro del terror H. P. Lovecraft. Antes ató un fáustico acuerdo con una mujer en Marraquech. En Estados Unidos se disparan todas las tramas posibles e imposibles con tal de que Álex Franco termine sus días como va a terminar. Esto lo sabremos en un genial diálogo entre dos mujeres en un ascensor, una secuencia que es imposible concebirla si no se tiene el talento narrativo que demuestra tener Ferré. Providence es una novela poliédrica. Voces directas e indirectas plasman la locura y la tenebrosidad de un mundo (pos-11-S) irrespirable, paranoico e irrealmente real. Juan Francisco Ferré ha diseñado un artefacto que desmitifica la nueva racionalidad virtual. Con una lengua literaria ágil: a la vez maliciosa, y llena de esa helada ironía que desplegaba el gran Nabokov. Novela de la totalidad en torno a una alienación de nuevo cuño, infinitamente más letal que la que pudo imaginar el mismísimo Marx. Providence tiene ese aire de posmodernidad lúcida que hallamos en V y El arco iris de la gravedad, de Thomas Pynchon. El nihilismo constructivo que ofrece la novela con mayúscula.

(Es un error, sin embargo, que Ayala-Dip se empeñe en ver La fiesta del asno como una obra "fallida", con tal de no rectificar un juicio anterior, y no sepa ver por qué una novela como ésa, a su manera carnavalesca, ya anticipaba, como otras obras anteriores que ignora, los elogiados logros de Providence. Se ve que el tema etarra obnubila algunas conciencias hasta grados impensables. No obstante, el marco conceptual y la referencia a Pynchon bastan para disculparle.)


6. René López Villamar vuelve a hablar de Providence en su blog, pero esta vez le consagra un ensayo impresionante del que extraigo estas líneas finales: Providence puede leerse también como una propuesta de refundación de la ética y estética en el arte, «una respuesta contundente a lo que se puede esperar de una novela escrita a comienzos del siglo XXI», como remata la contraportada. Es también una novela política, una condena brutal a la América post 9-11 (otra figura del panteón de estos nuevos mitos), el monstruo hegemónico que por un lado goza un asombroso despliegue tecnológico y por otro un anquilosamiento moral, pero es también una crítica mordaz al adormecimiento de Europa y su relación con los Estados Unidos. No hay que olvidar que el protagonista es un español en una tierra extranjera, que no resiste su encanto y que toma parte importante en su caída. Pero es sobre todo una novela humana, demasiado humana. Excesiva e imposible, pero siempre auténtica, Providence no apela sólo al intelecto, sino también a la ética y a la reacción visceral del lector. No se trata de zapping, un reciclaje o de una «estética facebook». No es un simple acto de malabarismo estilístico ni de equilibrismo poético. Es un proyecto narrativo que va más allá de la deconstrucción, para poner de relieve el estado de la humanidad al arranque del nuevo milenio. En su nivel más profundo, Providence no es una novela posmoderna, un azaroso guión cinematográfico o un videojuego maldito. En el fondo, es la historia del ser humano, aquí y ahora, que se enfrenta a eventos que lo rebasan en escala y ante los que no puede hacer nada, ofuscados por un avance tecnológico que no comprende ni le permite actuar en consecuencia.


7. Por último, Pablo Muñoz (aka Alvy Singer) me envía este agudo comentario que ha remitido a la revista Hermano Cerdo para destacar a Providence entre las mejores obras de ficción del año saliente: Creo que con Providence, Juan Francisco Ferré ha escrito su mejor novela, una gran comedia dickensiana que es al fin contemporánea y en la que el espíritu crítico del novelista inglés se traslada a un escenario hollywoodiense, un Otto e Mezzo ballardiano o mejor dicho, buñuelesco. Nietzscheano, chispeante conocedor de todas las tradiciones que van de Rabelais a Palahniuk pasando por la vanguardia de Coover, estamos ante un novelista en pleno dominio de todos sus poderes. Una fiesta con asnos.


Y, por último, me entero por Germán Sierra de que uno de los mayores aciertos de la novela consiste en haber convertido una ciudad concreta (Providence) en un "hiperlugar" (ver aquí la explicación de Sierra a este concepto). En la página 374 de la novela, discutiendo Robocop 2, se adelantan algunos argumentos que sólo cristalizarán más adelante cuando Providence se metamorfosee en Bagdad, o en una ciudad hiperviolenta que simula ser Bagdad...



To be continued.

domingo, 6 de diciembre de 2009

HISTORIA UNIVERSAL DE LA ESTUPIDEZ



“Por necesidad de dramatismo se enfrascaron en las novelas de aventuras; la intriga les interesaba tanto más cuanto más embrollada, extraordinaria e imposible era. Trataban de adivinar el desenlace, se volvieron muy buenos en este juego y se cansaron de una distracción indigna de una inteligencia formada”.


G. F., Bouvard y Pécuchet (p. 178).


“Hicieron balance de lo que acaban de oír. Cada uno considera moral el arte según sus intereses. No hay amor por la literatura”.


G. F., Bouvard y Pécuchet (p. 196).


“Entonces se desarrolló en su espíritu una facultad molesta, como era la de reconocer la estupidez y no poder ya soportarla”.


G. F., Bouvard y Pécuchet (p. 279).



Todo el que la ha padecido la conoce bien. Clarín la llamaba la conjura de los necios. Una "confederación de asnos", así la llamó John Kennedy Toole en una famosa novela de los ochenta. La conspiración de los estúpidos: la siniestra red que mantiene unido el orden social en torno de valores de bajo nivel, situaciones indignas y prácticas inaceptables. La estulticia o necedad, con su contagiosa condición moral, lleva inquietando desde el principio de los tiempos a los escritores, porque viven de ella, y a los filósofos, porque dicen combatirla. Un híbrido de ambos oficios ilustres, el reformista Erasmo, la elogió con humor carnavalesco como componente esencial de la naturaleza humana y el mundo asociado a la misma.


Con el siglo diecinueve, la estupidez se hizo ideología burguesa, visión del mundo que sancionaba el ideario de una nueva clase social que dictaría a partir de entonces las modas y los gustos, las opiniones, los valores y las obligaciones. Hasta que Gustave Flaubert, con la intransigencia del solitario que ha padecido en exceso el acoso y la hostilidad de los necios, decide vengarse de su archienemiga social e intelectual. El problema es que el artefacto[i] se le escapa de las manos y acaba yendo más allá de su propósito originario para mostrar que es la esfera integral del conocimiento la que está infectada del mismo mal que pretende erradicar. En ese sentido, esta novela póstuma quizá sea la más influyente en la literatura innovadora del siglo XX (Joyce, Musil, Kafka, Nabokov, Gombrowicz, Gaddis, Kundera, Bernhard, Coover, entre los novelistas insignes europeos y americanos) y el primero en entenderlo así fue el gran Pound. Y es que, como dijo Borges, uno de sus grandes defensores hispanos, “el hombre que forjó la novela realista fue el primero en romperla”.


Flaubert dedicó los últimos ocho años de su vida a escribirla y, como era lógico en quien había declarado que el acto de concluir era una estupidez, la dejó inacabada. Es irónico que para realizar este proyecto enciclopédico sobre el único infinito del que no se ocupan los científicos (la tontería humana) Flaubert tuviera que leer, según confesó en una carta, 1500 volúmenes dedicados a todas las ciencias conocidas. No obstante, el desternillante sentido del humor y la comicidad corrosiva ayudan a hacer mucho menos ardua una narración en cuyo desarrollo temático el lector debe implicarse también a fin de no sucumbir al tedio, la aridez y la sensación de inutilidad.


La anécdota de la novela no puede ser más prosaica. Dos copistas profesionales, uno espigado, Pécuchet, el otro tan achaparrado como su nombre, Bouvard, se encuentran por azar un caluroso domingo cualquiera en un vacío bulevar parisino. Ambos tienen 47 años y se muestran hastiados de sus insignificantes vidas. Estos dos ingenuos proverbiales (dos almas cándidas en la tradición irónica de Gracián, Swift y Voltaire) traban una amistad cómplice que alcanza su culminación cuando uno de ellos hereda una suma millonaria que les permite abandonar su burocrático oficio y consagrarse, en una finca rústica normanda, a las tareas agrícolas que los atraen al principio por idílicas y luego a la pasión más abstracta del conocimiento y la investigación bibliográfica. A lo largo de la novela, Bouvard y Pécuchet transitan con alegría de una a otra disciplina académica o científica (como en un delirante juego de mesa con finalidad temática: de la agricultura, la botánica y la ganadería a la arqueología, de ésta a la historia y a la novela histórica, a la literatura, a la estética, como ciencia de lo bello; de la política, la utopía y la revolución, con la desilusión consiguiente, a lo sobrenatural, la teología y la metafísica y de la desazón respecto a esta última a la idea de la muerte, el suicidio y la fe cristiana y la liturgia católica como salvación provisional, para concluir con la educación, la moral y la pedagogía) y fracasan en todas sus aproximaciones al quehacer productivo o al supuesto saber de los expertos (la revelación final de la nada o el vacío cognitivo como una zona anímica difusa o neutra). La irrisoria sucesión de estos fracasos acaba generando una trama narrativa que funciona con la fuerza de convicción de un silogismo.


Tras experimentar esta vasta serie de desengaños vitales o intelectuales, incluidos el amoroso y el religioso, estos hilarantes idiotas deciden regresar a la práctica privada de su vieja profesión de copistas y dedicarse ahora, en el perverso final esbozado por Flaubert, a registrar por escrito cualquier estupidez hallada en sus variadas lecturas como una suerte de castigo eterno por su soberbia y mediocridad y las de sus congéneres (esta tarea ingente de recopilación daría origen ficticio al segundo volumen de la obra, La copia, integrado por el “Diccionario de ideas corrientes”, el “Estupidario”, el “Álbum de la Marquesa”, etc.).


En el fondo, el dispositivo novelístico del primer volumen conduce a una conclusión pesimista: los filósofos ilustrados creyeron que la estupidez humana podía ser corregida, pero olvidaron que el gesto más estúpido, sin duda, es aquel por el que una especie inmadura y deficiente aspira al conocimiento total y al dominio absoluto sobre la realidad, fin manifiesto de la ciencia y la tecnología. Si la historia universal es la historia de Bouvard y Pécuchet, como decía Borges, “todo lo que la integra es ridículo y deleznable”.


Salvo que alguna mutación impredecible lo remedie, la estupidez humana proseguirá durante el siglo XXI, sin alteraciones significativas, su progresión milenaria hacia las estrellas y más allá del infinito, el transfinito del conocimiento, la explotación y la técnica. Y la novela como género estará ahí para contarlo, digan lo que digan los agoreros de lo digital en todas sus variantes, y esta memorable novela de Flaubert, en particular, seguirá siendo el precursor insuperable.


[i] Gustave Flaubert, Bouvard y Pécuchet (edición: Jordi Llovet; traducción: José Ramón Monreal), Mondadori, Barcelona, 2009, 735 pág.

miércoles, 18 de noviembre de 2009

PROVIDENCE


Imagen portada: Aina Lorente & Agustín Fernández Mallo

Texto: Eloy Fernández Porta & Juan Francisco Ferré


¿Qué es Providence? ¿Un videojuego maléfico? ¿Una monstruosa página web? ¿Un complot ocultista con ramificaciones tecnológicas? ¿Una película imposible sobre el futuro? Todas estas cosas y ninguna. Desde luego no es una biografía apócrifa de Lovecraft, por más que éste pueda declarar en el epígrafe: “Providence soy yo”.

Providence es una novela hipnótica que encierra muchas novelas o versiones de sí misma, todas ellas sorprendentes y originales: relato de terrores y terrorismos post-11S, novela de campus pornográfica, reverso tenebroso del american way of life, reescritura no cinéfila de la Historia del Cine; retrato, en fin, en uno de sus niveles más lúdicos, de una conspiración a escala global para imponer el mundo virtual al mundo real.


Providence es un libro rompedor y vírico. Su conspicuo protagonista, Álex Franco, es un cineasta español con una visión perversa de Hollywood. Tras obtener cierta nombradía underground con sus cortos juveniles, ve como su primera película fracasa en el Festival de Cannes. Es aquí, sin embargo, donde conoce a una misteriosa mujer, Delphine, que le propone el proyecto de una nueva película, Providence. Este es sólo uno de los principios visibles de la novela. Otro podría suceder unos meses antes, en Marraquech, donde Franco, como artista ambicioso e insatisfecho, se atreve a firmar un pacto fáustico a fin de liberarse de la maldición de su vida.

Providence es también la ciudad norteamericana en la que Franco, personaje conflictivo y escandaloso, se instala con la promesa de realizar todos sus deseos y fantasías sin hacerse una idea de lo que le espera allí: sectas mafiosas, conspiraciones apocalípticas y sociedades secretas que pugnan por el control de su metamórfica realidad. Ese siniestro mundo lovecraftiano que acaba devorando a la novela y a su protagonista.

Providence es, en suma, un viaje cinematográfico al fin de la noche americana. Esa América real que encubre el horror gótico tras una fachada colorista de glamour y consumo. Esa América que vive ya una utopía tecnológica inimaginable sin renunciar a su imagen decimonónica y sus valores vetustos.

Providence pretendería dar así una respuesta contundente a lo que se puede esperar de una novela escrita a comienzos del siglo XXI.