lunes, 19 de mayo de 2025

CIBERPUNK ARGENTINO


[Michel Nieva, Tecnología y barbarie (Ocho ensayos sobre monos, virus, bacterias, escritura no-humana y ciencia ficción), Anagrama, 2024, págs. 175]

    Han pasado cuarenta años desde la publicación de Neuromante de William Gibson, la novela que puso sobre el tapete mundial la sensibilidad ciberpunk, es decir, una nueva sensibilidad surgida en la historia para percibir las mutaciones en curso en los años ochenta relacionadas con los avances más radicales de la tecnología, la economía, la sociología y todas las ciencias relacionadas con la vida y la inteligencia. Esta nueva sensibilidad, traducida en imágenes fastuosas y conceptos estupefacientes, obtuvo una plasmación cinematográfica fascinante en obras tempranas como Blade Runner o Terminator.

Desde entonces, el mundo ha ido asimilando aquellas primigenias especulaciones y las ha hecho realidad con escandalosa facilidad, demostrando cómo a menudo la literatura especulativa se adelanta a su tiempo, o lo prevé, en un lenguaje figurativo que al principio suscita incredulidad y temor y luego se considera estereotipado y consabido. La cultura también fue permeada por las categorías del ciberpunk al mismo tiempo que los usuarios descubrían los nuevos mundos cibernéticos de internet, el ciberespacio, los videojuegos y la telefonía inteligente.

Con el tiempo, la estética ciberpunk de Gibson, Sterling, Shirley y Cadigan, entre los más destacados representantes del movimiento, fue capaz de mutar a su vez para acomodarse a las nuevas realidades del siglo XXI. Hoy autoras norteamericanas como Ling Ma (Severance), N. K. Jemisin (La ciudad que nos unió y El mundo que forjamos), Larissa Lai (The Tiger Flu) y Malka Older (Infomocracy) han renovado el género confiriéndole una impronta contemporánea que atiende a cuestiones sobre el cambio climático, la situación crítica de la población mundial y la vida terrestre, la experimentación científica y la problemática del género, la etnia o la raza.

En este contexto, es una excelente noticia la aparición de un joven escritor argentino, brillante narrador y ensayista, como Michel Nieva (1988), que ha dado pruebas del poder de su ingenio fabulador con la novela La infancia del mundo (Anagrama, 2023), donde especula sobre el futuro de su país a partir de la mutación genética de los marginados y la reconfiguración geopolítica del territorio. Es una novela original, de imaginación desbordante, un cruce entre la ficción visionaria de Gibson y el cine psicosomático de Cronenberg, para entendernos, que termina rediseñando un porvenir similar para todas las naciones del mundo, sean o no periféricas a los poderes centrales de Estados Unidos y Europa.

Este volumen de ensayos, publicado en Argentina en una versión diferente en 2020, recoge las reflexiones y especulaciones que fundamentan la arquitectura novelesca y, además, permiten comprender ciertas cuestiones críticas del mundo global del presente desde un ángulo esquinado o periférico que las dota de una agudeza aún mayor. Ya en el prólogo Nieva advierte al lector de su enfoque ciberpunk al atribuir a la literatura argentina, clave esencial del libro, dos de los motivos típicos de esa corriente de la ciencia ficción: la distopía y el androide. La diferencia con sus precursores anglosajones radicaría en que la primera se traduce en la descripción geográfica de la pampa como un desierto postapocalíptico y el segundo en un tropo aplicado al indio y a la india, figuras traumáticas de la identidad nacional.

En el examen de diversos relatos de autores de los siglos XIX y XX como Quiroga, Arlt, Lugones, Borges o Aira confirma una verdad incuestionable que es la tesis principal del libro: “el capital nos coge a todxs por igual, y ninguna alternativa a este sistema abolirá jamás ni el embrutecimiento del trabajo ni la explotación del hombre y de la mujer por el hombre”. Ciberpunk concienciado que revela la influencia del ideario de McKenzie Wark y su convicción paradójica de que la tecnología, bajo el signo del capitalismo, trabaja lo mismo para los fastos de la cultura que para los estragos de la barbarie.

En esta coyuntura del texto es donde aparece, con puntualidad intelectual, Borges, gran autor argentino de la literatura mundial del siglo pasado, a quien Nieva atribuye la condición de ser, en el seno de su literatura, el que mejor modula “el problema de la tecnología como punto de cruce entre la civilización y la barbarie”. En estos componentes paradójicos acierta Nieva a cifrar el designio actual de una literatura politizada: “una literatura que engendre distopías sobre los modos económicos de producción del presente…una literatura que profane el aura sagrada con la que el dispositivo tecnológico ha sido en nuestra época investido”. Magnífico programa artístico.

(La imagen que ilustra este post es del artista y escritor japonés Kenji Siratori.)

miércoles, 7 de mayo de 2025

ESPEJO NEGRO


  [Publicado en medios de Vocento el día 1 después del Gran Apagón] 

          Qué gran espectáculo. El mundo entero, las múltiples televisiones y los millones de espectadores, reunidos en torno al cadáver del Papa Francisco, muerto en la madrugada del día siguiente al Domingo de Resurrección, y nadie capta la ironía. Y, para más inri, la asamblea de mandatarios mundiales en el funeral vaticano. Decía Gracián, gurú de jesuitas y de príncipes, que la inteligencia es ambidiestra y discurre en dos direcciones a la vez, como el Espíritu Santo. Viendo el sábado a esos líderes pavoneándose ante el ataúd del Papa, pienso en muchas ideas contradictorias. Algunas tienen que ver con el poder espiritual y simbólico de la Iglesia católica sostenido en la historia, como la maravillosa Basílica de San Pedro. Otras, en cambio, se refieren al poder omnímodo de los que construyen el infierno a diario en todas partes y colaboran en la destrucción sistemática del planeta.

El Papa Francisco, hermano de los marginados y excluidos, no lo tuvo fácil en un mundo donde la mayoría doméstica de sus fieles idolatraba la riqueza y el poder, el consumo y la fama. El mundo actual es sordo, dijo una vez denunciando esa tara moral, y sórdido, añado. Echaremos en falta su figura polémica ahora que el grotesco Trump amenaza con coronarse rey del inmundo global. Regresamos al maniqueísmo medieval de la luz y la oscuridad, la guerra del Imperio y el Papado. El fracaso de la Iglesia, fiel al imperativo evangélico, fue renunciar a cambiar el mundo, conformándose con tratar de aliviar sus males. Y esa fue también su grandeza para muchos creyentes, la promesa de una esperanza de bondad infinita, siempre diferida. Tras el cónclave se despejarán algunas incertidumbres, sin duda, pero creer que el mundo será mejor tras la elección de un Papa diferente peca de ingenuidad.

El destino singular de Bergoglio se ha cumplido al fin y cabe suponer que ese destino tiene sentido para la inteligencia divina encargada de juzgarlo. Al pasar al lado luminoso, a la dimensión celestial, el Papa Francisco ya no verá la realidad, como decía San Pablo, en un espejo oscuro, lleno de enigmas. La muerte se convierte entonces en un acto cognitivo y la visión de Dios lo domina todo. El problema, como diría Borges, pope argentino aficionado a la metafísica, no es que el mundo, como las profecías bíblicas o las parábolas de Jesús, tenga o no sentido, sino que pueda tener dobles y triples sentidos, como la cábala. No simplificarlo es nuestro único deber trascendental. Así en la Tierra como en el Cielo. 

miércoles, 23 de abril de 2025

UNA TERAPIA RADICAL


[Olga Tokarczuk, Tiempo de empusas, trad.: Abel Murcia y Katarzyna Mołoniewicz, Anagrama, 2025, págs. 342] 

    Poco podía imaginar el joven polaco Mieczysław Wojnicz al llegar en septiembre de 1913 enfermo de tuberculosis al balneario silesio de Görbersdorf (hoy Sokolowsko, en Polonia) que saldría de allí, dos meses después, sanado definitivamente de la enfermedad pulmonar que mató a millones hasta la década siguiente y, sobre todo, curado para siempre de los problemas de identidad sexual que lo aquejaban como un mal insidioso desde la infancia. Como sabe cualquier lector, hombre o mujer, Wojnicz está en excelentes manos y no extraña el resultado. No me refiero, por supuesto, al doctor Semperweiss, sabio representante de la ciencia en sus aspectos más avanzados y portavoz novelesco de las opiniones de la autora, sino de esta misma, Olga Tokarczuk, la más importante escritora europea actual y una de las voces más originales de la literatura mundial del siglo XXI.

Estando Tokarczuk al cargo de la operación, cualquier personaje y cualquier lector consecuente se entregarían al tratamiento sin poner una sola pega ni emitir una sola queja. La doctora Tokarczuk, desde su posición de eminencia literaria, posee una idea de la vida tan exuberante como compleja, tan alejada de la estupidez común como marcada a fuego por los traumas sociales e históricos del sexo. Tras la escritura de una obra maestra de la envergadura de Los libros de Jacob (2014), quizá la más ambiciosa y brillante novela europea de lo que va de siglo, y la concesión del Premio Nobel en 2018, Tokarczuk no se ha dejado sobornar por el éxito y ha sido capaz de escribir una obra como esta que culmina intelectualmente, en cierto modo, el sesgo iconoclasta y feminista de toda su narrativa.

En Görbersdorf, Wojnicz se ve rodeado por un grupo de individuos de sexo masculino que, a pesar de su diversidad ideológica, se erigen en voceros de la misoginia secular. No importa si se confiesan socialistas, humanistas, católicos recalcitrantes o teósofos, todos concuerdan en un solo punto, remachado por Tokarczuk con ironía, su menosprecio al género femenino y su consideración de la mujer como una criatura de rango inferior encargada por Dios y por la biología de labores reproductivas que, al mismo tiempo, le ganan un lugar secundario en el orden social y una posición dudosa, si no abyecta, en las relaciones con el otro sexo. No hace falta recurrir a Kristeva o a Paglia para comprender el discurso de fondo contra la hipocresía y el conformismo que Tokarczuk envuelve en su increíble poder de fabulación, sarcástico sentido del humor y gran inventiva novelesca.

En la nota final, Tokarczuk nos revela las fuentes perversas de las que ha extraído los juicios misóginos que pone en boca de los diversos personajes y es toda una cultura y una civilización como la occidental la que es acusada con ese gesto de sus múltiples errores y desviaciones. Ahí están los patriarcas barbudos o imberbes como Platón y San Agustín, Schopenhauer y Nietzsche, pero también Darwin, Freud y Sartre, nadie se salva de la quema, para ratificar el problema con sus bochornosas opiniones. Hace falta mucha retranca y mucha poesía genuina para darle la vuelta a ese bagaje infame y transformar una comedia costumbrista de comienzos del siglo pasado en una parábola fantástica, con la presencia mágica de las criaturas femeninas del bosque como refuerzo, sobre la reconversión de un joven intersexual pusilánime en un ser libre y pleno.

La referencia a La montaña mágica es relevante, pero las pretensiones de Tokarczuk desbordan la intención de Mann al incorporar a la reescritura mordaz de ese clásico moderno los arcanos andróginos de Jung y la apuesta contemporánea por la pluralidad psíquica y la multiplicidad humana.

martes, 8 de abril de 2025

VIDEOJUEGOS DE GUERRA


[Publicado en medios de Vocento el martes 1 de abril] 

      La guerra es la política por otros medios, sí, pero una política del odio, y del odio a la política también, una política del miedo y del miedo a la política. La política, en cambio, así en la paz como en la guerra, supone siempre el odio a la guerra, pero un odio relativo, reversible. Por eso el tránsito del estado de paz al estado de guerra, mediando o no la política, es tan fácil y tentador. Más fuerte que el odio es el miedo, más fuerte que el miedo el vicio. El vicio es el medio de imponer el miedo por vías menos dolorosas. Pasó con la pandemia y ahora está pasando con la amenaza difusa de una guerra continental y el kit de pertrechos imprescindibles para sobrevivir a la catástrofe convertido en un zombi político.

Como ocurría en “1984”, para amansarnos y mantenernos controlados, se está escenificando ante nuestros ojos perplejos una guerra solo real en parte (Ucrania). Conforme a la vieja lógica de la disuasión, se despliega una guerra de ficción y se desarrolla una estrategia de simulación donde los efectos del rearme se hagan sentir en los cerebros de los aliados más prepotentes y los enemigos más próximos y peligrosos y no en la realidad efectiva de las ciudades y los ciudadanos. Y todo para encubrir que Europa se ha quedado fuera de juego, otra vez, excluida del juego de la guerra permanente en la paz perpetua, y viceversa, con el que el adolescente Trump y su cómplice inesperado Putin pretenden reconstruir, en beneficio mutuo, un escenario global plagiado de la Guerra Fría, con el imperio americano de un lado del tablero y el imperio ruso del otro, dominando cada uno con celo su zona de influencia geopolítica.

Nadie sabe a lo que juega Europa, por desgracia. Podría creerse que la política de rearme, que tan nerviosos pone a los socios pacifistas de Sánchez, no es más que la simulación de una posición de fuerza por parte de un actor al que no se atribuye poder de decisión, mucho menos de acción, con el fin de disimular su impotencia en la situación. Qué hará la UE en el futuro con los juguetes bélicos en los que promete invertir una fortuna es la pregunta que ningún mandatario europeo se atreve a formular por temor al descrédito de sus colegas envalentonados. Cuánto rédito electoral piensan extraer estos fanfarrones de la ostentación fálica de su poderío armamentístico es la incógnita que los votantes tendrían que despejar antes de que los ciegue la propaganda de guerra y no puedan ver la verdad desnuda. Estos políticos son unos jugadores ineptos.

miércoles, 26 de marzo de 2025

PANDÉMICA Y CONTABLE


  [Publicado en medios de Vocento el martes 18 de marzo] 

La vida es una extraña enfermedad que no se cura ni con la muerte, como creía Lovecraft. Cinco años después del confinamiento por la covid aún seguimos dándole vueltas a los muertos olvidados y a los vivos inolvidables, es decir, los cínicos al mando de la situación. Sean de derechas o de izquierdas, o del centro político, los gobernantes fallaron estrepitosamente, demostraron que no valen para gestionar, no tienen capacidad, solo afán de poder, y la pifiaron.

No se puede negar, sin embargo, que hemos aprendido mucha filosofía desde entonces. Hemos comprendido el poder del horror que alberga un ser insignificante como un virus, una criatura diminuta que revela nuestro papel prescindible en el mundo. Y hemos aprendido a medir el escaso valor de nuestra vida en el precio exorbitante de las vacunas y las mascarillas salvadoras y los incontables beneficios de las empresas farmacéuticas.

Hoy también sabemos cosas que preferiríamos ignorar. Suponemos que la pandemia procedía de un laboratorio chino financiado con capital internacional. Pensamos que el origen artificial del virus fue encubierto como un secreto vergonzoso con el fin de ocultar la complicidad de las corporaciones interesadas en el experimento científico. Sabemos, además, que nuestros poderes trataron de engañarnos sobre la peligrosidad del virus en un primer momento y que sus portavoces mediáticos tildaron de aguafiestas a quienes trataban de alertar sobre la amenaza real que se nos venía encima.

Y, sobre todo, sabemos una cosa que nos impulsa a vivir en este estado de ansiedad y sobreexcitación constantes. Una sola cosa hemos aprendido de verdad y es a la que más miedo le tenemos. Auténtico terror. Si ocurriera otra vez, si volviera a aparecer en el horizonte de nuestra desgracia una pandemia, los que mandan, los que nos representan, los líderes autistas que toman decisiones rodeados de cientos de asesores y de supuestas comisiones de expertos, esos mismos, sí, cometerían errores similares, una vez más, mentirían con el mismo descaro, nos encerrarían impunemente para salvarse ellos y su dudosa reputación.

Ha vuelto a pasar con la dana valenciana. Condenen o no a los irresponsables que no tomaron las medidas adecuadas para evitar la catástrofe, antes y después, nadie hace nada, ni en el gobierno central ni en el autonómico, nada de nada, para que no se repita la riada mortal cuando caiga el diluvio de nuevo desde un cielo que ha dejado de juzgarnos porque ya le damos igual. Somos incorregibles. 

miércoles, 12 de marzo de 2025

MÁS ALLÁ DE LO DIVINO Y LO HUMANO: CINE Y LITERATURA DE 2025

[David Lynch, Nosferatu, Bram Stoker, Drácula, Carmilla, La infiltrada, La fiesta del asno, Don DeLillo, Mao II, los Óscar, La sustancia, Emilia Pérez, Anora, The Brutalist, Dr. Jekyll y Mr. Hyde, Trump, Robert Bloch, Juliette, Sade, Jack el Destripador, Bret Easton Ellis, David Foster Wallace y sus posibles imitadores, arquitectura y cine en el siglo XX, Olga Tokarczuk, Los libros de Jacob, el mesianismo andrógino de Jacob Frank, la Shejiná y la Virgen María, el gnosticismo y la ciencia ficción, Philip K. Dick, el visionario pop, y la Exégesis, los circuitos de energía entre la alta cultura y la baja cultura, Coppola y Apocalypse Now, Wittgenstein y los límites del lenguaje del arte, Hermann Broch, creación literaria y conocimiento, Pynchon, la contracultura y los libros de bolsillo, Pasolini, las gaviotas, el cielo y las nubes, etc.]

miércoles, 5 de marzo de 2025

IMPERIO


  [Publicado ayer en medios de Vocento] 

      Apenas cinco semanas han bastado para que todo el mundo sepa a qué juega Trump en su segundo mandato presidencial. Lo que nadie sabe es qué quedará en pie cuando pasen los cuatro años de este huracán de arrogancia y malos modos del inquilino de la Casa Blanca, la fachada farisea de América. Si hay alguien que encarne hoy la voluntad de poder de un imperio, no es el genocida Putin, un actor secundario, sino el brutal Trump, que ha resucitado a su cómplice ruso para que la esperanza de una revolución neoconservadora en Occidente no se desvanezca.

El extraño caso de Trump es el de un doctor Jekyll que llevara acoplado a Mr. Hyde, el hombre y el monstruo superpuestos en la misma imagen. Trump es un “freak”, un fenómeno de feria que ha convertido la política americana en un espectáculo degradante con el fin de complacer al 30% de los votantes que lo apoyan a muerte haga lo que haga. Da miedo pensar en los millones de ese ejército de clones, una legión de zombis a las órdenes del emperador maléfico que los conduce a la guerra contra todo lo que amenace sus valores arcaicos.

Tenía razón Rushdie cuando comparaba a Trump con el Joker, un payaso patológico y agresivo que actúa al servicio del imperio capitalista neoliberal con todo el poder en sus manos para hacer mucho daño. Se le ha visto con Zelenski, judío ucraniano al que ha humillado sin tapujos para demostrarle quién manda en el mundo y quién obedece porque es inofensivo y vulnerable.

El problema en este tablero geopolítico que ha explotado, diseminando piezas y cambiando las reglas, lo representamos los europeos, jugadores de segunda mesa que vemos con estupefacción la impotencia grandilocuente de nuestros líderes y las maniobras groseras del aliado transatlántico. Incapaces de plantear una alternativa válida a la situación en Ucrania que frene las ambiciones criminales de Trump y Putin, y de significarnos en el conflicto con una voz única que imponga el valor de la ética y la política frente a la inmoralidad de los intereses y las ganancias.

Al final, las “tierras raras” son las de la Europa de los pequeños egos nacionales y las pequeñas naciones aún más egoístas. Es nuestro mal y la debilidad que Trump, el sheriff interino del distrito occidental, olfatea como un depredador. Hace mucho tiempo, por temor a nuestras derivas más oscuras, apostamos por la pequeñez y la mediocridad y así nos va. No nos quejemos. La lucidez es nuestra mayor virtud y nuestra mejor arma. No erremos el tiro. Es hora de despertar.