sábado, 23 de julio de 2016

LA NUEVA CIENCIA DE LA REALIDAD

 [Slavoj Žižek, La nueva lucha de clases (Los refugiados y el terror), Anagrama, trad.: Damià Alou, 2016, págs. 137]

In that sense, representative democracy is irreparably corrupt and incapable of fulfilling its promises...and the left parties always capitulate whenever they come to power.

-Fredric Jameson, An American Utopia, p. 5- 

The first emancipatory step, the condition sine qua non for any politics of emancipation today, is therefore to abandon the notion and the concept of the left. No matter how paradoxical it might appear, we must maintain that the left is an obstacle to the universal emancipation, perhaps to a comparable degree to capitalism itself.

-Agon Hamza, An American Utopia, p. 149-


           La situación contemporánea es tan complicada que, si nos empeñamos en no ejercer el pensamiento y dejar en manos de los profesionales de la opinión corriente los juicios sobre la misma, solo lograremos añadir ruido al ruido, confusión a la confusión.
Por eso es tan saludable para la mente en activo un pensador como Slavoj Žižek. Un pensador exuberante, profuso y sobreabundante en la producción de discurso, a pesar de las repeticiones y los autoplagios permanentes. Con su bagaje de pensador hegeliano, esto es, dialéctico, y materialista, esto es, marxiano, y su determinante perfil lacaniano, posee sin duda el instrumental más sofisticado para analizar la compleja economía-política del momento sin perder de vista las entelequias ideológicas que la agravan (“la ideología de la clase media occidental”), ejerciendo su poder sobre la realidad desde la mente de gobernantes y gobernados.
El eficaz programa de higiene mental para uso de la inteligencia global contenido en este libro, de lectura apasionante, pasa en primer lugar por una rigurosa revisión de los lugares comunes de la izquierda sentimental, esa corriente dominante que antepone las oscuras razones del corazón, tan engañosas como corruptoras del intelecto, al análisis clínico del estado de cosas.
Es necesario, como argumenta Žižek, romper con los tabúes de la izquierda que abusa de la corrección política, considerándola el colmo del progresismo, y reacciona por sistema guiada por los espejismos de la culpabilidad, para poder pensar sin trabas ideológicas los problemas más acuciantes del presente. Así lo reclaman cuestiones tan candentes como los refugiados, las políticas europeas sobre los refugiados, el terrorismo islamista, la complicidad de fondo entre el islamofascismo del ISIS y el reactivo fascismo europeo, las paradojas del capitalismo global o el fariseísmo del poder democrático respecto de sus alianzas o fines.
Pero antes de redefinir las categorías políticas puestas en cuestión, Žižek se atreve a enunciar verdades como puños dialécticos sobre la destrucción de países africanos como Congo o la República Centroafricana, u orientales como Siria o Irak, señalando como causas efectivas las guerras corporativas por el reparto del botín, disfrazadas ante los medios y la opinión pública de guerras étnicas, entre países europeos (Francia, Rusia), Estados Unidos y China. Del mismo modo que denuncia sin excusas las intolerables actitudes de otros países árabes respecto de la crisis de los refugiados sirios, ya sean los ricos que los desdeñan (Arabia Saudí, Qatar, Kuwait) o los pobres que los maltratan (Turquía).
La fuerza polémica y la agudeza analítica de su discurso no se arredran ante ningún tema espinoso o sangrante: el terrorismo yihadista y sus verdaderas intenciones, no solo trasplantar el terror al corazón de las capitales europeas y exterminar ciudadanos inocentes sino socavar las bases democráticas de la convivencia, enconar a la población inmigrante musulmana en contra de los países de acogida y generar una guerra total extendida por el cuerpo social; la deriva cada vez más peligrosa y regresiva del estado israelí; o, el capítulo más provocativo del libro, la agresión sexual (tildada por Žižek, no sin ironía, de “carnavalesca”) de los inmigrantes árabes y africanos contra mujeres alemanas durante la celebración del fin de año pasado.
En cuanto Žižek, sin embargo, intenta acuñar los términos de una nueva dialéctica, urgido por las convulsas circunstancias, incurre en idealismos inanes como la “nueva lucha de clases” definida en relación con una hipotética “solidaridad global” entre los explotados del mundo capitalista, sin distinción de etnias, naciones, razas o religiones. Es tristemente sintomático que Žižek, tras diagnosticar el goce colectivo del otro como causa del enfrentamiento tribal entre humanos, no sepa apostar por un vínculo libidinal de fraternidad más poderoso y seductor que el odio, la envidia o el resentimiento.

viernes, 1 de julio de 2016

COSAS Y QUISICOSAS


[Jean-Claude Carrière, Las palabras y la cosa, adaptación: Ricard Borràs, Blackie Books, 2016, págs. 110]

El sexo es un ejercicio mental que se ejecuta con el cuerpo.

Vulvar es vulgar: las dos palabras de seis letras. Verbalizado el amor (palabra de cuatro letras) se convierte en una narración de vulgaridades variopintas.
-G. Cabrera Infante-

La escolástica siempre se ha preocupado por cuestiones espurias. ¿Qué fue antes: la palabra o la cosa? ¿La carne o el verbo? Sin entender que la pregunta estaba mal planteada.
En el fondo, como muestra este jugoso e incitante libro de Carrière, las palabras y las cosas, el vocablo venéreo y la carne palpitante que tienta, como acuñara Darío,  con “sus frescos racimos”, estrechan una relación tan íntima en cada lengua que es imposible determinar si al aludir a la misma cosa las palabras difieren por azar, capricho o impotencia. La sexualidad humana, la del animal parlante, no es nunca natural, solo un efecto de lenguaje.   
En su tratado fundacional sobre el erotismo, explicaba Bataille que “los nombres vulgares del amor no por ello dejan de asociarse…a esa vida secreta que llevamos a la par con los sentimientos elevados”. Y atribuía a la bajeza e indecencia del hampa, relacionada con la prostitución y el sexo desinhibido, la imposición social de ese vocabulario degradado.
Con mayor o menor fortuna, la literatura ha tratado de redimir a lo largo de los siglos esa infamia de los nombres de órganos innombrables y actos indecibles y crear una nomenclatura nueva, una taxonomía carnal más refinada y no menos eficaz. Así es “la vida sexual de las palabras”, como la llama Julián Ríos, ardua labor de cunilingüista, artesanía verbal que mediante la fricción reiterada de las palabras obscenas y las cosas sucias (o viceversa) alcanza el clímax del ingenio y el orgasmo retórico.
En este libro de Carrière, una joven actriz de doblaje de películas porno, hastiada de la pobreza lingüística de sus enunciados, se dirige por carta y luego por teléfono a un doctor especialista en la lengua erótica del español inquiriéndole por usos menos degradantes del idioma. A medida que el viejo académico le proporciona a la curiosa dobladora un rico arsenal de términos literarios, el lector comprende que tiene frente a sí un espejo interrogativo en el que mirarse desnudo como hablante o escritor.
El mayor problema de la casta y castiza lengua de Castilla ha sido siempre este: sus vagidos cultos adolecían de contacto con las indecencias de la vida y sus usos populares abusaban de la creatividad verbal para vulgarizar aún más realidades ya de por sí inmundas. La versión original del libro reivindica el espíritu y la letra libertina del dieciocho francés. La versión doblada, acomodando las voluptuosas intenciones del original al acervo nacional con el sostén del catedrático Blecua, revela sin pretenderlo los límites creativos y los síntomas del malestar profundo de la economía libidinal de la cultura y la literatura españolas.
Es verdad que, con todos sus deliciosos logros, se echan en falta en el texto más citas de “La lozana andaluza”, donde la expresión del placer femenino alcanza cimas inexploradas, y que el desdén injustificado hacia el siglo dieciocho español lleva a ignorar a una figura singular como Meléndez Valdés, que en sus versos amorosos más ardientes (“Los besos de amor”), glosando los éxtasis y fatigas del “dulce ayuntamiento apetecido”, logró extraer chispazos rococó del pedregal hispano (“Ya las tetas mostrabas/redonduelas y cándidas qual nieve”).
La poesía intemporal no solo canta la belleza de la rosa, o su fatídica caducidad, sino también el enigma oscuro de la cosa y su hechizo irreparable. Como Góngora, justamente celebrado, en contraste con la grotesca ridiculización quevediana, como gran poeta erótico, en sus obras populares (“Decidme, dama graciosa,/qué es cosa y cosa”) o en las herméticas “Soledades”, donde desmintiendo las sugerencias ascéticas del título incita con malicia a entablar batallas de amor en campo de pluma.

martes, 21 de junio de 2016

PAROXISMO


[Chuck Palahniuk, Eres hermosa, Random House, trad.: Javier Calvo, 2016, págs. 247]

Recomiendo leer esta novela en sesiones intensivas, alternándola (para tener una experiencia lo más completa posible de la explosiva cuestión en juego) con el consumo dosificado de la excitante primera temporada de The Girlfriend Experience

Palahniuk es un moralista. Un moralista sin moralina, eso sí. Un moralista provocador e irreverente, no un monaguillo fariseo disfrazado de escritor de éxito, ni un sacerdote de la corrección política o un pastor propagandista del buen rollo biempensante y el apostolado sentimental de la izquierda y la derecha. Todo lo contrario.
Palahniuk es un moralista intempestivo de la estirpe de Sade, Burroughs, Ballard o Coover. Alguien que utiliza las técnicas y recursos de la ficción para conducir al límite de lo posible un experimento literario que se propone transgredir y vulnerar los códigos morales mayoritarios con el fin de crear un retrato de la vida contemporánea tan correctivo como corrosivo.
Cuando Palahniuk se enfrentó al rechazo editorial, en sus comienzos, debido al perturbador contenido de su primera novela, aprendió la lección principal de un novelista auténtico. Nunca cedas sobre tus deseos de fastidiar al orden cultural establecido. Ni tampoco conviertas la transgresión o la subversión en fines estéticos. Son solo efectos especiales del juego narrativo desplegado. Cuando Monstruos invisibles fue repudiada por un sistema editorial timorato, en vez de ablandar su literatura, Palahniuk la hizo aún más desafiante y atrevida y de ahí surgió, hace ya veinte años, el violento manifiesto de El club de la lucha, adaptada después al cine con suprema malicia por David Fincher.
En su nueva novela, la factoría Palahniuk no solo no se arredra en el ritmo incesante de producción sino que da un paso adelante para afrontar una desaforada sátira sobre las relaciones peligrosas del sexo y el consumo, el sexo como motor del consumo y el consumo como sucedáneo del sexo.
¿Qué tema más delicado puede haber para un moralista de signo inconformista que el placer femenino? O lo que es lo mismo: la libertad absoluta de la mujer para eludir su función reproductora y su condición de objeto de deseo masculino y, al mismo tiempo, ofrecer a su cuerpo la plenitud sexual y sensorial que la cultura patriarcal ha reprimido durante siglos en pro de la monogamia, la maternidad y el cuidado de la prole.
La trama puede parecer grotesca o estrafalaria (una innovadora y adictiva marca de juguetes sexuales manipula los deseos de las consumidoras hasta convertirlas en insaciables prisioneras de sus placeres privados), pero en las diestras manos de Palahniuk esta indagación en los misterios libidinales de la psique femenina y el subyacente poder masculino se transforma en el relato del empoderamiento de su quijotesca heroína, la inefable Penny Harrigan, esa chica ingenua que actúa convencida de que jamás “en la historia de la humanidad había existido una mejor época para ser mujer”.
            El clímax clitoridiano de Penny, su ascenso irónico de joven modosa a gran reina global del goce femenino guiada por un omnímodo multimillonario, trasunto de Donald Trump, demuestra que Palahniuk explota hasta el paroxismo los mecanismos íntimos de la novela destinada a las mujeres, desde las modas de la Ilustración dieciochesca, con las Pamelas, Shamelas y Clarisas de rigor, a los modos anacrónicos de las pálidas Anastasias del espectral Grey, dudosa saga de éxito mundial sobre la que Palahniuk vierte aquí comentarios mordaces.
Como su maestro Ira Levin, autor de Las poseídas de Stepford, con la que esta novela guarda estrecho parentesco, Palahniuk sabe que el medio más eficaz de afrontar un “Gran Problema” es crear una metáfora narrativa que no asfixie ni desespere al lector haciéndole sentir impotencia moral.
Eres hermosa aborda sin prejuicios un asunto traumático de nuestro tiempo (el “exceso artificial de estimulación” como forma efectiva de servidumbre en la sociedad de consumo), pero lo hace con tal sentido del humor e ingenio narrativo que acaba convenciendo al lector de que se puede vivir en este mundo sin sucumbir a sus peores síndromes.
Lo dicho: Palahniuk, un moralista sin moralina.

viernes, 10 de junio de 2016

LA MUERTE Y LA RED

 
[Este texto ensambla sin solución de continuidad las diversas respuestas a un cuestionario propuesto por la periodista Rebeca Yanke para El Mundo sobre la muerte e internet.]

Nos guste o no reconocerlo hay una dimensión de la tecnología que colinda con los límites de la vida y, por tanto, nos aproxima a los dominios de la muerte. Quizá por eso los nuevos medios y sus prolongaciones humanistas como las redes sociales se han transformado con el tiempo en ágoras o foros donde el diálogo con los difuntos, la expresión del dolor hacia los muertos y, en definitiva, nuestra íntima relación con la mortalidad encuentran un lugar más propicio que en el ruido diario de la calle o el incómodo cara a cara de los cuerpos y los nombres. Como novelistas, DeLillo y Pynchon lo anticiparon antes de la universalización de internet en Ruido de fondo y Vineland, respectivamente. Internet y la muerte, he ahí otro gran motivo de los tiempos tecnológicos en que vivimos.

Sin duda ninguna, la muerte de ciertos personajes que estaban ahí desde hace mucho tiempo y cuyo peso se hacía sentir en sus dominios respectivos (en el caso de Bowie la música y el espectáculo en general, en el de Eco la semiótica, el pensamiento y la novela) genera un vacío que quizá no se había sentido en otros momentos con la misma agudeza. En este sentido, la muerte de Borges hoy no sería igual que hace treinta años, cuando realmente se produjo. Los medios se hacen eco de la orfandad, sin duda, en que se sumen los sujetos de una cultura que va perdiendo sus referentes nominales con rostro humano mientras se imponen cada vez más los logos corporativos y las marcas comerciales sobre la realidad de todos los días como entes más o menos potentes.

La mediación de la tecnología facilita todo, desde el insulto a la declaración amorosa, desde la expresión desvergonzada a la dicción más pedante, demostrando así que los seres humanos siempre hemos necesitado instrumentos codificados para encuadrar nuestras necesidades expresivas. Y en el terreno del duelo y de la negociación con el dolor de la pérdida y la toma de conciencia de la muerte no podía ser menos. Una película reciente como Eliminado ha hecho por Facebook lo mismo que Paranormal Activity hizo en su momento por las cámaras de seguridad: transformar una tecnología o su espacio visualmente acotado en un territorio terrorífico donde la muerte caza presas como un depredador. Así que esta dimensión fantasmal explicaría también, desde otro ángulo, por qué las redes sociales espolean la reflexión sobre la mortalidad. En una sociedad tecnológica, la realidad de la muerte es aún más intolerable e inconcebible, carece de sentido y de explicación, nos sume en el desconcierto, como si la promesa de la tecnología nos hubiera salvado de la violencia de la biología, esto es, de la secuencia temporal que nos conduce, como organismos individuales, a la extinción. Y es lógico, hasta cierto punto, que sea en los dominios tecnológicos, que actúan como pantalla eficaz, donde se produzca el nuevo duelo como forma de digerir la intragable experiencia del otro y predisponerse a la propia.

En mayor o menor medida, todos hemos incorporado la experiencia mediatizada en nuestros hábitos y es evidente que diluir el impacto negativo de la muerte en un cúmulo de posts, tuits o cualquier otro formato cibernético podría mitigarlo, pero también banalizarlo. La banalidad es un efecto de la reiteración, algo de lo que los medios, o sus manipuladores, no son siempre conscientes.  Por desgracia, nuestra época ha renunciado a una de las armas más eficaces contra todo mal: el silencio radical, el vacío retórico. El exceso expresivo en que vivimos nos convierte no ya en actores sino en payasos de nuestra vida y de nuestra muerte.

Sí, desde luego, pornografía emocional como afirmación obscena del yo. Las redes e internet le han dado al pequeño ego de cualquier ciudadano del presente un poder de amplificación con el que solo soñaron en el pasado dictadores fascistas como Mussolini o Hitler. Y esto tiene un efecto benéfico indudable, de democratización definitiva, que es la promesa última de la tecnología, su utopía colectiva si lo prefieres: multiplicando al infinito la pequeñez de los egos que expresan en todo momento y hacen proliferar por las redes tecnológicas sus más mínimas vivencias o sentimientos, afectos o experiencias, se impide el surgimiento incontrolado de figuras autoritarias de poder. Pero también se crea un monstruo ególatra, esta vez colectivo, que puede devorar uno por uno a los individuos, o destruirlos, si no le dan su respaldo y anuencia inmediata.

La saturación de los medios hace tiempo que niveló nuestras percepciones, allanó nuestras emociones, pero creo que el nuevo terrorismo que estamos padeciendo en los últimos años, la muerte ejecutada en el corazón palpitante de las grandes ciudades, ha demostrado que los seres humanos al final saben hacer la diferencia. Existe algo parecido a un inconsciente trágico que se activa cuando realmente sucede un acontecimiento catártico que acaba de golpe con la banalidad y la trivialidad de la existencia posmoderna.

La necesidad de integrarnos en grupos que diluyan la angustia individual se reconoce con más facilidad con la muerte de las estrellas musicales o cinematográficas, desde luego. Pero también en el fenómeno fan, en la fusión corporal de los conciertos, en las aglomeraciones de admiradores. El individuo contemporáneo tiene una pulsión de afirmarse, que se extiende a los medios y requiere confirmación de los otros mediante el feedback, pero también una pulsión paralela de confundirse con el grupo o con la masa, según los casos, para aliviar el peso insoportable de la soledad, que es la verdadera tragedia de nuestro tiempo. El crecimiento exponencial de la soledad es el gran tema oculto de internet y las redes sociales. La soledad como antesala o prefiguración de la muerte. 

viernes, 20 de mayo de 2016

LA GUERRA DEL TIEMPO


[David Mitchell, Relojes de hueso, Random House, trad.: Laura Salas, 2016, págs 711]

¿Somos mutantes? ¿Hemos evolucionado de esta manera? ¿O es que nos han diseñado? Y si es así, ¿quién? ¿Por qué llegó el diseñador hasta tales extremos de prolijidad para después hacer mutis por el foro y dejarnos con la incógnita de por qué existimos? ¿Para entretenerse? ¿Por perversidad? ¿Para burlarse de nosotros? ¿Para juzgarnos? «¿Con qué fin?», le pregunto al automóvil, a la noche, a Canadá. Tengo los huesos, el alma y el cuerpo consumidos.

-D. Mitchell, Reloj de huesos, p. 465-

Una nueva imagen del tiempo, sí, una nueva visión del tiempo, que abarca todos los pasados posibles, el presente convulso y un futuro catastrófico, eso es lo que produce en la mente del lector esta deslumbrante novela de David Mitchell, la mejor de las suyas junto con la prodigiosa polifonía de El atlas de las nubes.
Los habitantes del siglo XXI ya sabemos de sobra que las categorías miméticas con que la ficción pretendió representar la realidad hasta finales del siglo pasado se han desmoronado una tras otra, como un castillo de naipes tras un violento portazo, por la embestida  de las mutaciones sufridas. La posibilidad de representar el pasado sin contar con el futuro, de abordar el presente sin tomar en consideración el modo en que el pasado y el futuro colonizan sus realidades y las transforman en una guerra de tiempos, más propia del relato fantástico de Carpentier y Fuentes, donde los períodos históricos se comunican a través de la ficción, que de la cronología lineal de la novela convencional.
Con inteligencia experimental, Mitchell erige su grandiosa narrativa transhistórica construyendo una trama improbable compuesta de seis novelas sucesivas narradas en primera persona por la protagonista (Holly Sykes) y cuatro narradores que tienen contacto con ella en diversos momentos de su vida. El arco temporal cubre desde la adolescencia inglesa de Holly en 1984 hasta su resignada vejez en una Irlanda rural postapocalíptica en 2043, ambas narradas por Holly, e incluye estaciones en 1991, 2004, 2015 y 2025.
Si no fuera por los recursos fantásticos y de ciencia ficción con que Mitchell adereza los múltiples niveles del artefacto, podría decirse que es la historia de una mujer extraordinaria que nace a finales del siglo XX y vive lo suficiente para asistir a la destrucción de la civilización europea, con la hegemonía geopolítica de China y Rusia sobre un planeta sometido a una devastadora crisis de energía como signo más ominoso. En este sentido, Relojes de hueso funciona, en parte, como una novela histórica de vasto alcance y cumple con el requisito esencial de conferir un sentido crítico al devenir depredador del capitalismo en las sociedades occidentales imaginando para ellas un futuro desastroso y terrible.
En su vertiente más imaginativa, Mitchell apuesta por un metarrelato mítico, legendario o fantasioso, digno de teleseries de culto como Dr. Who, Buffy o Perdidos, una epopeya global que abarca todo el tiempo y el espacio del mundo y se escenifica como guerra eterna de poder entre dos facciones antagónicas: los horologistas y los anacoretas. Los primeros constituyen un clan aristocrático minoritario de seres inmortales, criaturas que completan el ciclo de vida y reencarnan en otro cuerpo a los cuarenta y nueve días de haber muerto. Los segundos, más numerosos, son una suerte de parásitos anímicos que conquistan la inmortalidad succionando almas humanas con avidez y destruyendo sus cuerpos sin compasión.
El crítico ortodoxo James Wood, en su dogmática reseña de la novela de Mitchell en el New Yorker, no comprendió que el dilema genérico entre novela y épica (o epopeya) ya es antiguo y ha sido superado por la historia. La estética literaria del siglo XXI exige la fusión creativa de ambas formas a fin de reinventar la función mítica de la novela, con la intención de generar narrativas contemporáneas para la experiencia humana del tiempo en una era terminal donde lo humano, enfrentado al avatar de la máquina, está cobrando conciencia histórica de su debilidad e insignificancia.
Recurrir a esas metanarrativas grandilocuentes, esos mitos inspirados en la tradición religiosa primordial (mazdeísta, gnóstica o cátara) y también en el imaginario del cómic y el cine de superhéroes, es la forma novelesca de reintegrar una dimensión mitológica en la vida cotidiana, en la existencia común de la especie en el siglo de la globalización de las culturas. 

miércoles, 11 de mayo de 2016

HUMANO, DEMASIADO HUMANO

 

[Michel Faber, El Libro de las cosas nunca vistas, Anagrama, trad.: Inga Pellisa, 2016, págs. 620]
  
Las minucias de las vidas de los seres humanos: los lugares en que habían vivido, los nombres de sus parientes, los nombres de los ríos junto a los que habían vivido, las complejidades prosaicas de los trabajos que habían desempeñado y las peleas domésticas que habían soportado, todo eso había dejado de tener sentido para él.

-M. Faber, Libro, p. 566- 

Humano, demasiado humano. Ya lo dijo Nietzsche y sigue definiendo el sino de nuestra existencia en la tierra. La vida humana surgió tras innumerables cataclismos y sufrimientos, como un largo parto evolutivo, para luego imponer su desdeñoso dominio sobre las demás especies. Excepto la misma fuerza terrestre, con sus catástrofes y mutaciones, no hay amenaza más peligrosa, ahora mismo, que la tendencia destructiva de la especie, la voluntad humana de poder y sus secuelas funestas para el entorno. Nos guste o no reconocerlo, somos una especie autodestructiva y ese gen fatídico está inscrito en nuestro genoma desde el principio de los tiempos.
Humana, demasiado humana, así es esta magnífica novela de Michel Faber, uno de los grandes novelistas europeos del presente, menos conocido de lo que debería dada la ambición intelectual y creatividad literaria de sus ficciones. En España ya se habían publicado (también en Anagrama) dos obras maestras anteriores: “Bajo la piel”, donde se describía una relación imposible entre humanos y alienígenas, y “Pétalo carmesí, flor blanca”, una recreación fabulosa de la era victoriana y sus círculos viciosos escrita con especial sensibilidad para la problemática femenina.
Su última novela aborda una temática de ciencia-ficción: la colonización a finales del siglo XXI de un planeta imaginario (Oasis) situado en una galaxia remota por parte de una corporación (la USIC) que controla una parte importante de la tierra. Requerido por los “oasianos”, Peter Leigh, un pastor protestante casado con una enfermera llamada Beatriz, viaja al planeta para instruirlos en la comprensión de la Biblia (ese “Libro de las cosas nunca vistas”, como la designa con veneración inexplicable la población alienígena).
Leigh deja a su mujer en la tierra. De ese modo, con inteligencia narrativa, Faber logra que la focalización en el joven sacerdote durante su estancia en Oasis se vea completada por las traumáticas experiencias de su mujer, quien va contándole en sucesivos mensajes electrónicos el apocalipsis progresivo que se ha desatado en el mundo desde su partida.
El dispositivo novelesco se construye con una doble perspectiva intencionada: en primer plano, la misteriosa exploración del insólito planeta y las singulares relaciones de Leigh con los alienígenas cristianizados, y, en segundo plano, el relato subjetivo de Beatriz sobre la descomposición gradual de la sociedad civilizada y la instalación devastadora del caos en la tierra.
La belleza estilística de la prosa de Faber unida al control narrativo de los sentimientos y a la evolución moral del protagonista, escindido entre los dilemas de su amor conyugal y las exigencias insólitas de la vida en contacto con los extraños colonos humanos, tecnócratas desafectos, y los enigmáticos nativos extraterrestres, seducidos por el mensaje evangélico, producen un efecto de lectura fascinante, entre la empatía y el estupor.
Estamos entrando en una era posthumana, de claro predominio de la tecnología cibernética sobre todos los órdenes de la vida, y, sin embargo, esta fastuosa novela de Faber insiste en interrogar cuestiones antropocéntricas en vez de descentrar la visión antropocéntrica del mundo y someterla al choque cognitivo con la realidad alienígena y la otredad inhumana del extraterrestre, al modo de otras ficciones especulativas.
Partiendo de la perplejidad final, es posible extraer un corolario humanista de esta parábola cósmica sobre el sentido de la existencia. Más allá del trasfondo religioso, quizá lo más discutible de la novela, Faber muestra la conveniencia de reformar los valores culturales que nos definen como especie y rechazar el ideario nefasto del capitalismo corporativo que postula la explotación de otros planetas como solución a los problemas mundiales. Con tal estrategia, solo repetiríamos los errores fatales que pueden transformar la vida terrestre en un infierno. 

martes, 3 de mayo de 2016

PALIMPSESTO PORNO


Pinocho en Venecia, leída en inglés hace veinte años y releída ahora en la excelente versión de Amores, es una novela tan asombrosa y original que no me extraña la escasa atención que ha merecido en los medios culturales (si exceptúo a mi querida Laura Fernández, fan informada e inteligente que supo estar a la altura del desafío y dar la talla en El Cultural). El palimpsesto de referencias tramado por la escritura hipertextual de Coover realiza un prodigio estético: la fusión del gen carnavalesco de Cervantes y Rabelais. La exageración grotesca, la fantasía libidinal y la truculencia cómica se acoplan como pocas veces en la historia de la literatura para pervertir, con ironía infinita, los designios morales de toda una cultura…

[Robert Coover, Pinocho en Venecia, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2015, págs. 403]

Los mitos dan sentido a la vida de la comunidad a lo largo del tiempo. El problema es que, con el transcurso de los siglos y los cambios generacionales, los mitos colectivos se vuelven opresivos, formas muertas que solo sirven para perpetuar valores estériles.
Robert Coover es un fabulador iconoclasta que trabaja con intensidad sobre todas las modalidades de la ficción en una tentativa libertaria de destrucción de mitos anticuados, símbolos caducos y creencias despóticas.
El “Pinocho” de Collodi, uno de los clásicos infantiles más difundidos, es una ficción moral que se pone al servicio de una dudosa pedagogía del bien. Así lo entendió Coover cuando, recién llegado a Venecia en 1987, comenzó a fantasear con ideas e imágenes donde se mezclaban la historia original de Pinocho y la adaptación en dibujos animados de Disney con las trazas de la Venecia invernal donde vivía y su peculiar cultura dialectal. Para colmo, Coover agregó al cóctel paródico un ingrediente insólito: “La muerte en Venecia” de Thomas Mann.
Con esos materiales, Coover generó el grandioso palimpsesto rabelesiano de “Pinocho en Venecia”: la tragicómica historia del emérito profesor Pinenut, más conocido en la infancia como Pinocho, el muñeco mentiroso de nariz fálica. Tras una exitosa carrera universitaria en América, incluida una esporádica estancia en un Hollywood delirante, viaja a Venecia para terminar el último capítulo de la obra maestra que culminará su vida de académico devoto de la aridez del saber y no de la exuberancia de la vida.
La exuberancia, precisamente, es una de las categorías estéticas de Coover. La exuberancia estilística e imaginativa. Esa exuberancia es la de la carne verbalizada. Una forma simbólica de afirmar en la escritura el poder del Eros y la vitalidad sexual.
El regreso estacional del viejo profesor y su turbulento reencuentro con amigos y enemigos del pasado posee una dimensión alegórica. Pinenut viene a morir a Venecia, como el Aschenbach de Mann, pero esa muerte será mucho más (porno)gráfica y barroca, explotando al límite una hermosa metáfora literaria. La carne del profesor se corrompe y descompone, desnudando la madera también carcomida que hay debajo. Esa madera traumática acaba transmutada en un “libro parlante” que cuenta su historia una y otra vez.
Más allá de la belleza espectacular con que Coover retrata esta Venecia donde el invierno saturnino de Vivaldi se combina con el carnaval libertino de Casanova y Baffo, las cómicas marionetas de la comedia del arte con los desfiles procesionales de la visceral Madona de los Órganos, la pintura apoteósica de Bellini, Veronese, Tiziano y Tiépolo, el color turquesa y la compleja historia veneciana, lo que consigue que el libro vibre de principio a fin es la energía venérea del eterno femenino.
La presencia carismática de múltiples mujeres que han marcado la ascética existencia de Pinenut con el signo indeleble del amor: la niña entrañable con que aprende juegos perversos, el Hada Azul que transforma al muñeco en un niño travieso, en un pasaje memorable, tras usar los miembros de su cuerpo desarticulado como juguetes sexuales, o lo devora como una feroz ogresa de cuento de hadas. Y, sobre todo, la tentación sensual del decrépito profesor, su perdición senil: Bluebell, la estudiante americana, tan bella como vulgar, rubia de pechos explosivos y comentarios despectivos, en brazos de la que experimenta la epifanía final.
La revelación dionisíaca de que la única belleza por la que vale la pena perderse es tan perecedera como los ideales estéticos con que la cultura pretende enmascarar la desnuda verdad del deseo. La palpitante exuberancia de la vida.