viernes, 15 de enero de 2016

ASÍ EN EL CINE COMO EN LA VIDA

[Como todos los años desde sus inicios, por estas fechas el blog se transforma en foro de discusión cinéfila entre mis gustos disidentes o no, expuestos en primer lugar, como exige la cortesía del anfitrión, y, justo después, los de un puñado de amigos (reconocidos film buffs o avezados exploradores de la cosa fílmica) con opiniones a veces divergentes: Marta Álvarez, Manuel Arias Maldonado, José Ángel Barrueco, Noel Ceballos, David Leo García, Txema Martín, Vicente Molina Foix, François Monti, José Ramón Ortiz (en riguroso orden alfabético).]


Por otra parte, el cine es para mí un arte vivo del que sigo esperando sorpresas.

-Jacques Rancière-

Es cada vez más difícil escoger. Muchas películas vistas, no todas al mismo nivel, pero en muchas hay momentos, destellos, imágenes que me fascinan y seducen. Basta con eso. Una película que sea una obra maestra desde el primer minuto hasta el último me parece hoy en día una utopía del gusto. La necesidad íntima de que una obra lo sea (o contenga) todo. No es lo que busco, en todo caso. Nada me parece más engañoso, a día de hoy, que esa búsqueda de una obra de perfección absoluta. Es una suerte de espejismo creado para olvidar lo esencial. Ya nadie sabe con exactitud lo que es el cine. Quien diga que lo sabe, miente, como las revistas especializadas y los críticos profesionales. Aunque al mismo tiempo esa mentira sea una ficción necesaria. Una fantasía inevitable para poder cribar con cierto sentido la totalidad de la producción anual y seleccionar las obras que responden a ciertos criterios o valores acreditados por la historia del medio y la opinión dominante.
Imágenes que dan a ver el mundo y, al mismo tiempo, nos impiden verlo en su desnudez. Gran paradoja que está en la raíz misma del cine. Este arte no fue inventado hace 120 años para hacer ver sino para ocluir la visión. Para fingir (o hacernos creer) que vemos. No para curarnos de la ceguera endémica sino para disimular que esta existe, es persistente e incurable. Genuina. No hay una sola imagen en movimiento que no exprese esta verdad intolerable. Y, sin embargo, el destino de las imágenes (cinematográficas o de otra índole) me sigue pareciendo una cuestión intrigante, agravada año tras año, a medida que se multiplican los dispositivos de producción y reproducción (Tangerine, de Sean Baker, es interesante por esto también), cuando la imagen cinematográfica va quedando reducida a una imagen entre otras. Una muestra más en la espectacular galería inaugurada por la galaxia Lumière.
Como digo en Así en el cine como en la vida, mi recopilación reciente de escritos cinematográficos: El cine es el medio artístico a través del que toda la cultura humana, y todas las culturas humanas, con todo su bagaje de leyenda, experiencia e historia, es transferida a un formato tecnológico y acomodada a un estadio o modo de producción acorde con los desarrollos más avanzados del capitalismo. En este sentido, me parece banal la comprensión del cine que lo reduce a peregrinas cuestiones de estilo o calidad artística o se funda en la admiración ciega por unos cuantos directores y unas cuantas películas, no importa la nacionalidad de origen o el período de pertenencia, sin comprender la trascendencia y el verdadero significado de su aparición como medio masivo en un momento determinado de la historia humana.
Entre PURO VICIO y THE ASSASSIN (mis preferidas del año entre las estrenadas en salas) cabe todo el cine que me interesa, sin distinciones nacionales ni genéricas. Elijo las películas que mejor definen hoy las posibilidades (y los límites, por tanto) del arte cinematográfico. Las teleseries nutren de sobra mi pasión por las buenas historias y las narraciones complejas. El cine proyecta en mí imágenes que no sabría encontrar en otro lugar, tampoco en una galería de arte o en las salas de un museo de arte contemporáneo (excepto cuando me encuentro de improviso, como hace un mes en el MNCARS, con una artista multimedia como Hito Steyerl, experta en la creación de dispositivos audiovisuales que funcionan como anamorfosis del mundo contemporáneo).


Sin más preámbulos, esta es mi dirty dozen del año, mi docena de películas nada adocenadas, expuesta sin otra primacía que el calendario de su visión:

*BIRDMAN (Alejandro González Iñárritu)

Una neobarroca lección de puesta en escena digital que convierte el texto realista de Raymond Carver (“De qué hablamos cuando hablamos de amor”) en un puro pretexto (puro gasto y puro simulacro) para desencadenar el virtuosismo visual de las imágenes y la geometría no euclidiana de la ficción.

*FOXCATCHER (Bennett Miller)

Paradigma del cine político actual: la combinación de registro narrativo en apariencia menor y marcada austeridad estética.

*PURO VICIO (Paul Thomas Anderson)

Broma corrosiva (falsaria transposición de Pynchon) que se desliza, mediante la parodia del noir chandleriano, hacia la deconstrucción política y estética del cine de Hollywood y alrededores.

*BLACKHAT (Michael Mann)

Fusión de la hiperestesia visual del estilo carismático del director con la estética coreográfica del cine de acción asiática (Johnnie To, sobre todo) para producir un techno-thriller geopolítico sobre la globalización repleto de avanzadas analogías tecnológicas e imágenes electrizantes.

*VIAJE A SILS MARIA (Olivier Assayas)

La cultura y la vida europeas, en cuya decadencia anodina Assayas es un experto reconocido, observándose en el espejo globalizado de su desaparición virtual.

*MAD MAX: FURIA EN LA CARRETERA (George Miller)

El blockbuster más espectacular del año, un carnaval felliniano de imágenes imposibles, remasterizado por la estética realista y apocalíptica de los ochenta para rescatarlo, a golpes de acción y adrenalina, del agotamiento imaginativo de la tecnología digital.

*IT FOLLOWS (David Robert Mitchell)

Ingenioso dispositivo fílmico que transforma, por contagio viral de los cuerpos y las mentes, la imagen del horror en horror de la imagen.

*SAINT LAURENT (Bertrand Bonello)

Biopic pasoliniano: retrato polémico y paradójico (suntuoso y cutre a la vez) de un artista de alta costura comprometido con la belleza de la forma y la abyección de la vida.

*WHITE GOD (Kornél Mundruczó)

Fábula cínica (la ingenuidad moral de Esopo se alía con el pesimismo político de Orwell sin perder un ápice de emoción genuina) donde los perros y los humanos se afrontan para reconocerse, a su pesar, en los tics autoritarios y la voluntad de poder.

*REALITÉ (Quentin Dupieux)

El dudoso principio de realidad (cinematográfico o no) sometido a estilizadas distorsiones (un Hollywood visto y no visto a la manera de Lynch) a base de bombardearlo con cargas sutiles de ironía patafísica y enredarlo, al final, en un bucle fílmico de proporciones delirantes.

*THE ASSASSIN (Hou Hsiao Hsien)

Grandiosa puesta en escena al servicio de lo inefable: una película más contemplativa y extática que dinámica, donde Hou refina su concepción de la imagen, el montaje y  la planificación hasta extremos pictóricos y poéticos en sintonía con la más creativa tradición china.

*TAG (Sion Sono)

Subversivo carnaval ciberpop (fusión del techno & el gore made in Japan) y perverso videojuego de rol sobre la abyecta cultura del patriarcado japonés y su explotación del sexo femenino, desde la escuela a la televisión e internet, como un fetiche de consumo y un artículo de fe viril.



Honorables menciones, con objeciones ocasionales: MIL Y UNA NOCHES (Miguel Gomes), fascinante fabulación popular demasiado ensimismada en el (pequeño) problema portugués; FRANCOFONIA (Alexander Sokurov), demasiado redundante respecto del ideario elitista de su autor y formalmente menos convincente; HARD TO BE A GOD (Alexei German), impresionante puesta en escena, sí, pero abuso del feísmo para una alambicada alegoría sobre el ruinoso estado de cosas en la Casa Rusia; CHAPPIE (Neill Blomkamp), fascinante reflexión sobre lo posthumano y la inteligencia artificial lastrada por el simplismo de la historia y la simpleza de los personajes; THE FINAL GIRLS (Todd Strauss-Schulson), un bucle autorreferencial demasiado irónico como para parecer otra cosa que un estudio de posgrado a cargo de un estudiante aplicado; TANGERINE (Sean Baker), la inmanencia desaforada de un transexual angelino explorada cuerpo a cuerpo, hasta el agotamiento visual, por dispositivos móviles cuyas imágenes registradas en vivo han sido sintetizadas en postproducción; THE SMELL OF US (Larry Clark), los mismos cuerpos jóvenes en fricción sexual con otros cuerpos jóvenes, o con cuerpos más avejentados, como en KEN PARK, su obra maestra, pero sin la intensa fascinación estética ni la pertinencia crítica…

Otros blockbusters estimulantes del año: KINGSMAN (Mathew Vaughn), MISIÓN IMPOSIBLE 5 (Christopher McQuarrie), MARTE (Ridley Scott).

Recuperaciones felices de 2014: JAUJA (Lisandro Alonso), GUARDIANES DE LA GALAXIA (James Gunn), MR. TURNER (Mike Leigh), EL GRAN HOTEL BUDAPEST (Wes Anderson), BLACK COAL (Diao Yinan).

Grandes revisiones de cine europeo: SANATORIO BAJO LA CLEPSIDRA (1973), fastuosa adaptación del libro homónimo de Bruno Schulz dirigida por Wojciech Has (quien ya había brillado adaptando el Manuscrito de Potocki años atrás); y, sobre todo, en espera de poder ver la prometedora adaptación del COSMOS de Gombrowicz, el cine revulsivo de Andrej Zulawski y esa obra maestra absoluta del cine de la crueldad que es POSESIÓN (1981).

Revisiones y descubrimientos de cine americano clásico: EL RELOJ ASESINO & DONDE HABITA EL PELIGRO (John Farrow), ADIÓS, MUÑECA (Edward Dmytryk), THE LOCKET & HANGOVER SQUARE (John Brahm), THE BIG COMBO (Joseph H. Lewis), THE PHANTOM LADY (Robert Siodmak), LA LLAVE DE CRISTAL (Frank Tuttle & Stuart Heisler), EASY LIVING & MEDIANOCHE (Mitchell Leisen)…


Teleserie nueva favorita: MR. ROBOT, de Sam Esmail: la explosiva historia de un Hamlet hacker que expresa el estado del mundo tal como lo ve la mente de un esquizo: sus deseos de cambio tropiezan, para consumarse, con las complicidades y compromisos de la realidad en que se mueve. La serie incluye, además, una ambigua reflexión sobre cómo el devenir revolucionario, para bien y para mal, podría pasar por la psicopatía manifiesta de sus agentes efectivos. Para lograr sus retorcidos propósitos, su creador no duda en conjurar la esquizofrenia terrorista de El club de la lucha y la psicosis corporativa de American Psycho

Otras teleseries notables (en orden de preferencia): FARGO 2, MAD MEN 7, THE LEFTOVERS 2, HANNIBAL 3, THE AFFAIR 2, HOMELAND 5, SESIÓN 8, WAYWARD PINES, LES REVENANTS 1 & 2.

La cancelación de HANNIBAL al final de su brillante tercera temporada, una de las series más radicales por su esteticismo del mal y su plasmación pornográfica de la violencia del crimen, el tortuoso psiquismo de las relaciones humanas y el canibalismo, nos enfrenta quizá a los límites reales (morales) del formato narrativo en el medio televisivo…

Decepcionado por JOY y CAROL, obras de dos directores a los que admiro (David O. Russell y Todd Haynes, respectivamente), espero que las películas pendientes a comienzos de año se muestren a la altura de mis expectativas: LOS ODIOSOS OCHO, de mi venerado Tarantino; THE REVENANT, de A. González Iñárritu; ANOMALISA, el regreso del hijo pródigo Charlie Kaufman, el mejor guionista de las últimas décadas y autor de la memorable e incomprendida, ya desde la perplejidad retórica del título, Sinécdoque, Nueva York


MARTA ÁLVAREZ

As mil e uma noites (Miguel Gomes, Portugal / Francia / Alemania / Suiza, 2015, 125’, 131’, 125’), cine político, vitamínico y euforizante.

El club (Pablo Larraín, Chile, 2015, 98’), la denuncia pasa por una rara intensidad, personajes fuertes, detestables, comprensibles.

El gran vuelo (Carolina Astudillo, España/Chile, 2014, 70’), film hermoso, militante y necesario, por reivindicar una figura del pasado y por llamar la atención acerca de todas las imágenes femeninas que nos faltan.

Invasión (Abner Benaïm, Panamá / Argentina, 2014, 94’), quienes vivieron la invasión de Panamá por los Estados Unidos nos muestran cómo apropiarse la historia haciéndola relato.

Ixcanul (Jairo Bustamante, Guatemala, 2015, 91’), tal vez los primeros planos más hermosos del año, una historia que debería ser anacrónica y es muy actual.
La mano que trina (María Cañas, España, 2015, 12’), pura pantalla y tecla, nos hace conscientes de lo locos que estamos ya todos, desenfrenada y divertida.
           
Les règles du jeu (Claudine Bories, Patrice Chagnard, Francia, 2014, 96’), lo difícil de aprender a venderse y no perderse en el camino.

Les revenants (Fabrice Gobert, Canal+, Francia, 2012-2015), todos nos preguntamos qué pasaría si volvieran también nuestros muertos y solo pensaran en comer.

Quintal (André Novais Oliveira, Brasil, 2015, 20’), absurdo, alegre y vital.

Sense 8 (Andy y Lana Wachowski, J. Michael Straczinsky, Netflix, USA, 2015), largo videoclip con mucho de adolescente, pero se agradece tanto traspaso de fronteras, espaciales, genéricas y más.


MANUEL ARIAS MALDONADO

Mi lista de lo mejor del año, razonada, sin orden de prelación:

MAD MAX FURY ROAD

Delirante y memorable tour de force, acaso un remake encubierto de "La diligencia" ambientado en un mundo menos postnuclear que infierno climático, Mad Max Fury Road hipnotiza desde el primer minuto hasta el último gracias a un ritmo endiablado, una mitología subyugante y una fisicidad interpretativa no exenta de mérito intelectual. Se diría ilustración de aquello de Spinoza: "Nadie sabe lo que puede un cuerpo".

SICARIO

Excelente y rigurosa indagación en los claroscuros legales de la lucha contra el
narcotráfico en Arizona y México, con un pulso para las escenas de acción que
remite al mejor Michael Mann y una valiosa idea narrativa como centro: el
aprendizaje negativo de una heroína que termina por rendirse ante el desafío que, conforme a los cánones, se había planteado.

THE ASSASSIN

Filigrana narrativa y estilización visual se alinean en la esperada incursión que
el maestro del cine de Taiwan hace en el género del wuxi, el cuento de samuráis
ambientado en el medievo chino. En este caso, se trata de una venganza no
consumada, el camino hacia la mayoría de edad moral de una asesina a sueldo por razones poco morales (el amor, claro). Economía en las escenas de acción,
contención y una capacidad inigualable para el encuadre.

VICIO PROPIO

Paul Thomas Anderson meets Thomas Pynchon: una adaptación imposible que sólo el mejor director del momento podía llevar a término con éxito. Tal como nos enseñó Gimferrer, de lo que se trata cuando se adapta un libro es de construir un producto fílmico autónomo y valioso, cosa que Anderson logra dando al aspecto romántico de la historia el peso necesario, haciendo un guiño a "Vértigo" y poblando todo el metraje de bizarros personajes californianos y un ritmo endiablado que no logra sacar de su inteligente sopor a Joachim Phoenix, formidable como suele.

INSIDE OUT

Milagro neoclásico de Pixar, con Pete Docter devolviendo a la compañía a la plena forma mediante una representación imaginativa (y razonablemente rigurosa) de la arquitectura de la personalidad a través de las emociones de una niña que afronta el final de su infancia. Visualmente exuberante, llena de grandes soluciones narrativas inesperadas, divertida y conmovedora.

FORCE MAJEURE

Formidable tratado sobre las disfunciones de una familia perfecta, esta haneckiana película sueca es también una amarga reflexión sobre dos tendencias psicosociales bien visibles en Escandinavia y aún pendientes de manifestarse con fuerza en la Europa continental: la emasculación del macho en el marco del dominio cultural del feminismo y la anulación del individuo dentro del colectivismo bienestarista.

AMY

La película de terror del año: un documental sobre la destrucción de una persona incapaz de controlar su éxito mundial y los efectos que éste produce sobre su ya frágil tejido familiar, proceso para cuya exhibición el director emplea las múltiples grabaciones domésticas realizadas por la propia Winehouse, logrando así un efecto perturbador en un espectador que reconoce las lógicas intrusivas de las que es cómplice -como ciudadano en la era digital y como voyeur cinematográfico

EL HIJO DE SAÚL

Originalísima propuesta de un joven director húngaro, ex-ayudante de dirección del severo Béla Tarr, consistente en un paseo por el infierno de Auschwitz pegado al cuerpo de un prisionero miembro de los Sonderkommando encargados de limpiar y preparar las cámaras de gas allá por octubre de 1945. Ante la llevada y traída imposibilidad de representar el Holocausto, aquí se afirma con fuerza lo contrario: el infierno es un pandemónium de rostros sudorosos, cuerpos enflaquecidos y sonidos fantasmáticos donde la única certeza es que uno ya está muerto. Nunca el cine fue tan lejos en su exploración del crimen nazi -aunque la película tiene ya sus detractores y ha provocado un vivo debate sobre el asunto.

MIA MADRE

Acercándose más que nunca a Rossellini, sin perder por ello su frescura
tragicómica, Moretti vuelve a la plena forma con este drama sobre la muerte de la madre basado en su experiencia reciente. Buscando y logrando un difícil equilibrio entre gravedad y comicidad, inmediatez y abstracción, el director italiano asume un papel secundario y deja que se luzca en toda su fragilidad Marguerita Buy, directora de cine social cuyo mundo personal se derrumba al mismo tiempo que su fe en el didactismo moralizante. Una película conmovedora a través de la sencillez, que cuenta con un estupendo John Turturro haciendo de algo parecido sí mismo.


JOSÉ ANGEL BARRUECO

Mis películas favoritas de 2015, a falta de ver Eden, Lobster, The Assassin o Leviathan (entre otras):

1-Mad Max: Fury Road (George Miller)
2-Puro vicio (Paul Thomas Anderson)
3-Nightcrawler (Dan Gilroy)
4-Lost River (Ryan Gosling)
5-Maps to the Stars (David Cronenberg)
6-Whiplash (Damien Chazelle)
7-Me and Earl and The Dying Girl (Alfonso Gómez-Rejón)
8-Spectre (Sam Mendes)
9-Birdman (Alejandro González Iñárritu)
10-American Sniper (Clint Eastwood)
11-Slow West (John Maclean)
12-Sicario (Denis Villaneuve)
13-El puente de los espías (Steven Spielberg)
14-Night Moves (Kelly Reichardt)
15-Star Wars. The Force Awakens (J. J. Abrams)
[Mención especial para Love (Gaspar Noé), que no se ha estrenado en España, y para Sueño de invierno (Nuri Bilge Ceylan), que es de 2014, pero yo he visto hace unos días]

Mis series favoritas de 2015:

-Fargo (1ª temporada)
-The Affair (2ª temporada)
-True Detective (2ª temporada)



NOEL CEBALLOS

PELÍCULA: Mad Max: Fury Road, de George Miller.
PELÍCULA ESPAÑOLA: Berserker, de Pablo Hernando.
ADAPTACIÓN LITERARIA: Inherent Vice, de Paul Thomas Anderson.
ANIMACIÓN: Song of the Sea, de Tomm Moore.
DOCUMENTAL: National Gallery, de Frederick Wiseman.
JOYA OCULTA: Avanti popolo, de Michael Wahrmann.
RESTAURACIÓN: El mundo sigue, de Fernando Fernán Gómez.
ACTOR: Ramón Barea en Negociador, de Borja Cobeaga.
ACTRIZ: Bel Powley en Diary of a Teenage Girl, de Marielle Heller.
SERIE DE TELEVISIÓN: Fargo (segunda temporada).

He intentado seleccionar películas estrenadas en salas comerciales españolas durante 2015, sin importar su año de producción (Avanti popolo, por ejemplo, es de 2012). Solo hay una excepción: pese a que Berserker se ha podido ver en un par de festivales, aún no ha tenido estreno comercial.



DAVID LEO GARCÍA

Langosta (Y. Lanthimos)
Leviatán(A. Zvyaginstev)
La academia de las musas (J. L. Guerin)
Qué difícil es ser dios (A. German)
Una paloma se posó en una rama a reflexionar sobre la existencia (R. Andersson)
Sils Maria (O. Assayas)
National Gallery (F. Wiseman)
The Assassin (H. Hsiao-Hsien)
45 años (A. Haigh)
Inside Out (P. Docter, R. del Carmen)



TXEMA MARTÍN

Mis 15 películas del año

1. Son of Saul (László Nemes) Nunca jamás una cámara ha llegado hasta lo más profundo de un campo de exterminio. Rodada con una tecnología asombrosa y obsoleta, es lo mejor que he visto en mucho tiempo.
2. Whiplash (Damien Chazelle) La mejor película jamás realizada sobre la percusión, y una de las que mejor muestra esa pasión enfermiza que suscita la música entre sus virtuosos. J.K. Simmons te deja sin palabras.
3. 45 Años (Andrew Haigh) Una película devastadora que emana sutileza, contención y cine por los cuatro costados.
4. The Tribe (Miroslav Slaboshpitsky) Vi esta película con un amigo. A los dos días nos llamamos por teléfono. Nos había pasado lo mismo: no podíamos quitárnosla de la cabeza. Violencia sin subtítulos ni banda sonora. Un mal rato fabuloso.
5. Amy (Asif Kapadia) La espeluznante historia de la autodestrucción televisada de uno de los últimos mitos musicales.
6. El Club (Pablo Larraín) "Y vio Dios que la luz era buena, y separó a la luz de las tinieblas". El Club trata sobre el lugar al que van a parar esas tinieblas.
7. It Follows (David Robert Mitchell) Un cuento de terror moderno, sofisticado y sexual ambientado en un Detroit sin adultos donde la paranoia sucumbe en la adolescencia mediante la penetración. La banda sonora de Disasterpeace es sencillamente brutal.
8. El puente de los espías (Steven Spielberg) La mejor película de Spielberg en décadas, también la que está construida con mayor meticulosidad. Los destellos argumentales de los Coen la hace aún más deslumbrante.
9. Foxcatcher (Bennett Miller) Narices postizas, músculo, fanatismo, más músculo y sordidez capitalista.
10. Langosta (Giorgos Lanthimos) “Los solteros bailamos solos, por eso sólo escuchamos música electrónica”.
11. Una paloma se sentó en una rama a reflexionar sobre su existencia (Dir. Roy Andersson) Esplendoroso final de la trilogía sobre el sentido de la vida.
12. The Nightmare Hacía tiempo que no sentía tanto miedo en el salón de mi casa que cuando vi este documental maldito sobre la parálisis de sueño.
13. Tangerine (Sean Baker) Indie genuino, sin pretensiones y sin tufillo a Sundance, uno de los grandes descubrimientos del año, una película buena rodada con tres iPhones, una delicia absolutamente trash.
14. Anomalisa (Charlie Kaufman, Duke Johnson) El guion más sencillo de Kaufman traza mediante stop-motion un universo tan divertido como deprimente.
15. Cloud of Sils Maria (Oliver Assayas) Una película inteligente, eminentemente teatrera y con un subtexto lúcido matizado por el morbo de contemplar un duelo entre Juliette Binoche y Kristen Stewart.



VICENTE MOLINA FOIX

1. El club
2. Puro vicio
3. Langosta
4. Los exiliados románticos
5. Corn Island
6. Leviatán
7. La novia
8. Spectre
9. Foxcatcher
10. Lejos de los hombres

Pondría entre los primeros puestos 'La academia de las musas' de JL Guerín, pero al haberse estrenado el 1/1/16 quizá fuera ilegítimo.
De las demás seleccionadas, aquellos que puedan sentir curiosidad por conocer mis argumentos apreciativos, disponen de comentarios de todas ellas en los Blogs de El Boomeran y Letras Libres, donde aparecieron originalmente, a falta del que aparecerá en febrero hablando de 'Langosta' y 'La novia'.


FRANÇOIS MONTI

Una de las mejores películas americanas de lo que va de siglo, el blockbuster para acabar con todos los blockbusters y el retorno de una maravilla taiwanesa (y no me refiero a la peli). Al fin y al cabo, 2015 ha sido un bueno año.

Si caben unos comentarios:

* Me encantó la de Alex Ross Perry, pero tampoco me disgustaron las dos pelis neoyorkinas de Noah Baumbach, While We’re Young y Mistress America.  
* La previa de Gomez-Rejon era una (mediocre) peli de horror y la de Amirpour también pertenece al género. Me resistí a incluir It Follows, pero no desmereció del todo.
* Otro biopic hubiese podido ser el Pasolini de Ferrara. Me decanté por la deslumbrante cinta de Bonello – sin estrenar en España, vaya vergüenza.
* No ha sido el año de los blockbusters. Mad Max aparte, Mission Impossible: Rogue Nation fue la única en cumplir su papel. Star Wars: TFA (pasé un rato agradable) ya pasa a otra categoría, sui generis. 
* Me emocioné mucho con un par de escenas de Still the Water de Naomi Kawase y aún más con la de Kore-Eda, Umimachi Diary (y eso que es una ‘menor’, dicen). Sin embargo, solo un asiático entra en mi lista. Hechizo visual, lo de Hou.
* Me reí mucho con What We Do in the Shadows. Podría haber sido la segunda de vampiros de la lista.

Sin orden… 

Listen Up Philip, Alex Ross Perry
Me and Earl and the Dying Girl, Alfonso Gomez-Rejon
A Girl Walks Home Alone at Night, Ana Lily Amirpour
Trois souvenirs de ma jeunesse, Arnaud Desplechin
Saint Laurent, Bertrand Bonello
Mad Max: Fury Road, George Miller
The Assassin, Hou Hisao Hsien
Inherent Vice, Paul Thomas Anderson
Inside Out, Peter Docter & Ronaldo Del Carmen
The Duke of Burgundy, Peter Strickland


JOSÉ RAMÓN ORTIZ

Reportando desde multisalas de 3D y 4DX, 2015 no fue 2014 pero tampoco estuvo tan mal. 
Comparando mi lista de 2014, creo que pocas de las películas que ahora anoto me parecieron tan buenas como las mejores del año anterior. Incluso es el caso de tres películas de entonces que vi hasta hace muy poco (Nightcrawler, Inherent Vice y Snowpiercer), que podría incluirlas hoy para elevar un poco la media de lo que vi y disfruté, pero no lo haré. Anoto únicamente las películas que se estrenaron en salas mexicanas durante 2015 y que considero las mejores porque poseen, en mayor o menor grado, estas tres cualidades: 1) una narratología que intenta o va más allá de la mera representación; 2) la innovación o puesta al día de una poética tradicional para el género al que se suscriben; y 3) la capacidad de capitalizar en su premisa o lugar común para sorprender a un espectador que ya no espera mucho y vive en el loop de la repetición. Los mismos valores los tomé en cuenta para elegir series de televisión, dándole mucha importancia a la obra de consumo masivo, como la comedia de televisión abierta o de cable (o de Netflix). 

Las pelis y series elegidas me parecen verdaderas joyas... de bisutería, pero imperdibles y, sobre todo, manifiestos cinematográficos que se oponen a las modas y a los villamelones.

CINE

15. The Man From U.N.C.L.E (Guy Ritchie)
14. Solace (Afonso Poyart)
13. Big Eyes (Tim Burton)
12. Yakuza Apocalypse (Takashi Miike)
11. Ex Machina (Alex Garland)
10. The Final Girls (Todd Strauss-Schulson) 
9. Dope (Rick Famuyiwa)
8. It Follows (David Robert Mitchell)
7. What We Do in The Shadows (Jemaine Clement, Taika Waititi)
6. Beasts of No Nation (Cary Joji-Fukunaga)
5. Kumiko, The Treasure Hunter (David Zellner)
4. American Ultra (Nima Nourizadeh) 
3. The Wolfpack (Crystall Moselle)
2. Mad Max: Fury Road (George Miller) 
1. Black Mass (Scott Cooper)

Mención especial del jurado: Star Wars: The Force Awakens (J.J. Abrams)

TV

10. Vikings, S. 3 (History Chanel)
9. The Flash, S. 1: 2014-2015 (The CW)
8. The Last Man on Earth (S. 1) (FOX)
7. Master on None (Netflix)
6. Wayward Pines (FOX)
5. Aquarius (NBC)
4. Jessica Jones (Netflix)
3. Mad Men, Final S. (AMC)
2. Ash Vs. Evil Dead (Starz)
1. Broad City, S. 2 (Comedy Central)


Mención especial del jurado: Unbreakable Kimmy Schmidt (Netflix)


martes, 5 de enero de 2016

EL OBJETO NO TIENE DESEO


Texto escrito en respuesta al cuestionario sobre el deseo propuesto por Rebeca Yanke para la sección de Sociedad del diario El Mundo.

Todo el mundo, tenga el crédito que tenga para pagar por ello, puede desear en la medida en que el deseo, en su apariencia, es gratuito. Pero es un espejismo creado por la cultura y por la educación y difundido urbi et orbi por las instituciones bancarias, entre otros estamentos interesados.
Desear es apetecer los objetos que la sociedad constituida y todos sus instrumentos de socialización nos han adiestrado en reconocer como deseables. Existe en el sujeto, por tanto, el oscuro deseo de un objeto antes de que el objeto de deseo, más o menos oscuro, salga a la luz de la conciencia y se haga realidad. El fetichismo, antes una excepción, es ahora, en el régimen libidinal generado por la vida capitalista, la norma del deseo. El deseo se desplaza de objeto en objeto, de superficie en superficie, sin encontrar una fijación definitiva. A eso algunos lo llaman consumo. Otros, neurosis. Otros aún, esquizofrenia. Como la pobre Alicia de Carroll en la tienda abarrotada de la oveja, la persecución del objeto luminoso que tomamos por deseado es incesante, ya que el objeto es fugitivo por definición, imposible poseerlo sin que se transforme en otra cosa.
Los deseos de los marginados o excluidos (palabra odiosa) se fabrican con la misma pasta que los de los integrados. Pienso en la cena navideña concelebrada por la alcaldesa Carmena para centenares de gente pobre y sin techo como ejemplo caricaturesco (de estar vivo, Berlanga haría una comedia socarrona con la puesta en escena de esta Nochebuena) de cómo se han estereotipado los deseos de todos.
La posesión real o solo imaginaria de los bienes deseados es lo que distingue a las nuevas clases sociales, no el deseo ilusorio o el sueño de posesión, que es transversal y actúa como aglutinador de la colectividad. La homogeneización del deseo se paga en una transmutación a la baja del deseo. De la primera persona del singular se está pasando a deseos colectivos (en primera, segunda o tercera persona del plural) estandarizados por el sistema para el consumo inmediato: todos deseamos los mismos cuerpos, las mismas ropas, los mismos coches, los mismos móviles, los mismos muebles, la misma vida decorativa, aunque creemos cada vez que los realizamos que esos deseos nos distinguen y diferencian, cuando es todo lo contrario en realidad.
Preguntarle al otro por sus deseos es un error inevitable. La expresión del deseo, vista así, es altamente problemática y entraña para el hablante un nivel de compromiso con la realidad demasiado explícito. Es preferible para el sujeto considerarlo de antemano imposible (de realizar o de enunciar) antes que nombrarlo de un modo demasiado nítido. En líneas generales, el deseo se prefiere diferido y, en este sentido, se compagina con el registro de la vaguedad y la indefinición o el estado de flotación molecular. De ahí la relevancia actual de los medios tecnológicos en la tarea de conferirle concreción, solidez o una condición tangible. Nunca se sabe mejor lo que se desea que cuando se lo ve plasmado en una pantalla.
Por otra parte, los eufemismos del deseo tanto como los del placer proliferan en una sociedad donde los deseos y las pasiones, como relación entre lo semejante y lo desemejante, solo se expresan obscenamente en la publicidad o en las ficciones del cine y la televisión mayoritarias, mientras en la experiencia cotidiana el pudor y la reserva nos impiden reconocer que sentimos por el cuerpo del otro lo mismo que por el jugoso chocolate o las galletas crujientes que devoramos a todas horas, o el último modelo de coche de marca que nos gustaría conducir de noche a la máxima velocidad por una autopista vacía.
El deseo de relajarse, de aliviar tensiones, de alcanzar la ataraxia, un estado espiritual de anulación del deseo, precisamente, es la respuesta al nivel de exigencia libidinal del capitalismo. El consumidor o el usuario saben hasta qué punto el capitalismo necesita de la hiperactividad del deseo para mantenerse y expandirse y buscan un territorio donde poder desconectarse por un tiempo. Ese territorio es un espacio gestionado por el propio capitalismo, donde se recargan las pilas del deseo de las personas que se han descargado en exceso durante el desempeño diario de su labor competitiva, productiva, relacional o consumidora.
Como intelectual hedonista, Foucault creía que el placer era la instancia decisiva, la que transfiguraba la abstracción del deseo en moneda de cambio para los cuerpos, mientras Deleuze, más romántico y naturalista, atribuía al deseo el poder de crear la realidad como un escenario en que sujeto y objeto pudieran acoplarse, incluso intercambiando posiciones durante el encuentro. Por su parte, Baudrillard, para alejarse del naturalismo y la impronta primitiva de la pulsión, lo focalizó todo en la estrategia de la seducción, creando una síntesis de deseo y placer sin la que parece imposible salir de los dilemas de uno y otro (placer sin deseo, deseo sin placer, auténticos males de la economía libidinal contemporánea). En los dominios del deseo, venía a decir Baudrillard, la seducción opera otorgando al objeto todo el peso y descargando al sujeto, que se limita a ser atraído fatalmente a la órbita del otro. El seductor es víctima de la estratagema del objeto y acaba sucumbiendo a ella, en un juego reversible pero agotador que anula la diferencia entre uno y otro papel.
Examinando el tráfico de las redes sociales y haciendo un rápido inventario de selfies testimoniales, se vuelve obvio que el sujeto y el objeto de deseo de nuestra época convergen: el yo hecho público y ubicuo por todos los medios disponibles. El narcisismo es el deseo del sujeto transfigurado en objeto de mirada para sí mismo y para los demás. La pesadilla que Baudrillard acaso no previó, extremando la lógica de la seducción, es que en un mundo compuesto íntegramente de objetos de seducción deja de existir el deseo. O no existe más que como subproducto narcisista, como deseo de sí en tanto objeto propio, posesión ególatra, ensimismamiento estéril. Donde no hay sujeto deseante no hay, por tanto, sujeto alguno. El criterio del deseo define, pese a todo, la gran diferencia entre el objeto y el sujeto y solo el segundo (el sujeto) se reconoce frente al otro (objetualizado o no) como voluntad de deseo.
Si el deseo ya no representa deseo de sí, deseo del deseo o deseo de desear, es cada vez más evidente que la fórmula cliché “el deseo no tiene objeto” ha sido sustituida en las relaciones y los contactos, respondiendo a las complejas circunstancias con un fácil juego retórico, por su contrario: el objeto no tiene deseo. O no desea otra cosa que ser deseado. O desearse sin contrapartida real.
Surge entonces, en este contexto, la posición ética de Bartleby, lo que llamaría la objeción de conciencia del deseo (“preferiría no desear”/“preferiría no ser deseado”), como alternativa radical a la agudizada problemática (objetiva y subjetiva) del deseo.
Delirar es, en efecto, desear un mundo distinto, un mundo diferente, reinventado o imaginado por el deseo en estado puro. El delirio no es tanto una evasión del mundo como un modo de abrirle puertas a otros mundos, de posibilitar a través del deseo, entendido como acto creativo, la generación de nuevas realidades, relaciones, afectos, sensaciones, etc.
Al delirio se lo mira con malos ojos, como una desviación o una excentricidad innecesaria, tanto desde la derecha, aferrada a una visión mezquina (neoliberal) de la realidad, como desde la izquierda, mortificada por la impotencia histórica de desear un mundo mejor sin saber con exactitud qué sería este.
El deseo es un productor de mundos, un creador de realidades, como quería Deleuze, un medio de emancipación respecto de valores y modelos de ser normativos, y, por tanto, reprimirlo a conciencia es negarle al mundo la posibilidad de ser de otro modo. Todos los que quieren el estado de cosas invitan a prescindir del deseo (y del delirio del deseo), o a hipotecarlo al catálogo de posibilidades que nos ofrece el hipermercado capitalista.
En cualquier caso, el deseo, como el erotismo y la sensualidad, con los que estaría emparentado, se conjuga a la perfección con el juego, el ritual, la ceremonia y la exuberancia y cualquier intento de racionalizarlo, de atribuirle seriedad y rigor, o de vincularlo a realidades limitadas, o a funciones naturales, fracasará estrepitosamente.
De ese modo, cuando dirijo a alguien “mis mejores deseos” para el año nuevo todo se vuelve mucho más ambiguo de lo que parece en una primera lectura. Y es que las palabras no solo no aciertan a decir lo que deseamos, por más que nos esforcemos, sino que tampoco llegan a desear lo que decimos.            

martes, 29 de diciembre de 2015

PSICOANÁLISIS DEL ISLAM


 [Slavoj Žižek, Islam y modernidad. Reflexiones blasfemas, Herder, trad.: María Tabuyo y Agustín López, 2015, págs. 81]

La resistencia al capitalismo mundial no debería basarse en tradiciones premodernas, en la defensa de sus formas de vida particulares, por la simple razón de que ese retorno a las tradiciones premodernas es imposible, dado que la globalización afecta ya a la forma de resistencia que se le opone: en efecto, aquellos que se oponen a la globalización en nombre de tradiciones amenazadas por ella lo hacen en una forma que es ya moderna, hablan ya el lenguaje de la modernidad.

-S. Žižek-

Los sanguinarios atentados yihadistas de París han planteado muchas interrogantes que, curiosamente, nadie afrontó con tanto rigor como el filósofo Slavoj Žižek tras los atentados de Charlie Hebdo con que debutaba este año cruento. Y es que no es el pensamiento analítico lo que más se propaga en estos tiempos de confusión interesada. La información y la opinión están en manos de periodistas que, con escasas excepciones, apenas si se salen del guion convencional elaborado por partidos políticos y mandatarios nacionales.
Las reflexiones de Žižek tienen, por tanto, ese doble valor radical. Enfrentarnos a lo que está pasando sin caer en vagas culpabilidades de socialdemócratas amedrentados ni en bravuconadas ultraderechistas. Hay razones más poderosas para leer este libro que el triste consuelo o la pura supervivencia.
Las derivas políticas mundiales han convertido a los ciudadanos del siglo XXI, occidentales o no, en carne de cañón del terrorismo globalizado. Puestos a desempeñar este papel ingrato en el escenario transnacional más nos vale escuchar a quienes al menos tratan de iluminar nuestra condición desde una perspectiva intransigente, partiendo de los acontecimientos más candentes hasta llegar a los fundamentos mismos de la religión mahometana.
Es cierto que el fundamentalismo islámico es un fenómeno postmoderno, es decir, una resistencia tan tradicional como mediática a los desafíos del neocapitalismo global y el despliegue inevitable de su nihilismo tecnológico y publicitario. Pero también es cierto, como señala Žižek, que la respuesta a tal reto histórico no puede encarnarla una ideología premoderna como la que moviliza al abyecto Daech. Este ejército desalmado, compuesto por una tropa abigarrada de delincuentes malhechores y adolescentes suicidas, fanáticos religiosos y jóvenes inmigrantes románticos, sostiene un programa cuyo ideal regresivo es la tabla rasa y la pretensión estratégica de erradicación absoluta de todo lo sucedido en la historia desde el siglo VII (desde la muerte de Mahoma exactamente).
El problema nuclear que Žižek dilucida en estos fanáticos militarizados es cómo, en sus tortuosas relaciones con la cultura occidental, el grado de violencia extremista resulta directamente proporcional a su envidia y resentimiento contra ella. Como si en su combate feroz contra el sistema democrático y los nuevos modos de vida en libertad subyaciera el miedo a dejarse seducir y a ser tentados por lo que de más atractivo ofrece el mundo occidental. El precedente de tal proceder lo percibe Žižek en el tratamiento paranoico a la mujer. Los encantos del cuerpo femenino son tan escandalosos y su misma presencia pública tan provocativa que las leyes islámicas se muestran inflexibles al prevenir que el varón creyente sucumba a la seducción pecaminosa de la mujer ("la mujer como tal es un escándalo ontológico, su exposición pública es una afrenta a Dios"). De ese modo, como en el caso iraní alegado por Žižek, una joven puede ser juzgada por el asesinato de uno de sus tres violadores, o culpada de incitar a su violación como atentado a la castidad, o, si estuviera casada, de adulterio. En suma, en el islam de todos los días la mujer es culpable salvo que se quede en casa o salga acompañada y debidamente velada...
En cualquier caso, el análisis sociopolítico del fenómeno del yihadismo solo sirve como vía de acceso inicial al pétreo corazón de la religión islámica. En la tercera parte del ensayo, Žižek aborda cuestiones coránicas de fondo y uno de los rasgos más polémicos de Mahoma, que ya acarreó la condena a muerte de Salman Rushdie en los ochenta, tras la publicación de los Versos satánicos, la novela que revelaba sobre la génesis del islam lo que wikileaks sobre los turbios manejos del gobierno americano y sus agencias de inteligencia subcontratada. Se diga lo que se diga, el papel paradójico de la mujer en el islam es traumático desde sus orígenes: el profeta dubitativo requería, según la leyenda, la confirmación de su esposa (Jadiya) para saber que sus revelaciones fundacionales no procedían del diablo sino de una fuente divina fiable.
En el certero diagnóstico de Žižek, la represión de la mujer representa un componente vital de la creencia musulmana y se vincula con su equívoca relación con la verdad y la mentira, de ahí la relevancia del velo engañoso que la (en)cubre para disimular su poder negativo de cuestionar los cimientos ontológicos de la fe revelada.

viernes, 18 de diciembre de 2015

MITOLOGÍAS DE LA GALAXIA AMERICANA




[El cine es un arte de pretensiones totalitarias: lo quiere todo. Todas las pantallas, todo el dinero, toda la atención, todos los espectadores. Star Wars, una saga espectacular que comencé a amar a los quince años y, pese al tiempo transcurrido y las mutaciones acaecidas desde entonces, aún me despierta gran entusiasmo y afecto, es una de las expresiones maximalistas más gráficas y gratificantes de la “voluntad de poder” del cine. Para explicar mi ambigua relación con Star Wars y, de paso, celebrar la aparición de mi libro ASÍ EN EL CINE COMO EN LA VIDA (donde se recogen mis escritos cinematográficos de la última década: desde Batman a Greenaway, desde Almodóvar a Blade Runner, desde King Kong a Buñuel, desde Resacón en las Vegas y Grindhouse, como exponentes de un cine carnavalesco, a Bergman y Antonioni; y además Cronenberg, Godard, Lynch, Fincher, De Palma, Miike, y más, mucho más aún), publico aquí este extenso artículo sobre la saga galáctica incluido en el libro. ¡Que la Fuerza nunca os abandone!...]


Totó, me parece que ya no estamos en Kansas.
-Judy Garland en El mago de Oz-

           
Las estrellas del sistema

En la historia universal, para saltar de La guerra de las Galias (el relato de la campaña militar de César del que George Lucas atesora un gastado ejemplar en la biblioteca de su rancho californiano) a La guerra de las galaxias, no contamos con ninguna secuencia análoga a la de 2001: Una odisea del espacio, donde un centurión romano, tras decapitar a un galo belicoso, arrojara al aire su espada de metal forjado y la viéramos ascender después en la pantalla, más allá de la estratosfera, hasta confundirse con una astronave gigantesca sorprendida en plena persecución espacial de una nave fugitiva de menor tamaño a la que asediaría con artillería láser hasta que se rindiera.
No existe esa prodigiosa secuencia de transición, desgraciadamente, por la sencilla razón de que ambas guerras, a pesar de sus notorias similitudes, pertenecen a universos distintos y su única relación conceptual se debe al ingenio del traductor de la primera entrega. Guillermo Cabrera Infante, aun siendo un detractor discreto de la gesta espacial lucasiana, brindó al espectador español la oportunidad de este guiño cultural de impredecibles consecuencias: entre otras, poner de relieve las conexiones de la epopeya galáctica con episodios bélicos (nacionales e internacionales) de la sanguinaria historia de este planeta.
No obstante, para todas las demás lenguas del mundo el título traducido de la película fue La guerra de las estrellas. Como se sabe, en Hollywood habitan casi tantas estrellas o aspirantes al estrellato como en la galaxia más poblada y hasta se ponen a la venta “mapas de estrellas” para que el visitante ocasional pueda localizar las mansiones de sus astros favoritos. Las guerras estelares dentro de La guerra de las galaxias no eran nada en comparación con las guerras por saber qué estrella iba a eclipsar a cuál en un sistema declinante como el de los años setenta.
Las espectaculares batallas sobre la popularidad de las estrellas de ese inestable firmamento no han cesado y basta consultar las últimas encuestas para descubrir con una punzada de disgusto el escaso aprecio público por algunas de las estrellas más visibles de la primera trilogía (Mark Hamill y Carrie Fisher). Para escándalo de muchos puristas, la singular “guerra de estrellas” encumbró como figuras de un nuevo panteón a dos androides (C3-PO y R2-D2) y a un cíborg maligno (Darth Vader), que estamparon su huella sideral en las baldosas de la fama de Hollywood Boulevard. Los griegos antiguos denominaban catasterismo a la conversión de cualquier héroe idolatrado en figura de una constelación celeste.
Desde entonces, como evidencia la industriosa producción de Lucas, la tecnología del sistema ha avanzado hasta parecerse a la antigua magia.

Más allá del arco iris

El universo inflacionario de los seis episodios de la saga galáctica se genera en dos películas bien distintas pero determinantes para su autor. No es posible ver la última sección de la odisea mental de Kubrick, ese segmento enigmático donde el astronauta se extravía en el espacio “más allá del infinito”, sin tomar en cuenta su conexión con la dimensión imaginaria elegida por Lucas para ambientar su fábula de regresión infinita. Por no hablar de la influencia capital de El mago de Oz en el espíritu de la serie: cuando el joven Luke Skywalker contempla ensimismado un fastuoso crepúsculo de dos soles soñando, a los melódicos acordes de John Williams, con una vida más excitante lejos del árido planeta donde se siente condenado a vivir una existencia rutinaria entre androides averiados y extractores de humedad, es imposible no acordarse de Dorothy (Judy Garland) cantando “Over the Rainbow” mientras miraba el cielo en blanco y negro de su tediosa Kansas natal con la misma desesperación metafísica.
Más allá de estas referencias cinéfilas, sin embargo, el final de la segunda película de Lucas, American Graffiti, explica perfectamente la nostalgia específica que alimenta la invención fabulosa del primer episodio: el final de la adolescencia y la guerra de Vietnam aparecen en el horizonte de toda una generación a la que sólo le resta hacerse adulta, abandonando uno tras otro los glamorosos sueños de juventud, o morir en Vietnam a la mayor gloria del imperio de la Coca-Cola.

Políticas galácticas

No es extraño, por tanto, que Lucas concibiera la película inicial como una alegoría sobre la desastrosa participación americana en la guerra de Vietnam. Como ha escrito Peter Biskind, La guerra de las galaxias enviaba “mensajes mezclados y, a veces, contradictorios, a la izquierda y a la derecha”. Parte del éxito incomparable de la saga a lo largo de las décadas se debe quizá a que todo el mundo puede interpretarla a su gusto y proyectar en cada uno de los bandos contendientes su preferencia ideológica personal.
Para unos, el Imperio representaría el imperialismo americano en su combate contra las fuerzas del Vietcong (el propio Lucas, como tantos otros miembros de su generación, y escritores tan distintos como Coover o Dick, consideraba al presidente Richard Nixon la perfecta encarnación del malvado Emperador), o las de Corea del Norte y Cuba o cualquier otro país amenazado por su expansionismo militar y comercial (por no hablar de la guerra del imperio Microsoft y los rebeldes partidarios del software libre); mientras para otros, el mal imperial sería cualquier ideología totalitaria o fanática (comunismo, nazi-fascismo, terrorismo y fundamentalismo islamistas, etc.) enfrentada abiertamente a la democracia liberal occidental. Incluso ahora, viendo imágenes televisivas de la guerra o la posguerra iraquíes, resulta difícil decidir si los marines norteamericanos que patrullan por las calles de Bagdad con su armamento sofisticado parecen soldados del Imperio o baluartes de la República. La duda ontológica es grande, pero el triunfo artístico y comercial de Lucas se acrecienta al proporcionarnos una alegoría tan ambigua como fascinante sobre la relatividad estratégica de nuestras posiciones beligerantes.
De todos modos, la lección política de la leyenda de las galaxias sobre la naturaleza del poder (como elemento compartido también con la tetralogía wagneriana y su reciclado romántico de mitologías germánicas de dudoso cuño) se concentra en declinar, a su manera lúdica, las amenazas y peligros generales que acechan a la democracia representativa como sistema de equilibrio inestable entre fuerzas en constante disputa. Este aspecto político se acentúa y refina en la segunda trilogía, donde las agitadas sesiones parlamentarias, la alianza de las insidiosas conspiraciones de los Siths y las presiones fiscales y presupuestarias de la Federación de Comercio o los debates orgánicos sobre la descomposición de la República se alternan con las peripecias aventureras de los protagonistas para preservar la precaria estabilidad del orden vigente en la galaxia. También el diseño neobarroco de los vestidos y el lujoso ornamento de los edificios emblemáticos del poder tienen un protagonismo estético intencionado en el esquema ideológico concebido por Lucas.
El contraste entre las dos trilogías es, en este sentido, revelador. En la primera, el componente libertario y contracultural de la aventura es dominante en la trama (incluso en el diseño y el vestuario de las fuerzas rebeldes, de filiación hippie) y proviene de las lecturas utópicas del Lucas de los sesenta (Carlos Castaneda y la filosofía psicodélica del gurú Don Juan, un modelo arquetípico para los caballeros Jedi). En la segunda, en cambio, mucho más ambiciosa y compleja, responde a las exigencias del tiempo contemporáneo y se dirige a espectadores de todas las edades que conviven en el mundo del desencanto globalizado y el capitalismo imperante, el papel de la intriga política y la conspiración se acentúa como motor de la acción y la reacción heroicas.


El umbral de la aventura

Se comenta a menudo la influencia del mitólogo norteamericano Joseph Campbell sobre las nociones épicas de Lucas. Pero se suele mencionar menos la influencia de Lord Raglan, su directo precursor, en la sopa mitológica del maestro Campbell y su avezado discípulo galáctico.
La biografía mítica del héroe prototípico, trazada por el inglés en su estudio comparativo sobre mitos, tradición y folclore, coincide en algunos acontecimientos sustanciales (salvados los datos menores de si su origen es regio o aristocrático, o si su madre era o no virgen en el momento de su concepción) con la trayectoria iniciática de los consanguíneos adversarios Luke y Anakin Skywalker: nacimiento en circunstancias inusuales, crianza encomendada a padres adoptivos en un país lejano, infancia anónima o desconocida, regreso del héroe en plena juventud al reino original para poner orden en la sucesión al trono, romance o matrimonio con una princesa, etc.
Más se aproxima todavía el canadiense Northrop Frye al diseño bifronte del héroe lucasiano, íntimamente escindido como algunos héroes trágicos entre las obligaciones del linaje y las limitaciones de la moral, cuando explica que “el héroe de la leyenda es análogo al Mesías o liberador mítico que viene de un mundo superior, y su enemigo es análogo a los poderes demoníacos de un mundo inferior”. No obstante, el optimismo antropológico de Lucas, su pertenencia a una cultura tan positiva y pragmática como la americana, le ha forzado a introducir variaciones importantes en estos modelos míticos de importación europea a fin de adaptarlos a su ingenua nostalgia por una aventura imposible en un espacio-tiempo impensable.
Al fin reunidos en un todo coherente, los seis episodios (y sus cuantiosas prolongaciones en la narrativa de los videojuegos) ofrecen una mitología tribal de múltiple uso para la clase media planetaria y, al mismo tiempo, entretenidas sesiones de psicoterapia colectiva para adultos perdidos en el “hiperespacio” contemporáneo, incapaces de conectar su inteligencia emocional al mundo tecnificado y consumista circundante sin pasar de nuevo por el parque temático de la infancia y la adolescencia perennes.
Por eso no hay duda de que la clave sentimental de la saga, desde el principio, es la nostalgia, como ya señalara Fredric Jameson acerca de la primera trilogía. Se trataría, en todo caso, de una nostalgia indefinible y anómala, sin anclaje real o histórico, excepto para la generación americana de Lucas que vería en ella la resurrección del cine que amó en la infancia y la adolescencia, mientras para los niños y jóvenes de generaciones posteriores supondría una añoranza similar a la que un lector de quince años podría experimentar todavía hoy leyendo por primera vez La isla del tesoro durante una pausa recreativa en su dieta diaria de videojuegos.

Hipermercado de mitos

Por muy degradada que pueda parecernos una obra de este tipo por su sumisión servil a los criterios del mercado, no hay duda de que su dimensión utópica innegable se ve reforzada por su plena concordancia con las expectativas de una mayoría absoluta de espectadores. Esta aceptación masiva, además de en una promoción imbatible, se fundaría en el exitoso reciclado de mitos fundacionales de la especie y otros arquetipos del inconsciente colectivo, a través de la alta tecnología del cine, en el crisol genérico de la space opera.
Esta eficaz remezcla de temas y mitemas procede, lo reconozca Lucas o no, de fuentes literarias tan diversas como la épica prehelénica, la tragedia griega, la historia romana, las sagas nórdicas, la materia artúrica, la dramaturgia de Shakespeare, el Frankenstein de Mary Shelley, la narrativa céltica o gótica de Dunsany, Machen y Lovecraft, la tetralogía del “Anillo del nibelungo” de Wagner, el western cinematográfico, las fantasías de espada y brujería de Howard, Lewis y Tolkien, la épica samurái de Akira Kurosawa, los seriales semanales de aventuras o los tebeos “pulp”. Esta combinación de referencias heteróclitas acierta a componer, finalmente, una suerte de simetría inversa en la trama heroica de las dos trilogías: en ambas, un protagonista inmaduro y predestinado (el aprendiz padawan) es adiestrado en el uso de la Fuerza (el talento singular, intuitivo y disciplinado) por un maestro mágico cuyas pretensiones son las de que el diestro discípulo, convertido en virtuoso caballero Jedi, acabe imponiendo el imperio de la paz perpetua en la galaxia.
La mayor diferencia simbólica entre las dos partes reside, sin embargo, en que en la primera, la trilogía del hijo (Luke Skywalker), la tarea del héroe se orienta, de la mano de Obi-Wan Kenobi y Yoda, hacia los inmateriales afectos de la luz y la lucidez y vigorosa vitalidad de la Fuerza (como en el undécimo arcano del Tarot); mientras que en la segunda, la trilogía del padre (Anakin Skywalker/Darth Vader), la progresión se pervierte, por influencia del insidioso instructor Darth Sidious, descarriándose hacia la materia oscura del universo, la inercia entrópica y el opaco espesor de la muerte (esa zona “más allá del cero” donde se adentra también El arco iris de gravedad, novela suprema del gurú postmoderno Thomas Pynchon, otro referente fundamental para Lucas y su atribulada generación de náufragos interestelares).
Así, el antagonismo elemental de la luz y la oscuridad se resuelve en el hermoso combate con espadas láser al final de El retorno del Jedi, momento cenital de la primera trilogía, donde la energía envilecida o maligna del padre es doblegada por la energía redentora del hijo en una versión simplificada de la rivalidad edípica, de una parte, y, de otra, de la misteriosa relación paterno-filial del mito cristiano, incluidas sus variantes gnósticas más rebuscadas (el combate cósmico de la luz y la oscuridad como núcleo germinal de su credo herético). Pero ese duelo lumínico da lugar, sobre todo, a una reescritura profana y espectacular de los postulados cabalísticos y místicos del Génesis o la filosofía alquímica: “La luz, en sí misma sin forma, da forma, y por consiguiente significado, a lo que emerge de la oscuridad, del abismo informe”.



Una industria de luz y magia

En suma, el ciclo integral de Star Wars remite a la intensidad de la iluminación como metáfora figurativa y a las fabulaciones espectrales de la luz como mitología visual intrínseca al cine y elemento primordial de su deslumbrante poder de formación y transformación del espectador. Mitos y hechizos generados por la más alta potencia mágica del artilugio cinematográfico que nos hablarían todavía del secreto poder de su convocatoria universal.
No conozco, en este sentido, mejor descripción del impacto de la saga galáctica en la actitud de su espectador novicio que la proporcionada por La fortaleza de la soledad, la brillante novela de Jonathan Lethem, donde se narra la conmoción vital causada por sus primeras proyecciones en todos nosotros, los más jóvenes espectadores de la época. El atónito protagonista, tras ver cuatro veces el episodio inaugural en un cine neoyorquino durante el verano de 1977, se sentía “convertido en un enanito cada vez más asombrado a medida que los fotogramas latían en sus ojos, anticipando ciertas frases, recordando ciertos gestos de los actores, la posibilidad de elevarse e interceptar la luz a mitad de camino, de ser un proyector humano responsable en secreto de la existencia de las imágenes”.
En eso consistiría, definitivamente, el “efecto especial” de la Fuerza sobre la conciencia del espectador: las maquinaciones estelares de la luz y la tecnología trasmutan sus deseos y fantasías en imágenes imborrables.

viernes, 11 de diciembre de 2015

EL KÁRMICO INQUILINO


[Stanley Elkin, El condominio, La Fuga ediciones, trad.: Montse Meneses Vilar, 2015, págs. 158]

Un lugar donde vivir, donde estar. ¿De qué vórtice de la historia salió esa noción de segunda piel? ¿De qué íncipit, de qué gen fundamental de la desnudez vino, fatigada como un pulmón, insistente como las secuencias lógicas de un latido del corazón, los silogismos del cuerpo, esta exigencia de cáscara, tegumento y piel?[...]¿De qué espantoso trauma de exclusión surgió esta necesidad, qué vil expulsión de qué cueva en qué racha increíble de tiempo de perros?...

Sabía perfectamente que las cosas perdían valor. Comprendía –o mejor dicho, comprendía que no había manera de comprender- que el valor de las cosas estaba sujeto a fluctuaciones disparatadas. Era como si en el interior de las cosas residiera un espíritu que se agitaba, que daba vueltas, y como si éstas tuvieran una salud precaria, irregular, variable como el pulso, la temperatura y la composición química. El mercado subía y bajaba. La retórica hacía vanos intentos por explicar lo inexplicable, pero sus argumentos eran siempre tan estrambóticos como aquellos que defendían la química, tan complejos como las teorías para explicar un asesinato. Las leyes que regulaban el valor de las cosas eran tan inescrutables, y por último indemostrables, como la existencia de vida en otros planetas.

-S. Elkin, El condominio, pp. 17-18 y 55-

La narrativa norteamericana del siglo XX guarda incontables tesoros aún no traducidos al español. La obra de Stanley Elkin, escritor judío de Brooklyn, es uno de los más preciosos. La editorial debería haber aprovechado esta ocasión para publicar no solo esta novela espléndida, de autonomía artística incuestionable, sino las otras dos que la precedían en el libro de 1973 titulado, con ironía polisémica, Searches & Seizures, una trilogía magistral que funciona como un sumario de los múltiples talentos literarios de Elkin. [PS: Me confirma el editor de la Fuga su intención de publicar otra pieza del conjunto, quizá la muy grotesca y rabelesiana The Making of Ashenden.]
En efecto, “Búsquedas & Capturas”, entendiendo la traducción del título en un sentido puramente estético, es una ingeniosa divisa para el proyecto de un escritor que necesita poner en palabras un mundo de historias y personajes que se estaba transformando a velocidad de vértigo delante de los ojos de cualquier testigo mejor o peor informado, no digamos de un novelista superdotado. Pero Elkin nunca fue un moralista superior, ni un desdeñoso observador del entorno, sino el practicante paradójico de una picaresca postmoderna, tan descarnada como hilarante, un visionario cómplice que sabía elegir los personajes sintomáticos y las voces singulares con que hacer creíbles y seductoras las bromas pesadas que gastaba a una realidad inestable y desafiante.
Como sus contemporáneos Gaddis o Barthelme, Elkin poseía un oído privilegiado para la lengua coloquial americana: esa inefable combinación de jerga de negocios y retórica de vendedor (o dicción de político electo) aplicada a los registros íntimos más apasionados, la expresión de la vulgaridad o la cursilería y el realismo banal de la próspera sociedad estadounidense de la segunda mitad del siglo XX. Elkin era un ventrílocuo virtuoso capaz de imitar voces narrativas convincentes al tiempo que extraía de la experiencia de sus personajes notas grotescas de humor negro o fina ironía de la vida.
Convendría tener en cuenta que Elkin es un escritor cuyas novelas y narraciones fueron elogiadas por influyentes colegas como William Gass (ver foto), John Gardner o Robert Coover, su hermano de sangre en la cáustica comicidad de las situaciones y el satírico sentido del absurdo social así como en la atención microscópica a las miserias y abyecciones sin cuento de la vida cotidiana. En este sentido, El condominio no ha perdido vigencia en una época donde el ideal del bienestar y la calidad de vida asociado al sector inmobiliario sigue siendo un factor decisivo en la dinámica económica, social y cultural de los países desarrollados.
Marshall Preminger, ex conferenciante de éxito y perpetuo estudiante de doctorado a sus 37 virginales años, recibe la noticia de la muerte repentina de su padre cincuentón y viaja a Chicago para asistir al entierro. Estando allí, se hace cargo como heredero del lujoso apartamento adquirido por el Preminger sénior unos años atrás y ubicado en un inmenso complejo residencial de tres torres de apartamentos habitadas por casi un millar de judíos mayores que él. Las desventuras de Preminger en la estricta comunidad de vecinos se confunden con el modo en que la convulsa vida de su padre en el gueto racial, paso a paso, acaba imponiéndose sobre la suya propia, tan desleída, como una peligrosa maldición, mientras redacta en sus ratos perdidos una conferencia última sobre la habitación humana del espacio (ver epígrafes).
En un arrebato de lucidez incompatible con la supervivencia, Preminger se descubre un ser excluido de todo lo que le atrae en la vida: la riqueza, la clase, la educación superior, las mujeres elegantes, el amor, cualquier forma de felicidad y, al final, el apartamento exclusivo que había transformado a su progenitor en un vividor agónico a tono con los tiempos. 

martes, 1 de diciembre de 2015

ALICIA DUPLICADA


[Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, Nórdica, págs. 173]

Cuando la literatura alcanza tal grado de popularidad, se confunde con el folclore, difumina la importancia del autor y se exalta hasta las dimensiones del mito. Así pasó hace ahora ciento cincuenta años con “Alicia en el país de las Maravillas” y seis años después con la segunda parte de sus aventuras, “Alicia a través del espejo”, superior en invención e ingenio.
Todo había comenzado por la obsesión con las palabras y las niñas de un modesto clérigo tartamudo y profesor de matemáticas, muy aficionado a la fotografía, la lógica y sus múltiples juegos con el sentido, llamado Charles Lutwidge Dodgson. El cuatro de julio de 1862, el reverendo Dodgson organizó un picnic en la ribera del río Isis para las tres hijas del rector del colegio donde daba clases. Una parte de la excursión la hicieron en un bote y durante esa navegación, como se evoca en los versos de la introducción, Dodgson improvisaría un cuento para entretener a las niñas curiosas. 
La segunda en edad, Alice Liddell, una niña encantadora de diez años capaz de inspirar todos los sueños, delirios y juegos imaginables en la mente fantasiosa del soltero Dodgson, le exigió que el cuento estuviera sembrado de disparates y no tuviera ningún sentido. Viendo el resultado, se entiende que Dodgson, con la complicidad de su “amiguita”, le quiso gastar una broma descomunal a la noción de verdad aristotélica.
La tarde mágica donde germinó la idea de la primera “Alicia” es evocada como dorada y apacible mientras en la realidad, según la meteorología, fue un día frío y lluvioso. La ficción imaginativa tiene ese poder increíble para borrar los signos mezquinos de la realidad y sustituirlos por una exuberancia figurativa que es más acorde con el deseo de irrealidad de los lectores. Tres años después de la experiencia, con el seudónimo Lewis Carroll para protegerse de los posibles ataques, se publicaría con gran éxito una de las narraciones más influyentes de la historia moderna de la literatura.
Desde su publicación en 1865, los libros de Carroll sobre Alicia fueron admirados por las mentes más inteligentes y los aventureros más intrépidos del espíritu, con Joyce, Nabokov, Queneau, Pynchon, Barthelme, Coover, Carter, Ríos y Cabrera Infante como cultivadores de lujo de ese jardín de invenciones verbales prodigiosas y humor libérrimo. El ruso, por cierto, tradujo esta “Alicia” a su lengua nativa con tanto amor que acabó escribiendo la magistral “Lolita” para contar la historia de ese amor excepcional, que es el amor del lenguaje, de los juegos del lenguaje, de las lenguas extranjeras como espejos mutuos y de las niñas maravillosas que inspiran todos los sueños, los delirios y los juegos de la mente.
Son incontables, desde el principio, las adaptaciones teatrales, televisivas y cinematográficas de las Alicias, así como las referencias a los mundos de Carroll en relatos, novelas y poemas, ilustraciones y obras plásticas durante el último siglo y medio. Una canción rock, incluso, reconvertida en himno de la contracultura lisérgica (“White Rabbit”), celebra una de las escenas más famosas de la primera Alicia, la de la oruga azul fumando narguile encima de una seta. Y además: fastuosas óperas de Bob Wilson y versiones musicales de David Del Tredici, influyentes libros de filosofía (el más notorio: la Lógica del sentido de Gilles Deleuze), una película porno-musical en los setenta y un fabuloso cómic erótico de Alan Moore y Melinda Gebbie (Lost Girls), videojuegos y hasta una app de Alicia digitalmente remasterizada para Ipad como un dibujo animado con texto. Es, de hecho, el ciclo narrativo preferido de la postmodernidad, como dice Brian McHale, y el precursor de la estética literaria más creativa y exigente del nuevo siglo.
¿Cómo es posible, se preguntará el lector incrédulo, que un libro infantil cause tal entusiasmo en científicos insignes y élites intelectuales? No es fácil de explicar, desde luego, pero en la literatura de Carroll se conjugan tantos factores excepcionales que se pueden arriesgar diversas hipótesis verificables sobre el poder de fascinación infinita de una obra original como esta.
Con empática agudeza, Carroll acertó a captar la genuina visión de la realidad de la infancia a través de los ojos de una niña extraordinaria que miraba el mundo con una mezcla de lúdico desparpajo, travieso humor y desnuda incredulidad. Desde el principio, Alicia se enfrenta a una realidad desprovista de sentido, regida por absurdas reglas y comportamientos incomprensibles, y a la necesidad de someterse a mutaciones constantes de tamaño con tal de encajar en ese mundo enigmático donde nada es lo que parece, todo cambia a su vez todo el tiempo y los estrambóticos personajes que conoce le confirman el tremendo despropósito de la vida humana entendida en su sentido social.
Como dijo Martin Gardner, uno de sus mejores conocedores: “el último grado de la metáfora contenido en los libros de “Alicia” es que la vida, observada racionalmente y sin ilusión, parece un disparate contado por un matemático idiota”. 

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[Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas/A través del espejo, Cátedra, 2015, págs. 374]
           

“Es cierto, están jugando una gigantesca partida de ajedrez y el mundo entero es un tablero de ajedrez. Bueno, suponiendo que esto sea el mundo”.

-Lewis Carroll-


Los centenarios se acumulan y los fans no damos abasto a tanta celebración. Pero dos coinciden felizmente. El cuarto centenario de la Segunda parte del “Quijote” y los 150 años del primer libro de “Alicia” de Carroll, las célebres “Aventuras en el País de las Maravillas”. Podríamos considerar las dos “Alicias” con la misma relevancia en la literatura infantil y juvenil con que en la literatura llamada para adultos ponderamos “El Quijote”. Un estudio de Carroll a través del prisma cervantino tampoco sería impensable. Como el “Quijote” de 1615 refleja en un espejo deformante (la imprenta) el de 1605, así mismo la “Alicia” de 1871 (titulada “A través del espejo”) tiende un espejo siniestro a la de 1865, trastornándola en sus fundamentos.
Es una excelente iniciativa, por tanto, reeditar con esta excusa el volumen que recoge las versiones (obra de Ramón Buckley) que más se han esforzado en la ardua tarea de adaptar creativamente las dos “Alicias” al español. Por si fuera poco, la edición viene acompañada de una rigurosa introducción a cargo del difunto Catedrático de Lógica Manuel Garrido, donde se abordan de manera exhaustiva las cuestiones literarias y biográficas relacionadas con ambas obras, así como también la problemática lingüística, lógica o matemática que confiere a la creación carrolliana ese aura de enigma intelectual o jeroglífico demente que tanto ha fascinado a los cerebros más despiertos (literarios o científicos) desde su aparición.
Carroll declaró que sus libros no tenían intención didáctica y, sin embargo, las dos “Alicias”, consideradas como un díptico narrativo con idéntico protagonista, fueron concebidas para servir de guía a la niña curiosa e inquieta en su entrada en el mundo adulto. De ese modo, Carroll asienta las bases de una literatura que puede ser leída en la infancia como fantasía liberadora de la prisión mental de la realidad, conforme a las peculiaridades psicológicas y culturales de esa edad, y recuperada con pleno sentido crítico en la madurez, cuando los poderes imaginativos se hayan debilitado al extremo, como medio de transmisión a los niños y a las niñas, sobre todo, de una visión subversiva de la vida.
El “País de las Maravillas” es un mundo insoportable para Alicia por su carencia de lógica, un mundo literalmente irracional, una realidad producto de la sinrazón, los errores y falacias del lenguaje ordinario y las opiniones comunes; mientras el “Mundo del Espejo” es un mundo igualmente insoportable, pero por todo lo contrario, por el exceso de cordura, el rigor moral y la literalidad aplastante de la lógica y la razón.
Uno de los portavoces más elocuentes del mundo supuestamente maravilloso es el inefable Gato de Cheshire, cuya sonrisa de dibujo animado sigue flotando en el aire una vez ha desaparecido su cuerpo como una burla de la naturaleza a las pretensiones del saber y cuya convicción es un signo irónico de realismo: “Aquí estamos todos locos”. En el orbe especular, en cambio, el amo y señor de las palabras es un huevo gigante de nombre folclórico (Humpty Dumpty) que enseña a Alicia la arbitrariedad de las reglas que rigen la conducta y el lenguaje.
Alicia escapa de ambos mundos oníricos mediante un gesto de rebeldía o de rechazo hacia las matriarcas regias que la hostigan todo el tiempo. En un caso, enfrentándose y venciendo a las cartas de la baraja comandadas por la Reina despótica que pretende decapitar a todo el que se opone a su poder irracional; en el otro, despertando del sueño transformada en una Reina interior, esto es, en una mujer plenamente consciente de su poderío individual frente a las entelequias simbólicas del poder real y la locura de la racionalidad extrema.

viernes, 20 de noviembre de 2015

APOCALIPSIS YINN: LITERATURA CONTRA FANATISMO


[Salman Rushdie, Dos años, ocho meses y veintiocho noches, trad.: Javier Calvo, Seix Barral, 2015, págs. 396]

Infunde el miedo –le había dicho Al-Ghazali-. El miedo es lo único que lleva a los pecadores hacia Dios. El miedo es una parte de Dios, en el sentido de que es la respuesta apropiada de esa débil criatura que es el hombre al poder infinito y la capacidad punitiva del Todopoderoso. Se puede decir el miedo es el eco de Dios, y que siempre que se oye ese eco los hombres caen de rodillas e imploran piedad. En ciertas partes de la Tierra todavía temen a Dios. Tú no pierdas el tiempo con esas regiones. Ve adonde el orgullo del hombre está inflado, allí donde el hombre se cree a sí mismo un dios, arrasa sus arsenales y sus antros de perdición, sus templos a la tecnología, el conocimiento y la riqueza…

-S. Rushdie, Dos años, pp. 179-180-

Salman Rushdie es uno de los más brillantes novelistas actuales. La escritura de esta ambiciosa novela, la mejor desde los Versos satánicos, inscribe en su fascinante despliegue una parte significativa de las secuelas de haber escrito su novela más famosa.
En su libro anterior (Joseph Anton), Rushdie expuso cómo se había modificado el sentido de la historia, en apenas dos décadas, pasando de una narrativa trasnochada (la “guerra fría”) a otro relato dialéctico mucho más importante: la lucha de la libertad, los derechos humanos y la democracia contra el fanatismo religioso.
Con esta idea en mente, Rushdie, novelista de compromiso global, organiza su narración desde un futuro milenario donde el triunfo improbable de la razón sobre la sinrazón, el amor sobre el odio y la tolerancia sobre la intolerancia se habría convertido en una realidad incontestable en el mundo.
El cronista anónimo que se esfuerza en narrar la última batalla de la humanidad por extirpar su parte oscura, con la ayuda sobrehumana de los juguetones yinn, e imponer el orden luminoso de una nueva era (gobernada “por la razón, la tolerancia, la magnanimidad, el conocimiento y la contención”), concluye su relato con una nota de amarga ironía. El mundo de la reconciliación por venir es un mundo donde el sueño, ese sueño que produce monstruos y pesadillas, como se exhiben en el libro, pero también maravillas, habría sido abolido para siempre. Para purgar el mal congénito, bromea Rushdie, los humanos dejarán de soñar y renunciarán a quimeras e ilusiones peligrosas.
Para un novelista fantástico como Rushdie, encuadrado dentro de lo que denominaría un “realismo mágico” transnacional, ya que utiliza mitologías orientales para describir el turbulento presente occidental, esta renuncia al poder creativo de la imaginación podría parecer un desenlace castrador. Pero el célebre grabado de Goya “El sueño de la razón”, antepuesto al comienzo del libro como advertencia, previene al lector de que la última palabra no la tiene el resignado narrador futuro sino el polémico autor real.
Tras desatar el apocalipsis carnavalesco de la ficción sobre el mundo mediante una guerra desastrosa entre el reino superior de los Ifrits (esos genios malignos de la tradición arábiga preislámica plasmada en los relatos de las Mil y una noches, el modelo dominante de toda la literatura de Rushdie) y el reino inferior y decadente de los humanos, Rushdie da una suprema lección de arte narrativo al demostrar que la gran victoria de la cultura sobre el integrismo creyente es siempre simbólica. Un ideal de la historia colectiva, como la lucha interminable por la libertad en la exégesis hegeliana.
No es arbitrario, pues, que la novela comience en Lucena, en el siglo XII, teniendo como protagonista de excepción al escéptico filósofo andalusí Ibn Rushd (Averroes), adoptado como nombre familiar por el padre de Rushdie. Sus relaciones maritales con una yinnia egregia (Dunia), con la que engendra un linaje multitudinario de criaturas libres (la “tribu de la Duniazada”), y sus disputas intelectuales con el teólogo dogmático Al-Ghazali (paradigma místico del yihadismo islamista) se entrelazan como hilos recurrentes de la vasta narración a través de los siglos. La pugna entre absolutismo y tolerancia se constituye como metarrelato histórico en esa prodigiosa síntesis de Oriente y Occidente representada por Al Ándalus, modelo multicultural de la utopía del futuro.
Como novelista con sensibilidad contemporánea, en los episodios más fantásticos Rushdie recurre con fruición estética a la cultura de masas global (películas y cómics de superhéroes, videojuegos bélicos o mitológicos, los Cazafantasmas, pirotécnicas películas chinas sobre guerras celestiales, mangas y animes, etc.) para proporcionar una alucinante dosis de efectos visuales a esta epopeya novelesca sobre el designio humano de la vida en la tierra.

Post-Scriptum: Después de (re)leer esta grandiosa novela, espero que nadie inteligente se atreva a sostener el infundio de que, con independencia de otras causas contingentes o coyunturales, el problema esencial del terror yihadista (defendido en la ficción por el filósofo Al-Ghazali, ver cita más arriba) no se origina en el modo en que, desde el comienzo de su andadura (como ya mostraba sin protocolos Versos satánicos, de ahí la fatua y el escándalo), el islam se ha planteado su creencia fundamentalista en Dios y su desprecio nihilista a la vida humana.