domingo, 28 de febrero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (10)



JOSÉ MARTÍNEZ ROS


NOTODO.COM


Providence es una ciudad de la costa este de Estados Unidos. Providence es el lugar de nacimiento del célebre escritor de relatos de terror Howard Philips Lovercraft. Providence es el título de la última novela de Juan Francisco Ferré, finalista del premio Anagrama 2009 y, sin duda, una de las experiencias intelectuales (y emocionales) más impactantes que ha producido en los últimos tiempos la, en general torpe y alicorta, narrativa española. Nos hallamos ante una obra que rompe radicalmente con todas las expectativas acerca de lo que podíamos esperar de una novela de este país; si hay que buscar sus antecedentes, nos deberíamos referir a autores como Thomas Pynchon o el llorado David Foster Wallace o, como máximo, a uno de los grandes excéntricos de nuestra literatura, el Julián Ríos de Larva.

La trama de Providence está compuesta por un sinfín de muñecas rusas cuyas sucesivas revelaciones –sectas, videojuegos, conspiraciones, violencia y sexo salvaje- giran en torno a una tétrica ciudad donde el presente hipertecnológico ocultan miedos y taras que hunden sus raíces en un pasado oscuro y no demasiado bien enterrado. Asímismo, es un magnífico estudio sobre el miedo contemporáneo post 11-S, donde el terrorismo se combate a través de la manipulación de las masas por centros de poder cada vez más lejanos y misteriosos. Aunque no carece de defectos –sobre todo un inicio titubeante y carente de ritmo: hasta que el protagonista, Alex Franco, un director de cine semifracasado, llega a la Providence del título, la novela no alza el vuelo, pero a partir de ese instante no deja de crecer, hasta un final para el que el adjetivo “apocalíptico” se queda corto-, no se la pierdan. Este finalista supera de largo a casi todos los ganadores.



DANIEL ENTRIALGO


ESQUIRE


A pesar del evidente homenaje al maestro del terror –H. P. Lovecraft- en título y cubierta, esta inquietante historia, Finalista del Herralde de Novela, no gira en torno al creador de los Mitos de Cthulhu. Un director de cine underground recibe el encargo de rodar un guión de título imaginativo: Providence. Con cierto regusto a David Lynch, Ferré construye una inquietante ficción que une el Festival de Cine de Cannes, las discos de Marrakech o el paisaje americano más gótico.

domingo, 14 de febrero de 2010

UN APOCALIPSIS MADE IN SPAIN


No es menos irritante quien arruga la nariz ante la sola mención del concepto cine español. Porque, en efecto, el cine español es caspa, boina y Guerra Civil, pero, también, la Última Cena de “Viridiana”, el sexpresionismo pop de Jesús Franco, los caos ordenados de Berlanga, la jamona suspendida de “Bilbao”, el Perforator musculoso de “Diferente”, Santiago Segura, Álex Angulo y Armando de Razza colgados del rótulo Schweppes, “Mamá es boba”, “Fotos”, las trapisondas del Torete, la cámara vampiro de “Arrebato” y tantas cosas que han contribuido a abrir nuevas ventanas al asombro en el corazón de nuestro entrecejo.


Jordi Costa, Monstruos Modernos


A Iván Zulueta y a Francisco Regueiro


¿Puede una novela gráfica[i] convertirse en un agudo análisis de la historia reciente y el estado de cosas del cine español? ¿Puede un retrato hostil pero cómico de un cineasta de éxito diagnosticar la patología que aqueja no sólo al cine sino, en general, a la cultura española? Y, sobre todo, ¿es esta hilarante acumulación de denuestos y descalificaciones contra Amenábar una paradójica forma de encumbramiento de su figura? ¿O es que no había otro modo crítico más eficaz de “denunciar” el supuesto daño que Amenábar le ha hecho al cine español?


Mis problemas con Mis problemas con Amenábar comienzan desde el momento mismo en que, mientras lo leo, no ceso de interrogarme, entre risas estentóreas y pellizcos de incredulidad, sobre el efecto final de este lúdico artefacto explosivo en su declarado objeto de mofa. La historieta, narrada con truculento sentido del humor y (auto)ironía, una tenue dosis de metaficción didáctica y descacharrantes viñetas coloristas, es el relato genealógico de los desencuentros en festivales y preestrenos del doble grotesco del escritor y crítico de cine Jordi Costa (Mostrenco) con la personalidad y el cine triunfales de Amenábar.


Haciendo un chiste fácil con algunos títulos de éste podría decirse que la “tesis” del libro pretende abrir los ojos de “los otros”, los espectadores multitudinarios que han consagrado a Amenábar como gran genio del cine español, a la inanidad rampante de sus propuestas creativas. Y, para adornar la caricatura con un toque sensacionalista, descubrirles su personalidad fría, calculadora e inhumana, más propia de un psicópata o un alienígena invasor que de un reputado cineasta, según se muestra en la delirante pesadilla en que Mostrenco cae en las garras del indeseable genio del mal, que no duda en “deshuesarlo” con una cuchilla de afeitar, meterlo en una maleta y mandarlo en ese estado gelatinoso a sus aterrados padres.


Como se ve en este ejemplo, el jugoso anecdotario del crítico Mostrenco con su bestia negra cinematográfica se contamina con los presupuestos peliculeros del director a fin de mostrar que su acción magnetizadora se ejerce, como en una de sus confusas tramas, desde el subconsciente, dominando la deriva de los sueños de los espectadores y abduciendo también las mentes de productores y críticos, que caerían rendidos bajo su influencia nociva.


Sin embargo, la “tesis” militante de Mostrenco contra su archienemigo, inspirada en Jesús Franco[ii], sólo se expone momentos antes de que el publicitado estreno de la insufrible Ágora alejandrina desencadene el diluvio definitivo o el apocalipsis del cine español del que este libro se erige en profecía visionaria y crónica costumbrista al mismo tiempo. El cine español, para huir de los modelos principales que lastraban su creatividad (el “aburrido” cine de autor a la europea y el reprimido cine de Hollywood), debía proporcionar, sobre todo, placer y alegría dionisíaca a sus espectadores. Y así lo entendieron los primeros productos renovadores de tal combinación de goce cinematográfico y tirón popular (Pedro Almodóvar y Álex de la Iglesia) hasta que apareció Amenábar e impuso en el cine peninsular un simulacro narrativo último modelo, relamido y anodino, que encandiló a las masas por su formidable vacuidad y mimetismo americano.


Mi único problema con esta provocativa “tesis” es que si Amenábar fuera en efecto, como señala el prólogo, “una creación colectiva orientada a impulsar y mantener un determinado status quo”, habría que plantearse si la mercancía de marca Amenábar no estaría ofreciendo, en el fondo, una solución cinematográfica a los problemas de un espectador que no “se reconoce” en las producciones españolas porque no “reconoce” en ellas la imagen que tiene de sí mismo o de su país (o sólo “reconoce” una imagen ingrata), y prefiere consumir una réplica artificial, tecnológicamente al día, con la que engañarse sobre su importancia y papel en un mundo cada vez más inhóspito.


En suma, el ingenio narrativo y la brillantez visual de este libro corrosivo estarían al servicio de una interrogación radical (ideada como un crucigrama estético y político de gran alcance) sobre los mecanismos, las miserias y las mitologías con que funciona la cultura española desde el final de la transición (con especial énfasis satírico en los prolíficos festivales de cine y demás eventos provincianos). El problema, por tanto, no es Amenábar. O no sólo, no de manera prioritaria. Más bien como síntoma delator de un mal arraigado en las arcaicas o anticuadas estructuras españolas (tanto sociológicas como antropológicas)[iii]. El problema básico es por qué en cualquier otro ámbito cultural o académico nos resultaría tan fácil imaginar una historieta análoga: “Mis problemas con…” (póngase el nombre más deseado o indeseable).



[i] Jordi Costa y Darío Adanti, Mis problemas con Amenábar, Editorial Glénat, 2009.

[ii] Para quien albergue dudas sobre la relevancia histórica y cultural del cine de Jesús Franco no se me ocurre mejor remedio que la lectura de la monografía de Tatiana Pavlovic: Despotic Bodies and Transgressive Bodies: Spanish Culture from Francisco Franco to Jesús Franco.

[iii] En mi reseña de España, de Manuel Vilas, ya adelantaba algo de esto.

jueves, 28 de enero de 2010

PROVIDENCE ES UN “MAPA COGNITIVO”



“Postmodernity, then, as an historical stage of capitalism which includes everything from the labor on the ground to the form of the thoughts and fantasies in people’s heads, constitutes a dominant ideological patterning system which forms a structural limit to all our superstructural as well as infrastructural realities. Even the representation of this immense totality –a globalization characterized on the one side by advanced information technologies and on the other by a population explosion in which all the repressed subjects on the globe are finding their voices and emerging as subjects in their own right- is necessarily always thematized or biased by an ideological standpoint: a Real which can never find its “objective” scientific knowledge but which must always be triangulated by the attempts of those who seek to represent it to include their own absolute epistemological and historical and class limits within their impossible representation.”


(Fredric Jameson, Valences of the Dialectic, pp. 362-363, Verso, NY, 2009)



Cada novelista que se tome en serio su tarea creativa debería hacer la prueba de leer esta reflexión de Jameson y saber, con respecto a ella, cuál es su posición personal, cuál es, en definitiva, su intelección del tiempo postmoderno (reconozca o no el uso de esta noción algo confusa), antes de seguir escribiendo sin entender del todo qué sentido tiene hacerlo en un mundo como éste. Por mi parte, Providence es mi respuesta más acabada al desafío de Jameson. Un “mapa cognitivo” de la globalidad, trazado con todas las limitaciones a las que se enfrenta un creador individual con su pequeña tecnología lingüística y narrativa.


Me divierte mucho, por todo ello, lo que se va publicando sobre Providence (entre otras cosas porque, como decía Derrida, ese aparente hors-texte forma parte del texto, colabora en la construcción metódica del “mapa cognitivo” que PVD aspira a ser). La obligación de un escritor, tras entregar su obra a los lectores, es dar que hablar. Bien o mal, pero dar que hablar. No hay otra. Con PVD voy cumpliendo esto con creces, como se puede ver en la selección cronológica de textos presentados, como una cuenta atrás, en las entradas anteriores (todos fueron publicados a lo largo de este mes de enero en diarios de gran tirada o en blogs literarios). De la intersección de todos ellos, como en una aplicación perversa de la parábola sufí del elefante y los ciegos, es posible extraer una imagen aproximada de lo que es y no es PVD.


En este sentido, no importa demasiado que algunos pretendan convertirme en un narrador clásico (ellos sabrán por qué quieren obliterar todo lo innovador y arriesgado que hay en la novela en pro de virtudes tradicionales que se podrían encontrar en cualquier best-seller culto o analfabeto, el género predilecto de la masa lectora), o en un pornógrafo neosadiano (sigue siendo un enigma para mí por qué algunas personas inteligentes se resisten a entender que la comedia sexual del presente, el porno nuestro de cada día, es uno de los fenómenos más estimulantes y atractivos a los que puede confrontarse un escritor absolutamente contemporáneo; nunca en la historia ha habido una situación tan desmadrada, tan fuera de normas, tan excesiva y dionisíaca, en suma, donde hasta qué sea sexual y qué sea sexo o sexos y cuáles sean éstos, sin citar a mi admirada Beatriz Preciado, está en proceso de búsqueda y redefinición), o en un corruptor literario y cultural de la peor especie (sí, lo reconozco, durante la escritura de PVD, gracias a su "escritura monstruosa", más bien, descubrí, y ya era hora, que la literatura y la cultura como tales, o al menos tal y como las entiende la buena sociedad literaria y cultural, garante de valores que me parecen moribundos, como un corsé o una camisa de fuerza, me importaban poco, muy poco o nada), o, el más problemático de todos, en el ganador virtual del Premio Herralde (en un país saturado de premios de novela nadie parece caer en la cuenta de que, más allá de otras consideraciones estéticas, mediáticas o sociológicas ligadas a las galas del poder, la cultura y los medios, la relación premio-difusión literaria es inversamente proporcional a la importancia social de la literatura, prueba incontestable de su fracaso).


Mientras tanto paso por otras experiencias gratificantes (no todas sexuales, desde luego). Como el contacto, a través del email o el blog o cualquier otro medio disponible, con otros lectores inteligentes, mucho más inteligentes que el escritor que ha creado el artefacto que ellos decodifican con tanto acierto (la función intelectiva del lector, como creía Borges y los estudios cognitivistas refrendan, es indudablemente superior a la del escritor).


Un lector tan bueno como Jordi Costa (que me descubrió que "Providence" es también el nombre de una isla en una serie de cómics de la Marvel, una isla artificial donde se reúnen los mejores cerebros del mundo para diseñar un futuro mejor para la humanidad), hoy mismo en El País: un laberinto procaz y culterano que reformula las mitologías populares con muy mala idea y descubre, detrás del Sueño Americano, el hedor mefítico de un mundo gótico y puritano con urgente necesidad de ventilación. Hija mutante de Pynchon y Foster Wallace, la novela parece obra de un matón intelectual con ganas de pelea (ideológica). O como Germán Sierra: Una novela compleja y muy inteligentemente construida, a la altura de los grandes clásicos posmodernos, y que dialoga con las principales tendencias narrativas de los últimos decenios. Escudriña la cultura norteamericana contemporánea “desde dentro y desde fuera”, por lo que merece ser considerada tanto una de las grandes novelas españolas recientes como una de las mejores novelas norteamericanas del año. O como Javier Moreno: Me acuerdo de Providence, de Juan Francisco Ferré, y de tener la impresión de que Juan Francisco le ha hecho algo a la literatura española, algo que todos estábamos deseando, que ha conseguido una especie de plusmarca nacional difícil de batir; y de que si yo fuera la literatura española invitaría a Juan Francisco a una copa de Bourbon y luego ya se vería. O como Pablo Muñoz (aka Alvy Singer), de nuevo: Contaban en el Times que los escritores de hoy ya NO TIENEN PELOTAS PARA EL SEXO (en un ensayo del pasado domingo). Providence, además, tiene las escenas de sexo más cojonudas (redundancia) e inquietantes del último panorama. O como Jesús García Blanca (merece la pena consultar cualquiera de sus blogs para entender lo que significa hoy mantener una actitud insurgente), quien tuvo la generosidad de enviarme un mensaje cada vez que concluía la lectura de uno de los tres niveles de PVD. El último es el más ingenioso: un email dirigido al deus ex machina de PVD (“Darth el Deconstructor”), donde juega con las categorías más lúdicas de la novela. Los reproduzco en serie numerada:


1.


Saludos, Juan Francisco.
Acabo de terminar el primer nivel de Providence.
Aunque leí algunas reseñas antes de empezar con ella, reconozco que no la compré por las flores que le echaban, ni tampoco por haberle gustado a Herralde. Lo hice porque Lovecraft está en la portada... y porque me fio mucho de mi intuición y olía ese aire especial que tienen las novelas con mayúsculas, esas en las que uno echa los restos.
Sé que estoy sólo en la antesala, pero me encanta tu ironía y la promesa que empapa estas primeras páginas de que nos aguarda algo grande, algo que no vamos a olvidar nunca...


2.


Nueva intromisión.


Tras esa genial vuelta de tuerca con que acaba el segundo, acabo de ingresar en el tercer nivel de tu, no sé si llamarla Hipernovela echando mano de algo que parezca estética ciberpunk, o retomar aquellas entrañables escenificaciones del "Boom" calificándola de Novela totalizante; en cualquier caso, como te adelanté, Novela con Mayúsculas, que es lo mismo que Expedición de Búsqueda, si no del tiempo perdido, quizá de algún pedazo de nuestro ser.


Más allá de las piruetas conceptuales de Jesús Andrés, más allá de las evidentes constataciones de Masoliver Ródenas y de los circunloquios multiculturales de Goytisolo, e incluso del hecho de compartir innumerables referentes cinematográfico-musicales-literarios, lo que me mantiene atado a su lectura es algo mucho más... llamémoslo primario: hacía mucho tiempo que una novela no me inquietaba: la organización del texto, esa mirada -tan de "Arrebato"- que obliga al lector a transformarse en voyeur pasado por el filtro de De Palma, el montaje -que deja caer los hilos de la narración y los retoma de modo aparentemente caótico-, la exacerbación de la ironía, el detalle aparentemente insignificante de que las "tomas" no sean correlativas, como sugiriendo textos invisibles, desarrollos alternativos, abandonos fantasmáticos...


El lenguaje está envenenado, las palabras podridas, el diálogo corrompido, ¿cómo escapar del bucle?...


Me siento tentado de contestar: escribiendo -porque escribir no es meramente utilizar el lenguaje, amontonar palabras, construir diálogos... escribir es alimentarse de todo eso para huir o para buscar ¿quién decide de qué lado miramos el asunto?


Quizá vuelva.


3.


Toma descartada, 9:

De: Mike Ryan
Para: Darth
CC: JFF.
Enviado el: 01/01/Año Uno
Asunto: Lo innombrable

El vacío.

Para nuestra desesperación, eso es lo que encontramos al finalizar una gran novela.
Pero, ¿puede decirse esto de una novela que no respeta las reglas del principio-desarrollo-final? ¿Puede uno en propiedad afirmar que ha terminado de leer una novela acribillada de trozos de vacío, de agujeros narrativos, de saltos y tomas repetidas y personajes perdidos y autorreferencias en espejo y caminos desechados o sugeridos y tiempo retorcido?
El viaje que usted propone, mi querido Darth –mi temido Darth-; el viaje que hicimos en un tiempo jamás recobrado; el viaje en que estamos inmersos ahora y para siempre; es el viaje al vacío porque nunca se llega a destino, un viaje sin motivo porque el motivo es el tiempo, una parada eterna debido a algún fallo en los dispositivos de una nave milenaria que debió saltar al hiperespacio y se quedó suspendida en ninguna parte, por capricho de una tecnología obsoleta o excesivamente complicada para la insana simplicidad de nuestros sueños.

¿Qué hay más allá de esa intemporalidad?
Algo que no tiene nombre pero que intuimos y que tratamos de tocar, de comunicar mediante la hiperescritura. Curiosa la mención –en este intercambio de mensajes electrónicos- de Calvino y Perec. No sólo por la sugestiva circunstancia de que la última toma de PVD ostente el número 99 y esa sea la cantidad de capítulos de La vida, instrucciones de uso, como una –dice Calvino- “fisura a lo inconcluso en un libro ultradeterminado”. Lo más sugestivo es el hecho de que la descripción que Calvino hace de su última propuesta para el milenio –la multiplicidad- parece corresponder a un retrato-robot de Providence: ¿no es Providence esa “novela como una gran red”, esa “máquina de multiplicar las narraciones” partiendo de iconos multisignificantes, una obra “concebida fuera del self”?

No me cabe duda de que JFF es un viajero hacia el vacío que nos ha legado una enorme propuesta para el milenio en curso plagada de “fisuras a lo inconcluso”, un explorador del abismo –que decía Vila Matas que dijo Kafka pero no lo dijo; aunque a efectos de escritura, ¿importa?

Aquí me detengo.
Pulso enviar y a continuación hago click en el icono Cthulhu.

POSTDATA: Hoy también, como mis maestros Calvino y Perec, me siento un Balzac. ¿Será que estoy mutando como otros colegas hacia zonas más neutras del espectro cultural? [La espléndida ilustración es de Pablo Genovés, Satélite, y los lectores con buena memoria o una biblioteca bien surtida recordarán que ya figuraba al frente de Mutantes.]

PROVIDENCE FEEDBACK (9)

SUEÑOS AMERICANOS

DOMINGO RÓDENAS

Providence, de Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), finalista del Premio Herralde de novela, mereció ganar. Es una obra tensa de ambición literaria genuina, impulsada con vigor por varios afanes encomiables de los que sobresalen dos: poner en cuestión ciertos aspectos del actual mundo globalizado y proponer una forma de novela acorde con la complejidad inabarcable de ese mundo y, desde luego, muy alejada de la panoplia de los realismos convencionales. Los logra a medias, pero el intento vale por un triunfo.
El protagonista, Alex Franco, es un director de cine cuya ópera prima dividió a la crítica (La fiesta grande, ¿alusión irónica a La fiesta del asno, la anterior novela de Ferré?) y que recibe el enigmático encargo de reescribir el guión Providence sobre un artista lituano que se engancha a un videojuego llamado Providence. Tendrá que hacerlo en la ciudad norteamericana de Providence (cuna de H. P. Lovecraft), a cuya universidad ha sido invitado como profesor visitante. El inconformista español se enfrenta a la América profunda, de la que supura la imagen (y la imaginación) del nuevo orden global. Esos son los motores que hacen avanzar este artefacto narrativo: la puesta en cuestión del modelo socioeconómico y cultural yanqui y la necesaria adecuación del arte al signo (virtual) de los tiempos. Alex Franco es el eje que comunica esos motores, está fabricado con buen material picaresco, el del outsider cínico que abre las puertas traseras y perversas de una sociedad tramposa y brillante, pero es también uno de los dos talones de Aquiles de la novela. El motivo: su sexualidad frenética es narrada con detalle en cada uno de sus lances, una vez y otra, y esta insistencia no provoca, no perturba, no sorprende sino que provoca tedio y este es pecado de lesa ficción.

No obstante la obstinación con las aburridas escenas de sexo multiforme, la novela mantiene su capacidad de interesar porque Ferré, cuando se pone a contar, sabe hacerlo de manera eficaz y cuando analiza ciertas estructuras culturales lo hace con inteligencia. ¿El segundo talón de Aquiles? La autoindulgencia en la prosa, a la que le falta desbroce. En todo caso, que no se malinterpreten estas dos objeciones: Providence es un libro meritorio. Merecía ganar el Herralde.

(En el suplemento icult de El Periódico de Cataluña)

PROVIDENCE FEEDBACK (8)

WESTWARD THE COURSE OF THE EMPIRE TAKES ITS WAY

MAURICIO SALVADOR

Esta tarde he estado leyendo algunas reseñas sobre Providence. Es sorprendente la cantidad de veces que se menciona la palabra realidad, aunque se comprende porque en sus páginas, en su método y en su visión sobre un mundo en ruinas, la realidad de Providence siempre está en duda, ya sea a causa de las drogas, o por un videojuego o simplemente por el delirio que conllevan los excesos. Y es coherente, hoy en día. Algunos científicos han propuesto la teoría de que el mundo podría ser una computadora y que nuestra partícula elemental es en realidad el bit de información; otros han dicho que nuestra realidad podría ser una gran virtualización llevada a cabo por una megacomputadora instalada en alguna mega astronave y corrida por un dios -un adolescente cualquiera, quizá- que nos estudia, y luego toma a los personajes más interesantes para correrlos en otra virtualización, lo más cercano a la reencarnación que he leído últimamente; y Juan Francisco Ferré propone ahora que la realidad puede ser una película, o que al menos nuestra visión y nuestra sensibilidad han sido tan modeladas por la pantalla que nos resulta difícil distinguir ya entre la sinceridad espontánea y el gesto mediado por la tecnología y la imagen. Cuando un adolescente en una ciudad cualquiera grita shit! o fuck! estamos exactamente ante un fenómeno de esa naturaleza. Y Álex Franco es un personaje equívoco en todo momento; aunque se muestra tan irónico y escéptico frente a la cultura americana, su ironía y sus ideas son un producto nacido precisamente de esa cultura, así que nunca termina por ser enteramente irónico o divertido. Sus gestos, mediados por el cine y por las drogas, son insinceros y uno presiente, desde muy temprano en la novela, que esa falta de sinceridad (podría decir falta de humanidad), es el destino fatal de Franco. Cuando uno lo piensa es incluso divertido atestiguar el esfuerzo de Franco por ser divertido o irónico; lo segundo lo logra Ferré, pero no Franco. Y por lo mismo es Álex quien constantemente tiene que explicarnos que estaba siendo irónico o divertido porque en sus diálogos en realidad nunca lo es.

Volviendo a las reseñas que leí, me pareció que con esa mención a la realidad convencional del realismo, por así decir, se ha querido también resaltar la distancia que existe entre esta novela y lo que dejó atrás. La mitad de eso es cierto, porque tanto en España como en México existió una serie de novelas tipo Corín Tellado que llevaron la idea del realismo a su extremo más artificioso y aburrido. Providence, en cambio, es una maquinaria narrativa posmoderna comentada posmodernamente a la que no creo que se le vayan a aplicar nunca las preguntas tradicionales que se aplicaban a las novelas tradicionales. Y con toda razón. Como buena novela posmoderna, se dice -y esto ya es un lugar común, aceptémoslo- lleva en sí misma su crítica y su poética, y esto vuelve a este tipo de novelas simplemente infranqueables; su desmesura es tal que el comentario y la crítica hacia ella casi tienen la obligación de ser igualmente desmesuradas para poder sobrevivir; no puedes preguntarte por el personaje porque significaría que, de hecho, no estás comprendiendo la ironía, o cuando algo no te gusta o piensas que resulta excesivo pues resulta que en realidad esa era la intención, aunque uno no lo quiera aceptar. A lo que me refiero -y en estos momentos no estoy hablando precisamente de Providence- es que las novelas nacidas bajo el aura del post posmodernismo o del after pop, han dado pie también a una clase de comentario cultural o crítico en el que todo cabe y todo se puede sin que la coherencia sea estrictamente necesaria. Uno puede arrojar cien conceptos, cien nombres, cien referencias, y parece no existir ninguna contradicción, al contrario. Y soy sincero, a veces no entiendo un carajo.

Comento esto porque mientras leía Providence algunas novelas me vinieron a la cabeza. Y se van a sorprender cuando diga cuáles. Durante la estancia de Franco en Providence comencé a pensar en esa saga de individuos atormentados por su propia personalidad y por sus propias y muchas veces equivocadas convicciones. En una
de las mejores reseñas que he leído de Providence, René López Villamar menciona con cierto desenfado a James Wood, en el sentido de que Wood defiende una idea de realismo acartonada y nada afín a las propuestas del posmodernismo (o eso me pareció), pero Wood ha hecho la defensa justamente del individuo que vive plenamente en su propia realidad, una realidad convincente, no como género, sino como energía, que se expande al interior de todas las buenas novelas, posmodernas o no. La alienación de Franco me recordó la alienación de esos personajes sin nombre, como el hombre del subsuelo, de Dostoyevsky, o el hambriento y ambicioso personaje de Hamsun en Hambre, o el desquiciado y mentiroso fumador de Svevo. (Nota al margen: Wood ha sido comentado casi siempre por su "ataque" al realismo histérico, aunque esa reseña hace muy poca justicia a sus ideas sobre la ficción. Una lectura de su segundo libro, The Irresponsible Self, lo mostraría, al contrario, bastante apto para comentar una novela como Providence. Su ensayo sobre la inversión de la hipocrecía en Saltykov-Schedrin o el que dedica al "pathos of rambling" de Shakespeare son aproximamientos a una ficción eternamente innovadora.) Franco, sin embargo, es siempre el mismo, de principio a fin. Su alienación no es realmente psicológica -aunque por momentos viva un infierno mental terrible- sino matizada por lo que Ferré -y muchos otros, claro- ha visto como el síntoma de nuestros tiempos, la personalidad mediada por todo lo posthumano, la realidad virtual, la tecnología, las drogas, el cine. Y por supuesto el centro de todo esto está en América. El narrador de More Die of Hertbreak, de Bellow, lo dice mejor: "America is where the action is".
Las versiones modernas de aquellos individuos atormentados por sí mismos -y que varios comentaristas han mencionado- se dieron muy bien en EU en versiones violentas y al mismo tiempo edulcoradas, como American Pyscho y The Fight Club, por ejemplo. Pero debo decir, con toda sinceridad, que Franco me pareció un personaje aburrido casi todo el tiempo.

Lo que me ha deslumbrado de esta novela es la visión de lo que comunmente hemos llamado la "América profunda". Parece un chiste, casi, esta América profunda. Pero Ferré logró algo que nunca había visto en la narrativa en español, o que no lo recuerdo al menos. Viajó realmente hacia dos de los cimientos más duraderos de la narrativa estadounidense, el puritanismo y el racismo, dos temas dejados de lado en casi todas las reseñas que leí. Hay muchísimas referencias a pelis y libros posmo y toda clase de artefactos, cierto, pero lo que me hizo seguir leyendo esta novela no fue la superposición de realidades, ni el videojuego o las referencias cinéfilas, ni el Blue Moon ni el sexo desenfrenado, sino el viaje de Ferré hacia esos dos bastiones que originaron la gran narrativa estadounidense del siglo XIX. (La crítica posmo le tiene tanto resquemor al siglo XIX que moriría antes que atreverse a citar a algún novelista de este malhadado siglo.) El puritanismo no es sólo un conjunto de prescripciones morales; para la narrativa de Estados Unidos fue su comienzo, el "plain style" que pretendía nombrar las cosas como eran, aunque esos primeros puritanos, con sus zapatos de hebillas y sus sombreros extravagantes, se encontraron ante la gran tarea de usar el estilo sencillo para describir algo que los rebasaba, la naturaleza americana, en la que además veían una promesa milenaria, el futuro "sueño americano" que tanto alimentó la gran narrativa del siglo XX. Los puritanos de las plantaciones se veían no menos que como una nueva tribu israelita llamada a crear la nueva y ejemplar ciudad del nuevo mundo. Pero se convirtieron también en seres cada vez más atormentados por la idea del pecado. Y aparejar a este Dios la idea de que cada hombre construye su destino no era nada fácil. La letra escarlata es un magnífico ejemplo de cómo el puritanismo seguía vivo en los tiempos de Hawthorne y Melville. Y para no seguir hablando de la influencia del puritanismo en la literatura de EU basta citar un magnífico libro, donde leí todo este rollo: From Puritanism to Posmodernism, de Richard Ruland y Malcolm Bardbury. El tema del esclavismo y del racismo inherente a los Estados Unidos es el otro cimiento, para mí al menos, de esta novela, y las escenas donde Howard se dedica a deshacerse de los indeseables son puro gozo. No me habría importado prescindir de todos los malos chistes de Franco con tal de encontrarme con esta subtrama. No me importó, de hecho. En esta exploración sobre esos aspectos todavía palpables de EU radica, creo, la maestría de Ferré. Que nos ilumine acerca de la degradación moral de los americanos es lo de menos, porque hoy en día es una degradación moral mundial, somos tan inmorales e hipócritas como ellos. Sin embargo Ferré ha logrado algo sorprendente con tan sólo esas páginas. Puede ser excesiva, a veces fatigosa, pero Ferré ha puesto una vara muy alta para sí mismo, algo que todos los narradores, independientemente de su adscripción estilística, tienen el compromiso de hacer.

PD. Por último, debo decir que al principio pensaba hacer una comparación entre esta novela y la ganadora del año pasado. ¿Pero tiene caso? Como acabo de leer Providence la verdad es que muchas ideas me siguen dando vueltas. Todavía no estoy muy seguro de haber entendido las últimas cuarenta páginas, y si alguien me deja un comentario y me las explica me haría un gran favor. Espero poder escribir algo más en los próximos días. Mientras tanto debo quitarme de la cabeza al tal Darth Vader.

PROVIDENCE FEEDBACK (7)

PROVIDENCE

JAVIER AVILÉS

Blog El lamento de Portnoy

Qué gran palabra. Fornicar.
Providence, de Alain Resnais


Enumerar todas las referencias existentes en Providence (la novela) sería una tarea redundante, ya que el espíritu de Providence (la novela) es la multireferencialidad como herramienta para captar el todo, entendido como contexto cultural globalizador (*) (o viceversa, la cultura global como Todo)

Quedémonos con Providence (la película de Resnais en la que un viejo escritor insomne y borracho desvirtúa la prosaica, aunque exitosa socialmente, realidad de sus hijos convirtiéndola en un delirio psicoanalítico) y con Providenz (la otra forma de denominar el videojuego total Providence, y que nos remite a Cronenberg y su eXistenZ, un videojuego con tantos niveles de realidad superpuestos que es imposible discernir en que plano se mueven sus protagonistas y que demuestra que cualquier realidad, incluso la que consideramos como espectadores-lectores “real”, es igual de falaz al mismo tiempo que intensamente vital) y con la providencia (divina o no, que requiere de una intervención superior ordenadora y soberana, Dios o el Autor, lo cual, junto al Blue Moon, la droga que distorsiona la realidad y que consume el protagonista de Providence (la novela), nos remite a P. K. Dick, padre, mentor y divinidad más influyente de toda la narrativa de finales del siglo XX)
Providence es una novela, la película de Resnais, un videojuego, la intervención demiurgica, la ciudad natal de H. P. Lovecraft y escenario de Providence (la novela)
Con estos precedentes e influencias Providence (la novela) se mueve en el territorio ambiguo de lo falsamente real, pero con la peculiaridad de que esa distorsión no conduce a una explicación concluyente. Lo verdaderamente atractivo de Providence (la novela) es que no hay discusión posible entre lo que es real y lo que no lo es (en el plano de los personajes de la novela, me refiero), no hay confusión entre planos de realidad, no hay inmersión de la (nuestra) realidad en otras distorsionadas ni cruces dimensionales. En Providence (la novela) todo lo que se narra es real (y no podía ser de otra manera). La forma en cada lector interprete, crea entender o concluya o justifique los hechos narrados es irrelevante para los propios hechos. Es decir la novela se alza como un edificio sólido que cada lector puede incendiar (erróneamente) como prefiera a base de conclusiones e interpretaciones. Y digo erróneamente porque la solidez de Providence (la novela) se basa en que todo tiene cabida en ella: la (relativa) realidad de un videojuego, el delirio psicotrópico, la metáfora socio-cultural, la digresión cinematográfica, la teoría conspiratoria, la metaficción sobre Lovecraft y su obra…
Providence (Rhode Island) es la ciudad en que nació Lovecraft. I am Providence, se lee en su tumba. Como novela Providence (la novela) es una ciudad en la que todo tiene cabida. Ferré puede decir que él es Providence (la novela) y al querer plasmar la complejidad de una novela como ciudad (¿o es al revés?) el resultado es desmesurado. Ferré parece comprenderlo, pero no renuncia a su construcción con ecos de D. F. Wallace de comprimir el todo narrativamente en una extensión limitada, así que se defiende dentro del propio texto, aunque sea hablando de otro, Zodiaco: “la única pega crítica que Álex le encuentra al conjunto es el exceso, la abundancia, la marcada tendencia a lo informe y lo desangelado del formato narrativo” pág. 415. Lo que vale para Zodiaco, se puede aplicar también a La broma infinita y, por supuesto, a Providence (la novela)
Ahora bien, este exceso narrativo tiene su contrapartida. Toda profusión puede llegar a ser abrumadora. Y eso ocurre en la parte central de la novela cuando la acumulación de escenas sexuales me llevó a desconectar completamente de la historia. Entiendo que lo que pretende el autor es el hastío por la desmesura de descripciones de escenas rituales de los preliminares de las películas pornográficas. Si bien es cierto que apenas se roza lo explícito y que la acumulación apunta hacia cierta irrealidad de esas situaciones, llegando en un momento concreto a consolidarse como ensoñaciones del protagonista, también es cierto que esa pretensión de describirnos un estado en el que lo fantasioso apenas se distingue de lo real se podía conseguir aligerando la narración de esa prolijidad a mi entender innecesaria y contraproducente para el ritmo interno.
La primera idea de esta reseña era empezar diciendo que Providence (la novela) trata sobre un hombre que folla. Follar, qué gran palabra. Pero como sea que los aciertos de la novela me parecen mayores que sus fallos, ese escollo de la parte central de la novela dedicada a la fornicación sin límite, sustituí la idea inicial por la cita a Resnais.
Creo que Providence (la novela) es una obra destacable, principalmente por su voluntad globalizadora, por su desplante al realismo casposo que continúa siendo una lacra de la narrativa española, por su capacidad de recrear lo que debería ser la Gran Novela Estadounidense y que, lamentablemente, los estadounidenses son incapaces de escribir constreñidos a su propio entorno social. Porque es una novela española y es lo menos parecido a una novela española, lo cual nos abre los ojos y plantea nuevos y posibles caminos narrativos.

A partir de aquí esta reseña rueda cuesta abajo.

"Protect Me From What I Want" de Placebo es la banda Sonora de la última parte de la novela (“sonando de fondo, como una escalofriante llamada de socorro”):

Maybe we're victims of fate
Remember when we'd celebrate
We'd drink and get high until late
And now we're all alone


Ahora estamos solos y cogemos el último autobús a casa, enfermos de edad… la canción describe a Álex Franco, su declive, la constatación de que poco queda más que unos energúmenos con máscaras de presidentes de los EEUU, a no ser que ser rescatado por Darth Vader suponga un peldaño más en el descenso a la humillación, a la realidad que se empeña en abandonar el protagonista de Providence. Y en esa parte no relatada de la novela, la “vida real” del director de cine, reside uno de los hechos que me parece más perturbador, y quizás significativo, de la novela: La existencia de un hermano gemelo, Michel Franco, también cineasta, aunque dedicado al género publicitario. Este espejo deformador, esta duplicidad que se opone, me parece significativa, aunque apenas se trate de ella en la novela. La rivalidad entre los hermanos, comentada sucintamente y sin darle excesivo énfasis, aparece a lo largo de la novela como un trasfondo psicológico o, más bien, como un recuerdo de la irrealidad de lo narrado, como si Álex fuese un personaje de videojuego y Michel, su gemelo, quien manejase la consola, como una creación de una creación, indistinguibles e inseparables, pero al mismo tiempo opuestos, irreconciliables. PVD, Providenz, o cómo sea que se llame es un videojuego experimental de inmersión total en la virtualidad. A partir de ahí podemos especular lo que queramos. Pero todo juego lleva encerrado un objetivo, supone, en última instancia, una batalla.
Y de nuevo Placebo:

I will battle for the sun
And I won’t stop until I’m done
You are getting in the way
And I have nothing left to say

y el estibillo:

Dream brother, my killer, my lover
(Placebo, Battle For The Sun)


¿Dónde estamos?, ¿cómo es posible cuestionar la realidad sin mencionarla en ningún momento?
No busques a Providence en Providence
, porque Providence (la novela) es un espejo donde la realidad se distorsiona y es una alegoría sobre nuestro mundo actual y sobre nuestros deseos de evadirnos de él.


(*) (…) ¿podría alguien decirme, por favor, qué hay de tan nocivo en la globalización?
Providence, pág. 585

PROVIDENCE FEEDBACK (6)

PROVIDENCE

SANTOS SANZ VILLANUEVA

Un vanguardista director de cine español, Álex Franco, sirve de nexo a la constelación de dispersos componentes narrativos que se encajan en el artefacto novelesco Providence. La trayectoria de Franco se reconstruye desde un momento vital conflictivo hasta el desenlace en una apoteosis visionaria que incluye su disolución. Con este recurso, Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962) ensarta un nutrido bagaje tanto de sucesos como de reflexiones de corte ensayístico. La base convencional del procedimiento se dispone al servicio de una ideación novelesca fracturad: estampa costumbrista crítica, fanta ficción, libro de viajes, recreación histórica, descenso a ultratumba, alegato socio político, novela ensayística intelectual culturalista, novela erótica o relato psicologista.

Cada una de estas formas da lugar a tramas más o menos sostenidas y, aunque bastante independientes, integradas en un sutil y complejo juego de perspectivas que remiten a un punto central, la consideración escéptica sobre la realidad. Por eso se solapan los sentidos de la propia palabra que da título a la novela y ésta adquiere un alcance polisémico y ambiguo.

Providence es la ciudad norteamericana adonde acude el protagonista como profesor universitario. Este lugar da pie a una dilatada crónica que acoge duros testimonios racistas de ayer y documenta la vida en el campus y las relaciones personales y hábitos sexuales del presente. Es asimismo un extraño guión cinematográfico que llega a manos de Franco por caminos misteriosos. La historia de un lugar imaginario llamado como la ciudad centra el proyecto narrativo de un estudiante. Providence es también motivo de la reconstrucción biográfica de su hijo más conocido, el escritor Lovecraft. Ampara igualmente un videojuego bajo un título con especial grafía de la ciudad, “Yo soy Providenz”, donde el creador de los mitos de Cthulhu y un policía proponen una indagación estremecedora en los terrenos del mal que desemboca en una aproximación al enigma de la Providencia (palabra de clara similitud con Providence).

La novela Providence se plantea como un discurso deliberadamente flexible que admite motivos múltiples. Aislados, destacan las incisivas reflexiones sobre el cine, el análisis ácido de la sociedad americana y por extensión del planeta globalizado. En conjunto, el libro trasmite una desoladora imagen del mundo montada a partir de una conciencia ética que clama contra la barbarie, la crueldad y el sinsentido de la vida.

Providence viene a ser un modo renovado de literatura comprometida hecha con ambición y exigencia grandes. No creo que dé ninguna clase de respuesta, según asegura la cubierta, a lo que se puede esperar de una novela a comienzos del siglo XXI, batalla en la que Ferré anda metido con belicoso espíritu, porque justo lo mejor del libro está en los pasajes donde sale el instinto de contador de historias tradicional: buena imaginación en las anécdotas, potencia para contar episodios impactantes, capacidad de observación y dominio de una prosa narrativa rítmica y eficaz. Ferré revela en esta obra magníficas condiciones como novelista... de los de siempre.

(En El Cultural del diario El Mundo)