sábado, 1 de noviembre de 2008

LA ESPAÑA DE MANUEL VILAS

Imaginen por un momento un canal de televisión consagrado las veinticuatro horas del día a emitir una señal que permita al telespectador hacerse una idea cabal de lo que significa ser español. Ese canal existe en parte, es cierto, se llama Somos TV y es una manera como otra cualquiera de hacerse una idea completa de lo que hemos sido, un álbum sórdido y a ratos enervante de lo que fue el imaginario de las generaciones que nos precedieron. Es cierto que esas imágenes y ficciones estaban desfiguradas por un poder dictatorial empeñado en encerrar a este país en una imagen estereotipada de lo español. Por tanto, esa imagen de España habría que considerarla una imagen residual del pasado, una fotografía avejentada de este país.

Esto sería sólo una parte de lo que nos propone Vilas en España, este libro tan caprichoso como necesario, tan excéntrico como contundente, superpoblado de pequeñas historias que pretenden hacer Historia, o sintetizar un gran relato alegórico sobre las razones y sinrazones de que seamos lo que somos sin dejar tampoco de ser otras cosas. Estamos en la España del siglo XXI: la España descafeinada y sin sal de Zapatero, la España pedófila de la niña de los ojos de Rajoy, la España del euro en bancarrota y la banca plenipotenciaria, la España cutre en que Almodóvar es ya un millonario sesentón y no un artista rompedor, la España eurotelevisiva del infumable chiquilicuatre, así que nadie puede desconocer todo lo que ha pasado desde entonces. A la imagen de ese canal publicitado habría que añadirle muchos fotogramas nuevos, algunos muy conocidos y otros todavía por producir, para dar una idea de lo que ha pretendido su autor en este libro sobre un país apenas existente llamado España. La televisión es el modo paradójico en que Vilas, metido al oficio de antenista para sobrevivir en un país que no reconoce a sus talentos más que cuando están muertos o en coma cerebral, consigue distanciarse de lo más crudo y zafio de la realidad española, manipulando las distintas señales para ofrecer una imagen digital de la España de hoy. Y cargarse así, de paso, la imagen analógica oficial.

No podía ser de otro modo en un libro que se titula como se titula con total descaro, sabiendo que habrá muchos que no entiendan su gesto y se pregunten, pero, por favor, ¿es que este hombre no se ha enterado de que han pasado ya más de cien años desde la generación del 98 y más de treinta de democracia como para seguir dándonos la paliza con el tema de España? Sí que se ha enterado, descuiden, Vilas está al día de lo que pasa, pero pasa que un españolito del 62 como Vilas reclama su derecho de escritor a interrogarse en los albores del siglo veintiuno por el pasado, el presente y el futuro de este país vetusto. Y se atreve a meter los dedos en la llaga sagrada de esta nación (o nación de naciones, que cada uno aplique la fórmula que más le convenza), sí, donde duele, huele y sangra la cosa española, con la libertad y la audacia que le reconocen la Constitución del 78 y el ordenamiento legal vigente.

Ya sabíamos que el franquismo entonteció definitivamente a este país, tras muchos siglos de entontecimiento castrense, castizo y católico, lo que no teníamos tan claro es que la democracia, a pesar de todos sus esfuerzos, aún no nos había vuelto listos del todo. O nos ha hecho igualmente tontos, pero de otro modo. Será el consumo, será el capitalismo, será la televisión, cualquier cosa. En suma, que el daño cerebral causado no es tan fácil de reparar, sólo con unos cuantos baños dérmicos de modernidad y postmodernidad. Así que la España de Vilas es un gigantesco simulacro retransmitido en directo y en diferido, en abierto y en peiperviú, a todas horas y a todos los rincones de la patria cañí. La España de la televisión en blanco y negro y luego a color y luego con pantallas de plasma en alta definición. Pero esa España de Vilas, desengáñense otra vez, con toda su animación y folclore callejero, es también la de un interminable tiempo muerto.

Si no fuera ofensivo, se diría que Vilas se atreve a meterle mano a España en el momento crítico de su defunción política como nación y su resurrección como gloriosos regionalismos autonómicos. Esa muerte funcional la declara en la novela nada menos que Fidel Castro y es que sólo el líder decrépito de una revolución esclerotizada podía legitimar semejante disparate simbólico. Y Vilas, asumiendo el diagnóstico de la necrosis con humor incomparable, juega a forense de una España literal y literariamente difunta. Vilas hace en España la autopsia del cadáver de una España que está viva todavía, o ansiando resucitar como si nada. Es una autopsia del futuro, como si España fuera ya una gran ruina arqueológica excavada desde el porvenir con tecnología chiripitifláutica y toda la ignorancia histórica que cabe esperar del futuro. ¿No se insinúa en sus páginas que la realidad de un país es una “alucinación colectiva” consensuada por sus habitantes y sancionada por el poder dominante? ¿Y la realidad española un improvisado monitor de televisión que emite versiones de sí misma al infinito, garantizándole así una posteridad inmerecida incluso a una institución tan desfasada como la monarquía? Pero si este libro es algo, aparte de una divertidísima invitación al desahucio de los podridos fantasmas que vampirizan desde hace siglos la identidad española, formando parte ya indesligable de la sustancia desleída de lo español, es un poderoso antídoto contra todas las historias mágicas y las fabulaciones míticas que siguen legitimando los nacionalismos centrípetos y los nacionalismos centrífugos (por no hablar, como haría Julián Ríos, de los necionalismos).

Y por si faltara algún tabú mesetario o mito ibérico por desbrozar, Vilas arremete sutilmente contra las dos Españas de la leyenda maniquea en blanco y negro, como la televisión franquista. Ni izquierdas ni derechas, no se engañen, no. En un país como éste donde ha funcionado a lo largo de la historia la más perfecta conjura de los necios y la conspiración inquisitorial, no es la adscripción ideológica la que helará el corazón del españolito nacido en cualquier década, no. Es la España gris, la España mediocre, la España mezquina, el ente que conspira desde todas las cátedras, púlpitos y puestos de poder contra la otra, perpetuamente condenada a la marginación y el exilio.

Ahora sí que existen dos Españas. La de Vilas y la otra, la que no sale en la tele.

1 comentario:

Peter Pank dijo...

Estimado Sr., Llevo mucho tiempo leyendolo cada vez que su blog se actualiza porque en el mio puse un mecanismo que hace precisamente eso, avisarte cuando se actualizan los blog que eliges.
Hoy he ido más lejos y he utilizado algunas párrafos de este articulo para lucro personal y lo he puesto en mi blog. Si no le gusta lo unico que puedo hacer es quitarlo.

Puede verlo aquí: http://jcastguer.blogspot.com/2010/02/resultado-de-la-autopsia-espana-murio.html

Por otro lado le diré que sus artículos me enseñan muchos recovecos placenteros.

Un saludo. Javier Castuera.