[Publicado ayer en medios de Vocento]
Amarga
nada, amarga nadería. No hay que ser un ateo redomado como Almodóvar para
entender que la Semana Santa es el anticlímax de la Navidad, o el clímax de sus
presagios más sombríos. Meses después, las luminosas esperanzas e ilusiones de
la Navidad se derrumban en un escenario trágico y sangriento. La belleza
escalofriante del cuerpo martirizado y el dolor de esa madre plantada al pie de
la cruz, padeciendo el tormento del hijo en sus carnes, no tienen igual en las
culturas del mundo.
Durante dos
mil años esa imagen poderosa funcionó en el inconsciente colectivo de creyentes
y no creyentes como un recordatorio de la tragedia de la vida. La tragedia,
como decía Unamuno, tan humano, de nacer para morir. La imagen desnuda de la
muerte sin redención moral. Una imagen aún más agónica y terrible, para los que
no creemos en los misterios de la trascendencia, de la pulsión ciega con que
venimos a este mundo. La eutanasia de Noelia Castillo, cuyo calvario vital hizo
rasgarse las vestiduras a toda España hace unos días, no es sino la
feminización del fenómeno. La mortificación, el sacrificio de vidas y cuerpos
en nombre del absurdo de la existencia.
El planeta
Tierra es el teatro ideal para escenificar la tragedia, alzando la cruz al
cielo para mostrarle al creador de la vida lo que esta significa para nosotros.
El proceso biológico de la vida es complejo, pero sus mitos y símbolos son
escasos y preciosos. Por eso, el signo de la cruz y la crucifixión del hijo del
hombre solo pueden ser terrestres. Visitando la semana pasada la colección de
arte de Manuel Expósito en Castelldefels, me asombré ante una fascinante
escultura de la maravillosa Marina Vargas: “La piedad invertida”, donde
Jesucristo sostiene en brazos el cadáver en éxtasis de su madre o su amante
muertas. La pieza fue intervenida por la artista para realzar su carnalidad
tras serle diagnosticado un cáncer y el efecto estético es aún más
impresionante.
Y ya que
estamos en faena religiosa, solo me cabe recomendar la lectura ferviente en
estos días de “Instrucción de novicias”, el libro de Ana Garriga y Carmen
Urbita, las hijas de Felipe, que revoluciona la visión de las esposas de
Cristo: las monjas de clausura y sus amistades particulares, sus amores
prohibidos y su pasión mística. Quizá sea cierto, como dicen las autoras, que
muchas mujeres sueñan con el convento para huir del patriarcado. Con la vida
beata en el convento, imagino, y con el cuerpo de Cristo crucificado. Jesús,
Jesús, cómo está el patio.
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