Pasó el
huracán “Torrente” y arrasó todas las expectativas políticas, dejando detrás una
estela de éxito y perplejidad. Los sociólogos y politólogos a sueldo del
gobierno y la oposición aún andan a ciegas, sin salir de su asombro, tirando de
calculadoras electorales que ya no funcionan. “Torrente, presidente” era un
espejismo millonario, un trampantojo proyectado en pantalla grande para
engañarnos con sus sortilegios irónicos, una caricatura tramposa diseñada por su
ingenioso creador para hacernos creer que la realidad es mejor que la película.
La realidad, por desgracia, es mucho más grosera y obscena.
No hay más
que ver a Ábalos, el apologeta del sanchismo, y a su fiel escudero Koldo
sentados en el banquillo de los acusados, como dos maleantes profesionales,
para comprender la cruda verdad de la situación. Estos grotescos personajes
representan a un país donde la picaresca y el esperpento mantienen una venenosa
vitalidad desde hace siglos. No hay comparación posible con Europa. Por menos,
en cualquier país de la UE, el único miembro de la trama que ha rehuido los
tribunales, de momento, se habría visto obligado a dimitir, aunque fuera por su
responsabilidad en los desmanes perpetrados.
La ambigua singularidad
del producto ibérico vale para la izquierda y la derecha, desde luego. Pero
cuando uno recuerda el ímpetu con que Ábalos trepó a la tribuna de oradores del
Congreso para lanzar un sermón contra la corrupción sistémica del PP de Rajoy y
una defensa ardiente de la ética progresista de su proyecto, y ahora lo ve enfrentándose
a los jueces del Supremo, soberbio y desafiante como un crápula siciliano, tras
pasar unos cuantos meses en la cárcel, no puede sino pensar que esto es una
tomadura de pelo, un simulacro insultante, una puesta en escena fraudulenta solo
destinada a la militancia más autista o sectaria. Que esta cutre banda de cuatreros
se haya lucrado con el sucio negocio de las mascarillas mientras nos
confinaban, aprovechando el pánico a la covid, es un crimen infame. Y todo
ello, señoras y señores del jurado, sin mencionar los agravantes de prostitución
y enchufismo.
Si en una democracia corresponde al Tribunal Supremo la corrección de los vicios y abusos del poder ejecutivo, es una prueba escandalosa de que la anomalía gobierna y la anormalidad usurpa el poder por decreto. En una democracia genuina, esa cosa rara, solo las urnas deciden. Ya va siendo hora. Salvo que vivamos de verdad, al final, en el mundo aberrante de la película de Segura.

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