Cuando no
sé bien qué hacer o qué pensar tengo una fórmula infalible. Voy al cine y
encuentro con facilidad una respuesta en la cartelera. Ensayo con Torrente
presidente y acierto. Es la película del momento. Entro en la sala repleta
impresionado por el paisaje de la muchachada que ocupa en masa sus asientos
aguardando con impaciencia la aparición en pantalla de su ídolo. Verás que no
me va a gustar. Me equivoco más que Pedro Vilches (perdón, Sánchez) con las
elecciones. Detecto a alguno de sus asesores infiltrado entre el público para
redactar un informe sesgado sobre la película. Cuando esta comienza, los
asistentes mandan a callar y se imponen el silencio y la atención en la sala.
Así permanecen durante toda la proyección, deglutiendo palomitas y chucherías
en cadena para hacer más digerible el espectáculo, o más tragable el mensaje,
no sé, hasta que prorrumpen en aplausos para celebrar el triunfo presidencial
de Torrente.
De qué va
esta farsa. Yo diría que hemos visto cómo Torrente le hacía un hijo por detrás
a la extrema derecha española. Más facha que los fachas. Y ese engendro
visceral es un hijo bastardo de Sancho Panza y Lázaro de Tormes, un pícaro
posmoderno degradado hasta la exclusión social, un
rufián patibulario que actúa a ratos como un Quijote cutre de las ideas más
mostrencas. Y no hay nada peyorativo en el retrato. El bufón esperpéntico
desborda tanto por la derecha que se cuela por la izquierda y desnuda la
impostura de todos los bandos. La izquierda postiza y la derecha beata reciben
su merecido castigo de burlas y escarnio. Y no es mucho comparado con la sátira
que Torrente destina a la ultraderecha neoliberal de Carrascal (perdón,
Abascal) y el poder socialista del presidente Vilches (perdón, Sánchez), que es
vil y no tiene nada de santo.
La intención populista es obvia. El humor carnavalesco, los chistes groseros, las bromas abyectas superan el umbral del mal gusto, pero no están solo al servicio de una catarsis cómica del inconsciente colectivo. El giro final, cuando hace su aparición estelar el villano número uno de Hollywood (Kevin Spacey) como supervillano global de la economía y la política para imponer la figura grotesca de Torrente sobre los otros candidatos en liza electoral, revela el alcance histórico de la propuesta. Ni Vilches (perdón, Sánchez) ni Carrascal (perdón, Abascal). Nos hemos ganado a pulso que presida nuestro destino, anarquista y onanista como es, el hombre de Atapuerca, quién mejor. Total, para lo que hay.

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