miércoles, 31 de enero de 2018

ENEMIGO PÚBLICO


Enemigo público no es un grupo de rock fracasado, ni una película de malotes profesionales empeñados en fastidiar al orden establecido. Enemigo público es un estatus de privilegio, una condición única, una forma de ser especial y casi un título nobiliario. Ahora Puigdemont es uno de los nombres que más se repiten como candidato local al puesto infame. Hasta una chirigota gaditana, en venganza por sus mofas inconstitucionales, lo ha retratado como personaje grotesco a punto de ser decapitado ondeando una estelada.
La peregrinación europea de Puigdemont va a dar motivos de risa durante años. Si esta tarde aparece de improviso en el parlamento catalán dispuesto a ser investido para un nuevo simulacro de legislatura, provocará hilaridad máxima, dentro y fuera de Tabarnia. Si lo hace travestido, todavía más. Si quiere quitarle el protagonismo a Arrimadas, más le vale hacerlo con vestido de noche y escotazo, peluca negra y tacones de aguja, que ataviado de oficinista o enterrador. Sería el disfraz más fotogénico para un político al que tanto preocupa la imagen. En las puertas del parlamento podría montarse un jolgorio espectacular, con los miles de fans luciendo la careta del ídolo Puigdemont y el gran antihéroe del catalanismo huyendo de la policía españolista con faldas y a lo loco.
Parecemos condenados a soportar gobiernos ineficientes y alternativas aún más ineficientes. Y así nos va, como en un esperpento berlanguiano. A Cristiano Ronaldo lo abuchean con rencor en Mestalla como si fuera el enemigo público número uno de la comunidad valenciana que los Fabra, las Barberá, los Camps, los Costa y demás mangantes del partido han saqueado durante décadas, con el aplauso popular, hasta convertirla en una república folclórica. La justicia es tan científica que los delitos se cometen a velocidad luz y las sentencias se dictan a cámara lenta, justificando la sensación de impunidad que corroe a los ciudadanos, voten o no al partido naranja.
Un amigo humanista me reprocha mi excesivo pesimismo. Y le replico con la opinión de un maestro innombrable, enemigo público en la Cuba castrista. No es solo que el poder corrompa. El problema es que las relaciones humanas están siempre asociadas al poder. Un vídeo doméstico de la familia real nos lo ha recordado esta semana. En un ridículo intento por acercarse al pueblo, la realeza ha parodiado la vida real de sus humildes súbditos, generando una caricatura denigrante. Como una sopa de cardos. Así ve la monarquía la vida de los españoles que, brecha salarial aparte, no tienen ni la posición ni el dinero ni el linaje para hacer otra cosa que salvar el cuello y sobrevivir a la quema diaria de sus esperanzas e ilusiones.
Qué ganas tengo ya de que empiece de verdad el carnaval. Ese tiempo mágico en que todo debe cambiar para que nada cambie. 

lunes, 29 de enero de 2018

AUTOBIOGRAFÍA IMAGINARIA


[Machado de Assis, Memorias póstumas de Brás Cubas, trad.: Elena Losada, Sexto Piso, 2017, págs. 405]

       Es un fenómeno extraño y maravilloso que la creatividad de un autor obtenga el reconocimiento de escritores posteriores de muy diversas tradiciones y nacionalidades. Así ha sucedido con el brasileño Joaquim Machado de Assis, celebrado por escritores tan afines como Cabrera Infante, Carlos Fuentes, John Barth, Salman Rushdie o Susan Sontag, de quien tomo prestado el concepto de “autobiografía imaginaria” para definir el género al que pertenece esta obra maestra de la inteligencia novelesca, por no hablar del joven defensor de la noción de literatura mundial, Adam Thirlwell, fan total de este libro y de su autor.
La primera gesta que encierra la escritura de este libro formidable tiene que ver con la huida de un contexto provinciano como el periférico Brasil del siglo diecinueve. La segunda gesta, relacionada con la anterior, es cómo escapar de las determinaciones culturales de su tiempo y saber enlazar con la veta más innovadora y refrescante que provenía del siglo dieciocho francés e inglés. Si uno de los modelos indiscutibles para escribir esta novela memorable es el “Tristram Shandy” de Laurence Sterne, otros dos podrían ser los “plagios” creativos de este modelo realizados en siglos sucesivos por Diderot (“Jacques el fatalista”) y Xavier de Maistre (“Viaje alrededor de mi cuarto”). Este es el milagro de la literatura: cuanto más genuina parece, más enraizada en un país y una época concreta, más abraza la tradición internacional que la extrae de las limitaciones de su cultura de origen y conecta con ese escenario transnacional donde la verdadera literatura demuestra su esencia cosmopolita. (Esta dimensión, por cierto, es la que funda la “República mundial de las Letras”, como la denomina Pascale Casanova.)
Machado de Assis era mulato, traductor e impresor antes de convertirse, gracias a la genialidad de sus novelas y relatos, en uno de los grandes patriarcas de la literatura brasileña. Es una de las figuras más originales de la literatura americana de su tiempo y, a pesar de eso, fue poco conocido durante mucho tiempo fuera de Brasil. En esta novela risueña, Machado de Assis escribe la autobiografía de un personaje ridículo, un burgués sin carisma aquejado de hipocondría crónica, sumergiendo en un baño de ironía corrosiva las dos marcas que componen la idiosincrasia burguesa decimonónica: el romanticismo patológico de las pasiones y sentimientos y el realismo pragmático de la clase social, la política y el dinero. Brás Cubas, como anuncia desde el principio, es un difunto autor, es decir, alguien que afronta la tarea de narrar las peripecias de su vida desde el más allá. Esta declaración inicial establece las nuevas reglas de un juego literario de una libertad insólita cuya primera consecuencia es el humor absoluto que preside el relato.
La condición póstuma de estas memorias, narradas desde el sepulcro, por así decir, bromeando con las “Memorias de ultratumba” de Chateaubriand, le permite al autor abrir las compuertas de la ficción para reírse a carcajadas del principio de realidad. Como Brás Cubas reconoce, la muerte es el estado ideal para despojar a la vida de todos sus oropeles hipócritas, falacias morales y ornamentos engañosos. Pero en lugar de utilizar esa perspectiva filosófica para construir una narración estoica y moralizante, Machado de Assis, liberado de cualquier sujeción realista, genera un modelo carnavalesco de aproximación a la vida singular de un hombre (“una errata pensante”) de insuperable comicidad y sinceridad. Nada más alejado de la pesadez decimonónica entonces en boga y hoy mitificada por cierta crítica que estas “Memorias póstumas”, donde la adiposa silueta de la novela realista adelgaza hasta hacerse (pos)moderna.
La literatura, para Machado de Assis, no existe para confirmar los valores convencionales sino para recordarnos que la vida, con todas sus complicaciones, vicisitudes y equívocos, es un juego muy serio. Tan serio que acaba antes de que lo hayamos entendido.

viernes, 26 de enero de 2018

COMEDIA HUMANA

 [Luis Goytisolo, Coincidencias, Anagrama, 2017, págs. 120]

         Hace cuatro años, Luis Goytisolo se empeñó en dilucidar las claves del género novelístico, su glorioso pasado, dudoso presente e incierto futuro, en un ensayo fructífero (Naturaleza de la novela) que quizá le abrió la puerta a este magistral regreso. Acertaba Goytisolo, en dicho ensayo, al definir la “naturaleza de la novela” como un conjunto de artificios y convenciones modificados con el paso de los siglos para adaptarse a las mutaciones históricas. Una de las conclusiones más lúcidas del ensayo era que el formato de la novela, nacido para poner en crisis, precisamente, el mundo de valores vigente en cada sociedad, necesitaba recurrir a nuevos dispositivos de composición narrativa más acordes con los tiempos.
En un acto de coherencia ejemplar, Goytisolo se ha propuesto demostrar la validez de sus postulados concibiendo un artefacto literario plagado de paradojas e inteligencia. En una situación actual de aparente crisis del género, la mejor forma de resolver la ecuación de la novela contemporánea y despejar las incógnitas creativas que la constituyen consiste en enfrentarse sin tapujos a la representación de la realidad del presente.
Y así lo hace aquí, de manera sorprendente, construyendo un calidoscopio de 63 piezas narrativas que funciona como una miniaturizada “comedia humana” de nuestro tiempo. Una “comedia humana”, eso sí, sometida a la ionización del cuadro social balzaquiano y de sus motivos y escenarios principales: escenas de la vida privada, con un énfasis hilarante en las perversiones sexuales, la promiscuidad equívoca y las nuevas parafilias, o escenas de la vida pública, centradas en el costumbrismo urbano, el tránsito caótico, los intercambios, los negocios y la riqueza. En el fondo, Goytisolo retrata un mundo nuevo, donde lo privado y lo público apenas si se distinguen, un mundo estereotipado donde todo es transparente y cualquier conducta o deseo aspira a transmitirse a los otros a través de las redes sociales e internet.


La gran invención de “Coincidencias” reside en haber sustraído la mayoría de los nombres propios y transformado el retrato social en un paisaje anónimo de vidas minúsculas y personajes intercambiables. El elenco de personajes es extenso, abarcando diversidad de clases, roles y profesiones: padres y madres, hijas e hijos, lesbianas y amantes, taxistas y conductores, maridos y mujeres, empresarios, galeristas, cocineros, hackers, periodistas, financieros, prostitutas, secretarias, etc.
Rara vez sus destinos se cruzan o sus identidades se definen sin inducir a la confusión, por lo que el acierto del ingenioso título no guarda relación solo con el contacto que la realidad mantiene con la ficción, siempre especulativo, sino también con la convergencia entre los múltiples personajes que cuentan, con voz propia o en tercera persona, sus peripecias comunes o las de sus allegados y los modelos reales en que podrían basarse. Este es el original juego de coincidencias y reconocimientos que, como un puzle de viñetas cómicas, esta novela panorámica plantea a su lector. Los personajes de la ficción pueden tener sus correlatos, más o menos conocidos, en la realidad, pero lo importante es la posibilidad de transferir la caricatura a otras personalidades contiguas, sin concretar en exceso los parecidos y semejanzas.
Es irónico, si uno emplea el índice de capítulos como mapa cognitivo, comprobar cómo los que más se repiten (“Transeúntes” y “MasterChef”, cuatro veces cada uno) orientan la lectura hacia el desenlace trágico del asesinato del cocinero famoso por un vengador desconocido y el tiroteo del conductor colérico. El terrorismo y la violencia como subproductos de un modo de vida que la parábola japonesa apócrifa que clausura el libro impugnaría sin ambages.
Ya saben, cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. 

miércoles, 24 de enero de 2018

GRAN HERMANO


La imagen es impresionante. Una cola de consumidores fanáticos asalta las instalaciones de una megatienda para apropiarse de las mercancías más codiciadas a precios de ganga. Mientras tanto, las ventas en internet se disparan a niveles histéricos, las acciones de Amazon cotizan al máximo y el dueño del lucrativo negocio ingresa de golpe en el selecto club de multimillonarios mundiales. El viernes negro es más negro para unos que para otros. Los consumidores que regresan a sus hogares hipotecados cargando con mercancías obsoletas no salen de parias por más gratificante que haya sido la cacería de productos en oferta.
Una sociedad que bombardea los cerebros de los ciudadanos con la cantidad de basura envasada al vacío con que lo hace esta no puede presumir mucho de valores éticos ni dar lecciones morales a nadie. La cultura basura es el espectáculo dominante en pantallas y redes sociales, donde el penúltimo genio triunfa haciendo ostentación de su barbarie ante una parroquia exclusiva que aplaude cualquier indulgencia de ese tipo, o los insultos denigrantes, antes que una exhibición de inteligencia, conocimiento o buen gusto. Esta es la manada genuina y no solo la horda tribal de los violadores en grupo, expresión violenta del mismo espíritu cavernario. Y no es que la fiesta retrógrada de San Fermín, con o sin el aliciente machista para cabestros en celo, sea más educativa que la denigrante vulgaridad de la televisión basura. Lo que celebra el Gran Hermano, como tantos subproductos de Mediaset y canales afines, eficaces destilerías de excremento mediático, es la pertenencia a una cultura banal que degenera, por lógica, en toda clase de conductas repugnantes, documentadas en redes y dispositivos con puntualidad digital.
Cuando Pablo Iglesias, o cualquier otro político idealista, toma el nombre corporativo del pueblo en vano, arrogándose la defensa de sus derechos y supuestas libertades, entran ganas de enseñarle los datos aplastantes de la taquilla de cine, la audiencia de ciertos programas despreciables, las tendencias masivas de Twitter, los sondeos electorales o las imágenes terroríficas del “Black Friday”, la orgía puritana del consumo prenavideño que los americanos le han vendido al mundo entero para hacer caja. Mientras el uno por ciento de la población global ajusta aún más sus cómputos financieros y reduce decimales para empezar a restar miembros, los miles de millones sobrantes importan costumbres que aumentan el patrimonio de las élites y empobrecen la vida mental de las mayorías. Esto no lo ve el Gran Hermano de la tele porque este solo tiene ojos para una cosa. La basura humana. Y sabemos que la inmundicia reciclada en información es la materia prima más valiosa de la sociedad de control. Esta es la moraleja infantil de hoy. Cada vez que Google o Facebook te feliciten por tu cumpleaños, lector, piensa cuál es el precio. 

lunes, 22 de enero de 2018

CARMEN POSFEMINISTA


 [Benjamin Lacombe, Carmen (Prosper Mérimée), Edelvives, trad.: Mauro Armiño, 2017, págs. 194]

La mujer es el síntoma del hombre, dicen que decía Lacan. Carmen es el síntoma de una cultura. Cambiando el final, o corrompiendo el principio, no importa, Carmen encarnará siempre el sadomasoquismo atávico de las relaciones y los escenarios heterosexuales, así en la novela como en la ópera o el cine. Carmen, La Venus de las pieles, La mujer y el pelele, La caja de Pandora, entre otras obras clave del masoquismo masculino, son variaciones literarias sobre el mismo mito sexual. Carmen, como dice Camille Paglia, “es una máscara sexual espectacular, una dominatrix carismática posible solo en la cultura occidental, que ha dado origen a la mujer independiente que habla claro”.

“Los hombres creen ser hombres, mientras que las mujeres fingen ser mujeres”.

-Alenka Zupančič-


Desde la suntuosa portada del libro, Benjamin Lacombe anuncia su programa estético. El bello rostro de una mujer aparece en un desgarrón luminoso con sus grandes ojos fijos y su boca de labios sensuales. Con los dedos de su mano derecha, donde reposa una araña, sujeta uno de los pliegues de una mantilla de encaje negro que es también una siniestra tela de araña. Esa joven glamurosa dirige la mirada al lector, como antes a otros muchos hombres, para hechizarlo con sus mágicos poderes de seducción. Ya en las primeras páginas del libro, ese hermoso rostro femenino muestra su atractivo de nuevo rodeado por la misma mantilla por la que merodea una camada de arañas de cuerpo rollizo y patas finas.
La romántica novela de Merimée, un extraño ejercicio de arqueología andaluza mucho más interesante de lo que su apariencia de fantasía exótica y erótica pudiera prometer, encuentra en Lacombe al artista visualizador y no solo al ilustrador. La sugestiva Carmen de Lacombe es un arquetipo intemporal y, como tal, Lacombe la restituye a su lugar de origen: el inconsciente masculino, esa factoría de imágenes de la feminidad que irrigan la cultura patriarcal y otorgan una máscara sexual al deseo. Carmen es la personificación del deseo: la mujer poderosa encargada de realizar los sueños de humillación del hombre masoquista. La mujer fatal: una creación fetichista de la mente viril. Una criatura de perdición que encarna la vida en su máxima intensidad.
Páginas más adelante, una Carmen monstruosa, con múltiples piernas calzadas en botas de cuero, se presenta en una pose mucho más insolente y dominadora. Envuelta en sus atavíos fúnebres con una enigmática bola de cristal sostenida por las dos manos a la altura del sexo, Carmen dirige al lector estupefacto una mirada desafiante en la que se cifra todo su embrujo carnal. Como en la gran ópera homónima, esta Carmen morenaza de Lacombe reta con su gesto despectivo al que la mira sin pudor ni temor. Esa maldición del deseo es la dimensión dionisíaca del mito que encandiló a Nietzsche con la exuberante música de Bizet.


En la novela, el bandolero José mata por desesperación a la gitana Carmen, que asume sin resistencia la pulsión destructiva y el destino trágico de la pasión amorosa. En la inquietante visión de Lacombe, las arañas son el animal heráldico del fatídico personaje, los representantes atávicos de su voluntad de enredar y engañar, y ella misma se transforma, en dos imágenes escalofriantes, en una araña terrorífica que mantiene cautivo en su tela al incauto “canario” José. La interpretación de Lacombe es la de un imaginario cultural filtrado por un tamiz freudiano y reinventado luego con rasgos estéticos contemporáneos.
En otra imagen gráfica, Lacombe suscribe la fragilidad del personaje, representando a la mujer como fetiche venéreo, encarnación pasiva del poderío de la libido. Una Carmen indolente, de rostro parecido a Paz Vega o a Penélope Cruz, esta fémina "diabólica" aguarda a su amado en un precioso tocador decorado con azulejos. Tumbada entre cojines, con la negra cabellera desmelenada, revestida de seda roja y descalza, se ofrece como una mujer fácil a la mirada posesiva del posible amante.
En cada una de estas fascinantes imágenes, Lacombe muestra a una Carmen nacida para ser amada y no asesinada, aunque la violencia del mal ronde sus perversos designios y maquinaciones. Con esa imagen final de una Carmen libertina, inspirada en Aubrey Beardsley, Lacombe nos recuerda que el amor es también un juego de máscaras, una escenificación erótica, un espectáculo organizado en función del placer y la seducción, no de la muerte. 

viernes, 19 de enero de 2018

EL LIBRO DEL MUNDO


[Philip K. Dick, Nick y el Glimmung, trad.: Juan Pascual Martínez, Minotauro, 2017, págs. 126]

            Un gran libro de literatura infantil y juvenil basa su éxito o su fracaso artístico en el impacto que causa en la mente de los lectores de cualquier edad. Si los grandes clásicos de esta literatura en que todos pensamos no hubieran encontrado en su carrera el soporte de los lectores adultos, habrían caído en el olvido implacable del tiempo.
Imagino que Philip K. Dick, genial autor de novelas de ciencia-ficción que aún intrigan a las inteligencias más despiertas, debió pensar lo contrario al escribir esta novela donde se plasman muchas de sus obsesiones y motivos más recurrentes pero destinadas esta vez a la mente inquieta de los menores. En suma, Dick invirtió el concepto hasta el punto de que pudo pensar que si su literatura no lograba impregnar de ideas e imágenes sugestivas el cerebro de los más jóvenes era porque carecía de un componente fundamental.
En la época en que Dick compone esta maravillosa novela está obsesionado con dos personajes bastante afines. El músico Wagner y el psiquiatra Jung. Es decir, el lenguaje profundo de la mitología y la leyenda, las resonancias simbólicas de los arquetipos en el alma individual y el inconsciente colectivo, la invención de fábulas grandiosas que cristalicen los mitos ancestrales de la imaginación humana. Por desgracia, cuando Dick terminó de escribir “Nick y el Glimmung” en 1966 nadie supo entender su ambicioso planteamiento y sufrió no menos de quince rechazos editoriales. Fue de hecho la última novela de Dick en ser publicada póstumamente, en 1988 y en edición inglesa, no americana.
Otro detalle revelador es que Dick compuso su novela mientras su mujer Nancy Hackett estaba embarazada de una hija que al nacer se llamaría Isolde Freya, en honor a la famosa heroína germánica luego recreada por Wagner y a la gran diosa nórdica del amor, la belleza, la magia y la profecía. En fin, referentes y alusiones aparte, lo que cabe deducir de todo esto es que Dick escribió esta novela con la convicción de que el formato de la literatura infantil era el idóneo para comunicar a su futura hija (y a todos los niños lectores) una visión del mundo tan cargada de gnosticismo y oscuridad metafísica como de esperanza en la especie humana.
Dick era un gran amante de los animales y no por casualidad esta fascinante historia comienza cuando Nick y sus padres se ven obligados a abandonar la Tierra, donde la tenencia de mascotas está prohibida tras un holocausto nuclear que ha reducido los recursos alimentarios al mínimo, y emigrar a otro planeta ignoto con tal de conservar a su gato Horace. El Planeta del Labrador, donde arriban tras un largo viaje interestelar, está dominado por un aciago demiurgo llamado Glimmung que sostiene una guerra secular contra una parte de los grotescos alienígenas que lo pueblan. El aspecto borgiano de la trama es que el poder con que la siniestra deidad sojuzga a sus pobladores proviene de un libro mutante que prefigura todos los acontecimientos que tienen lugar en las ásperas regiones del planeta agrícola. El niño Nick, para salvar a su gato, se hace con el libro original, vence al Glimmung con ingenio y cambia para siempre la vida del Planeta del Labrador.
Es una ficción optimista en la que, además, Dick demuestra dotes extraordinarias para escenificar un alucinante paisaje de maravillas y horrores, entre Carroll y Lovecraft para entendernos, con el fin de transformar al niño protagonista en héroe y salvador de un mundo. Un precioso regalo para niños inteligentes.

miércoles, 17 de enero de 2018

MUJERES

El hombre es un lobo para la mujer, advertía la madre a Caperucita. Pero una mujer necesita un lobo a su lado cuando llegue la fría noche. La madre de Caperucita era una mujer anticuada. La mujer es esa criatura portentosa que se pasa la vida luchando contra dos bestias feroces. Los imperativos de la biología y las leyes del patriarcado. Solo por eso, la mujer es un ser más completo e íntegro que su antagonista sexual. La doble X de sus cromosomas no basta para explicar esa hegemonía manifiesta. Philip K. Dick creía que la superioridad de las mujeres residía en su capacidad para soportar el dolor. ¿Y sus increíbles dotes para el placer qué?
Cuando una mujer ve a Oprah Winfrey alzar la voz en Hollywood contra el despotismo patriarcal siente una complicidad inmediata con ella y con las demás actrices privilegiadas que se han rebelado contra los abusos de un poder feudal que favorece al gran macho, llámese Weinstein o Trump. Pero es un espejismo, otro trampantojo generado con la misma tecnología con que el cine americano fabrica películas infantilizadas de consumo mundial. Y no porque no tengan razón, sino porque el sistema de sumisión que denuncian también las ha expuesto en el escaparate de la fama mediática, transformándolas en lujosas muñecas de carne que sirven de modelo a las demás mujeres y de fantasía húmeda a los hombres.
Ya pasó nuestro tiempo. Los hombres construimos desde la prehistoria un modelo cultural que nos beneficiaba por terror a las mujeres y a sus poderes terrenales. Y por una especie de veneración ambigua a lo que representaban en el escenario de la vida. Creíamos que ellas eran instintivas y emocionales y nosotros racionales y lógicos. La inteligencia y el rigor eran nuestro patrimonio genético y el matrimonio nos otorgaba la garantía de mantenerlas controladas en el ámbito doméstico, hasta que conocíamos a una estratega fatal que arruinaba nuestros cálculos y pulverizaba nuestras teorías. Ese cuento de hadas también se acabó. Nada es más insoportable para un hombre moderno que verse obligado a defender un sexo en bancarrota, con el onanismo bochornoso del cómico Louis C. K. como confirmación patética. Los hermanos Wachowski se cortan el rabo y se vuelven “transgénero” pensando que así solucionan el viejo problema de la violación. No es tan fácil. El rompecabezas masculino está en el cerebro.
En pleno capitalismo neoliberal, además de atractivas, las mujeres deben ser lobas inteligentes y emprendedoras. Lo están logrando, sin necesidad de que un club de pijas californianas o parisinas les enseñe el camino de la libertad sexual. Flaubert decía que la mujer es la creación más perfecta de la civilización occidental. A estas alturas, lo mejor que puede hacer esta civilización es ponerse en manos de las mujeres y a ver qué pasa.