lunes, 23 de octubre de 2017

INTELIGENCIA INFINITA


[Philip K. Dick, Valis, Booket, trad. Rubén Masera, 2017, págs 304]

           Un libro como este, para empezar a leerlo como corresponde, obliga a plantearse al lector muchas dudas y preguntas. Algunas se refieren a la propia condición del libro y otras al mundo en que el libro aparece. La primera cuestión seria a dilucidar es si se trata de una novela ambigua o de un texto sagrado de una nueva religión gnóstica aún por fundar.
           “Valis” es la primera entrega de la inacabada “trilogía Valis”, donde Dick se planteó revisar en clave de ficción científica las cuestiones trascendentales de la historia, la política y la espiritualidad humanas. Así como Nietzsche sucumbió a la locura para consumar el designio de su filosofía, así Dick llevó al límite la experiencia mental de la contracultura (paranoia socio-política, videncia lisérgica, espiritualidad difusa, neurosis religiosa) para alcanzar un nivel de lucidez en la comprensión de la realidad como demuestra esta trilogía decisiva escrita entre 1976 y 1982. Todo había comenzado del modo más trivial, después de una década (los sesenta) de vida inestable y cierta fatiga respecto de las posibilidades de la ficción. La sensación de que escribir no sirve para nada y de que por más que el escritor se empeñe en atacar sus sistemas simbólicos los poderes que mantienen este mundo bajo control permanecen intactos.
El 19 de febrero de 1974, tras la extracción de la muela del juicio, Dick padece una neuralgia aguda. Su mujer Tessa llama a una farmacia solicitando un analgésico. Al abrir la puerta, Dick se encuentra con que la chica morena que le trae el fármaco lenitivo lleva al cuello el colgante de un pez. Dick le pregunta por este y ella le contesta que es el símbolo de los primeros cristianos. En ese momento, sus veintidós años de escritor de ficciones con mundos alternativos, tiempos dislocados, viajes entre distintos planos de realidad, conspiraciones virtuales, juegos interplanetarios y demás temas de su literatura imaginativa cristalizan en una revelación privada. No está viviendo en la siniestra América de Nixon sino en la Roma de Nerón. La Historia se detuvo alrededor del año 70 a. C. y persiste, desde entonces, la misma dictadura (el “Imperio”, según Dick) que impone su dominio totalitario sobre la realidad a través de artificiosos mecanismos de ilusión cognitiva. Dick entiende entonces que es tiempo de ponerse a escribir ficciones que revelen la existencia de un “vasto sistema activo de inteligencia viva” (VALIS) que sirve, como generador de realidades, para preservar el engaño metafísico de que el mundo visible es real y no un holograma espectacular.
Para contar esta experiencia, Dick crea en “Valis” una narración esquizofrénica donde el protagonista, Amacaballo Fat, acaba identificándose como Philip Dick. Esta bipolaridad del relato es producto de un espejismo nominal: Philip equivale, en griego, a “amante de caballos”, y Dick, en alemán, significa “Fat” (grasa). Ese desdoblamiento de máscaras narrativas funciona como ficción dentro de la ficción y convierte a “Valis” en una autobiografía fantástica de los últimos años de Dick, así como los miles de fragmentos de la “Exégesis”, escritos en esa misma época, funcionan como su credo espiritual.
Tras la muerte de Dios anunciada por la filosofía nietzscheana a fines del siglo diecinueve, todo el siglo veinte es la historia de las disputas ideológicas y culturales por rellenar ese vacío con creencias, mitos e idearios sucedáneos. Con “Valis” Dick consuma su narrativa, construyendo una nueva mitología cósmica para el tiempo del capitalismo triunfante y abriendo de par en par una puerta de salida de la era cristiana, una vía de escape para el cuerpo y la mente. 

jueves, 10 de agosto de 2017

UNA PESADILLA AMERICANA


[Lionel Shriver, Los Mandible. Una familia: 2029-2047, Anagrama, trad.: Daniel Najmías, 2017, págs. 520]

El futuro es la incógnita más valiosa de nuestro tiempo. Todas las ciencias pagarían un alto precio por tener acceso a sus secretos. El presente, en cambio, es confuso y convulso, pero lo rastreamos con los instrumentos disponibles en pos de los signos ambiguos del porvenir. El pasado está muerto y sus resurrecciones artificiales solo sirven como campo de batalla para luchas ideológicas superadas por la historia.
Aquí radica la audacia de una novelista inteligente como Shriver para escrutar el futuro inmediato con el recurso de la imaginación irónica. Estados Unidos, año 2029. El sistema americano, totalmente endeudado, atraviesa una de sus crisis más severas. Los periódicos han desaparecido, la televisión es el único medio de información junto con internet, donde reina el caos consabido, la gente sufre restricciones de agua y comida, la violencia y la agresividad se disparan, los espacios urbanos se degradan, los despidos se producen en masa y la riqueza se desvanece sin dejar rastro. El dólar se desmorona, batido en los mercados internacionales por una moneda nueva llamada báncor, creada por la Rusia de Putin y la China del capitalismo estatal para desbancar el poderío financiero americano. Este es el ruinoso contexto nacional en que se desenvuelve con extrema dificultad la familia protagonista, compuesta por un patriarca nonagenario en bancarrota (Douglas), sus dos hijos (Carter y Nollie), sus tres nietos (Jarred, Avery y Florence) y los cuatro bisnietos adolescentes (Goog, Bing, Savannah y Willing).
Los Mandible es la primera gran novela de la era de la naturalización de la economía, como la llama Žižek: el tiempo en que las categorías económicas ejercen tal peso aplastante sobre la vida humana que es imposible entender esta sin dominar aquellas. Basándose en los datos de la crisis de 2008, Shriver realiza un escalofriante ejercicio de especulación sobre lo que significaría darle unas cuantas vueltas de tuerca más a los terribles precedentes que conocemos. Al aplicar sin límites los conceptos de carestía y vulnerabilidad tercermundistas a una realidad opulenta como la del capitalismo americano, Shriver logra crear una pesadilla verosímil fácil de exportar a otras realidades nacionales.
Más allá de la economía, la psicología y la sociología apocalípticas, la novela funciona como un cóctel bien agitado de la crítica familiar de altura (pienso en el Jonathan Franzen de Las correcciones, a quien se alude con cierta ironía en el texto), más el sentido trágico del fin de una cultura al estilo del Cormac McCarthy de La carretera, más la dimensión de ironía geopolítica y familia disfuncional de La broma infinita de David Foster Wallace. Y todo ello mezclado luego con generosas dosis de la visión sarcástica y corrosiva de las relaciones humanas, sexuales y generacionales, marca de la casa.
Con todo, Shriver no es solo una bromista peligrosa, por más que se divierta horrores sometiendo la realidad liberal americana a la disciplina de supervivencia y el correctivo implacable de cualquier país menesteroso, sino una novelista crítica con los planteamientos conformistas de sus colegas. Como le dice Willing a su tía escritora, replica ficcional de Shriver, para convencerla de la necesidad imperativa de quemar sin miedo sus libros: “No es tiempo para novelas. Nada  inventado es más interesante que nada de lo que está ocurriendo. Estamos dentro de una novela”.
Así lo demuestra, en el sorprendente desenlace, la distopía americana de 2047, con estados secesionistas como Nevada, chips cerebrales obligatorios y regresiones políticas a mundos antitecnológicos. El futuro nunca muere, como decía aquella banal película Bond de los noventa, pero es una categoría en crisis. Esta brillante novela de Shriver nos obliga a preguntarnos de qué futuro hablamos cuando hablamos del futuro.

viernes, 4 de agosto de 2017

VERANO AZUL

En verano la realidad no se toma vacaciones, pero ciertos cerebros sí. Cuando la sobrecarga informativa amenaza con ahogarlos, recurren al salvavidas del humor. Dicen que la cárcel de Soto del Real, atestada de magnates y mangantes, no es solo la escuela de negocios de moda este verano, sino el nuevo club de la comedia española. Entre sus muros de alta seguridad se escuchan chistes sobre la justicia a todas horas y los presos comunes están encantados con el desfile diario de amiguetes implicados.
Tras la detención del capo Villar y su equipo de mafiosos ya nadie es inocente en el fútbol español. Hemos pasado de los veranos triunfales de La Roja al verano del sonrojo integral. A pesar del extenso mandato, el villarato ha hecho lucrativos chanchullos y amaños, sobre todo, desde que la selección nacional pasó de cenicienta del fútbol mundial a reina roja de los campos de juego. La conveniencia política y social de esos éxitos futboleros explicaría el despotismo calabrés del régimen villarista en que pringaban muchos más directivos, árbitros y periodistas de los que, en principio, señala el juez Pedraz.
            Sin pasar por la exigente academia de Soto del Real, Puigdemont es otro gran humorista de nuestro tiempo. Sus bromas están alcanzando un nivel desconocido en un país donde el número de graciosos por metro cuadrado bate plusmarcas olímpicas. Imagino al cómico artífice de la desconexión catalana sintiendo una punzada de envidia política con el vídeo publicitario del PP y diseñando en su mente un artefacto similar para después de la debacle. A hipérboles es imposible ganarle, aunque Rajoy se le ha adelantado por centésimas. Su comparecencia testimonial en el juicio de la Gürtel fue hilarante. Negar cuando quieres afirmar, afirmar cuando quieres negar, dudar cuando lo tienes tan claro y ser contundente cuando te faltan las ideas, es un papel demasiado complicado hasta para un actor natural como Rajoy. En Soto del Real se lo pasan en grande viéndola en bucle y estudian el método a fondo para cuando les toque. Nadie preveía, sin embargo, que el genio histriónico del presidente iba a coronarse con la dichosa emisión del vídeo sobre el empleo precario estacional como acontecimiento planetario en la historia moderna.
La propaganda, como proclaman los reclusos vip de Soto del Real, construye una realidad imaginaria en la que nadie necesita creer para que exista por sí sola. Condenados a vivir en mundos de ficción, los consumidores aún podemos elegir en el menú democrático de contenidos. Opción A: Verano azul (PP y aliados). Opción B: Juego de tronos (PSOE y Podemos). Otras opciones ni se barajan. Mientras la economía remonte el vuelo, los populares no tienen nada que temer y Rajoy lo sabe. El desprecio masivo por la política les garantiza impunidad absoluta. De momento, Verano azul para todos.  

lunes, 31 de julio de 2017

LUMINOSO (HIPER)TEXTO

 [William Carlos Williams, Paterson, Cátedra, trad.: Margarita Ardanaz, 2017, págs. 330]

           
Who restricts knowledge? Some say
it is the decay of the middle class
making an impossible moat between the high
and the low where
the life once flourished . . knowledge
of the avenues of information —

-W. C. Williams, Paterson-


Tras ver la estupenda película “Paterson” de Jim Jarmusch es muy recomendable la lectura o relectura, según los casos, del poemazo homónimo del gran William Carlos Williams, una de las personalidades más singulares de la poesía del siglo XX. Williams fue poeta de vocación y médico de profesión y sus especialidades, la ginecología y la pediatría, no deben dejarse al margen cuando se aborda su labor poética y, muy en especial, la escritura de una exorbitante epopeya vernácula como esta. “Paterson” es el topónimo de la ciudad de New Jersey donde Williams ejerció casi toda su vida dando a luz a miles de bebés y el nombre propio del gigante imaginario que surca la vertiginosa cascada de versos y textos, concebida a imitación de las cataratas del río Passaic, el símbolo nuclear del libro.
Williams gestó “Paterson” durante tres décadas, desde 1926, fecha del poema inicial, y 1946, año de edición del Libro Uno, donde aparecen las líneas mayores de su discurso caudaloso, hasta 1958, cuando se publica el Libro Cinco, epílogo jeroglífico que algunos críticos consideran un comentario prescindible. Como libro unitario solo se publicaría en 1963, el mismo año de la muerte de Williams. [Esta reedición de la primera traducción al español (2001) de “Paterson” incluye, por cierto, las notas del Libro 6 que Williams había planeado añadir para prolongar los ecos del poema hasta la extenuación.]
Inspirada por la exuberante fusión de mito antiguo y prosa cotidiana del “Ulises” de Joyce, y también por los poemas más dantescos de Eliot (“La tierra baldía”) y Pound (“Los Cantos”), la caótica arquitectura de “Paterson” pretende transmitir a la dicción innovadora del modernismo toda la fuerza genuina de la experiencia secular americana, hecha a partes iguales, como sabían sus grandes precursores Emily Dickinson y Walt Whitman, de provincianismo cultural e infinitud espiritual.  
Es muy instructivo revisar ahora las peculiaridades estilísticas y estructurales de uno de los grandes monumentos literarios del siglo veinte, una de esas obras que desafía, con su dificultad y originalidad expresivas, la intelección humana y la tendencia de esta a conferir a todo un sentido predecible. Ante una obra de tal magnitud, la inteligencia reconoce sus límites cognitivos y disfruta de la exploración mental de un territorio que ni siquiera su autor podría cartografiar sin problemas. De ahí que algunos severos intérpretes, juzgando el logro desigual de sus partes, digan que la grandeza estética de “Paterson” es directamente proporcional al tamaño mallarmeano de su fracaso. 
En cualquier caso, si uno se deja arrastrar, libro tras libro, por el torrente verbal que la mente de Williams genera, descubre que la mejor forma de no ahogarse consiste en atender, sobre todo, al doble mecanismo que agita sus aguas: la unidad mínima (versos o documentos fragmentarios) y su conexión precaria con el flujo de la totalidad. Los giros inesperados, el ingenioso poder del poema para asociar voces dispares, metáforas fulminantes y anécdotas históricas, es lo que más gratifica, finalmente, el esfuerzo de conferir un significado transitorio al montaje (hiper)textual. Y es que “Paterson”, cuya génesis es contemporánea de los primeros desarrollos de la cibernética de Norbert Wiener y el esbozo del hipertexto primigenio de Vannevar Bush (el “memex”), se configura también como un dispositivo innovador de organización de la información.
¿De qué trata “Paterson”, en suma, si es que esta operación tiene algún sentido con una obra de estas características? Del fracaso histórico de la vida americana, de la lengua fallida con que los americanos tratan de crear una cultura genuina, de cómo la naturaleza, la economía y la historia, lo masculino y lo femenino, nunca encuentran un lugar utópico en que no reine la muerte, la guerra, la frustración, el crimen o la injusticia, por más que el deseo se empeñe en fundar ciudades sobre el espacio vacío y la materia elemental. “Paterson”, como indica el juego joyceano del título, es el poema profano del hombre que es padre e hijo al mismo tiempo. Padre de las generaciones de los hombres (vivos o muertos) e hijo de sus obras (buenas o malas). La voz degenerada del patriarcado, con sus éxitos y fracasos, y la voz poética regenerada, como dice Williams al final del Libro Uno, de “la tierra, la charlatana, padre de toda habla”. 

lunes, 24 de julio de 2017

AUTOBIOGRAFÍA Y DESFIGURACIÓN

 [Christine Angot, Un amor imposible, trad.: Rosa Alapont, 2017, Anagrama, págs. 229]

Me cansa la autobiografía, lo reconozco. Me cansa la escritura que toma la vida del autor como pretexto para elaborar textos configurados conforme a las categorías engañosas del yo. No me cansa la vida de los otros. Me cansa la moda de la escritura literaria que ha renunciado a los placeres y artificios de la ficción en favor de una concepción limitada por el mezquino principio de realidad.
Salvo que el yo que se autorretrata sea portentoso, repleto de experiencias increíbles, especialmente sexuales, como es el caso excepcional de Philippe Sollers, o dotado de una vivacidad estilística y un don excepcional para la vida del lenguaje, como en los casos afines de Michel Leiris y de Cabrera Infante, la escritura del yo suele producir textos anecdóticos de una pobreza onanista, libros tejidos de vivencias insignificantes. Cabría preguntarse, entonces, si a una época narcisista como la nuestra, de paroxismo individualizador inducido por un contexto normalizado y masificado, le corresponde también como género más genuino la forma autobiográfica.
En un ensayo famoso decía Paul de Man que la personificación es el tropo dominante en los textos autobiográficos, es decir, aquellos que mediante el afrontamiento desvergonzado de los contenidos existenciales hacen del nombre propio del autor algo tan inteligible y memorable como un rostro. Este proceso de formalización estética, según de Man, permite a una obra singular alzarse a niveles distintos de participación en la realidad.
Este es el caso de la escritura de Angot, desde luego, a quien la dicción autobiográfica sirve para especular sobre sí misma y sus orígenes familiares (esto es, ponerse ante el espejo con gesto interrogativo) en una doble operación que implica al progenitor amante y a la madre amada con reparos. El efecto textual de tal ecuación de escritura reside en prestar relevancia a la intimidad conflictiva de la escritora, nutrida de una culpabilidad innombrable, y enfrentarla al tribunal de la conciencia colectiva con todos los argumentos que logran suspender el juicio moral.
Es como si Angot, al escribir Un amor imposible en un ataque de pudor o vergüenza, hubiera deseado recusar las malas lecturas libertinas del escandaloso libro anterior. Esas licencias eróticas cristalizaron en la concesión del premio Sade que Angot rechazó por razones morales, puestas ahora en evidencia con convincente sinceridad. En Una semana de vacaciones, Angot escenificaba una relación incestuosa con su padre biológico, dueño del apellido patriarcal de la escritora, mediante un procedimiento de escritura gráfica que evocaba sin tapujos la crudeza carnal de los actos más abyectos, felación filial incluida. Al mismo tiempo, transformaba los juegos prohibidos del padre corruptor y la niña virginal en una ceremonia simbólica de desposesión mutua.
En este nuevo libro, el amor imposible del título es triple: en primer lugar, el de la madre Rachel, judía y pobre, por el padre Pierre, seudointelectual clasista y antisemita; en segundo lugar, el de la hija natural por el padre que la inicia sexualmente para acendrar su perverso desprecio hacia ambas mujeres; y, por último, el de la propia Christine por una madre a la que solo puede declarar sus sentimientos en la edad adulta, ya siendo madre, cargando vengativa contra la vileza del padre.
Angot descubre así, en definitiva, la verdad de la escritura autobiográfica: esta solo puede realizar sus fines mediante la desfiguración del escritor, ya que, como dice de Man, “el yo no es nunca capaz de conocer lo que él mismo es, nunca puede ser identificado como tal, y los juicios que el yo emite sobre sí mismo, los juicios reflexivos, no son juicios estables”.

Autobiografía por autobiografía: quizá Angot no estaría tan obsesionada por esclarecer las escabrosas circunstancias de su vida a través de la escritura si en lugar de atravesar la ojiva vaginal con la cabeza y el resto del cuerpo, como cuenta, a su madre parturienta se le hubiera practicado la cesárea, como fue mi caso, extrayendo al bebé del vientre materno con el cráneo intacto. 

viernes, 21 de julio de 2017

LESBOGRAMAS


[Anne F. Garréta, Ni un día, EDA libros, trad.: Sara Martín Menduiña, 2017, págs. 149]

Extrañar el lenguaje es un medio de desnaturalizarlo y mostrar al desnudo los artificios y trampas que contiene y a los que sus usuarios atribuimos un nivel de veracidad totalmente imaginaria. Extrañar los artificios del lenguaje y jugar con la arbitrariedad del signo lingüístico y con las posibilidades de la literatura fue la práctica deliberada del Oulipo, un grupo internacional de ludópatas de la palabra escrita que constituyeron bajo estas siglas originales uno de los laboratorios más potentes de invención y creación literaria del siglo XX.
Uno de los juegos más frecuentes entre los oulipianos era el lipograma. De origen latino, la técnica consistía en excluir una letra, normalmente una vocal, de la escritura de un texto, ya fuera poema o novela. Anne Garréta, miembro del grupo desde 2000, escribió esta novela premiada empleando muchas técnicas y licencias basadas en la retórica, pero sobre todo imponiendo el “lesbograma” como traba creativa. El libro se compone, por tanto, de doce ejercicios de lo que un pedante derridiano llamaría “lesbogramatología”, o lo que es lo mismo: ejercicios estilísticos de deconstrucción de la supuesta naturalidad del lenguaje realizados en clave lésbica, esto es, ejecutados con la intención lúdica de denunciar la falacia patriarcal del lenguaje heredado y expresar al mismo tiempo, con lógica ironía, las paradojas de la experiencia lesbiana del lenguaje y el mundo.
La autora se impone la obligación de invocar la presencia de una mujer que la haya deseado, o haya sido deseada por ella, o con la que haya mantenido relaciones amorosas, mediante el procedimiento de dedicarle cinco horas diarias a la escritura de los recuerdos de cada una de esas mujeres espectrales. Pero el orden alfabético de las iniciales de los nombres femeninos termina imponiendo su ley sobre el orden numérico de las noches de la escritura, discrepancia entre series narrativas que el índice acredita para hacer aún más juguetón el dispositivo. Al final, la autora confiesa haber hecho trampas, ya que no ha cumplido con la constricción de escritura impuesta ni tampoco ha sido capaz de rememorar a todas las mujeres que hubiera deseado, ni mucho menos de hacerlo sin emplear la ficción.
Esta última confesión desbarata toda la veracidad del libro e invita a sospechar que todo es inventado, o podría serlo, y que en el fondo importa muy poco, ya que lo verdaderamente esencial es la manera con que la sintaxis sinuosa e insidiosa de la autora va cercando la anomalía de su deseo hacia otras mujeres mediante expedientes que convierten a esta falsa novela, más allá de su adscripción estética, en una muestra consumada de arte libertino. Esa tradición tan francesa que conjuga, desde el siglo dieciocho, del modo menos cartesiano imaginable, la inteligencia y el placer, las ideas y los sentidos, la mente y el cuerpo.
Una investigación intelectual en torno del conocimiento subjetivo de la carne y el sexo, como examinan las admirables novelas de Crébillon y, en especial, “Los extravíos del corazón y el espíritu”, citada por Garréta (p. 103), sobre la que el gran comparatista René Étiemble escribió con sutil ironía: “lo esencial, lo mejor, Crébillon lo ha puesto en el análisis refinado de los sentimientos que se ejercen o de los sofismas que se encadenan a fin de llegar a donde uno piensa”.
Ahí donde se piensa, en efecto, es donde llega Garréta con la escritura y el cuerpo, como Chantal Akerman en su cine, en este estupendo libro que es también un método y un discurso del método para la vida y la creación.

miércoles, 19 de julio de 2017

DESMONTANDO ESPAÑA


Cuando éramos niños, en mi clase todos nos sentíamos separatistas como Puigdemont y Junqueras. El profesor de geografía nos daba un mapa de la península ibérica y una cuchilla de afeitar y nos decía que teníamos que recortar con precisión las provincias y regiones que constituían el territorio español. Algunos se aplicaban a la tarea con ahínco, delimitando con finos cortes las lindes exactas, mientras otros, más libertarios, aprovechaban para trazar, con mirada soñadora, cartografías fantásticas sobre un país dominado por un dictador grotesco que estaba ya en las últimas. Con este método incisivo, aprendíamos mucha geografía real y comprendíamos al mismo tiempo la arbitrariedad absoluta de las divisiones nacionales.
Años después, en otra escuela, Borges me enseñaría que los mejores cartógrafos son los que diseñan un país en la imaginación y luego se lo imponen a la realidad, como hacen ahora los nacionalistas catalanes e hicieron en otros siglos los que crearon España y luego la dividieron en regiones y provincias para favorecer las diferencias tribales y gobernar sin problemas. Todo regionalismo, tarde o temprano, degenera en nacionalismo.
«Soy como Dios», proclama Puigdemont en plena tramontana mental, sin percibir que sus amiguetes de la izquierda republicana le están incrustando el puño dialéctico a traición para controlar el proceso secesionista y precipitar su caída política. Como en un retorcido remake de «La invasión de los ladrones de cuerpos», los alienígenas no son los españolistas sino los catalanes que no ceden su soberanía a la ley del más fuerte. El simulacro de referéndum será un éxito para unos aunque fracase y un fracaso para otros, aunque triunfe la legalidad constitucional, ofreciendo un espectáculo bochornoso que la democracia española debería ahorrarse.
El Estado español, como la criatura del doctor Frankenstein, fue construido con derechos desiguales, particularidades falaces e intereses creados. En el siglo XXI, la España de las taifas autonómicas, las fantasías nacionalistas y las provincias mentales es una pesadez cargante. El mundo contemporáneo lo componen las ciudades y los flujos migratorios entre ciudades. Si la UE no acaba de funcionar es porque los estados soberanos imponen trabas a un proceso de redefinición del territorio inaceptable para muchos, como evidencia la necedad reaccionaria del Brexit.
El desafío catalanista debería servir para repensar España, olvidando traumas históricos, y aliviarla de corsés anticuados y costosos. Repensar España sin trincheras políticas, pensando en las necesidades reales de los ciudadanos. Y estas, gusten o no a ciertos gobernantes, pasan cada vez más por una gestión eficiente y justa de los recursos públicos que por la dudosa seducción del nacionalismo trasnochado o la inercia institucional impuesta por los partidos mayoritarios. Algún día, como Borges predijo, mereceremos no tener gobiernos. De momento, yo me conformaría con librarnos de reyezuelos regionales, caciques provincianos y todo su séquito parasitario. Aviso: el próximo Barça-Madrid puede ser tremendo.