martes, 28 de abril de 2015

EL PRÍNCIPE BUFÓN


 [Slavoj Žižek, Mis chistes, mi filosofía, Anagrama, trad.: Damià Alou, 2015, págs. 167]

El esloveno Slavoj Žižek es el gran provocador escénico del pensamiento actual. Sin embargo, Žižek dista de ser un pensador académico y la variante de discurso que ha elegido como marca de fábrica se parecería más al monólogo del presentador de un circo de múltiples pistas en cada una de las cuales, con derroche de paradojas sofisticadas, anécdotas, digresiones y chistes procaces, se fueran solventando de modo acrobático los problemas más acuciantes a que se enfrenta el resquicio de inteligencia que nos queda a los contemporáneos.
Entre sus estrategias más originales para seducir al lector o convencer al reacio estarían el humor impensado y la ocurrencia grosera. Y es que Žižek, al revés de sus colegas más serios, no tiene por qué fingir. El mundo es una broma gigantesca, la vida también, las relaciones humanas y las relaciones de poder se fundan en malentendidos ancestrales, detrás de cada institución existente hay un acto cómico oculto, deseando salir a la luz con escandalosa obscenidad. La misma filosofía es un chiste demasiado largo y pretencioso que la inteligencia se cuenta a sí misma para convencerse de su propia importancia en un mundo donde no tiene otro espejo en que mirarse. Y la verdadera filosofía, como la literatura, participa de ese espíritu irreverente que desnuda los mitos y ficciones del poder que sustentan en vilo el artificio desencantado de la realidad.
Desde Platón estábamos acostumbrados a filósofos que abusaban de la ironía superior para desautorizar al rival ideológico o imponer un ideario idealista, pero nos habíamos olvidado del humor impagable de cínicos y estoicos, ese anecdotario desternillante en que las escuelas opuestas al despotismo platónico recurrían a la carcajada y la broma para desarmar al tirano. Nietzsche es otro gran humorista, pero algunos de sus grandes seguidores, como Heidegger, apenas entendieron el sentido festivo de la parodia y la risa soberana de los dioses (Bataille) que emanaba de un pensamiento tan politeísta como consciente de la impostura divina y el eterno retorno de la farsa y el ridículo en la historia humana.
Siendo Žižek un hegeliano de izquierdas y un marxista heterodoxo no podía sino apelar a la autoridad hilarante de otro gran dialéctico de la risa, Groucho Marx, para revalidar la lucidez de un pensamiento que no rehúye enfrentarse a las insensateces programadas y absurdas paradojas de la vida contemporánea, ni a los bucles políticos o culturales de esta era compleja en que las superestructuras simbólicas han colapsado en el descrédito y el humanismo sobrevive a duras penas entre las ruinas de sus monumentos y creencias.
El gracioso bufón que usurpa por momentos el intelecto del príncipe filósofo alcanza en esta brillante antología de chistes un protagonismo intelectual que no hubiera creído nunca merecer. El bufón encadena chistes y chanzas con fruición grotesca mientras el príncipe, subyugado como Hamlet con el ingenio infinito de Yorick, los analiza sin piedad o teoriza sobre su naturaleza ofensiva, llegando a una conclusión irónica respecto de la corrección política: en un chiste logrado el componente formal es tan determinante como el “sucio” contenido.
No podía olvidar Žižek la broma teológica de cómo Dios creó a los seres humanos contando a los monos un mal chiste que les insufló ese espíritu intemporal que tanto fascinara a Hegel. Pero Žižek no solo bromea con la filosofía o las religiones. Como nativo de una región europea donde el socialismo real tuvo una aplicación especialmente paródica, inventa burlas crueles a destajo para atribuírselas a funcionarios de la China contemporánea, a burócratas y políticos soviéticos, a ciudadanos serbios y bosnios, presidentes croatas impopulares y hasta a algún esloveno incauto.
Uno de los chistes filosóficos más agudos representa, sin embargo, el clímax impensable de cierto pensamiento débil en la bufonesca perversión de Žižek: “«Dios ha muerto». Y la verdad es que yo tampoco me encuentro muy bien”.

lunes, 20 de abril de 2015

HORROR VACUI


[Marisha Pessl, Última sesión, Random House, trad.: Laura Salas, 2015, págs. 683]

El cineasta Raúl Ruiz, en una de sus infinitas fabulaciones, declaró una vez que la historia de la ballena blanca Moby Dick había nacido en alguna de las islas de la costa chilena como una broma de los nativos de esa paradójica región de la geografía sudamericana donde la vida y la muerte, o la comunicación entre vivos y muertos, se produce con una naturalidad que horroriza al visitante y fomenta el humor de los lugareños.
No es casual que esta brillante novela de Pessl concluya su oscura trama en una isla misteriosa frente a la costa de Chiloé, próxima al Puerto Montt donde nació Ruiz, ni que el esotérico cineasta de culto Stanislas Cordova, de padre español y madre italiana, sea para el narrador y protagonista, el denigrado periodista de investigación Scott McGrath, una suerte de obsesión enfermiza, como Moby Dick para Ahab, según declara en algún punto de la sinuosa trayectoria que lo conduce, tras los enigmas existenciales de Cordova, al corazón de las tinieblas de la verdad. Al enigma de la vida entendida como un vacío insoportable, o solo soportable, como han hecho a lo largo del tiempo las culturas humanas, elaborando con ficciones y mitos una pantalla metafísica contra el horror.
Si algo singulariza a Cordova como creador, precisamente, es haber intuido, desde el principio, que el cine es el arte adecuado para desnudar las falacias de la vida al mismo tiempo que las envuelve de un aura mítica, un desvelo poético que hace de la producción de imágenes cinematográficas una tarea solo digna de un demiurgo borgiano. Un imitador consciente del gigantesco truco de prestidigitación que dio origen al cosmos y, con él, al decorado inabarcable donde la vida y la muerte, la materia y la antimateria, la luz y la oscuridad entablan un duelo traumático.
Los referentes se acumulan al evocar la compleja historia de la novela. Siguiendo el gran modelo de Ciudadano Kane, la enrevesada trama se configura como una encuesta en que diversas entrevistas o encuentros fundamentales revelan las maléficas vicisitudes de la vida de Cordova y de su angelical y diabólica hija Ashley, muerta en intrigantes circunstancias, y todos los que tuvieron relación con ellos, y acaba adentrándose paso a paso en el delirante laberinto de su cerebro creativo y sus grandilocuentes imposturas como artista y como hombre.


Por un momento, la parte gráfica de la novela, la reproducción visual de contenidos de páginas web del fandom del cineasta o entrevistas en revistas célebres, podría hacer pensar en Casa de Hojas de Danielewski, pese a las diferencias notorias en el designio y no solo en el diseño entre ambas novelas. Del mismo modo que la dimensión ocultista de la historia y sus rituales locales de brujería, o los misterios estéticos de la mansión desolada de Cordova (una réplica arquitectónica de los circuitos mentales de su creador), podrían recordar al maestro norteamericano de la narrativa de terror (Stephen King), o a alguno de sus truculentos discípulos comerciales, por no hablar del portentoso Resplandor de Kubrick o de ciertas metaficciones fílmicas y televisivas del gran John Carpenter (En la boca del miedo o El fin del mundo en 35 mm.).
Pero el mayor acierto narrativo del artefacto de Pessl, más allá de su discutible dispositivo hipermedia, reside en permitir el contagio narrativo de los géneros y subgéneros del escalofrío ancestral y el terror parabólico para acabar resolviendo la trama, para perplejidad de la crítica convencional, como si se tratara de una ficción de Paul Auster (pienso en El palacio de la luna o en El libro de las ilusiones). Un viaje alucinado al fin de la noche fílmica donde la intimidad del narrador fascinado queda expuesta a las fuerzas de un mundo insólito y de un personaje chamánico, el fantasioso Cordova, que es un experto manipulador de las ilusiones y los afectos humanos más profundos. Alguien que ha viajado sin miedo hasta los confines de la experiencia psicopatológica y obliga a quien quiera conocerlo a realizar un esfuerzo análogo. Un artista auténtico.

lunes, 13 de abril de 2015

CAPITALISMO ARTISTA


[Gilles Lipovetsy & Jean Serroy, La estetización del mundo. Vivir en la época del capitalismo artístico, Anagrama, trad.: Antonio Prometeo-Moya, 2015, págs. 403]

 Consumimos cada vez más belleza, pero nuestra vida no es más bella: ahí radican el éxito y el fracaso profundo del capitalismo artístico.

Lo que se avecina no es otra cosa que una comercialización a ultranza de modos de vida en los que la dimensión estética ocupa un lugar primordial, pero que no anuncian un universo más radiante de sensualidades y bellezas mágicas.

El mercado de la experiencia aparece como la nueva frontera del capitalismo…Nuestro mundo se presenta, pues, como un vasto teatro, un decorado hiperreal destinado a entretener a los consumidores. En la actualidad son los estilos, los espectáculos, los juegos, las ficciones los que se han convertido en mercancía número uno, y por doquier son los “creativos” los que se imponen como nuevos creadores de valores y los ampliadores de mercados.


Sí, ya sé que parece una incongruencia pero así es como el tándem de autores de esta monografía imprescindible sobre las derivas complejas de nuestro tiempo califican al capitalismo actual. El capitalismo de la era transestética, como la denominan Lipovetsky y Serroy con terminología sobrecargada de prefijos que expresan la insuficiencia del lenguaje al tratar de representar una realidad que desborda categorías racionales.
De modo que sí, vivimos en la época del capitalismo artista, la era de la hipermodernidad, una modernidad que se multiplica a sí misma al infinito hasta asfixiar todo reducto resistente, la fase crítica en que el capitalismo está llevando a cabo a velocidad de vértigo la “estetización del mundo”. Así es como explican el proceso ambos autores: el sistema capitalista, en su expansión ilimitada, habría arrebatado a los artistas el poder de ser creativos e innovadores con el fin de realizar sus objetivos de seducción comercial con más eficacia. La historia, según este razonamiento, habría dejado atrás ese modo de producción que solo sabía explotar y rentabilizar inversiones sin dar nada a cambio por otro modelo, aún más sofisticado, en que todos los órdenes de la vida se ven revestidos de valores estéticos: refinamiento y belleza, sensualidad y placer, hedonismo y calidad.
Hace años unos arquitectos señeros (Robert Venturi & Denise Scott Brown) creyeron que había que aprender lecciones artísticas de la arquitectura de Las Vegas, ciudad emblemática donde se dinamitaba la funcionalidad del edificio favoreciendo sus rasgos más decorativos y atrayentes. Hoy se podría decir, siguiendo los planteamientos de los autores, que todas las ciudades del mundo, la totalidad de los espacios edificables del orbe, han imitado esa consigna arquitectónica para ganar la batalla de las marcas frente a otras ciudades, regiones o países. Basta con mirar hacia oriente, ya sea el Golfo Pérsico o China, para darse cuenta de que el capitalismo contemporáneo no solo se propone avasallarnos con su fuerza financiera globalizada sino asombrarnos como antaño papas y reyes. La diferencia es que el capitalismo estético es más democrático en apariencia: se dirige a todos sin excepción y pretende satisfacer todas sus demandas y deseos, aun los más inconfesables.
Sus maquiavélicas estrategias de seducción, como sabemos, pasan por todos los dominios de la experiencia y la cultura del mundo: la moda y el cine, la televisión y la telefonía, la ropa y los automóviles, los viajes y los centros comerciales, la informática y los parques temáticos, los deportes y el entorno urbano transfigurado en el excitante decorado de una película tridimensional. Y también los museos y las exposiciones, sometidos al mismo régimen espectacular, esa magia capitalista que transforma la prosa de la vida cotidiana en refinada poesía para los cinco sentidos clásicos y los enésimos nuevos órganos de percepción y sensibilidad.


No faltan críticos apocalípticos, desde luego, ni síntomas inquietantes de un mundo carente de control que ha ensanchado sus fronteras en direcciones insólitas sin acabar con las desigualdades e iniquidades de siempre. No obstante, este mundo superpoblado de incongruencias y paradojas, transformado en un escenario abigarrado de atracciones y sorpresas permanentes, parece responder también, parece mentira, a preocupaciones éticas sobre problemas sociales o ecológicos que obligan a las corporaciones a volverse responsables. No puede ser tan malo, como propagan sus detractores radicales, un capitalismo en que toda estrella cultiva la filantropía de masas y las grandes compañías se comprometen con causas humanitarias para ganar prestigio y convencer a los clientes de sus buenas intenciones.
La polémica cuestión que el libro suscita, de todos modos, se refiere al estatuto del arte en un mundo semejante. Cuando el capitalismo se vuelve artista, el arte se vuelve irrelevante. Y aquí es donde el mercado, transfigurado en árbitro supremo del gusto y la belleza para la minoritaria élite económica o las masas asalariadas en busca de distinción, acaba jugando un papel decisivo. 

lunes, 6 de abril de 2015

DE LA VIDA DE LAS MARIONETAS



[Thomas Ligotti, La conspiración contra la especie humana, Valdemar, trad.: Juan Antonio Santos, 2015, págs. 305]
  
Art is the Eden where Adam and Eve eat the serpent.
-Alexander Theroux-
  
Ahora que se ha puesto de moda la teleserie True Detective es un acierto publicar en español al maléfico maestro espiritual que inspira las parrafadas metafísicas y la filosofía negativa del histriónico detective interpretado allí por Mathew McConaughey. Thomas Ligotti es el más notorio escritor actual de “ficción extraña”: un artista del terror psicópata y el horror sobrenatural, una mente bipolar que construye auténticas pesadillas infernales con la imaginación delirante y la elegancia matemática de un visionario del mal (como las incluidas en la perturbadora y escalofriante colección de ficciones Noctuario, publicada aquí también por Valdemar en 2012).
Leyendo este magnífico ensayo de prédica amoral de Ligotti, donde se retrata a la criatura humana como una marioneta desangelada cuyos hilos existenciales los mueven fuerzas tenebrosas, me ha venido a la cabeza un relato excepcional: “El maestro de marionetas” de Andersen. En este apólogo estético, la vida real de los muñecos, transformados en seres carnales por un deseo descarriado de su dueño, no es finalmente más atractiva ni estimulante que la vida fantástica de los toscos simulacros labrados en madera.
Ligotti se inspira para escribir su implacable tratado sobre la inutilidad de la existencia en el filósofo noruego Peter Wessel Zapffe, pesimista a ultranza, y en su obra El último Mesías (1933). Para Zapffe el problema de la existencia mundana no reside solo en su irremediable vanidad, la intrascendencia absoluta en que se desenvuelven los días y las noches de los seres humanos desde el nacimiento hasta la muerte, sino en la gran tragedia que supone la irrupción de la conciencia como signo acusador de la mortalidad individual y la finitud de la vida (“Es mejor inmunizar tu conciencia contra cualquier pensamiento alarmante y horrendo para que podamos todos seguir conspirando para sobrevivir y reproducirnos como seres paradójicos”).
Tal como Ligotti (o su perverso alter ego académico, el “profesor Nadie”) explica a Zapffe, la criatura nacida de mujer, por emplear la lengua grandilocuente de Shakespeare, suele recurrir a cuatro antídotos para atemperar o anular si cabe el dolor moral de la conciencia: aislar lo negativo o marginarlo; anclarse en valores y creencias menores como la patria, la familia, el amor, el trabajo, etc.; distraerse o entretenerse sin límites, ofreciendo gratos espectáculos que obnubilen la lucidez; y, el más cruel, sublimar la experiencia a través de actividades que den sentido a la existencia como el pensamiento o la creación artística. Solo se engaña quien quiere. Y estos remedios apenas funcionan. Ligotti participa, como el Sileno mitológico, de esa sabiduría nihilista según la cual lo mejor es no haber nacido o, en su defecto, morir pronto. Tarde o temprano, la tragedia de la mortalidad se impone como “único argumento de la obra” (Gil de Biedma).


El pesimismo tiene un efecto tonificante en los espíritus bien nutridos de obras intransigentes. Su lectura irónica produce beneficios a corto, medio y largo plazo en quienes gracias al cultivo de la literatura menos condescendiente y el pensamiento más demoledor ya no tiemblan ante las verdades terribles de la vida. Hay lectores a los que sus invectivas solo regocijan, confirmándoles sus peores sospechas. Son los mismos, un club selecto quizá, que han leído como si fuera el juicio furioso de una deidad inhumana los discursos despiadados de Sade, Schopenhauer, Nietzsche, Cioran o Lovecraft, por citar solo a unos cuantos expatriados del ideario común.
Marionetas manipuladas somos todos, desde luego, pero nadie que tenga el humor curtido en la frecuentación de estos autores, y no en los sermones piadosos de los biempensantes y las homilías cursis de los santurrones, podría dejar de estremecerse de placer dionisíaco al leer diatribas como esta: “Colectivamente, somos los muertos vivientes, y siempre nos aguardará el trabajo, nunca acabará el devorarnos hasta que alguien o algo nos haga el favor de exterminar nuestra raza de ratas o nosotros mismos nos exterminemos”. 

viernes, 27 de marzo de 2015

EXÓTICA BELLEZA



[Paolo Sorrentino, Tony Pagoda y sus amigos, Ediciones Alfabia, trad.: Víctor Balcells & Marga Almirall, 2015, págs. 239]

     ¿Se acuerdan de La gran belleza? ¿De la inagotable belleza que era capaz de extraer la cámara de Sorrentino de la vulgaridad romana de nuestros días? ¿El milagro de ver brotar la belleza intemporal del arte, la inteligencia, la cultura y el refinamiento de la vida en medio de un paisaje dominado por la fealdad inoculada en la realidad por los medios de Berlusconi y demás cómplices televisivos? Todo lo que hay en esa obra maestra cinematográfica de hermoso y de verdadero ya estaba anticipado en esta magnífica colección de relatos que no son tales sino retratos de cuerpo entero de un variado grupo de personalidades representativas de la Italia contemporánea.
El narrador de estas ficciones esperpénticas y crepusculares es Tony Pagoda: un donjuanesco cantante napolitano medio famoso y medio retirado que ya protagonizaba la primera novela de Sorrentino (Todos tienen razón, 2010). Pagoda deja atrás una larga existencia de éxitos musicales y amorosos y una sentencia de muerte que cada día conquista otro aplazamiento mientras esa vida no deja de enriquecerse con nuevas experiencias. Pagoda es el muñeco relleno de palabras juiciosas, la marioneta que el ventrílocuo Sorrentino manipula a su antojo para canalizar una visión tragicómica del mundo.
El pórtico del libro es un prólogo digno de una comedia donde el ex cuñado de Pagoda, un cínico que prefiere ver el Gran Hermano a leer cualquier historieta inventada por Tony para dárselas de escritor, ajusta sus cuentas con él a cambio de 1500 euros pagados por adelantado. Después, Pagoda hace desfilar por la pasarela felliniana de su prosa estilizada y coloquial a un heterogéneo elenco de personajes, inventados unos, reales otros.
Por algunos siente Pagoda admiración y fervor, como el mago Silvan o el presentador televisivo Maurizio Costanzo, modelos de artistas populares del plató o el escenario teatral, mientras por otros, meros representantes de la vulgaridad italiana como Carmen Russo o las máscaras grotescas del festival de San Remo, quizá solo desprecio. Imitando a Sorrentino, Pagoda los manipula para que hagan o digan lo que sea necesario a fin de completar el cuadro cruel que está pintando en carne viva. Las últimas pinceladas se las dedica a su madre y a la anécdota infantil de una broma sangrante gastada a una vecina presuntuosa. Pagoda ha heredado de ella el corrosivo sentido del humor que revienta las pretensiones y fantasías de superioridad social de los otros.
Pero todos los encuentros y diálogos del libro son pretextos narrativos para ir declinando punto por punto la singular filosofía vital de Pagoda. Un programa de interpretación estética de la existencia, fundado en la capacidad hedonista de recrearse en el placer incomparable de las apariencias, la búsqueda obsesiva de la belleza y su aparición fulgurante en un cuerpo, un color, un gesto, una melodía, una amistad, un atardecer, un paisaje, un amor, un beso o una caricia. Esa es la gran recompensa por seguir vivo y aceptar el mundo tal como es. No hay belleza comparable a la de haber vivido todas las vidas en una sola, como diría Huysmans. Pagoda logra ser tan conmovedor como su figura decaída de dandi enfrentado con hiriente lucidez a los ídolos chabacanos de la plebe.
La decadencia de la cultura europea ha producido durante décadas destellos de belleza. Quizá ahora la fealdad y la uniformidad dominen los estilos de vida. Pese a todo, aún parece posible conocer la exótica belleza a la que Pagoda se muestra adicto: “la cultura tiene una finalidad absolutamente precisa: hacer al hombre feliz”.

lunes, 16 de marzo de 2015

TODOS LOS VAQUEROS, EL VAQUERO



[Robert Coover, Ciudad fantasma, Galaxia Gutenberg, trad.: Benito Gómez, 2015, págs. 223]


La mitología del Oeste es una de las más poderosas de cuantas ha producido el imaginario norteamericano desde el siglo XIX. Si, como decía Deleuze, cualquier película americana clásica no cuenta otra cosa, en el fondo, que el nacimiento de una nación llamada América, cuando se aborda el género del western, ya sea en literatura, cine o televisión, la mitología se eleva al cuadrado y el encuentro con los orígenes nacionales se transforma en un extraño bucle de historia y ficción que representa una versión posible de la conquista implacable de un territorio extraño.
Un explorador iconoclasta de las múltiples mitologías que construyen la estructura simbólica de los Estados Unidos como Robert Coover no podía dejar escapar la ocasión de afrontar el género fundacional por excelencia de la genuina identidad americana y los clichés que la definen ante el mundo. Una primera tentativa fue “The Kid”, una pieza dramática escenificada a comienzos de los años setenta en Nueva York, incluida poco después junto con otras obras teatrales en el volumen A Theological Position (1972) y en la que se inspira en parte esta novela caricaturesca y divertida (publicada por primera vez en 1998). Más tarde, ya en 1987, integrado en el programa de profanaciones fílmicas de Sesión de cine, publicaría un relato paródico de una comicidad irresistible (“Duelo en Gentry´s Junction”), donde un pistolero mejicano pedorro y apestoso y un ingenuo sheriff de pura raza aria y nobles creencias e ideales resolvían a tiros y escupitajos sus diferencias culturales más sangrantes.
Coover es uno de los maestros contemporáneos de la risa jocosa y la truculencia grotesca de Rabelais y Cervantes y la epopeya del Oeste, con todas sus imposturas míticas y gestas infundadas, es el género idóneo para un pistolero artístico como él acostumbrado a cuadrar narrativas vertiginosas y juegos formales con un humor irreverente de raigambre carnavalesca. La dicción analfabeta de los vaqueros, sus infames costumbres y mentalidades asilvestradas, las brutalidades de un territorio bronco y violento donde impera la muerte (el “Terrortorio”), permiten a Coover algunos de los momentos más hilarantes de la novela.
Para los buenos lectores de Coover su repertorio de chistes soeces y procacidades incontables suena eficaz pero consabido. No es ahí, por tanto, donde reside la originalidad estética de la novela sino en la transformación prodigiosa de los desgastados motivos del lejano Oeste (sus figuras prototípicas, sus paisajes carismáticos y sus situaciones estereotipadas) en una farsa fantasmal de dibujos animados, un carnaval onírico de seres espectrales y escenarios ya inexistentes, una frenética danza de la muerte tan polvorienta y carcomida como lujuriosa, como si toda esa mitología americana de los viejos tiempos se hubiera convertido en una luctuosa atracción de una feria en decadencia. O una moribunda sesión de cine barato en una sala vacía donde proyectan las aventuras y episodios fractales de la vida del misterioso vaquero protagonista: un antihéroe innombrable y amnésico que se esfuerza por recuperar un pasado desintegrado. Reducido a un puñado de imágenes rotas, sin sentido alguno, y una grasienta y deslavazada baraja de naipes arrugados. 


Es así como Coover logra armar, como en sus perversiones de cuentos de hadas (Zarzarrosa, Stepmother), un caleidoscopio narrativo de una fluidez paradójica, un ejercicio estilístico que se desliza de historia en historia, de peripecia en peripecia, sin encontrar nunca un cierre definitivo, como un espectáculo temático repetido al infinito para un público exhausto. Las partes más jugosas, como es frecuente en la literatura del autor, se producen en las colisiones cómicas entre la rudeza masculina y la seducción femenina, el malentendido sexual como mito iniciático cargado de obscena ironía.
El jinete protagonista, como los vaqueros que lo circundan como un coro vicioso de sus acciones menos confesables, galopa a lomos de lo que se le ponga a tiro, sin distinguir demasiado entre la grupa ardiente de una hermosa mujer y el lomo sudoroso de un jamelgo derrengado. Su corazón, como el de todos los hombres duros de una tierra dura y reseca, vive escindido entre la aspiración sublime y la realidad más prosaica de la entrepierna: enamorado de la atractiva maestra que se le escapa de entre los dedos como un objeto de deseo demasiado valioso y condenado a reencontrarse cada vez con la vulgar cantante del salón cuyo opulento pecho apenas consuela de la soledad y la perplejidad que tejen y destejen los días y las noches interminables de un vaquero que es todos los vaqueros. Todos y ninguno.

lunes, 9 de marzo de 2015

OTRA VUELTA AL MUNDO



A partir de hoy en librerías la nueva edición de La vuelta al mundo (Pálido Fuego ed.). He aquí un extracto provocativo.

10

Lo imaginas desnudo y complaciente, tumbado en la cama sabiendo lo que ocurrirá dentro de poco, cómo empieza todo esto para ti, te abandonas a sus caricias preparatorias, a su lenta aproximación al momento en que engullirá tu miembro despacio, muy despacio, lo dejará resbalar lentamente por sus labios, tu glande totalmente hundido en su boca ahora, hundiéndose más todavía allí, la intimidad constante de la lengua, la indescriptible sensación del roce intermitente de la punta de sus pezones sobre tus muslos entreabiertos, la humedad general, la humedad invasora, la molicie o la suavidad inconcebible de todos estos roces y contactos sutiles incrementada por el placer de volver a verla, de volver a encontrarte con ella cada vez que cierras los ojos, en otra parte, sólo verla o imaginarla, eso te basta, mientras los labios se cierran sobre tu glande ahora hinchado y a punto de eyacular en uno dos o tres espasmos llenando la boca humedeciendo los labios mancillando la lengua, ella desaparece otra vez, tu acompañante de este lado regurgita o escupe con asco en el lavabo el residuo de vuestro encuentro, se acabó, hasta la próxima vez. Esto ha ocurrido antes, muchas veces, después sueles negarte a verlas de nuevo, has conseguido de ellas lo que querías y necesitas otra que la sustituya enseguida, así de voluble es tu deseo. Tu procedimiento es invariable, premeditado, la aparición de ella no. Te aprovechas de tu trabajo como pinchadiscos en una multitudinaria discoteca de la ciudad para tener siempre a tu alcance chicas disponibles y fáciles, embobadas contigo, abiertas a tus propuestas. Las atrae tu talento para las combinaciones musicales, las embelesan tus mezclas explosivas de ritmos imposibles, tu virtuosa dosificación de sonidos estupefacientes. Encerrado en tu cabina te dejas cortejar primero y luego pasas decidido a la acción. Tu vestuario y tus maneras te hacen parecerles un poco marciano y ese increíble ingrediente las excita más todavía. No te cuesta mucho llevarlas a la cama esa misma noche, normalmente prefieres ir a su casa, o hacerlo en el coche, en alguna playa solitaria. Las sorprendes al principio con tu técnico desdén de cualquier muestra de afecto o sentimiento, pero en cuanto empiezas a acariciarlas y les presentas a tu entumecido compinche cambian de cara y de actitud, y al despedirse de ti cada uno de sus pegajosos besos sólo reclama una cosa, un nuevo encuentro. Las ves volver a la discoteca en busca de su ración de falsa felicidad, incluso finges interesarte en sus maneras más o menos extáticas de bailar, en sus estilos o sus temas preferidos, etcétera. Consumado comediante, haces promesas que sabes que no cumplirás pero ellas sólo te piden oírlas, no que las cumplas, les interesa la música inédita y no la letra consabida, prosaica. Cuando las dejas no te lo reprochan, les has proporcionado una intensa vivencia del presente que no podrán olvidar en mucho tiempo, tal vez nunca, te encanta exagerar. Así, paso a paso, te acercas a tu verdadera meta que no es sólo meterla, ni mucho menos, la grosería inevitable, uno de los polos de tu experiencia cotidiana. Has propiciado la amistad entre ellas y tu desvergonzado cómplice, les has enseñado a manejarlo tanto como a amar sus posibilidades amatorias, les insinúas tu aprecio por cierta intimidad extrema entre ellas y él, y una noche de pronto serán ellas las que te pidan como favor que les dejes hacerlo, que renuncies a tu deseo de penetrarlas por una vez y te prestes y les prestes tu compinchado miembro para embocárselo y devorar así la crema de su amistad, mala metáfora. La cursilería de palabra, el otro polo trivial, no te abruma cuando la oyes en la intimidad porque estás harto de pincharla diariamente, de oírla a todas horas saliendo de la alucinante estereofonía que circunda las tres pistas circenses de la flamante discoteca, y además te resulta excitante y hasta afrodisiaca cuando los inocentes labios que la pronuncian se ciernen sobre el casquete de tu órgano desatado y obtienen esa insólita conjugación de elementos. Empieza entonces la función discontinua, empiezas entonces a verla, primero una sombra tenue, un velo de opacidad parece envolverla mientras vas definiendo el sentido preciso de sus actos, siempre inconvenientes o poco recomendables. No has decidido con quién estará en esta ocasión, pero no parece estar sola, nunca estará sola, tú no la dejas abandonada a su peligrosa soledad, no te parece que le convenga, así que le buscas rápidamente un acompañante, sí, un tipo sórdido hacia el que le haces sentir una atracción extraña, una combinación de deseo y rechazo cifrada en la rareza de su piel, el tacto escamoso, los has situado ya a los dos abrazados junto a una cama y semidesnudos o desnudándose el uno al otro, ella quitándose el sujetador ante las insistencias del acompañante que le has designado esta vez, el acompañante ya desnudo empujándola hacia la cama y echándose encima, conduces sus primeras maniobras con tiento, le haces entretenerse lo necesario en los pezones erguidos, en el volumen de los pechos, bajar por el vientre, decides que ella se retuerza más, se agite como resistiéndose mientras su acompañante pretende que aparte los muslos y le deje explorar a sus anchas ese sexo expuesto que no le has dado tiempo para que se lave convenientemente, la noche debió de ser larga antes de llegar aquí, no tienes tiempo de recapacitar, te precipitas, se precipita, ya has decidido que él no sienta ninguna aversión sino irresistible placer en pasear su lengua intencionadamente por esa olorosa orografía, localiza deprisa la clave del clítoris y te concentras en la fricción, el ápice aplicado ahí, te concentras y la haces enloquecer y gemir mientras tú la imitas derramándote en la boca de tu amiga sin tiempo de ver qué pasó después, cómo acabó su improvisado encuentro…