lunes, 7 de octubre de 2013

HEISENBERG EN ALBUQUERQUE

Acaba Breaking Bad, mi teleserie favorita de la década junto con Mad Men, y vuelve a instalarse en mi ánimo esa sensación decepcionante que he experimentado cada vez que he visto terminar una teleserie de larga duración. El final es insatisfactorio, calculadamente convencional, a pesar de su virtuosismo, como en todo producto de la cultura de masas supone la claudicación ante el poder normativo que controla el flujo narrativo y visual. La aceptación de que no hay línea de fuga posible del sistema, ni, por supuesto, alternativa al mismo. Y, si las hay, se identifican con la muerte. En cualquier caso, lo que es innegable es que, mientras uno consume con gran placer esta nueva literatura de las imágenes que son las teleseries como Breaking Bad, no deja uno de pensar en dos cuestiones contradictorias, más allá o acá del éxito de la propuesta. Por un lado en el poder de implicación del espectador en sus tramas, una experiencia de relación cada vez más sofisticada e insidiosa (en el espejo de la pantalla LED de alta definición, como antaño en la escena trágica, cualquier espectador es el protagonista privilegiado del melodrama contemporáneo) que vuelve la visión del cine más distante y fría, en cierto modo. Y, no obstante, en la nostalgia por los formatos comprimidos y el lenguaje sincopado y sintético con el que el cine era capaz de cristalizar imágenes imborrables y transmitir las historias más complejas sin desbordar por ello los límites temporales de la atención, ni exasperar la paciencia del destinatario…
 

[Varios autores, Breaking Bad, Errata Naturae, 2013, págs. 355] 

Hubo un momento en que la televisión americana se miró al espejo y no se gustó. En ese instante tuvo una revelación traumática. Decidió cambiar y ponerse seria. Cada uno dará sus fechas. Yo doy la mía. El 11 de septiembre de 2001. [Ya sé que habrá quien diga que la edad de oro de la televisión comenzó a finales del siglo pasado, pero no hay duda de que sus contenidos y proyectos se multiplicaron a partir de esta fecha de impacto devastador en la conciencia colectiva y el imaginario  americano.] Después de aquella catástrofe terrorista el cine se volvió más irreal, basado en mitologías y videojuegos de enésima reiteración, y la televisión más realista, más enraizada en la experiencia común de los espectadores (quizá sea este fenómeno lo que algunos analistas mediáticos llaman Quality Television).
En una época como esta, dominada por los simulacros mediáticos y los artificios de la tecnología, las imágenes de la realidad, las vislumbres de lo real, se transfiguran en el ingrediente definitivo de cualquier producto televisivo que aspire a la atención y el reconocimiento masivos. Lo real se ha convertido en la nueva mercancía de la cultura de masas, la nueva categoría del consumo, y la televisión en el medio idóneo para suministrarla, como una poderosa droga (similar a la metanfetamina que cocina Walter White en Breaking Bad)  que confiere realidad a la irrealidad de la vida cotidiana bajo el capitalismo. La televisión contemporánea ofrece la ilusión carnavalesca de contemplar los procesos sociales deformados y magnificados, como en una laberíntica casa de espejos, según decía Steven Shaviro canalizando sin saberlo a John Barth. El realismo capitalista es la estética audiovisual más adecuada para un sistema en que el colapso de todas las creencias e ilusiones trascendentes nos deja ante la realidad desnuda, directa, desvergonzada, de la explotación y el cálculo egoísta como único medio de supervivencia dentro del sistema. De esta matriz perversa surge Breaking Bad, una de las grandes teleseries dramáticas del siglo veintiuno.
La serie creada por Vince Gilligan es un paradigma supremo de este realismo capitalista, caracterizado por una mezcla calculada de mirada documental, minimalismo narrativo y envoltura espectacular. Breaking Bad aborda algo tan esencial como la imposibilidad de desarrollar un proyecto satisfactorio de vida en el régimen salvaje del capitalismo neoliberal, un modo de vida que responda a los valores y expectativas de la clase media y se mantenga, al mismo tiempo, dentro de los límites de la ley y la opinión mayoritaria en un contexto socioeconómico destruido por las abismales diferencias de clase generadas por la acumulación de la riqueza en estratos cada vez más exiguos y la circulación delirante del dinero por canales incontrolables.
El espectador de la serie se reconoce en la figura bifronte de Walter White, héroe y villano, maestro de la relatividad moral y el principio de incertidumbre ético, porque reconoce en él los problemas que lo acosan a diario y le impiden alcanzar una meta de felicidad que, sin embargo, la sociedad de consumo no hace sino prometerle. Es el espectador el que se identifica, perversamente, con la deriva criminal del profesor de química trasmutado en alquimista de metanfetamina en la medida en que White, por más que se enfangue en el mundo de la delincuencia  y el crimen y disfrute virtualmente de los privilegios de la transgresión asociado a este, no abandona nunca del todo su agónica condición de ciudadano normal y corriente, aquejado por las miserias y sufrimientos de la vida cotidiana más prosaica. Esta vivencia melodramática, inscrita dentro de la lógica existencial del capitalismo tardío, garantiza la eficacia íntima de tal identificación entre los anhelos del espectador y las elocuentes derivas del avatar televisivo.
La ideología del realismo es, una vez más, el problema de esta narrativa fascinante. O dicho de otro modo, ¿existe algún atisbo de realidad, o algo real, bajo el manto seductor del espectáculo? ¿O solo simulacros de verdad, prótesis de una visión genuina de la realidad, si esto fuera aún pensable o posible? El subproducto más nocivo de la visión realista del mundo se llama cinismo (o, según las escuelas, "razón cínica") y abunda en la realidad del presente y en las teleseries que dan cuenta de ella con procedimientos engañosos. Para alcanzar otro nivel de relación con la realidad, un nivel menos mediatizado por las mismas instancias que distorsionan su percepción y lo convierten en inalterable, es necesario, como diría Zizek, abandonar toda representación estrechamente realista de la misma.

lunes, 30 de septiembre de 2013

EL PENSAMIENTO DE LA NOVELA


 

Algunos buenos lectores me han preguntado por qué no incluí ninguna referencia en mi post anterior (Muerte y resurrección de la novela) a la magna historia novelística de Steven Moore (The Novel: An Alternative History, de la que solo se han publicado hasta ahora los dos primeros volúmenes: el primero (en 2010) abarca desde los comienzos de la narrativa hasta el siglo XVI y el segundo, recién publicado, los siglos XVII y XVIII). A pesar de su inteligencia y ambición, me parece más una obra historiográfica que teórica, un censo analítico y cronológico más que un tratado o una interpretación conceptual. De todos modos, es sin duda la perspectiva más exhaustiva y sorprendente sobre las posibilidades de un género en constante mutación desde sus inicios. Basta con leer las brillantes páginas que dedica Moore en el primer volumen de la summa al Momus de Leon Battista Alberti, esa sátira humanista de una causticidad y un pesimismo insuperables, o a esa especie de Finnegan´s Wake veneciano del siglo XV que es la Hypnerotomachia Poliphili, de Francesco Colonna, para comprender la originalidad estética y la riqueza histórica de la novela que otros intérpretes tratan de minimizar o estrechar. Reviso en este post las ideas, estrecheces y limitaciones de la teoría de Thomas Pavel sobre la novela. 

Coincidiendo con la salida de la tercera entrega sobre la novela de Milan Kundera (El telón) se publicó en 2005 este interesante libro de Thomas Pavel (Representar la existencia: el pensamiento de la novela, trad.: David Roas, Editorial Crítica, 2005) cuya edición original (La pensée du roman, Gallimard, 2003), escrita por el rumano Pavel directamente en francés, fue la que leí en el momento de su aparición, y no esta traducción española.
El punto de vista de ambas obras difiere tanto como se puede imaginar a partir de las posiciones respectivas de Kundera y Pavel: uno, un novelista de prestigio y talento incuestionable, y el otro, un reconocido profesor de Princeton y teórico de talla internacional, situado en la avanzadilla de la renovación de la teoría literaria de las dos últimas décadas desde la publicación de “Universos de la ficción”, su innovador estudio sobre los mecanismos singulares de la ficción literaria en su diálogo artístico con el mundo.
En esta obra capital, Pavel da un paso más en la dirección apuntada y concreta todos sus hallazgos anteriores en el género novelístico, modo privilegiado de la ficción de cuya historia y variantes culturales da cuenta con erudición y solvencia. A pesar de no compartir la integridad de sus juicios y argumentos, considero este riguroso tratado una aportación fundamental y, sobre todo, una significativa vuelta de tuerca a todo lo que se nos había dicho hasta ahora sobre el género. Y es que Pavel ha hecho sus deberes académicos y maneja a la perfección las teorías de maestros como Lukács, Auerbach, Bajtin, Watt o Moretti, que se habían ocupado de la narrativa desde perspectivas también reveladoras si bien restringidas a aspectos parciales o ideológicamente condicionados.
Desde el principio, Pavel establece la tesis que va a guiar su investigación histórica del género: “el logro de una obra narrativa proviene de la convergencia del universo ficticio escenificado con los procedimientos formales que lo evocan”. Hasta aquí, sólo estaría repitiendo lo expuesto en la obra citada. El avance decisivo sobre su posición previa lo consigue cuando formula una aproximación a la novela tan alejada de las trampas del formalismo a ultranza como del sociologismo empobrecedor: “Para captar y apreciar el sentido de una novela, no basta con considerar la técnica literaria utilizada por su autor; el interés de cada obra proviene de que propone…una «hipótesis sustancial» sobre la naturaleza y la organización del mundo humano”.
A pesar de que esta reflexión impecable es puesta a prueba remontándose hasta los primeros balbuceos del género (la novela helenística o bizantina y la grecorromana) y devolviendo su prestigio a episodios marginales de la narrativa occidental como la novela francesa del diecisiete, no cabe duda de que los pilares del género para Pavel siguen encontrándose, contradictoriamente, en el “Quijote” y en las grandes novelas del diecinueve. Este lugar común, la supuesta superioridad del género decimonónico sobre otras líneas narrativas más heterodoxas, es el gran pecado intelectual del exhaustivo inventario de Pavel y lo conduce erróneamente a considerar la modernidad y postmodernidad novelescas con suspicaz distancia crítica. Esta postura más que cuestionable por su conservadurismo estético cristaliza en una de las tesis menos felices del libro, enunciada con la intención de desacreditar una obra fundacional de tanta envergadura y peso artístico como la de Rabelais: “un papel mucho más importante en la historia de los géneros narrativos en prosa ha sido cumplido por las obras que, despojándose de la vocación cómica, enfocaron la imperfección de la vida humana con la seriedad deliberada que se reserva de ordinario a la representación de objetos dignos de admiración”.
Es posible no estar de acuerdo con Pavel cuando aborda obras individuales y les atribuye una u otra relevancia en la historia y evolución del género. Pero es imposible no compartir la lúcida perspectiva del conjunto cuando Pavel califica la novela como “el primer género que alcanza a concebir el mundo en tanto unidad que trasciende la multiplicidad de las comunidades humanas”.
No obstante, al concluir el libro, el lector adicto sentirá el “mono” de releer a Kundera. El espíritu de la novela se expresa en él con igual inteligencia, pero con mayor ironía y desenfado. Y, sobre todo, con el humor del novelista practicante: “el rayo divino que descubre el mundo en su ambigüedad moral y al hombre en su profunda incompetencia para juzgar a los demás…la embriaguez de la relatividad de las cosas humanas; el extraño placer que proviene de la certeza de que no hay certeza”.

lunes, 23 de septiembre de 2013

MUERTE Y RESURRECCIÓN DE LA NOVELA

Nada me parece más ridículo que evocar, aún hoy, cualquier “crisis de la novela”, como si la novela, desde Rabelais y Cervantes, no hubiera estado siempre “en crisis”, como si cada gran novela, en la historia del género, no se hubiera construido precisamente contra lo que parecía la “decadencia” del género. De hecho, me parece que los que se complacen en hablar de crisis (incluso de muerte) de la novela no pueden hacerlo más que concibiendo la novela como una forma fijada, canónica, y no como un arte por definición expansivo (pues no hay ninguna razón para que cese un día la necesidad de exponer lo no dicho del discurso social o comunitario). 

-Guy Scarpetta, L´Artifice, págs. 245-246 (la traducción es mía)-
 
 
[Luis Goytisolo, Naturaleza de la novela, Anagrama, págs. 191] 

Agoniza la novela de nuevo y sus deudos y acreedores de toda especie se abalanzan sobre su cuerpo maltrecho para interrogar las causas de esa muerte inminente. Unos elaboran teorías sofisticadas para explicar el malestar: la debilidad de su potencia figurativa, la escasa renovación formal, el descrédito de la ficción, la pérdida de lectores, etc. Otros interesados razonan por lo bajo, frotándose las manos. Un tipo de novela perece, el más exigente y culto, concebido como arte del mismo rango que la pintura, la música o la arquitectura. Una novela creada con criterios estéticos y no solo históricos o sociológicos. Una tercera voz discordante se alza en defensa tardía de la novela. Su muerte es un simulacro eficiente, una simulación urdida con el fin de perpetuarse en un contexto hostil.
Este es el rasgo único que Goytisolo no parece comprender del discurso novelístico en este excelente ensayo. Su necesidad periódica de ponerse en crisis y fingirse moribundo para mejor escenificar su radiante resurrección, renovando sus complejas relaciones con el lenguaje y la realidad del siglo. Para ser tan desafiante y provocativo como este y conjurar el espectro de la esterilidad. Ya fue así en tiempos de Rabelais y de Cervantes, como señala Scarpetta en el epígrafe, cuando estos gigantes se atrevieron a reciclar la herencia grecolatina y fundirla con materiales nuevos para deshacerse del lastre de la cargante imaginación medieval. Y esta ha sido siempre, siglo tras siglo, la estrategia estética para librarse del peso muerto de la tradición y retener la impureza esencial y el espíritu irreverente de la novela.
Acierta Goytisolo, en este sentido, al establecer el origen de la novela como un “producto de aluvión, fruto residual de la evolución de una serie de géneros hoy desaparecidos”. Esa “naturaleza de la novela” no es, por tanto, sino un conjunto de artificios y convenciones modificados o añadidos con el paso de los siglos para adaptarse a las mutaciones históricas y no desaparecer. Sin embargo, a poco que se mira a la novela con una perspectiva más vasta es fácil observar la inagotable vitalidad de ese formato que nació para poner en crisis, precisamente, el mundo de valores vigente en cada sociedad. Pero para poder hacerlo con eficacia e inteligencia necesita recurrir a nuevos dispositivos de composición narrativa más acordes con los tiempos. La forma informe de la novela es, por tanto, su principal garantía de inmortalidad estética, más allá o acá de la pervivencia de ciertos modelos, estilos o autores. Así como la paradoja, acentuada por Goytisolo, de que “la verdad novelesca”, frente a modelos dogmáticos de conocimiento, “es irrebatible”.
Tiene razón Goytisolo al señalar las narrativas banales impuestas por el mercado y el gusto mayoritario como una de las causas de la aparente crisis del género junto con el fin de la concepción modernista del mismo. Aplicando una interpretación lineal de la historia, termina identificando, como muchos académicos conservadores, el agotamiento moderno con el fin artístico de la novela, negando la existencia de novelas actuales que exploren vías innovadoras de representación de la realidad o trasciendan las relaciones convencionales con la tecno-cultura contemporánea. No obstante, la nociva conjunción de ambos factores (regresión narrativa y mercantilismo editorial) ha puesto en riesgo en la última década ese valor singular, crítico tanto como creativo, que permite distinguir una gran novela, como dice Scarpetta, del lote anodino de los simples relatos que abarrotan las librerías: el poder de desestabilizar las certidumbres de los lectores mediante la desestabilización de los hábitos de lectura.
A pesar del descrédito crítico y el desprestigio intelectual que padece la novela en la actualidad, habría que empezar a sacudirse los complejos culturales y comenzar a considerar a los artefactos más representativos de este género rabiosamente contemporáneo (frente a las formas agotadas de la poesía y el ensayo, centrados en la periclitada subjetividad del yo lírico y la racionalidad monológica del yo discusivo) como paradigmas de los modos postmodernos de procesar la ingente información acumulada en las bases de datos de la realidad y concebir la subjetividad como multiplicidad en constante metamorfosis. 

Posdata: La grandeza de un género puede medirse, desde luego, por el número de discursos teóricos que han tratado de esclarecer sus señas de identidad estéticas. En el caso de la novela podría decirse que hasta la era moderna, con la plena madurez de su desarrollo, no aparecieron las primeras teorías consistentes, pero desde entonces no han cesado de multiplicarse demostrando la extraordinaria vitalidad de este género de géneros (o metagénero). Aunque Goytisolo no menciona ninguna en particular, podrían citarse entre las más productivas la interpretación carnavalesca de Mijaíl Bajtín, la neomarxista de Fredric Jameson (quien, por cierto, está a punto de publicar un nuevo blockbuster sobre el realismo), la más filosófica de Thomas Pavel y la más artística, sostenida por avezados practicantes como Broch y Kundera. En cualquier caso, cada día está claro que la supervivencia artística de la novela depende hoy, sobre todo, de la ambición intransigente de los novelistas en activo, de su fuerza creativa y su capacidad para no dejarse arredrar por un entorno cada vez más hostil o disuasorio…

lunes, 16 de septiembre de 2013

CINCUENTA LUCES DE SASHA GREY


La inocencia se cotiza al alza en los mercados. El candor y la ingenuidad se valoran como productos de primera necesidad en un mundo cada vez más cínico y resabiado. Políticos, banqueros, gobernantes, financieros, empresarios, periodistas, gestores en general, fingen ante el mundo no saber lo que saben, actúan como si ocultar la información fuera más importante que administrar su tráfico y exposición.


 [Sasha Grey, La sociedad Juliette, Grijalbo, trad.: Ana Alcaina, Verónica Canales y Nuria Salinas, págs. 299, 2013]

El auge comercial de la literatura erótica coincide con la diseminación del porno por internet. Un mercado abastecido con innumerables subproductos concebidos para mantener activa la imaginación lúbrica de los consumidores coexiste con la expansión inaudita de la imagen pornográfica en banda ancha. No es extraño, por tanto, que Sasha Grey, estrella porno de la última década, se estrene en el género narrativo fundiendo rasgos apelativos de la novela afrodisíaca mayoritaria con atributos descriptivos propios de una experta conocedora del frenesí visual del porno.
Pese a las apariencias, Grey no busca explotar el éxito masivo de esta narrativa indigente. Más bien al contrario. Para distanciarse de sus colegas, Grey escribe una espléndida novela, tan erótica como política, estableciendo un diálogo creativo con la tradición libertina de sus precursores más imaginativos y mordaces: el gran maestro Sade, por supuesto, con sus antagónicas heroínas Justine y Juliette, y un extravagante escritor como Boyer d´Argens, autor de la escandalosa Teresa filósofa, con la que esta novela comparte protagonismo y voz femenina. En un mundo cada vez más cínico y resabiado donde la inocencia se cotiza al alza, Grey no olvida que, para seducir a los caprichosos lectores, una aventurera mundana que sea además una inteligente pornógrafa debe exhibir una actitud híbrida, imitada de los modelos sadianos: candor en la depravación, inocencia en la lubricidad, ingenuidad en la transgresión.
 
 
Decía Cabrera Infante, a propósito de Corín Tellado, que la pornografía es “un arte inocente” y el pornógrafo “un artista superior”. Quizá por eso Grey, confirmando en parte el primer aserto y aspirando a realizar el segundo, logra en este escabroso viaje al fin de la noche libidinal un matrimonio estético insólito en este tiempo de banalidades cultas y anacronismos estériles. Las nupcias creativas del libertinaje histórico y el porno contemporáneo, es decir, la lucidez de la mirada y la experiencia promiscua, la sabiduría del placer y la práctica desprejuiciada, la soberanía del sujeto y la inmanencia del deseo.
Lo más sorprendente de esta novela sorprendente no es el grado de excitación que generan los diferentes escenarios por los que transita la intrépida protagonista, de coito en coito, de orgía en orgía, como en una escala ascendente hacia el supremo conocimiento carnal y la ataraxia espiritual a la que aspiraba Sade; ni el descaro con que la narradora emite opiniones o teorías inteligentes para aderezar las pausas eróticas y adornar la obscena desnudez de su figura en ciertos trances; sino el ingenio narrativo, que Grey no ha aprendido en los rutinarios rodajes del porno, con que logra traspasar los límites mentales en su exploración del reverso moral de la sociedad, aventurándose como una Alicía pícara y juguetona del otro lado del espejo de la fantasía. Así descubre, durante una orgía monstruosa en un jardín digno de Bomarzo, la siniestra verdad de la secta milenaria que da título a la novela y, con ella, la verdad abyecta del mundo en el que vivía hasta entonces, como todo el mundo, con la mayor ingenuidad.
Es irónico que esta fascinante novela contenga quizá la resolución del misterio fundamental (“el poder, el sexo y la violencia son solo las dos caras de la misma moneda”) con que se enfrentó en su obra maestra póstuma (Eyes Wide Shut) el laberíntico cerebro de Kubrick, a quien se rinde homenaje en estas páginas como a otros grandes cineastas y escritores. Y es que cierto cine y cierta literatura son para Grey, además de una inspiración permanente, la principal “vía de escape” para sentirse cómoda con la propia sexualidad.

martes, 3 de septiembre de 2013

TWILIGHT ZONE


4) ¿Qué parte de opinión, qué parte de conocimiento y qué parte de ignorancia encuentras en la literatura actual?
Es una época confusa, desde luego, en la que ni siquiera estamos seguros del valor social o la influencia real de la literatura. Si me dejo llevar por el pesimismo, vería la situación actual como crítica, con una nueva especie de productos sucedáneos usurpando el exiguo lugar de la literatura, como en una versión libresca de La invasión de los ladrones de cuerpos, donde falsos libros replicarían las formas y la apariencia de la literatura para engañar a los lectores. Si me dejo arrastrar por el optimismo, sin embargo, veo la situación, a pesar de todas las dificultades objetivas, como un increíble desafío y una ocasión única para que el escritor ponga a prueba su inventiva y su ingenio y su manejo de la información y demuestre si la literatura está o no a la altura de los tiempos.
5) ¿Debe contar la literatura lo sucedido o lo que debería suceder?
La literatura se sitúa en el filo de lo posible. En esa zona crepuscular donde los perfiles y los contornos de la realidad se diluyen y alcanzan una indefinición fantasmática. Es la única forma de que la literatura logre imponer el principio de placer sobre el principio de realidad. La libertad del juego sobre la necesidad o las trampas de la ilusión referencial. En este sentido, creo que un novelista de hoy tiene el privilegio de poder sentirse contemporáneo de las formas pre-modernas de la novela tanto como de las modernas y posmodernas y, al mismo tiempo, saber que pertenece a un tiempo sin tiempo, hecho de intersecciones e interferencias cronológicas, y participa de una vivencia del tiempo que carece de historia e incluso de definición literaria. 

[Seguir leyendo esta entrevista con Martín Arán en el número 3 de la revista electrónica El toro celeste.]

martes, 27 de agosto de 2013

ECONOMÍA LIBIDINAL DE LA NOVELA (2): EL TOCADOR DE SADE



El cuadro humano de Sade, novelista polémico y fastidioso para algunos, el escritor más libre que ha existido, es todo lo completo que se puede pedir a un prisionero ilustrado, aunque algunos lo hayan tachado de escritor obsesivo y monótono: consagrado a dar cuerpo expresivo a nuestras represiones y perversiones, no quiso dejar ninguna sin nombrar, como un escrupuloso taxonomista de esa parte de inhumanidad que nos hace terriblemente humanos. No podía ser de otro modo. Reprimido él mismo, encarcelado, excluido del orden convencional de la vida, tampoco deberíamos inclinarnos demasiado a verlo como una especie de mártir de signo contrario. Un mesías de la abyección enviado entre nosotros para dar testimonio escrito, sin la torcida mediación de oscuros evangelistas, de la injusticia y la perversión de valores que rigen la organización de la sociedad y del verdadero sufrimiento que va unido a nuestra condición carnal. El encarcelamiento del cuerpo por los distintos sistemas morales que la humanidad se ha impuesto para bloquear su ascenso definitivo a la libertad no es en Sade sino una metáfora del entero cuerpo social. Y este aspecto ha propiciado también algunas lecturas monosémicas no del todo autorizadas por una obra tan seminal como la suya. Saber apreciar el talento diseminado de Sade ha sido siempre, antes que nada, una cuestión de talante, de temperamento. De economía libidinal, en suma. Y de humor, y no sólo de humores. "Sade era capaz de reír", sentenció Bataille.
La literatura de Sade funciona por desplazamientos, por variaciones de texto o de contexto que garantizan la multiplicidad de sus efectos y también de sus malentendidos. El primer desplazamiento importante lo indica el género literario al que consagró principalmente toda su energía. Sade se sumó a la moda narrativa dieciochesca, abandonando en parte sus prematuras tentativas teatrales, como vehículo idóneo para afrontar sus antinomias y aporías filosóficas o políticas. La novela le permitió dar salida a la desbocada fantasía y a la efervescente imaginación que la necesidad escénica de presentar y representar materialmente ante el espectador, ya fueran actos o situaciones, limitaba considerablemente. Pero lo decisivo de su encuentro apoteósico con la novela (quizá más que en los casos similares de Voltaire y Diderot) fue el modo en que la impureza intrínseca al género le obligó a remodelar originalmente la vocación propagandista y panfletaria que era consustancial a su carácter fogoso, su tendencia a inflamar el discurso filosófico hasta convertirlo en un pretexto incendiario para la desbandada carnal, como si la encarnación del verbo predicada por siglos de un catolicismo beato y meapilas hallara en la sacrílega inventiva novelesca de Sade su más acerbo correctivo al tiempo que su más corrosiva literalización. Así, el acoplamiento del verbo y la carne en las novelas de Sade se produce y reproduce cíclicamente, por fases o periodos no siempre diferenciados: a la ascendente soflama de los discursos sucede invariablemente el clímax descendente de los actos, y vuelta al principio, pues en el punto más bajo del caudal desiderativo (el grado cero del deseo, para entendernos) recomienza de inmediato la fase de la disertación y la consiguiente excitación intelectual. No obstante, la coincidencia ocasional de ambos movimientos, la doble serie que alienta en un mismo acto las profusiones verbales y carnales, evoluciona del modo consabido: la índole afrodisiaca del discurso induce de inmediato a la acción y ésta lo retroalimenta sin pausa. Este es, sucintamente expuesto, el principio mecánico de la cadena de producción novelística de Sade. Pura disipación termodinámica, según la definición del sexo de Lynn Margulis y Dorion Sagan.
Nada más deseable, desde el punto de vista del libertino en activo, que asistir al espectáculo de cuerpos consagrados plenamente a la consumación del deseo mientras conservan inmaculadamente fría y operativa la cabeza, en actitudes a menudo acrobáticas, dispuestas o predispuestas la lengua y la inteligencia a articular sin trabas la más alambicada argumentación en favor de su insostenible posición moral. La perspectiva del victoriano, en cambio, lo mismo el de ayer que el de hoy (sigue siendo el mismo, no nos engañemos), prefiere la actitud contraria: el cuerpo frío, yerto o inerte del cadáver, como modelo de una sexualidad exportable, y la cabeza caliente, como se suele decir, o recalentada, en todo caso, confusa e incapacitada para entender su vulnerable situación de sujeto sutilmente desprovisto de derechos.
Conviene repetirlo, no obstante, para evitar peores malentendidos: Sade no es un filósofo, ni un tratadista político, ni un agitador social, ni mucho menos un pedagogo o un moralista, aunque en toda su obra despunten serias tentativas de pervertir el designio consciente de cada una de estas nobles funciones y alinearlas así envilecidas en su proyecto precursor de transvaloración de todos los valores convencionales. Sade es antes que nada un novelista, esto es, un sujeto que concede libre juego artístico, dentro del marco ilimitado de la ficción imaginativa, a la multiplicidad y desmesura de flujos y corrientes que siente latir en su yo y en el mundo circundante y amenazan con desintegrarlos. En una de sus cartas se atreve a responder a la cuestión palpitante que le plantea un curioso corresponsal sobre su auténtica "forma de pensar" formulando una "profesión de fe" en la proteica levedad del yo y sus postizas opiniones: "¿Qué soy en la actualidad? ¿Aristócrata o demócrata? Vos me lo diréis, si os parece…porque yo no lo sé". Esta pluralidad problemática la corrobora la opinión solvente de Philippe Sollers de que en el dialógico texto sadiano se encuentran expuestos "cada discurso y su contrario". Sade el energúmeno exquisito ("pongamos un poco de orden en nuestros placeres, sólo se goza de ellos planeándolos", proclama Mme. Delbéne, la deliciosa monja libertina encargada de instruir a Juliette) y su variada colección de máscaras novelescas y filosóficas: embozado como un ventrílocuo, o un maestro de marionetas, tras los libertinos egregios cuyas alegres vidas y excitantes opiniones se complacía en narrar una y otra vez, como un mordaz hagiógrafo del mal, el vicio y las manías o anomalías sexuales, hasta el último detalle escabroso, normalmente intolerable para una sensibilidad común.
El libertinaje materialista del que las novelas de Sade siguen ofreciendo los ejemplos supremos (a pesar del talento excitante de competidores como Crebillon, Vivant Denon, Nerciat, Boyer D´Argens o Mirabeau, su viejo enemigo) representa el ejercicio activo y maximizado de la libertad individual, orientado prioritariamente a la gratificación sexual, e incluye por tanto la liberación de las pulsiones y la satisfacción de los apetitos libidinales. No obstante, no debemos olvidar que otro gran mérito de Sade en sus novelas es el de conjugar en grado sumo, a la manera refinada de su siglo, la mayor licencia de las costumbres con la mayor libertad de pensamiento. Así que el ejercicio soberano y cualificado del libertinaje exigía antes que nada una cabeza propia despejada de supersticiones y supercherías, tanto como un cuerpo liberado del puritanismo de la carne. La libertad que encarnan los libertinos de Sade (aristócratas o burgueses, banqueros o rentistas, ministros o aventureros) consiste en la consumación y el paroxismo de los designios de la naturaleza, madrastra de todos los vicios "escritos en el corazón del hombre". Una suerte de darwinismo hedonista, si se me disculpa el anacronismo, en el que el disfrute del poder se transforma en poder de disfrutar sin restricciones de una vida digna de ser vivida a costa de los estamentos o los individuos inferiores: el regocijo de la condición social superior en su misma superioridad asumida a ultranza como condición natural.
A pesar de esta petulancia clasista, Sade no se privó de evidenciar que en sus libertinos hiperbólicos (una prueba más de que había leído con provecho a Rabelais y sabía que la expresión de la verdad exige a veces la exageración y el exceso) anidaba un instinto autodestructivo que guarda relación directa con la satisfacción total de las apetencias y deseos que el resto de los hombres y mujeres, esto es, la mayoría moral, morirían sin paladear ni conocer. Esta es una prueba más de su maliciosa sabiduría como novelista de costumbres: la intuición de un secreto deseo de extinción y abolición, de aniquilación pura, en las clases que han alcanzado el dominio y el predominio sobre la sociedad y sus instituciones y también sobre la saciedad de sus instintos (no otra es la lógica catastrófica, en el sentido matemático del término también, que articula la trama contable de Las ciento veinte jornadas de Sodoma). El conflicto sadiano entre igualdad y libertad no admite, por tanto, una solución inequívoca en las novelas excesivas de Sade, como tampoco por desgracia fuera de ellas, en la historia política o en el campo social.


 El sexo es un asunto demasiado serio para dejarlo en manos de la industria del porno, o de los malos novelistas, o de los legisladores morales, o de cualquier culto religioso fanático, por no hablar de los sexólogos y los psicólogos que tratan de refrenar su fuerza subversiva refinando los modos de la represión con moderneces ideológicas. Y el erotismo aún más, si consideramos el placer carnal y la seducción más importantes que la reproducción biológica. Nunca en la historia el sexo se exhibió con tanto descaro y abundancia, el erotismo se envasó al vacío con tanta publicidad, las imágenes de la desnudez y el apareamiento genital se tornaron tan asépticas en un contexto social tan promiscuo y, al mismo tiempo, indiferente a su poder de perturbación primordial. Por otra parte, la banalización espectacular en curso, al someter el erotismo a la lógica de la mercancía, favorece la expansión del discurso reaccionario, a menudo disfrazado de izquierdismo ético, contra cualquier representación gráfica del deseo libidinal.
En este sentido, es acertado reeditar una obra libertina tan estimulante como esta (La filosofía en el tocador, Ediciones Península, 2013, págs. 240) en una época confusa donde los espurios imitadores de Sade colman el gran mercado del mundo con sus imposturas sucedáneas y su tropel de vacuidades vagamente afrodisíacas. Esas depresivas historietas sobre la incapacidad de gozar y, sobre todo, la impotencia (fálica, vaginal o clitoridiana, tanto monta) de elevar un discurso sobre los apetitos de la carne a la altura de las exigencias de la inteligencia. Y es que Sade, a quien invocan con demasiada facilidad los ineptos que lo ignoran todo sobre él, excepto quizá un puñado de tópicos, no era solo un gran artista de la prosa, un pornógrafo supremo y un novelista genial, sino un pensador libertario, tan crítico en su tiempo con el viciado orden estamental aristocrático como con el nuevo orden virtuoso impuesto por la Revolución jacobina. Sade hizo pasar la filosofía y también la política en sus obras por el tamiz mundano y sensual del boudoir. En esto radica a la postre el revulsivo libertinaje cervantino de Sade. Haber sabido crear un espacio novelesco donde fuera posible la unión promiscua del pensamiento y la pasión, la idea y el placer, el discurso y el goce. Y haber sabido representar, con medios narrativos incomparables, la filosofía elemental de la novela moderna: la sumisión del saber y el entendimiento al poder del cuerpo y sus pasiones vulgares. Y para llegar a este resultado insólito tuvo que prostituir la filosofía, corromper su inveterada herencia idealista, degradarla a pornografía de ideas y librarla así de su absurdo bagaje teológico, arrastrándola a escenarios infames y forzándola a practicar toda clase de actos (anti)naturales.
Así lo indica desde el burlesco título La filosofía en el tocador (1795), considerada por Apollinaire como "la obra capital, el opus sadicum por excelencia". En esta obra cumbre del erotismo sadiano, el escenario de la orgía será un gabinete privado en el que se recluye un cuarteto libertino dispuesto a alcanzar la cúspide del placer y los abismos de la sensualidad sin renunciar a la euforia libidinal del discurso: una dama adúltera (Madame de Saint-Ange) y una hermosa novicia amiga suya (Eugénie), ávidas ambas de vida y experiencias, del lado femenino; un preceptor licencioso (Dolmancé), aficionado a la sodomía en ambos sexos, y un caballero servicial y atento (el Caballero de Mirvel), del masculino. En adelante, pareciera proclamar Sade por boca del libertino Dolmancé, instructor inmoral de los otros personajes, si el filósofo quiere predicar sus verdades abstractas deberá hacerlo en el ámbito donde se consuma la profanación física de los cuerpos reales de hombres y mujeres, y no donde solo se rinde anodino homenaje a las descarnadas entelequias del discurso conceptual.
La provocativa dedicatoria de la novela (“A los libertinos”, esos “voluptuosos de todas las edades y de todos los sexos”) anuncia el escandaloso ejercicio de libertad total que va a escenificarse en la intimidad del tocador con la exactitud racional de un mecanismo de relojería y cuyo programa obsceno aparece enunciado en el panfleto anónimo "Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos", incluido como intermedio de lectura tan recreativa para el espíritu como excitante para el cuerpo. El jugoso folleto describe, aunque sea como correctivo paródico de las expectativas revolucionarias, un modelo utópico de conjugar libertad e igualdad en la satisfacción del deseo erótico por parte de hombres y mujeres ("si admitimos, como acabamos de hacerlo, que todas las mujeres deben ser sometidas a nuestros deseos, evidentemente podemos permitirles de igual modo satisfacer ampliamente todos los suyos").
Es, por esto, de una deliciosa ironía que el lema pedagógico que figura al frente de la portada del libro ("La madre prescribirá su lectura a la hija"*) sea transgredido de modo cruel en el desenlace, como tantos otros tabúes, cuando Eugénie, la hija recién iniciada en los placeres del libertinaje, procede a coserle el sexo, con una gran aguja y grueso hilo rojo encerado, a la madre mojigata (Madame de Mistival) que se propone interrumpir por la fuerza su provechosa instrucción. Una lección de perversa contemporaneidad.

*NOTA BENE: El ingenio incomparable de Sade para las parodias estilísticas, así como las perversiones ideológicas y los juegos textuales apócrifos, despunta una vez más en la forma irónica en que aquí estaría corrompiendo la frase “La madre proscribirá la lectura a su hija” extraída de un panfleto revolucionario, muy conocido en la época, titulado Furores uterinos de María Antonieta, mujer de Luis XVI

martes, 13 de agosto de 2013

HOUELLEBECQ ES UN CLON

 
Michel Houellebecq es el primer escritor clon de la historia. O el primer clon escritor, si se prefiere. El primer novelista que adopta la perspectiva del clon sobre el humano para narrar los últimos días de su existencia en el planeta tierra. Quizá sea este el designio final de su literatura. Y algunas de sus novelas lo iluminan con perversa autoconciencia, como La posibilidad de una isla, la más incomprendida de todas, en parte por esto mismo. Por mostrarnos en toda su crudeza elemental la verdadera evolución de Houellebecq desde la payasada aún humana (el ángulo clown de su literatura) hacia la risotada posthumana (el ángulo clon de su vida y obra), dominante al fin. Sus máscaras narrativas se desplazan así entre avatares y clones, réplicas virtuales y dobles biológicos del escritor carismático.
Por otra parte, todas las novelas de Houellebecq constituirían el “inconsciente político” de la hipermodernidad europea, como la denomina Lipovetsky. El éxito increíble del discurso de Houellebecq se fundaría,  de ese modo, en haber sabido articular, no importa si por afán de notoriedad mediática o de cruda revancha social, como le achacan sus numerosos enemigos, un discurso provocativo, minoritario e impopular con fuerte tirón mayoritario en un contexto comunicativo donde la novela parecía condenada por imperativos comerciales a la inanidad estilística, la moralización y el entretenimiento de masas o el ocio más inofensivo.           

El método Houellebecq
 
¿Tuvo Houellebecq una infancia normal? Cuenta la leyenda literaria que ese período instructivo de toda vida se lo pasó al cuidado de su abuela mientras su madre, a la que luego odiará por esto, se lo montaba a lo grande viviendo la vida loca de las comunas libertarias y la fraternidad comunista de la época. Así que Houellebecq, como escritor y como hombre, es un reaccionario “hijo de mala madre”, el subproducto esquizofrénico de los excesos naturalistas de los años sesenta y demás derivas políticas de la moda primaveral de entonces.
A la sombra afectiva de la abuela, el niño Houellebecq se transformaría en un monstruo filosófico: cuerpo infantil y cerebro senil. Con muy pocos años, su cuerpo emaciado prematuramente poseía la sabiduría acumulada de milenios de conocimiento y experiencia del mundo.  Cuando se miró al espejo por primera vez, retrocedió con pasmo, horrorizado ante lo que veía. Ese cuerpo y esa mente no parecían habitar el mismo espacio-tiempo. Tardaría años en volver a mirarse sin miedo a reconocer al otro en sus facciones. Los mismos años quizá en que decidió hacerse poeta. Escribiendo cosas como esta: “Por un lado está la poesía, por otro la vida”… 

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