sábado, 6 de noviembre de 2021

EL AULLIDO DE LOS CORDEROS


 [Publicado en medios de Vocento el martes 2 de noviembre]         

No soy populista, pero en el caso del asesinato del niño Álex prefiero escuchar los sentimientos del pueblo. Si la otra noche los vecinos de Lardero hubieran linchado al monstruo, no me habría escandalizado. La justicia más antigua que conoce la humanidad solo debe ejecutarse en ocasiones excepcionales, dañinas para la comunidad. Como decía Aristóteles, la purga de las pasiones, la liberación de las emociones más violentas, permite a la gente regresar al seno de la vida civil con ánimo sereno y racional. Eso se llama catarsis y se aplica al efecto trágico sobre el público. Qué mayor tragedia que el asesinato de un niño o una niña por un adulto perturbado. Qué peor crimen que la destrucción de una vida apenas iniciada por un sádico incapaz de vivir sin propagar la maldad y el dolor entre sus semejantes.

    Imaginen las circunstancias del espantoso asesinato de la mujer de la inmobiliaria. Proyecten en su mente los detalles atroces del ensañamiento con que la torturó durante un tiempo en que los relojes no se detuvieron y el mundo, como en “Frenesí” de Hitchcock, miró para otro lado. Recreen ahora las vejaciones que infligió a su primera víctima. Observen con estupor lo que le hizo a la niña atada sin alterarse. Le perdonó la vida, sí, pero la condenó a vivir traumatizada. Y ahora el pequeño Álex, colofón de su espeluznante carrera criminal. Se lo llevó engañado al piso para jugar con él al “exorcista”, confundiéndolo con la niña Regan. Y al llegar el momento climático de gozar a solas de su perversión, el demonio descubrió que Álex no era la niña poseída de la película sino un niño disfrazado. Y lo mató para encubrir su terrorífico error.

Es una vergüenza que un psicópata de esta catadura moral estuviera en libertad porque el sistema jurídico español no lo supo tratar como merecía. Hace falta estar ciego para no captar las señales maléficas que el enfermo enviaba como aviso. El mal existe y tiene nuestra misma cara. Y ustedes, señores jueces y policías, fiscales y carceleros, lo ignoran todo sobre él. Como si las películas y series americanas sobre asesinos en serie no les hubieran enseñado nada. Examinen los casos y reconozcan el fallo. Se equivocaron juzgando que la cultura popular era una forma de superstición ancestral cuando, en realidad, es una expresión de sabiduría milenaria. Pobre Álex. Nunca más disfrutará de Halloween. Será otro de los muertos que vienen a recordarnos cada año la deuda contraída con ellos. Una deuda irreparable. 

lunes, 1 de noviembre de 2021

DE QUINCEY


  [Thomas de Quincey, Los últimos días de Immanuel Kant, Firmamento editores, trad.: Julia García Olmedo, 2021, págs. 104]         

Thomas de Quincey (1785-1859) es uno de los prosistas más originales de la literatura inglesa del siglo XIX. Joven bohemio, amigo de poetas románticos como Coleridge y Wordsworth, avanzado posromántico y precursor del estilo y la estética de Borges, como dice Harold Bloom, es autor de unas cuantas biografías excéntricas, como este extraño retrato del filósofo Kant, parodias históricas, libros de rara erudición sobre temas esotéricos y escabrosos, o ensayos sobre el asesinato teñidos de humor negro (Del asesinato considerado como una de las bellas artes; 1827).

Pero De Quincey escribió, sobre todo, una imperecedera obra maestra del estilo como las Confesiones de un opiómano inglés, en su doble versión: la original, de 1821, de escritura más etérea y deslumbrante, donde relata su adicción temprana y perseverante al opio como modo de calmar el infinito dolor de estar vivo y acceder, como buen romántico, a estados mentales de lucidez visionaria; y la revisión definitiva, de 1856, en la que, además de reescribir la primera versión abundando en sus mismas ideas con estilo tan sentencioso como barroco, añadía un suplemento memorable.

En este texto inconcluso (Suspiria de Profundis), De Quincey evocaba con prosa poética su infancia feliz rodeado de una madre viuda y tres hermanas, la terrible muerte de estas y la visión siniestra, inducida por el opio y la desdicha, de las tres diosas de la desgracia humana: “Mater Lachrymarum”, “Mater Suspiriorum” y “Mater Tenebrarum”. Este trío de matriarcas infernales fascinaría a Baudelaire, traductor magnífico de De Quincey (Les paradis artificiels), y luego al cineasta Dario Argento (Suspiria, Inferno, La Terza madre), entre otros.

Este opúsculo sobre Kant (de 1827) demuestra el malicioso talento de De Quincey para el plagio literario y el fisgoneo biográfico. De Quincey organiza en torno a la figura admirada del filósofo especulativo más importante de la historia un palimpsesto narrativo extraído de los numerosos testimonios disponibles de amigos que trataron al maestro de Königsberg (Wasianski, pero también Jachmann, Rink o Borowski) como respuesta a la extrañeza esencial que la personalidad y el pensamiento de Kant suscitaban en él y en sus lectores ingleses.

De Quincey revisa con brevedad la vida anterior de Kant, donde echa en falta la saludable influencia femenina, pero se ceba con singular irreverencia en los días que precedieron a su muerte, dando cuenta puntual de los pormenores intelectuales y fisiológicos de su naufragio. Es posible leer el deleite de De Quincey en las irónicas notas al pie en que comenta los datos proporcionados por sus fuentes, como el bien que le haría el opio al afligido filósofo de la Razón Pura y la Razón Práctica hasta perder el Juicio que había convertido en una de las facultades trascendentales de la inteligencia humana. Cada lapsus verbal, cada distracción, cada caída de la cabeza en el sopor y el sueño, cada pleonasmo senil, cada achaque agónico, son narrados por De Quincey como si registrara los síntomas de la descomposición de un sistema filosófico y no solo el hundimiento de un pensador eminente como Kant, aquejado de graves males que dañaban su cerebro y estómago.

No es solo la degeneración de Kant el asunto fundamental del relato de De Quincey. Con Kant, De Quincey lo sabe, es toda una idea de la cultura y el pensamiento la que perece. El ideario de la Ilustración. Con lo que De Quincey, al final, con su especial sensibilidad para las mutaciones históricas, estaría plasmando la emergencia alegórica del romanticismo. La muerte gagá de Kant, como el filósofo había previsto y Goethe encarnó en plenitud, representaría así el genuino esplendor del Genio romántico.

martes, 26 de octubre de 2021

CIENCIA Y FICCIÓN


[Publicado en medios de Vocento el martes 19 de octubre]

           Principio de incertidumbre. No sé qué es peor, la existencia o la inexistencia del comité de expertos que asesoró a Sánchez durante la pandemia. Si el supuesto comité existió, aunque sus actas sean invisibles, y sus decisiones inconstitucionales fueron acatadas por el presidente e impuestas a la población, sería una prueba deplorable de lo que significa un gobierno científico sobre la vida humana. La pandemia nos ha enseñado mucho sobre este tipo de gestión. Pero si no existió, como indican las evidencias, sería un síntoma escandaloso de la arbitrariedad y soberbia de Sánchez, arrogándose el poder absoluto en nombre de la ciencia.

A los ciudadanos nos toca sobrevivir hoy en ese filo peligroso entre la ciencia y la ficción, entre la hegemonía de la ciencia y el gobierno de la mentira. La ciencia trabaja en lo suyo mientras la política transforma en ficción tecnócrata todos sus esfuerzos racionales. Es el principal descubrimiento permitido por esta pandemia que se aleja como una tormenta eléctrica tras descargar sobre nosotros una lluvia de males.

Debo referirme a esta cuestión con extrema prudencia. Hay una autonomía donde la electricidad es tabú de alta política. Así se lo han hecho saber a Sánchez esta misma semana, en tono amenazante, los portavoces parlamentarios de las corporaciones eléctricas. Y Sánchez ha debido recular, como si recibiera un calambrazo mortal, y minimizar las medidas sociales del decreto sobre la luz.

Ya sabemos que la energía eléctrica es la clave del funcionamiento del mundo. Sin ella, nada de lo que consideramos valioso podría existir ni sostenerse. Apena por eso ir al cine a ver excitantes estrenos como “Titane” o “Benedetta”, de visión obligatoria para espectadores inquietos, deseosos de validar su ética a través de la estética, y encontrar las salas vacías. Solo el bueno de Bond ha conmovido el corazón del público con su paternidad sobrevenida y muerte súbita. Cuando el cine inteligente pierde, Netflix gana. Y “El juego del calamar”, la novísima sensación coreana, muestra al desnudo la obscena crueldad del modo de vida dominante.

La luz artificial que irradia la gran pantalla de mi nuevo televisor cuántico disipa la tristeza moral del presente. Estos sofisticados equipos nos devuelven el asombro antiguo, como dice Borges, que reunía a la humanidad primitiva en torno al fuego durante la larga noche. No solo de ciencia viven hombres y mujeres. La ficción es tan preciosa como el alimento y el vestido. Pero la mentira no. 

martes, 19 de octubre de 2021

APOCALIPSIS ESPECULATIVO


 [Philip K. Dick, Dr. Bloodmoney, Minotauro, trad.: Domingo Santos, 2021, págs. 300]

         Dice Dick en el epílogo que el fallo de esta novela, desde una perspectiva narrativa, es que el Fin del Mundo sobre el que se construye la trama no tuvo lugar en realidad. Es irónico este comentario viniendo del gran maestro de la ciencia ficción especulativa. La ciencia ficción o es especulativa o carece de valor. Por eso Dick, al reconocer que se equivocó en sus predicciones sobre la Tercera guerra mundial, como le reprocharon algunos lectores superfluos, no hace sino constatar cuán acertados eran los trágicos planteamientos con que concibió su novela.

Un apocalipsis nuclear que no tendrá lugar es mucho más sugestivo para jugar con las delirantes posibilidades de la ficción. La ciencia ficción es el género realista por excelencia, en la medida en que esta narrativa plantea a la realidad las preguntas fundamentales que esta no puede responder sin dejar de ser lo que es. Un simulacro cultural y tecnológico. Y es por esta razón por la que Dick, una mente generadora de conceptos originales con hipersensibilidad para la realidad americana de su tiempo, es el creador supremo del género.

          “Dr. Bloodmoney” es una de sus grandes novelas, la más deslumbrante quizá si se considera la complejidad de la trama y las subtramas, la fascinante galería de personajes principales y secundarios y la riqueza de ideas con las que nutre la imaginación de unas y otras. En el principio está el truculento Armagedón que se precipita sobre el mundo como consecuencia de la enfermedad mental, una combinación de psicopatía paranoica y megalomanía religiosa, de un científico de origen alemán llamado Bruno Bluthgeld (“Bloodmoney”/“Dinero sangriento”). El doctor Bluthgeld, perseguido por nazis y comunistas y asilado en Estados Unidos, como tantos científicos sospechosos de connivencia totalitaria, acaba desatando una catástrofe atómica en 1972 y otra en 1981.

La primera parte de la novela, más breve, transcurre justo antes de la segunda catástrofe, en un mundo donde ya existen seres afectados por la radiación como Hoppy Harrington, un “focomelo” que pasa de víctima a verdugo, y la segunda parte en 1988, siete años después de la hecatombe, en un mundo devastado donde existen criaturas mutantes y animales inteligentes, y donde los seres humanos supervivientes se refugian en pequeñas comunidades urbanas o rurales. Es extraordinario para la época que entre los protagonistas de la historia se cuenten un afroamericano emprendedor (Stuart McConchie) y una mujer finalmente liberada de ataduras familiares y conyugales (Bonny Keller).

Otro personaje esencial es el astronauta Walt Dangerfield. En 1981 iba a ser junto a su mujer Lydia la primera pareja en poblar Marte, como nuevos Adán y Eva de la Era espacial, pero el bombardeo alteró la trayectoria de su cohete y quedaron atrapados en la órbita terrestre. Desde entonces, antes y después de la muerte de su mujer, el disc-jockey Dangerfield se dedica a aportar consuelo y entretenimiento a la vida humana a través de sus emisiones radiofónicas de música y literatura vía satélite. Esta alegoría de la cultura mediática es una de las más ingeniosas invenciones novelescas de Dick.

“Dr. Bloodmoney” fue escrita en 1963 y publicada en 1965, por lo que la influencia creativa de la película de Stanley Kubrick “Dr. Strangelove”, en el título y el subtítulo (“Cómo nos las apañamos después de la Bomba”) así como en determinado tratamiento de los personajes principales y su papel en la trama, no es insignificante. De ese modo, Dick corrige el nihilismo y el humor negro de la denuncia de Kubrick con una afirmación utópica del poder para sobrevivir de la especie humana. 

jueves, 7 de octubre de 2021

EL BUCLE DEL BUCLE


  [Stephen J. Burn (ed.), Conversaciones con David Foster Wallace, Pálido Fuego, trad.: José Luis Amores, 2021, págs. 277] 

Este impresionante libro de entrevistas es, en realidad, una novela encubierta sobre David Foster Wallace (1962-2008), un escritor de fines del siglo XX y comienzos del XXI que vivía inmerso en el paroxismo de la cultura norteamericana, en medio de la incertidumbre posmoderna de saber que todo ha cambiado y nada ha cambiado en el fondo. En estas circunstancias, intentar realizarse como ser humano es tan complicado como intentar ser un buen escritor, no digamos ya un genio literario. Para quienes no hayan leído nada de Wallace, esta compilación, que ahora se reedita por cuarta vez con texto revisado, es como un cuarto repleto de juguetes y peluches en una guardería. Para quienes conocen sus novelas, ensayos o relatos, es una caja de herramientas, un manual de instrucciones sobre cómo y por qué escribió Wallace lo que escribió manejando cantidades ingentes de información y una herida mental lacerante y un lenguaje prolijo que era un bisturí forense con el que hurgaba en su cerebro y en el de los demás y de paso desgarraba el tejido de la realidad con pasión morbosa.

Después de leer estas veinte entrevistas y de releer, conteniendo la emoción, el epílogo del periodista David Lipsky, una evocación tan estremecedora como perceptiva de la trayectoria literaria y la personalidad singular de Wallace hasta los instantes previos a su suicidio, a un lector avezado en su obra se le hacen evidentes algunas cosas y otras, sin embargo, se oscurecen hasta la opacidad total. Sus relaciones ambiguas con la ironía, por ejemplo, tan cambiantes como su estado anímico, el amor/odio por la cultura de masas y, en general, el mundo del espectáculo americano, o la posición crítica ante la situación minoritaria, si no marginal, de la ficción en una cultura audiovisual donde adquiere un valor social creciente la no ficción, quizá como secuela del colapso integral del aparato simbólico de la cultura.

Cuando una inteligencia de ese calibre llega al límite en su diálogo con el lenguaje y la realidad es lógico que tropiece con un bucle infinito. Lo irónico de este impedimento reside en que lo que es nocivo para la mente del filósofo se vuelve el estímulo creativo más potente para un escritor como Wallace. De ese modo, su abandono profesional de la filosofía y las matemáticas por la práctica de la ficción narrativa le permitió desplazar a otro terreno de juego el bucle fatal en que vivía atrapada su mente prodigiosa. El cerebro de Wallace expresa en todo lo que escribe y dice su pugna con la realidad y su repugnancia hacia lo real. En el fondo, toda su obra, de ficción y no ficción, es la de un reportero de esa guerra cerebral, crónicas más o menos beligerantes de la tensa relación con el mundo y lo social de una psique paradójica, cautiva al mismo tiempo de una timidez patológica y una curiosidad extrema.

En cualquier caso, una idea persiste inamovible a lo largo de sus declaraciones, desde la primera entrevista en 1987 hasta la última en 2005, y podría considerarse su más valioso legado teórico y la mejor explicación de su lucha encarnizada consigo mismo y con las formas literarias y culturales vigentes: “El proyecto que merece la pena intentar es hacer cosas que tengan algo de la riqueza y el desafío y la dificultad emocional e intelectual de la vanguardia literaria, algo que haga que el lector afronte cosas en lugar de ignorarlas, pero hacerlo de tal modo que también sea agradable de leer”. Ahí estamos. 

lunes, 27 de septiembre de 2021

ENERGÍA

 [Publicado en medios de Vocento el martes 21 de septiembre] 

La energía es la cuestión esencial de este mundo. Einstein revolucionó la física al descubrir su fórmula mágica y propulsarnos con ella a las estrellas, el infinito y más allá, o mucho más acá, a las simas de lo infinitesimal. Así que cada vez que pagues la abusiva factura de la luz, acuérdate de Einstein y piensa en la energía nuclear, no en Chernóbil. Imagina un paisaje apacible de miles de centrales nucleares extrayendo su preciosa carga energética del corazón del uranio, como soñaba Bill Gates hasta que fue consciente de la impopularidad de esta energía.

Cada vez que te “arruines” pagando los recibos de la electricidad que encienden tu vida y apagan tus expectativas, piensa en el sol que genera la energía que ilumina tus vacaciones y te broncea la piel. Piensa en el astro gigantesco en combustión permanente que calentaría tus noches de invierno a poco que hubieras podido instalar en tu vivienda los paneles adecuados. Ahora te la ofrecen a un precio más caro las mismas compañías que durante décadas hicieron lo imposible por evitar que la energía solar, cuando era barata, se extendiera socialmente. Piensa en todo esto mientras lees los datos oscuros de tu factura de la luz.

El filósofo Kant sintió en sus últimos días una extraña fascinación por la electricidad, intuyendo el advenimiento de un mundo que se movería al ritmo de la corriente eléctrica. Kant consideraba la electricidad una energía sagrada, la fuerza unificadora de los fenómenos de la vida, la llave de la realidad, el código secreto de Dios. Y mira en lo que la hemos convertido. Hoy este mundo luminoso no está en manos de filósofos, científicos o inventores, sino de corporaciones desaprensivas. Cada vez que te indignes calculando el precio de la electricidad, piensa también en las erróneas decisiones políticas del pasado que han conducido a esta situación insostenible de mercadeo indecente y dependencia energética.

          Donde se queman libros, dijo el poeta Heine, se acaban quemando personas. Ha empezado en Canadá y se expandirá pronto a todas partes. La corrección política es un movimiento de culpabilidad global para hacer tabla rasa de la historia y la cultura. No distingue entre quemar “El Quijote” o “Astérix”. Solo pretende borrar las huellas de crímenes históricos y repararlos con imposturas hipócritas. La energía implacable que incinera los libros se mide en grados Fahrenheit. Pero, para ser exactos, deberíamos medirla en grados de necedad y estupidez. Es la energía más barata y extendida. 

lunes, 20 de septiembre de 2021

REALIDADES PARALELAS


  [Philip K. Dick, El hombre en el castillo, trad.: Manuel Figueroa, Minotauro (Esenciales), 2021, 272 páginas] 

Dick never wrote a single work which can be termed a "masterpiece," although this alternate world novel-with its many surprising twists and equally surprisingly (and surprisingly subtle) treatment of Asian themes-comes close. 

-Larry McCaffery- 

¿Qué es un escritor realista? No, desde luego, alguien que aspira a imitar la realidad en sus trazas más convencionales. Un realista, como escribió Robert Musil en El hombre sin atributos, es el novelista que sabe que la realidad, siendo como es, también podría ser de otro modo. En este sentido, si hay un modelo de escritor realista en la segunda mitad del siglo XX es Philip K. Dick. Y si hay un ejemplo supremo de realismo es El hombre en el castillo, donde se describe una realidad y una historia radicalmente alteradas partiendo de una ingeniosa hipótesis: los japoneses y los alemanes ganaron la segunda guerra mundial y extienden su dominio imperial sobre el mundo, incluido Estados Unidos.

En esta historia increíble, que muestra al nazismo como voluntad de poder en estado puro, Dick plantea la resistencia política como posición propia de la literatura. Cuanto más totalitaria es la versión de realidad impuesta por el poder, más necesario resulta el poder disolvente de la ficción imaginativa. Como sucede con la novela prohibida (La langosta se ha posado) que juega un papel determinante en la trama. Escrita por su autor, Hawthorne Abendsen, consultando el I Ching, gracias a su fuerza figurativa se desvela la impostura intolerable bajo la que vive el mundo tras la victoria del Eje. Su valor subversivo no radica tanto en su correspondencia exacta con la realidad histórica como en la negación del simulacro de realidad padecido por los personajes. De ese modo, entrarían en conflicto ontológico el falsificado mundo de la ficción, el mundo especulativo de la ficción dentro de la ficción y el mundo cotidiano del lector real de la novela. Como si Dick se apropiara en esta novela fascinante de una lúcida idea de Valéry (“La era del orden es el imperio de las ficciones”) y la extrapolara al problemático contexto de una ucronía opresiva (como haría con la América neocon de Bush el otro Philip, Roth, en La conjura contra América, facsímil especular de esta novela de Dick) para definir la ficción novelesca como deconstrucción de la ficción de realidad sustentada por todo poder hegemónico.


Los héroes de El hombre en el castillo son, sobre todo, proletarios y descastados: el artesano judío Frank Frink, fabricante de arcanas piezas de plata donde se condensa la sabiduría espiritual del I Ching, y su exmujer, Juliana, que, tras descifrar el mensaje encriptado en el libro clandestino de Abendsen, mata al hombre que pretendía asesinarlo por orden de Goebbels y se planta en la remota casa del escritor para forzarlo a reconocer la verdad de la ficción. No obstante, solo la consulta obsesiva del libro taoísta de las mutaciones le proporcionará información sobre el verdadero estado del mundo. Esa verdad incuestionable contradice las versiones oficiales de la propaganda germano-japonesa al tiempo que insinúa, de modo larvado, la infiltración de la voluntad de poder nazi en la forma de entender los medios y los fines del poder por parte del gobierno de Washington y la clase política y empresarial americanas. Abriendo así el portal de la imaginación a otras novelas memorables de la década (Dr. BloodmoneyEsperando el año pasadoLos tres estigmas de Palmer Eldritch¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?Ubik, entre las más logradas) donde Dick exploraría ese polémico aspecto de la guerra fría y sus secuelas políticas y tecnológicas hasta llegar a Valis, ya en los ochenta, como asombrosa secuela de El hombre en el castillo y consumación de su sistema narrativo.

Como siempre en la literatura de Dick abundan las epifanías fabulosas en que los personajes que creen vivir en un mundo determinado perciben elementos incongruentes o incompatibles con él. La más asombrosa la experimenta Tagomi, un representante comercial japonés que, mientras examina un triángulo de plata creado por Frink, accede a la visión súbita de la autopista del Embarcadero de San Francisco, inexistente en su mundo imperialista pero presente en la América contemporánea.

Con esta novela magistral, como señaló Roberto Bolaño, quien lo consideraba uno de los diez grandes escritores americanos, Dick revolucionaría en 1962 la nueva narrativa norteamericana.