[Germán Sierra, El
artefacto, De Conatus Publicaciones, págs. 94]
Germán Sierra es un excéntrico personaje. Un cruce
exitoso de neurocientífico y escritor, un híbrido perfecto de ambas vocaciones
obtenido en ese laboratorio formidable que es el proyecto de tener una vida
propia al margen de gustos masivos y tendencias mayoritarias. Sierra es autor
de cuatro novelas (El espacio aparentemente perdido, La felicidad no da el
dinero, Efectos secundarios, Intente usar otras palabras y Standards) y un libro de relatos (Alto voltaje)
que lo colocan en la vanguardia de los narradores de nuestro presente y también
de nuestro futuro.
El mundo es una máquina de ficción. Y Sierra
conoce sus mecanismos. Publicidad, cine, moda, televisión, fotografía, música,
internet. Sí, todo eso y mucho más. Las fantasías, los sueños, los deseos.
Imágenes, historias, fantasmas, sensaciones, espectáculos, relatos. Eso es el
mundo. Eso ha sido siempre y eso es ahora, más que nunca, antes y después de la
pandemia, cuando la tecnología más sofisticada y las pantallas ubicuas
suministran a los usuarios multitud de imágenes del mundo en un flujo
incesante, monótono, repetitivo. En obras anteriores, la combinación de mirada
científica y experimentación literaria servía a Sierra para mostrar la
fascinación del neocórtex cerebral por el azar, el devenir y la incertidumbre
como procesos de un mundo en mutación radical. El mundo, como el cerebro, se
compone de redes, de nodos neurológicos, de puntos interconectados que no solo
intercambian información, sino que la transforman, transformándose a su vez en
núcleos narrativos que expanden la red con nuevos contenidos.
En esta nueva novela, escrita originalmente en
inglés, Sierra sintetiza sus modos de dicción y de ficción para registrar la
génesis de un extraño pliegue deleuziano instalado en la frontera entre la
realidad biológica del cerebro humano y el dominio cibernético de los circuitos
y algoritmos de una máquina diferente, un híbrido milagroso de tejido celular y
corteza computacional. Una máquina singular que, en correlación con el cerebro
que la ha generado, no aspira ni a la inteligencia ni a la divinidad absoluta.
Una máquina poética, un “artefacto”, como la novela misma.
Los componentes de ficción y los compuestos de
tecnología producen en esta novela una amalgama estilística como este pasaje
donde poesía y ciencia se acoplan con insólita belleza: “la vida no es, a fin
de cuentas, casi nada, solo un pequeño remolino en un Universo maravillosamente
inorgánico; un vórtice diminuto, un estremecimiento microscópico en una mota de
polvo quemada por las estrellas y arrastrada por el gran grito”.
Por desgracia, en un contexto cultural tan
tecnológico como el presente, no abunda la ficción cibernética, la ficción que
aborda las cuestiones esenciales sobre las relaciones entre la computación de
la información y la realidad, los procesos cognitivos en el cerebro biológico y
en las redes neuronales de fabricación artificial. Esta curiosa omisión se
debe, sin duda, a la actitud de la mayoría de los lectores que, como los peces,
prefieren seguir nadando en el agua sucia sin pensar mucho en la composición de
esta.
Este brillante texto de Sierra, en su textura
verbal, en su combinación del lenguaje de la ciencia y las metáforas más
audaces de la literatura, con ciertos ecos del ciberpunk, no demasiados, y
ciertos deslices en el ensayismo especializado y la comunicación científica de
nociones experimentales, transmite al lector una cartografía abstracta de las
líneas y relieves del mundo contemporáneo en toda su vastedad ciborgiana, esto
es, cibernética y borgiana a partes iguales. El sujeto protagonista es,
precisamente, un ciborg, un individuo que pierde un brazo orgánico tras un
accidente de automóvil causado por un dron y le implantan una prótesis
inteligente que lo pone en conexión íntima con el mundo cibernético, primera
transición en el complejo devenir de la trama.
Esto supone el principio del fin de
lo humano y el comienzo de algo nuevo que no sabemos nombrar aún. Ese instante
creativo, descrito por Deleuze, en que las fuerzas humanas se alían con otras
fuerzas (las partículas, el cosmos, el silicio, etc.) y dan lugar a una nueva forma,
que ya no es humana ni biológica, en el sentido clásico, pero tampoco puramente
artificial.