jueves, 28 de enero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (5)

PROVIDENCE

RAMÓN BUENAVENTURA

Blog El Librillo de Ramón Buenaventura

Hoy, en la bañera (mi lugar favorito de lectura, miren qué higiénico), a las seis y media de la mañana o madrugada, he terminado de leer Providence *.

A los hombres (entiéndase: los varones ) lleva un par de siglos viniéndosenos abajo el tingladillo de prepotencia y dominio que organizamos hará cosa de varios miles de años y funcionó impecablemente, o casi impecablemente, hasta principios de la Edad Moderna ; y estamos desesperados. Este hecho, en literatura, provoca dos reacciones totalmente distintas. Reacción A : escribamos para las mujeres, que son al fin y al cabo ( casi ) las únicas que leen. Reacción B : escribamos para los hombres, que son al fin y al cabo los que reparten la gloria y el prestigio, porque son ( casi ) los únicos que ejercen de maestros y críticos literarios. Ni que decir tiene que la reacción A es muchísimo más frecuente que la B, por su mayor rentabilidad y por lo simpática que resulta en sociedad (y porque se liga más ).

Entre los escritores que escriben para los hombres los hay buenísimos. En todo García Márquez solo hay un libro para mujeres (El amor en tiempos del cólera). Julio Cortázar jamás escribió una sílaba para las mujeres. Ni Joyce. Ni Onetti. No digamos Pynchon, o Susan Sontag o Simone de Beauvoir (esta última publicó algo para sus discípulas, sí ; pero esa es otra relación). Entre los escritores que escriben para las mujeres también los hay buenísimos, por supuesto. ( Si quitáramos lo de buenísimo, yo mismo valdría como ejemplo.) Proust escribe para las mujeres. Camus también, creo. Hemingway y Bukowsky, con todo lo machos que se manifiestan. Durrell. Don DeLillo. Vonnegut **.

Providence es un libro para hombres: la mejor crónica que he leído nunca de cómo el cerebro de los varones se descacharra ante el follón que les han montado las mujeres y opta por el caos como explicación. No es que hayamos fracasado, es que ha habido una conspiración malvada que nos ha quitado el poder y se lo ha entregado a las máquinas, a los juegos de ORDENador, a las Hermandades y Sectas nefastas, al Diablo, al Doctor No, yo qué sé. Ferré, claro, no se identifica con la historia que cuenta su protagonista, o que le hacen contar, y habrá lectores lo suficientemente sutiles como para ver en la novela una burla cruel del machismo más necio y recalcitrante. La verdad: nunca me había encontrado con un personaje tan necio y recalcitrante como el tal Álex Franco en una buena novela. Lo cual dice mucho a favor del autor, de su generosidad. Yo, desde luego, no le habría dedicado cerca de 600 páginas a semejante imbécil, aunque fuese para la mejor de las causas ( que no sé cuál es, por cierto ).

Al caos del revoltijo mental en que se han convertido los valores de muchísimos varones, ante la insumisión ya irreprimible de las mujeres, se une en Providence el tremendo bofetón que nos arrea a todos la sociedad norteamericana, en cuanto entramos en contacto con ella. En este aspecto, he de recurrir de nuevo al adverbio « mejor » : esta esperpéntica novela es el mejor retrato que conozco de una de las minorías más influyentes de los Estados Unidos, es decir el corralillo de las universidades y sus mecenas mantenedores : ese puritanismo asesino, ese rechazo total de lo diferente, esa incapacidad para percibir que la libertad no consiste en ser como todo el mundo, sino como uno quiere ser, esa completa ausencia de empatía ante cualquier fenómeno humano que se produzca fuera del campus, esa profunda frivolidad erudita. Un novelista americano jamás podría escribir un libro como Providence —ni tendría quién lo leyese, allí.

Otro problema que se nos plantea indefectiblemente a quienes pretendemos hacer literatura es el poquito caso que nos hacen los editores y lectores y la rabia que nos da. Juan Goytisolo ha sido un buen ejemplo de este cabreo continuo durante años y años y más años. Habiendo escrito varios de los más valiosos libros españoles del siglo XX, y gozando de la admiración y respeto de los mejores lectores y críticos, el hombre comparaba su estatus —su « conocimiento de marca », sus ventas, el rendimiento de su esfuerzo— con el de los triunfadores oficiales y se lo llevaban los mengues. Como no es de callarse, en seguida emprendió una campaña de protestas que le dobló o triplicó las antipatías del establishment… Poco a poco, sin embargo, por fortuna, el desafuero ha ido compensándose, y no creo que hoy en día pueda don Juan quejarse de cómo lo tratamos.

Pero hubo libros suyos en que se notaba demasiado el ansia de llamar la atención, y ello fue en detrimento de su siempre alta condición literaria. Ejemplo : en uno de sus títulos de los ochenta ( no recuerdo cuál, ahora, pero quizá fuese Paisajes después de la batalla ), procurando como fuera el escándalo del lector, nos presenta a un personaje burgués y antipático que se mete zanahorias por el recto arriba, en refuerzo de su placer pobretón. A mí me tocó escribir la reseña del libro, en DISIDENCIAS, y no me abstuve de manifestar mi enfado; no porque me plantaran delante a un tío feísimo enculándose hortalizas, sino porque un escritor del tamaño de Goytisolo cayera en la ingenuidad de creer que alguno de sus posibles lectores podía soliviantarse ante semejante trivialidad pajillera.

Esta misma pretensión de escándalo es lo que menos me gusta de Juan Francisco Ferrer. En Providence no llega a los extremos de su libro anterior —El festín del asno—, pero está ahí, en buena parte de las páginas, lanzando patadas al aire sin alcanzar nunca los testículos del lector, que a estas alturas ya los tiene muy bien blindados. Dicho de otro modo: nada de lo que hace el protagonista con la polla en ristre me produce la menor impresión, me añade nada a la aceptación de la historia ni a la valoración cualitativa de la novela. No es que sobren por completo las hazañas venéreas del andóbal ***, pero el abuso, creo, llega a aburrir, y las ganas de saltarse unas cuantas páginas cuando se ve venir el revolcón con la mujer policía, por ejemplo, son casi insuperables. Cortar siempre es bueno, sobre todo en un libro tan extenso y tan necesitado de alta tensión permanente.

Otrosí : suele irritarme que los escritores le rían las gracias al cine, como si este no tuviera sus turiferarios especializados y tenaces. ¿Qué puede justificar que Ferré —aunque su protagonista sea director de cine— dedique tantísimo espacio en la novela a las referencias características de los cinéfilos, o, más concretamente, a lucubrar sobre una película tontorrona y vacía como Tiburón ? Los americanos parecen vivir en el permanente terror de que desembarquen las tropas del Rey de Inglaterra y los sometan a crudelísima venganza ( como los judíos en el permanente terror de que Yahvé les ajuste las cuentas, lanzando una vez más contra ellos a los malvados gentiles ), de ahí su obsesión por el miedo ; pero a nosotros ¿ qué nos importa ? Nosotros somos el coco.

En fin. En Teoría de la sorpresa**** escribí HAY QUE SER ABSOLUTAMENTE EXCESIVO (para ser ABSOLUTAMENTE MAGISTRAL, en consecuencia mucho más lógica de lo que parece ). Providence es un libro absolutamente excesivo, con una fuerte veta magistral.

Ojalá le vaya bonito y, sobre todo, ojalá lo lean quienes más y mejor pueden aprovecharlo, es decir los chicos de talento.

domingo, 24 de enero de 2010

LA VIDA ES UNA FICCIÓN EXTRAÑA



Publico a continuación la estupenda entrevista sobre Providence que me hizo el escritor Mario Virgilio Montañez (publicada en Diario Sur de Málaga y en Ideal de Granada, entre otros medios del Grupo Vocento). Aprovecho la ocasión para hacer mío este comentario de Michel Houellebecq (en Enemigos Públicos) sobre el único “reproche” que algunos lectores inteligentes le han hecho a mi novela:



“De todos los reproches que me han abrumado, el de haber puesto demasiado sexo en mis libros es el más serio, el más universal; es también el más extraño. Estamos en 2008, y da la impresión de que nuestras sociedades occidentales han decidido meter la cuestión sexual debajo de la alfombra; y que no tienen lo que se dice ninguna gana de que alguien levante una esquina de la alfombra… Lo que sucede es que quizás, como Lovecraft, lo único que he hecho es escribir cuentos de terror materialistas, dándoles, por añadidura, una credibilidad peligrosa”.



(Ilustra esta entrada Lady Gaga, la Esfinge Postmoderna más provocativa y espectacular.)



MARIO VIRGILIO MONTAÑEZ



El autor malagueño firma con Providence un ambicioso proyecto literario que le ha valido ser finalista del Herralde de Novela


Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), crítico de SUR, ha sido finalista del Premio Herralde 2009 con su novela 'Providence'. Una pesadilla tecnológica y psicológica de gran complejidad, una parábola implacable sobre la tiranía del deseo, una recreación perversa del mito de Fausto. Charlamos con el autor sobre su creación, editada por editorial Anagrama.



¿Por qué Providence y no otra ciudad?


El nombre mismo era importante, y el hecho de conocerla, así como la vida de Lovecraft. Esa ciudad centenaria, fundada en nombre de la libertad religiosa, representa el corazón del corazón de ese experimento utópico y, sobre todo, económico y tecnológico llamado América…


Algo que llama la atención en la novela es su gran extensión, 587 páginas, junto a su gran ambición con una estructura muy peculiar. ¿Cómo fue tu proceso de creación de la novela?

Primero tuve la revelación de una idea, fulminante, una cuantas conexiones y asociaciones insólitas; luego una concepción lenta y una escritura muy rápida. En menos de tres meses, tenía más de mil páginas escritas. Lo peor fue la reescritura, el montaje. En cualquier caso, durante este último período, interminable, se me hizo evidente una verdad que se declara en las páginas finales: “toda creatividad es disfuncional, toda inspiración un mensaje destinado a otro mucho mejor dotado que alguien intercepta por error”.

El protagonista, Álex Franco, director de cine, comparte apellido con dos directores de cine español. ¿Hay algún cineasta cuya obra haya podido inspirarte como modelo para tu personaje, más allá de los actos poco ejemplares en los que participa tu personaje?


Hay un homenaje a Jesús Franco, sobre todo. El famoso Jess Franco, director de muchos nombres, aficionado al horror, la pornografía y los extremos estéticos del pulp y el trash, como reverso libertario del otro Franco, el gran represor histórico. Más allá de esta broma nominal, no hay ningún director real en quien me haya inspirado. Pero como creador quien me inspira es Buñuel. Uno de los grandes artistas españoles de todos los tiempos, para mí sólo empatado con Cervantes…


Respecto a tu anterior novela, La fiesta del asno, cuyo protagonista es un etarra, y ésta, situada en Providence, ¿cómo evalúas tu evolución como escritor?


En cierto modo, Providence culmina toda mi trayectoria como escritor. En ella están los motivos y recursos de mis ficciones anteriores, potenciados al máximo gracias a su interacción e interferencia promiscua en el campo de juego de esta novela insaciable que pretende pulverizar, sin ningún complejo, los límites estéticos e intelectuales de la novela española de las últimas décadas.


Providence recoge diversas reflexiones sobre cine, y comparte con tu anterior libro, Metamorfosis®, un homenaje a la película Tiburón de Steven Spielberg. ¿Hay otros guiños cinematográficos, otras infiltraciones cinéfilas, en la novela?


Providence es, como ya he dicho, un viaje cinematográfico al fin de la noche americana, con lo que hay todo un repertorio de gestos, referentes y actos que proceden del cine de Hollywood. Y, más allá, una vasta filmoteca que abarca todos los géneros y los subgéneros con objeto de describir una realidad compleja mediatizada por la primera tecnología imaginaria de la historia. Como novelista parto de la idea creativa de que el designio del cine, desde su invención, ha sido “crear una mitología artificial que actuara como alma de la tecnología”. La vida se ha ido pareciendo cada vez más al cine y el cine a los videojuegos, fenómeno que la literatura no puede ignorar sin poner en riesgo su credibilidad artística. Me he valido de las técnicas espectaculares de algunos directores favoritos (Lynch, De Palma, Tarantino, Cronenberg, los Coen, entre otros) para dar más fuerza y atractivo a este planteamiento…


La figura de Michel, el hermano triunfador de Álex, planea como una sombra, un tanto acomplejadora, sobre el protagonista. ¿Pensaste en hacerlo personaje, en darle una presencia activa en la trama?


No, en la medida en que el conflicto familiar entre Álex y Michel (en maliciosa alusión a Michel Gondry, que fue publicista antes que cineasta) sólo busca expresar la diferencia entre un arte utilitario al servicio del capitalismo como la publicidad y la idea inútil del arte como apego creativo a la intensidad subversiva de la vida que, a su manera escandalosa, encarnaría Álex Franco. En el fondo, he escrito una novela sobre la libertad del artista en el siglo XXI. De ahí la ironía y el pesimismo…


La figura de Lovecraft protagoniza un puñado de páginas. ¿Hasta qué punto es decisiva su presencia en la trama?


Lovecraft es un espectro que aparece de forma transversal en la novela, desde el epígrafe inicial hasta su transformación posterior en serial-killer de videojuego, como una personificación de la América más puritana y reaccionaria. Es la encarnación de la dimensión gótica y siniestra de la realidad americana que acaba devorando a la novela y a su protagonista.


“Esto no es un juego. Esto es la realidad” es el lema publicitario del videojuego Providence. ¿Aspira Providence, la novela, a poder ostentar el mismo lema?


El eslogan de la novela podría ser, más bien, este otro: “La vida es una ficción extraña”. Y me permito citar, como comentario, la continuación de esta línea, una de sus ideas detonantes: “Y como tal podría bastarnos, es cierto, si otras peligrosas ficciones no estuvieran parasitándola desde el principio con su insidioso atractivo”.


Hay un momento en el libro en el que Álex dice “¿Ya estoy en Providence? ¿Es eso lo que significa este bombardeo mortal de imágenes sin sentido, esta sensación de deriva, de abatimiento, de desarraigo, compensada por esta comezón irritante, este goce indefinible? ¿Serían éstos los síntomas nerviosos que anuncian el acceso a un nuevo nivel de realidad?”. ¿Aspiras a que estas palabras puedan abarcar también la propia novela?

Desde luego coinciden con la experiencia de escribirla. Quizá también de leerla. Depende de cómo interpretemos el papel del videojuego en los distintos niveles de la trama…


Sorprendentemente, la novela tiene un importante elemento ciberpunk, de fusión del cuerpo con la tecnología. ¿Hasta qué punto te parece importante la filosofía y la estética ciberpunk y por qué crees que es tan marginal en las letras españolas de las últimas décadas?


La estética ciberpunk es menospreciada aquí por la misma razón que la ciencia ficción. Cualquier historieta archiconocida nos parece más interesante que una historia que incorpore una trama condicionada por la tecnología. A mí me parece que un narrador actual no entiende nada del mundo mediatizado en el que vive si no cuenta, al menos como metáfora, con alguna idea, componente o situación que provenga de la intersección del mundo humano con la tecnología que está redefiniéndolo de modo radical. Para afrontar la realidad contemporánea con ambición descriptiva, como pasa en Providence, es necesario apelar a todo el arsenal de ficciones que la cultura atesora, y una de las ficciones más potentes del presente, en la medida en que altera por completo nuestra comprensión de la realidad, la proporcionan la ciencia y la tecnología. Es un futuro posible el que está empezando a infiltrarse en la vida cotidiana de cualquier ciudadano del siglo XXI, y de esto también da cuenta Providence con indudable sentido del humor…

viernes, 15 de enero de 2010

MALDITO AVATAR: EL CINE DE 2009 (1)



Mejores películas estrenadas en salas españolas en 2009:



1. Malditos bastardos (Quentin Tarantino)



2. Anticristo (Lars Von Trier)



3. Paranoid Park (G. Van Sant)



4. Avatar (J. Cameron)/Gamer (M. Neveldine y B. Reynolds)



5. Import-Export (U. Seidl)



6. La clase (L. Cantet)/Un conte de Noël (A. Desplechin)



7. Still Walking (Hirokazu Kore-eda)



8. The Box (R. Kelly)/Adventureland (G. Mottola)



9. El curioso caso de Benjamin Button (D. Fincher)



10. Watchmen (Z. Snyder)/Star Trek (J. J. Abrams)



Mejores películas no estrenadas en salas españolas en 2009:



1. Serbis (Brillante Mendoza)



2. The Sun (A. Sokurov)



3. The Hurt Locker (K. Bigelow)/A Serious Man (los Hnos. Coen)



4. Synecdoche, NY (Ch. Kauffman)/Two Lovers (J. Gray)



5. Tokyo Sonata (K. Kurosawa) / Thirst (Park Chang-wook)



6. 35 Rhums (C. Denis)/ À l´aventure (Jean-Claude Brisseau)



7. Woman on the beach / Day and Night (Hong Sang-Soo)



8. The Sparrow (Johnnie To) / Dream (Kim Ki-duk)



9. Le silence de Lorna (los Hnos. Dardenne) /The Girlfriend Experience (S. Soderbergh)



10. Martyrs (P. Laugier)

MALDITO AVATAR: EL CINE DE 2009 (2)



Algunas conclusiones urgentes:



1. La cartelera española, tanto la de salas como la de DVD, sigue estrechándose peligrosamente en detrimento de a) las producciones europeas más creativas (con particular ensañamiento en el cine francés, el más vivo de los europeos, con la excepción de Cantet, “palmificado” en Cannes, y Desplechin, un empeño cinéfilo que oculta el desprecio de la distribución hacia Claire Denis, Bruno Dumont, Philippe Garrel, Catherine Breillat, Bertrand Bonello, Philippe Grandrieux y tantos otros); b) las producciones asiáticas (sólo Kore-eda, un Ozu de última generación, un Takeshi Kitano y un Nobuhiro Suwa que aún no he visto, y un fallido Hou Hsiao-Hsien se salvan de la quema de estrenos, mientras películas fundamentales recientes de Kiyoshi Kurosawa y Johnnie To, Apichatpong Weerasethakul y Tsai Ming Liang, Hong Sang-soo y Takashi Miike, Park Chang-wook y Kim Ki-duk, Raya Martin y Brillante Mendoza, entre los más grandes directores asiáticos del momento, permanecen inéditas sin excepción); y c) el cine norteamericano más estimulante (Synecdoche NY, Two Lovers, The Girlfriend Experience, The Hurt Locker, etc.), preterido por sus propias distribuidoras en un caso, único, de colonialismo auto-castrador…



2. Ha sido un año magnífico para la Ciencia Ficción tanto en cine (Avatar, The Box, Gamer, Star Trek, Watchmen, y Distrito 9, la única que aún no he podido ver) como en televisión (la 5ª temporada de Perdidos y la primera de Fringe, V. y Flashforward). Esto es, de un relato audiovisual que toma en cuenta la tecnología para reconfigurar el “mapa cognitivo” del mundo globalizado…



3. Si se cruzan las dos listas, y se toma en cuenta lo señalado en el primer punto, se tendrá una noción exacta de lo que ha sido la producción del año a falta de algunas películas que no he logrado ver aún a pesar de mi enorme interés en ellas: Glory to the Filmaker, de Takeshi Kitano, La cinta blanca, de Haneke, Les Herbes Folles, de Resnais, Singularidades de una mujer rubia, de Oliveira, Hadewijch, de Bruno Dumont, Vengeance, de Johnnie To, Visages, de Tsai Ming-Liang, y Kinatay, de Brillante Mendoza. En cuanto a la cosecha asiática reseñada arriba, me parece un síntoma negativo que dos de las películas, la de Hou y la de Suwa, supongan un cierto refugio europeo para directores con problemas de financiación. O mejor aún: ¿no es la idea de modernidad cinematográfica un nuevo convencionalismo estético? ¿No es una forma de esterilización o de exacerbación de lo mínimo como refugio del agotamiento? Véase el caso (en cierto modo, patético) de Jim Jarmusch, un superviviente exhausto de su propio agotamiento estilístico e intelectual desde hace ya una década…



4. No he visto Liverpool de Lisandro Alonso aún, pero el descubrimiento este mismo año de todo su cine anterior (Los muertos, Libertad y Fantasma) lo convierte, junto con Lucrecia Martel y Carlos Reygadas, en el tercero de mis directores latinoamericanos preferidos. Alonso, por muchas afinidades, es una especie de Apichatpong Weerasethakul sudamericano. (Martel, en cualquier caso, es una de las grandes directoras internacionales del momento.)



5. Si uno compara la elección de la mejor película del año de la crítica más exigente francesa (Cahiers du Cinéma: Les Herbes Folles, el último Resnais, pendiente de estreno en España) y la norteamericana (Village Voice y Film Comment: The Hurt Locker, de Bigelow) con la elección de la más exigente crítica española (Cahiers du Cinéma-España: Paranoid Park, una película de 2007), uno se da cuenta enseguida de que el fallo está en la lentitud y arbitrariedad de la distribución y la exhibición. Las mejores películas llegan tarde y mal (adviértase el caso de The Sun, del gran Sokurov, pendiente desde 2005), como le pasará en su tardío estreno a la magistral película de Bigelow. En cualquier caso, revisando las listas nacionales e internacionales de las mejores películas del año uno percibe con cierta perplejidad que, frente al mundo literario, el mundo de la crítica cinematográfica es mucho más honesto y riguroso en líneas generales. La prueba incuestionable: The Hurt Locker, una perfecta desconocida para el público, encumbrada por la crítica más atenta (Bigelow ya se merecía una gratificación de este tipo desde hace tiempo; en España sólo ha interesado estrenarla ahora que suena para los Globos de Oro y quizá los Oscar, eso se llama oportunismo y falta de perspectiva).



6. Algunos productos minoritarios que gozan de gran reputación crítica internacional en función de la preservación de unas constantes cinéfilas ya más que caducas, como Aquel querido mes de agosto o Wendy y Lucy, entre otras, no pasan de curiosas naderías; mientras la crítica sigue ciega a películas tan innovadoras en su representación de nuestro tiempo como Gamer, que sólo ha recibido desprecio e indiferencia…



7. Nada ni nadie conseguirá que vuelva a ver una película del director de Apocalypse Now y One from the Heart, después de décadas de errancia inútil, así que Tetro me llega muy tarde y me pilla muy desganado para estos ejercicios sadomasoquistas de auto-redención pública. Tengo cosas mucho más interesantes que hacer antes de ver a un director antaño idolatrado tratando de resucitar de entre los muertos con electrocuciones de muy bajo voltaje estético. ¿Será éste el camino de Michael Mann, admirable en Collateral y Miami Vice, después de fracasar en Enemigos públicos? Espero que no…



8. Hace unos días leí este lúcido balance de Fredric Jameson sobre la vitalidad de las formas culturales, en su último libro, Valences of the Dialectic, que llevo leyendo desde que salió en noviembre con largos períodos de interrupción para mejor recrearme en esta suma de su pensamiento y estilo. Sirva esta reflexión para explicar la ausencia de películas españolas en mi lista: “At any rate, it does seem to me that fresh cultural production and innovation –and this means in the area of mass-consumed culture- are the crucial indexes of the centrality of a given area and not its wealth or productive power.” (Las negritas son mías.) Y como diagnóstico pesimista sobre la (impotencia de la) cultura europea y por extensión del cine europeo para oponerse a la “americanización” masiva subyacente al proceso de globalización: “As for Europe…I want to suggest that its failure to generate its own forms of mass-cultural production is an ominous sign”. Jameson yerra en una sola cosa: Europa tuvo en los años cincuenta, sesenta y hasta los setenta una cultura de masas (con cine de género incluido) muy potente. Fue en las décadas posteriores donde el desmantelamiento sociopolítico y cultural del cine de autor se dio en paralelo con el desmantelamiento de este innovador cine de masas (Bava y Leone, Fisher y Argento, entre otros muchos). Una paradoja que debería mover a reflexiones mucho más serias, en todo caso, que el espurio debate que se está desarrollando en torno a la nueva ley del cine español, que suena más a disputa sobre el reparto del botín que a deseo de cambiar el estado de cosas (otra secuela de éste: ninguna película española figura destacada en ninguna de las listas de las mejores del año ni en Europa ni en Estados Unidos)…



9. Cualquier discusión sobre la era digital con un mínimo de rigor debería comenzar por una comparación entre Avatar y Gamer, ya que ambas comparten la misma idea narrativa: una especulación sobre conexiones neuronales que transforman la realidad y el cuerpo en un campo de exploración virtual (¿no es esto una buena descripción de lo que supone el cine como medio?). Y, en cuanto a las posibilidades estéticas de los efectos digitales, otro punto de partida a tener en cuenta sería una comparación entre la asombrosa “vida artificial” mostrada en Avatar (compuesta de una fauna y una flora mutantes) y los logros de Sokurov en The Sun durante las intensas secuencias del bombardeo onírico (mucho mejores que en cualquier anime de Miyazaki y demás colegas nipones), donde los aviones y las bombas, en medio de la humareda y visiones distorsionadas, adquieren una inquietante apariencia pisciforme. Avatar, por su parte, digan lo que digan sus detractores, consuma el ilusionismo cinematográfico versión Méliès: un cine para tocar con los ojos, ver con las manos, etc. Con categorías procedentes de la tradición de los Lumière y los Rossellini, muy respetables por otra parte pero ya insuficientes para juzgar el cine contemporáneo más que en sus variantes más minimalistas y esquilmadas, no se puede decir otra cosa que tonterías, ya sea sobre Avatar o sobre Prospero´s Books. Y, por último, ¿no es el transfert final de Avatar de un cuerpo disminuido en su potencia a un cuerpo pletórico la mejor propuesta que ha hecho el cine reciente de esa gran promesa de entregar un nuevo cuerpo al tetrapléjico espectador cartesiano? ¿Qué pensaría de todo ello el viejo Artaud? No pretendo hacer de Avatar lo que no es, pero me molesta la falta de inteligencia crítica y el exhibicionismo de prejuicios vacuos, más que nada, con que se la ataca sin entender del todo el designio de un artefacto como éste…



10. Y última pero no la última: con Malditos bastardos y Anticristo ya tendría más que bastante para darme por satisfecho como espectador. Todo lo demás entiéndase sólo como un postre prolongado y muy pero que muy suculento…

martes, 12 de enero de 2010

ROHMER NO HA MUERTO






Digan lo que digan, confabulados en esto, todos los medios del mundo, Eric Rohmer no ha muerto. Ha muerto, a los ochenta y nueve años, Jean-Marie Maurice Scherer, no Eric Rohmer. El autor de La coleccionista no ha muerto. El autor de El amor por la tarde no ha muerto. El autor de La rodilla de Clara o Pauline en la playa no ha muerto. Ni el autor de Perceval el galés, La inglesa y el duque o La marquesa de O. No, es imposible. No ha muerto, ni podría morir nunca, el autor de La mujer del aviador y Cuento de verano, El rayo verde y El árbol, el alcalde y la mediateca. Y, sobre todo, el autor de Mi noche con Maud, ése no ha muerto ni morirá jamás. Sólo la inteligencia, decía Propercio, posee la gloria que no muere.

martes, 5 de enero de 2010

PROVIDENCE FEEDBACK (4)



LITERATURA EN EL CIBERESPACIO


JUAN GOYTISOLO



Providence, de Juan Francisco Ferré, es una novela ideal para quienes conciben la lectura como una incursión en lo desconocido.


La gestación de una novela innovadora es siempre una aventura en la que el autor descubre poco a poco las posibilidades que le brinda la propia empresa narrativa. En vez de seguir los caminos trillados de un relato supuestamente real y previsible, se adentra en la terra incognita de lo inexplorado, nos desvela las sucesivas encrucijadas a las que se enfrenta y sus inesperadas ramificaciones: unos dioramas que se iluminan y cambian según la perspectiva en la que se sitúa el lector.


Para quienes conciben la lectura como una incursión en lo desconocido condigna a la de la escritura, Providence, la última novela de Juan Francisco Ferré, es un verdadero regalo: el destinatario de ella va de sorpresa en sorpresa, vuelve sobre sus pasos para verificar que no se ha extraviado y reinicia su incentivo periplo: todo es a la vez real e inverosímil, un viaje que le lleva imperceptiblemente a un alucinante universo virtual.


Resumir esta novela sería traicionarla. A partir de una situación común –la de un cineasta español, Álex Franco, a quien una productora francesa llamada Delphine le confía un guión titulado Providence para levarlo a la pantalla- el relato se bifurca, discurre por diferentes niveles, emprende nuevas y arriesgadas singladuras. La estancia de Álex Franco en la ciudad norteamericana que inspiró el bello filme de Alain Resnais se desenvuelve en planos a un tiempo contrapuestos y complementarios. Sus infructuosos cursos universitarios, el proyecto cinematográfico que se aleja de él como un espejismo, los encuentros inopinados con personajes pertenecientes a códigos literarios distintos –los de la novela gótica, de actores misteriosos y crípticas conjuras; de la novela erótica, encarnados por mujeres famélicas de sexo, en las circunstancias más insólitas…- transmutan gradualmente el mundo universitario y cinematográfico, vistos siempre desde el prisma de la ironía, en el universo ilusorio creado por los medios informativos en el que el terror se convierte en una rentable mercancía.


Buen conocedor de la modernidad literaria del pasado siglo, Juan Francisco Ferré añade a su amplio bagaje de lector de Cervantes y Joyce el de un experto en la ubicuidad del ciberespacio en el que hoy vivimos. Si el cine y la televisión cambiaron el rumbo de la novela en la pasada centuria –ya para degradarla, sometiéndola a las reglas y convenciones de éstas como en el caso de los novelistas perezosos o mediocres, ya para crear un ámbito literario inédito y no trivializado como el de las telenovelas y folletines históricos-, Internet y sus derivados inciden en el presente de su evolución en la medida en que modifican la percepción de lo real y lo virtual, difuminan sus diferencias, alteran la comprensión de nuestro entorno cotidiano. Con humor corrosivo, el autor de Providence hace desfilar ante nosotros una galería de personajes en los distintos niveles que integran el libro: terroristas, conspiradores sectarios, profesores universitarios ridículos y engreídos, vampiresas del Hollywood del pasado siglo. Si nuestro máximo creador introducía en su obra maestra los verosímiles de las novelas de caballerías, morisca, bizantina, bucólica, etcétera, a fin de parodiarlas y edificar la suya sobre sus ruinas, atento lector de Cervantes, Juan Francisco Ferré compendia en Providence las manifestaciones artísticas contemporáneas –el cine, la tele, la omnívora Red, los mitos y falacias de la utopía cultural norteamericana- para machacarlas y mezclarlas en su batidora. Las figuras icónicas del Pop Art y el hip-hop, los blogueros apocalípticos y visionarios ocupan el mismo espacio que los referentes literarios de antaño. Lo alto y lo bajo, lo perdurable y lo efímero se confunden en una misma pasta compacta por las paletas móviles de su implacable máquina trituradora. Todo cabe en ella en virtud de una subversiva voluntad igualitaria en la que vale lo mismo Beethoven que cualquier roquero de Los Angeles o de Jamaica.


El impávido y siempre confuso Álex Franco va dando tumbos, como don Quijote, de un nivel narrativo a otro, de la Dulcinea que se desnuda alegremente ante él, a los aplazamientos y fracaso de su mirífico, por escurridizo proyecto cinematográfico. El lector, sin dejar de serlo, se convierte en espectador e internauta. Navega por el ciberespacio y descubre las trampas de lo que se nos vende engañosamente por real. La utopía norteamericana, plasmada en las tecnologías de los últimos quince años, desemboca en el terror subsiguiente al 11-S: la de un enemigo fantasmal, sin ejércitos, pero dotado de una devastadora voluntad destructiva que no conoce fronteras y cuyas armas son a un tiempo realidad y pesadilla.


Gracias a la síntesis de planos diversos –literario, cinematográfico, televisivo, musical, ciberespacial-, Providence recrea su genealogía de raíces múltiples, heterogéneas, mezcladas. Es una novela del siglo XXI destinada a lectoras y lectores capaces de imaginar el acceso al ámbito literario como una aguijadora incursión por parajes fuera de lo común, en los que el artífice de la obra les depara frecuentes motivos de sorpresa y de risa. Como un puñado de jóvenes novelistas que admiro, el autor de Providence ha escogido con valentía el texto literario frente al éxito fácil y visibilidad mediática del producto editorial: una elección que le honra y merece el aplauso de quienes defendemos la modernidad atemporal que perdura a lo largo de los siglos en el territorio vasto y complejo de la literatura escrita en nuestra lengua.


(El País, Babelia, 2-01-2010, p. 9)

PROVIDENCE FEEDBACK (3)


Juan Francisco Ferré golpea con una trama rompedora el "american way of life": Providence radiografía la cara más febril de Estados Unidos

LAS TORRES DEL ODIO


JUAN ANTONIO MASOLIVER RÓDENAS



Providence, de Juan Francisco Ferré (Málaga, 1962), es una novela sumamente compleja y ambiciosa, dentro de la línea catastrófica o apocalíptica, surgida de la tecnología y del terrorismo en todos sus niveles, tan frecuentada por la nueva novela española. Controlada por su autor hasta su más mínimo detalle, dudo que pueda esperarse lo mismo del lector, en un momento en que este tipo de narrativa heterodoxa, paródica, destructiva y exigente camina por una senda mucho más espinosa que la de los cada día más celebrados best-sellers. Se explica que el jurado del Premio Herralde de Novela haya decidido concederlo a La vida antes de marzo, de Manuel Gutiérrez Aragón, para relegar a Providence a la incómoda posición de finalista. Dado que las dos novelas se publican simultáneamente, al lector se le ofrece la oportunidad de juzgar por sí mismo. Mi juicio no puede ser más claro.


La primera novela de Ferré, La fiesta del asno, destacaba ya por la fuerza y el radicalismo de sus planteamientos. Ahora salimos del marco nacional y nos movemos en un espacio (el geográfico y el mental) mucho más amplio. El punto de partida surge de una experiencia autobiográfica: sus vivencias como profesor en la prestigiosa Universidad de Brown, en Providence (Rhode Island), una de las primeras ciudades de EE. UU., fundada por religiosos disidentes. Los extremismos políticos, raciales y religiosos constituyen la energía centrípeta y centrífuga de una novela donde los principios de los padres fundadores llevan a la destrucción, lo que equivale, simbólicamente, a la destrucción de EE. UU. y de la civilización occidental.


Álex Franco es profesor de historia del cine. Ha sido el autor de algunas cintas, entre ellas La fiesta grande, elogiada por “la valentía moral contra los podridos fantasmas de la identidad ibérica”, que nos remite a La fiesta del asno. Como profesor se gana la desconfianza de sus alumnos, pero como cineasta atrae a Delphine Dielman, una mecenas rubia y rica en experiencias sexuales, como lo serán casi todas las muchas mujeres que se cruzan en la vida de Álex. La preparación del guión (que es, a modo de work in progress, la propia novela) le llevará a una serie de situaciones extremas que escaparán a su comprensión, pero no a su percepción. La suya es una visión delirante de Providence, estimulada por unos misteriosos polvos alucinógenos y por la presencia de Lovecraft, el escritor norteamericano nacido allí y autor de narraciones de horror y ciencia ficción, racista, atraído por el satanismo y enemigo del progreso. Rasgos que definen la dantesca sociedad norteamericana, con las Torres Gemelas como símbolo del oscurantismo, los atavismos, el enfrentamiento de los distintos poderes, la pornografía y la fuerza destructora de la tecnología. “Así fue concebido este viaje, como un acceso febril más allá de la cordura” y, sin embargo, “no era una pesadilla como había llegado a creer, era todavía peor”. “Era la realidad con toda su crudeza”.


(La Vanguardia, Cultura/s, 30-12-2009, p. 7.)