[Edward Ashton, Mickey 7, Booket, trad.: Simón Salto
Navarro, págs. 350]
Después de la gran revolución en el proceso evolutivo (la llegada del sexo y de la muerte) aparece la gran involución: su objetivo es, a través de la clonación y de muchas otras técnicas, liberarnos del sexo y de la muerte…La inhumanidad de esta tarea es legible en la abolición de todo lo que es «humano, demasiado humano» en nosotros: nuestros deseos, nuestros defectos, nuestras neurosis, nuestros sueños, nuestras desventajas, nuestros virus, nuestras locuras, nuestro inconsciente e incluso nuestra sexualidad. Se están preparando recetas para todas las cualidades específicas que nos hacen ser seres vivos únicos. El espectro que ronda a la manipulación genética es el ideal genético, un modelo perfecto obtenido por la eliminación de todos los rasgos negativos.
-Baudrillard, “La solución final: La clonación, más allá de lo humano e inhumano”, en La ilusión vital, Siglo XXI, 2002, pp. 16 y 28-
En el principio de los tiempos, fue el reino de
los inmortales, los seres divinos que desafiaban la cronología. Con el avance
de la evolución, nacieron las diferencias, nació la reproducción sexual y con
ella el individuo y la muerte. Este relato evolutivo está inscrito en nuestras
células desde el comienzo de la andadura de la especie en el planeta Tierra, y
cada célula contiene, por tanto, los fundamentos de la vida y la muerte de
nuestros cuerpos, así como encierra la posibilidad genética de multiplicarlos
al infinito. En esto basó el teórico Baudrillard una serie de reflexiones críticas,
desde comienzos de los años ochenta (“Clone story”, artículo incluido en Simulacres et Simulation) hasta finales de los años noventa y principios del siglo XXI (ver epígrafe), sobre la complejidad de los procesos de lo
que denominaba “la ilusión vital”. La cuestión crucial concerniente a la
clonación es “la cuestión de la inmortalidad”, decía Baudrillard, un deseo humano
inalienable y una fantasía activa en los experimentos de la ciencia y la tecnología.
Ahora bien, ¿qué pensaría Baudrillard sobre una
novela donde un clon es el protagonista y narrador irónico de su propia
historia espacial? ¿Qué ideas debería revisar sobre la relación de lo humano
con la replicación de sus individuos por métodos tecnológicos? Es esta la vía
más iluminadora para acceder a los secretos filosóficos de una obra como esta,
tan entretenida como original, leve y divertida, que le ha servido a Bong
Joon-ho para proseguir su carrera después de “Parásitos” y que, sin embargo, no
le ha reportado el éxito global que se auguraba. Y la culpa, desde luego, no es
de la estupenda novela de Ashton, ni por supuesto del pensamiento de
Baudrillard, sobre el que la mayoría de los espectadores lo ignoran todo, ni
tampoco del talento indiscutible de su director.
Ashton demuestra conocer a fondo las bases del
género de la ciencia ficción, y los autores canónicos, así como las obras que
han marcado su evolución en el último siglo (Asimov, Heinlein, Aldiss, Clarke,
Dick, Robinson, etc.), y también la ciencia ficción dura (Gregory Benford), con la que se
maneja con destreza profesional. En toda ciencia ficción lograda el factor
ciencia tiene que funcionar, por supuesto, y la ficción debe sostenerse sobre
un andamiaje narrativo, de trama y personajes, lo bastante convincente como
para que el lector no abandone la lectura en el vacío del espacio galáctico. El
componente supremo, en este género tan contemporáneo, lo supone siempre la
reinvención de la ciencia y la tecnología a través de la imaginación de máquinas
insólitas. En este caso, Ashton concibe una bioimpresora capaz de generar
enésimas copias de un organismo cada vez que este desaparezca, recreando
primero su cuerpo, el soporte somático idéntico, al que luego se le acopla,
mediante un complejo procedimiento de transferencia, toda la información
neuronal almacenada de su encarnación anterior. Las escenas más brillantes de
la novela coinciden, por esto, con los episodios donde la condición paradójica
del clon, como trabajador prescindible y fetiche sexual de sus explotadores, es
puesta a prueba de manera radical, enfrentándose incluso a la insidiosa
presencia de un doble problemático.
La historia de este séptimo clon alegoriza así la historia de la individuación al revés, como una cuenta atrás en la que a medida que los clones van siendo destruidos y creados, creados y destruidos sin inmutarse, se va generando una resistencia a la inmortalidad y una aceptación del peso de la singularidad ligada a la mortalidad, es decir, a la desaparición definitiva, que a su vez se asume como conciencia de ser y de perseverar en lo que se es hasta el fin. Ahí nace Mickey Barnes, el narrador regenerado de esta aventura interestelar, como último avatar de un individuo desesperado que dejó de serlo para multiplicarse hasta encontrar una réplica que se planteara volver a ser un hombre irrepetible y único, fortalecido por el amor de una mujer excepcional (Nasha) y la complicidad ecológica con una población de criaturas extraterrestres de inteligencia prodigiosa.

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