miércoles, 3 de agosto de 2022

HOUELLEBECQ PÓSTUMO

        

        Como si existiera la casualidad, y no la fatalidad de los conceptos, mi reseña de la anterior novela de Houellebecq, Serotonina, la titulé Aniquilación. Se puede comprobar aquí. Cuando la leí en francés hace unos meses me pareció una coincidencia razonable, ahora en español me parece una sincronicidad acojonante, como diría Jung, que entendía de estas cosas… 

[Michel Houellebecq, Aniquilación, Anagrama, trad.: Jaime Zulaika, 2022, págs. 604] 

No, esta novela no es un tostón, ni un tartazo en la cara del lector ingenuo, como ha escrito un comentarista apresurado con intención provocadora. Más bien es la constatación de un final, el anuncio de una narrativa terminal, el diagnóstico con método forense de una muerte transferida al personaje, pero experimentada a través de la mente por el propio autor. Instalado ya entre los muertos sin haber siquiera abandonado el cuerpo de carne que habita con ánimo desolado, Houellebecq ve la vida desde el más allá con un desengaño clínico, sin grandilocuencia ni dramatismo, como un espectáculo anodino y sobrevalorado. Con alivio e indiferencia, templanza y serenidad, con ellas aliña la identidad neutra del protagonista, ese Paul Raison que vive sus últimos días terrestres como si fueran los últimos días de la humanidad.

Este es el papel narrativo de los sueños, tan criticados por algunos lectores superfluos, en la trama de la novela. Recordarle al lector que la vida contemplada desde el otro lado del espejo carece de tensión y amargura. Pura resignación racional, como la de Raison, pura sumisión a su destino como criatura mortal. Si Houellebecq se erigió en el cronista desengañado y corrosivo del post-mayo del 68, negando la validez de la rebeldía y la insurgencia, certificando su conformismo y absorción por el sistema capitalista, en esta novela triste y desazonadora como pocas sanciona un punto de vista ya definitivamente extraño a las dimensiones convencionales de la política y la sociedad. Se trata, en este sentido, de una novela póstuma, una novela incluso metafísica escrita en estado de postración post-mórtem, con la que Houellebecq acaso se esté despidiendo del mundo y no solo de la literatura. Nada que decir, nada que contar, parece decirnos a la manera del Beckett tardío, excepto la necesidad final de callar. La exigencia de guardar silencio para siempre. La urgencia de desaparecer.

Esta novela revela, además, la verdadera condición de Houellebecq como escritor, la receta de su literatura: un moralista contemporáneo, nutrido de lecturas de los maestros antiguos, pero con un ojo realista para los vicios del presente, con su punto justo de misantropía y pesimismo. No hay realidad actual que esta novela no radiografíe con exactitud balzaquiana: la complicidad del terrorismo y el poder, la corrupción y la defunción política de la democracia (o la dermocracia) y el surgimiento de la posdemocracia al servicio de la casta y los partidos, la decadencia de las élites culturales y la degeneración mediática en curso del pueblo, la imposibilidad de vivir en un mundo tiranizado por los intereses económicos y financieros y la tecnología deshumanizadora, la compleja vivencia carnal del amor entre hombres y mujeres y la vida en pareja como último refugio contra la desolación, el egoísmo humano y la soledad universal.

Como tomografía de Francia (y, de paso, de Europa) la novela es demoledora sin ser satírica. Al ambientarse en parte en el mundo de la alta administración del Estado y unas elecciones presidenciales venideras, con la selección del sustituto de Macron como pretexto, Houellebecq practica un análisis feroz de la situación real de unas sociedades posmodernas a las que no augura ningún futuro, sino solo una aniquilación más o menos violenta, rápida o indolora, como la muerte del protagonista. Es como si el sujeto Houellebecq se diera de baja, por medio de su escéptico personaje, de un proyecto nacional en el que hace tiempo dejó de creer.

Y está, para rematar la fábrica de esta novela total, el estilo inimitable de Houellebecq: la contundencia del aforismo clásico y la belleza de la vieja filosofía impregnadas de la transparencia luminosa del mejor periodismo.

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