martes, 12 de noviembre de 2013

INSTRUCCIONES PARA (RE)LEER CASA DE HOJAS

 
“In the postmodern, where the original no longer exists and everything is an image, there can no longer be any question either of the accuracy or truth of representation, or of any aesthetic of mimesis either. Deleuze “puissance du faux” is a misnomer to the degree that, where the true is ontologically absent, there can be nothing false or fictive either: such concepts no longer apply to a world of simulacra, where only the names remain, like time capsules deposited by aliens who have no history or chronology in our sense in the first place.”
 
“The generic term “postmodern novel” already seems to be current for “textual” or severely “reflexive” books of the type of House of Leaves.” 

-Fredric Jameson, The Antinomies of Realism, Verso, 2013, pp. 293 y 296-

Por una de esas misteriosas casualidades de la literatura, leí Casa de Hojas entre marzo y abril de 2003 al tiempo que reseñaba para Letras Libres, en una primera tentativa, la edición española de La broma infinita. Llevo hablando de este libro y reclamando su publicación desde entonces. Ha llegado tarde, trece años de espera son muchos, pero ha llegado al fin y hay que celebrarlo como corresponde. Que no nos confunda en exceso el espurio esnobismo que suscitan estas obras norteamericanas de nuevo cuño y entendamos su verdadera aportación estética antes de dejarnos arrebatar por su (publicitada) novedad formal. Es una novela híbrida que clausura la metaficción moderna y posmoderna y abre la puerta sin complejos a todas las remediaciones literarias (como razono aquí). En el momento mismo en que los adoradores de la tecnología más banal y los mercachifles del último fetiche tecnológico celebran la desaparición del libro de papel, Casa de hojas se atreve a explorar sin complejos la vitalidad creativa de la Galaxia Gutenberg y a renovarla para mejor reinventar su futuro. Mientras los dómines de la opinión dominante y los lectores menos avisados de este país siguen encumbrando, como novela paradigmática, la antigualla estética e intelectual (ruralismos de diseño, historicismos ramplones, erotismos seniles, vulgaridades policíacas, ajustes de cuentas disfrazados de humor casposo o pretenciosas cursilerías sentimentales, entre otros refinamientos artísticos de la escena literaria nacional e internacional), este ambicioso y original libro hará ver a muchos lo que se han estado perdiendo todo este tiempo. Por fortuna, algunos autores tomamos nota en su momento de las mutaciones en curso y ahí están nuestras obras para demostrarlo, digan lo que digan los filisteos y envidiosos de siempre. Combatiendo en la misma trinchera creativa que Danielewski, con todas las diferencias de rigor, contra la desidia, la pereza y el desprecio, que son el lote de la nueva literatura en un ruidoso entorno de medianías mercantiles de relumbrón y chatarras con ínfulas de novedad... 

[Mark Z. Danielewski, Casa de Hojas, Alpha Decay/Pálido Fuego, trad.: Javier Calvo, 2013] 

Para empezar, niéguese a aceptar todas las pretenciosas obviedades (incluidas las mías, por supuesto) que ha podido leer o escuchar sobre este libro singular en los trece años transcurridos desde su primera edición. Unos le dirán que es la gran novela que clausuró el siglo veinte (el siglo por excelencia de la novela, célebre por haber llevado hasta sus últimas consecuencias estéticas la modernidad del género) mientras otros, más optimistas o crédulos, le dirán que inauguró el siglo veintiuno, que es, como todo el mundo sabe, la centuria en que la novela desaparecerá de la faz de la tierra de una vez por todas para dejarle el terreno libre al videojuego expandido y a formatos de ficción audiovisual aún inimaginables. Quédese con una simple idea: pase lo que pase con la novela o el cine en los próximos decenios, Casa de Hojas pasará a la historia como un artefacto libresco que supo entender la era digital (y todos sus efectos especiales) y escenificar, de ese modo, el festivo final de una cultura (la logocéntrica) y una determinada concepción de la literatura (la canónica) y su problemática relación con una realidad cada vez más mediatizada por la tecnología.
Acepte, sin embargo, que los múltiples niveles imbricados que componen el libro, además de confundirlo y hacerle creer, como en una perversa atracción de feria, que el suelo cognitivo se ha abierto bajo sus pies, solo pretenden que usted deje de sostener una visión convencional del mundo donde vive y la identidad subjetiva con que se reconoce ante usted mismo y ante los demás. Es verdad que el libro se construye en bucle como una réplica trucada de la casa maligna que es, a su vez, una réplica topológica y tropológica del libro. La casa y el libro poseen, en definitiva, la misma entidad engañosa: una “casa” de hojas de papel impresas por dos caras a varios colores con signos delirantes que intentan reproducir (y comentar) las imágenes y fotogramas de un dudoso documental (El expediente Navidson) sobre las experiencias traumáticas de la familia Navidson en la maldita casa de Ash Tree Lane en Virginia.
No se extrañe, entonces, de que muchos comentaristas, dentro y fuera del texto, caractericen Casa de Hojas como una novela de terror: un libro que se puede leer con la inquietud sobrecogedora con que se consume una novela gótica, una historia victoriana de fantasmas, o un cuento fantástico sobre una mansión poseída por algún ente maléfico venido de una galaxia remota o salido de una pesadilla antediluviana. La única presencia malvada del libro, sin embargo, es la misma casa campestre donde se instala la familia Navidson sin imaginar las funestas consecuencias de esa decisión. El espacio habitado se colapsa y la experiencia doméstica, como si la arquitectura de la vivienda la hubiera diseñado un avatar demoníaco de Peter Eisenman, se transforma en terrorífica cuando en el basamento se abre un portal de comunicación con una dimensión infernal indefinible que nos enfrenta a la esterilidad del racionalismo científico, la insignificancia de los valores morales, la falacia consoladora del humanismo laico y la creencia religiosa y solo revela el puro horror de la existencia.
Tendría razón, en este sentido, quien le explicara que Casa de Hojas es una broma filosófica de alcance universal presentada tras el atractivo envoltorio de una novela de terror deconstruida por infinitas interpolaciones, digresiones y notas y una geometría no-euclidiana de planos de ficción y enredados niveles de escritura e imagen. En efecto, si la vida admite ser interpretada como una historia clásica de terror, la deconstrucción sistemática de esta sería el método más inteligente para desnudar la ilusión vital de sus atributos más superfluos y exponerla como lo que es, en toda su precariedad: una construcción edificada al borde del abismo insondable (noche gnóstica, ungrund mística o pútrida nigredo alquimista), con sus fundamentos flotando sobre el vacío vertiginoso, una masa insidiosa de materia oscura acechando desde cada orificio y recoveco hasta apropiarse de su frágil estructura y devolverla a la inexistencia y la nada, su origen pavoroso.
Uno de los epígrafes del libro es una invitación paradójica a sumirse en sus enmarañadas páginas, como en los círculos excéntricos del infierno dantesco, sin miedo ni esperanza: “Esto no es para ti”. No haga caso a Danielewski, todos los autores mienten (incluso) cuando creen decir la verdad (como todo el mundo, por otra parte).  Y no olvide, mientras lo descifra con paciencia monástica, que el autor del jeroglífico novelesco estudió en Yale, sede de la escuela de dinamiteros y pirotécnicos de la retórica más temida y odiada del mundo académico, y allí leyó con provecho a Derrida y se inspiró en el ensayo más seminal (o diseminado) de su etapa telqueliana[*] para engendrar (jugando al límite de la cordura con los simulacros narrativos, las máscaras autorales, las citas apócrifas y el diseño gráfico) esta novela aberrante y erudita sobre el ingreso de la condición humana en una cultura monstruosa, aún innombrable, que habrá abolido al fin de sus esquemas mentales las ideas platónicas de origen y de centro.
Casa de Hojas: “forma informe” atrapada en un laberinto verbal sin salida al mundo.

[*] “La structure, le signe et le jeu dans le discours des sciences humaines” (L´écriture et la différence, Seuil, 1967, pp. 409-428; este ensayo fundamental es citado no por casualidad, en versión original y doblado al inglés, en una nota al pie de Casa de Hojas, pp. 111-112).

miércoles, 6 de noviembre de 2013

MÍSTER SEXO SE LO MONTA EN HOLLYWOOD

[Scotty Bowers y Lionel Friedberg, Servicio completo, Anagrama, trad.: Jaime Zulaika, págs. 305, 2013]

            Scotty Bowers es el hombre que sabía demasiado sobre la vida secreta de las estrellas de Hollywood. Como es obligatorio desde la nefasta era victoriana, la vida secreta transcurre en ese filo prohibitivo de la experiencia donde el deseo erótico no se atiene a reglas hipócritas ni se limita al binarismo sexual normativo (hoy en día solo los políticos y muchos actores y actrices se ven sometidos a esa disciplina de ocultación y enmascaramiento en su vida privada). Y, sin embargo, Scotty Bowers es el hombre que ha tardado demasiadas décadas en contarle al mundo la verdad desnuda que Kenneth Anger aireara con afán vengativo en Hollywood Babylonia: mientras el cine americano difundía mundialmente un modo de vida mojigato y casto muchos de sus artífices más notorios se entregaban, sin escrúpulos, al libertinaje y la promiscuidad más desenfrenados. No obstante, estas revelaciones procaces ocurren en un momento de indiferencia en que es casi imposible escandalizar a nadie salvo a los puritanos o los timoratos. Tanto por la evolución de las costumbres sociales como porque el Hollywood de los años del esplendor en la pantalla ya no es hoy ese cielo mitológico de la imaginación colectiva sino un cementerio de cadáveres exquisitos y, en gran parte, olvidados por la mayoría.
            Pero Bowers no era solo un eficaz intermediario carnal, el hombre de confianza que hacía realidad los deseos menos confesables de Hollywood, ni el amante espléndido de estrellas como Walter Pidgeon, Spencer Tracy, Vivien Leigh, Montgomery Clift, Anthony Perkins, Cary Grant, Vincent Price, Randolph Scott o Rock Hudson, entre otros ídolos cinematográficos de la época dorada del cine clásico, sino un hombre de vida gratificante y plena. Y quizá por eso, por convertir su existencia en una excitante película que nadie se atrevería a rodar, recibió en privado un Oscar honorífico, legado por Néstor Almendros, como recompensa a una carrera mundana enteramente consagrada a la felicidad sexual de los otros.
La vida de Bowers, desde sus remotos orígenes en una agreste granja de Illinois, donde fue iniciado en los placeres adultos por un perverso padre de familia siendo solo un simpático mocoso, hasta su condición actual de nonagenario residente en una lujosa mansión de Kew Drive, en la cima de las colinas de Hollywood, con vistas panorámicas sobre la radiante ciudad de Los Ángeles, participa más de la vida divina de las estrellas de la pantalla que del sueño americano que adormece a la mayoría en un sopor neurálgico y tristón. La principal diferencia entre la novelesca vida de Bowers y la vida gloriosa de la “novela de Hollywood”, como Borges la tildaba con cierto desprecio, radica en la atracción irresistible, la exuberancia vital y las expansiones festivas de la carne.
Desde que era un niño pícaro en el campo, o repartía periódicos y limpiaba zapatos en Chicago, seduciendo clientes y clérigos rijosos (impagable el anecdotario sobre la movida pedófila en la parroquia de su barrio donde el infante Bowers era el objeto de deseo más codiciado entre los curas católicos de la zona), hasta ser el hombre más solicitado de Hollywood y alrededores, Bowers se hizo un experto absoluto en dar placer y recibirlo sin dejar de ser un diletante y un experimentador de sus sofisticadas variantes. Tanto es así que Bowers, proxeneta gratuito y amante servicial pero también observador inteligente de la sexualidad ajena, asesoró sobre lesbianismo al célebre investigador del comportamiento sexual de hombres y mujeres Alfred Charles Kinsey, descubriendo al curioso e ingenuo doctor su relevancia en la práctica juvenil de muchas mujeres normales (con permiso de la sáfica y traviesa Katharine Hepburn, a quien Bowers sirvió con fidelidad durante años, proporcionándole unas ciento cincuenta amantes de su mismo sexo, a pesar de su emparejamiento mediático con el bisexual Spencer Tracy), e incluso le organizó veladas especiales, durante sus estancias  en Hollywood, con el fin de consolidar y refinar su conocimiento íntimo de la homosexualidad masculina que tanto le obsesionaba.
Los amores más intensos de Bowers fueron mujeres comunes (Betty, Sheila, Judith, Lois), y su fascinación por la belleza del cuerpo femenino impregna sus jugosas memorias de  sugestivas descripciones. Pero sus correrías más suculentas (y truculentas) transcurren, sin embargo, en el turbio submundo de los vicios y deseos polimorfos, las anomalías escabrosas y las manías morbosas, como la coprofagia queer de Charles Laughton y Tyrone Power, la deriva sadomasoquista de John Carradine y su hijo David (muerto en siniestras circunstancias en 2009), o la predilección del diseñador industrial de la anoréxica muñeca Barbie (Jack Ryan) por las bromas macabras gastadas, con la complicidad de Bowers, a jóvenes de silueta estilizada y pechos opulentos.
Un libro, en suma, delicioso y tonificante para los que conciben la vida como una película muy poco convencional.

jueves, 31 de octubre de 2013

MASTERS OF SEX

1. Acabo de ver en salas la maravillosa La vie d´Adèle y estoy enganchado a la estupenda teleserie Masters of Sex. Un tema en común que es el tema común de todo el mundo. El sexo. El abrazo de los cuerpos. El tema más fascinante aún hoy, en esta época de regresiones vergonzosas, corrección política, libertad devaluada, cursilería rampante y miedo, mucho miedo a representar/figurar/tratar el sexo. Sin idealismo ni romanticismo. Un motivo tabú tanto para el ideario puritano (católico, protestante, islamista, etc.) como para el socialdemócrata o progresista. Kechiche me parece valiente, en este confuso contexto. Sus escenas sexuales no gustarán a las feministas dogmáticas ni a las lesbianas livianas ni a los machos emasculados por la culpa o la frustración (que acusan a otros, con el dedo flácido, de “machistas camuflados”) ni a los machistas-leninistas, desde luego, pero sí a las mujeres sin prejuicios y a sus cómplices en el juego libertario del amor. El sexo, sí, los cuerpos, la carne, la pasión o el deseo, pero sobre todo el placer dado y recibido, como decía el gran Paul Léautaud. Eso es lo que comparten Adèle y Emma por un tiempo, con una intensidad extraordinaria, aunque no pueda durar siempre, por desgracia. Es la ley del deseo. Lo que brilla con tanto fulgor no está destinado a perdurar. Ni falta que hace. Nada perdura, ni siquiera los valores rocosos que se intentan imponer por la fuerza de la costumbre, el programa o el credo. No hay problema con eso. Celebremos, en lo posible, la escandalosa intrascendencia de la vida, la fugacidad de los placeres del cuerpo. Paradise Lust
 
2. Hace unas semanas, metidos en un taxi de regreso del Museo Nacional de Antropología, Rafael Chirbes y yo nos pasmamos, como Acteón, con las nalgas esculturales de la Diana cazadora que preside con sus curvas y volúmenes afrancesados (un vago Boucher, un tenue Courbet) la avenida Reforma de la Ciudad de México. Cada uno de nosotros ensayó, en el breve lapso en que lo tuvimos a tiro, una reflexión precipitada (toda eyaculación, ay, es precoz) sobre la fenomenal belleza de ese culo erguido en lo alto del pedestal como un homenaje de la piedra a la carne pasajera y al turbador enigma encerrado entre tan mullidos almohadones. Ayer volví a pensar en ello, viendo la secuencia en que Emma y Adèle visitan el Museo de Roubaix y recorren con la mirada de la cámara la desnudez dorsal de algunas esculturas femeninas y se admiran con los desnudos pictóricos antes de entregarse la una a la otra, en cuerpo y alma, con hambre refinada por una cultura y un arte erótico que han celebrado el misterio de la vida del cuerpo, la atracción mutua, la posesión carnal. Chirbes me susurra entonces: nadie podrá decirme nunca que entrar en la intimidad de un cuerpo es un acto como cualquier otro. Asiento desde el asiento contiguo y, sin embargo, no estoy seguro de que el verbo adecuado sea entrar. No. Es demasiado masculino. Demasiado prisionero de la veneración al orificio. Emma no entra en Adèle, ni Adèle en Emma. Es otra cosa. Quizá la piel, el tacto, la fricción, el roce. O los labios, la boca, la vulva, la lengua, el clítoris. Hace muchos años aprendí la lección de algunas lesbianas. Es la mejor escuela. La cosa se parecería más a una cartografía incisiva que a una excavación minera. 

3. Y Masters of Sex, la nueva serie de Showtime sobre los famosos sexólogos Masters & Johnson (William Masters y Virginia Johnson), por una de esas ironías con que mi vida urde una segunda trama superpuesta a la primera, me remite a la obra más jugosa de William Gass (Willie Masters´ Lonesome Wife; 1968), donde el gran experto en la “vida sexual de las palabras” (Will Gass) le daba una lección secreta al supuesto experto en la vida sexual de los individuos y las parejas (Will Masters) y no solo al otro maestro palabrero (Will Shakespeare), como muchos han creído desde su publicación. En la misma época (finales de los sesenta) en que se hicieron públicos los resultados de los estudios de Masters & Johnson, Gass contesta a su colega científico de la Universidad de Washington (St. Louis, Missouri), recordándole que se le ha olvidado una dimensión fundamental de la experiencia: las relaciones entre el verbo y la carne, el verbo que se hace carne en la vida y la carne que se hace verbo profano en la literatura y en la novela, retornando así al origen del bucle cultural que nos define. Con su diseño original, sus juegos gráficos, tipográficos y pornográficos y sus páginas de colores y tonos replicando mesetas de excitación, grados de ardor y orgasmos constatados, Willie Masters´ Lonesome Wife plantea la lectura, en un tropo atrevido, como la posesión por una multitud de hombres y de mujeres del cuerpo desnudo de la solitaria esposa protagonista. El objeto de deseo de la lectura era tan promiscuo e impuro que Gass, por precaución, recomendó en vano al editor que incorporara un profiláctico al libro para evitar que el lector contrajera la “Infección Verbal” ("Verbal Disease"). El mismo Gass, según reconoce, la habría contraído tiempo atrás leyendo a ciertos maestros inconfesables (Chaucer, Rabelais, Joyce, entre los más probables). El verdadero designio del híbrido artefacto (narración paródica y ensayo estético a partes iguales) es la reivindicación de una literatura tan contaminada de impurezas mundanas como caracterizada por una dicción deslenguada e irreverente, el “estilo democrático” demandado por los nuevos tiempos culturales: “Full of the future, cruel to the past, this time we live in is so much in blood with possibility and dangerous chance, so mixed with every color, life and death, the good and bad homogenized like milk in everything we think –new men, new terrors, and new plans-  that Alexander now regrets his love to drink; Elizabeth, that only Queen, paws for her wig to seek employment; and the swift Achilles runs against his death to be here. It´s not the languid pissing prose we´ve got, we need; but poetry, the human muse, full up, erect and on the charge, impetuous and hot and loud and wild like Messalina going to the stews, or those damn rockets streaming headstrong into stars. YOU HAVE FALLEN INTO ART-RETURN TO LIFE”.
 
La última frase parece dedicada a Adèle, a la actriz Adèle Exarchopoulos y no solo al personaje que encarna con sensualidad y gracia infinitas. De hecho este post, como homenaje al gran Rohmer, podría haberse titulado, sin cambiar de orientación sexual, La bouche d´Adèle

miércoles, 23 de octubre de 2013

ALASDAIR GRAY: HACEDOR DE HISTORIAS



Como cualquier escritor sabe, antes de poder hablar de la realidad, la escritura se encuentra atrapada en un territorio simbólico, ese museo virtual y esa biblioteca imaginaria que han traducido la experiencia secular a lo largo de la historia en formas y estilos. Conocer a fondo ese bagaje, saber desplazarse con soltura por su laberíntica construcción y manipularla con fines creativos, es la primera condición del creador genuino, ese que aspira a dejar alguna huella en la historia de su arte. 
 
"El modo cómico nos agrada más que el modo trágico".
 
-A. Gray, Un hacedor de historias-

Lo que para el deportista de élite es el gimnasio, lo es para el lector y el escritor exigentes una biblioteca bien surtida de autores originales y ambiciosos. Entre los más imaginativos practicantes de la ficción de las últimas décadas, ninguno más estimulante e imaginativo que el escocés Alasdair Gray (1934), un erudito fabulador de elite, uno de esos maestros exuberantes que dan sentido aún a la idea de una literatura exenta de mediocridad intelectual y compromisos sociológicos o comerciales.
En los años noventa, su literatura, emparentada por inventiva y ambición con la de posmodernos americanos como Barth o Pynchon, se tradujo con profusión al español en editoriales importantes, pero luego fue desapareciendo paulatinamente hasta borrarse del todo en el nuevo siglo. Es una grata noticia que dos exquisitas editoriales recuperen en paralelo sendos libros fundamentales de Gray: la meganovela Lanark (1981; publicada ahora por Marbot Ediciones y en 1991 por Ediciones de Blanco Satén con la misma traducción de Albert Solé) y la formidable colección de ficciones Historias sobre todo inverosímiles (1983; publicada ahora por Editorial Rayo Verde y en 1995 por Minotauro con la misma traducción de Marcelo Cohen). [Si mi información es correcta, otra de sus grandiosas creaciones, ¡Pobres criaturas!, un híbrido novelesco irresistible (pastiche de ciencia-ficción victoriana, utopismo socialista, erotismo libertino y metaficción nabokoviana, con Frankenstein inscrito al sesgo como modelo moral y temático), se encuentra aún disponible en la edición de Anagrama de 1996.]
Lanark es una fastuosa novela-palimpsesto que rivaliza con las grandes obras literarias del pasado, siendo por otra parte una obra de composición tan innovadora como insólita: cuatro libros de cronología desordenada para narrar la vida de un artista excéntrico que acaba, tras su prematura muerte, desdoblándose en otro personaje imaginario de un universo kafkiano. Una de sus invenciones más ingeniosas, un epílogo intercalado mucho antes del final, transforma esta novela ilustrada en el análogo literario de un libro sagrado. En ese epílogo unamuniano, a la manera espectacular del mago de Oz, aparece un extraño personaje que es y no es el autor, un desvalido demiurgo cuyo empeño en crear la historia en curso es tan grotesco como insignificante la razón de su existencia.
Pero un libro no existe solo por su autor. Antes de eso, el autor pertenece a una cultura y esta cultura se compone de muchas cosas (objetos, edificios, obras, hechos, etc.), pero sobre todo de una biblioteca infinita, la biblioteca de Babel imaginada por Borges pero intuida por todos los escritores de la historia. Esa vasta biblioteca poblada de volúmenes reales y de otros tantos virtuales sobre la que se funda una cultura se compone a su vez de algo muy anterior y quizá mucho más importante: historias, mitos, fábulas, leyendas y relatos. Y por esto en ese epílogo paradójico no solo se revelan las fuentes literarias y los plagios literales (o las modalidades de plagio) con que se ha construido el singular texto de Lanark, sino que también se rememoran las grandes narraciones que contribuyeron a crear la cultura occidental, desde Homero y la Biblia hasta Fausto, Moby Dick o Guerra y paz, pasando por Rabelais, Los cuentos de Canterbury, El Quijote, El Paraíso Perdido y Kafka, una de las influencias más notorias del libro. Lo más significativo del gesto, sin embargo, es que toda esta acumulación de citas y artificios, juegos y parodias, simulacros y estrategias retóricas, sirve a Gray para reivindicar el valor y la importancia de la literatura en una época de amnesia cultural e histórica.
Y de esto trata, en un primer nivel, Lanark, a través de sus múltiples ficciones especulativas y de sus bucles metaficcionales. De la creación, del arte y la literatura como metáforas del poder creativo y la libertad individual. Y también del amor, en un segundo nivel, del amor con minúscula y del Amor con mayúscula, como la Divina Comedia, otro modelo supremo para Gray. Del amor que religa a las criaturas, con sus pequeños episodios traumáticos y sus grandes hazañas gozosas, y del gran amor innombrable, el que mantiene unido el mundo y el que, cuando falta, como en la guerra, lo destruye todo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

AMBIGUOS SIGNOS DEL PRESENTE


Tengo estómago, siempre lo tuve, por eso me aguanto la arcada y pienso que esta gente, obviando todo lo que nos separa, han querido invitarme esta noche, antes de condenarme como un idiota al desahucio moral, para parlamentar y comunicarme el plan de urgencia que han concebido entre todos, en asambleas convocadas en todo el mundo, en plazas urbanas y en foros de internet, para tratar de impedir que el mundo prosiga la deriva autodestructiva en que lo ha sumido la situación económica. Un decálogo infalible de soluciones a la crisis, eso me dice el líder parlanchín y gesticulante, un barbudo sudoroso que habla un inglés cavernario, entregándome en presencia de sus correligionarios el maletín metalizado que contiene las demandas venidas de todas partes como una voz única de indignación universal y las respuestas elaboradas por él y algunos reconocidos expertos para lograr un mundo más justo y equitativo, sin infamias flagrantes como la de Grecia, me dice ahora, guiñándome un ojo, antes de afrontar en poco tiempo la necesidad impostergable de una revolución. Esta palabra mágica el líder de todas las bandas y grupos presentes la repite en todo momento, como un mantra leninista, enfatizando con su mala pronunciación la separación entre el prefijo y el resto de la palabra, ese descabezamiento simbólico enfervoriza a la masa cada vez que se produce y es como si la idea material de la revolución se traspasara entonces de boca en boca, sílaba a sílaba, como una consigna subversiva que prende la mecha de sus acusaciones y quejas. El líder preconiza la instrucción del lumpen, el inmigrante y el excluido como la tarea política más relevante del nuevo siglo. Quién de entre todos vosotros quiere pertenecer al pasado, que levante la mano y será fusilado con nuestro desprecio. Risas y abucheos, aplausos y proclamas estentóreas. Este discurso incendiario y esta reacción explosiva consiguen asustarme al principio, lo reconozco sin rubor, como burgués y como mandatario, pero la excitación colectiva es contagiosa, no soy insensible a esa clase de estímulos y experiencias, más bien al contrario, siendo un individualista con conciencia social, los momentos orgiásticos de cualquier sublevación colectiva me atraen tan poderosamente como mis orgasmos privados. No se escandalice con mis palabras. Como comprenderá, en mi situación es fácil sentirse más allá de los tabúes corrientes. La franqueza expresiva es mi nueva racionalidad, no me queda otra opción. Lástima que no pueda aplicar los beneficios de ésta a la vida política, esa terapia sería saludable, el sistema se hunde, está podrido y nadie cree ya en él. Se requieren líderes que hablen con libertad, sin ataduras institucionales, despojados de la obligación de ser políticos responsables y moderados. Se necesita con urgencia un discurso más radical y menos complaciente sobre el estado de cosas. Y aquel estrafalario mitin, se lo aseguro, fue uno de esos momentos cenitales en que uno siente de verdad en todo el cuerpo que las cosas podrían cambiar y ser de otro modo si nosotros, los que gobernamos el mundo velando sólo por nuestros intereses y los de nuestros poderosos amigos, no estuviéramos al mando para impedirlo. Y la gente está aquí, siento su peso y su fuerza gravitando sobre mí, aplastada contra las bóvedas y paredes estrechas de esta estación de metro clausurada, como en muchos otros lugares del planeta en ese mismo momento, dando testimonio de pertenencia a la multitud de los desfavorecidos, dando cuerpo a una nueva clase social y a una nueva categoría política, monstruosa, si la observamos con mirada clásica, demagógica, si la juzgamos con criterios partidistas, pero con un porvenir prometedor si sabemos canalizarla entre todos con inteligencia en la dirección conveniente…Tengo serias sospechas de que el individuo que, aquella noche de mediados de mayo, ejercía como líder y orador principal en el mitin de la estación de metro es un filósofo mediático de origen centroeuropeo, si no me equivoco, residente en Nueva York desde hace años por razones más que dudosas. Creo haberlo visto en televisión alguna vez, aunque no pueda acordarme de su nombre. Es un hombre muy peligroso para nuestros intereses. Escuchándolo mientras aleccionaba a la multitud a base de chistes groseros y soflamas grotescas comprendí que había transformado su locura en pensamiento.
-Karnaval, págs. 87-89 y 91-

Superado el “fin de los tiempos” pronosticado por los mayas (o, como diría Borges,  por los malos intérpretes de los mayas), ya podemos por fin volver a pensar en las cosas que están pasando o han pasado, las hayamos visto o no en alguna de las pantallas con que a diario los medios nos sirven la dieta informativa necesaria para mantener confiscada nuestra voluntad política. Es evidente que 2011 fue un año decisivo en la no-historia reciente por muchas razones, casi todas analizadas con su habitual agudeza dialéctica en este libro (El año que soñamos peligrosamente, Akal, trad.: José Antón Fernández, 2013, págs. 183) por ese peligroso provocador de la inteligencia contemporánea, el pensador impensable Slavoj Žižek (en este post explico con detalle esta denominación de origen).
El título, una parodia deliberada de una célebre película de los ochenta, sirve para anunciar el programa de la sesión de pensamiento intensivo a que el maestro paradójico va a someter a sus lectores. El pensamiento en su triple salto mortal más atrevido: cómo abordar las derivas del presente y la ingente información generada a su alrededor sometiéndolas a la violencia retórica de la tradición filosófica. El problema es, como siempre, la confusa y caótica realidad y los signos contradictorios que emite sin cesar, como una máquina de fabricar ilusiones, deseos, impulsos y anhelos estandarizados. Pues 2011 fue para Žižek el año en que se impuso en el mundo el signo de la insurrección popular con las revueltas egipcia y tunecina, los indignados españoles, las protestas contra el capitalismo financiero de Wall Street y contra las políticas de austeridad dictadas por la UE, etc. Y también cuando amenazas aciagas, señales ominosas y “sueños oscuros y destructivos” hicieron su siniestra aparición: la matanza de Oslo, la extensión del fermento racista y nacionalista a todo lo largo y ancho de Europa, sin olvidar los estragos cotidianos de la crisis económica y las soluciones erróneas para paliarla.
Pero es, en particular, en su enfoque dialéctico de todos estos fenómenos en el marco del antagonismo global dentro del capitalismo donde la estrategia analítica de Žižek alcanza sus puntos álgidos y sus mayores aciertos críticos. En definitiva, como demuestra el caso reciente de Detroit, la primera dictadura económica establecida en suelo americano, el verdadero peligro que nos acecha es el de la implantación de “un nuevo modelo socioeconómico”: “el modelo tecnocrático despolitizado donde a los banqueros y a otros expertos se les permite aplastar la democracia”. Ante este peligro real palidecen todos los demás. Es más, cabría entenderlos como secuelas del grave mal que corroe las democracias occidentales y que no es, a pesar de las escandalosas apariencias, la corrupción institucionalizada ni la nefasta gestión pública ni la degradación social ni la mediocre casta política, sino la aceptación resignada de las abstracciones financieras impuestas por el capitalismo neoliberal sobre la realidad.
En este sentido, como alerta Žižek desbordando con sus reflexiones los limitados planteamientos de la teleserie The Wire, el mundo se enfrenta a una situación digna de una película de ciencia ficción donde todos los habitantes del planeta Tierra, sin distinción de sexos, razas, culturas o nacionalidades, padecen la invasión de un poder ubicuo que pretende hacerse de manera insidiosa con el control absoluto sobre sus vidas. El problema primordial radica, por tanto, en esa “violencia sistémica fundamental del capitalismo” ante la que las respuestas políticas convencionales se muestran impotentes. Con todo, en este escenario emergente de capitalismo a la asiática y decadencia americana Žižek atribuye un papel determinante a la débil Europa una vez supere, resucitando “su legado de emancipación radical y universal”, el impasse ideológico en que anda sumida.

EL PENSADOR IMPENSABLE


 El esloveno Slavoj Žižek es el gran provocador escénico del pensamiento contemporáneo. Sus numerosos libros son materia de culto entre los seguidores más crédulos del discurrir de la filosofía contemporánea y también, esto es lo más sorprendente, entre los incrédulos que hace tiempo dieron por hecha la muerte de la filosofía, o su sustitución por formas de discurso más acomodaticias. Sin embargo, Žižek dista de ser un pensador al uso y la variante de discurso que ha elegido como su marca de fábrica se parecería más al monólogo del presentador de un circo de múltiples pistas en cada una de las cuales, con derroche de paradojas sofisticadas, anécdotas, digresiones y chistes picantes, se fueran solventando de modo acrobático los problemas más acuciantes a los que se enfrenta el resquicio de inteligencia que nos queda a los contemporáneos.
Hace poco un importante crítico de cine norteamericano nombraba a Žižek “el maestro incuestionable de los estudios internacionales de cine”. Y es que el cine es uno de los instrumentos preferidos por Žižek para plantear sus dilemas filosóficos o psicoanalíticos. No hay postulado de Žižek que no comience, termine, se apoye o fundamente en películas de cualquier periodo de la historia. Uno de sus primeros libros se titulaba, con gran sentido del humor, Todo lo que usted quería saber sobre Lacan y nunca se atrevió a preguntarle a Hitchcock. Precisamente Lacan y Hitchcock, además de Hegel, son las figuras centrales de su panteón intelectual, tan indesligables de los giros radicales emprendidos por el pensamiento de Žižek que todos sus argumentos parecerían reducirse a un esquemático “Lacan o Hegel lo dijeron antes, pero Hitchcock lo mostró mejor”.
Este libro (Órganos sin cuerpo. Sobre Deleuze y consecuencias, Pre-Textos, trad.: Antonio Gimeno Cuspinera, 2006, pág. 245) está dedicado nominalmente a ajustarle las cuentas al filósofo Gilles Deleuze, pero solo la mitad aproximada de sus páginas se ocupa en realidad de formular una revisión crítica de sus conceptos más conocidos (o, más bien, “de dar por detrás a Deleuze”, esto es, de “la sodomización hegeliana de Deleuze”, como Žižek denomina, no sin ironía también respecto de Foucault, a su método: la concepción más o menos inmaculada de un monstruo filosófico generado por el escandaloso acoplamiento del nietzscheano antiedípico y el maestro histórico de la dialéctica escenificado bajo la mirada obsesiva y penetrante de un lacaniano, testigo perverso de estas nupcias contra natura) con objeto de mostrar que el pensamiento de Deleuze, contradiciendo las evidencias, es de indiscutible estirpe hegeliana.
Sin embargo, el resto del libro se ocupa o preocupa, con asombrosa potencia analítica y considerable despliegue de efectos especiales y pirotecnia conceptual, de las consecuencias de la biogenética para nuestra concepción de la subjetividad y la identidad humanas; de la imposibilidad de incorporar las teorías científicas a la vida cotidiana y la redefinición científica de lo humano en curso; del lenguaje político y la dialéctica peculiar de políticos como George Bush (el capítulo más cómico y a la vez certero del conjunto); de la Revolución rusa y sus celebraciones y represiones; del capitalismo de consumo considerado como un carnaval permanente; de la pornografía como utopía de una desorganización libidinal del cuerpo; de la realidad virtual y la realidad de lo virtual; del cine como arte fundado en la combinación técnica de lo objetivo y lo subjetivo y su capacidad para dar cuenta de las fantasías y traumas de lo real; del hiato ontológico insuperable entre los sexos: del régimen ficcional de la verdad, el funcionamiento del cerebro, la producción de la conciencia y la trascendencia del arte en debate con el “cognitivismo” dominante; de la necesidad de llevar hasta el límite la lógica de la ciencia con el fin de generar una “nueva figura de la libertad”; de la guerra de Irak, sus secuelas y aporías; etc.
Žižek suele alardear en entrevistas de que él se rebaja a hablar de películas no sólo porque le gustan sino porque piensa así atraer mayor atención sobre su discurso. Lo curioso es el efecto contradictorio del procedimiento. De hecho, se podría afirmar que Žižek, como si el efecto hubiera subvertido sus relaciones con la causa (una de las ideas más apasionantes del libro), usa la filosofía como pretexto para librarse sin trabas a esta orgía analítica de referencias cinematográficas. En todo caso, este lector en particular se resigna a veces a párrafos abstrusos sobre cuestiones filosóficas algo redundantes con el único propósito de poder gozar del impagable estímulo procurado por la discusión fílmica que suele acompañarlas. Así de perseverante (o de “perversa”) puede llegar a ser la conciencia humana.
Irónicamente, sería en el dominio de la “perversión”, esto es, en la desviación de la tendencia supuestamente natural o necesaria, donde se muestra, como afirma Žižek en contra de los cognitivistas más ortodoxos, lo esencial de lo que nos hace “humanos”. En definitiva, ¿no es nuestro “deseo fundamental”, al revés del personaje de Hitchcock, el de “no saber demasiado”?
 
Posdata: Una aplicación práctica de cómo funciona el pensamiento de Žižek en el dominio de la vida cotidiana. Pongamos que te has propuesto bajarte una película de Internet, uno de los últimos éxitos de Hollywood. Pasas una noche entera importando la película a tu ordenador desde una determinada página web. Cuando abres el archivo, o cuando reproduces el disco en que lo has guardado, lo que aparece en la pantalla no es la película esperada sino un bodrio porno. Tú le echarás la culpa a la piratería, a la tecnología, a la decadencia moral propiciada por la tarifa plana e incluso a Internet. Pero si lo piensas bien lo que ha sucedido, según Žižek, es lo siguiente: tu consciente quiso hacerse ilegalmente con una película convencional, pero fue tu inconsciente quien realmente hizo el trabajo que te proponías. O, por decirlo en términos de economía contemporánea, tu consciente subcontrató a tu inconsciente para hacer el trabajo sucio y no mancharse las manos. Así funciona el poder hoy…

lunes, 14 de octubre de 2013

CHIRBES & FERRÉ BAJO LA INFLUENCIA



-no pasa nada, sólo un parpadeo

del sol, un movimiento apenas, nada,

no hay redención, no vuelve atrás el tiempo,

los muertos están fijos en su muerte

y no pueden morirse de otra muerte,

intocables, clavados en su gesto,

desde su soledad, desde su muerte

sin remedio nos miran sin mirarnos,

su muerte ya es la estatua de su vida,

un siempre estar ya nada para siempre… 

 
-¿la vida, cuándo fue de veras nuestra?,

¿cuándo somos de veras lo que somos?,

bien mirado no somos, nunca somos

a solas sino vértigo y vacío,

muecas en el espejo, horror y vómito,

nunca la vida es nuestra, es de los otros,

la vida no es de nadie, todos somos
 
la vida…
 

-Octavio Paz, Piedra de sol-