[Este artículo fue publicado en medios de Vocento el martes 20 de enero. He retrasado publicarlo en este blog, como era mi deseo, porque su publicación en prensa coincidió, por desgracia, con la tragedia ferroviaria de Adamuz; y lo hago hoy, por fin, cuando se cumplen 22 años de la tragedia del 11-M. Simetrías diabólicas.]
Un
espectro recorre el mundo. Un seísmo global amenaza con derribar sus
estructuras, como anuncian las voces más alarmadas. Se nos caen las palabras a
pedazos y el sentido se desdibuja. Ya no sabemos a quién creer. Nadie conoce
con exactitud el alcance de los planes de Trump. El presidente americano se pelea
hasta con su sombra para demostrar que no le tiene miedo a nada en el
cuadrilátero planetario. China y Rusia, frotándose las manos con excitación, no
le quitan ojo y esperan agazapados sus tropiezos y traspiés. Y Trump está
moviendo hilos ideológicos en pos de la sumisión total de Europa a la OTAN.
De aquí a
noviembre veremos cosas inimaginables. La política europea no ha sabido
preverlas. Europa no tiene quien la defienda y su propia constitución es
contradictoria. Avanzar en la fusión federal es un proceso complicado y lento.
La soberanía nacional sigue siendo, a día de hoy, un valor fundamental para la
mayoría. No se pasa rápido de una Europa débil y dividida a los Estados Unidos
de Europa. La aceleración de los acontecimientos no lo permite.
La unión no
funciona en la cultura, asignatura pendiente de la eurozona desde sus inicios,
como se vio el sábado en la gala de los Premios del Cine Europeo. La diversidad
cultural europea conduce a la aberración monolingüe que impone el inglés como
lengua dominante de comunicación. Solo los italianos se expresaron en la lengua
de Dante, mientras los otros, incluidos los acomplejados hijos de Cervantes, lo
hacían en la lengua de Shakespeare, es decir, el idioma del imperio.
No nos
engañemos. El dominio del inglés no es un fenómeno diferente de lo que hace
Trump. Recordarnos, en definitiva, quién manda en el mundo desde el final de la
Segunda Guerra Mundial. Cuando ciertos analistas afirman que está cambiando el
orden geopolítico surgido de esa posguerra, precisamente, se olvidan de que es
el único actor capacitado para hacerlo en el contexto occidental. Nuestra
impotencia política es causa y consecuencia a la vez de la hegemonía yanqui de
la que Trump hace tan grosera ostentación.
Por desgracia, nuestros mayores enemigos son los que observan fríamente los desmanes del patoso gigante americano, acechando su caída. Los tenemos plantados en la frontera oriental de la UE aguardando su oportunidad e interpretando cada gesto que hacemos y cada decisión que tomamos. Es la clave geopolítica del momento, más allá del trampantojo de Trump. Salir de la historia no es tan fácil como algunos pretenden. Y enmendarla tampoco.

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