miércoles, 1 de abril de 2026

AMARGA SEMANA SANTA

  

[Publicado ayer en medios de Vocento] 

Amarga nada, amarga nadería. No hay que ser un ateo redomado como Almodóvar para entender que la Semana Santa es el anticlímax de la Navidad, o el clímax de sus presagios más sombríos. Meses después, las luminosas esperanzas e ilusiones de la Navidad se derrumban en un escenario trágico y sangriento. La belleza escalofriante del cuerpo martirizado y el dolor de esa madre plantada al pie de la cruz, padeciendo el tormento del hijo en sus carnes, no tienen igual en las culturas del mundo.

Durante dos mil años esa imagen poderosa funcionó en el inconsciente colectivo de creyentes y no creyentes como un recordatorio de la tragedia de la vida. La tragedia, como decía Unamuno, tan humano, de nacer para morir. La imagen desnuda de la muerte sin redención moral. Una imagen aún más agónica y terrible, para los que no creemos en los misterios de la trascendencia, de la pulsión ciega con que venimos a este mundo. La eutanasia de Noelia Castillo, cuyo calvario vital hizo rasgarse las vestiduras a toda España hace unos días, no es sino la feminización del fenómeno. La mortificación, el sacrificio de vidas y cuerpos en nombre del absurdo de la existencia.

El planeta Tierra es el teatro ideal para escenificar la tragedia, alzando la cruz al cielo para mostrarle al creador de la vida lo que esta significa para nosotros. El proceso biológico de la vida es complejo, pero sus mitos y símbolos son escasos y preciosos. Por eso, el signo de la cruz y la crucifixión del hijo del hombre solo pueden ser terrestres. Visitando la semana pasada la colección de arte de Manuel Expósito en Castelldefels, me asombré ante una fascinante escultura de la maravillosa Marina Vargas: “La piedad invertida”, donde Jesucristo sostiene en brazos el cadáver en éxtasis de su madre o su amante muertas. La pieza fue intervenida por la artista para realzar su carnalidad tras serle diagnosticado un cáncer y el efecto estético es aún más impresionante.

Y ya que estamos en faena religiosa, solo me cabe recomendar la lectura ferviente en estos días de “Instrucción de novicias”, el libro de Ana Garriga y Carmen Urbita, las hijas de Felipe, que revoluciona la visión de las esposas de Cristo: las monjas de clausura y sus amistades particulares, sus amores prohibidos y su pasión mística. Quizá sea cierto, como dicen las autoras, que muchas mujeres sueñan con el convento para huir del patriarcado. Con la vida beata en el convento, imagino, y con el cuerpo de Cristo crucificado. Jesús, Jesús, cómo está el patio.