[Johann Wolfgang Von Goethe, El juego de las nubes, Nórdica, trad.: Isabel Hernández, 2022, págs. 128]
En la portada, un majestuoso caballero erguido que contempla, de espaldas, una nube que ocupa el cielo y configura, como por azar, la silueta de una calavera. El tránsito de las nubes se transforma así en un recordatorio de la muerte, una metáfora de la fugacidad e irrealidad de la vida, una alegoría de la fluidez y volatilidad del ser. El caballero es Goethe y su fascinación por las nubes alcanza un clímax metafísico. Antes de esto, tendrá ocasión de estudiar la morfología de las nubes y su peculiar mecánica celestial como si fuera una cuestión trascendente para la comprensión del orden de la realidad.
Aristóteles ya había consagrado un
célebre tratado a los fenómenos meteorológicos en que las nubes ocupaban un
lugar secundario. Muchos siglos después, el filósofo de la ciencia Karl Popper
dedicaría un famoso ensayo (“Sobre nubes y relojes”; 1966) a la formulación de
un nuevo paradigma científico donde los relojes representan la razón
mecanicista tradicional y las inaprensibles nubes encarnan el caos, la
complejidad y la incertidumbre de la vida.
En medio de este increíble avance se
sitúa la contemplación repleta de lirismo y alegría, a pesar de la dimensión
ominosa, que Goethe emprendería de las nubes a comienzos del siglo XIX, cuando
la ciencia había perdido la inocencia gracias a Newton y sus seguidores, pero
aún tentaba a la sabiduría humanista de este curioso diletante atraído por
todas las facetas del mundo, desde las más ocultas, como el trasfondo de la
psique, hasta las más visibles, como la luz, la botánica, la zoología o la
astronomía. El título de este bello libro, espléndidamente ilustrado por
Fernando Vicente, da una idea de ese espíritu singular que germinó en plena
ilustración, desbordó en el romanticismo y se serenó en los inicios del siglo
burgués para desaparecer para siempre del horizonte de la inteligencia. Pese a
sus errores e ingenuidad poética, nunca más las humanidades y las ciencias
tendrían la oportunidad de compartir una inteligencia como la del creador de
“Fausto”.
“El juego de las nubes” recoge apuntes y poemas que
Goethe registró en sus diarios sobre la observación de las diversas clases de
nubes, en diferentes lugares y horas del día (mañana, mediodía, tarde, noche), reflejando
las mutaciones de la luz y su repercusión en las caprichosas ondulaciones de
las nubes, y también un interesante apéndice (“Ensayo sobre Meteorología”). La
nube tiene una explicación científica, que a Goethe le atrae con el fin de
racionalizar la experiencia empírica de la que es partícipe, y una
interpretación simbólica, de mucho más calado, que le permite comprender los
fundamentos de la existencia terrenal y conocer el designio de la vida
material.
Por otra parte, las nubes tienen una dimensión
estética innegable, como manchas informes de diferentes colores o tonos en un
lienzo radiante, que no escapa a la sensibilidad casi impresionista de Goethe.
En la superficie del cielo, como también apreciaron los pintores chinos y Leonardo
da Vinci, las moléculas de agua esbozan formas sugerentes que cambian
impulsadas por las masas de aire que las desplazan y deforman. Unas veces se diluyen
como vapor y otras oscurecen como ceniza y estallan provocando lluvia y fenómenos
eléctricos aterradores. En el estruendo del trueno, como supieron Vico y
Goethe, la humanidad primitiva escuchaba la furiosa voz divina que los instaba
a obedecer a la ley.
En las nubes y en el juego de sus gráciles figuras y coreografías por la atmósfera terrestre, Goethe ve sintetizadas todas las dimensiones de la vida, el arte, la ciencia y la cultura.