martes, 2 de febrero de 2021

VACÍO PERFECTO


  [Charles Willeford, Una obra maestra, RBA, trad.: Pilar de la Peña Minguell, 2020, págs. 206] 

La pintura es cosa mental, escribió Leonardo da Vinci. Y estableció así las bases de una concepción abstracta o teórica de la obra artística que se consumó con las vanguardias del siglo XX, consagrando el gesto estético y la forma pura como signos de la imposibilidad de crear. No sorprende, en este sentido, que la novela de un autor como Willeford, etiquetado como policíaco, se enfrente al misterio profano del arte moderno y los secretos psíquicos del artista con tanta sagacidad detectivesca en esta novela fascinante, publicada ahora en español para acompañar su adaptación cinematográfica (bastante anodina, por cierto).

Charles Willeford (1919-1988) es un maestro de la novela criminal posterior a Highsmith que, sin embargo, realizó estudios de Bellas Artes en Europa y Estados Unidos, por afición, después de haber ejercido, como típico escritor americano, una multiplicidad inenarrable de oficios y una carrera militar de más de veinte años. Todo un personaje. Para muchos especialistas en su obra, esta novela, cuyo título original se traduciría como La herejía del naranja tostado, que es también el título del cuadro falsificado que está en el foco de la trama, es la obra maestra de Willeford. Y yo diría más. Si esta fuera la obra de un escritor calificado de literario y no de un novelista asignado a la segunda división del género o el subgénero, como pasa con Dick o con Chandler, por citar dos maestros incontestables, sería una novela a tomar muy en serio por quienes pretendan comprender los entresijos corruptos del mundo artístico y las imposturas estéticas y existenciales ocultas tras la pantalla respetable de creadores, coleccionistas, marchantes y galeristas.


El narrador y protagonista, James Figueras, es un crítico de arte neoyorquino de origen puertorriqueño, que enmascara su identidad hispana para no verse perjudicado en su ambición desmedida por ser reconocido como gran autoridad y ocupar un puesto privilegiado en el mundillo artístico, al que un coleccionista adinerado (Joseph Cassidy) encarga la imposible misión de conseguirle un cuadro de un anciano pintor francés, Jacques Debirue, cuya reputación revolucionaria se funda en un cuadro único (“Number One”), imitado en la portada de cada edición de la novela desde 1971. Dicho cuadro ni siquiera lo es, sino un marco barroco (el parergon derridiano) que encuadra el sentido simbólico de una grieta en la pared del estudio parisino del pintor. Para complicar la situación, Figueras está liado con una profesora de baja, Berenice Hollis, estereotipo de los valores vulgares y la belleza rubia de la América de clase media.

Con diabólica inteligencia, más propia de “La obra maestra desconocida” de Balzac que de un simple relato criminal, Willeford recrea un dispositivo alegórico donde cada personaje desempeña su papel funcional en la escena artística. El pintor Debirue, honesto pero fallido, incapaz de pintar un solo cuadro de los que concibe su mente, es un pretexto para que el crítico desaprensivo, tras saquear e incendiar la residencia del artista, invente una serie de obras inexistentes en un artículo publicado en una revista prestigiosa y acabe falsificando una de esas supuestas obras encerradas en la mente del artista para satisfacer el fetichismo capitalista del coleccionista. La dimensión trágica la encarna Berenice, víctima expiatoria de la farsa en su calidad de espectadora ignorante (su huella digital impresa en el centro del cuadro fraudulento y el dedo acusador amputado entre los objetos coleccionados por el crítico son evidencias irónicas de su relevancia).

No hay comentario más sarcástico de Willeford a toda esta impostura económica y cultural que el cínico principio de su novela póstuma The Shark-Infested Custard: “Comenzó como una suerte de broma, y después ya no fue divertido nunca más porque el dinero se vio implicado. Allí abajo, nada sobre el dinero es divertido.” 

[La traducción al español de estas líneas es mía, ya que nadie se anima con esta novela magistral, cuyo alusivo título (el amarillo emblemático de Miami) podría traducirse como Natillas infestadas de tiburones. Así es el mundo según Willeford...]

1 comentario:

RECOMENZAR dijo...

Interesante tu escrito aunque un poco difií
cil de entender para mi abrazos