miércoles, 30 de octubre de 2019

CHISPEANTE ALEGORÍA


  [Luis Goytisolo, Chispas, Anagrama, págs. 133]

Como estudia Fredric Jameson en su nuevo libro (Allegory and Ideology), la alegoría nunca fue un género y se eclipsó como forma reconocible a partir de Cervantes y Spenser, es decir, a partir del triunfo de una estética realista, apegada a las vicisitudes de lo cotidiano, o fantástica, identificada con los despliegues de la fantasía, los símbolos y el idealismo. Borges, en cambio, en su célebre inquisición "De las alegorías a las novelas" (que Jameson, por cierto, no cita, quizá por desconocimiento o quizá por prejuicio) consideraba que la puntilla a la alegoría se la había dado a finales de la Edad Media la irrupción de narrativas (Chaucer) que ponían el énfasis en el detalle empírico.

El género alegórico, dice Fredric Jameson en su nuevo ensayo sobre la cuestión, sobrevivió en estado latente desde fines del medievo y renació durante el pasado siglo para conectar lo inconexo y fragmentario, acoplar los elementos dispares a partir de un concepto o una idea, reunir lo disperso en una unidad superior, ensamblar lo disímil y diferente a partir de una lógica artística que el creador impondría generando una obra abierta. Y todo ello para representar un mundo volatilizado. Una globalidad diluida en infinitas narrativas. Este es el designio de la última etapa de Luis Goytisolo como narrador y el designio inteligente de este libro que se abre con la famosa escena del gato de Cheshire de la primera Alicia de Carroll y funciona como un aviso del espíritu con que el libro fue escrito. Mirad cómo desaparezco detrás de mi sonrisa, parecería decir Goytisolo desde las sombras.
En 2017, Goytisolo publicaba Coincidencias, una miniaturizada “comedia humana” de nuestro tiempo construida como un calidoscopio de 63 piezas. Goytisolo actuaba entonces convencido de que el formato novelesco, nacido para poner en crisis el mundo de valores vigente en cada sociedad, necesitaba recurrir a dispositivos de composición más acordes con los nuevos tiempos. Ahora, en “Chispas”, ha decidido dar un paso más para confeccionar un mapa parcial de la estupidez y la tontería dominantes en una sociedad hipermoderna que se arroga la inteligencia como valor supremo y se vanagloria de haber alcanzado un gran desarrollo cultural y tecnológico. Un mundo descrito como un grotesco dibujo animado donde las cosas están al revés de como deberían estar.
Compuesta de 36 fragmentos de diversos estilos y motivos, esta alegoría sobre la vida mental del presente se presenta como una chispeante colección de opiniones, tópicos, estereotipos y discursos sociales representativos de un cuadro humano plural en edades, profesiones y experiencias, pero definido por su pertenencia a los grupos mayoritarios, clases medias o burguesías urbanas. Esta polifonía ideológica coloca al mismo nivel a sus personajes, tratándolos como muñecos de ventriloquía, e impidiendo así que el lector se sienta excluido del grupo, o pueda juzgar unas actitudes mejores que otras. La marea tóxica de estupidez contamina, pieza tras pieza, los diálogos y los relatos y homogeneiza a todos los portavoces en una masa anónima que participa, lo quieran o no, del mismo diagnóstico infalible. Esta dimensión flaubertiana del libro evita que nadie pueda salvarse de la quema, ni el más listo, ni el más ingenuo, ni el más culto, ni el más sensato.
Como Erasmo de Rotterdam en su tiempo, Goytisolo escenifica una realidad reconocible donde la ignorancia y la locura adoptan nuevas apariencias y modos. La representación es tan cautivadora como paradójica: incluso la ironía, la burla, el sarcasmo o la risa franca con que el lector celebra las ocurrencias narrativas y las recurrencias escatológicas forman parte de los efectos y defectos del ingenioso retrato. De este modo, el libro pone en el mismo rango de necedad a partidarios del progreso y a groseros reaccionarios, a misóginos y machistas y a feministas solidarios, a la aventurera sexual y al carca estreñido, al gay desleído y al cazador desaprensivo, al defensor del despotismo digital y el emprendimiento neoliberal y al detractor acérrimo de la incultura ostentada en redes sociales. No todos son iguales, desde luego, pero todos comparten un mundo idéntico, una realidad democrática que se hace y deshace entre todos.
Con malicia extrema, Goytisolo cuela de contrabando en el lote textual un par de pastiches estilísticos que suenan a ejercicios de emulación de una supuesta alta literatura, vagamente inspirados en su magistral “Antagonía”. Para demostrar que ni él escapa como autor con pretensiones literarias a la severidad del juicio cómico, atribuye a un tal Ludwig Goitialone esta sentencia demoledora: “El mundo ha pasado por épocas peores; tan boba como esta, nunca”.

martes, 22 de octubre de 2019

JOKER



[Publicado hoy en medios de Vocento]

Todos somos el Joker. Todos somos payasos desgraciados. El Joker es nuestro otro yo. Lo que seríamos si no fuésemos lo que somos. De ahí la fuerza empática de su discurso. La adhesión obtusa que suscita en los espectadores. A su lado, Batman es un farsante. El Joker es el perfil oscuro de la identidad. El paria universal. El hombre del subsuelo. Un comediante nato que vive instalado en la tragedia. Un cómico sin empleo, hogar, familia, amor o propiedades. Todos somos el Joker y nos empeñamos en negarlo, creyéndonos superhéroes. No queremos reconocer su cara deforme cuando nos miramos en el espejo con miedo a escuchar las siniestras carcajadas de fondo. La risa enlatada que desnuda las imposturas que nos sostienen a diario. Las falsedades con que el mundo se mantiene en vilo como una pelota de ping-pong sobre un chorro de agua. Lo hemos reconocido enseguida. En cuanto ha empezado a reírse hemos sabido que era él. No podía ser otro. Nuestro doble grotesco. Nuestra pesadilla esquizofrénica.
El Joker es también un insurgente genuino. La película contiene un mensaje político enviado por un psicópata desde el manicomio. Es una fantasía diseñada para consumo de todos los que sueñan con rebelarse contra lo que los aplasta. La iniquidad del orden establecido, la norma asfixiante, la vida opresiva. El Joker encarna esa nostalgia revolucionaria. El deseo colectivo de que las cosas cambien. Como es imposible, solo queda la risa loca, la comicidad, el humor. La amarga necesidad de hacer reír al otro. El Joker es el alma negra del comediante sin escenario donde representar un papel digno de sus aspiraciones. La carcajada cómplice que sale de la pantalla es la del demente que se burla de nuestras esperanzas e ilusiones. Esa risa patológica revela la verdad de nuestro fracaso.
El Joker ha inventado la risa que podemos aplicar a cualquier situación desagradable para escapar de ella. Es la risa ambigua de nuestro tiempo. Es la risa vergonzosa de los que no pueden hacer más de lo que hacen para sobrevivir a la desgracia. Es la risa del que se burla de ti desde el fondo de tus entrañas. Es una risa terrorífica. Y es también un arma visceral para amedrentar a los que quieren pisotearnos. Mucho cuidado. El Joker ha patentado un modo masoquista de subversión muy peligroso y eficaz. Esa risa descarnada se alimenta de las vejaciones y ultrajes recibidos. Es la risa de los desposeídos y los excluidos. Es la carcajada del bufón escarnecido. La risa sarcástica del desollado vivo. Cada vez que escuches esa risa todopoderosa piensa que se acabó la impunidad en el abuso y la humillación. Se acabó eso de aguantar y tragar. Triste consuelo. A partir de ahora, piénsatelo dos veces antes de maltratar a alguien. Estás avisado. Te lo dice el Joker.

martes, 15 de octubre de 2019

UNA ESFINGE POSMODERNA



[Kathy Acker, Aborto en la escuela, Anagrama, trad.: Antonio Mauri, 2019, págs. 225]

Si eres mujer, deja de leer la novela que te han vendido como imprescindible y comienza a leer este libro de Kathy Acker donde se habla de ti y de tu paradójica condición de un modo que nunca hubieras imaginado. Si eres hombre, abandona tus necias distracciones diarias y ponte a leer de una vez a ver si te enteras, antes de que sea demasiado tarde, de por dónde van los tiros con las mujeres. 
Se han dicho muchas cosas sobre este libro desde que se publicó en 1984. No todas siguen siendo válidas ni todas comportan el mismo grado de lucidez. Es un libro que recoge en estado de efervescencia el espíritu radical de los setenta referido al sexo y a la vida, el cuerpo y la feminidad, el lenguaje y la literatura, la cultura y el patriarcado. Es un libro más actual ahora quizá de lo que lo era en el momento de su aparición y, desde luego, mucho más en la España de hoy que en la de 1987 cuando se tradujo por primera vez. Para quien no la conozca de nada, se podría decir que Acker es una Lady Gaga gamberra de la literatura posfeminista más innovadora y punk de los ochenta y noventa, nacida en Nueva York, renacida en Londres y formada en una escuela de élite como la Black Mountain School de donde salieron en los sesenta y setenta algunos de los artistas americanos más creativos.
Esta novela extraordinaria cuenta el largo viaje de Janey, su niña protagonista, al fin de la noche femenina: un periplo alegórico compuesto de amantes carismáticos (su padre, el presidente Carter, un chulo esclavizador, el escritor Jean Genet, etc.) y de ciudades cargadas de simbolismo como Nueva York, Tánger o Alejandría, donde Janey muere de cáncer de mama, como su autora muchos años después. Acker se comporta como una esfinge posmoderna que transmite sus acertijos textuales y enigmas sexuales, con tanta radicalidad como desparpajo, por todos los medios a su alcance: parodias y plagios literarios, dibujos, tatuajes obscenos, collages verbales, viñetas, grafitis, diarios, poemas.
Como la bad painting de su colega David Salle, conformando un montaje pictórico hecho de retazos gráficos y citas artísticas, imágenes fragmentadas de procedencia promiscua, la escritura de Acker se podría caracterizar como bad writing por su afán de reescribir el canon que somete a las mujeres a la cárcel simbólica llamada cultura patriarcal. Pero Acker, a pesar de las apariencias, no es una ingenua. Es una romántica genuina y sus quejas y protestas, sus sátiras y diatribas, vienen cargadas de una insolencia irónica y una incisiva capacidad de autoflagelación masoquista. Sin dolor no hay identidad, sin placer en el dolor no hay ser, sin la experiencia del sufrimiento ligada al ser la mujer será siempre solo madre, hija o esposa, jamás un sujeto pleno, aunque repleto de contradicciones y desgarramientos. El nacimiento es uno de estos. El aborto otro: “Los abortos son el símbolo, la imagen exterior, de las relaciones sexuales tal como ocurren en este mundo”. Negarse a dar a luz es otra forma de negarse a nacer. En Beckett, el aborto es ontológico, existencial, un emblema de la fallida condición humana. En Acker, el aborto es una técnica biopolítica y creativa para renacer dentro de un cuerpo de mujer, liberada de ataduras convencionales, a través de las palabras y las ficciones.
La madre de Acker no quiso tenerla y estuvo a punto de abortar cuando ella estaba en su vientre. Acker abortó al menos cinco veces en su vida. No vivió mucho, apenas cinco décadas. Las cuentas salen. Un aborto por década. Hubo muchos más libros, por supuesto. Y mucha vida. El libro se llama en realidad “Sangre y tripas en la escuela”. Ese es el nivel básico del libro. A partir de ahí, la sangre en todas sus dimensiones, menstrual o arterial, y las tripas en sus variantes digestivas o reproductoras, saturan las páginas de este libro explosivo con su discurso visceral.
En la literatura de Acker el amor es la única droga que hace soportable el mundo. La escritura es un sucedáneo. La búsqueda desesperada del amor y el rechazo a la familia son los motivos nucleares de la escritura de Acker: una escritura transgresora que se concibe como escritura de y sobre un cuerpo singular conectado a los desarrollos sociales y culturales más avanzados de su tiempo. En esta época de feminismo normalizado y normativo, la obra de Kathy Acker constituye una escandalosa provocación. Cuando el sujeto aspira a vivir en libertad en un contexto de contrarrevolución sexual, como señala Eloy Fernández Porta en su magnífico prólogo, Acker es una cómplice infalible.

sábado, 12 de octubre de 2019

SINSENTIDO



[Publicado en medios de Vocento el martes 8 de octubre]

El sentimiento nacional es como la moda autobiográfica. Puro ombligo contemplativo. Narcisismo parroquiano. Mira que lo veía venir. El nacionalismo es el nuevo opio del pueblo. Cuanto menos comprendemos el sentido del mundo complejo en que vivimos más nos distraemos con cuestiones antiguas como la identidad nacional. No salimos del laberinto provinciano porque a los humanos, por más vueltas que le demos al mundo, nos encanta nuestro ombligo. La familia, el barrio, el municipio, los amigos, los vecinos. Todo para los nuestros, nada para los extraños. Y así nos va, en la bolsa y en la vida. País por país, región tras región, después del desastroso siglo XX, seguimos en las mismas. Con la misma insistencia. El sinsentido nuestro de cada día tiene dos caras. Una, la radiante, es el escaparate publicitario, la exhibición efímera del lujo, la belleza plástica y la moda. Y otra, la tenebrosa, incluye la iniquidad económica, la precariedad laboral, el dominio del mercado y la oligarquía financiera.
Nos han vendido un capitalismo global basado en la flexibilidad y la fluidez, pero los países cierran sus valvas como el molusco en cuanto perciben una amenaza potencial. El tramposo Trump entiende la nación americana como un gigantesco emporio cuyos negocios hay que proteger a toda costa con guerras comerciales absurdas y barreras fronterizas dignas de un videojuego barato. Su gemelo Johnson fomenta el patriotismo del Brexit como la fantasía descabellada de que la sangre, el sudor y las lágrimas de sus súbditos construirán un nuevo imperio británico con mucho futuro. Mientras existan China y sus mil millones de consumidores confucianos, por más que grite la niña Greta, el cambio climático tiene asegurado el éxito inexorable. El club de la UE no levanta cabeza, aunque el euro conserve su fachada de moneda potente. En numerosos países miembros gobiernan partidos de ultraderecha y sus nocivas ideas se expanden entre la gente. Es lo más fácil en estas circunstancias.
Cuando el discurso del miedo pasa por sensatez, el peligro es inminente. Lo saben hasta los sociólogos del CIS. Es el momento estelar de forenses y enterradores. De Torra y sus terroristas mejor ni hablar. Resulta sintomático que Amenábar no pueda hacer una película valiente, como Tarantino, donde se cambie creativamente el sino fatal de la historia española. Unamuno enfrentándose a Millán Astray en nombre de la inteligencia solo puede excitar, a estas alturas, los ánimos más recalcitrantes. Triste panorama. Se ha visto en el último rifirrafe matritense cómo la presidenta ostentó su rechazo a la memoria histórica para disimular la aversión visceral a la exhumación de la momia de Franco. Una cosa ridícula es que Díaz Ayuso tema que se quemen iglesias en Madrid y otra radicalmente distinta es que, tras la irrupción de Errejón, Iglesias se queme en su propia pira. Menos país, más mundo.

lunes, 30 de septiembre de 2019

DEMASIADO HUMANOS



 [Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, Austral (junio) y Minotauro (octubre), trad.: Miguel Antón, 2019, págs. 272]

En 2019 ocurre Blade Runner y en 2019 se reedita doblemente la gran novela en que se inspiró la magnífica película de Ridley Scott. La novela es ahora más actual que nunca, como demuestra, para bien y para mal, Blade Runner 2049

En español, contamos ya con tres traducciones y varias ediciones de esta obra maestra de Dick, lo que da una idea no solo de su importancia y dificultad sino también de la riqueza inagotable de sus planteamientos. Pero lo que más ha contribuido a la fama perenne de esta novela es Blade Runner, una de las grandes películas de ciencia-ficción de la historia. Y, sin embargo, más allá de las coincidencias de trama y personajes, nada menos parecido a la estética neobarroca y ciberpunk de la película de Scott que la novela existencialista de Dick.
Las dos preocupaciones principales de Dick se enunciarían así: qué es la realidad y qué es lo humano. Su conciencia crítica de lo real obligó a Dick a transgredir los límites del realismo en numerosas novelas y relatos y postular la cualidad artificial de la realidad. Al mismo tiempo, Dick interrogó la condición humana, a través del antagonismo con el androide, en artefactos fascinantes como Simulacra y Podemos fabricarte. La apoteosis de este conflicto cognitivo es ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), en cuya compleja trama la distinción natural entre androides y humanos es explorada con perversa curiosidad.
Ambientada en 1992, la novela describe un mundo posnuclear donde habita una parte de la humanidad que ha sobrevivido a la catástrofe mientras otra ha huido a otros planetas, los animales vivos son un bien escaso y la fabricación de animales artificiales es una industria floreciente. En ese contexto, la aparición en la Tierra de androides escapados de las colonias extraterrestres es considerada un peligro para los supervivientes. Y destruirlos es la misión de los cazarrecompensas como Rick Deckard, que financia con esa actividad su afición a las mascotas. Armado con su test de empatía (el eficiente test Voight-Kampf), Deckard se ve enfrentado al mayor desafío de su vida profesional cuando le encargan “retirar” a seis androides de última generación (los Nexus-6), más ágiles, fuertes y astutos que sus antepasados.


Es irónico, en este sentido, que ciertos episodios trascendentales ocurran en un entorno cultural. Deckard acude al teatro de la ópera a matar a Luba Luft, una cantante extraordinaria que es una androide, pero se ve envuelto en una oscura trama policial que implica androides y humanos antes de poder ejecutar a Luba en un museo de arte donde ella se ha refugiado durante la huida, descubriendo la belleza y emoción de la pintura de Munch. En ese momento, cuando Deckard ve que su compañero Resch no siente ninguna piedad por la androide ejecutada, comprende una paradoja sobre la vida que relativiza la antipatía real de Dick por los androides. Estos “andys” pueden ser más humanos que los humanos, desarrollando mecanismos de empatía a imitación de sus creadores biológicos, y algunos humanos pueden ser peores que los androides, próximos en su crueldad a la mente del psicópata. Al tener sexo placentero, después, con una androide manipuladora (Rachael Rosen), Deckard descubre que la empatía debilita a humanos y androides por igual.
Esta magistral novela narra, sobre todo, un viaje mental al límite de la experiencia humana. Una trepidante aventura desarrollada en el confín de la noche artificial donde el ser humano se contempla en el espejo de la tecnología con que ha fabricado el mundo en el que habita y descubre la verdad y mentira de ese mundo donde todo, desde la economía a los sentimientos y deseos, las relaciones personales y la sensibilidad estética, el entretenimiento masivo y la creencia colectiva, es una construcción.
El futuro cibernético que Dick temía está en marcha. Y una novela sobre robots humanoides como esta es mucho más avanzada e inteligente que las predicciones de escritores desfasados como Orwell.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

SIMULACRO



[Publicado ayer en medios de Vocento]

            La política habla de la política, amigo mío, no de ti ni de mí. Qué te creías. Que esto iba de gobernar y solucionar problemas y proporcionarle beneficios a la gente. Menudo ingenuo. Ese es el pretexto. Esto va de lo que va. La política va de eso. Del poder. De tenerlo o no tenerlo. De cómo obtenerlo y mantenerlo. Este es el único argumento de la representación. El resto es puro decorado, ornamento de la máquina política. No te rompas la cabeza tratando de comprenderlo. No hay misterio. El juego está viciado, pero es así como funciona. O lo aceptas o no lo aceptas. Aclarado el enigma, toca hablar de otras cosas.
Estamos bloqueados. Como país y como sociedad. Eso es lo que significa realmente el fallido pacto de izquierdas, tan deseado por ciertos sectores y temido por la banca y el Ibex. Los indicios son alarmantes. Así puede interpretarse la repetición electoral. Repetir es siempre un signo de fracaso. O de impotencia. No avanzamos, no cambiamos, nada mejora. Nos hemos vuelto tan conformistas que cultivamos el optimismo sistémico y desdeñamos cualquier visión negativa. Tememos la sensación de fracaso. La melancolía del esfuerzo inútil da más miedo que la autocrítica constructiva. Las nuevas elecciones deberían servir al menos para castigar a los responsables del error histórico. No tener gobierno ahora es una negligencia imperdonable. Nuestros políticos han suspendido el examen y tienen que repetir un curso electoral lastrado por su incompetencia. Algunos ya saben que no aprobarán nunca. Es el precio de la soberbia. Otros se resignan a una suerte mediocre. Pero uno en particular sueña con el poder absoluto. Desea poder dormir a pierna suelta con la mayoría suficiente como somnífero eficaz.
La democracia es más importante que los partidos o sus líderes, aunque estos tiendan a olvidar este detalle con frecuencia, tomando sus intereses privados por demandas colectivas. Que aprendan del golpe de estado del parlamento británico contra los desmanes de Johnson. La calidad democrática se mide por la eficacia de las soluciones políticas a los problemas. A nuestra democracia le queda mucho por alcanzar la máxima calidad. Que Sánchez sea, incluso para la derecha mediática, la mejor opción para salir del marasmo es un signo de cinismo. Sánchez es un presidente interino por vocación. No tiene ideas originales, su discurso carece de sustancia, su puesta en escena está pensada por asesores más preocupados por la buena imagen que por el buen gobierno. Toda la estrategia socialista es un simulacro performativo diseñado para seducir al desnortado votante de izquierdas. En realidad, para este la respuesta más inteligente consistiría en abstenerse o votar en blanco y permitir que gobierne la derecha oficial, tan funesta. Errejón no cuenta. Así escarmentarían los líderes del PSOE y Podemos. Votarles otra vez sería perder el tiempo. Más de lo mismo.

viernes, 20 de septiembre de 2019

SER INTELIGENTE



[Susan Sontag, La entrevista completa de Rolling Stone, Alpha Decay, trad.: Alan Pauls, 2019, págs. 128]

Ser y pensamiento son lo mismo. O conforman la misma realidad. El mundo, la historia, la naturaleza se componen de una amalgama de ambos conceptos. De ahí que una figura admirable como la de Susan Sontag pueda definirse como inteligente en el más elevado sentido del término y asumir también que esa condición intelectual se traslade con perfecta naturalidad a la atención a la vida, la sensibilidad, las emociones, el gusto y la intuición.
Una vez, aludiendo al título de su segundo gran libro de ensayos de los años sesenta, se definió su estilo y su estética, por su admiración al cine innovador de Godard, Bergman, Bresson, Resnais y Antonioni, o su amor por Artaud, Kafka, Borges y Beckett, o sus belicosas polémicas políticas, como de voluntad radical. Esto era cierto, pero también lo era, como se deduce de esta entrevista, que la categoría fundamental del pensamiento y la vida de Sontag es el entusiasmo o la euforia. La pasión entendida en el sentido romántico, pero también en el griego, como capacidad de ser poseída a fondo por lo que le gusta y estimula, inflamando su discurso con ardor pedagógico y transmitiendo de manera contagiosa las razones de ese gozo extraordinario que solo el arte y la literatura provocan en la mente abierta e inquieta.
Sontag se caracterizaba por ser, en suma, una vanguardista de corazón con una idea de la cultura plural y polimorfa, sin distinciones estériles entre alta y baja cultura, y una moralista comprometida con la defensa de las causas justas, los seres más débiles y los movimientos marginales. Una defensora de la modernidad en el período donde esta agonizaba, el fin del humanismo se anunciaba en todos los titulares y el arte y la cultura contemporáneos se transformaban para someterse a los dictados comerciales del mercado. Con todo, ningún producto cultural resultaba extraño al temperamento fogoso de Sontag: “No hay incompatibilidad entre observar el mundo y conectar con ese mundo electrónico, multimediático, multibanda, mcluhiano, y disfrutar de lo que haya allí para disfrutar”.
Pero de nada sirve todo este despliegue de inteligencia de Sontag, este hablar de cultura y política, sexo y transgresión, fascismo y comunismo, fotografía, cine y televisión, sobre literatura en general, sobre sus relatos, ensayos y novelas y sobre algunos autores en particular, de nada sirve esto, digo, si no tuviera enfrente otra inteligencia brillante como la del entrevistador Jonathan Cott. Una entrevista es como un partido de tenis, una competición reñida y un intercambio de golpes dialécticos entre inteligencias de rango similar, sean del sexo que sean, no hay diferencias, dos jugadores de altura que se devuelven la pelota con maestría y donde el que siempre gana es el lector.
Y en este vibrante vaivén de ideas y opiniones aparece a veces el doble fallo, o el error no forzado, como cuando una cita de Carroll sobre el reloj que da dos veces al día la hora exacta se les escapa a Sontag y a Cott, demostrando los límites de sus conocimientos literarios o los prejuicios de su bagaje cultural. Pero también esos momentos maravillosos en que el entrevistador obtiene de la entrevistada una revelación tan lúcida como realista, digna de su venerado Danilo Kiš, sobre la importancia de la literatura en este mundo: “la tarea del escritor…es también establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas…Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.