miércoles, 3 de junio de 2026

ÚLTIMAS CRÍTICAS ANTES DEL APAGÓN (2): VISIÓN GLOBAL

 [Samantha Harvey, Orbital, Anagrama, trad.: Albert Fuentes, 2025, págs. 194] 

La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, brillante escritor británico de ciencia ficción, es ahora una cultura global. Grandes autores contemporáneos, desde Margaret Atwood a Alasdair Gray, pasando, entre otros, por Philip Roth, Kazuo Ishiguro, Vladimir Sorokin, Viktor Pelevin, Michel Houellebecq, Haruki Murakami, Thomas Pynchon, Ian McEwan, Richard Powers, Jeannette Winterson o David Foster Wallace, de un modo u otro, han incurrido en los recursos, los motivos, las formas y el estilo narrativo de la literatura de ciencia ficción con el fin de ser fidedignos a lo que les exigían como respuesta artística las nuevas versiones de la realidad, los avances de la tecnología y las ideas culturales dominantes. 


          Tiene razón James Wood, crítico discutible pero riguroso, cuando establece las bases de comprensión de este libro de Samantha Harvey (1975) sobre una paradoja que afecta al género literario con que identificarlo y a la lectura del mismo, o al papel del lector en el juego planteado por la autora. Sea o no una novela convencional, es evidente que Orbital participa de diferentes modos de discurso, diversos estilos o formas de dicción con los que sobrevuela la limitada peripecia de su trama y la convierte en un ejercicio de estilo o de estilos.

Podría definirse este libro de Harvey como un artefacto si el lector acepta ciertas verdades sobre el mismo que tienen consecuencias para su definitiva comprensión. Orbital representa a seis personajes en busca de autor: un sexteto de astronautas, cuatro hombres, dos rusos, un americano y un italiano, y dos mujeres, una japonesa y una británica, encerrados en una estación espacial que orbita en torno a la Tierra como una interrogación incesante sobre sus medios técnicos y sus fines científicos. Como Las Meninas, uno de los referentes inesperados citados por Harvey, este retrato de un colectivo humano desubicado en el espacio, un grupo deslocalizado o fuera de contexto, admite múltiples interpretaciones y, sobre todo, obliga a preguntarse sobre el verdadero propósito del relato.

La metáfora novelesca permite establecer una similitud entre la estación espacial, la nave que gira de manera vertiginosa alrededor del mundo, y el artefacto literario que traduce el contenido de esas órbitas circulares a través de las vivencias de los astronautas en la estación espacial y su observación excéntrica de las diferentes zonas del planeta desde una perspectiva global (naciones y regiones, fronteras y límites, la geopolítica conformando la identidad terrestre). Harvey ha construido su artefacto textual conforme a unas coordenadas espaciotemporales (24 horas y 16 órbitas terrestres) que intensifican las ondulaciones del discurso y confieren al libro una estructura formal tan rigurosa como mimética.

Es en este aspecto concreto donde las cuestiones en torno al género de esta obra se plantean con pertinencia. Orbital no es ciencia ficción exactamente ya que la ficción no sirve aquí para extrapolar, especular o fabular, tres funciones características del género, a partir de una premisa científica que el libro conduce hasta sus últimas consecuencias sin apenas alterar el curso literal del relato. Sería novela, sin embargo, en el sentido narrativo tradicional, al incluir seis personajes de ficción, los astronautas imaginarios que ocupan con sus cuerpos individuales el espacio ingrávido de la nave, sobre cuyas vidas pasadas y presentes se construyen o reconstruyen recuerdos, experiencias y pensamientos que les proporcionan cierta entidad o identidad.

Y, por último, dado que muchos de los pasajes más fascinantes del libro se atribuyen a la voz de una narradora impersonal, que los enuncia con vehemencia retórica, sutileza conceptual y sensibilidad lírica, también sería destacable la parte ensayística y filosófica del texto y sus frecuentes deslizamientos en el terreno de la poesía o la prosa poética. Gracias a estas digresiones elocuentes y necesarias, el texto del libro alcanza un vuelo aún más elevado que el proporcionado por las órbitas ascendentes o descendentes que lo conforman. La celebración de la fuerza (constructiva y destructiva) del afecto humano primordial y la pretensión tecnológica de comunicación extraterrestre, integrada en la Órbita 9, sería la pieza más intensa y bella, así como la evocación del calendario cósmico de Carl Sagan en la Órbita 13, mientras la nave desciende por el continente americano y asciende por el paisaje insular del Pacífico, sería uno de los segmentos más brillantes y lúcidos.

La ciencia ficción, como dice Adam Roberts, es ahora una cultura global, en efecto, y, por tanto, ya no es necesario que un libro muestre los signos de su pertenencia genérica para que el lector los pueda reconocer. Harvey ha escrito una obra de ficción narrativa basada en las posibilidades de la ciencia y, en consecuencia, la poesía y el pensamiento que trasmite con su prosa trascienden todos los géneros conocidos.