lunes, 23 de octubre de 2017

INTELIGENCIA INFINITA


[Philip K. Dick, Valis, Booket, trad. Rubén Masera, 2017, págs 304]

           Un libro como este, para empezar a leerlo como corresponde, obliga a plantearse al lector muchas dudas y preguntas. Algunas se refieren a la propia condición del libro y otras al mundo en que el libro aparece. La primera cuestión seria a dilucidar es si se trata de una novela ambigua o de un texto sagrado de una nueva religión gnóstica aún por fundar.
           “Valis” es la primera entrega de la inacabada “trilogía Valis”, donde Dick se planteó revisar en clave de ficción científica las cuestiones trascendentales de la historia, la política y la espiritualidad humanas. Así como Nietzsche sucumbió a la locura para consumar el designio de su filosofía, así Dick llevó al límite la experiencia mental de la contracultura (paranoia socio-política, videncia lisérgica, espiritualidad difusa, neurosis religiosa) para alcanzar un nivel de lucidez en la comprensión de la realidad como demuestra esta trilogía decisiva escrita entre 1976 y 1982. Todo había comenzado del modo más trivial, después de una década (los sesenta) de vida inestable y cierta fatiga respecto de las posibilidades de la ficción. La sensación de que escribir no sirve para nada y de que por más que el escritor se empeñe en atacar sus sistemas simbólicos los poderes que mantienen este mundo bajo control permanecen intactos.
El 19 de febrero de 1974, tras la extracción de la muela del juicio, Dick padece una neuralgia aguda. Su mujer Tessa llama a una farmacia solicitando un analgésico. Al abrir la puerta, Dick se encuentra con que la chica morena que le trae el fármaco lenitivo lleva al cuello el colgante de un pez. Dick le pregunta por este y ella le contesta que es el símbolo de los primeros cristianos. En ese momento, sus veintidós años de escritor de ficciones con mundos alternativos, tiempos dislocados, viajes entre distintos planos de realidad, conspiraciones virtuales, juegos interplanetarios y demás temas de su literatura imaginativa cristalizan en una revelación privada. No está viviendo en la siniestra América de Nixon sino en la Roma de Nerón. La Historia se detuvo alrededor del año 70 a. C. y persiste, desde entonces, la misma dictadura (el “Imperio”, según Dick) que impone su dominio totalitario sobre la realidad a través de artificiosos mecanismos de ilusión cognitiva. Dick entiende entonces que es tiempo de ponerse a escribir ficciones que revelen la existencia de un “vasto sistema activo de inteligencia viva” (VALIS) que sirve, como generador de realidades, para preservar el engaño metafísico de que el mundo visible es real y no un holograma espectacular.
Para contar esta experiencia, Dick crea en “Valis” una narración esquizofrénica donde el protagonista, Amacaballo Fat, acaba identificándose como Philip Dick. Esta bipolaridad del relato es producto de un espejismo nominal: Philip equivale, en griego, a “amante de caballos”, y Dick, en alemán, significa “Fat” (grasa). Ese desdoblamiento de máscaras narrativas funciona como ficción dentro de la ficción y convierte a “Valis” en una autobiografía fantástica de los últimos años de Dick, así como los miles de fragmentos de la “Exégesis”, escritos en esa misma época, funcionan como su credo espiritual.
Tras la muerte de Dios anunciada por la filosofía nietzscheana a fines del siglo diecinueve, todo el siglo veinte es la historia de las disputas ideológicas y culturales por rellenar ese vacío con creencias, mitos e idearios sucedáneos. Con “Valis” Dick consuma su narrativa, construyendo una nueva mitología cósmica para el tiempo del capitalismo triunfante y abriendo de par en par una puerta de salida de la era cristiana, una vía de escape para el cuerpo y la mente. 

lunes, 16 de octubre de 2017

EL SUEÑO DE LA RAZÓN PRODUCE ANDROIDES


A GUILLERMO CABRERA INFANTE, que publicó en el viejo Cambio 16 el mejor artículo (“La caza del facsímil”) que yo leí sobre esta memorable película en el momento de su estreno español.

Se me ocurren muchas razones por las que alguien que no la haya visto todavía, o la haya olvidado como se olvida una pesadilla angustiosa, vea o vuelva a ver Blade Runner (estrenada hoy hace treinta años en Estados Unidos [Este texto se publicó en junio de 2012 para celebrar los 30 años del estreno americano, ahora hace más de 35; la deslumbrante secuela, en cambio, mantiene los treinta años respecto de la ficción original, pasando la acción de 2019 a 2049]). Se ha discutido mucho sobre si el cine es una tecnología que se apropia de los formatos narrativos anteriores a su aparición. Se habla de que tanto la apropiación de la novelística decimonónica como de la novela del oeste y de aventuras, el mito y la leyenda fundacionales, son una de las claves del funcionamiento del aparato tecnológico del cine en su relación no con la realidad en sí sino con la realidad mental de sus espectadores. Como diría un teórico de nueva generación como Jonathan Beller: el "modo de producción cinemático" hace suyas las narraciones de modos de producción anteriores a fin de hacer aceptable para sus espectadores la existencia de la máquina como realidad determinante. Esta sería, entre otras, la razón de la grandeza de un cierto cine europeo (Antonioni, Pasolini, Tarkovski, Paradjanov, etc.), cierto cine experimental canadiense y norteamericano (Snow, Brakhage, Benning, etc.), o el supremo encanto del cine del iraní Kiarostami (al menos hasta El sabor de la cerezas y El viento nos llevará) o, más actual, del tailandés Apichatpong Weerasethakul: la máquina de visión confrontada a una realidad que es enteramente ajena a su existencia mecánica.
Si esto fuera así, desde 2001 hasta eXistenZ y Matrix, la ciencia ficción cinematográfica sería el género definitivo para obligar a la máquina a hablar de sí misma. O, mejor dicho, el formato narrativo donde se expresaría con preferencia tanto el diálogo de la máquina con la realidad alterada o producida por su presencia como el monólogo de la máquina enfrentada a su soledad radical en un paisaje totalmente sometido a su poder de control. En este sentido, Blade Runner supondría uno de los puntos álgidos tanto de ese diálogo como de ese monólogo y, por tanto, la más brillante tentativa de la máquina por comprender el sentido de su existencia y sus complejas relaciones con la inteligencia humana que la creó para realizar sus designios con mayor eficiencia.

La historia de los androides de Blade Runner es muy antigua y pudo empezar con el mito del titán Prometeo rebelándose contra la tiranía de Zeus y sufriendo un castigo peor que la muerte. Pero esa historia en realidad comenzó, como sabemos, con una novela precursora que se titulaba, precisamente, Frankenstein, o El moderno Prometeo, escrita durante la primera revolución industrial por Mary Shelley, una coetánea de Jane Austen a quien podría tomarse, dada la índole aviesa de su imaginación, por una marciana cultural o una androide sentimental si la comparamos con la sensiblera autora de Orgullo y prejuicio. En esa novela de Shelley, como en Blade Runner, la criatura visita a su creador para reprocharle las deficiencias de su creación y vengarse en lo posible del daño producido por esa experimentación que lo ha hecho nacer para sufrir y morir, como hace el “replicante” Roy Batty al asesinar a su creador tras descubrir que su caducidad es irremediable. A través de esta queja resuena, por supuesto, el dolor humano ante la muerte y el deseo de rebelión contra la divinidad que, por envidia o incapacidad, nos creó mortales e imperfectos. Pero ese gesto desafiante expresa también la voluntad de poder de la criatura que quiere hacerse con el control de sus circunstancias.
Por esto mismo, Blade Runner aspira a crear una mitología nueva, una mitología del futuro visto desde el presente, una mitología a la altura de una sociedad eminentemente tecnológica. Una cultura, como en cierto modo anunciara Heidegger, cuyas cuestiones fundamentales debían nacer también de la interrogación permanente de la tecnología y su impacto en la vida y la mente de los humanos. Blade Runner pretende hacer visible ese nuevo mundo tecnológico creando una mitología “prometeica” de última generación adecuada a una civilización dominada por las corporaciones transnacionales y las tecnologías de la simulación y la producción de simulacros. Su singularidad artística radica así, de una parte, en la potenciación estética de las imágenes, reciclando las tendencias más avanzadas del cómic, la publicidad, la moda, el diseño o el arte; y, de otra, en la recreación ciberpunk avant-la-lettre de una fábula existencialista (inspirada en Philip K. Dick) perfectamente acorde con el espectacular despliegue de efectos especiales.
La fascinación de Blade Runner en cualquiera de sus versiones (o de las remodelaciones más o menos oportunistas de su director) surge, precisamente, de esa postmoderna hibridación de componentes: trama policial retro, mundo futurista y visualidad estilizada. Solo de ese modo, quizá, las historias paradójicas de los androides perseguidos que cuestionan la inhumanidad del sistema con su exceso de humanidad y la del policía exterminador que redescubre al enamorarse de una androide “los fundamentos de lo que se toma por humano” (como dijo Katherine Hayles comentando la literatura de Dick) adquieren todo su sentido moral para un espectador alienado respecto de su verdadera condición en una sociedad cada vez más deshumanizada.
Una prueba de esto es la omnipresencia del ojo (natural o artificial) en la película, anunciada desde el principio con ese enigmático ojo de apariencia humana que el montaje coloca en posición de contemplar el electrizante espectáculo por primera vez: el paisaje nocturno de la metrópoli hiperindustrial, las pirámides corporativas alzándose hacia el cielo entre destellos fulgurantes, las llamaradas de gas estallando en el aire contaminado como en una pesadilla ecológica, las aeronaves flotando en la oscuridad entre fogonazos de luz artificial… Es el ojo ubicuo de la tecnología lo que Ridley Scott interpone entre la mirada deslumbrada del espectador y las deslumbrantes imágenes para forzar la identificación del ojo panorámico de la cámara con el dispositivo óptico del “replicante”. Este guiño inicial permitiría asociar a Scott, como director, con Tyrell, el demiurgo creador de los androides. Ambos manipulan la máquina y son dueños de sus secretos y maquinaciones, sin duda, pero mientras el director ilumina su funcionamiento y nos invita a escrutar el futuro con el ojo experimental del androide (“He visto cosas que vosotros no creeríais”), el dios de la biomecánica pierde los ojos y luego la vida a manos de su rebelde criatura.
De ese modo, la trama tecnológica de la película se trasmutaría en una “historia del ojo” cinematográfica, es decir, una fantasía visionaria sobre los límites históricos de la visión: el mecanismo fílmico como gran ojo artificial que crea o recrea un futuro (im)posible con la melancolía romántica con que antes se contemplaba el pasado. Los motivos de fondo de Blade Runner son, pues, el anacronismo y la nostalgia derivados de una idea humanista de la cultura y la naturaleza enfrentada al poder revolucionario de la técnica: la nostalgia por la pérdida de la medida humana de las cosas, por la naturaleza también perdida y por modos de convivencia y relación ya desaparecidos o en vías de extinción. No deja de ser una paradoja capitalista, en cualquier caso, que en una sociedad fieramente inhumana corresponda a las máquinas la encarnación del deseo más humano de todos: vivir más intensamente, sin fecha de caducidad.
Tuvimos que esperar hasta la trilogía Matrix para que se nos mostrara en la pantalla qué hay detrás de las imágenes que nos seducen con su fastuoso atractivo, qué quieren realmente las máquinas de nosotros, para qué necesitan preservar el principio de realidad y, aún peor, por qué emplean las ficciones en que vivimos inmersos a diario como instrumento alucinante de dominio. Pero esa es otra historia.
Bienvenidos al desierto de lo real.

lunes, 2 de octubre de 2017

QUÉ ES HUMANO


[Philip K. Dick, ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, trad.: Miguel Antón, Minotauro, 2017, págs. 296]

            En español, contamos ya con tres traducciones de esta obra maestra de Dick, me temo que todas tienen pros y contras, a pesar de todo. “Basugre” no es una buena solución a “Kipple”, neologismo dickiano que define su filosofía singular con tanta originalidad como los “andys” (androides), a los que otros traductores han llamado “andrillos” y la maravillosa película de Ridley Scott bautizó, por error, como “replicantes”. Si hay tantas traducciones de esta obra no solo es una prueba de su importancia y dificultad sino también de la riqueza inabarcable de sus planteamientos. Un seminario doctoral podría establecer una comparativa  de las opciones puntuales de los distintos traductores en relación con el original. Pero sería mucho más  interesante contar con una inteligencia artificial, por qué no, capaz de ensamblar los aciertos de todos ellos para producir una versión pluscuamperfecta de la novela. Una copia aún mejor que el original. Nada gustaría más a Dick, quizá, o al gran Baudrillard, su mejor intérprete no americano...

Se estrena la secuela de “Blade Runner” y conviene revisar la novela en que se inspiró este clásico cinematográfico, una de las grandes películas de ciencia ficción de la historia. Más allá de las coincidencias de trama y personajes, nada menos parecido a la estética neobarroca y ciberpunk de la película de Scott que la novela existencialista y filosófica de Dick.
Las dos preocupaciones principales de Dick se enunciarían así: qué es la realidad y qué es lo humano. Su conciencia crítica de lo real obligó a Dick a transgredir los límites del realismo en numerosas novelas y relatos y postular la cualidad artificial de la realidad. Al mismo tiempo, Dick interrogó la condición humana, a través del antagonismo con el androide, en artefactos fascinantes como “Simulacra” y “Podemos construirle”. La apoteosis de este conflicto cognitivo es “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” (1968), en cuya compleja trama la distinción natural entre androides y humanos es explorada con perversa curiosidad.
Ambientada en 1992, la novela describe un mundo posnuclear donde habita una parte de la humanidad que ha sobrevivido a la catástrofe mientras otra ha huido a otros planetas, los animales vivos son un bien escaso y la fabricación de animales artificiales es una industria floreciente. En ese contexto, la aparición en la Tierra de androides escapados de las colonias extraterrestres es considerada un peligro para los supervivientes. Y destruirlos es la misión de los cazarrecompensas como Rick Deckard, que financia con esa actividad su afición a las mascotas. Armado con su test de empatía (el eficiente test Voight-Kampf), Deckard se ve enfrentado al mayor desafío de su vida profesional cuando le encargan “retirar” a seis androides de última generación (los Nexus-6), más ágiles, fuertes y astutos que sus antepasados.
Es irónico, en este sentido, que ciertos episodios trascendentales ocurran en un entorno cultural. Deckard acude al teatro de la ópera a matar a Luba Luft, una cantante extraordinaria que es una androide, pero se ve envuelto en una oscura trama policial que implica androides y humanos antes de poder ejecutar a Luba en un museo de arte donde ella se ha refugiado durante la huida, descubriendo la belleza y emoción de la pintura de Munch. En ese momento, cuando Deckard ve que su compañero Resch no siente ninguna piedad por la androide ejecutada, comprende una paradoja sobre la vida que relativiza la antipatía real de Dick por los androides. Estos “andys” pueden ser más humanos que los humanos, desarrollando mecanismos de empatía a imitación de sus creadores biológicos, y algunos humanos pueden ser peores que los androides, próximos en su crueldad a la mente del psicópata. Al tener sexo placentero, después, con una androide manipuladora (Rachael Rosen), Deckard descubre que la empatía debilita a humanos y androides por igual.
“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” no es solo una gran novela de ciencia ficción. Es, sobre todo, un viaje mental al límite de la experiencia humana. Una trepidante aventura desarrollada en el confín de la noche artificial donde el ser humano se contempla en el espejo de la tecnología con que ha fabricado el mundo donde vive y descubre su verdadero rostro y la verdad y mentira de ese mundo donde todo, desde la economía a los sentimientos y deseos, las relaciones personales y la sensibilidad estética, el entretenimiento masivo y la creencia colectiva, es una construcción.
El futuro cibernético que Dick temía está en marcha. Y una novela sobre robots humanoides como esta es mucho más avanzada e inteligente, aunque muchos culturetas no lo piensen así, que las predicciones de escritores desfasados como Orwell y Huxley.