lunes, 11 de abril de 2011

REMAKE


[El remake, como queda claro no sólo en mis gustos sino también en mis novelas y en muchas de mis ficciones breves, es una de mis pasiones creativas. Y sólo puedo sentir envidia de los medios artísticos donde repetir una obra ya existente, como pasa en la música y el cine, sobre todo, aunque también en la pintura, se convierte en la posibilidad de deslizar un atisbo de singularidad en el código y una revisión de motivos y estilos. En el cine, por razones intrínsecas al medio, se ha practicado con frecuencia. Ahí están, para confirmarlo, grandes artistas del remake como Brian de Palma, Raoul Ruiz, Quentin Tarantino y Zack Snyder (con películas que son una amalgama de referentes y estilos tan fascinantes como Kill Bill, La Dalia Negra, Sucker Punch o Misterios de Lisboa). En literatura, en cambio, por la estrechez ideológica de la alta cultura, ha tenido siempre pésima fama, a pesar de que los grandes clásicos grecorromanos o renacentistas y barrocos lo practicaban sin complejos, para corregirse unos a otros o ensanchar los límites de una estética o de una cultura. A partir de la implantación de la ideología burguesa decimonónica referida a la propiedad privada todo acto creativo era original y único hasta el punto de que copiarlo o imitarlo, salvo con fines de aprendizaje, era considerado artísticamente nulo y legalmente peligroso. Al menos hasta que llegó la hora del postmodernismo de Coover, Barth, Barthelme y Pynchon, en Estados Unidos, y de Borges, Cabrera Infante, Sarduy, Fuentes, Goytisolo y Ríos en español transatlántico, recogiendo el testigo de geniales precursores como Joyce y Flann O´Brien. Desde entonces muchos artistas y escritores lo consideran la única forma de ser creativo sin fingir originalidad en un tiempo donde los colegas más conformistas prefieren simular originalidad de cara a la clientela sin aportar nada nuevo ni sentir la necesidad de ser creativos. La gran Kathy Acker fue una de las más radicales practicantes del remake postmoderno en los ochenta y noventa, con perversiones y travestismos de género y géneros de, entre otras novelas, La isla del tesoro, Grandes ilusiones, Cumbres borrascosas, Neuromante, La letra escarlata o El Quijote. Como explica acertadamente Steven Shaviro: “todos los textos hacen implícitamente lo que se atribuye explícita y abiertamente a las obras postmodernas: “samplean”, se apropian, hibridan, distorsionan, remezclan y recombinan los detritos ya existentes de la cultura”. Unos, por honestidad, lo declaran sin prejuicios en la aduana de la literatura y otros, por disimulo e hipocresía, lo ocultan ante sus pares, pero todos, lo reconozcan o no, trafican con mercancía robada. Material ajeno mejor o peor camuflado. Todos los nombres de la literatura, como quería Borges, designan al mismo escritor de todos los libros de la historia.]

En la cultura occidental, la tradición es el plagio. Copias de copias, epígonos de epígonos, búsquedas inútiles del original perdido, reclamaciones de autenticidad más o menos verificables. El remake es al arte lo que el plagio a la tradición. Una respuesta estética al desafío aplastante de los museos, las bibliotecas y las filmotecas. En un contexto, por tanto, donde la propiedad intelectual y los derechos de autor se están transformando en pura paranoia opresiva, como secuela de la implantación de un mercado autoritario, aparece un libro como éste (El hacedor de Borges (Remake), Alfaguara, 2011), donde Agustín Fernández Mallo se atreve a reescribir en su integridad un famoso libro de Borges para recordarnos cómo las estratagemas del plagio, la imitación, la réplica y la apropiación han formado parte de la creatividad artística y literaria desde siempre.

Por otra parte, la recreación de motivos ajenos también ha tenido siempre la función de reabrir, como decía Barthes, el proceso de la literatura y, por si fuera poco, renovar la lectura de los clásicos y los modernos, cuestionando su clasificación excluyente. Esta renovación pasa, en primer lugar, por la de los conceptos e ideas con que se creó la obra “original”. Fernández Mallo, autor del hipertexto novelado Nocilla Experience, rehace así El hacedor de Borges (rehace al “hacedor” número uno de la literatura en español del siglo XX) enfrentando desde el principio las distintas versiones de la realidad y la literatura que ambos autores suscriben. Es la primera alteración introducida en el código libresco de Borges. Por eso la ficción “El hacedor” remite en Borges al patriarca Homero (sin entrar en la discusión de si el poeta griego fue o no un ente de rasgos tan mitológicos como Aquiles) y a una visión canónica y antigua de la historia y la cultura; mientras en Fernández Mallo apela a una visión básica de la materia y científica de la realidad, la condensada en la turbadora idea de un acelerador de partículas subatómicas, que destruye, junto con la comprensión molar de la realidad, la validez estética del realismo convencional. Este recurso de rectificación y suplantación de referentes es obvio en muchas piezas de este prodigioso libro: donde Borges inscribe, con erudición académica, los nombres de Cervantes, Marino, Shakespeare, Dante, Stevenson o el suyo propio, como consumado garante de una tradición occidental con la que rivaliza y a la que también parodia, Fernández Mallo registra los signos de una actualidad fluida que pasa por la ciencia, la tecnología, la publicidad, internet, el cine y la televisión, pero ya no tanto por la literatura.

En este sentido, los nodos álgidos del libro serían las versiones de tres piezas esenciales del sistema ideológico borgiano como son “Everything and nothing”, “Borges y yo” y “Le regret d´Heraclite”. El yo plural, diverso de sí mismo y por ahí conectado con su creador, también diverso, y el lamento individual por la imposibilidad de vivir que caracteriza al sujeto de toda escritura, reciben un tratamiento ambiguo, radicalmente (des)personalizado, como corresponde a un escritor plenamente consciente del tiempo mediático banalizado en que, conformando su gusto y sus referencias y preferencias, le ha tocado escribir. En “El arrepentimiento de Heráclito”, además, la extrapolación es altamente ingeniosa: Fernández Mallo traduce la queja amorosa expresada con ironía sutil en el dístico borgiano sobre Matilde Urbach a la obscena desnudez del código comunicacional (enunciados formales y dígitos cronológicos) con que se transmitió a través de todos los dispositivos tecnológicos disponibles la tragedia terrorista del 11-S por quienes la padecieron dentro y fuera de las Torres Gemelas (según Wikileaks: ¿réplica irónica a la ironía original?).

No es, sin embargo, la pobre noción de homenaje la que correspondería con exactitud a este robo estético, sino un afán de reclamar para sus propios fines la singularidad del estilo y el pensamiento de Borges. De ese modo, Fernández Mallo lleva a cabo una empresa larvada de crítica literaria señalando todo aquello que en Borges, por culpa, en parte, de sus innumerables epígonos, pero también por las mutaciones epistémicas acaecidas en las últimas cinco décadas, ha quedado marcado por la flecha del tiempo. Una operación de limpieza intelectual análoga a la que Borges llevó a cabo con “Pierre Menard, autor del Quijote”, a fin de extraer al Quijote de sus lecturas nacionales y su condición de libro sacramental, es la que emprende Fernández Mallo aquí con el fin de inyectar en la literatura escrita en español, a veces demasiado ensimismada en el rancio sueño de la tradición, todo lo que la edad contemporánea obligaría a tomar en cuenta, sumergiendo al mismo tiempo la sobriedad clásica de la escritura borgiana en la promiscuidad y esquizofrenia cultural de una época donde no caben ya ni la idealización ni la inocencia. El riguroso método de Fernández Mallo, en este sentido, es y no es el mismo de Pierre Menard (aplicando en esto una variante del planteamiento “el otro, el mismo”, fundamental en el ideario borgiano). En Menard la literalidad de la escritura aspiraba a que fuera el tiempo de la misma quien, sin alterar sus cláusulas, marcara las diferencias textuales y contextuales de la lectura. En Fernández Mallo, sin embargo, aunque algunas piezas, las más lúdicas quizá, se escriben desde ese planteamiento puramente apropiacionista, la reescritura de la miscelánea se transforma en un proceso de reactivación y potenciación, en efecto, de mecanismos creativos que el peso canónico, la monosemia literaria y el prestigio académico no deberían anular ni entumecer.

Por esto mismo, la cima del libro, donde se consuma su designio estético y se multiplican al infinito los remakes, es la magistral “Mutaciones”, un intrincado palimpsesto de conceptos y motivos. Este extenso tríptico convoca, a través del mediador Google Earth (presencia ironizada mucho más adelante, como corresponde a la disposición hipertextual del libro, en la célebre parábola sobre los cartógrafos y el territorio “Del rigor de la ciencia”), los fantasmas artísticos de Robert Smithson, los desechos radiactivos de la central nuclear de Ascó (“El hacedor” reciclado de nuevo) y las imágenes mentales de La aventura de Antonioni con objeto de configurar, en toda su complejidad, un mapa molecular de una realidad sometida, como en un experimento de laboratorio, a un proceso radical de redefinición de categorías y experiencias como la del siglo XXI: una realidad donde el presente y el pasado, lo actual y lo virtual, lo material y lo inmaterial, lo vivido y lo imaginado, lo sublime y lo abyecto, lo directo y lo mediado o diferido, lo natural y lo artificial, lo presente y lo remoto, lo real y lo simulado, etc., se confunden hasta la indiferencia y la banalidad. En la aventura hiperreal o digital “vivida” por el narrador en la isla rocosa donde se rodó una parte de La aventura hay un momento memorable, hacia el final, en que, persiguiendo el espectro cinematográfico de Monica Vitti en la intersección de tiempos y de espacios por donde transitan el narrador y la actriz, gracias a las disímiles tecnologías que les permiten cohabitar en distintos niveles sin llegar a tocarse, Fernández Mallo no se tropieza, en su persecución también fantasmática de Borges, con el espíritu burlón de éste, precisamente, sino con una experiencia ontológica extraída, a pesar de la inversión de perspectivas, de una novela que inspiró y prologó pero no escribió: la insuperable La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares, donde el narrador se conforma en el desenlace, como amante desesperado, con compartir el mismo espacio visual, aunque no el mismo tiempo, con su amada Faustine, prisionera de un mecanismo fantástico que reitera el aislamiento de su presencia espectral en la isla, con tal de que el lector (o el espectador) fije en su mente la falsa imagen de esa cercanía sentimental. De este modo, Fernández Mallo, acaso sin calcularlo, logra reintroducir los fantasmas del deseo (y también del deseo de cambio y de mutación) de la literatura donde nada ni nadie, por considerarlos desfasados, parecía reclamar su aparición, potencial e influencia. Con este gesto, además, Fernández Mallo inscribiría la narración, de algún modo, en los presupuestos de la “lógica de los simulacros” que rige El año pasado en Marienbad, la deslumbrante adaptación al cine de la novela de Bioy realizada por Resnais y Robbe-Grillet un año después (1961) de que Antonioni estrenara la obra maestra que acababa de una vez con una estética de aproximación a la realidad tan limitada como el neorrealismo para implantar una visualidad narrativa a la altura de los tiempos, con todas las consecuencias, y Borges, no se olvide, publicara El hacedor.

«En el principio de la literatura está el mito, y asimismo en el fin», declara Borges en “Parábola de Cervantes y de Quijote”. Fernández Mallo piensa lo mismo, como evidencia su cortazariana versión de esa misma pieza esencial, pero difieren sus mitos, como es lógico, comenzando quizá por los mitos paradójicos del origen y del fin (todo principio implica un fin, todo fin, un principio, etc., en series infinitas, o regresando al infinito sobre sí mismas y difiriendo infinitamente de sí mismas, ya sea como el circulus vitiosus deus de Nietzsche o el “eterno retorno” reinventado por Borges). Así es la literatura, obra de todos y de nadie, multilingüe, plural, irrepetible y siempre recomenzada. La de Borges y, por supuesto, la de Fernández Mallo.

10 comentarios:

Luisamiñana.blog dijo...

Una sola matización, según yo entiendo la literatura (o cualquier actividad humana, al fin y al cabo): quizás ni siquiera "siempre recomenzada", sino a lo mejor simplemente "un continuo" en el tiempo. Como la materia en sí. Pura referencia mutante.

La pretensión de originalidad sólo existe como método de venta.

Un gusto de artículo/post.

Francisco Machuca dijo...

las novelas reconquistan dolorosamente todo el legado de las grandes obras literarias.Menciona usted,por ejemplo,el Quijote.Creo que en ella están todas las grandes ideas de la literatura posterior.Allí está Joyce,Beckett,tada la gran tradición de la literatura inglesa y francesa,incluso el concepto de Matrix.En la novela los personajes de la segunda parte se asombran cuando ya está publicado el primer libro y se menciona situaciones que loss personajes no aciertan a entender porque en esos momentos no había allí nadie para verlo.En la primera parte,en una venta perdida de los campos de Montiel,el posadero dice que todo ese lío montado allí ya está en la maente de alguien para escribirlo.
Habría que matizar más el concepto de remake,porque una cosa es copiar descaradamente y otra los que atrapan la antorcha luminosa de las grandes obras y continúan dándole nuevos valores.No sé si usted conoce un magnífico libro titulado La labor inmortal de Xavier Pérez y Jordi Balló,un fantástico recorrido sobre el origen de las ideas.

Como siempre,un placer pasar por aquí.
Un abrazo.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Creo que en el post, Francisco, quedan muy claras las diferencias, aunque sólo sea por los creadores y las obras que cito: remake es el término genérico que uso en este caso para designar las obras que Genette bautizó en su espléndido libro como palimpsestos o hipertextos...
Aparte de Bouvard y Pécuchet no conozco a ningún copista de talento, de lo que hablo es de otra cosa, como es evidente. Y, sí, Cervantes y Góngora y Quevedo, por citar tres de mis más admirados, eran grandes creadores de este tipo. Cómo leer Las soledades sino como un gigantesco remake de la cultura literaria grecolatina y los tópicos garcilasianos...

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias, Luisa, por tu matización. Si prefieres verlo como continuidad, nada que objetar. En mi opinión, y a lo largo del nuevo siglo va a ser cada vez más evidente que esta historia se repite agravada por la disputa de la hegemonía cultural en curso, la literatura ha terminado y vuelto a empezar muchas veces en la historia, sea dentro de una tradición, de una cultura o de una civilización, con lo que la idea de reinicio o recomienzo no me parece del todo imprecisa. Como decía Valéry en alguna parte, y cito de memoria, sin otra exactitud que la ideológica, toda generación de escritores tiene la necesidad de volver a repetir las mismas cosas porque los lectores olvidan con facilidad...

Un placer, Luisa y Francisco, teneros a ambos como interlocutores.

Anónimo dijo...

Excelente artículo, JF. Voy a explorar ahora los links, sobre todo en lo que respecta a prácticas del remake en el posmodernismo norteamericano.
Gracias.
Jordi C.

Res tos Res piran dijo...

Bien Cool! pero... resulta que ninguno de tus libros ni de los de Fernandez Mallo estan subidos a la web; a diferencia de autores como Cory Doctorow. ¿por qué? si aquí (venezuela) no llegan; tampoco se consiguen y por internet nadie los sube ni los bajas. Lamento escribir para pedir y no para dar, pero siento necesario para toda mi generación leer las grandes obras de nuestro tiempo y me es imposible; lo único que he consegí y lo pague con sangre fue Nocilla experience. Me gustaría una respuesta pues todos queremos leerlos, apropiarnos, samplear, remezclar, maquillar y alucinar con sus libros.

Res tos Res piran dijo...

Bien Cool! pero... porque si todos queremos samplear, remezclar, digerir, etender y desmoñar sus libros no estan en internet; soy de venezuela y estudio literatura; aquí no llegan, leí únicamente nocilla dream y la pague con sangre; tampoco tus libros llegan y no estan por ningun sitio de desacarga gratuita a diferencia de autores como Cory Doctorow que vale acotar sube en la web todos sus libros; lamento escribir para pedir y no para dar pero aquí hay una generación incandescente que se queda sin acceso a las grandes obras de su tiempo, leyendo traducciones de lo poco que llega de actualidad.

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Gracias, Jordi, por participar en esta fiesta que es también la tuya.

Un abrazo,
JF

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Mis libros, sobre todo mi última novela, Providence, por lo que me dicen, sí que llegan a Venezuela, si no es así te agradecería cualquier información al respecto. Otra cosa es que lo hagan con precios prohibitivos, cosa que deploro pero no está en mi mano evitar.

Tienes toda una biblioteca de Babel a tu disposición, no creo que puedas echarnos de menos. Con eso tienes más que de sobra para crear y formarte, no en ese orden. El problema de la comunicación literaria en español sí que me preocupa mucho. Y lo he denunciado cada vez que he tenido ocasión: es lamentable que no haya un mercado único en español para los libros, así de simple, o un mayor intercambio...

¿Nocila Experience o Nocilla Dream? No quedó claro en tus comentarios cuál de los dos te costó una transfusión sanguínea...
Curioso blog cárnico, y esa foto con Miralda no tiene precio. Grande Miralda...

Gracias por tu visita e interés.

Un abrazo,
JF

JUAN FRANCISCO FERRÉ dijo...

Dos ejemplos extraídos del twitter de Shaviro. Son perfectos para este post sobre remakes:

Jerry Lewis' The Big Mouth is a remake of North By Northwest

Michael Snow's Wavelength is a remake of Rear Window